El Corazón de Ra
La barca solar navegaba por el Duat, el inframundo, arrastrada por las almas de los difuntos que
tiraban de sus cuerdas. Ra, el Señor del Horizonte, el que creó los seres vivos con su palabra, el
padre de los dioses y los hombres, iba sentado en su trono de la barca Mandjet, la barca de los
millones de años. A su alrededor, la oscuridad era absoluta, solo rota por el resplandor que él
mismo emitía, un fulgor dorado que iluminaba los caminos del más allá.
Cada noche era igual. Desde el crepúsculo hasta el amanecer, Ra atravesaba las doce horas de
la noche, las doce regiones del Duat, pobladas de monstruos, serpientes gigantes, almas en
pena y dioses menores que custodiaban las puertas. En la hora más oscura, la séptima, aparecía
Apofis, la serpiente inmensa que intentaba devorar la barca y hundir el mundo en la oscuridad
eterna. Set, el dios del caos y la tormenta, montaba guardia en la proa con su lanza, dispuesto a
clavarla en el lomo del monstruo. Los demás dioses de la tripulación recitaban hechizos,
encantamientos, palabras de poder.
Ra los miraba luchar y sentía un cansancio infinito.
No era un cansancio físico. Su cuerpo de luz no conocía la fatiga. Era un cansancio del alma, de
esa chispa divina que lo había impulsado a crear el mundo desde las aguas primordiales del
Nun. Recordaba el momento: había emergido de la flor de loto, o del huevo primordial, según qué
versión contaran los sacerdotes. Había estado solo en la oscuridad infinita. Había pronunciado
sus propios nombres y, al hacerlo, había creado Shu y Tefnut, el aire y la humedad. De ellos
nacieron Geb y Nut, la tierra y el cielo. Y luego los humanos, de sus lágrimas. Lágrimas de
alegría, de soledad, de poder. Nadie lo sabía con certeza. Ni siquiera él.
Pero ahora, después de millones de años de viaje diario, después de innumerables batallas
contra Apofis, después de incontables amaneceres, Ra sentía que la luz que llevaba dentro se
estaba apagando. No físicamente. Su disco solar seguía brillando con la misma intensidad. Pero
la llama interior, la que le daba propósito, la que le hacía querer salir cada mañana por el
horizonte oriental, esa llama vacilaba.
—Padre —dijo Hathor, la diosa del amor y la alegría, que viajaba con él aquella noche—. Hoy has
vencido a Apofis. Mañana saldrás y alegrarás el mundo. ¿Por qué esa tristeza en tu mirada?
Ra la miró. Hathor era también su hija, su creación, su alegría. Podía convertirse en la temible
Sekhmet cuando se enfadaba, pero aquella noche era solo Hathor, la vaca sagrada, la de los
cuernos de oro.
—Miles de años, Hathor —respondió Ra—. Miles de años de lo mismo. El sol sale, el sol se pone.
Apofis ataca, Apofis es vencido. Los hombres viven, los hombres mueren. Los dioses discuten,
los dioses se aman, los dioses se odian. ¿Esto es la eternidad?
—Es el orden —dijo Hathor—. El orden que tú mismo creaste. Maat, la justicia, el equilibrio. Sin ti,
el mundo sería caos.
—¿Y si el caos no fuera peor que esto? —preguntó Ra, y la pregunta quedó flotando en la
oscuridad del Duat, iluminada por su resplandor.
Los demás dioses de la tripulación fingieron no oír. Set, en la proa, tensó la lanza. Thot, el dios de
la sabiduría, que iba sentado a los pies de Ra, levantó la vista de sus papiros.
—Señor —dijo Thot—, el caos es Apofis. Es la serpiente que quiere devorarte. Es la no-existencia.
No es deseable.
—Lo sé —dijo Ra—. Lo sé todo. He creado la sabiduría y te la he dado a ti para que la guardes. He
creado la magia y se la he dado a Isis. He creado la guerra y se la he dado a Montu. Lo he creado
todo. Y ahora… ahora me pregunto si crear fue un error.
El silencio se hizo más profundo. La barca avanzaba, tirando de las almas, surcando el río
subterráneo. Las doce horas pasaron. Llegó la duodécima, la más cercana al amanecer. Ra se
incorporó. Su disco comenzó a brillar con más fuerza, preparándose para el renacimiento. Nut, la
diosa del cielo, lo esperaba en el horizonte, lista para devorar las estrellas y dar paso a la luz.
