Beautiful Devil
Beautiful Devil
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3
CRÉDITOS
Traducción
Mona
Corrección
Mona
Nanis
Niki26
4
Diseño
Bruja_Luna_
ÍNDICE
IMPORTANTE ___________________ 3 CAPÍTULO 13 __________________ 118
CRÉDITOS ______________________ 4 CAPÍTULO 14 __________________ 122
SINOPSIS _______________________ 8 CAPÍTULO 15 __________________ 131
LISTA DE REPRODUCCIÓN _________ 10 CAPÍTULO 16 __________________ 142
PRÓLOGO _____________________ 12 CAPÍTULO 17 __________________ 150
CAPÍTULO 1 ____________________ 26 CAPÍTULO 18 __________________ 158
CAPÍTULO 2 ____________________ 30 CAPÍTULO 19 __________________ 162
CAPÍTULO 3 ____________________ 40 CAPÍTULO 20 __________________ 172
CAPÍTULO 4 ____________________ 48 CAPÍTULO 21 __________________ 179
CAPÍTULO 5 ____________________ 56 CAPÍTULO 22 __________________ 184
CAPÍTULO 6 ____________________ 66 CAPÍTULO 23 __________________ 191
CAPÍTULO 7 ____________________ 79 CAPÍTULO 24 __________________ 200
CAPÍTULO 8 ____________________ 86 CAPÍTULO 25 __________________ 207
CAPÍTULO 9 ____________________ 92 CAPÍTULO 26 __________________ 212
CAPÍTULO 10 ___________________ 97 EPÍLOGO _____________________ 216
CAPÍTULO 11 __________________ 107 ACERCA DE LA AUTORA _________ 223
CAPÍTULO 12 __________________ 112
5
6
Para el Príncipe Alberto.
Gracias, señor.
7
SINOPSIS
Dos deportes chocan cuando una animadora se encuentra con un arrogante
jugador de hockey que es más que su reputación de chico malo.
Me enamoré del Devil equivocado...
8
“A veces nos enamoramos de la persona más inesperada en el momento más
inesperado”.
9
LISTA DE
REPRODUCCIÓN
PULSE AQUÍ PARA ESCUCHAR
Trustfall by Miles
Unsteady by X Ambassadors
11
PRÓLOGO
1 Shower: Se refiere a alguien cuyo pene es relativamente grande incluso cuando está flácido.
2 Grower: Se refiere a alguien cuyo pene es más pequeño cuando está flácido, pero que crece
significativamente al estar erecto.
Entrecierro los ojos. —Cómo te regalaron un cuerpo así con una personalidad de
mierda nunca lo entenderé.
—Mira —empieza, claramente atascado más en el hecho de que admití que era
atractivo y no en que su persona me pone la piel de gallina—. Digamos las cosas como
son y acabemos con esto para que ambos podamos seguir adelante con nuestras vidas.
Tú estás buena. Yo estoy caliente. Obviamente hay cierta tensión sexual entre nosotros.
Así que podríamos...
Levanto una mano. —Por favor, para antes de que te avergüences más. Lo único
que hay entre nosotros es animosidad. De hecho, ni siquiera sé por qué sigo hablando
contigo. —Doy un paso atrás y alzo los hombros—. Que tengas una buena vida, Hayes.
—Vaya, vaya, vaya. —Su mano se posa en mi hombro, deteniéndome—. ¿Cómo
sabes mi nombre?
Mi mirada permanece fija en la pared vacía que tengo delante. Parpadeo
rápidamente mientras las respuestas se agolpan en mi cabeza.
Si le digo que alguien me lo ha dicho, pensará que preguntaba por él. Su ya de
por sí enorme ego podría hacerle estallar la cabeza. Inclino la cabeza ligeramente hacia
la izquierda, sin molestarme en girarme y mirarlo a la cara mientras respondo. —Yo... oí
a alguien decirlo.
—¿Quién? —bromea.
Levanto los hombros. —No sé. A alguien. Dios, estás tan desesperado. —Doy otro
paso hacia la escalera, pero una vez más, me detiene. Esta vez, con su cuerpo justo
delante del mío.
Sus cejas se arquean mientras me examina, y cuanto más tiempo contemplo su
mirada escéptica, más me acaloro.
—Vete. ¡Fuera! —grité. En momentos como este me odio a mí misma y la atracción
que siento por tipos como él. Es como si mi coño gritara que podemos arreglarlo mientras
mi cerebro me dice que huya.
18
—Si sabes mi nombre, es justo que yo también sepa el tuyo. —Alarga la mano,
coge un mechón de mi pelo rubio y lo enrolla alrededor de su dedo.
Una bocanada de aire agita mis fosas nasales. —No, no es así. —Le aparto la mano
de un manotazo, intentando moverme a su alrededor. Se hace a un lado, bloqueándome
de nuevo.
—Debe ser horrible si no estás dispuesta a compartir.
Pongo los ojos en blanco y escupo el primer nombre que me viene a la cabeza
porque no quiero que este imbécil sepa nada de mí. —Anna.
Su lengua chasquea en el paladar. —Anna, ¿eh? No pareces una Anna.
Levantando la cadera, aprieto la mano firmemente contra mi costado. —¿Cómo es
eso?
—Anna es un nombre tan dulce. Algo me dice que no eres una chica dulce.
Le dirijo una mirada penetrante, resistiendo el impulso de apartarlo de mi camino.
Tiene razón, no soy una chica dulce. Me defiendo y Hayes Madden no es una excepción.
—O me dices lo que quieres o te quitas de mi camino.
—No me dejaste terminar lo que estaba diciendo. Sólo tomaste el cumplido que te
hice y huiste.
—¿Cumplido? ¿Cuándo me has hecho un cumplido? —balbuceo.
—Dije que estabas buena. —Esta vez, recorre mi cuerpo con sus ojos y su intensa
mirada me hace sentir como si ya no llevara puesto el vestido.
—También dijiste que estabas bueno.
Se encoge de hombros y se acerca hasta que apenas nos separan unos
centímetros. —¿Te resulta poco atractiva la confianza en ti misma?
—No —tartamudeo—. Pero arrogancia sí.
—De todos modos, Anna. —Pone más énfasis en el nombre falso que le di—. Decía
que tenemos que acabar con esto.
No puedo evitar la carcajada que me sube por la garganta. —¿Acabar con esto?
Estás insinuando... no. —Me detengo porque es absurdo—. Ni siquiera puedo decirlo
porque no está sucediendo.
—¿La palabra follar te pone igual de nerviosa? —Su tono es burlón, pero estoy tan
irritada que podría darle una bofetada en la cara.
Mi boca forma una O perfecta. —Vaya. Eres realmente increíble. —Sacudiendo la
cabeza, me doy la vuelta para alejarme, una vez más, pero me detiene, una vez más. Sólo 19
que esta vez, Hayes rodea mi cintura con una de sus grandes manos y me atrae hacia él.
No debería excitarme su atrevimiento, pero por alguna jodida razón, lo hago. ¿Por
qué me atraen tipos así? ¿Y por qué, en nombre de Dios, hay una parte enferma de mi
cerebro que cree que puedo vendar sus heridas emocionales y arreglar sus partes rotas?
Todo el alcohol que he bebido debe de habérseme subido a la cabeza, porque en
lugar de correr hacia delante, retrocedo hasta que mi trasero queda a la altura de su
pecho. Hayes me rodea el hombro por detrás con un brazo y me pellizca la barbilla
mientras me echa la cabeza hacia atrás. Lo miro de arriba abajo, a unos quince
centímetros, supongo, porque sólo mido un metro sesenta y cinco y él debe de medir un
metro ochenta y cinco.
—Entonces, ¿cómo quieres hacer esto? —susurra con un tono áspero en su voz.
—Si tengo que explicártelo, no deberías hacerlo.
Suelta una risita, un profundo estruendo en el pecho que me hace apretar los
muslos. —Menuda boca tienes, Piernas.
¿De verdad me acaba de poner un apodo?
Mis mejillas se sonrojan de calor. Demonios, todo mi cuerpo se sonroja de calor.
—Piernas, ¿eh?
—Así es. Ya que no me dices tu verdadero nombre, te daré uno. Porque estoy a
dos segundos de meterme entre esas piernas perfectas.
—Ah. ¿Así que sabes lo que estás haciendo? —bromeo.
Me tira más de la cabeza hacia atrás, esta vez con mucha más agresividad, y mi
cuerpo arde literalmente de deseo. —Dejaré que seas tú quien decida eso.
Me pierdo en sus sensuales ojos cuando, de repente, me arrastra a un dormitorio
muy desordenado. Hay una pequeña lámpara de mesa sobre una mesita junto a la cama
y ropa esparcida por todas partes. —¿Se nos permite estar aquí?
Hayes me da besos ardientes y ansiosos en el cuello, por encima de la clavícula y
hasta el hombro. Con una mano me desabrocha la cremallera trasera del vestido, que
cae suavemente por mis tobillos. Doy dos pequeños pasos fuera de él, sintiéndome
expuesta mientras su boca hambrienta baja más y más por mi cuerpo mientras me
desabrocha el sujetador.
Antes de que esto pueda ir más lejos, hago la pregunta que pesa en mi mente. —
Estás limpio, ¿verdad? —Odio ser un aguafiestas y realmente no quiero avergonzar a
Hayes, pero sé que lo estoy, así que necesito saber que él lo está.
Ni siquiera parece inmutarse, estira la mano, la golpea en lo alto de la cómoda y
acerca un papel entre nosotros. Le echo un vistazo, satisfecha con los resultados, y lo
lanzo al aire. Supuse que estábamos en la habitación de un miembro al azar, pero una 20
persona al azar no tendría los resultados de las pruebas de Hayes en su tocador. —¿Así
que esta es tu habitación? —pregunto, arruinando oficialmente el momento.
—Claro que sí. —Desabrocha despreocupadamente el botón de sus vaqueros
negros desgastados, dejando entrever sus calzoncillos bóxer negros.
Así que Hayes es un chico de fraternidad. No sé mucho sobre fraternidades, pero
por lo que he oído, los chicos de ellas no tienen la mejor reputación, especialmente
cuando se trata de compromiso y relaciones. No es que esté buscando eso con Hayes.
Dios, no. Ya me arrepiento de haberme acostado con él y aún no lo hemos hecho.
Debería salir de esta habitación ahora mismo, pero soy una glotona de las malas
decisiones y en cuanto Hayes se arrodilla, disfruto del tacto de sus manos callosas sobre
mi piel.
Me agarra la cinturilla de las bragas de satén y me las baja lentamente por las
caderas. Levanto un pie y luego el otro mientras me las quita. El aire frío me golpea la piel
desnuda y se me pone la carne de gallina.
Sus labios me besan los muslos antes de levantarse. Se quita la camisa y la tira al
suelo con el resto de la ropa. Casi jadeo cuando se quita los pantalones y los calzoncillos
con confianza. Como no podía ser de otra forma, porque está colgado como un caballo
y, para colmo, tiene un piercing.
¿Por qué me sorprende esto? Hayes es sin duda el tipo de hombre que se
perforaría la polla. De repente, los nervios se apoderan de mí y lo miro con pánico en los
ojos. Nunca había visto uno de estos piercings y ahora estoy a punto de sentirlo dentro
de mí.
—No te preocupes, Piernas. —Me pone dos dedos en la barbilla, cerrando mi boca
colgante—. Haremos que te quede bien. —Me guiña un ojo y vuelvo a tener la boca
abierta.
Ni siquiera me importa que sepa que estoy atónita... o sin palabras, en realidad.
Dios mío, está bien dotado. Y hermoso. Y tenía razón, sus músculos pectorales están
tatuados. Hay un árbol en expansión con ramas que se extienden por su carne. Alrededor
de las ramas hay varios objetos: un colibrí, un cronómetro, una calavera amenazadora .
Apuesto a que cada uno cuenta su propia historia, lo que no hace sino aumentar el
misterio de este hombre arrogante.
Me hace retroceder hasta que mis piernas tocan la cama. Me inclino hacia atrás y
me arrastro sobre el colchón mientras él me mira fijamente. Sus ojos suben y bajan por
mis piernas con admiración antes de morderse el labio. Alarga la mano y me recorre el
pecho con los dedos hasta el abdomen, antes de llegar a mi centro chorreante.
21
¿Debería avergonzarme lo mojada que me pone su arrogancia? Claro que sí. ¿Lo
estoy? Ni siquiera un poco.
Abro las piernas para él y gime antes de introducirme dos fuertes dedos.
Enrosco la espalda, presionando contra su mano mientras él permanece de pie
junto a la cama. Sus músculos definidos brillan de sudor y las venas de su antebrazo se
flexionan con cada empujón de su mano.
Su mirada se clava entre mis piernas mientras me lo bebo hambrienta y me hundo
en el placer que me da. Y Dios mío, qué bien se siente. Saboreo cada segundo, esperando
ansiosamente que me penetre con su enorme polla de unos veinte centímetros.
Hayes mueve sus dedos con precisa pericia, encontrando el punto que me hace
apretar las paredes. Respiro hondo, llenando mis pulmones con su embriagador aroma a
cedro y bergamota.
La yema de su pulgar presiona mi clítoris con la presión justa y un suave gemido
sale de mis labios. Mientras sigue introduciendo sus dedos en mi interior, mis sonidos se
hacen más fuertes y urgentes.
Se me escapa un gemido gutural cuando saca bruscamente los dedos y se arrastra
sobre mí.
—No te preocupes, Piernas. Voy a llenarte el coño. —Me mete la polla con fuerza
y yo me agarro a sus hombros, clavándole las uñas. Una fuerte sacudida de placer me
recorre al sentir el estiramiento. Me quema tanto como me hace sentir bien, lo que me
obliga a apretarle el culo con los talones para animarlo aún más.
El frío de su piercing metálico presiona mi punto G con cada embestida y no hay
duda de que noto su longitud bajo mi ombligo.
Este hombre no sólo ha sido bendecido con una polla enorme, resulta que también
es hábil con ella.
Sube una de mis piernas, se inclina hacia mí y me acerca la rodilla al hombro. Se
inclina ligeramente hacia la izquierda al retirarse, para volver a llenarme.
Levanto los ojos y me encuentro con sus hermosos y locos ojos mirándome
fijamente. Por un breve instante, veo algo más profundo de lo que él quiere que vea y
acaricio su mejilla con la palma de la mano. Es como si nuestras almas conectaran y
muevo las caderas para recibir su empuje.
Hayes vacila un segundo cuando conectamos a un nivel en el que no creo que
esté preparado para conectar. Aprieta la mandíbula y coloca una mano junto a mi cabeza
antes de bajar su cuerpo sobre mí y romper el contacto visual. Su aliento caliente me
hace cosquillas en el cuello antes de morderme y yo grito. Me golpea con fuerza, casi
como un castigo por haberle hecho sentir algo que no quería sentir. 22
Me quedo boquiabierta, con el pecho subiendo y bajando contra él mientras me
lleva de nuevo al borde de la liberación.
—Oh, Dios —grito.
Cada nervio de mi cuerpo se enciende y mis brazos lo rodean instintivamente,
clavando las uñas en su espalda, dejando marcas. Nuestros cuerpos se mueven en
sincronía y los sonidos de nuestro placer se mezclan en el aire cuando ambos alcanzamos
juntos el clímax.
Pulsa dentro de mí, prolongando aún más mi liberación. Me tiemblan las piernas
cuando por fin se detiene.
Mientras estoy allí tumbada, aturdida, Hayes se separa de mí con urgencia y gira
su cuerpo desnudo sobre el mío antes de hundirse en el colchón a mi lado.
Mi respiración agitada vuelve lentamente a la normalidad y, cuando giro la cabeza
con una sonrisa, veo que Hayes me mira con la mirada perdida. Sus ojos se desvían
rápidamente hacia el techo.
—Entonces, umm... —Se rasca la cabeza, evitando cualquier contacto visual—.
Tengo que levantarme temprano por la mañana y probablemente debería dormir un poco.
¿Hay una gran fiesta al otro lado de la puerta y él se va a la cama?
Entonces me doy cuenta. De ninguna manera.
Mi cuerpo se levanta y se lleva la sábana que me cubre los pechos. —Espera. ¿Me
estás echando antes de que tu polla siquiera tenga tiempo de secarse?
Vergüenza, arrepentimiento, remordimiento, ira... todas las malditas emociones
que odio se disparan a través de mí. Me ha tomado el pelo. Jared me advirtió. Me dijo
que no le diera importancia. ¿Pero qué hice? Me metí en su cama y durante dos segundos
enteros lo dejé entrar.
La expresión de Hayes se tuerce mientras se acaricia la barba incipiente de la
barbilla. —Sabes, cuando lo pones así me hace parecer un completo idiota. —Hace una
pausa—. Pero sí. Supongo que lo soy. —Hace un molesto chasquido con la mejilla y me
cuesta mucho no darle un puñetazo en ese mismo instante.
—Oh mi. ¡Dios! Eres un auténtico idiota. —Salto de la cama, dejando caer la sábana
para vestirme lo más rápido posible y largarme de aquí.
—En mi defensa, nunca lo negué. —Se levanta y apoya la espalda en el cabecero,
con las manos cruzadas detrás de la cabeza.
—¡Deja de mirarme! —chasqueo mientras levanto a patadas prendas de ropa
esparcidas por el suelo del dormitorio, buscando desesperadamente la mía. Al levantar
el pie para dar otro paso, me doy cuenta de que tengo algo enganchado en el dedo. Miro 23
hacia abajo y veo una tanga roja de encaje -que no es mía-colgando de mi pie—. ¡Qué
asco! —escupo mientras me la quito de encima.
Veo que Hayes sigue mirándome por el rabillo del ojo y... a la mierda. Echo la mano
hacia atrás y pellizco la carne de su mejilla entre mis dedos. —¡He dicho que dejes de
mirarme!
Por primera vez, sonríe. Realmente sonríe. Lo que aprieta mi último botón.
Cuando por fin encuentro el sujetador y el vestido, me lo pongo rápidamente, sin
importarme un comino dejarme las bragas.
Esto debe ser un patrón con él.
Jared dijo que era un jugador y no le hice caso. Excepto que, cuando me miró con
emoción en los ojos, no me pareció un jugador. Por un segundo, pensé que tal vez esto
podría ser más que un rollo de una noche.
Con calma, me dirijo a la puerta y me aferro a la columna. —Esto es mejor así —
le digo, volviéndome hacia él—. Si me hubiera quedado más tiempo, habría sido una
pérdida de tiempo.
Sus cejas se pellizcan antes de que su cara caiga lo suficiente como para que me
dé cuenta. Jaque mate, Hayes Madden. Te metiste con la chica equivocada.
—No podemos permitir eso —dice sin ningún tono desafiante.
—Adiós, Hayes Madden. Espero de verdad no volver a verte.
En cuanto salgo por la puerta, me dirijo a las escaleras. Una vez fuera de ese
sótano asfixiante, busco desordenadamente a Jared o a Lucía. No hay ninguna posibilidad
de que les cuente lo que acaba de pasar, pero necesito salir de esta maldita casa.
Oficialmente estoy renunciando a los hombres idiotas. No me importa lo atractivos
que sean como chicos malos. El próximo chico que busque será uno de los buenos.
Sigo buscando en todas las habitaciones, pero mi cuerpo choca con otro cuando
al girar en un pasillo mi cabeza rebota contra la pared. —¡Ay! —grito mientras me froto la
herida.
Cuando levanto la vista, me encuentro con un hombre de pelo oscuro y ojos azules
que me mira fijamente. Lleva una camiseta de fútbol de los Devils, lo que me hace pensar
que juega en el Rosewood U.
Con sus manos a ambos lados de mis hombros, me mira, realmente preocupado.
—Lo siento mucho. ¿Estás bien?
Me arrastra hasta una silla cercana y se arrodilla a mi lado. —¿Necesitas agua o
algo?
Limpio agresivamente una mancha de humedad que tengo bajo los ojos y sacudo 24
la cabeza. —Estoy bien. Al menos, lo estoy ahora.
Pasa más o menos un minuto observándome en busca de cualquier signo de lesión
traumática. Cuando en realidad, estoy muy bien. Aparte del peso del arrepentimiento y la
vergüenza sobre mis hombros tras haberme acostado con Hayes, estoy bien físicamente.
El chico guapo sonríe. —¿Qué te parece si salimos de aquí? Hay una heladería
que abre hasta tarde a poca distancia. Parece que te vendría bien un helado.
Ahora, escucha. Juro que no soy una puta. De verdad que no, y no tengo intención
de acostarme con este tipo, ni con ningún otro en mucho tiempo. Pero esto tiene que ser
el destino. Hace unos segundos, juré no tener hijos de puta y ahora el príncipe azul está
justo delante de mí.
—Helado suena perfecto —le digo, y él me ayuda a ponerme en pie.
—Genial. —Sonríe, mostrando sus perfectos dientes blancos—. Oh, soy Kamden
Donnelly, por cierto. —Me tiende la mano.
Pongo la mano en su palma y siento literalmente la electricidad que chisporrotea
entre nosotros. —Brogan —digo con una sonrisa coqueta—. Brogan Astor.
25
CAPÍTULO 1
Seis Meses Después
Por mucho que quiera arremeter contra él, no puedo enfadarme. Nos vemos muy
calientes en el video.
Mis ojos captan la hora en mi teléfono y el corazón me salta a la garganta.
¡Joder! ¡Tengo que estar en el estadio en veinte minutos!
29
CAPÍTULO 2
Estamos en la recta final del partido. Miro a los miles de aficionados del estadio
mientras animo. “Vamos Devils. Vamos. Vamos Devils. Vamos”. Varios tonos de naranja
sangre y negro pintan la multitud mientras corean con nosotros, sus voces crudas de
emoción mientras manifiestan nuestra victoria sobre los Eagles.
Una sensación de urgencia flota en el aire mientras el cronómetro se agota.
Nuestro equipo va perdiendo 21-24, pero el balón es nuestro y estamos prácticamente
en la zona de anotación. No hay duda de que aún podemos conseguir la victoria.
Con mis pompones en las manos, grito nuestra porra a pleno pulmón. Trabajamos
con el público, animándolo cuando empieza la jugada, pero cuando empieza la jugada y
las gradas se callan, las animadoras hacemos lo mismo.
¡Atrápalo, Kamden!
Tú puedes. ¡Vamos, cariño, vamos!
Oh, joder.
Mi corazón se astilla. Así es el juego.
Esta derrota es dura. 30
Animar es su propio deporte y mi atención debería centrarse en los aficionados y
no en el partido, pero es difícil cuando mi novio es el que acaba de fallar el pase ganador
en la zona de anotación. Era su última oportunidad, la última jugada.
El reloj avanza y mis ojos permanecen fijos en el tiempo. Cuando suena el pitido
final, las gradas emiten un suspiro colectivo que nos envuelve a todos como una fuerte
ráfaga de viento.
Es nuestra primera derrota de la temporada y el camino hacia la victoria invicta ha
llegado a un final brutal. La derrota se cierne sobre nosotros y las caras de decepción de
mis compañeros de equipo reflejan la mía.
—La próxima vez lo conseguiremos —dice Gabby, la capitana de las animadoras,
para levantarnos el ánimo. Coge sus pompones y se dirige a la fila de bancos frente a la
valla. Estoy segura de que Gabby siente la misma agonía desgarradora en la boca del
estómago que yo.
Mi novio Kamden es su ex y ella sigue groseramente obsesionada con él. Dejando
a un lado mi desagrado por ella, sé que se preocupa y el dolor en los ojos de Kamden fue
desgarrador para cualquiera que lo presenciara. Que serían los miles de personas que
estaban viendo el partido.
Tras tomarnos unas cuantas fotos con los aficionados, nos dirigimos al vestuario.
La derrota nos nubla a todos mientras nos cambiamos de uniforme y nos preparamos
para seguir con nuestra jornada. La mayoría del equipo va al Piggy's Pub después de los
partidos en casa. Es uno de los pocos sitios de Rosewood donde no se comprueban los
carnés, así que, naturalmente, es donde pasan el rato la mayoría de los estudiantes.
Aunque la mitad de nuestro equipo tiene edad suficiente para beber, la otra mitad no, yo
incluida.
Me quito el uniforme y me pongo una minifalda vaquera y un top naranja intenso,
combinados con un par de botas negras por encima de la rodilla. Mi pelo rubio, aún
húmedo por el sudor tras el intenso partido, mantiene sus rizos, así que me lo esponjo un
poco, me retoco el maquillaje y salgo con Lucía y Jared para esperar a que nos lleven a
Piggy's.
Una hora más tarde, estoy sentada en un reservado con un vaso medio lleno de
mojito de mora delante de mí. Mi zapato golpea sin cesar el suelo bajo la mesa mientras
espero ansiosa la llegada de Kamden.
Avery, que está sentado a mi lado, me da una palmada en la rodilla. —¿Quieres
dejar de hacer eso? Ya vendrá.
Avery no está en el equipo de animadoras, pero cuando yo no estoy en la banda,
siempre estamos juntas. Hace cuatro años, cuando mi madre nos trasladó a mis
hermanas y a mí a una nueva ciudad, estaba dando la vuelta a la esquina en el pasillo de 31
mi nuevo instituto cuando choqué con una bomba de metro setenta y cinco que parecía
recién salida de una revista de moda.
Cabello moreno ondulado que le llega hasta el trasero, suaves ojos color miel y
pómulos que casi le tocan los párpados cuando sonríe. Al principio me intimidaba un
poco, pero enseguida me di cuenta de que es la persona más dulce del mundo. Después
de ayudarme a recoger todos los papeles que se cayeron de mi carpeta, nos dimos
cuenta de que íbamos a la misma clase, así que caminamos juntas. Desde entonces
somos inseparables.
Me froto los labios, alisándome el brillo pegajoso. Permanezco con los ojos
clavados en la puerta y, cuando se abre, los abro con esperanza. Entra otro grupo de
jugadores de fútbol, entre ellos Jeremiah, el mejor amigo de Kamden. Pero Kamden aún
no ha llegado.
—No lo creo, Ave —digo con un suspiro—. Sé que se está machacando mucho
por esto. Apuesto a que lo último que quiere es enfrentarse a toda esa gente que se
pregunta cómo pudo fallar el pase ganador.
Jeremiah y los cuatro chicos con los que entró se agolpan alrededor de la mesa
redonda donde está sentado el resto del equipo.
Choco mi hombro contra el de Avery y muevo el culo hacia ella. —Déjame salir.
Necesito hablar con Jeremiah.
—Ugh —refunfuña mientras se desliza fuera de la cabina—. Eres tan impaciente.
Avery no lo entiende. Ella nunca ha competido un día en su vida. A menos que
cuentes los límites de las tarjetas de crédito. Claro, fue espectadora del partido, pero no
se da cuenta de la presión que se ponen los atletas para rendir bien.
Para ella, el deporte no es más que un pasatiempo. Su familia es asquerosamente
rica, así que no tiene que trabajar para nada, y no tiene ni un hueso atlético en el cuerpo.
La única razón por la que asiste a la Universidad de Rosewood es porque su padre le
exigió que obtuviera un título. No le importa lo que estudie, siempre y cuando estudie
algo.
—¿Estás lista para otro? —pregunta Lucía, señalando mi vaso medio lleno desde
el otro lado de la mesa mientras me deslizo.
Me encojo de hombros y cojo mi vaso. —Claro, por qué no.
La única ventaja de no tener coche en Rosewood U es no tener que conducir a
ningún sitio. Conozco bien los horarios de los autobuses del campus y, cuando salimos,
solo hay que pulsar un botón para tomar un Uber.
32
Con mi bebida en la mano, me abro paso entre la multitud que se ha congregado
de repente. Naturalmente, la mayoría de los fanfarrones son mujeres. Juro que huelen el
sudor de estos hombres cada vez que están en público.
Jeremiah está de espaldas a mí, así que me acerco a él por detrás y miro a la chica
con la que está hablando. Tiene el pelo negro azabache con unos rizos perfectos y lleva
un mechón en el dedo. Nunca la había visto, pero por la cara de mala leche que me lanza,
supongo que estoy interrumpiendo algo. No obstante, le doy un golpecito en el hombro,
robándole su atención.
Sus ojos chocolate oscuro, cubiertos de frustración, se clavan en los míos.
Ah, sí. Sobre Jeremiah: es un idiota de primera y no le gusta que se le acerquen a
menos que se lo pidan. Literalmente no lo soporto, pero lo aguanto. Estoy segura de que
él piensa lo mismo. Y si su ceño fruncido y la falta de palabras no son suficientes para
decir, el sonido audible de su respiración a través de sus fosas nasales lo es.
—Perdón por interrumpir. Me preguntaba si Kamden está en camino.
Me mira de reojo, con el ceño fruncido, como si tuviera mejores cosas que hacer.
—Tienes teléfono, ¿no? Llámalo y pregúntale.
Me muerdo la lengua, luchando contra el impulso de arremeter. —No me contesta.
Sus ojos giran lentamente hacia los míos. —Supongo que no quiere hablar contigo
entonces.
Mantén la calma, Brogan. Es así con todo el mundo. No es nada personal.
Seguro como el infierno parece que es, sin embargo. No me trató tan mal hasta
que Kamden y yo hicimos oficial nuestra relación. Juraría que está celoso del tiempo que
paso con Kamden.
—Gracias por tu ayuda, Jer —digo con un tono sarcástico—. Te lo agradezco
mucho.
Con una sonrisa de suficiencia en la cara, se vuelve hacia su juguete sexual de la
noche. Aprieto los puños y resisto las ganas de coger el cuchillo de mantequilla que hay
sobre la mesa para clavárselo en la espalda.
El karma se encargará de él. Que el próximo coño en el que se deslice esté
infestado de una enfermedad incurable.
Me abro paso entre las mesas y los cuerpos y vuelvo a nuestro reservado. Alcanzo
a Avery y cojo mi teléfono y mi bolso. —Tengo que irme —les digo con pesar.
—¿Qué? ¡No! —Avery sisea—. Acabamos de llegar. Ni siquiera has terminado tu
primera copa y ya tienes otra esperando.
—Lo siento. —Me encojo de hombros—. Kamden no responde a mis llamadas o
33
mensajes y necesito asegurarme de que está bien.
Avery suspira con la pajita entre los labios. —Así que su orgullo fue castrado
temporalmente. Ya se le pasará.
Me echo el bolso al hombro y abro la aplicación Uber del móvil. —Puede que sí —
le digo—. Pero sus amigos son todos unos imbéciles y odio la idea de que se machaque
solo.
—¿Quién dice que está solo? —Kelly curva los hombros hacia delante y la forma
en que desvía rápidamente la mirada me hace preguntarme si sabe algo que yo ignoro.
Mi dedo se congela sobre el botón de pedido de la aplicación Uber. —¿Con quién
más podría estar? —Echo un vistazo a sus compañeros—. Todos están aquí.
Pero no todos están aquí. Kamden no está, y Gabby tampoco.
—No creerás que... —Ni siquiera puedo terminar esa frase porque es absurda—.
No. Kamden no soporta a Gabby.
Lucía y Kelly comparten una mirada y si una de ellas no dice lo que sabe ahora
mismo, me vuelvo loca.
—¿Qué? —resoplo con impaciencia.
Avery los fulmina con la mirada y, en mi nombre, hace la pregunta cuya respuesta
no quiero saber. —¿Están juntos? Porque si lo están... —Empieza a deslizarse fuera de
su asiento, dispuesta a pelearse con una zorra.
—No —le asegura Lucía, o al menos, lo intenta—. Al menos, no que sepamos. Es
que es raro, ¿no? Quiero decir, ¿dónde están?
Con un gran suspiro, pulso el botón de pedido de mi teléfono. —Planeo demostrar
que ambas están equivocadas. Kamden nunca me engañaría.
Comparten otra mirada y sé exactamente lo que ambas están pensando. Me
engañó una vez, lo volvería a hacer.
Pero no soy Gabby y nuestra relación no es la misma que la rocambolesca que
tuvieron. Estamos bien. Sólidos. Estamos bien. No hay manera de que Kamden esté con
su ex ahora mismo.
—No puedes simplemente ir a su dormitorio —dice Avery con preocupación en su
tono.
Enarco una ceja. —¿Por qué no?
—Porque sí. —Frunce el ceño—. ¿Qué pasa si él está con ella y los descubres?
No puedes dejar de ver eso.
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—No lo haré —tartamudeo—. Porque ellos no están. Esto es ridículo, chicos.
Estas acusaciones están empezando a cabrearme de verdad. Estoy tan harta de
oír hablar de Kamden y Gabby todo el tiempo. ¿Así que salieron? A quién demonios le
importa. Ya terminaron.
—Entonces iré contigo —me dice Avery mientras recoge sus cosas, con la bebida
aún en la mano.
—No —escupo—. Quédate y diviértete con las chicas. Estaré bien. Te lo prometo.
Lo último que necesito es que Avery me diga que ella tenía razón y yo estaba
equivocada si por casualidad están juntos. Que no lo están.
Igual que yo no me llevo bien con el mejor amigo de Kamden, Kamden tampoco
se lleva bien con la mía. Avery está seguro de que me va a romper el corazón.
Kamden no tiene la mejor reputación con las chicas. Él y Gabby salieron durante
un año y, al parecer, la engañó. No estoy segura de por qué ella lo quiere de vuelta
después de que él le rompió el corazón, pero sólo puedo suponer que es porque Kamden
es de la realeza en Rosewood U. Sus habilidades “generalmente” estelares en el campo,
junto con el hecho de que su familia posee una de las mayores empresas de seguridad
cibernética en el mundo, lo convierten en un imán para las mujeres.
Avery apura el resto de su bebida y deja el vaso vacío sobre la mesa. Se acerca y
susurra. —¿Seguro, B?
B es como me llama cuando utiliza su tono serio. Cuando juega o bromea, suele
llamarme zorra o puta. Tenemos ese tipo de amistad y la aprecio con todo mi ser.
—Positivo —le aseguro—. Te veré en casa más tarde. —Casa es nuestro
dormitorio en Hallstrom Hall.
—De acuerdo. —Me abraza—. No dejes que lo que dijeron te afecte.
Probablemente tenga razón. Ahora mismo se está machacando... solo.
La estrecho entre mis brazos y doy un paso atrás. —Gracias —le digo antes de
dirigirme a la salida.
Abro la puerta de un empujón, salgo y el aire fresco de la noche golpea mi piel
desnuda, provocándome un escalofrío.
Me abrazo a mí misma con el teléfono agarrado bajo la axila, observando
impaciente el Camry rojo en el que viaja mi chófer, aunque todavía está lejos.
Aparto cualquier pensamiento negativo sobre Kamden y Gabby. Aunque por
alguna extraña casualidad estén juntos, eso no significa que haya algo entre ellos.
Kamden me aseguró que la llama entre ellos se apagó mucho antes de que rompieran.
Afirma que en realidad nunca la engañó porque estaban en una ruptura, pero
sinceramente no sé qué creer.
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Intento llamar a Kamden una vez más. Aún faltan seis minutos para que llegue mi
Uber, así que tengo tiempo de cancelarlo si solo llega tarde.
Como sospechaba, salta su buzón de voz y esta vez decido dejarle un mensaje. —
Hey, Kam...
Mis palabras se interrumpen cuando una fuerte fuerza me empuja contra el
edificio. Mi espalda choca con fuerza y siento el crujido de mi columna contra la superficie
de ladrillo. Con la respiración entrecortada y la cabeza aturdida, el teléfono se me escapa
de las manos y sale volando en medio de lo que parece ser una pelea.
Todavía sentada en la acera donde aterricé, con la espalda pegada al edificio,
observo a dos hombres que parecen enzarzados en un violento enfrentamiento. Capto
fragmentos de la agresión verbal. Algo sobre alguien que atropella el pie de otro y se lo
rompe.
Ouch.
Estoy a punto de levantarme del suelo cuando un puño vuela por los aires, pero el
tipo se agacha justo a tiempo, fallando el golpe por una fracción de segundo.
El tipo al que casi atropellan se da la vuelta y el corazón me salta a la garganta.
Él.
Lo primero que noto son sus ojos familiares. Lo segundo que noto es que su
cabello es más oscuro. Las puntas rubias han crecido y apenas son visibles.
Hayes da unos pasos hacia mí, alejándose de su propia pelea mientras el otro tipo
-que está siendo retenido por su amigo- le profiere insultos y amenazas.
La comisura de sus labios se levanta en una sonrisa egoísta. —Hola de nuevo,
Piernas. Te dije que volveríamos a vernos. —Me tiende la mano como si esperara que la
aceptara. Lo miro asquerosamente como si estuviera recubierto de cianuro.
—Bueno, vamos ahora. No seas testaruda. Deja que te ayude a levantarte.
Mi labio se tuerce de asco cuando sus ojos recorren mi cuerpo y se posan en mis
piernas. Me acuerdo de que llevo falda y aprieto los muslos. —¿Ahora quién es el que
desnuda al otro con la mirada?
—He estado allí. Joder.
—Dios, eres exasperante. Veo que tu ego sigue siendo más grande que la vida. Y
por si sirve de algo, tener sexo contigo fue el mayor error de mi vida.
Sus dedos recorren la barba incipiente de su barbilla. —Ya sabes, me gustaría
poder decir que fue mi mayor error. Pero una vez me acosté con una mujer mayor que
decía ser bruja y me hechizó cuando le dije que no mantenía relaciones. Se puso a
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carcajear mientras salía de mi habitación. Hablando de arrepentimiento.
—¿Por qué demonios estoy escuchando esto ahora? —exclamo mientras me
pongo en pie. Me quito el polvo de la gravilla de la pierna y ni siquiera le miro por miedo
a que su magnífico físico me hechice. No. Nunca más.
—Mira. Sólo intentaba ayudar. No es mi culpa que seas tan testaruda.
—¿Por qué iba a dejar que me ayudaras? —tartamudeo—. Tu pelea callejera
infantil es la razón por la que estoy aquí abajo en primer lugar.
—Sobre eso —empieza mientras se pasa los dedos por la boca, manchando un
reguero de sangre—. En realidad te salvé la vida. Así que un agradecimiento estaría bien.
Pero no me aguantaré la respiración.
—Por favor, hazlo —gruño—. Con un poco de suerte, te desmayarás y podré
seguir con mi noche.
El sonido de un claxon capta mi atención y, cuando por fin veo de dónde viene, el
vehículo arranca a toda velocidad. No es un vehículo cualquiera. Mi Uber.
—¡Eh! —Lanzo las manos al aire, gritando—: No te vayas.
No tiene sentido. Se ha ido.
—Muchas gracias, idiota. Me has hecho perder el viaje a casa.
Sonríe. —Ahí está el agradecimiento que estaba buscando.
Mis ojos se clavan en un hombre que viene rápidamente hacia nosotros. —
¡Cuidado! —le advierto.
Con un rápido movimiento, Hayes gira sobre sí mismo y asesta un potente
puñetazo en la mandíbula del hombre. El agresor se tambalea hacia atrás y Hayes se
vuelve hacia mí, manteniendo una sonrisa tranquila en la cara, como si pegar a un tipo
delante de un bar fuera lo más normal del mundo.
Cuando se trata de Hayes, sinceramente ni siquiera me sorprende.
—Desearía poder decir que fue bueno verte de nuevo, pero no lo fue. Que tengas
una buena vida. —Mis ojos escudriñan la acera en busca de mi teléfono, pero con tanta
gente pasando por aquí, entrando y saliendo por la puerta y por la franja, no lo encuentro.
Sigo buscando y, a cada segundo que pasa, se me hace un nudo en el estómago.
Hayes se frota los nudillos ensangrentados. —Tienes facilidad de palabra, Piernas.
¿Alguien te lo ha dicho alguna vez?
Me doy la vuelta para mirar al imbécil, con las manos en las caderas. —¿Por qué
me sigues?
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—Vaya. Alguien te ha enfurecido de verdad esta noche.
—Sí —replico—. Tú.
Se encoge de hombros con indiferencia. —La historia de mi vida. Siempre
enojando a alguien.
—Sí, bueno, tal vez es hora de que reevalúes tu forma de tratar a la gente. —Me
agacho, intentando buscar mi teléfono cuando me doy cuenta de que los ojos de Hayes
están pegados a mi culo.
—¿Por qué? Estoy perfectamente feliz con mi vida.
Poniendo los ojos en blanco, intento girarme para que no pueda ver el culo que he
trabajado tan fuerte porque es un privilegio que no se merece. —Sí, bueno, me empujaste
y se me cayó el teléfono. Así que ahora mismo no estoy contenta.
Su dedo índice se dispara hacia arriba. —Corrección. Yo te salvé.
Me río secamente. —En medio de tu batalla de masculinidad, tú y ese imbécil me
empujaron al edificio. ¿Cómo demonio me salvó eso?
Se le levanta la ceja. —¿Batalla de masculinidad?
—Bueno, sí. ¿No es por eso que todos los chicos pelean?
Se cruza de brazos como si estuviera sumido en sus pensamientos y se da
golpecitos con el dedo en la barbilla. —Le pasé por encima del pie con la bici, así que no
lo culpo por venir por mí. Aunque eso no significa que no vaya a defenderme.
Ah. Así que él es el culpable que atropelló el pie de alguien. No es sorprendente.
Sacudo la cabeza con incredulidad mientras hago otro intento de alejarme de él.
—Tengo que irme.
Me agarra del brazo, no con fuerza, pero lo suficiente como para detenerme en
seco. Por la forma en que me mira, es como si sintiera la chispa entre nosotros tanto
como yo. Por eso me zafo de su agarre. —Déjame ayudarte a encontrar tu teléfono. Ya
llego tarde al trabajo, pero es lo menos que puedo hacer.
—¿Trabajo? ¿A estas horas? —Miro a mi alrededor, preguntándome qué podría
hacer para aparecer en el trabajo a estas horas de la noche.
—El dinero no sólo se gana cuando sale el sol. Algunos también tenemos que
trabajar de noche. —Baja brevemente la mirada, como si le diera vergüenza. Pero ni
siquiera dos segundos después, vuelve el Hayes que no soporto.
Estoy un poco sorprendida. No de que tenga trabajo, sino de que vaya a trabajar
después de pelearse fuera de un bar. Es un poco extraño.
A pesar de todo, no digo nada mientras me agacho para ver mejor la acera. Si
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quiere ayudarme a encontrar mi teléfono, lo dejaré porque me gustaría mucho encontrar
a mi novio antes de que me engañe.
Uf. ¿Por qué pienso así? ¿Por qué siempre espero lo peor?
Un grupo de personas viene hacia mí, sin prestarme atención, y justo antes de
chocar conmigo, alguien me agarra del brazo y tira de mí para ponerme en pie y
apartarme del camino. Tropiezo, pero recupero rápidamente el equilibrio cuando unos
fuertes brazos me rodean por detrás.
Me abalanzo hacia delante y salgo de su agarre. —Gracias —digo en voz baja,
porque por muy enfadada que esté, sigo siendo una persona decente.
—Dos veces —bromea Hayes.
Mi frente se frunce mientras le miro confundida. —¿Eh?
Se acerca, su calor corta de algún modo el frío que me rodea. —Ya son dos veces
las que te he salvado.
Respiro hondo. —Lo que sea.
Pasan los minutos sin suerte cuando Hayes me pone algo delante de la cara. —De
nada.
Le arrebato el teléfono de la mano, con el alivio inundando mis venas. Pero cuando
me doy la vuelta para darle las gracias de verdad, lo pillo de espaldas, alejándose.
No estoy segura de por qué espero, viéndolo desaparecer entre la gente, pero no
es hasta que lo pierdo de vista que abro el teléfono y pido otro viaje.
