Copyright: Dominique Mont’Bleu
1º edición, marzo 2020
Imagen de portada: Pixabay
Diseño de cubierta: Dominique Mont´Bleu
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propiedad intelectual.
INDICE
Portada
Derechos
Dedicatoria
Sinopsis
Nota de la autora
Cita de James Joyce
Relatos
1. Átame
2. La Ventana
3. Secretos
4. El Elixir de los Dioses
5. Ares
Mi absoluta gratitud
Sobre la autora
A ti, que eres mí faro. A ti, que continúas siendo ese apoyo
inquebrantable que no cesa, que no flaquea. Tu confianza en mí, me
empuja, me da fuerza. Y… aquí estoy de nuevo proyectando mis
historias, esperando ver lo que tú siempre has visto.
SINOPSIS
Secretos, la nueva entrega de Historias Lascivas, te trasladará al
interior de los deseos más oscuros de sus protagonistas. 5 historias
llenas de secretos inconfesables.
Intenta desentrañar los conflictos emocionales que unirán a Ena, una
hermosa chica japonesa con tendencias a marcar su hermosa piel a
base de infligirse dolor y a Benedict un cliente con intensos problemas
para intimar.
Acepta la invitación que te hace un celador al acabar su turno de
noche. Disfruta junto a él detrás de su ventana, de la sesión de
masturbación matutina que le ofrece su vecina, cuando aún el sol no
despunta.
Adéntrate en el secreto que guarda una joven desde hace 16 años
cuando por error vio a su padre prodigar placer a una hermosa mujer
con ébano en la piel.
Acompaña a Fabio en su velada con Cosette. La mujer que arrojará luz
sobre sus sombras cuando deguste su sabor más íntimo, sabor que
se mesclará con el “elixir de los dioses” que ella le ofrecerá. ¿Estará
Fabio dispuesto a renunciar a su adictivo sabor?
¿Puede un gay enamorarse de una mujer? Ergo no es gay. Es lo que
piensas ¿verdad? Sin embargo, el triángulo amoroso que forman Ares,
Mario y Lucia, donde la deslealtad, la intriga, la rabia, la mentira y la
pasión desbordada son el denominador común, te demostrará que
quizás si sea posible ser gay y amar hasta la medula a una mujer. ¿Te
atreves a descubrirlo?
¡Que comience la función!
NOTA DE LA AUTORA
Todos y cada uno de los relatos que podrás disfrutar a continuación
son completamente ficticios. Los personajes y situaciones son
producto de mi inventiva, de mi imaginación… de mi musa. Cualquier
parecido con la realidad, os aseguro que es pura coincidencia.
Que disfrutéis de la lectura.
Con amor;
Dominique Mont´Bleu
“Te habrán impresionado las cosas sucias que te escribo. Quizás
pienses que mi amor es una cosa sucia. Lo es, querida… en algunos
momentos”.
Fragmento de “Cartas de amor a Nora Barnacle” de James Joyce.
Considerado uno de los más importantes e influyentes escritores del
siglo XX.
ÁTAME
- Luxury Agency, buenas noches.
– Ivanka buenas noches, te habla Benedict. Siento la poca antelación
para mi requerimiento, pero esperaba que como siempre auxiliaras a
este pobre desahuciado que clama clemencia desde este lado del
auricular.
Ivanka ríe como se ha hecho costumbre cada vez que llamo a la
agencia y uso una de mis salidas teatrales a modo de disculpa por mi
falta de planificación.
– Benedict siempre es un placer atenderte. ¿Qué puede hacer Luxury
por ti?
– Nada particularmente difícil, sabes que no soy un cliente exigente,
peculiar quizás, pero no exigente. Básicamente lo de siempre.
– Nina esta fuera de España por exigencia de la contratación,
regresará en tres días, pero tengo a alguien perfecto para ti. Si
aceptas, en hora y media esa hermosa mujer podría estar enlazando
tus muñecas.
– Ivanka…
– Benedict ¿confías en mí? Te prometo que no rozará ni un centímetro
de tu piel mientras ata tus manos al cabecero, no oirás ni su
respiración. Esta criatura es casi mística Benedict, es la delicadeza
personificada. Soy Luxury Agency y tú, un cliente muy especial. Mi
misión es cubrir tu necesidad de forma exquisita, con una perfección
milimétrica.
Guardo silencio unos instantes sopesando que una nueva mujer se
adentre en mis peculiaridades. Finalmente decido.
– Adelante Ivanka. Las instrucciones son las de siempre.
Luego de una cordial y corta despedida, salgo del estudio camino al
hotel donde en hora y media, una mujer a la que desconozco se
cernirá sobre mí para vestir de seda mis muñecas y comenzar mi
particular juego sexual.
La imposibilidad de relacionarme física y emocionalmente con una
persona, me ha llevado a tomar ciertas determinaciones. No es que
sea un ermitaño, la verdad es que tengo una vida social bastante
activa gracias a mi trabajo. Soy el director de protocolo de una
importante firma de moda. He vivido en Francia, Italia y New York
desempeñando mi trabajo y cultivando buenas amistades y contactos
laborales. Ahora me encuentro en Barcelona por uno o dos años, es
simplemente un lugar más en la lista de destinos donde la firma tiene
sede. Dicho esto, recalco que mis relaciones sociales son bastas,
extensas, pero mi incapacidad para intimar no me permite tener
relaciones personales normales, para ser más específico, no puedo
relacionarme íntimamente con ninguna mujer y, por tanto, mi
sexualidad es cuanto menos peculiar. No me abstengo de prodigarme
placer, soy la oda al onanismo en persona. Me masturbo con
frecuencia en soledad, pero de vez en cuando rompo con esa rutina y
me obligo a compartir mis artes masturbatorias con una mujer. Solo
ella y yo.
La habitación del hotel de lujo The Serras que utilizo de forma
esporádica para este fin, es magnífica. A los pies de la cama hay una
cómoda movible de donde emerge una pantalla plana en el caso de
que se me antoje echar un vistazo a algún programa televisivo. Eso
no pasa nunca, por tanto, la cómoda siempre queda desplazada hacia
un lado de la habitación para dejar al descubierto una tina amplia y
profunda sobre la que recae la luz que se proyecta desde la ventana.
El modus operandis es el mismo en cada encuentro. No me puedo
permitir sorpresas. La hora ha llegado y me he dado una ducha rápida
y relajante con el agua casi abrasando mi piel, necesito sensibilizarla,
para percibir cualquier leve roce con más nitidez.
Espero sentado en una de las butacas que flanquean la enorme cama
King vestida de blanco, donde en breve reposara mi cuerpo. Solo una
mullida toalla también de blanco impoluto, cubre mi cintura y todo lo
que se deduce a partir de ella. Aun de mi cabello negro como el
azabache caen gotas que conservan parte del calor del agua que
calentó mi cuerpo.
La puerta se abre con suavidad. Respiro despacio y profundo
mientras, una discreta y estilizada joven de delicadas facciones
asiáticas, cruza el umbral de la puerta.
Camina con sutileza sobre unos stilettos nude y un vestido verde oliva
ceñido como una segunda piel. Un fino cinturón del mismo color que
sus altos tacones, rodean su pequeña cintura. Un bolso de mano a
juego reposa entre sus dedos. Su andar es elegante y apenas se oye
el contacto del tacón contra el parqué. Se acerca con delicadeza…
todo en ella lo es.
Mi nerviosismo va en aumento con cada paso que da en mi dirección,
sin embargo, no tengo miedo.
La exótica joven se sitúa a unos cuantos pasos de la butaca en la que
me encuentro, los necesarios para no sentirme vulnerado. Junta sus
manos a la altura de su pecho a modo de saludo, se inclina levemente
y escucho su suave voz.
– Soy Ena, será un placer que me guie esta noche.
Respondí a su saludo de idéntica forma y susurré antes de erguirme
– Ena; “Regalo de Dios” – muy interesante, pensé, tomando en cuenta
que yo no creo en Dios.
Nuestros ojos conectaron unos instantes, sin duda, la sorprendí al
susurrar el significado de su nombre, su intensa mirada me lo
confirma. Ahora que la tenía más cerca podía detallarla, de hecho, eso
era lo que haría desde ese momento, mirarla, observarla, desearla sin
siquiera poder rozarla.
Su tez emulaba a la porcelana más exquisita… bien podría haber sido
la musa de un artista de la Casa Lladró. Sus rasgos orientales eran
dulces y apacibles, su presencia era reconfortante.
Me sentí como un voyeur descubierto cuando caí en cuenta de que
observaba atentamente cómo la detallaba centímetro a centímetro.
Sonreí sin más y me puse de pie para aceptar la invitación que me
hacía con sus manos extendidas en dirección a la cama. Me situé a un
lado de esta y dejé caer la toalla que llevaba atada en la cintura. Mi
desnudez ante ella no me incomodó, me sentía tranquilo y seguro, a
pesar de que era la primera vez que veía a esa mujer.
Ella permanecía impasible, paciente, callada, mientras observaba mis
movimientos con discreto interés.
Me senté en la cama y me deslicé hasta el centro de esta, me acosté
y extendí los brazos a cada lado de mi cuerpo formando una cruz.
Suspire.
Ena se quedó de pie, frente a mí. Serena, tranquila. Solo el movimiento
de sus ojos delataba que recorría con curiosidad e interés toda la
extensión de mi cuerpo.
Levantó los brazos y se llevó ambas manos a la cabeza y comenzó a
deshacer el moño alto donde llevaba recogido su cabello. Vi como
dos cintas de seda negra se deslizaban por su cuello y luego por su
clavícula, sin embargo, su cabello no caía en cascada sobre sus
hombros como imaginaba. Sus manos atajaron al instante ambas
cintas y las ató a una de sus muñecas, lo hizo mirándome a los ojos y
ayudándose con sus labios. Aquella atadura momentánea sobre
aquella muñeca menuda, lanzó una descarga eléctrica sobre mi
vientre y mi pene comenzó a dilatarse y contraerse sin que yo pudiese
(ni quisiese) evitarlo. Aun así, cierta vergüenza me invadió, no había
grandes estímulos visuales y sin embargo ese gesto de enlazarse a sí
misma, me excito y mi polla daba buena muestra de ello.
Su mirada entonces, se centró en mi erección. No soy un hombre con
grandes dotes carnales. Unos 15 centímetros en erección, me
abastecen de buenas dosis de placer durante mis sesiones de
masturbación, por tanto, no estoy descontento con lo que me asignó
la naturaleza, ni descontento con la mirada chispeante que se cierne
sobre mi discreto atributo.
Ella se muerde los labios y con la punta de la lengua los recorre y sé
que el juego ha comenzado.
Se despoja del fino cinturón que envuelve su cintura y lo deja caer al
suelo, acaricia entonces la tela de su ceñido vestido pasando sus
manos a lo largo de sus caderas, sus costillas… sus senos. Vuelve a
mojarse los labios con la saliva que esparce con la lengua y una sutil
sonrisa asoma y deja entrever unos dientes blancos y alineados.
Palpito y sigo endureciendo. Un gemido bajito emerge de mi boca
sorprendiéndome a mí mismo. Cada leve contracción en mi polla
envía una señal de placentero dolor a lo largo de su extensión… así
de simple soy, así de fácil es complacerme.
Ena se lleva las manos a la espalda y se da la vuelta para ofrecerme
una visión privilegiada de cómo desliza la cremallera a lo largo de su
columna hasta rozar el sacro. Al abrirse el vestido una obra de arte
sobre su piel sobresalta mi vista. Un hermoso cerezo en flor cubre su
espalda al completo. De repente mis manos comienzan a temblar y la
necesidad de tocar y detallar centímetro a centímetro aquella pintura
sobre ese lienzo, se instala en mí cuerpo. Deja caer el vestido al suelo
y observo con renovado interés cada movimiento, su piel al
descubierto y su seductora y elegante ropa interior. Solo un fino
culotte brasilero de encaje color marfil con suaves matices que brillan
como la seda, cubre la piel de su pequeño culo respingón.
Sale del circulo que ha formado el vestido a sus pies y se da la vuelta
elegantemente y sin demora.
Una vez de frente, se muestra ante mí sin aparente pudor, con los
brazos extendidos a cada lado de su cuerpo con las palmas abiertas,
mostrando actitud sumisa y a la espera de que sea yo el que dicte su
siguiente paso.