Y entonces, Ra dijo algo que nadie esperaba.
—Hoy no.
Los dioses lo miraron, estupefactos.
—¿Cómo que hoy no? —preguntó Set, bajando la lanza—. El sol debe salir. Es la ley.
—Yo soy la ley —dijo Ra—. Yo soy quien creó la ley. Y hoy decido que el sol no salga.
—Pero… —empezó Thot.
—He dicho que no —la voz de Ra retumbó en la barca, y el resplandor se intensificó, cegador—.
Hoy no hay amanecer. Hoy descanso.
Y dicho esto, Ra se sumergió en las aguas del Nun, las aguas primordiales de las que había
emergido al principio de los tiempos. Los dioses se quedaron en la barca, flotando en la
oscuridad, sin saber qué hacer. Hathor lloró. Set maldijo. Thot tomó sus papiros y comenzó a
escribir, porque escribir era lo único que sabía hacer.
Abajo, en el Nun, Ra flotaba. Las aguas eran cálidas, densas, amnióticas. Olían a origen, a
principio, a ese momento anterior a todo en que solo existía él, solo, en la oscuridad. Cerró los
ojos, algo que no hacía nunca, porque sus ojos eran el sol y debían estar siempre abiertos. Pero
allí, en el Nun, podía permitírselo. La oscuridad lo envolvió. Por primera vez en millones de años,
Ra no vio nada. Y fue, de algún modo, un alivio.
Pasó el tiempo. No sabía cuánto. En el Nun, el tiempo no existía. Pero en el mundo de los
hombres, la noche se alargaba. Una hora. Dos. Diez. Los egipcios se despertaron y vieron que el
sol no salía. Miraron al horizonte oriental y solo encontraron tinieblas. Los sacerdotes en los
templos recitaban himnos, ofrecían incienso, sacrificaban toros. Nada. Ra no respondía.
El pánico cundió. Sin el sol, el frío comenzó a calar. Las cosechas se helaban. Los animales se
refugiaban, temblorosos. Los niños lloraban, preguntando por qué no amanecía. Los ancianos
recordaban historias de cuando Ra se enfadaba con los hombres y enviaba a Sekhmet a
masacrarlos. ¿Era eso? ¿Un nuevo castigo?
En el cielo, los dioses se reunieron. Hathor, Set, Thot, Geb, Nut, Isis, Osiris, Neftis, todos.
Discutieron, gritaron, se acusaron mutuamente.
—Es culpa de Set —dijo Isis—. Siempre trae caos.
—¿Culpa mía? —bramó Set—. Yo estaba en la proa, luchando contra Apofis. Fue Ra quien decidió
no salir.
—¿Y por qué decidió eso? —preguntó Osiris, el juez de los muertos, con su voz pausada—. ¿Qué
le hemos hecho?
—Nada —dijo Hathor, con lágrimas en los ojos—. Está cansado. Muy cansado. He visto su
mirada. Es la mirada de alguien que ha visto demasiado.
—Entonces debemos ir a buscarlo —dijo Thot—. Debemos convencerlo de que vuelva.
—¿Quién irá al Nun? —preguntó Nut—. Las aguas primordiales son el origen. Solo Ra puede entrar
y salir. Nosotros… nosotros nos disolveríamos.
Se miraron unos a otros. Era cierto. Ningún dios podía sumergirse en el Nun sin perder su forma,
sin regresar a la nada de la que habían surgido.
—Yo iré —dijo una voz.
Todos se giraron. Era una diosa pequeña, casi invisible entre los grandes. Se llamaba Maat. No
era una diosa poderosa, no tenía templos grandiosos ni sacerdotes que la adoraran. Pero era la
diosa de la verdad, la justicia, el equilibrio. Era la pluma que pesaba los corazones de los
muertos. Era el orden mismo.
—¿Tú? —dijo Set, con desdén—. Tú eres solo un concepto. No tienes fuerza para enfrentar el Nun.
—No necesito fuerza —dijo Maat—. Necesito verdad. Y la verdad es que Ra no debe
abandonarnos. No porque sea nuestro deber, sino porque lo necesitamos. Y él necesita saber
que lo necesitamos.