Después de una agotadora espera de veinte minutos, llega mi transporte y estoy
agotada. Apenas puedo mantener los ojos abiertos. Así que en lugar de intentar localizar
a Kamden, confío en él y vuelvo a mi habitación para dormir.
Se supone que el primer año debe ser divertido. Debería servir para encontrarme
a mí misma y saber lo que realmente quiero en la vida. Debería estar lleno de aventuras
con mis amigos y noches de fiesta en las que volvemos a casa y nos reímos de todas las
locuras que hicimos juntos.
No debería tratarse de follar con playboys y preocuparme por si mi novio, estrella
del fútbol, me va a engañar con su ex, que es mi capitana. Sin embargo, aquí estoy.
Tienes que aprender a tomar mejores decisiones, Brogan.
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CAPÍTULO 3
ESTOS ENTRENAMIENTOS MATUTINOS de los domingos son para los pájaros. Apenas
he dormido y me duele mucho el cuerpo. No estoy segura de si es por mi encontronazo
con la pared de ladrillos de anoche o por todo el movimiento del partido.
Lo único bueno de estar aquí es poder ver a Kamden.
De pie en la línea de banda, mis ojos permanecen fijos en él mientras corre hacia
la zona de anotación, listo para atrapar el pase de su compañero de equipo.
La mayoría de nuestros entrenamientos tienen lugar en el interior del recinto
deportivo, pero de vez en cuando, cuando hace buen tiempo, practicamos al aire libre.
Hoy, da la casualidad de que Kamden y algunos de los otros jugadores de fútbol se
quedaron después de su entrenamiento de la mañana y están en el campo de prácticas.
Observo atentamente cómo la pelota vuela por el aire en una espiral perfecta. Juro
que puedo sentir la brisa de ese lanzamiento contra mi mejilla.
Contengo la respiración, esperando a ver si Kamden atrapa el pase.
Ya casi está. Ya lo tienes...
—¡Brogan! —El sonido de una voz aguda rompe mi concentración antes incluso 40
de que el balón caiga en un par de manos.
Me giro para ver a nuestra entrenadora jefe, Wendy, con la cara torcida por la
frustración. —Estamos aquí para entrenar, no para verlos entrenar.
—Claro. —Mis mejillas se sonrojan de calor—. ¿Qué puedo decir? Me encanta el
deporte.
—¿El deporte, o Kamden Donnelly? —dice una de las chicas.
—El fútbol y las animadoras son dos deportes diferentes —dice la entrenadora
Wendy—. Ahora mismo, necesito que ames nuestro deporte. Ahora concéntrate.
Suelto una carcajada a mi lado y pongo los ojos en blanco. Sospecho que son
sobre todo las alumnas de cursos superiores, porque son ellas las que me lo han estado
haciendo pasar mal desde que empezaron los entrenamientos el verano pasado. He sido
la única novata que ha entrado en el equipo este año y, por lo que he oído, las chicas
nuevas lo pasan mal. Ahora también lo creo. No me lo han puesto fácil.
—Presten atención, chicas —ordena la entrenadora Wendy, chasqueando los
dedos—. Vamos a repasar la rutina de medio tiempo una vez más antes de que termine
la práctica.
Mientras suena el remix por el altavoz, todos volvemos a la formación, aplaudiendo
al unísono antes de pasar a nuestra formación piramidal.
—Te va a romper el corazón —dice Gabby mientras viene a mi lado, dispuesta a
levantar a Jules en el aire. Ni siquiera miro a Gabby mientras empujo hacia arriba con la
suela del zapato de Jules en la palma de la mano. Gruño al levantarla, y mi mano tiembla
cuando Jules agita los brazos intentando equilibrarse.
Me ahogo en una carcajada porque esta chica haría casi cualquier cosa para
meterse en mi piel. —No tienes que preocuparte por mí. Mi corazón está intacto. Pero
gracias por preocuparte.
—Oh, no confundas mi advertencia con preocupación. —Se ríe molesta—. Lo que
Kamden y yo tenemos no desaparece por un error. Puedo garantizarte que sigue
locamente enamorado de mí.
—Por error, te refieres a cuando lo engañaste, ¿verdad? ¿O fue cuando él te
engañó a ti? Me suena a más de un error.
Gruñe mientras ayuda a equilibrar a Jules y mi muñeca se tambalea un poco. —
Pasamos de eso.
—¿Ah, sí? —bromeo, sólo medio concentrada en la rutina ahora que Gabby
parlotea.
—Sí. Pregúntaselo tú misma.
41
Me muerdo una sonrisa, el sarcasmo goteando de mi tono. No le creo ni por un
segundo. —Si es él el que sigue locamente enamorado de ti, ¿por qué te pegas con él
después de cada noche de copas? Te das cuenta de que normalmente suelo estar con
él, ¿verdad?
—Normalmente es la palabra clave. —Se ríe. Está intentando meterse en mi piel.
Así es como funcionan las chicas como Gabby.
Calmo la rabia que hierve a fuego lento en mi pecho. Sé que Kamden es su ex. Y
no, no he roto el código de chicas porque Gabby no es mi amiga.
Jules se tambalea y tiembla y lo siguiente que sé es que está saltando desde la
pirámide.
—¡Qué demonios, Jules! —se burla Gabby mientras levanta las manos—. Eso es.
Ella no está hecha para esto. Yo digo que volvamos a poner a Lucía en la cima. Es obvio
que Jules tiene el equilibrio de un balancín.
Probablemente soy la única que ve la humillación en la cara de Jules, o al menos,
la única a la que le importa. Se está esforzando mucho.
—No pasa nada. —Le doy una palmadita en la espalda—. Lo conseguirás.
Su silencio lo dice todo y no puedo evitar sentir que me está culpando por haber
estado a punto de caer.
—No vamos a hacer ningún cambio —grita la entrenadora Wendy con tono
cortante—. Vuelvan a la formación y esta vez... —Me clava unos ojos severos que me
queman la piel—. Basta de discusiones. Puede que no seamos todas amigas, pero
seguimos siendo un equipo.
Pongo los ojos en blanco ante la mirada mordaz de Gabby. Muerde una sonrisa
maliciosa, satisfecha de sí misma.
En la siguiente vuelta, lo clavamos. Nos vemos jodidamente hermosos aquí. Jules
es firme y estable. La piedra clavada en la suela de su zapato es sólo ligeramente
dolorosa. Y Gabby mantiene su boca de perra cerrada.
—Eso es lo que me gusta ver —aúlla el entrenador—. Eso fue genial, señoritas.
Pero mañana, espero la perfección.
El equipo se dispersa, algunos forman un círculo y chismean. Probablemente
sobre mí, teniendo en cuenta que Gabby está en el centro del círculo. Jules se aleja y yo
corro para alcanzarla. Se agacha y mete la mano en la bolsa. Me detengo bruscamente
cuando estoy a su lado. —Hola. ¿Va todo bien?
Gira la cabeza y me mira con los ojos llenos de lágrimas. —En realidad no, Brogan. 42
Tu pequeña discusión con Gabby casi hace que me caiga de bruces.
Suelto una risita etérea. —No seas tonta. No te habríamos dejado caer.
—¿En serio? —Se levanta, con los hombros echados hacia atrás—. Porque no es
así como me sentí cuando estaba allí arriba. Y por eso, parezco la que carece de las
habilidades para actuar. Ya sabes cómo es, Brogan. Ignórala antes de que te destruya
esta temporada.
—Yo... lo siento, Jules. No tenía ni idea.
Se burla, recoge su bolso y se lo echa agresivamente al hombro.
—Por supuesto que no.
—Jules. —Levanto las manos, pero antes de que pueda disculparme
sinceramente, se marcha.
Definitivamente está enojada. Pero después de un tiempo, se calmará. Dejar que
Gabby me afectara a mitad de la rutina no fue mi mejor momento, pero si puedo
demostrarles a estas chicas que hablo en serio, tal vez no sea tan difícil.
No tengo ni idea de cómo sobreviviré a Gabby esta temporada, pero realmente
necesito encontrar una manera de bloquearla fuera de mi cabeza. Puede que sea la
capitana, pero no tengo que reconocerla ni a ella ni a sus desagradables palabras sobre
mi relación con Kamden.
Me doy la vuelta y la observo junto a sus groupies, que se ríen entre dientes con
sus miradas bailando de mí a los demás.
No estoy acostumbrada a este tipo de trato. En mi ciudad, todo el mundo me quería
y si no me querían, me daba igual. Siempre he sido lo que soy y si a la gente no le gustaba,
pues que se jodiera. Pero esto es diferente. Este es mi equipo y el lugar donde se suponía
que iba a tener un nuevo comienzo. Hasta ahora, mi relación con Kamden sólo me está
costando cosas que me importan en lugar de añadir a mi vida.
Agarro mi mochila y me siento en la primera fila de las gradas a esperar a que
Kamden termine. Aparte de un mensaje de texto de anoche en el que decía que me
quedara después del entrenamiento, aún no hemos hablado desde el partido de ayer y
estoy ansiosa por ver cómo le va.
Rebusco en mi mochila y saco mi cuaderno de bocetos y mi lápiz de sombrear
para matar el tiempo. Dibujar siempre ha sido mi pasatiempo favorito, aunque no sea algo
que comparta con mucha gente. Ahora que lo pienso, creo que Kamden ni siquiera sabe
que me gusta dibujar.
De niña, pasaba todo mi tiempo libre encorvada sobre mi cuaderno de dibujo,
dibujando meticulosamente vestidos y otras prendas de vestir. Mi amor por la moda era
evidente en los montones de revistas Seventeen y Teen Vogue que había por toda mi 43
habitación. Mi pasión por el arte es la razón por la que estoy estudiando para obtener un
título en merchandising de moda.
Uno podría preguntarse por qué elegí merchandising de moda en lugar de diseño
de moda. La verdad es que me falta confianza en mis capacidades. Me aterroriza el
rechazo y aún más el fracaso. De este modo, sigo sumergiéndome en la industria
haciendo algo que me encanta, aunque no sea yo quien cree los diseños.
Arrastro el lápiz por la página en blanco, formando las curvas de un vestido de
baile de noche. Lo imagino en un suave tono azul celeste con delicados cristales
adornando el corsé.
Lucía viene trotando hacia mí después de dar una vuelta a la pista exterior, así que
cierro mi cuaderno de bocetos de un manotazo. Se dobla y apoya las manos en las
rodillas. —¿Vas a quedarte por aquí un rato? —me pregunta con la respiración agitada y
gotas de sudor cayéndole por la cara.
—Sí, Kamden y yo todavía tenemos que hablar.
Ella endereza la espalda, los ojos muy abiertos. —¿Cómo, la charla?
—No. —Me río—. No lo estoy dejando, si eso es lo que preguntas.
Chasquea los dedos y chasquea la lengua. —Maldición.
Sacudo la cabeza porque sé lo poco que le gusta. —Kamden y yo estamos bien
—le digo mientras vuelvo a guardar el cuaderno y el lápiz en la mochila—. Aunque no
puedo decir lo mismo de su ego. Sé que se culpa por haber perdido el partido.
Suelta un despectivo —Eh —antes de añadir—: Su frágil ego necesitaba una
buena patada si me lo preguntas. Ya se le pasará.
—¿Tú también no? —Suspiro—. ¿Por qué todas mis amigas odian a mi novio?
—No lo odio —reitera, mirándolo en el campo—. Sólo creo que puedes hacerlo
mucho mejor. Haces de Kamden una prioridad en tu vida y él no hace lo mismo por ti.
—Está ocupado con la escuela y el fútbol —digo, sintiendo que se levantan mis
muros defensivos.
—Y tú estás ocupada con la escuela y las porristas. —La forma en que me mira
me recuerda a mi madre. Sus ojos calculadores siempre me dicen que nunca acepte
menos de lo que valgo. Pero esa es la cuestión. Aquí, ya no soy un pez gordo en un
estanque que conozco bien. Aquí, soy un guppy en un mar de tiburones rodeando a su
presa. Y todo lo que quiero ahora mismo es tener al menos un tiburón de mi lado que no
tema morder.
Respiro aliviada cuando Kamden viene caminando hacia nosotras. —Te llamo
luego —le digo a Lucía, dando por terminada nuestra conversación. 44
—Protege tu corazón, cariño, porque no dejarás que nadie lo haga por ti.
Pienso en sus palabras durante un segundo. Supongo que se refiere a que no la
escucharé ni a ella ni a Avery hablar de su desagrado por Kamden. Pero mi mente se
detiene en seco cuando Kamden se quita la camiseta de entrenamiento, mostrando los
relucientes músculos del pecho y los brazos. Se pasa la tela húmeda por la frente y se
limpia las gotas de sudor.
Mis pies saltan hacia adelante de mí y me levanto. —Hola —digo, tratando de sonar
alegre a pesar de mi agotamiento—. ¿Qué tal el entrenamiento?
Ni siquiera se le dibuja un atisbo de sonrisa en la cara mientras me mira fijamente
con expresión ceñuda. —Mucho mejor que anoche, joder.
—Mira —empiezo mientras le paso la mano por el brazo húmedo—. Sé que te
estás agobiando por el partido, pero...
Da una larga zancada hacia atrás, poniendo distancia entre nosotros. —¿Crees
que esto es por el juego?
Me llevo la mano al costado mientras me devano los sesos intentando averiguar
por qué está tan enfadado. —¿Por qué otra cosa estarías tan enojado? ¿Es porque fui a
Piggy's sin ti? —Es una posibilidad remota, porque siempre quedamos allí después de
los partidos y fue él quien no apareció.
—¡No! —balbucea—. Se trata del largo mensaje de voz que escuché en mi teléfono
cuando me desperté esta mañana. ¿Estabas saliendo con el puto Hayes Madden?
—¿Qué? —escupo—. ¡No! ¡Claro que no!
Un calor abrasador me sube por el cuello y se extiende por mi mejilla, el corazón
me golpea la caja torácica. Me siento como una niña a la que han pillado in fraganti con
las manos en la masa, cuando en realidad yo no he hecho nada. Simplemente estaba allí.
—Estás mintiendo, Brogan. Los he oído a los dos en el buzón de voz. —Sus ojos
se entrecierran en mí y la ira en su rostro sólo se intensifica. Nunca lo había visto así.
Estoy asustada y furiosa en partes iguales.
—No salimos juntos. —Alargo la mano para tocarle el brazo, pero él se aleja aún
más. Es como si hubiera un abismo entre nosotros.
—¿Kam? —digo en voz baja, tratando de ayudarlo a entender—. Vi a Hayes, sí. Se
topó conmigo, literalmente, cuando salía del bar para intentar encontrarte. ¿Por qué no
viniste a Piggy's como habíamos planeado?
—Estaba en mi dormitorio en la cama después de ese desastre de partido de
mierda. 45
Me duele el corazón sabiendo que estaba pasando por esa agonía solo. —Lo
siento, Kam. Realmente quería estar ahí para ti.
—Parece que estabas ocupada. —Me mira fijamente, sus ojos cortantes como el
cristal.
Noto sus puños apretados a los lados, la mandíbula tintineando mientras gruñe:
—¿Te lo follaste?
Sus palabras me pillan totalmente desprevenida. Siento que se me va a caer el
pecho. ¿Cómo lo sabe? —No puedo creer que me estés preguntando esto.
Se acerca hasta que puedo oír el rechinar de sus dientes. —Responde a la puta
pregunta, Brogan. ¿Te lo follaste?
Él lo sabe. No hay manera de salir de esta. Tengo que ser honesta.
—Fue... antes...
Se le escapa un resoplido exasperado mientras se da la vuelta. —Esto es una
mierda. —Se pasea de un lado a otro, se mete los dedos en el cabello y tira de las raíces—
. ¿Tienes idea de cuánto detesto a ese tipo? —Se detiene de repente y sus ojos me
fulminan—. Hayes y yo no nos soportamos, ¡y mi novia se lo folló!
—Antes de ti —termino, mi voz quebrándose con cada palabra—. Ni siquiera te
conocía cuando ocurrió. Demonios, ni siquiera lo conocía a él. Fue un error y desearía
más que nada poder volver atrás y... desengañarlo. —Mala elección de palabras, pero
estoy conmocionado ahora mismo. Me sorprende ser capaz de hilvanar frases
coherentes.
—Bueno, eso es lo que pasa cuando abres las piernas para extraños, Brogan. No
puedes dejar de follarlos. —Me mira como si fuera una sucia puta, y hace que mi corazón
se rompa de una forma que no esperaba. Si rompiera conmigo aquí y ahora, dolería, pero
nada como la forma en que sus palabras me están destrozando ahora mismo.
—Vaya —digo mientras me enfado. No puedo creer que actúe así por algo que
ocurrió antes de que nos conociéramos—. No tengo por qué darte explicaciones. No es
que te haya engañado. Nunca lo haría.
—¡Te acostaste con mi enemigo! —le espetó—. ¿Tienes idea de cómo me hace
ver eso?
Cruzándome de brazos, me mantengo firme, negándome a demostrarle lo mucho
que me afectan sus palabras. —¿Cómo te hace quedar? No, Kamden. No es cierto.
¿Cómo te hace quedar? —pregunto, mi tono condescendiente para igualar el suyo.
Guarda silencio durante un minuto y cuida sus palabras porque sabe que estoy tan
furiosa como él. —Hace que parezca que fui tras sus sobras por despecho.
46
Sus palabras flotan en el aire y me escuecen como una bofetada. Siento que se
me fruncen las cejas y lo miro con incredulidad. —Eso ha sido bajo, Kam. Incluso para ti.
—Recojo la mochila de la grada y me la echo al hombro mientras me alejo a paso ligero
del campo de entrenamiento.
Unos segundos después, miro por encima del hombro, medio esperando que me
siga. Pero no está. Se me saltan las lágrimas y busco el móvil en el bolso.
Cuando lo tengo, le mando un mensaje a Avery.
47
CAPÍTULO 4
48
Me frota círculos en la espalda.
—Estoy aquí para ti. Ahoga tus penas y cuéntamelo todo.
Nos sentamos y le cuento todo sobre Hayes y cómo dormimos juntos el último día
del campamento de animadoras en primavera. Luego le cuento mi encuentro con él la
noche anterior.
—Mi teléfono debe haber estado grabando toda la conversación en el buzón de
voz de Kamden.
—¿Y estás seguras de que uno de ustedes mencionó la vez que durmieron juntos?
—Estoy bastante segura de que salió el tema. —Me encojo de hombros a medias,
sabiendo que Hayes no tiene filtro y que me pongo demasiado nerviosa a su lado como
para recordar el intercambio exacto.
—¿Sabes qué? —empieza, y por su tono me doy cuenta de que no estará a favor
de Kamden. Nunca lo está—. A la mierda Kamden. —Lo sabía—. Todo el mundo tiene un
pasado. Si conocieras a todas las chicas que se folló, apuesto a que no lo habrías tocado
ni con una vara de tres metros. Lo superará.
Es una respuesta típica de Avery. Lo superará. Se calmará. Esto pasará. Y tiene
razón. La mayoría de las veces se le pasa lo que sea por lo que esté quejándose. Pero
esta vez es diferente.
—Dijo que Hayes es su mayor enemigo. Al parecer, no se soportan. —Pongo los
ojos en blanco—. Y le hace quedar mal porque tuvo las sobras de Hayes.
—¿Te llamó así? —Se agarra el pecho como si estuviera agarrando perlas.
—¿Es raro que eso sea lo que más me ha dolido? —Miro a mi amiga, que tiene
cara de estar a punto de cometer un asesinato.
—B, no eres unas sobras. Cualquier hombre que se mete entre tus piernas es
bendecido con regalos de los mismos dioses para tener un pedazo de ti. Si te llamó así,
está para siempre en mi lista de mierda.
Resoplo porque él ya ha estado en su lista de mierda. Empezó el día que nos
hicimos oficiales y decidió cancelar nuestros planes de tomar una cerveza y ver un partido
con sus amigos.
—¿No te ha enviado un mensaje o algo para disculparse?
Compruebo mi teléfono y no encuentro mensajes ni llamadas perdidas. Le enseño
la pantalla y lo dejo sobre la mesa mientras inclino la cabeza.
—Que se joda —prácticamente escupe Avery.
Me rasco la cabeza, con una respiración pesada agitando mis fosas nasales. 49
—Sí —espeto—. Que se joda. El señor juez juicioso puede patear piedras si quiere
cabrearse por algo tan estúpido. —Agarro mi bebida de la mesa y me meto la pajita entre
los labios, sorbiendo la mitad del contenido.
Mi teléfono zumba sobre la mesa y rápidamente dejo mi bebida en la mesa y lo
levanto.
—Es un mensaje de Kamden —digo con escepticismo en el tono.
—Demasiado para «que se joda» —murmura mientras leo el mensaje.
Kamden: Primero descubro que tuviste sexo con un tipo que odio, y luego TÚ te enojas conmigo. Eso
es una mierda, Brogan. No te quiero cerca de ese tipo nunca más. Lo digo en serio. No quiero que hables con
él ni que te lo encuentres por la calle. Puedo garantizar que se puso en tu camino sólo para joderme.
Muy bien. No tan mal como podría haber sido. Y en realidad es lo que me hubiera
gustado decir.
Avery levanta su copa y la mantiene en el aire, así que yo hago lo mismo. Suena
un ruido metálico y nos acabamos las copas.
—¿Recuerdas aquella vez que fuimos a la fiesta de Darell Young en tercer año y
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animamos tanto que se nos rompieron las copas en las manos?
—¿Cómo puedo olvidarlo? —Las dos nos reímos—. Fue la misma noche que
saltamos alrededor de la piscina y tropezamos con Addison y la tiramos al agua.
Avery se tapa la boca con una mano, riendo.
—Me sentí tan jodidamente mal por eso. La chica estaba más que borracha.
—Aparentemente no lo suficientemente mal porque mientras tú te reías tanto que
te meabas en los pantalones, yo me metía en la piscina para ayudar a su culo borracho a
salir.
—Ahh —suspira Avery—. Los buenos tiempos en los que no teníamos
responsabilidades.
—Sólo va a empeorar de aquí en adelante.
Avery vuelve a levantar su copa.
—Al menos tenemos esta noche.
Choco la mía contra la suya, suavemente por miedo a repetir la historia.
—Salud por eso.
Dos horas después, nuestra mesa está llena de copas vacías. Un cálido zumbido
se ha instalado en mi estómago mientras Avery y yo disfrutamos de una velada
despreocupada. Me amenazó con un chupito de tequila cada vez que mencionaba a
Kamden, así que el tema de él ha estado fuera de la mesa. La última vez que bebí tequila
me acosté con Hayes. Ay. Sólo pensarlo me da náuseas.
No puedo evitar preguntarme si había algo de verdad en lo que dijo Kamden sobre
que Hayes se metió en mi camino a propósito sólo para cabrear a Kamden. Hayes ha
demostrado ser un idiota centrado en sí mismo que solo está motivado por sus propios
deseos, pero ¿realmente caería tan bajo solo para cabrear a alguien que no le gusta?
No importa, no tengo planes de volver a verlo. Y no es porque Kamden me dijo
que me alejara de él. Si fuera alguien más que Hayes, en realidad podría hacer lo contrario
de lo que dijo Kamden. Soy así de rencorosa.
Aún no puedo creer que tuviera la audacia de decirme con quién no puedo hablar.
Después del divorcio de mis padres, juré que nunca dejaría que un hombre me controlara.
Mi padre es un gran padre, no me malinterpreten, pero tenía una forma de manipular a
mi madre para que hiciera lo que él quería en lugar de lo que ella quería.
Era abogada y decidió ser ama de casa porque mi padre pensó que era lo mejor
para las niñas que íbamos creciendo. Nunca la vi sonreír tanto como el día que aceptó el
cargo de fiscal del distrito de Willow Creek. Nos costó alejarnos de mis amigos y de mi 51
padre, pero todo salió como tenía que salir. Ahora está felizmente casada con Grant y yo
he ganado cuatro hermanastros insoportables.
—¿Una copa más? —Avery mueve las cejas con su copa vacía en el aire.
Miro el móvil y veo que ya son más de las nueve. Los dos tenemos clase a las siete
de la mañana, así que tengo que tomar una decisión responsable por nosotras. Una parte
de mí quiere ir a hablar con Kamden y averiguar a qué atenerme en este momento. No
soy de las que aceptan las cosas a medias. He visto la tercera temporada, episodio quince
de Friends más que suficientes veces para saber que nunca «estaré en un descanso»
con un chico.
No debería tener una conversación seria con Kamden después de haber bebido
tanto. Sin duda diré algo de lo que me arrepienta.
Chasqueándome los labios secos, digo:
—Creo que deberíamos volver al campus.
Con un gruñido, Avery deja la copa. Sus ojos enrojecidos me miran y estoy segura
de que los míos tienen un tono similar de embriaguez. Normalmente no salgo cuando
tengo clase al día siguiente, pero tenía que hacer algo para no perseguir a Kamden y
decirle lo que pensaba, o postrarme a sus pies. ¡No! No lo haré. Nuestra relación no es
digna de una humillación en toda regla. Además, no está en mi sangre ser una pusilánime.
Avery saca perezosamente el teléfono del bolso y se apoya en la mesa.
—Pediré que nos lleven. —Sus palabras se arrastran y confío en haber tomado la
decisión correcta, por el bien de ambas.
»Hecho —dice mientras vuelve a meter el teléfono en el bolso—. Honda CR-V
negro. Cinco minutos. Dirígete al frente y te veré allí. Tengo que orinar. Si viene, ponte
delante del coche y no dejes que se vaya sin mí.
Me río.
—Estarás bien. Tenemos tiempo de sobra.
Levanta la mano, con los dedos extendidos.
—Tenemos cinco minutos.
—Cinco minutos. —Me río entre dientes—. Entendido.
Avery sale de la cabina, y sus rodillas se tambalean mientras se agarra al respaldo
de una silla a su lado.
—Volveré. —Gira sobre sus talones y se dirige al baño. Está claro que ha bebido
demasiado.
Soy de las que hablan porque siento la cabeza como una bola de bolos cuando 52
me levanto. Pongo unos dólares de más sobre la mesa, aunque hemos dejado una
propina exponencial a nuestro camarero después de cada copa. No hacemos cuentas.
Es demasiado arriesgado, ya que bebemos siendo menores de edad.
Cuando salgo, el aire fresco me da en la cara y juro que me tranquiliza un poco.
Una hilera de coches bordea la calle, así que vigilo al otro lado por si viene alguien.
Un minuto después, se detiene bajo una farola parpadeante. Eso definitivamente
no fueron cinco minutos.
Levanto la mano para hacer una señal a nuestro conductor mientras paso entre
dos coches aparcados y salgo a la calle. Esta noche es bastante tranquila y, cuando miro
a ambos lados antes de cruzar, no hay faros a la vista.
De repente, el chirrido de la goma sobre el asfalto resuena en mis oídos. La moto
se desvía a la izquierda, me esquiva por poco y se detiene de repente junto a un coche
aparcado. Lo siguiente que recuerdo es un par de ojos penetrantes detrás de un casco.
Ni siquiera sé de dónde vino. Tenía que haber ido por lo menos a noventa
kilómetros por hora.
El sonido del motor se apaga y veo con asombro cómo balancea la pierna sobre
el asiento.
—¡Qué carajos! —le oigo gritar mientras se quita el casco.
—Tienes que estar de broma —murmuro cuando me encuentro cara a cara con el
mismísimo diablo.
Su labio se curva en la comisura.
—Tienes que mirar por dónde vas, Piernas. —Señala al frente de donde está
parado.
—¡Casi me matas! —gruño—. ¡Otra vez!
—En realidad —comienza—. Estoy bastante seguro de que te salvé... otra vez.
Podría haberte atropellado fácilmente. —Hayes engancha su casco en el manillar y
arrastra sus dedos forrados en cuero sobre la superficie lisa de su moto—. No voy a
mentir, se me pasó por la cabeza.
—¿Salvarme? —Me río secamente—. Y déjame adivinar, ¿esperas un
agradecimiento?
Hay algo en el aspecto rudo de Hayes que me calienta hasta los huesos. Lleva el
cabello revuelto hacia atrás, por encima de la frente, y algunos mechones sueltos ondean
al viento. Lleva una chaqueta de cuero negro brillante, botas a juego y jeans rotos que 53
dejan al descubierto sus rodillas.
Avery aparece de la nada, corriendo hacia nosotros con la mano en alto.
—Ya vamos —oigo gritar a su culo borracho mientras camina justo delante de un
coche que se aproxima. Hayes la agarra del brazo y la pone a salvo.
—¿Supongo que es una amiga tuya? —Sonríe—. Dos gotas de agua.
—Oh, vete a la mierda —gruño—. Ya sabes, esto no es una pista de carreras. Vas
a matar a alguien si no aprendes a conducir esa cosa. ¿No le atropellaste el pie a alguien
la última vez que te vi por aquí?
Arquea una ceja con curiosidad.
—Sabes, parece que vas mucho a ese bar. ¿Huelo un problema con la bebida?
Miro mi reloj de pulsera invisible, con desprecio.
—¿No llegas tarde al trabajo?
—En realidad, debido a mis actividades extraescolares, tuve que dejar mi trabajo.
Me pongo la mano en la cadera y ladeo la cabeza.
—Déjame adivinar, ¿traficante de drogas?
Hayes pregunta.
—Tú y esa boca tuya...
—Bueno, miren. —Avery sonríe—. ¿Interrumpo algo? —Agita la mano entre Hayes
y yo—. Ustedes dos necesitan un minuto porque la tensión es espesa como el infierno
aquí.
—No —escupo, mirando con el ceño fruncido a mi nuevo enemigo—. Hayes ya se
iba y nosotras también. —La agarro del brazo, dispuesta a arrastrarla hasta nuestro
coche, pero ella clava los talones en el pavimento y tira contra mí.
—Ahhh —dice Avery—. ¿Así que tú eres el tipo con el que se acostó la primavera
pasada y del que su novio le dijo que se alejara?
—¡Avery! —siseo, levantando las manos—. ¿Por qué? —Es una mierdecilla
cuando bebe.
Hayes levanta una ceja y una sonrisa socarrona se dibuja en su rostro.
—¿Ah, sí?
Entrecierro los ojos.
—Como si no lo supieras.
Se encoge de hombros perezosamente.
—Ni idea de lo que estás hablando, Piernas. 54
—¿Piernas? —Avery se ríe—. Ooh, eso es sexy. Y tan adorable que ya tengan
apodos. —Me golpea el brazo con el dorso de la mano—. Ya me gusta. Kamden nunca
te puso un apodo.
Se me cae la barbilla al pecho y doy golpecitos impacientes con el pie.
Hayes da un paso atrás.
—¿Dijiste Kamden? ¿Como Kamden Donnelly?
Mis ojos vuelan hacia los suyos.
—Oh, cállate —siseo—. No te hagas el tonto conmigo. Sabes exactamente quién
es mi novio.
Hayes suelta una carcajada.
—Espera un maldito minuto. ¿En serio estás saliendo con Kamden Donnelly?
Una parte de mí quiere creer que me está tomando el pelo, pero su cara de
asombro me dice lo contrario. De hecho, está un poco pálido. Hay una gran animosidad
entre esos dos tipos y ahora tengo curiosidad por saber por qué.
Practican dos deportes diferentes y nunca los he visto interactuar. Supongo que
es posible que Hayes realmente no supiera que Kamden y yo estamos juntos. Eso
significaría que ninguno de nuestros encuentros ha sido planeado. Eso también
significaría que el destino es una verdadera perra porque los encuentros pueden terminar
cualquier día. He estado viendo demasiado de este idiota.
—¿De verdad no lo sabías? —pregunto con suspicacia.
Hayes camina hacia su moto, pero sus ojos escépticos siguen clavados en mí.
—No tenía ni puta idea. Vaya —exclama—. Y yo que pensaba que tenías buen
gusto cuando te metiste en mi cama. —Mueve la cabeza con decepción mientras agarra
el casco por el asa—. Buena suerte con esa relación. —Se pone el casco y balancea la
pierna sobre el asiento de la moto antes de arrancar el motor.
—Oh, B. ¡Está bueno!
Nuestro chófer toca el claxon y yo sujeto a Avery de la mano para llevarla sana y
salva al otro lado de la calle.
—Ni se te ocurra pensar en él —le digo mientras subimos al coche. Alguien me lo
dijo una vez y ojalá le hubiera hecho caso.
—Deberías follártelo otra vez. —La fulmino con la mirada y ella levanta las manos
en señal de rendición—. De acuerdo, de acuerdo. He terminado.
Mientras nos alejamos, me doy la vuelta en el asiento para ver cómo la luz trasera
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de Hayes desaparece en la noche. Y ahora, no le doy importancia.
CAPÍTULO 5
ESTOY AGACHADO en el banquillo, pasando los cordones de mis patines por cada
ojal, cuando mi compañero de equipo, Finch, se deja caer a mi lado.
—¿Qué te ha traído esta vez al despacho de Deeter? —me pregunta con una
sonrisa burlona.
—Sólo tenía que preguntarme algo. Nada importante.
Finch me da una palmada en la espalda.
—Recuerda que estoy aquí para lo que necesites, hermano. —Se va patinando y
yo respiro profundamente el aire fresco.
Finch es lo más parecido a un amigo que tengo porque no dejo entrar a mucha
gente, pero aún no hemos llegado al punto de compartir demasiada información personal
con él. La verdad es que el entrenador Deeter está encima mío por mis notas, otra vez.
La misma canción y baile, diferente año escolar. No soy listo como la mayoría de
mis compañeros. Después de pasar un año en una liga juvenil de nivel tres, hice una
prueba abierta para el equipo de los Devils. Estaba seguro de que les estaba haciendo 56
perder el tiempo. Luego, por las buenas y por las malas, me seleccionaron para formar
parte de su plantilla.
Ya han pasado dos años y sé sin lugar a dudas que lo que me ha llevado al equipo
es puro talento, no cerebro. Si no fuera porque soy el mejor central que han visto los
Devils en quince años —sus palabras, no las mías—, ahora mismo estaría en la calle.
Sólo tengo que centrarme en mi objetivo a largo plazo, que es que me seleccionen
para la NHL. Diablos, incluso me conformaría con la WHA. Cualquier cosa que me permita
hacer lo que me gusta mientras pago las facturas. Dios sabe que mis trabajos de mierda
fuera de temporada no hacen eso. Afortunadamente, ahorré lo suficiente de mis sueldos
antes de dejar mi trabajo para poder sobrevivir a la temporada. No es mucho, pero es
suficiente para comer y pagar el alquiler.
Para cualquiera es muy difícil compaginar los estudios, los entrenamientos y los
partidos, por no hablar de un trabajo a tiempo parcial. Cada año no me queda más
remedio que dejar el trabajo que me pagan y buscar otro cuando acaba la temporada.
Ahora sólo tengo que centrarme en el hockey y en la escuela.
Al final de mi conversación con Deeter, le prometí que pondría mi promedio donde
tiene que estar y nos conseguiría esa gran victoria en el primer partido de la temporada
este viernes. Sé que tengo otras cosas en mi vida, pero ahora mismo el hockey es lo
primero. Es más que un pasatiempo para mí: es lo que espero que sea mi medio de vida;
algo que necesito proteger a toda costa porque es mi refugio contra una vida de pobreza.
Barro los pensamientos negativos que se infiltran en mi mente porque lo último
que quiero es sentir lástima de mí mismo. Incluso cuando la vida amenaza con
arrastrarme dos metros bajo tierra, clavo las garras en la tierra y vuelvo a subir a la cima.
—Madden —oigo decir a Lundell, uno de nuestros entrenadores asociados, desde
el centro del hielo, donde el equipo está haciendo estiramientos—. Trae tu culo aquí.
Para cuando me pongo la ropa, me he perdido el calentamiento y sé perfectamente
que me van a echar mierda por ello.
Me pongo la camiseta de entrenamiento, me calzo los guantes y el casco y me uno
a mi equipo en el centro de la pista. El sonido de mis cuchillas cortando el hielo se mezcla
con el de los palos golpeando los discos.
Empezamos una ronda de ejercicios de tiro y, mientras golpeo el disco de un lado
a otro con Finch, pienso en esa chica. Estoy seguro de que se llama Brogan. En realidad,
sé que lo es porque pregunté por ahí cuando me enteré de que está saliendo con
Kamden.
Todavía no puedo creer que esté con ese imbécil. Ni siquiera estoy seguro de por
qué me molesta tanto. No es como si tuviera ataduras con ella, y la chica es tan molesta
57
como un grifo que gotea. La forma en que me mira, como si yo valiera menos que la
suciedad de la suela de su zapato, se clava profundamente en algo que no quiero
reconocer.
Pero está buenísima, eso se lo reconozco. Curvas en todos los sitios adecuados.
Cabello largo, ondulado y rubio oscuro que enmarca su cara en forma de corazón y unos
ojos azul eléctrico que son casi cegadores. Y esas malditas piernas, son larguísimas. El
estúpido apodo que le puse le viene como anillo al dedo, porque mientras ella me
desnudaba con la mirada la noche que nos conocimos, yo pensaba en lo bien que me
sentiría abriendo sus preciosos muslos.
—¿Quién es? —pregunta Finch, y noto su sutil sonrisa mientras le devuelvo el
disco.
—Ni idea de lo que estás hablando. —Me hago el tonto, pero debe de haberse
dado cuenta de lo distraído que estaba cuando mi cerebro se traslada involuntariamente
a pensamientos sobre ella.
—Oh, vamos. Te acabo de ver sonriendo como un colegial. Estabas pensando en
una chica.
El disco raspado se precipita hacia mí, girando sobre sí mismo al chocar contra la
superficie lisa de mi palo curvado. Lo lanzo de un lado a otro un par de veces, cambiando
el peso de un pie a otro.
—Estás delirando —bromeo mientras muevo la muñeca y se la devuelvo a Finch.
Detiene el disco contra el hielo con un golpe satisfactorio.
—Yo digo que eso es mierda.
Finch sabe muy bien que no le voy a decir nada, así que mejor que se rinda. Es
como un hermano menor molesto al que le gusta dar vueltas y vueltas. Sin embargo, es
un buen tipo. Un poco demasiado emocional para mi gusto y siempre quiere hablar de
las cosas profundas, pero no le doy demasiada mierda por ello. Después de unos minutos
intentando romper mi duro caparazón, finalmente se rinde, como de costumbre.
Continuamos nuestro ejercicio de pases de ida y vuelta hasta que el entrenador
hace sonar el silbato. Luego hacemos quince minutos de patinaje de resistencia, cinco
más para mí por llegar tarde al hielo. Que le jodan a usted también, entrenador. No lo
digo. Nunca lo diría. Siento un gran respeto por él, pero a veces es un grano en el culo.
Mientras tanto, no puedo sacarme a Brogan de la cabeza. Y más aún, el hecho de
que su amiga supiera quién era yo. Me pregunto si ha estado hablando de mí o si alguna
vez piensa en aquella noche. Joder. Todavía puedo sentir su apretado coño temblando
alrededor de mi eje mientras empujo dentro y fuera de su calor.
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El entrenador vuelve a hacer sonar el silbato y me sobresalta antes de indicarnos
que nos reunamos fuera del hielo para una reunión de equipo. Me dirige una mirada
severa y me deja claro que nuestras acciones tienen consecuencias, como faltar a los
entrenamientos, llegar tarde o sacar malas notas. Odio que me utilice como ejemplo. Ni
siquiera tiene que decirlo en voz alta, todo el equipo sabe que me está dirigiendo sus
palabras mientras enumera lo que no será aceptado por la preciada escuela para la que
jugamos.
La reunión llega a su fin y nos despiden con instrucciones de irnos a casa, estudiar
y dormir bien para nuestro partido de mañana en casa contra nuestros mayores rivales,
los Lords. Los estudiantes universitarios pueden asistir gratis para mostrar su apoyo al
equipo y suele haber bastante gente.
—Joder, hombre —dice Theo, otro compañero de equipo y uno de mis muchos
compañeros de casa, cuando entramos en los vestuarios—. Esta vez sí que debes haberle
hecho enojar.
Giro el cuello, crujiendo mis músculos tensos.
—Se le pasará. Siempre lo hace.
La verdad es que no estoy ni un poco preocupado. El entrenador Deeter sería un
tonto si me echara del equipo. Soy un activo, y él lo sabe.
Después de quitarme la ropa de entrenamiento y guardarla en la taquilla, tomo el
autobús de vuelta al centro de estudiantes porque tengo mucha hambre. Meto la mano
en el bolsillo delantero de mi chaqueta de cuero y busco algo de dinero. Cuando saco la
mano, me alegra ver que tengo un billete de veinte dólares.
Este papi va a comer bien esta noche.
Entro en el centro de estudiantes, contento de ver que Cluck's Chicken sigue
abierto. A esta hora de la noche es un éxito o un fracaso. Últimamente cierran temprano
por falta de personal, lo que me sorprende teniendo en cuenta que aquí hay miles de
estudiantes que podrían conseguir trabajo. Supongo que ellos son los afortunados que
no lo necesitan.
—¿Qué tal, Hayes? —me pregunta mi cajera favorita de Cluck's desde detrás del
mostrador. Es una chica dulce, pero no es mi tipo. Siempre se sonroja cuando me acerco
y casi nunca me mira a los ojos. También es el tipo de chica dulce de la que me alejo
porque su corazón se metería literalmente en mi cama y subiría las mantas en cuanto la
hiciera correrse. Nunca podría deshacerme de ella.
Me apoyo en el mostrador, con los brazos cruzados, mientras entrecierro los ojos
para poder ver el rosa de sus mejillas.
59
—Todo bien, Kaley. ¿Cómo ha ido tu noche?
Su mirada se desvía detrás de mí, como siempre.
—En realidad hemos estado bastante ocupados esta noche. Un grupo de
estudiantes está viendo un partido en la sala de estudiantes.
—¿Ah, sí? —Echo un vistazo por encima del hombro, asomándome por el pasillo
a las paredes de cristal del salón—. ¿Quién juega?
Se encoge de hombros.
—Ni siquiera lo sé. Pero creo que es un partido de fútbol.
Asiento.
—Genial. Genial. —Miro el menú, pensando que podría cambiar lo de siempre,
pero cuando recuerdo que tengo que ceñirme a las proteínas magras, sigo con lo que
como cada vez que paso por aquí—. Tomaré dos enrollados de pollo a la plancha con
aguacate, espinacas y tomate.
Kaley resopla.
—Ya lo había fichado antes de que me lo dijeras.
Golpeo el mostrador con la palma de la mano mientras enderezo la espalda.
—Esta noche te has lucido. —Le deslizo mi billete de veinte dólares y, cuando me
da el cambio, dejo caer un dólar en el tarro de las propinas.
—Te lo traeré en un minuto.
—Gracias, Kaley. —Mientras espero, deambulo por el pasillo, curioso por saber
qué ponen en la gran pantalla del fondo.
La sala del centro de estudiantes es un centro de actividad. Hay algunas más
repartidas por el campus, pero ésta es la más grande. Está llena de sillones reclinables
que suelen estar ocupados por estudiantes que duermen la siesta. Unas cuantas
televisiones de pantalla plana que suelen poner deportes. La mayoría de las veces, hay
una intensa partida de ping-pong o de billar.
Al acercarme, mis ojos se posan inmediatamente en una silueta alta y rubia. Está
de espaldas a mí, pero conozco esas piernas. Una sonrisa se dibuja en mi cara. Esta
noche se ha vuelto mucho más interesante.
—Hayes —oigo que Kaley levanta la voz y, cuando me doy la vuelta, prácticamente
choco contra ella. Ahí está, sosteniendo mi bolsa de comida con una amplia sonrisa en la
cara—. Aquí tienes. —Casi me la mete en el pecho y, cuando se la quito, siento el leve
roce de sus dedos con los míos, sin duda a propósito.
