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Unidad 2

El documento aborda la evolución del concepto de seguridad, destacando la transición de enfoques autoritarios a modelos democráticos que priorizan la seguridad ciudadana y los derechos humanos. Se enfatiza la importancia de construir la seguridad a través de consensos inclusivos y la necesidad de políticas que prevengan la violencia y promuevan la convivencia pacífica. Además, se discute la relevancia de considerar el conflicto social en la formulación de políticas de seguridad, proponiendo un enfoque que trascienda la mera represión del delito.
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El documento aborda la evolución del concepto de seguridad, destacando la transición de enfoques autoritarios a modelos democráticos que priorizan la seguridad ciudadana y los derechos humanos. Se enfatiza la importancia de construir la seguridad a través de consensos inclusivos y la necesidad de políticas que prevengan la violencia y promuevan la convivencia pacífica. Además, se discute la relevancia de considerar el conflicto social en la formulación de políticas de seguridad, proponiendo un enfoque que trascienda la mera represión del delito.
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Políticas de Seguridad

Unidad 2 - Definiendo la Seguridad

1. Una aproximación a la definición de la seguridad

La discusión acerca del bien seguridad es importante, ya que al definirlo estamos también optando por una
determinada forma de construirlo y eligiendo quiénes y de qué modo participan en esa construcción.

Por ello, este primer módulo está dedicado a construir esta definición a partir de su evolución.

Trataremos pues de analizar qué elementos definen la seguridad, como han evolucionado en los últimos años y
cuáles son los que describen el objeto de nuestro estudio: seguridad comunitaria.

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1.1. ¿De qué hablamos cuando hablamos de la seguridad?

Utilizaremos para comenzar nuestra reflexión el concepto de “Seguridad Ciudadana” que propuso la
Comisión Interamericana de Derechos Humanos en 2009:

“La seguridad ha sido desde siempre una de las funciones principales de los Estados.
Indudablemente, con la evolución de los Estados autoritarios hacia los Estados democráticos ha ido
evolucionando también el concepto de seguridad. El concepto de seguridad que se manejaba antes
se preocupaba únicamente por garantizar el orden como una expresión de la fuerza y supremacía
del poder del Estado. Hoy en día, los Estados democráticos promueven modelos policiales acordes
con la participación de los habitantes, bajo el entendimiento de que la protección de los ciudadanos
por parte de los agentes del orden debe darse en un marco de respeto de la institución, las leyes y
los derechos fundamentales. Así, desde la perspectiva de los derechos humanos, cuando en la
actualidad hablamos de seguridad no podemos limitarnos a la lucha contra la delincuencia, sino que
estamos hablando de cómo crear un ambiente propicio y adecuado para la convivencia pacífica de
las personas. Por ello, el concepto de seguridad debe(1) poner mayor énfasis en el desarrollo de las
labores de prevención y control de los factores que generan violencia e inseguridad, que en tareas
meramente represivas o reactivas ante hechos consumados.

“El concepto de seguridad ciudadana es el más adecuado para el abordaje de los problemas de
criminalidad y violencia desde una perspectiva de derechos humanos, en lugar de los conceptos de
“seguridad pública”, “seguridad humana”, “seguridad interior” u “orden público”. Éste deriva
pacíficamente hacia un enfoque centrado en la construcción de mayores niveles de ciudadanía
democrática, con la persona humana como objetivo central de las políticas a diferencia de la
seguridad del Estado o el de determinado orden político. En este orden de ideas, la Comisión
entiende pertinente recordar que la expresión seguridad ciudadana surgió, fundamentalmente,
como un concepto en América Latina en el curso de las transiciones a la democracia, como medio
para diferenciar la naturaleza de la seguridad en democracia frente a la seguridad en los regímenes
autoritarios. En estos últimos, el concepto de seguridad está asociado a los conceptos de
“seguridad nacional”, “seguridad interior” o “seguridad pública”, los que se utilizan en referencia
específica a la seguridad del Estado. En los regímenes democráticos, el concepto de seguridad
frente a la amenaza de situaciones delictivas o violentas, se asocia a la “seguridad ciudadana” y se
utiliza en referencia a la seguridad primordial de las personas y grupos sociales. Del mismo modo,
contrariamente a los conceptos también utilizados en la región de “seguridad urbana” o “ciudad
segura”, la seguridad ciudadana se refiere a la seguridad de todas las personas y grupos, tanto en
las zonas urbanas como rurales. Sin perjuicio de lo señalado anteriormente, es importante destacar
que el concepto de “seguridad pública”, se utiliza ampliamente en los Estados Unidos y Canadá,
para hacer referencia también a la seguridad de las personas y grupos que componen la sociedad.
Por el contrario, como se ha señalado en los párrafos anteriores, la misma expresión “seguridad
pública”, en América Latina hace referencia a un concepto diferente que alude a la seguridad
construida desde el Estado o, en ocasiones, a la misma seguridad del Estado.”

