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Sunlight - Devney Perry

El documento presenta un fragmento de una novela titulado 'Sunlight', donde se narra un encuentro entre dos personajes, Jax y Sasha, en un supermercado. Jax interviene en una disputa entre Sasha y la propietaria del supermercado, lo que lleva a una conversación amena y coqueta entre ellos mientras caminan hacia la casa de Sasha. A medida que se desarrolla la interacción, se establece una conexión entre los personajes, sugiriendo un posible interés romántico.

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Sunlight - Devney Perry

El documento presenta un fragmento de una novela titulado 'Sunlight', donde se narra un encuentro entre dos personajes, Jax y Sasha, en un supermercado. Jax interviene en una disputa entre Sasha y la propietaria del supermercado, lo que lleva a una conversación amena y coqueta entre ellos mientras caminan hacia la casa de Sasha. A medida que se desarrolla la interacción, se establece una conexión entre los personajes, sugiriendo un posible interés romántico.

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Índice

1. Jax
2. Sasha
3. Jax
4. Sasha
5. Jax
6. Sasha
7. Jax
8. Sasha
9. Sasha
10. Jax
11. Sasha
12. Jax
13. Sasha
14. Jax
15. Jax
16. Sasha
17. Jax
18. Sasha
19. Sasha
20. Sasha
21. Jax
22. Sasha
23. Jax
24. Sasha
25. Jax
26. Sasha
27. Jax
28. Sasha
Epílogo Jax
Agradecimientos
Título original inglés: Sunlight.
Esta edición ha sido posible gracias a un acuerdo
con Amazon Publishing ([Link])
a través de Sandra Bruna Agencia Literaria.

© del texto: Devney Perry, 2024.


© de la traducción: Laura Rins Calahorra, 2025.
© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S. L. U., 2025.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
[Link]

Primera edición en libro electrónico: septiembre de 2025

REF.: OBDO575
ISBN: 978-84-1098-439-4

Composición digital: [Link]

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de
reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a
las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos
Reprográficos, [Link]) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra
([Link]; 91 702 19 70 / 93 272 04 47). Todos los derechos reservados.
1

