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Concepto de Renta

El documento presenta un análisis sobre la teoría de la renta según Marx, destacando su complejidad y las contradicciones en sus escritos sobre la propiedad de la tierra. Se discute cómo la renta se relaciona con el valor de uso y la producción capitalista, así como el papel de los terratenientes en la economía. La obra también plantea interrogantes sobre la explotación y la dinámica de clases dentro del capitalismo, sugiriendo que la renta puede tener funciones tanto positivas como negativas en la acumulación de capital.

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Concepto de Renta

El documento presenta un análisis sobre la teoría de la renta según Marx, destacando su complejidad y las contradicciones en sus escritos sobre la propiedad de la tierra. Se discute cómo la renta se relaciona con el valor de uso y la producción capitalista, así como el papel de los terratenientes en la economía. La obra también plantea interrogantes sobre la explotación y la dinámica de clases dentro del capitalismo, sugiriendo que la renta puede tener funciones tanto positivas como negativas en la acumulación de capital.

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© 1982, 2006 David Harvey

Este libro ha sido impreso por acuerdo y con permiso de David Harvey.

Primera edición en inglés: The Limits of Capital, Oxford, Basil Blackwell Publishers, 1982.
Segunda edición en inglés: Londres, Verso, 2006.

© 2024, de esta edición,Traficantes de Sueños.


Licencia Creative Commons: Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0
Internacional (CC BY-NC-ND 4.0)

Primera edición en castellano: Marzo de 2024.


Título: Los límites del capital
Autor: David Harvey
Traducción y edición: Isidro López Hernández y Traficantes de Sueños
Maquetación y diseño de cubierta: Traficantes de Sueños

Traficantes de Sueños
C/ Duque de Alba, 13. 28012, Madrid.
Tlf: 915320928. [e-mail:editorial@[Link]]

Impresión:
Cofás artes gráficas

ISBN: 978-84-19833-13-6
Depósito legal: M-7128-2024
XI
LA TEORÍA DE LA RENTA

La renta, justo es decirlo, preocupó profundamente a Marx. Este trató de


hacer un «análisis científico de la renta del suelo», de la «forma económica
específica, autónoma, de la propiedad de la tierra sobre la base del modo
capitalista de producción» en toda su «pureza, libre de todos los aditamen-
tos que la falsean y desfiguran» (El capital, vol. iii, p. 718). Sus escritos
sobre este tema, todos los cuales fueron publicados póstumamente, son
en su mayor parte, no obstante, pensamientos tentativos anotados en el
propio proceso de descubrimiento. En tanto tales, parecen con frecuen-
cia contradictorios. Las formulaciones contenidas en su libro temprano,
Teorías sobre la plusvalía, difieren considerablemente de los pocos pasajes
bien pulidos de El capital, mientras que su análisis en esta última obra, si
bien extenso y a menudo penetrante, está plagado de dificultades que no
ceden fácilmente a su usual toque mágico. El resultado es una buena dosis
de confusión y una inmensa y continua controversia entre las pocas almas
valerosas que han tratado de tomar su camino a través del campo de minas
de sus escritos sobre la cuestión.1
La renta, en última instancia, es solo un pago hecho a los terratenientes
por el derecho a usar la tierra y sus accesorios (los recursos incorporados
en su seno, los edificios instalados sobre esta, etc.). La tierra, concebida
en este amplio sentido, tiene evidentemente un valor de uso y un valor de
cambio. ¿Puede tener también entonces un valor? Si es así, ¿cómo se puede
reconciliar la existencia de ese valor con las teorías del valor que descansan
en el tiempo de trabajo incorporado (como en Ricardo) o, en el caso de
Marx, en el tiempo de trabajo socialmente necesario?

1
La obra de Lenin (ed. 1956), El desarrollo del capitalismo en Rusia, y la de Kautsky (ed.
1970), La question agraire (véase también el resumen en inglés de Banaji, 1976), son los
dos clásicos posteriores a Marx. Otros estudios más recientes, que tienen interés, son Rey
(1975), Postel-Vinay (1974) y Tribe (1977; 1978); todos ellos toman una línea muy crítica
en contra de lo que ellos consideran como los errores más graves de Marx. Ball (1977) y
Fine (1979) se acercan mucho más a la intención original de Marx. Edel (1976) revisa de
forma útil los recientes intentos por encontrar aplicaciones urbanas a los conceptos de
Marx, pero no se ocupa de las contribuciones de los franceses sobre esa cuestión; véase
Lipietz (1974), Topalov (1974) y Dichervois y Theret (1979). Una buena historia de las
teorías burguesas de la renta puede encontrarse en Keiper et al. (1961).

429
430 | Los límites del capital

Las mejoras de la tierra son, por supuesto, el resultado del trabajo humano.
Las viviendas, las tiendas, las fábricas, los caminos, etc., pueden ser pro-
ducidos como mercancías y por tanto se les puede tratar como valores en
el curso de la circulación a través del entorno construido (véase el capítulo
viii). Un componente de la renta se puede tratar así como un caso especial
de interés sobre el capital fijo o el fondo de consumo. La parte de la renta
que plantea el problema es el puro pago de la tierra sola, independiente de
las mejoras que haya en ella. A este componente lo llama Marx renta de
la tierra. En lo que sigue, vamos a tratar, a menos que se especifique otra
cosa, la renta de la tierra como renta, y asumiremos que el interés sobre las
mejoras se debe considerar de otro modo.
Marx insiste, por supuesto, en que los pagos de renta no se hacen a la
tierra y que la renta no crece en el suelo. Los pagos de este tipo se hacen a
los terratenientes y sería imposible hacerlos sin un intercambio general de
mercancías, la plena monetización de la economía y todos los aditamen-
tos legales y jurídicos de la propiedad privada de la tierra. Sin embargo,
es igualmente consciente de que esta base legal no decide nada y que la
explicación cabal de la renta tiene que volver compatible el pago hecho
ostensiblemente por la tierra con una teoría del valor centrada en el trabajo.
En la búsqueda de respuestas a esta pregunta, Marx pudo ver con bas-
tante claridad en qué se había equivocado Ricardo. No pudo averiguar la
forma de superar esa misma dificultad. Marx sentía un fuerte prejuicio a
la hora de incluir los hechos de la distribución en el corazón de su teoría,
al mismo tiempo estaba muy inclinado a tratar la renta como una pura
relación de distribución y no de producción. Sin embargo, las relaciones
de distribución, como demuestra ampliamente el caso del interés, pue-
den desempeñar un papel estratégico de coordinación dentro del modo de
producción capitalista. La circulación del capital que devenga interés no
produce valor directamente, aun cuando ayuda a coordinar la producción
de plusvalor (obviamente con todas sus contradicciones). ¿Es así posible
que la circulación del capital en busca de la renta desempeñe un papel
análogo de coordinación? Más adelante voy a tratar de mostrar que en los
escritos de Marx, si bien profundamente enterrada, hay una respuesta posi-
tiva a esta pregunta. Esta consiste en la «apropiada» circulación del capital
a través del uso de la tierra y por tanto todo el proceso de diseño de una
organización espacial «apropiada» de las actividades (repleta de contradic-
ciones) está ligada al funcionamiento de los mercados de tierra, que a su
vez descansan sobre la capacidad para apropiarse de la renta. Al igual que
el capital que devenga interés, la apropiación de la renta desempeña pape-
les positivos y negativos en relación con la acumulación. Sus funciones de
coordinación se realizan a costa de permitir formas absurdas de especula-
ción de la tierra. Sin embargo, ese argumento es apenas discernible en los
La teoría de la renta | 431

textos de Marx. Marx parece extraordinariamente renuente a admitir que


el terrateniente tenga algún papel positivo en el capitalismo.
Sus dudas a este respecto se pueden atribuir en parte a su perpetuo
combate con la economía política clásica. Los ricardianos describen a los
terratenientes como parásitos, como remanentes inútiles y superfluos de la
época feudal. Malthus les dio un papel más positivo, como consumidores y
por tanto como fuente de demanda efectiva. ¿Dónde se podía ubicar Marx
en todo esto? Obviamente no quería ponerse del lado de Malthus. ¿Podía
distanciarse de Ricardo sin parecer que apoyaba a Malthus? Por eso se puso
abiertamente del lado de Ricardo. Pero esto presentaba sus problemas.
De una parte, no podía tratar al terrateniente como un agente puramente
pasivo y parasitario, que se apropia del plusvalor sin hacer nada a cambio,
y de otra parte proporcionar una base teórica para la continua apropiación
de la renta bajo el capitalismo y para la reproducción social de una clase
distintiva de propietarios de tierra. Cuando Marx considera la propiedad
de la tierra bajo este último aspecto, es difícil evitar la conclusión de que
la renta conlleva algo más que una simple relación de distribución y que
en su interior o detrás de ella existe algún tipo de relación de producción.
Marx sabía perfectamente, como es natural, que la propiedad de la tie-
rra había desempeñado inicialmente un papel vital en esa «distribución
que determina la producción» y que separaba al trabajo de los medios de
producción en la tierra. También le rondaba, no obstante, la sospecha de
que «la propiedad de la tierra se distingue de los restantes tipos de propie-
dad en que, al llegar a una determinada fase de desarrollo, aparece como
una forma superflua y nociva, inclusive desde el punto de vista del modo
capitalista de producción» (El capital, vol. iii, p. 716). Detrás del ambiguo
verbo «aparece» está la idea más afirmativa de que podría serlo realmente
y esta opinión cobra fuerza a medida que Marx va construyendo su argu-
mento. Si la relación de clase dominante es la que existe entre el capital y el
trabajo, «las circunstancias bajo las cuales el capitalista tiene que compartir
a su vez una parte del [...] plusvalor que ha capturado con una tercera per-
sona que no trabaja, son solo de importancia secundaria» (Teorías sobre la
plusvalía, vol. ii, p. 152). En caso de que eso no sea suficientemente explí-
cito, habla posteriormente de que la «reducción de la propiedad de la tierra
ad absurdum» y la total separación entre el terrateniente y el control sobre
la tierra «son los grandes méritos del modo capitalista de producción» (El
capital, vol. iii, p. 710).
Podríamos querer saber, por supuesto, qué es lo que compele al capital a
compartir sus ganancias con un grupo social tan reducido. Pero luego leemos
en la misma página algo más disruptivo, que la renta del suelo es la «forma
en que aquí se realiza [...] se valoriza la propiedad de la tierra» y, lo que
es aún más sorprendente, que «los obreros asalariados, los capitalistas y los
432 | Los límites del capital

terratenientes, forman las tres grandes clases de la sociedad moderna». Este


último pensamiento está expuesto en el capítulo lii, «Clases», que Engels
colocó al final de El capital. Parece sumamente extraño que nos diga, al final
de una obra que ha construido una interpretación de la dinámica del capita-
lismo sobre la base de la relación de clase entre el capital y el trabajo, que en
realidad las tres grandes clases constituyen la «sociedad moderna».
¿En qué sentido puede así la propiedad de tierra «producir valor»,
cuando la propia tierra, por definición, no es una fuente de valor? Y ¿cuál
es la posición exacta de clase de los terratenientes dentro de un modo de
producción capitalista despojado de todos sus «detalles poco importantes
que deforman y ofuscan»? ¿Es que la renta pone a los terratenientes en
contra de los capitalistas, en contra de los trabajadores o de ambos? En
definitiva, ¿conlleva la apropiación de la renta la explotación de quién y
por quién?2
Las respuestas a estas preguntas son tanto más difíciles de localizar por-
que en el mundo de las apariencias parece como si los diversos factores
de producción —la tierra, los trabajadores y el capital— estuvieran dota-
dos de poderes mágicos que los convierten en la fuente de valor. Marx,
como podría esperarse, muestra gran habilidad e ironía al considerar estas
ideas fetichistas (Teorías sobre la plusvalía, vol. iii, pp. 403-478; El capital,
vol. iii, cap. xlvii, pp. 927 y ss). También concede, sin embargo, que es
«natural» que los productores «se sientan plenamente a gusto, como en su
casa, dentro de estas formas enajenadas e irracionales de capital-interés,
tierra-renta del suelo, trabajo-salarios, pues son precisamente las formas de
la apariencia en que ellos se mueven y con la que conviven diariamente».
Los productores individuales se pueden dar el lujo de preocuparse úni-
camente de que su ganancia sobrepase lo que pagan en salarios, interés,
renta y capital constante (El capital, vol. iii, pp. 945-950). La renta que
pagan es suficientemente real y su respuesta, a lo que de hecho puede ser
una clasificación fetichista, tiene efectos suficientemente reales a tomar en
consideración. Armados con la teoría del valor, es fácil despojarse de los
necesarios fetichismos que cercan la experiencia cotidiana, pero la cuestión
no termina aquí. El desafío teórico consiste en definir una teoría coherente
de la renta de la tierra dentro de la estructura de la propia teoría del valor.
Esta es la tarea inmediata que nos traemos entre manos.
Voy a ocuparme del problema por etapas. Empezaré con el valor de
uso de la tierra. Podría pensarse que este es un punto de partida bastante
incongruente, si bien no plantea peligro alguno cuando se entiende bien
que las cualidades materiales solo están aquí a examen en su aspecto social.
Voy a examinar luego el papel de la propiedad de la tierra en la historia del

2
Rey (1973, p. 24) plantea el problema de igual modo.
La teoría de la renta | 433

capitalismo, a fin de tratar de identificar la forma verdaderamente capita-


lista de dicha propiedad. Los dos primeros epígrafes del capítulo sientan
la base y los antecedentes necesarios para analizar las formas de la renta,
el papel contradictorio de la propiedad inmobiliaria bajo el modo de pro-
ducción capitalista y las consecuentes luchas distributivas que surgen entre
el capitalista y el terrateniente. En el último epígrafe consideramos la pro-
piedad territorial como una forma de «capital ficticio» que opera en los
mercados de tierras; sobre esta base, vamos a tratar de dar plena justifi-
cación a la existencia de la renta de la tierra en virtud de las funciones de
coordinación que realiza asignando la tierra a sus usos y dando forma a
la organización geográfica en formas que reflejen la competencia y estén
dispuestas para la acumulación. Estos papeles positivos de la propiedad
inmobiliaria tienen también consecuencias negativas. No obstante, la base
social de los propietarios de tierras en tanto fracción del capital puede ser
así definida.

1. El valor de uso de la tierra

La tierra, al lado del trabajador, constituyen «los dos manantiales de toda


riqueza» (El capital, vol. i, p. 585). En su estadio virginal, la tierra es «el
objeto general sobre el que versa el trabajo humano», la «condición origi-
nal» de toda producción, y la depositaria de una variedad aparentemente
infinita de valores de uso potenciales «que la naturaleza brinda al hombre»
(El capital, vol. i, p. 240; Teorías sobre la plusvalía, vol. ii, pp. 42-43).
Ese concepto tan universal solo es útil, sin embargo, en la medida en que
indica las circunstancias que el capital debe enfrentar o modificar. El valor
de uso de la tierra y sus accesorios tiene que considerarse en relación con el
modo de producción capitalista.
Los individuos privados, bajo las leyes de la propiedad privada, pueden
adquirir poderes de monopolio. Esto «presupone el monopolio de ciertas
personas sobre determinadas porciones del planeta, sobre las cuales pueden
disponer como esferas exclusivas de su arbitrio privado» (El capital, vol. iii,
p. 708). Puesto que la tierra es monopolizable y enajenable, se puede alqui-
lar o vender como mercancía. Bajo ciertas circunstancias, los derechos de
propiedad privada son difíciles de establecer, como es el caso por ejemplo
en lo que se refiere al aire, el agua en movimiento y los peces que nadan en
ella. No vamos a considerar aquí ese tipo de problemas.
La propia tierra es, asimismo, un bien no reproducible. Por contraste,
algunos (pero no todos) valores de uso en ella incorporados no solo son
reproducibles, sino que pueden ser creados a través de la producción de
mercancías (fábricas, diques, viviendas, tiendas, etc.). La cantidad de tierras
434 | Los límites del capital

adecuadas para ciertos tipos de actividad humana puede venir alterada por
la creación de valores de uso en el entorno construido. Sin embargo, la can-
tidad total de tierra sobre la superficie del globo no puede ser incrementada
o disminuida de forma significativa por la acción de los seres humanos (si
bien la tierra robada al mar puede ser importante a nivel local).
Cuando empujamos más allá estas cuestiones tan generales, nos enfren-
tamos a multitud de distinciones sutiles como, por ejemplo, entre valores
de uso completamente «naturales» y valores de uso creados por la acción
humana, o entre el uso activo de la tierra para la producción y extracción, y
la tierra que se usa simplemente como espacio (El capital, vol. iii, pp. 879-
880). Marx argumenta que la propiedad de la tierra «demanda su tributo»
en todos esos sentidos, pero como tenemos que comenzar por algún sitio,
vamos a empezar con la última de estas distinciones.