—Gracias —le digo—. Disfruta del resto de la noche. No trabajes mucho.
—Tú también, Hayes. —Por alguna razón le encanta decir mi nombre. 60
Me alejo conteniendo una risita y, cuando miro por encima del hombro, veo que
su sonrisa se ensancha aún más mientras me saluda con la mano. Agito los dedos en el
aire y me dirijo directamente al salón para ver en cuánta mierda me puedo meter esta
noche. Brogan se va a cabrear cuando me vea. Y no puedo esperar, joder.
Entro en la sala y de inmediato me envuelve el sonido de los gritos de todos los
que están reunidos alrededor de la gran pantalla para ver el partido de fútbol universitario
entre los Bucks y los Cougars.
Rebusco en mi bolsa, saco los envoltorios de pollo y tiro la bolsa vacía a una
papelera cercana. Me abro paso entre la multitud y me dirijo hacia Brogan.
Manteniendo mi presencia desconocida, me sitúo detrás de ella, observando y
escuchando. A ella, no al juego.
Sus ojos están fijos en el televisor. Noto cada respiración rápida y cada maldición
murmurada. De vez en cuando suelta un fuerte suspiro o una repentina sacudida de
excitación que me recorre por dentro.
Está tan concentrada en el juego que ni siquiera se da cuenta de que estoy detrás
de ella atiborrándome de pollo.
Nunca he conocido a una chica a la que le guste tanto el deporte. Aunque sea el
deporte equivocado. No me malinterpretes, el fútbol es genial. Es un buen pasatiempo
cuando no hay hockey en la tele. Pero realmente no hay comparación cuando se trata de
sentir ese subidón estimulante que todos ansiamos.
—¡Hayes, mi hombre! —Oigo la voz venir de detrás de mí antes de que una mano
golpee firmemente mi espalda—. Cuánto tiempo sin verte.
Brogan gira y nos encontramos cara a cara. Se acabó la fiesta. No es que me
estuviera escondiendo. Mantén a tus enemigos cerca, ¿verdad?
—¿Cómo has estado? —me dice el tipo con la mano en la espalda con una sonrisa
torcida. Me mira expectante, esperando una respuesta. Pero cuanto más estudio su cara,
más seguro estoy de que no conozco a este tipo.
—Lenny —dice, notando mi expresión inquisitiva—. Tuvimos Historia Avanzada
juntos el semestre pasado.
Enrollo los envoltorios de mi cena en la mano y se los paso a Lenny.
—Me alegro de haberte vuelto a ver, Lenny. ¿Puedes hacerme el favor de tirarlos?
Gracias. —Le doy una palmada en la espalda y le rodeo.
Me apoyo en el costado de Brogan y disparo un pulgar por encima del hombro.
—¿Quién demonios es ese tipo?
Se ríe.
61
—¿Por qué estás aquí, Hayes?
—¿Qué quieres decir con por qué estoy aquí? Por lo mismo que tú. —Señalo la
gran pantalla—. Vine a ver el partido.
—¿Te gusta el fútbol? —pregunta—. Estoy segura de que dijiste que eras fan del
hockey.
—Ah. —Sonrío—. ¿Te acuerdas? —Me aclaro la garganta—. Y sí, me gusta el
hockey. Pero el fútbol también está bien.
—Oh, vamos. ¡Esa fue una jugada de mierda! —Brogan grita a la pantalla antes de
volver su atención a mí—. ¿Así que estás diciendo que prefieres ver hombres bárbaros
sobre patines de hielo?
Me río.
—Es más que eso. Pero sí, supongo que sí.
—Shhh —tararea.
Me pellizco las cejas.
—¿De verdad acabas de hacerme callar?
Me pasa un dedo por la boca y lo mantiene ahí antes de agarrarme el antebrazo y
clavarme las yemas de los dedos en la piel, con los ojos fijos en la pantalla.
—¡Vamooooos!
No puedo creer que me haya hecho callar. Nadie me hace callar.
Miro su mano, que sujeta mi brazo, y me fijo en sus uñas pintadas de naranja
sangre y negro, los colores de nuestra universidad. De seguro que va a todos los partidos
de fútbol.
—¿Quién crees que ganará? —pregunto, robando su atención del juego de nuevo.
Rápidamente suelta su agarre de mi brazo, sus dedos caen como si no se hubiera
dado cuenta de que estaban ahí en primer lugar.
—Oh, los Bucks seguro. Su victoria está en la bolsa.
—Hmm. —Me doy golpecitos en la barbilla, pensando estratégicamente. Los
Bucks están abajo ahora mismo. Acaban de recibir un penalti en la última jugada. Creo
que se equivoca. Esto podría ir de dos maneras, pero estoy dispuesto a correr el riesgo—
. ¿Quieres apostar?
62
Sus ojos se fijan en los míos y se ríe.
—Si realmente quieres apostar a que los Cougars van a ganar, eres más idiota de
lo que pensaba.
Me siento ligeramente ofendido. Me han llamado muchas cosas, pero idiota es
nuevo. Lo entiendo, me odia porque me acosté con ella y luego básicamente la eché de
mi habitación. Pero en mi defensa, nunca le di ninguna razón para pensar que era algo
más que sexo.
—¿Crees que soy idiota?
Un sonido gruñón retumba en su pecho mientras mantiene la mirada fija en la
pantalla.
—Creo que eres persistente. Y molesto. Y un jugador. Y estoy bastante segura de
que dije que no quería volver a verte. Pero aquí estás... otra vez.
Ignorando todo lo que acaba de decir, vuelvo a la apuesta.
—Quedan dos minutos de partido. ¿Estás dentro o fuera?
Gira su cuerpo hacia el mío, con los brazos cruzados sobre el pecho.
—¿Cuál es la apuesta?
Levanto los hombros.
—¿Qué quieres?
—Quiero que te alejes de mí para siempre, para que pueda arreglar mi relación.
Kamden no ha contestado ninguna de mis llamadas hoy y creo que es justo que te culpe
por eso.
—¿A mí? —Me llevo las manos al pecho—. ¿Qué coño he hecho?
—Aún no lo sé, pero empezaré con el hecho de que lo hiciste enojar en primer
lugar. Luego correré con la idea de que sabías que mi teléfono grabó ese mensaje de voz
y hablaste a propósito de la noche que...
—Follamos. —Lo digo por ella ya que no tiene el descaro de decir la palabra ella
misma—. Sí, follamos.
Sus mejillas se tiñen de rosa y mi labio se tuerce en respuesta.
—Como quieras —refunfuña.
—Y no grabé nada a propósito. Ni siquiera sabía que tú y Kamden eran algo. En
cuanto a que yo lo cabreé en primer lugar, tal vez deberías preguntarle por qué está tan
enojado.
—No puedo —alza la voz—. No puedo preguntarle nada si no quiere hablar
63
conmigo.
—Ese es su problema entonces.
Sacude la cabeza, evidentemente molesta.
—De todos modos, eso es lo que quiero cuando gane. Mantente alejado de mí.
—Trato hecho —le digo. Sin embargo, por alguna razón, el arrepentimiento me
corroe por dentro. Es muy probable que gane, y no sé si podré mantenerme alejado como
ella quiere. Puede que esta chica no me guste, pero me encanta meterme en su piel. Es
satisfactorio de alguna jodida manera. Tampoco puedo negar que pensé mucho en ella
después de que saliera de mi habitación aquella noche. He tirado unos cuantos pares de
bragas perdidas en mi habitación a lo largo de los años, pero por alguna razón, me quedé
con las de ella. También jodido.
Brogan curva sus dedos hacia mí.
—Muy bien, adelante. ¿Qué quieres en la muy remota posibilidad de que los
Cougars ganen?
—El equipo de hockey de los Devils tiene un partido de entrenamiento mañana por
la noche. Los estudiantes entran gratis. Si gano, quiero que vayas.
Ella resopla, cruzándose de brazos en señal de incredulidad.
—¿En serio me estás pidiendo que vaya a ver un partido de hockey contigo? Ni
siquiera me gustas.
—A mí tampoco me gustas, pero no, no te voy a pedir que veas un partido
conmigo. De hecho, ni siquiera lo veré. Tengo planes.
—Déjame adivinar, ¿una cita? —Sus ojos se entrecierran, casi como si intentara
adivinar lo que he planeado.
Respondo encogiéndome de hombros. Podría contarle mis planes, pero quiero
mantenerla alerta. Además, juro que acabo de ver un destello de celos en sus ojos.
Continúo:
—Quiero que pruebes la verdadera excitación porque me encanta decir que te lo
dije.
—Lo harías —se queja, las arrugas de su frente prominentes.
Levanto la barbilla con orgullo y una sonrisa de suficiencia se dibuja en mis labios.
—Mañana por la noche serás la mayor fan del equipo de hockey de los Devils.
Cuando pierdas nuestra pequeña apuesta, me aseguraré de que haya un asiento junto a
la pista esperándote. —Le golpeo la nariz y ella gruñe antes de apartarme la mano de un
manotazo.
—Si pierdo. —Deja claras sus palabras.
—Está bien, está bien. Si pierdes. 64
Brogan vuelve a centrar su atención en el partido cuando comienza la jugada.
—Los Bucks pierden por cuatro puntos, pero sólo tienen veinte yardas por delante
con treinta segundos en el reloj. Está en la puta bolsa —anuncia con confianza.
Ni siquiera miro el partido, la miro a ella. Cada movimiento de sus labios, la forma
en que sus mejillas se sonrojan bajo mi mirada.
Su pecho sube y baja rápidamente a medida que se desarrolla la jugada. Luego,
se queda quieta, tan quieta que ni siquiera tengo que mirar a la pantalla. Estoy seguro de
que está conteniendo la respiración.
—¡Atrapa el maldito balón! —grita mientras sus pies abandonan el suelo.
—La cagaron —oigo gritar a alguien entre la multitud que nos rodea.
En el momento en que el rostro de Brogan cae entre sus manos, una sonrisa se
extiende por mi cara. Su miseria es mi triunfo.
Pasan unos segundos y un gran suspiro llena la sala, diciéndome todo lo que
necesito saber. Cuando por fin miro la pantalla, veo que los Cougars han ganado.
Le pongo una mano pesada en el hombro y levanta la cabeza.
—Creo que la victoria de los Bucks se acaba de caer de la bolsa, Piernas.
—Te odio —gime.
—Puedes odiarme hoy mientras no te enamores de mí mañana. No quiero tener
que romper tu corazoncito.
Ella se burla.
—No creo que eso vaya a ser un problema.
—Eso ya lo veremos. —Suelto la mano—. Primera fila junto a los banquillos de los
jugadores. Tu nombre estará en el asiento. Trae a un amigo. —Le doy la espalda y me
dirijo a la puerta para salir, sintiéndome jodidamente victorioso.
65
CAPÍTULO 6
—RECUÉRDAME otra vez por qué estamos en este estadio helado. —Avery se
estremece mientras arrastramos los pies para encontrar nuestros asientos—. Ah, claro
—continúa—. Porque perdiste una estúpida apuesta.
Tiene razón. Hace mucho frío. Mis pezones están a punto de rebanar las tres capas
de tela que llevo: sujetador, camiseta y sudadera. Un aviso de Hayes habría estado bien,
pero eso le habría hecho parecer un buen tipo.
Miro los asientos que están todos llenos. Hayes dijo que mi nombre estaría en el
mío, pero ¿dónde?
Veo dos asientos vacíos, cuatro personas menos, y suspiro aliviada.
—Lo siento —chillo mientras me escabullo entre unos cuantos estudiantes que
están sentados.
Cuando por fin llegamos, se me caen los hombros y arranco los carteles de cada
asiento.
—Piernas, y el amigo de Piernas. —Avery se ríe—. Es divertidísimo. 66
—Es un imbécil —gruño mientras hago una bola con el papel y lo meto en el
portavasos del asiento. No bromeaba, estos asientos son increíbles. Puedo literalmente
estirar la mano y tocar el cristal.
—Maldita sea —dice Avery mientras observa al equipo de los Devils enjaulado
dentro de un plexiglás—. Tenemos asientos en primera fila para todos los chicos sexys.
—Ya está —le digo—. Nunca has salido con un jugador de hockey. Quizá ahí esté
el final de tu miseria.
Avery parece una chica dura, pero la verdad es que lleva el corazón en la manga.
Siempre acaba con chicos tarados cuando lo que realmente necesita es un hombre.
En cuanto mi culo toca el asiento, saco el móvil, esperando que Kamden me haya
mandado un mensaje o me haya llamado.
—¿Algo? —Avery pregunta y yo niego con la cabeza.
Me meto el teléfono en el bolsillo delantero de la sudadera.
—He terminado. No voy a mandarle más mensajes ni a llamarle. Esto se está
volviendo ridículo. Si quiere actuar como un niño y hacer un berrinche entonces lo que
tuvimos no debe haber significado nada para él.
—Bien por ti —dice Avery mientras sostiene su teléfono delante de nosotras. Dejo
momentáneamente mi cara de disgusto y me fuerzo a sonreír mientras nos saca una
foto—. Está mostrando su verdadera cara, B. Me alegro de que por fin la veas.
Mira el teléfono durante un minuto antes de dejarlo sobre su regazo. Mira a la
izquierda y luego a la derecha y dice:
—¿Dónde está Hayes? ¿Y cómo va a sentarse con nosotras? Todos los asientos
están ocupados.
—Oh, no va a venir —bromeo, otra razón más para estar escandalosamente
molesta.
Su expresión se contorsiona.
—¿Eh?
—Sí. Al parecer, es un gran aficionado al hockey y cree que es el mejor deporte
que ha existido en la tierra, así que quería que viera un partido para poder decir que tenía
razón y yo estaba equivocada. Pero tenía planes para esta noche.
Sus cejas saltan.
—¿Una cita?
—Demonios si lo sé... o me importa. —Mis hombros se desploman un poco, pero
no tiene nada que ver con Hayes y todo que ver con perder esta maldita apuesta. 67
—Claro que no. —Vuelve a sacar el teléfono, ya aburrida. En vez de discutir con
ella, dejo que piense lo que quiera.
Realmente no me importa si Hayes está en una cita. En realidad, espero que lo
esté. Espero que esté totalmente prendado, que se enamore perdidamente de la chica y
que se vea obligado a dejar su ropa interior cuando le echen de su habitación.
Las luces del estadio parpadean antes de atenuarse, señal de que algo está a
punto de suceder. Ya era hora. Siento que podría dormirme ahora mismo.
Un foco ilumina el hielo mientras un grupo de seis animadoras salen patinando.
Están impresionantes con sus camisetas y faldas de color naranja sangre y negro, y
además son muy habilidosas. Ojalá yo hubiera aprendido a patinar sobre hielo. Seguro
que se lo pasan mucho mejor ahí fuera que nosotras en las gradas. La única vez que
patiné, me caí, me rompí el culo y juré no volver a hacerlo.
En cuanto el equipo entra en el hielo, el público ruge y yo aplaudo con él. Como
una animadora obediente. Después de diez minutos de verlos patinar y golpear el disco,
suelto un gran bostezo.
No sé una mierda de hockey, pero me desconcierta que esto sea emocionante, y
mucho menos que valga la pena apostar. Ya está. Hayes me odia tanto que quería
aburrirme hasta la muerte.
La voz del locutor retumba a través del altavoz, anunciando los equipos. Devils
contra Lords. Conozco a ese equipo. Es donde estudia Callan, la Universidad de North
Ridge. El sueño de Callan es jugar en ese equipo algún día.
Despertado mi interés, enderezo la espalda y observo el calentamiento de los
jugadores. Sigue siendo aburrido.
Empieza el himno nacional, así que todos nos ponemos en pie y yo me pongo la
mano sobre el corazón. Una vez concluido, los jugadores se reúnen en un círculo cerrado
en el centro de la pista. Sus palos se elevan antes de que todos patinen en formación de
línea.
Me meto la mano en el bolsillo y saco ligeramente el teléfono para echarle un
vistazo, pero compruebo que no tengo llamadas perdidas ni mensajes. Decepcionada,
vuelvo a meterlo en el bolsillo. Quería decir lo que dije sobre perseguir a Kamden; me
faltó al respeto y me debe una disculpa. Odio este limbo. ¿Seguimos juntos o no? Porque
está empezando a parecer que no y no puedo decir que esté tan devastada por ello.
Avery tenía razón, mostró sus verdaderos colores y si un estúpido mensaje de voz que
sacó de contexto va a mandarlo a paseo, entonces no es alguien que merezca mi tiempo.
Estiro los brazos, me recuesto y me preparo para un par de horas sin incidentes.
Por otra parte, Hayes nunca dijo cuánto tiempo tenía que quedarme. Sólo que tenía que 68
venir. No sé nada de hockey, pero si tienen un descanso, nos iremos.
El árbitro hace sonar su silbato y deja caer el disco sobre el hielo. En una fracción
de segundo, los jugadores se lanzan al ataque con los palos en alto. El sonido de los
cuerpos chocando resuena en el aire mientras los jugadores luchan por el control del
disco.
Un par de jugadores de hockey chocan contra la barrera de cristal frente a mí.
—Mierda. Eso ha sido salvaje. —Me río mientras mi espalda se clava en el asiento.
Uno de los jugadores del equipo de los Devils se da la vuelta y el corazón se me
sube a la garganta. Reconocería esos ojos en cualquier parte, junto con la sonrisa
descarada y el guiño que me dirige. Puta madre. ¿Hayes juega en el equipo de hockey
de los Devils?
Dijo que no lo vería esta noche porque juega esta noche. ¿Por qué me quedo sin
palabras mientras miro a Avery que señala con el dedo la pista?
—¿Has visto eso? —Avery suspira—. Ese tipo te acaba de guiñar el ojo, B.
Trago saliva.
—Sí, lo he visto. —De hecho, sigo viéndolo porque mis ojos viajan allá donde va.
En un abrir y cerrar de ojos, vuelve patinando al banquillo. Se quita el casco y si había
alguna duda de que era Hayes, se disipa rápidamente. Me mira y sacudo la cabeza,
intentando no sonreír.
Se cree muy lindo.
Bueno, la broma es para él porque la próxima vez que hagamos una apuesta, lo
obligaré a ir a un partido de fútbol de local para que vea que ambos podamos tener un
poco de misterio en nuestras vidas. Es una pena que nuestro próximo partido de local no
sea hasta dentro de tres semanas, y yo no viajo a partidos fuera. Actualmente, sólo doce
animadoras van a esos y son todas de años superiores. La liga está intentando cambiar
esa norma, pero ahora mismo la financiación y el espacio han limitado la oportunidad.
Avery me da un codazo y desvío la mirada de Hayes, que vuelve a salir al hielo.
—Creo que tu aventura de una noche quiere una segunda.
—Hayes y yo nos odiamos —le digo con mi voz más tranquilizadora.
—El amor y el odio son dos caras de la misma moneda, B. Creo que ha dado la
vuelta y no parece que estén muy lejos.
Me hundo en el asiento y vuelvo a mirar el partido.
—Estás loca. Tengo novio, por si lo has olvidado.
—En realidad, sí, y creo que tu novio... —comillas al aire—, también lo ha olvidado. 69
¿Cuánto tiempo hace que no has hablado con él?
Vuelvo a meterme la mano en el bolsillo de la sudadera y toqueteo el teléfono, pero
esta vez no es para comprobar si Kamden ha llamado. Esta vez, lo agarro con fuerza
porque tiene razón.
—Espero que tengas razón. Si él olvida, entonces yo también puedo olvidar.
Vemos el partido... bueno, yo veo el partido mientras Avery consulta sus cuentas
en las redes sociales y, al poco rato, me sorprendo a mí misma metiéndome en el juego.
Estamos al final del tercer periodo y no hay duda de que me iré de aquí con más
conocimientos de este deporte que con los que llegué.
No puedo creer lo apasionados que están los aficionados con el partido. El equipo
ni siquiera necesita animadoras, porque las gradas están repletas de su propio equipo
personal.
El disco vuela por los aires y, con gran concentración, Hayes corre por la pista y
se lanza por él. Golpea el disco con el palo, acercándolo cada vez más a la portería.
La multitud estalla en un caos absoluto y mi corazón se acelera mientras mis ojos
permanecen fijos en Hayes.
Lo tienes, imbécil.
Con un potente movimiento de su palo, Hayes lanza el disco hacia la red. El portero
intenta blocarlo, pero es demasiado tarde. El disco entra en la portería y los Devils suman
un punto.
Mis ojos se quedan fijos en él y no voy a negar que es un jugadorazo.
Me pongo en pie de un salto, aplaudiendo.
—¡Sí! —grito a pleno pulmón, mi voz domina a los que me rodean.
Hayes patina por la pista y se detiene momentáneamente al verme animándole. Mi
corazón palpita con fuerza y la sensación me desconcierta. Le quito la mirada de encima
y vuelvo a sentarme. No tengo ni idea de qué ha sido eso dentro de mi pecho, pero sé
que no puede volver a ocurrir.
—Alguien es un nuevo fan. —Avery mueve las cejas con el teléfono aún agarrado
entre las manos.
—No —le digo—. Claro, es divertido verlo, pero ni siquiera sé nada de hockey.
—No estaba hablando de hockey. Hablaba de Hayes Madden.
Dejo que sus palabras se consuman durante un minuto antes de decir:
—Hayes Madden puede pudrirse en el infierno.
—Sigue diciéndote eso, B. Antes de que te des cuenta, lo estarás siguiendo directo 70
a las profundidades ardientes.
No. Simplemente no. Hayes jugó conmigo como un puto violín. Y habría estado
bien si no hubiera sido tan imbécil. Literalmente me echó de su habitación menos de dos
minutos después de meterme la polla. Incluso cuando yo tenía toda la intención de dejar
lo que había pasado entre nosotros como algo de una vez por todas, él tomó la iniciativa
de decirme que me fuera. Nunca me había sentido tan utilizada y faltada al respeto en mi
vida.
Cada vez que pienso en ello, vuelvo a enfadarme.
—Vamos, nena —dice Avery mientras se levanta.
La miro.
—¿Eh?
—Se acabó el partido. Los Devils ganaron. Sí. —Agita las manos en el aire sin
entusiasmo.
Estaba tan perdida en mis pensamientos que ni siquiera me di cuenta de que el
partido había terminado. Mis ojos traidores buscan a Hayes por última vez, pero ya no
está.
Avery y yo atravesamos las gradas y nos dirigimos a la explanada del estadio. Las
palomitas crujen bajo mis zapatos mientras evito por los pelos los golpes y los choques
con vasos de plástico llenos de cerveza.
—Bueno, ha sido más divertido de lo que esperaba —le digo a Avery en cuanto
salimos al aire fresco de la noche.
—Fue un gran momento. Hagámoslo otra vez, oh... nunca. —El sarcasmo gotea de
su tono. A Avery no le interesan los deportes de ningún tipo, a menos que se trate de ver
a un tipo que le gusta. Afortunadamente, es una buena amiga y me permite llevarla a
eventos como éste.
Justo cuando saco el móvil del bolsillo para pedir que nos lleven, oigo a alguien
gritar:
—Piernas, espera.
Normalmente no le daría importancia porque mi nombre no es Piernas, pero
parece que alguien cree que sí lo es.
—Tenemos compañía —canta Avery—. Pediré el coche mientras tú vas a hablar
con el tipo al que odias y del que te estás enamorando.
—¡No me estoy e-enamorando d-de él! —tartamudeo. Pero empiezo a pensar que
el jugador se está enamorando de mí. Ha estado apareciendo por todas partes como para
que sea una coincidencia. 71
Con un suspiro, me doy la vuelta y veo a Hayes corriendo hacia mí con el teléfono
en la mano. Todavía lleva puesto su voluminoso equipo, aparte del casco. Una capa de
sudor cubre su cabello, haciéndolo parecer más oscuro de lo habitual.
Sus manos van con las palmas hacia arriba delante de él.
—¿Qué te pareció?
Mis labios esbozan una sonrisa mientras cruzo los brazos sobre el pecho.
—¿No deberías estar duchándote o algo?
Hayes levanta el brazo despreocupadamente y respira hondo, con la nariz
arrugada.
—¿Estás diciendo que apesto?
—Oh, estoy segura de que hueles tan bien como una bolsa de patatas podridas.
Se pasa una mano por el pecho y me mira con picardía.
—Eres un encanto.
—Lo intento. —Me muerdo el interior de la mejilla, intentando desesperadamente
no dejar escapar una sonrisa. Hayes lo pone difícil. Por muy arrogante que sea, también
es bastante... real. Y mucho más realista de lo que hubiera imaginado después de la
primera noche.
Se acerca hasta que sólo nos separa un brazo.
—Te vi animándome ahí fuera.
Desviando la mirada, le digo:
—Estaba animando al equipo.
—Ajá. —Me pone dos dedos en la mejilla y me obliga a mirarle antes de soltarme.
Aunque su mano ha vuelto a su lado, todavía puedo sentir el calor de su tacto en mi
cara—. Te lo has pasado bien, ¿verdad?
Duele decirlo en voz alta, pero me vio entrar en el juego, así que se dará cuenta
de la mentira si lo intento.
—Lo admito, no fue tan malo como esperaba.
Una sonrisa pícara se dibuja en su rostro y justo cuando abre la boca para hablar
—probablemente algo sarcástico o un chiste que pretende ser gracioso pero se queda
corto—, Avery se une a nosotros.
72
—Gracias por los dulces asientos —le dice a Hayes—. Nos lo hemos pasado muy
bien. ¿Verdad, Piernas?
Aprieto los labios en una fina línea y sacudo la cabeza ante la pendeja de mi mejor
amiga.
—Estupendo.
Hayes señala a Avery.
—Me gusta.
—Vaya, gracias —dice con un poco de coquetería en el tono—. Tendrás que
perdonar a mi amiga, es una especie de aguafiestas.
—Me he dado cuenta. —Hayes me mira con una sonrisa jugando en sus suaves
labios.
Odio cómo me hacen sentir esas miradas. Es euforia y náuseas a partes iguales.
Avery le tiende la mano a Hayes.
—Creo que no nos conocemos oficialmente, soy Avery.
—Hayes —le dice, devolviéndole el gesto—. ¿Tienes planes para el resto de la
noche?
—¡Sí! —suelto, mientras al tiempo Avery hace saltar la P de su—: Nop.
Hayes se ríe entre dientes.
—Entonces, ¿cuál es?
Agarro a Avery del brazo y la alejo de Hayes antes de que caiga bajo su hechizo.
Es fácil de hacer.
—Deberes —escupo por capricho—. Muchos deberes.
—Es una pena —dice, mirando ahora a Avery—. Un amigo mío quería conocerte.
Maldito idiota. Aprieto los dientes y me trago las palabras.
Avery se anima.
—¿Ah, sí? ¿Un amigo en tu equipo?
Hayes asiente y me cuesta no abofetearle.
—Sí. Le llamaste la atención durante el partido y le dije que podría convencerte
para que vinieras a Legends con nosotros esta noche.
Arquea una ceja y es como ver una escena de Clueless en la que Tai está
convencida de que Elton está enamorado de ella.
73
—¿Qué es Legends? —pregunta, y yo escucho porque también siento curiosidad.
No es que vayamos a ir. Ni hablar.
—El mejor bar deportivo de la zona. Es donde van todos los jugadores y
aficionados después de los partidos.
Me llevo el puño a la boca y toso.
—Y las conejitas de hockey.
La mirada de Hayes se dirige a la mía.
—Alguien ha estado estudiando el deporte.
—Ah, sí. —Hago una mueca—. Porque las conejitas tienen un capítulo entero en
el curso de Hockey Básico.
Avery levanta una mano para hacerme callar y yo gimo.
—Así que este Leyends —continúa—. ¿Pueden entrar menores de edad? —Sus
manos se agitan entre nosotros—. Porque sólo tenemos diecinueve años.
—Por supuesto —bromea Hayes—. Llevo yendo desde el primer año.
—Y eso significa que... —pregunta Avery, como si me estuviera haciendo un favor
buscando información sobre él. No sé qué más tengo que decir para hacerle creer que
no me interesa.
Al menos es insufrible.
—Estoy en tercer año.
Estoy un poco sorprendida de que Hayes sea de tercer año. Supuse que como él
y Kamden eran enemigos, tenían la misma edad. Pero Kamden es sólo un estudiante de
segundo año. Todavía estoy tan curiosa acerca de lo que pasó con estos chicos para
hacer que se desprecien tanto.
—No. Tu edad. —Avery se lleva el dedo índice a los labios—. ¿Cuántos años
tienes?
—Veintiuno.
Satisfecha con su respuesta, mueve los hombros.
—Perfecto. Nos invitas a una copa a los dos.
Los seductores ojos de Hayes patinan hacia los míos.
—Trato hecho. —Enrosca los dedos en Avery—. Dame tu teléfono para que pueda
enviarte los detalles.
Claro. Adelante, ya que estás en ello, róbame a mi mejor amiga. Ya me robaste las
bragas.
74
Hayes termina con su teléfono y se lo devuelve a Avery, luego me mira.
—¿Nos vemos pronto, señoritas?
No estoy segura de si es una pregunta o no, así que niego con la cabeza y
murmuro:
—Como quieras.
—¡Qué carajos! —retumba una voz fuerte y profunda detrás de mí. Los ojos de
Hayes se clavan en mí y su rostro se tuerce en una mueca. Cuando veo que aprieta los
puños, me doy la vuelta y veo a Kamden acechándonos.
El corazón me martillea hasta la boca del estómago.
—¿Esto es una puta broma? —Kamden gruñe mientras me fulmina con la mirada—
. ¡Pensé que te había dicho que te alejaras de él y viniste a su puto partido!
—Cálmate de una puta vez, hombre —interviene Hayes acercándose a Kamden.
—No pasa nada —susurro, extendiendo la mano entre los dos.
—¡No! —Kamden gruñe antes de disparar dagas a Hayes—. No está bien. Veo lo
que estás haciendo, Madden.
El vapor sale de las fosas nasales de Kamden, mientras Hayes se queda de pie, sin
inmutarse lo más mínimo. La verdad es que me sorprende, teniendo en cuenta la pelea
de Hayes que presencié frente a Piggy’s.
—¿Y qué es eso? —pregunta Hayes con indiferencia.
—Estás tratando de provocarme acercándote a mi chica.
Pongo los ojos en blanco porque me cabrea que diga eso. Kamden me ha ignorado
durante días.
—Hayes ni siquiera sabía que estábamos juntos, Kamden. Pero tiene razón.
Necesitas calmarte. Aquí no pasa nada. Avery y yo sólo vinimos a ver el partido porque
hay un chico en el equipo que le llamó la atención.
Kamden se burla.
—Por supuesto que sí.
—¡Eh! —Avery le chasquea—. ¿Qué se supone que significa eso?
Exhala profundamente y frunce el ceño.
—Creo que ambos sabemos lo que eso significa.
Sacudo la cabeza con disgusto ante Kamden y cambio de tema rápidamente antes
de que Avery le arranque los ojos.
—¿Qué haces aquí, Kamden?
75
Me mira furioso mientras saca su teléfono y muestra una foto.
—Una de las animadoras de hockey publicó esto —dice.
En la foto, Hayes tiene a un tipo estampado contra las tablas y dio la casualidad de
que estaba justo delante de mí. Lo recuerdo. Fue justo antes de que Hayes marcara el
gol de la victoria.
Y estoy sonriendo.
Kamden no tiene ni idea de que la sonrisa se debe a que el tipo le ha dado un
puñetazo en la barbilla a Hayes y me ha hecho mucha gracia. Pero parece que a Kamden
no le importa lo que tenga que decir o habría usado el maldito teléfono, así que me cruzo
de brazos.
—Maldita sea, Donnelly. Sí que se te dan bien las mujeres. —Hayes me mira y
lanza un pulgar a Kamden—. ¿De verdad estás saliendo con este imbécil?
Aprieto las cejas con fuerza mientras niego con la cabeza a Hayes.
—Deja de empeorar las cosas.
Se encoge de hombros.
—¿Qué? Sólo estoy sorprendido, eso es todo. Sobre todo porque hoy también he
visto una foto. Sólo que ésta era de él y esa chica presumida con la que salía. ¿Cómo se
llama? —Chasquea los dedos—. Ah, claro. Es Gabby.
La mandíbula de Kamden tiembla mientras se dirige hacia Hayes. Salto delante de
él mientras Hayes se ríe, incitándolo.
—Oh, ¿se suponía que tu chica no lo sabía? Culpa mía.
—¿De qué está hablando? —le pregunto a Kamden mientras lo empujo para evitar
que él y Hayes se tiren al suelo aquí fuera. Por muy cabreada que esté ahora mismo,
tengo un poco de miedo de que Hayes se golpee la cara contra el asfalto y no quiero que
el equipo de animadoras se cabree conmigo por dejar que uno de nuestros mejores
jugadores se lesione.
—Está lleno de mierda —gruñe Kamden, tratando de alcanzarme, pero lo empujo
hacia atrás.
Avery sostiene su teléfono con la pantalla en la página de FlashChat de Gabby.
—Ahí no hay nada.
—¿Por qué dices eso? —pregunto, volviéndome hacia Hayes que está ojeando su
propio teléfono.
—Porque es la verdad. De hecho, hice una captura de pantalla. —Levanta la 76
pantalla y me muestra una foto de Gabby con los labios pegados a la mejilla de Kamden.
—Estaba relajado en el sofá y ella vino por detrás y me besó. Lo juro —dice
Kamden con remordimiento. Sus ojos son suplicantes y sé que sería totalmente un
movimiento Gabby, pero él me ha ignorado durante días por lo que mi confianza en él es
mínima en este punto.
Me tiembla el labio inferior, así que lo chupo entre los dientes.
—¿Dónde?
No contesta, solo baja la cabeza, y en mi interior creo que ya lo sé. Le quito a
Hayes el teléfono de las manos y veo bien el sofá de la foto. Es todo lo que necesito ver.
Lo vuelvo a meter en el pecho de Hayes sin mirarlo siquiera. Kamden me enfurece.
—¡Ella estuvo en tu dormitorio anoche! —Mi voz se eleva—. ¡Te estuve llamando
una y otra vez y ella estaba contigo!
Sus manos vuelan en el aire antes de caer bruscamente a sus costados.
—Simplemente apareció con Laney. ¿Qué se suponía que hiciera, echarlas?
Laney es la mejor amiga de Gabby, que también está en el equipo. Ella ha tenido
algo con el compañero de cuarto de Kamden, Jeremiah, desde el inicio del semestre. En
cualquier caso, Kamden podría haberse ido, o al menos, haber contestado a mis llamadas
y decirme que estaba allí.
—¿En serio me estás echando la culpa de esto? —Kamden resopla—. Acabo de
encontrarte en el aparcamiento con un tipo al que no soporto y por el que te has abierto
de piernas.
No sé qué pensar ni qué decir.
—No puedo creer que me hayas dicho eso. —Mi voz es baja, el shock todavía
recorre mi cuerpo. Puede que no esté orgullosa de lo que Hayes y yo hicimos, pero nadie
puede hacerme sentir como una puta.
Sacudo la cabeza, doy un paso atrás y luego otro. Se me llenan los ojos de lágrimas
y odio llorar delante de la gente. Es como la incomodidad de que me saquen una muela.
—Tengo que irme. —Agacho la cabeza mientras me alejo de ellos. Una punzada
me golpea en el pecho y es entonces cuando me doy cuenta de que, antes de que
Kamden apareciera, me lo había pasado bien esta noche.
Avery camina enérgicamente a mi lado y me pasa un brazo por los hombros.
—Lo siento, B.
Una sola lágrima me resbala por la mejilla, pero la aparto con agresividad.
77
—He terminado con él. He terminado con él, carajo.
Suspira, y estoy segura de que es un suspiro de alivio. Kamden ha sido un idiota
con ella desde el primer día y esa es una señal de alarma que no debería haber ignorado.
A veces creo que Avery sabe lo que es mejor para mí cuando ni yo misma lo sé.
De repente, la sinfonía de gritos resuena en nuestros oídos, seguida del sonido de
hueso contra hueso. Me doy la vuelta rápidamente e inmediatamente corro hacia Hayes
y Kamden, que están rodando por el asfalto.
—¡Paren! —grito con todas mis fuerzas—. ¡Que alguien los detenga!
Un grupo de personas que pasaban por allí se detienen y un par de tipos los
separan. Los espectadores empiezan a agolparse mientras los tipos se arremeten con
palabras viles y llenas de odio que salen de sus bocas.
Avery me retiene con sus brazos rodeándome.
—¿Crees que ese uniforme te convierte en algo? No lo hace. —Kamden echa
humo mientras la sangre gotea de su nariz al pavimento—. ¡Eres un pedazo de mierda,
como siempre has sido y siempre serás!
Hayes se quita una gota de sangre del labio.
—¿Y tú crees que el dinero de papá te convierte en algo? ¿Adivina qué? No lo
hace. Diviértete viviendo a su sombra el resto de tu puta vida.
Las lágrimas brotan de mis ojos y ni siquiera intento contenerlas mientras mi
corazón se parte en dos.
No estoy segura de por quién se está rompiendo.
Esto no es sobre mí. Va mucho más allá de mí y Hayes o de mí y Kamden. Algo
grande pasó entre estos dos y aunque antes quería saberlo, creo que ya no.
—Vamos —le digo a Avery.
Ella asiente mientras me aparta de la conmoción.
—¿Supongo que no vamos a Legends?
Avery es bastante buena distrayéndome lo suficiente para que se me pasen las
lágrimas mientras nos alejamos de lo que sea que haya sido eso.
Se me escapa una pequeña risa mientras me limpio las lágrimas de las mejillas.
—Esta vez no, nena.
78
CAPÍTULO 7
—AQUÍ TIENES, CARIÑO —me dice la simpática camarera mientras me da una bolsa
de hielo envuelta en papel de cocina. Insistió sin importarle cuántas veces le dije que no
la necesitaba. Llevar las pruebas de una pelea es como una insignia de honor para los
jugadores de hockey, y es aún mejor si no sufrimos una conmoción cerebral. Aunque, no
hay manera de que Kamden pueda golpear tan fuerte.
Puede que juegue al fútbol, pero su trabajo consiste en atrapar el balón, no en
defender un disco como yo suelo hacer. Así que este labio roto no es nada para mí.
Para apaciguar a la chica, me llevo el hielo a la boca y, cuando se me pasa el
escozor, lo mantengo ahí.
—¿Crees que está rota? —Finch pregunta con respecto a la nariz de Kamden.
Exhalo una bocanada de aire.
—Uno sólo puede esperar. —La verdad es que cuando dijo esas cosas sobre
Brogan, me volví loco. Puede que me las tire y las deje, pero no hablo de ellas como si
fueran una puta. Y se supone que es su novio. Eso está jodido. 79
—Todavía no me puedo creer que ese cabrón te atacara en tu propio terreno —
me dice mi amigo Lenny mientras me pone delante una botella de cerveza recién abierta.
Doy un largo trago, dejando que la bebida fría me alivie este extraño dolor en el pecho.
No tengo ni idea de por qué Kamden estaba fuera de la pista esta noche, pero vino hacia
mí como si me estuviera cazando. No llegué a ver lo que le enseñó a Brogan, pero fuera
lo que fuese hizo que se le cayera la cara de vergüenza.
No tengo por costumbre salir corriendo del vestuario con toda la ropa puesta. De
hecho, el entrenador y todos los demás lo desaprueban. Pero tenía que hablar con ella.
Sabía que se iría en cuanto acabara el partido, así que en cuanto me quité los patines,
eché a correr.
Sin duda, el entrenador me echará la bronca más tarde, sobre todo porque monté
una escena en el estacionamiento. Estoy agradecido de que no hubiera reclutadores allí
para presenciarlo. Eso, y que le pagué a unas cuantas conejitas para asegurarme de que
no saliera ninguna foto del altercado. Por eso Finch se ofreció a cubrir mi cuenta esta
noche. Sabe que se lo devolveré, pero ahora mismo, creo que necesito olvidarlo.
La apuesta con Brogan se suponía que era algo divertido, algo sólo entre nosotros.
Deja que Kamden lo arruine, como ha hecho con todo lo demás desde que tengo
memoria.
Algunos de nuestros compañeros se unen a nosotros y nuestro fornido portero,
Tank, levanta las manos.
—He oído que vamos a patearle el culo a alguien esta noche.
Me río mientras dejo la bolsa de hielo sobre la mesa del bar y recojo mi cerveza.
—Tendrá su merecido. No me cabe la menor duda.
Kamden Donnelly se salvó esta noche, pero cuando menos se lo espere, tengo
toda la intención de destruirlo.
Piernas: No estoy segura de cómo conseguiste mi número, pero piérdelo por favor.
85
CAPÍTULO 8
Kamden: Eres increíble, Brogan. El hecho de que tú eres la que está enojada en este momento es
alucinante.
Yo: Deja de hacerte el inocente. Todo lo que hice fue perder una estúpida apuesta e ir a un partido de
hockey. Invitaste a tu ex a tu dormitorio.
86
Yo: Ya no me creo nada de lo que dices.
Kamden: ¿Sabes qué? A la mierda con esto. Hay mil chicas en esta universidad a las que les encantaría
estar en tu situación.
Yo: Oh, quieres decir en la posición de su novio correteando con su ex. Claro, seguro que a mil chicas
les encantaría.
Dejo de leer ahí porque después sólo se vuelve más doloroso. Aunque dije que
había terminado con él cuando Avery y yo salimos del estadio anoche, nuestra relación
seguía sin estar terminada.
Sin embargo, nuestra conversación de anoche selló el trato.
La puerta de mi dormitorio se abre de golpe y Avery irrumpe dentro como si
estuviera huyendo de un asesino con hacha.
—B —grita—. Dios mío. ¿Estás bien?
Echo un vistazo a la habitación, preguntándome si un asesino serial habrá entrado
aquí sin que yo lo viera.
—Estoy... bien —le digo con cautela.
—Pobrecita. No lo has visto, ¿verdad? —Su culo se posa en la esquina de mi cama
y sostiene su teléfono en el aire.
Mis ojos se clavan en la pantalla y un escalofrío me recorre la espalda. Me tiemblan
las manos, pero consigo arrebatarle el teléfono para verlo más de cerca.
—¿De dónde has sacado esto? —Jadeo, apenas capaz de recuperar el aliento
mientras se repite el vídeo en el que me doy placer a mí misma. Agito el teléfono en mi
mano, tragando el enorme nudo que se forma en mi garganta—. ¿Por qué Kamden me
haría esto? —grito.
La cara de Avery se contorsiona mientras mira el vídeo.
—¿Es Kamden?
87
—Por supuesto que es Kamden —gruño—. ¿Quién más podría ser?
Inclina ligeramente la cabeza hacia la derecha, observando la grabación.
—Es muy difícil de decir porque no muestra su cara.
—¿Quién lo ha visto? —pregunto con pánico.
—Brogan —traga saliva—. Fue compartido en la página de FlashChat de
Rosewood U. Desde entonces se ha hecho viral. Está en todas partes.
Me entran escalofríos por todo el cuerpo. Esto no puede estar pasando. Esto no
puede estar pasando ahora. Me tapo la cara con las manos, luchando por encontrar
suficiente oxígeno para calmar mi acelerado corazón. Se me cierran los ojos, pero se me
abren enseguida. Estoy atrapada en mi propia pesadilla.
—Nena, no tienes muy buen aspecto —apenas oigo decir a Avery. Sus palabras
suenan tan lejanas aunque esté sentada justo al lado.
—Me siento mareada —le digo a Avery—. Creo que me voy a desmayar.