Jax

El rugido que resonó en el aparcamiento del supermercado IGA parecía más


animal que humano.
—Voy a llamar a la policía.
¿Qué narices? Las puertas automáticas de la tienda se cerraron detrás de
mí justo cuando vi a Carla, la propietaria, discutiendo con una clienta.
Ambas se aferraban a los extremos opuestos de un carrito lleno de bolsas de
papel.
—No estoy robando. —La mujer tiró del carro—. Lo juro. Por favor.
Necesito llevarme esto ahora, pero lo devolveré.
Carla soltó un bufido.
—¿Espera que me crea esa patraña?
Mi camioneta estaba estacionada en la otra punta del aparcamiento, pero,
en vez de marcharme a casa, me dirigí al lugar del conflicto.
—Devuelva. Esto. Ya.
Carla subrayó cada palabra con un tirón tan fuerte que estuvo a punto de
levantar a la joven clienta por los aires.
—Por favor. Lo que hay dentro es mío. Lo acabo de comprar. Solo
necesito llevármelo a casa. —Hizo un ademán con el brazo—. Son tres
manzanas. Estaré de vuelta en menos de quince minutos.
—No dejaré que me robe el carrito.
—No estoy robando…
—Señoras. —El tira y afloja cesó en cuanto posé la mano en la reja
metálica del carro—. ¿Va todo bien?
—No, no va bien. —Carla tenía la cara encendida cuando centró la
atención en mí. Sus mejillas hacían juego con el pelo, de un pelirrojo muy
vivo—. Me quiere robar el carrito.
La joven abrió la boca, pero la cerró de golpe y tomó aire para recobrar la
compostura. A continuación, me miró, y me dio un vuelco el corazón.
Preciosos ojos marrones. Cabello largo y liso del mismo tono chocolate,
tan brillante que sus mechones reflejaban la intensa luz del sol del atardecer.
Rostro en forma de corazón, con facciones delicadas, y una graciosa nariz
cubierta de pecas.
«Mierda». ¿Quién era? Jamás la había visto por el pueblo, de eso estaba
seguro. Tenía una cara que, sin duda, habría recordado.
—He venido andando desde casa.
Pronunció cada palabra con una voz suave y calmada. Cada sílaba servía
para rebajar la tensión. Con cualquier otra persona, seguramente se habría
salido con la suya; pero Carla era… Carla, y no destacaba por ser
comprensiva.
—Di por hecho que las bolsas serían de plástico —añadió la mujer.
Ah. Ese había sido el error. Carla detestaba el plástico.
—Odio el plástico —le espetó la tendera—. Es malo para el medio
ambiente.
La joven levantó una mano mientras con la otra sujetaba con fuerza el asa
del carrito.
—No se lo discuto. Solo es que contaba con que hubiera bolsas de
plástico y poder llevar varias a la vez hasta mi casa, que está a tres
manzanas. No puedo cargar con todas estas bolsas de papel.
En el carro había al menos seis, además de cuatro litros de leche.
—Usted misma me ha cobrado la compra —siguió diciendo la mujer
mientras miraba a Carla con ojos suplicantes—. Llevo helado para celebrar
que acabo de mudarme. Solo quiero irme a casa y meterlo en el congelador
antes de que se derrita.
Carla frunció los labios.
—De acuerdo. —Saqué la cartera y le tendí un billete de cien dólares—.
Carla, ¿cuánto vale un carrito de estos?
—Doscientos setenta dólares más gastos de envío.
Cómo no; se sabía el precio de memoria. Tal vez no fuese una persona
comprensiva, pero dirigía su negocio con mano de hierro.
—Toma. —Saqué otros dos billetes de cien y le tendí el dinero—. Te lo
dejo en depósito. Acompañaré a esta señora a su casa y volveremos con el
carrito. Si no es así, con este dinero podrás comprarte otro.
—Muy bien.
Carla me arrancó los billetes tan rápido que estuvo a punto de hacerme
un corte con el papel. Después obsequió a la mujer con una mirada
fulminante antes de alejarse hecha un basilisco.
—Madre mía… —Por fin la joven soltó el carrito y se llevó las manos a
la cabeza para frotarse las sienes—. No sé si debería sentirme furiosa o
avergonzada.
Me eché a reír.
—A veces a Carla le pueden los nervios.
—Vaya. —Soltó una larga exhalación—. ¿Es esto lo que me espera cada
vez que venga a comprar?
—Qué va. La única vez que la he visto tan furiosa fue el día que pilló a
su hijo birlando condones cuando éramos adolescentes. Aún disfruta
echándoselo en cara, pero de eso hace quince años, nada menos.
—¿Solo quince años?
Elevó una de las comisuras de sus labios sonrosados. Dios, qué guapa
era.
—Al final lo dejará estar. A lo mejor tarda un par de décadas, pero yo no
perdería la esperanza.
La mujer bajó la vista al carrito, conservando su discreta sonrisa.
—Gracias.
—De nada.
—No tiene que custodiarme hasta mi casa. Le prometo que lo devolveré.
—Seguro que Carla nos está vigilando desde la puerta. Yo que usted no
me arriesgaría a que me cogiera ojeriza, o sea que o la acompaño andando o
me deja que la lleve en coche. Solo déjeme decirle que, si opta por lo
último, le soltaré inmediatamente un sermón sobre el peligro de subirse a
vehículos de desconocidos.
—No necesito sermones. Iré andando, gracias. Pero tampoco me apetece
que un extraño al que acabo de conocer en el aparcamiento del súper sepa
dónde vivo.
—Bien pensado —dije entre risas—. Puedo darle referencias. El sheriff
es un buen amigo mío. Podemos llamarlo para que venga y atestigüe a mi
favor. Claro que es muy posible que el helado no sobreviva a la espera.
—Pues entonces, por el bien de la tarrina de nata con cookies, me
arriesgaré a que me acompañe andando. —Cogió el asa del carrito y se
dirigió a la acera—. Lo siento mucho. Le he chafado la compra.
—No pasa nada. Ya la he hecho. —Saqué los rasca y gana del bolsillo de
los vaqueros y se los enseñé antes de volver a guardarlos—. Tengo un trato
con mi abuelo. Todas las semanas le compro un rasca y gana en cada una de
las dos gasolineras del pueblo y otro en el supermercado. A cambio, mi
abuela me invita a cenar una o dos veces.
—O sea que su abuelo tiene la oportunidad de hacerse rico y usted
disfruta de cenas gratis. ¿Y su abuela qué? Me parece que sale perdiendo.
—Bueno… Le doy varios abrazos cuando voy a cenar.
Ella elevó sus cejas de arco perfecto. Me acerqué un poco más.
—Doy unos abrazos impresionantes.
A la mujer le brillaron los ojos mientras se reía en silencio. Inició el
trayecto con paso ligero y natural.
Las ruedas del carrito traqueteaban sobre el pavimento y amortiguaban el
ruido sordo de mis botas de vaquero a medida que recorríamos la primera
manzana y la dejábamos atrás con demasiada rapidez.
—Creo que no he conocido nunca a nadie que ande tan deprisa. —Por lo
general, siempre tenía que aminorar la marcha cuando caminaba al lado de
una mujer, pero no era el caso—. No será por el helado, ¿verdad?
—Siempre ando deprisa. —Se encogió de hombros al tiempo que
llegábamos a la primera esquina, y los dos miramos a ambos lados antes de
