Capítulo 1: El novato de hielo y el instructor de fuego
El sol de Bangkok caía sin piedad sobre el patio de la Facultad de Ingeniería. El sonido de los
silbatos y los gritos de los estudiantes de tercer año creaban una atmósfera de presión
absoluta. En el centro de todo, con su camisa de equipo granate y una expresión que podría
congelar el acero, estaba Arthit.
— ¡Si no tienen el espíritu suficiente para llevar el engranaje, váyanse ahora! —rugió Arthit,
cruzando los brazos sobre el pecho.
Sus ojos recorrieron las filas de novatos asustados, hasta que se detuvieron en uno. El
estudiante 0062. Kongpob.
A diferencia de los demás, Kongpob no evitaba la mirada. Estaba firme, con la espalda recta
y una expresión de serenidad que a Arthit le resultaba irritante y, extrañamente, fascinante.
Kongpob era apuesto, de una manera limpia y clásica, y proyectaba una confianza que no
debería tener un simple novato.
— ¿Algo que decir, 0062? —soltó Arthit, caminando hacia él hasta que sus rostros quedaron
a pocos centímetros.
— No, P'Arthit —respondió Kongpob. Su voz era profunda y aterciopelada—. Solo pensaba
que se ve muy cansado. Debería beber un poco de leche rosa para calmarse.
El patio quedó en silencio absoluto. Los amigos de Arthit —Prem, Knott y Bright—
intercambiaron miradas de asombro. Nadie le hablaba así a Arthit.
— ¡Cincuenta flexiones! ¡Ahora! —gritó Arthit, con las orejas volviéndose rojas.
Mientras Kongpob bajaba al suelo y empezaba el ejercicio con una gracia insultante, Arthit
no pudo apartar la vista. Se suponía que debía odiar esa insolencia. Se suponía que debía
castigarlo hasta que se rindiera. Pero, mientras observaba el movimiento de los hombros de
Kongpob bajo la camisa blanca, Arthit sintió un vuelco extraño en el estómago.
"Maldita sea", pensó Arthit, apretando los puños. "Este novato me va a dar problemas".
Al terminar la sesión de SOTUS, Arthit se refugió en su puesto de leche rosa favorito cerca
del campus. Estaba solo, tratando de procesar por qué su corazón latía tan rápido cada vez
que Kongpob lo desafiaba.
— Una leche rosa, por favor —dijo una voz a su lado.
Arthit saltó en su asiento. Era él. Kongpob estaba allí, con el uniforme algo desaliñado por el
ejercicio y una sonrisa leve en los labios.
— ¿Me estás siguiendo, 0062? —preguntó Arthit, tratando de recuperar su tono de
autoridad.
— Solo quería asegurarme de que el sol no hubiera derretido el humor de mi superior
—contestó Kongpob, sentándose en la mesa de al lado—. ¿Puedo invitarlo, P'?
Arthit se puso de pie bruscamente, ignorando el hecho de que quería quedarse.
— No necesito que un novato me invite a nada. Mañana, llega diez minutos antes. Tienes
tareas de limpieza.
Arthit se alejó a paso rápido, pero antes de doblar la esquina, miró de reojo. Kongpob lo
estaba mirando, con una expresión pensativa, sosteniendo su vaso de leche rosa.
Arthit se tocó el pecho. Por primera vez en su vida, el cazador se sentía como la presa. Y lo
peor de todo... es que quería que lo atraparan
Capítulo 2: Castigos y miradas robadas
La semana siguiente fue una tortura autoinfligida para Arthit. Sus amigos, especialmente
Bright, ya habían empezado a notar algo raro.
— Arthit, ¿por qué el novato 0062 está limpiando la biblioteca otra vez? —preguntó Bright,
devorando un pincho de pollo—. Ya la limpió el martes. Y el miércoles.
— Es... porque no lo hizo bien la primera vez —balbuceó Arthit, desviando la mirada hacia su
vaso de leche rosa—. Soy un instructor estricto, eso es todo.
— Sí, claro —intervino Knott con una sonrisa cómplice—. Tan estricto que te quedas
vigilándolo desde el pasillo durante dos horas.
Arthit se atragantó con su bebida. No era una vigilancia, se decía a sí mismo. Era
supervisión. Pero la realidad era que necesitaba ver a Kongpob. Necesitaba entender qué
tenía ese chico que lo hacía sentir como si estuviera perdiendo el equilibrio.
Esa tarde, Arthit entró en la biblioteca. El aire acondicionado zumbaba suavemente y el olor
a papel viejo llenaba el lugar. Al fondo, entre las estanterías de ingeniería mecánica,
Kongpob estaba subido a una escalera pequeña, acomodando tomos pesados.
— ¿Ya terminaste, 0062? —preguntó Arthit, tratando de sonar imponente.
Kongpob bajó un peldaño y lo miró desde arriba. La luz de la tarde entraba por los
ventanales, acentuando sus rasgos.
— Casi, P'Arthit. Pero estas estanterías son muy altas. ¿Ha venido a ayudarme o a darme
más trabajo?
— He venido a ver si eres tan eficiente como presumes —mintió Arthit. Se acercó a la
escalera y, sin pensarlo mucho, extendió la mano para tomar un libro que Kongpob
sostenía—. Dame eso, lo pondré yo.