En esta línea, el documento señala que el concepto de seguridad ciudadana debe incluir:

La Perspectiva de derechos humanos: en el ámbito de la seguridad ciudadana se encuentran aquellos

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derechos que permiten a las personas que forman una sociedad acceder a los demás derechos; de forma
tal que puedan desenvolver su vida cotidiana con el menor nivel posible de amenazas a su integridad
personal, sus derechos cívicos y el goce de sus bienes.
La actividad de la fuerza pública legítimamente orientada a la protección de la seguridad
ciudadana: es esencial en la consecución del bien común en una sociedad democrática. El abuso de
autoridad policial en el ámbito urbano se ha constituido en uno de los factores de riesgo para la seguridad
individual. Los derechos humanos como límites al ejercicio arbitrario de la autoridad.
Las políticas sobre seguridad ciudadana, desde una perspectiva de derechos, deben ser
evaluadas teniendo en cuenta las obligaciones de los Estados: Por un lado las obligaciones
negativas de abstención y respeto y, por otro, las obligaciones positivas vinculadas a la adopción de
medidas de prevención. La invocación efectiva de los derechos involucran otras obligaciones positivas y
negativas para el Estado, en cuatro niveles: obligaciones de respetar, obligaciones de proteger,
obligaciones de asegurar y obligaciones de promover el derecho en cuestión. La obligación de
respetar se define por el deber del Estado de no injerir, obstaculizar o impedir el acceso al goce de los
bienes que constituyen el objeto del derecho. Las obligaciones de proteger consisten en impedir que
terceros interfieran, obstaculicen o impidan el acceso a esos bienes. Las obligaciones de asegurar
suponen asegurar que el titular del derecho acceda al bien cuando no puede hacerlo por sí mismo. Las
obligaciones de promover se caracterizan por el deber de desarrollar condiciones para que los titulares del
derecho accedan al bien.
Obligación estatal sobre el esclarecimiento judicial de conductas con miras a eliminar la impunidad y lograr
su no repetición.
Responsabilidad del Estado por conductas de sus agentes y de terceros: las personas pueden ver
sus derechos fundamentales comprometidos ya sea por conductas de agentes estatales o por conductas
delincuenciales de particulares que en caso de no ser esclarecidas generan responsabilidad estatal por
incumplimiento con la obligación de brindar protección judicial. En el caso de personas en situación de
especial vulnerabilidad, la responsabilidad estatal también surge frente a la ausencia de medidas de
prevención del daño.
La obligación de adoptar medidas para prevenir la vulneración de derechos vinculados a la
seguridad ciudadana: El deber de prevención abarca todas aquellas medidas de carácter
jurídico, político, administrativo y cultural que promuevan la salvaguarda de los derechos
humanos y que aseguren que su eventual vulneración sea efectivamente considerada y tratada como un
hecho ilícito susceptible de acarrear sanciones para quien las cometa, así como la obligación de
indemnizar a    las víctimas por sus consecuencias perjudiciales.
La obligación de garantizar la creación de las condiciones necesarias para evitar la vulneración
del derecho a la vida: requiere que los Estados adopten todas las medidas apropiadas para proteger y
preservar el derecho a la vida.
El Estado debe asegurar el derecho a la vida, a través del establecimiento de disposiciones de
derecho penal efectivas: las mismas deben servir para disuadir la comisión de delitos contra las
personas, y deben estar apoyadas por una maquinaria de implementación de la ley para la prevención,
supresión y castigo del incumplimiento de esas disposiciones. En algunos casos, el Estado debe
desarrollar acciones de protección de personas y grupos en situación de vulnerabilidad.
La obligación de los Estados de investigar conductas que afectan los derechos: Cuando las
autoridades estatales tengan conocimiento sobre una conducta que haya afectado los derechos deben
iniciar sin dilación una investigación seria, imparcial y efectiva por todos los medios legales disponibles y
orientados a la determinación de la verdad y el enjuiciamiento y eventual castigo de los autores. Durante
el proceso de investigación y el trámite judicial, las víctimas o sus familiares, deben tener amplias
oportunidades para participar y ser escuchados, tanto en el esclarecimiento de los hechos y la sanción de
los responsables, como en la búsqueda de una justa compensación.