Recorro con la mirada su estilizado cuerpo, la blancura de su piel y
detallo sus delicados senos, son pequeños, apenas dos suaves
almohadillas redondeadas, coronadas con discretos pezones y areolas
de color rosa pálido. Su vientre plano es la antesala de un pubis
perfectamente depilado que, aunque aún no puedo ver desprovisto
de su vestidura de encaje, esta me permite entrever sus secretos a
través de su transparencia. Es deliciosa, simplemente deliciosa.
Observo entonces las cintas de seda negra que se ató en la muñeca
derecha y en voz baja, pero en un tono que no admite dudas digo:
- Átame.
***
Me acerco despacio, aun no soy capaz de calmar los nervios, ni de
acallar la voz interior que me dice: ¿Qué coño estás haciendo Ena? No
soy scort de Luxury Agency, pero Ivanka necesitaba ayuda con un
cliente particularmente especial y ella es una persona muy importante
en mi vida, tenemos un vínculo que nos unirá hasta el fin de los días.
Ella es la viuda de mi padre. Eran una pareja cuanto menos peculiar,
ella rusa y él japonés, ambos exquisitos en sus gustos, por eso se
eligieron el uno al otro, para ellos no existían las convencionalidades.
Por ello crearon una agencia para satisfacer los gustos más exquisitos,
para cubrir las necesidades de personas nada comunes en el
despliegue de sus artes amatorias.
Yo tampoco soy una mujer común en cuanto a sexo se refiere, por eso
cuando Ivanka me dio luces sobre los gustos y deseos de Benedict, vi
claro que, por esta vez, quizás podía ser de ayuda para ella y su cliente.
Y aquí estoy llevando a cabo mi propia terapia, enfrentándome a mis
más aterradores fantasmas.
Despacio y mostrando mis manos a conciencia, me apoyo a su lado
de rodillas sobre el colchón con cuidado de no rozar su piel. Él ha
extendido los brazos sobre su cabeza y los ha apoyado sobre una de
las barras horizontales que forman el cabecero de la cama.
Lo miro a los ojos más de lo políticamente necesario. Su mirada es
intensa, dulce, vulnerable… su fragilidad me empodera y me excita a
partes iguales. Observo con atención como sus labios carnosos y
jugosos tiemblan ligeramente, me muerdo y humedezco los míos
mientras reprimo un suspiro que delataría la intensidad de lo que
estoy sintiendo.
Sin demorarme más escuchando las exigencias que hace mí cuerpo,
ato sus muñecas a la madera fría y oscura, una primero y otra después.
Mi torso casi roza su pecho, mis senos casi descansan sobre su rostro
mientras trato de centrar mi atención en las ataduras de seda que
mantendrán sus manos alejadas de su polla cuando la necesidad de
masturbarse y acabar con su suplicio acuse.
Aspira de forma suave, pero profunda, sé que está captando el olor
de mi piel y apostaría mi pequeña fortuna a que se muere de deseo
por recorrerla con su lengua y sentir su suavidad bajo las yemas de
sus dedos. Deja escapar un gemido de sus labios proyectando sobre
uno de mis pezones su aliento caliente y húmedo, mi coño entonces
palpita sobre el encaje que lo cubre y comienza a fluir de mí abertura
la humedad que se genera en el interior de mi vagina.
Con algo de mala intención, más por necesidad propia que por
provocar al hombre que yace bajo mi sombra, rozo apenas casi de
manera imperceptible, sus labios con mi pezón. Sé que no debía
hacerlo, estaba claro en sus exigencias, pero ahora el jadeo escapa de
mis labios ante mi propia hazaña.
– ¡Joder! – grita de repente mientras tira de las ataduras, sisea
mientras mira con anhelo mis pequeños pechos. Dirige entonces, la
mirada hacia su polla y yo lo imito. Su respiración se torna irregular y
superficial cuando ambos vemos como su falo totalmente duro y
emulando un asta, deja al descubierto un glande sensible, rojo,
mojado a punto de explosionar. Lava hirviente se desliza entre las
capas de esa polla dura y suculenta.
Pienso en cómo me gustaría que ese volcán hiciera erupción dentro
de mi boca y que mis papilas gustativas saborearan hasta la última
gota que brotara de sus entrañas. Con ese deseo me aleje de
Benedict, desoyendo un susurro que mis oídos caprichosos creyeron
captar que decía “Ena tócame”. No era posible, de haber sido cierto,
lo hubiese dicho en voz alta nuevamente. Eso no sucedió.
Me coloque entonces, según las instrucciones que tenía, a los pies de
la cama para iniciar el número que, el desconocido que había
desatado el deseo en mí, estaba esperando. Para eso estaba yo allí,
para cubrir la necesidad de un cliente muy especial.
***
El deseo por esa delicada criatura de ojos rasgados me había hecho
decir en apenas un susurro una locura de consecuencias devastadoras
para mí: “Ena tócame”.
Su mirada cargada de deseo y necesidad, su aroma, su piel luminosa,
la delicadeza de sus manos que, ni por error rozaron mi piel mientras
unía mis muñecas a la barra y finalmente ese roce descarado de su
pezón sobre mis labios que despertó en mi la necesidad de morderlo,
succionarlo, saborearlo, de hacerlo mío junto a todo su cuerpo; me
hizo pedirle que me tocara, quería sentirla, poseerla, regodearme en
su calor y suavidad, pero Ena no se detuvo, se alejó de mi piel, de mi
necesidad.
Mi polla a punto de explotar, me transmite calor y electricidad cada
vez que palpita, yo contraigo y dilato el ano para sentir más
intensamente las sensaciones que se despliegan gracias a ella. Respiro
profunda y lentamente mientras cierro mis ojos y busco sosiego antes
de abrirlos de nuevo y encontrarme con su mirada ahora fría y
decidida.
– Muéstrame tu cuerpo – le pido con contundencia
Ena recorre con sus manos en sentido ascendente desde sus caderas
hasta su cuello, acariciando cada centímetro de su piel, se detiene con
alevosía en sus senos y pellizca con fuerza sus pezones. Grita y jadea
y eso me enloquece, mis piernas tiemblan y me retuerzo, tiro de las
ataduras agradeciendo que las haya sujetado adecuadamente y no
pueda soltarme, quiero follarme con mi mano, con fuerza, rápido,
hasta que duela, hasta explotar y salpicar su piel con mi simiente.
Sus manos viajan entonces a sus delicadas braguitas de encaje, se las
quita suavemente, separa un poco las piernas y mueve la cadera hacia
adelante y se separa los labios externos y me muestra su vulva abierta,
rosada y brillante de donde brota flujo transparente y caliente. No
solo estoy cachondo como un animal básico y salvaje, sino que estoy
muriendo por enterrar mi lengua en la vulva que me ofrece
generosamente. Jadeo fuertemente y me cuesta respirar
Gotas de fluido caliente bañan mi glande, me excita verme, me excita
sentirme, me excita ella y sus ojos rasgados, sus tetas pequeñas y su
coño depilado, abierto y mojado.
– Eres preciosa Ena, eres perfecta, quiero correrme para ti, por ti.
Mis palabras desataron un huracán en la seductora chica japonesa
que me había robado el aliento. Ena llevo sus manos a su cabeza y
deshizo el perfecto moño en el que llevaba recogido su cabello. Este
comenzó a caer sobre sus hombros como lo imaginé antes, era una
cascada de ébano que recorría su piel hasta llegar a su cintura. Envidié
su cabello, sentí celos ridículos de cada uno de ellos por poder tocarla,
por poder rozar su piel. Ena sacudió su cabeza hacia delante y
deliberadamente azoto mis piernas con su largo y hermoso cabello,
llegando a rozar con las puntas mi dolorida y sensible polla.
– Joder nena, joder ¿Qué estás haciendo? No me toques. Aunque me
muera por sentirte, no me toques más.
Mi voz casi en un susurro le suplico, pero mi cuerpo solo quería más
de ella, de sus manos, de su piel.
– No volveré ni a respirar cerca de ti, pero ahora miraras como me
gusta que me toque a mí.
Sus palabras me produjeron frio, una sensación desagradable asaltó
mi estómago, mi respiración seguía pendiendo de un hilo.
Sus finos dedos coronados por unas largas uñas provistas de una
bonita manicura francesa, bajaron hasta sus tobillos. De forma
ascendente rasguño su blanca piel que al paso de sus uñas se
formaban marcas largas y rojas. Mientras recorría su bonita piel
marcándola dolorosamente, ella emitía sonidos lastimeros, pero
irónicamente, su excitación iba en aumento y sus manos llegaron de
nuevo a su coño y observe cómo se clavaba las uñas en sus labios
vaginales y gritaba excitada y dolorida a la vez, aquello tomaba un
matiz que no esperaba, sin embargo, a pesar de mi cierto rechazo por
lo que veía, mi polla seguía dura y buscaba una liberación que estaba
pronta a llegar.
Ena abrió su coño de nuevo y comenzó a manipular su clítoris con los
dedos de una mano, mientras introducía los dedos anular y mayor de
la otra mano dentro de su vagina. Dentro, fuera, dentro, fuera, dentro,
fuera. Era una danza perfectamente sincronizada de sus manos sobre
y dentro de su coño.
– ¡Sigue así, no pares hasta correrte, regálame tu placer!
La mirada que pozo sobre la mía pareció plagada rabia. No apartó sus
ojos de mí, mientras seguía masturbándose, sin atisbo de pudor y con
franca rudeza.
Los gemidos de Ena se hicieron ensordecedores, mientras mi cuerpo
comenzaba a temblar. Los músculos de mis pantorrillas comenzaron
a sufrir los espasmos propios que preceden a un orgasmo. Observe
las ataduras que me molestaban a un paso de conseguir correrme.
– ¡Mírame! – exigió Ena, excitada, rabiosa, tan necesitada y
desesperada como lo estaba yo.
No entendía lo que le estaba sucediendo, pero la miré.
Los espasmos se adueñaron de cada musculo de su cuerpo, mientras
un orgasmo devastaba todo a su paso en el interior de Ena.
– No dejes de mirarme Benedict, esto apenas comienza. – lagrimas
mojaban sus mejillas y, sin embargo, una sonrisa maliciosa se dibujaba
en sus labios.
Sus manos temblorosas se posaron en su vientre y comenzó a
rasguñar de nuevo su hermosa y delicada piel, mientras el placer de
su orgasmo daba paso al dolor. Sus ojos cerrados no detenían las
lágrimas, pero ella se deshacía en jadeos. La piel de su vientre, su
estómago y la que cubría sus costillas, se había convertido en un
mapa de color rojo.
– ¡Ena para! ¡desátame! ¡basta! ¡deja de hacerte daño! – estaba como
en trance nada de lo que dije cambio un ápice de su actitud. Yo estaba
desesperado, esa chica no estaba bien y quería ayudarla, necesitaba
detenerla y sostenerla con mi cuerpo.
Sus pequeños senos entonces, fueron la diana de esas uñas esculpidas
en porcelana.
– A ti no te gusta que te toquen y a mí, me excita que unas manos
sobre mi cuerpo me produzcan dolor, ardor, escozor, calor... ¿crees
que llegaremos a un acuerdo?
No respondí, no podía. Mi mirada estaba clavada en sus tetas ahora
maltrechas. Su delicada piel presentaba diminutos puntos rojos
carmesí sobre los rasguños que acusaba el daño sobre los vasos
capilares.
– ¡Desátame! – grite con desesperación, necesitaba parar aquello y
protegerla de sí misma.
– Después de correrme de nuevo, prometo desatarte y sin tocarte ni
un solo vello de tu cuerpo – dijo con un deje de amargura en la voz.
Mientras seguía con su ataque desalmado contra su propio cuerpo,
yo me centre en desatarme. Mientras lo conseguía, mis oídos se
dejaban llevar por los sonidos que emitía Ena, tanto por el dolor que
la invadía, como por el sonido que se desprendía de la fricción de sus
dedos empapados de su propio flujo dentro de su coño mientras se
follaba esta vez con tres dedos.
Desaprobaba totalmente lo que hacía aquella delicada mujer, pero mi
cuerpo respondía de forma contraria a mis pensamientos. Estaba
cachondo y solo quería abrazarla y demostrarle que el placer más
intenso no necesitaba dolor, ni rabia, ni daño.
Logré desatar una mano con la otra al juntar las dos sobre la barra y
así me deshice de ambas ataduras y de un salto estaba frente a ella.
