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La Dualidad de los Salmos: Oración y Revelación

Los Salmos son la Palabra de Dios expresada en palabras humanas, reflejando una íntima unión entre lo divino y lo humano. A través de diversos géneros literarios, los Salmos abordan la experiencia humana, incluyendo súplicas y alabanzas, y se convierten en un testimonio de fe que trasciende el tiempo. Al orar con los Salmos, los creyentes se unen a una cadena de orantes que han experimentado la salvación y la cercanía de Dios.

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La Dualidad de los Salmos: Oración y Revelación

Los Salmos son la Palabra de Dios expresada en palabras humanas, reflejando una íntima unión entre lo divino y lo humano. A través de diversos géneros literarios, los Salmos abordan la experiencia humana, incluyendo súplicas y alabanzas, y se convierten en un testimonio de fe que trasciende el tiempo. Al orar con los Salmos, los creyentes se unen a una cadena de orantes que han experimentado la salvación y la cercanía de Dios.

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LOS SALMOS

Estamos ante la Palabra de Dios


expresada en palabra humana, esta
es una realidad de toda la Escritura.
Concretamente para los Salmos es
la Palabra de Dios en las palabras
del orante, es decir, las palabras del
salmista que escribe el salmo y
después en las palabras de quien
asumiendo este salmo en la oración
lo hace suyo.
Tenemos, pues, una unión tan íntima e
indivisible entre la Palabra de Dios y la
palabra de los hombres; esta realidad es aún
más visible en los salmos, ya que el salmista
habla a nombre suyo, pero en realidad las
cosas que dice, las palabras que usa son
Palabra de Dios.
Todos los libros de la Biblia tienen
esta característica de ser literatura
humana en la que, de algún modo,
se encarna la Palabra de Dios. La
Palabra divina, eterna, inmutable
se encarna en palabras humanas
contingentes, mutables, pero que
acogen en su contingencia e
inmanencia la eternidad y la
trascendencia de la Palabra de
Dios.
Hay una fuerte analogía entre el
encarnarse de la Palabra de Dios y
el Encarnarse del Verbo. Esto se
dice ya, de alguna manera, en Dei
Verbum 13: “Las Palabras de Dios
expresadas con lenguas humanas
se han hecho similares al lenguaje
de los hombres como ya el Verbo
del Eterno Padre, habiendo asumido
la debilidad de la naturaleza
humana, se hizo similar a los
hombres”.
Se ve claramente la
relación entre el
Verbo que asume
la debilidad de la
naturaleza
humana, así como
en la Escritura se
asume la
debilidad de las
palabras de
hombres.
Una lectura respetuosa del texto
Bíblico debe tener en cuenta los
dos aspectos: Palabra de Dios y
palabra humana. Se debe, pues,
respetar un texto como
literatura y, a la vez, como
Palabra divina que se encarna
en una literatura, y por ello,
debe tratarse en una
perspectiva de fe a la cual no se
puede absolutamente renunciar
si se quiere respetar la
naturaleza del texto.
La Escritura es la
fuente de toda
reflexión teológica,
de toda catequesis.
Por ello siempre que
se lee la Escritura se
debe leer en el
mismo Espíritu en
que fue escrito y
asumirlo como lo que
es: un texto literario
y como revelación de
Dios.
 Texto literario: una obra de hombres.
Estamos delante a las obras de literatura
(narración, poesía, etc.) para los cuales
se necesita tener en cuenta todos los
medios o herramientas de comprensión
que se utilizan en la literatura: tener en
cuenta la lengua en que está escrito,
saber que hay conceptos que no
corresponden a nuestra cultura ni a
nuestra lengua, tomar en cuenta las
particularidades textuales típicas de
aquel mundo literario, tener en cuenta el
contexto histórico y cultural en el que el
texto ha nacido y ha sido usado.
Es, pues, una obra literaria particular
porque no es un libro escrito por un
autor en un tiempo breve sino
estamos ante libros diversos, de
épocas diversas, de autores
diversos, es un libro que abarca
siglos de historia y un camino de
formación bastante complejo. Se
deben tener en cuenta las etapas
de composición y los géneros
literarios.