Avery me baja hasta que estoy tumbada boca arriba, con la mirada perdida en el
techo.
Pasan los minutos. No estoy segura de cuántos, pero los suficientes para darme
cuenta de que esto está pasando de verdad.
—Me trasladaré —murmuro contra la almohada que me he puesto sobre la cabeza.
Avery la agarra y la tira al suelo, así que me cubro la cara con las manos. Entonces
la zorra me agarra los brazos y me los sujeta a los lados del cuerpo.
—No te vas a trasladar. Con algo de tiempo, esto se olvidará.
Mi cara se frunce.
—¿Cuánto tiempo crees?
—Eh... —Levanta un hombro—. Un par de semanas. Meses en el peor de los
casos.
—¿Meses? —gimoteo—. Jesucristo, Ave, ¿cómo sucedió esto?
Entonces me doy cuenta.
Mi cuerpo se endereza y toda la sangre se me sube a la cabeza.
—No puedo creer que haya hecho esto.
—El tipo tiene pelotas, lo reconozco.
—No me digas. Es un idiota sin corazón.
—No. —Sus cejas golpean su frente mientras vuelve a mirar su teléfono—. El tipo
tiene unas pelotas enormes. Y peludas. Debería recortarlas. Qué asco.
—Dios mío, Avery —siseo mientras le quito el teléfono de la mano de un 88
manotazo—. Deja de ver eso.
Me arrojo de nuevo sobre el colchón y vuelvo a enterrar la cara entre las manos.
—Esto es una puta pesadilla —grito.
Clavándome las yemas de los dedos en los ojos, intento recomponerme para
encontrar la forma de salvar mi reputación. Pero antes, necesito saber a qué me enfrento.
Vuelvo a sentarme y tiendo la mano.
—Enséñamelo todo.
—Tal vez deberíamos darle un poco...
—¡Enséñamelo! —Chasqueo los dedos—. Necesito saberlo, Ave. Y una vez que lo
sepa, lo mataré.
—Ahora cálmate, Brogan. —Su voz se suaviza—. No vas a matar a Kamden...
porque lo haré por ti. Ya tengo planes para él. Hay cinta adhesiva y una pala en mi
maletero. Apuesto a que el equipo de hockey también nos ayudaría a enterrarlo.
Si alguien puede hacerme reír en un momento así, es Avery. Aunque debería
vigilarla de cerca, lleva mucho tiempo esperando este momento. Ella podría realmente
matarlo.
Después de pinchar en su teléfono, me lo entrega y la humillación se apodera de
mí mientras me veo en la pantalla. Este vídeo tiene veintitrés mil visitas y se ha compartido
más de doscientas veces. De esas doscientas veces, no puedo ni imaginar cuántas más
se han visto y compartido. Las matemáticas hacen que me duela la cabeza.
Mientras observo, mi cabeza se inclina ligeramente hacia la izquierda y una sonrisa
se dibuja en mis labios.
—La verdad es que estoy jodidamente buena —confieso—. Si se tratara de
cualquier otra persona, te diría que fueras por ello, chica.
—¿Verdad? —Avery suelta—. Estaba pensando lo mismo. No he visto el vídeo
entero porque es raro, pero, nena, estás buenísima. Me sorprende que todos los chicos
no estén llamando a nuestra puerta ahora mismo.
Sin embargo, Avery tenía razón. Kamden se muestra en la esquina inferior del
vídeo, pero ni siquiera se puede decir que es él porque todo lo que muestra es su
estómago. Nop. Hay un pene.
Lo peor es que esto ni siquiera le hace quedar mal. Si alguien se da cuenta de que
es él, se le tendrá en un alto honor, mientras que yo seré ridiculizada y avergonzada.
Kamden tiene un cuerpo ardiente y las chicas van a acudir a él. Los chicos le chocarán
los cinco y puede que incluso le coronen por su gran polla. No quiero ni pensar en lo que
la población femenina en Rosewood U va a decir de mí. 89
Cuando llaman a la puerta, me meto el teléfono de Avery debajo del culo, como si
estuviera escondiendo algo que nadie ha visto.
Avery se levanta de un salto y se dirige a la puerta, pero la detengo.
—No puedo enfrentarme a nadie ahora mismo.
Se acerca y aprieta el ojo en la mirilla antes de lanzarme una mirada.
—Son Lucia y Jared.
Suspiro.
—De acuerdo. Que entren.
Avery abre la puerta, les hace señas para que pasen y luego asoma la cabeza y
mira hacia arriba y hacia abajo por el pasillo.
—Los paparazzi aún no han llegado —bromea antes de cerrar la puerta—. Pero
ten por seguro que les daremos una paliza si llegan.
Es genial que haga bromas, pero en algún momento, tendré que salir de esta
habitación y ya no tendrá gracia.
—Chica —dice Lucía con los brazos abiertos. Viene hacia mí como si mi abuela
acabara de fallecer—. ¿Cómo estás, nena?
Dejo que me abrace y le doy un par de palmadas en la espalda.
—Creo que mi mente está en estado de shock ahora mismo. Pero, ¿qué puedo
hacer, ya sabes?
—Te diré lo que puedes hacer —empieza Jared—. Vas a recomponerte y a salir
de esta habitación con la cabeza bien alta. Si el mundo ve que este vídeo te ha derribado,
te seguirán derribando. Pero si les demuestras que eres imperturbable, se aburrirán con
él.
—Buen punto —le dice Avery mientras se sienta en su tocador—. Levántate,
prepárate y ve a clase como si nada.
Mis ojos se abren de par en par y mi corazón se acelera.
—No puedo ir a clase. Es demasiado pronto. El vídeo aún se está compartiendo.
¿Y si alguien de una de mis clases lo ve por primera vez durante la clase? No. —Sacudo
la cabeza—. No voy a salir de esta habitación hoy. Quizá ni siquiera mañana.
—¿Qué pasa con el entrenamiento? —pregunta Lucía.
—Le enviaré un mensaje a la entrenadora Wendy y le diré que estoy enferma. A
menos que ella también lo haya visto. ¡Dios mío! —chillo mientras vuelvo a caer sobre el
colchón—. ¿Por qué me está pasando esto a mí?
—Kamden Donnelly —dice Avery—. Por eso.
90
Aprieto las cejas con fuerza y rechino los dientes con tanta fuerza que estoy segura
de que me he astillado una muela.
—Kamden Donnelly va a lamentar el día en que me traicionó.
Mi cara se tuerce de frustración cuando recojo el teléfono y descubro que tengo
aún más notificaciones. Ni siquiera he comprobado las que llegaron durante la noche. Se
me llenan los ojos de lágrimas porque sé lo que hay detrás de las docenas de mensajes
de texto y de voz.
A estas alturas, mis padres ya se habrán enterado. Mis hermanas, mis hermanos.
Esto es peor que una pesadilla. Esto es un infierno viviente. No puedo leerlos ahora. Pero
lo que puedo hacer es darle a Kamden un pedazo de mi mente.
Abriendo nuestro registro de mensajes, prácticamente le envío un mensaje...
Yo: Debería denunciarte por acoso y calumnias después de esta mierda que has soltado. Sabía que
podías ser un idiota, pero no tenía ni idea de que tuvieras tan poco corazón. ¿Cómo has podido hacerme esto?
91
CAPÍTULO 9
ME SIRVO A REGAÑADIENTES una taza de café y ni siquiera bebo esa mierda. Algo
tiene que darle una patada en el culo a esta resaca asesina porque ya he faltado a mi
primera clase del día y no puedo permitirme faltar a ninguna más. El entrenador ya está
encima de mí por mis notas y si bajan más, estoy jodido.
La casa está felizmente tranquila, gracias a los dioses griegos, porque hasta un
ratón arrastrándose por el suelo podría hacerme explotar la cabeza.
Con mi taza de café en la mano, voy al salón y vuelvo a sentarme en el sofá donde
dormí anoche. Si mi cabeza palpitante no era prueba suficiente de que estaba borracho,
el lapsus de memoria sí lo es. Ni siquiera recuerdo haber salido del bar. Ni siquiera sé
cómo demonios he vuelto a casa.
Cuando me llevo la taza a la boca, el aroma me llega a la nariz y se me revuelve el
estómago.
—Que se joda esta mierda —murmuro mientras la dejo en la mesita de al lado.
Me reclino hacia atrás, paralizándome en el sofá mientras intento recordar los
acontecimientos de anoche. Recuerdo que hablé con Brogan después del partido. Luego
92
apareció Kamden y nos peleamos en el aparcamiento.
Mi dedo roza mi labio inferior y noto el ligero bulto. Me pregunto cómo estará
Kamden esta mañana. Estoy seguro de que le he roto la nariz.
Después de eso, los chicos y yo nos fuimos al Legends y a partir de ese momento
todo está borroso.
Palpo mi cuerpo en busca de mi teléfono, pero no lo llevo encima. Mierda, ¿lo perdí
anoche?
Me pongo en pie de un salto y me arrepiento inmediatamente de esa decisión
porque el martilleo de mi cabeza se intensifica.
Recorro el salón en busca de mi teléfono. Mis ojos van del sofá a la mesa de centro
y luego a cada sillón reclinable. Cuando no lo veo, me arrodillo y busco por toda la
alfombra.
El alivio me invade cuando veo que el extremo asoma por debajo de un cojín. Lo
saco y dejo caer el culo al suelo, apoyando la espalda en el sofá.
No tener llamadas ni mensajes perdidos es algo bueno después de una noche de
copas. Pero cuando veo que se ha creado un intercambio de mensajes con Brogan,
suelto una bocanada de aire contenida y me desplomo aún más en el suelo.
Preparándome para lo que pueda haberle dicho, abro el registro del chat.
Piernas: No estoy segura de cómo conseguiste mi número, pero piérdelo por favor.
Ya está. En realidad estoy muy sorprendido de que lo dejara así. Habría esperado
que mi culo borracho al menos respondiera porque me han dicho que me pongo muy a
la defensiva cuando bebo.
Parece que Brogan es la única persona a la que envié un mensaje anoche y estoy
muy agradecido por ello. La combinación de arrepentimiento profundo y resaca es
literalmente lo peor. Es la razón principal por la que no suelo beber más de una cerveza
o dos. Especialmente durante la temporada alta de hockey. No me gusta en quién me he
convertido, ni las decisiones que tomo. 93
Después de estar tumbado en el suelo durante unos minutos, el dolor de cabeza
disminuye lo suficiente como para levantarme y meterme en la ducha para poder llegar
al menos a dos de mis tres clases de hoy.
—Está vivo —brama Lenny cuando entro en mi clase de psicología clínica. Dudo
si sentarme a su lado porque sé que me va a echar la bronca.
Como sospechaba, me da una palmada en la espalda y suelta su estruendosa
carcajada que resuena lo bastante fuerte en la sala como para captar la atención de todos.
—Hombre, anoche estabas hecho un desastre. Hay una borrachera y luego está
la borrachera de Hayes Madden.
Me hundo en la silla y dejo caer la cabeza hacia atrás con una sonrisa.
—Buenos tiempos, ¿eh?
Evan, uno de los miembros de la fraternidad Kappa Rho y compañero de casa, se
sienta en el asiento vacío a mi lado. Chocamos los nudillos y me pregunta:
—¿Qué tal, hermano?
—Un día más —le digo antes de volver a centrarme en Lenny.
—Seguro que lo pasamos bien —dice Lenny—. Aunque no sé ustedes. Sólo
hablabas de una chica llamada Brogan y del cabrón de Kamden Donnelly.
Joder. ¿En serio estaba hablando de ella?
Lenny continúa:
—Debes tenerlo mal porque nunca te he oído hablar así de una chica. O de
cualquier chica, para el caso.
Se acabó. No más alcohol por mucho tiempo.
—Probablemente sea mejor que hagamos como si lo de anoche no hubiera
pasado. —Hago un gesto con la mano, intentando descartar todo el asunto, pero Lenny
me conoce demasiado bien.
—No, hombre —ruge—. Necesito saber más sobre esta chica.
—¿Has dicho Brogan? —Evan pregunta, captando mi atención—. ¿Como Brogan
Astor?
Inclino la barbilla.
94
—No sé su apellido, pero imagino que no hay muchas Brogans en el campus. ¿Qué
hay de ella?
Saca el móvil y me muestra un vídeo de una chica frotándose el clítoris. Entonces
aparece la cara de la chica. Le arrebato el teléfono de la mano con agresividad y le doy
dos vueltas al vídeo para asegurarme de que mis ojos no me engañan.
—Carajo. ¿De dónde has sacado esto?
Lenny me arrebata el teléfono de Evan y sus ojos se abren de par en par, una
sonrisa se dibuja en sus labios, e inmediatamente se lo arrebato y deslizo el dedo por la
pantalla para apagarlo.
—¿Qué carajo? Déjame ver —refunfuña Lenny.
Levanto el teléfono de Evan, me tiemblan las manos.
—¿Cómo carajos has conseguido este vídeo?
—La página FlashChat de la universidad —responde, y la despreocupación en su
tono me inquieta—. Mi feed está lleno de eso. Se han compartido diferentes clips y
memes durante toda la mañana. Se rumorea que Kamden Donnelly lo compartió.
Ese hijo de puta.
Evan me intenta quitar su teléfono, pero yo lo retengo.
—Denuncien esta mierda. Cada vez que alguno de ustedes vea este vídeo,
denúncienlo. Y si veo a alguien... —Levanto la voz para que me oiga toda la clase—. Y
me refiero a cualquiera, viendo este vídeo, destrozaré sus putos teléfonos con mis propias
manos.
—Cuida tu lenguaje, Madden —dice el profesor Clements.
De repente siento la urgencia de ir a hablar con Brogan. Parece que, para variar,
podríamos estar de acuerdo en algo: Kamden Donnelly es un puto idiota que merece
sufrir. Quién mejor para hacerlo que su descontento ex.
Golpeo el teléfono de Evan contra la mesa, empujo la silla hacia atrás y me levanto.
—¡Denúncialo! —gruño antes de recoger mis cosas.
Nuestro profesor me mira fijamente, así que lo fulmino con la mirada.
—A menos que esté animando a la gente a compartir vídeos no solicitados de
mujeres sin su consentimiento.
Traga grueso, los ojos lanzados a través de la habitación.
—No, Madden, yo no alentaría eso.
Le hago un gesto con la cabeza y me dirijo a la puerta.
95
—Están todos advertidos.
Lenny se queda boquiabierto y Evan empieza a teclear frenéticamente en su
teléfono, sin duda difundiendo el mensaje de que esta mierda no se va a quedar así, al
tiempo que denuncia el vídeo.
Salgo con paso firme del aula, salgo por las puertas principales y me dirijo a la
escalera de hormigón donde suelen reunirse los estudiantes. Hay un par de docenas ahí
fuera, pasando el rato despreocupadamente, leyendo y jugando con sus teléfonos.
Camino detrás de cada uno de ellos, curioso por si la están observando.
Mi corazón martillea contra mi caja torácica cuando paso por detrás de tres tipos
que se apiñan alrededor de un teléfono que sostiene el del medio.
—¡Qué coño! —gruño mientras meto la mano entre ellos y le quito el teléfono de
las manos al idiota.
—¡Eh! —Uno de ellos suelta un chillido agudo. Es bastante escuálido y parece que
debería estar en secundaria, no en la universidad. Extiende la mano, con la cara
enrojecida por la ira—. Devuélveme mi teléfono.
Los otros dos se quedan atrás y mantienen la boca cerrada porque saben lo que
les conviene.
Agarro el teléfono con fuerza en la mano.
—Tienes suerte de que no destroce esto ahora mismo. Recuerden lo que les digo:
si vuelvo a verlos, imbéciles, viendo ese vídeo, no solo les destrozaré los teléfonos, sino
que les romperé los malditos dientes.
El chico escuálido sacude la cabeza.
—Está bien. No lo veremos. ¿Pero piensas amenazar a toda la universidad?
Porque no somos los únicos.
Le clavo el teléfono en el pecho y él lo atrapa antes de que caiga.
—Sí, eso haré. Así que no me jodan.
Al bajar las escaleras, saco el móvil y le envío un mensaje a Avery. Brogan me dijo
que perdiera su número anoche, así que dudo que me responda ahora. Pero su mejor
amiga sí.
Yo: Hola, soy Hayes. No estoy seguro de si eres consciente de lo que está pasando, pero hay un vídeo
muy gráfico de tu chica surfeando por el campus.
98
Con una bolsa de papel marrón de Clara's Café bajo el brazo y un café con leche
caliente en la mano, Hayes se apoya en el marco de la puerta.
—Creo que tus palabras exactas fueron: pierde mi número, por favor. —La
comisura de sus labios se levanta en una sonrisa—. Debo decir que aprecié tus modales
en ese mensaje.
—En ese caso, ¿puedes irte, por favor?
Sus cejas se pellizcan mientras endereza la espalda.
—¿Por qué eres tan mala conmigo, Piernas?
Me doy golpecitos en la barbilla.
—Oh, déjame contar las razones. Qué tal si empezamos por el hecho de que me
llamas Piernas.
—¿Qué tiene de malo Piernas? No es insultante. —Sus ojos recorren mi cuerpo y
siento el calor de su mirada entre mis muslos—. En todo caso, es un cumplido.
—De acuerdo entonces. Lo dejaré pasar por ahora. Volvamos a la primera noche
que nos conocimos. Todo empezó cuando me robaste mi vaso...
—Ahh... —Levanta un dedo—. Ahora, si no recuerdo mal, estuviste mirándome
durante, como, diez minutos con la mano en la pila de vasos. ¿Puedes culparme por
impacientarme? Necesitaba una cerveza para lidiar con todo el drama en esa habitación
y tú estabas en mi camino.
El sonido de voces llega a mis oídos y asomo la cabeza por el pasillo para ver a un
grupo de chicas que caminan en nuestra dirección. Una de ellas lleva el móvil en la mano
y levanta los ojos hacia los míos.
—Esa es la chica del vídeo —la oigo decir.
—Te dije que su habitación estaba aquí abajo. —Las risas resuenan por el pasillo
y, con un movimiento rápido, me abalanzo sobre Hayes, lo sujeto del bolsillo de la
sudadera y lo meto en mi habitación. La puerta se cierra detrás de nosotros y, al tropezar,
el café caliente me salpica la camiseta.
Extiendo los brazos mientras el líquido se filtra por la tela y me golpea el estómago.
—Mira lo que has hecho.
—La responsabilidad no es tu fuerte. —Con la mano extendida para evitar que el
café le gotee por el brazo, Hayes se burla—. ¿De qué demonios fue todo eso?
—Esas chicas, umm, no nos llevamos bien. —Es mentira. Ni siquiera sé quiénes
son esas chicas, pero parece que mi dormitorio se ha convertido en un museo de putas
de vídeo y todo el mundo quiere ver la pieza principal.
Hayes se muerde la comisura del labio inferior. 99
—Hmm. De acuerdo.
Mis defensas se ponen en marcha.
—¿Crees que estoy mintiendo?
En el mejor de los casos, Hayes no ha visto el vídeo y nunca lo verá. En el peor de
los casos, está aquí por lástima porque lo ha visto.
—Considerando que escuché a una de ellas decir, «esa es la chica del video» y a
otra decir, «te dije que su habitación estaba aquí abajo». Sí. Creo que estás mintiendo.
La derrota me golpea de golpe. Mis hombros caen y hundo el culo en el colchón.
—¿Has oído eso?
—Sí. —Él asiente—. Lo he oído.
—¿Supongo que eso significa que lo sabes? Me refiero al vídeo. —Se me calienta
la cara, se me calientan las orejas mientras las lágrimas que creía desaparecidas luchan
por volver. Pero no lloraré delante de él. No lo haré.
Su cara se frunce mientras dice:
—Es más o menos por lo que estoy aquí. ¿Cómo lo llevas?
Me burlo.
—Como si te importara.
—Estoy aquí, ¿no? —La forma en que dice las palabras, como si se desarmara y
realmente lo intentara, hace que mis hombros se desplomen un poco. Si Hayes Madden
se siente mal por mí, entonces esto es realmente malo.
Siento un rubor en las mejillas, seguido de un fuerte pinchazo en el pecho. Miro
hacia abajo, incapaz de establecer contacto visual mientras hago la pregunta candente:
—¿Lo has visto?
Su silencio hace que se me disparen los ojos.
—¡Hayes! ¡Dime que no lo has visto!
Se lleva las manos al pecho, con la bolsa y el café aún agarrados.
—Soy un hombre, Piernas. Un hombre con la curiosidad de un gato. Pero en mi
defensa , fue sólo un vistazo. De hecho, incluso impedí que otros tipos lo vieran.
Con las manos cruzadas sobre el regazo, enarco una ceja.
—¿Ah, sí? ¿Qué has hecho?
—Les di una paliza con un palo de hockey y luego les metí un disco en la boca.
Siempre cómico. 100
Suelto una fuerte bocanada de aire antes de caer de espaldas.
—Sinceramente, ni siquiera estoy enfadada porque lo hayas visto —le digo
sinceramente—. Ojalá nadie lo hubiera visto, pero sólo hay una persona con la que
enfadarse en toda esta situación.
Hayes se acerca y yo levanto la cabeza para encontrarme con su mirada.
—¿Kamden?
—Sí.
Con cautela, da un paso hacia delante, aunque parece que podría arrancarle la
cabeza por ello. Ahora, lo estoy considerando. Pero trajo comida y si lo mato ahora, podría
tirarla y sería un desperdicio.
—¿Supongo que era él en el video?
—Bueno, sí —digo con una pizca de sarcasmo—. Es mi novio. —Parpadeando,
intento mantener la compostura—. Al menos lo era.
—Oye —dice Hayes en voz baja mientras se acerca. Deja la bolsa y la taza en mi
mesita de noche y se pasa la mano por el café derramado en la manga—. Él se lo pierde.
El tipo es un idiota.
Se me hace un nudo en la garganta y me esfuerzo por tragar el bulto del tamaño
de mi puño.
—Ojalá me hubiera dado cuenta antes de dejarlo entrar.
—Antes de que lo dejaras entrar en tu... —Me mira entre las piernas y yo le frunzo
el ceño—. Lo siento. La mente de un hombre.
—No, eso no. —Hago una mueca—. Antes de dejarle entrar en mi corazón.
Supongo que eso me pasa por llevarlo en la manga.
Ni siquiera sé por qué le estoy diciendo todo esto a Hayes. Ni siquiera sé por qué
está en mi habitación ahora mismo. Ni siquiera me gusta.
Se queda callado, claramente no se siente cómodo hablando de emociones, o de
cualquier asunto serio. Ya me lo imaginaba así. Cada palabra que sale de sus labios está
impregnada de humor negro o de insultos burlones.
Pero lo siento. Hablar de sentimientos tampoco es lo mío. Es sólo que ahora mismo
estoy sintiendo tantas cosas y si no saco algo de ello, podría volverme literalmente loca.
Estas cuatro paredes llevan todo el día mirándome fijamente mientras intento hacerme a
la idea de todo lo que está pasando. Es lo suficientemente tumultuoso como para hacer
que cualquiera se desahogue con la primera persona que entre por la puerta. 101
—De todos modos —digo mientras me incorporo y esbozo una sonrisa para
aligerar el ambiente—. Gracias por el croissant y el café. Es como si me hubieras leído el
pensamiento.
—No te preocupes. —Pasa la mano por el aire—. Aunque, tu amiga me advirtió
que no lo beberías si estaba frío, así que probablemente no sirva ahora.
Alcanzo la taza y, cuando la agarro, me doy cuenta de que aún está bastante
caliente. Dándole un suave soplido a través de la tapa, le doy un sorbo y, aunque está
más frío de lo que me gusta, digo:
—Está perfecto.
Espera, espera. ¿Estoy siendo amable con Hayes? Por Dios, creo que sí.
Hayes mira rabioso alrededor de la sala.
—¿Para quién es este espectáculo? —Arquea una ceja con un destello de sonrisa
en los labios—. ¿De verdad Brogan Astor está siendo amable?
Maldita sea. Sabía que debería haber escupido el café y haberle dicho que era
asqueroso.
—Oye, resulta que soy una persona muy amable.
Me mira entrecerrando los ojos, lo que le hace parecer aún más diabólicamente
guapo, incluso en su estado. No es justo.
—Estoy casi segura de que estabas en medio de una lista de todas las razones por
las que eres mala conmigo, cuando me arrastraste abruptamente a tu habitación como si
estuvieras lista para violarme.
Casi me atraganto con mi café frío al escupir:
—¿Violarte?
—Fuiste bastante agresiva.
—Estaba desesperada.
—Correeeeeecto —arrastra las palabras—. Desesperada por esconderte de esas
chicas con las que no te llevas bien.
—Algo así. —Mi tono cambia a una nota más seria—. Estoy mortificada, Hayes.
Las cosas han sido difíciles entre Kamden y yo, pero no tenía ni idea de que caería tan
bajo. Mi reputación está completamente destruida.
—¿Has oído alguna vez el dicho, muerde al bicho que te picó?
—Sí. —Me río—. ¿Pero eso no tiene que ver con una resaca?
—Así es, y ahora mismo tengo una de muerte. Pero creo que ese dicho puede
tener otro significado. Kamden te mordió. —Se encoge de hombros—. Así que devuélvele
102
el mordisco.
—Oh, voy a morderle. Voy a morderle tan fuerte que las marcas de mis dientes se
convertirán en un tatuaje permanente en su piel.
Sonríe, pero no con su sarcasmo habitual. Esta parece como si estuviera realmente
preocupado por mí.
—Eso también funciona, pero escúchame. ¿Qué mejor manera de vengarte de tu
ex que te hizo daño que liándote con... —comillas al aire—, su mayor enemigo?
Ahora sí que me río. Histeria total.
—Oficialmente has perdido la cabeza. —La mirada seria en su cara es un poco
desconcertante—. Espera. Estás bromeando, ¿verdad?
—¿Parece que estoy bromeando?
No lo hace y eso da un poco de miedo. Necesito terminar esta conversación antes
de que me absorba otra de las horribles ideas de Hayes. La última vez que tuvo una
sugerencia espontánea, terminé desnuda en su cama.
—De acuerdo, Sr. Comediante. —Dejo caer los pies al suelo y me pongo de pie—
. Seguro que tienes clases a las que ir, ¿no?
Se encoge de hombros, tumbado en mi cama como si fuera suya.
—Hoy me las he saltado todas.
—¿Para venir aquí a traerme café y ofrecerte para vengarme de mi ex? Creo que
has perdido el tiempo.
—Creo que hablas demasiado rápido. Piénsalo, Piernas. Esto podría ser bueno
para los dos. Ambos queremos que Kamden sufra y lo hará si dices que sí.
Me río, aunque no hay humor en el sonido.
—¿Decir que sí a qué, exactamente? ¿A acostarme contigo? —Dios, solo de
decirlo se me eriza la piel. No es que Hayes me parezca horrible, sino todo lo contrario.
Una parte de mí tiene un poco de miedo de que si volviera a acostarme con él, podría
llegar a enamorarme, y eso es lo más sincera que he sido conmigo misma en toda esta
situación.
No puedo enamorarme de Hayes. No sólo es un jugador, sino que es... Hayes. Es
molesto y engreído. Aunque es extrañamente encantador, incluso si su encanto va
seguido de una insinuación sexual o un comentario arrogante.
—No exactamente —continúa Hayes—. Quiero decir, estoy dispuesto a follar si tú
lo estás, pero no es eso lo que estaba insinuando.
—¿Quién pregunta casualmente a alguien si le apetece follar? —Sacudo la cabeza
103
ante su atrevimiento. ¿Nunca se avergüenza de la mierda que dice? ¿Y por qué de
repente me avergüenzo yo? No he sido yo quien lo ha dicho, pero noto cómo se me
calientan las mejillas.
—¿No es mejor preguntar que suponer? Prefiero tener una conversación al
respecto primero para asegurarme de que ambos jugadores están en el mismo equipo.
Me aprieto el corazón, sentándome de nuevo en la cama.
—Qué romántico.
—¿Quieres un romance? —pregunta, e inmediatamente niego con la cabeza—.
Puedo tener un romance contigo, Piernas. —Se sienta, se inclina como si fuera a besarme
y yo retrocedo tan rápido que me golpeo la cabeza contra el cabecero.
—No vuelvas a hacer eso —gruño, aunque no puedo evitar sonreír. Es tan... raro.
Pero ahora mismo me gusta su rareza. Por un instante me olvido del vídeo y de que mi
vida es un caos.
Hayes se ríe.
—Cálmate, Piernas. En realidad no voy a besarte.
No sé por qué siento una punzada de decepción en el pecho. No quiero que me
bese. Por supuesto que no. Entonces, ¿por qué le estoy mirando la boca? Sus labios se
curvan hacia arriba y mis ojos se disparan hacia los suyos para encontrarlo mirándome
fijamente. Joder. Se ha dado cuenta. Y conociéndole, me lo reprochará.
—A menos que quieras que lo haga —continúa.
—Paso —bromeo mientras recojo mi café y le doy un sorbo. Necesito hacer algo
con las manos... y con los ojos. Ahora mismo no puedo mirarle.
—Avísame si cambias de opinión.
Nunca se detiene. Sonrío tras la tapa de mi taza, pero no digo nada.
—De todos modos, como iba diciendo. ¿Quieres hacer esto? ¿Meterle a Kam
donde le duele?
Le llamó Kam. Sólo las personas cercanas a él le llaman así. La mayoría de todo el
mundo le llama Kamden. Probablemente lo estoy pensando demasiado, pero es un poco
extraño.
—Cuéntame otra vez ese plan que urdiste. —Sé que me voy a arrepentir incluso
de preguntar, pero podría escucharlo. Ha venido hasta aquí con comida y café.
—Hagamos un vídeo. —Sus manos vuelan en el aire antes de chocar contra sus
muslos. Todo el tiempo, mi mandíbula se sienta en mi regazo.
104
—¿Un vídeo? —Levanto la mandíbula antes de estallar en carcajadas—. Sí. Has
perdido la cabeza.
—¿Tienes idea de lo mucho que eso cabrearía a Kamden? No sólo estaría
enfadado, y un poco dolido, sino que también se sentiría avergonzadísimo de que su
propio vídeo fuera seguido por algo mucho más sexy. No se puede negar que tenemos
química en la cama. Querrá meterse en un agujero cuando vea lo calientes que somos
juntos. —Es malo que partes iguales de mí quieran ceder a esta idea, pero también
quieran abofetearle en la cara por ello.
—Es realmente triste que ni siquiera pueda descifrar si estás bromeando o si
hablas en serio. Pero espero como el infierno que sea una broma.
Sus hombros se levantan y la expresión de su cara no es de humor.
—Es un plan sólido.
—A ver si lo entiendo. —Dejo el café y me levanto para caminar delante de él—.
¿Quieres que tú y yo hagamos un video sexual y lo compartamos con toda la escuela?
—O simplemente lo enviamos a Kamden y vemos a dónde va desde allí.
Me quedo helada, girándome hacia él como un puto robot porque mi cuerpo acaba
de ponerse así de rígido.
—¿Realmente hablas en serio ahora?
Extiende las manos como si fuera la viva imagen de la inocencia mientras hablamos
de hacer un vídeo sexual y compartirlo públicamente.
—Oye, sólo intento ayudar.
—Noooo —arrastro la palabra—. Estás intentando que Kamden entre en un ataque
de ira. ¿Quieres que te mate o algo así? Porque probablemente lo haría si hiciéramos...
eso. Lo cual no vamos a hacer.
Hayes se pasa los dedos por el cabello, mirándose los pies en silencio.
—Tienes razón. —Levanta la cabeza—. Ha sido una idea estúpida. Tengo resaca.
Quizá todavía estoy un poco borracho.
—Fue una idea estúpida —le digo, pero para salvar un poco su dignidad, añado—
: No te preocupes, Hayes. El karma es una perra y Kamden tendrá lo suyo.
Asiente mientras da unos pasos hacia la puerta.
Este cambio repentino en su comportamiento es un poco inquietante. Hay una
105
verdadera animosidad entre él y Kamden y creo que es más profunda de lo que podría
imaginar.
—Oye, Hayes —le digo, parándole en seco—. ¿Qué pasó con ustedes dos de
todos modos?
Dudo que me lo diga, pero vale la pena intentarlo.
—Esa es una historia para otro momento. ¿Vas a estar bien?
—Ah, sí. —Sonrío—. No te preocupes por mí. Soy como una pelota de goma.
Siempre me levanto.
—Me lo creo. —Lanza dos dedos al aire antes de abrir la puerta—. Hasta luego,
Piernas.
La puerta se cierra tras él y susurro:
—Hasta luego, Hayes.
No estoy segura de quién era ese ser humano decente con ideas terribles, pero
seguro que no era el Hayes Madden al que he llegado a odiar.
106
CAPÍTULO 11
Me bajo del autobús y me sumerjo en la fría llovizna que está cayendo cuando mi
teléfono emite un mensaje de texto. Me meto la mano en el bolsillo y lo saco.
Yo: En camino.
Justo cuando las puertas del autobús empiezan a cerrarse, vuelvo a subir y hago
el trayecto de diez minutos hasta Hallstrom Hall. Cuando llego, ya se ha puesto el sol. No
tengo ni idea de por qué quiere hablar conmigo, pero tal vez le haya dado un respiro de
todos sus sentimientos.
Moviéndome lo más rápido que puedo, me dirijo por el pasillo a la habitación de 107
Brogan. Como si estuviera observando desde su ventana, su puerta se abre y asoma la
cabeza.
—¿Va todo bien? —pregunto mientras camino con paso firme hacia ella.
Ella asiente.
—He cambiado de opinión. Creo que deberíamos hacerlo.
La emoción me revuelve el estómago. Enarco una ceja, curioso por saber si
estamos en la misma página.
—¿Cambiaste de opinión sobre qué?
Mira a ambos lados del pasillo antes de decir:
—Aquí no. —Luego desaparece en su habitación.
Una mezcla de confusión y excitación me oprime el pecho cuando entro en su
dormitorio. Abro la puerta y la veo sentada en el borde de la cama, con las piernas
cruzadas. Su cabello desordenado cae en ondas alrededor de su rostro e incluso con la
mancha de café en la parte delantera de su camiseta de gran tamaño, se ve preciosa.
Le brillan los ojos cuando me mira.
—Quiero hacerlo.
Cierro la puerta y me aseguro de que quede bien cerrada antes de acercarme a
ella con pasos lentos y deliberados.
—Voy a necesitar que seas más específica aquí, Piernas.
Brogan se echa ligeramente hacia atrás en la cama, apoyando las palmas de las
manos en el colchón.
—Quiero hacer el vídeo.
Trago saliva, mordiéndome ansiosamente la comisura del labio inferior mientras
mi mirada recorre su cuerpo hasta el dobladillo de la camisa. La tela cae justo por debajo
de sus caderas y, cuando descruza las piernas y presiona firmemente las puntas de los
pies contra el suelo, veo el contorno de su coño. Mueve las caderas hacia dentro,
intentando disimular, pero está claro que no lleva bragas. Al darme cuenta, se me acelera
el pulso.
—Quizá deberíamos hablar de esto primero.
—¿De qué hay que hablar? Fue idea tuya. —Parece casi avergonzada y eso es lo
último que quiero que experimente después del día que ha tenido.
—Tienes razón. Lo fue. —Me rasco debajo de la barbilla, luchando contra el
impulso de no mirar fijamente lo que no consigue esconder ahí debajo. La cosa es que
no pensé bien lo que estaba diciendo antes. Las palabras me salieron de la boca como
108
una diarrea incontrolable. Ni siquiera me sorprendió cuando ella rechazó la idea. Pero
ahora, estoy jodidamente sin palabras que ella está de acuerdo con ella.
—¿Cuál es el problema? No es que no hayamos tenido sexo antes. Esta vez sólo
lo grabaremos. —Sus ojos se clavan en los míos, pero son sus palabras las que me tocan
la fibra sensible. Esto es importante. Es una gran cosa, de hecho. La chica que no puedo
quitarme de la cabeza, que jura que me odia, acaba de ofrecerse a acostarse conmigo
para darle celos a alguien.
—¿Ahora mismo? —tartamudeo, prolongando esto por razones que ni siquiera
puedo comprender. Supongo que todavía estoy procesando lo que está pasando. Ni
siquiera sé por qué sigo aquí. Debería tenerla de espaldas con mi polla dentro de ella
ahora mismo. Sin embargo, algo me detiene.
Ella levanta los hombros perezosamente.
—Claro, ¿por qué no?
Mis ojos se desvían hacia su mesilla de noche y veo una botella medio vacía de
potente vodka. Todo empieza a tener sentido. Esta chica debe estar realmente dolida
ahora mismo. Me he ido quince minutos, como mucho, y ya está borracha.
Me pongo delante de ella y doy unos pasos hasta situarme entre sus piernas
mientras mi polla se agita. Levanto la barbilla con dos dedos.
—¿Cuánto has bebido?
Sus suaves ojos azules me miran, parecen perdidos y tristes.
—¿Acaso importa?
—Creo que sí. ¿Por qué no te comes tu croissant y duermes la borrachera y
hablamos mañana cuando pienses con más claridad?
Sus brazos me rodean por la cintura y un gruñido sutil me sube por la garganta.
Me empuja más cerca, pero opongo resistencia, aunque me tienta caer dentro de ella.
—¿Por qué te comportas así? —me pregunta—. ¿Es porque ahora soy mercancía
dañada?
—Dios, no —escupo mientras paso los dedos por su enredo—. Confía en mí,
Piernas. Eres jodidamente tentadora. No quiero que te arrepientas mañana.
—No estoy borracha, si eso es lo que piensas. Sólo me tomé un par de chupitos
para estar más relajada cuando... ya sabes.
Mi cabeza cae hacia atrás y respiro hondo. Me está matando.
109
—Si no puedes decirlo, no podemos hacerlo —bromeo en un intento de aligerar
el ambiente y calmar mi polla bailarina.
Sus ojos de cierva me miran.
—Siempre haciéndome pasar un mal rato.
—Alguien tiene que hacerlo. —Sonrío—. En serio... —Vuelvo a peinarle el cabello
con los dedos, ya arrepintiéndome de lo que voy a decir a continuación—. Consúltalo con
la almohada y me pasaré mañana para que volvamos a hablar.
Se roe el interior de la mejilla y me mira insegura.
—En realidad no eres tan cruel como quieres que la gente piense, ¿verdad, Hayes
Madden?
Siento una punzada en el pecho que no esperaba. Si ella lo supiera.
—Depende de a quién le preguntes.
—Si alguien me preguntara, sé exactamente lo que le diría.
Entrecerrando los ojos, la evalúo.
—¿Me atrevo a preguntar?
Sonríe.
—Les diría que no te juzguen tan rápido. Por otra parte, eso podría ser sólo el
alcohol hablando.
Levantando el dedo en el aire, la señalo bromeando.
—Ahh. Así que estás borracha.
Aprieta los dedos y entrecierra los ojos.
—Un poquito.
—Muy bien, Piernas. —La agarro rápidamente por la cintura y la levanto hasta la
cabecera de su cama antes de levantar la manta—. Ha sido un día agitado para ti. Duerme
un poco y te veré mañana.
Voy a darme la vuelta, pero me detienen cuando Brogan dice:
—Hayes.
Levanto las cejas.
—¿Sí?
Suspira, sus ojos ya pesados, lo que me hace sentir bien con esta elección. Si voy
a acostarme con Brogan, la quiero sobria. Quiero que me mire a los ojos de la misma
forma que lo hizo aquella primera vez y, aunque me aterrorice, quiero que me haga sentir
de nuevo lo que sentí en aquel momento.
—Gracias por no juzgarme cuando yo te juzgué tan duramente. 110
Me acerco al lado de su cama y le echo el cabello hacia atrás antes de acariciarle
la barbilla con el dedo. Se deja tocar de una forma a la que no estoy acostumbrado.
Brogan no es una conejita que intenta ligarse a un jugador de hockey, no es una chica
cualquiera.
—Tenías todo el derecho a juzgarme, Piernas. Soy el primero en admitir que tengo
tendencias estúpidas.
Se ríe entre dientes, antes de mirarme.
—¿No las tenemos todos?
Sonrío y, aunque no sé por qué, me inclino y le planto un beso en la cabeza. Es
algo que nunca he hecho antes, pero algo en mi interior me dice que lo necesita. Necesita
saber que no todos los hombres son como Kamden. Y aunque no soy un héroe, sé a
ciencia cierta que trataría a Brogan mejor que Kamden.
—Sí. Supongo que sí. Buenas noches, Piernas.
Me doy la vuelta, abro la puerta y salgo al pasillo. Antes de cerrarla, oigo su voz
soñolienta murmurar.
—Buenas noches, Hayes.
Deberían darme un puto premio ahora mismo porque estoy duro como una puta
piedra y acabo de rechazar el sexo con la chica de mis sueños, ¿por qué? ¿Por ser un
buen tipo? Mierda, ¿qué me está haciendo esta mujer?
111
CAPÍTULO 12
112
Es obvio que no ha estado aquí recientemente porque está inundada de fotos de
ella y Kamden. Espera un maldito minuto. Piernas nunca me dijo que anima al equipo de
fútbol de los Devils. No debería sorprenderme después de ver su amor por el deporte,
pero en cierto modo lo hace. Es difícil imaginarla animando y fingiendo sonrisas.
Después de seguirla, veo más fotos suyas y me doy cuenta de lo contenta que
parece, pero me pregunto si no será para aparentar. Por lo que veo, tiene un par de
hermanas y algunos hermanos. Una vida aparentemente normal. Pero bueno, sólo
compartimos lo que queremos que la gente vea.
Me detengo en cada foto de ella y Kamden, torturándome. Cuanto más lo veo junto
a ella —tocándola, besándola, abrazándola—, más me enfado. ¿Cómo consigue un tipo
así a una chica como ella? Es demasiado buena para él y su actitud de santurrón.
Aparece una notificación diciéndome que Brogan está en directo. Mierda, chica.
¿Qué estás haciendo ahora? Se supone que deberías estar durmiendo la borrachera.
Sin dudarlo, hago clic para ver su grabación en directo mientras el corazón me late
en el pecho anticipándome a lo que estoy a punto de ver.
Su rostro aparece en la pantalla y una sonrisa se dibuja instantáneamente en mi
cara. Su cabello húmedo le enmarca la cara, lo que me hace suponer que acaba de salir
de la ducha. No lleva maquillaje y está más guapa que nunca.
—A algunos les sorprenderá verme aquí teniendo en cuenta lo que ha estado
circulando. Si no saben de qué estoy hablando, considérense afortunados. Verán, mi ex
novio decidió vengarse de mí por razones que no entiendo, compartiendo un vídeo muy
gráfico. Es difícil darse cuenta cuando lo ves, pero esa cosita de la esquina pertenece a
Kamden Donnelly.
—Vamos chica —bramo mientras me parto de risa.
Brogan estrecha los ojos a la cámara como si hablara directamente a una persona
en particular.
—Kamden, solo quiero darte las gracias.
¿Por qué? ¿Por qué demonios le está dando las gracias?
—Gracias por darme la oportunidad de denunciar a todas las personas que han
avergonzado a las mujeres o les han dicho que el sexo antes del matrimonio es un acto
pecaminoso y que te condenarás al infierno. Si eres una de esas personas, lo siento por
ti. Acabo de ojear docenas de mensajes de personas horribles y sentenciosas que me
dicen que debería suicidarme porque soy un desperdicio de piel. O lo avergonzada que
debería estar. ¿Y saben lo que tengo que decir en respuesta? Qué. Vergüenza. Con.
Ustedes.