Al tomar el libro, sus dedos rozaron los de Kongpob. La piel de Kongpob estaba cálida.
Arthit sintió una descarga eléctrica que le recorrió el brazo y, por un segundo, se olvidó de
cómo respirar. Kongpob no retiró la mano de inmediato; sus ojos se clavaron en los de
Arthit con una intensidad nueva, una que no era desafío, sino algo mucho más profundo.
— P'Arthit... —susurró Kongpob.
— ¡Cállate y sigue trabajando! —exclamó Arthit, retirando la mano bruscamente y casi
dejando caer el libro de termodinámica sobre su propio pie.
Mientras tanto, en la cafetería de la facultad, una mirada fría observaba la escena desde la
distancia. Minsung, un estudiante de segundo año que siempre había envidiado la posición
de Arthit y que guardaba un antiguo rencor contra la familia de Kongpob por negocios
competitivos, apretó su teléfono.
Minsung sabía que los instructores tenían prohibido tener relaciones personales con los
novatos durante el SOTUS. Si lograba probar que Arthit estaba acosando o favoreciendo a
Kongpob, podría destruir la reputación de ambos.
— Disfruta de tu "leche rosa" mientras puedas, Arthit —murmuró Minsung para sí mismo—.
Porque voy a hacer que este novato sea tu perdición.
Esa noche, Arthit no podía dormir. Se daba vueltas en la cama de su dormitorio. Decidió
enviarle un mensaje a Kongpob, algo que como instructor no debería hacer, pero su mano
se movió sola.
Arthit: Mañana a las 6 AM en la pista de atletismo. No llegues tarde.
A los pocos segundos, el teléfono vibró.
Kongpob: Allí estaré, P'. ¿Es otro castigo o es que quiere verme a solas?
Arthit lanzó el teléfono al otro lado de la cama, con el corazón martilleando contra sus
costillas. "Es un castigo", se repitió. Pero la sonrisa que no pudo borrar de su rostro decía lo
contrario.
Capítulo 3: El amanecer de las confesiones silenciosas
A las 5:50 AM, la universidad era un fantasma de cemento y neblina. Arthit llegó a la pista
de atletismo con dos botellas de agua y el corazón en la garganta. Se regañó a sí mismo por
haber llegado antes; un superior nunca debería mostrarse ansioso.
Sin embargo, Kongpob ya estaba allí. Estaba trotando suavemente, su figura recortada
contra el cielo azul oscuro. Llevaba una camiseta gris de tirantes que dejaba ver sus
hombros definidos, algo que hizo que Arthit se detuviera en seco.
— Llegas tarde, 0062 —dijo Arthit, recuperando su máscara de seriedad.
Kongpob se detuvo frente a él, apenas sudado, con esa sonrisa tranquila que volvía loco a
Arthit.
— En realidad, P’, llevo aquí quince minutos. Pensé que querría correr conmigo para calentar
antes de empezar a... "castigarme".
— ¡No vine a correr contigo! —mintió Arthit, lanzándole una de las botellas de agua.
Kongpob la atrapó en el aire con una mano—. Vine a supervisar tu resistencia física. Los
ingenieros no solo usamos la cabeza, también necesitamos cuerpo. ¡Empieza a correr!
Corrieron juntos durante media hora. Al principio, Arthit intentó ir a la cabeza para
demostrar su autoridad, pero pronto se encontró siguiendo el ritmo de Kongpob. El silencio
del amanecer era cómodo. No había gritos, ni silbatos, ni otros estudiantes. Solo el sonido
de sus respiraciones sincronizadas.
Cuando terminaron, ambos se desplomaron en las gradas de cemento. Arthit estaba
exhausto, jadeando con las manos en las rodillas. Kongpob, aunque cansado, parecía estar
disfrutando el momento.
— P'Arthit —dijo Kongpob de repente, su voz suave rompiendo el silencio—. ¿Por qué me
eligió a mí para esto?
— Eres un novato insolente —respondió Arthit sin mirarlo—. Necesitas disciplina.
— Hay muchos novatos insolentes —insistió Kongpob, acercándose un poco más en la
grada—. Pero usted solo me mira a mí. Incluso cuando está gritándole a todo el grupo,
siento sus ojos en mi nuca.
Arthit sintió que el mundo se detenía. El calor subió por su cuello, y esta vez no era por el
ejercicio. Se giró para encarar a Kongpob, con la intención de reprenderlo, pero se quedó
mudo. Kongpob estaba muy cerca. Podía ver el sudor brillando en su frente y la
determinación en sus ojos oscuros.
— No digas tonterías —susurró Arthit, su voz perdiendo toda su fuerza.
— No son tonterías, P'. Si quiere que lo persiga, lo haré. Pero creo que usted ya me alcanzó.
Arthit no supo qué responder. Su mano, impulsada por un deseo que ya no podía contener,
se movió para apartar un mechón de pelo húmedo de la frente de Kongpob. Fue un gesto
breve, casi un roce, pero cargado de una ternura que ninguno de los dos esperaba.
Mientras tanto, escondido tras los pilares del edificio de administración, el flash de una
cámara se disparó. Minsung sonrió mientras revisaba la pantalla de su teléfono. Tenía la foto
perfecta: el temido líder de los hazzers, Arthit, acariciando el rostro de un novato a solas en
la oscuridad.
