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Hemingway

El protagonista, que se siente incómodo y perturbado, escribe mientras su pareja, Helen, lo irrita tras un aborto. Durante un almuerzo con los Macomber, se desata una tensión que culmina en un incidente violento con un criado, y posteriormente, en una cacería donde Francis Macomber muestra su cobardía ante un león. Al final, ambos, el protagonista y Akbar, disparan al león y a Macomber, mientras la relación con Helen se complica aún más.

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Hemingway

El protagonista, que se siente incómodo y perturbado, escribe mientras su pareja, Helen, lo irrita tras un aborto. Durante un almuerzo con los Macomber, se desata una tensión que culmina en un incidente violento con un criado, y posteriormente, en una cacería donde Francis Macomber muestra su cobardía ante un león. Al final, ambos, el protagonista y Akbar, disparan al león y a Macomber, mientras la relación con Helen se complica aún más.

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El hombre que era yo sintió la incomodidad del catre y el frío.

Por las rendijas de la tienda

de campaña ingresaba el resplandor del amanecer. Yo hubiera necesitado unas horas más

de sueño, pero él, en cambio, consideraba que dormir era un signo de debilidad y se

incorporó.

El espejo le devolvió una imagen que lo reconfortaba. Estaba seguro de sí mismo. El

reloj marcaba las seis y media de la mañana cuando encendió el primer cigarrillo y tomó el

primer trago de whiskey. Comenzó a escribir. Sus dedos, su pensamiento y el teclado

conformaban una unidad.

Una mujer se movió en el lecho. Lo llamó, me llamó.

-Ernesto…- dijo, al menos dos veces.

Seguí escribiendo, seguí fumando, seguí bebiendo.

-¡Por dios, Ernesto!

La vi. Sus facciones eran hermosas, casi hirientes, pero el hombre que era yo la

detestaba. Pude percibir la ira en sus músculos tensos. Concentramos nuestra vista en las

letras. Continuamos tecleando. Aumentamos la presión. El ruido fue más intenso, más

molesto.

-¡Ya está!, ¡Lo lograste!, ¡me voy a dormir a la tienda de los Macomber! -vociferó ella,

mientras se evadía con una manta y una almohada en los brazos.

El hombre que era yo escribía. Su historia hablaba sobre otro hombre que era él,

que se había despertado en una tienda de campaña y también escribía perturbado. Helen,

su pareja, lo irritaba. Desde que había abortado nunca había vuelto a ser la misma. La

historia sucedía en África.

El almuerzo con los Macomber fue un fracaso. Los criados habían montado la mesa

debajo de unas acacias y nos habían servido lomo de antílope. Helen lucía perdida, oculta

detrás de sus lentes oscuros. Revolvía la comida con sus cubiertos pero no se la llevaba a

la boca. Era el segundo vaso de vodka que se servía. Margaret sacó el tema:

-De no haber sido por Ernesto, ayer, hubiéramos tenido una fatalidad...
Sus ojos se cruzaron con los míos. Era joven y atractiva. Había abandonado el

modelaje cuando se había casado cinco años atrás. En aquella ocasión, la prensa del

corazón la había llamado depredadora, porque Macomber era millonario, tenía veinticinco

años más que ella, un físico poco agraciado y una personalidad repelente.

-Muchos hombres huyen cuando enfrentan a su primer león. Francis tuvo una reacción

espontánea. Olvidemos el tema.

Contesté mientras sentía el sabor de la mentira surcar mi paladar. Macomber era un

cobarde. Lo único que en él que imponía respeto era su dinero, pero el coraje no puede

comprarse. Nunca tendría que haber salido de Nueva York.

-Ernesto, no me gustaría que trascendiera, sobre todo en los clubes de caza. Siento mucha

vergüenza. Espero tener otra oportunidad.

Iba a contestar que mis labios estaban sellados, pero no tuve tiempo. Uno de

nuestros criados, un joven swahili de doce años, había derramado sin querer la jarra de

limonada sobre la chaqueta de Francis, quien se levantó y comenzó a azotarlo. La escena

fue repugnante. Logré sujetarlo demasiado tarde. La sangre había teñido la arena. El chico

había quedado verdaderamente lastimado.

Akbar Amana llegó al campamento antes del ocaso y me sacó del letargo. Me

alegré. Era un excelente rastreador y sentía afinidad por él. Como pautaba la diplomacia,

primero nos reímos, compartimos viejas anécdotas, y luego tocamos los temas más

delicados. Hablamos con seriedad y llegamos a un acuerdo. Había grandes posibilidades de

que todo saliera mal, pero debíamos ser valientes. Había visto a un león a veinte kilómetros

de nuestro campamento y quería hacer justicia.

-Se llama “cebado” al león que ha probado la sangre humana - expliqué..

-¿Y eso qué importancia tiene? -preguntó Francis Macomber, mientras miraba la sabana a

través de la ventana del jeep.

-La carne humana para él es una delicia suprema. Si la prueba, no hay vuelta atrás. El

animal se convierte en un asesino que ataca a las aldeas.


Descendimos. El hombre que era yo se sentía a gusto. Había aprendido a cazar con

su padre cuando era niño.

Akbar Amana pidió que fuéramos sigilosos con un gesto e indicó el camino. Francis

Macomber debía ir primero para tomar la presa y limpiar su honor.

El león lo distinguió pronto. Olió su miedo. Avanzó. Francis alzó el rifle. Sin

embargo, no disparó. Giró el cuello y me miró aterrado. Sus piernas temblaban, pero esta

vez no iba a correr y apartarse. Su orgullo se lo impedía. Estaba perdido, preso a mitad de

camino entre su ambición y cobardía. Apenas lo separaban del animal veinte metros. Gritó.

El sudor le perlaba la frente.

-¡No puedo! -grito- ¡No puedo!

Akbar Amana levantó su arma. Disparó. Yo y el hombre que era yo levantamos

nuestra arma. Disparamos. Ambos fuimos implacables. El león y Francis Macomber cayeron

rendidos.

-¡Imbécil!, eso le pasa por haberle pegado a mi hijo.

-Akbar, dejemos esto atrás. Para vos fue un acto de justicia, yo en cambio atestigüé

piedad. Evitaste que el león lo atacara y le diera una muerte más horrenda. Lo que ha

sucedido aquí no está fuera de la ley. Es simplemente una buena historia- comenté.

Mi amigo manejó en silencio mientras compartíamos una botella de whisky.

Las luces del campamento estaban apagadas. Helen y los criados dormían.

Margaret no lloró la muerte de su esposo, tampoco pidió detalles. Abrió ligeramente su

camisón, me invitó a pasar y cerró la puerta de la tienda.

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