cruzar. Al momento, estábamos en la segunda manzana y avanzábamos a
todo trapo.
Pero aún no estaba dispuesto a que ese trayecto acabara. No tan pronto.
—Cuéntame una mentira.
Ella aminoró el paso (misión cumplida) y frunció el ceño.
—¿Eh?
—Que me cuentes una mentira.
—¿Por qué?
—¿Y por qué no? Me parece más interesante que charlar por charlar.
—Nadie me ha pedido nunca algo así. —Las comisuras de sus labios
esbozaron un amago de sonrisa—. Pero vale. Me encantan los sándwiches
de queso.
—¿Qué? —Me detuve en seco—. ¿No te gustan los sándwiches de
queso?
—Ni un poquito.
Me llevé la mano al corazón.
—Es una de las dos cosas que sé cocinar.
—¿Y cuál es la otra?
—El desayuno como cena. Mis abrazos son impresionantes y mis tortitas
también.
Y provocar orgasmos, pero eso prefería demostrarlo, no decirlo.
—Nunca he cenado un desayuno —dijo ella.
—¿Cómo? —Mi mandíbula estuvo a punto de chocar con la acera—.
Nunca has cenado un desayuno… Pues es una lástima.
—Siento decepcionarte.
Esa vez su sonrisa fue más amplia, y siguió andando.
—Cuéntame un secreto.
—¿Secretos y mentiras? Creo que es la conversación más rara que he
tenido nunca con un desconocido.
Rara, sí, pero, con suerte, inolvidable.
Lo pensó unos instantes antes de contestar y al fin respondió:
—No me gustan los gatos.
—Eres un monstruo. —Fingí horrorizarme y volví a llevarme la mano al
pecho—. Carla tenía razón. Ibas a robarle el carrito, ¿verdad?
Ella soltó una carcajada y eso la transformó, como si hubiera encendido
una luz que le irradiara el rostro. Sus ojos marrones emitieron un destello
que reveló pinceladas de oro y canela. Sus dientes, blancos y regulares,
resplandecieron al tiempo que sus mejillas se teñían de rosa.
«Vaya. Joder».
Me estaba metiendo en un lío.
—En mi defensa diré que soy alérgica —aclaró—. Pero preferiría una
araña a un gato como mascota, y mira que me dan miedo las arañas. Los
gatos no, pero no me gustan. Son demasiado independientes.
—¿Y los pequeñitos?
—Son muy monos, pero no tanto como los perritos.
—O sea que te gustan los perros. ¿Y los caballos?
—No he tenido ninguno cerca.
Nunca había cenado un desayuno y no había estado con caballos. Podría
ocuparme de resolver ambos problemas.
Pero antes de poder invitarla a dar un paseo a caballo y cenar en el
rancho, señaló un edificio de dos plantas con la fachada cubierta de tablas
de color tostado. Por algún motivo, la tercera manzana había volado más
rápido que las dos primeras.
—Vivo aquí.
Era una casa algo antigua, pero el césped del jardín estaba recién cortado
y, dejando aparte la chatarra aparcada en el camino de entrada del vecino, la
calle se veía tranquila. En la acera de enfrente, el otro vecino había saturado
el patio con adornos hinchables de Halloween.
—Voy a guardar esto enseguida —dijo, deteniéndose al inicio del
sendero que conducía a la puerta principal.
—¿Quieres que te ayude?
—No, ya puedo.
—Vale.
Quizá algún día me invitase a entrar, pero mientras no dejara de ser un
desconocido, no pensaba insistir.
Hizo dos viajes corriendo con las bolsas hasta que vació el carrito y
volvió a reunirse conmigo en la acera.
—Ya lo devuelvo yo —le dije, y di media vuelta con el carro.
—¿Te parece bien si te acompaño? Mi honor está en juego.
«Joder, ya lo creo».
—¿Y quién soy yo para negarte la posibilidad de defender tu honor?
Sonreí cuando ella me dio alcance, acompasó la marcha con la mía y me
dejó llevar el carrito durante el camino de vuelta.
—Te toca. Cuéntame una mentira —dijo.
—Nunca miento.
—¿Esa es la mentira? ¿O me estás diciendo que no puedes contarme una
mentira porque nunca mientes?
Le guiñé un ojo.
—Eso no vale. —Puso los ojos en blanco—. Bueno, pues cuéntame un
secreto.
—No tengo secretos.
—Todo el mundo los tiene.
—Yo no.
Desde luego, en ese pequeño pueblo, no existían los secretos. Todos los
trapos sucios estaban tendidos y bien expuestos los unos junto a los otros, y
los míos no eran una excepción.
Examinó mi perfil mientras caminábamos.
—¿De verdad no vas a soltar prenda?
—Ya te lo he dicho. No miento y no tengo secretos.
Mantuve la mirada fija hacia delante mientras contenía la risa.
¿Cuándo fue la última vez que estuve tonteando de ese modo con una
mujer? ¿Quizá en la universidad? Las chicas del pueblo eran majas, pero
con ellas no era preciso ese tonteo preliminar. Mi buena planta me bastaba
para llevármelas a la cama. Y, si no, me valía mi apellido.
Pero, joder, eso era divertido. Estimulante. Esa joven tenía algo que la
hacía diferente. Era todo un desafío, ¿verdad?
En ese momento no se me ocurría nada mejor que ir a por ello. Pero ni
siquiera sabía su nombre.
—Como tienes helado para luego, ¿qué te parece si cenamos antes? —le
propuse—. No hay ningún sitio donde hagan tortitas, pero en el Thirsty
Turtle preparan unas hamburguesas riquísimas.
Ella guardó silencio y siguió andando.
Con cada paso, el corazón me latía más y más cerca de la garganta. Tenía
los nervios a flor de piel. ¿Estaría pensando en la manera de rechazarme?
Por primera vez en muchísimo tiempo, estaban a punto de darme calabazas,
¿verdad?
Me hizo esperar, y mi invitación pendía entre ambos cuando enfilamos el
último cruce y recorrimos el tramo de calle hasta el aparcamiento del
supermercado.
—Estás poniendo en riesgo tu reputación al relacionarte con una presunta
ladrona —dijo al fin.
«Hostia, sí». Eso era un sí. Me lo tomaría como un sí.
—Estoy dispuesto a correr el riesgo. —Le tendí la mano—. Soy Jax
Haven.
—Haven. —Por un momento, algo parecido al pánico mudó su
expresión, y abrió los ojos como platos—. ¿Del Rancho Haven River?
—Sí —dije arrastrando un poco la palabra.
Mi apellido solía ser una ventaja. ¿Por qué, entonces, se había puesto tan
pálida?
—Ah. Hummm. —Se mordió el labio inferior al tiempo que daba un
paso atrás, y luego otro—. Gracias, creo que será mejor que me limite al
helado. Encantada de conocerte.
Un momento. ¿Qué? Antes de que tuviera tiempo de pedirle
explicaciones, dio media vuelta y se marchó.
Me quedé con la mano aferrando el carrito y la boca abierta hasta que
desapareció de mi vista.
—¿Qué coño ha pasado?
No. ¿Me había dicho que no?
¿Lo había malinterpretado? Estábamos tonteando, ¿verdad? ¿Qué narices
acababa de pasar?
Mi buen humor se fue a la porra. Dejé el carrito en la fila antes de entrar
en la tienda y extender la mano delante de Carla para que me devolviera el
dinero. En cuanto me lo dio, salí sin pronunciar palabra y volví a la
camioneta a pasos agigantados.
Conduje hasta el rancho acompañado por mi orgullo herido. Me preparé
tortitas para cenar e hice lo posible por no pensar en la morenaza que
debería estar compartiéndolas conmigo.