— Una foto más y tendré suficiente para el foro de la facultad —murmuró Minsung—. Vamos
a ver cómo explicas esto frente al comité de disciplina, Arthit.
Esa misma mañana, en el desayuno, los amigos de Arthit lo rodearon.
— Arthit, te ves... diferente —dijo Prem, entrecerrando los ojos—. Tienes ojeras, pero estás
sonriendo como un idiota a tu plato de arroz.
— No estoy sonriendo —dijo Arthit, recuperando instantáneamente su expresión de pocos
amigos.
— ¡Claro que sí! —exclamó Bright—. Y hoy Kongpob llegó a la facultad con una energía
extraña. ¿Qué pasó en esa "sesión de entrenamiento"?
Antes de que Arthit pudiera inventar una excusa, su teléfono vibró sobre la mesa. Un
mensaje de un número desconocido con un enlace al foro privado de ingeniería.
Título del post: "¿Favoritismo o algo más? El líder de los hazzers y su novato favorito al
amanecer".
Arthit sintió que se le helaba la sangre. Al abrirlo, la foto de la pista de atletismo era la
portada
Capítulo 4: El precio del honor
El caos en la facultad de ingeniería fue instantáneo. En los pasillos, los susurros seguían a
Arthit como una sombra densa. La fotografía, aunque borrosa, capturaba un momento de
intimidad innegable. Para el sistema SOTUS, esto era una traición: un instructor no podía
tener vínculos emocionales con un novato mientras el entrenamiento estuviera en curso.
Arthit caminaba por el edificio con la cabeza en alto, pero sus nudillos estaban blancos de
tanto apretar las correas de su mochila.
— ¡Arthit! —gritó Knott, alcanzándolo cerca de los laboratorios—. El jefe del comité de
disciplina quiere verte. El post se ha vuelto viral en toda la universidad.
— No hice nada malo, Knott —dijo Arthit con voz temblorosa—. Solo estábamos entrenando.
— La foto dice otra cosa, amigo. Y sabes cómo son de estrictos con la imagen de la facultad
—respondió Knott con preocupación.
Mientras tanto, en el comedor, Kongpob estaba rodeado por sus propios amigos: Wad, Oak
y Tew. La atmósfera era tensa. Otros estudiantes los miraban y se reían por lo bajo.
— Kong, dinos la verdad —pidió Tew en voz baja—. ¿P'Arthit te está presionando? Si te está
obligando a hacer algo, podemos denunciarlo.
— No me está presionando —respondió Kongpob con una calma que asustaba—. P'Arthit es
la persona más íntegra que conozco. Alguien quiere hacerle daño, y no voy a permitirlo.
En ese momento, Minsung pasó junto a su mesa, con una sonrisa de suficiencia.
— Vaya, 0062 —dijo Minsung en voz alta para que todos oyeran—. No sabía que el
entrenamiento de resistencia incluía caricias al amanecer. ¿Qué sigue? ¿Una cita en el cine
por cada diez flexiones?
Kongpob se levantó lentamente. Sus ojos, normalmente amables, brillaban con una furia fría.
— Minsung, ¿verdad? —dijo Kongpob, acercándose un paso—. Si tienes algo que decir sobre
el sistema SOTUS, dilo en la reunión. Pero si vuelves a insultar el honor de P'Arthit, te
aseguro que las flexiones serán el menor de tus problemas.
Minsung palideció un poco, pero se recuperó rápido.
— Solo digo lo que todos ven. Ten cuidado, novato. Estás hundiendo al mejor instructor de
la facultad.
Esa tarde, bajo un árbol de lluvia cerca del estanque, Arthit se encontró con Kongpob. Arthit
se veía agotado; la reunión con disciplina había sido dura. Le habían quitado temporalmente
sus funciones como líder de los hazzers.
— P'Arthit... —empezó Kongpob, acercándose con cuidado.
— No te acerques, Kongpob —cortó Arthit, dándole la espalda—. Por ahora, no podemos ser
vistos juntos. Esto es serio. Si esto sigue, podrían expulsarme del equipo de instructores o,
peor, suspenderte a ti.
— No me importa mi puesto, P' —dijo Kongpob con firmeza—. Me importa usted.
Arthit se giró, con los ojos inyectados en sangre. Su orgullo estaba herido, pero su corazón
estaba roto.
— ¡Pues a mí sí me importa! Me ha costado tres años llegar aquí. He perseguido la
excelencia para ser un buen ejemplo... y ahora todos piensan que soy un pervertido que
acosa a sus estudiantes.
— ¿Cree que yo pienso eso? —preguntó Kongpob suavemente.
— ¡No sé lo que piensas! —gritó Arthit—. Solo sé que desde que decidí que quería conocerte,
todo se ha vuelto un desastre. Aléjate de mí, Kongpob. Es una orden de tu superior.
Kongpob se quedó helado. Vio cómo Arthit se alejaba casi corriendo, sin mirar atrás. Por
primera vez, Kongpob sintió una punzada de duda. Pero entonces, vio a lo lejos a los amigos
de Arthit —Bright, Prem y Knott— observando la escena.
Bright se acercó a Kongpob y le puso una mano en el hombro.
