La primera cita…
Mi cuerpo no responde a ti, faltó feeling.
Mi corazón lo intenta y lo intenta, pero sigue sin latir,
y mi alma no enciende por más que insistas en mí.
Y yo lo intento… pero en vano es para mí.
Lo siento, mi corazón no late contigo.
Lo intento, lo siento, me pierdo.
Reintento, reinvento, me pierdo en tu intento.
La segunda cita…
Los nervios a flor de piel.
El primer beso, el primer suspiro, y sigo sin sentir nada en mi pecho.
Las risas compartidas y las palabras al oído
todo se desvanece, todo está deshecho.
Los recuerdos quedan flotando en la nada,
y yo frente a un espejo explorando mi reflejo,
buscando un pequeño latido para ti en mi corazón complejo.
La tercera cita…
La primera pelea.
Mi corazón titubea.
El silencio entre los dos.
El carrusel giraba veloz y nada cambió, atroz.
Sin embargo, no me importó.
Una vez más he dado yo el paso.
Una vez más pido perdón, como siempre, con el corazón en la mano.
Corazón que tal vez empiece a latir por ti.
Me miraste fijamente, me atrapaste,
pero mi alma sigue distante.
Cuarta cita…
Un ligero latido sale de mi armadura.
Se asoma un sentimiento que nadie asegura.
Nos miramos fijamente y quedó en duda.
Conoces mi risa verdadera, al fin, aunque suena falsa,
y en tu mirada se esconde mi alma desgastada.
Mi intensidad sube un poco,
a cada rato deseo sentirme cerca de ti.
Las despedidas empiezan a afectarme…
tal vez me has descongelado un poco.
El beso es más cálido, más divertido, más salvaje.
Tu mano de mi cuello ha pasado a mi cintura con confianza,
confianza que hace deshacerme en ti.
Y por primera vez pienso que tal vez no todos los caminos llevan a Roma,
pero lo admito, tengo miedo…
A pesar de cada intento por bajar la armadura de una vez por todas,
cada pensamiento me lleva a mi imperio romano.
“¿Sentí mucho que ya no siento tanto, o tal vez no es el indicado?”
Amarte, destrozarme, odiarte.
El ciclo se repite una y otra vez y otra vez…
Todos los caminos llevan a Roma,
pero Roma al revés es amor.
Amor por el que moriré y reviviré una y otra y otra vez…
Si tan solo el miedo no se interpusiera en mi alma,
alma que fue reclamada, pero nunca fue amada,
y en un silencio fue olvidada.
Quinta cita…
Esta vez fue más natural,
pero me haces titubear por un segundo de sabor letal.
Un suspiro tuyo rozando en mi oído
se escucha casi como un ritual.
Sin embargo, considero la llama más superficial.
No hubo beso que uniera nuestras almas.
Me sentí forzada, incómoda, lejana.
En la despedida te negué el beso;
me fui con la boca intacta
y una culpa áspera en la lengua.
No sabes cuánto me arrepiento.
Sexto encuentro…
Tenía la ilusión de un “nosotros”
y por un segundo, presente estuvo.
Comimos sin hambre,
cruzábamos palabras como quien pisa vidrio,
cuidando no decir lo que por dentro ya cortaba.
Dejé que me tocaras,
no por fuego, por fe.
Dormimos un rato, yo sobre tu pecho,
aferrándome a tus latidos,
convencida de que quedarse
era todavía una promesa.
Tu corazón marcaba el ritmo del tiempo,
y yo, embelesada, reposando en tu pecho.
Una sonrisa danzando en mi conciencia a tu compás,
creyendo, quimérica,
que un nosotros aún podía ser real.
La noche nos alcanzó en silencio.
Huiste de la cama sin necesitar aire,
te quería conmigo, a mi lado,
mas el letargo se llevó mi lengua.
Volviste al amanecer,
no como antes: tempestuoso,
sino con cautela,
como una sombra moviéndose a su compás.
Me levanté en silencio intentando no interrumpir tu sueño.
Comí aquel desayuno sola,
con la pesadumbre en la conciencia,
saboreando algo que sabía que se escapaba.
Te vi despertar fingiendo normalidad.
La risa esta vez fingida, queriendo auténtica sonar.
Tú y ese maldito café.
Yo y esa maldita costumbre de agua helada dejar.
Después mi genio me traicionó,
siempre siendo yo mi mayor Judas, lo sé yo.
En aquel instante, más invisible quedaste ante mí,
cerrando tu mundo, para no poder verte allí.
Aquella fuente… cada palabra ahí,
cada letra salió en vano, sin juntarme a ti.
Cada palabra, un hilo efímero que no lograba enlazarnos.
Ahí comprendí que no podríamos solo uno ser.
Ese beso de despedida me puso a titubear,
fue un aferrarse desesperado, imposible de ignorar,
casi un ruego para no dejarnos ir.
Y por primera vez supe que había aprendido a besarte, sin fingir.
Con lentitud me separé para seguir mi camino,
giré mi cabeza y ahí estabas,
sentado en la parada,
mirándome partir.
Séptimo encuentro…
Te noté más serio,
caminamos al restaurante y me rompí cuando soltaste mi mano, sincero.
Fingí normalidad, pero en aquella biblioteca comprendí la verdad:
todo estaba fragmentado,
ya no existían besos imprevistos ni outfits combinados.
En ese instante deseé que el tiempo pasara veloz,
pero a la vez quería quedarme,
atrapada entre tu distancia y mi voz.
En aquella parada me despedí,
bajo el peso de ese beso aferrante
que últimamente me obliga a dudar.
Seguí mi camino y ahí seguías, mirándome.
El bus avanzó,
y te perdí de vista;
no fue un impacto seco,
sino un desangrarse lento,
el eco de un vidrio rompiéndose,
mientras cortaba, resignada, ese lazo aquel.
Escuchando, por última vez,
el palpitar de un corazón que fue nuestro alguna vez.