Maldita sea. Se está metiendo hasta el fondo y me encanta. Me muevo en la cama
hasta sentarme de espaldas al cabecero y me concentro en su hermoso rostro. El fuego
de sus ojos ha vuelto, y tengo la sensación de que esta vez es para quedarse.
113
—Tenemos que acabar con el estigma de que el sexo es algo de lo que
avergonzarse. El sexo es una parte natural y sana de la vida y no seré una paria porque
decida practicarlo. Mi cuerpo es mi cuerpo. Y su cuerpo le pertenece a cada uno. Hagan
lo que quieran con él. Cuídenlo, tóquenlo, ámenlo. Es su derecho.
Esta chica es jodidamente genial. Estoy muy orgulloso de conocerla. Podía
esconderse y esperar a que todo esto pasara, pero en lugar de eso, defendió aquello en
lo que creía y probablemente ayudó a mucha gente en el proceso. Nunca he conocido a
nadie como ella.
—Dicho esto, también creo que todos tenemos derecho a un cierto nivel de
privacidad. Si alguien decide compartir vídeos o imágenes de su cuerpo, lo apoyo. De
hecho, me encanta. Sin embargo, compartir esas grabaciones sin consentimiento no sólo
está mal, sino que es perjudicial. Tan importante es nuestra salud sexual como nuestra
salud mental. Todo esto para decir: no sean idiotas, no sean un Kamden Donnelly. —Besa
dos dedos y los levanta—. No me esconderé. Así que nos vemos.
Termina el vídeo y la verdad es que ya la echo de menos. No sé qué me está
haciendo Brogan, pero nunca antes había sentido algo así y me está dando un susto de
muerte.
Estoy en trance cuando mi teléfono suena en mi mano. Vuelvo a la realidad y veo
que es un mensaje de Brogan.
Y lo digo en serio. No suelo hacer cumplidos, pero esta noche se merece uno.
Brogan es feroz. Kamden se metió con la chica equivocada.
Me río.
Me siento erguido, releyendo el mensaje una y otra vez. Es imposible que quiera
esto. Estaba bromeando cuando se me ocurrió la idea, aunque lo hice como si fuera en
serio. Ni siquiera me inmuté cuando lo rechazó, pero ahora me sorprende que me esté
suplicando que lo haga.
Me inclino hacia atrás y gimo, mi polla ya está a tope solo con que me envíe un
mensaje. Ni siquiera tengo que ver su cara ni oír sus palabras. Ni hablar. Al parecer, lo
único que hace falta para excitarme es un puto mensaje.
Estoy jodido.
Esto tiene que ser su ira y su dolor hablando. Además, así no es realmente como
quiero que vaya con ella. No quiero ser sólo un complot de venganza.
Yo: Eres la única chica en el mundo que me ha puesto en mi lugar. Ahora estoy atrapado aquí y no sé
qué hacer a continuación.
Piernas: Haz el video conmigo. Vamos a darle su merecido a Kamden. ¿Sabes que ese idiota tuvo la
osadía de entrar en mi directo y decir que no fue él quien compartió el vídeo? Todo el mundo le creerá. Es
Kamden Donnelly.
Yo: Mañana.
Eso es todo lo que tengo. Mis pensamientos están desbocados en este momento
116
y el creciente bulto entre mis piernas no está ayudando.
Piernas: Nos vemos en Clara’s Café a las nueve y podemos concretar los detalles.
Yo: ¿Detalles?
Piernas: Por el video. No te atrevas a echarte atrás, Hayes. Esta fue tu idea y aunque puede que me
riera de ella al principio, cuanto más lo pensaba, más me daba cuenta de que debíamos hacerlo. Es sólo sexo.
No te preocupes, no tiene que ser nada más que eso.
Yo: Y si ya lo es...
117
CAPÍTULO 13
Cuando entro en la cocina, siento un olor a tocino que me hace rugir el estómago.
Mis ojos se fijan inmediatamente en una chica rubia delante de los fogones, vestida con
lo que parece ser un bikini y un delantal a cuadros blancos y negros.
Maldita sea. Me paso la yema del pulgar por el labio inferior, limpiando la baba que
se me haya podido caer. Cuando miro sus piernas, una extraña sensación cruza mi
mente. No son las piernas con las que he estado fantaseando que me envolvían mientras
me follaba a la chica a la que pertenecían.
—Buenos días. —Me mira de arriba abajo. Nunca la había visto antes. No es nada
nuevo encontrar chicas al azar en casa, y la verdad es que me sorprende que sea la única
con la que me he cruzado esta mañana—. ¿Tienes hambre? —pregunta con un brillo de
esperanza en los ojos.
—No. Estoy bien. —No hay tiempo para comer. Ya son las nueve y cinco y ya me
imagino a Brogan en una cabina dando golpecitos con el pie en el suelo mientras mira la
hora en su teléfono.
Tengo que irme, joder, pero no encuentro mis malditas llaves. Me llevaría al menos 118
quince minutos en el autobús y ella probablemente se vaya antes.
Mi mirada recorre la zona alrededor de la chica rubia.
—¿Has visto un juego de llaves conectado a un llavero con un palo de hockey?
Deja la espátula sobre la encimera y recoge un paño de cocina que lleva colgado
del asa del horno al menos un par de semanas.
—No lo he hecho. Pero déjame ayudarte.
—No te preocupes —le digo mientras me agacho y miro por el suelo, pero ella
recorre la habitación de todos modos.
Otra chica entra llevando sólo un sujetador deportivo y un pantalón de chándal gris
que le cuelga de las caderas. A esta ya la había visto antes. Pero no sé cómo se llama.
¿Stella? No. ¿Sara? No. Estoy seguro de que empezaba por S.
—Vaya, vaya, vaya —canta—. Si no es Hayes Madden.
—Me alegro de volver a verte... —Chasqueo la lengua en el paladar.
—Sierra.
Chasqueo los dedos.
—Sierra. Así es.
—Ha pasado tiempo —dice mientras camina en círculos a mi alrededor—. De
hecho, ¿no dejé un par de bragas rojas en tu habitación la última vez que te vi? —No hay
ni un atisbo de vergüenza en su expresión. Todo lo contrario. Parece satisfecha de sí
misma mientras lanza una mirada sarcástica a la rubia. Podría equivocarme, pero tengo
la sensación de que estas dos no son amigas.
—Quizá. —Pongo los ojos en blanco con un resoplido de frustración. No tengo
tiempo para lidiar con conejitas cachondas ahora mismo—. Ve a buscarlas si quieres.
Me dirijo a la sala de estar y meto la mano en las grietas de los cojines del sofá.
¿Dónde demonios están? Mi mente se acelera presa del pánico mientras intento recordar
dónde las puse por última vez. La última vez que monté en moto fue el domingo. De eso
hace cuatro días. Intento usar el autobús siempre que puedo porque así ahorro gasolina,
pero si se me hace tarde, es bueno tener un viaje rápido.
Maldita sea. Lo único que recuerdo del domingo por la noche es que casi atropello
a Brogan. Creo que llegué a casa y los chicos tenían un montón de gente aquí y me fui
directamente a mi habitación.
De repente, un par de brazos me envuelven por detrás y un cálido susurro llega a
mis oídos.
—Ven a buscar conmigo. 119
Hijo de puta.
La tentación ha sido muy fuerte últimamente y realmente merezco algún tipo de
reconocimiento por el nivel de fuerza de voluntad que tengo. Hace una semana ya habría
tenido a esta chica doblada sobre mi cama. Ahora, estoy sudando la gota gorda
intentando encontrar mis llaves para ir a una cafetería a discutir una transacción sexual.
¿En qué se ha convertido mi vida?
Enderezo la espalda y me pongo de pie, esperando que sus brazos caigan de
alrededor de mí, pero ella sólo tira de mí más cerca.
—No puedo.
—¿No puedes? ¿O no quieres?
Respiro hondo antes de decir:
—Las dos cosas. Tengo que ir a clase. Si de verdad estás tan desesperada, vete
a la cama con Finch.
La puerta principal se abre y espero que sea uno de mis compañeros de casa,
pero en lugar de eso, miro y veo a Brogan de pie en el umbral. Sus ojos desconcertados
van de Sierra a mí.
—Lo siento. Estaba abierta y...
—Está bien. Pasa. —Esquivo el sofá y salgo del agarre de Sierra.
—En realidad, me voy a ir. —Dispara un pulgar sobre su hombro—. Llegabas tarde
y pensé en venir a ti en su lugar.
—Creía que habías dicho que tenías que ir a clase —dice Sierra con la mano
pegada a la cadera.
Sacudo la cabeza, muy molesto con esta chica. Quiero gritarle que se calle de una
puta vez, pero no lo hago porque es culpa mía. Me he ganado una reputación con muchas
chicas del campus. Hablo un juego dulce, las llevo a mi cama, y luego hago como si no
existieran. El problema es que la mayoría de ellas siempre vuelven a por más. Puede que
sea mi ego de jugador de hockey, pero es mi realidad.
—¡Oye! —Sierra ladra—. ¿No eres tú la chica en ese video con Kamden Donnelly?
No puedo creer que le dejaras grabarte haciendo eso.
Frunzo el ceño hacia Sierra y finalmente digo las palabras.
—¡Podrías cerrar la puta boca!
Prácticamente retrocede un paso, atónita por mi arrebato.
—¡Oye!
—Sí, me voy a ir —vuelve a decir Brogan. Da un paso atrás hacia la puerta, tirando 120
de ella hacia sí, pero rápidamente me como el espacio que hay entre nosotros y vuelvo a
abrirla.
—No te vayas.
Baja las cejas.
—Obviamente estás ocupado y yo tengo cosas que hacer.
Me paso el antebrazo por la frente y me limpio las gotas de sudor. ¿Por qué me
siento como un niño al que acaban de pillar haciendo algo que no debería?
—Siento haber llegado tarde. He perdido las llaves y...
—El desayuno está listo. —La voz dulce y sensual viene de detrás de mí y sigo la
mirada de Brogan para ver a la chica rubia con delantal que viene hacia mí con un plato
de comida—. Ya sé que dijiste que no tenías hambre, pero el desayuno es la comida más
importante del día. —Viene a mi lado y me aprieta el bíceps—. Especialmente para atletas
fuertes y sexys como tú.
Brogan pone los ojos en blanco.
—Adiós, Hayes.
121
CAPÍTULO 14
124
—Sí. Lo estás. —Le tomo la mano, conteniendo una sonrisa—. Ahora mete tu culo
loco dentro antes de que te empapes.
Se resiste un poco cuando intento llevarla de vuelta a la casa.
—No quiero volver ahí.
—¿Por qué? Por esas chicas.
—Viste la forma en que me miraron. Juzgándome y esa mierda.
—Hola. —Le levanto la barbilla—. ¿Qué pasó con la chica ruda que salió en vivo
anoche y dijo que no se escondía?
—Es fácil fingir cuando estás detrás de una pantalla.
—No... —Sacudo la cabeza—. Vi la mirada en tus ojos y escuché cada palabra que
dijiste. No estabas fingiendo. Eres mucho más fuerte de lo que crees, Piernas. Ahora
ponte las bragas de niña grande y vuelve dentro conmigo. Si entro solo, esas chicas
podrían atarme y no dejarme salir nunca.
—Tú y ese ego tuyo. —Esboza una sonrisa, pero finalmente camina conmigo,
aunque sus dedos no rodean los míos—. Pero no actúes como si no te encantara cada
segundo.
Subimos las escaleras, pero me detengo antes de abrir la puerta.
—Ya no.
—¿Qué se supone que significa eso?
Mis hombros suben y bajan y ladeo la cabeza hacia un lado mientras intento
encontrarle sentido por mí mismo. Últimamente, el deseo de tener una chica nueva en la
cama cada dos noches se ha desvanecido. Desde que Brogan ha vuelto a mi vida, sólo
pienso en ella y no sé qué pensar. A veces no sé si es porque disfruto metiéndome en su
piel, o si es porque encuentro más placer en que ella se meta en la mía.
—Todavía no lo sé —digo finalmente—. Pero te avisaré cuando lo averigüe.
Arruga la nariz y me mira con los mismos ojos que la noche que nos acostamos.
Como si leyera mis pensamientos más íntimos, o al menos lo intentara. Es aterrador e
hipnotizante a partes iguales.
Parece perdida en mi mirada y finalmente dice:
—Eres un rompecabezas, Hayes Madden.
Me río entre dientes mientras empujo la puerta para abrirla.
—Dímelo a mí. Si encuentras alguna pieza perdida por el campus, dímelo. Las
necesito de vuelta.
Una vez dentro y fuera de la lluvia, me quito inmediatamente los calcetines
empapados y los tiro junto a la puerta.
125
—Ponte cómoda. Buscaré un par de toallas.
De mala gana, Brogan se pega a la puerta.
—No puedo quedarme, Hayes. Tengo clase a mediodía y probablemente debería
ir a casa a cambiarme primero.
La miro con escepticismo.
—¿Tardas dos horas en cambiarte?
—Entre otras cosas. —Se pasa los dedos por el cabello mojado y se aparta los
mechones de la frente.
Se siente incómoda aquí, como debe ser. Esta casa no es lugar para una chica
como ella. Casi se puede oler la testosterona y sé que todos los tipos que viven aquí
intentarían meterse en sus pantalones.
Cruzo la habitación hacia ella y, al acercarme, veo las líneas de preocupación
grabadas en su rostro.
—No te preocupes por esas chicas, ni por ninguna otra que pueda estar aquí.
Seguro que ahora están ocupadas.
—No se trata de ellas. —Sus brazos se abrazan a su cintura, y tengo la sensación
de que se trata de algo más que de las conejitas del hockey.
—Entonces, ¿cuál es el problema? Creía que querías hablar del vídeo.
Ella mira lejos de mí, por la ventana.
—Y yo que pensaba que no querías hacerlo.
Cuando doy un paso adelante, ella retrocede hasta que su espalda choca contra
la puerta. Noto el rápido aleteo de su corazón a través de la tela de su sudadera.
Algo se mueve dentro de mí y, mientras la observo y soy testigo de su actitud
defensiva, lo único que quiero hacer es grabar ese vídeo. No porque quiera enviárselo a
Kamden, sino por la forma en que está ahí de pie, con gotas de agua corriéndole por la
cara y con un aspecto de lo más sexy.
Un calor familiar se dispara a través de mí mientras mi polla palpita contra la
apretada tela de mis bóxers. Nunca pensé que me excitaría alguien que es un grano en
el culo, y entonces apareció ella.
—¿Desde cuándo te importa lo que yo quiera?
—No me importa. —Se burla, aparentando ser una chica dura, pero yo la entiendo.
De hecho, se ha convertido en la misión de mi vida quitarle sus capas de vulnerabilidad,
ya que de alguna manera ha empezado a derribar los muros que he construido a mi
alrededor. Muros que juré que nunca dejaría que nadie tocara. 126
Pecho contra pecho, pongo una mano en la puerta y con la otra la enjaulo como a
un tímido ratón. Observo su garganta mientras traga saliva, con sus ojos lujuriosos
clavados en los míos.
Esto no es propio de ella. Brogan siempre está tan segura de sí misma y no se
intimida fácilmente. Lo que Kamden le hizo le dejó más cicatrices de las que creo que
incluso ella se da cuenta.
—¿Qué es entonces? —grazno, mirando hacia abajo en ella—. ¿Qué pasa?
—Nada. —Suelta una carcajada—. ¿Por qué actúas tan extraño?
En un instante, se agacha y escapa de la jaula en la que la he metido. Mi cabeza
se apoya momentáneamente en la puerta y, tras una fuerte exhalación, me empujo y me
doy la vuelta.
Si no accedo a hacerlo pronto, puede que sea ella la que cambie de opinión. Podría
muy bien ser mi única manera de tenerla de nuevo, y sólo pensar en eso es agonizante.
Me golpea como un disco salido de la nada. Me estoy enamorando de Piernas.
Santo cielo. Lo tengo mal. No he sentido nada por una chica desde que tenía
diecinueve años. La maldita Maci Grey. Hombre, esa chica era una zorra.
Me rompió el corazón de formas que no sabía que un corazón podía romperse.
Eso fue hasta tres días después, cuando literalmente se rompió en pedazos porque perdí
a mamá.
Enrollo los hombros y expulso el dolor de mi pecho.
Respirando hondo, escupo:
—Nuevo trato. —Antes de que Brogan tenga la oportunidad de intervenir o hacer
preguntas, continúo—: Eres mía por unos cuantos días. Sal conmigo cuando quiera, y
haz lo que quiera, y cuando se acabe mi tiempo, si todavía quieres hacer el vídeo, lo
haremos.
Sus facciones se tuercen, mostrando su disgusto.
—¿Hablas en serio? ¿Quieres que sea tu esclava sexual durante una semana?
Me encojo de hombros.
—El sexo no estaba sobre la mesa, pero me apunto si tú...
Levanta una mano para interrumpirme.
—¿Te das cuenta de que he recibido veintitrés mensajes sólo esta mañana de
hombres listos y dispuestos que harían este vídeo conmigo a la primera señal?
Mis puños se aprietan a los lados sólo de pensar en ella pidiéndole a cualquiera 127
que ocupe mi lugar.
—Y una mierda lo harán.
Ella sonríe.
—¿Ahora quién está celoso?
Tiene razón, estoy celoso. Este video fue mi idea en primer lugar. De ninguna
manera en el infierno un bastardo cualquiera tendrá su polla en ella.
Pero no se lo diré. Se pondrá a la defensiva y dirá que puede hacer lo que quiera
porque es su cuerpo. No está equivocada; simplemente no lo toleraré. Brogan es mía.
Sólo que ella aún no lo sabe.
Yo podría fácilmente, y honestamente, lanzarle la misma lógica. Hay tantas chicas
ahí fuera que venderían su alma al diablo por una noche conmigo. Sin embargo, yo sólo
quiero una y ella podría tenerme gratis.
Tampoco se lo diré.
En su lugar, me muevo hacia ella de nuevo.
—Mira, Piernas. —Empiezo a recitar algunas de mis suaves palabras de la primera
noche que nos conocimos—. Digamos las cosas como son. Tú estás caliente. Yo estoy
caliente. Obviamente todavía hay algo de tensión sexual ardiendo entre nosotros, así que
ni se te ocurra pedirle a un desconocido que te folle sólo para cabrear a tu ex cuando yo
estoy listo y dispuesto.
Suelta una carcajada.
—Tienes que parar ahora mismo antes de que te avergüences más.
—Ahh. ¿Te acuerdas?
—¿Cómo puedo olvidarlo? Creo que me sonrojé por ti esa noche.
Me aliso las manos por la camiseta húmeda de forma resbaladiza.
—Oye, funcionó. —Cambiando a un tono más serio, digo—: ¿Esto es realmente
tan importante para ti?
—No —bromea—. En realidad, no. Pero a raíz de mi vídeo de anoche, puede que
no sea tan malo como parecía. Pero lo que dije iba en serio. No me avergüenzo de mi
vida sexual ni del hecho de que puedo darme placer mejor que cualquier hombre.
Supongo que sólo quiero que Kamden vea que no me hizo daño. Incluso si tal vez lo hizo,
sólo un poco.
Abro la boca para hablar, pero ella me calla antes de que pueda pronunciar
palabra.
—No —balbucea—. No intentes convencerme de que tu polla perforada de veinte
centímetros...
128
—En realidad son veinticuatro —digo mientras agito la mano ampliamente en el
aire—. Continúa.
Me golpea la mano y dice:
—Como iba diciendo. Aunque pueda contar con una mano los chicos con los que
me he acostado, abogaría por las mujeres con numerosas parejas cualquier día. El sexo
sienta bien. Los humanos quieren sentirse bien y si dicen que no, mienten. En cuanto a ti
y a mí, ya lo hemos hecho. Eres mi número cuatro y siempre serás mi número cuatro.
—Mmm. —Asiento—. Creo que acabo de conseguir un nuevo número de la suerte.
—No quiero un extraño al azar, Hayes. Y realmente no consideraría ofrecerme a
uno. Sólo lo haría contigo.
Es un poco jodido que me haya hecho sentir especial justo ahora. Tiene muy
buenos argumentos. Pero no puedo quitarme la sensación de que esto le va a salir mal.
—Nadie más ve esto —le digo—. Envíaselo a Kamden y sólo a Kamden. Creo que
los dos sabemos que su ego estará demasiado magullado para enseñárselo a nadie más.
Ella sonríe.
—Especialmente cuando vea los veinticuatro centímetros.
—No puedo discutir eso.
—De acuerdo. —Ella junta las manos, manteniéndolas en su sitio—. Realmente me
tengo que ir. ¿Tenemos un trato? ¿De verdad esta vez?
—Dímelo tú. ¿Te apuntas?
Hace una pausa, pensando un momento.
—Absolutamente nada de pijamadas. Y no puedes interferir en mis clases.
Enarco una ceja.
—¿O la práctica de animadoras?
Todavía me cuesta creer que sea animadora. Me he propuesto ir al próximo partido
en casa del equipo de fútbol para verlo con mis propios ojos.
Brogan pregunta.
—Alguien ha estado investigando.
—Eres un libro abierto en FlashChat. Literalmente, lo he visto todo. —Mis ojos se
arrastran por su cuerpo, una sonrisa de satisfacción jugando en mis labios.
—Eres un imbécil. —Su puño vuela hacia mi hombro, aterrizando con un golpe
suave del que me río—. Sólo responde a la pregunta. ¿Tenemos un trato? 129
En contra de mi buen juicio, le tiendo la mano.
—Tenemos un trato.
Pone la palma de la mano abierta sobre la mía y yo la miro fijamente a los ojos, con
una sonrisa de oreja a oreja.
Vamos a hacer ese video, Piernas, pero apuesto por la vida de Finch, que seremos
los únicos en verlo. Después de dos días conmigo, estarás diciendo, ¿Kamden quién?
En cuanto se va, sigo buscando mis llaves. En el llavero no solo está la llave de la
moto, sino también la de casa.
Cuando entro en la cocina, me sorprendo al encontrarlas sobre la encimera. Junto
a ellas hay una nota que dice:
Hayes,
Encontré esto debajo del sofá. Puedes agradecérmelo invitándome a una
copa el viernes por la noche después del partido.
Xoxo,
Sierra
130
CAPÍTULO 15
DE ALGUNA MANERA HE SOBREVIVIDO a mis clases de hoy. Incluso con los susurros y
las miradas, mantuve la cabeza alta y demostré a todo el mundo que no me inmutaba. Al
menos por fuera.
Por dentro, era un puto desastre. Sin embargo, ocurrió algo que no esperaba y
que lo hizo todo un poco más llevadero. Hubo algunas chicas que saludaron y dijeron
hola que nunca había visto antes, lo que me llevó a pensar que mis palabras tuvieron un
impacto positivo en algunas. Pero, sinceramente, si pude ayudar a cambiar la opinión de
una chica sobre sí misma y su sexualidad, entonces este espectáculo de mierda merece
la pena.
Bueno, me sentía así hasta que llegué a animar. La práctica fue brutal hoy. La
entrenadora Wendy realmente nos clavó el tenedor con esta rutina de medio tiempo. Ni
siquiera estamos cerca de perfeccionarla, y espera que la hagamos en el partido del
sábado.
Un golpe seco en la puerta me hace saltar de la cama.
—Ya voy —grito. Dejo el cepillo sobre el tocador de Avery y me acerco a la puerta, 131
ya sin miedo de quién pueda haber al otro lado.
El día que salió a la luz el video, me aterrorizaba cada vez que alguien llamaba a
esta puerta. Ahora, estoy preparada para enfrentarme al mundo con la cabeza bien alta.
Hay paz en el empoderamiento, y ahora la siento más que nunca.
Al echar un vistazo por la mirilla, mi paz se ve rápidamente sustituida por unas
repentinas ganas de hacer la guerra.
Abro la puerta de un tirón y me encuentro cara a cara con la última persona que
quería ver.
—¿Qué demonios quieres? —escupo a Kamden, que parece dispuesto a luchar
tanto como yo.
Las pesadas bolsas bajo sus ojos me dicen que no ha dormido mucho. Qué bien.
Espero que esté recibiendo los mismos mensajes horribles que yo recibía antes de salir
en directo y adoptar una postura.
Su mandíbula se aprieta.
—Quita el puto video, Brogan.
Supongo que se refiere a la grabación de mi transmisión en directo de la otra
noche: la volví a publicar tres veces. Ahora puede que la publique tres veces más. O una
por cada meme que vea de mi cuerpo desnudo. Aún no lo he decidido.
—¡Que te jodan! —Voy a cerrarle la puerta en las narices, pero se interpone con
el pie.
Con la palma de la mano pegada a la puerta, la empuja y la abre de par en par
mientras grita:
—Quita el video y dile a todo el mundo que te has equivocado.
Con los brazos cruzados sobre el pecho, mi mandíbula se tensa.
—¿Y por qué demonios haría eso?
—¡Porque es mentira! —grita—. Yo no compartí ese puto video nuestro. No sé
quién mierda lo hizo, pero seguro que no fui yo.
Pongo los ojos en blanco, erguida. ¿Cómo de tonta se cree que soy?
—¿En serio crees que me voy a tragar esa estupidez? Nadie más que tú y yo
teníamos ese video. Además, nunca consentí que nos grabaras. Parece que hice bien en
no fiarme de ti.
—Oh, madura. Estaba excitada y lo sabes.
Puede que esté de acuerdo en que estaba excitada, pero también creo firmemente 132
que el consentimiento importa y él ni siquiera preguntó, ni siquiera cuando se lo señalé.
—No te creo —le digo, ignorando su afirmación porque, aunque fuera cierta, no le
da derecho a compartirla.
—Alguien debe haber tenido acceso a tu teléfono porque seguro que no fui yo,
Brogan. Puedo ser un idiota a veces, pero ni siquiera yo caería tan bajo.
—O tal vez alguien tuvo acceso a tu teléfono —digo bruscamente—. Sabes qué,
olvida que dije eso porque sé que fuiste tú, Kamden.
—¿Y por qué demonios iba a compartir un video masturbándome? Piénsalo. —
Tiene la cara roja, el cabello erizado como si hubiera estado tirando de él. Qué bien. Quizá
si la gente le echara bronca por lo que me hizo, entendería cómo me siento.
—Lo he pensado —respondo mordaz—, y lo único que se me ocurre es que me
odias más de lo que amas tu dignidad.
—En primer lugar, no te odiaba hasta que ese video salió a la luz. Por lo que ambos
sabemos, tu nuevo juguete lo compartió. Has estado saliendo mucho con él.
Me rechinan los dientes y entrecierro los ojos.
—Hayes nunca lo haría.
No me gusta mucho defender a Hayes, pero ¿por qué iba a compartir ese video
justo después y ofrecerse a ayudarme? Algunos podrían decir que una mente maestra
pensaría así, pero este es Hayes. Apenas puede recordar aparecer a tiempo, mucho
menos lanzar un elaborado plan.
—Cierto. Porque lo conoces muy bien. Bueno, tengo noticias para ti, Brogan. Lo
conozco mejor y ni siquiera dudaría si supiera que eso abriría una brecha entre nosotros.
—Bueno, tengo noticias para ti, Kamden —me burlo de él—. Hayes no tenía que
abrir una brecha entre nosotros. Lo hiciste tú mismo.
Niega con la cabeza, negándose a asumir la responsabilidad de nada de lo que ha
hecho, lo que no hace sino consolidar mi odio hacia él. Ya no es nada para mí.
Kamden niega con la cabeza.
—No lo descartes tan rápido. O fue él o fuiste tú. Quizá una de tus muchas noches
de borrachera fue demasiado lejos y lo hiciste para llamar un poco la atención de los
chicos del campus.
—¡Cómo te atreves! —Sin pensarlo, mi mano choca con su cara de un sonoro
bofetón. Doy un paso atrás, sintiendo el escozor irradiar a través de mi palma mientras
aprieto los dientes. Ya es la tercera vez que Kamden me hace quedar como una zorra y 133
esto se acaba aquí, joder.
Acariciando su mejilla, frunce el ceño.
—Estás como una puta cabra. Creo que lo psicópata de Hayes se te está pegando
desde que pasan tanto tiempo juntos.
Levanto un dedo severo en el aire, apuntando a la puerta mientras alza la voz:
—¡Fuera!
Cuando se queda ahí de pie, con una sonrisa socarrona en la cara, le pongo las
manos en el pecho y lo empujo hacia la puerta.
—¡Si vuelves por aquí, pediré una orden de alejamiento contra ti!.
En cuanto sale por la puerta, voy a cerrarla de golpe, pero él lo impide, una vez
más.
—Te das cuenta de quién es mi padre, ¿verdad? Quita el video en el que difamas
mi nombre o te enfrentarás a la expulsión y a una demanda.
Empujo todo mi cuerpo en la puerta, cerrándola finalmente antes de arrastrar el
candado de cadena a través de ella.
Lágrimas de rabia brotan inmediatamente de mis ojos mientras deslizo la puerta y
me siento frente a ella.
Tal vez fue un error por mi parte insultar a Kamden en FlashChat. Incluso después
de lo que hizo, tuve la oportunidad de ser la persona más grande y elegí tomar represalias
públicamente. Es posible que no compartiera lo que somos, pero sigue siendo la razón
de que exista en primer lugar.
Puede venir por mí y traer a papá de paseo, pero no lucharé sin hacer nada.
En cuanto a mi mensaje promoviendo la positividad sexual y abogando por las
mujeres que han sido avergonzadas por disfrutar de algo tan natural, no me arrepiento.
Y seguro que no voy a borrarlo porque Kamden me lo haya dicho.
De repente, el picaporte se sacude violentamente y la puerta traquetea en su
marco. Me incorporo y me limpio la cara con manos temblorosas. Con un chirrido, la
puerta se abre ligeramente, detenida por el cierre de cadena. La voz de Avery llega a mis
oídos.
—B, déjame entrar.
Me levanto del suelo y me limpio las lágrimas que tengo bajo los ojos. Cuando voy
a cerrar la puerta, se abre de un empujón.
—Tienes que cerrarla, Ave.
El sonido de su risita me hace sonreír.
134
—Culpa mía.
Lo hemos hecho cientos de veces, pero su impaciente culo siempre espera que
desenganche la cadena con la puerta entreabierta.
La cierra y yo arrastro la cadena antes de que la puerta se abra de golpe. Me
encuentro con ojos muy abiertos y manos que me agarran los hombros.
—¿Qué demonios hacía Kamden aquí? —Antes de que pueda responder, inclina
la cabeza hacia un lado y dice—: ¿Por qué lloras, nena?
Respiro agitadamente y resoplo.
—Me exigió que retirara la grabación en directo que compartí y luego me amenazó
con demandarme y expulsarme.
—Ese hijo de puta —gruñe antes de dar media vuelta y salir por la puerta.
La agarro por la capucha de su sudadera y la empujo de vuelta a la habitación.
—Oh, no, no lo harás.
—Déjame tenerlo, B. Déjame tenerlo, carajo.
Me río a pesar de la angustia que siento en el pecho.
—Ya hace tiempo que se fue.
Sus hombros se desploman en señal de derrota.
—Sólo dilo y le daré un flechazo directo al pecho.
—Ese curso extraescolar de tiro con arco se te está subiendo a la cabeza. —No
puedo evitar reírme, por eso quiero tanto a Avery. Incluso cuando acabo de ser
amenazada y avergonzada por mi ex, ella encuentra la forma de hacer que se me salten
las lágrimas.
—En serio, B. No quites el video. ¿Tienes idea de cuántas chicas se me han
acercado hoy y me han pedido que te dé las gracias por lo que has dicho?
—¿En serio? —Mi voz chirría, una sonrisa jugando en mis labios—. ¿Cuántas?
—Una —bromea, y mi expresión decae un poco—. Pero eso es más que ninguna.
—Sí, Avery. Una es más que ninguna. —Me río—. Sin embargo, no voy a quitar el
video. Lo pensé y al final decidí arriesgarme.
Avery se acerca a la cama y deja caer su bolso encima.
—Kamden es un imbécil. Tiene valor para venir a nuestra habitación y amenazarte.
¿Crees que de verdad intentaría que te expulsaran?
Me encojo de hombros. 135
—Puede ser. Es un poco imbécil en ese sentido. Y sin duda tiene los medios. No
sé mucho de su padre, y nunca lo he conocido, pero sé que tiene dinero y poder, y con
sus innumerables donaciones a Rosewood-U, no me cabe la menor duda de que la
escuela actuaría a su favor.
—No lo olvidemos, B. Tú también tienes contactos. Tu padrastro es el alcalde de
tu ciudad natal y tu madre es fiscal del distrito. —Se sienta en la cama, se quita los zapatos
y cruza las piernas—. Podrías ganar, e incluso presentar una contrademanda y
demandarlo por lo que hizo.
Me encojo de hombros, sentándome a su lado.
—Esa es la cuestión. Kamden afirma que no fue él quien compartió el video de
nosotros.
—Oh, joder —refunfuña ella—. Por favor, no me digas que realmente le crees.
Lo pienso un segundo, porque cuando entró aquí, lo último que quería era creer
una palabra de lo que decía. Todavía no le creo. Pero una parte de mí siente que estaba
diciendo la verdad, e incluso si quiero agarrar esa parte y mandarla a la mierda, Kamden
parecía realmente molesto.
—Sí y no.
Sus ojos giran hacia los míos.
—Brogan Ann Astor.
—Ese no es mi segundo nombre. —Me río.
—Oh. Bueno, ¿qué es?
—Alexis.
—Qué bonito. —Su tono cambia bruscamente a una nota más seria—. Brogan
Alexis Astor, por favor, no te creas las tonterías de Kamden. Lo siguiente que sabrás es
que serás tú quien se disculpe con él y al día siguiente estarás de nuevo en su cama.
—No. —Niego con la cabeza—. Ya no. He perdonado a Kamden por dejarme
plantada, por ser un estúpido e incluso por mentirme, pero esta vez ha ido demasiado
lejos. Incluso si no fue él quien compartió el video...
—Pero lo es —interrumpe.
—Aunque no sea él quien compartió el video, me dijo cosas imperdonables y me
hizo sentir la mayor zorra del mundo. Nunca lo aceptaría de vuelta. Además, yo...
—Caíste por Hayes Madden. —Vuelve a interrumpir.
136
Exhalo pesadamente.
—No. No me he enamorado de Hayes Madden.
Al menos, no creo haberlo hecho. Aunque no puedo negar que ayer sentí cosas
que no creía que él pudiera hacerme sentir. Nunca se lo admitiré a Hayes, pero en
realidad estaba celosa de esas chicas en su casa. Sentí literalmente como si una de ellas
me hubiera clavado las uñas en el pecho, me hubiera sacado el corazón y me lo hubiera
puesto en la manga para que él me lo robara. Y casi lo hizo cuando estábamos de pie en
lo alto de los escalones frente a su puerta bajo la lluvia. La forma en que me miró... ningún
chico me había mirado así antes.
No puedo ir allí ahora mismo. Si lo hago, va a tirar todo nuestro plan fuera de pista
y me atengo a ello. Ahora más que nunca, quiero que Kamden sienta dolor.
—No te preocupes —le digo—. Nunca aceptaré a Kamden de vuelta. Dejémoslo
así.
Sus labios se aprietan con fuerza mientras se dibujan en una sonrisa de media
luna.
—Estás mejor, B.
—Ya lo sé. —Me levanto y decido que la ropa cómoda es la respuesta a mis
problemas en este momento.
Pero no por eso duele menos. Ni siquiera es mi relación lo que me está afectando
ahora, es la forma en que todo se vino abajo.
Rebusco en el cajón central de mi cómoda y saco unos shorts y una camiseta del
instituto Willow Creek. Después de meterlos en la bolsa verde menta del baño, agarro el
carrito de la ducha de una de las estanterías de mi escritorio.
—Necesito ducharme e irme a la cama para poder dormir este día.
—¿Has comido? —pregunta Avery con la preocupación de una madre en su tono.
Arrastrando los pies, me dirijo a la puerta.
—Sólo un croissant para el desayuno.
—Ve a ducharte y traeré algo de comer. Tengo una idea que hará que te olvides
de Kamden Donnelly por una noche. —Sus cejas bailan y me da miedo preguntar.
—Sé amable —le advierto, señalándola con un dedo—. Sé lo locas que pueden
llegar a ser tus ideas.
Los labios de Avery se curvan en una sonrisa traviesa, revelando los prominentes
hoyuelos de sus mejillas.
No puedo resistirme a sacudir la cabeza mientras salgo de la habitación, intentando
no sonreír ante sus payasadas.
En nuestro último año, durante las vacaciones de primavera, Avery tuvo la gran 137
idea de hacer un viaje por carretera a Las Vegas porque juraba por todo lo alto que allí
se podía apostar a los dieciocho años. Se equivocaba. Pero dio la casualidad de que el
primer sitio al que fuimos no comprobaba los carnés de identidad, sino que se basaba en
carteles, a los que ninguna de las dos prestó atención. Cuando Avery ganó realmente
tres mil dólares, la cajera se dispuso a pagarle y fue entonces cuando le pidieron que se
identificara.
Nos dijeron que teníamos que irnos y que Avery tenía que renunciar a sus
ganancias. Avery, con lo bocazas que es, discutió con el cajero y la amenazaron con
llamar a la policía y presentar cargos, lo que nos habría llevado a las dos a la cárcel por
esa noche. Después de mucho convencerla, conseguí que se marchara y los de
seguridad nos sacaron.
Ahora nos reímos de ello, pero yo no me reí en absoluto aquella noche.
Camino por el pasillo hacia los baños compartidos, aliviada al oír que ninguna de
las duchas está en uso. No me importa compartir el cuarto de baño con todas las de
nuestra planta; crecer con hermanos me preparó para ello. Sin embargo, prefiero tener
el espacio para mí sola cuando lo uso. Incluso cuando tengo intimidad en el baño, intento
darme prisa.
Siempre hay al menos una o dos personas que entran a usar los aseos y nada me
da más asco que limpiarme el cuerpo mientras el olor a mierda flota en el aire vaporoso.
Se me revuelve el estómago sólo de pensarlo.
Llegar a la universidad ha sido una auténtica llamada de atención. Por mucho que
pensara que estaba preparada para el mundo real, me estoy dando cuenta de que todavía
hay mucho por lo que navegar. Me moría de ganas de salir de casa de mis padres para
no tener que seguir sus reglas, pero me estoy dando cuenta de que inventar mis propias
reglas es más difícil que seguir las suyas.
Antes de la universidad, nunca habría dejado que un chico me grabara desnuda,
pero decidí dejarlo pasar. Ahora mira donde me ha llevado.
Mucha gente de mi edad cree que está preparada para el gran mundo, pero a mí
me parece demasiado grande. Es reconfortante que otra persona te haga la comida,
tengas tu propia habitación y tu propia ducha, aunque tengas que compartirla con tus
hermanastros. Hay estabilidad y equilibrio.
Eso es algo de lo que me doy cuenta cuando salgo de la ducha y empiezo a
recoger mis cosas para volver a mi habitación. Sólo quiero un poco de equilibrio. Quiero
que los pensamientos sean menos caóticos y que el mundo deje de girar tan rápido.
Es una locura que me sienta más equilibrada aquí cuando estoy con Hayes. Incluso
cuando estaba enfadada con él por llegar tarde la otra mañana, sabía exactamente lo que
138
quería. Me hace pensar un paso adelante todo el tiempo. Aunque todavía me sorprende
de vez en cuando, no siento como si un terremoto intentara derribarme. Las cosas entre
nosotros simplemente fluyen. De una respuesta sarcástica a la siguiente.
Cuando salgo del baño y camino por el pasillo hacia mi habitación, el olor a pizza
inunda mis sentidos y mi estómago gruñe. Abro la puerta, dispuesta a correr a besar a
Avery por haberla pedido, pero me encuentro cara a cara con el puto Hayes Madden,
que está sentado en mi cama con una sonrisa descarada.
—¿Qué pasa, Piernas?
Aprieto los labios y dejo caer la bolsa al suelo.
—Justo lo que me anima, ¿eh? —me burlo de Avery mientras dirijo mi pulgar hacia
Hayes—. ¿Se supone que tiene que hacer eso?
—Nos ha traído pizza. —Sonríe mientras hinca el diente a un gran trozo—. Oh. —
Continúa mientras mastica—. ¿Y mira lo que hay?
Sigo su mirada hacia el televisor que hay en una esquina de nuestra habitación y
veo Hocus Pocus.
Con todo lo que está pasando, se me olvidó por completo que se acerca
Halloween. Es mi mes favorito del año y ni siquiera he decorado ni hecho planes. Supongo
que ver mi película favorita de Halloween puede crear el ambiente para eso, pero ver una
película con Hayes se siente tan... incómodo. ¿Ya hemos llegado a ese nivel de amistad?
¿Somos siquiera amigos?
Me adentro en la habitación y cierro la puerta tras de mí.
—¿Por qué estás realmente aquí, Hayes?
Se levanta un segundo, agarra un trozo de pizza de la caja que hay en el escritorio
de Avery y vuelve a sentarse en mi cama.
—Avery me mandó un mensaje y me dijo que necesitaba mi ayuda para animarte.
Tenía razón. —Le lanza una mirada a Avery—. Parece un poco deprimida.
—Estoy bien —tartamudeo—. No puedo creer que lo invitaras aquí. Déjame
adivinar, ¿también le contaste que Kamden vino?
Hayes se levanta de un salto a medio masticar.
—¿Por qué demonios vino Kamden aquí?
—Supongo que ya tienes tu respuesta. —Se ríe Avery. Que Dios me ayude, esta
vez sí que podría abofetearla.
—¿En serio ha venido aquí? —pregunta Hayes con firmeza—. ¿Es él la razón por
la que parece que quieres golpear una pared? ¿Qué mierda te ha dicho?
139
Lo que quiero saber es por qué le importa tanto.
—Sí, vino aquí —le digo—. Pero no es gran cosa. Y no estoy a punto de golpear
una pared, eso es un movimiento de Kyle.
Echo un vistazo a Hayes, que sostiene un trozo de pizza en una mano e intenta
ocultar algo en mi cama con la otra.
—¿Qué haces? —Cruzo la habitación hacia él y aparto la esquina de mi manta que
tan cuidadosamente ha doblado—. ¿Se te ha caído pizza en mi cama y ahora intentas
esconderla?
Un gruñido me sube por la garganta mientras agarro un par de servilletas junto a
la caja de pizza y froto enérgicamente la mancha de salsa.
—Realmente necesitas relajarte, Piernas.
Me burlo mientras dirijo su atención a la mancha roja de mi edredón rosa bebé.
—Se te cayó pizza en mi cama.
—¿Y qué? —resopla—. Sólo es pizza. Tienes que relajarte y divertirte de vez en
cuando. ¿Por qué todo es tan serio contigo?
—Se pone así —susurra Avery, pero yo la oigo alto y claro.
La fulmino con la mirada antes de arrastrar los ojos hacia Hayes.
—No siempre hablo en serio y resulta que me divierto mucho. Sólo han sido un
par de días duros.
Una parte de mí siente que debería disculparme, pero mi maldito orgullo se
interpone. Vuelvo a levantar la esquina del edredón, ocultando la mancha, antes de
esbozar una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Ves?
—Oh, sí —bromea—. Esconde esa mancha, nena. Ahora estamos de fiesta.
No puedo evitar reírme. Hayes hace un buen trabajo animándome. Se lo
reconozco.
—Bueno, ustedes dos. —Avery comienza mientras desliza su pie en una bota hasta
la rodilla—. Esto ha sido divertido, pero...
—¡No es cierto! —La apunto con mi pizza mientras trago un bocado—. No puedes
irte. Uh Uh. No puedes invitar a alguien a nuestra habitación y luego largarte.