Ena estaba temblando de nuevo, cada musculo de su cuerpo volvía a
sufrir los espasmos previos a un orgasmo cuando abrió los ojos y me
vio frente a ella, no podía huir, estaba en el punto de no retorno, así
que su orgasmo explotaría entre mis brazos. Cubrí su pequeño y
delgado cuerpo marcado y dolorido con el mío, la abracé mientras
convulsionaba y sollozaba entre mis brazos
– Córrete Ena, córrete conmigo.
Sus manos acariciaron con suavidad mi espalda y erizaron toda mi
piel, su abrazo sobre mí se hizo más fuerte, mientras sus labios
depositaban suaves besos en mi torso. Sentí miedo, pero no quería
separarme de Ena. Despacio fue dejando un reguero de besos y
caricias en mi piel, mientras yo paseaba las yemas de mis dedos sobre
su espalda tatuada.
Sentí entonces el calor de sus manos sobre mi falo aun en pie. Solté
de golpe el aire que tenía apresado en mis pulmones, su tacto me
quemaba, me dolía, pero era perturbadoramente delicioso.
Me masturbó suavemente sin prisa, mientras yo cerraba mis ojos y me
perdía en la suavidad de la piel donde florecía el hermoso cerezo. Mi
polla comenzó a palpitar y ella se arrodillo frente a mí, a pesar de mi
intento por detenerla mientras continuaba el dulce estímulo de sus
manos sobre mi polla. Pensé entonces que en esa pequeña criatura
anidaba (como en todo ser humano en infinidad de matices) una
especie de Dr. Jekyll y Mr. Hyde, capaz de producir el más intenso
placer o el más absoluto dolor.
De rodillas miraba con ansia y deseo la polla que manipulaba, ya no
había rabia en sus bonitos ojos asiáticos. Yo apenas podía seguir
reteniendo la explosión que pugnaba por salir y derramarse sobre
Ena. Le acaricié entonces el rostro, me gustó la sensación de mis
dedos recorriendo sus mejillas y en esos precisos instantes mientras
el disfrute de mi placer se impuso, ya no sentí miedo, ni angustia, ni
ansiedad. Me gustaba tocarla y sentir sus manos sobre mí.
Mi polla proyecto el semen sobre su rostro, su clavícula y sus senos.
Cuando ya no quedaba gota dentro de mí, observe a Ena. Esparcía mi
simiente sobre su piel como si de una loción se tratase. Acariciaba sus
tetas con una delicadeza que contrastaba con el daño que minutos
antes se había causado.
– Eres un bálsamo para mí – me dijo.
Sin pensarlo acerque mi rostro al de ella y la bese. Un beso tierno,
suave y delicado que atravesó mi cuerpo como un rayo que cae sobre
un árbol en medio de una gran tormenta y lo parte en dos.
La observe mientras tomaba una ducha, mientras hidrataba su piel,
mientras volvía a enfundarse su ceñido vestido verde oliva y recogía
de modo artístico su melena de ébano en un moño perfecto de
balletista.
Se coloco frente a mí, que estaba sentado en la misma butaca que
ocupaba cuando llego, sin que esta vez una toalla ocultara mis partes
nobles. Volvió entonces a hacer esa especie de saludo budista donde
junta sus manos en su pecho y hace una leve reverencia. Yo respondí
a su despedida de idéntica forma.
No dijo nada, sus ojos ahora tristes me miraron y sus labios dibujaron
una casi imperceptible sonrisa. Con el mismo silencio que entro, salió
de la habitación.
Ena se fue sin siquiera imaginar lo que de ahora en adelante yo sería
capaz de hacer por encontrarla. No importa lo escurridiza que pueda
llegar a ser. La encontraría, porque si yo para ella era un bálsamo, ella
para mí era una tabla de salvación.
LA VENTANA
Parece mentira que a las 7:30 de la mañana, para algunos, el día
comienza y para otros, es el ansiado broche de oro de una larga
jornada nocturna. Ese último era mi caso. Llegaba a casa después de
una infinita guardia en el hospital donde trabajo como celador. Salí
de la ducha y fui a la cocina a prepararme una Tila con Melisa, para
intentar relajarme y descansar. La semana que me tocaba guardia
nocturna era agotadora, ya no era un veinteañero y cada vez me
costaba más encajar los cambios horarios en mi cuerpo y en mi mente.
Me dirigí a mi habitación y me acerqué a la ventana desde donde
podía apreciar como el amanecer de ese invernal miércoles, agitaba
las vidas resguardadas tras las paredes de cientos de hogares. Me
disponía a bajar la persiana para oscurecer mi habitación, mientras
terminaba de degustar la infusión, cuando un movimiento desde el
interior de uno de los ventanales que se encontraban frente al mío,
pero una planta más abajo, llamó mi atención.
Una mujer, quizás de unos 40 años se paseaba de un lado a otro, en
lo que parecía ser una rutina matutina. La veía gesticular y enfatizar
con el movimiento de sus manos las palabras que vertía. Observe
entonces que cogía un par de mochilas y de inmediato un par de
chicos idénticos las cogían, la abrazaban y ella devolvía el gesto con
amor, su sonrisa franca daba cuenta de la felicidad que aquel par de
gotas de agua le producían. Un hombre trajeado se le acerco. Su
mirada y sus gestos ya no eran tan risueños ni transparentes ante la
imagen del hombre que tenía frente a ella e instantes después, él sin
mucha dedicación, le dio un ligero beso en la coronilla, mientras le
daba ligeros apretones en uno de sus hombros. Se quedó en medio
de aquel salón viendo como su familia emprendía su partida, cuando
la soledad le rindió cuentas.
No sé por qué, pero lejos de querer irme a la cama, quería saber qué
haría. Tal vez comenzase su ritual para arreglarse y dar comienzo a su
jornada, quizás volvería a la cama o se prepararía el desayuno, tal vez
comenzaría a recoger la casa y limpiar motas de polvo inexistentes,
como hacen muchas amas de casa, sin más propósito que dedicarse
a su casa y su familia… yo que sé, podría hacer cualquier cosa y sin
embargo no quería despegarme de la ventana hasta saberlo.
De repente, la perdí de vista, se había quedado en medio de ese salón
sin hacer ningún movimiento que diera señales de su próximo paso y
¡Plof! desapareció cuando me dejé llevar por mis pensamientos. Me
quedé unos instantes atento a cualquier movimiento y mi espera fue
recompensada. La mujer regresaba al salón con una toalla y una caja
de madera que poso sobre una mesilla auxiliar y a su vez la toalla la
extendió sobre un sofá gris perla justo al lado de la mesilla.
Mi atención se agudizó cuando observe que la mujer comenzó a
despojarse de su conjunto de satén y dejaba sus bonitas y pequeñas
tetas a la intemperie, sus caderas no tardaron en despuntar y con ellas
se erguía un monte de venus poblado de magnifico vello rizado y
oscuro, que resaltaba en una piel blanca y satinada. En cuestión de
segundos aquella mujer estaba desnuda en medio de su salón,
creyéndose sola, porque no lo estaba. Yo estaba con ella en la
distancia, mis ojos indiscretos se cernían sobre ella y acompañaban
cada uno de sus movimientos.
Tomó asiento en el sofá y abrió la caja, saco de ella un frasco
transparente y una cadena larga y fina con tres broches, uno en cada
extremo y el tercero en el centro. No sacó nada más. Se acomodó en
el sofá, se colocó en posición “Flor de loto” como si estuviera
meditando, cerró los ojos y se sereno. Así se mantuvo unos minutos,
tiempo que yo aproveche para ordenar mis pensamientos. Tenía que
irme a la cama, pero estaba en alerta, mi cuerpo aun extenuado
respondía al estímulo visual que me ofrecía aquella mujer delicada y
diminuta.
Mi pene comenzaba a palpitar y bajé la mirada hacia mi entrepierna
y observé con una sonrisa como el bulto se hacía visible y levantaba
sin esfuerzo la tela de la toalla que lo cubría y que yo aún llevaba
atada a la cintura. Acaricié mi erección por encima de la toalla, sin
duda mi polla no entendía de cansancio.
Mis ojos se dirigieron de nuevo hacia la ventana que me ofrecía la
visión más erótica que hasta el momento yo hubiese visto.
Ella, saliendo de su trance tomo entre sus manos el frasco
transparente y llevándolo cerca de su pecho, lo ladeó y derramo sobre
su piel el líquido incoloro que este contenía, entendí entonces que, se
trataba de aceite corporal cuando observé como lo extendía por su
torso y por sus pequeñas tetas dejando un rastro brillante con el que
dibujaba círculos en las areolas con la yema de los dedos y acariciaba
con mimo sus pezones sosteniéndolos entre sus dedos índice y
pulgar. En su rostro estaba impresa la expresión más sublime del
placer, un placer que proyectaba calma, equilibrio, satisfacción.
Continúo deslizando sus manos por su estómago, su vientre… volvió
a tomar el frasco entre sus manos y derramó aceite sobre su monte
de venus y su vulva. Deslizo entonces ambas manos por la parte
interna de los muslos y las acerco con suavidad y sin premura hacia
su vulva y comenzó a lubricar su interior con el aceite que había
vertido. Con los dedos de una mano abría los labios externos y con la
otra mano esparcía el líquido a lo largo de su clítoris y el resto de
íntimos rincones que escondía su sublime vulva. No podía oírla, pero
sus ojos cerrados y la forma que adoptaban sus labios me daba cuenta
de los jadeos que estaba emitiendo. Yo los imaginaba y era delicioso
el sonido que mi mente producía para mi propio gozo, para el placer
que yo también experimentaba.
La pequeña y hermosa mujer ceso las caricias y tomó entre sus manos
la cadena y observé como apresaba cada pezón con delicadeza, pero
con firmeza con lo que creí al principio que eran broches y que
resultaron ser pinzas para pezones. Se notaba que le dolía aquella
presión, su expresión y su respiración cambiaron, su rostro se tensó y
su respiración se tornó irregular y superficial. Relajó los brazos y
coloco las manos a cada lado de su cuerpo sobre el sofá. Con sus ojos
cerrados se fue serenando.
- ¡Qué ironía! - dije en voz alta, porque cuanto más serena estaba ella
más agitado me encontraba yo. Mi polla se dilataba y se contaría,
estaba acompasada con los latidos de mi corazón, un poco más
agitados ahora que la vecina del edificio de enfrente había tomado la
tercera pinza y con ella se había pinzado el clítoris. Su rostro volvió a
traducir dolor, sus manos ahora arrugaban en sus puños la toalla que
cubría el sofá mientras arqueaba la espalda y se retorcía levemente a
un lado y a otro.
Estaba cachondo como pocas veces, ni el porno que veía de forma
ocasional me causaba tal subidón, de hecho, ahora que lo pensaba
mejor, jamás había tenido la suerte de ver a una mujer disfrutando a
solas de su cuerpo, esta era una sesión privada solo para mí, sabía que
esto nunca se repetiría y por eso me encontraba tan agitado, tan
excitado, tan duro y anhelante. Me quite la toalla y la arroje sobre la
cama, necesitaba tocarme, sentirme yo también, prodigarme placer
como lo hacía ella. De mi polla comenzaba a emanar líquido
preseminal, sin duda estaba preparado para comenzar un buen asalto.
Con mi mano extendí mi propia lubricación a lo largo de mi falo, me
sorprendí de la cantidad de fluido que esparcí, realmente estaba
experimentando sensaciones nuevas y gran excitación solo con el
sentido de la vista. Comencé a masturbarme, despacio, sin prisa, con
mimo. No me correría hasta que ella no lo hiciera.
La fuente de mí excitación se había calmado. Ahora sus piernas
estaban abiertas y flexionadas, sus manos acariciaban sus tobillos que
estaban al mismo nivel sobre el sofá. Despacio paseo sus dedos a lo
largo de sus piernas y muslos, acarició su vientre y su estómago,
rodeo las pinzas que apresaban sus pezones mientras atendía la piel
de las areolas y acariciaba el resto de sus redondos y discretos senos.
Continuo su camino hacia su clavícula, su cuello y sus mejillas, luego
metió dos dedos en su boca y los chupo, los succionaba, los lamia. A
mi polla le hubiese encantado ser succionada y lamida para aquella
boca. ¡Dios! ¡Cómo deseaba a aquella mujer!
Llevo entonces la mano hacia su vulva y penetro su vagina con los
dedos que antes habían estado dentro de su boca, los metía y los
sacaba a un ritmo frenético. Ella jadeaba, su boca y movimientos me
lo decían. Volvió entonces a meterse los dedos en la boca para
degustar su sabor. Aquello me volvió loco, no creía que pudiera
aguantar si correrme más tiempo. Cada segundo que pasaba mi pene
se endurecía más, palpitaba más, la deseaba más.
