QUERELLA DE INVESTIDURAS
PROFESOR. MG. GONZALO PRESBÍTERO R.
La Querella de las Investiduras
La querella de las investiduras consistió en el enfrentamiento entre papas y reyes entre 1073 y el
1122, fecha que fija su fin en virtud del Concordato de Worms.
Papa Gregorio VII Enrique IV
Origen
La primera medida que tomó
el Papa Gregorio VII la Pero el emperador, con el
prescripción Publicó el Dictatus Papaes, apoyo de muchos prelados
del celibato eclesiástico, es Enrique IV no dio lugar a alemanes opositores, le
decir la prohibición del dichas normas, siguiendo con exigió al Papa que
matrimonio de los su política de designar a los renunciara. Ante esto, un
sacerdotes. En el futuro los obispos en el territorio concilio determinó que fuera
sacerdotes no podían tener imperial. En respuesta, excomulgado Enrique IV y
hijos y por tanto no Gregorio VII le amenazó con quienes le apoyaron, y le
transmitirían en herencia la excomunión. destituía como rey, liberando
directa sus posesiones y a sus súbditos de obedecerle.
derechos.
En una posición política muy
comprometida, Enrique IV decide obtener
del Papa la absolución. Se dice que Gregorio
VII no le recibió por tres días, en los que
el emperador espero humildemente, descalzo y
arropado con una simple manta.
El Papa le perdonó, a pesar de que esto era una
forma de fortalecer el poder de su oponente.
Este hecho histórico se recuerda como
la Humillación de Canossa.
REACTIVACIÓN DE LA QUERELLA
Al regreso de Enrique a Alemania, Rodolfo de Suabia fue proclamado nuevo emperador.
Enrique IV le exigió al Papa que excomulgara a Rodolfo. Las relaciones se agravaron y el
emperador, convocó un concilio de prelados alemanes en Bresanona, donde lo destituye Gregorio
VII como Papa y nombró en su lugar a un antipapa, al arzobispo de Rávena investido como
Clemente III.
La reacción del Papa no se hizo esperar, e inmediatamente, en ese año de 1080, por un concilio
celebrado en Roma depuso de su cargo imperial a Enrique IV, lo excomulgó y reconoció como
legítimo rey a Rodolfo de Suabia.
REACTIVACIÓN DE LA QUERELLA
Enrique IV se puso al frente de un poderoso ejército y
marchó sobre Roma y reunió en ella un concilio al que
fue convocado a Gregorio VII, pero este no acudió,
sabedor de que iba a ser juzgado y condenado. Su
inasistencia no evitó su excomunión y destronamiento.
En su lugar se colocó a Clemente III que se apresuró a
coronar a Enrique.
Gregorio solicitó la ayuda de Roberto Guiscardo, quien puso en marcha sus ejércitos, en su
mayoría musulmanes, y las lanzó contra Roma. Enrique abandonó de forma prudentemente la
ciudad que quedó a merced de aquellas hordas incontroladas.
Se produjo un verdadero saqueo, intolerable para el pueblo romano, que se sublevó contra los
valedores de la autoridad gregoriana.
Fue la excusa para una salvaje represión sangrienta en la que sucumbieron millares de ciudadanos
y la urbe quedó arruinada. Gregorio VII huyó de la Roma devastada.
REACTIVACIÓN DE LA QUERELLA
Tras un fugaz paso por la sede pontificia de Víctor III, fue designado Papa en 1088 Urbano II. En
Roma, no obstante, seguía instalado el antipapa Clemente III con sus partidarios. Urbano se propuso
desalojar de la ciudad santa a su oponente, para lo que confió en sus vasallos sicilianos.
En efecto, con el apoyo del ejército normando pudo abrirse paso hasta Roma en noviembre de 1088,
donde hubo de librarse cruentas batallas entre las tropas del antipapa y las del Papa para que este
pudiera por fin acceder a su legítimo trono.
Una vez instalado en él, buscó la manera de derribar al emperador aglutinando en la poderosa Liga
Lombarda las ciudades de Milán, Lodi, Piacenza y Cremona.
Urbano II murió en 1099, sin haber podido doblegar a su personal enemigo Enrique IV.
