Celo
Celo
La escena que presenciaba Naruto era de una brutalidad que fácilmente podía
equipararse a las batallas más feroces que él mismo había librado. Después de
casi sufrir una crisis nerviosa al ver a Hinata desvanecerse, su madre lo
convenció de revisar las grabaciones de seguridad mientras Tsunade se
encargaba de sanar las heridas de Hinata en un cuarto estéril. Lo que vio en
esas imágenes lo dejó sin aliento. Hinata había sido implacable desde el
principio. Los golpes de Hanabi debían ser dolorosos como el infierno, pero
Hinata los recibió con el cuerpo tenso, absorbiendo el impacto antes de
contraatacar con una fuerza devastadora. El estilo de lucha de Hanabi era un
reflejo del de Hinata, pero con una complexión y velocidad superiores. Sin
embargo, por cada golpe que recibía, Hinata devolvía dos, cada uno más
potente que el anterior. El sonido de la carne golpeando era grotesco, y la
sangre que comenzó a esparcirse por la habitación añadió un toque siniestro a
la escena.
—Mierda —murmuró Naruto, incapaz de apartar la mirada. En un instante,
Hinata rodeó el cuello de Hanabi con sus brazos y comenzó a golpear con saña
uno de sus costados, hasta que la castaña vomitó sangre. Ni siquiera eso la
detuvo.
—Le está dando en sus órganos vitales —comentó Kushina, mientras Naruto
gruñía involuntariamente al ver cómo Hinata recibía un fuerte cabezazo en la
nariz, lo que la obligó a soltar a su rival. —Supongo que así fue como le rompió
la nariz —añadió, recordando las heridas que Tsunade estaba tratando de
sanar.
—Es una maldita diosa —fue lo único que alcanzó a decir Naruto. Hinata
siempre había parecido un ratoncito escurridizo y asustadizo en su casa,
alguien que todavía luchaba por adaptarse a todo lo nuevo que la rodeaba.
Verla luchar de esa manera no solo no le desagradaba, sino que lo llenaba de
orgullo. Había algo en su determinación, en su ferocidad, que lo hacía sentir
profundamente conectado con ella.
—La forma en la que se mueve me recuerda a algo, pero no estoy segura de
qué —comentó Kushina, justo en el momento en que Hinata derribaba a Hanabi
con una patada certera. —No solo está golpeando sus puntos vitales, los está
destruyendo —observó, mientras Hinata comenzaba a propinar puños cerrados
en el pecho de Hanabi, haciéndola expulsar bocanadas de sangre. — ¿No te
recuerda a cierta batalla…? —
—Silencio madre — Murmuro entre dientes, esa forma de luchar solo la había
visto una vez en batalla — Es imposible que se trate de algo relacionado con él
—Agrego mentalmente, recordando la única ocasión en la que un simple
individuo lo había hecho retroceder —
—Un golpe más y tu corazón explotará —murmuró Hinata, sus ojos fríos y
calculadores. Los ojos de Hanabi luchaban por mantenerse abiertos, pero la
fatiga y el dolor eran evidentes. —Entonces es verdad, tu ciclo de sueño está
programado con mi carguero —continuó Hinata, sus labios torciéndose en una
sonrisa que Naruto nunca antes había visto. —Mi carguero explotó —añadió,
mientras Hanabi intentaba levantarse, solo para ser derribada de nuevo con un
golpe brutal en las costillas. —Quedó reducido a cenizas. Jamás estarás
inconsciente de nuevo. — Hinata se dejó caer de rodillas al suelo, sosteniendo
el rostro de Hanabi con una mano ensangrentada. —¿Sabes qué le pasará a tu
cerebro cuando no logre conciliar el sueño? —preguntó, su voz fría y llena de
desprecio. —Tu cerebro se encogerá lentamente hasta que termine del tamaño
de una nuez. Perderás el sentido común, tu cuerpo dejará de obedecerte. ¿Y
sabes qué es lo mejor de todo esto? Estarás consciente. Vivirás cada segundo
hasta que tu corazón se detenga. Sentirás cómo te consumes en vida, aunque
no sientas dolor. — Hanabi soltó un gemido lastimero, pero Hinata no mostró
piedad. —Y yo estaré en paz sabiendo que ese es el destino que te espera —
dijo, antes de propinarle un último golpe en el cuello. Luego se levantó,
respirando con dificultad, y comenzó a arrastrar a Hanabi hacia la salida. La
pantalla de acceso de la puerta se puso en verde, y la grabación terminó justo
cuando Hinata cruzaba el umbral.
—¡Eso fue increíble! —exclamó Kushina, aplaudiendo como una niña pequeña.
—Hinata es extremadamente inteligente, sin mencionar lo fuerte que es.
¿Sabes lo que significa eso? —preguntó, mirando a Naruto, quien todavía
estaba demasiado impresionado para responder. —¡Mis nietos serán bestias
poderosas! —añadió, riendo.
O-O-O-O-O-O
—Vaya… —Tsunade silbó al ver los ojos de Hinata abrirse de par en par. Había
tenido razón. Desde el principio, con la primera Terrana que entró en las
cápsulas, hubo problemas. La programación base había sido diseñada en
función de la estructura genética de Hinata. Sakura empezó a convulsionar a
los cinco minutos y Tsunade se vio obligada a aumentar el tiempo de
reparación, lo que generó un caos con las cápsulas disponibles. Al final, usaron
unas destinadas a los concejales que rara vez se ocupaban. —Pensé que
tardarías más en despertar.
Hinata salió temblorosa, desorientada. Pero todos sus signos vitales estaban
estables.
—¿Qué sucedió? —
—¿Después de tu pelea con Hanabi? —Hinata se encogió un poco—. Te
desmayaste. Naruto exigió que curáramos tus heridas lo antes posible. — La
joven palideció. —Sé lo que estás pensando, pero no deberías sentirte culpable.
Tu cuerpo ha sido condicionado desde muy temprana edad para la batalla. Por
eso sanas más rápido, por eso tu metabolismo es superior. No hay
comparación entre tú y las demás. Tu cerebro interpretó a Hanabi como una
amenaza… y actuó. Nosotros nos encargaremos de ella. Quitaremos los
implantes de su cerebro e intentaremos rehabilitarla. — Tsunade desvió la
mirada hacia una pantalla y cambió de tema. —Hinata, me tomé la libertad de
hacerte un análisis sencillo. Para verificar si había vida creciendo en tu interior.