Dirigió ambas manos a sus tetas, con los dedos índice y pulgar
comenzó a estimular las puntas de los pezones que apresaban las
pinzas, aquello debía de ser tremendamente placentero porque se
arqueo de inmediato. No ceso en su estimulo, de hecho, arreció el
ataque y el movimiento de su cuerpo se hizo más violento. Movía las
caderas adelante y atrás y yo imitaba su movimiento e imaginaba que
era mi cuerpo el que se encontraba sobre el de ella, mientras la
penetraba y disfrutaba del calor de su vagina, mientras esta engullía
con fruición mi anhelante polla.
En un movimiento rápido la pequeña lujuriosa libero sus pezones de
las pinzas y gritó, pude incluso oír el sonido que emitió su garganta
mientras sus dedos volvían a estimular el centro de su placer. Estaba
fuera de control, sus movimientos eran cada vez más rápidos y
desesperados, todo aquello provocado por el solo estímulo de sus
pezones, algo que hasta ahora pensaba que era solo un mito. No
podía estar sintiendo un placer tan intenso sin apenas estimular su
vulva, era todo un descubrimiento para mí. Un instante apenas había
transcurrido cuando una de sus manos dejo atrás su pecho para
liberar al clítoris de su captora. Cuando la pinza lo libero, también
libero en ella un torbellino, ahora con las dos manos abriendo su vulva
quedaba expuesta en todo su esplendor, ella gritaba más y se agitaba
y restregaba contra el sofá y de repente lo veo salir: Su coño hacia
aguas, ella palmeaba contra su vulva mientras el líquido dorado se
derramaba entre sus dedos y se esparcía sobre la toalla y el suelo. Con
ese espectáculo mi polla reventó sin apenas tocarme. Cerré mis ojos
y comencé a correrme, gruñí, jadeé, siseé, mientras sostenía mi pene
erguido y duro en mi mano. Mi semen se derramó humedeciendo y
calentando la superficie de piel por donde discurría.
Al abrir mis ojos y recuperar la serenidad, busqué a la dueña de mi
placer, pero ésta había desaparecido tras las cortinas que ahora
ocultaban cualquier movimiento. Había perdido el acceso a su
intimidad, a su cuerpo, a su placer.
Me dirigí al baño para lavarme. La imagen lujuriosa de esa delicada
mujer orinando, mientras disfrutaba de un explosivo orgasmo me
incito a probar, así que mientras orinaba, me acaricie el glande
sensibilizado por el orgasmo que había tenido minutos antes. Deje
que el líquido caliente mojará mi mano mientras disfrutaba de la
sensación nueva que estaba experimentando. Al terminar de orinar,
volví a meterme en la ducha, no lo pensé, lo hice de forma mecánica.
Bajo la ducha caliente me relajé del todo y cerré mis ojos. Mis
pensamientos volaron hacia una ventana, hacia una cadena, pinzas,
aceite, unas manos finas, unos dedos juguetones, unos pezones duros
y apresados, un coño poblado y un clítoris cautivo. Sabía que ahora,
aquella mujer poblaría mis pensamientos, la buscaría a través de la
ventana de mi habitación cada mañana, la buscaría en mis sueños
donde una ventana no sería obstáculo para poder sentir el calor de
aquella hermosa y diminuta mujer.
SECRETOS
Tenía 12 años cuando vi en vivo y directo a mi padre follando. No, no
era con mi madre. No es un drama, estaban divorciados desde que yo
tenía uso de razón. Recuerdo que el chofer me había recogido en el
instituto y me llevó a las oficinas de la empresa de mi abuelo, una
importante constructora que dirigía junto a mi padre y en la que hoy
asumo las responsabilidades como socia mayoritaria, ya que mi
abuelo y mi madre cedieron sus acciones a mi favor y aunque mi
padre sigue al frente; los proyectos y decisiones pasan bajo mi óptica,
no solo para el visto bueno, sino porque dirijo el departamento de
diseño y arquitectura, por lo que cada proyecto se concibe y culmina
su gestación en mi área.
Ese día, hace 16 años atrás, entre en el despacho de mi padre sin que
nadie me haya puesto obstáculos. Supongo que su asistente no tenía
la más remota idea de lo que acontecía detrás de esas paredes, de
haberlo intuido nunca me hubiese dejado entrar, de eso no tengo
dudas.
Al principio pensé que no estaba, tampoco me planteé nada
excepcional, todos los movimientos de aquellos instantes fueron
mecánicos y fluidos. Deje la mochila y mis carpetas sobre un Chester
de piel color caoba, me quite el jersey, me saqué la blusa de dentro
de la falda y me quite los zapatos. Me encantaba la sensación de
caminar en calcetines sobre la alfombra persa que cubría gran parte
de salón central del despacho. Me sentía en casa y no seguía ninguna
norma protocolar, ¡tenía 12 puñeteros años! Y me comportaba como
tal, en un lugar que sentía mío y donde creía estar sola.
Fui al baño para según yo, lavarme las manos y hacer pis. Una puerta
corredera de madera maciza, separa el despacho del área de
descanso, donde se encuentra un pequeño hall central que dirige
hacia un baño y hacia una habitación provista de todas las
comodidades que podría requerir mi padre si tenía que pasar más
horas de las establecidas en la constructora, cosa que ocurría de
forma frecuente.
Yo no pude ni entrar al hall. La puerta maciza se encontraba casi
totalmente cerrada, pero cuando fui a accionar el botón de apertura
automática escuché gritos. No eran gritos a modo desgarrador, no
eran gritos de miedo o dolor. A mis oídos llegaban dos tonos
diferentes, uno muy grave, profundo, gutural y otro más agudo, más
roto, como cuando se está al borde del llanto, más entrecortado.
Sentí frío en el estómago y una sensación desagradable se instaló en
mi cuerpo y comencé a temblar.
– Mierda siiiiiii – siseaba.
A pesar de lo extraña que sonaba la voz, supe que era la de mi padre.
Jadeaba y a mí cabeza vino la imagen de un perro que, después de
mucho correr comienza a jadear bien por sed o en la búsqueda de la
normalización de su temperatura corporal. Así sonaba mi padre entre
siseos y otros tacos acordes con el desarrollos de aquellos
menesteres.
La voz fina no pronunciaba palabra, solo salían de su boca tonos
lastimeros, doloridos.
La curiosidad en este caso no mato a ningún gato, solo se cebó con
la inocencia que en aquel entonces poseía y de la que ya no guardo
recuerdos.
Mi padre estaba de espaldas a la gran puerta. Se encontraba sobre la
espalda de una mujer que apoyaba su torso boca abajo sobre una
mesa de mármol que daba la bienvenida al entrar al hall. Ella estaba
con las piernas abiertas y el culo en pompa, mi padre en medio de sus
piernas, empujaba la cadera hacia delante y hacia atrás mientras
golpeaba con fuerza sus nalgas de forma alternativa.
– ¡Aprieta el coño, más, más fuerte! – le ordenaba.
Mi padre embestía a aquella mujer, con mucha brutalidad y de
repente llevo sus manos al cuello de esta y comenzó a ahorcarla. Me
asusté, sentí ganas de gritar y pedir ayuda, pero él volvió a hablar.
– ¡Quiero comerte el culo! Dime que sí, déjame follarte el culo con mi
lengua antes de atravesarte con mi polla.
– Siiiii – respondió ella sollozando y gimiendo.
Mi padre se arrodillo entre aquellas largas y morenas piernas. A Alan
Parker lo enloquecían las mujeres con ébano en la piel. Sin embargo,
sus 3 esposas incluida mi madre, que fue la primera, han sido rubias.
La mente humana unida al deseo pasional, es en la mayoría de los
casos inexplicable.
Observó unos instantes aquel culo redondo y generoso.
– Voy a enterrar mi polla en ese apretado culito que tienes, pero antes
voy a saborearlo – dijo a la vez que volvía a propinarle una nalgada
certera y seca.
– ¡Ahhhh! – grito la mujer que era el objeto de deseo de aquel
hombre que se había convertido en un desconocido para mí.
Abrió aquellas nalgas como si abriera un libro por la mitad. Su culo
era rosa en su interior a pesar de la oscuridad de su piel. En aquel
entonces no pensaba si un negro tenía el glande color rosa o si la
vulva de una mujer rubia podía tornarse oscura, por tanto, ver aquel
interior con diferentes matices claros y oscuros en el culo de una
mujer negra, llamo mi atención.
Mi padre enterró su rostro entre aquellas nalgas mientras las
masajeaba, pellizcaba y hundía sus dedos y uñas con firmeza en ellas.
La mujer entonces se aferró con más fuerza a la mesa y comenzó a
convulsionar, sus gemidos se oían por toda la estancia. Más nalgadas
llegaron entonces.
– ¡Cállate Paris! – le dijo separándose de su culo.
Se miro la polla y escupió sobre ella.
– Ahora estoy acariciando mi polla con tu esencia – le dijo
masturbándose, entre siseos y gemidos.
Volvió su atención al culo de la mujer que aguardaba sobre la mesa y
se puso de pie mientras introducía un dedo, dos y tres y se los
chupaba cada vez que los sacaba del ano de aquella pantera negra
que estaba a su merced.
– Me encanta tu culo Paris, no puedo sacármelo de la cabeza. Te lo
follaría con mis dedos y mi polla cada puto día de mi vida.
– ¡Fóllame! ¡Fóllame duro! – pedía ella al borde de la desesperación.
Mi padre comenzó a escupir dentro del ano y le puso a ella una mano
en la boca a modo de cuchara y le dijo:
– Escupe, dame tu saliva – ella lo hizo y él volvió a escupir sobre su
ano y unto la saliva de ella en su estrecha abertura. El metía y sacaba
los dedos con aparente facilidad mientras, ella le seguía pidiendo que
enterrara el nabo en su tierra fértil.
Posicionó el glande en la abertura y comenzó a empujar. Aquello no
parecía tan fácil a ojos de una niña. Los sonidos graves y guturales
propios de era cuaternaria que salían de la garganta de mi padre,
indicaban o bien que aquello era tremendamente laborioso o bien
que rozaba un placer al que pocos tienen acceso. Con los años
comprendí que era un 95% de lo segundo y un 5% de lo primero.
– ¡Mastúrbate Paris! Quiero que te corras conmigo. – le pidió, mientras
seguía con sus acometidas cada vez más brutales.
La mujer que parecía no poder ni respirar ante la posesión de aquel
muro de 100 kg. y 1.90 mts. que era Alan Parker, solo gemía, jadeaba
y sollozaba, mientras el muro le ordenaba no hacer ruido o hacer el
menor posible.
¿Papá Parker, en qué coño estabas pensado cuando le pedías a esa
mujer no proferir sonidos mientras le taladrabas el culo?
Desde mi punto de visión no pude ver como la pantera negra se
masturbaba, pero supe que lo hacía porque a los pocos instantes mi
padre le dijo:
– ¡Así! Me encanta como aprietas el culo cuando estas al borde del
orgasmo. ¡Córrete! estoy a punto de derramarme dentro de ti ¡Córrete
joder! – dicho esto se la follo con más brío y más deprisa. Los gritos
de la pantera se saltaron la orden de silencio y papá Parker no pudo
hacer nada para evitarlo porque el mismo se perdió en su orgasmo y
parecía que nada podía perturbar su placer.
Cuando se separó de ella, le acaricio la espalda y la ayudo a ponerse
en pie y al tenerla de frente, la besó ligeramente en los labios y luego
dijo:
– Has estado maravillosa, siempre sabes cómo complacerme. Nadie
como tu Paris, no lo olvides.
Le acaricio la mejilla y se apartó del todo. Pude entonces, detallar a la
mujer de ébano que había sido el vehículo que mi padre utilizo para
trasladarse a un placer mundano y sucio. Era una mujer de finas
facciones y labios carnosos, poseía una belleza étnica que estoy
segura, no dejaba indiferente a nadie, era alta, estilizada, tenía un
cuerpo atlético y una piel tan luminosa y bonita que, aún después de
tantos años la llevo grabada en mi mente… más que grabado el
aspecto de su piel, llevo tatuado a fuego cada segundo de aquel 2 de
abril de hace 16 años.
Mi padre había desaparecido tras la puerta del baño al que yo no
había podido llegar. Pude admirar aquel cuerpo que descansaba
sentado sobre el mármol de la mesa que había servido de apoyo para
aliviar el calentón que no les permitió llegar a la habitación. Su cuerpo,
aunque maravilloso, no fue lo que mantuvo mi atención en aquella
mujer. Su rostro y las lágrimas negras que lo bañaban, me intrigaban.