Los dioses callaron. No sabían qué decir. Maat se acercó al borde de la barca, miró las aguas
oscuras del Nun y, sin dudarlo, se dejó caer.
Las aguas la recibieron. No la disolvieron. Maat no era una diosa como las demás. Era el orden, y
el orden estaba presente incluso en el caos primordial. Descendió, flotando, buscando a Ra. Lo
encontró en el fondo, flotando con los ojos cerrados, rodeado de una tenue luz mortecina.
—Padre —dijo Maat.
Ra abrió los ojos. La vio allí, pequeña, frágil, luminosa a su manera.
—Maat —dijo—. ¿Qué haces aquí? Este no es tu lugar.
—Ningún lugar es mi lugar —respondió ella—. Y todos los lugares lo son. Porque donde hay
orden, allí estoy yo.
—Aquí no hay orden —dijo Ra—. El Nun es el caos primordial.
—Entonces, ¿por qué estás tú aquí? —preguntó Maat—. Tú eres el orden. El orden creador. Si tú
estás aquí, el orden está aquí.
Ra guardó silencio.
—Arriba —continuó Maat—, los hombres lloran. Las cosechas se hielan. Los niños preguntan por
qué no sale el sol. Los sacerdotes te rezan, te ofrecen incienso, te sacrifican toros. Y tú estás
aquí, flotando, con los ojos cerrados.
—Estoy cansado —dijo Ra—. Cansado de millones de años de lo mismo.
—Lo sé —dijo Maat—. Pero tu cansancio no es solo tuyo. Tu cansancio es el cansancio del
mundo. Y el mundo, sin ti, no es mundo. Es caos. Es noche eterna. Es Apofis sin lucha.
—¿Y qué quieres que haga? —preguntó Ra, con una voz quebrada que nunca había usado—. ¿Qué
puedo hacer? He creado todo. He dado vida a todos. Y ahora me siento vacío. Como si hubiera
dado tanto que ya no me quedara nada para mí.
Maat se acercó. Flotó hasta quedar frente a él, mirándolo a los ojos. Sus ojos, los de ella, eran
dos pozos de calma.
—¿Recuerdas cómo creaste a los hombres? —preguntó.
Ra frunció el ceño.
—Los creé de mis lágrimas. Lloré, y de mis lágrimas nacieron.
—¿Por qué lloraste?
—No lo sé. Hace tanto tiempo… Creo que lloré de alegría. O de soledad. O de ambas cosas.
—Lloraste —dijo Maat—. Y esas lágrimas se convirtieron en seres vivos. En seres que te
necesitan, que te temen, que te adoran. Pero también en seres que te aman. Que sienten. Que
viven. Tus lágrimas, Ra. Tus lágrimas están ahí arriba, esperando que vuelvas.
Ra la miró. Algo en sus palabras resonó en lo más profundo de su ser. Recordó, de repente, el
momento de la creación. La soledad infinita, el deseo de compañía, el llanto que brotó de sus
ojos. Y recordó que, al llorar, no solo creó a los hombres. También creó la posibilidad de ser
amado.
—¿Crees que me aman? —preguntó, con una voz casi infantil.
—Te necesitan —dijo Maat—. Y la necesidad, cuando es sincera, es una forma de amor.
Ra guardó silencio un largo rato. Luego, lentamente, comenzó a ascender. Maat lo siguió.
Salieron de las aguas del Nun y emergieron junto a la barca. Los dioses, al verlo, soltaron un
suspiro colectivo de alivio.
—Padre —dijo Hathor, corriendo a abrazarlo—. Padre, pensamos que nos habías abandonado.
—Lo consideré —dijo Ra—. Pero alguien me recordó que tengo motivos para volver.
Miró a Maat, que asentía con suavidad. Luego miró hacia arriba, hacia el mundo de los hombres,
hacia el horizonte oriental donde el sol debería estar saliendo.
—Hathor —dijo—. Ven conmigo.
—¿Adónde?
—A Egipto. Al mundo de los hombres. Quiero verlos. Quiero ver a mis lágrimas.
Hathor dudó. Los dioses no solían bajar al mundo de los hombres. No así, sin disfraz, sin misión.
Pero algo en la mirada de Ra la convenció.
—Iré contigo —dijo.