— Hinata la observó, en silencio. —Dio negativo. — Se acercó. —Era de
esperarse. En muchas hembras, el cuerpo interrumpe la ovulación natural
cuando se enfrenta a condiciones de alto peligro. —Hinata sintió una leve
punzada de desilusión, pero la ocultó. Naruto se lo había dicho tantas veces:
sucedería cuando tuviera que suceder. Y si no… seguiría amándola igual. —Sin
embargo, tus óvulos están comenzando a madurar. ¿Sabes lo que eso significa?
—Nunca he sangrado —confesó, bajando la mirada—. Los Saps lo consideraron
un impedimento. Se aseguraron de que no sucediera.
—Eso se acabó. Si mis cálculos son correctos, empezará en unos días. Te daré
compresas y un remedio natural para los calambres y el malestar general. —
Las mejillas de Tsunade se tiñeron de rosa. —Las Viks también sangramos. Lo
llamamos “regla”. Si tienes dudas, puedes hablar conmigo. —Se aclaró la
garganta—. Personalmente prefiero no tener relaciones con mi Ástminn
durante esos días… pero he oído que a algunas hembras les gusta. — Hinata
asintió en silencio.
—¿Tienes alguna duda?
—Yo… —vaciló—. ¿Las Terranas ya despertaron?
Tsunade parpadeó, sorprendida por el brusco cambio.
—Sí. Todas.
—¿Puedo verlas? — Tsunade se disponía a negarse, pero Hinata se adelantó: —
Por favor. Sé que no son del agrado de Naruto, y no sé cuándo tendré otra
oportunidad de hablar con ellas sin él detrás de mí… bueno, eso sonó peor de
lo que quería… pero por favor, Tsunade. Solo será esta vez.
—Lo entiendo. Nuestros machos pueden ser absurdamente sobreprotectores. —
Hinata no pudo evitar asentir. —Bien. Te daré quince… tal vez veinte minutos.
Están en la habitación de enfrente. Shizune te acompañará. No es negociable.
—Está bien.
—Buena suerte. — Tsunade ya se marchaba, pero asomó de nuevo la cabeza
por la puerta.—Oh, se me olvidaba. Si Naruto se molesta contigo… siempre es
bueno pedir perdón. De rodillas. Y con la boca.
O-O-O-O-O
Sakura respiraba con dificultad; su pecho subía y bajaba de forma agitada
mientras la furia y el sentimiento de ultraje la consumían por dentro. Su mente
retrocedía una y otra vez al momento en que aquel rayo la había impactado en
la cabeza, borrando todo rastro de conciencia hasta que despertó en aquella
habitación fría y desconocida, completamente sola. La rabia se mezclaba con
una punzante sensación de estupidez al recordar cómo había confiado
ciegamente en que aquella piloto drogadicta la llevaría de vuelta a casa. Ahora,
el precio de su ingenuidad era claro. Una a una, las demás mujeres habían sido
llevadas a la habitación, todas en el mismo estado: inconscientes, vulnerables
y vestidas con idénticas batas clínicas que la suya. Cada rostro desconocido
que entraba reforzaba la realidad de su situación: estaban atrapadas. Y Sakura
no podía evitar sentir que todo esto era, en parte, culpa suya.
—Dímelo de nuevo —la voz de Ino irrumpió en los pensamientos de Sakura,
sacándola bruscamente de su ensimismamiento. Sus ojos, antes perdidos en el
vacío, se dirigieron hacia Temari, quien soltó un sonido cargado de hastío. Era
la cuarta vez que Ino insistía en que le repitieran lo mismo, y la paciencia de
Temari parecía estar al límite. —¿Esa psicópata también te disparó en la
cabeza? —preguntó Ino, su tono mezclando incredulidad y frustración—. ¿No te
obligó a grabar tu mensaje pidiendo rescate?
La pregunta quedó suspendida en el aire, como si buscara una respuesta que
ya no estaba dispuesta a aceptar sin cuestionar.
—Por última vez —el cuerpo de Temari se tensó, sus músculos rígidos como si
estuviera a punto de estallar, pero aun así accedió a repetir lo mismo por
cuarta vez—. Quedábamos cuatro en la habitación cuando esa puta entró
pateándolo todo. Lo último que recuerdo es a ella apuntándome a la cara con
esa arma. Luego de eso, desperté aquí, junto con todas ustedes.
Sus palabras cayeron como un mazazo, secas y cargadas de frustración. Al
terminar, sus ojos recorrieron a las demás mujeres con una mirada fría, casi
despectiva, como si las responsabilizara, aunque fuera mínimamente, de la
situación en la que se encontraban. El silencio que siguió fue incómodo y la
tensión en la habitación parecía aumentar con cada segundo que pasaba.
—Algo me dice que Hanabi tiene que ver con todo esto —Ino habló con firmeza,
rompiendo el silencio con su voz chillona resonando por toda la habitación
mientras sus ojos se clavaban en las demás, como si buscara validación—.
¡Piénsalo bien! Ella misma se encargaba de repetirnos una y mil veces que el
imperio Saporima nos rescataría sin tener que preocuparnos por nada, salvo
por comer bien y estar saludables. ¿Y ahora dónde está?
Preguntó a todas, pero ninguna se atrevió a responder.
Sakura suspiró, esta vez con menos resistencia. Tenía que admitir que Ino tenía
un punto. La situación era demasiado coincidente para ignorarla. Además,
ninguna de las presentes podía negar el inquietante parecido entre Hanabi y
aquella piloto.
—Esos ojos blancos y sin pupilas son espeluznantes —murmuró Sakura, casi
para sí misma, pero lo suficientemente alto para que las demás la escucharan.
La imagen de aquellos ojos vacíos, carentes de humanidad, le provocaba un
escalofrío que recorría su espalda.
Ino asintió con energía, como si las palabras de Sakura hubieran validado sus
sospechas.
—Exacto —dijo, señalando con el dedo hacia ninguna parte en particular, como
si estuviera trazando conexiones invisibles—. No es solo una coincidencia.
