Rodolfo, el reno.
Érase una vez un reno llamado Rodolfo. Era especial por ser el
único del mundo que tenía la nariz roja, pero él, más que sentirse
único, se sentía avergonzado de ello y del gran tamaño de su nariz.
Las burlas y bromas que le gastaban los otros renos le causaban
aún más tristeza. Su familia ya no sabía cómo animarlo.
En vísperas del día de Navidad, Santa Claus empezó a seleccionar
a los renos que tirarían del trineo una noche tan mágica. De
repente, una gran tormenta se desató y el cielo se cubrió de niebla
por completo, no dejando ver nada. Así, no encontrarían ninguna
chimenea por donde entrar y colmar de regalos a los niños buenos.
Santa Claus se empezó a poner nervioso intentando buscar una
solución al problema de visión y de pronto miró a Rodolfo que lo
observaba de cerca. La brillante y grande nariz de Rodolfo le hizo
encontrar la respuesta a su dilema. Si el reno especial hacía de
guía, el resto de los renos podrían vislumbrar el camino que debían
seguir.
Rodolfo encabezó el trineo y esa noche ni la tormenta, ni la niebla ni
ningún otro fenómeno meteorológico, detuvo a Santa Claus y sus
renos en su propósito. Llegaron a la chimenea de todos los niños
del mundo y les dejaron los regalos.
Posteriormente, Santa Claus agradeció su gran labor a Rodolfo en
presencia del resto de los otros renos y lo hizo sentir como un héroe
gracias a su peculiar nariz. Desde ese momento, Rodolfo se
convirtió en el reno más admirado por sus compañeros y el más
querido por los niños de todo el mundo.
La pequeña cerillera.
Era el día de Nochebuena, hacía mucho frio y caían copos de nieve. Por la
calle del pueblo, una niña muy pobre con la cabeza y los pies desnudos
deambulaba intentando vender unas cajas de fósforos. No era buen día para
ello, puesto que la gente estaba celebrando la Navidad en familia y el temporal
no acompañaba a salir de casa.
La pequeña no había conseguido vender ni una caja de cerillas en todo el día y
no se atrevía a volver a casa sin llevar ninguna moneda porque su madrastra,
una mujer malvada, la maltrataría. La jovencita tenía mucha hambre y un
aspecto miserable. A través de las ventanas de los hogares veía las luces
encendidas y percibía el apetitoso olor de los asados.
Tras un rato caminando, decidió sentarse en un rincón de una plazoleta
intentando resguardarse del frio y la humedad. Se le ocurrió la idea de
encender una cerilla para calentarse y así hizo. La llama era hermosa y
desprendía un calor que le aliviaba. Mientras miraba la llama, la niña imaginaba
que estaba sentada en frente de una gran chimenea de hierro decorada con
bolas y adornos navideños. Al apagarse la cerilla, regresó a la realidad y al
darse cuenta encendió otro fósforo. En la segunda llama, la niña creyó ver una
habitación con una mesa resplandeciente llena de comida apetitosa. Tras
apagarse la cerilla, la niña se topó con una pared impenetrable y fría como
realidad.
La chiquita prendió otro fósforo y creyó verse en un bonito pesebre rodeado por
escaparates de ricos comercios. Había luces de Navidad que adornaban
muchos árboles y los pastores y muchachas del pueblo miraban con
complicidad y sonriendo a la niña. Sorprendida e ilusionada levantó las manos
y la cerilla se apagó dejándole ver que las luces tan solo eran estrellas. De
repente, pasó una estrella fugaz ante sus ojos y pensó: “Esto quiere decir que
alguien ha muerto y su alma está subiendo al cielo”. Tantas veces su abuela le
había dicho eso…
Decidió frotar otro fósforo contra la pared y creyó ver una gran luz y una imagen
radiante de su abuela reflejada. Entonces gritó: “Abuelita. Llévame contigo.
Cuando se apague la cerilla, no volveré a verte como no vi más la chimenea, el
asado y el hermoso nacimiento”. Encendió un fósforo tras otro para mantener
viva la visión de su abuelita y sintió como su abuelita la agarraba por el brazo y
la llevaba a un lugar hermoso donde no existía ni el frio, ni el hambre, ni la
tristeza, estaba en el Trono de Dios. Al día siguiente, la niña fue encontrada
muerta debido al frio, por los vecinos del pueblo en aquel rincón, aún con las
mejillas rojas y la sonrisa en los labios por las cosas tan bellas que vio antes de
El cachorro del cazador.