Y ambos, padre e hija, descendieron desde la barca hacia el valle del Nilo.
Aparecieron en un pueblo de pescadores, a orillas del río. Era de noche aún, pero la noche se
alargaba demasiado. Los hombres estaban reunidos en la plaza, alrededor de una hoguera,
rezando a los dioses. Las mujeres abrazaban a los niños. El miedo flotaba en el aire como una
niebla espesa.
Ra y Hathor tomaron forma humana. Ra, un anciano de piel oscura y ojos dorados, con una barba
cana y una dignidad que no podía ocultar del todo. Hathor, una mujer joven, bellísima, con
cuernos de vaca que disimuló bajo un velo.
Se acercaron a la hoguera. Los aldeanos los miraron con desconfianza.
—¿Quiénes sois? —preguntó un hombre mayor, el jefe de la aldea.
—Viajeros —dijo Ra—. Buscamos refugio. La noche es larga y fría.
El hombre dudó. Pero algo en la mirada del anciano le inspiró confianza.
—Pasaos. Compartid el fuego. No tenemos mucho, pero lo que tenemos es vuestro.
Ra y Hathor se sentaron junto a la hoguera. Una mujer les ofreció pan y cerveza. Ra tomó el pan,
lo partió, lo masticó. El sabor era basto, áspero, pero era el sabor de sus criaturas. De sus
lágrimas.
—¿Por qué estáis todos despiertos? —preguntó Hathor.
—El sol no ha salido —dijo una niña pequeña, que se apretaba contra su madre—. Hace frío. Y
mamá dice que los monstruos pueden venir.
—No vendrán monstruos —dijo Ra, con una voz suave—. No mientras yo esté aquí.
La niña lo miró, con sus grandes ojos oscuros.
—¿Tú puedes pararlos? ¿Eres un mago?
—Algo así —sonrió Ra.
Pasaron las horas. Ra escuchó las historias de aquellos aldeanos. Un pescador contó cómo el
Nilo se estaba enfriando y los peces morían. Una mujer contó cómo su hijo había nacido justo
cuando la noche comenzó, y aún no había visto la luz. Un anciano contó historias de cuando Ra
paseaba entre los hombres, antes de subir al cielo, antes de que los hombres se volvieran
malvados y él enviara a Sekhmet a castigarlos.
—Mi abuelo decía que Ra se cansó de nosotros —dijo el anciano—. Que por eso se fue al cielo.
Que por eso ahora solo lo vemos de lejos.
—¿Y tú qué crees? —preguntó Ra.
—Yo creo que no se cansó —dijo el anciano—. Yo creo que nos quería tanto que le dolía vernos
sufrir. Y por eso se alejó. Para no ver nuestro dolor.
Ra sintió un nudo en la garganta. Nunca había pensado en eso. Nunca había considerado que su
alejamiento pudiera interpretarse como un acto de amor.
La niña pequeña se acercó a él y se sentó en su regazo. Estaba temblando de frío.
—¿Tú crees que Ra volverá? —preguntó.
Ra la miró. Tenía los mismos ojos que él había visto en millones de rostros a lo largo de los
milenios. Ojos que buscaban luz, calor, esperanza.
—Sí —dijo—. Volverá.
—¿Cuándo?
—Pronto. Muy pronto.
La niña asintió, confiada, y se quedó dormida en su regazo. Ra sintió el peso leve de su cuerpo, el
calor de su aliento, la confianza absoluta de aquella pequeña criatura. Y sintió, por primera vez
en millones de años, que valía la pena ser Ra. Que valía la pena el viaje eterno, la lucha contra
Apofis, el cansancio. Porque todo aquello tenía un propósito: que una niña pudiera dormir
confiada en que el sol volvería a salir.
Miró a Hathor. Ella sonreía, con lágrimas en los ojos.
—¿Lo entiendes ahora, padre? —susurró.
—Creo que sí —respondió Ra.
Cuando la niña se despertó, el anciano ya no estaba. En su lugar, en el horizonte oriental, una luz
dorada comenzaba a abrirse paso. El sol salía. Los aldeanos gritaron de alegría, abrazándose,
llorando, riendo. La niña miró al cielo y vio el disco solar ascendiendo, cálido, brillante, hermoso.
Y por un instante, solo un instante, le pareció ver un rostro en el sol. Un rostro anciano, de ojos
dorados, que le sonreía.