Hanabi siempre fue demasiado insistente con eso del imperio Saporima, como
si quisiera que nos relajáramos y no preguntáramos demasiado. Y ahora, de
repente, desaparece justo cuando todo se va al infierno. ¿No les parece raro?
Temari, que había estado escuchando en silencio, frunció el ceño.
—No digo que no tengas razón, pero ¿qué ganaría Hanabi con todo esto? ¿Por
qué nos traicionaría? —preguntó, cruzando los brazos sobre su pecho, su tono
lleno de escepticismo.
—No lo sé —respondió Ino, frustrada—. Pero algo no cuadra. Y esa piloto… no
es normal. No es humana. Y si Hanabi tiene algo que ver con ella…
Dejó la frase incompleta, pero el mensaje estaba claro. La posibilidad de que
Hanabi estuviera involucrada en todo aquel caos era demasiado grande para
ignorarla, y las piezas comenzaban a encajar de una manera que a nadie le
gustaba.
—Espero que esté muerta —una voz fría y cargada de resentimiento resonó
desde el fondo de la habitación. Todos los ojos se volvieron hacia una pelirroja
que hasta ese momento había permanecido en silencio, como una simple
espectadora. Su rostro, antes impasible, ahora mostraba una expresión de odio
puro—. Espero que esa piloto le haya torcido el cuello como a una goma antes
de arrojar su putrefacto cadáver a los perros sarnosos y hambrientos del
distrito Xun —añadió, cada palabra saliendo como un veneno que llevaba
demasiado tiempo acumulado.
Ino fue la primera en reaccionar, acercándose a la pelirroja con los ojos
entrecerrados y una mezcla de curiosidad y desconfianza.
—¿De qué…? —comenzó a preguntar, pero no terminó la frase. Su mente
pareció hacer una conexión repentina—. ¿Acaso eres cómplice de todos ellos?
—inquirió, su tono volviéndose más agudo, casi acusatorio—. A todo esto, ¿de
qué familia eres? Tu cara no me es… ¡Oh, ya sé! Eres de la familia Xun —
exclamó, como si hubiera resuelto un enigma—. ¡Los nuevos ricos! Sucios
cerdos que ascendieron rápidamente por encontrar minerales preciosos en sus
patéticas tierras —se burló, con una risa que no llegó a completarse.
—Mi nombre es Karin, maldita niña estúpida —dijo, con una voz que destilaba
orgullo por sus orígenes. De repente, se puso de pie con un movimiento rápido
y decidido, agarrando a Ino del cuello de la bata con una fuerza que dejó claro
que no toleraría más insultos—. Y soy la líder de la resistencia del sector Xun —
añadió, soltándola de un empujón brusco que hizo tropezar a Ino con sus
propios pies. Karin se irguió, su mirada violeta recorriendo a las demás mujeres
con una intensidad que las hizo sentirse expuestas. —¿Tienes idea de lo que
iba a suceder una vez llegáramos a ese infierno? —preguntó, su voz llena de
amargura—. ¿De verdad piensas que una especie de príncipe azul estaría
esperando por ti en ese lugar?
Su tono era cortante, como si quisiera despertarlas de la ilusión en la que
habían estado viviendo. Luego, su mirada se detuvo en cada una de ellas,
analizándolas con detenimiento, como si midiera su valor.
—No te alcanzará esta vida para agradecerle a esa piloto lo que ha hecho por
nosotras —dijo finalmente Karin, su voz más baja pero igual de firme. Las
palabras resonaron en la habitación, cargadas de un peso que parecía querer
imponerse sobre las dudas y el escepticismo de las demás—. No sé qué mierda
le pasó en su cerebro para que decidiera ayudarnos, pero besaría el suelo por
dónde camina por el simple hecho de sacarnos de esa nave y traernos a un
lugar donde nos han tratado bien desde el comienzo.
Sin embargo, Ino no estaba dispuesta a aceptarlo tan fácilmente.
—¿¡Tratarnos bien, dices!? ¿Acaso olvidaste cómo nos tenían en esas cápsulas,
sin poder movernos? ¿Y qué me dices de esas criaturas sexys y salvajes que
empezaron a pelear por nosotras como si no fuéramos más que simples
objetos?
Era más alta que Karin y, claramente, estaba mejor alimentada, lo que le daba
una ventaja física. Pero Karin no era ninguna novata; su experiencia en la
resistencia del sector Xun le había enseñado a pelear, y adoptó una posición
defensiva, lista para contraatacar si era necesario. El tenso enfrentamiento se
interrumpió de golpe cuando la puerta de hierro se abrió de par en par. Todas
las miradas se volvieron hacia la entrada, donde apareció la pequeña piloto,
acompañada de una de esas criaturas con cuernos que tanto las había
aterrado. El ambiente en la habitación cambió instantáneamente.
—¡Tú! —gritó Ino, su voz llena de rabia y acusación.
No fue la única en reaccionar. Temari también corrió hacia la piloto, lista para
confrontarla. Pero antes de que Karin o cualquiera pudiera intervenir, una Viks
se interpuso en su camino y les apuntó con una espada.
—¿¡Te escondes como una cobarde!? ¡Perra! —gritó Ino, mirando con temor a
la hembra Viks que defendía a la piloto.
—Mantente alejada de ella —dijo la Viks, enseñándole los colmillos—. Todas
ustedes.
—¿Por qué? —preguntó Sakura, quien todavía estaba en su sitio, pero apretaba
ambas manos con rabia contenida—. ¿¡Por qué un planeta como Valhalla se
encarga de proteger a una piloto que nos vendió, alejándonos de nuestro futuro
hogar!?
Su voz subió de tono, cargada de frustración y confusión. La Viks no respondió
de inmediato, analizando detenidamente la situación.
—¿Cómo han sido tratadas hasta ahora? No les hemos brindado nada más que
hospitalidad. Deberían estar agradecidas —Shizune se puso recta, pero no
guardó el arma—. Cualquier otro planeta se habría encargado de desaparecer
cualquier mercancía que sirve como alimento para la plaga inmunda de los
Saps —añadió, sonriendo al mostrar los colmillos—. No lo hicimos gracias a
esta terrana. Muestren sus respetos.
Sakura apretó los puños con más fuerza, sus nudillos blanqueando bajo la
presión.