Érase una vez un perro cazador que tuvo descendencia. Un buen día, uno de
sus cachorros pensó que era el momento de empezar a valerse por sí mismo y
decidió salir solo de cacería. Tras olisquear durante bastante rato sin mucho
éxito empezó a encontrarse cansado y decidió buscar un lugar para refugiarse.
Tras merodear unos instantes, encontró la madriguera de una liebre y empezó
a ladrar ante ella.
La liebre, algo temerosa y desconcertada por el extraño ruido que hacía los
ladridos del cachorro, se asomó a ver qué ocurría y cuando lo vio desde lejos le
dijo: “¿Qué es ese ruido? Si ni siquiera sabes ladrar. Eres un cachorro. Debería
darte pena ladrar así”.
El pequeño perro se acercó un poco más y volvió a intentar ladrar para ganarse
el respeto y la liebre se rió a carcajadas de él.
Tras unos minutos, el cachorro se aproximó un poco más a la liebre y puso más
énfasis y energía en su ladrido. La liebre lo observaba y seguía haciéndole
gracia los intentos del pequeño por hacerse respetar. En un incontrolable
ataque de risa, la liebre cayó de espaldas al suelo y el cachorro se abalanzó
sobre ella y le dio un bocado. Pese al susto, la liebre herida salió corriendo y
aún desde la lejanía, seguía diciéndole al cachorro que tampoco mordía como
un verdadero cazador.
El abuelo y el nieto.
Érase una vez un pobre anciano con muchos problemas de salud debido a su edad; apenas
veía, casi no escuchaba y tenía limitaciones para coordinar sus brazos o mantenerse en pie,
pues sus endebles piernas le temblaban. Cuando se sentaba a comer, sujetaba la cuchara a
duras penas e incluso en alguna ocasión, tiraba la copa de vino sobre el mantel.
Su hijo y la mujer de éste, que vivían con él, junto con su hijo pequeño se disgustaban por
estas cosas que él no podía controlar y algo cansados de la situación, decidieron que el
hombre se quedaría en su cuarto, donde le llevarían la comida en un plato de barro.
El pobre viejo se sentía desolado, su familia no lo trataba bien, ni le daba el amor que él
necesitaba y se pasaba las horas llorando con la mirada perdida.
Un buen día, perdió el equilibrio cayendo al suelo y rompió el plato que apenas podía sujetar
con sus temblorosas manos. La nuera se molestó tanto que le dedicó toda clase de insultos, a
los que él no quiso ni responder. Le compraron una vasija de madera para darle de comer
desde ese momento en adelante.
Transcurridos unos días, el matrimonio vio como su hijo pequeño recogía pedazos de madera
que había esparcidos por el suelo. Su padre le pregunto: “Hijo mío, ¿Qué es eso que están
recogiendo?”
El niño respondió: “Una vasija para dar de comer a papá y a mamá cuando sean viejitos”.
El marido y su mujer quedaron estupefactos con la respuesta del niño, se abrazaron y se
pusieron a llorar lamentando como habían tratado al abuelo. El abuelo volvió a comer con ellos
a la mesa y volvió a ser tratado con respeto y cariño, como cuando era joven.
El gigante egoísta.
Había una vez un gigante un poco egoísta que poseía un hermoso jardín que no quería compartir
con nadie. Un buen día, en ausencia del gigante, unos niños aprovecharon para entrar en el jardín
con el fin de disfrutar de las flores.
Los niños calcularon mal el tiempo de ausencia del gigante y éste los sorprendió dentro del jardín.
Después de recriminarles la entrada, el gigante para evitar que volviese a pasar levantó una tapia
que dificultara la entrada.
A raíz de la construcción del muro, el jardín se vio asumido en una profunda tristeza; los árboles
dejaron de dar frutos y flores y a los pájaros ya no se le escuchaba cantar. No existieron más
primaveras, en el jardín siempre era invierno.