—¿Cuánto va a durar? —le pregunté a West.


—No lo sé. Diez minutos.
Suspiré.
—¿Qué hago yo aquí?
—Eres uno de los dueños del complejo turístico. —Me miró de reojo—.
¿Qué te pasa hoy?
—Nada —mentí.
Mi hermano frunció el ceño.
—Pues deja ya ese humor de perros.
—Hablas igual que papá —mascullé.
Adoraba a West, pero el hecho de que yo fuera nueve años menor era un
problema, pues había veces que me trataba más como a un hijo que como a
un hermano.
Estábamos de pie en el vestíbulo del edificio principal, bajo la luz de la
lámpara de asta de ciervo. Los huéspedes, sonrientes, daban vueltas
alrededor tomando café y sidra caliente. Una familia de cuatro miembros se
hallaba frente al mostrador de recepción, con el equipaje a los pies,
aguardando para firmar el registro de salida.
Esa mañana todo el mundo estaba muy contento. Excepto yo.
—Acabemos con la reunión cuanto antes.
Luego volvería a los establos para ensillar mi caballo y saldría a dar un
largo y estimulante paseo. Quizá pasara el día fuera, disfrutando del aire
fresco del otoño, y eso me ayudaría a olvidar a la mujer que había conocido
el día anterior en el supermercado.
Al despertarme esa mañana, su rechazo me carcomía. Aún era peor que
la noche anterior, que había pasado dando vueltas en la cama mientras
reproducía mentalmente, minuto a minuto, aquel paseo junto a ella. Ni
siquiera podía maldecir su nombre porque no sabía cómo se llamaba, joder.
Pero ella sí que sabía mi nombre. Y era evidente que le había bastado
para salir corriendo en dirección contraria.
¿Sería amiga de alguna chica con la que me había liado? Quizá conocía
mi debilidad por los rollos de una noche y había preferido apartarse. Pero
¿cómo lo había sabido? Era nueva en el pueblo, ¿no? A menos que, en los
círculos de solteras, mi fama fuese peor de lo que imaginaba.
—Para.
West me dio una palmada en el brazo.
—¿Qué pasa? —le ladré.
—Deja de poner esa cara. Finge una sonrisa, por el amor de Dios. Esto es
muy importante para Indya.
Le enseñé todos los dientes.
—Imbécil —masculló.
Relajé los labios y puse la mejor intención en suavizar el ceño que tenía
fruncido desde el día anterior.
—No sé por qué hace falta contratar a un gerente. Ya te dije que me
encargaría yo mientras Indya esté de baja por maternidad.
—Tú ya tienes bastante con lo tuyo. Y yo con lo mío. Al ritmo al que
está creciendo el negocio, necesitamos ayuda. Si alguien se ocupa de dirigir
el complejo y el rancho, todos estaremos más tranquilos.
—Vale. —Me crucé de brazos—. Pero espero que no sea marimandón, o
marimandona.
—Es una mujer. Y seguro que no será marimandona.
—Indya lo es conmigo.
West se echó a reír.
—Conmigo también.
De la única mujer en el mundo de quien West aceptaba órdenes de buen
grado era de su esposa. Quizá también aceptaría las de su hija, que estaba a
punto de nacer.
En el pasillo se oyeron unas voces que los guiaron hasta los despachos de
dirección, y West se volvió con una sonrisa de oreja a oreja al ver los rizos
rubios de Indya.
Solía meterme con él porque, cuando su mujer andaba cerca, se volvía un
puto bobalicón.
Pero me fue imposible articular palabra porque se me desencajó la
mandíbula.
Junto a Indya estaba la ladrona de carritos.
Guapa. Impresionante. Tan perfecta como el día anterior.
«Que me aspen».
La sonrisa de Indya se volvió más radiante al acercarse a West.
—Chicos, me gustaría presentaros a Sasha Vaughn, la nueva gerente.
Sasha, este es mi marido, West, y este es mi cuñado, Jax. Los tres somos
propietarios por igual del rancho y del complejo turístico.
Lo de «por igual» no era del todo cierto. A mí me pertenecía una ínfima
parte de ese sitio, en comparación con las de Indya y West. Pero ese detalle
no importaba en ese momento. No cuando tenía ante mí unos ojos
deslumbrantes y un suave cutis salpicado de pecas.
«Sasha». Se llamaba Sasha.
—Encantado de conocerte. —West le estrechó la mano—. Me alegro de
que estés aquí.
—Yo también me alegro, señor Haven.
—West. Llámame West —la corrigió.
—West.
Sasha me dirigió una sonrisa de cortesía cuando me miró a continuación.
Su cara no daba muestras de haberse sorprendido lo más mínimo, ni
tampoco de reconocerme. A lo mejor se lo esperaba. Ella ya sabía con quién
se encontraría esa mañana, pero ¿y yo?
No tenía ni puta idea.
—Encantada.
Extendió la mano en mi dirección.
O sea que era así como quería que fueran las cosas, ¿no? Quería fingir
que lo del día anterior no había pasado.
Muy bien. Le seguiría el juego. Por el momento.
—Igualmente. —En cuanto nuestras manos se rozaron, sentí un
cosquilleo bajo la piel. Y, por la forma en que abrió los ojos, ella también lo
notó. Esbocé una sonrisita mientras prolongaba el contacto con sus
delicados dedos un poco más de lo necesario, y luego la solté—.
Bienvenida al Rancho Haven River, Sasha.
2