—¿¿Respetos?? —repitió, con un tono lleno de escepticismo—. ¿De qué
demonios estás hablando? Nosotras teníamos una misión, vivimos y morimos
por eso. ¿Y ahora qué? ¿Nos van a tener aquí encerradas hasta que tu líder lo
decida? ¿Esa perra loca de cabello rojo?
—¿Qué es una perra? —preguntó Shizune a Hinata, sin voltearla a mirar.
—No sé —respondió sinceramente, manteniéndose al margen de la
conversación—. No tengo mucha información actualizada de Terra64.
Karin, que había estado observando en silencio, intervino en ese momento.
Caminó con paso firme hasta quedar frente a frente con la piloto. Sus ojos
blancos, tan espeluznantes como los de Hanabi, la hacían parecer casi una
gemela de aquella que las había traicionado. Era desconcertante, incluso
perturbador, cómo dos personas tan parecidas físicamente podían ser tan
diferentes en esencia. Una, Hanabi, las había capturado junto a un escuadrón
de gusanos, introduciéndoles cosas en el cerebro que las convirtieron en meras
espectadoras de sus propios cuerpos. La otra, esta piloto de mirada fría y gesto
impasible, aparentemente las había salvado del horrible destino que les
esperaba en el planeta Saporima.
Karin recordó con amargura cómo Hanabi, llena de satisfacción, le había
mostrado lo que realmente les sucedería tras su llegada a Saporima. Las
imágenes de sufrimiento y desesperación que había visto aún la perseguían.
Pero ahora, frente a esta piloto, algo era diferente. 251227, como había leído
en la placa de su uniforme la primera vez que la vio, no solo las había
rescatado de ese infierno, sino que, al parecer, les estaba ofreciendo un nuevo
hogar. La comida era abundante y, por el momento, todas sus necesidades
básicas estaban cubiertas. Nunca, en sus veintiséis ciclos de vida, Karin había
sentido el estómago tan lleno ni el cuerpo tan limpio.
—¡Basta! —intervino la castaña, llamando la atención de todos con su voz
firme—. ¿Qué importancia tiene cómo sucedieron las cosas? Lo único que nos
interesa es que estamos aquí, y no en Saporima siendo devoradas por esos
gusanos —añadió, cruzando los brazos con determinación.
—¡Tú! —la voz de la piloto cortó el aire como un cuchillo. Ante la mirada atónita
de todas, se movió con una velocidad sorprendente, tomando a la castaña del
rostro con ambas manos para mirarla fijamente a los ojos. —¿Sabes lo que
sucede en el planeta Saporima? —preguntó, moviendo suavemente el rostro de
la castaña, como si buscara algo en sus ojos, algo que no logró encontrar.
Luego, habló de nuevo, su voz clara y precisa—. Eres Tenten, hija de la familia
Ama. Tus padres son los principales proveedores de armas del imperio —dijo,
soltándola lentamente mientras las palabras resonaban en la habitación.
—Y una mierda —Tenten terminó de liberarse bruscamente, apartando las
manos de la piloto con una palmada firme—. Lidero la resistencia del distrito
Ama. No me compares con esas muñecas —señaló con desdén a Sakura e Ino,
quienes la miraron con indignación—. Contrario a ellas, mi familia no se
beneficia de ninguna manera de esos gusanos asquerosos. Todo lo contrario:
nosotros proveemos armas a los sectores más bajos. De esa manera evitamos
que estas basuras se lleven toda nuestra comida —explicó, su voz llena de
orgullo y resentimiento. De repente, Tenten agarró a la piloto de las solapas,
acercándola a su rostro con fuerza. —¿Eres familia de Hanabi? —preguntó, su
voz temblorosa pero llena de rabia—. Esa mierda apareció un día en mi distrito
y me llevó a la fuerza. Al día siguiente, me había convertido en un robot
programado para servir a los Saps —zarandeó a la piloto bruscamente, su ira
desbordándose—. ¡Responde! Porque de ser así, te mataré —amenazó, sus ojos
negros brillando con una furia que prometía consecuencias si no obtenía una
respuesta satisfactoria.
—Me llamo Hinata —respondió, su voz tranquila pero firme. Sus pálidas manos
apretaron los brazos trigueños de Tenten con una fuerza que le provocó una
mueca de dolor—. Hanabi confirmó que somos hermanas —añadió. La castaña
intentó soltarse, pero el agarre de Hinata era de hierro, imposible de resistir. —
También era conocida como la unidad 251227. Transportaba mercancía desde
el planeta Terra64 hasta el planeta Saporima. Desvié el curso de mi última
misión para intentar rescatar a las últimas Terranas que llevaría a la muerte —
continuó, su voz cargada de una determinación que no dejaba lugar a dudas—.
Y no he pasado por un infierno para permitir que cualquier terrana ponga en
duda mis verdaderas intenciones. — Finalmente, Hinata soltó a Tenten, pero no
sin antes darle un fuerte apretón que la hizo doblar brevemente su cuerpo. La
castaña retrocedió, frotándose los brazos con una mezcla de dolor y
resentimiento. Hinata se dirigió al resto de las mujeres, su mirada blanca
recorriéndolas una por una.
—Si vine hasta aquí, es porque quería comprobar el estado en el que se
encuentran, y responder algunas de sus preguntas —dijo—. Creo que tengo
diez minutos antes de que el Viks más fuerte de todos aparezca por esa puerta
y me saque de aquí; estoy segura de que no nos veremos muy seguido
después de que eso pase.
—¿Cambias nuestros planes de vida, nos secuestras, nos disparas y ahora solo
nos das diez minutos para responder todas nuestras dudas? —Ino saltó, su voz
llena de indignación y frustración.
—Sí, lamento si no te gusta, pero así son las cosas —respondió Hinata sin
vacilar, mirando directamente a Ino—. Tengo entendido que hay por lo menos
cuatro mujeres que pertenecían al distrito bajo —dijo, mientras Karin y Tenten
levantaban la mano, junto con otras dos mujeres.
Hinata señaló a Karin.
—Tú —comenzó—. En la base de datos que descargaron en mis implantes
figurabas como la miembro más joven de la familia Xun, considerados por
muchos como nuevos ricos porque encontraron piedras de energía en sus
terrenos. Pero puedo intuir que esa información es falsa.