2. La tierra en tanto base para la reproducción y la extracción

Los valores de uso contenidos en la tierra pueden ser extraídos (como los
minerales), movilizados para la producción como «fuerzas de la naturaleza»
(por ejemplo, la energía del viento y del agua) o usarse como base para la
reproducción continuada (como en la agricultura y en la ingeniería forestal).
En los primeros dos casos podemos clasificar los valores de uso como condi-
ciones o elementos de la producción. La agricultura es algo especial. La tierra
no solo proporciona aquí una reserva de sustancias nutritivas que han de
convertirse en alimentos y en diversas materias primas por la acción del cre-
cimiento de las plantas y la reproducción de los animales, sino que también
funciona como un instrumento o como medio de producción. El proceso de
producción está parcialmente incorporado dentro de la propia tierra.3

3
La terminología de Marx no es siempre la misma. Se refiere a la tierra de distintas formas:
como una condición para la producción, una precondición para la producción, un elemento
de producción, un elemento dentro del cual se lleva a cabo la producción, un elemento de la
producción (Teorías sobre la plusvalía, vol. ii, pp. 32, 37, 42, 221; El capital, vol. iii, p. 879).
Lo que tiene en mente al hacer estas distinciones está bien ejemplificado en el siguiente pasaje:
«La renta agrícola propiamente dicha [...] es lo que se paga por el permiso de invertir capital
[...] en el elemento tierra. La tierra es, aquí, el elemento de producción». Como tal, se le
puede considerar como una forma de capital constante (ya sea fijo o circulante). «Las fuerzas
naturales por las que aquí se paga», en el caso de la renta, de edificios, presas, etc… entran
en la producción como condición, ya sea como fuerza productiva, ya como sine qua non»,
con lo cual Marx evidentemente quiere decir un espacio puro y simple «pero no constituyen
el elemento de esta misma esfera determinada de producción. Y asimismo en la renta que se
paga por las minas, los yacimientos de carbón, etc., la tierra es el depósito de los valores de uso
arrancados de sus entrañas. Aquí se paga por la tierra, no porque sea el elemento en el que deba
producirse, como ocurre con la agricultura, ni porque entre en la producción como una de sus
condiciones, como ocurre con los saltos de agua o con los solares para construir, sino porque
contiene los valores de uso depositados en ella y de los que hay que apoderarse mediante la
laboriosidad» (Teorías sobre la plusvalía, vol. ii. pp. 220-221).
La teoría de la renta | 435

Esta condición material no es la base para la apropiación de la renta. Gran


parte del análisis de Marx sobre la renta agrícola se dedica a atacar ese
concepto tan erróneo y a explicar cómo pudo surgir. La distinción entre
los medios de producción producidos y no producidos constituye una base
válida para hacer una distinción entre las ganancias sobre el capital (con-
sideradas como medio de producción producido) y la renta de la tierra
(considerada como medio de producción no producido). Marx argumenta
que esta es una de las ilusiones más omnipresente dentro de la economía
política burguesa (El capital, vol. iii, pp. 937-938). Esto implica que «las
rentas crecen en el suelo» y que la tierra tiene valor aunque no sea producto
del trabajo humano —presupuesto que no concuerda con la teoría del
valor de Ricardo ni tampoco con la de Marx—. Veamos cómo pudo surgir
esta ilusión. Nosotros atribuimos significado social directamente a las dis-
tinciones puramente de valor de uso. Marx argumenta, en cambio, que el
rasgo distintivo de la propiedad de la tierra bajo el capitalismo es la total
separación entre la «tierra como condición de trabajo de la propiedad de la
tierra y del terrateniente» (p. 711). Solo el capital domina sobre los medios
de producción, con independencia de si estos medios están incorporados
a la tierra o a la fábrica. Por supuesto, esto presupone que las formas inter-
medias de propiedad de la tierra (como la propiedad campesina) han dado
paso a un modo de producción puramente capitalista de la tierra (véase el
siguiente epígrafe de este capítulo).
Los valores de uso de y sobre la tierra son «dones gratuitos de la
Naturaleza» y altamente variables en cuanto a su cantidad y calidad. La
productividad física de la fuerza de trabajo varía, por tanto, según las
circunstancias naturales, que son monopolizables y no reproducibles. El
plusvalor relativo (las ganancias extraordinarias) se puede acumular en
manos de los capitalistas que tienen acceso a valores de uso de calidad
superior —recursos minerales fáciles de extraer, poderosas «fuerzas de la
naturaleza» o tierra de fertilidad natural superior—. Sin embargo, el plus-
valor relativo es un elemento permanente, en comparación con el caso
normal en el que solo se logra de forma pasajera por medio de ventajas tec-
nológicas efímeras (Teorías sobre la plusvalía, vol. ii, p. 93). Esta distinción
es importante a la hora de entender la base de la renta.
El ejemplo que Marx propone resulta instructivo. Un capitalista usa
un salto de agua (que no es un producto del trabajo humano), mientras
que otro emplea carbón (producto del trabajo humano) para mover su
maquinaria. Cualquier capitalista puede ir al mercado y comprar carbón
y maquinaria, pero el salto de agua es «una fuerza natural monopolizable
que [...] solo se haya a disposición de quienes pueden disponer de determi-
nadas porciones del planeta y de sus pertenencias». Es más, los fabricantes
que son dueños de saltos de agua «excluyen a los que no los poseen del
436 | Los límites del capital

empleo de esta fuerza natural, porque el suelo, y más aún el suelo dotado
de saltos de agua, es limitado (El capital, vol. iii, p. 741). Estos fabrican-
tes están destinados a recibir ganancias extraordinarias a perpetuidad en
virtud de las ventajas naturales de que disfrutan. Los dueños de tierras se
pueden apropiar de estas ganancias extraordinarias y convertirlas en rentas
de la tierra sin que disminuya de ningún modo la ganancia media.
Lo que fija el nivel de la ganancia extraordinaria (y, por implicación,
de la renta) es la diferencia entre la productividad individual y la produc-
tividad media, así como el precio de producción que prevalece dentro de
la industria. Conviene insistir en que la fuerza natural «no es la fuente del
plusvalor, sino su base natural» y que las ganancias extraordinarias exis-
tirían incluso sin su conversión en rentas de la tierra. La circulación de
capital, más que la propiedad de tierras, es el factor activo en este proceso.
Si el precio promedio de la producción cayera, no obstante, por debajo
del que se puede lograr incluso con la ayuda de los «dones gratuitos» de
la naturaleza, estos últimos resultarían inútiles (de la misma forma que las
máquinas de vapor eliminaron la rueda hidráulica). La «permanencia» de
las ganancias extraordinarias se debe juzgar así en relación con los procesos
generales de cambio tecnológico.
Esto nos lleva a la cuestión general de la modificación de las «fuerzas
naturales» por la acción humana. Es posible modificar el suelo de modos
muy relevantes para la productividad agrícola. Esta forma de cambio tec-
nológico del suelo como medio de producción tiene algunas características
muy peculiares. Por lo general, solo se puede lograr de forma lenta —
hecho que, en opinión de Marx, explica por lo menos en parte el ritmo
relativamente lento de cambio tecnológico en la agricultura, en compara-
ción con la industria (Teorías sobre la plusvalía, vol. ii, pp. 92-96)—. Sin
embargo, el capital «puede ser fijado en la tierra, puede ser incorporado a
ella, en parte de una manera más bien transitoria, por ejemplo, las mejoras
de naturaleza química, el abono, etc., y en parte de forma permanente
como en el caso de canales de drenaje, instalaciones de riego, nivelaciones,
edificios administrativos, etc.» (El capital, vol. iii, p. 712). A este capital se
le llama capital tierra, una forma particular de capital fijo que circula y que
supuestamente se usa de una forma normal (véase el capítulo viii). Este
capital fijo debe producir al menos intereses.
Consideremos ahora las implicaciones de las inversiones en la fertilidad
de la tierra. La fertilidad, debemos mencionar desde el principio, «implica,
por ello, económicamente, siempre una relación —una relación con el
nivel de desarrollo alcanzado por la agricultura en los aspectos químico y
mecánico— y por consiguiente, se modifica con ese nivel de desarrollo».
La fertilidad puede mejorar «en virtud de un mejoramiento artificial-
mente producido por la composición del suelo o por mera modificación
La teoría de la renta | 437

en los métodos agrícolas» (El capital, vol. iii, p. 747). Consideremos la


primera de estas posibilidades. Hay dos peculiaridades que resaltan inme-
diatamente. Las inversiones sucesivas tienen la capacidad de superponerse
entre sí y de generar mejoras permanentes. En contraste, las inversiones
sucesivas en maquinaria no tienen ese efecto. De hecho, las revoluciones
tecnológicas en la industria a menudo traen consigo la devaluación de los
viejos equipos. Las mejoras de la tierra no están sometidas a la devaluación
del mismo modo. La tierra, «si se le trata de un modo adecuado, mejora
continuamente» (p. 888). Las circunstancias que destruyen las capacidades
productivas de la tierra no son, por eso, comparables con las que reinan en
la industria (pp. 923-924).
La segunda peculiaridad surge porque la mejora permanente de un lote
de tierra significa por lo general que hay que crear las «cualidades que posee
por naturaleza otra tierra, en otro lugar» (El capital, vol. iii, p. 850). El
capital crea en un lugar las condiciones de producción que constituyen
dones gratuitos de la naturaleza en otro lugar. La frontera entre el interés
sobre el capital y la renta sobre la tierra parece algo borrosa hasta que se
amortiza la inversión, cuando cualquier mejora permanente se convierte
en un bien gratuito y por tanto en principio no difiere de los dones gra-
tuitos de la naturaleza. «La productividad de la tierra engendrada así por
el capital coincide posteriormente con su productividad “natural”, y de
esta forma aumenta la renta». Sobre estas bases, Marx refuta la opinión de
Ricardo de que la renta es un pago por las «fuerzas originales e indestruc-
tibles de la tierra», porque estas fuerzas son tanto producto de la historia
como de la naturaleza.

2.1. Espacio, lugar y ubicación

La renta es el concepto teórico por medio del cual la economía política (sea
cual sea su índole) se enfrenta tradicionalmente al problema de la organi-
zación espacial. La renta, como veremos posteriormente, proporciona una
base para diversas formas de control social sobre la organización espacial y el
desarrollo del capitalismo. Esto es así porque la tierra sirve no solo como un
medio de producción, sino también como «base, como sitio, como centro
local de operaciones» —«el espacio se requiere como elemento de cualquier
producción y de toda acción humana—» (El capital, vol. iii, p. 880).
Marx no abordó sistemáticamente el valor de uso del espacio, si bien a
lo largo de su obra hay desperdigadas distintas referencias a esta cuestión.
Su tratamiento del asunto en El capital se funda, por ejemplo, en el puro
sentido común, sin las trabas que vienen de una apelación a cualquier
teoría particular del espacio. En cualquier caso, están implicados ciertos
principios teóricos: exactamente cuáles son estos principios ha dejado
438 | Los límites del capital

perplejos, al tiempo que dividía, a quienes se han ocupado del problema


desde entonces.4 Las dificultades son más aparentes que reales. Su solución
resulta fácilmente accesible cuando regresamos a los conceptos básicos de
valor de uso, valor de cambio y valor.
Un valor de uso, recordemos, «no es una cosa de aire», sino que está
limitado por las «propiedades físicas de las mercancías». Las propieda-
des espaciales de localización, situación, forma, tamaño, dimensión, etc.,
deben verse, en el primer caso, como atributos materiales de todos los valo-
res de uso sin excepción. Además nosotros podríamos, si así lo deseamos,
igualar todos los objetos «bajo la dimensión del espacio», distinguirlos
«como puntos diferentes en el espacio» y examinar las relaciones espaciales
entre ellos (Teorías sobre la plusvalía, vol. iii, p. 127). Sin embargo, las
propiedades materiales de los valores de uso «llaman nuestra atención solo
en la medida en que afectan a la utilidad [...] de las mercancías». El aspecto
social de los valores de uso es lo que finalmente cuenta. Pero no podemos
entender este aspecto social de los valores de uso en el capitalismo con
independencia del intercambio y de la formación de valores.
Nos damos cuenta así de que las mercancías «tienen que ser traídas al
mercado» para su intercambio (aunque el intercambio de títulos puede
realizarse en un lugar) y que esto implica eventualmente un movimiento
físico en el espacio. Este último resulta esencial en la formación de los
precios. En la medida en que el intercambio se extiende y se perfecciona,
la circulación de mercancías «rompe con todas las restricciones en cuanto
al tiempo, el lugar y los individuos». La forma de los precios refleja las
condiciones de producción en diversas localizaciones, bajo diferentes con-
diciones de trabajo concreto. El proceso de intercambio, en definitiva, se
abstrae continuamente de los datos específicos de la ubicación a través de la
formación de los precios. Este es el camino para conceptualizar los valores
con independencia del lugar. El trabajo abstracto incorporado a determi-
nadas localizaciones bajo condiciones concretas y específicas es una media
social tomada de todas las localizaciones y condiciones.

4
De todos los escritores marxistas importantes, Henry Lefebvre (por ejemplo, 1974) ha
sido, de largo, el más persistente en su lucha por incorporar una dimensión espacial al
pensamiento marxista. Lipietz (1977) intenta una «espacialización» más convencional de la
teoría de la acumulación, mientras que un número especial de la Review of Radical Political
Economics (vol. 10, núm. 3, 1978) sobre el desarrollo desigual regional aborda temas simi-
lares. Importantes controversias han surgido, especialmente entre los geógrafos, acerca del
problema del «fetichismo del espacio», haciendo que las relaciones sociales entre las perso-
nas aparezcan como relaciones entre los lugares o espacios. Aun cuando todos los marxistas
están en principio de acuerdo en que las relaciones de clase son de capital importancia,
sigue existiendo el problema de cómo y cuándo es útil considerar los antagonismos entre las
categorías espaciales, como entre ciudad y campo, ciudad y suburbio, países desarrollados
y «Tercer Mundo», etc., en tanto importantes atributos del capitalismo (véanse Peet, 1981;
Smith, 1981; Soja, 1980).
La teoría de la renta | 439

La acumulación de capital implica la expansión del valor a través del


tiempo. A primera vista parece como si en un análisis de este tipo el espa-
cio pudiera ser simplemente dejado de lado. Sin embargo, la acumulación,
despojada de su punto de referencia material en los valores de uso y el
dinero, solo se podría representar de forma ideal en lugar de material. El
eje sobre el cual gira siempre el análisis, como vimos en el capítulo i, es la
relación entre el valor de uso, el valor de cambio y el valor. El truco está,
entonces, en poner en movimiento nuestra comprensión de las propieda-
des materiales espaciales de los valores de uso, junto con los conceptos de
valor de cambio y de valor. De este modo, se puede descifrar el significado
de las propiedades espaciales de los valores de uso en su dimensión social.
A continuación vamos a dar algunos pasos tentativos por ese camino.
La propiedad privada de la tierra confiere a las personas privadas un
poder exclusivo sobre ciertas porciones del planeta. Esto conlleva una con-
cepción absoluta del espacio, una de cuyas propiedades más importantes es
el principio de individualización establecido por medio de la exclusividad
de la ocupación de cierta porción del espacio —no hay dos personas que
puedan ocupar exactamente la misma localización en este espacio y ser
consideradas como dos personas separadas—.5 La exclusividad del control
sobre un espacio absoluto no está confinada a las personas privadas, sino
que se extiende a los Estados, las divisiones administrativas y cualquier
otra clase de individuo jurídico. La propiedad privada de la tierra, que en
la práctica se registra normalmente a través de una encuesta catastral y un
mapa, establece claramente la porción de la superficie de la tierra sobre la
cual los individuos privados tienen poderes exclusivos de monopolio.
Cuando los productores de mercancías las llevan al mercado, las tras-
ladan a través de un espacio que se puede definir como relativo.6 En esta
concepción del espacio se rompe el principio de individualización, en
tanto muchos individuos pueden ocupar la misma posición en relación

5
En física, el espacio absoluto se refiere a una concepción del espacio en tanto «contenedor»
inmutable y eterno. En la práctica esto se reduce a postular un conjunto de coordenadas fijas
a través de las cuales la materia se desplaza. En otro lugar (Harvey, 1973, p. 13), defendí que
el espacio «no es absoluto, relativo o relacional en sí mismo, pero que puede convertirse en
una de esas cosas o en todas simultáneamente, dependiendo de las circunstancias. El pro-
blema de la conceptualización correcta del espacio se resuelve por medio de lo que hacen los
seres humanos respecto a este». Sigo manteniendo este punto de vista. En el caso que aquí
nos atañe, consideramos la propiedad privada u otras divisiones territoriales como unidades
fijas a través de las cuales circula el capital. La conceptualización del espacio absoluto tiene
sentido porque es así como se expresa la propiedad privada territorial.
6
La perspectiva relativa del espacio ha dominado al espacio absoluto newtoniano durante
aproximadamente 100 años de la Física, pero los geógrafos y otros científicos sociales han
adoptado esta idea en tiempos relativamente recientes (Harvey, 1969, cap. 13). Marx, como
de costumbre, se adelantó notablemente a su tiempo al reconocer claramente la relatividad
del espacio respecto de los procesos de intercambio.
440 | Los límites del capital

con algún otro punto —por ejemplo, más de un productor puede estar
exactamente a diez kilómetros del mercado— mientras que la métrica que
prevalece dentro del espacio también puede verse modificada según las cir-
cunstancias; las distancias medidas en coste o en tiempo no son las mismas,
y ambas son muy diferentes de las distancias físicas (véase el capítulo xii).
Los productores en las localizaciones más favorecidas («más favoreci-
das» en este caso se mide en términos de costes de transporte más bajos)
pueden obtener ganancias extraordinarias. Estas ganancias extraordinarias,
como las diferencias en la fertilidad natural, se deben considerar en el pri-
mer caso como algo permanentemente fijo, en comparación con la forma,
por lo general, transitoria del plusvalor relativo relacionada con ventajas
tecnológicas efímeras. De ello se deduce que aquellos que son dueños de
tierras en localizaciones favorecidas pueden convertir las ganancias extraor-
dinarias en rentas sobre la tierra sin afectar la tasa promedio de ganancia.
Pero como cualquiera puede ocupar el espacio —y no solo los pro-
ductores— tenemos que considerar las implicaciones de las localizaciones
«más favorecidas» desde el punto de vista de todas las formas de actividad
humana, incluyendo las del consumo. Cuando dejamos el terreno de la
estricta producción de mercancías, entran en juego una amplia gama de
circunstancias sociales fortuitas. Las preferencias de consumo de la burgue-
sía no son, después de todo, enteramente predecibles, conformadas como
son por los cambios en los gustos, los caprichos de la moda, las ideas sobre
el prestigio, etc. No obstante, esta aparente incoherencia se puede redu-
cir bastante caso de que se definan rápidamente las implicaciones para la
mercancía fuerza de trabajo. El coste de la reproducción, y por lo tanto el
valor de la fuerza de trabajo, es sensible al coste de ir y volver del trabajo,
según la regla general de Marx de los costes de transporte. Si todos los
trabajadores reciben una tasa de salario pareja, entonces los que viven en
«localizaciones favorecidas» tienen una ventaja relativa sobre los que viven
más lejos. Si el salario se fija en un nivel necesario como para asegurar la
reproducción del trabajador que vive más lejos (como puede suceder algu-
nas veces bajo condiciones de escasez de mano de obra), entonces todos
los demás trabajadores reciben un salario algo superior al valor. De ahí se
deduce que los que poseen tierra pueden convertir el salario excedente
en renta de la tierra sin alterar en ninguna modo el valor de la fuerza de
trabajo. Es importante distinguir los casos de este tipo de los casos en los
que los dueños de las tierras cobran rentas exorbitantes, y de otras formas
secundarias de explotación que utilizan los dueños con los trabajadores
que ocupan sus tierras. En último caso, naturalmente, la renta de la tierra
viene suplantada por una deducción sobre el valor de la fuerza de trabajo,
exactamente del mismo modo en que los poderosos intereses de los terrate-
nientes pueden, bajo ciertas circunstancias, obtener rentas extraordinarias
a expensas de la ganancia del capitalista.
La teoría de la renta | 441