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1.2. ¿Cómo construimos la seguridad?

La primera pregunta que trataremos de contestar es cómo se construye la seguridad.

Haciendo acuerdos. ¿Quiénes quedan adentro y quiénes quedan afuera?

Toda estructura social que se pretende estable se construye, en última instancia, sobre un pacto que combina en
proporción variable estos dos elementos: consenso y coacción.

Si esta estructura se pretende democrática, la coacción debe estar subordinada al consenso o, dicho de otra
forma, la coacción debe ser solamente el garante de ese consenso.

Ese acuerdo permite equilibrar la seguridad considerada como un bien individual, propio de cada
persona, con la seguridad como bien colectivo, producto de que esas personas viven en sociedad.

Para que ese pacto realmente funcione debe forzosamente incluir a todos los miembros de la estructura social a
la que pretende organizar. Un sistema que deje a alguien fuera del pacto es un sistema ilegítimo y por lo tanto,
la coacción que surge de ese consenso es injusta.

Históricamente los Estados se han construido, como señala Max Weber, en torno al monopolio de la
violencia legítima. Si analizamos históricamente la construcción de las políticas de seguridad vemos
que estas siempre se han realizado aplicando un patrón de inclusión – exclusión.

La estructura básica ha sido la identificación del binomio amigo– enemigo. El amigo queda dentro del pacto y sus
derechos le son reconocidos; el enemigo queda fuera del pacto y para él no hay derechos, o sólo hay el derecho
penal del enemigo.

Construir la seguridad ha sido, pues, un ejercicio de definición de amenazas y, a partir de allí, la construcción de
muros de defensa.

Como señala Alejandro Baratta (miembro del Instituto de Derecho y Filosofía Social, Universidad de
Saarlandes, Alemania) el sustantivo seguridad (que debería ser un valor por sí mismo) va siempre
acompañado de un adjetivo que la define y en algún sentido la limita; por ejemplo: pública,
nacional, ciudadana, de los habitantes, comunitaria. Esta adjetivación no es neutral ni mucho
menos equivalente. Trataremos de explicarlas.

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1.3. ¿Cómo se fue definiendo la seguridad? De la represión del delito


a la resolución del conflicto.

La Seguridad es un concepto que presenta una larga evolución. Estas modificaciones están directamente
originadas en los diversos modelos de Estado que fueron desarrollándose históricamente y que constituyen sus
respectivos marcos de conceptualización.

Aquí estudiaremos dos conceptos claves para la creación de una política de seguridad, y el contexto
estatal en que se originaron: Orden Público y Conflicto Social.

Orden Público

La Seguridad Pública nació en Europa, a finales del siglo XIX, paralelamente al desarrollo de las grandes
burocracias estatales producto de la Revolución Industrial. Constituía un punto de equilibrio entre las tradiciones
liberales, producto de la Revolución Francesa y las autoritarias, producto de las monarquías. Una negociación,
casi, entre los conceptos de Estado de Derecho y de Estado Policial. Su concepto clave es el de Orden Público,
donde el valor libertad se encuentra siempre limitado al valor orden. La Seguridad Nacional que tuvo como
marco el enfrentamiento de bloques en la Guerra Fría, llevó a sus últimas consecuencias el concepto de orden
público. Planteada originariamente como la seguridad de la Nación ante otros países en una contienda
internacional, terminó subordinando lo interno a lo externo, y esa dramática búsqueda del enemigo, del otro –
diferente– externo, terminó su círculo encontrando la diferencia en sí mismo: el enemigo interior.