— No le hagas caso, está asustado. Nosotros sabemos quién tomó la foto. Y vamos a
ayudarte a limpiar su nombre. Pero necesitamos que tú seas el que lo mantenga a flote,
aunque él intente hundirse solo.
Capítulo 5: La caída de las defensas
El bar cerca de la universidad estaba sumido en una luz tenue y el olor a tabaco y cerveza.
Arthit, sentado en el rincón más oscuro, miraba fijamente su tercer vaso de licor fuerte. Sin
su camisa de instructor, se sentía desnudo, vulnerable. Los rumores habían sido
despiadados durante todo el día.
— Deberías parar, Arthit —dijo Knott, sentándose frente a él—. Beber no va a borrar ese post
del foro.
— Me pidió que me alejara, Knott —susurró Arthit, con la voz pastosa—. Le dije que era un
desastre. Soy un cobarde. Lo estoy persiguiendo porque no puedo evitarlo, pero en cuanto
las cosas se ponen feas, lo empujo lejos.
— No eres un cobarde, eres humano —respondió Knott—. Pero escucha: Bright y los novatos
están revisando las cámaras de seguridad del edificio de administración. Creemos que fue
Minsung. Él estaba allí esa mañana.
Arthit no respondió. Solo apoyó la cabeza en la mesa, cerrando los ojos. El rostro de
Kongpob, con esa mirada llena de una devoción que él no creía merecer, lo perseguía
incluso en la oscuridad de su embriaguez.
Mientras tanto, en una sala de computación de la facultad, la alianza improbable estaba
trabajando. Bright estaba sentado junto a Wad y Oak, revisando horas de metraje granulado.
— ¡Ahí está! —exclamó Oak, señalando la pantalla—. Ese es el coche de Minsung entrando al
campus a las 5:45 AM. Y miren, sale del edificio con una cámara profesional colgando del
cuello justo después de que P'Arthit y Kongpob terminaran de correr.
Bright golpeó la mesa con entusiasmo.
— Ese idiota. No solo es un envidioso, es un descuidado. Con esto podemos ir al decano.
Kongpob, que había estado observando en silencio desde atrás, se puso de pie. Su
expresión era decidida.
— Gracias por esto, P'Bright. Pero antes de ir al decano, necesito encontrar a P'Arthit.
— Está en el bar de la esquina con Knott —dijo Bright—. Ve por él, novato. Está hecho un
desastre por tu culpa... y por la suya propia.
Kongpob llegó al bar justo cuando Knott salía para contestar una llamada. Al ver a Kongpob,
Knott simplemente asintió y señaló hacia el fondo.
Arthit estaba solo, con la mirada perdida en el fondo de un vaso vacío. Cuando Kongpob se
sentó frente a él, Arthit ni siquiera levantó la cabeza.
— Te dije que no te acercaras, 0062 —murmuró Arthit.
— Ya no estamos en la facultad, Arthit —respondió Kongpob, omitiendo el título de "P'" por
primera vez—. Y ya no soy solo un número para ti. Deja de huir.
Arthit levantó la mirada, con los ojos vidriosos y las mejillas encendidas por el alcohol.
— ¿Por qué eres tan persistente? Te estoy hundiendo conmigo. ¡Mírate! Todos hablan de ti.
— Que hablen —dijo Kongpob, extendiendo su mano sobre la mesa para cubrir la de Arthit.
Esta vez, Arthit no la retiró—. Ya tenemos pruebas de que fue Minsung. Todo se va a
arreglar mañana. Pero ahora... ahora necesito que me digas la verdad.
Arthit tragó saliva, sintiendo que el nudo en su garganta amenazaba con romperse.
— La verdad es que... no quería que fueras un novato cualquiera. Desde el primer día,
cuando me desafiaste con esa mirada... quise que fueras mío. Me asusté tanto que empecé
a perseguirte con castigos solo para tenerte cerca. Soy un idiota, Kongpob.
Kongpob sonrió, una sonrisa llena de alivio y algo mucho más intenso. Se inclinó hacia
adelante, reduciendo el espacio entre ambos hasta que sus respiraciones se mezclaron.
— No eres un idiota, P'. Solo eres alguien que ama demasiado su orgullo —susurró
Kongpob—. Pero yo te quiero más de lo que tú quieres a ese orgullo.
Arthit sintió que el corazón le daba un vuelco. Era la primera vez que alguien se lo decía tan
directamente. Antes de que pudiera procesarlo, Kongpob se acercó más.
— Te quiero, Arthit —repitió Kongpob con voz firme—. Y no me importa quién tome la foto.
Arthit, vencido por la emoción y el alcohol, se inclinó y apoyó la frente en el hombro de
Kongpob, dejando escapar un suspiro tembloroso. Por primera vez en semanas, se sintió a
salvo.
Capítulo 6: El calor bajo la lluvia
La mañana siguiente fue un torbellino de justicia. Gracias a las pruebas de Bright y los
novatos, el decano llamó a Minsung a su oficina. No hubo forma de negarlo; el registro de
las cámaras y los metadatos de la foto original —que Minsung aún guardaba en su teléfono—
fueron suficientes. Minsung fue suspendido y obligado a publicar una disculpa pública en el
foro, admitiendo que había manipulado la narrativa para dañar la reputación de sus
compañeros.
