El hombre que era yo sintió la incomodidad del catre y el frío.
Por las rendijas de la tienda
de campaña ingresaba el resplandor del amanecer. Yo hubiera necesitado unas horas más
de sueño, pero él, en cambio, consideraba que dormir era un signo de debilidad y se
incorporó.
El espejo le devolvió una imagen que lo reconfortaba. Estaba seguro de sí mismo. El
reloj marcaba las seis y media de la mañana cuando encendió el primer cigarrillo y tomó el
primer trago de whiskey. Comenzó a escribir. Sus dedos, su pensamiento y el teclado
conformaban una unidad.
Una mujer se movió en el lecho. Lo llamó, me llamó.
-Ernesto…- dijo, al menos dos veces.
Seguí escribiendo, seguí fumando, seguí bebiendo.
-¡Por dios, Ernesto!
La vi. Sus facciones eran hermosas, casi hirientes, pero el hombre que era yo la
detestaba. Pude percibir la ira en sus músculos tensos. Concentramos nuestra vista en las
letras. Continuamos tecleando. Aumentamos la presión. El ruido fue más intenso, más
molesto.
-¡Ya está!, ¡Lo lograste!, ¡me voy a dormir a la tienda de los Macomber! -vociferó ella,
mientras se evadía con una manta y una almohada en los brazos.
El hombre que era yo escribía. Su historia hablaba sobre otro hombre que era él,
que se había despertado en una tienda de campaña y también escribía perturbado. Helen,
su pareja, lo irritaba. Desde que había abortado nunca había vuelto a ser la misma. La
historia sucedía en África.
El almuerzo con los Macomber fue un fracaso. Los criados habían montado la mesa
debajo de unas acacias y nos habían servido lomo de antílope. Helen lucía perdida, oculta
detrás de sus lentes oscuros. Revolvía la comida con sus cubiertos pero no se la llevaba a
la boca. Era el segundo vaso de vodka que se servía. Margaret sacó el tema:
-De no haber sido por Ernesto, ayer, hubiéramos tenido una fatalidad...
Sus ojos se cruzaron con los míos. Era joven y atractiva. Había abandonado el
modelaje cuando se había casado cinco años atrás. En aquella ocasión, la prensa del
corazón la había llamado depredadora, porque Macomber era millonario, tenía veinticinco
años más que ella, un físico poco agraciado y una personalidad repelente.
-Muchos hombres huyen cuando enfrentan a su primer león. Francis tuvo una reacción
espontánea. Olvidemos el tema.
Contesté mientras sentía el sabor de la mentira surcar mi paladar. Macomber era un
cobarde. Lo único que en él que imponía respeto era su dinero, pero el coraje no puede
comprarse. Nunca tendría que haber salido de Nueva York.
-Ernesto, no me gustaría que trascendiera, sobre todo en los clubes de caza. Siento mucha
vergüenza. Espero tener otra oportunidad.
Iba a contestar que mis labios estaban sellados, pero no tuve tiempo. Uno de
nuestros criados, un joven swahili de doce años, había derramado sin querer la jarra de
limonada sobre la chaqueta de Francis, quien se levantó y comenzó a azotarlo. La escena
fue repugnante. Logré sujetarlo demasiado tarde. La sangre había teñido la arena. El chico
había quedado verdaderamente lastimado.
Akbar Amana llegó al campamento antes del ocaso y me sacó del letargo. Me
alegré. Era un excelente rastreador y sentía afinidad por él. Como pautaba la diplomacia,
primero nos reímos, compartimos viejas anécdotas, y luego tocamos los temas más
delicados. Hablamos con seriedad y llegamos a un acuerdo. Había grandes posibilidades de
que todo saliera mal, pero debíamos ser valientes. Había visto a un león a veinte kilómetros
de nuestro campamento y quería hacer justicia.
-Se llama “cebado” al león que ha probado la sangre humana - expliqué..
-¿Y eso qué importancia tiene? -preguntó Francis Macomber, mientras miraba la sabana a
través de la ventana del jeep.
-La carne humana para él es una delicia suprema. Si la prueba, no hay vuelta atrás. El
animal se convierte en un asesino que ataca a las aldeas.
Descendimos. El hombre que era yo se sentía a gusto. Había aprendido a cazar con
su padre cuando era niño.
Akbar Amana pidió que fuéramos sigilosos con un gesto e indicó el camino. Francis
Macomber debía ir primero para tomar la presa y limpiar su honor.
El león lo distinguió pronto. Olió su miedo. Avanzó. Francis alzó el rifle. Sin
embargo, no disparó. Giró el cuello y me miró aterrado. Sus piernas temblaban, pero esta
vez no iba a correr y apartarse. Su orgullo se lo impedía. Estaba perdido, preso a mitad de
camino entre su ambición y cobardía. Apenas lo separaban del animal veinte metros. Gritó.
El sudor le perlaba la frente.
-¡No puedo! -grito- ¡No puedo!
Akbar Amana levantó su arma. Disparó. Yo y el hombre que era yo levantamos
nuestra arma. Disparamos. Ambos fuimos implacables. El león y Francis Macomber cayeron
rendidos.
-¡Imbécil!, eso le pasa por haberle pegado a mi hijo.
-Akbar, dejemos esto atrás. Para vos fue un acto de justicia, yo en cambio atestigüé
piedad. Evitaste que el león lo atacara y le diera una muerte más horrenda. Lo que ha
sucedido aquí no está fuera de la ley. Es simplemente una buena historia- comenté.
Mi amigo manejó en silencio mientras compartíamos una botella de whisky.
Las luces del campamento estaban apagadas. Helen y los criados dormían.
Margaret no lloró la muerte de su esposo, tampoco pidió detalles. Abrió ligeramente su
camisón, me invitó a pasar y cerró la puerta de la tienda.