Ella solo se abrazó a sí misma y se cubrió como en un intento de darse
calor en medio de su desnudez. Lo hizo en un silencio sepulcral, mi
padre hubiese estado orgulloso de su capacidad para no emitir
ningún sollozo, mientras un llanto amargo y profundo atravesaba su
garganta. Se repuso en cuestión de segundos y como si nada hubiese
pasado, se limpió el rostro con un kleenex que saco de su bolso y
comenzó a recoger su ropa. Aún desnuda, se calzó unos altos stilettos
rojos y cuando levanto la mirada, sus grandes ojos de ónix, se
encontraron con los míos de aguamarina que, parecían estar
hechizados por la visión de la hermosa pantera de negra y brillante
piel.
Corrí de prisa fuera del despacho de mi padre. El corazón me latía a
mil y me costaba respirar. Fui directa al despacho de mi abuelo que
hablaba por teléfono y que, a pesar de ello, abrió sus fuertes brazos
para envolverme en un abrazo de oso protector y lleno de amor.
Jamás volví a ver a esa mujer ni a mí padre con ninguna otra. Jamás
volví a pisar ese despacho hasta que cumplí 25 años y comencé mi
andadura laboral en la constructora y eso, porque ya no me quedaban
escusas creíbles para evadir ese lugar. Siempre que venía, me dirigía
al despacho de mi abuelo, el verdadero capitán de este navío,
despacho que hoy ocupo y donde también tengo mi zona de
descanso.
Ese espacio que sólo comparto si me apetece, está totalmente
insonorizado. A mí, nadie, jamás, me pedirá que me calle o que baje
la voz. En el sexo grito, jadeo, gimo, sollozo, siseo y digo las
barbaridades más obscenas que ningún amante haya oído antes de
boca de una mujer. La puerta de madera maciza que protege mi
pequeño santuario, tiene sistema de seguridad y me cercioro de
activarlo cuando me dispongo a disfrutar de mi intimidad.
Hace dos años mi padre decidió hacer algunos cambios en su
despacho y eso incluía deshacerse de la mesa de mármol que formo
parte del atrezo de aquella escena deliberadamente animal y
pornográfica. Él nunca supo que había sido de aquella mesa, ni lo
pregunto ni yo lo dije. La mesa de mármol travertino me da la
bienvenida cada día. Mi jornada comienza o termina en mi pequeño
bunker, cuando acaricio su superficie pálida y fría. Los escalofríos se
apoderan de mí cuando los recuerdos asaltan mi mente y mi cuerpo
responde en consecuencia. Normalmente hayo la tranquilidad
cuando me dejo llevar por mis deseos y busco los artilugios que me
ayudan a prodigarme el placer que necesito. Un kit completo de
vibradores, me proporcionan placer a nivel físico, el resto es obra de
la mente obscena y lasciva que ha ido en franco desarrollo desde
aquella masterclass que recibí con 12 años. Hoy a mis 28 años tengo
un doctorado en sexualidad humana.
La mesa de mármol es siempre el apoyo que usa mi cuerpo para morir
de placer y renacer después del orgasmo. Esa mesa eriza mi piel, esa
mesa me excita, esa mesa me roba el aliento…
Me desnudo en medio del hall y deposito mi cuerpo boca abajo sobre
la superficie fría, lisa y brillante. Mis pezones se endurecen
instantáneamente y yo comienzo a temblar. Introduzco despacio un
vibrador lubricado en mi vagina, que tiene una extensión, como una
lengua de silicona que al ritmo de la vibración acaricia mi clítoris y me
lleva en caída libre por el abismo que, por momentos, parece no tener
fin. En medio de mis convulsiones, jadeos, gemidos e imágenes de
aquella pantera negra sobre esta misma mesa, con el culo abierto
recibiendo los embates de la lengua de Alan Parker; me introduzco el
vibrador anal. Mi cuerpo, mi mente y mis juguetes se funden y la lava
en la que se transforman, se prepara para ser expulsada por el volcán
en el que se convierte mí coño cuando comienza a contraerse y
dilatarse al unísono con mi ano, lo que me produce un ligero y
placentero dolor cuando, los músculos aprisionan con intensidad el
plug que vibra dentro de mi culo. Es en ese instante, sintiendo el
vaivén que produce el placer en mi cuerpo, me agarro con fuerza al
borde la de mesa y siento como nado mar adentro.
Sobre mi mesa de mármol yo surco el mar de mi sexualidad con
frecuencia, monto las mejores olas y reviento sobre ellas y contra ellas
al mismo tiempo. Cuando el orgasmo me posee, los vibradores salen
disparados fuera de mi cuerpo, los expulso con fuerza y me corro
sobre el mármol que he calentado con el calor de mi cuerpo. Me corro
de verdad, lo hago a chorros como si estuviera orinando ¡joder! eso
me encanta, no lo logro siempre, pero cuando sucede es liberador. Mi
cuerpo y mi mente entonces, logran esa paz y equilibrio necesarios,
para afrontar el día que tengo por delante o bien para darle el broche
de oro una jornada agotadora.
Recojo todo el estropicio y limpio con mimo la superficie de piedra
color marfil con grandes betas blancas y doradas. No puedo evitar
echar la vista atrás antes de salir de mi santuario hacia el despacho y
observar con renovado anhelo y deleite, el objeto sobre el que
deposito tal adoración. No puedo evitar emitir un hondo suspiro,
cuando segundos antes de que la puerta de madera maciza se cierre
por completo, me encuentre con aquellos ojos de ónix que de un
modo sutil y metafórico fueron los artífices de mí sexualidad basta,
fetichista y llena de matices. Esos ojos que le confesaron a una niña
de tan solo 12 años, secretos inconfesables que atesoro en lo mas
profundo se mi ser.
EL ELIXIR DE LOS DIOSES
Fabio:
Espero con los brazos cruzados y la espalda apoyada contra la puerta
de mi coche. Anuncian por megafonía la llegada del próximo tren. Me
tenso y se contraen los músculos de mi estómago. Estoy esperando,
sin saber muy bien qué esperar. Hace años que perdí la esperanza de
que una nueva luz se proyecte sobre mis sombras, sin embargo, eso
no me impide desear de forma esporádica, pasar un buen rato entre
los bajos húmedos de alguna mujer que al igual que yo, busque aliviar
el ansia que se acumula en la mente, en la boca, en la piel, en las
entrañas y en mi caso en la polla, cuando no tienes a tu lado a ese
alguien que caliente la cama desbaratando las sabanas mientras llevas
a cabo tus más íntimas fantasías.
Puede que sea egoísta, quizás un cabrón, pero no la quiero. Un
compromiso moral me une a una mujer a la que no deseo, una mujer
sombría que tampoco siente nada por mí. Compartimos retazos de
nuestra vida, pero no cama.
No obstante, ardo de deseo de buen sexo, de sexo libertino, sin tabú.
Ardo de deseo de una vulva suave, caliente, mojada, excitada por mis
atenciones. Ardo de deseo por oír gemidos descarados, cuando mis
labios y mi lengua chupen hasta la última gota de la esencia que brota
de un coño bien atendido y degustado. Eso es lo que más deseo. El
coño es mí fetiche. Me gusta mirarlo, tocarlo, penetrarlo con mis
dedos, recorrerlo con mi lengua, descubrir poco a poco el punto
exacto de placer y estimularlo sin prisa, con deleite y que se
desencadene sin ataduras morales o complejos, un orgasmo que
recorra todo su cuerpo y que tiemble en mi boca, en mis manos y me
empape de su flujo y me impregne de su sabor.
Espero a Cosette. Su perfil en la página de contactos en la que hace
un par de semanas me inscribí, me llamo la atención entre todos los
miles que se pueden encontrar en un sitio web de esas características,
yo en lo personal solo busco a una mujer con la que cumplir mi deseo
de degustar un buen y exquisito coño en todo su esplendor y, aunque
si bien es cierto, su coño no es lo que vi en la foto de perfil, la sonrisa
y la chispa que vislumbre en sus ojos negros junto a un nombre desde
luego nada particular, captaron mi atención.
Una morena de 1.65 mts, delgada, de pecho pequeño y generosas
caderas se va aproximando. Gafas oscuras y cabello negro corto,
enmarcan su rostro fino y delicado. Su piel es de color canela y me
pregunto si su aroma y sabor serán tan agradables y embriagadores
como la corteza aromática, porque se me antoja todo un manjar para
mis 5 sentidos. Es ella.
Poco a poco nuestras miradas se encuentran y nuestras sonrisas
confirman que nos hemos reconocido. Descruzo los brazos y
comienzo a erguirme para ir a su encuentro.
Suspiro… - Fabio con calma, tu solo quieres placer y sexo, no te
compliques - me decía a mí mismo segundos antes de poder tenerla
frente a mí y posar mis manos en sus antebrazos y pegar mis mejillas
a las suyas en un intercambio de besos ligeros y fugases.
Huele a coco y su piel brilla bajo la luz del sol, el tacto de sus mejillas
es suave como el terciopelo y su piel es cálida. Me pregunto ¿cómo
será la textura del resto de su piel? ¿cómo será su olor?, ¿qué tan
mullida y caliente será su vulva?, ¿cómo será su sabor?
En medio de mis pensamientos su voz me interrumpe:
- Estoy muy nerviosa – sonríe mientras me mira y caminamos hacia el
coche.
- Yo tengo un remedio estupendo para ese nerviosismo, pero por
ahora me lo reservo, no sea cosa que decidas irte en el tren que está
a punto de salir de la estación – ambos reímos mientras le abro la
puerta del copiloto para que suba al coche.
- ¿Lista? – le pregunté
Un movimiento de cabeza afirmativo y una sonrisa fueron su
respuesta.
Para romper el hielo y e ir calentando motores mientras salíamos al
tráfico de la ciudad, comencé a hablar:
-Tienes un nombre muy particular. Es francés si no me equivoco. ¿Eres
francesa? – se tensa al escucharme, pero de inmediato se relaja y
sonríe.
- No, soy más española que las castañuelas y tan ruidosa como ellas.
- ¿A qué se debe tu nombre?
- Mis padres se aburrían, supongo. Soy la primera y única chica de 4
hermanos y todos tenemos nombres así de peculiares. ¿Conoces la
obra “Los Miserables” de Víctor Hugo? – me observa con interés una
vez que me ha formulado la pregunta.
- Por supuesto, es una de las obras más importantes del siglo XlX. –
la miro con intriga unos instantes y vuelvo a posar la vista sobre el
camino.
- Yo y mis tres hermanos llevamos nombres de esa obra, supongo
que, su argumento, basado en la justicia, la ética y ese canto a la
defensa de los oprimidos, fascinó a mis padres, y de allí este nombre
tan poco común, al menos aquí, pero a ciencia cierta no lo sé.
- Interesante – No digo más, estamos a punto de llegar a la galería
donde está la exposición de arte que será nuestra primera parada.
Luego, un pequeño restaurante italiano en el centro de la ciudad será
el escenario idóneo para conocernos mejor.
***
Conforme han ido pasando las horas y he conocido más a Cosette,
una sensación no del todo desconocida se ha instalado en mi pecho,
en mi respiración, en mis palabras, en mi lenguaje corporal. Cosette
con su desparpajo me hace reír, me relaja, siento que puedo ser yo,
sin sombras que se ciernan sobre mí. La velada ha sido más que
agradable y no deseo que llegue a su fin ahora que conduzco camino
a su casa para dejarla.
Su voz me saca de mis cavilaciones mientras conduzco.
- ¿Te apetece una infusión? - Me ofrece antes de llegar y poner el
broche de oro a la velada, después de la tarde de galería y una buena
cena incluida - También tengo vino y cerveza – dice gesticulando con
las manos y riendo - pero no quiero que luego me llames para que
vaya a sacarte del cuartelillo por conducir bajo los efectos del alcohol.
– me río y la miro. ¡Joder es realmente guapa!
- ¿Cola cao? – pregunto con la alegría de un pequeñajo, pero la alegría
que siento es por ver que mis plegarias de alargar mi tiempo con ella
fueron escuchadas.
- ¡Hecho, que sean dos! – y se ríe con ganas. – va, pero luego no te
quejes si mi estómago comienza a hacer ruidos extraños, porque la
leche con chocolate me da unos gases flipantes, no digas que no te
lo advertí.