Arthit fue reinstaurado como líder de los hazzers con una disculpa del comité. Sin embargo,
algo había cambiado. Al caminar por los pasillos, Arthit ya no sentía la necesidad de gritar
para ser respetado. Su mirada buscaba solo una cosa: el uniforme blanco de Kongpob.
Al caer la tarde, una tormenta tropical estalló sobre Bangkok. El cielo se volvió gris oscuro y
el agua caía en cortinas pesadas. Arthit estaba en el porche de la facultad cuando vio a
Kongpob corriendo bajo la lluvia, empapado hasta los huesos.
— ¡0062! ¡Ven aquí! —gritó Arthit.
Kongpob llegó al porche, riendo y sacudiendo su cabello, salpicando a Arthit en el proceso.
— P’Arthit, parece que el cielo también está celebrando su victoria.
— Estás empapado, idiota. Te vas a enfermar —dijo Arthit, aunque su tono era suave. Se
quitó su chaqueta granate de ingeniería y se la puso a Kongpob sobre los hombros—. Vamos
a mi habitación. Está cerca y puedes secarte allí.
El dormitorio de Arthit era pequeño, ordenado y olía a jabón y a esa leche rosa que tanto le
gustaba. Kongpob entró, sintiéndose de repente un poco tímido a pesar de su valentía
habitual.
— Toma una ducha. Te dejaré ropa limpia —dijo Arthit, dándole una camiseta y unos
pantalones cortos.
Cuando Kongpob salió del baño, el vapor aún lo rodeaba. La camiseta de Arthit le quedaba
un poco ajustada, marcando sus hombros. Arthit estaba sentado en el borde de la cama,
esperándolo. El silencio en la habitación era espeso, cargado de todo lo que no se habían
dicho desde la noche anterior en el bar.
— ¿Lo que dijiste anoche... —empezó Arthit, levantándose lentamente—, lo de "te quiero"... lo
decías en serio o era el ambiente del bar?
Kongpob caminó hacia él hasta que solo quedó un paso de distancia.
— Lo digo en serio cada vez que te miro, Arthit. Te quiero. Y sé que tú también sientes algo,
aunque te mueras de miedo.
Arthit no esperó más. Rompiendo su propio récord de timidez, tomó a Kongpob por el cuello
de la camiseta y lo besó. Fue un beso hambriento, desesperado, lleno de la frustración de
las semanas en que tuvo que fingir que no lo deseaba. Kongpob respondió con la misma
intensidad, rodeando la cintura de Arthit y atrayéndolo hacia sí.
Se movieron hacia la cama, tropezando con sus propios pies. En la intimidad de la
habitación, las etiquetas de "instructor" y "novato" se disolvieron por completo.
Lo que descubrieron esa noche fue que ninguno de los dos quería un rol fijo. Arthit, que
siempre parecía querer el control en la facultad, disfrutaba cediendo ante la ternura de
Kongpob; y Kongpob, que siempre era el calmado, descubrió que podía ser dominante
cuando Arthit se lo pedía. Eran versátiles, adaptándose el uno al otro, explorando cada
rincón de su piel con una curiosidad que quemaba más que el sol de mediodía.
— Eres mío —susurró Arthit contra el cuello de Kongpob, mientras sus manos se
entrelazaban con fuerza sobre las sábanas.
— Siempre lo he sido —respondió Kongpob, antes de volver a reclamar sus labios.
Esa noche, mientras la lluvia golpeaba el cristal de la ventana, Arthit finalmente dejó de
perseguir a Kongpob, porque se dio cuenta de que ya estaban en el mismo lugar
Capítulo 7: El secreto de la chaqueta granate
Las semanas posteriores a la noche de la lluvia fueron una danza constante de miradas
robadas y mensajes ocultos. Arthit seguía siendo el líder de los hazzers, pero su severidad
se había suavizado. Ahora, cuando gritaba órdenes, sus ojos siempre buscaban a Kongpob
para asegurarse de que el novato viera el pequeño brillo de diversión en ellos.
— Te ves muy relajado, Arthit —comentó Bright un viernes por la tarde mientras
descansaban en el taller de mecánica—. Ya no castigas al 0062. ¿Es que finalmente te
rendiste o es que ya lo domaste?
— Cierra la boca, Bright —respondió Arthit, aunque no pudo evitar que sus orejas se
pusieran rojas mientras limpiaba una llave inglesa—. Simplemente está mejorando su
disciplina.
— Tan buena es su disciplina que ayer los vi salir del mismo edificio de dormitorios a las
siete de la mañana —soltó Prem con una sonrisa traviesa.
Arthit se quedó helado. Sus amigos eran listos, demasiado listos. Miró a Knott, quien solo
asintió en silencio, dándole a entender que todos lo sabían, pero que estaban de su lado.
— Si van a estar juntos, al menos sean más discretos —añadió Knott—. No queremos que
otro idiota como Minsung intente algo.
Esa noche, la facultad organizó una pequeña celebración tras las pruebas intermedias. Era
una fiesta informal en el patio, con música y comida. Arthit intentaba mantener su distancia
profesional, pero era difícil cuando veía a Kongpob riendo con sus compañeros de primer
año.