El caso de la fuerza de trabajo es un ejemplo de que, al menos en principio,


podemos investigar cada una de las múltiples actividades dentro del capita-
lismo, tratar de descubrir la base racional de cada una, así como los principios
de localización que las guían, y establecer, de este modo, la base para los pagos
de renta en diferentes líneas de actividad. Algunas funciones —como la venta
mayorista, la venta minorista y las funciones de dinero y financieras— son más
fáciles de tratar sobre esta base que otras; por ejemplo, la ubicación de funcio-
nes administrativas, religiosas, «ideológicas» y científicas. En el análisis final, no
obstante, el valor de uso de determinada situación no puede entenderse inde-
pendientemente de las abigarradas necesidades de toda una serie de actividades
de las que Marx solo se ocupó periféricamente y que por tanto excluyó de su
análisis (Teorías sobre la plusvalía, vol. ii, pp. 271-272).7
La apropiación de la renta sobre la base de la ubicación se vuelve un
asunto mucho más complicado tan pronto como concedemos que las ven-
tajas relativas, aunque sean una característica permanente de cualquier
paisaje, se ven perpetuamente alteradas respecto de la forma de las parce-
las de suelo. Estas se ven modificadas «históricamente, de acuerdo con el
desarrollo económico [...] la instalación de medios de comunicación, la
construcción de ciudades, etc., y el crecimiento de la población» (Teorías
sobre la plusvalía, p. 312). Los cambios en la capacidad de la industria
del transporte son particularmente importantes dado que «las diferencias
relativas pueden modificarse hasta tal punto que no correspondan ya a las
distancias naturales» (El capital, vol. ii, p. 284). El efecto neto en algunos
casos puede ser el de igualar las diferencias derivadas de la ubicación pero
en otros es posible que se logre exactamente el resultado contrario (El capi-
tal, vol. iii, p. 747). En el capítulo xii nos vamos a ocupar de los detalles
de cómo y por qué necesariamente debe ocurrir esto. Por el momento,
todo lo que necesitamos saber es que las ventajas de ubicación de parce-
las específicas de tierra pueden verse modificadas por medio de la acción
humana. Esto significa que la acción del propio capital (particularmente
a través de la inversión en transporte y comunicaciones) puede crear rela-
ciones espaciales. Los atributos espaciales de los valores de uso pueden
ser así traídos de vuelta al terreno del análisis en tanto cualidades creadas
socialmente y, por tanto, como un tema ajustado y apropiado para su plena
investigación en relación con la operación de la ley del valor.

2.2. Situación, fertilidad y precios de producción

Los efectos de la localización y las diferencias en la «productividad natu-


ral» se mezclan entre sí de numerosos y confusos modos, que a veces se

7
Resta aún por decidir cuál sería la forma de un enfoque auténticamente marxista de la
teoría de la ubicación. En el capítulo xii se tratarán algunos aspectos de este problema.
442 | Los límites del capital

refuerzan y a veces se contrarrestan entre sí. Una tierra fértil pero mal ubi-
cada puede ser abandonada para ir en pos de una tierra menos fértil pero
más favorablemente situada:

Los efectos contradictorios de la ubicación, la fertilidad y la variabili-


dad del factor de la ubicación —que se compensa constantemente, que
experimenta modificaciones permanentemente progresivas, tendentes
a la compensación— hacen que de forma alterna entren, en nueva
competencia con las tierras cultivadas desde antiguo, porciones de sue-
lo de calidades mejores o peores (El capital, vol. iii, p. 874).

En cambio, una masa de suelo fértil puede tener un efecto «de derrama-
miento» sobre una tierra más pobre situada a su alrededor: «Si el suelo
inferior forma enclaves dentro del superior, este le confiere la ventaja de la
ubicación con respecto a tierras fértiles que no se hallan en conexión con
las ya sometidas al cultivo o que están a punto de serlo» (El capital, vol.
iii, p. 766).
Las diferentes actividades también muestran un grado diferente de
sensibilidad a la situación, al contrario de lo que sucede con otros atribu-
tos cualitativos de determinados lugares. La agricultura es sensible, por lo
general, tanto a la fertilidad como a la ubicación, mientras que las fábricas,
las viviendas, las tiendas, etc., son sensibles principalmente a la localiza-
ción. Sin embargo, las cualidades del suelo —drenaje, inclinación, aspecto,
salud, etc.— no son ajenas a la ubicación de este último, mientras que
ciertas clases de agricultura industrializada casi no dependen de la pro-
ductividad natural de la tierra que ocupan. «Cuanto más se desarrolla la
agricultura», comenta Marx, «más entran dentro de ella todos sus elemen-
tos como mercancías», desde el exterior, y por implicación, más se libera de
las cualidades específicas del suelo (Teorías sobre la plusvalía, vol. ii, p. 48).
Las diferentes actividades compiten entre sí por el uso del espacio. Marx
se abstrae explícitamente de este proceso (Teorías sobre la plusvalía, vol. ii,
pp. 226 y ss.), si bien aventura de forma algo imprudente la opinión (más
o menos como una digresión) de que la renta de toda la tierra no agrícola
«se regula por la renta agrícola en sentido estricto» (El capital, vol. iii, p.
879). Marx debió haber considerado a las rentas como algo determinado
simultáneamente por muchas actividades en competencia. Detrás de este
concepto está la idea de que a los dueños de tierras no les importa si la renta
que reciben es una deducción de los salarios por trabajo o si provienen de
una ganancia extraordinaria (o incluso media) del capital, o de cualquier
otra forma de ingreso. Además, el propio Marx se da perfecta cuenta de
que «la miseria es para los alquileres una fuente más lucrativa de lo que
jamás fueron la minas del Potosí para España», y se queja amargamente de
La teoría de la renta | 443

cómo el «poder inmenso» de los dueños de tierras se usa para «excluir de la


tierra, en cuanto morada, a los obreros» (El capital, vol. iii, p. 879).
Cuando consideramos el modo en que la inversión de capital modifica
las relaciones espaciales y las cualidades de la tierra en determinados sitios,
surgen dificultades más graves. El capital tiene, en esto, cierta responsabili-
dad. Se puede dedicar dinero a mejorar el transporte, y así abrir tierras más
fértiles a la explotación, o se pueden mejorar tierras de inferior calidad que
ya están en cultivo. La primera estrategia, que se ocupa de la relatividad
del espacio, puede beneficiar seguramente a gran cantidad de propietarios
de tierras, mientras que la segunda está confinada casi exclusivamente a
unos cuantos propietarios individuales. Dejando a un lado los problemas
sociales obvios que surgen de esa diferencia, quedan por resolver los com-
plejos efectos de interacción de la inversión sobre dos aspectos del valor
de uso que a veces se refuerzan entre sí y a veces se contradicen. Si Marx
se hubiera molestado en resolverlos en sus detalles, se habría ocupado de
ciertos aspectos de la renta que ahora faltan en su análisis.
Tal y como está, Marx pasa por alto todas esas dificultades eliminando
la cuestión de la ubicación y concentrándose únicamente en las diferencias
de fertilidad que afectan únicamente a la agricultura. Esta simplificación
le permite deducir un principio muy importante. El precio de producción
de las mercancías agrícolas viene por lo general fijado por el coste de pro-
ducción en la peor tierra, más la tasa media de ganancia. Esto implica una
radical distancia respecto de la determinación de los precios en la industria,
donde lo que prevalece es la media social. Esta diferencia se puede justi-
ficar de dos maneras. Primera, el cambio tecnológico no puede eliminar
los diferenciales de productividad «basados en la naturaleza», de la misma
forma en que los elimina en la industria (las ganancias extraordinarias son
un rasgo permanente de los que tienen la suerte de poseer tierras más fér-
tiles). Segunda, una expansión en la producción agrícola conlleva la puesta
en cultivo de tierras de inferior calidad y una intensificación de la produc-
ción de las tierras superiores, pero solo cuando resulta lucrativo hacerlo.
Sea cual sea el caso, las peores tierras deben siempre proporcionar la tasa
media de ganancia para que sigan siendo cultivadas. Este es el principio
que Marx está ansioso por establecer y que constituye la base de gran parte
de su teoría de la renta.
Marx reconoce, por supuesto, que las circunstancias no son de nin-
guna manera así de simples. Presupone, por ejemplo, un equilibrio en la
demanda y en la oferta de mercancías agrícolas. Presupone también los
efectos de interacción entre la fertilidad y la ubicación, y las pautas dife-
renciadas de inversión de capital en ambos, así como que la competencia
entre diferentes líneas y ramas de producción de la tierra no tienen, en
última instancia, ningún efecto sobre la coherencia teórica del principio.
444 | Los límites del capital

En uno de los epígrafes de este capítulo volveremos a considerar la validez


de estos presupuestos. No obstante, debemos considerar antes la posición
social de los terratenientes, con sus derechos exclusivos a ciertas porciones
del planeta, bajo las relaciones sociales del capitalismo.

3. La propiedad de la tierra

«En cada época histórica», escribe Marx, «la propiedad ha ido evolu-
cionando de forma diferente y bajo un conjunto de relaciones sociales
totalmente diferentes» (Miseria de la filosofía, p. 154). La emergencia del
capitalismo provocó la «disolución de las antiguas relaciones económicas
de propiedad de la tierra» y su conversión en una forma que fuera compa-
tible con la acumulación sostenida. Desde este punto de vista, el capital se
puede considerar como «el creador de la propiedad territorial moderna, de
la renta de la tierra». Esto último tiene que entenderse como «la expresión
teórica del modo capitalista de producción» (Grundrisse, vol. i, p. 166; El
capital, vol. iii, p. 889). El sello distintivo de la propiedad de la tierra en
el capitalismo, señala Marx, es una disolución tan completa de «la cone-
xión entre el terrateniente y la tierra» que el terrateniente, a cambio de un
pago monetario directo, confiere al capital todos los derechos sobre la tie-
rra como instrumento y como condición de producción. El terrateniente
asume así un papel pasivo con respecto del dominio de los trabajadores
(lo que le permite el control de la tierra) y del subsecuente progreso de la
acumulación (El capital, vol. iii, pp. 710-711, 731). Se sigue de esto que,
aunque «puede ocurrir que lo que el terrateniente percibe en otros tipos
de sociedad se llame también renta», el significado de ese pago «difiere
sustancialmente de la renta característica de este sistema de producción
[capitalista]» (p. 1001). La apropiación de la renta se puede definir enton-
ces simplemente como «la forma económica en que se realiza la propiedad
territorial» bajo el capitalismo (p. 729).
La historia real de la transformación de la renta feudal en renta capi-
talista de la tierra, la historia del sometimiento de la propiedad feudal al
modo de producción capitalista, está salpicada de las complejidades gene-
radas en gran parre por las corrientes encontradas de la lucha de clases y
el conflicto social.8 Las dificultades surgen también porque «la producción
capitalista inicia su carrera partiendo de la premisa de [un régimen de]
propiedad sobre la tierra que no nace de aquella, sino que se da como un
supuesto previo» (Teorías sobre la plusvalía, vol. ii, p. 219). Las condiciones

8
Rey (1973) y Tribe (1978) proporcionan descripciones de los orígenes de la propiedad de
la tierra, mientras que Dobb (1963) y Hilton (1976) se ocupan del problema general de la
transición del feudalismo al capitalismo.
La teoría de la renta | 445

originales de la propiedad de la tierra han variado enormemente y algu-


nas, como las de Inglaterra, han parecido más fáciles de transformar que
otras.9 En tanto la separación del trabajo respecto de la tierra como medio
de producción ha sido y sigue siendo una precondición esencial para la
formación del trabajo asalariado, la forma de la propiedad de la tierra
precapitalista desempeñó un papel igualmente importante tanto en la acu-
mulación originaria de capital como en la creación de la forma moderna de
la propiedad de la tierra. La propiedad privada de la tierra, al igual que el
capital mercantil y la usura, es a la vez prerrequisito y producto del modo
de producción capitalista:

La historia de la propiedad de la tierra, que pone de manifiesto la gradual


transformación del landlord feudal en el rentista, y del colono a perpe-
tuidad, semitributario y con frecuencia privado de libertad en el farmer
moderno, y del siervo vinculado a la tierra y el campesino sujeto a presta-
ciones personales en el jornalero agrícola, sería en realidad la historia de
la formación del moderno capital. (Grundrisse, vol. i, p. 142.)

La versión general de Marx de esta historia se puede dividir en dos fases.


En la primera, las rentas feudales pagadas con trabajo se transforman en
rentas en especie y finalmente en rentas en dinero. Esta transformación
presupone «un desarrollo relativamente considerable del comercio, de
la industria urbana, de la producción mercantil en general, y, por ende
de la circulación monetaria» (El capital, vol. iii, p. 906). La ley del valor
comienza a regular los precios por medio del intercambio en el mercado.
La monetización de las rentas feudales abre la posibilidad de arrendar la
tierra a cambio de pagos en dinero y, finalmente, a la compra y la venta de
la misma como una mercancía. El capital de base urbana puede penetrar
en el campo y transformar allí las relaciones sociales. A los procesos más
suaves de monetización se pueden superponer las más voraces prácticas del
usurero (que tanto contribuyeron a aflojar el control de los terratenientes
tradicionales sobre sus tierras) y, finalmente, la expropiación violenta (con
o sin la sanción del Estado):

La expoliación de los bienes eclesiásticos, la enajenación fraudulenta de


las tierras fiscales, el robo de la propiedad comunal, la transformación
usurpatoria practicada con el terrorismo mas despiadado, de la pro-
piedad feudal y clánica en propiedad privada moderna; fueron otros
tantos métodos idílicos de acumulación originaria (El capital, vol. i,
p. 827).