Sasha

Tres meses más tarde…

Un ruido metálico resonó en la ducha y se prolongó como si algo se


estuviera abriendo paso por un laberinto de cañerías.
Tenía las manos en el pelo y los dedos cubiertos de espuma del champú.
El agua templada corría en cascada por mi cuerpo desnudo.
Hasta que dejó de hacerlo.
«No. No, no, no».
Ya solo caía un chorrito.
—Ay, Dios. —Aún no me había aclarado—. Vamos. —Cogí la manija del
grifo y la hice girar a ambos lados—. Por favor.
Abrir. Cerrar. Abrir. Cerrar. Nada.
La poquita agua que quedaba se coló por el sumidero con un gorgoteo.
Solté un gruñido y apoyé la frente en la pared.
—Tiene que ser una broma. ¿Cómo es que mi vida se ha convertido en
esto?
Odiaba esa ducha. Odiaba ese piso de alquiler.
Odiaba Montana.
Se me puso la piel de gallina al notar el aire frío. Salí corriendo de la
ducha y me envolví con una toalla. Luego me escurrí el pelo para eliminar
al máximo el agua y el jabón antes de correr hasta el armario y sacar unos
pantalones de chándal calentitos.
Quizá el agua volvería pronto, pero, si esperaba mucho, llegaría tarde al
trabajo. Y en ese momento el trabajo era lo único positivo de mi vida. No
podía llegar tarde.
Por eso, y porque en el vestuario de mujeres había una ducha que seguro
que tenía agua caliente.
Me apresuré a coger ropa limpia, un cepillo, el secador de pelo y el
estuche del maquillaje, y me puse unas botas de nieve antes de dirigirme
hacia la puerta.
El aire frío me sorprendió. Una simple bocanada me congeló los
pulmones. Antes de llegar al coche, mi pelo mojado empezó a volverse
blanco y a llenarse de carámbanos.
Me senté frente al volante del Mazda con el cuerpo temblando por el frío
que me calaba los huesos. Necesité dos intentos para introducir la llave en
el contacto. El motor emitió un ruido sibilante en señal de protesta, pero al
fin arrancó. Cuando encendí la calefacción, lo único que salió fue una
ráfaga helada que me dio en la cara, así que la apagué.
Al iluminarse el salpicadero, el termómetro marcó diez bajo cero.
—¿Qué estoy haciendo aquí?
Me froté las manos y las ahuequé frente a la boca para exhalar aire
caliente en las palmas.
Con los dientes castañeteándome, esperé unos minutos a que el coche se
calentara. Cuando el parabrisas estuvo por fin lo bastante deshelado como
para ver el exterior, me puse a circular por la calle cubierta de nieve
mientras echaba un vistazo al dúplex contiguo a mi apartamento.
Probablemente los vecinos siguieran durmiendo. Se habían pasado la
noche follando de una forma escandalosa y salvaje, asegurándose de que su
cabecero golpeara todas las veces posibles la pared que separaba su piso del
mío. Qué cabrones. No habían parado hasta las tres de la madrugada, y a las
cinco me había metido en la ducha.
Dios, necesitaba salir de allí.
Ir a algún sitio abrigado. Tranquilo.
Algún sitio donde hubiera agua caliente.
Pero, por el momento, estaba atrapada en Montana. Estaba atrapada en
una casa de mierda. Estaba atrapada con temperaturas bajo cero. Estaba
atrapada y punto.
Lo estaba en muchos sentidos; tantos, que había perdido la cuenta.
Pero al menos tenía un buen trabajo.
Avancé despacio por las calles secundarias de Big Timber en dirección a
la carretera principal. Conducir por la nieve era una habilidad que aún no
dominaba, y mi coche con tracción a dos ruedas se desplazaba sobre el
hielo con la misma gracia que una jirafa lo haría sobre patines.
Fue un angustioso viaje de cuarenta y cinco minutos hasta el Rancho
Haven River. Cada día que pasaba, detestaba más y más ese trayecto en
coche.
Cuando me trasladé allí, tres meses atrás, disfrutaba conduciendo de casa
al trabajo. Me gustaba pasar tiempo sola en la carretera y me cautivaba el
paisaje salpicado de campos que se extendían entre las escarpadas
cordilleras.
Pero entonces estalló la primera tormenta de invierno y el trayecto se
convirtió en puro estrés. Incluso echaba de menos el tráfico de la hora punta
de California, aunque era algo que jamás pensé que llegaría a admitir.
Para cuando salí de la carretera principal y entré en una carretera de
grava cubierta de hielo, ya tenía los nudillos blancos. Pero no respiré hasta
que pasé por debajo del arco del complejo turístico.
—Misión cumplida.
Tal vez ese trayecto fuera la única victoria del día, y tendría que repetirlo
para volver a casa.
Me obligué a destensar los hombros mientras separaba un poco el cuerpo
del volante. También pisé ligeramente el freno para aminorar y tomar la
última curva.
En un momento dado, estaba encarando el camino de grava. Al siguiente,
los neumáticos traseros patinaron y derrapé.
—Ay, ¡mierda!
Empecé a girar el volante de forma frenética, tratando de corregir la
trayectoria, pero solo conseguí que también patinaran las ruedas delanteras.
—¡Para! ¡No! —Di un grito ahogado al ver que el coche se acercaba más
y más a la cuneta—. ¡Por favor, para!
Hundí el pie en el freno.
El coche siguió patinando y se fue directo a la zanja, donde se detuvo con
un golpe sordo.
—¡Joder! —Apreté el acelerador. El motor subió las revoluciones, pero
el Mazda ni siquiera se movió.
No era posible que me estuviera pasando eso. Ese día no.
Estaba muy cerca. En línea recta, podía ver el tejado rojo de chapa de una
de las cabañas de huéspedes. Casi podía percibir el olor del beicon y los
huevos que alguien estaba preparando en el restaurante del edificio
principal.