Al hablar de géneros literarios se
puede decir que toda la Biblia es un
particular género de literatura:
Palabra de Dios en palabra humana.
 Revelación de Dios: es palabra inspirada
por Dios. Palabra última que dice el
sentido último de las cosas, y referencia
absolutamente primaria para todo
camino de la fe en espera de salvación.
Es un libro nacido de la fe, escrito desde
la fe, donado al pueblo para la fe y debe
ser leído (y estudiado) desde la fe. La
Biblia debe ser leída con una actitud de
fe y con actitud orante. El texto se debe
estudiar considerándolo como mediador
del discurso divino, que es, al final de
cuentas, el sentido último del texto.
Para leerla e interpretarla
correctamente se debe respetar
esta doble verdad: texto
literario (palabra humana) y
texto inspirado (Palabra Divina).
Juan Pablo II en la presentación del
Documento de la Pontifica Comisión
Bíblica titulado “Interpretación de la
Biblia en la Iglesia” nos dice:
“Es necesario que el mismo exegeta
perciba en los textos la Palabra Divina,
y esto no es posible si su trabajo no es
sostenido de una fuerte vida espiritual.
Si falta este sostén, la investigación
exegética permanece incompleta, ésta
pierde de vista su finalidad principal y
se confina en un trabajo secundario”.
Podemos decir que el Salterio es un
libro de síntesis de toda la Escritura
porque en él convergen todos los
temas principales, sean teológicos
como antropológicos de la Escritura:
encontramos fe junto a protesta,
gloria y sufrimientos, confianza en
Dios e imprecaciones, petición de
perdón y venganza, etc., toda la
realidad humana y, en algún modo,
todos los elementos que han
construido la historia de Israel y los
grandes temas teológicos que en su
historia, Israel ha elaborado.
Es un libro complejo en el que
convergen elementos muy diversos
entre ellos.
No por casualidad en los títulos (que
son realmente antiguos) de los
Salmos existe muy frecuentemente
la referencia a David, no en el
sentido de ser el autor de los Salmos
sino por la conexión que hay entre la
oración de Salmos y David:
David es presentado en la Escritura
como poeta que tocaba la cítara,
como iniciador del culto musical.
Personaje muy variado, rico
humanamente y hasta del punto de
vista teológico porque tiene una
figura compleja en que confluyen
todos los elementos fundamentales
del existir humano y del existir del
creyente: es un joven pero ha sido
elegido por Dios, es un militar de
gran suceso pero ha conocido el exilio
y la persecución,
es un inocente perseguido que renuncia
a la venganza, es un hombre que
encierra la debilidad y la grandeza, el
triunfo y la humillación, el amor y la
traición, la brutalidad de la guerra y
la delicadeza del canto; es un hombre
que busca a Dios, en su complejidad,
con sus defectos y virtudes, es un
hombre que ora y peca. David es el
hombre que busca a Dios, es la figura
típica del creyente, pero a la vez es
una grande figura mesiánica.
Los salmos son palabras de oración
que nacen de una historia y que
cuentan la historia en forma de
oración; podemos decir que la
historia se convierte en oración.
Los salmos se componen de una
diversidad de géneros (lamento,
petición de ayuda, petición de
perdón, imprecaciones, etc.),
pero fundamentalmente
podemos decir que los salmos
se dividen en:
 Salmos de alabanza y

 Salmos de súplica
Estrechamente articulados entre
ellos porque los salmos son
alabanzas que celebran las
maravillas de Dios, que le
agradecen, que celebran su
grandeza de Dios como Dios,
pero en el reconocer a Dios los
salmos reconocen también la
realidad del hombre, por lo que
lleva al orante a hacer
experiencia de sí como mortal.
Mientras alabo a Dios hago
experiencia de que como
hombre necesito de la ayuda de
Dios, hago experiencia de una
dimensión de súplica a la cual
Dios responde con su ayuda.
Por otra parte en la súplica pido
a Dios la ayuda pero lo hago
confiando en el Dios que ayuda,
en el Dios que salva, y así
acudo también a la alabanza.