9
Rey (1973, p. 73) argumenta que la propiedad feudal, sometida a la influencia del dinero
y de la producción de mercancías, se vio obligada a crear condiciones para la producción
capitalista (como la expulsión de los campesinos de la tierra), en tanto se vio obligada a
incrementar sus rentas.
446 | Los límites del capital

Sin embargo, la privatización de la propiedad de la tierra y el someti-


miento formal del productor a un sistema de producción e intercambio
de mercancías no necesariamente alcanza esa forma de propiedad de la
tierra que es un puro reflejo de las relaciones de producción capitalistas.
Pueden surgir formas intermedias de todo tipo, y quizá la mejor manera
de interpretarlas sea, como hace Rey, como «articulaciones complejas» de
diferentes modos de producción superpuestos entre sí. Esto no implica que
aceptemos la conclusión básica de Rey de que la renta bajo el capitalismo
se puede entender solo como una relación de distribución, que refleja una
relación de producción de un modo de producción distinto (por ejemplo,
del feudalismo), con el cual está articulado el capitalismo (Rey, 1973, p.
60). Sin embargo, en la transición al capitalismo surgen situaciones en las
que el concepto de Rey resulta sumamente apropiado.
Por ejemplo, a menudo los terratenientes explotan a los productores
directos. Esto es cierto tanto en las economías esclavistas (como el sur
de Estados Unidos antes de la Guerra Civil), como en los sistemas de
producción campesina que han sobrevivido hasta la era presente. En este
último caso, el terrateniente tiene toda clase de incentivos para sacar la
renta máxima, no solo porque esto maximiza sus ingresos, sino también
porque obliga al campesino a trabajar cada vez más duro y a producir más
mercancías para el mercado a precios cada vez más bajos (dado el incre-
mento de la oferta). Desde este punto de vista, la explotación masiva de
un campesinado rural por parte de la clase terrateniente es completamente
funcional al capitalismo industrial, ya que proporciona comida barata a los
trabajadores urbanos, así como una oferta de materias primas baratas para
la industria. Sobre esta base se puede crear una poderosa alianza entre los
intereses de los terratenientes y los de la burguesía industrial.
No obstante, tal forma de explotación rural, al igual que en general el
plusvalor absoluto, tiene sus límites. Las formas intermedias de producción
tienden a inhibir «el desarrollo de las fuerzas productivas sociales del tra-
bajo, las formas sociales del trabajo, la concentración social de los capitales
[...] y la aplicación avanzada de la ciencia» (El capital, vol. iii, p. 917). Por
esta razón, las formas intermedias ceden finalmente el paso a un sistema de
producción que logra el sometimiento real de los trabajadores al capital (en
lugar de al terrateniente) y que libera a la tierra de las barreras que inhiben
el desarrollo de las fuerzas productivas. La única forma en que puede ocurrir
esto es retirando por completo al propietario de la tierra cualquier poder
directo sobre el uso de la tierra, sobre la fuerza de trabajo empleada en ella y
sobre el capital adelantado, a cambio de un pago en dinero.
Obviamente, Marx no se sentía del todo seguro de su descripción
de cómo llegó a existir la forma de propiedad capitalista de la tierra.
Posteriormente afirmaría que simplemente había tratado de «trazar el
La teoría de la renta | 447

camino por el cual, en Europa Occidental, surgió el sistema económico


capitalista del vientre del sistema económico feudal». Marx atacó a aque-
llos que transformaron «mi reseña histórica de la génesis del capitalismo en
una teoría histórico-filosófica del camino general del desarrollo prescrito
por el destino a todas las naciones, cualesquiera que fueran las circuns-
tancias históricas en que se encontraran», y reconoció de buen grado que
«sucesos notablemente análogos, pero que ocurrieron en lugares históri-
camente diferentes llevaron a resultados totalmente diferentes» (Marx y
Engels, Selected Correspondence, pp. 312-313).
Le preocupaba, por ejemplo, el problema de la forma que tomó la pro-
piedad de la tierra en algunos países, como Estados Unidos, donde no
había feudalismo que reemplazar. Su argumento aquí es que, cuando el
capital no se topa con la propiedad de la tierra como una precondición,
«la crea el mismo», por la sencilla razón de que «el divorcio del obrero con
respecto de la tierra y de la propiedad de la tierra es condición fundamental
de la producción capitalista y de la producción de capital» (Teorías sobre la
plusvalía, vol. i, p. 43; vol. ii, pp. 278-279). Su capítulo sobre la teoría de
la colonización en el primer volumen de El capital demuestra lo mismo.
Hay, no obstante, indicios ocasionales sobre la forma que estaba tomando
la propiedad de la tierra en Estados Unidos como algo especial (El capital,
vol. iii, pp. 766-770; Marx y Engels, Selected Correspondence, pp. 226-
228). Es una lástima que Marx no examinara esta cuestión de forma más
profunda, ya que Estados Unidos, como veremos, es el único país en el que
la tierra fue, desde el principio, considerada de la forma que más se acerca
a la que dictan consideraciones puramente capitalistas (aun cuando incluso
aquí la correspondencia está lejos de ser exacta).
En vez de eso, Marx gastó una enorme cantidad de energía en sus últi-
mos años siguiendo la pista de la historia de la propiedad de la tierra en
Rusia. Estaba fascinado por la posibilidad de que la comuna rural rusa
pudiera proporcionar la base para pasar directamente «a la forma comu-
nista más alta de propiedad de la tierra» sin pasar por «los mismos procesos
de desintegración que determinaron el desarrollo histórico del Occidente».
En su opinión, el hecho de que esto pudiera suceder dependía de que se
eliminaran previamente aquellas «influencias nocivas» —principalmente
las del dinero y del capital mercantil— que normalmente acosan desde
todas partes a esas formas comunales de propiedad. En las condiciones
impuestas por la revolución socialista general, las formas tradicionales
de propiedad comunal podrían ser realmente «la fuente de la regenera-
ción social de Rusia» (Prólogo a la edición rusa del Manifiesto Comunista;
Selected Correspondence, p. 340).
Pero incluso en Occidente, Marx tuvo que conceder que había una gran
cantidad de variación histórica entre la experiencia de una y otra nación e
448 | Los límites del capital

incluso entre una y otra región. Esto podía atribuirse en parte a las caracte-
rísticas residuales «de la renta en especie procedente de la economía natural
de la Edad Media», pero también a la desigual penetración de las relaciones
capitalistas bajo circunstancias históricas que muestran «infinitas variacio-
nes y graduaciones en su aspecto», y que demandan un cuidadoso estudio
empírico (El capital, vol. iii, pp. 894-901). La historia real de la propiedad
de la tierra bajo el capitalismo ha sido un asunto confuso y tendente a pro-
ducir confusión. Es difícil detectar dentro de esa historia la lógica de una
transformación necesaria de la propiedad de la tierra a su forma capitalista.
Esta confusión está todavía entre nosotros. Es el foco de grandes con-
troversias en las sociedades en las que los elementos precapitalistas están
fuertemente atrincherados, donde la propiedad de la tierra ejerce una influen-
cia propia y poderosa, y donde todavía reina la alianza entre una oligarquía
rural y una burguesía industrial. En estas sociedades todavía se sostiene la
tesis de Rey, que indica que, en muchas zonas del mundo, las relaciones
sobre la tierra han sido extraordinariamente lentas a la hora de adaptarse a los
dictados de las relaciones de producción puramente capitalistas.10
Pero las confusiones son igualmente evidentes en los países capitalistas
avanzados. En Gran Bretaña, como han mostrado recientemente Massey
y Catelano (1978), la propiedad de la tierra ya no existe (si es que alguna
vez existió) como un interés de clase unificado y relativamente homogé-
neo, sino que comprende actores variopintos y heterogéneos que van desde
viejas instituciones (como la Iglesia, la Corona, las grandes propiedades de
los aristócratas), pasando por instituciones financieras (bancos, fondos de
seguros y de pensiones) hasta una amplia gama de propietarios individuales
y corporativos (incluyendo a los trabajadores que son dueños de sus pro-
pias viviendas) y agencias del gobierno. Esta heterogeneidad resulta difícil
de reconciliar con la idea de que los terratenientes constituyen «una de las
tres grandes clases en la sociedad capitalista». Si ahondamos, sin embargo,
dentro de esta diversidad podemos comenzar a detectar una directriz cen-
tral en la conducta de todos los agentes económicos, independientemente
de quiénes sean y de qué les dictan sus intereses inmediatos: esta es la cre-
ciente tendencia a considerar a la tierra como un puro activo financiero.
Aquí está la clave de la forma y de los mecanismos de la transición a la
forma puramente capitalista de propiedad privada de la tierra.
Cuando se comercia libremente con la tierra, esta se convierte en una
mercancía de un tipo bastante especial. En tanto la tierra no es producto
del trabajo, no puede tener un valor. La compra de tierras «proporciona
al comprador un título a la percepción de la renta anual» (El capital, vol.

10
Además de Rey (197S), Amín (1976), Laclau (1977) y Taylor (1979) han presentado,
desde diferentes puntos de vista, los argumentos más representativos.
La teoría de la renta | 449

iii, p. 918). Cualquier flujo de ingresos (como una renta anual) puede
considerarse como un interés sobre algún capital imaginario y ficticio.
Para el comprador, la renta figura en sus libros de contabilidad como el
interés sobre el dinero desembolsado en la compra de la tierra y en prin-
cipio no difiere de inversiones similares en deuda del gobierno, acciones y
bonos empresariales, deuda al consumo, etc. En todos los casos, el dinero
desembolsado es capital que devenga interés. La tierra llega a ser una forma
de capital ficticio y el mercado de tierras funciona simplemente como una
rama particular —si bien con algunas características especiales — de la cir-
culación del capital que devenga interés. Bajo esas condiciones la tierra
es considerada como un puro activo financiero que se compra y se vende
según la renta que produce. Como todas las demás formas de capital ficti-
cio, lo que se compra y se vende es un derecho a un ingreso futuro, lo que
significa un derecho sobre ingresos futuros por el uso de la tierra o, más
directamente, un derecho sobre el trabajo futuro.
Cuando el comercio con tierras se reduce a una rama especial de la cir-
culación del capital a interés, diría que la propiedad de la tierra alcanza su
forma verdaderamente capitalista. Marx no llega a esta conclusión direc-
tamente, aun cuando hay algunos indicios diseminados en el texto que
indican que el comercio de tierras puede ser considerado ciertamente como
una forma de capital ficticio (El capital, vol. iii, pp. 745-753). Una vez se
generaliza esta situación, todos los terratenientes quedan atrapados en un
sistema general de circulación de capital a interés y caso de pasar por alto sus
imperativos lo hacen a cuenta de su propio riesgo. Los propietarios que son
productores, por ejemplo, se enfrentan a una clara disyuntiva entre comprar
la tierra o alquilársela a otra persona. La forma en que se ejerce esa opción,
bajo condiciones de pura propiedad capitalista, no debe suponer ninguna
diferencia. De la misma forma que los capitalistas pueden cobrar intereses y
ganancias sobre su capital cuando emplean sus propios fondos en la produc-
ción, pueden cobrar rentas y beneficios sobre su capital cuando son dueños
de la tierra que usan. No obstante, estos papeles están bastante separados. Un
productor, en tanto propietario, puede con igual facilidad vender la tierra y
arrendársela a otro, o hipotecarla en un banco. La renta debe ser pagada ya
sea directamente a otro o indirectamente en la forma de un ingreso que ya no
se percibe porque el productor no moviliza el capital ficticio que representa
la tierra y no pone ese dinero en movimiento para realizar el plusvalor a tra-
vés de la producción. Sea como sea, esto presupone también una forma de
producción capitalista sobre la propia tierra (la propiedad de los campesinos
ha sido eliminada, etc.). Más aún, resulta evidente que la forma capitalista de
propiedad privada sería inconcebible si no hubiera un sistema de crédito refi-
nado omnicomprensivo. Marx da poca importancia a esta idea. Volveremos
sobre esto en el último epígrafe de este capítulo.
450 | Los límites del capital

Sería muy bueno, e indudablemente útil, especificar las características de la


propiedad de la tierra tal y como deberían existir en un estadio capitalista
puro. Sin embargo, debemos también especificar el proceso histórico por el
cual la propiedad de la tierra queda reducida a esa condición. La capacidad
para enajenar las tierras y para comerciar con ellas no garantiza, en ningún
caso, que vayan a ser vendidas o compradas como un puro activo finan-
ciero; de hecho, durante gran parte de la historia del capitalismo la tierra
no se ha vendido y comprado libremente según ese principio tan simple. El
crecimiento del intercambio de mercancías, la generalización de las relacio-
nes monetarias y el crecimiento del sistema de crédito forman condiciones
conceptuales favorables para que la tierra sea cada vez más considerada
como un activo financiero. El atractivo de la tierra como inversión (su
seguridad, así como el prestigio que tradicionalmente adquiere quien la
posee) siempre la ha hecho vulnerable al capital excedente. Cuanto más
capital excedente exista (a corto plazo, a través de la sobreacumulación,
y a largo plazo), más probable será que la tierra sea absorbida dentro del
marco de circulación de capital en general. El crecimiento de los merca-
dos hipotecarios, la fiscalidad del Estado sobre la tierra en tanto activo
financiero (que obliga a la monetización) y toda la compleja historia de la
acumulación originaria y la monetización de las relaciones de propiedad
de la tierra (que Marx describe parcialmente en los Grundrisse) desempe-
ñan también sus papeles respectivos. En última instancia, no obstante, es
probablemente la necesidad de revolucionar las fuerzas productivas sobre
la tierra, de abrir la tierra a la libre circulación del capital, lo que obliga
a que la propiedad de la tierra se reduzca a la tenencia de un puro activo
financiero. Esto implica que las tradicionales formas de explotación rural
(el plusvalor absoluto extraído a los campesinos) ya no pueden seguir
satisfaciendo las necesidades del capital en general (el abastecimiento de
alimentos y de materias primas). La alianza entre los terratenientes rurales
y los industriales se convierte en un antagonismo del tipo que caracterizó
la primera mitad del siglo xix en Gran Bretaña.
La consideración de la tierra como un puro activo financiero y la reduc-
ción de los terratenientes a una fracción de los capitalistas en dinero que
simplemente han elegido, por la razón que sea, tener derecho a una renta
más que a alguna otra forma de ingresos futuros, no está libre de contradic-
ciones.11 La condición normal de la propiedad de un medio de producción
conlleva, en el caso de la tierra, ser dueño de un derecho a ingresos que están
ligados a un valor de uso de cualidades peculiares (véase el primer epígrafe de
este capítulo). El poder monopolista sobre el uso de la tierra —implicado en
la propia condición de la propiedad— nunca puede deshacerse totalmente

11
Studenski y Kroos (1952) relatan algunos de los episodios más extraordinarios de la
especulación incontrolada del suelo.
La teoría de la renta | 451

de sus aspectos monopolísticos, ya que la tierra varía mucho en cuanto a


fertilidad, ubicación, etc. Ese poder monopolista crea toda clase de opor-
tunidades para la apropiación de rentas, que no surgen en el caso de otras
clases de activos financieros, excepto bajo circunstancias especiales. El con-
trol monopolista puede surgir, por supuesto, en cualquier sector. Este es, no
obstante, un aspecto crónico que infecta de forma inevitable a la circulación
del capital que devenga interés a través de la compra de tierras. Así pues,
las «formas absurdas» de especulación y «el colmo de la distorsión» logrado
dentro del sistema de crédito (véase el cap. x) pueden magnificarse mucho en
el caso de la especulación con rentas futuras. La integración de la propiedad
dentro de la circulación del capital a interés puede abrir la tierra a la libre
corriente del capital, pero también la abre plenamente a las contradicciones
del capitalismo. Lo que hace, en un contexto que se caracteriza por la apro-
piación y el control monopolista, que el problema de la especulación de la
tierra adquiera una profunda importancia dentro de la inestable dinámica
global del capitalismo. Volveremos sobre esta cuestión una y otra vez.

4. Las formas de la renta

Marx consideró que la renta bajo el capitalismo podía tomar cuatro formas
diferentes: monopolio, renta absoluta y dos tipos de renta diferencial. Estas
categorías fueron adaptadas de la economía política clásica. En sus investi-
gaciones más tempranas, Marx declaró:

La única cosa que tengo que probar teóricamente es la posibilidad de la


renta absoluta, sin violar la ley del valor. Este es el punto alrededor del
cual ha girado la controversia teórica, desde los días de los fisiócratas
hasta la actualidad. Ricardo niega esta posibilidad, pero yo mantengo
que existe (Selected correspondence, con Engels, p. 134).

Lo raro es que la renta diferencial ocupara cientos de páginas en El capital


y en las Teorías sobre la plusvalía, mientras que la renta absoluta fuera tra-
tada de forma tan sumaria. Debo decir que el interés inicial de Marx por la
renta absoluta vino dictado más por su fascinación por las contradicciones
de la economía política burguesa que por consideraciones teóricas profun-
das, y que su contribución real está en llevar la teoría de la renta diferencial
a un terreno totalmente nuevo.

4.1. Renta de monopolio

Toda la renta está basada en el poder monopolista de los propietarios priva-


dos sobre ciertas porciones del planeta. No obstante, podemos asumir, sin
452 | Los límites del capital

contradecirnos, que los usuarios compiten libremente por lotes de tierra de


diferente calidad en diferentes localizaciones y que los terratenientes com-
piten de la misma forma entre sí por la renta que pueden obtener. De todos
modos, a veces surgen circunstancias en las que no prevalecen esas condi-
ciones competitivas. En esos casos, se pueden realizar rentas de monopolio.
Existen dos situaciones diferentes que parecen relevantes (El capital, vol.
iii, pp. 880-881). En la primera, los dueños de propiedades de tierra de
cierta calidad o con una situación especial relativa a cierta clase de activi-
dad están en posición de cobrar rentas de monopolio a los que desean usar
esa tierra. En el ámbito de la producción, el ejemplo más obvio es el del
viñedo que produce un vino de extraordinaria calidad que se puede vender
fácilmente a un precio de monopolio. En tal circunstancia, «el precio de
monopolio crea la renta». Es evidente que Marx no pensó que este tipo de
renta de monopolio estuviera muy extendida en la agricultura, pero sugirió
que en zonas densamente pobladas las rentas sobre viviendas y terrenos
solo pueden ser explicadas en estos términos (Teorías sobre la plusvalía, vol.
ii, pp. 21, 28). Las localizaciones prestigiosas y de estatus crean toda clase
de posibilidades de cobrar rentas de monopolio a otras fracciones de la
burguesía. Segunda, los terratenientes pueden negarse a ceder la tierra no
usada bajo su control, a menos que les pague una renta sumamente alta, de
tal modo que los precios de mercado de las mercancías producidas sobre
esa tierra se elevan forzosamente por encima de su valor. En ese caso, que
depende de la escasez de tierra, del poder colectivo de clase y de la posición
del dueño de la tierra, la renta que se cobra crea el precio de monopolio.
Esta forma de renta de monopolio puede ser importante en todos los sec-
tores y afectar al coste de los alimentos así como al coste de las viviendas
de la clase trabajadora.
En ambos casos, por supuesto, la renta de monopolio depende de la
capacidad para realizar un precio de monopolio para el producto (vino,
grano o viviendas). Asimismo, en ambos casos, la renta de monopolio es
una deducción del plusvalor producido en esa sociedad como un todo, una
redistribución, a través del intercambio, del plusvalor total (El capital, vol.
iii, pp. 947-948). El primer caso puede ser eliminado de la consideración
porque, como sucede con el comercio de antigüedades y obras de arte, solo
tiene un interés periférico en cualquier estudio de la producción general
de mercancías. El segundo caso plantea problemas más generales, que se
pueden abordar mejor en relación con la renta absoluta.