Seguridad Ciudadana, de los Habitantes, Comunitaria.

Los Estados Democr áticos, en busca de consolidar o profundizar el sistema, desarrollan la idea de Seguridad
Ciudadana. Originada en la doctrina de la llamada nueva prevención (nouvelle prevention) dota a la política
criminal de una dimensión local, participativa, multidisciplinaria y pluriagencial. Esta corriente reconoce dos
fuentes: una, básicamente anglosajona originada en las propuestas de reformas de sus propias fuerzas
policiales, y otra, inicialmente franco-canadiense a partir de la experiencia de municipios y gobiernos locales, si
bien incorpora elementos novedosos que superan ampliamente a las anteriores propuestas. Sin embargo, no ha
dejado de recibir críticas de la llamada Seguridad de los Habitantes. Ésta, sintéticamente, plantea que el
concepto de ciudadano puede aparecer como limitativo, y que una excesiva vinculación de los planes sociales
con los sistemas penales puede terminar criminalizando la política social.

Para superar esa posible limitación nosotros proponemos la toma de todos los elementos ofrecidos
por la Seguridad Ciudadana, recalcando que se aplican en el marco de una construcción colectiva
de las políticas de seguridad. Llamamos a esta postura Seguridad Comunitaria.

Según nuestro parecer, esa posibilidad sólo existiría en la medida de que los sectores en riesgo aparezcan como
nuevas amenazas y como externos al consenso de una política de seguridad.

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2. Seguridad Comunitaria y Conflicto Social

2.1. Conflicto

Para comprender más claramente esta definición vamos a analizarla desde la visón del
“conflicto”. Lo complejo de una política de seguridad es que trata de actuar y regular un
espacio social en movimiento (conflicto social).

Los modelos estatales clásicos se despreocupaban o desconocían este problema, limitándose a plantear sus
propuestas de seguridad como un todo estático: el orden público (discurso del orden).

Desde esa visión, se trata de establecer tipologías, es decir, acuerdos– definiciones rígidas, modelos
a cumplir. El esquema es sencillo: éste es el orden que una sociedad define: quien lo cumpla estará
protegido; quien lo viole será reprimido.

Desde esta postura, la aplicación del orden en un Estado Democrático no difiere demasiado de la aplicación del
orden en un Estado Autoritario. En una monarquía será el Rey quien defina el orden; en las primeras
democracias industriales será la burguesía, y en las actuales democracias lo decidirán las mayorías de acuerdo
con sus sistemas institucionales. Se modifica (y amplía) el origen de la legitimación, pero el producto final será
básicamente similar. Una frontera rígida que corta el espacio social estableciendo barreras inmodificables de
inclusión–exclusión.

El sociólogo inglés Anthony Giddens señala como un defecto grave “(...) el hecho de no otorgar un lugar central
en la conceptualización al carácter negociado de las normas en el sentido de estar abiertas a “interpretaciones”,
divergentes y antagónicas en relación con “intereses” divergentes y antagónicos de la sociedad”. (Giddens,
1993).
Por supuesto que no se trata de plantear la inexistencia de un orden social y menos aún de relativizar al delito.
Lo que se trata de decir es que ese orden social no será eficaz si se lo piensa solamente como un instrumento
rígido de represión del delito y construcción del orden para ser utilizado en un espacio estático previamente
acotado. Al contrario, deberá ser un instrumento flexible capaz de operar en el espacio de la resolución de los
conflictos sociales que constituyen el núcleo de la dinámica de los grupos humanos.

Considerado desde esta última perspectiva, el orden social y su correlato operativo, la política
de seguridad, deben estar permanentemente sujetos a una doble prueba de verificación: el
control del abuso del poder por un lado y el control de eficacia por el otro. Así queda
automáticamente sin sentido la actual polémica entre garantistas y autoritarios, verdadero
debate de suma cero entre libertad y orden.