En el momento en que pido ayuda
estoy ya confiando que Dios me
ayudará, por ello puedo decir que
suplico y alabo al mismo tiempo.
Alabo y esta alabanza supone una
súplica, porque quien alaba ha
hecho experiencia de salvación,
ha vivido una situación que es la
situación de la suplica (aunque no
haya suplicado conscientemente).
Mientras la alabanza dice
vida, dice también que
esta vida es una vida
salvada; y al decir
salvada quiere decir
que ha habido una
cercanía con la muerte,
y entonces quiere decir
que ha habido súplica.
Suplicar, pues, implica
la alabanza, y alabar
implica la súplica.
Cuando se suplica a Dios en un
lamento se reconoce a Dios como
Bueno, porque sabemos que
puede ayudarnos, y al reconocer
la bondad de Dios estamos ya
alabándolo. Y cuando se alaba se
hace memoria del peligro vivido y
por ello se reconocen los signos
de salvación y con ellos la súplica
vivida en el peligro.
Pero es una súplica que nos abre a la
alabanza, y esto es importante porque
el dolor, el sufrimiento, el miedo
delante a la muerte y el peligro son
experiencias que tienden a cerrar al
hombre sobre sí mismo, a encerrarlo
en su propio miedo y desesperación y
ahí solo encuentra la muerte, pero en
cambio, cuando dentro de una
situación de miedo, de angustia, de
muerte el hombre es capaz de suplicar
a Dios el cerco cerrado de la
desesperación
se abre porque el orante no es ya solo
consigo mismo y con la propia muerte
sino que se dirige a Dios, su situación de
desesperación se abre, y se abre a un
Otro, que es un Otro que responde, es un
Otro que es Bueno, que es un Otro que
salva. El cerco cerrado de su
desesperación se abre a la maravilla de
Dios. Y así la súplica no es más la caída
en la obscuridad desesperante del fin de
la soledad y de la angustia sino que la
súplica misma se convierte, en cambio,
en apertura al Divino y por lo tanto en
apertura a la alabanza.
Esto es verdad desde el punto de
vista conceptual, pero es
frecuentemente cierto en los salmos
donde los salmos de suplica casi
siempre terminan alabando y
muchos salmos de alabanza tienen
dentro de sí el recuerdo de aquello
de lo que Dios nos ha salvado.
Existe, pues, una gran articulación
entre la experiencia del lamento y la
experiencia de la alabanza.
Los salmos son oraciones, y
son oraciones escritas.
Y esto es un elemento más
que debemos tener
en cuenta al
estudiar
los salmos.
Porque quien escribe el salmo es un
hombre de fe que ha experimentado
la cercanía de Dios y su salvación
en la cercanía de la muerte y la ha
puesto por escrito para donarla a
otros. No se limita a dar testimonio
verbal sino que la pone por escrito
para que su testimonio quede fijado
y se convierta en testimonio y
palabra de los otros; y así le da a
sus palabras una dimensión de
eternidad, de estabilidad,
porque una oración dicha es una
oración que termina cuando termino
de decirla, pero una oración escrita
es una oración que puede ir más allá
de la muerte de quien la escribe,
más allá de donde está quien la
escribe. Por ello, el salmista que ha
vivido experiencia de salvación se
convierte en testimonio de esa
experiencia para todos aquellos que
vengan después, en cualquier época,
en cualquier lugar, y no sólo como su
testimonio sino que
escribe estas palabras para que
se conviertan en palabras de
otros; y así el testimonio
sobrepasa el propio testimonio
porque cualquiera que ore con
el salmo da testimonio de
salvación orando con las
palabras de aquel que ha sido el
primer testimonio pero que ha
querido pasar este testimonio a
todos los demás.
Ahora bien, las palabras de súplica
y de alabanza del salmista
asumidas por el orante se
convierten en su súplica y su
alabanza, pero hecha una súplica
y una alabanza que uno recibe
de alguno que ha sido salvado y
que ahora da testimonio; en este
sentido el salmo se convierte, en
cualquier modo, en signo, en
promesa de salvación,
se convierte en lugar de
esperanza y de certeza de
salvación, porque quien
recibe el salmo lo recibe
de las manos de quien es
testimonio viviente del
Dios que salva, del Dios
de la vida y es esperanza
futura de salvación.