—¡Uf! —Apoyé la frente en el volante. Un mechón de mi pelo mojado se
soltó del coletero y me azotó la mejilla—. Odio Montana.
Quizá, si hubiera sido una persona amante del aire libre, no me habría
importado tener que caminar a través de la deslumbrante nieve de la
mañana. Quizá, si hubiera dormido más de dos horas, no habría pospuesto
la alarma y no me habrían cortado el agua de la ducha. Quizá, para empezar,
si hubiera tomado mejores decisiones en los últimos diez años, no estaría en
Montana.
Sin embargo, ahí estaba, recogiendo del asiento del acompañante la bolsa
llena de productos de aseo personal. Porque, me gustara o no, tendría que
llegar andando al trabajo.
El coche se había quedado inclinado hacia un lateral y, cuando intenté
abrir la puerta, esta se cerró con todo el peso sobre mi brazo. Por eso me di
la vuelta en el asiento y usé los pies para empujarla con fuerza y abrirla de
golpe. Luego, con la bolsa colgada al hombro, salí como pude y, al instante,
me hundí en la nieve hasta las rodillas.
Se me metieron trozos de nieve en las botas.
—Qué asco de invierno.
Parece que la madre naturaleza me oyó, porque una ráfaga de viento me
arrojó cristalitos de hielo a la cara.
«Hija de puta».
Prácticamente tuve que clavar los pies en la nieve para poder avanzar y
salir de la cuneta a cuatro patas. Cuando estuve en el camino de grava, me
sacudí los pantalones de chándal para eliminar toda la nieve posible y
caminé como pude hasta el edificio principal del complejo turístico.
El vaho del aliento se arremolinaba en torno a mi cara formando una
nube blanca. Aún no había recorrido ni cincuenta metros y ya volvía a tener
el pelo lleno de carámbanos. El aire frío me provocaba tal escozor en las
fosas nasales que se me llenaron los ojos de lágrimas.
Había quien vivía allí por voluntad propia. Todo el año. Había quien
acudía de visita. Porque le gustaba. ¿En serio?
Pero yo no era de ese tipo de personas.
En cambio, sí que era alguien que necesitaba un sueldo, y ese era el lugar
en el que mejor me pagaban.
Oí el rugido de un motor a lo lejos.
—Por favor, por favor, que sea West.
El marido de Indya rescataría mi coche sin montar un numerito. No me
ridiculizaría durante el resto de mi vida por haberme metido en la zanja.
Sin embargo, no fue la camioneta de West la que emergió de la curva,
claro. No daba la impresión de que ese día mi suerte fuera a mejorar.
El Silverado gris que apareció ante mis ojos pertenecía a la última
persona del mundo a la que deseaba ver esa mañana.
Jax Haven.
Y no iba solo. Por supuesto.
Mindi, una de las recepcionistas a mi cargo, viajaba en el asiento del
copiloto.
Y eso significaba que, antes de mediodía, el complejo turístico en pleno
sabría que me había quedado atascada en la cuneta.
—¿Qué estoy haciendo aquí? —mascullé—. Hoy no es mi día.
Jax aminoró la marcha hasta detenerse, bajó la ventanilla y me obsequió
con una arrogante sonrisa radiante.
—Buenos días, Sasha. ¿Te has quedado atrapada?
—No, es que estaba probando la nueva zona de aparcamiento para los
empleados —le espeté—. ¡Pues claro que me he quedado atrapada!
Estaba muy atrapada.
Junto a sus ojos azul cielo se formaron unas arruguitas mientras me
miraba de arriba abajo y su expresión alegre se transformaba en una
sonrisita ladeada.
La sonrisita de marras. Qué gesto tan chulesco; como si lo que fuese que
estaba pensando le divirtiera a más no poder. Una mueca que, en cualquier
otro hombre, me habría parecido condescendiente, pero que, por algún
motivo, en su cara bonita era resultona, y precisamente por eso aún me
molestaba más.
¿Miraba así a todo el mundo? ¿O solo era yo la infeliz destinataria de esa
sonrisa? En los últimos tres meses, no recordaba un único encuentro con
Jax en el que ese gesto insolente no se hubiera interpuesto entre nosotros.
Bueno, quizá la tarde del supermercado. Aquel día no me sonrió de ese
modo. Pero estaba haciendo todo lo posible por borrar ese episodio de mi
memoria y no pensar en lo diferentes que podrían haber sido las cosas si Jax
no hubiera resultado ser mi jefe.
—Hola, Sasha.
Mindi se inclinó hacia delante y me saludó agitando los dedos con un
gesto cursi. Su sonrisa sí que era condescendiente.
—Hola, Mindi.
—Se te está helando el pelo. —Era experta en afirmar evidencias—.
Cuando hace mucho frío, como hoy, tendrías que secártelo con el secador.
—Qué buen consejo —mascullé, y volví a centrar mi atención en Jax,
que se estaba aguantando la risa.
—Sube. —Señaló el asiento de atrás con la barbilla—. Te dejaré en el
edificio principal y luego sacaremos el coche de la zanja.
—Gracias.
Subí a la camioneta y suspiré al notar el ambiente cálido y perfumado.
Cedro, especias y cítricos, como si hubiera pelado una naranja de buena
mañana y se le hubiera impregnado el olor en los dedos.
Seguro que la había pelado para Mindi.
Ella llevaba una sudadera con capucha que se veía enorme sobre su
cuerpo menudo. Quizá la había cogido prestada del armario de Jax. Hacía
semanas que flirteaba con él y, al parecer, el esfuerzo había tenido su
recompensa.
Bueno, con suerte no duraría mucho en el asiento de esa camioneta.
Desde que llegué a Montana, había oído por boca de varias mujeres que Jax
era un playboy descarado que se pasaba la vida tonteando con mujeres.
Teniendo en cuenta la forma en que nos habíamos conocido, no me
costaba creerlo.
—Justo le estaba diciendo a Jax que hoy hace mucho, mucho frío —