REACTIVACIÓN DE LA QUERELLA
Su sucesor Pascual II ensayó sin resultado similares procedimientos a los empleados por sus
antecesores en su pugna con Enrique IV. Este moría en 1106 dejando en el trono imperial a su hijo
Enrique V. La aparentemente dócil disposición del nuevo emperador hizo creer por un momento a
Pascual II que tenía al alcance de su mano la ansiada solución a los problemas que padecía la
cristiandad.
Pero Enrique V no tardó en clarificar su posición: envió emisarios a Roma para recordar al papa la
ancestral prerrogativa del rey germánico de confirmar la elección de los obispos, tomarles juramento de
fidelidad y entregarles las credenciales de su autoridad secular, o, dicho de otro modo, su facultad de
investir a los prelados en sus feudos eclesiásticos.
La lucha volvía a empezar y, como siempre, la excomunión del emperador fue la primera medida
tomada en el concilio de Guastalla ese mismo año de 1106.
[Link] DE ACTITUD
A Enrique V no podía ofertársele una mejor solución, pues ella suponía la apropiación de todo el
patrimonio de la iglesia germánica, por cuyo precio estaba dispuesto a renunciar a su privilegio de
sancionar la elección de los cargos eclesiásticos que, en lo sucesivo, no ostentarían ningún poder
territorial.
Con intención de acelerar un final satisfactorio para sus intereses, Enrique penetró en Italia en 1110 al
frente de un ejército intimidador.
Firmaron con este el concordato de Sutri (Viterbo), por el que se pactaba el abandono por parte del
emperador de sus supuestos derechos de investidura a cambio de la entrega por parte del clero de sus
bienes territoriales.
.
Cuando los prelados, abades y demás dignatarios eclesiásticos conocieron que la paz se compraba
con sus bienes se desató la cólera de los afectados de forma tan tumultuosamente amenazadora que
Pascual II no pudo proseguir con la lectura del documento ni proceder a la coronación del emperador.
Este hizo que las tropas desalojasen el templo y redujo a prisión a los cardenales.
La querella de las investiduras, que por un fugaz momento pareció llegar a su fin, se intensificó si
cabe el termino. Pascual II murió en 1118 sin haber avanzado en el camino de la solución
EL FIN DE LA QUERELLA
En 1117 se sitúa Calixto II, Papa de origen francés y a quien hay que atribuir el éxito en la anhelada
conclusión de la querella de las investiduras. El inicio de su pontificado no presagiaba aquel buen
final. No obstante, sea porque cundiese en ambas partes la fatiga por tan prolongada lucha, o porque
finalmente se impusiera la razón, el 23 de septiembre de 1122 se firmó el Concordato de Worms,
ratificado un año después por el concilio ecuménico de Letrán.
Por aquel protocolo se establecía un acuerdo entre la Santa Sede y el Imperio, según el cual
correspondería al poder eclesiástico la investidura clerical mediante la entrega del anillo y el báculo
y la consagración con las órdenes religiosas, mientras que al estamento civil se le reservaba la
investidura feudal con otorgamiento de los derechos de regalía y demás atributos temporales.
Los así investidos se debían al papa en lo religioso y al soberano laico en lo civil. Al
emperador se le reconocía además la potestad de asistir a la elección de los cargos
eclesiásticos y de utilizar su voto de calidad cuando no hubiese acuerdo entre los electores.
Como las presiones que se ejercían sobre los capítulos de las catedrales y abadías eran muy
fuertes en la elección de un determinado candidato, lo que dificultaba la obtención del
cuórum necesario, al final acabó siendo con harta frecuencia el emperador quien impuso su
arbitraje.
Finalmente, un año más tarde, en 1123, el acuerdo tomado en Worms quedó ratificado por el
Concilio I de Letrán. Quedaba zanjada, de manera definitiva, la querella de las investiduras.
Se reconocía ya de manera abierta la separación de poderes en la cuestión del nombramiento de
los nuevos obispos. No obstante, la pugna entre la Iglesia y el Imperio por la supremacía de
Occidente, quedaría aún ampliamente cuestionada.