4.2. La renta absoluta

Las condiciones para la existencia de la renta absoluta no son difíciles


de deducir en vista de los instrumentos disponibles. Vamos a comenzar
La teoría de la renta | 453

mencionando la dificultad general de instituir un cambio tecnológico en


sectores que emplean la tierra como medio de producción (véase la p. 436
de este libro). La agricultura es el ejemplo más obvio. Existe una fuerte
probabilidad de que la composición de valor del capital en la agricultura
sea más baja que la media social. Si asume una completa igualación de la
tasa de ganancia en todos los sectores, los precios de producción en la agri-
cultura quedarán por debajo de los valores (véase el capítulo ii). En otras
palabras, un capital de cierta magnitud produce mayor plusvalor en la
agricultura de la que recibe en forma de ganancia, porque los sectores con-
tribuyen al plusvalor social total según la fuerza de trabajo que emplean,
pero perciben plusvalor según el capital total que adelantan. Esta suposi-
ción descansa, no obstante, en «la cambiante distribución proporcional del
capital social total entre las diversas esferas de la producción, sobre la per-
manente entrada y salida de los flujos de capital» y presupone también que
no existen barreras a la igualación de la tasa de ganancia. La renta absoluta
puede surgir cuando la propiedad de la tierra erige una barrera sistemática
a la libre circulación del capital:

Si el capital se topa con un poder ajeno al que solo puede superar en for-
ma parcial, o que no pueda superar del todo y que restringe su inversión
en determinadas ramas de producción, o no admitiéndola sino en con-
diciones que excluyen en todo o en parte aquella nivelación general del
plusvalor para formar la ganancia media es indudable que, en las ramas
de producción en que tal ocurriese, el remanente del valor de las mercan-
cías sobre su precio de producción engendraría una ganancia excedente
que podría convertirse en renta y adquirir como tal una existencia sus-
tantiva frente a la ganancia. Ahora bien, cuando el capital invierte en la
tierra, la propiedad de la tierra lo enfrenta como uno de tales poderes
ajenos, y como una barrera semejante, dicho de otra manera, así enfrenta
el terrateniente al capitalista (El capital, vol. iii, pp. 866).

Se deduce que los productos agrícolas se pueden vender por encima de


sus precios de producción, y así rendir renta absoluta, al mismo tiempo
que se venden por debajo de, o incluso a, su valor. Una renta absoluta
puede existir sin interferir de ningún modo con la ley del valor. El dilema
aparente que llevó a Ricardo a negar la posibilidad de la renta absoluta se
ve así claramente superado. Parte del exceso de plusvalor producido en la
agricultura en virtud de la intensidad de su trabajo (composición de valor
más baja) viene «hurtada» (como dice Marx) por el terrateniente, a fin de
que no entre dentro de la igualación de la tasa de ganancia. A buen seguro,
la mercancía se vende a un precio de monopolio. Pero esto representa un
fallo a la hora de redistribuir el plusvalor de los sectores agrícolas a otros
sectores con composiciones de valor más altas que la media, más que una
454 | Los límites del capital

redistribución activa del plusvalor a la agricultura, como sería el caso bajo


la renta de monopolio. El nivel de la renta absoluta depende de las con-
diciones de la oferta y la demanda, así como de la extensión de las nuevas
tierras puestas en cultivo. El incremento en el precio del producto no es la
causa de la renta, «sino que la renta es la causa del aumento en el precio del
producto», aunque la mercancía se siga vendiendo a menos de su valor o a
su valor (El capital, vol. iii, pp. 866-867).
Se impone aquí hacer algunos comentarios a este concepto de renta
absoluta. En primer lugar, su validez ha sido a menudo atribuida a que
resuelve con éxito el llamado «problema de la transformación» (capítulo
ii). Algunas veces se ha señalado que los «errores» de Marx respecto de
este problema destruyen totalmente su concepto de la renta absoluta.
Ciertamente, el nivel de la renta absoluta depende del excedente de ganan-
cia disponible después de considerar todos los efectos de interacción y
retroalimentación. Lejos de alterar el concepto de Marx de renta absoluta,
creo que su enfoque sobre esta última arroja luz sobre la interpretación
correcta que se ha de dar al proceso de transformación.12 Lo que Marx
buscaba era identificar las reglas de distribución del plusvalor que se apli-
can a través de los procesos sociales (particularmente el intercambio en
el mercado) y mostrar que estas reglas eran totalmente diferentes de los
procesos de producción de plusvalor y por tanto estaban potencialmente
en conflicto con esta. Sin esa separación y oposición entre la producción
y la distribución, toda la interpretación marxista de las crisis se desmo-
rona. Nos vemos ahora frente a una versión específica de esta oposición.
La necesidad social de la propiedad privada de la tierra en el capitalismo
conlleva arreglos distributivos —la capacidad para apropiarse de la renta—
que entran en un conflicto potencial con la acumulación sostenida. Lo que
Marx trata de demostrarnos es fundamentalmente que es imposible lograr
una organización «racional» de la agricultura. El uso de la tierra es nece-
sariamente irracional, no simplemente a la hora de satisfacer los deseos y
necesidades humanas (apenas falta decirlo), sino también desde el punto de
vista de la acumulación sostenida a través de la reproducción ampliada. Esta
es una contradicción fundamental, a la que volveremos a su debido tiempo.
El segundo punto es que la renta absoluta depende del poder de los
terratenientes para crear una barrera a la igualación de la tasa de ganancia
y a la persistencia de una baja composición de valor del capital dentro de
la agricultura. Si la composición de valor llega a ser igual o más alta que
la media social, entonces la renta absoluta desaparece (El capital, vol. iii,
pp. 868-869; Teorías sobre la plusvalía, vol. ii, pp. 220 361). ¿Hasta qué

12
Rey (1973. p. 40) invoca la correspondencia de Marx de 1862 como prueba de que el
estudio de la renta llevó a Marx al concepto del precio de producción (que se distingue de
los valores), antes que a la inversa.
La teoría de la renta | 455

punto, entonces, la barrera levantada por la propiedad de la tierra a la libre


circulación de la inversión desincentiva las mejoras agrícolas y asegura así
las bases para la perpetuación de la renta absoluta? Marx apenas nos da un
indicio de esa posibilidad en una ocasión (Teorías sobre la plusvalía, vol.
ii, p. 112) y este no parece ser su principal argumento. Ciertamente, las
estructuras sociales anacrónicas de la tierra —la propiedad campesina, por
ejemplo— están relacionadas con un retraso de las fuerzas productivas en
la agricultura, sin embargo Marx no anuda la renta absoluta a la persisten-
cia de esas estructuras. La considera más bien en relación con la propiedad
de la tierra a gran escala abierta a la agricultura capitalista. La baja com-
posición de valor del capital en la agricultura se puede atribuir más al
retraso tecnológico y científico en ese sector que a cualquier otra cosa. Una
vez que la agricultura se ponga al día, algo que debe hacer en determi-
nado momento, la renta absoluta desaparecerá, dejando a los terratenientes
libres de extraer rentas de monopolio caso de que puedan hacerlo.13
Sin embargo, si los terratenientes son suficientemente poderosos como
para extraer renta absoluta, ¿por qué no toman también rentas de mono-
polio forzando al alza los precios de las mercancías por encima de su valor
hasta que alcancen un precio de monopolio arbitrario? Los terratenientes
pueden arbitrariamente retirar, tal y como con frecuencia hacen, tierra de
la producción y así elevar las rentas de la tierra remanente (Teorías sobre la
plusvalía, vol. ii, p. 301; El capital, vol. iii, pp. 702-703). La respuesta es
que los terratenientes pueden ciertamente hacer esto bajo ciertas condicio-
nes, pero las implicaciones son fundamentalmente diferentes. Por medio
de la renta absoluta, los terratenientes no interfieren directamente en la
producción de plusvalor. Simplemente intervienen en la distribución del
plusvalor producido. La renta de monopolio recorta activamente la pro-
ducción de plusvalor (aunque no cuando se tasa sobre el consumo) y obliga
a una redistribución del plusvalor de otros sectores, no hacia la agricultura
sino a manos de los terratenientes. No obstante, los efectos sobre la acumu-
lación probablemente serán muy diferentes.
En todo caso, ambos tipos de renta dependen de la capacidad de los
productores capitalistas para imponer precios de monopolio. La compe-
tencia entre los productores limita la capacidad de los terratenientes para
apropiarse de renta absoluta o de rentas de monopolio (en el capítulo xii
vamos a considerar los aspectos espaciales de esta competencia). La capaci-
dad de los propietarios de tierra, en virtud de esa misma propiedad sobre la
tierra, para erigir una barrera a la inversión no presume automáticamente

13
El hecho de que Rey (1973) calificara de «fiasco» la teoría de la renta absoluta de Marx
resulta parcialmente correcto en el sentido de que hay demasiada elaboración teórica sobre
algo que termina siendo de escasa importancia. La tendencia, no obstante, a condenar toda
la teoría de la renta de Marx sobre la base de ese «fiasco» resulta definitivamente inapropiada.
456 | Los límites del capital

que los usuarios de tales tierras estén en posición de cargar un precio de


monopolio a las mercancías que producen o que los productores capitalis-
tas estén dispuestos a pagar las exorbitantes rentas que les cobran. Por esta
razón, Marx dijo que «en condiciones normales» incluso la renta absoluta
que se cobra en la agricultura será pequeña, sin importar cual sea la dife-
rencia entre el precio de producción y el valor (El capital, vol. iii, p. 876).
Sobre esta base, podemos interpretar mejor la forma bastante sumaria en
la que Marx trata un problema que inicialmente le parecía tan importante.
La renta absoluta no es la categoría fundamental. Los problemas teóricos
reales, tal y como descubrió Marx, no están tanto en lo que Ricardo no
admitió de la renta absoluta, como en su equivocada interpretación de la
renta diferencial. Este es un tópico al que debemos volver ahora.

4.3. La renta diferencial

En sus primeros trabajos, Marx evidentemente consideró la formulación de


la renta diferencial de Ricardo como algo poco problemático. En El capital
comenzó, sin embargo, a descubrir problemas y fallas en la formulación de
Ricardo, generando los lineamientos de una teoría bastante diferente, una
teoría de la que apenas hay indicios en Teorías sobre la plusvalía y que de
ninguna manera está enteramente resuelta en El capital. De todos modos,
las obras recientes de Ball y Fine han comenzado a aclarar a dónde trataba
de dirigirse Marx en esos capítulos repletos de argumentos aparentemente
tortuosos y de elaborados cálculos matemáticos.14
Las condiciones necesarias para obtener la renta diferencial del primer
tipo (RD-1) han sido ya descritas. El valor de mercado de los productos,
para los que la tierra se emplea como un medio básico de producción, viene
fijado por el precio de producción en la peor de las tierras —la tierra que
tiene el precio de producción más alto debido a su combinación particular
de fertilidad y ubicación—. Los productores con mejores tierras reciben así
ganancias extraordinarias. Si suponemos que el capital se aplica igualmente a
tierras de diferentes calidades, entonces las ganancias extraordinarias se pue-
den considerar como un rasgo permanente. Se pueden convertir en RD-1 sin
afectar a los valores del mercado. En otras palabras, la RD-1 viene fijada por
la diferencia entre los precios individuales de producción y el valor de mer-
cado determinado por condiciones de producción sobre las peores tierras. En
principio, esta concepción no difiere de la que avanzara Ricardo.
Ciertamente, Marx modifica a Ricardo hasta el punto de mostrar,
cuando se toman en cuenta el doble efecto de la ubicación y la fertilidad,

14
En lo que sigue me apoyaré principalmente en la obra de Ball (1977) y más particular-
mente en la de Fine (1979).
La teoría de la renta | 457

que la agricultura puede expandirse con igual facilidad a tierras más fér-
tiles (dependiendo de dónde se encuentren) y que, por tanto, el supuesto
general de Ricardo de los ingresos decrecientes en la agricultura no está
justificado. Es sin embargo interesante que el propio Marx eliminara la
ubicación de su consideración y se concentrase únicamente en la fertilidad
a la hora de elaborar su argumento (El capital, vol. iii, pp. 605-606). Esta
exclusión no es totalmente inocente. Las ventajas de localización son tan
importantes para ciertas ramas de la industria como lo son para la agri-
cultura y esto socava la excepcionalidad de la agricultura. Sucede también
que la «permanencia» de la ventaja de localización viene permanentemente
modificada por las inversiones en transporte y por los cambios en la distri-
bución geográfica de la actividad económica y de la población. Las ventajas
de localización vienen así modificadas por razones que pueden no tener
nada que ver con la agricultura per se y que por lo general quedan siem-
pre al margen del control de los productores individuales. Los cambios
se producen como resultado de procesos sociales de gran complejidad y
extensión, si bien debemos advertir el importante papel que desempeña la
especulación con las rentas de la tierra (de todo tipo). En cualquier caso,
Marx elimina de la escena la especulación (El capital, vol. iii, pp. 719-
720), así como la ubicación y la competencia de usos diferentes. En el
último epígrafe nos ocuparemos de estos asuntos.
Dados estos supuestos simplificadores, la RD-1 resulta fácil de inter-
pretar. Refleja las condiciones materiales que hacen que los diferenciales de
fertilidad sean rasgos permanentes de la producción. Los propietarios de
tierras que se apropian de RD-1 asumen una posición neutral respecto de
la determinación del valor de mercado y, por tanto, se les puede exonerar
de toda culpa por retardar la acumulación, así como por cualquier otro
trastorno social.
Esta interpretación experimenta una considerable modificación cuando
introducimos la segunda forma de renta diferencial (RD-2). Resulta bastante
fácil elaborar una versión de la RD-2 aislada de la RD-1 Esta simplemente
expresa los efectos de las aplicaciones diferenciales del capital a tierras de
igual fertilidad, pero Marx insiste en que la RD-1 se debe ver siempre como
la base para la RD-2, al tiempo que todo el empuje de su investigación se
dirige a descubrir exactamente cómo las dos formas de renta «actúan como
límites recíprocos» (El capital, vol. iii, p. 840). Al final, lo que cuenta es la
relación entre las dos formas de renta. Y estas relaciones no son fáciles de
desenredar. Es aquí donde Marx se aparta más radicalmente de Ricardo y
hace su contribución original a la teoría de la renta en general.
Comenzamos, no obstante, con el caso más simple. Si la tierra tuviera
igual fertilidad en todas partes (y la localización no tuviera ningún efecto),
la RD-1 no existiría. Si todos los productores invirtieran exactamente la
458 | Los límites del capital

misma cantidad de capital en su tierra —llamando a esto capital «nor-


mal» invertido—, no habría tampoco RD-2. Pero si algunos productores
invierten más que el capital «normal» y obtienen ingresos proporcionales al
capital invertido, el precio individual de la producción sería más bajo que
el valor de mercado fijado por la aplicación del capital «normal». Todas o
algunas de estas diferencias pueden ser apropiadas como RD-2.
Consideramos aquí el flujo de capital organizado por los productores
que emplean tierra como medio de producción. Suponemos que la agri-
cultura está organizada completamente sobre una base capitalista y que
«no hay suelo que de producto alguno sin inversión de capital» (El capital,
vol. iii, p. 806). El problema es entonces entender la lógica que dirige el
flujo de capital hacia la agricultura consideradas las condiciones peculiares
de la tierra en tanto medio de producción, así como del fenómeno de la
propiedad privada de la tierra. Esta es, evidentemente, la más importante
de todas las tareas que enfrentamos a la hora de construir una teoría de la
renta de la tierra en su forma distintivamente capitalista. Aquí el capital,
concebido como un flujo de valor, se enfrenta a la circunstancia peculiar
de que debe fluir activamente a través de la propia tierra (que es propiedad
de otro) a fin de realizar el plusvalor.
Podemos pasar inmediatamente a hacer ciertas observaciones. El flujo
de capital dependerá en parte del ritmo de la acumulación y de la concen-
tración de capital dentro de la agricultura, pero también será sumamente
sensible a la existencia de un sistema de crédito y a las condiciones generales
que prevalecen dentro de los mercados capitalistas, «en periodos de esca-
sez no bastará con que el suelo sin cultivar dé al arrendatario la ganancia
media», mientras que «en otros periodos, de plétora de capital, este afluye
en torrente a la agricultura, inclusive sin un alza del precio de mercado» (El
capital, vol. iii, p. 875; cf. pp. 771-772, 789-790). Para simplificar, man-
tenemos constantes estas condiciones externas, aunque la conexión entre
la tendencia a la sobreacumulación (capítulo vii) y las mejoras del capital
fijo en la agricultura (capítulo viii) se deben mencionar como algo de gran
importancia potencial. También debemos señalar la posibilidad de algunas
formas peculiares de circulación que surgen cuando los terratenientes son
también financieros, lo que sucede algunas veces. En esos casos, el dinero
de las rentas apropiadas por los terratenientes puede circular directamente
de vuelta a la agricultura como crédito. El terrateniente recibe así renta e
interés, mientras que el productor queda confinado a las ganancias de la
empresa que, bajo condiciones particularmente represivas, pueden termi-
nar siendo más parecidas al sueldo de un gerente.
En todo caso, lo más importante para nuestro actual propósito es
considerar las implicaciones de los cambios en el flujo «normal» del capi-
tal. Este, señala Marx, puede modificarse gradualmente como resultado
La teoría de la renta | 459