intervino Mindi.
—Pues sí —dije de forma lacónica—. Sí que hace frío.
Detestaba las charlas triviales. Y más aún acerca del tiempo.
Jax me miró a los ojos por el retrovisor al dar la vuelta para dejarme
junto al edificio principal.
—Mindi, Sasha no soporta hablar del tiempo.
—¿De verdad?
—De verdad —contestamos Jax y yo al unísono.
Un momento. ¿Cómo sabía él eso?
—¿Cómo sabes tú eso?
—Porque pones mala cara siempre que alguien saca el tema.
¿Ah, sí? «Anda». Y él se había fijado. ¿Por qué?
—Pues no tiene tanta importancia —repuso Mindi con una risita—. Todo
el mundo habla del tiempo.
Al instante, torcí el gesto. Y esa vez Mindi también se fijó.
—Bueno, vale, no hablaremos del tiempo. ¡Madre de Dios!
—Yo… —Me froté las sienes ante el dolor de cabeza que iba en aumento
—. Llevo una mañana de perros, y solo me apetece aclararme el champú de
la cabeza. Ahora mismo no soy buena compañía.
Tampoco los otros días me apetecía charlar con Mindi. No podía decirse
que hubiéramos congeniado en los tres meses que llevaba trabajando en el
Rancho Haven River. Yo era su jefa, y me bastaba con mantener una
relación estrictamente profesional con ella.
Esa regla también se hacía extensiva a Jax. Además, los vaqueros no eran
mi tipo.
—Imaginaba que te tomarías el fin de semana libre —observó Jax.
—Tengo muchas cosas entre manos, y quiero pasar aquí el máximo
tiempo posible antes de que Indya coja la baja por maternidad.
—¿Incluso en sábado?
—Pues sí. No todo el mundo puede dedicarse a pendonear los fines de
semana.
Él resopló y miró a Mindi.
—Yo no pendoneo. ¿Pendoneo?
—No —dijo ella con una risita nerviosa, batiendo las pestañas.
Cuando Jax se rio, bajé la vista al tirador de la puerta. Por primera vez en
mi vida, me planteé bajarme de un coche en marcha.
¿Me había convertido en el hazmerreír? ¿Tan pronto? Durante la primera
semana en el complejo turístico, estuve hablando con un huésped que vivía
en Big Timber. Había ido allí con su esposa el fin de semana de su
aniversario, a modo de escapada corta para disfrutar del spa y de la cocina
del complejo. Cuando le dije que era de Sacramento, bromeó acerca de que
los californianos no soportaban más de un invierno en Montana.
Puede que tuviera razón.
¿Qué narices hacía yo allí?
No encajaba. Todas las personas de la camioneta y del rancho sabían que
ese no era mi lugar.
Pero mi sueldo de gerente ascendía al doble de lo que cobraba en mi
anterior trabajo. Además, aunque esa mañana me había quedado sin agua y
mis vecinos eran poco menos que estrellas del porno amateur, el alquiler
costaba una miseria.
Y en ese momento de mi vida necesitaba hasta el último centavo.
Por eso permití que Jax y Mindi se rieran. No iban mal encaminados. Ese
no era mi lugar. Pero no pensaba irme. Aún no.
Respiré hondo mientras Jax me acercaba a la entrada para empleados del
edificio principal. De ese modo al menos no tendría que cruzar el vestíbulo
con el pelo jabonoso y helado, vestida con un chándal que había visto
tiempos mejores. Ni siquiera llevaba sujetador.
—Gracias.
Salté del vehículo, y me disponía a escapar cuando Jax volvió a abrir la
ventanilla y me tendió la mano. ¿Qué quería? ¿Que chocáramos los cinco?
—Las llaves.
—Ah.
Estábamos a temperaturas bajo cero y aun así se me encendieron las
mejillas ante ese hombre. Mierda. Eso tenía que dejar de pasarme sí o sí.
—Hummm… Gracias.
Saqué las llaves del bolso y se las di. Después, me despedí haciendo una
pequeña reverencia mientras retrocedía.
En un aparcamiento, vestida con un chándal andrajoso, le hice una
reverencia como si estuviera delante de la reina de Inglaterra. Se me resbaló
la bolsa del hombro y estuve a punto de perder el equilibrio al
incorporarme.
¿Qué había sido eso? Yo no iba por ahí haciendo reverencias. Nunca.
Jamás en la vida. ¿Por qué narices lo había hecho? Menuda pesadilla. Era
como una de esas situaciones en que el camarero te dice «Disfrute de la
comida» y le respondes «Gracias, igualmente». ¿Qué me estaba pasando?
Como era de esperar, Jax reaccionó con una sonrisita de satisfacción.
Antes de que cerrara la ventanilla para alejarse, me precipité hacia la
puerta del edificio.
Los vestuarios de los empleados no eran espaciosos, pero por suerte no
había nadie. Tras una ducha calentita y prolongada, vestida con unos
vaqueros y mi jersey más abrigado, me procuré una taza de café hirviendo y
me retiré a mi despacho.
—¿Una reverencia? —me dije con una mueca mientras me sentaba frente
al escritorio.
Algún día, cuando estuviera lejos, muy lejos de Montana, me acordaría
de la anécdota y me echaría a reír. Pero en esos momentos no me sentía de
ese modo. Tuve que luchar contra el impulso de ovillarme y esconderme
bajo la mesa toda la eternidad.
No obstante, tampoco eso era una opción, así que me pasé las horas
siguientes enterrada entre documentos de trabajo, haciendo todo lo que
estuvo en mi mano para olvidar esa mañana. Para arrancarme de la cabeza
la sonrisita de Jax.
Llevaba tres meses siendo la destinataria de esa sonrisa. Apareció el día
después de conocernos, en mi primera mañana como gerente del Rancho
Haven River. Aquella en que fingí no conocer de nada a Jax.
Él me obsequió con su sonrisilla, y desde entonces había visto varias.
Después de tres meses, todo lo referente a ese hombre me ponía de los
nervios.
No se tomaba nada en serio, y cada vez que teníamos una reunión para