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2.2. Resolución no penal de conflictos

Analizar la política de seguridad desde el ángulo de la resolución del conflicto no es meramente un debate
teórico, sino que tiene gran importancia en la construcción de herramientas que actúen más allá de los espacios
penales buscando la superación de gran cantidad de problemas cotidianos que, de no tener otra forma de
tratamiento, dan origen a la denominada “inflación penal”.

La justicia penal es, sin dudas, el nivel más fuerte de intervención estatal en la conflictividad
social y, por ende, debe ser la última ratio.

Sin embargo, suele aparecer como el primer nivel al que se recurre frente a un conflicto, con lo cual se genera
una suerte de inflación penal que sólo cumple propósitos simbólicos.

Ante la crisis de los mecanismos de intervención tradicionales, y frente a la imposibilidad de la justicia penal de
solucionar el conflicto, y con la intención además de hacer menos lesiva la reacción estatal, se han desarrollado
mecanismos alternativos de resolución para los conflictos de menor intensidad.

Ahora bien: parece necesario, entonces, replantear los distintos niveles de gestión estatal de la
conflictividad social en materia de seguridad y justicia, y articularlos en un plan global de política
criminal, teniendo en cuenta que ésta no es sino un capítulo más de la política social.

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3. ¿Qué está pasando en Argentina y en el mundo?

El acelerado proceso de cambios tecnológicos y sociopolíticos que vive el mundo desde el


comienzo de los ‘90 y que tan fuertemente ha impactado sobre nuestro país, ha producido un
rediseño de las agendas públicas, combinando la preocupación por nuevos temas con
modernas perspectivas para encarar antiguos problemas.
Pocas de estas nuevas materias mezclan tanto la urgencia de los reclamos sociales con la
atención de los decisores públicos como el llamado tema de la seguridad.

Efectivamente, la necesidad de seguridad o su contrapartida, el control ante un aumento de la violencia y la


inseguridad, se han convertido en una necesidad cada vez más exigida por la ciudadanía. Es que el bien social
seguridad (entendido en su más amplio marco, tal como lo definen las Naciones Unidas en sus documentos
constitutivos, como aquellos mecanismos que aseguran la libertad contra el miedo) es considerado cada vez
más como el componente básico que garantiza la calidad de vida en una sociedad democrática.

3.1. ¿Qué nos dicen las cifras?

Las estadísticas sobre delitos cambian año a año. Para tener una visión actualizada sobre este tema,
trabajaremos en cada cuatrimestre con fuentes que nos brinden los últimos datos disponibles.

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4. ¿De qué clase de delito estamos hablando?

Hasta el momento, cuando hemos hecho referencia a “delito” lo hemos utilizado en su sentido genérico; sin
embargo, es conveniente tener claro que las propuestas que surgen de los nuevos sistemas de prevención
coinciden en un particular recorte de la realidad (dejando de lado el debate entre modelos de seguridad
ciudadana, seguridad de los habitantes o como preferimos nosotros, seguridad comunitaria urbana, basada en la
resolución de los conflictos sociales). Están pensadas para enfrentar la inseguridad urbana y, por lo tanto, no
son propuestas criminológicas generales que tengan respuesta para todo tipo de delito.

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4.1. ¿Cómo dividimos el delito?

Micro y macro delito

Los diversos observadores concuerdan en que existen dos grandes tipos de delito, el macro y el micro delito. El
primero engloba básicamente a todo lo que se considera crimen organizado, crimen internacional, corrupción,
delitos económicos. El segundo considera solamente a aquellas clases de delito que afectan más directamente la
existencia cotidiana del ciudadano medio y que, en la medida que son más directamente percibidos y sentidos
por éste, influyen en la sensación subjetiva de inseguridad. Nos estamos refiriendo básicamente a los grandes
rubros de delitos contra la propiedad y contra las personas, así como a la amplia gama de lo que los franceses
denominan “incivilités”, y que se vinculan básicamente con las interrelaciones ciudadanas de convivencia Es
evidente que, en términos generales, existe una vinculación entre grandes y pequeños delito.