- Pues mira tú por dónde, ahora con más razón quiero ese puñetero
cola cao, un concierto de gases no hará que te libres de mí, así que la
próxima vez invéntate una excusa mejor - lo dije de verdad, su
espontaneidad me encanta y me ha desarmado por completo. Ella me
guiña un ojo y me saca la lengua.
Su piso es pequeño, los colores claros y muebles escasos, permiten
amplitud, es bonito y tranquilo. Ella deja el bolso sobre el único sofá
que hay en el salón.
- Por favor siéntete como en tu casa. Ahora mismo regreso para poner
en marcha nuestra bebida. – dijo con una sonrisa mientras camina por
un corto pasillo y desaparece tras una de las dos puertas que alcanzo
a ver.
Por supuesto que no. No quiero sentirme como en mi casa. Hoy
quiero sentirme como me siento con ella, sin amargura, sin soledad,
sin oscuridad.
Pasados unos minutos Cosette regresa, me mira, la miro, sonríe. La
observo con más detenimiento y veo que se ha lavado la cara, no hay
huella del tenue maquillaje que llevaba hasta hace un momento y sus
mejillas relucen suaves, brillantes, frescas y reafirmo lo que llevo
pensando desde que la vi: es guapísima de un modo sencillo. Se ha
puesto una camiseta de tirantes de algodón que deja a la vista una
buena porción de piel que me da una idea muy clara de lo que hay
debajo de la fina tela. ¡Joder como me gusta lo que veo! Su aroma
tampoco defrauda, mis fosas nasales perciben de nuevo las suaves
notas de coco que tanto me han gustado. Se ve relaja y tranquila.
- Estoy lista para hacerte disfrutar de una taza de placer en estado
puro. Cualquier parecido con una taza de cola cao es pura
coincidencia – me guiña un ojo mientras se humedece el labio inferior
con la lengua y luego ríe. – Ven conmigo, hazme compañía mientras
preparo “el elixir de los dioses” – Dice.
Saco una banqueta de debajo de la pequeña mesa para dos que tiene
en su cocina, me siento y observo con atención sus movimientos. Ella
está de espalda y me ofrece una visión más que agradable de su
cuerpo. Tiene un culo redondo y respingón, caderas amplias, cintura
estrecha, piernas torneadas. Sigo con curiosidad y entusiasmo como
se desplaza de un lado a otro de la cocina, mientras prepara nuestra
bebida. Finalmente la veo sacar un bote de nata montada y otro de
topping de chocolate. Oigo como esparce la nata y de inmediato, se
da la vuelta, se acerca a la mesa y entre sus manos sostiene una
bandeja con dos enormes tazas, coronadas con nata montada y
chocolate líquido.
Cosette toma asiento a mi lado y me extiende una de las tazas que
acepto encantado. El aroma es delicioso, dulce y ligeramente
especiado.
- Vamos, ¡pruébalo! – me sonríe mientras roza ligeramente mi
hombro con el de ella. Ese delicado contacto me tensa, me recuerda
que estoy aquí a la espera de poder disfrutar de su piel, de su vulva,
de su calor. El solo pensamiento envía una señal inequívoca que mi
polla sabe bien procesar.
Le doy un primer sorbo a la bebida humeante y he de decir que está
francamente deliciosa, tiene un suave matiz que desconozco, desde
luego no es un simple chocolate caliente, esta es una bebida gourmet
en toda regla. Con razón la llamó “el elixir de los dioses”.
- Esto está de vicio, delicioso – le digo y hago una pequeña pausa
para volver a beber y recrearme en el sabor - hay un sabor muy sutil
que no logro descifrar, ¿Qué es? – pregunto finalmente.
- ¡Un afrodisiaco muy potente! – me contesta mientras ríe.
- ¿Quién necesita un afrodisiaco estando tu cerca? - Le pregunto con
picardía y observo como sus mejillas se sonrojan.
- Gracias… – contesta mientras suspira y posa sus ojos sobre la taza
que sostiene entre sus manos – Es nuez moscada. Tiene apenas una
pizca, pero su sabor particular destaca.
- ¿De verdad es afrodisiaca? – pregunto por curiosidad
- Eso dicen, pero en realidad se la he puesto, porque a mí me gusta
ese ligero toque especiado.
- A mí me gustas tú – lo digo en voz alta sin pretenderlo y me siento
un poco tonto. Ella me mira algo desorientada, pero no se ve
disgustada, ni incomoda con mi comentario. Yo llevo mi mano hacia
su mejilla y recorro con las yemas de mis dedos la piel sonrojada y el
borde de su mandíbula. Ella cierra sus ojos y sé que nuestro momento
ha llegado.
Cosette:
Fabio continua el recorrido con las yemas de sus dedos sobre mi
rostro. Es una sensación cálida que me eriza la piel, que despierta los
músculos internos de mi vagina que comienzan a dilatarse y a
contraerse. Un suave jadeo que emana de mi garganta me sobresalta
y me hace abrir los ojos para encontrarme con los de Fabio ávidos y
suplicantes. Su sonrisa suave y delicada se acerca a mi boca y llega sin
obstáculos a su puerto. Sus labios se adueñan de los míos, no me
opongo y le doy luz verde al interior de mi boca. Nuestras lenguas se
anudan durante el intercambio de saliva, con toques de chocolate y
nuez moscada. Mis jadeos se hacen más audibles en medio del
silencio que reina en el espacio que ocupamos, mis manos con más
torpeza que audacia comienzan a pasearse por su cabello, su nuca,
sus hombros, su pecho, su espalda y aunque algo de vergüenza me
invade, no puedo evitar llevar mi mano a su entrepierna, necesito
saber qué soy capaz de producirle a este hombre que me trae de
cabeza. Desde luego lo que encontré me dejó sin aire y con un
subidón de autoestima que me hizo sentir como una diosa. Su polla
palpita bajo la ropa interior y los vaqueros y yo deseo liberarla, verla
en todo su esplendor, sentirla en la palma de mi mano, percibir su
calor, su humedad, así que intento escabullir mi mano por debajo de
su ropa interior, pero su voz y su mano me detienen.
- ¡Para pequeña! – dice con voz temblorosa - Estoy más que
preparado para ti, para disfrutar de ti, pero déjame tocarte primero,
déjame olerte, déjame besarte, déjame saborearte, déjame mirarte,
déjame descubrirte, déjame olvidar que esto no es mi vida entera.
¡Joder! ¿Qué clase de cosas dice este hombre? Me enciendo como
una cerilla, mi piel irradia el calor que se desprende de mis entrañas
con solo escuchar esas palabras envueltas en su suave y seductora
voz.
- ¡Adelante pequeño! Para luego es tarde – le digo envalentonada
imitando su forma de llamarme, mientras le giño un ojo y una sonrisa
se asoma en sus labios.
Fabio se pone de pie y me tiende las manos para que se las tome, lo
hago y me pongo de pie. Toma entonces, el borde de mi camiseta y
lo sube por mi torso sin apartar su mirada de la mía. Yo le facilito la
acción levantando mis brazos. Una vez liberada, yo misma me encargo
de desabrochar mis pantalones y hacerlos descender por mis piernas.
Él por su parte se ha quitado el polo y cuando yo he acabado de
quitarme del todo la prenda, lo ayudo a deshacerse de sus pantalones.
Frente a mí, que me he agachado, se yergue su miembro, un miembro
que aún no me deja ver ocultándolo bajo la tela del bóxer. Me acerco.
Respiro. Lo miro a los ojos y sonrío.
- Cosette primero tu – me recuerda adivinando mis intenciones, pero
no se mueve ni me detiene.
- Sera solo un instante, lo prometo – le respondo poniéndome de
rodillas frente al bulto apresado entre sus piernas.
Mis manos atrapan su dureza, es delicioso sentirlo así. Fabio sisea y
se agarra con fuerza al borde de la mesa. Aún no he hecho gran cosa
y este hombre ya está a mi merced. Acerco mi rostro a su dureza y
froto mi mejilla contra ella, restriego mi rostro contra su polla como
si de un gato contra las piernas de su amo se tratara. Sus piernas
comienzan a temblar, levanto la mirada hacia su rostro y observo que
tiene los ojos cerrados y el ceño fruncido, sus labios forman una “o”
perfecta, su respiración es superficial y aprieta con tanta fuerza el
borde de la mesa que sus dedos y nudillos han perdido todo rastro
de color. Vuelvo mi atención al objeto de mi deseo y ahora es la punta
de mi nariz la que se pasea por la protuberancia, aspiro y el aroma
que percibo es limpio, sutil. Los siseos continúan y jadeos se unen al
concierto de sonidos que emanan de su boca. Mis labios entonces, se
ciernen sobre el bulto, beso suavemente la protuberancia mullida y
firme, abro la boca como paso previo a un buen mordisco, pero solo
paseo mis dientes a lo largo de su dureza y aunque deseo con fervor
retirar la tela que me separa de su piel, no lo hago, lo he prometido y
solo vuelvo a prodigarle besos entre suspiros y gemidos.
- Cosette qué momento tan lascivo estoy viviendo de tu mano.
Déjame retribuirte. Ven conmigo por favor.
Me tiende las manos, se las tomo, me ayuda a ponerme de pie y con
mi lengua voy dejando un rastro húmedo por su estómago y su pecho
a medida que asciendo. Los gemidos de Fabio ya se expanden por
toda mi casa, cuando decido mordisquear y lamer uno de sus
pequeños pezones.
Fabio:
He utilizado todo mi autocontrol para no sacarme la polla e
introducirla en esa boca sensual y tentadora. No puedo permitirme
sucumbir, sin apenas haber calentado motores. He de admitir que con
esta mujer no necesito mucho, Cosette es una hoguera que me abrasa
con solo mirarme. Por eso tengo que prodigarle placer a ella primero,
porque soy capaz de correrme con un solo roce de sus manos y
necesito conservar mi hombría intacta hasta el final, quiero que desee
volver a verme, quiero que desee volver a sentirme, como yo ya lo
estoy deseando. Sé que esto no está bien, se supone que solo es
“debut y despedida”, pero su embrujo me ha hecho pensar en “más”
y mis sombras me recuerdan que yo no puedo desear “más”. Desecho
esos pensamientos y me centro en ella, en su cuerpo, en su aroma, en
que estoy a escasos momentos de poder beber el elixir de su vulva.
La alzo por la cintura y la siento sobre la mesa. Sin perder el contacto
con su piel, desplazo mis manos por su torso, primero su estómago,
luego su espalda, sus hombros, sus brazos y deshago el camino
andado sobre ellos y subo hasta su cuello y sus mejillas y me lanzo
sobre sus labios, como un lobo sobre un conejillo indefenso.
Literalmente engullo su boca, sus labios, su lengua, la recorro, la lleno
de mi saliva, de mí. Quiero imprimir en ella mi sabor y grabar en mi
mente el suyo. Nuestros gemidos se confunden entre sí, no hay suyos,
no hay míos, son nuestros, son uno.
Desabrocho con rapidez su sujetador que cae suavemente por sus
brazos y libera así, unos senos pequeños, que dibujan perfectamente
la silueta de una gota de agua, su tacto es sedoso, su piel es cálida y
receptiva. Sus pezones son grandes y esponjosos, su color chocolate
me invita a saciarme con su dulce néctar y yo acepto encantado.
Invado sus senos sin parsimonia, los estrujo, los palpo, me lleno de su
calor. Mi boca ávida del chocolate que me ofrece, comienza a chupar
con fruición, no dejo un solo poro de su pecho sin lamer, no dejo de
atender con delirio cada pezón, los succiono, los mordisqueo, los
lamo y chupo, todo a la vez. Cosette me tiene agarrada la cabeza con
ambas manos y tira de mi cabello de vez en cuando mientras emite
gritos ahogados que me demuestran lo excitada que está por mis
atenciones.
Vuelvo a su boca, mientras restriego mi erección contra su coño que
intuyo húmedo, hinchado y palpitante. Ella jadea, me abraza y busca
que el contacto de nuestros sexos sea más áspero, más tosco, más
intenso. Despego mis labios de los de ella para deshacer el último
beso, pero me mantengo a milímetros de ellos.
– Me tienes loco Cosette, me envuelves en tu lujuria, solo el deseo
guía mis actos, no puedo pensar, solo actúo para darte placer. Quiero
tu coño, voy a saborearte ahora mismo, te aviso que no pararé hasta
que explotes, hasta que tus jugos se proyecten dentro de mi boca,
hasta que tiembles, hasta que grites, hasta que me arranques el
cabello y pierdas el sentido con mi boca chupando y lamiendo tu
vulva… dime que sí pequeña.