Su tono era directo, pero no juzgaba; buscaba la verdad.
—Esos bastardos —masculló Karin entre dientes, su voz llena de resentimiento
—. Nada de eso es verdad. Soy la líder de una resistencia, o lo era, hasta que
Hanabi llegó amenazando con matarnos a todos si yo no la acompañaba
pacíficamente —confesó, su tono amargo pero firme.
—Mierda...
Hinata sintió cómo sus piernas flaqueaban por un momento, como si el peso de
la revelación la hubiera golpeado físicamente.
—Intuía que tarde o temprano empezarían a llevarse mujeres de los distritos
más bajos, pero no esperaba que lo hicieran tan pronto —dijo, mirando a Karin
directamente a los ojos—. Puedes preguntar —añadió, dispuesta a responder
cualquier cosa que Karin quisiera saber.
—¿Sabías lo que sucede una vez las mujeres son llevadas al planeta Saporima?
—preguntó Karin, su voz tensa pero llena de una necesidad genuina de
entender.
Hinata suspiró profundamente antes de responder, como si el solo hecho de
recordar le causara dolor.
—He visto el horror con mis propios ojos. He estado allí —confesó, su voz
temblorosa pero llena de convicción.
La furia desfiguró brevemente su rostro, revelando una rabia contenida que
rara vez mostraba.
—Pero, al igual que tú, solo podía obedecer sus órdenes. Fui capturada cuando
tenía diez años, y mi cuerpo ha sido manipulado desde entonces al antojo de
los Saps. Me convirtieron en una piloto de guerra antes de ser confinada para,
posteriormente, ser una piloto de carguero —resumió lo mejor que pudo—.
Ustedes fueron asignadas para ser mi última misión —continuó, mirando a
cada una de las mujeres—. La habría completado sin problemas ni
remordimientos —admitió, sin intentar endulzar la verdad— pero, tres ciclos
atrás, un carguero a la deriva impactó contra el mío —empezó Hinata sin
dirigirse a nadie en particular—. La explosión alcanzó la cabina. Quemó los
mandos y dañó los chips que llevaban años atados a mi corteza cerebral. No
estoy segura de por qué no me reemplazaron… quizá no les importaba. Quizá
creyeron que igual funcionaría. — Algunas de las presentes apenas respiraban.
Hinata hablaba sin dramatismo, sin pausa, como si desenterrar los recuerdos le
exigiera mantenerse en pie con cada palabra. —Aproveché el fallo, esa
pequeña brecha que se creó en mi conciencia cuando Temari forzó uno de los
paneles durante su encierro. Sabía que la única forma de librarme de todo lo
que tenía en mi cabeza era mordiendo los cables que quedaron expuestos. Los
freí. El cortocircuito me devolvió el control, o al menos una parte. Decidí
llevarlas a un planeta seguro… era eso… o dejarlas terminar su viaje.
Temari dio un paso al frente. Sus ojos ardían.
—¿Y esperas que te lo agradezcamos? ¿Acaso tienes idea de lo que costó
prepararnos para ese viaje? Nos educaron desde niñas para servir a los Saps,
para hacer un "honor a nuestras familias". ¿Y tú lo arruinaste todo por un
ataque de locura?
Hinata la miró por primera vez. No con rabia, ni siquiera con reproche. La vio
como se ve a alguien que aún no ha despertado.
—Puedo llevarte de vuelta, si eso quieres —dijo, sin levantar la voz—. Dejaré
una nave flotando cerca de su atmósfera. Ellos la detectarán. Subirán a bordo.
Te recibirán con flores y palabras suaves. Y cuando despiertes con algo
desgarrándote desde dentro… recordarás esta conversación. —El silencio cayó
como una losa. Ni siquiera Temari respondió. Se quedó ahí, con el ceño fruncido
y las manos crispadas, pero sin palabras que la salvaran. —No vine a
convencerlas —siguió Hinata, dirigiéndose al resto—. Pero si hubieran llegado a
ese planeta, habrían suplicado por morir en las primeras veinticuatro horas. No
hay ceremonia. No hay destino. Solo larvas; Voraces e Impacientes.
La voz le tembló, solo una vez, pero lo suficiente para que varias desviaran la
mirada.
—¿Cómo sabemos que no estás mintiendo? —preguntó Ino. Su tono era distinto
al de Temari. No venía desde la furia, sino desde el miedo.
—No lo saben —respondió Hinata, sin dudar—. Pero yo sí. Lo viví. Lo vi. Y nadie,
ni siquiera ustedes, merece lo que vi allá.
Shizune se acercó a su lado. No necesitó permiso para hablar.
—Esto es Valhalla. No es el Edén. No esperen promesas de cristal. Pero aquí no
son ganado. Nadie las va a tocar en contra de su voluntad —
Hinata asintió despacio. Como si esas palabras fueran también para ella.
—Pensé en entregarlas al Consejo Universal —murmuró—. Pero ellos lo sabían
todo desde el inicio. Siempre lo supieron. Solo necesitaban que Terra64 siguiera
entregando cuerpos. Esas mujeres no desaparecen. Las digieren.
Sakura, que hasta ese momento no había emitido un solo sonido, se adelantó
un paso.
—¿Y si alguien… quisiera volver a casa? No a Saporima… a Terra64 —
Hinata la observó en silencio, pero fue Shizune quien respondió.
—Ya no pueden. Porque ya no son útiles para ellos. Y porque ya no son
propiedad de nadie. —La joven apretó los labios. Las lágrimas no cayeron, pero
bastaba ver sus ojos para saber que temblaban. —Hemos conseguido alguna
información del carguero en donde eran transportadas; tu apellido ha estado
en esa lista por generaciones —añadió Shizune, en voz baja—. Tus abuelos. Tus
tíos. Tus padres. Todos sabían lo que se hacía con las niñas que nacían en tu
casa y nadie detuvo hizo nada para detenerlos—
La puerta lateral se abrió con un siseo mecánico. Todas giraron instintivamente.
La enorme figura entró sin prisa. Había algo en él que desplazaba el aire, una
calma densa que obligaba al resto a retroceder sin darse cuenta. Caminó hasta
Hinata, la levantó entre sus brazos sin pedir permiso ni ofrecer explicaciones.