Por ejemplo el narcotráfico está claramente identificado con el crimen internacional y


complejamente organizado; sin embargo, su último nivel en la cadena de distribución
puede afectar directamente al entorno de una escuela barrial. Pero lo que eleva la
sensación de inseguridad a nivel ciudadano no es la construcción de un submarino como
resultado de un convenio entre las mafias rusas y colombianas sino la presencia de un
pequeño dealer en la esquina de su casa. Lo que ocurre es que ambos niveles de delincuencia
requieren, para ser enfrentados, de dos tipos de políticas públicas distintas, con estrategias
de abordaje diferenciadas.

En el ejemplo señalado, enfrentar una compleja red internacional de traficantes con capacidad para desarrollar y
utilizar equipamiento naval sofisticado requiere de acciones de inteligencia coordinada a nivel estatal y
supraestatal. En cambio, la presencia del último eslabón de la cadena de distribución de droga en la puerta de
un colegio, puede ser resuelta con mucha mayor eficacia por una actividad vecinal barrial que relacione su
conocimiento de los actores locales, con programas sociales estatales y participación de la comunidad educativa,
e interactúe con su Comisaría.

Para la preocupación ciudadana, seguramente lo importante son los delitos menores.

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5. ¿Causas institucionales o causas sociales? Buscando un


diagnóstico.

5.1 Multicausalidad

Queremos hacer particular hincapié en este concepto que puede parecer obvio, pero que constituye la base
misma del desarrollo de este curso: la seguridad como fenómeno social complejo (multicausal).

En efecto, la determinación de las causas objetivas del problema es la base necesaria para modificar
positivamente la sensación subjetiva de seguridad.

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5.2. ¿La causa está en el mal funcionamiento institucional?

Existe una primera aproximación, que podemos definir como institucionalista y que centra su
preocupación en quiénes son y cómo funcionan los institutos estatales que regulan la seguridad.

En su visión más restringida esta postura reduce el problema de seguridad al de reforma y control del actor
policial. Existe otra aproximación más amplia que nos habla de la necesidad de considerar al funcionamiento del
complejo de seguridad interior en su conjunto (sistema judicial, sistema policial y sistema penitenciario). Otra
visión, más omnicomprensiva aún, la llamada visión multiagencia, incorpora al sistema anterior los planes
sociales como mecanismo de prevención y contención.

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5.3. ¿Una causa, muchas causas?

Más allá de las causas institucionales

Tengamos claro que “(...) si bien hay consenso social acerca del agravamiento de la
criminalidad en los últimos años, los desacuerdos surgen en el análisis de sus causas.”
(Merino, 2000).

Algunas corrientes consideran que el aumento es atribuible a causas sociales: pobreza, exclusión social, falta de
retención escolar, entre otras. Y plantean como solución, políticas sociales con un especial énfasis en la
prevención social.

Esta búsqueda de una causalidad socioeconómica cultural más compleja, y que se combina con la incorporación
de actores sociales no estatales, es un requisito estructural previo desde donde poder considerar las deficiencias
en los sistemas de detención y castigo, y propender a reformas en el accionar policial y en las acciones
judiciales.

Es posible, entonces, plantear este desafío en estos otros términos: los de un proceso de cambio
cultural en torno a las concepciones de la seguridad y a las prácticas que de ellas devienen.

Visión multiactoral

Este cambio cultural posibilitará un abordaje integral de la sociedad civil con las distintas agencias públicas, que
actuarán con enfoque interdisciplinario, combinando estrategias de corto y largo plazo, que vinculen aspectos
policiales, judiciales, legislativos, políticas educativas, sociales, de mejoramiento del espacio público, de
participación ciudadana y que propicien la constitución y consolidación de redes locales.

La articulación de los distintos recursos y sectores, posibilitará atender las múltiples causas de inseguridad.

En la coordinación y combinación de acciones se encontrará la posibilidad de dar respuestas


múltiples, con estrategias diferenciadas pero integradas al problema multicausal de la seguridad.