Además, los salmos son las
palabras que portan el
testimonio de todos aquellos
que nos han precedido: del
salmista que las ha escrito y
de todos aquellos que las
han acogido y han orado
hasta llegar a nosotros.
Y cuando hoy nosotros
oramos con los salmos
debemos darnos
cuenta que estamos
precedidos por una
cadena de orantes y
de testimonios de la fe
que han hecho vivo el
testimonio de este
salmo en su propia
situación de vida. Por
eso podemos decir que
al orar los salmos no
estamos jamás solos.
Pero por otra parte, estas palabras del
orante decíamos ya anteriormente son
también Palabra de Dios. Nos
encontramos delante a los salmos
como un fenómeno muy particular,
porque sabemos que en otros lugares
de la Escritura encontramos salmos no
solo en el Salterio, por ejemplo: la
oración de Jonás en el vientre de la
ballena es un salmo, o mejor dicho es
un “collage” de varios salmos.
En fin, en diversos lugares de la
Escritura encontramos oraciones,
himnos, etc.; no sólo es en el
Salterio que aparece el orante con
sus palabras dirigiéndose a Dios;
pero en todos los demás lugares en
que aparecen salmos fuera del
Salterio aparecen con una función
literaria específica: generalmente
aparecen al interior de un contexto
narrativo, al interno de una
historia.
En cambio, cuando nos
ponemos delante del
Salterio (aunque los
salmos tengan un título
que pretende ubicar un
contexto histórico) nos
encontramos delante de
un libro de oración y no
de una historia narrada;
es un conjunto o
formulario de oraciones
que viene donado al
pueblo de Israel y a la
Iglesia para orar.
Este formulario de oraciones quizá
tenga una estructura, pero los
estudiosos aún no se han puesto
de acuerdo en la estructura del
Salterio; aún se sigue
investigando el por qué del orden
y la numeración que presentan los
salmos. Es una investigación que
apenas está en sus inicios. Un
diseño redaccional del libro de los
salmos aún no se conoce.
El libro de los salmos es
propiamente el libro que debe
enseñarnos a orar. Cuando
nosotros leemos cualquier otra
parte de la Escritura estamos
conociendo la historia o alguna
enseñanza o algún evento del
pueblo, pero cuando leemos los
salmos debemos orar.
Los salmos sirven para orar. Y si
los salmos sirven para orar,
necesariamente las palabras de
los salmos se deben convertir
en mis palabras. Cuando yo leo
un texto narrativo no hago mías
esas palabras, en cambio
cuando leo los salmos, las
palabras que leo se deben
convertir en mis palabras que
dirijo a Dios en la oración.
Es verdad que cualquier parte de la
Escritura me puede mover a orar, pero
la diferencia con los salmos es que al
leer las palabras de los salmos ya
estoy orando y estoy haciendo mías
aquellas palabras del salmo.
Pero aquellas palabras de los salmos que
se convierten en mis palabras al orar son,
en verdad, Palabra de Dios. Y entonces,
yo me dirijo a Dios con aquellas palabras
que hice mías, tomándolas del salmo,
pero que en realidad son originariamente
Palabra de Dios. Es decir, me dirijo a Dios
usando sus mismas palabras; puedo
preguntarme: ¿soy yo que oro o es Dios
el que ora?
Luis Alonso Schökel decía:
“Piensen lo que significa
aprender a hablar. Los
niños de cualquier parte del
mundo se expresan antes
de hablar con expresiones
comunes: llanto,
movimiento de manos,
movimiento del cuerpo, la
risa, sonidos guturales,
etc., y estas expresiones
son iguales para cualquier
niño en cualquier parte del
mundo.
Pero, cuando comienzan a hablar
usan sonidos distintos
dependiendo de la lengua en que
son formados; pero no sólo es el
sonido o la lengua lo que es
distinto, sino que son los
conceptos los que varían de una
cultura a otra, porque el lenguaje
no es sólo una cosa que se
construye con sonidos sino que
es todo un mundo conceptual.
