0% encontró este documento útil (0 votos)
2 vistas9 páginas

Weoi

Marcos y Clara, dos personajes de la misma ciudad, viven días rutinarios marcados por la introspección y la soledad. Marcos reflexiona sobre su vida monótona y su incapacidad para conectar con los demás, mientras que Clara, tras la muerte de su tía, comienza a redescubrirse a través de cintas de casete que evocan recuerdos y emociones. Ambos experimentan momentos de libertad y autoconocimiento en medio de la cotidianidad, aunque sus caminos son diferentes.

Cargado por

Pablo Rizo Piera
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
2 vistas9 páginas

Weoi

Marcos y Clara, dos personajes de la misma ciudad, viven días rutinarios marcados por la introspección y la soledad. Marcos reflexiona sobre su vida monótona y su incapacidad para conectar con los demás, mientras que Clara, tras la muerte de su tía, comienza a redescubrirse a través de cintas de casete que evocan recuerdos y emociones. Ambos experimentan momentos de libertad y autoconocimiento en medio de la cotidianidad, aunque sus caminos son diferentes.

Cargado por

Pablo Rizo Piera
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

La jornada comenzó mal, lo que fue su ciente para considerarla

problemática. El despertador sonó con una melodía que Marcos había


apreciado en el pasado, cuando aún creía que los eventos podían repetirse
sin perder su brillo. Al levantarse, pisó una prenda húmeda en el suelo y
re exionó sobre la falta de conversación sobre el agotamiento que conlleva
la vida sin eventos particularmente adversos.

En la cocina, preparar el café le llevó más tiempo de lo habitual. Marcos se


apoyó en la encimera y jó su mirada en una antigua mancha en la pared,
que parecía un país cticio. Por un momento, imaginó que, con su ciente
concentración, podría penetrar en ese contorno absurdo, desaparecer en su
interior y establecerse en un lugar donde no se esperaban respuestas.

Salió a la calle con retraso, como siempre. El barrio olía a pan recién
horneado y a basura acumulada durante la noche, una combinación
honesta. Caminó rápido, no para llegar antes, sino para evitar la
introspección. La re exión tenía demasiadas bifurcaciones. En un semáforo,
vio a una mujer llorando en silencio con el móvil en la mano. Nadie la
prestaba atención. Marcos tampoco, pero la imagen se le quedó grabada.

El vagón del metro avanzaba con movimientos erráticos, como si dudara.


Marcos re exionó sobre la posibilidad de que un descarrilamiento no fuera
una tragedia personal, sino simplemente una interrupción contundente.
Sintió vergüenza por ese pensamiento, pero la indiferencia pronto lo superó.
La vergüenza también resulta agotadora.
fl
fl
fl
fi
fi
fi
fi
Durante su jornada laboral, Marcos se limitó a la comunicación
estrictamente necesaria. Asintió y realizó tareas informáticas que no
recordaría al día siguiente. A la hora de la comida, salió solo y se sentó en un
banco. Comió un bocadillo blando y soso, observando a un niño intentar
persuadir a una paloma para que se acercara. El niño no lo consiguió, y la
paloma, de alguna manera, tampoco.

En la sesión vespertina, comenzó una lluvia débil e intermitente, con gotas


dispersas que parecían disculparse. Marcos no buscó refugio, dejando que
el agua empapara su cabello y su chaqueta. Re exionó sobre la ausencia de
expectativas en su contra y, paradójicamente, experimentó una sensación
de libertad, aunque mínima y microscópica, pero tangible.

Al llegar a casa, encontró una carta en el buzón que no era suya. Después
de dudar un poco, decidió devolverla. Subió las escaleras lentamente,
contando los peldaños a propósito de forma incorrecta. Una vez dentro, el
apartamento estaba en silencio. Se quitó los zapatos, se sentó en el suelo y
se quedó allí un rato, concentrándose en su respiración.

No pasó nada más importante. Pero al acostarse, Marcos sintió la extraña


sensación de haber pasado el día sin perder la compostura. Esa sensación
le pareció su ciente para aquella noche.

A las seis y veinte de la mañana, la ciudad cambiaba de sonido. No era algo


que apareciera en los mapas ni en las guías, pero quienes llevaban años
viviendo allí lo sabían: durante unos minutos, antes de que el trá co se
fi
fl
fi
hiciera fuerte, el aire vibraba de una forma diferente. Como si alguien a nara
un instrumento invisible.

Clara siempre se despertaba a esa hora. No ponía alarma. Su cuerpo había


aprendido el ritmo después de la separación, como si el insomnio necesitara
una estructura mínima para no volverse completamente salvaje. Desde la
cama escuchaba el ascensor del edi cio, el primer camión de reparto, algún
vecino arrastrando una silla. Todo tenía una distancia precisa, casi musical.