de inversiones sucesivas: «Apenas el nuevo tipo de explotación se haya


impuesto al punto de convertirse en el tipo de explotación normal, el pre-
cio de producción disminuye» (El capital, vol. iii, p. 807). La base de la
RD-2 se verá así probablemente socavada con el paso del tiempo. Dado
que la RD-2 es el producto de los cambios de los flujos de capital sobre
la tierra, también se le debe considerar, al menos en el primer caso, como
un efecto transitorio y no como un efecto permanente. ¿Cómo es posible
entonces que los terratenientes estén en posición de apropiarse de la RD-2?
El caso más obvio, pero el menos interesante, surge cuando las inversio-
nes crean mejoras permanentes (porque las inversiones sucesivas, como ya
hemos visto, se basan unas en otras en vez de devaluarse entre sí). «Estas
mejoras, aunque sean obra del capital, actúan como si se tratase de la cali-
dad natural diferencial de la tierra misma» (p. 812), pero lo que sucede es
que la inversión destruye el supuesto de una «igual fertilidad», creando así
una base para la apropiación de la RD-1. Después de todo, la fertilidad es
un producto social. La RD-2 se convierte directamente en RD-1.
Los casos más interesantes surgen porque la RD-2 «su base y su punto
de partida, no solo histórico, sino en la medida en que afecta a su movi-
miento en cualquier momento dado, lo constituye la renta diferencial 1»
(El capital, vol. iii, p. 773). Vemos aquí que la RD-2 puede ser objeto de
apropiación únicamente sobre la base de la RD-1. Es esta última la que
convierte las cualidades de la primera, de otro modo transitorias, en cua-
lidades lo bastante permanentes como para permitir que se produzca una
apropiación de rentas. Veamos cómo puede ser esto.
En tanto la fertilidad «económicamente implica siempre, pues, una rela-
ción», cambia con el «estado concreto de desarrollo» (El capital, vol. iii, p.
748; este libro, p. 436). Las peores tierras no pueden identificarse así inde-
pendientemente de la aplicación «normal» del capital (y de la tecnología y
métodos que vienen con ella). Sin embargo, el capital «normal» debe tam-
bién variar de acuerdo con la naturaleza del suelo (lo que es «normal» para
suelos arcillosos no sería indicado para la tierra negra ligera, suponiendo
que se produzca la misma mercancía). El concepto de capital «normal»
llega a tener tantos matices como las fertilidades a las que se aplica ese capital.
El caso «normal» es, por tanto, el resultado de la desigual aplicación de capi-
tal a tierras de fertilidad desigual. Marx considera así lo que sucede cuando
se hace una inversión extraordinaria de capital. Considera nueve casos,
tabulados según el precio del mercado (que puede ser constante, creciente
o decreciente) y según la productividad de la segunda inversión en relación
con la primera (que puede aumentar, disminuir o permanecer constante).
Dependiendo de la combinación particular, Marx es capaz de demostrar
situaciones en las que «las peores tierras» se dejan en barbecho, siguen
siendo la regla o son reemplazadas por tierras aún peores. La RD-1, que
460 | Los límites del capital

originalmente fue concebida como el reflejo de diferenciales permanentes,


se vuelve ahora variable según las condiciones de la oferta y la demanda
(reflejadas en los movimientos de los precios de mercado), así como de la
productividad del capital que fluye hacia la agricultura. Así podemos ver
ahora, que incluso las inversiones de productividad decreciente llevarían
a un aumento en el precio del mercado solo cuando esas inversiones se
hacen en las peores tierras (pp. 777-778). Dado que el aumento de las
inversiones se dirige normalmente a las mejores tierras, es enteramente
posible que la mayor concentración de la producción en las mejores tierras
conlleve, incluso bajo condiciones en las que las inversiones provocan la
disminución de los ingresos, una caída en los precios del mercado y una
disminución de la RD-1, dado que la producción en las peores tierras cesa
por completo (el regulador de los precios de mercado se desplaza hacia
tierras mejores).
Todo esto tiene dos implicaciones inmediatas. Primera, como dijo Fine
(1979, p. 254), «no hay una presunción de que la interacción de RD-1 y
RD-2 sea simplemente aditiva». Vemos claramente cómo las dos formas de
renta, de hecho, «sirven simultáneamente para limitarse entre sí». Por la
misma razón, sin embargo, llega a ser imposible para el terrateniente o el
capitalista separar las dos formas de renta, distinguir lo que se debe al flujo
de capital y lo que se le debe a los efectos «permanentes» de las diferencias
naturales en fertilidad. La verdadera base para la apropiación de la renta se
vuelve opaca. Al final, el terrateniente se apropia de la renta diferencial sin
conocer su origen, pero la forma exacta en que lo hace tiene implicaciones
para los precios del mercado, así como para la acumulación del capital. Es
aquí donde queda clara la segunda implicación del argumento de Marx, la
más interesante.
Consideremos el caso de la productividad decreciente del capital adi-
cional aplicado a los peores suelos. «Que el precio de producción se haya
nivelado para convertirse en precio medio o que el precio de producción
individual de la segunda inversión se vuelva el precio regulador» depende
totalmente de si «el terrateniente tiene tiempo para fijar como renta la
ganancia excedente [...] en tanto que se cubre la demanda» al precio dic-
tado por la segunda inversión (El capital, vol. iii, p. 848). La intervención
de los propietarios de tierras afecta aquí al valor del mercado; la posición
neutral del terrateniente respecto de la acumulación se ve así socavada.
Consideremos, a fin de establecer un contraste, el caso de un capital
adicional de productividad decreciente o incluso negativa que se aplica a
tierras de superior calidad cuando el valor de mercado sigue siendo cons-
tante en un nivel fijado por las condiciones de producción en las tierras
de peor calidad. En ausencia de apropiación de rentas, «esto quiere decir
que se podrá seguir invirtiendo durante mucho tiempo capital adicional
La teoría de la renta | 461

infraproductivo e incluso con creciente infraproductividad, hasta llegar


el momento en que el precio individual de producción por quarter pro-
ducido en las tierras mejores, sea igual al precio general de producción»,
eliminando así la ganancia extraordinaria y la renta diferencial sobre la
tierra de superior calidad. Sin embargo, «bajo la ley de la propiedad de
la tierra [...] el caso en el que el capital suplementario solo produce ya al
precio de producción general habría constituido el límite. Por encima de
ese límite, debería cesar la inversión suplementaria de capital en el mismo
suelo [...] De esa manera queda impedida la nivelación del precio medio
individual en caso de subproductividad» (El capital, vol. iii, p. 838). En
ese caso parece que la intervención de la propiedad de la tierra y la apro-
piación de la renta tienen un efecto benéfico para la acumulación. Impiden
el flujo de capital por canales que de lo contrario no producirían plusvalor
(aunque tampoco beneficio).
Finalmente, vamos a comparar el efecto de las relaciones de propiedad
en «países con civilizaciones más maduras», donde existe un «precio de
reserva» de algún tipo sobre las tierras sin cultivar, y los países en los que
el capital puede fluir con el único obstáculo de los costes de roturación
de nuevas tierra. Es obvio que esto último llevará a formas extensas de
inversión y lo primero a formas intensivas (El capital, vol. iii, p. 769). Sin
embargo, «la concentración de capital en una superficie de tierra menor
hace que aumente la cuantía de la tierra por acre, allí donde, en igual-
dad de circunstancias, su diseminación en una superficie de tierra mayor
no produciría este mismo efecto». En consecuencia, «en dos países cuyos
precios de producción sean idénticos, en los que también lo sean las dife-
rencias entre los tipos de tierra y en los que se haya invertido la misma
masa de capital, solo que en uno de ellos se haya hecho más en la forma
de inversiones sucesivas en una superficie de terreno restringida, mientras
que en el otro se haya efectuado en forma de inversiones coordinadas en
una superficie más amplia, la renta por acre sería mas alta en el primer país
y más baja en el segundo a pesar de ser la misma masa de renta en ambos
países» (El capital, vol. iii, p. 791).
La propiedad puede tener efectos positivos, negativos o neutrales sobre
los precios de mercado, la acumulación de capital, el grado de dispersión
de la producción, etc. Una conclusión subsidiaria de todo esto es que
la renta diferencial puede surgir, bajo ciertas condiciones, incluso en las
peores tierras (El capital, vol. iii, cap. xliv).15 Marx había llegado a esas
conclusiones generales hacía mucho tiempo sin ninguna prueba que las
respaldara. «La renta», escribió, «quizá no determine el precio del producto
directamente, pero determina el método de producción: una gran cantidad

15
Fine (1979, pp. 266-268) examina cómo puede surgir la renta sobre las peores tierras.
462 | Los límites del capital

de capital se concentra en un lote pequeño de tierra, o una cantidad más


pequeña de capital se difunde sobre un terreno más grande, o si produce
este o aquel tipo de producto» (Teorías sobre la plusvalía, vol. iii, p. 515).
La apropiación de la renta se puede ver de diversas formas como social-
mente necesaria, como totalmente nociva o como indiferente en relación
con la acumulación de capital. Esta conclusión nos ayuda a entender el
papel contradictorio de la propiedad de la tierra y de la apropiación de la
renta en el capitalismo.

5. El papel contradictorio de la renta y de la propiedad de la tierra en el modo


de producción capitalista

El monopolio de la propiedad de la tierra, además de ser una «premisa


histórica», es también una «base constante» para el modo de producción
capitalista (El capital, vol. iii, p. 709). La conclusión es que la apropiación
de la renta y la existencia de la propiedad privada de la tierra son con-
diciones socialmente necesarias para la perpetuación del capitalismo. Es
necesario establecer firmemente la base de esa necesidad social. Podemos
explicar así por qué la fuerza revolucionaria del capitalismo, que con tanta
frecuencia destruye las demás barreras sociales que están en su camino, ha
dejado intacta la propiedad de la tierra (si bien en un estado transformado)
y ha permitido la apropiación de rentas (una parte del plusvalor que de
otra modo se sumaría al capital) por «una clase que ni trabaja ella misma,
ni explota directamente a trabajadores, ni puede tampoco [...] recurrir a
consuelos moralmente edificantes» para que su existencia persista (p. 943).
En pocas palabras, ¿cuál es la base social real para la reproducción de la
propiedad de la tierra en el capitalismo?
La respuesta de Marx es suficientemente clara:

La propiedad de la tierra no tiene nada que ver con el proceso real de


producción. Su papel se restringe a hacer que una parte del plusvalor
producido pase del bolsillo del capital al suyo propio. Sin embargo, el
propietario de tierras desempeña un papel en el proceso capitalista de
producción, no solo por la presión que ejerce sobre el capital, ni tampo-
co meramente por el hecho de que una gran propiedad de la tierra sea
supuesto y condición de la producción capitalista —por constituir la
expropiación al trabajador de las condiciones de trabajo— sino especial-
mente por el hecho de que él aparezca como personificación de una de
las mas esenciales condiciones de producción (El capital, vol. iii, p. 934).

Vamos a considerar ahora estos tres papeles de forma más cuidadosa.


La teoría de la renta | 463

5.1. La separación entre el trabajador y la tierra como medio de


producción

«Si la tierra se hallase [...] a libre disposición de cualquiera, faltaría un


elemento fundamental para la formación del capital [...] Desaparecería,
con ello la productividad del trabajo en sentido ricardiano, es decir, en
sentido capitalista, que es la producción de trabajo ajeno no retribuido»
(Teorías sobre la plusvalía, vol. ii, p. 33). Dado el carácter fundamental
de la tierra como condición original de la producción, los que la traba-
jan deben ser atraídos de algún modo, o bien ser obligados, a entrar al
intercambio de mercancías. La extracción de rentas de los campesinos por
parte de los terratenientes desempeña un papel vital a la hora de obligarlos
a desprenderse al menos de una parte de su producto en vez de consu-
mirlo ellos mismos. Para lograr, sin embargo, el pleno dominio del capital
sobre los trabajadores, se debe crear primero una fuerza de trabajo asala-
riada, un proletariado sin tierra. La acumulación originaria sobre la tierra
produce trabajo asalariado. Una forma definida de propiedad de la tierra
cumple este papel histórico y continúa cumpliéndolo en la medida en que
lo requiere la ampliación y profundización del capitalismo en el escenario
mundial. Cuando el capital se topa con situaciones en las que no existe
propiedad privada de la tierra, debe tomar medidas activas para crearla a
fin de asegurar la producción de trabajo asalariado. La necesidad de negar
a los trabajadores el acceso a la tierra como medio de producción no dis-
minuye de ningún modo con el avance del capitalismo. De hecho, sigue
siendo una necesidad permanente a la hora de asegurar la reproducción de
la relación de clase entre el capital y los trabajadores.
La barrera que la propiedad de la tierra plantea entre el trabajo y la
tierra es socialmente necesaria para la perpetuación del capitalismo. No
obstante, al plantearse la propiedad de la tierra como una barrera al tra-
bajo, el capital crea también barreras contra sí mismo. Al hacer posible la
reproducción del trabajo asalariado, la apropiación de la renta también
se vuelve posible. Aquí reside una dimensión fundamental de la posición
contradictoria de la propiedad de la tierra en el capitalismo.

5.2. La propiedad de la tierra y el principio de la propiedad privada

Los capitalistas pueden organizar la separación entre el trabajo y la tierra,


simplemente asegurándose de que «la tierra no sea common property, que
se enfrente a la clase obrera como una condición de producción que no
le pertenece a ella, finalidad que se logra plenamente cuando la tierra se
convierte en propiedad del Estado [...] en common property de la clase bur-
guesa, del capital» (Teorías sobre la plusvalía, vol. ii, p. 33). Esta propiedad
464 | Los límites del capital

de la tierra por el Estado no debe confundirse con «la propiedad de la


gente» que aboliría realmente toda la base de la producción capitalista (p.
104). Hay, no obstante, una seria barrera a que el Estado sea propietario
de la tierra, así como a la abolición de la renta. Además del hecho práctico
de que muchos miembros de la burguesía (incluyendo a los capitalistas)
son terratenientes, «el ataque contra una forma de propiedad [...] resultaría
peligroso para la otra forma» (pp. 33-34). La otra forma es la propiedad de
los medios de producción, de los cuales el capital deriva su propio rango y
legitimidad legal. La preservación e incluso el acrecentamiento de la pro-
piedad privada de tierras cumple así una función ideológica y legitimadora
para todas las formas de propiedad privada; de ahí la importancia, como
argumentan algunos, de conferir el derecho a ser dueños de sus propias
casas a los miembros de la clase trabajadora (se les confiere la posesión de
un medio de consumo). Desde este punto de vista, podemos considerar
la renta como un pago colateral que se permite a los terratenientes a fin
de preservar la santidad e inviolabilidad de la propiedad privada en gene-
ral. Este aspecto ideológico y jurídico de la propiedad de la tierra tiene
implicaciones importantes, pero en sí mismo no es suficiente para explicar
la forma capitalista de la renta o las contradicciones a las que da lugar la
forma capitalista de la propiedad de la tierra.

5.3. La propiedad de la tierra y los flujos de capital

La propiedad de la tierra y la apropiación de la renta modifican consi-


derablemente el flujo de capital hacia y a través de la tierra, tanto como
condición, como medio de producción. Aunque se ha dicho mucho sobre
la «barrera» que el capital terrateniente plantea al flujo de capital y de los
efectos negativos de las apropiaciones de rentas sobre la acumulación,
resulta que la propiedad de la tierra desempeña también un papel a la hora
de obligar a colocar adecuadamente el capital en la tierra. La dificultad está
en asegurar el incremento de este papel positivo y en restringir al mismo
tiempo el negativo.
En lo que se refiere tanto al monopolio como a la renta absoluta, la pro-
piedad de la tierra plantea barreras que son difíciles de justificar en relación
con los requerimientos básicos del capitalismo. La apropiación de estas
formas de renta se debe considerar así como una influencia totalmente
negativa sobre la colocación adecuada de capital en la tierra y, en conse-
cuencia, en la formación de precios de mercado válidos y el sostenimiento
de la acumulación. Por esta razón, resulta obvio que al capital en general
le interesa mantener las rentas absolutas y de monopolio dentro de límites
estrictos, a fin de asegurar que sigan siendo pequeñas (tal y como Marx
insistió que debían ser) y que se produzcan de forma esporádica.
La teoría de la renta | 465

El problema más interesante surge en el caso de la compleja interacción


entre las dos formas de renta diferencial que, como vimos en el epígrafe
anterior, puede tener efectos positivos, negativos o neutrales sobre la
formación de los precios de mercado, la concentración y dispersión del
capital, y la acumulación. Desafortunadamente, gran parte de la polémica
contra las rentas de monopolio y la renta absoluta, así como contra el papel
parasitario y superfluo del terrateniente en esas situaciones, se ha trasla-
dado al análisis de la renta diferencial. Se han subrayado así los aspectos
negativos de las intervenciones de la propiedad de la tierra y se ha prestado
poca atención al papel positivo de coordinación del flujo de capital hacia
y a través de la tierra en formas que apoyan ampliamente la acumulación
ulterior. Vamos a considerar ahora a la propiedad de la tierra en sus aspec-
tos positivos.
Uno de los «grandes logros del modo de producción capitalista», escri-
bió Marx, fue el de «racionalizar la agricultura» a fin de que pudiera operar
en una «escala social» por medio de la «aplicación científica consciente de
la agronomía», capaz de generar el producto agrícola excedente tan vital
para la acumulación del capital a través de la producción industrial. El
logro de un correcto equilibrio en la división del trabajo entre la industria
y la agricultura, y de una correcta colocación del trabajo social total de la
sociedad en diferentes líneas de producción agrícola, depende básicamente
de la capacidad del capital para fluir libremente hacia y a través la tierra
(El capital, vol. iii, pp. 710-711, 730). La forma que asume la propiedad
de la tierra en el capitalismo, en contraste con todos los modos de con-
trol precedentes o alternativos sobre la tierra, parece ser un conjunto de
arreglos totalmente adaptados a los requerimientos del capital. El hecho
de que esos arreglos impliquen la apropiación de rentas sobre la tierra no
conlleva ninguna diferencia. La tierra es liberada y transformada en un
campo abierto para las operaciones del capital. Marx lo expresó de forma
muy sucinta en La miseria de la filosofía (p. 159): «La renta, en vez de atar
al hombre a la Naturaleza, meramente liga la explotación de la tierra a la
competencia» —y, podríamos añadir, a la acumulación de capital—.
Hay un sentido en el que la apropiación de la renta diferencial incre-
menta la competencia en lugar de limitarla. Al gravar las ganancias
extraordinarias que son relativamente permanentes, el terrateniente hace
que se igualen las tasas de ganancia entre los productores de la competen-
cia. Esos productores deben competir sobre la base de métodos nuevos
(que, como los de la industria, se pueden generalizar rápidamente) más
que sobre la base de ventajas «injustas» que se deben a los «dones gratuitos
de la naturaleza» o a los resultados heredados de los esfuerzos humanos
que se remontan a muchos siglos atrás. Cuando las ventajas injustas son
eliminadas, la competencia obliga a los productores a desarrollar aún más
466 | Los límites del capital

las fuerzas productivas y a racionalizar aún más la producción. Como vere-


mos en el último epígrafe, este principio llega hasta la racionalización de la
organización espacial del capitalismo a través de la competencia.
El problema es que no hay forma de asegurar que quienes se apro-
pian de rentas tomen lo que les corresponde y solo lo que les corresponde.
Podemos ver ahora cuán brillante fue el análisis de Marx. Las complejas
interacciones de la RD-1 (que evidentemente se deben al terrateniente) y
de la RD-2 (que, al menos parcialmente, se deben al capital) hacen impo-
sible distinguir qué es lo que debe obtener cada uno de ellos; las relaciones
reales se vuelven opacas. La existencia de la renta de la tierra no solo ata
el uso de la tierra a la competencia y a todas las contradicciones que de
ella provienen, sino que también introduce un tipo totalmente nuevo de
dificultad a los procesos de reproducción del capitalismo. Lo que al princi-
pio parecía un pulcro instrumento para racionalizar la coordinación de la
inversión en la tierra, se convierte en una fuente de contradicción, confu-
sión e irracionalidad.16 Nuestra interpretación de la activa lucha entre los
propietarios de tierras y los capitalistas se debe basar en estos antecedentes.
Debe haber un proceso social de algún tipo que fije, clara y abiertamente,
lo que se ha vuelto oscuro desde el punto de vista de las relaciones sociales
reales de producción.