Un jadeo y un leve temblor de su cuerpo es lo único que necesite para
tener vía libre a mi obsesión. Mordí sus labios y me aparté un poco.
Mis manos temblorosas descendieron de sus sedosas tetas, a sus
costillas, acaricié su piel caliente y erizada y llegué a sus caderas y al
rozar el borde de su tanga, metí mis dedos y lo deslice entre sus
piernas y deje que descendiera hasta sacarlo por sus pies. Al levantar
la mirada, mi respiración se detuvo. Sus piernas abiertas dejaban a la
vista su vulva y yo dediqué minutos infinitos a observarla, a tatuar en
mi memoria aquel coño hinchado, palpitante y brillante por los fluidos
que su vagina emitía. Mientras sigo con la mirada perdida entre sus
pliegues percibo cierta inquietud de su parte y le digo sin apartar mis
ojos del objeto de mi deseo:
– Déjame mirarte pequeña. Este es mi delirio, mirarte me quita el aire,
mira cómo tiemblo – digo al tiempo que le enseñó mis manos para
que vea cómo tiemblan ante la visión de su vulva reluciente y
tentadora.
Cosette se expone entonces para mí. Sin pudor con los dedos de sus
manos se abre los labios para que pueda observar más
profundamente. ¡Me ha matado! Sus labios internos sobresalen un
poco de los externos, el clítoris emana de su capuchón y veo cómo se
contrae y se dilata y ya no soy capaz de mantener el hilo de cordura
que me mantenía conectado a la realidad. Acerco mi rostro a su
expuesta desnudez y sumerjo mi nariz entre los pliegues del clítoris y
recorro con la punta toda la extensión de su vulva hasta la entrada de
la vagina, el flujo que la ha lubricado baña también las aletas de mi
nariz. Saco entonces mi lengua y la extiendo sobre su carne viva,
colorada, caliente. Lamo con desespero, soy ansia viva que devora sin
calma. Chupo, succiono y saboreo su delicioso elixir, un ligero toque
salado envuelve mis papilas mientras gimo y tiemblo contra su coño.
Cosette:
Las acometidas de la lengua de Fabio contra mi coño me han hecho
perder el sentido. Mis dedos se han enredado en su cabello y no soy
capaz de dejar de tirar de el con fuerza. A cada tirón lo acompaña un
grito que brota de mi garganta. Este hombre se ha sumergido en mí,
como si el terreno de mi cuerpo le fuera familiar. Cada caricia que su
lengua prodiga a mi coño desencadena un placer tan intenso que me
falta el aire.
- ¡Joder! haces que pierda el sentido del espacio y del tiempo – digo,
mientras jadeo y siseo, restregando mi coño contra sus labios
mientras muevo las caderas de arriba abajo, sujetando su cabeza con
fuerza para que no pueda separarse y así no perder el contacto que
me llevará en pocos instantes a disfrutar de una erupción hecha
orgasmo. – No te detengas por favor, voy a correrme Fabio.
Él aprieta más el agarre en mis glúteos e inca sus dedos hasta hacerme
daño, no me importa, lo disfruto. Siento como mis gemelos
comienzan a palpitar presos de los espasmos que se suceden ante el
inminente orgasmo, mis jadeos, gemidos y gritos es toda la música
que nos acompaña mientras Fabio introduce dos dedos en mi vagina
y localiza de inmediato el punto G. Un leve masaje y apenas presión
fue lo único que necesitó para que la explosión se diseminara. Placer
en estado puro brotaba de mi cuerpo en cada sacudida. Fabio
continuaba lamiendo como un perro bebiendo agua.
– ¡Así Cosette, córrete así! ¡Joder, cómo brota tu flujo! ¡Dámelo todo!
¡no me lo niegues, déjame beber hasta la última gota de tu placer!
¡Eres deliciosa Cosette, eres una diosa!
Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas, no solo porque este
hombre acababa de abrir la caja de pandora de mis emociones, sino
porque en este instante Cosette había desaparecido. María es la que
existe, la que está en carne viva. Fabio me había regalado el mejor
orgasmo de mi vida y yo le había retribuido con un alter ego, que no
era mi realidad.
Cuando nos serenamos, Fabio se colocó de pie entre mis piernas.
Pegó su torso al mío y después de secar mis mejillas aun húmedas
por el rastro de mis lágrimas indiscretas, me beso con calidez, primero
los ojos, después la punta de mi nariz, luego mis mejillas y por último
mi boca que invadió con delicadeza, con ternura, pero no pude evitar
percibir tristeza en su gesto, en su contacto. Me abrazó y yo quise
llevar mis manos hacia su bóxer para despojarlo de él, pero me
detuvo.
– Lo que más anhelaba ya es mío. Mi placer sexual se basa en los
coños Cosette, no sé cómo explicarte mi obsesión y mi necesidad de
una vulva… simplemente me vuelven loco los coños. Llevarte al
orgasmo a través de mis atenciones, fue mi propia liberación. Tú
arrojaste un rayo de luz sobre mi sombra y lo he disfrutado como si
no hubiese un mañana… Gracias. – dijo.
De forma sutil poso sus labios sobre los míos, apenas un roce. Su
frente descansó sobre la mía, mientras sus manos enmarcaban mí
rostro y suspiró. Yo solo lo miraba con nostalgia, después de haber
oído sus palabras.
– Déjame ayudarte a vestirte, no quiero que cojas frío – dijo en tono
suave y melancólico
– No te preocupes por taparme, voy al baño. ¿Me esperaras? – le dije
mientras sonreía y le guiñaba un ojo. No me respondió y solo me
devolvió una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Fabio había perdido
su brillo y yo sentía que, de algún modo, el mío se había apagado con
el suyo.
Me encaminé hacia el baño y cerré la puerta tras de mí. Abrí el grifo
de la ducha y me metí en ella. El calor del agua sobre mi cuerpo es un
bálsamo. Pensaba metafóricamente, que Cosette se diluía al paso del
jabón sobre la piel de María, sobre mí propia piel. Se lleva consigo los
restos de saliva con la que Fabio ha impregnado mi coño y los fluidos
que solo el orgasmo que él me produjo pudo arrancar de mis
entrañas.
Lo que nunca se podrá llevar consigo el alter ego, es el mundo de
emociones que Fabio despertó en María, en la María que él desconoce
y que soy yo.
Una vez cerrado el grifo, Cosette había desaparecido para siempre
junto a Fabio, que ya no aguardaba en el salón. El único rastro de la
compañía de hace instantes, eran las dos tazas ahora vacías, que
reposaban sobre la mesa y que contuvieron el delicioso “elixir de los
dioses”. Elixir al que Fabio, a pesar de sus sombras, no estará
dispuesto a renunciar.
ARES
- ¡Mierda Ares! Si todavía fuera un tío, tengo opción de competir, de
luchar, pero ¡no me jodas! Te vas a casar con una mujer ¿Cómo se
supone que lucho contra eso?
Mario estaba cabreado y yo lo comprendía. En pocas semanas me
casaría con la mujer de la que me había enamorado. Lucia, mi
compañera, mi amiga y la primera y única mujer que me pone
cachondo y caliente como un volcán en erupción. No se explicar lo
que me sucede con ella, pero solo pensar en lo que siento cuando
entierro mi polla en su coño, todo cobra sentido para mí, dejo de
sentirme culpable y siento que todo valdrá la pena. Aunque eso
signifique perder a Mario.
– ¡Eres gay capullo! Tarde o temprano lo que tu novia tiene entre las
piernas no será suficiente para ti. No podrás contener tu naturaleza.
Cuando menos te lo esperes aflorará y créeme que lo lamento por
ella, le vas a joder la vida, si antes no te la jodes tú. ¿Es que no lo
entiendes? Creí que estabas de coña cuando me llamaste hace unos
días y me dijiste lo que harías. ¡Joder Ares no le hagas eso! ¡no te lo
hagas a ti! – continuaba diciendo mientras caminaba de un lado al
otro del salón de mi casa pasándose las manos por el cabello una y
otra vez - ¡A ti te van los rabos Ares! ¡A ti te va mi rabo!
Nada más terminar de pronunciar las últimas palabras, Mario se
abalanzó sobre mí y con el peso de su cuerpo caí sobre el mullido
sofá. Literalmente me mordió las mejillas, me lamio los parpados, me
beso con ternura la nariz y cuando llego a mi boca, tiró de mi labio
inferior con sus dientes mientras un líquido caliente y de sabor ferroso
se diluía en mi boca. No me queje, no me dolía, el sexo con Mario
siempre era así de duro, siempre era así de bárbaro y ahora se
maximizaba por el cabreo que demostraba. Paseo su lengua por
dentro de mi boca sin besarme, solo lamía la sangre que había
brotado de la herida que él mismo me produjo. Yo respiraba despacio
y profundo, si yo estaba en calma el mar embravecido que era Mario
también se calmaría.
Mis manos reposaban por encima de mi cabeza, sus manos
mantenían las mías quietas. No quería que me moviera, no quería que
pudiera apartarlo.
Cuando se cercioro que ya no había rastro de sangre, me miró a los
ojos.
– ¿Qué tiene ella? ¿Qué te ha hecho, qué te ha dado? ¿Cómo ha
conseguido que un maricón como tú, ahora quiera casarse con una
tía? ¿Por qué te haces esto, por qué me haces esto?
No me dejo contestarle, su boca me invadió, ahora sí, con calma,
profundidad y dulzura… menos mal, porque tampoco sabría que
decirle, son preguntas para las que no tengo respuesta. Me enamoré
de una mujer y de su coño revoltoso. Eso no lo entenderá nunca. No
lo entendía ni yo.
El beso se hizo más urgente por parte de ambos. Mario soltó mis
manos y las dirigí hacia la cintura de su pantalón, le saqué la camiseta
y las metí por debajo de la tela para poder arañar su piel desde las
lumbares hasta los omoplatos. Así eran las cosas entre nosotros.
Tampoco se quejó de dolor, sus gemidos y siseos rozando mis labios
daban fe de que el dolor daba paso a algo más sublime.
– Vas a echarme de menos, esta es tu naturaleza – decía mientras sus
manos se paseaban por encima de mi ropa y llegando a palpar la
evidente erección que su ataque inesperado me había causado. –
¡Ves! Mira como tienes la polla, siento su dureza, estas cachondo, duro
y caliente por mí ¡no por ella!
Mario, sin avisar, se levantó y comenzó a desvestirse con premura.
Observe el bulto que ya sentía cuando estaba sobre mí. Sin duda
aquella era una erección digna de recordar, porque, aunque Mario
siempre ha sido de respuesta rápida, la de hoy sería sin duda una de
las mejores que yo le haya visto. Corroboré mis cavilaciones cuando
se deshizo del vaquero y del bóxer. Aquello era algo maravilloso,
imponente, rudo, viril. A él le temblaban las manos y a mí la
respiración. Se acercó más a mí y su polla se erguía a centímetros de
mi rostro. La veía temblar y moverse, mientras gotas de fluido
brotaban de su meato urinario. El glande enrojecido, brillante e
hinchado, me invitaba a sacar la lengua y recorrer con ella toda su
extensión, me ofrecía degustar el sabor salado de su fluido
transparente y denso. No pude contenerme cuando rozo mi nariz con
la punta de la polla, cuando su olor limpio e íntimo inundó mis fosas
nasales, lo engullí, lo hice con premura, con angustia, con ímpetu, con
ansia… mis brazos rodearon su cintura, mis manos descendieron hasta
su nalgas prietas y redondas y empujé sus caderas hacia adelante para
que su polla se hundiera profundamente hasta el fondo de mi
garganta. La tenía tan dentro, que mi nariz se aplastaba contra su
vientre suave y plano.
Las arcadas no se hicieron esperar y el ruido emitido desde lo más
hondo de mi garganta, hacía que la polla de Mario se tensara y se
endureciera más. No podía respirar, pero ni él soltaba el agarre que
envolvía mi cabeza, ni yo dejaba de empujar su pelvis contra mi boca
llena de polla en toda su capacidad. Jadeos y gemidos se confundían
con gruñidos.
– Ares no puedes casarte con ella, no nos condenes. ¡Joder! Shshsh –
sisea y suelta el aire de golpe – Nadie me come la polla como tú, nadie
conoce mi cuerpo como tú, nadie me proporciona placer como tú.