Ella se dejó llevar. Antes de salir, se detuvo en el umbral. Hinata, sin mirar
atrás, alzó la voz.
—Aquí nadie las forzará a nada. Si alguien lo intenta, vengan a mí. Aunque no
me crean, aunque me odien, no están solas. — Y entonces, justo cuando la
puerta empezó a cerrarse, giró un poco el rostro. Lo suficiente para que su voz,
más firme esta vez, alcanzara a todas: —Van a estar bien.
Luego, el eco metálico selló la escena.
Las que quedaron dentro se quedaron en silencio. Ninguna sabía qué hacer con
esa sensación. Con esa mezcla extraña entre rabia, alivio… y una verdad que
ya no podía desoírse.
O-O-O-O-O-O
Hinata permitió que Naruto la cargara como un saco de comida mientras
avanzaban por los pasillos metálicos del centro de sanación. Sus brazos y
cabeza colgaban sin fuerzas, pero podía sentir la tensión en su cuerpo. Sabía
que, esta vez, ninguna palabra bastaría para calmarlo.
—Naruto —la voz de Tsunade sonó desde algún punto delante de ellos, aunque
Hinata, en esa posición, no alcanzaba a verla.
—Ni una palabra, Tsunade —gruñó él sin detenerse—. No te perdonaré tan fácil
esta vez.
—Pregúntame cuánto me importa tu perdón —replicó la mujer, con un gruñido
bajo—. Solo quería decirte que no deberías cargarla así, neandertal ignorante.
Toda la sangre se le está yendo a la cabeza y a los brazos. —Naruto reaccionó
de inmediato. La bajó al suelo con un gesto torpe y le dio la espalda,
cruzándose de brazos. —¿Cómo te sientes? —preguntó Tsunade, acercándose
para examinarle los ojos con rapidez.
—Un poco mareada —murmuró Hinata, bajando la mirada—. Gracias por
ayudarme. Ver que están bien… significa mucho.
—Es un honor servirte, Hinata —respondió Tsunade con seriedad, entregándole
un pequeño paquete—. Lo prometido. Hay instrucciones dentro, pero también
modifiqué tu traductor. Ahora puedes comunicarte conmigo o con Kushina
cuando lo necesites. — Hinata asintió. —Bien… me marcho antes de que a este
bruto se le revienten las venas —le susurró al oído mientras la tomaba
brevemente de los hombros—. Recuerda lo que te dije sobre cómo contentar a
un macho Viks sobreprotector. — Y se fue, dejándola de pie frente a Naruto.
—¿Estás herida? —preguntó él de pronto, cerrando la puerta tras ella con un
gesto seco.
—No —respondió Hinata, levantando al fin los ojos.
Naruto seguía de espaldas. Sus hombros subían y bajaban apenas con la
respiración. Se estaba conteniendo.
—Sabías que podían atacarte —dijo al fin, con la voz ronca, como si las
palabras le rasgaran la garganta—. Sabías que no todas querían escucharte.
Que muchas aún te odian. ¿Sabes cómo reaccionan los Terranos ante lo
desconocido? Pudieron despedazarte viva.
Hinata entrelazó los dedos. No respondió de inmediato.
—Lo sabía.
—¿Y aun así fuiste?
Él se giró al decirlo, con los ojos encendidos en rojo.
—No podía quedarme al margen —contestó ella sin apartar la vista—. Si me
callo, seguirán peleando entre ellas, destruyéndose poco a poco. No van a
entender nada si solo las observo desde una esquina.
Naruto frunció el ceño, dando un paso hacia ella.
—No te digo que no hagas nada. Te digo que no lo hagas sola. Que no te lances
de cabeza al fuego sin avisar. Estabas rodeada de mujeres que alguna vez te
humillaron. Que aún creen que vales menos que el uniforme que llevabas.
—¿Y si me pasa algo? —preguntó sin elevar la voz, pero con los ojos fijos en él
—. ¿Qué harías? ¿Vas a encerrarlas a todas? ¿Matar por mí?
Él bajó la mirada, apretando la mandíbula. Las manos le temblaron por un
instante.
—No tienes idea de lo que sería capaz de hacer si vuelven a tocarte.
Hinata se enderezó. Ahora estaban frente a frente.
—Entonces no me encierres. No me protejas como si fuera tu posesión. Déjame
elegir, incluso si eso significa arriesgarme. Si me golpean otra vez, me
levantaré. No eres el único que ha tenido que sobrevivir.
Naruto inspiró hondo. Cerró los ojos por un momento.
—Eres más terca que cualquier guerrero que haya entrenado.
Se hizo un silencio. No tenso, sino necesario. Como si ambos necesitaran ese
instante para que el cuerpo dejara de temblar. Naruto alargó la mano y le rozó
la mejilla con los dedos, con una delicadeza que contrastaba con su fuerza.
Acarició su piel como si necesitara asegurarse de que aún estaba completa.
—Solo prométeme que la próxima vez me dirás a dónde vas —murmuró—. No
me importa si es al centro del infierno. Pero no me dejes buscándote sala por
sala, con el corazón en la garganta.
Hinata apoyó la frente contra su pecho.
—Prometo avisarte... — Naruto no dijo nada. Solo la abrazó, apretándola contra
él como si ese calor bastara para calmar el incendio que sentía por dentro.
El trayecto de regreso fue silencioso al principio. El eco de sus pasos resonaba
en los pasillos metálicos, interrumpido solo por el zumbido lejano del sistema
de ventilación. Naruto caminaba con una mano en la espalda baja de Hinata,
sin apuro, como si vigilara cada uno de sus pasos.
—¿Estás segura de que puedes caminar? —preguntó sin mirarla directamente.
—Estoy bien —respondió ella, aunque no rechazó el roce constante de su
mano, que la mantenía anclada.
—¿A dónde vamos?
—Pensé en regresar directamente a nuestros terrenos, pero quiero enseñarte
una vista que sé que te va a encantar.
La condujo hasta una especie de terraza donde una pequeña nave flotante
aguardaba. De forma ovalada y ligera, su superficie tenía un acabado metálico
que cambiaba sutilmente de color con la luz del entorno. Alas cortas
sobresalían a los lados como aletas plegables, y el interior, visible por un domo
transparente, parecía tan cómodo como un nido suspendido en el cielo.
