Amor
La madre de Blanca era mala. No soy mala, soy estricta, advertía:
-No soy mala, no se confundan, soy estricta, una persona seria. ¿Me van a acusar por eso?
Pero era mentira. No era estricta, tampoco una persona seria, sino mala a secas.
En la oficina era habitual verla inventando chismes, ocultando información y consumiendo
de forma desmedida yerba y bizcochitos 9 de Oro, sin jamás aportar un solo peso a la
compra grupal.
Quienes eran más cautos la evitaban. Pasaban delante de su escritorio apresurados
mientras fingían encontrarse inusualmente ocupados:
-Siempre a mí, me dan todos los expedientes siempre a mí… ¡Me voy a tener que quedar
después de hora otra vez! ¡Otra vez! ¡Querida, qué ganas de hablar con vos pero justo
ahora estoy hasta el cuello..! Beso, beso, bye…
Los más temerarios, en cambio, se dirigían hacia ella con una cordialidad lindante
con la reverencia. Le realizaban obsequios -una rosa el día de la mujer, un perfume el día
del empleada municipal o un ramo de flores el día de la primavera-, porque consideraban
una táctica conveniente estar en buenos términos con las personalidades beligerantes.
Por supuesto, también estaban los homicidas, prácticos pero letales, aquellos que
sabían que era golosa y diabética y, entonces, la tentaban una y otra vez con bombones.
Bombones, bombones y bombones.
Silencio y miedo, respeto y adulación. La maldad iluminaba a la madre de Blanca
bajo un aura de poder y ese poder un buen día le regaló uno de los mayores beneficios que
puede alcanzar un empleado de la Municipalidad de La Plata. No, no ascendió. Su logro fue
aún mayor: dejó de contar con tareas asignadas. Desde que llegaba hasta que se iba
absolutamente nadie osaba darle algo para hacer. Sus superiores, más tarde que temprano,
lo habían comprendido. No tenían dudas. Cualquier actividad que le otorgaran, por más
lateral e irrelevante que fuera, no solo quedaría inconclusa, sino que se encontraría
atravesada por el drama más brutal: acusaciones entre compañeros, llantos bíblicos, gritos.
Simplemente, decidieron abreviar y dejaron de contar con ella. La saludaban. A veces le
hacían un comentario sobre el clima. Otras veces sobre el color de alguna de sus prendas.
Nada más. Luego, daban dos pasos al costado, buscaban a otro oficinista y, sin siquiera
saludarlo, iban a lo grueso y a cara de perro comenzaban la rutina laboral real.
Y esto funcionó casi sin sobresaltos ni más ni menos que durante treinta y cinco
años. La jornada laboral para la mamá de Blanca era puro esparcimiento. Llegaba y se
ponía al día con los chismes y conspiraciones. A media mañana hablaba de muertes y
enfermedades con la auxiliar de limpieza. Después, almorzaba y se retiraba. A veces, se
pintaba la uñas. A veces, se maquillaba. A veces, leía la revista Para ti o El arte de tejer. A
veces, se tomaba un break e iba a la peluquería. A veces, se encerraba en el cuarto de
baño y se masturbaba con el palo del secador de pisos.
Solo el incidente de la carta puede considerarse un contratiempo, una pequeña
alteración en su rutina.
El sobre, el famoso sobre, recaló en su escritorio el día 11 de marzo de 1990.
Amor
Eso llevaba escrito en el dorso.
-Querida, había quedado en ir a almorzar con mi novio, pero no voy a estar. ¿Podés darle
esta nota, por favor?
Amor
La madre de Blanca no necesitó levantar la mirada. Sabía, estaba segura, que la
que le hablaba era una de las nuevas secretarias de la privada, una pendeja concheta que
tenía entre ceja y ceja; olía a City Bell, a hockey sobre césped y a vacaciones en Uruguay.
-Perdoname, no sé qué te pensabas… ¿Vos me viste cara de cartero a mí?
-Sos la recepcionista. ¿O no?
-Exactamente, soy la recepcionista. No soy adivina. ¿Apenas te ubico a vos decime como
voy a reconocer al cornudo de tu novio? ¿Lo rotulaste en el pecho? Lo único que sé es que
debe ser tremendo flor de pelotudo, pero como de pelotudos este edificio está lleno, me
estás pidiendo encontrar una aguja en un pajar.
Explicó y agregó que para sus asuntos privados podía utilizar el Correo Argentino,
una paloma mensajera o lo que fuera, pero no molestarla a ella, justo a ella que estaba tan
pero tan ocupada ese momento… Eso que estaba haciendo era de gente desubicada y
turra.
-Cheta, desubicada y turra - eso le dijo.
“Cheta, desubicada y turra”, vociferó pero nadie la escuchó. Cuando la mamá de
Blanca levantó la vista ya no había nadie. El sobre estaba, en el mismo lugar donde lo
habían dejado, rojo, perfumado e impactante, con sus letras cuidadosamente ribeteadas,
dolía como una cachetada.
Amorrrrrrr
Todas las alarmas internas de la madre de Blanca sonaron; la posición de privilegio
que había logrado estaba en jaque. Habían cruzado la línea y le habían dado algo para
hacer, ni más ni menos que entregar un puto sobre, un sobre de mierda que decía.
AMORRRRRRRRRRRR
Solo existía una defensa. Debía ser contundente y dejarlo en claro, exclamarlo a
gritos hasta quedara grabado en los cimientos del edificio: ella no estaba ahí, en ese
trabajo, para trabajar
Actuó. Fue lapidaria.
Tan solo tres semanas más tarde la emisora de la carta fue cesanteada. Mientras
cruzaba el pasillo con el contenido de su escritorio dentro de una caja fue perseguida por el
silencio y la mirada reprobatoria de sus compañeros. Un rumor que se había extendido
como una lúgubre mancha afirmaba que la habían descubierto enfiestándose con los
choferes del intendente a cambio de cocaína. Antes de que se cerraran las puertas del
ascensor, una mujer -con voz de cacatúa- le gritó:
-¡Puta! ¡Arrastrada!
Blanca fue concebida apenas unos días antes, producto de las diversas gestiones
que emprendió su madre en busca de venganza y castigo. Algunos opinan que su padre
biológico habría que encontrarlo entre jefe personal que dinamizó de forma inaudita la
investigación del sumario, los tres choferes que brindaron con generosidad su testimonio o
el mismo intendente que se cruzó de brazos cuando su secretaria fue descalificada e
imputada. Nos quedaremos con la incógnita. La madre blanca jamás se expidió al respecto.
Nunca tocó el tema y, por supuesto y como es de esperar, nadie preguntó. Todos podemos
entender perfectamente el porqué.