—Después de lo que ha pasado, no quería dejarte sola. El caso es que tengo
140
planes para esta noche.
Podría haber llamado a cualquiera de nuestros amigos, pero llamó a Hayes. Y
aunque ya no lo desprecio exactamente, sigo sin querer tumbarme en mi habitación a ver
una película con él... a solas. Me pone nerviosa. Lo cual es una locura porque los chicos
no suelen tener ese efecto en mí.
Pongo la mano en la cadera y fulmino a Avery con la mirada.
—¿Planes con quién?
—Un tipo... —hace una pausa—, llamado Evan. ¿Recuerdas la noche después del
partido de hockey cuando Hayes dijo que su amigo me estaba viendo? Bueno, llamó el
otro día y ahora vamos a salir a cenar.
—Te odio —le grité.
—Oye —canta Hayes—. Pensé que sólo me decías eso a mí. Bienvenida al club,
Avery. —Levanta la mano y ella le choca los cinco.
Siento calor en la cara. Demonios, todo mi cuerpo está caliente. No puedo creer
que nos deje solos en esta habitación con poca luz, pizza y una película. Se cree muy
astuta, pero sé exactamente lo que trama.
Podría descansar fácilmente en la certeza de que a Avery le gusta Hayes y no le
gustan muchos chicos cuando se trata de mí. Su opinión significa mucho para mí y casi
siempre acierta, de ahí lo que pasó con Kamden.
Miro a Hayes brevemente, admirando su forma de comportarse. Tiene tanta
confianza y seguridad en todo lo que hace y dice. Además, es impresionantemente
guapo.
No. No puedo pensar así. Estamos a punto de tener sexo y grabar un video de
venganza. No me estoy enamorando de Hayes. No puedo estarlo. ¿No puedo?
141
CAPÍTULO 16
145
da una palmada juguetona—. Y tú eres de los que hablan. Hayes no está precisamente
en la lista de los diez nombres de chico más populares.
—Ni siquiera puedo discutir eso. No tengo ni idea de dónde sacó mi madre mi
nombre. —Me rasco la nuca, sonriendo—. Probablemente fue alguna marca de tabaco o
licor de la vieja escuela.
—Bueno, me gusta. —Su sonrisa hace que algo en mí se caliente, como si por fin
me estuviera ganando esa magia de la que hablaba mi madre—. Creo que te queda bien.
Levanto la barbilla, mordiéndome la comisura del labio.
—Creo que es lo más bonito que me has dicho nunca, Piernas.
Se le cae la cara y traga saliva.
—Debo de ser muy cruel si eso es lo más bonito que te he dicho.
—Te gusta hacerme pasar un mal rato. —Le doy un codazo, tratando de aligerar
el ambiente de nuevo.
Su cuello se inclina hacia atrás.
—¿Sí? Sí, tienes razón. Lo hago. Supongo que es la hija mediana que hay en mí.
—Como soy hijo único, no tengo ese problema. En cambio, tengo la actitud del
mayor, del mediano y del pequeño.
—Ahhh. Eso explica muchas cosas. —Se echa a reír y descubro que puede que
sea mi nuevo sonido favorito—. Bueno, al menos tienes a los hermanos de tu fraternidad.
—¿Fraternidad? —escupo, confundido—. No estoy en una fraternidad.
Su cuerpo se dispara hacia delante y se gira para mirarme, con las piernas
cruzadas.
—Sí, lo estás.
—No —digo inexpresivo—. Definitivamente no. Vivo en la casa, pero no soy parte
de la hermandad.
La confusión paraliza sus facciones.
—¿Por qué vives allí entonces? ¿Por qué no estás en los dormitorios?
Me encojo de hombros, sin vergüenza en la voz, y digo:
—Me echaron de la residencia. Me sorprende que tu amigo Jared no te lo dijera.
—No. No me dijo nada, excepto que me mantuviera alejada de ti. —Choca las
puntas de sus dedos diabólicamente—. Apuesto a que es bueno sin embargo. Entonces,
¿qué es? ¿Qué hiciste para enfadar a Jared?
—En pocas palabras, follé a su ex novia en nuestra residencia y puede que ella
estuviera drogada en ese momento, pero yo no tenía ni idea de que llevaba drogas
cuando ocurrió. Me hicieron varias pruebas por el hockey y todo salió bien, pero a partir
146
de ahí todo fue cuesta abajo.
Se queda boquiabierta.
—Espera un maldito minuto. Jared es gay. Ha estado viendo a un tipo llamado
Luca desde hace un par de semanas.
—Es bisexual. Él y su ex salieron durante un año antes de que la dejara.
—¡Eso es horrible, Hayes! —Me mira con juicio en los ojos—. ¿Por qué le hiciste
eso?
—En mi defensa, no sabía quién mierda era. Estaba oscuro como el infierno y esta
chica se subió a mi cama, se frotó en mi polla y yo estaba a su merced después de eso.
No tenía ni idea de que era ella hasta que Jared entró y encendió las luces.
Su cara se frunció.
—¿Es eso realmente motivo para ser expulsado de los dormitorios?
—No, pero como llevaba drogas encima en ese momento y estaba en mi cama yo
era culpable por asociación y no tenía dinero ni influencias para ayudarme.
Frunció la nariz.
—¿Pero por qué Kappa Rho? ¿Por qué no buscar un apartamento y una
compañera de piso?
—No puedo permitírmelo —digo suavemente—. No tengo los lujos que tienen
muchos estudiantes. No estoy aquí con una beca. El padre del que te hablé me paga la
matrícula. No quería aceptar el favor, pero no tenía elección si quería un futuro en el
hockey. Así que tomé el dinero con el plan de devolverle hasta el último céntimo si me
hago profesional.
—Cuando te hagas profesional —me corrige—. Dilo a la existencia. Manifiesta esa
mierda.
Me giro para mirarla, me encanta este lado de Brogan, la que quiere plantar cara.
—Me corrijo. Cuando me haga profesional, se lo devolveré. Hasta entonces,
trabajo a tiempo parcial durante la temporada baja solo para comer y pagar el alquiler
que pago por ese agujero en la pared de Kappa Rho.
Se queda callada durante un minuto, con esa mirada de lástima de nuevo en sus
ojos. Pero se desvanece rápidamente y sonríe.
—Estoy muy orgullosa de ti. Mucha gente se daría por vencida y abandonaría, pero
tú haces lo que tienes que hacer para seguir adelante.
—Maldita sea, Piernas. Creo que es la segunda cosa más bonita que me has dicho
147
nunca.
—Ves. —Sonríe, empujándome suavemente con la mano—. Puedo ser amable.
Mi mirada patina hacia abajo, de sus ojos a su boca. Saca ligeramente la punta de
la lengua y la arrastra entre los labios. Tengo tantas ganas de besarla. Me pregunto cómo
reaccionaría...
—Vaya —suelta, sacándome de mis pensamientos—. La película ya ha terminado
y ni siquiera la hemos visto.
Miro a mi izquierda, a la televisión.
—Ah, sí. Así es. Supongo que eso significa que tendremos que volver a intentarlo
otra noche.
Ella asiente rápidamente.
—Pero tiene que ser antes de Halloween. Porque una vez que acabe esa fiesta,
será Navidad.
La miro con los ojos entrecerrados.
—¿No me digas que eres una de esos?
Se ríe entre dientes.
—¿Una de qué?
—Un horror navideño.
Arruga las cejas y me entran unas ganas terribles de levantar el pulgar y
alisárselas.
—Ahora te estás inventando cosas.
—No. No. Es una cosa. Los horrores navideños saltan directamente de Halloween
a Navidad, saltándose por completo Acción de Gracias.
—Nadie se salta Acción de Gracias —dice a la defensiva—. Se sigue celebrando.
Es sólo que Acción de Gracias es un día que se celebra. La Navidad es toda una
temporada de alegría y risas. Está llena de luces y amor y chocolate caliente y todas las
cosas buenas.
Sé que estos cretinos navideños son de ideas fijas, así que levanto las manos en
señal de rendición.
—No voy a discutir contigo, Piernas. Voy a dejarte ganar.
Ella sonríe.
—Ahora te estás dando cuenta.
148
Hay un momento de silencio incómodo antes de que lo interrumpa y diga:
—Supongo que debería irme para que puedas dormir un poco.
Por mucho que no quiera irme, estamos en un buen momento, y probablemente
debería dejarlo mientras pueda. Además, tengo dos días completos con ella.
Brogan se lame los labios y me encuentro observando la acción, otra vez. El fuego
que hay dentro de mí se intensifica con cada segundo que pasa con esta chica y, si no
me voy ahora, puede que no sea capaz de abstenerme de besarla. Pero es demasiado
pronto. Acaba de salir de una relación de mierda y su corazón está más guardado que
nunca.
Así que, en lugar de lanzarme, voy a lo seguro, tiro las piernas por encima de la
cama y me pongo de pie.
Me inclino, le doy un casto beso en la cabeza y le susurro:
—Nos vemos mañana en mi juego. —Cuando me levanto, le guiño un ojo antes de
dirigirme a la puerta para ponerme los zapatos.
—¿Tu juego?
—Nuestros dos días juntos empiezan mañana. —Me pongo un zapato y luego el
otro antes de abrir la puerta—. Sus asientos estarán esperando.
149
CAPÍTULO 17
AHÍ ESTÁ. Todo preparado y listo para salir. Nunca me había dado cuenta de lo
sexys que son los jugadores de hockey sobre hielo. Se deslizan con tanta facilidad y
precisión, manteniendo su personalidad dura y rebelde.
A mi lado, Avery grita como si fuera una aficionada al hockey. La última vez que
estuvimos aquí, en estos mismos asientos, estuvo con la cara pegada al móvil todo el rato
y no veía la hora de que acabara el partido. Es curioso que una cita con uno de los
jugadores la haya convertido en la mayor fan del equipo. Me viene bien, teniendo en
cuenta que tengo que estar aquí. Aunque no me gustaría estar en ningún otro sitio.
Me gusta ver jugar a Hayes. Tiene mucho talento y es obvio que le apasiona este
deporte. Cuando vine a ver la práctica, Hayes era un enigma para mí. No sabía nada de
él, y lo que sabía, lo juzgué duramente sólo por un encuentro.
Ahora, realmente quiero que tenga éxito en todo lo que haga. Tiene fuego en el
alma y no me cabe duda de que algún día moverá montañas. Hayes es mucho más que
el chico malo que todos ven. Me siento muy especial por poder ser testigo de lo que hay
detrás de la armadura que lleva. 150
—Zorra estirada a las dos en punto —murmura Avery con la mano ahuecada
alrededor de la boca.
Miro a mi derecha, esperando ver a alguien que debería conocer.
—Espera. Creo que está a las seis —dice Avery—, o quizá sean las nueve. —
Empujo las manos hacia los reposabrazos y me estiro, aún sin ver a nadie—. Jesús, no
sé leer relojes analógicos —se queja—. Viene hacia nosotros.
Cuando miro a la izquierda, que no son las seis ni las once, veo a Gabby pasando
entre los asientos en nuestra dirección.
Tomo aire y mantengo la vista en el hielo.
—Hola, chicas —dice con tono alegre. Se pone en cuclillas frente al asiento vacío
que hay a mi lado, con su cabello rubio ondulado rebotando alrededor de su cara—.
¿Disfrutando del partido?
Pongo los ojos en blanco, ya molesta con la falsa sonrisa que tiene en la cara.
—¿Qué quieres, Gabby?
Hay un tenso momento de silencio, aparte de los cánticos que nos rodean,
entonces finalmente dice:
—Te debo una disculpa, Brogan.
Mis ojos se amplían cuando se cruzan con los suyos. Gabby nunca me ha dicho
nada ni remotamente amable, así que el hecho de que haya una posible disculpa flotando
en el aire ahora mismo es alucinante. Con la expresión arrugada, asiento hacia el juego.
—Déjalo ya. Estamos en medio de algo.
Un suspiro exasperado se desliza por sus labios.
—Siento cómo terminaron las cosas entre Kamden y tú.
No se está disculpando por lo cruel que ha sido conmigo. No creo que se esté
disculpando en absoluto. En todo caso, se está regodeando.
Me echo hacia atrás y la miro con el ceño fruncido.
—¿Esa es tu disculpa? —Me río secamente—. Tomo nota. Ya puedes irte.
Se mueve sobre sus pies, todavía agachada a mi lado.
—De verdad, Brogan. Conozco el dolor de perderlo. Todavía lo siento en el pecho.
Sólo quiero que sepas que si alguna vez necesitas hablar, estoy aquí para ti.
—Chica —aúlla Avery—. Aléjate de una puta vez.
Gabby se inclina ligeramente para mirar a Avery.
—¿Cómo dices? ¿Acaso te conozco? 151
Avery gira prácticamente todo el cuerpo en su asiento y clava en Gabby una
mirada mordaz. Hemos estado en Piggy's al menos diez veces juntas. Gabby está siendo
una zorra mezquina, como siempre.
—Diablos, no, no lo haces. Pero sé lo suficiente sobre ti para saber que no me
gustas.
Mi mejor amiga es realmente la mejor. Sin embargo, yo puedo aguantar.
—Gabby —digo furiosa—. ¿Por qué no tomas tu disculpa de mierda y te la metes
por el culo? —Le pongo dos dedos en el hombro y la empujo suavemente, haciéndola
retroceder un poco.
Su pecho sube y baja con esfuerzo mientras endereza la espalda.
—Y pensar que vine aquí con una oferta de amistad. —Frunce los labios—. En
realidad no lamento en absoluto que Kamden finalmente entrara en razón. De hecho,
deberías saberlo, anoche pasé la noche con él y nuestros cuerpos conectaron a un nivel
completamente nuevo.
Estallo en carcajadas mientras aplaudo.
—Vaya. Enhorabuena, Gabby. Has ganado. Ahora será mejor que esperes como
el demonio que no aparezca un video —cito al aire—, de nuestros cuerpos conectándose.
Una sonrisa insolente adorna su rostro.
—Kamden nunca me haría eso.
—No debe ser digno de un video —toso las palabras en mi mano.
Avery se ríe a mi lado mientras cualquier atisbo de humor en la cara de Gabby se
desvanece. Avery se tapa la boca con la mano, pero no habla en voz baja.
—Apuesto a que se queda ahí tumbada y se lo toma mientras hace ruidos
estúpidos demasiado agudos para los oídos humanos. Apostaría a que Kamden invierte
en tapones para los oídos.
La cara de Gabby adquiere el tono de un tomate mientras se endereza su polo
rosa.
—Yo no —balbucea.
Pongo los ojos en blanco antes de volver a prestar atención al hielo mientras
murmuro:
—Seguro que fue mágico para alguno de ustedes.
—Oh, lo fue y si alguien debería esperar que no salga a la superficie, deberías ser
tú porque pondría tu video en vergüenza.
—Oh, ¿me has visto darme placer? —escupo con sarcasmo, sin molestarme 152
siquiera en mirarla porque no se lo merece. Pero cuando no se va, no puedo evitarlo. Me
cruzo de brazos y le sonrío—. Espero que hayas tomado notas.
El calor sube a sus mejillas y las tiñe de un intenso color carmesí. Sus ojos se
entrecierran y sus labios se curvan en un gruñido.
—Sabes, tu mensaje sobre empoderar a las mujeres en lo que respecta al sexo
realmente resonó conmigo, pero ahora estoy empezando a pensar que todo era una
actuación.
—Si te has sentido con fuerzas para venir aquí y decirme que un hombre que
intentó humillarme públicamente exponiendo mi cuerpo a los demás sin mi permiso era
bueno para ti en la cama, entonces no creo que hayas entendido bien el mensaje, Gabs.
—Finjo un bostezo y vuelvo a concentrarme en el partido—. ¿Puedes irte ya?
Con paso pesado, Gabby vuelve a pisar fuerte por el pasillo, chocando con todo el
que se cruza en su camino. Miro a Avery y las dos nos echamos a reír.
Segundos después, Hayes marca y ambas estamos de pie con las manos en alto.
Patina hacia el banquillo de su equipo, con su bastón golpeando suavemente el
hielo en cada deslizamiento. A medida que se acerca, frena justo delante de mí. Sus ojos
se cruzan con los míos y una sonrisa pícara se dibuja en su rostro.
Le devuelvo la sonrisa y él me guiña un ojo, provocando un frenesí de latidos
caóticos en mi corazón.
—No entiendo por qué te resistes tanto —dice Avery, y me vuelvo hacia ella con
una mirada de desprecio.
—¿Luchando contra qué?
—Tú y él. —Su voz es suave y sincera—. A Hayes le gustas mucho, B.
—No lo hace. —Escupo una carcajada—. Hayes y yo no nos soportamos.
Avery niega con la cabeza, con verdadera decepción en sus facciones.
—Puedes seguir diciéndote eso, pero una mañana te despertarás y te darás cuenta
de que es la única persona sin la que no quieres vivir.
Reflexionando sobre sus palabras, me vuelvo hacia la izquierda y veo a Hayes
riendo con sus compañeros de equipo. Lleva el casco colgando de la mano y tiene el pelo
húmedo y apelmazado contra la frente. Cada bocanada de aire que respira es un
testimonio del duro trabajo que está realizando en el partido.
Sus ojos patinan hasta los míos y un torrente de calor palpitante me inunda.
Hayes lleva ya casi dos semanas en mi vida. Por un instante, intento imaginarme
toda una vida sin él, y es casi paralizante. 153
Es difícil precisar qué es lo que más echaría de menos de él. ¿Quizá su agudo
ingenio y sus bromas sarcásticas? ¿Su seco sentido del humor que siempre me hace
reír? ¿O tal vez su hermoso físico y sus ojos cautivadores? No. Creo que tendría que ser
su risa contagiosa. No importa en qué estado emocional me encuentre, siempre parece
hacerme sonreír.
Lo echaría todo de menos. Lo echaría de menos.
Vuelvo a sentarme, sintiendo cómo el peso de mis emociones se abate sobre mí.
Y cuando termina el partido y los Devils consiguen su primera victoria de la temporada,
ni siquiera tengo fuerzas para saltar de emoción con Avery.
Mi mente da vueltas y mi corazón se siente pesado, como si ya hubiera perdido a
Hayes y ni siquiera fuera mío.
—Vamos. —Avery sonríe mientras me toma de la mano y prácticamente me
arrastra hasta el final de nuestra fila.
—¿A dónde vamos? —pregunto sin aliento cuando por fin llegamos a un espacio
abierto.
Veo al equipo, sin patines, tomándose fotos delante de una pared de ladrillo con
un gran logotipo de los Devils.
—Tomándonos fotos con nuestros jugadores favoritos.
Refunfuño, forzando la resistencia entre nosotros mientras retrocedo.
—Creo que voy a pasar.
—Bien. Quédate aquí. —Me suelta y se abre paso entre la multitud para llegar
hasta Evan.
Mientras recorro la zona abarrotada de gente, mis ojos se posan en Hayes. Está
arrodillado junto a un niño pequeño, ambos con camisetas a juego con el número
veintiocho de Hayes. Con una sonrisa de orgullo, Hayes rodea el hombro del niño con el
brazo y sonríen para tomarse una foto. No puedo evitar sonreír mientras los observo.
En cuanto se levanta, sus ojos encuentran los míos como magnetizados. Levanta
las cejas y esboza una sonrisa.
Me sostiene la mirada y camina hacia mí. Unas cuantas personas gritan tras él,
pidiéndole una foto, pero sus palabras resbalan por oídos vacíos mientras él se come el
espacio que hay entre nosotros.
—Buen partido el de esta noche —digo con una sonrisa presionada.
—Eh, gracias. Me alegro de que hayas podido venir.
Desviando la mirada, me encojo de hombros. 154
—¿Como si tuviera elección?
—No la tienes. —Su mano me rodea la cintura, fuerte y segura mientras me
acerca—. Pero me alegro de que estés aquí. —Esboza una sonrisa cursi. Un cámara se
pone delante de nosotros con una gran cámara montada sobre un trípode alto—. ¿Qué
me dices? ¿Quieres que nos tomen una foto juntos?
—¿Y qué te hace pensar que quiero una foto contigo? —me burlo.
—Nada —dice tímidamente—. Pero quiero una contigo.
Se acerca a mi lado y me rodea la cintura con la mano, provocándome una
pequeña chispa de electricidad. Me acurruco contra él y le rodeo el torso con la mano,
posando para el cámara.
Se acerca y su aliento me hace cosquillas en la oreja mientras susurra:
—Nos vemos en el Legends dentro de treinta minutos. —Antes de que pueda
responderle, sus labios rozan mi mejilla, dejándome un cosquilleo en la piel. El corazón
se me acelera y me quedo paralizada mientras veo cómo sus pasos seguros lo llevan de
vuelta entre la multitud de fans.
155
ella como si le susurrara algo y se me revuelve el estómago. En cuanto se da la vuelta,
veo su cara familiar. Es una de las conejitas que estaba en su casa la mañana que
habíamos quedado en casa de Clara.
Le da la bebida y ella le pasa la mano sucia por el brazo desnudo. Frunzo el labio,
asqueada, aunque mi dolor de tripas no es rival para la rabia que siento ahora mismo.
Mis pensamientos vuelven a la noche en que nos conocimos y a cómo me rechazó
tan fácilmente después de acostarnos. Empezaba a olvidar que existía esa faceta suya,
pero me acaba de demostrar, una vez más, quién es realmente y quién será siempre.
Tiro del brazo de Avery.
—Creo que esto ha sido una mala idea —grito por encima del ruido, manteniendo
la mirada fija en Hayes—. Quizá deberíamos ir a Piggy's.
Ni siquiera debe darse cuenta del intenso flirteo que se está produciendo justo
delante de nosotros, porque sigue tirando de mí hacia ellos.
—Intenta soltarte y divertirte, B. Como en los viejos tiempos. —Me suelta la mano
y salta alegremente hacia Evan.
En los viejos tiempos no había Hayes Madden y soltarse no suponía ningún
esfuerzo. De alguna manera me ha convertido en una chica estirada que ni siquiera
reconozco. Estoy constantemente a la defensiva y ahora, aparentemente, me enfado
cuando lo veo flirtear con otras chicas.
Con Avery ya al lado de Evan, aprovecho para salir a tomar el aire. Si hace falta, la
esperaré aquí fuera toda la noche. Estoy a medio camino de la puerta cuando me detiene
un hombro en mi mano.
—¿Te vas tan pronto?
Me doy la vuelta y me encuentro cara a cara con Hayes. Su cabeza se inclina hacia
un lado mientras lee mi expresión, alta y jodidamente clara.
—¿Qué pasa, Piernas?
—Te crees muy dulce, ¿verdad? —Mis hombros se levantan, enjaulando mi cuello
mientras la rabia me consume—. Sólo soy una chica tonta a la que intentas convertir en
una de tus conejitas, ¿no? ¿O sólo soy una táctica de venganza contra Kamden? ¿Cuál
es, Hayes?
Puede que haya ido demasiado lejos, pero mis emociones hablan por mí.
Hayes da un paso atrás y me quita la mano del hombro.
—¿De qué demonios estás hablando? ¿Alguien te ha dicho algo?
—¡No! —tartamudeo—. Nadie tiene que decirme nada. Lo que veo con mis propios
ojos es suficientemente revelador.
Me siento estúpida incluso estando molesta. ¿Qué creía en serio que iba a salir de
esto? Hayes y yo no estamos juntos. Nunca estaremos juntos. Ni siquiera creo que
156
seamos amigos.
—Mira... —Levanta las manos en señal de rendición, con cara de desprecio—. No
sé qué pasó entre la arena y aquí, pero creo que te equivocas.
—Vuelve con tu conejita de disco por esta noche. —Le robo una mirada por
encima del hombro—. Su bebida casi se ha acabado.
Sigue mi mirada antes de volver con una sonrisa.
—¿Estás hablando de Sierra? —La señala con el pulgar—. Le debía una copa por
encontrar mis llaves el otro día y no me dejó olvidarlo. Fui a buscarla para que me dejara
en paz. —Sus labios se mueven con una sonrisa egoísta—. ¿Estás celosa otra vez,
Piernas?
—¡Por supuesto que no estoy celosa!
Maldita sea. Debería haberme callado. No negaré que siento alivio. Pero ahora
tengo que explicar por qué reaccioné como una tonta celosa cuando ni yo misma lo
entiendo del todo.
Me mete un dedo en el costado, haciendo que me retuerza.
—Vamos, Piernas. Admite que estás celosa.
—¡Basta! —Le doy un manotazo en la mano, conteniendo una sonrisa—. No estoy
celosa. Estaba enfadada —le digo sinceramente—. Me invitaste aquí y te vi flirteando con
ella y me enojó.
—Cariño, eso se llama celos.
Se lo está comiendo ahora mismo. Lo sé por la sonrisa que tiene en la cara y por
la forma en que echa los hombros hacia atrás con tanta confianza. Ser vulnerable y
exponerme es probablemente mi rasgo más débil.
—Como quieras. —Sonrío y le agarro la mano. Puedo ver en sus ojos que está
diciendo la verdad y mientras Sierra me mira fijamente, Hayes no le presta atención—.
Invítame también a una copa y estaremos en paz.
Se ríe entre dientes, tirando de mí para que camine delante de él hacia la barra.
—Te traeré lo que quieras, Piernas.
Lo dice justo contra mi oreja y todo mi cuerpo hormiguea. El encanto de Hayes
Madden podría ser mi muerte.
157
CAPÍTULO 18
—BRINDO por Hayes sellando nuestra victoria —brama Finch con su botella de
cerveza al aire—. Un gran jugador de hockey y un amigo aún mejor. —Todos tintinean
sus botellas y vasos en el aire y yo me limito a dar un tímido sorbo a mi botella de agua.
No me gusta llamar la atención, a menos que esté sobre el hielo, y desde luego no
quiero ningún elogio a menos que venga de un buscador de la NHL.
Mirando a mi izquierda, miro a Brogan, que tiene el cuerpo vuelto hacia Avery a su
lado. Su cabeza se inclina hacia atrás mientras se ríe de algo cómico.
Me pregunto si se da cuenta de lo guapa que es. Muchas chicas saben que están
buenas y usan su apariencia a su favor. Chicas como Sierra y Gabby. Brogan es diferente,
sin embargo. Su belleza parece casi incidental a lo que ella es.
De repente, me doy cuenta. Podría estar donde quisiera con esta chica en este
momento porque ella está en mi reloj, y estamos sentados en un bar lleno de gente con
un montón de idiotas borrachos.
Ayer estuve intentando pensar en la mejor manera de aprovechar estos dos
próximos días con ella, y se me ocurrieron algunas ideas bastante buenas. Una de las
158
cuales, creo que le va a encantar.
Me pongo en pie, me inclino hacia ella y le robo su atención. Me mira con ojos muy
abiertos y curiosos.
—Vámonos de aquí —le digo.
Aunque me gusta venir al Legends después de los partidos, el ruido y la multitud
me cansan al cabo de un rato y, ahora mismo, quiero estar en cualquier sitio que no sea
aquí con ella.
Deja su vaso vacío sobre la mesa y justo cuando creo que va a oponer resistencia,
dice:
—Bien.
Agarro el respaldo de su silla cuando le dice a Avery que se va y la alejo de la
mesa para que pueda levantarse.
Tomo su mano entre las mías, lanzo dos dedos al aire hacia mis chicos y, antes de
que puedan hacer preguntas, conduzco a Brogan fuera del bar.
Cuando salimos, acerco mi mano a su cintura y mantengo su cuerpo pegado al
mío. Legends está en el corazón del barrio nocturno, así que las aceras siempre están
llenas de gente.
Brogan tiembla con sus leggins y la sudadera de Devils, y me siento como un
imbécil por no haberle traído una chaqueta. Tiro de ella más cerca, metiendo su cuerpo
bajo mi brazo para protegerla del aire fresco de la noche.
—¿A dónde vamos? —pregunta mientras caminamos contra la multitud y
alejándonos de la cadena de bares.
—Tengo una sorpresa para ti —le digo mientras observo su reacción.
Me mira con ojos brillantes.
—¿Te he dicho alguna vez que odio las sorpresas?
—Sinceramente. —Me río—. No me sorprende lo más mínimo. Pero creo que esta
te va a gustar.
Nos acercamos a mi moto y ella deja de andar.
—¿Nos subimos a eso?
—Sí. ¿Por qué no?
159
Traga saliva.
—Nunca he montado en una moto antes.
—Técnicamente, no es una moto —le digo mientras abro la caja superior de la
parte trasera de mi moto. Me alegra ver que llevo una camisa de franela gruesa. La saco
y se la doy, esperando que se la ponga sin oponer resistencia. No me gustaría que pasara
más frío durante el viaje—. Esta vieja es mucho más rápida. Pero iré despacio por ti. —
Le guiño un ojo.
Para mi sorpresa, desliza los brazos por las mangas de mi franela y tira de la
abertura para cerrarla. Sabiendo que se volará con el viento, alargo la mano y empiezo a
abrocharle los botones.
—Si nos matas... —Empieza.
—Entonces me matarás. Entendido, Piernas. —Deslizo mi casco de repuesto sobre
su cabeza y aprieto la correa bajo su barbilla, deteniéndome a admirarla un segundo.
Ahora mismo está monísima.
—No puedo matarte si ya estás muerto. —Se ajusta las correas hasta que el casco
se asienta cómodamente sobre su cabeza—. Iba a decir algo más parecido a que
perseguiré al equipo de hockey de los Devils y los haré perder todos los partidos.
—Ohhh —gimo burlonamente—. Eres pura maldad.
Balanceo la pierna sobre la moto y me acomodo en el asiento de cuero.
—Ahora sube tu sexy culo y agárrate fuerte. —Recojo mi propio casco del manillar
y me lo deslizo por la cabeza antes de ponerme los guantes de cuero.
Brogan se toma su tiempo para sentarse, pero una vez acurrucada detrás de mí,
retrocedo y le agarro los brazos, sabiendo que no me rodeará por voluntad propia.
Entonces pongo en marcha el motor.
Sus manos me rodean la cintura con tanta fuerza que siento las yemas de sus
dedos a través de la tela de mi camiseta. Con su pecho pegado a mi espalda y su barbilla
tocando mi hombro, oigo su voz por encima del rugido de la moto.
—Crees que tengo un culo sexy, ¿eh?
Lanzo una carcajada.
—Estaba esperando a que mencionaras eso.
Giro el acelerador y acelero, sintiendo cómo el viento nos azota. Brogan me agarra
con fuerza y se aferra a mi cuerpo como si su vida dependiera de ello.
—¡Hayes! —grita entre risas. Me gusta tener este tipo de control sobre ella. Más
aún, me encanta cómo se agarra y cómo dice mi nombre con alegría y emoción. Hay algo
en ello que me hace querer ir aún más rápido, enseñarle lo que se siente al volar. Pero
voy a tener cuidado con esto.
Mientras recorremos las carreteras, mi sonrisa se extiende de oreja a oreja. Se me
160
pasa por la cabeza tomar una ruta más larga porque no estoy preparado para que Brogan
me suelte, pero soy un caballero y no lo hago. Sé que tiene frío y estoy ansioso por ver
su reacción cuando se dé cuenta de lo que he planeado.
Estaciono en una plaza vacía frente a Hallstrom Hall, apago el motor y ayudo a
Brogan a bajarse antes de pasar la pierna por encima de la moto con un movimiento
suave que he practicado demasiadas veces. Después de quitarme el casco, desabrocho
el suyo y lo engancho a la moto.
—Mi dormitorio, ¿eh? —Ella sonríe—. ¿Qué estás tramando exactamente, Hayes
Madden?
—Ya verás. —La agarro de la mano y la conduzco a su habitación.
161
CAPÍTULO 19
UNA VEZ dentro de su habitación, Brogan enciende una lámpara junto a su cama y
yo empiezo a buscar en la mitad de la habitación de Avery la mochila que la he hecho
meter aquí hoy mismo. Puede que Avery sea la mejor amiga de Brogan, pero ella y yo
estábamos confabulados para asegurarnos de que Brogan fuera feliz y parece que lo
hemos conseguido a la perfección.
Puedo sentir sus ojos siguiéndome mientras miro debajo de la cama de Avery y
alrededor de la ropa esparcida por su suelo.
—¿Qué estás haciendo?
Echo un vistazo por encima del hombro y la veo de pie, con las manos en la cadera.
—¿Te das cuenta de que estás husmeando en mi habitación delante de mí?
—Uh huh —murmuro mientras me levanto, todavía buscando.
Al no encontrarla en el lado de Avery, me pongo del lado de Brogan, esperando
que no me meta el pie por el culo mientras escudriño debajo de su cama.
Mi mano choca contra un cuaderno abierto, así que lo deslizo hacia mí. Aunque no 162
es lo que buscaba, me llama la atención. En una de las páginas hay dibujos de vestidos
con intrincados diseños y cortes. En la otra página hay bocetos de la parte trasera de
cada prenda.
—¡Eh! —Brogan chasquea mientras cierra el cuaderno de un tirón—. ¡Eso es
personal! Hayes, ¿por qué nos fuimos del bar sólo para volver a mi habitación para que
pudieras registrarla delante de mí? Esto es raro.
Señalo el cuaderno que ahora tiene en la mano.
—¿Los has dibujado tú?
—No —suelta, acercándose el cuaderno al pecho—. Quiero decir, sí. Pero no son
para que los mires tú. Ni para nadie en realidad.
—No sabía que supieras dibujar tan bien.
—Yo... —Traga grueso, suspirando un poco—. Siempre me gustó el diseño de
moda de niña y una vez que tuve mi primer cuaderno de bocetos, no pude parar.
Le he hablado a Brogan un poco de mis objetivos futuros, pero ella nunca ha
mencionado los suyos. Quizá sea porque no se lo he preguntado.
—¿Esa es tu especialidad? ¿Diseño de moda?
—En realidad, no. —Mira el cuaderno y niega con la cabeza—. Me especializo en
merchandising de moda.
—Hmm. No sé qué es eso, pero supongo que significa que sigues diseñando ropa,
¿no? —No sé nada de la industria de la moda. Una vez intenté ver un episodio de Project
Runway con una chica porque nadie encontraba el mando y yo tenía demasiada resaca
como para preocuparme, pero después de que pusieran algo que parecía un pavo real
entero en la cabeza de una chica, tuve que apagar esa mierda, se me hizo demasiado
raro.
—Significa que ayudaré a la gente que diseña la ropa a venderla.
Mi expresión se tuerce de confusión, igual que mi cerebro.
—¿Pero por qué? Son increíbles, Piernas. —Son mucho mejores que el pavo real
que vi, eso seguro—. Deberías ser tú quien los diseñara. Entonces deja que otro los venda
por ti.
Se sonroja, una sutil sonrisa aparece en su rostro mientras abre el cuaderno y
hojea algunas páginas sin pavos reales a la vista. Me acerco a ella y observo las diferentes
texturas que ha mezclado y la forma en que algunas de las telas que ha creado se
adhieren a sus modelos.
Tiene de todo, desde lo que llevaría una modelo de Victoria Secret hasta lo que 163
imagino que llevaría una madre. Está claro que tiene talento para dibujar tanta variedad,
pero no solo eso, juro que incluso puedo sentir algunas de las texturas que ha añadido.
—¿De verdad crees que son buenos? —Sus ojos se posan en los míos y casi
siento la tentación de agarrarle la cara e inclinarle la cabeza para que mire el papel, sólo
para asegurarme de que estamos viendo lo mismo.
—Claro que sí, son buenos. Es como si algunos de ellos hubieran cobrado vida en
la página.
Sus labios esbozan una sonrisa.
—Gracias. Siempre me ha gustado esbozar diferentes diseños de ropa. Algunos
son un poco extravagantes, pero cada uno es especial para mí.
Puede que esté atascada en esto del pavo real, pero ninguno de sus diseños está
ni cerca de ser tan fuera de la pared.
—Como debe ser. Ahora dime una cosa, si te encanta crear los diseños, ¿por qué
demonios estás estudiando una carrera de merchandising? O como se llame.
—Sinceramente... —Se encoge de hombros—. La verdad es que no lo sé. Creo
que sólo se reduce al miedo al rechazo.
Coloco mis manos sobre sus hombros y hago que me mire.
—Piernas, piernas. Piernas. ¿Crees que todos los jugadores de hockey de primera
división son reclutados por la NHL?
—No. —Jadea—. Claro que no.
—¿Crees que me van a reclutar para la NHL? —La miro seriamente, no estoy
pidiendo un cumplido. Sé que juego bien, pero que te seleccionen no es sólo cuestión de
habilidad, también hay algo de suerte. No quiero que me diga lo que me dicen mis
compañeros, quiero que seas sincera.
Hace una mueca mientras levanta un hombro.
—No sé, tal vez. Tal vez no.
Erguido, le guiño un ojo.
—¿Crees que eso me va a impedir intentarlo?
Me sonríe, con el fuego de un desafío en los ojos.
—Dímelo tú. ¿Lo es?
—Joder, no —aúllo—. Ni de broma. Le voy a dar a esta mierda todo lo que tengo
164
y más. Si no lo consigo, no será por no haberlo intentado. Claro, tengo un plan de respaldo
con un título en comunicación deportiva, pero espero no necesitarlo nunca.
Suelta una carcajada, pero entonces su dedo se posa sobre el diseño de un mono
morado con un cinturón en la cintura.
—Te oigo y sé lo que dices, y sí, tienes razón. No sabes el resultado si no lo
intentas. Lo entiendo. —Respira hondo, sin dejar de mirar el cuaderno—. ¿Pero no da
miedo trabajar tan duro por algo que requiere un nivel de talento que no estás seguro de
tener?
Brogan levanta por fin la cabeza y siento que debo asegurarme de decir lo
correcto. Decidir qué riesgos vamos a correr forma parte de la vida, pero no correr ningún
riesgo significa que no estamos viviendo.
—¿No da más miedo desperdiciar ese nivel de talento y no llegar nunca porque
nunca lo intentaste?
Exhala pesadamente mientras cierra su cuaderno y lo desliza sobre la mesilla de
noche.
—Todo esto da... miedo.
—La vida da miedo. —La acerco a mí para que nos separen sólo unos
centímetros—. Pero eso no significa que dejemos de vivir porque tengamos miedo.
Sonriendo, me señala con el dedo.
—¿Tienes que dejar de hacer eso?
—¿Dejar qué? —Me inclino hacia su espacio.
—Hacerme pensar. Es muy tarde y estoy muy cansada.
Joder, estoy tentado de besar a esta chica. ¿Cómo es ella todo lo que no me di
cuenta que necesitaba?
Levanto un hombro.
—Pues piénsatelo más tarde. Algunas cosas merecen el riesgo, y en tu caso, creo
que el riesgo es extremadamente bajo.
Cuando me doy la vuelta, veo mi mochila negra junto a la puerta.
—Ahí está —murmuro. Me pregunto cuántas veces habré pasado de largo.
La recojo y la tiro sobre la cama de Brogan. Una vez abierta la cremallera, vierto el
contenido sobre su edredón, que de algún modo ya no está manchado por la pizza.
—Dios mío, Hayes. ¿Qué es todo esto? —Empieza a rebuscar entre los diversos
objetos de su cama.
Sus dedos se posan en un paquete de arañas falsas con una tela de algodón hilado
antes de dejarlo en el suelo y agarrar otra cosa. Hay algunas luces LED naranjas y negras,
algunos recortes de calaveras y fantasmas, y una pancarta que dice “Feliz Halloween”.
165
Entre algunas otras cosas al azar que agarré en la tienda de dólar.
Me siento en su cama y sigo con la mirada cada uno de sus movimientos. Su cara
se ilumina de emoción infantil y me siento el hombre más afortunado del mundo por poder
presenciarlo.
—Cuando Avery llamó anoche y me pidió que comprara una pizza y viniera,
mencionó ver una película de Halloween porque es tu fiesta favorita. Me extrañó cuando
llegué y no vi absolutamente ninguna decoración de Halloween en tu habitación.
No pensé demasiado en ello hasta que estábamos viendo la película y ella tenía
esa mirada como deseando poder darle vida.
—Sé que te has sentido un poco deprimida últimamente y pensé que tal vez
podríamos decorar y despejar tu mente por un rato.
Deja el último objeto -un paquete de cinta adhesiva amarilla- y se vuelve hacia mí
con las manos juntas sobre el corazón.
—Esto es lo más bonito que nadie ha hecho por mí, Hayes.
Me encojo de hombros, sin querer darle demasiado crédito.
—No es para tanto.
Negando con la cabeza, se coloca frente a mí.
—Lo es para mí.
Nuestras miradas se cruzan y el tiempo parece detenerse mientras el aire entre
nosotros se vuelve pesado. Aunque todos mis amigos estén de fiesta y pasándosela bien,
no hay lugar en el que prefiera estar ni nadie con quien prefiera estar.
Brogan me hace sentir tranquilo, como si la tormenta que se desata en mi cabeza
y que siempre intento sofocar se detuviera en su presencia.
Se suponía que no debía enamorarme de esta chica, pero entró en mi vida y causó
estragos en mi corazón, y ahora, no estoy seguro de cómo podré dejarla marchar.
Por la forma en que su pecho sube y baja rápidamente, estoy más seguro que
nunca de que ella también lo siente.
En un instante, Brogan parpadea y agarra la telaraña falsa, agitándola con una
amplia sonrisa en la cara.
—¿Empezamos?
Me golpeo los muslos con las manos y me pongo en pie de un salto.
—Vamos a hacerlo.
Empezamos decorando la puerta con cinta adhesiva y un par de esqueletos de
papel. A continuación, tejemos la telaraña falsa en el rincón encima de su cama y
166
pegamos las arañitas de plástico de ocho patas por todas partes.
Sólo por diversión, le meto una en el pelo a Brogan.
Veinte minutos después, estamos pegando recortes de papel en su pared y todavía
no se ha dado cuenta.
Agarro mi teléfono de la cama y le hago una foto mientras se estira y pega un papel
en la pared.
Luego duplico la foto, la recorto ampliando la araña y se la envío en un mensaje
de texto. Su teléfono suena en la mesilla de noche de y se apresura a recogerlo, dejando
el otro extremo del papel colgando de la pared.
Mientras ella mira el móvil, yo termino lo que ha empezado y coloco el papel sobre
la ventana. Justo cuando aprieto la tachuela, me golpea el trasero con una almohada.
—Te crees muy gracioso. —Se ríe mientras intenta quitarse la araña del pelo.
Me agacho, recojo la almohada y se la arrojo. Ella se aparta, pero yo soy rápido y
ya he agarrado la otra almohada de la cama. Con un rápido movimiento, la levanto por
encima de mi cabeza y se la tiro encima. Sin dejar de reír, se pone de lado y se protege
la cara mientras la golpeo suavemente con la almohada.
—Me rindo —chilla.
Justo cuando tiro la almohada al suelo, ella la agarra y empieza a golpearme las
piernas con ella.
—Demasiado para rendirse. —Caigo de rodillas y agarro sus muñecas con cada
una de mis manos, obligándola a soltarla. Sin aliento, la miro fijamente—. ¿Ya has
acabado?
Se aparta el pelo de la boca y asiente.
—¿Seguro? —Me inclino, evaluando sus ojos locos para ver si podría intentar otra
ronda. Sinceramente, no me importaría.
—Me rindo, esta vez de verdad. —Exhala otro suspiro y la ayudo soltándole una
muñeca para apartarle el pelo de la cara.
Sus ojos lujuriosos me miran mientras recupera el aliento.
—Gracias.
—Ni lo menciones —le digo mientras miro la araña de plástico que aún tiene en el
pelo. Se la arranco y se la dejo en la nariz con una sonrisa maliciosa.