Kongpob, por su parte, no dejaba de observar a su "P'". Ver a Arthit con su chaqueta de
equipo, liderando a los demás, lo llenaba de un orgullo inmenso. Sin embargo, notó que
alguien se acercaba a Arthit de manera sospechosa.
Era una chica de segundo año, Praepailin, que aunque era amable, estaba siendo demasiado
cercana a Arthit, tocándole el brazo mientras reían. Arthit, siendo el torpe social que era, no
sabía cómo marcar distancia sin ser grosero.
Kongpob sintió una punzada de celos que no pudo controlar. Se despidió de Wad y caminó
directamente hacia ellos.
— P'Arthit —dijo Kongpob, interrumpiendo la conversación. Su voz era tranquila, pero sus
ojos ardían—. Creo que se le olvidó esto en mi habitación la otra noche.
Kongpob extendió la mano. No llevaba nada físico, pero el gesto fue suficiente para que la
chica se diera cuenta del cambio de atmósfera. Arthit abrió mucho los ojos, casi
ahogándose con su bebida.
— ¿En tu habitación? —preguntó Praepailin, parpadeando confundida.
— Sí, estábamos... repasando los códigos de conducta de la facultad —dijo Kongpob con una
sonrisa ladina—. Es un instructor muy dedicado.
Arthit, en un arranque de valentía (o de pánico), tomó a Kongpob del brazo y lo alejó de la
multitud hacia una zona con menos luz.
— ¿Estás loco? —susurró Arthit, aunque no lo soltaba—. Casi nos delatas delante de todos.
— No me gusta que te toquen, Arthit —respondió Kongpob, acorralando a Arthit contra una
columna de hormigón—. Sé que eres tú quien me persigue, pero a veces necesito marcar mi
territorio.
Arthit soltó una risa nerviosa.
— ¿Tu territorio? Soy tu superior, 0062.
— En la facultad, sí —susurró Kongpob al oído de Arthit, haciendo que este se estremeciera—.
Pero aquí, bajo esta luz, solo eres el hombre que no me dejó dormir anoche.
Arthit bajó la guardia. Miró a su alrededor; sus amigos —Bright, Prem y Knott— estaban a
unos metros, formando una especie de "muro" humano para bloquear la vista de los demás,
dándoles privacidad de forma intencionada.
— Tienes suerte de que mis amigos sean unos alcahuetes —dijo Arthit, pasando sus brazos
por el cuello de Kongpob—. Pero si vuelves a hacer una escena así, te pondré a correr cien
vueltas.
— Correría mil, siempre que al final me estés esperando tú —respondió Kongpob antes de
sellar el trato con un beso rápido pero posesivo.
Capítulo 8: Sal en la piel y arena en las sábanas
La facultad de ingeniería organizó el esperado viaje anual de integración a la playa de
Rayong. Eran tres días de actividades, barbacoas y, por supuesto, más SOTUS. Sin embargo,
para Arthit y Kongpob, era una oportunidad peligrosa pero tentadora de estar cerca bajo el
pretexto del deber.
El autobús era un hervidero de gritos y canciones de ingeniería. Arthit, sentado al frente con
los otros hazzers, trataba de mantener una expresión seria mientras sentía la mirada de
Kongpob clavada en su nuca desde la fila diez.
— Deja de mirar hacia atrás, Arthit, se te va a quedar el cuello torcido —susurró Bright,
dándole un codazo—. Si quieres besarlo, espera a que lleguemos al hotel.
— ¡Cállate! —susurró Arthit, golpeándole el brazo—. Solo estoy vigilando que los novatos no
hagan tonterías.
Al llegar, el hotel era un complejo de cabañas frente al mar. Por la noche, tras las
ceremonias de los brazaletes de la amistad y las fogatas, la mayoría de los estudiantes se
quedaron bebiendo en la playa. Arthit aprovechó el caos para escabullirse hacia su cabaña,
la cual, gracias a una "gestión eficiente" de Knott, compartía solo con Kongpob bajo el
pretexto de que no había más espacio.
Cuando Kongpob entró en la habitación, Arthit estaba de pie en el balcón, mirando las olas.
Solo llevaba unos pantalones cortos y una camiseta de tirantes blanca.
— P’Arthit —llamó Kongpob suavemente.
Arthit se giró. Sus ojos brillaban con un deseo que ya no intentaba ocultar.
— ¿Alguien te vio entrar?
— No. Tus amigos están entreteniendo a todo el mundo con una competencia de beber
cerveza —respondió Kongpob, cerrando la puerta con llave y acercándose—. Estamos solos.
El ambiente se cargó al instante. El sonido del mar de fondo parecía marcar el ritmo de sus
latidos. Arthit fue quien acortó la distancia esta vez, empujando a Kongpob contra la pared
de madera de la cabaña.
— Dijiste que yo era el que te perseguía, ¿verdad? —susurró Arthit, recorriendo con sus
labios la mandíbula de Kongpob—. Pues hoy no pienso dejar que te escapes.
Esa noche, la versatilidad de su relación alcanzó un nuevo nivel. En la cama, entre sábanas
que se sentían frescas contra su piel caliente, Arthit tomó la iniciativa con una intensidad
que sorprendió a Kongpob. El "instructor" salió a relucir en la forma en que guiaba el cuerpo
de Kongpob, pero rápidamente se transformaba en una entrega total cuando Kongpob
reclamaba su turno para dominar. No había jerarquías, solo dos cuerpos que encajaban
perfectamente, explorando cada centímetro con una mezcla de ferocidad y una ternura que
les sacaba el aliento.