—Vamos —dijo Naruto, abriendo la puerta del copiloto. La ayudó a subir con
cuidado y luego se sentó a su lado. —Esta era de mi madre, pero si te gusta,
podemos conseguir una parecida para movilizarnos por Valhalla.
Hinata estuvo a punto de decirle que no era necesario gastar dinero en ella,
pero la expresión de anhelo en los ojos de Naruto la hizo suspirar y asentir
torpemente.
—Vamos.
Valhalla desde el aire era un espectáculo imposible de describir con palabras.
El cielo no tenía un color único, sino una mezcla de tonalidades líquidas: azules
translúcidos, verdes iridiscentes, destellos dorados que atravesaban nubes que
parecían estar vivas. No había una línea clara entre tierra y cielo: todo se
fundía en una sinfonía salvaje y hermosa. Había cascadas que ascendían en
lugar de caer, montañas flotantes cubiertas de vegetación luminosa, y
criaturas aladas de piel perlada que se deslizaban en bandadas, pintando
surcos sobre el firmamento con cada aleteo lento y elegante. Árboles titánicos
crecían en esferas aéreas, con raíces suspendidas como hilos de cristal, y a
veces, estructuras habitadas se encaramaban sobre plataformas móviles
impulsadas por energía orgánica.
Naruto manejaba el vehículo con una sola mano. La otra descansaba
relajadamente sobre su muslo. La miró de reojo.
—¿Qué? —preguntó sin quitarle los ojos de encima—. Estás sonriendo sola.
Hinata desvió la mirada del cristal y lo miró.
—¿Esto es real?
—¿Qué parte?
—Todo. El cielo. Los árboles flotantes. Esas bestias que se mueven como si
fueran parte del viento...
Naruto redujo la velocidad del vehículo, apenas, como si le regalara más
tiempo para contemplar.
—Todo eso es Valhalla. Todo lo que somos lo hemos construido con nuestras
propias manos. Estamos orgullosos de ello.
Hinata apoyó la frente contra el cristal y sonrió con más amplitud.
—Quiero vivir aquí siempre.
Él no respondió. La observó un segundo más, como si esa frase tuviera peso,
como si acabara de sellar algo sagrado sin notarlo. El silencio se alargó hasta
que Hinata bajó la vista al paquete que llevaba en el regazo. Lo abrió apenas,
como si quisiera confirmar algo.
—¿Qué te dio exactamente?
Naruto señaló con la cabeza el paquete, como si le incomodara preguntar en
voz alta.
Hinata dudó. Luego, bajó un poco el volumen.
—Compresas, pastillas… cosas para el ciclo —dijo con voz neutra, sin
vergüenza.
Naruto parpadeó.
—¿Ciclo? ¿Te refieres al sangrado?
Ella asintió.
—¿Ustedes…?
—Una hembra Viks empieza su sangrado cuando conoce a su Ástminn. Su
cuerpo comienza a “alistarse” para la reproducción. En los machos, inicia una
especie de calor cuando reconocen a su pareja, y otro más fuerte cuando el
sangrado termina. —Se removió un poco, incómodo—. Solemos sincronizarnos
así, para procrear.
—¿Por eso tus cuernos están casi siempre en punta?
Naruto gimió bajito. Esa mujer lo iba a matar con su inocencia brutal.
—Si no quieres que te folle en el vehículo de mi madre, no hablemos de mis
cuernos ahorita. —Soltó una risa corta por la nariz al ver el rostro de Hinata
teñirse de un rojo brillante. —Y… cuando sangras, ¿duele?
—No lo sé —respondió ella, sincera—. He oído que se producen calambres en la
espalda baja, y cansancio. Pero nunca lo he experimentado, así que no puedo
decirte cómo se siente. —Tomó aire. —Tsunade me dijo que se debe a la
condición en la que los Saps mantenían mi cuerpo. Ella cree que sucederá
pronto.
Naruto se quedó pensativo.
—Entonces avísame. Cuando te duela o te sientas… incómoda. No quiero que
estés sufriendo mientras te desangras por dentro.
Hinata lo miró de reojo, divertida.
—No me voy a desangrar por dentro, exagerado.
—Bueno, no puedo evitar imaginarlo. Cuando alguien menciona “sangrado”, lo
primero que pienso es en heridas abiertas.
—No es tan dramático.
—Para ti. Para mí suena como una alarma de emergencia.
Hinata soltó una risa suave. El humor torpe de Naruto le aliviaba los músculos
tensos, incluso si él no lo hacía a propósito. Surcaron los cielos durante varias
horas más. Naruto le mostró regiones de belleza desbordante: valles donde la
tierra cantaba al ser pisada, bosques de hongos gigantes que brillaban con luz
propia, lagos suspendidos entre nubes y ciudades construidas en espirales
verticales que se aferraban al cielo como torres de caramelo pulido.
Solo cuando ella empezó a bostezar, él fijó rumbo hacia su hogar.
—Ya estamos cerca de nuestros terrenos —anunció Naruto—. Esta vez vas a
descansar, sin protestas. Te llevare a una propiedad un poco mas pequeña,
porque siento que estarás más cómoda allí —
—No pienso discutirlo —dijo Hinata, y por primera vez desde que dejó el cuarto
de las Terranas, soltó una pequeña carcajada —
Naruto la miró de reojo y le devolvió la sonrisa, breve, pero sincera.
—Voy a buscarte algo caliente para beber. Kushina insistió en dejarte unas
bolsas raras de raíces que saben a barro, pero calientan bien.
—¿Raíces con sabor a barro? Suena reconfortante —ironizó.
—No te quejes hasta probarlas. El barro Viks tiene prestigio.
—Me la tomaré… pero no creas que estaré feliz —respondió, cruzando los
brazos sobre el paquete que aún llevaba consigo—. Tengo que aprender a usar
esto sola.
Naruto arqueó una ceja.
—¿Ni siquiera puedo ayudarte con las instrucciones?
—No —dijo ella, alzando una ceja con picardía—. Aunque admito que sería
gracioso verte intentando entender qué hacer con una compresa adhesiva.
—Probablemente la pegaría al revés —confesó él, resignado.