—Gracias, Ra —susurró la niña.
Y arriba, en el cielo, Ra la oyó.
La barca solar reanudó su viaje. Pero algo había cambiado. Ra ya no miraba al horizonte con
cansancio. Miraba hacia abajo, hacia el mundo de los hombres, hacia sus lágrimas, hacia esa
niña que había dormido en su regazo sin saber quién era.
—Thot —dijo.
—Dime, señor.
—Registra esto. Que quede escrito. Que los hombres son mis lágrimas. Y que las lágrimas,
aunque duelan, son también la prueba de que hemos amado.
Thot asintió y escribió en sus papiros. Hathor se acercó a Ra y apoyó la cabeza en su hombro.
—¿Volverás a bajar, padre?
—Cuando pueda —dijo Ra—. Cuando el cansancio vuelva. Recordaré esta noche. Recordaré a esa
niña. Y sabré que hay algo más que el deber. Hay amor.
La barca avanzó. Apofis apareció en la séptima hora, como siempre. Set blandió su lanza. Los
dioses recitaron sus hechizos. Y Ra, desde su trono, iluminó la oscuridad con una luz nueva. Una
luz que no era solo la del sol. Era la luz de quien ha recordado, después de millones de años, por
qué merece la pena brillar.
En la aldea, la niña creció. Se llamaba Nefertari, que significa "la más bella". Y cuando fue mayor,
contaba a sus hijos una historia: la historia de la noche más larga, cuando el sol no salía y todos
tuvieron miedo, y un anciano de ojos dorados llegó a la aldea, la sentó en su regazo y le prometió
que el sol volvería.
—Y volvió —decía Nefertari—. Y yo sé que fue por él. Por el anciano.
—¿Quién era? —preguntaban los niños.
—No lo sé —respondía ella—. Pero a veces, cuando miro al sol, me parece ver su rostro. Y
entonces sé que todo va a estar bien.
Y arriba, en la barca de los millones de años, Ra escuchaba aquellas palabras y sonreía. Porque
había descubierto, al fin, que la eternidad no es soportable si no se comparte. Que los dioses
necesitan a los hombres tanto como los hombres necesitan a los dioses. Que las lágrimas, las
suyas, las de todos, son el verdadero tejido del universo.
Y así, noche tras noche, Ra siguió luchando contra Apofis. Día tras día, siguió saliendo por el
horizonte oriental. Pero ahora, en cada amanecer, había algo más que luz. Había una conexión
invisible, un hilo de oro que unía su corazón con el corazón de una niña que una vez durmió en su
regazo, con el corazón de todos los hombres que lo miraban y le sonreían.
Los sacerdotes, en sus templos, seguían recitando himnos. Los faraones, en sus tumbas,
seguían preparándose para el viaje por el Duat. Las madres, en sus casas, seguían enseñando a
sus hijos a rezar a Ra.
Y Ra, el Señor del Horizonte, el que creó los seres vivos con su palabra, el padre de los dioses y
los hombres, seguía brillando.
Pero ahora brillaba con un fuego nuevo. El fuego de quien ha recordado que la luz no es solo
para iluminar. Es para calentar. Es para dar vida. Es para que una niña, en una aldea perdida a
orillas del Nilo, pueda dormir tranquila, sabiendo que mañana, sin falta, el sol volverá a salir.
Porque esa es la promesa de Ra. La promesa de que, pase lo que pase, por muy larga que sea la
noche, el amanecer llegará siempre. Y con él, la oportunidad de volver a empezar. De volver a
brillar. De volver a amar.
Y mientras la barca navegaba por el Duat, Ra levantó la vista hacia el cielo estrellado y susurró:
—Gracias, pequeña. Gracias por recordarme quién soy.
Las estrellas titilaron, como si respondieran. Y Ra, por primera vez en millones de años, sintió
que no estaba solo. Que nunca lo había estado. Que sus lágrimas, esparcidas por el mundo, lo
acompañaban siempre.
El sol siguió saliendo. La vida siguió fluyendo. Y en el corazón de Ra, un pequeño rescoldo, el
más pequeño de todos, ardía con una luz que ni la eternidad podría apagar.
La luz de una niña que durmió en su regazo.
La luz de sus propias lágrimas.
La luz del amor.