— Kong... —jadeó Arthit, con los dedos enterrados en el cabello de Kongpob—. Te quiero. No
importa lo que pase en el campus, te quiero a ti.
Kongpob se detuvo un segundo para mirarlo a los ojos, su expresión llena de una adoración
absoluta.
— Lo sé. Y yo te quiero más que a mi propia vida.
A la mañana siguiente, la playa estaba tranquila. Arthit y Kongpob salieron a caminar
temprano, antes de que los demás despertaran. Se sentaron en un tronco seco, mirando el
amanecer.
— ¿Crees que podremos ocultarlo mucho más tiempo? —preguntó Kongpob, entrelazando
sus dedos con los de Arthit sobre la arena.
— Mis amigos ya lo saben. Los tuyos también sospechan —dijo Arthit, apoyando su cabeza
en el hombro de Kongpob—. Tal vez sea hora de dejar de huir. No quiero que seas mi
"secreto", Kongpob. Quiero que seas mi orgullo.
Kongpob sonrió, sintiendo que el pecho le estallaba de felicidad. Pero la paz duró poco. Al
regresar a las cabañas, vieron a un grupo de estudiantes de segundo año rodeando el
tablón de anuncios.
Había un nuevo panfleto pegado. No era de Minsung esta vez, pero el mensaje era igual de
venenoso: "¿Es ético que el líder de los hazzers duerma en la misma habitación que el
novato 0062? La imparcialidad de ingeniería está en duda".
La sombra del tercero en discordia, alguien que no se había rendido tras la caída de
Minsung, volvía a acecharlos.
Capítulo 9: Máscaras rotas y el valor de la verdad
El panfleto en el tablón de anuncios era como una mancha de aceite en agua limpia. El
ambiente relajado del viaje a la playa se evaporó en un segundo. Arthit sintió esa familiar
punzada de pánico, pero esta vez, al sentir la mano de Kongpob rozando la suya
discretamente, no huyó.
— Esto no es obra de Minsung —susurró Knott, acercándose al grupo con expresión
sombría—. Minsung fue un idiota descuidado. Esto es más personal. Alguien que conoce los
horarios y la distribución de las cabañas.
Bright, que siempre parecía estar en broma, esta vez no sonreía. Miró hacia el grupo de
estudiantes de tercer año y sus ojos se detuvieron en Tutee, uno de los instructores del
equipo de hazzers que siempre había sido el "segundo" después de Arthit.
— Tutee —dijo Bright con voz gélida—. Tú fuiste quien ayudó a Knott con la asignación de
habitaciones, ¿verdad?
El grupo se giró hacia Tutee. Él siempre había sido el más callado, el que seguía las órdenes
de Arthit sin rechistar. Pero ahora, su rostro mostraba una mueca de resentimiento que
nadie había notado antes.
— ¿Por qué, Tutee? —preguntó Arthit, dando un paso adelante. Sus amigos —Prem, Knott y
Bright— se colocaron a sus lados, formando una barrera protectora—. Pensé que éramos un
equipo.
— ¡Un equipo bajo tu sombra! —estalló Tutee, soltando el papel que tenía en la mano—.
Siempre eres tú, Arthit. El líder, el ejemplo, el que todos admiran. Y resulta que eres un
hipócrita que usa su poder para acostarse con un novato. Si yo no puedo tener el respeto de
la facultad, tú tampoco lo tendrás.
La acusación resonó en toda la playa. Estudiantes de todos los años se habían acercado a
mirar. La reputación de Arthit estaba pendiendo de un hilo.
Kongpob dio un paso al frente, pero Arthit puso una mano en su pecho, deteniéndolo. Esta
vez, era el turno de Arthit de ser el cazador, de proteger lo que amaba.
— No estoy usando mi poder, Tutee —dijo Arthit con una voz tan firme que el murmullo de la
multitud cesó—. Mi relación con Kongpob no tiene nada que ver con el sistema SOTUS. Él se
ganó su engranaje con su esfuerzo, y yo me gané el suyo con el mío.
— ¡Es una violación de las reglas! —gritó Tutee, buscando apoyo en los demás—. ¡Deberían
quitarle el puesto!
— Entonces quítamelo —respondió Arthit, empezando a desabrocharse los botones de su
chaqueta granate, el símbolo máximo de su autoridad—. Si ser un ingeniero significa ocultar
quién soy o dejar de lado a la persona que me hace mejor cada día, entonces no quiero este
uniforme.
Arthit se quitó la chaqueta y, ante el asombro de todos, se la entregó a Knott. Luego,
caminó hacia Kongpob y, frente a los profesores, los hazzers y los novatos, tomó su mano y
entrelazó sus dedos firmemente.
— No soy solo su instructor —declaró Arthit, mirando a la multitud—. Soy el hombre que lo
ama. Y si eso es un problema para la facultad, aquí tienen mi renuncia.