La lengua construye una manera de
pensar. Si yo crezco en una cultura
donde existe sólo la posibilidad de
llamar a las cosas concretamente,
entonces yo razonaré de modo
diverso de otro que crece en una
cultura donde es posible no sólo
llamar a las cosas concretas sino
también darle nombre a los
conceptos como cosas abstractas; la
forma de razonar y, por ende, de ser,
de ambas personas será muy
diferente.
El uso que hago de
las palabras
construye mi
mundo
conceptual. El
lenguaje influye
en el modo de
ver la realidad.
Es con las
palabras,
fundamentalmen
te, que nosotros
pensamos.
Sucede pues que cuando uno aprende a
hablar aprende no solo una lengua
sino sobre todo un modo de pensar; el
niño que al principio lloraba para
expresarse, después utiliza el lenguaje
para decir lo que quiere, usa palabras
que condicionan su modo de pensar,
palabras que él utiliza para decir cosas
suyas, pero utilizando palabras que no
son suyas, porque son las palabras que
toma de su padre, de su madre, de las
personas que hablan a su alrededor.
Cuando el niño dice “tengo hambre” está
diciendo una experiencia suya, pero con
palabras que no son suyas, porque son
palabras aprendidas de algún adulto que
se las enseñó; decir “tengo hambre” no es
una expresión espontánea como el llanto
suyo, es más bien, una cosa que le han
impuesto;
pero, por otro lado podemos decir
que esas palabras son
absolutamente suyas ya que con
esas palabras no sólo expresa algo
de sí mismo, sino que además esas
palabras le condicionan el modo de
pensar, lo estructuran de un cierto
modo y, por lo tanto, es claro que
son palabras absolutamente suyas
pero, por otra parte, son las
palabras de otro.
Cuando el niño, pues,
dice “tengo hambre” es
él quien lo dice, pero
con las palabras y la
forma de pensar de su
madre. Ahora bien, si
los salmos son Palabra
de Dios que se
convierten en mis
palabras, ¿quién es el
que habla, Dios o yo?
Hablo yo, pero con las
palabras y el modo de
Y así, la oración de los
salmos se convierte en el
aprendizaje del lenguaje
de la oración, es decir, el
lenguaje para hablarle a
Dios, pero al mismo
tiempo se convierte en el
aprendizaje del “mundo de
Dios”,
que es el mundo de la fe y es,
también, el mundo de los
sentimientos de Dios, es el
modo de pensar de Dios.
Cuando oramos con los
salmos estamos aprendiendo
cómo Dios piensa, cómo Dios
habla. Estamos leyendo
Palabra de Dios en lenguaje
humano.
 Actitud ante la Palabra:
Al acercarnos a la Palabra de Dios debemos
siempre hacerlo con la actitud de quien se
acerca al Misterio. Misterio porque es
Palabra Divina en palabra humana. Es con
actitud de respeto y, a la vez, con toda
familiaridad. Jamás debemos acercarnos a la
Palabra como quien lee cualquier libro,
aunque es un libro. Debemos siempre tener
actitud de escucha y de atención ante la
Palabra porque es Dios mismo quien nos
habla.
 Orar con los salmos:
Los salmos, como hemos visto, son un
libro de oración. Debemos aprender
a usarlos, a prender a orar leyendo
y meditando, haciendo nuestros, los
salmos.
Muchas personas solo leen o
escuchan los salmos cuando éstos
se leen en la Misa. Debemos buscar
momentos para hacer una lectura
meditada de los salmos y tratar de
entrar en el espíritu en el cual
fueron orados inicialmente.
 Nunca estamos solos:
Los salmos son la oración de la Iglesia.
Debemos vivir la eclesialidad y,
especialmente la universalidad, a través
de la lectura orante de los salmos.
Debemos sentirnos acompañados en el
dolor, en la suplica, en la alabanza, etc.,
ya que como yo, hay muchos otros que
han rezado, están rezando o rezaran estas
mismas líneas, y harán suyas las mismas
palabras que yo estoy haciendo mías.
Orar con los salmos es vivir experiencia de
Iglesia Universal.

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