¡Mierda! Es delicioso follarte la boca… ¡para! no me succiones así, no
quiero correrme en tu boca.
Mario vació mi boca retirando su pene erguido, se agacho y me beso
de forma urgente y profunda metiendo la lengua en cada rincón de
mi boca. Lo deseaba con todo mi cuerpo, con todas mis fuerzas, con
todo mi ser. Me asió por los antebrazos y me ayudo a ponerme de
pie. Me despojo de toda mi ropa y yo le ayude para quedar ante él
como llegue al mundo con más premura. Me abrazó con fuerza y
brusquedad y yo preso de mi deseo le respondí con el mismo ímpetu,
lo abrace con fuerza, bese y mordí sus labios, su mentón, su cuello sus
hombros, sus pezones que, duros como pequeñas piedras me
incitaban a lamer succionar y morder. Mario gruñía con fiereza y me
tiraba del cabello haciéndome subir la mirada hacia su rostro.
Sonreímos cuando nuestros ojos se encontraron.
– Contigo se despiertan mis demonios ¿Por qué me haces esto? Ella
no lo merece – Le dije mientras me colocaba a su espalda y acariciaba
con mis manos su musculatura discreta y varonil.
– La engañas porque eres gay, no porque estemos aquí juntos, ahora
es cuando vives tu verdad… ese matrimonio es una puta farsa y lo
sabes. – sus palabras generaron cierta rabia dentro de mí. Él tenía
razón, pero me cabreaba oírlo en voz alta.
– Ahora veras lo maricón que soy ¿esto es lo que quieres? – le dije
con tosquedad mientras pegaba mi pelvis a su culo para restregar mi
polla dura y gorda contra sus glúteos.
– No es lo que quiero, es lo que soy y me gusta. Es lo que sé que me
puedes dar. Esto es lo que tú quieres Ares, hablas de ti, no de mí – me
respondió sin enfado, mientras gemía sintiendo mi polla que dejaba
un rastro de humedad en sus nalgas.
Mario inclina entonces su torso hacia adelante y con ambas manos
separa sus nalgas dejando expuesto su ano ante mí.
– ¿Qué vas a hacer con esto? – dijo en un jadeo.
– ¡Joder! – dije mientras sentía como mi cuerpo entero comenzaba a
temblar con ansiedad y antelación.
Mire mi polla, esta palpitaba y se erguía por momentos. La lubricación
por mi excitación era tal, que las gotas del líquido transparente y
viscoso comenzaron a caer y antes de desperdiciarlas en el suelo, me
apresure a pringar el ano de Mario con mi glande para lubricarlo.
Pasee mi polla por sus pliegues, desde el sacro hasta la base de sus
testículos.
Mis jadeos se mesclaban con los de Mario mientras me arrodillaba
para que mi boca quedara al nivel de su culo. Besé y mordí sus glúteos
mientras una de mis manos acariciaba con ternura sus testículos para
luego deslizarse hacia su polla. Comencé a acariciar su glande duro,
caliente y mojado, con movimientos circulares que sabía que lo
volvían loco. Este gritaba mientras movía la pelvis de adelante hacia
atrás. Mantenía sus nalgas abiertas para mí, dándome acceso a lo más
íntimo de su ser, a lo más íntimo que podíamos ofrecernos el uno al
otro para demostrarnos nuestra entrega y deseo.
Mi otra mano se dirigió su ano, con mi dedo índice dibujaba
pequeños círculos, que hacían que Mario gimiera denotando
desespero. Escupí saliva sobre el ano para que mi dedo deslizara de
forma fluida y solo prodigara placer al hombre que hacía que mis más
oscuros deseos se iluminaran. Poco a poco fui introduciendo mi dedo
dentro de Mario y girándolo con delicadeza.
Busque su próstata. Mis caricias y atenciones poco a poco fueron
creando un estado de placer para ambos que no recuerdo haber
sentido antes. Seguía estimulando a Mario que en cuestión de
segundos explotaría en mi mano, sentía la palpitación de su polla, veía
las señales en su cuerpo y escuchaba la confirmación en sus jadeos.
Pronto la erupción se hizo presente y derramó sobre mi mano su
simiente caliente, viscoso y abundante. Yo seguí estimulando su
próstata hasta que sus gemidos se hicieron casi inaudibles y sus
sacudidas se calmaron. Saque mi dedo de su ano y Mario se incorporó
y se dio la vuelta para mirarme.
Yo seguía de rodillas y la mano que guardaba su semen, la pose sobre
mi polla y con ella esparcí su savia por toda mi envergadura. Fue
sublime hacerlo mientras nuestras miradas estaban conectadas.
– Siéntate en el sofá y ábrete para mí. Sabes cómo me gusta. – Me
pidió y obedecí.
Me puse de pie mientras seguía estimulando mi pene. Me senté en el
sofá y abrí del todo mis piernas, las levante y las sujeté por la parte
trasera de los muslos, quedando de esta forma uno frente al otro, con
mi culo abierto, expuesto y mi polla erguida casi rozando mi ombligo.
Mario se colocó de rodillas y acerco su torso a mi cuerpo y se metió
mi polla en la boca. Comenzó a chupar, a lamer y saborear su propio
semen, que impregnaba toda la extensión de mi pene. Yo temblaba
de placer, de morbo y lascivia. La atmosfera de lujuria nos envolvía y
no podía pensar en nada que no fuese el placer que sentía en manos
de Mario. Casi a punto de correrme y desecho en gemidos, jadeos y
gruñidos, paro de chupar y se sacó la polla de la boca y con la lengua
fue descendiendo desde el glande, pasando por los testículos,
lamiéndolos, chupándolos, ensalivándolos cuando se los metía uno a
uno en boca. Luego siguiendo la línea central se adentró entre mis
nalgas hasta que su lengua llegó a mi ano. Escupió, chupo y soplo
ante mi atenta mirada y sonrisa. Dibujaba círculos mojados que me
producían sacudidas de placer que me dejaban sin apenas aire en los
pulmones. Aquello se intensifico cuando comenzó a introducir la
punta de la lengua en mi apretado ano, que en sus manos se volvía
juguetón y receptivo. Mientras se deleitaba chupando, penetrando y
lamiendo, cogió mi polla con su mano y la estimulación en la cabeza
hinchada, enrojecida y sensible no se hizo esperar y ya no pude
responder por mis reacciones.
- ¡Mario joder no pares! ¡me corro! ¡más rápido! ¡me destrozas! ¡me
rompes! ¡mierda que delicia!
Dicho esto, ya no pude hablar más, mis gritos y gruñidos fueron la
música que nos envolvió durante unos segundos que parecieron
años. Me corrí como si de una manguera pinzada se tratase, como
cuando el pinzamiento se suelta y el agua se dispara con fuerza por
la boca de la manguera. Así, con esa fuerza sentí que se derramaba
mi semen sobre mi estómago.
Cuando logré abrir mis ojos y mi respiración se acompaso, observe a
Mario con una sonrisa y una mirada malévola impresa en su rostro.
No me gusto la sensación que se instaló en mi cuerpo. Mario se
dispuso entonces a lamer el semen que bañaba mi estómago, pero su
mirada no se encontró con la mía, sus ojos se desviaban hacia otro
lugar.
No deje que siguiera chupando, me incorporé mientras lo agarraba
de los hombros para apartarlo y poder levantarme. Nada me preparó
para sentir el dolor brutal que un golpe bajo y desleal te produce,
quizás, para toda la vida.
Lucia aguardaba de pie unos pasos detrás del sofá. Temblaba y le
costaba respirar. Estaba tan pálida que sus labios apenas denotaban
un ligero color que se tornaba purpúreo. No lloraba. No hablaba.
Estaba en shock.
– ¿Qué has hecho Mario? ¡Hijo de puta! ¿por qué?
Mi voz cargada de rabia y dolor no podía disimular las ganas que tenia
de matar a Mario, de acabar con todo y sacar de allí a Lucia. Borrar de
su mente y de sus ojos todo cuanto haya visto y que ahora le causaba
el mismo dolor lacerante que yo sentía.
– Lo hice por ti, porque sabía que no se lo dirías y no iba a permitir
que te jodieras la vida. Ya me lo agradeceréis más adelante. – dijo con
una sonrisa irónica en los labios, mientras nos miraba
alternativamente a Lucia y a mí. Sonrisa que yo borré de un puñetazo
que le propiné en la mandíbula y que lo hizo caer al suelo.
– ¡Ella es mi vida! ¡hijo de puta! – grite mientras lo veía retorcerse por
el dolor. Un dolor que nunca se compararía al mío. - El que me ha
jodido la vida has sido tú. Lo nuestro siempre fue solo sexo, cabrón.
Pose mis ojos sobre la que hasta ese momento era mi novia y camine
hacia ella sin ademán de taparme… ya no había nada que esconder.
Me detuve a quizás un metro de distancia frente a ella. Seguía sin
siquiera pestañar. Hice acopio del poco valor que me quedaba y le
hablé:
- Lucia soy gay. Lo he sido desde que tengo uso de razón, pero jamás
he amado a ningún hombre. ¡Me enamoré de ti, solo de ti! – le dije
con el llanto instalado en mi pecho, en mi garganta, en mis ojos,
mientras miraba a Lucia con arrepentimiento y el dolor más grande
que jamás he sentido.
Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, empañando sus
preciosos ojos café. No dijo nada. No hizo nada. Lucia se marchó sin
más. La dejé marchar, no tenía derecho a detenerla, aunque sintiese
que mi vida se iba con ella.
– ¡Sal ahora mismo de mi casa y de mi vida mal nacido! ¡Eres mala
persona Mario! ¡Jamás podría amar a alguien como tú! ¡Vete ya de mi
casa antes de que te saque a patadas! – grité desesperado.
Cuando Mario salió de mi casa, se cernió sobre mí una oscuridad que
me paralizo de puro pánico. Mi vida sin Lucia se vislumbraba gris y sin
sentido. Necesitaba darle espacio y tiempo. La conocía tanto y tan
profundamente que sabía perfectamente lo que debía de hacer. Ella
volvería, sabía que tendría la inmerecida fortuna de volver a verla,
aunque respirar su mismo aire me estuviese prohibido. Lucia era mi
vida y no estaba dispuesto a vivir a medio gas, porque eso es lo que
sucedería si la dejaba marchar, que mi existencia seria vivir a medias.
En medio de mi dolor y mi incertidumbre, un plan comenzaba a
abrirse camino entre mis pensamientos tormentosos, para arrojar un
poco de luz y sosiego sobre mí angustia, mi lucha había dado
comienzo, no estaba dispuesto a perder al único ser humano al que
había amado no solo con mi cuerpo, sino con mi alma.
MI ABSOLUTO AGRADECIMENTO
Gracias por interesarte en las letras que con tanto cariño aquí he
vertido. Gracias por darme la oportunidad de crear en tu mente
nuevos recuerdos, nuevas historias, en donde el protagonista puedes
ser tú. Yo escribo, sí, pero lo que hagas con mis historias en tu mente,
es sin duda tu mejor obra. Gracias por dejarme ampliar tus horizontes
y permitirme guiarte a través de la sexualidad de mis personajes que,
aunque ficticios, podríamos, sin temor a equivocarme ser nosotros
mismos… es tan basta la sexualidad, que levantar fronteras en torno
a ella, es sin duda, un gran error. Gracias, no solo por no levantar esas
fronteras, sino por derribar las que existían y abrir tu mente a la
diversidad.
Con amor;
Dominique Mont’Bleu
…Y abajo el telón.
SOBRE LA AUTORA
Venezuela fue el lugar escogido para que Dominique Mont´Bleu
llegara al mundo en 1979. La profesión paterna la llevo a crecer en
todas partes y en ninguna al mismo tiempo. Su arraigo está en el
mundo entero. Unió su corazón a un gallego con solo 21 años y desde
entonces su hogar está en España. A día de hoy vive en un bonito
pueblo a las afueras de Madrid. Es mamá de dos adolescentes, amante
de todo bichito viviente y de la naturaleza. Su faceta de escritora
amateur de relatos y novela erótica de ficción, comienza al
comprender lo importante que es el pensamiento erótico, sensual y
sexual y el papel fundamental que este juega en la sexualidad. Así que,
decide comenzar a plasmar sus propios pensamientos lascivos que
llegan a ser descarados, obscenos y explícitos. Para ella la sexualidad
aparte de básica, instintiva y pasional, debe tener grandes dosis de
lujuria cerebral e inteligencia emocional que alimenten nuestra libido
y deseo.
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