6. Las relaciones de distribución y la lucha de clases entre el terrateniente y el


capitalista

El valor total anual en la sociedad capitalista se distribuye en forma de


salarios, renta, interés, ganancias de la empresa e impuestos. ¿Cuál es la
proporción equilibrada de la renta en este valor anual total y cómo se
determina? La respuesta más obvia consiste en apelar al poder relativo de
las diferentes clases y ver las relaciones de distribución como un resultado
de la lucha de clases. Desde el punto de vista de la propiedad de la tierra,
esa lucha es multidimensional porque el terrateniente se ve empujado con-
tra todos los que usan la tierra: capitalistas (que usan la tierra como medio
de producción o simplemente como soporte), campesinos, trabajadores,
financieros, el Estado y otras fracciones de la burguesía. Puede apropiarse
de la renta extrayéndola de los ingresos (dando lugar así a muchas formas
secundarias de explotación) así como del plusvalor producido directamente
por medio de la producción. Se supone que al terrateniente no le importa
de dónde provenga la renta, en tanto la siga percibiendo.

16
Esto explica una cuestión que por lo demás resulta algo confusa en El capital (vol. iii, pp.
711-716), cuando la propiedad de la tierra se considera, a la vez, como la gran racionaliza-
dora de la producción agrícola y como la fuente de toda clase de efectos nocivos.
La teoría de la renta | 467

La investigación teórica de Marx sobre la renta de la tierra trata solo de


las partes relativas del terrateniente y el capitalista en el plusvalor produ-
cido sobre la tierra. Sin embargo, nos invita a considerar la lucha evidente
sobre las proporciones en distribución como una expresión de fuerzas más
profundas que circunscriben los poderes relativos de las clases implicadas.
Tomemos como ejemplo la relación entre los terratenientes y los agri-
cultores productivos. Si consideramos a estos últimos como trabajadores
independientes, que controlan su propio proceso de producción, enton-
ces los terratenientes existen en una relación directa de explotación sobre
ellos mismos, teniendo toda clase de incentivos para extraerles la mayor
cantidad posible de renta a fin de obligarlos a trabajar más y producir más
mercancías. La lucha entre el terrateniente y el campesino se libra direc-
tamente y es la fuerza lo que decide el resultado.17 El interés del capital,
siempre que logre una provisión adecuada de alimentos baratos y materias
primas baratas, pasa por aliarse con los terratenientes y promover así nive-
les cada vez más altos de explotación de la tierra.
La situación es muy diferente cuando los terratenientes cobran rentas
a los capitalistas que emplean tierra como medio de producción. Los pri-
meros podrían, si son suficientemente poderosos, apropiarse de gran parte
de la ganancia de los capitalistas. No obstante nos topamos aquí con cir-
cunstancias limitantes que modifican materialmente las relaciones de clase.
Los terratenientes no pueden obligar a los capitalistas a invertir de la misma
forma en que pueden obligar a los campesinos a trabajar. Además, cuanto
más alta sea la renta obtenida, más disminuirá el flujo de capital sobre la
tierra, por lo que el incremento de la renta es evidentemente una táctica
suicida por parte del terrateniente. De hecho, si observamos más de cerca
este proceso, vemos que los terratenientes tienen fuertes incentivos para abrir
la tierra a los flujos de capital. Después de todo, el valor de uso de la tierra
es lo que permite la apropiación de la renta a su dueño, y lo que importa
es la renta por hectárea. El valor de uso de la tierra para el capitalista es el
de un medio para la producción de plusvalor: lo que importa es la renta
con respecto del capital adelantado y el plusvalor producido. La diferencia
entre las dos perspectivas permite que exista un «terreno de compromiso».
Por ejemplo, la renta sobre la tierra puede continuar aumentando al mismo
tiempo que la tasa de renta sobre el capital avanzado permanece constante
o incluso disminuye (El capital, vol. iii, p. 633). Bajo ciertas circunstancias,
el terrateniente tiene un fuerte incentivo para permanecer pasivo y reducir
las barreras que la propiedad de la tierra plantea a la circulación del capital.18

17
Los terratenientes tratan de sacar el equivalente del plusvalor absoluto en forma de
mercancías más bien que como trabajo directamente. La analogía entre la lucha de los
terratenientes con los campesinos y la lucha por la jornada de trabajo resulta útil.
18
Se deduce de inmediato el presupuesto de que los terratenientes deberían maximizar la
extracción de rentas de los campesinos, al tiempo que contienen la apropiación de rentas de
468 | Los límites del capital

La relación entre el capital y la propiedad de la tierra no se reduce así a una


armonía perpetua. No es fácil distinguir, por ejemplo, entre los campesinos
que producen y los productores capitalistas independientes. Tampoco los
terratenientes son necesariamente lo bastante sofisticados como para ver la
conveniencia de modificar su estrategia de maximizar las rentas que obtie-
nen de los campesinos a la hora de ajustar sus miras cuando se trata del
capital. Igualmente, el desarrollo del trabajo social «aumenta directamente
la demanda de la propia tierra»; los propietarios de tierras adquieren así «la
facultad [...] de apropiarse de una parte creciente» del plusvalor producido
(El capital, vol. iii, pp. 732-734). Bendecido con esa capacidad, ¿por qué
el terrateniente se resistiría a usarla? El terrateniente se ve perpetuamente
atrapado entre la evidente estupidez de tomar demasiado poco y los casti-
gos que le esperan por tomar demasiado.
La misma tensión se cierne sobre las condiciones de contratación rela-
tivas a las mejoras permanentes. Aunque el capitalista sea quien haga las
mejoras, estas «entran [...] en propiedad del terrateniente» tan pronto
como «ha expirado el tiempo de arrendamiento de un contrato». Por ejem-
plo, el interés sobre los edificios «está en manos del capitalista industrial, el
especulador de bienes raíces, o el arrendatario mientras dure el contrato»,
pero luego «pasa a manos del terrateniente junto con la tierra, y así incre-
menta su renta». Aquí está «uno de los secretos [...] del enriquecimiento
progresivo de los terratenientes, del incremento constante de sus rentas y
del creciente valor en dinero de sus tierras». Aquí está también, no obs-
tante, «uno de los mayores obstáculos que se oponen a una agricultura
racional», así como a todas las demás formas de inversión en el entorno
construido, ya que el arrendatario «evita todas las mejoras y desembolsos
cuyo reflujo total no es de esperar durante el lapso de su arrendamiento»
(El capital, vol. iii, p. 713).
La lucha por la duración y los términos del arrendamiento y la justa
compensación por el capital invertido en mejoras permanentes se convier-
ten, como era de esperar, en el problema contractual básico en la relación
entre el capital y el terrateniente. Como ocurre con el contrato sobre la
jornada de trabajo (tan esencial en la relación entre el capital y el trabajo),
aquel viene en última instancia regulado por el Estado, ya sea por medio
de la legislación o de la jurisprudencia.
El resultado de esta lucha tiene importantes implicaciones para la
acumulación. Si el capital adquiere un derecho perpetuo a las mejoras
permanentes que crea él mismo, entonces las ganancias extraordinarias se

los capitalistas. Postel-Vinay (1974) proporciona una gran masa de evidencias que sostienen
esta idea. Rey, no obstante, malinterpreta el significado de estos hallazgos y los considera,
por eso, incompatibles con la teoría de la renta de Marx.
La teoría de la renta | 469

convierten en una característica permanente en lugar de transitoria dentro


de la competencia por el plusvalor relativo. Esto embota las fuerzas que vin-
culan la explotación de la tierra a la competencia. La asignación de trabajo
social a estas o aquellas actividades quedará así distorsionada en compara-
ción con la acumulación en equilibrio. El resultado será seguramente una
sobreconcentración de actividades en el espacio. Surgirán así una serie de
graves desequilibrios dentro del proceso de acumulación capitalista.
La teoría de la renta de la tierra ilustra que tales consecuencias solo
se pueden evitar si los propietarios de la tierra se apropian sin considera-
ciones de las ganancias extraordinarias que se obtienen de cualquier tipo
de ventaja permanente, haya sido o no creada por los seres humanos. Sin
embargo, si el terrateniente se apropia de estas ventajas demasiado rápido
o brutalmente, también se mitigará el estímulo para hacer nuevas inver-
siones. ¿Es acaso posible identificar un punto de equilibrio entre estos dos
requerimientos contrarios? El punto más obvio a considerar es el momento
en el que la inversión ya ha sido plenamente amortizada. Ese punto es,
sin embargo, difícil, si no imposible de identificar, dado que la vida física
de estas inversiones es sumamente larga, mientras que la vida económica
sufre todas las ambigüedades con las que se encuentra la circulación del
capital fijo en general (véase el capítulo viii). En la medida en que la vida
del capital se estandariza de acuerdo con la tasa de interés y que la renta se
asimila al interés en forma de capital ficticio, el conflicto viene regulado
por al menos un tipo de proceso social (aunque la tasa de interés, como
vimos en los capítulos ix y x, no es exactamente un regulador coherente o
libre de contradicciones).
Las evidentes tensiones implicadas en todo esto tienen diferentes solu-
ciones posibles. Quizá la más interesante, desde el punto de vista de la
historia social del capitalismo, es la granja familiar ocupada por el dueño.
Bajo este sistema, los productores pueden ser al mismo tiempo capitalistas
y terratenientes, y así el conflicto entre los dos roles parece desaparecer.
Marx considera esa situación como algo excepcional y fortuito (El capi-
tal, vol. iii, pp. 856-857) y es difícil rebatir su razonamiento. Los dueños
que ocupan sus tierras están sujetos al precio de compra de estas e incluso
cuando la tierra ha ido pasando de mano en mano libremente a través de
muchas generaciones, el ingreso al que se renuncia en virtud del capital
ficticio incorporado al «valor» de la tierra no puede hacerse a un lado a
la ligera. En muchos casos la ocupación del dueño nominal oculta una
relación hipotecaria (equivalente a la renta) y una relación de crédito (equi-
valente al interés sobre el capital prestado para la producción corriente),
dejando al dueño y al ocupante solo con la ganancia de la empresa. En
tanto la propiedad de la tierra garantiza la circulación del capital a interés,
las modernas formas de ocupación de los propietarios en la agricultura
470 | Los límites del capital

simplemente logran todo lo que se podría esperar bajo las relaciones socia-
les del capitalismo. De hecho, aquí pueden surgir algunas formas curiosas
de circulación que merecen una investigación más detallada. Si los produc-
tores cultivan bajo contrato, realizan gran parte del trabajo ellos mismos
y contraen fuertes deudas con las instituciones financieras por el pago de
la hipoteca y el crédito sobre las operaciones corrientes, el ocupante y el
propietario nominal quizá debería considerarse como un gerente o incluso
como un trabajador que recibe una especie de participación «a destajo» en
el plusvalor total producido. Es importante, como siempre, ir más allá de
la apariencia superficial y establecer las relaciones sociales reales de produc-
ción que prevalecen.
La lucha entre el capitalista y el terrateniente se produce de forma
obvia en tres ámbitos; 1) en las condiciones de contratación que regulan
el uso de la tierra; 2) en la magnitud de la renta y 3) en la duración del
arrendamiento y la compensación por las mejoras, aun cuando haya otras
consideraciones más generales que afectan a los arreglos distributivos. Los
ingresos del terrateniente (las rentas) forman parte de los ingresos generales
de la burguesía. Estos ingresos pueden reservarse o ponerse de nuevo en
circulación. En el primer caso, la circulación de capital en general corre el
riesgo de verse gravemente alterada. En el segundo, los ingresos pueden
continuar circulando por medio de la compra de servicios, de artículos
de lujo y cosas por el estilo, o convertirse en capital dinero, que fluye a la
producción y al consumo por la vía del sistema de crédito. El modo en que
se empleen los ingresos tiene importantes consecuencias.
Los ingresos que fluyen de vuelta a la compra de artículos de lujo pue-
den desempeñar un papel importante a la hora de estimular la demanda
efectiva, aunque no, como ya hemos visto (capítulo iii), para resolver el
problema de la «realización» del capital. Los terratenientes en este caso
operan también como una de las «clases consumidoras» de la sociedad,
cuyas actividades son integradas dentro de la dinámica global de la circula-
ción de capital. Dada, sin embargo, su ubicación dentro de este sistema, no
es difícil ver que sus actividades alteran la proporcionalidad requerida entre
la agricultura y la industria, la ciudad y el campo y entre la producción de
mercancías salario básicas (comida en particular) y artículos de lujo.
Resulta más interesante considerar el uso de los ingresos del terrate-
niente como capital dinero. Este uso sugiere un fuerte vínculo potencial
entre los propietarios de tierras y la banca —un vínculo fácilmente obser-
vable y que tiene gran importancia en la historia capitalista—. También
señala un poderoso potencial a la hora de movilizar los excedentes más
allá del terruño (obligando a los productores a entrar en el intercambio de
mercancías), al mismo tiempo que centralizan el capital, si bien en manos
de los terratenientes, a través de la apropiación de la renta de innumerables
La teoría de la renta | 471

pequeños productores. En la medida en que esos terratenientes emplean el


capital que han centralizado de un modo productivo, antes que vivir de la
promisión de la tierra dedicándola al consumo conspicuo, desempeñan un
papel vital y central en la historia de la acumulación.
De hecho, uno de los triunfos del capitalismo ha sido obligar a los
propietarios de tierras a desempeñar ese papel positivo como condición de
su supervivencia. Aparece aquí, no obstante, una línea mucho más general
de la lucha de clases, ya que los propietarios de tierras no están necesaria-
mente dispuestos a considerar la tierra como un puro activo financiero, ni
a usar el poder del dinero que han centralizado simplemente como dinero
puesto en circulación como capital. A fin de cuentas, el poder social del
dinero estaba destinado a dominar sobre el poder social de la tierra. El
uso de la tierra para adquirir dinero ha sido durante largo tiempo la meta
de los sectores más dinámicos de la clase terrateniente. A la larga esto ha
supuesto simplemente la fusión de los terratenientes con los arrendado-
res de todo tipo.19 Los terratenientes han perdido su papel autónomo e
independiente y se han transformado necesariamente en una fracción del
propio capital. Las luchas históricas entre los terratenientes y los indus-
triales en la Inglaterra del siglo xix y las luchas de parecido carácter que
continúan dándose en muchas otras partes del mundo, deben verse contra
el trasfondo de esa transformación necesaria que asimila a ambos polos
dentro del marco de la circulación del capital que devenga interés. En este
proceso, la proporción de la renta en el plusvalor total producido es cada
vez menos el producto del conflicto abierto entre dos clases sociales casi
independientes, interiorizándose cada vez más en la lógica que fija la circu-
lación del capital a interés entre las diversas formas de capital ficticio que
surgen dentro del modo de producción capitalista. Esto nos lleva directa-
mente a la forma y el motivo por los que el capital a interés llega a circular
a través de la propia tierra.

7. El mercado de tierras y el capital ficticio

Marx no emprendió ningún análisis en detalle de los mercados de tierras.