Una mañana los niños buscaron la forma de volver a entrar al jardín y consiguieron encontrar un
agujero. Cuando los árboles y plantas del jardín vieron a los niños comenzaron a reverdecerse y a
florecer de nuevo. El gigante al ver lo ocurrido, se dio cuenta de su egoísmo absurdo, derribó el
muro e invitó a los niños a jugar en su jardín.
El gigante notó a uno de los niños algo cabizbajo porque no podía trepar un árbol y decidió
ayudarle. El niño se lo agradeció dándole un beso. El gigante sorprendido, les anunció “Queridos
niños desde ahora éste es vuestro jardín y podréis venir siempre que queráis”. Los niños iban con
asiduidad a jugar al jardín. Sin embargo, el niño preferido del gigante que le había dado el beso no
volvió a aparecer por allí.
Transcurridos muchos años, una mañana cuando el gigante se despertó, ya siendo viejito y algo
débil, se asomó al jardín y vio a aquel niño tan especial apoyado bajo un hermoso árbol blanco.
Cuando se acercó a él vio que estaba herido, tenía señales de clavos en las palmas de las manos y
en los pies y pensando que alguien le había causado algún mal le dijo: “¿Quién se ha atrevido a
hacerte daño? Dímelo para que pueda coger mi espada y matarlo.”
El niño le replicó: “No, amigo estás son heridas fruto del amor”.
El gigante sorprendido por la respuesta y algo atemorizado le preguntó cayendo de rodillas ante él:
“¿Quién eres?”
Y el niño que era Jesucristo le sonrió y le respondió: “Tu una vez me dejaste jugar en tu jardín. Hoy
vendrás conmigo a jugar al mío, que es el Paraíso”.
Al cabo de unas horas, los niños encontraron muerto bajo el árbol y cubierto de capullos blancos al
gigante.
Las zapatillas rojas.
Hace mucho tiempo, vivía una hermosa niña que se llamaba Carmen. Su familia era muy pobre y no
podía comprarle lo que más ilusión en el mundo le hacía; unas zapatillas rojas.
Al morir su madre, una rica mujer adoptó a la niña y la cuidó como si fuera suya. La niña creció y en
vísperas de su comunión, la mujer le dio dinero para que se comprara unos zapatos para el evento.
Pero Carmen, en vez de eso, encargó los tan deseados zapatos rojos.
El día de la comunión todo el mundo pudo ver como Carmen lucía los zapatos rojos, que por supuesto
no eran apropiados para la ocasión. La señora enfadada le riñó delante de todos. Pero a Carmen no le
importaba.
La mujer murió al poco tiempo y al funeral asistió una multitud de familiares y amigos, puesto que la
mujer era muy conocida y cariñosa. Carmen apareció en el funeral de nuevo con sus zapatos rojos, ya
que como le gustaban tanto no podía resistir la tentación de usarlos.
En la puerta de la iglesia, un viejo horrible y barbudo se fijó en los zapatos cuando Carmen entraba y
se ofreció a limpiárselos. Carmen pensó que, si los limpiaba, brillarían aún más, así que acepto la
propuesta.
El viejo echó un conjuro a los zapatos, ordenándoles que bailaran cuando se ajustaran.
Pero Carmen no oyó el hechizo y cuando salió de la iglesia los zapatos comenzaron su orden de
bailar. La niña no podía quitárselos porque no paraba de moverse. Pasado unos días, la niña seguía
bailando y estaba agotada.
Lloraba y lloraba sin descanso, porque no podía poner fin al problema. Pensaba en lo tonta que había
sido al ponerse esos infernales zapatos. Tanta era su desesperación que estaba dispuesta a cortarse
los pies con tal de librarse de tan horrible maldición.
En un pueblo cercano al que se dirigía, habitaba un verdugo. Carmen quería que le cortaran los pies,
pero el verdugo solo cortaba cabezas. Cuando la puerta de la casa del verdugo se abrió, Carmen se
llevó una gran sorpresa. El verdugo en realidad era el mendigo que estaba en la iglesia. El hombre
solamente con un dedo tocó los zapatos y éstos se detuvieron inmediatamente y Carmen dejó de
bailar.
Carmen entonces aprendió la lección y guardó los zapatos para siempre en una urna de cristal. Todos
los días agradecía no tener que seguir bailando dentro de sus zapatillas rojas.