Se retuerce y se tuerce, haciendo que caiga sobre su hombro.
—Eres un idiota.
—Y tú eres un blanco fácil —me burlo. 167
Noto cómo sus ojos se clavan en mis labios y vuelven a subir.
—Estarías cantando una canción diferente si no me tuvieras inmovilizada en el
suelo.
—¿Ah, sí? —Levanto la barbilla en señal de desafío—. ¿Qué vas a hacer al
respecto?
Brogan se muerde el labio.
—Déjame subir y te lo enseñaré.
—No. Como que me gusta que estés debajo de mí sobre tu espalda. —
Preferiblemente mordiéndose el labio mientras grita mi nombre, pero los mendigos no
pueden elegir.
—Dios mío, Hayes. —Se ríe y me pega con la mano libre.
Es la verdad. De hecho, creo que esta es mi nueva forma favorita de verla. No sólo
es locamente hermosa con su pelo desordenado esparcido por su cabeza, sino que
realmente está a mi merced.
El calor irradia por todo mi cuerpo y casi puedo saborear el deseo en sus labios.
Mis dedos se crispan cuando la tentación de tocar su suave piel me corroe por dentro.
Con la mano libre, extiendo la mía y acaricio su mejilla con el dorso de los dedos.
—¿Sabes? Podría besarte ahora mismo y no podrías hacer nada para evitarlo.
Traga saliva con fuerza y su cuerpo se tensa debajo de mí.
—Hazlo y descúbrelo.
No esperaba esa respuesta. Maldita sea. Creo que realmente quiere que la bese.
Después de días de tormento, finalmente está sucediendo.
Me inclino y rozo sus labios con los míos, pero antes de que pueda presionarla,
gira la cabeza hacia la izquierda.
Levanto la cabeza y la decepción me invade.
—¿Qué fue todo eso?
Cuando vuelve a mirarme, está sonriendo.
—Supongo que lo descubriste.
—No tiene gracia. —Voy a levantarme, pero antes de que pueda, me agarra la cara
y me acerca la boca a la suya, tomándome por sorpresa.
Mi cuerpo cae sobre el suyo, cubriéndola como una cálida manta mientras las
curvas de sus labios se amoldan perfectamente a los míos. Cada nervio de mi cuerpo
168
parece haber ardido. El calor se extiende desde nuestro beso hasta mi polla, que se
endurece al instante.
Parece como si hubiera estado esperando este momento desde hace siglos,
aunque no fue hasta hace poco que me di cuenta de que sentía algo por Brogan. Desde
el principio supe que era diferente a cualquier otra chica y no puedo negar que me he
sentido magnetizado por ella. Dondequiera que esté, quiero estar. Si no está allí, no quiero
ir. Me consume: cada pensamiento, cada sueño, cada segundo de cada día.
Le paso los dedos por el pelo y le agarro la nuca con suavidad, pero con firmeza.
La levanto, la acerco y profundizo nuestro beso. Nuestras lenguas bailan y nuestros labios
se deslizan sin esfuerzo.
El dolor en la ingle me dice que tengo que parar antes de que empeore. Pero antes
de que pueda hacerlo, la puerta de la habitación se abre de golpe y Brogan se sobresalta
y sale del beso antes de llevarme las dos manos al pecho.
—Ooopsies. —Oigo la voz de Avery detrás de mí.
Mi cuerpo se eleva, flotando sobre el de Brogan, y ella se escurre inmediatamente
de debajo de mí.
Ambos nos levantamos: Brogan se limpia la boca con el dorso de la mano y yo me
rasco la mano preguntándome por qué ha reaccionado como si nos hubieran atrapado
escondiendo un cadáver.
—Lo siento mucho —dice Avery mientras camina rápidamente hacia su lado de la
habitación. Se pone de rodillas, buscando algo debajo de la cama—. No me hagas caso.
Sigue haciendo lo que estabas haciendo.
Brogan y yo compartimos una mirada y una sonrisa se dibuja en nuestros rostros
mientras luchamos por no reírnos.
La cabeza de Avery se levanta y se pone de pie, sosteniendo un par de tenis.
—Sabía que estaban aquí abajo en alguna parte.
—Ugh. ¿Qué tienes planeado, Ave? —pregunta Brogan con una ceja levantada.
—Evan y yo vamos a un laberinto de maíz embrujado y no quiero romperme un
tobillo con estos zapatos. —Gira su pie hacia arriba, mostrando sus tacones altos
negros—. ¿Quieren venir con nosotros?
Miro a Brogan, que niega con la cabeza.
—Tengo un partido mañana por la tarde y necesito dormir bien. Probablemente no
debería.
169
La apoyo diciendo:
—Sí y estoy bastante agotado después del partido de esta noche.
Avery nos mira a Brogan y a mí, y una sonrisa ladina se dibuja en su rostro.
—Creo que me estoy dando cuenta de lo que estás diciendo. Ustedes dos quieren
algo de tiempo a solas.
—No —Brogan suelta una carcajada—. ¿Por qué querríamos Hayes y yo pasar
tiempo a solas?
Avery se mueve apresuradamente por la habitación.
—Oh, creo que las dos sabemos por qué. —Gira el picaporte y abre la puerta—.
Por cierto, me gusta lo que han hecho con la casa. —Y se va.
En cuanto la puerta se cierra, ambos estallamos en carcajadas. Pero cuando pasa
el momento y el humor se ha asentado, me pongo a su lado mientras ella finge organizar
objetos al azar en su tocador.
—¿Te molesta que Avery nos haya encontrado besándonos?
Ni siquiera me mira, sigue moviendo las cosas.
En absoluto. ¿Qué te hace pensar eso?
—Ugh. ¿Qué hay de la forma en que rodaste fuera de debajo de mí como si
estuviera en llamas.
Hay un tenso silencio y ella sigue revolviendo cosas en su cómoda, así que le
pongo la mano en el hombro y la giro para que me mire.
—¿De qué va todo esto?
Desvía la mirada, piensa un momento antes de decir:
—Eso no debería haber pasado. —Sus palabras son como un cuchillo en mi
pecho—. Kamden, acabo de romper y tú y yo... —agita su mano entre nosotros—, no
queremos esto. ¿Verdad?
Asiento, escupiendo la primera palabra que se me ocurre.
—No. —Me aclaro la garganta—. Claro que no. Claro que no.
Algo en su expresión decae, como si acabara de decir algo equivocado, y sé en
mis entrañas que lo hice. Pero no hay vuelta atrás.
—Me alegro de que ambos estemos de acuerdo. Porque estoy empezando a
disfrutar de tu compañía y lo último que quiero es complicar las cosas.
170
No estoy seguro si fue un cumplido o un insulto. Podría ser cualquier cosa. Yo
también disfruto de su compañía, pero no se lo digo. En lugar de eso, me alejo de ella,
tratando de entender lo que está pasando.
Es imposible que no sintiera lo mismo que yo cuando nos besamos. Ella no puede
negar la tensión sexual entre nosotros o la forma en que nuestros ojos se conectan y es
como si estuviéramos leyendo el alma del otro. Sin embargo, ella lo niega. Dice que nunca
debería haber ocurrido. ¿Pero por qué sus ojos me cuentan una historia diferente?
No está preparada. No ha habido tiempo suficiente. Sólo espero que cuarenta y
ocho horas sean suficientes para hacerla cambiar de opinión.
Ese beso necesita cocinarse un poco en su mente. Quiero que piense en ello, que
sueñe con ello. Luego se despierte y desee que vuelva a suceder.
—Voy a ponerme en marcha. —Me acerco a los zapatos y empiezo a ponérmelos
con los cordones aún atados.
—No estás enfadado, ¿verdad?
Dirijo mis ojos a los suyos e inmediatamente noto la tristeza que hay detrás de
ellos.
—Claro que no. —Me fuerzo a sonreír mientras vuelvo a su cama y recojo mi
mochila—. Ni siquiera un poco. Sólo estoy agotado después del partido y me vendría bien
una larga ducha. —Arrojo mi mochila sobre mi hombro y cruzo la habitación,
deteniéndome donde está ella en el medio.
Aprieto sus mejillas contra mi cabeza y aprieto los labios contra su frente,
manteniéndolos ahí un segundo antes de dar un paso atrás.
—Descansa un poco y nos vemos mañana.
Me acompaña hasta la puerta y la abre de un tirón.
—Gracias por esta noche. Fue probablemente una de las mejores noches que he
tenido desde que llegué a Rosewood-U.
—Yo también, Piernas. —Yo también, joder. Salgo por la puerta y doy unos pasos
por el pasillo antes de que ella me detenga.
—¿Hayes?
Le devuelvo la mirada, deseando que haya cambiado de opinión y quiera que
vuelva.
Con medio cuerpo en el pasillo, se apoya en el marco de la puerta.
—Nuestro trato sigue en pie, ¿verdad? Dijiste que me verías mañana, así que
supongo que eso significa que seguimos haciendo el video, ¿no?
Un dolor me recorre el pecho mientras el corazón se me hunde en el estómago.
—Claro —le digo—. Nuestro trato sigue en pie. 171
Arquea una ceja.
—Estaba pensando que tal vez el próximo jueves después de la fiesta de
Halloween de Kappa Rho.
—Será el próximo jueves.
CAPÍTULO 20
178
CAPÍTULO 21
AL ENTRAR EN EL DELTA ICE ARENA, me invaden todos los recuerdos que he vivido en
este lugar. Pero tengo la sensación de que esta noche, podría hacer mi favorito de todos.
—¿Ahora me dirás qué estamos haciendo? —pregunta Brogan ansiosa a mi lado.
Me río.
—¿En serio aún no te lo has imaginado? ¿Qué podríamos hacer en una pista de
hielo?
Sus ojos se agrandan.
—¡Noooo! ¿Estamos patinando sobre hielo?
—Claro que sí. —Tiro de su mano y la conduzco al vestuario donde está todo mi
equipo—. Tengo que hacer una parada rápida para agarrar mis patines, luego iremos por
unos de tu talla.
Sus cejas se levantan.
—¿Está abierto el alquiler de patines? 179
—Un amigo mío trabaja aquí de seguridad y me debe un favor por haber ido el año
pasado al colegio de su hijo a hablar de hockey sobre hielo.
Brogan se sienta en un banco a la salida de los vestuarios mientras yo agarro mis
patines, una sudadera para ella y mi camiseta de entrenamiento para darle más efecto.
Cuando salgo, le hago señas para que se ponga de pie y le pongo la sudadera por
encima, luego la remato con mi jersey. Doy un paso atrás y la miro y es como si mi fantasía
hubiera cobrado vida. Está muy sexy.
—Dime, Hayes. ¿Cuántas otras chicas han llevado tu camiseta?
Doblamos la esquina y veo a Johnny de pie junto al mostrador con un llavero lleno
de llaves.
—Eres la primera, y probablemente la última. No soy muy bueno compartiendo.
Mi respuesta la hace sonreír.
—Qué pasa, Johnny. —Extiendo la mano y me la envuelve con un apretón.
—Podría meterme en un buen lío por esto, Madden. —Entorna los ojos—. Tienes
una hora.
Johnny gira la llave de la puerta para abrirla y nos hace un gesto para que
entremos. Ojalá tuviera un par de patines que no estuvieran gastados y malolientes para
ofrecerle a Brogan. Por desgracia, tendrá que usar un par de alquiler de mierda.
Le ayudo a elegir la talla correcta y luego nos vamos a la pista a ponérselos.
—Creo que deberías saber algo. —Empieza mientras le doy la puntilla—. Soy una
pésima patinadora sobre hielo y lo mejor para ti es que me dejes sujetar la pared.
—Claro que no. —Me río entre dientes—. Lo único que tendrás ahí fuera es mi
mano. —Levanto la vista y le sonrío—. Para cuando acabemos, patinarás mejor que las
chicas de hielo del equipo.
Parece legítimamente aterrorizada.
—No contengas la respiración en eso.
Le agarro las manos y la pongo en pie.
—Estarás bien. Te tengo.
Balanceándose con cuidado sobre la punta de las cuchillas, estira el brazo
izquierdo para sujetarse si se cae. No es que vaya a dejar que eso ocurra.
—Estás lleno de sorpresas, Hayes Madden.
—¿Es seguro asumir que has estado disfrutando de nuestras cuarenta y ocho
horas juntos?
180
Una sonrisa se dibuja en su rostro cuando me mira.
—Seguro. —Su voz es suave y sincera, sus ojos brillan de emoción.
Primero piso el hielo, luego agarro sus dos manos y la guío hacia fuera.
—Bueno, todavía no ha terminado, nena.
Chilla mientras sus cuchillas se deslizan unos centímetros y sus piernas se separan
lentamente.
Me deslizo hacia atrás, dejando delicadas líneas sobre el hielo. Le tiemblan las
piernas mientras la alejo cada vez más del borde hasta que estamos en el centro de la
pista.
—Hayes —brama mientras sus pies comienzan a moverse en direcciones
opuestas.
—Junta las piernas, Piernas. Puedes hacerlo.
De un tirón, atraigo su cuerpo hacia el mío. Nuestros pechos chocan y le rodeo la
cintura con los brazos.
Las luces se atenúan y miro al otro lado de la pista y veo a Johnny cerca del panel
de luces, con los pulgares en alto. No le pedí que hiciera eso, pero no me enfado porque
lo haya hecho.
Brogan arquea el cuello, mirándome.
—¿Estás intentando enamorarme, Hayes Madden?
No sé qué tiene la forma en que dice mi nombre completo, pero me encanta cómo
sale de su lengua.
—Puede que sí. Después de todo, tenemos una gran cita por delante.
—Ahh. —Se ríe—. ¿El video? Empezaba a pensar que tal vez lo habías olvidado.
—¿Cómo podría? Lo mencionas cada vez que estamos juntos. —Intento no decir
esto con el mismo desagrado que siento ante la idea de ser su marioneta y nada más.
Pero, tal vez eso es lo que le hice cuando nos conocimos, así que es justo.
Se encoge de hombros.
—Un trato es un trato.
—De acuerdo. —Asiento mientras tiro de ella hasta el final de la pista.
181
Una parte de mí se pregunta si estaría aquí conmigo si no fuera por nuestro trato.
No puedo quejarme, yo lo pedí. De hecho, todo esto fue idea mía. El video, cuarenta y
ocho horas juntos. Supongo que no pensé que ella lo aceptaría. Pero aquí estamos. Yo,
cayendo duro. Y ella, aferrándose al viaje pensando que todo es un juego.
Presionando contra mis manos, intenta moverse más rápido para que yo siga su
ritmo.
—Mira cómo te atreves —bromeo.
—Creo que empiezo a agarrar el truco —dice con confianza.
Intenta moverse aún más rápido, pero yo la freno un poco.
—Tranquila, Piernas.
Justo cuando lo hago, sus piernas vuelven a separarse y, de repente, cae hacia un
lado. La agarro por la cintura y la levanto hasta que su espalda queda recta.
Su cuerpo cae sobre el mío y se agarra como si su vida dependiera de ello. Me
mira con los ojos muy abiertos y, justo cuando creo que va a entrar en pánico, estalla en
carcajadas.
—Esto se me da fatal.
—No. Lo estás haciendo muy bien. Aún no has tocado el hielo, así que cuenta eso
como una victoria. —Necesito todo lo que hay en mí para no darle un suave beso en el
pelo con ella tan cerca. Ni siquiera sé por qué quiero hacerlo, pero lo hago.
Me mira con adoración mientras me aferro a ella.
—¿Cómo tienes el labio? —Su mano se interpone entre nosotros y me pasa
suavemente el dedo por el corte.
Trago saliva, queriendo decirle que sus labios son la tirita que necesita. En lugar
de eso, me limito a decir:
—Ahora mejor.
Damos unas cuantas vueltas más y, antes de darme cuenta, las luces vuelven a
brillar por completo. Vuelvo a encontrar a Johnny y él asiente, indicándonos que nos
larguemos de aquí antes de que pierda su trabajo.
Con suavidad, la ayudo a salir del hielo y se sienta en la silla más cercana, casi sin
aliento. La mayoría de la gente no se da cuenta del esfuerzo que pueden suponer unas
cuantas vueltas, sobre todo cuando se es nuevo en el patinaje.
—No puedo creer lo que acabamos de hacer.
Me agacho delante de ella y le desabrocho los patines.
—¿Qué te parece... estás lista para probarte en el equipo de animadoras de las
chicas del hielo?
182
—Ni hablar. —Se ríe—. Pero me divertí.
Sonrío.
—Yo también.
Nuestra montura nos espera en la puerta principal del estadio, pero esta vez no
subo con ella. Me he dado cuenta de algo sobre Brogan que ni siquiera estoy seguro de
que ella sepa sobre sí misma. Le gusta tener gente cerca y no creo que me diga nunca
que me vaya. Creo que si quiero que esto sea real para ella, necesito que quiera pedirme
que me quede. No sólo eso, sino que quiero que sea una elección consciente, no sólo
por conveniencia.
Una vez sentada atrás, me apoyo en el marco de la puerta.
—Buenas noches, Piernas.
—Espera. ¿No vienes? —Unos ojos sorprendidos me miran.
Sacudo la cabeza.
—Creo que voy a dejarlo mientras voy por delante esta noche.
—Ahh. —Arquea una ceja mientras algo triste cruza sus facciones—. ¿Una
persona de bajo rendimiento?
—Algo así. —Guiño un ojo antes de cerrar la puerta y golpear el techo para indicar
al conductor que puede irse.
Podría haber alargado la noche y pasar el resto con ella, Dios sabe que quería.
Pero después de cómo reaccionó a nuestro beso de anoche, creo que necesita echarme
un poco de menos. Le di dos noches memorables. Ahora sólo espero que haya sido
suficiente.
183
CAPÍTULO 22
CON LAS CLASES y un horario de entrenamiento lleno para los dos, Brogan y yo no
nos hemos visto la mayor parte de la semana. Pero creo que mi plan está funcionando a
mi favor porque me ha enviado mensajes de texto primero en múltiples ocasiones esta
semana.
Hemos bromeado e incluso nos hemos llamado por teléfono mientras
caminábamos entre clases unas cuantas veces. Nunca había querido tener novia, pero
creo que por fin lo he conseguido. Ella hace que mi vida sea emocionante con su
constante descaro, pero también es alguien con quien puedo hablar abiertamente de
cosas como las notas que me estresan.
Es mucho más de lo que creía aquella primera noche, y estoy empezando a darme
cuenta de que me gustan todas las facetas de Brogan Astor. Por eso no puedo esperar a
verla esta noche en la fiesta de Halloween. No importa cuántas veces le pregunté, se
negó a decirme de qué se iba a disfrazar, pero prometió que sería algo especial sólo para
mí.
Hablando de mi pequeño spitfire.
—Hayes. —La oigo gritar por encima de la multitud. Cuando me giro, el corazón 184
me da un vuelco.
Maldita sea. Me muerdo el puño, observando cómo cruza la habitación con su sexy
disfraz.
¿Lleva bañador? Parece un bañador rosa bebé de una pieza que le sujeta fatal las
tetas. Están a un salto de saltar. Necesito echarle un vistazo a su trasero porque no hay
forma de que esas medias negras de red cubran sus nalgas como deberían. Pero me
gustan las orejas de conejo rosas y la pajarita negra alrededor del cuello. Y no me hagas
hablar de esos tacones negros. No me opongo a que se los ponga y use mis manos esta
noche.
Joder. ¿Cómo mierda se supone que voy a pasármela bien mientras todos los
hombres de esta casa la miran?
Una parte de mí quiere bajar las escaleras y agarrar una chaqueta de mi habitación
para envolverla con ella. La otra parte de mí sólo quiere alejarla de la fiesta.
La he echado mucho de menos y, por la emoción de sus ojos al acercarse, estoy
seguro de que ella también me ha echado de menos.
—Joder —digo acariciándome la barbilla mientras mis ojos se la beben—. Ese
disfraz debería ser ilegal.
—Me alegro de que te guste. ¿Alguna idea de lo que soy?
—Ugh —la miro de reojo—. Una conejita sexy, obviamente.
Niega con la cabeza, con una sonrisa en los labios.
—Soy una conejita de disco. Tu conejita de disco.
Por Dios. Si ya no era lo suficientemente atractiva, ahora es mucho más sexy.
Sus manos se posan inmediatamente en cada uno de mis brazos, sus ojos recorren
mi cuerpo de arriba abajo.
—Tu disfraz es el que debería ser ilegal. —Se mordisquea deliciosamente el labio
inferior—. Creo que un cura puede ser mi nueva fantasía.
—Bueno —me inclino hacia ella y le susurro al oído—, ¿qué te parece si hacemos
realidad esa fantasía? Esta noche es la noche, Piernas.
Esta noche. Esta noche es la noche en que ella sale de mi vida para siempre con
la venganza que tan desesperadamente anhela. O las tornas cambian a mi favor y
finalmente se dará cuenta de que quiere estar conmigo.
—Eso es —dice entusiasmada—. ¿Cómo te sientes al respecto?
185
Me encojo de hombros, mirando más allá de ella. Como se sentiría cualquier chico
cuando sabe que está a punto de follar a la chica de sus sueños por primera vez desde
que se dio cuenta de que es la chica de sus sueños.
—Sólo estoy listo para terminar con esto —le digo.
—Vaya, Hayes. —Me golpea el brazo juguetonamente—. Sí que sabes cómo
excitar a una chica.
—Oh, sí que te vas a excitar. —Le guiño un ojo y la acerco un poco más. No estoy
listo para terminar con el sexo; estoy listo para que nuestro trato termine, así puedo ver
si esto es real o no.
Esta chica no tiene ni idea de lo que le espera.
Puede que no tenga un historial de buenas relaciones, pero pregúntale a cualquier
chica con la que me haya acostado y admitirá abiertamente que ha sido el mejor sexo
que ha tenido. Apuesto a que Brogan incluso estaría de acuerdo. Esta noche no será
diferente; sin embargo, planeo tomarme mi tiempo mientras saboreo cada segundo con
ella.
—Vuelvo enseguida —dice—, necesito un trago.
Cuando va a pasar a mi lado, estiro el brazo y la agarro por la cintura.
—Oh, no, no lo harás. —Me doy la vuelta y la traigo conmigo.
Ella gruñe en respuesta.
—¿No puedo conseguir una bebida?
—No estás sola. Este lugar está plagado de hombres cachondos que no dudarían
en llevarse a una chica como tú a su cama.
Se planta una mano en la cadera, adoptando una postura.
—¿Hombres como tú?
—Exacto. —Le paso un brazo por el cuello, estrecho su cuerpo contra el mío y la
acompaño a la cocina.
—¿Te das cuenta de que tendría que estar dispuesta para que me metieran en su
cama, a menos que me drogaran o algo así?
—Y ese nivel de confianza en la humanidad es la razón por la que no te perderé
de vista esta noche. ¿Entendido?
—Sí, papi —murmura.
Vuelvo a morderme el puño y gruño.
—Voy a necesitar que repitas eso más tarde esta noche. —Ajustándome los
186
pantalones, intento disimular la erección que acaba de provocarme.
Entramos en la cocina y parece que la mitad de la fiesta está aquí. Un grupo se ha
reunido en la terraza trasera, rodeando los barriles de cerveza. Sobre el mostrador, hay
interminables botellas de licor y una cola de gente esperando para llegar a ellas.
—¿Licor o cerveza? —le pregunto a Brogan mientras la llevo al frente de la fila.
Agarra una botella y, tras examinarla, la baja y recoge otra.
—Esta. —Me pasa una pinta de ron blanco barato. Lo levanto, leo el contenido de
alcohol y, cuando ella no mira, vierto medio trago en un vaso de plástico. Quiero que los
dos estemos presentes esta noche, por eso sólo bebo agua. Lleno el resto del vaso con
Coca-Cola a temperatura ambiente, dejando espacio suficiente para un par de cubitos de
hielo.
Con su bebida en la mano, Brogan deambula sin rumbo, charlando con gente al
azar mientras da sorbos a su bebida.
Pegado a su lado, la vigilo como un halcón. Nunca he sentido la necesidad de
proteger a alguien hasta el punto en que lo hago con Brogan. Solo de pensar que unos
ojos lascivos la observan -o peor aún, que alguno la toca- me acaloro.
A medida que avanza la noche, sólo puedo pensar en las ganas que tengo de
largarme de aquí y llevarla a su dormitorio.
Avery ya ha hecho planes para quedarse aquí con Evan, así que tendremos la
habitación para nosotros solos.
—¿Qué pasa, Madden? —dice mi chico Lenny mientras camina hacia mí—. He
oído que el entrenador te ha vuelto a echar la bronca esta mañana. Algo sobre una pelea
en Piggy's el sábado por la noche.
—Eh... —Arrastro la mano por el aire—. No ha sido nada. Sólo una pequeña pelea
de bar.
—¿Dime que no fue Kamden Donnelly? —Lenny cierra el puño y lo golpea contra
la palma de la mano, repitiéndose—. Dime que no fue él, Madden.
—En carne y hueso. —Intento ignorarlo, pero Lenny se toma en serio a Kamden.
Como debe ser, porque es una espina en mi costado.
—Maldita sea —gruñe—. Creo que es hora de poner a ese chico en su sitio. Ha
estado causando demasiados problemas. Y denunciarte al entrenador cuando la
temporada está en pleno apogeo. Eso es una estupidez.
—Como ya he dicho antes, tendrá lo que se merece. —Desenrosco el tapón de mi
botella de agua y bebo un largo trago.
—Lo que le espera es un gancho directo a la mandíbula. —Lenny dobla la cintura,
cierra el puño y amaga un cancho—. Ese chico tiene que dejar de intentar romper nuestro
mejor centro. 187
Me río de él, poniendo los ojos en blanco.
—Nada de lo que haga ese cabrón puede doblegarme, así que no te metas en líos
intentando detenerlo.
Finch se une y los tres estamos de pie charlando cuando me doy cuenta de que
he perdido a Brogan.
—Joder —refunfuño—. ¿Han visto a Brogan? —pregunto a los chicos mientras
recorro la habitación.
—Estaba aquí hace un segundo —dice Lenny.
—No la he visto en toda la noche —añade Finch—. ¿Qué pasa con ustedes dos
de todos modos? ¿Tienes algo con esta chica, o qué?
Sin responder, me alejo, pero oigo a Lenny decir:
—Yo diría que lo tiene crudo. Nunca he visto a nuestro chico tan tenso por una
chica.
No está mintiendo, lo tengo mal. Por eso la busco frenéticamente en la abarrotada
habitación. Sólo han pasado diez minutos como máximo. No puede haber ido muy lejos.
Entonces, ¿por qué mierda no puedo encontrarla?
Vivo en esta casa con treinta y dos hombres, y apenas conozco a la mitad. Los que
he conocido son famosos por sus maneras mujeriegas . Y eso es sólo la gente que vive
aquí. Este lugar es nadar con creeps.
Necesito salir de mi propia cabeza. Probablemente esté charlando en un rincón
con Avery en alguna parte, hablando de mí y de lo encantador y sexy que soy.
De la cocina salen silbidos y gritos y algo en mis entrañas me dice que tengo que
entrar. La música es casi ensordecedora, tanto que me cuesta saber si me late el corazón
o es el bajo que vibra en mi pecho.
Mis ojos recorren rápidamente la cocina y veo a Lucía, la amiga de Brogan,
bailando en el centro de un grupo de chicos. Mientras me dirijo hacia ella, veo un par de
orejas puntiagudas de conejo rosa cerca de la puerta que da a la terraza.
Juntando mis manos alrededor de mi boca, grito:
—¡Brogan!
Mis palabras se pierden en el ruido, así que como el espacio entre nosotros,
esquivando cuerpos y bebidas derramadas.
—¡Brogan! —Lo intento de nuevo en vano.
Cuando se gira hacia un lado, estoy seguro de que es ella, pero cuando mis ojos
bajan por su cuerpo, se posan en un par de dedos que se agarran a su muñeca.
188
La ira hierve en mi interior, mi visión se hace un túnel mientras me abro paso entre
el enjambre de idiotas borrachos.
Cuando me acerco a ellos, mi mente se queda en blanco y todo lo que veo es rojo.
Con la adrenalina por las nubes, hago una bola con la mano y la golpeo en la nuca del
tipo. El impacto me recorre el cuerpo y me duelen los nudillos por la fuerza del golpe. No
es hasta que el idiota se tambalea hacia la derecha y le veo la cara cuando me doy cuenta
de que es Jeremiah, el compañero de piso de Kamden.
Su mandíbula tintinea con intención, endurece los hombros y se lanza hacia mí. Lo
veo venir y, justo cuando está a punto de lanzar su cuerpo contra el mío, salto a la
izquierda y lo esquivo. Se estrella contra un grupo de chicas y aterriza en el suelo con un
ruido sordo. Sus bebidas salen volando y cada una de ellas lo mantiene en el suelo
dándole patadas y gritándole.
Sabiendo que ya se han ocupado por mí y que no me atacará por la espalda, me
vuelvo hacia Brogan... que ha vuelto a desaparecer, joder. ¡Qué demonios!
Vuelvo a buscarla cuando alguien me agarra de la mano. Mis ojos se disparan
hacia la izquierda y suspiro aliviado cuando la veo.
—Jesús, Piernas. ¿Dónde demonios has estado?
Me levanta la mano derecha ensangrentada y me pone un paño de cocina.
—¿Estás bien? —me pregunta con expresión preocupada.
—Ahora sí. Te he buscado por todas partes. No te hizo daño, ¿verdad?
—¿Quién? ¿Jeremiah? —Niega con la cabeza y se ríe—. No, no me ha hecho
daño. Pero estoy segura de que le duele algo después de que le diera una bofetada en
la cara y tú le dieras un puñetazo en la nuca.
—¿Le diste una bofetada? —Una sonrisa orgullosa se dibuja en mi cara.
—Claro que sí. Él estaba tratando de meterse en mi piel diciéndome que Gabby
se quedó con Kamden las dos últimas noches. Como si me importara una mierda. Luego
procedió a llamarme puta, perra, oh... y perseguidora de influencias. Así que le di una
bofetada. Entonces me agarró y empezó a soltar amenazas. Fue entonces cuando lo
detuviste.
El calor vuelve a subirme a la cara y aprieto los dedos doloridos, gimiendo por el
dolor.
—Tiene suerte de que no le rompa la puta cara ahora mismo.
Miro hacia donde estaba tumbado y lo veo sentado con la espalda apoyada en la
pared y con una bolsa de hielo en la cabeza. No suelo darle un puñetazo a un hombre;
de hecho, normalmente lo desapruebo. Pero las cosas han cambiado desde que Brogan
189
llegó a mi vida, y si la tocas sin su consentimiento, es una forma segura de conseguir una
lesión de un jugador de hockey D1.
Brogan dobla la esquina de la toalla alrededor de mi mano para que se quede en
su sitio.
—Olvídate de él. Al igual que Kamden, no vale la pena.
Me sacudo la toalla de la mano y la dejo caer al suelo.
—Vámonos de aquí. —Con la mano en la cintura de Brogan, la conduzco fuera de
la cocina. Pero no sin antes meter la punta de mi reluciente zapato negro justo entre las
piernas de Jeremiah. Se agarra la entrepierna y gime de dolor antes de caer de lado—.
Te reto a que vuelvas a hablarle así, y mucho menos a que le pongas las manos encima.
Jode y averígualo. Tu chico seguro que lo hizo.
190
CAPÍTULO 23
—¿Seguro que estás preparado para esto? —pregunta Brogan mientras examina
mi mano vendada.
—Claro que sí —escupo sin pensármelo dos veces. Entonces se me pasa por la
cabeza que quizá no esté dispuesta. Ella también ha tenido una noche agitada—. No has
cambiado de opinión, ¿verdad?
Niega con la cabeza.
—No. Ahora más que nunca, quiero hacer esto.
Aún no sé por qué es tan importante para ella. Lo único que se me ocurre cuando
lo pienso demasiado es que ella necesita esto para cerrar. El jódete final a Kamden.
Me pone suavemente la mano en el regazo y me dice:
—Creo que estará bien para esta noche. Lo desenvolveré y lo limpiaré de nuevo
mañana.
Lo primero que hizo Brogan cuando volvimos a su habitación fue sacar un botiquín
de debajo de la cama. Después de limpiarme cuidadosamente los cortes con un 191
antiséptico, me los vendó con cuidado.
Honestamente no es tan malo, pero la dejo hacer lo suyo. En cierto modo me gusta
que me cuide.
Muevo los dedos, asegurándome de que aún puedo usarlos con los quince
centímetros de gasa que me ha envuelto en los nudillos. Estoy exagerando un poco, pero
no mucho.
—Estoy bien —le digo al fin mientras me levanto de la cama y le agarro las manos.
Me las da y la pongo en pie.
El corazón se me acelera con una mezcla de expectación y nerviosismo, algo
extraño en mí. Nunca he estado nervioso por acostarme con una chica. Creo que eso es
parte de lo que hace que esta sea tan especial: me hace sentir cosas que nunca había
sentido antes.
Ni siquiera le pregunto cómo quiere hacerlo, ni hablo de ello en absoluto,
simplemente voy por ello. Me inclino y siento el calor de su aliento contra mi labio. Cuando
se tocan, una llama se enciende dentro de mí y nos sincronizamos en segundos. Su
cabeza se inclina ligeramente hacia la derecha, mientras yo inclino la mía hacia la
izquierda. Nuestras lenguas se encuentran a medio camino, moviéndose juntas a un ritmo
lento y apasionado.
Sabe a melaza y caña de azúcar, dulce y apetecible.
Siguiendo el fino tirante del bañador que lleva puesto, lo arrastro lentamente hacia
abajo hasta que se apoya en su bíceps. Mis labios siguen el camino de mis dedos, dejando
estelas de besos en su barbilla, luego en su clavícula y finalmente en su pecho. Acaricio
su pecho firme con la mano, rozando con el pulgar su duro pezón.
Luego, me muevo hacia el otro lado, soltando la correa y besando mi camino hacia
abajo.
Un suave zumbido separa sus labios y vuelvo a besarlos.
—Hayes —murmura en mi boca y yo gimo. Mis sentidos se ven abrumados por
sus uñas clavándose en mis hombros—. El video, Hayes.
Sus palabras golpearon mis oídos como un tambor. Por supuesto. El video. Es la
razón por la que estamos haciendo esto en primer lugar. Al menos, es su razonamiento.
Brogan da un paso atrás, con los pechos al aire, y me deja aquí de pie, duro como
una roca, para colocar su teléfono en un trípode. Una vez colocado en su tocador, pulsa
grabar.
En este punto, me he ablandado y mi mente está inundada con todas las razones
por las que no deberíamos hacer esto. Razones por las que realmente nunca quiero que
192
Kamden vea esto.
Rebotando hacia mí, vuelve a ponerme las manos en los hombros.
—Bien. —Sonríe—. ¿Dónde estábamos?
Una mirada a sus tetas y mi polla vuelve a latir, a cobrar vida, recordándome que
si no aprovecho esta oportunidad, soy un maldito idiota. No se trata sólo de acostarme
con ella; se trata de compensar lo mucho que jodí el después la última vez. Y bueno, tal
vez un poco de darle el mejor sexo que jamás haya tenido para que nunca quiera irse.
En mi mente me imaginaba tomármelo con calma, memorizando cada centímetro
de su cuerpo. Ahora, tengo el impulso de poseerla y castigarla por hacerme sentir tan
conflictivo.
—Creo que estábamos justo aquí —susurro antes de apretar mi boca contra la
suya y pasar mis manos por sus curvas. El embriagador aroma a lavanda y vainilla me
envuelve. Respiro profundamente y la inhalo.
Agarro la parte superior de su traje y tiro de él hacia abajo hasta que le rodea la
cintura. Me echo hacia atrás y miro hacia abajo para contemplar su perfecta figura.
Sus manos bajan por mi cuerpo, desabrochándome la camisa una a una. Me mira
con ojos ardientes de deseo.
Me baja la camiseta por los brazos y empuja hasta que cae al suelo. Sus manos
presionan mi pecho y arrastra los dedos hacia abajo, recorriendo las crestas de mis
abdominales.
—¿Te he dicho alguna vez lo sexy que eres, Hayes?
No estoy seguro si el calor del momento la tiene siendo tan abierta, pero lo
aceptaré.
—No creo que lo hayas hecho.
Me sonríe, pasándose los dedos por los labios mientras me engulle.
—Bueno, lo eres.
En un instante, se baja el bañador y se lo quita. Gimo mientras la miro atentamente,
mi polla es una puta roca ahora mismo.
Se agarra el borde de las medias de rejilla y sacude las caderas. Con los ojos
clavados en los míos, se sienta en el borde de la cama y desliza una pierna cada vez hasta
quedar completamente desnuda.
No me cabe la menor duda de que es la chica más sexy en la que he puesto los
ojos. Cada curva, hendidura e imperfección la moldean a la perfección. Y sus malditas
193
piernas son de las más sexys que he visto en mi vida.
Se levanta y cierra el espacio que nos separa. Recorro con las manos la suave piel
de sus costados antes de acariciar su firme trasero y apretarlo.
Apoya la cara en mi cuello, me chupa y me besa, bajando hasta arrodillarse frente
a mí.
Respiro embriagado y veo cómo me desabrocha los pantalones y me los baja hasta
las rodillas, junto con los bóxers. Mi polla se libera y casi le da una bofetada.
—Mira lo que me haces, Piernas.
Mi mano se acerca a su cabeza, mis dedos acarician su pelo mientras ella mira
fijamente mi polla.
Tararea.
—¿Es para mí?
Dios, me encanta este lado seductor de ella.
—Todo para ti, nena. —Mi voz es áspera y gruesa. Me cuesta mucho no agarrarla
por las caderas y doblarla sobre la cama ahora mismo. En lugar de eso, la dejo que me
guíe porque está haciendo un trabajo de puta madre.
Con un temblor en la mano, envuelve mi contorno con los dedos, deslizándolos
arriba y abajo en un movimiento lento. Me agarro a ella, buscando la presión que tanto
ansío.
—Envuélveme con tus labios, nena. —Animo a su cabeza hacia adelante—. Mira
qué bien sabe.
Saca la lengua y la arrastra suavemente alrededor de la barra curva de mi piercing
Príncipe Alberto invertido. Por la forma en que se concentra en él, me doy cuenta de que
le encanta. Apuesto a que está empapada solo de pensar en lo bien que se sentirá dentro
de ella.
Su boca forma una O y chupa en la parte menos profunda. Es todo lo que puedo
hacer para mantenerme erguido mientras la veo tomarme tan bien. Cuando arrastra su
lengua bajo mi sensible miembro, me recorre un escalofrío.
—Eso es, cariño. Lo estás haciendo muy bien.
Apoyando la mano en su nuca, la animo a seguir, alimentándola centímetro a
centímetro hasta que siento el fondo de su garganta. Acaricia la base de mi polla y chupa
los primeros quince centímetros, moviendo la cabeza arriba y abajo.
Lamiéndome los labios, tengo que concentrarme en no cagarla aquí mismo porque
esta chica se ha convertido en mi obsesión y la forma en que chupa la polla acaba de 194
convertirla en el centro de mi maldito universo.
Observo cada uno de sus movimientos y, cuando sus ojos se clavan en los míos,
creo que crezco un centímetro más por ella.
Su ritmo se acelera y me acaricia más rápido, llevándome tan adentro que siento
su atragantamiento a mi alrededor.
—Tranquila, Piernas. Es mucho para manejar.
Estoy a dos segundos de correrme y eso no va a suceder. Así que la aparto
suavemente, extrañando ya el tacto de su boca. Necesito que esto dure, y si sigue así,
estoy acabado.
—Tu boca es la perfección, nena. Pero quiero más.
Me mira con ojos interrogantes y yo le agarro las manos, la pongo en pie y la
acompaño a la cama.
—Acuéstate para mí, Piernas.
Se muerde el labio inferior, pestañea y hace lo que le dicen. Se tumba y se apoya
en los brazos.
De pie frente a ella, mi mano se desliza por su costado y la carne se le pone de
gallina. Trazo un camino entre sus muslos y los separo suavemente. Ella me observa
absorta y, por un momento, esto no parece un juego, sino el choque de dos almas.
Mis dedos rozan su coño perfecto, sintiendo la humedad de su inminente
excitación.
—Tócame, Hayes. —Su voz es un suave murmullo. Abre las piernas y arquea la
espalda, desesperada por más. Mis ojos permanecen pegados a su entrada mientras
deslizo lentamente dos dedos en su centro chorreante, observando cómo estiran su
apretado coño.
—¿Qué se siente?
Su respuesta es un sutil gemido y quiero más. Empujo más profundo, sintiendo las
puntas de mis dedos presionando contra su pared trasera. Vuelve a gemir, pero no es
suficiente. Enrosco las puntas, presiono contra su punto G y froto hacia delante y hacia
atrás.
—Oh Dios —grita, dándome la reacción que estaba esperando.
—¿Ahora soy un dios, nena? —Mi mano libre se levanta para hurgar en uno de
sus pezones.
—Sí —susurra. Nunca esperé esa respuesta de su parte, pero por la forma en que
empapa mi mano, diría que esta noche está empezando muy bien con la misión de
asegurarme de que es el mejor que ha tenido nunca. 195
La yema de mi pulgar presiona su clítoris, frotándolo en enérgicos círculos. Veo
cómo la recorre un escalofrío y levanta las caderas de la cama. Deja caer la cabeza sobre
las almohadas y se mueve conmigo, como si yo fuera su juguete favorito.
Cuando siento un torrente de su liberación, mis ojos vuelven a su coño hinchado.
Tan apetecible y delicioso. Me inclino y arrastro mi lengua entre sus resbaladizos
pliegues. Sabe a caramelo, lo que la convierte en mi dulce regalo de Halloween de esta
noche.
He pensado en su sabor desde aquella primera noche. No soy siempre de los que
se la chupan a una chica, pero algo en el desafío de sus ojos me hizo necesitar probarme
ante ella. Ahora, voy a hacerlo de nuevo, y esta vez, voy a mantenerla después.
—Hayes —gime mientras sus manos se extienden a ambos lados de ella. Agarra
las sábanas y la tela se desliza entre sus dedos.
Profundizo en su interior y hago palpitar las puntas de mis dedos contra el punto
que la vuelve loca mientras chupo su sensible clítoris entre los dientes, provocando una
sinfonía de gritos.
Sus paredes envuelven mis dedos y sus muslos se cierran en torno a mi cabeza
mientras su cuerpo se convulsiona con su orgasmo. Mi polla arde ahora mismo,
desesperada por hundirse en su empapado coño.
Cuando se tranquiliza un poco, saco los dedos, la agarro por las caderas y la pongo
boca abajo. Tengo cuidado con la mano herida, pero es tan pequeña que me resulta fácil
colocarla en la posición perfecta. Me doy un par de bombeos con la mano empapada de
semen y deslizo la punta de la cabeza en su empapada entrada.
—¿Estás lista para mí, nena?
Alarga la mano por encima de la cabeza, agarrándose a las sábanas mientras baja
la cara hacia el colchón.
—He estado preparada toda la noche. Fóllame, Hayes. Muéstrame lo que me he
estado perdiendo.
Dios mío, va a ser mi muerte.
La sujeto firmemente por las caderas y le introduzco otro centímetro, luego otro.
Emite un gemido ahogado y detengo mis movimientos hasta que mueve el culo,
indicándome que quiere más. Así que le doy lo que quiere, centímetro a centímetro, hasta
que estoy completamente dentro de ella.