Dio prioridad a construir la teoría de la renta de la tierra, en tanto con-
sideró que era allí donde residía el verdadero reto teórico. De la misma
forma, no obstante, en que atribuir el origen del dinero a las diferentes
formas de valor incorporado en las mercancías no dice todo lo que hay que
decir sobre el papel del dinero y del crédito, vincular el origen del precio
de la tierra a una renta capitalizada de la tierra no agota todo lo que de

19
Spring (1963) y Thompson (1963) documentan la absorción gradual de la aristocracia
terrateniente británica a las filas de la burguesía como capitalistas, financieros, etc.
472 | Los límites del capital

importante se puede decir sobre los mercados de tierras en el capitalismo.


Los mercados de tierras exhiben características peculiares, al tiempo que
realizan importantes funciones. Merecen un análisis por propio derecho.
La teoría de la renta de la tierra resuelve el problema de cómo la tierra,
que no es un producto del trabajo humano, puede tener un precio e inter-
cambiarse como una mercancía. La renta de la tierra, capitalizada como
interés sobre cierto capital imaginario, constituye el «valor» de la tierra. Lo
que se compra y se vende no es la tierra, sino el derecho a la renta que pro-
duce. El dinero que se desembolsa equivale a una inversión que produce
intereses. El comprador adquiere un derecho sobre los ingresos futuros
previstos, un derecho sobre los futuros productos del trabajo. En pocas
palabras, el derecho a la tierra se convierte en una forma de capital ficticio
(véanse las pp. 356-360 de este libro). «Si el capital es prestado a otro como
dinero, tierra, casa, etc., se convierte como capital en mercancía, o la mer-
cancía puesta en circulación es el capital como capital» (Grundrisse, vol. ii,
p. 131). Esto es lo que ya hemos establecido.20
Las fuerzas básicas que regulan el precio de la tierra y sus accesorios
son la tasa de interés y los ingresos futuros previstos en tanto rentas. Los
movimientos en la tasa de interés imponen fuertes ritmos temporales y
conllevan fluctuaciones en los precios de la tierra dentro de una estructura
global definida por la relación entre la acumulación de capital y la oferta
y demanda de capital dinero (véanse los capítulos ix y x). Las tendencias
a largo plazo de la bajada de la tasa de interés o los excesos temporales de
capital dinero dan por lo general como resultado el incremento de los valo-
res de la tierra (permaneciendo constantes las rentas).
Los cambios previstos en las rentas futuras, ligados a los flujos futuros
de capital, así como al trabajo futuro, afectan igualmente a los precios
de la tierra y de la propiedad. Por esta razón, incluso la tierra que no se
usa puede adquirir un precio (El capital, vol. iii, pp. 761-768). El ele-
mento especulativo siempre está presente en el comercio de tierras. La
importancia de esto tiene que determinarse ahora, si bien Marx excluye
por lo general la especulación de su esfera de acción. Marx nos ofrece,
sin embargo, un ejemplo interesante. En el caso de la construcción de
viviendas en las ciudades que crecen rápidamente, señala, la ganancia que
se obtiene por construir es sumamente pequeña, «sus principales ganancias
salen de las subidas de las rentas», de tal manera que «la renta de la tierra,
y no la casa, es el objetivo real de los especuladores de la construcción» (El

20
Los incentivos sociales para conservar la tierra —prestigio, importancia simbólica, tradi-
ción, etc. — también son muy importantes en la práctica, pero los excluimos aquí de esta
consideración en tanto no tienen raíces directas dentro de una pura teoría del modo de
producción capitalista.
La teoría de la renta | 473

capital, vol. iii, pp. 880-881; vol. ii, p. 359). Los tenedores de suelo no
asumen en absoluto una actitud pasiva en este caso. Desempeñan un papel
activo cuando crean las condiciones que permiten apropiarse de las rentas
futuras. El adelanto del capital y la aplicación del trabajo en el presente
aseguran un incremento en las rentas futuras.
Este caso tiene más importancia de lo que aparentemente creyó Marx.
Al perseguir activamente la apropiación de valores, los propietarios de tie-
rras pueden forzar nuevas configuraciones de la producción sobre el suelo e
incluso forzar la producción de plusvalor a una escala y con una intensidad
que quizá no se producirían de otro modo. Por supuesto, al hacerlo conde-
nan el trabajo futuro a grados siempre crecientes de explotación en nombre
de la propia tierra. La función activista del capital ficticio que opera sobre
la tierra y las contradicciones que engendra merecen un escrutinio cui-
dadoso. Este realiza ciertas funciones importantes de coordinación y, de
este modo, legitima y justifica la apropiación de rentas dentro de la lógica
global del modo de producción capitalista.
La circulación del capital a interés a través de los mercados de tierras
coordina el uso de la tierra con la producción de plusvalor de la misma
forma que ayuda a coordinar las asignaciones de fuerza de trabajo y a igua-
lar la tasa de ganancia a través de diferentes líneas de producción. Las
peculiaridades de la tierra añaden algunas fricciones a este proceso. En
la práctica se necesita poco para obligar a los capitalistas a renunciar a
las ventajas relativamente permanentes (de fertilidad o de ubicación) que
disfrutan en determinada parcela de tierra para promover un uso diferente,
pero que ofrezca rentas más altas, particularmente si los beneficios que
se obtendrían de invertir en ese cambio se perciben inmediatamente en
forma de rentas más altas. La situación cambia materialmente si el capital
a interés circula a través de los mercados de tierra buscando continuamente
rentas futuras más altas y fija correlativamente los precios de la tierra. En
ese caso, la circulación del capital a interés promueve actividades sobre la
tierra que se ajustan a usos mejores y de mayor calidad, no simplemente en
el presente, sino también en cara a la producción futura de plusvalor. Los
propietarios de tierras que las tratan como un puro activo financiero rea-
lizan exactamente una tarea de este tipo. Coaccionan al capital (elevando
las rentas, por ejemplo) o cooperan con él para asegurar la obtención de
rentas más altas sobre la tierra. En el caso de una alianza activista entre
el terrateniente y el capitalista, el primero adopta el papel del promotor
que trata de obtener rentas más altas, mientras que el capitalista captura
las ganancias.21 Las situaciones de este tipo, que menciona Marx, pueden

21
Lamarche (1976) proporciona una de las mejores exposiciones teóricas del papel del
promotor, desde una perspectiva marxista
474 | Los límites del capital

aparecer con relativa facilidad: las rentas incrementadas pesan mucho más
que las ganancias que se pueden obtener de la inversión directa.
Por medio del esfuerzo continuo por dar a la tierra su «uso más alto y
mejor», los propietarios de tierras crean un mecanismo de selección que
dirime entre los distintos usos de la tierra y obliga a que se les asigne capital
y trabajo, lo que quizá no ocurriría de otra manera. Con vistas al futuro,
los propietarios también inyectan al uso de la tierra una fluidez y un dina-
mismo que sería difícil de generar de otra forma. Cuanto más empuje
tengan los propietarios de tierras en este aspecto, más activo será el mer-
cado de tierras y más se ajustará el uso de la tierra a los requerimientos
sociales —y por tanto a la acumulación de capital—.
Podemos ahora trazar una explicación completa que incluya el papel de
los terratenientes y la apropiación de la renta en el capitalismo. La apropia-
ción de la renta no es solo socialmente necesaria, sino que los terratenientes
necesariamente deben tomar un papel activo en la búsqueda de rentas más
altas. No hay nada incongruente en esa conducta, siempre y cuando, natu-
ralmente, se trate a la renta simplemente como un activo financiero, una
forma de capital ficticio abierto a todos los inversionistas. Cuanto más
libre esté el capital a interés para vagabundear en busca de títulos sobre
futuras rentas de la tierra, mejor podrá cumplir con su papel coordinador.
Al mismo tiempo, cuanto más abierto sea el mercado de tierras, con
mayor temeridad podrá el capital dinero excedente construir pirámides
de títulos de deuda y tratar de realizar sus exageradas expectativas por
medio del pillaje y la destrucción de la propia tierra. La inversión en
apropiación, tan necesaria para el desempeño de estas funciones coor-
dinadoras, es aquí, como en otras partes, «la fuente de toda clase de
tácticas enloquecidas» y la fuente de distorsiones potencialmente graves.
La especulación sobre la tierra puede ser necesaria para el capitalismo,
pero las orgías especulativas se convierten periódicamente en una fuente
de destrucción para el propio capital.
El significado de estos poderes de coordinación, junto con sus con-
secuencias negativas, son particularmente evidentes cuando se trata el
problema de la organización espacial, un tópico que Marx también suele
excluir de su campo de acción teórico, salvo como interés periférico. El
mercado de tierras da forma a la asignación de capital sobre la tierra y de
este modo da forma a la estructura geográfica de la producción, el intercam-
bio y el consumo, la división técnica del trabajo en el espacio, los espacios
socioeconómicos de reproducción, etc. Los precios de la tierra proporcio-
nan señales a las que pueden responder diversos agentes económicos. El
mercado de tierras es una poderosa fuerza que sirve para racionalizar las
estructuras geográficas en relación con la competencia.
La teoría de la renta | 475

Los propietarios de tierras desempeñan además un papel activo en el proceso


de estructuración y reestructuración geográfica, siempre y cuando, natural-
mente, traten la tierra como un puro activo financiero. Consideremos las
relaciones de transporte. El estímulo de su revolución surge de la necesidad
de disminuir el tiempo de circulación de las mercancías, de ampliar geo-
gráficamente los mercados y así hacer posible que resulten más baratas las
materias primas, ampliando la base de realización, al mismo tiempo que se
acelera el tiempo de rotación del capital. Si la renta depende de la ubica-
ción relativa y la ubicación relativa debe transformarse de acuerdo con las
mejoras en el transporte, entonces la inversión en transporte debe dirigirse
a incrementar el valor de la tierra en las zonas próximas. Los propietarios
de tierras están condenados a ganar (o a perder) de forma acorde. Tienen
fuertes intereses creados en el cuándo y el dónde de las inversiones en
transporte. Incluso pueden estar dispuestos a promover estas inversiones a
pérdida (preferiblemente con el dinero de otras personas o por medio de
la intervención del Estado) a fin de beneficiarse de rentas más altas. Los
terratenientes ingleses aprendieron este truco hace mucho tiempo y este ha
seguido siendo una faceta básica del capitalismo desde entonces.
Por lo general, los propietarios de tierras se ven empujados a competir
por esa particular pauta de desarrollo, ese particular paquete de inversio-
nes y actividades, que tiene más probabilidades de incrementar las rentas
futuras. La formación de un cierto patrón geográfico de uso de la tierra
depende de la competencia entre los terratenientes por rentas más altas.
Las coordinaciones hechas posibles por la existencia de mercados de tierras
y señales de precios son, en este sentido, de vital importancia.
No obstante, el carácter anárquico de esa competencia puede tener fuer-
tes consecuencias negativas. Los capitalistas excedentes pueden ponerse a
trabajar de forma despilfarradora; los terratenientes individuales, al actuar
según su egoísmo inmediato y tratando de maximizar las rentas territoria-
les que se pueden apropiar, pueden obligar a asignaciones territoriales de
capital que no tienen sentido desde el punto de vista de los requerimien-
tos globales de la acumulación. A esta versión de las fuerzas que crean
un desequilibrio general en el capitalismo (véase el capítulo vii) se deben
añadir también los problemas particulares que surgen de las interacciones
complejas de la RD-1 y la RD-2. Estas interacciones aseguran que ningún
terrateniente pueda confinar los costes y beneficios de los planes que pro-
muevan en su propia parcela de tierra. Consideradas conjuntamente, las
fuerzas que dan forma a la geografía del capitalismo a través del funciona-
miento de los mercados de tierras están en continuo peligro de disolverse
en una pesadilla de incoherencia, así como en orgías periódicas de espe-
culación, que obligan al trabajo futuro a entrar dentro de configuraciones
insostenibles (desde el punto de vista del trabajo, del capital o de ambos).
476 | Los límites del capital

El problema está en impedir esa disolución, al mismo tiempo que se pre-


serva el mercado de tierras como un instrumento básico de coordinación.
El capital tiene solo dos líneas de defensa ante esas situaciones: el
monopolio o el control estatal. Ninguna de las dos soluciones está libre
de contradicciones internas. El monopolio del proceso de desarrollo de la
tierra a través de la concentración a gran escala de propiedades territoriales
permite un proceso coherente de desarrollo, en el que los diversos efec-
tos sinérgicos de las inversiones se pueden coordinar de forma ventajosa.
Incidentalmente, podemos caer aquí en la tentación de conectar a los pro-
pietarios de tierras con las altas finanzas —una conexión que se remonta
muy atrás en el tiempo y hace que la versión inmobiliaria del «capitalismo
financiero» sea anterior históricamente a la versión del capital industrial
que ya hemos considerado (capítulo x)—.22 El problema con esta clase de
monopolio es, naturalmente, que abre la puerta a la posibilidad de la apro-
piación de rentas de monopolio, una forma de apropiación que es por lo
general adversa para la acumulación. Los financieros pueden contrarrestar
parcialmente esta tendencia actuando por su cuenta. El sistema de crédito
estructura el mercado de tierras con el fin de preservar la circulación del
capital a interés en su conjunto. El resultado es un tipo de doble coordina-
ción que se logra entrelazando las diversas formas de circulación del capital
a interés. El problema con esta solución es que, aunque los mercados de
tierras pueden estar mejor coordinados, pueden quedar directamente
expuestos a todos los problemas inherentes al propio sistema de crédito.
La línea final de defensa es el Estado, que puede adoptar diversos poderes
para regular el uso de la tierra, la expropiación de la tierra, el planeamiento
de sus usos y finalmente la inversión real, con el fin de contrarrestar la
incoherencia y las fiebres especulativas periódicas a las que son tan pro-
pensos los mercados de tierras. Aunque el Estado puede indudablemente
imprimir su sello a las estructuras geográficas, no lo hace necesariamente
de forma que vinculen efectivamente el uso de la tierra con la competencia
o el proceso de reestructuración geográfica con la acumulación de capital.
Un grado demasiado alto de participación estatal puede poner en tela de
juicio toda la validez de los derechos de propiedad sobre los medios de
producción en general así como sobre la tierra.
El capitalismo no puede desenvolverse sin precios y sin mercados de
tierras en tanto mecanismos coordinadores básicos en la asignación de
sus usos. Solo puede esforzarse en restringir sus operaciones para hacerlas

22
Marx considera que la «Gloriosa Revolución» de 1688 en Gran Bretaña forjó una oligar-
quía gobernante a partir de una «alianza natural» entre «la nueva aristocracia de la tierra» y
«la nueva bancocracia de las altas finanzas que acababa de dejar el cascarón, y los grandes
manufactureros» (El capital, vol. i, p. 815).
La teoría de la renta | 477

menos incoherentes y menos vulnerables a los desórdenes especulativos.


De esta conclusión general podemos deducir a su vez dos consecuencias.
La primera es que los precios de la tierra no pueden existir sin el poder
de monopolio de la propiedad privada de la tierra y la capacidad de apro-
piación de rentas que confiere tal poder. Tanto la renta como la propiedad
privada de la tierra son socialmente necesarias para la permanencia del
capitalismo. La necesidad de reproducción social de la propiedad de la tie-
rra y de la apropiación de la renta han quedado definidas plenamente. Las
preguntas con las que comenzamos este capítulo han sido bien resueltas.
Hay un pero importante a este argumento. Solo sirve aquella pro-
piedad de la tierra que la trata como un puro activo financiero. Todas
las demás formas de propiedad de la tierra deben hacerse a un lado. La
tierra debe convertirse en una forma de capital ficticio y tratarse como
un espacio abierto a la circulación del capital a interés. Únicamente bajo
estas circunstancias desaparece la aparente contradicción entre la ley del
valor y la existencia de la renta sobre la tierra. Es materia de la investiga-
ción histórica averiguar hasta dónde han llegado las formaciones sociales
capitalistas por esa vía. Que la ley del valor en el modo de producción
capitalista implica ese proceso de transformación es algo incontrovertible.
La segunda consecuencia es que el precio de la tierra capta simultá-
neamente el carácter temporal de la acumulación (registrada por los
movimientos en la tasa de interés) y el carácter específico de los valores
de uso materiales distribuidos en el espacio y, por tanto, une las conside-
raciones temporales y espaciales dentro de una único marco definido por
la ley del valor. Sin embargo, no hace todo esto de una forma pasiva o
neutral. El precio de la tierra debe realizarse a través de la apropiación de
las rentas futuras, que descansan en el trabajo futuro. El pago del capital
por el precio de la tierra condena al trabajo a actividades muy específicas en
determinadas ubicaciones a través de un lapso de tiempo fijado por la tasa
de interés —caso de que no se devalúe el capital adelantado en la compra
de la tierra—. Vemos aquí una vez más cómo la operación de la ley del
valor restringe al trabajo vivo. Consideraremos la implicaciones ulteriores
de este resultado en el capítulo xii.
La circulación del capital a interés en títulos de tierras desempeña un
papel análogo al del capital ficticio en general. Muestra las trayectorias
espaciales de la acumulación futura y actúa como un agente catalizador de
la configuración espacial de la acumulación de acuerdo con los imperati-
vos fundamentales de esta última. El hecho de que algunas veces presione
demasiado (más allá de lo que pueden soportar el capital o los trabajadores)
o en direcciones erróneas (debido a las inevitables distorsiones que surgen
cuando la circulación de capital dinero encuentra y utiliza los privilegios de
478 | Los límites del capital

monopolio vinculados a la propiedad privada de la tierra) simplemente


establece que el mercado de tierras absorbe necesariamente todas las con-
tradicciones fundamentales del modo de producción capitalista. Impone
así estas contradicciones al paisaje físico del propio capitalismo. Es no
obstante, al mismo tiempo, un mecanismo vital de coordinación en la
lucha por organizar el uso de la tierra en formas que contribuyan a la
producción de plusvalor y a la estructuración de las formaciones sociales
capitalistas en general.

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