El vehículo comenzó a descender. Bajo ellos, las tierras de Naruto se
desplegaban como un nido dorado entre colinas suaves, rodeadas por árboles
de ramas vivas que se movían al ritmo del viento. En el centro, una
construcción orgánica, hecha de roca respirante y placas oscuras, emergía del
terreno como si siempre hubiera estado allí, esperando. En cuanto al tamaño,
era casi igual de imponente a la primera, solo que esta se veía un poco mas
acogedora.
—Bienvenida a casa —dijo él.
Hinata cerró los ojos. Nunca se cansaría de esa palabra: “casa”.
Naruto apagó el motor y durante un segundo permaneció quieto, observándola
en silencio. El reflejo de las luces externas dibujaba ondas cálidas en su rostro
y el de Hinata, como si el vehículo mismo respirara despacio con ellos.
—Quédate ahí —dijo suavemente.
Se bajó primero, rodeó la nave y le abrió la puerta como si se tratara de una
ceremonia antigua. Hinata lo miró con una mezcla de fastidio fingido y ternura
real.
—Puedo caminar, sabes.
—Lo sé —respondió él—. Pero también sé que acabas de vivir algo... diferente.
No quiero que tengas que ser fuerte todo el tiempo. Conmigo puedes aflojar un
poco.
La frase la desarmó. Se dejó ayudar, esta vez sin resistencia, y cuando sus pies
tocaron el suelo, un leve temblor recorrió sus piernas. Naruto no dijo nada, solo
deslizó su brazo bajo el de ella, fuerte y paciente, guiándola por el sendero de
piedra cálida que conectaba con la vivienda principal.
El aire de Valhalla olía a resina dulce y a lluvia futura. A lo lejos, un árbol
gigante extendía sus ramas vivas como tentáculos celestiales que absorbían
luz de las estrellas más cercanas. Una criatura translúcida, parecida a una
medusa de tierra, flotaba cerca del techo, emitiendo suaves pulsos de color
ámbar. Cada paso los llevaba más adentro de ese mundo que parecía entre
soñado y real, donde incluso el silencio tenía su propia música. Hinata sabia
que estaba en el mismo planeta, pero era tan grande y tan diverso que ese
espacio parecía sacado de un mundo totalmente diferente.
—¿Qué es eso? —susurró Hinata, señalando una esfera flotante que se
encendía a su paso. — En la otra casa no estaba —
—Sensor de energía vital —respondió Naruto sin detenerse—. Reconoce tu
firma. Ya eres parte del sistema. Si alguien que no vive aquí intenta entrar, se
apaga o lo rechaza. Esta zona tiene animales salvajes que son un poco
invasivos y una simple puerta metálica no los detiene—
—Así que ya pertenezco a este lugar…
—Ya me perteneces —dijo él, sin pensarlo, y luego se mordió la lengua—. Eres
mía de pies a cabeza, espero que no te moleste eso —
—No me molesta eso —respondió ella bajito. — Porque tú también eres mío —
Ambos se detuvieron frente a una puerta formada por placas que se abrieron
como pétalos al reconocer la energía de Naruto. Dentro, la casa olía a madera
quemada y raíz hervida, cálido y hondo, como si alguien los hubiera estado
esperando todo el día. Una lámpara de savia iluminaba el vestíbulo con una luz
dorada y líquida. En el fondo, una cocina excavada en piedra negra desprendía
vapor de una pequeña tetera donde ya burbujeaba la infusión de raíces.
—Kushina… Creo que ha estado espiando la ruta del Draknahir desde que
abandonamos el centro médico —murmuró Naruto, sonriendo—. Lo dejó
preparado. Le he dicho mil veces que se mantenga alejada de mis terrenos,
pero no hace caso — La llevó hasta una estructura hundida que servía como
sofá, tapizado con fibras suaves que se moldeaban al cuerpo. Hinata se dejó
caer con una exhalación de alivio. —¿Puedes…? —Naruto señaló el paquete—
¿Guardarlo aquí, o prefieres llevarlo a nuestra habitación?
Ella lo miró, indecisa por un instante, y luego colocó el paquete a un lado del
sofá, cubriéndolo parcialmente con una manta.
—Aquí está bien. Cuando llegue el momento te lo diré y lo dejaremos en la
habitación de aseo ¿Te parece bien? —
Naruto asintió. Fue hasta la cocina, sirvió la infusión en una taza de piedra
translúcida y regresó. Se arrodilló frente a ella, le ofreció la bebida con ambas
manos.
—Al barro sagrado de los Viks —dijo en tono solemne. — Descansa y yo
cocinare algo para ambos —
Hinata lo miró fijamente, aceptó la taza y bebió sin hacer mueca. El sabor era
extraño, terroso, pero no desagradable. Al contrario: había algo calmante en su
textura, como si sus entrañas reconocieran el líquido y se soltaran,
agradecidas.
—No está mal —admitió.
—¿Lo ves? Barro con clase.
—¿Y ahora qué? —preguntó ella mientras envolvía sus piernas bajo la manta—
Puedo ayudarte a preparar la cena —
Naruto la observó. Se sentó a su lado, sin romper el contacto visual.
—Ahora descansas mientras yo cocino — El Viks se cruzó de brazos —
Cenaremos y descansaremos. Mañana será otro día. Tenemos mucho tiempo
para todo: para enseñarte a vivir aquí o en cualquier propiedad que escojas,
para volar más lejos, para conocer a los nuestros, incluso para intentar
establecer vínculos entre tu y las Terranas… pero hoy solo quiero que sepas
que este lugar —dijo, tocando el sofá, la pared, su pecho— es tuyo. Eres libre,
Hinata. Libre de verdad.
A Hinata se le nublaron los ojos un segundo. Tragó saliva.
—Libre.
—Sí. No eres una prisionera. No eres una herramienta. No estás sola. Eres mi
Ástminn.
—Y tú eres… mi hogar.
Naruto tomó su mano. La apretó con fuerza suave. Luego se inclinó, le rozó la
frente con los labios, y la mantuvo allí por largos segundos. Hinata cerró los
ojos. En silencio, se rindió a ese momento como si toda su vida hubiera sido
una cuesta arriba… y por fin, por fin, había encontrado un lugar donde sentarse
a respirar.