El silencio fue absoluto, interrumpido solo por el sonido de las olas. De repente, desde el
grupo de los novatos, Wad empezó a aplaudir. Luego Tew. Los amigos de Kongpob se
unieron. Y entonces, ocurrió lo inesperado: Bright, Prem y Knott también empezaron a
aplaudir, seguidos por la gran mayoría de los estudiantes.
Tutee, viendo que su plan se había vuelto en su contra y que nadie lo apoyaba, bajó la
cabeza y se alejó hacia el hotel, derrotado por la lealtad que Arthit había sembrado sin
saberlo.
Esa noche, bajo las estrellas de Rayong, Arthit y Kongpob se alejaron de la fiesta de
clausura para tener un momento a solas en el muelle.
— Fuiste muy valiente, P’ —dijo Kongpob, abrazándolo por la cintura desde atrás.
— Estaba aterrorizado —confesó Arthit, apoyando su espalda en el pecho de Kongpob—.
Pero cuando dijiste que me querías, me di cuenta de que ninguna chaqueta granate vale
tanto como lo que tenemos.
Kongpob le dio la vuelta y lo miró con una intensidad que hizo que a Arthit le temblaran las
piernas.
— Ya no tienes que perseguirme, Arthit. Ya estamos en casa.
Capítulo 10: El engranaje de dos corazones
El regreso al campus después del viaje a la playa no fue como Arthit esperaba. Él imaginaba
juicios y susurros, pero lo que encontró fue un nuevo tipo de respeto. Al caminar junto a
Kongpob, ya no había necesidad de esconderse. La facultad de ingeniería, conocida por su
dureza, había demostrado que su verdadero valor residía en la lealtad a los suyos.
Arthit no tuvo que renunciar a su puesto. El decano, tras escuchar el testimonio de los otros
hazzers y de los propios novatos, dictaminó que mientras no hubiera favoritismo en las
calificaciones, la vida privada de los estudiantes les pertenecía a ellos. Tutee, por su parte,
fue relevado de sus funciones por conducta malintencionada.
Un mes después, la universidad celebraba la ceremonia de entrega de engranajes. Era el
momento más sagrado para un estudiante de primer año: recibir el símbolo que lo
acreditaba oficialmente como ingeniero.
Kongpob estaba en la primera fila, impecable en su uniforme. Arthit estaba en el estrado,
con su chaqueta granate puesta de nuevo, pero esta vez con una expresión de serenidad
absoluta.
— Novato 0062, un paso al frente —dijo Arthit con voz clara.
Kongpob caminó hacia él. El patio estaba en silencio, pero era un silencio cálido. Arthit
tomó el engranaje de bronce y lo colocó en la mano de Kongpob. Sus dedos se rozaron, y
por un breve segundo, el tiempo se detuvo.
— El engranaje está en tu corazón, y tu corazón está en el engranaje —recitó Arthit,
siguiendo la tradición. Luego, bajó la voz para que solo Kongpob lo oyera—: Y mi corazón...
ese ya lo tienes tú desde hace mucho.
Kongpob sonrió, esa sonrisa que siempre lograba desarmar al instructor más feroz.
— Lo cuidaré mejor que a mi propia vida, P'Arthit.
Al terminar la ceremonia, sus amigos los rodearon. Bright, Prem y Knott se unieron a Wad,
Tew y Oak. La barrera entre años se había roto por completo.
— ¡Beso! ¡Beso! —empezó a corear Bright, ganándose un golpe de Arthit, aunque esta vez el
mayor no dejó de sonreír.
Esa noche, celebraron en el departamento de Kongpob. Ya no había presión, ni espías, ni
miedo al qué dirán. La habitación estaba iluminada solo por unas luces tenues y el brillo de
la ciudad de Bangkok entrando por la ventana.
Se movieron con una familiaridad que solo el tiempo y la confianza otorgan. En la intimidad,
su versatilidad era su lenguaje secreto. A veces Arthit buscaba el refugio de ser cuidado por
Kongpob, soltando toda la carga de ser el líder; otras veces, era Arthit quien reclamaba el
control, demostrando que su instinto de perseguidor seguía vivo, pero ahora movido
puramente por la pasión.
— ¿Sabes? —susurró Kongpob, mientras descansaban entrelazados después de amarse—. Al
principio pensé que nunca te alcanzaría. Parecías tan lejano en ese estrado gritándonos a
todos.
Arthit se acurrucó contra su pecho, trazando círculos en la piel de su hombro.
— El secreto, Kongpob, es que yo empecé a correr hacia ti en el momento en que me
desafiaste por primera vez. Me perseguiste con tus palabras, pero yo te perseguí con mi
mirada hasta que no pude más.
— Me gusta que me persigas —admitió Kongpob, besando la coronilla de su cabeza—. Pero
me gusta más que caminemos juntos.
Arthit levantó la mirada y lo besó, un beso lento, profundo y lleno de promesas. Aún les
quedaban dos años de carrera para Arthit y tres para Kongpob. Habría exámenes difíciles,
noches sin dormir y quizás más retos, pero mientras tuvieran su engranaje —y el uno al
otro—, sabían que no había nada que no pudieran construir.
Afuera, la universidad dormía, pero dentro de esa habitación, la historia de "más que rivales"
se había convertido en la leyenda de dos ingenieros que aprendieron que la estructura más
fuerte es la que se construye con la verdad.
FIN.