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6. La preocupación por el delito y la inseguridad

En la Argentina la preocupación por el delito y la inseguridad no es nueva: si bien se ha expandido desde el


retorno a la Democracia (1983-1989), penetrando en distintos sectores sociales y centros urbanos, ha habido
otros períodos de nuestra historia donde esta inquietud se ha manifestado fuertemente. Lila Caimari (2009) ha
señalado como en distintos momentos de los siglos XIX y XX, el delito se instaló en el centro del debate público,
vinculado a la emergencia de la modernidad urbana. Con una característica sobresaliente: el delito se lo
imagina en oposición a un pasado tranquilo, en el que el temor era insignificante.

Tampoco se trataría de una excepcionalidad local: la preocupación es muy fuerte en América Latina y en otras
regiones del mundo. Para dimensionar el nivel de importancia que se otorga al tema, trabajaremos en las clases
sobre las últimas encuestas disponibles sobre inseguridad en nuestro país y en la región.

La pregunta que nos planteamos es la siguiente:

¿Es el temor justificado o es irracional en relación a las tasas de delito?

La respuesta no es fácil, dado que la seguridad debe dar respuesta a dos niveles diferentes: el subjetivo y el
objetivo, la sensación y las amenazas reales.

Gabriel Kessler (2012) afirma: “la alta preocupación por el delito en el país se debe sin duda al
indudable incremento de las tasas históricas de delito, pero se agregan otros factores, en particular
cambios en las formas de representar el delito en los medios y en la sensibilidad frente al tema
junto al déficit que han mostrado   las políticas públicas dirigidas al problema”.

A la sensación subjetiva de inseguridad hay que sumarle la falta de confianza de la población en los sectores
encargados de su seguridad.

La seguridad acepta pues una segunda definición, más real, más objetiva si decimos que es la
libertad contra el peligro y la necesidad. Es que cambiando miedo por peligro hacemos más
clara referencia a la amenaza de la violencia en todas sus formas, y agregando necesidad
incorporamos a la definición a las causas sociales de la inseguridad.

En términos analíticos el desafío está en reconocer los sentimientos subjetivos y tratar de identificar sus causas.
A partir de ellas debemos avanzar en la propuesta de políticas específicas aptas para crear condiciones objetivas
y factibles, desde el punto de vista socio- político, en el contexto al que se dirigen.

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6.1. La representación del delito en los medios

La representación del delito en los medios influye enormemente en la agenda de preocupaciones, orienta las
acciones públicas y contribuye a las sensibilidades de la época.

Kessler (2012) diferencia tres fases en la representación del delito ocurridas en las últimas décadas:

1984-1989:”En ese período el tipo de delito más presente en los medios estaba encarnado en la llamada
“mano de obra desocupada”, como se llamaba entonces a ex represores de la Dictadura Militar reciente
que se dedicaban en democracia a secuestros y otros delitos comunes, muchas veces con complicidad en
las fuerzas policiales y los servicios de inteligencia”.
1989-2002: “En efecto, a medida que el delito se incrementa en paralelo con la pobreza, la
desigualdad y el desempleo, se llega a un consenso por el cual es considerado como una
consecuencia de la degradación de la situación social […] En este período se asiste a una
profunda transformación del delito en los medios. Deja de estar confinado a los diarios
populares o a las páginas de policiales de los diarios de tirada nacional para llegar a las
secciones políticas y aun a las portadas de aquellos considerados más importantes. […] pese a su
centralidad, la relación entre delito y cuestión social no es lo único que sucede en los años noventa. […]
En primer lugar, cobra gran relevancia la lucha contra la violencia policial. […] la asociación entre delito,
impunidad y poder será otra clave de la época. Será una etapa de fuertes escándalos ligados a
delitos que tendrán consecuencias políticos. Entre ellos, la caída de la dinastía política de los
Saadi en la provincia de Catamarca, en el noroeste del país luego de la movilización generada en
torno del asesinato de la joven María Soledad en 1990 en la que participaron personajes del
poder político local”.
2003 en adelante: “la nueva fase que llega hasta el presente estará signada por la consolidación de la
inseguridad como problema público central y sección fija en los medios. […] En este nuevo período, las
imágenes del delito se organizan en torno de dos ejes. El primero es cambiante: la repentina aparición,
difusión y luego el rápido olvido de formas de delito novedosas, las ya señaladas “olas” constituidas en la
década anterior. al principio fueron los robos en los taxis, luego los “secuestros express”, más tarde
hombres araña que entraban por la noche en los edificios, el asalto teñido de sadismo contra ancianos
desprotegidos y luego los ladrones en motos, entre otros. El segundo eje, a diferencia del primero, se
mantiene estable: se consolida la imagen de la “nueva delincuencia” de la fase precedente, que alcanza
un grado de representación con un claro matiz estético en la figura de los “pibes chorros”, caracterizados
en este caso con una serie de rasgos expresivos, por su forma de vestir y su música, la “cumbia villera”.
por otro lado, ya no se trata sólo de un problema de las grandes ciudades, sino que empiezan a aparecer
notas sobre las formas de inseguridad, el temor y la indignación en ciudades intermedias y pequeñas, en
particular en la provincia de Buenos Aires”.