Clara había heredado el piso de su tía Marta, una mujer de pocas palabras y
mucha observación. Durante años, Clara había creído que no compartían
nada en común. Ahora, rodeada de los muebles de su tía, empezaba a
sospechar que simplemente habían empleado silencios similares para
propósitos distintos.

El salón estaba dominado por una mesa grande, excesivamente grande para
una sola persona. Clara siempre comía en la esquina, como si el resto del
espacio fuera territorio ajeno. Sin embargo, algunas noches dejaba un vaso
de agua en el lado opuesto. No por superstición, sino por una vaga intuición,
difícil de explicar.

Aquella mañana, decidió no ir a trabajar. No estaba enferma ni tenía una


razón especí ca. Simplemente no fue. Apagó el móvil y se sentó en el suelo,
apoyando la espalda en el sofá. Desde esa perspectiva, el piso parecía otro:
menos práctico, más auténtico. Descubrió marcas en la pared que nunca
había notado, pequeñas cicatrices de cuadros antiguos, de estanterías que
ya no existían.
fi
fi
fi
Re exionó sobre el tiempo como una habitación mal iluminada: uno avanza
a tientas, chocando con los bordes de las cosas, creyendo que se mueve en
línea recta cuando en realidad describe círculos torpes.

Al mediodía, salió a la calle. Caminó sin rumbo jo, dejándose llevar por
calles secundarias, de esas donde los comercios persisten por pura
terquedad. Entró en una tienda de segunda mano. El dueño, un hombre
mayor con voz suave, la saludó como si la conociera de toda la vida.

—Hoy han llegado cosas interesantes —dijo.

Clara recorrió las estanterías con cuidado, observando libros subrayados


por manos ajenas, abrigos con historias invisibles y discos sin funda. Se
detuvo frente a una caja de cintas de casete y cogió una al azar. No había
título, solo una fecha escrita a bolígrafo: 12/10/1994.

—¿Funciona? —preguntó.

—Todo funciona si tienes dónde escucharlo —respondió el hombre,


encogiéndose de hombros.

Compró la cinta y siguió caminando. En casa encontró un viejo reproductor


que había pertenecido a su tía. Al pulsar play, tardó unos segundos en salir
el sonido. Primero un siseo, luego una respiración, y después una voz
fl
fi
femenina leyendo en voz alta fragmentos inconexos: listas de la compra,
pensamientos sueltos, frases que parecían ensayos de despedida.

Clara reconoció la voz. No porque la recordara con precisión, sino porque


encajaba demasiado bien con la casa.

Durante días escuchó la cinta a trozos, nunca del tirón. La voz hablaba del
miedo a desaparecer sin dejar rastro, de la necesidad de registrar lo
cotidiano para que no se evaporara del todo. Hablaba también de una
sobrina, sin nombrarla, a la que observaba crecer desde una distancia
respetuosa.

Clara empezó a responder en voz alta, como si aquello fuera una


conversación aplazada durante décadas. Le hablaba de su trabajo, de su
relación fallida, de cómo a veces sentía que vivía en borrador. La casa
parecía escucharla. O quizá era ella la que, por primera vez, se escuchaba a
sí misma.

Una noche, dejó la cinta puesta mientras se quedaba dormida en el sofá.


Soñó con habitaciones que se reordenaban solas y relojes que avanzaban
hacia atrás sin romperse. Al despertar, el reproductor estaba apagado y el
vaso de agua del otro lado de la mesa vacío. No sintió miedo, sino una
sensación de con rmación.

A partir de entonces, Clara empezó a grabar sus propias cintas, no para


nadie en concreto. Hablaba de los sonidos de la ciudad a las seis y veinte,
de cómo el silencio no siempre es ausencia y de la posibilidad de quedarse
fi
sin estar atrapada. Guardaba las cintas en una caja junto a la primera, sin un
orden claro. Sabía que algún día alguien las encontraría, o no, y por primera
vez en mucho tiempo, ambas opciones le parecieron igualmente válidas.

La ciudad siguió cambiando de sonido cada mañana, y Clara también,


lentamente, sin estridencias, como hacen las cosas que de verdad
permanecen.