Mis caderas empujan con un movimiento lento y rítmico mientras la aflojo lo 196
suficiente para que sienta más placer que dolor. Tener una polla enorme es a la vez una
bendición y una maldición. Me hice el piercing para aumentar el placer cuando necesito
tomarme las cosas con calma. Se mueve cada vez que sus paredes se contraen, y lo
siento como una caricia en lo más profundo de mí.
Pero he oído que para las mujeres puede ser como si un hombre tuviera un
centímetro más o menos en él que golpea todos los puntos correctos, que es claramente
lo que Brogan está sintiendo ahora. Y el hecho de que estoy dentro de ella sin una barrera
está en otro nivel.
Cuando veníamos hacia aquí, le dije que si lo hacíamos, quería meterme hasta el
fondo y ver mi semen goteando de ella al final. Ella se mordió el labio y aceptó, claramente
excitada por la idea, al tiempo que me informaba de que tomaba anticonceptivos.
Haciendo un puente sobre su espalda, se pone manos a la obra y empieza a mover
las caderas, retorciéndose contra mi entrepierna. Si sus movimientos contra mí no fueran
prueba suficiente, los sonidos de placer que salen de sus labios confirman que le encanta
mi polla.
—¿Te gusta, nena? —raspo mientras entro y salgo de ella.
—Sí —grita.
Estiro el brazo, enredo los dedos en su pelo y tiro ligeramente hacia atrás.
—¿Qué es eso?
—Sí —vuelve a gemir.
La follo más fuerte y más rápido.
—Quiero que repitas lo que hiciste hoy en la fiesta. Vamos a intentarlo otra vez.
¿Te gusta, Piernas?
—Sí, papi —canta mientras llega al orgasmo por segunda vez esta noche. Es
suficiente para ponerme al límite. Cada músculo de mi cuerpo se contrae, la electricidad
recorre mi interior cuando me libero dentro de ella.
Mis movimientos se ralentizan hasta convertirse en un pulso constante mientras
mi polla se retuerce, dándole hasta la última gota que puedo ofrecerle. Si me dejara, me
quedaría enterrado toda la maldita noche.
Con un último empujón, salgo lentamente, viendo cómo nuestras descargas
combinadas intentan ensuciar su cama. Pero no dejo que eso ocurra. En lugar de eso, la
atrapo y la empujo de nuevo dentro de ella con dos dedos, haciéndola jadear.
Cuando termino, Brogan se desploma sobre su estómago, con la respiración
agitada. Antes de limpiarme, me tumbo a su lado, no dispuesto a meter la pata esta vez
197
obligándola a alejarse o alejándome yo mismo.
Estoy de lado cuando se gira para mirarme y veo en sus ojos la misma mirada que
vi después de nuestra primera vez juntos. Es como si buscara las partes reales y crudas
de mí que no dejo que nadie vea. Pero esta vez, quiero mostrárselas.
Tomo su cabeza con la mano, me apoyo en el codo y levanto su cara hacia mí. Mis
labios se ciernen sobre los suyos un instante mientras aspiro su temblorosa exhalación.
Con los ojos muy abiertos, la miro fijamente, dejando que me lea y que haga de esto lo
que quiera. Entonces la beso suavemente. Nuestros labios se unen mientras una nueva
oleada de emociones me recorre, emociones que espero que ella sienta en la boca del
estómago igual que yo.
Me alejo un poco, dispuesto a romper el momento para ayudarla a limpiarse, pero
ella se incorpora más y me agarra la cara con las manos, solo para besarme con más
fuerza.
El tiempo se detiene para nosotros. Se entrega a mí por completo, igual que yo me
entrego a ella. Cuando nuestros labios se separan, la miro a los ojos y me siento mareado,
como si alguien me hubiera dado una poción de amor, porque mi corazón late con fuerza
y estoy a dos segundos de decir esas tres palabritas.
—Ha sido increíble —dice sin aliento.
Arrastro el pulgar por su labio húmedo y le doy un último besito.
—Estuviste jodidamente increíble, Piernas.
No quiero moverme. Sólo quiero sentarme aquí y mirarla durante una eternidad.
Temo que una vez que salga por esas puertas, ella nunca vuelva a mirarme así.
—¿Y ahora qué? —me pregunta mientras me acaricia la barba incipiente de la
mejilla. Nunca he querido mucho afecto de las chicas, nunca me ha gustado. Con ella,
me encuentro deseando más.
—Ahora, vamos a limpiarte. Ponte ropa cómoda y te doy un beso de buenas
noches.
Observo su garganta mientras traga con fuerza.
—Pero... ¿y si no quiero que te vayas?
Completamente sorprendido, agrando los ojos.
—¿Quieres que me quede?
—Quizá por poco tiempo. —Se encoge de hombros—. Podríamos ver Hocus
Pocus otra vez. 198
—Más o menos tenemos que hacerlo —le digo—. Porque después de esta noche
se acaba Halloween y mañana estaremos viendo películas de Navidad. —Gruño ante la
idea de saltarme Acción de Gracias, pero también me encanta la idea de ver todas las
películas de Papá Noel con mi persona este año.
Se ríe.
—Me gusta cómo piensas.
Una vez arropada, le digo que se quede quieta mientras voy al baño por una toallita
húmeda y caliente. Cuando vuelvo, hago que se tumbe y le paso la toallita por los muslos
pegajosos.
—¿Cuándo te convertiste en un príncipe azul, Hayes Madden? —Levanto la vista
y la encuentro mirándome con adoración en los ojos.
—No soy el príncipe azul, Piernas. Más bien Romeo, en mi opinión.
—Creo que prefiero a Romeo de todos modos.
Termino de limpiarla y tiro la toallita húmeda en un cesto de ropa sucia que hay en
un rincón de su habitación. Brogan se pone unas bragas y una camiseta blanca grande
mientras yo pongo la película para nosotros.
Esta vez, me tumbo en el lado izquierdo, para poder verla mientras vemos la tele.
La rodeo con el brazo y ella se pone de lado, apretando la espalda contra mi pecho. La
abrazo fuerte, mirándola a la cara cada dos minutos. A los veinte minutos, está
inconsciente.
Me encantaría quedarme aquí con ella, pero no quiero precipitarme. Para que esto
funcione, tenemos que ir despacio. Acaba de salir de una relación tóxica y no quiero que
piense que la estoy presionando. Esta noche, tomaré esta victoria, y mañana, trabajaré
por más.
Mientras me calzo, oigo unos gruñidos y, cuando miro en dirección a Brogan, la
veo sentada en la cama.
—¿A dónde vas? La película sigue en pie.
Me inclino hacia ella y le doy un beso en la cabeza.
—Estás cansada, Piernas. Duerme un poco y hablaremos mañana.
Como si tuviera una epifanía, salta de repente de la cama y se dirige a toda prisa
al otro lado de la habitación.
—Joder. Me olvidé del video. —Enciende la luz y se acerca al teléfono.
Se me cae la barbilla al pecho y sacudo la cabeza. Por supuesto que eso es lo que
tiene en mente. El puto video. Justo cuando creía que estábamos avanzando, ella
retrocede dos pasos.
199
—Definitivamente voy a tener que editarlo antes de enviárselo a Kamden —dice
mientras intenta bajarlo del trípode.
—Sí. Lo que sea —me burlo—. Creo que me voy a ir. Avísame cómo quedó el
video.
Está demasiado distraída con el video para oírme, así que, sin decir nada más,
salgo por la puerta.
CAPÍTULO 24
Ya HE VUELTO A VER el final de la grabación tres veces, y cada vez siento algo nuevo.
La primera parte fue sin duda lo más sexy que he visto nunca y he decidido que si
Hayes y yo fracasamos en el hockey y el diseño de moda, puede que tengamos futuro en
la industria del porno. Estábamos así de buenos.
Luego llegó el final. Demasiado obsesionado con mi acto de venganza, no me di
cuenta de la expresión de Hayes en ese momento. Cuando vuelvo a ver el video, veo
dolor ante la primera mención del video. Puede que me esté equivocando, pero no creo
que Hayes quiera compartir esto. Y ahora, después de estar sentada en él durante unas
horas, creo que yo tampoco quiero. Lo que tenemos es demasiado especial para
compartirlo con nadie más, especialmente con Kamden.
Anoche fue todo lo que siempre quise, y exactamente lo que no debía pasar. Estar
con Hayes fue fenomenal, por decir lo menos. Ni siquiera puedo formar un pensamiento
coherente de lo realmente increíble que fue. Nunca había conectado con alguien así
antes, y no me refiero sólo sexualmente.
Se suponía que este tipo imperfecto no iba a resultar tan perfecto. Sin embargo, 200
en algún lugar detrás de su personalidad rebelde, he encontrado al hombre que siempre
soñó que encontraría. Ahora no sé qué se supone que debo hacer con todos estos
sentimientos.
—¿Y ahora qué? —pregunta Avery desde donde está tumbada a mi lado en la
cama. Por un momento, olvido que está aquí y que acabo de contarle todo. Lo bueno, lo
malo y lo feo.
Miro fijamente la pintura agrietada del techo, sintiéndome realizada, pero vacía. Es
posible que coexistan sentimientos tan contradictorios?
—No puedo hacerlo —escupo con fuerza. Me quito un gran peso de encima y me
levanto de un salto, dejando caer la manta sobre mi regazo—. No puedo hacerlo —repito,
con la voz temblorosa—. Espero que Hayes lo entienda, pero no podemos enviarle ese
video a Kamden. A la mierda la venganza, y a la mierda Kamden Donnelly. Él es el pasado,
y Hayes es mi futuro.
Avery pone una mano tranquilizadora en mi espalda.
—Parece que has tomado una decisión.
Me giro para mirarla, la sonrisa de su cara refleja la mía. Siempre he sabido que
era del equipo Hayes. De alguna manera, entre las reuniones locas, los dos formaron una
amistad que me encanta.
—No sé cómo no lo vi antes. —La miro con expresión fruncida—. Esto nunca fue
sobre Kamden. Siempre fue por Hayes. Inconscientemente, creo que sabía que tenía que
aferrarme a él como pudiera y esta era la única forma que conocía.
—O tu subconsciente sólo quería follarlo otra vez. —Levanta los hombros con
indiferencia.
Apretando las manos sobre el pecho, caigo de espaldas, aturdida.
—Oh, Avery. No tienes ni idea de lo increíble que era. Sentí como si mi cuerpo
estuviera cantando sus alabanzas. Nunca en mi vida había experimentado un orgasmo
así.
Mi teléfono zumba en la mesilla y Avery se acerca para agarrarlo. Mira la pantalla
y me lanza una mirada escéptica.
—No hay identificador de llamadas.
—Hmm. —Me incorporo y le quito el teléfono, optando por contestarlo por si es
una llamada de casa—. Hola.
—No cuelgues —son las primeras palabras que dice Kamden—. Por favor,
escúchame. 201
Suspirando pesadamente, vuelvo mis ojos frustrados hacia Avery.
—¿Qué quieres, Kamden?
—Oh, diablos, no —se queja Avery mientras se inclina cerca de mí para poder oír
lo que dice.
—Necesito hablar contigo. Es importante.
Pongo los ojos en blanco.
—Bueno, aún no he colgado, así que escuchémoslo.
—En persona. Hay algo que necesitas ver. ¿Puedes reunirte conmigo en casa de
Clara en media hora?
Avery niega con la cabeza y pronuncia la palabra “no”.
—Déjame adivinar, ¿una citación para comparecer ante el tribunal porque me
estás demandando por calumnias?
—No —resopla—. Nunca iba a hacerte eso. Sólo estaba enojado.
—¿Estabas enojado? —rechino—. ¿Cómo crees que me sentí después de que
compartieras ese video nuestro?
—Maldita sea, Brogan. —Un golpe suena de fondo como si acabara de golpear
algo—. Yo no compartí el video, pero sé quién lo hizo y puedo probarlo.
Hay un silencio mientras miro a Avery, que espero que me dé una pista sobre lo
que debo hacer. Se encoge de hombros, sin ayudarme en absoluto.
—Entonces, ¿te reunirás conmigo? —pregunta, con tono bajo—. Todo lo que pido
son diez minutos y luego no tendrás que volver a hablarme, si eso es lo que decides.
—Diez minutos —le digo—. Y más vale que no sea una broma de mal gusto. —
Con esa nota, termino la llamada.
Avery me dedica una sonrisa apretada y otra palmada en la espalda.
—¿Parece que te vas?
Balanceo las piernas sobre la cama y me pongo de pie.
—Parece que sí.
Cuando llego a casa de Clara, Kamden ya está allí. Está sentado en una pequeña
mesa redonda, lleva una sudadera negra y unos vaqueros azules. En cuanto me ve, se le 202
dibuja una sonrisa en la cara. Se levanta de un salto y me acerca una silla.
—Gracias por venir con tan poca antelación.
Le echo una mirada de reojo mientras me siento, llevando mi escepticismo en la
cara.
—Parecía importante. ¿Qué te pasa?
Parece ansioso por desahogarse de lo que sea que tenga en el pecho, así que se
zambulle con entusiasmo.
—¿Recuerdas cómo me culpaste por publicar ese video y me llamaste
públicamente? —Cruzo los brazos sobre el pecho porque no es un momento de mi vida
que vaya a olvidar jamás.
Mi ceño se frunce.
—Claro que me acuerdo, Kamden.
—Bueno... —Junta las manos encima de la mesa—. Necesitas bajarlo ahora más
que nunca.
—Increíble. —Frunzo los labios mientras deslizo mi silla hacia atrás, las patas
raspando abrasivamente contra el patio de cemento—. No tengo tiempo para esto.
Sus ojos asustados se cruzan con los míos, pero se guarda las manos, que es más
de lo que puedo decir de su amigo de anoche.
—Tienes que quitarlo porque no es verdad. Tengo pruebas. —Lo mencionó, pero
a medias creí que era una estratagema para traerme aquí.
—Bueno, veámoslo entonces —digo escéptico, aún sin estar seguro de que diga
la verdad.
Kamden agarra su teléfono de la mesa y me lo entrega.
—Dale al play.
Es un video que parece grabado en su dormitorio y en el de Jeremiah. De mala
gana, lo reproduzco.
—¿Así que estás diciendo que no fue Kamden y lo sabes cómo?
Es la voz de Jeremiah.
—Ya te lo dije, Jer. Fui yo. —Y esa es Gabby riendo. Parece borracha—.
Estábamos intentando ver una película y esa zorra psicópata de Brogan no paraba de
mandarle mensajes. Estaba tan enojada porque estaba dejando que ella nos quitara
tiempo para estar juntos. Así que cuando se durmió, revisé sus mensajes para ver qué 203
era tan importante. Fue entonces cuando encontré y publiqué el video.
Le devuelvo el teléfono a Kamden, sin necesidad de oír ni ver nada más. Debería
alegrarme de que no fuera Kamden. Debería estar furiosa con Gabby. Pero la verdad es
que no soy ninguna de esas cosas. Y se reduce al punto de que ya no me importa. No
me importa lo que Kamden hizo o no hizo. En cuanto a Gabby, ella es la que es una perra
psicópata y eventualmente todos a su alrededor se darán cuenta por sí mismos. Estoy
por encima de todo. De él. Esto. Nosotros.
Kamden agarra su teléfono y lo vuelve a meter en el bolsillo de su chaqueta.
—Creo que eso significa que me debes una disculpa.
Meto la mano en el bolsillo, burlona, mientras saco el dedo corazón y se lo pongo
delante de la cara.
—Que no lo compartieras no significa que no formaras parte de ello, Kamden. Ya
sabía que Gabby era una zorra que me tenía manía. Me dijiste cosas muy viles y aunque
sí, lamento haberte delatado públicamente por algo que no hiciste, no lamento todo lo
que pasó después. Si alguien debería disculparse, eres tú.
Su buena persona se desvanece en un instante.
—Quita el puto video, Brogan. No te lo voy a repetir.
—Editaré tu nombre fuera del video, pero eso es todo lo que obtendrás de mí. Por
lo que sé, forzaste a Gabby y Jeremiah a crear esa basura, pero adivina qué, ni siquiera
me importa. Uno de ustedes, imbéciles, lo compartió, y no importa quién fue, todos
ustedes seguirán siendo imbéciles.
Con mi silla aún lo suficientemente atrás como para dejarme espacio, me doy la
vuelta.
—Creo que hemos terminado aquí.
Cuando me dispongo a irme, choco contra otro cuerpo. Cuando levanto la vista,
veo que es Hayes y que está furioso. Su mano me rodea la cintura y me acerca a su lado.
—¿Qué mierda es esto? —se burla de Kamden.
Los ojos de Kamden se dirigen a los puños apretados de Hayes.
—Ten cuidado, Madden. Lo último que necesitas es otro regaño de tu entrenador.
Hayes levanta el dedo, con la mandíbula desencajada, y suelta:
—Menuda estupidez, chivarte de mí como una puta nenaza.
Kamden se levanta e instintivamente me deslizo más cerca de Hayes.
204
—Eso te pasa por ser una zorrita. Agradece a tus estrellas de la suerte que no te
denuncié a alguien de más arriba.
Hayes vuelve su atención hacia mí, mirándome de arriba abajo en busca de algún
signo de lesión.
—¿Estás bien? No te ha hecho daño, ¿verdad?
Kamden se burla como si eso fuera lo más tonto que alguien pudiera aventurarse
a adivinar después de estar a solas con él.
—No, no le hice daño, joder. Sólo tuvimos una pequeña charla.
Hayes me vuelve a meter detrás de él cuando ve que no estoy herida, y luego se
vuelve hacia Kamden.
—¿La llamaste aquí pensando que te daría otra oportunidad?
—Vete a la mierda, Madden. Si la quisiera, podría tenerla. Creo que lo demostré la
primera noche que nos conocimos cuando salió de tu habitación y corrió a mis brazos.
¿Qué demonios acaba de decir?
—No corrí a tus brazos —digo para fulminarlo con la mirada—. Te abalanzaste
sobre mí, casi derribándome en el pasillo. ¿Pero cómo sabías que acababa de salir de la
habitación de Hayes ? —Miro entre los dos mientras esta horrible sensación empieza a
crecer dentro de mí—. ¿Me estabas vigilando?
Se calla, pero su silencio es revelador, lo que no hace sino enfurecerme aún más.
—Dios mío —escupo—. Sabías que Hayes y yo nos acostamos esa noche,
¿verdad? Actuaste como si no tuvieras ni idea y luego te enfadaste conmigo cuando te
lo dije. ¿Pero lo supiste todo el tiempo?
Mi mente da vueltas mientras reconstruyo todo esto. Entonces me doy cuenta.
—No te tropezaste accidentalmente conmigo en el pasillo cuando salí de su
habitación. Me perseguiste sólo porque pensaste que podría enojar a Hayes, ¿no?
Sus manos se levantan y no hay ni un atisbo de remordimiento en su rostro.
—Funcionó. Al menos durante un tiempo.
Yo era sólo un juego para Kamden. Todo este tiempo era sólo un peón y no tenía
ni idea.
—Hijo de puta. —Hayes se lanza hacia Kamden, pero lo agarro por la capucha de
la sudadera y tiro de él hacia atrás. Me deja, pero prácticamente puedo sentir el calor que
desprende.
Kamden tuerce el labio con una sonrisa tortuosa.
—Supongo que si yo soy un hijo de puta, eso te convierte en uno, también.
Hayes da un paso más cerca, burlándose de Kamden y yo ya sé que alguien va a 205
ser golpeado hoy.
—No si no fui criado por uno, pedazo de mierda.
Miro de un lado a otro a los dos mientras se lanzan veneno el uno al otro,
intentando comprender qué significan todos esos golpes.
—Esa fue tu elección, no la suya. —Kamden apunta con un dedo a Hayes,
clavándoselo en el pecho.
—Ohhh —gruñe Hayes, empujándolo hacia atrás—. Tuvo una jodida elección. Ese
bastardo eligió alejarse.
De acuerdo. Ahora esto realmente no tiene ningún sentido para mí.
—¿De qué estás hablando, Hayes?
Kamden se ríe mientras Hayes da un paso más hacia mí, con pesar en sus ojos.
—¿Supongo que no se lo has dicho?
—No —balbucea Hayes mientras me lanza una rápida mirada, intentando
comunicarse con los ojos. Pero eso es lo que nos pasa, que solo sabemos comunicarnos
con comentarios indirectos.
—¿Qué? —dice Kamden mientras se acerca a nosotros—. ¿Te da vergüenza
decirle a tu nueva novia que soy tu hermano?
—Espera, ¿qué? —Jadeo, inseguro de haberle oído bien—. ¿Acabas de decir
hermano?
—Así es. —Kamden sonríe—. Resulta que follar putas viene de familia.
Lo siguiente que sé es que el puño de Hayes vuela por los aires y, antes de que
pueda hacer nada, impacta en la cara de Kamden y un crujido resuena a nuestro
alrededor.
Ni siquiera estoy enfadada por no haber podido parar el golpe. Si Hayes no lo
hubiera hecho, podría haberlo hecho yo mismo.
—¿Qué mierda? —aúlla Kamden mientras se tapa la cara ensangrentada con las
manos—. ¡Creo que me acabas de romper la puta nariz!
—¿Ahora quién está siendo una pequeña zorra? —Me retracto de las palabras que
Kamden le dijo a Hayes hace sólo unos minutos—. ¿No estás cansado de que tu cara
parezca que has tenido un mal encuentro con una pared? Provocas tanto a Hayes, que
pensaría que te gusta verte todo negro y azul.
Kamden se aleja corriendo a lamerse las heridas tras murmurar algo sobre
denunciar a Hayes, y yo me vuelvo hacia Hayes. Me duele el corazón cuando veo su
mano herida aún más. Pero eso no toca el dolor que siento después de lo que acabo de
oír. 206
—Así que es eso. —Levanto los hombros—. Supongo que sólo era un juego,
después de todo. Aunque no estoy segura de quién ganó. Supongo que tendrás que
preguntarle a tu hermano.
No me quedo a ver su cara ni la satisfacción que podría haber obtenido de esto
porque creo que en realidad me destrozaría. Yo sólo era un peón en su plan contra el
otro.
Con eso, me voy a toda prisa, sin saber a dónde ir a partir de aquí.
CAPÍTULO 25
211
Tengo que recuperar a mi chica.
CAPÍTULO 26
—LO ECHO MUCHO DE MENOS, ELODIE. —Aparto las lágrimas que me nublan la vista
mientras miro a mi hermana en la pantalla de mi teléfono.
—Entonces díselo, cariño. Dile cómo te sientes. Lo bueno, lo malo y lo feo.
—No sé cómo podré superar que me lo ocultara. Tuvo innumerables
oportunidades de decírmelo. Y aunque no me traicionó personalmente, me dejó
preguntándome qué más debería saber y no sé.
Sé que puede que no estuviera preparado para hablar de ello, pero me hace sentir
sucia. Como si yo fuera sólo alguien para usar entre los dos.
—Nunca te he visto así por un chico, Brogan. Lo que me lleva a creer que no es
un tipo cualquiera.
—No lo es —le digo sinceramente, mirando hacia mi regazo—. Es tan diferente a
los otros chicos que he conocido.
—Nena —dice con severidad, haciendo que mis ojos encuentren los suyos—.
Entonces, ¿para qué demonios estás hablando conmigo? Ve por él. 212
Ella tiene razón.
—Tienes razón. —Por primera vez en más de una semana, una sonrisa crece en
mi cara—. Voy a buscar a mi hombre. —Le doy un beso y termino la llamada.
Me levanto de un salto y revuelvo la habitación hasta encontrar mis zapatillas. Sin
importarme que llevo un pantalón de chándal y una sudadera sin sujetador, me las calzo.
La emoción se apodera de mí. No sé por qué he esperado tanto para ir a verlo -todos mis
allegados dirían que es por mi cabezonería-, pero voy a ir a verlo ahora.
Realmente estoy haciendo esto.
Justo cuando abro la puerta para irme, recuerdo que Hayes tiene un partido esta
noche. Puede que haya terminado, pero es muy probable que esté en Legends. Podría
llamarlo o mandarle un mensaje, pero tengo que hacerlo en persona.
Maldita sea.
Voy a empujar la puerta para cerrarla, pero se detiene justo antes de echar el
pestillo. Con un rápido movimiento, la abro y ahí está.
—Hayes. —Las lágrimas brotan de mis ojos—. ¿Estás aquí?
—En carne y hueso. —Su pulgar se desliza bajo mi ojo, limpiando la humedad—.
Te he echado de menos, Piernas.
—Yo también te he echado de menos. —Me invade una oleada de calor y me dejo
caer sobre él. Mi corazón se hincha cuando me rodea con sus brazos indulgentes—.
Siento mucho haberte ignorado. —Doy un paso atrás para poder ver su preciosa cara—
. No estaba siendo justa y ahora lo sé.
Hayes me rodea con un brazo y me pone la mano en la espalda mientras me lleva
a mi habitación.
—No tienes nada por lo que disculparte. Soy yo quien lo siente. —Cierra la puerta
tras nosotros—. Debería haberte dicho que Kamden es mi hermano. Mi odio hacia él se
apoderó de mí y supongo que no quería que nadie supiera que podía estar emparentado
con un imbécil tan desalmado. Y mucho menos, ser hijo de uno.
Niego con la cabeza porque ya entiendo esa parte.
—Lo que más me dolió es que no confiaras en mí lo suficiente como para
decírmelo en primer lugar. Pero ahora lo sé, no era por mí. Se trataba de ti. No me importa
que Kamden sea tu hermano, ni quién sea tu padre. —Le agarro la mano y se la acaricio
suavemente.
—Por supuesto que no. Eres la persona más comprensiva que he conocido,
Piernas. —Sus labios esbozan una sonrisa. Sabe muy bien que soy la persona menos 213
comprensiva que ha conocido. No me sorprende ni un poco que suelte una broma para
relajar el ambiente. Es lo que hace.
Le doy un manotazo juguetón.
—Eres un grano en el culo, Hayes.
Su ceja se arquea.
—Vaya. Gracias. Creo.
Camino delante de él, diciendo todo lo que debería haber dicho hace mucho
tiempo.
—Realmente lo eres. Dices todas las cosas equivocadas en todos los momentos
equivocados. Pones palabras en mi boca y sobreanalizas cada cosa que digo. Estás loco
y me vuelves loca. —Mis pies dejan de moverse y le miro viendo cómo se desarrolla mi
locura—. Quiero decir que escúchame, ni siquiera sé lo que digo.
—Estabas en medio de una serie de cumplidos. —Se me acerca y me pone las
manos en la cintura—. Sólo di lo que estás tratando de decir, Piernas.
Refunfuño, sabiendo que estoy metiendo la pata y que nada de lo que digo me
sale bien.
—Supongo que lo que intento decir es que me mantienes alerta. Me pones en mi
sitio y lo necesito. No creo que haya pasado un solo día desde que volviste a mi vida en
el que no me hayas sorprendido. La fachada de chico malo que pones para todos los
demás se pierde cuando estás conmigo. Eres dulce y considerado y no el idiota arrogante
que creía que eras.
—Para. —Su mano barre el aire—. Ahora estás haciendo que me sonroje.
—Hablo en serio, Hayes. —Me paro frente a él, a escasos centímetros de su cara—
. Eres mi equilibrio y no quiero volver a estar sin ti. —Trago saliva—. Ahora que me he
quitado todo eso de encima, ¿hay algo que quieras decir?
—Tengo mucho que decir. —Pega mi cuerpo al suyo, nuestras narices se rozan y
susurra—: No me gusta mucha gente, Piernas. Pero tú me vuelves loco.
Pensé que necesitaba oír que yo no era un juego para él, pero creo que en el fondo
ya lo sabía. Conozco a Hayes, y creo que él también me conoce bastante bien.
—¿Lo hago?
—Tan jodidamente loco por ti —canta—. De hecho, creo que es seguro decir que
me he enamorado perdidamente de ti.
Mi corazón se expande dentro de mi pecho, llenándome de un sentimiento de
satisfacción. 214
—Yo también te amo, Hayes. —No se han dicho palabras más ciertas. Lo amo.
El calor de su aliento golpea mi piel mientras presiona suavemente sus labios
contra los míos. Una chispa de electricidad recorre mi cuerpo y me acelera el corazón
mientras me derrito en él.
Nada más importa. Y la última semana sin él es un recuerdo lejano.
Por primera vez, siento que todas las piezas de mi vida han encajado y sé sin lugar
a dudas que Hayes es mi persona.
Cuando termina el beso, los labios de Hayes rozan mi oreja y susurra:
—¿Todavía tienes ese video?
—Claro que sí. —Asiento con una sonrisa.
—¿Qué te parece si lo borramos y creamos algo aún más ardiente?
—Mmm —tarareo—. Me gusta cómo piensas.
215
EPÍLOGO
—MUY BIEN, BROGAN —dice la señora Daniels, mi asesora académica, mientras sus
largas uñas cuidadas golpean el teclado—. Estás oficialmente en camino de obtener un
título en diseño de moda. Enhorabuena.
Me invade una oleada de alivio, mezclada con una excitación nerviosa.
—Muchas gracias, señora Daniels.
Salgo de su despacho sintiéndome en la cima del mundo.
No sólo acabo de tomar las riendas de mi futuro, sino que puedo ver a mi hombre
hacer lo suyo esta noche sobre el hielo.
Aún faltan tres horas para el partido, pero sé que Hayes acaba de llegar para
calentar, así que decido ir al estadio y desearle suerte antes del partido.
Quince minutos más tarde, le envío un mensaje de texto para avisarle de que voy
a entrar por la puerta.
216
Hayes: Encuéntrame en el patio de comidas.
Sin pasar por las taquillas, entro en el patio de comidas en su busca. De repente,
dos manos me agarran las caderas por detrás, diciéndome que él me ha encontrado
primero.
Me doy la vuelta, aprieto mi pecho contra el suyo y le rodeo el cuello con los
brazos. Me sorprende ver que aún lleva unos pantalones cortos de gimnasia y una
camiseta. Creía que ya iría bien abrigado.
—Hola, preciosa. —Me mira de arriba abajo—. ¿Estás lista para vernos ganar?
—Claro que sí. —Muevo las cejas antes de apretar mis labios contra los suyos—.
Un besito de buena suerte para cerrar el trato.
Un gemido sube por su garganta mientras me aprieta el culo.
—Joder, Piernas. Tu boca me la pone dura. Qué tal si me das algo más de suerte
esta noche.
—¿Qué tenías pensado exactamente? —Me muerdo el labio y parece que va a
perder el control aquí mismo. Me encanta.
Sin decir nada más, me agarra de la mano y camina con paso firme por el patio de
comidas, llevándome con él.
—Ven conmigo.
—Como si tuviera elección —me burlo.
Parece como si hubiéramos caminado un kilómetro cuando Hayes se detiene de
repente frente a una puerta cerrada. Mira a la izquierda, luego a la derecha, echa la mano
hacia atrás, gira el picaporte y empuja la puerta para abrirla.
Una larga zancada hacia atrás, y me arrastra a la habitación con él, cerrando la
puerta inmediatamente.
—¿Dónde estamos? —Suelto una risita mientras miro alrededor de la oscura
habitación. La única luz es un resquicio de fluorescentes reflejados que sale por debajo
de la rendija de la puerta.
En un abrir y cerrar de ojos, la habitación se ilumina y veo una cuerda que cuelga
de una bombilla sobre nosotros. Miro a mi alrededor y veo que estamos en una especie
de armario. Está bastante vacío, aparte de una fregona en un cubo amarillo seco y algunas
cosas en las estanterías.
—¡Hayes! —Jadeo—. No puedes esperar en serio que lo hagamos aquí. ¿Y si entra
alguien?
No pierde el tiempo y se baja los shorts y los bóxers.
—¿Todavía demasiado buena para usar la palabra follar, Brogan?
Lo fulmino con la mirada y él se ríe.
217
—Nadie viene nunca a este extremo de la arena. Estamos bien.
Eso es todo lo que necesitaba oír para salir de mis zapatos. No estoy segura de
dónde van, pero lo averiguaré más tarde.
Hayes me agarra por las caderas y me hace girar hasta que estoy de cara a la
estantería. Sus manos tantean la cintura de mis leggins y, con un rápido movimiento, me
los baja. Saco un pie, dejándome el otro atado al tobillo.
Se inclina hacia mí y su pecho me cubre la espalda. Su calor me hace sentir tan
bien que aprieto el culo contra él. Estoy mojada desde que me agarró y me muero de
ganas de sentir sus dedos abriéndome para él.
La forma en que los frota dentro de mí es adictivo, como lo demuestra la forma en
que fui junto con esta idea loca con tanta facilidad.
—¿Me deseas, nena? —pregunta suavemente, con dos dedos jugueteando
alrededor de mi coño mientras me encuentra húmeda y expectante.
—Puedes sentir cuánto te deseo —le digo, balanceando las caderas contra él. Me
mete dos dedos en el coño y los arremolina, haciéndome inclinar la cabeza hacia atrás.
—Voy a follarte duro y rápido, Piernas. ¿Estás lista?
—Sí. —Exhalo un suspiro embriagador mientras me recorren cosquillas de
deseo—. Sólo fóllame, Hayes.
Saca los dedos e inmediatamente me vuelve a llenar con su enorme polla. Jadeo
con el impacto y me abalanzo sobre él. Alargo la mano y me agarro a uno de los estantes,
grabando con las uñas la superficie de madera.
El aroma a limón inunda mis sentidos, un recordatorio de lo espontáneos que
somos Hayes y yo, y me encanta cada puto segundo.
Su polla se desliza dentro y fuera de mí con intensidad, las estanterías amenazan
con ceder bajo mi agarre. No mentía cuando dijo que iba a follarme duro y rápido.
Hayes mueve las caderas a un ritmo enérgico, metiendo y sacando su pene
mientras me agarra con fuerza por la cintura. Cada vez que su piercing sale y vuelve a
entrar, creo que se me cruzan los ojos. Me pierdo en la sensación. Nuestras respiraciones
agitadas se enredan en mientras mi espalda se arquea y extiendo el pie, abriéndome más
para él.
Cada embestida envía una oleada de placer a mi interior e, incluso en un lugar
público, no puedo controlar los gemidos que se escapan de mis labios.
—Joder, nena. —Jadea y gruñe mientras me penetra, asegurándose de que siento
cada centímetro de él. Sus dedos se tensan, sin duda dejando marcas que apreciaré más
tarde. Me encanta cuando pierde el control conmigo así, como si yo fuera lo único que 218
importa.
Es una sensación embriagadora tener a un hombre fuerte y poderoso a tu merced.
Por eso quiero probar algo.
—Para —le digo, y al instante lo hace. Dejo que se suelte de mí mientras me doy
la vuelta. Sus ojos me siguen atentamente, pero sonrío—. Quiero ver tu cara cuando me
corra en tu polla.
Gime y da un paso adelante para levantarme en brazos. Mis piernas lo rodean
mientras él se gira y coloca mi espalda contra la pared sin estantes. Mirarlo a los ojos
místicos que me tuvieron en trance la primera vez que nos vimos es lo que siempre me
hace sentir bien con él.
Reclamo sus labios mientras se desliza de nuevo dentro de mí y, aunque va rápido,
puedo sentir cómo saborea el momento conmigo. Mis uñas encuentran su espalda y lo
araño como a él le gusta, marcándolo para que todos en el vestuario vean que Hayes
Madden tiene una chica y ella marca su territorio.
Gime y mueve una mano entre nosotros para frotarme el clítoris. Grito en su boca
y él se lo traga como si estuviera ávido de cada pequeño sonido.
La presión aumenta en mi interior con una insaciable necesidad de liberarme.
Cada músculo se tensa y contengo la respiración mientras me recorre una oleada de
calor.
—Ahhh —grito—. Dios mío, Hayes.
—Así es. —Se echa hacia atrás para mirarme a los ojos—. Córrete alrededor de
mi polla, nena.
Lo hago. Mis caderas ruedan hacia él mientras cabalgo cada ola. Pero él aún no
ha terminado. Me pellizca el clítoris y gimo mientras me empuja frenéticamente,
pellizcándome cada vez más fuerte, hasta que... Dios, vuelvo a correrme.
Siento cómo su cabeza se hincha y su penetrante pulso choca contra mi punto G
mientras jadea. Se detiene un instante antes de dar una última embestida.
—Mierda, Piernas. —Exhala pesadamente, dándome un largo beso mientras
nuestras cabezas sudorosas se presionan—. Tenemos que venir a este armario antes de
cada partido.
—No me opongo a esa idea. Ser astuto es muy excitante. —Enderezo la espalda
y él se aparta de mí para dejarme en el suelo, con nuestra excitación mezclada goteando
ahora por mis piernas.
Hayes juguetea con sus shorts en el suelo antes de levantarse con los bóxers en
las manos. Me los pasa por las piernas, limpiándome.
—Tengo un par extra en mi taquilla. 219
—Gracias, cariño. —Lo hace cada vez que tenemos sexo y hace que se me derrita
el corazón. Usar sus bóxers es nuevo, pero nuestros recursos son limitados ahora mismo.
Una vez que estamos decentes, Hayes abre la puerta y asoma la cabeza antes de
hacerme un gesto para que lo siga.
Tras un beso de despedida, se dirige a los vestuarios para prepararse.
Estoy esperando a Hayes fuera de los vestuarios, enviándole un mensaje a mi
madre para decirle que los Devils han ganado esta noche, cuando una mano suave se
posa en mi cintura. Unos dedos cálidos me apartan el pelo hacia un lado y su aliento
caliente me abanica la nuca, arrancándome una sonrisa.
—¿Estás lista para admitirlo, Piernas?
Me meto el móvil en el bolsillo de la sudadera y sonrío.
—¿Admitir qué exactamente?
Camina a mi alrededor, arrastrando su mano contra mi cadera y provocándome
escalofríos.
—Que el hockey es más emocionante que el fútbol.
—¿Otra vez esto? —Suspiro—. Déjalo ya, cariño.
—Vamos. Sólo dilo. Sabes que es la verdad.
No miente. Me encanta ver un buen partido de fútbol, pero hay algo tan estimulante
en el hockey, especialmente cuando juega Hayes.
—Vamos —bromea, haciéndome cosquillas en el costado.
—Bien —murmuro, manteniendo la voz baja para que nadie más que Hayes oiga
mi confesión—. El hockey es más emocionante que el fútbol.
Sus puños vuelan en el aire.
—Claro que sí.
Le agarro del brazo, bajándolo a su lado, y él baja el otro.
—Olvidemos que he dicho eso y vámonos. Las vacaciones de Acción de Gracias
han empezado oficialmente y estoy lista para largarme de aquí y pasar algún tiempo con
mi hombre. —Estiro el cuello para encontrarme con sus labios y le doy un suave beso
220
mientras salimos del estadio.
Cambiando a un tono serio, tiro de su mano mientras cruzamos el estacionamiento
hacia la parada del autobús.
—¿Hablaste con tu tía Kelly? —le pregunto, esperando que lo haya hecho. Lleva
días diciéndole que quiere preguntarle por su padre, pero aún no lo ha hecho.
Traga saliva y asiente.
—Hablé con ella esta mañana.
—Eso es genial, Hayes. ¿Y qué dijo?
Deja escapar un suspiro.
—Decía la verdad.
—Vaya —exclamo, gratamente sorprendida, pero también un poco preocupada
de que esto haya puesto en conflicto los sentimientos de Hayes. Él ya sabe que lo apoyo
en todo lo que haga y le he dicho que no tiene por qué precipitarse, pero sé que esto le
ha estado rondando por la cabeza—. ¿Qué piensas hacer?
—No lo sé. —Se encoge de hombros—. Tal vez sea hora de seguir adelante, de
dejarse llevar. No estoy diciendo que alguna vez seremos padre e hijo, pero no hay nada
malo en empezar poco a poco, ¿verdad?
Sonrío, tan orgullosa de él por esto. Dejar atrás el rencor no es algo que Hayes se
tome a la ligera, debería saberlo.
—Desde luego que no. Pasitos de bebé siguen siendo progreso, y yo estaré a tu
lado mientras los das.
—Sé que lo harás. —Me guiña un ojo—. A la mierda tener una relación con
Kamden, sin embargo. Ha dicho y hecho cosas que son imperdonables y no voy a permitir
que una persona de mierda como esa entre en mi vida o en la tuya. ¿Pero me atrevo a
dejar entrar al hombre que lo crió?
—No puedo responder a eso por ti, cariño. —Le aprieto la mano—. Tienes que
hacer lo que te parezca correcto. Creo que es justo decir que el hecho de que Kamden
sea un idiota no significa que su padre lo sea. Todos tomamos nuestras propias
decisiones y creo que Kamden es el tipo de chico que ha tomado algunas de mierda por
su cuenta.
Asiente y me pasa un brazo por los hombros.
—Invitó a la tía Kelly a la cena de Acción de Gracias —dice con cautela en el tono—
. Y le pidió que nos extendiera la invitación a nosotros.
Mis ojos se agrandan. Ha sido muy atrevido por parte de su padre pensar que
Hayes va a ir a cenar a su casa.
—¿Y qué le dijiste?
221
—Joder, no. —Me aprieta fuerte contra él—. No voy a ninguna parte cerca de
Kamden. Ni siquiera quiero verlo, y mucho menos sentarme frente a él en una mesa para
cenar.
No me sorprende su respuesta. Y no lo culpo en absoluto.
—Pero no he cerrado la puerta del todo. Esta noche ha venido al partido y lo he
saludado. Sé que no es mucho, pero me pareció un comienzo.
Sonrío, sabiendo que es más que un comienzo. Ha accedido a dejar entrar a su
padre y eso es algo importante.
—Eso es enorme, Hayes. No hace mucho estabas tramando su muerte y la de
Kamden.
—A veces todavía lo hago. —Sonríe—. Bueno, la muerte de Kamden de todos
modos.
Llegamos a la parada de autobús y nos colocamos bajo la farola parpadeante. Me
pongo de puntillas y aprieto los labios contra los suyos.
—Estoy orgullosa de ti. No por la trama del asesinato, sino por seguir a tu corazón
y dar los pasos para curarte.
Me rodea la cintura con los brazos y tira de mí.
—No podría haberlo hecho sin ti.
—Ahora prométeme que no asesinarás a Kamden sin mí.
Se ríe.
—Nunca quiero hacer nada sin ti, Piernas. Ya sea tramar la muerte de alguien,
hacer videos sexuales, decorar tu dormitorio para Halloween o sobornar a seguridad para
que nos dejen patinar sobre hielo a deshora.
—Bien —le digo mientras miro el caleidoscopio que contiene mi futuro—. Yo
tampoco quiero hacer esas cosas con nadie más. Me encanta especialmente cuando
ponemos el árbol de Navidad una semana antes de Acción de Gracias mientras cantamos
juntos a Mariah Cary.
La mirada que me lanza es más helada que la pista en la que acaba de patinar.
—Sí, lo mejor de mi año —exclama, y no puedo evitar la carcajada que se me
escapa. Hayes era un gruñón ese día, un verdadero grinch, pero al final lo convencí con
chocolate caliente y una película de Papá Noel—. Ya sabes. —Empieza, y yo lo escucho
atentamente—. Siempre pensé que el hockey era mi mayor descarga de adrenalina.
Entonces te conocí y experimenté el subidón definitivo. Aunque no me veas y yo sólo te
vea a ti, saber que estás ahí me hace sentir que puedo conquistar el mundo. 222
—Siento lo mismo, cariño. —Lo beso de nuevo—. Te amo mucho, Hayes.
—Yo también te amo, Piernas.
Fin.
Muchas gracias por leer Beautiful Devil. Espero que hayan disfrutado de la historia
de amor de Hayes y Brogan. Puedes ponerte al día con las chicas Astor en el libro de la
hermana de Brogan, Elodie, Heartless Monster.
ACERCA DE LA AUTORA