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6.2. El sentimiento de inseguridad

Según numerosos relevamientos realizados, la sensación o sentimiento de inseguridad, por un lado, no se refiere
a todos los delitos, y por el otro, aquello que genera inseguridad no necesariamente supone la infracción de la
ley (por ejemplo, el temor que puede provocar jóvenes reunidos en la calle). Su característica particular es la
aleatoriedad del peligro. La aleatoriedad se asocia a todo proceso cuyo resultado no es previsible más que en
razón de la intervención del azar. El resultado de todo suceso aleatorio no puede determinarse en ningún caso
antes de que este se produzca.

Según Kessler (2012): “la inseguridad podría definirse como toda amenaza a la integridad física, más que a los
bienes, que parecería poder abatirse sobre cualquiera”.

A partir de esta definición, pueden identificarse las siguientes características:

1. La deslocalización del peligro: Se siente que la amenaza ha sobrepasado sus fronteras tradicionales y
puede penetrar en cualquier territorio. Ya no se pueden identificar zonas seguras e inseguras.
2. La multiplicación de las figuras de temor: hay figuras de temor compartidas y otras diferenciadas por
sexo, grupos social o lugar de residencia. Por ejemplo, agresores sexuales, para las mujeres de barrios
del conurbano bonaerense; personas ligadas al poder local capaces de todo tipo de abuso, para los
sectores populares del interior; “gente que antes no existía” productos de la crisis, como limpiavidrios,
mendigos o cartoneros, para sectores altos de la ciudad de Buenos Aires, etc.

Kessler señala que una de las principales consecuencias de la extensión del sentimiento de inseguridad
es lo que M. Lianos y M. Douglas (2000) han llamado “dangerization”: “Es la tendencia a evaluar el
mundo a través de categorías de amenaza de diverso tipo: se produce una continua detección de
nuevos peligros y la evaluación de probabilidades adversas; una prevalencia de percepciones defensivas sobre
otras de carácter optimista y la dominación del miedo y la ansiedad sobre la ambición y el deseo. De este
modo, la amenaza se convierte en un criterio legítimo para evitar al otro, para impedir que se
acerque y, si es posible, para mantenerlo lo más alejado posible”.

Esto se evidencia, por un lado, en el paisaje urbano, donde aparece la seguridad privada, las
alarmas, las rejas y cámaras de seguridad. Y por el otro, en las prácticas sociales,
atravesadas por dispositivos de seguridad: comerciantes que atienden a través de una
reja; la reconfirmación de la identidad de un prestador de servicios antes de que entre en una
casa; oferta de seguros ante la eventualidad de sufrir un robo al sacar dinero del cajero
automático; puertas de edificios cerradas las 24 horas o el uso extendido de teléfonos
celulares en niños.

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Bibliografía

CAIMARI, Lila (2009). La ciudad y el crimen, Delito y vida cotidiana en Buenos Aires, 1880-1940. Buenos
Aires. Sudamericana.
COMISIÓN INTERAMERICANA DE DERECHOS HUMANOS (2009). Informe sobre seguridad ciudadana y
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