El día empezó mal porque empezó, y eso ya era su ciente. El despertador


sonó con una canción que Marcos había amado en otra vida, cuando
todavía creía que las cosas podían repetirse sin desgastarse, cuando una
melodía no se convertía en ruido de fondo sino en promesa. Abrió los ojos
con la sensación espesa de haber estado soñando algo importante y no
poder retenerlo. Intentó reconstruirlo: había una escalera, o quizá era un
pasillo, y alguien lo llamaba desde lejos. Pero el recuerdo se disolvió en
cuanto estiró el brazo para apagar la alarma.

Al levantarse, pisó una camiseta húmeda en el suelo, un objeto que no


recordaba haber dejado ahí. La recogió, la olió y la lanzó a la silla, donde ya
se acumulaban demasiadas cosas. Consideró que su dormitorio era un
mapa emocional: las zonas limpias re ejaban periodos de entusiasmo,
mientras que los montones desordenados representaban semanas como
aquella, donde nada estaba mal del todo, pero nada estaba bien de verdad.

En la cocina, la cafetera tardó más de lo habitual. El sonido previo al café —


el burbujeo incierto, el goteo irregular— le pareció una metáfora demasiado
evidente de sí mismo, lo que lo irritó. Se apoyó en la encimera y jó su
mirada en una antigua mancha en la pared, con forma de país inventado.
fl
fi
fi
Por un instante, tuvo la sensación de que si se concentraba lo su ciente,
podría entrar ahí, desaparecer dentro de ese contorno absurdo y vivir en un
lugar donde no se esperan respuestas, donde nadie pregunta “¿qué tal?”
esperando algo más que un “bien”.

El café estaba demasiado caliente y se quemó la lengua. Ese dolor mínimo


lo ancló al presente. Miró el reloj del microondas: 7:43. Siempre llegaba
justo, nunca temprano, nunca dramáticamente tarde. Su vida era una línea
estrecha entre la negligencia y la responsabilidad.

Salió a la calle tarde, como siempre. El barrio olía a pan recién horneado y a
basura nocturna, una mezcla honesta. Un repartidor descargaba cajas con
movimientos mecánicos, mientras que una anciana regaba plantas que ya
estaban mojadas por el rocío. Marcos caminó rápido, pero no para llegar
antes, sino para evitar pensar. Pensar tenía demasiadas bifurcaciones. Si
empezaba por algo pequeño —el correo pendiente, la conversación
incómoda de la semana pasada, la cuenta bancaria— terminaba en
preguntas grandes, y las preguntas grandes no cabían bien antes de las
ocho de la mañana.

En un semáforo, Marcos vio a una mujer llorando en silencio, con el móvil en


la mano. Nadie la miraba, ni siquiera él, pero la imagen se le quedó grabada.
Re exionó sobre lo extraño que es sufrir en público sin que el mundo se
detenga. La ciudad carecía de un protocolo para el dolor discreto.

El metro llegó abarrotado. Marcos se abrió paso entre cuerpos


desconocidos que compartían su aire. El vagón avanzaba con tirones, como
si dudara. Se agarró a la barra metálica y observó su re ejo fragmentado en
fl
fl
fi
la ventana. Pensó que si el tren descarrilaba, no sería una tragedia personal,
solo una interrupción contundente. Sintió vergüenza por ese pensamiento,
pero luego le dio igual. La vergüenza también cansa, como todo cuando se
repite lo su ciente.

En el trabajo, habló lo mínimo indispensable. Asintió. Tecleó cosas que no


recordaría al día siguiente. Respondió correos con frases neutras que
podrían haber sido escritas por cualquiera. Se preguntó si, en algún
momento, alguien notaría si dejaba de estar presente. No físicamente, eso sí
sería evidente. Sino si dejaba de implicarse, de opinar, de participar en
conversaciones de pasillo sobre series que no veía.

A la hora de comer, salió solo y se sentó en un banco. Comió un bocadillo


blando y sin sabor, observando cómo un niño intentaba convencer a una
paloma de que se acercara. El niño perdió, y la paloma también, de alguna
manera. El padre del niño miraba el móvil con la concentración de quien
evita algo más que el aburrimiento.

Marcos masticaba despacio, como si comer fuera una tarea que requiriera
supervisión. Recordó una época en la que almorzaba con amigos, riendo por
cualquier cosa, planeando viajes improbables. Ahora, esos viajes se
guardaban en carpetas optimistas en su ordenador: “ideas”, “posible”, “más
adelante”.

Por la tarde, una lluvia débil comenzó a caer. Gotas aisladas, como
disculpas. Marcos no se refugió. Dejó que el agua le empapara el pelo y la
chaqueta. Pensó que nadie lo esperaba en ningún sitio y, curiosamente, eso
fi
le daba una libertad mínima, microscópica, pero real. Podía desviarse. Podía
no volver directamente a casa.

También podría gustarte