hablar del negocio se comportaba más como empleado que como
propietario. Destilaba indiferencia, pasotismo. Y un atractivo tan ridículo
que me provocaba un enfado irracional.
¿Por qué tenía que estar tan bueno? ¿Por qué había tenido que
encontrármelo en el supermercado? ¿No podía haber sido cualquier otra
persona, en lugar de uno de los propietarios del rancho?
—Hola, Sasha. —Indya llamó a la puerta abierta de mi despacho y entró.
El pelo, rubio y rizado, le caía sobre los hombros, y unos mechones le
enmarcaron la cara cuando revolvió el contenido de su bolso para sacar mis
llaves y dejarlas en el escritorio—. West te ha aparcado el coche en el sitio
habitual.
—Gracias. —Exhalé un hondo suspiro—. Me siento como una idiota.
—Pues no tienes por qué. —Agitó la mano para restarle importancia—.
La gente se queda atascada en la nieve cada dos por tres y no lo considera
un drama.
—Se lo diré cuando lo vea, pero ¿puedes darle las gracias a West de mi
parte?
—Claro.
Se acercó a una silla, y, más que sentarse, se repantigó y colocó
automáticamente las manos sobre su vientre de embarazada.
Indya, junto a West y Jax, era propietaria del Rancho Haven River. La
familia tenía más dinero del que yo podría amasar jamás, igual que la
mayoría de los huéspedes del complejo. Atendíamos a clientes ricos de todo
Estados Unidos. Sin embargo, a pesar de su fortuna, Indya era una mujer
dulce, sensata y… normal. Había sido un sueño trabajar a su lado durante
los últimos tres meses.
En otra vida, me habría gustado ser amiga suya.
En esa, me conformaba con ser su empleada.
—Hace un día muy bonito —observó, desviando la mirada hacia las
ventanas que daban al patio.
Hice girar la silla para seguir su trayectoria.
El sol se reflejaba en la nieve. El cielo era de un azul desprovisto de
nubes. La piscina climatizada desprendía vapor caliente. Era un paraíso
invernal. Al menos, esa era la propaganda que les hacíamos a los
huéspedes.
El día era bonito, sí. Pero ¿por qué tenía que hacer tanto frío?
—No te gusta el invierno, ¿verdad? —me preguntó Indya.
—Prefiero el verano.
—¿Te gusta estar aquí, en Montana?
Tenía la mirada tan esperanzada que me entraron ganas de mentirle.
—Es, eh, diferente. No soy muy fan del aire libre, y estos meses han
sido… —«Horrorosos»— … de adaptación. El piso en el que vivo tampoco
es una maravilla. Los vecinos son, bueno, un tanto escandalosos. Y he
tenido algunos problemas con las instalaciones.
Indya abrió los ojos de par en par.
—¿Odias esto?
Esa vez sí que mentí.
—No, no lo odio.
Indya escrutó mi cara unos instantes.
—Sasha, dime la verdad. ¿Te gusta tu trabajo?
—Sí. —Era cierto—. Es que me cuesta adaptarme al invierno. No es mi
estación favorita.
—¿Estás triste? No quiero que estés triste.
—No, no.
No lo estaba. No me sentía alegre, pero tampoco triste.
—Por favor, no dejes el trabajo —susurró con un deje de pánico en la
voz.
—No voy a dejarlo.
—¿Seguro?
—Sí, seguro.
—¿Qué puedo hacer por ti? —Indya extendió las manos como si pudiera
atarme a esa silla como por arte de magia—. Dímelo.
—Nada. Estoy bien. De verdad.
Más mentiras. En Montana no estaba bien, pero no me quedaba más
remedio, de momento.
—¿Puedo pedirte algo? Si te planteas marcharte, háblalo antes conmigo,
por favor.
Asentí.
—No tengo la intención de marcharme. Pero, si cambio de idea, hablaré
antes contigo, sí.
Ella relajó los hombros.
—Esta tarde estaré en mi despacho revisando el correo, por si necesitas
algo. Luego West traerá a los chicos para que disfruten de la fogata de los
sábados.
Era una tradición de Haven River. Todos los sábados encendían una
hoguera en el patio, donde los niños asaban perritos calientes y tostaban
sándwiches de galleta con chocolate y malvavisco. Los huéspedes se
deleitaban con las hamburguesas hechas al fuego. Cuando no había nieve,
se celebraban juegos y actividades en el jardín. A veces, Indya contrataba a
un músico del pueblo para que cantara y tocara la guitarra.
Los Haven no faltaban nunca a la cita. Indya y West acudían casi
siempre, y Jax lo hacía a menudo, así que me acostumbré a ir para apoyar a
los empleados y relacionarme con los huéspedes.
El humo de la hoguera siempre se me quedaba impregnado en el pelo,
aunque no solía suponerme un problema porque, al llegar a casa, me
duchaba antes de acostarme. Sin embargo, esa noche nadie me aseguraba
que tendría agua.
—¿Te importa si hoy me salto la fogata?
—En absoluto —contestó Indya—. No es una obligación.
—Gracias. Te garantizo que cuando nazca el bebé iré todos los sábados.
—Jax también me lo ha prometido. Quizá podáis coordinaros.
—Claro.
Reprimí un gemido.
Me gustara o no, no había forma de evitar a Jax. Y, cada vez que me
obsequiaba con una de sus sonrisitas, me recordaba en silencio el día en que
nos conocimos. El día en que me lie a gritos por un carrito de la compra. El
día que estuve tonteando con él sin pudor mientras el helado se derretía
dentro de la bolsa de papel del supermercado.
Menudo desastre. Hacía diez años que todo en mí era un absoluto
desastre.
«Finge hasta que no puedas más». Ese era mi lema. Trabajaba con ahínco
para ocultar el desastre en el que se había convertido mi vida. Pero Jax
había visto mi verdadero yo. Había visto el desastre que era Sasha Vaughn.
¿Y me sorprendía que se burlara de mí?
Al menos no trabajábamos juntos a diario. Excepto cuando acudía al
complejo turístico para ver a Indya, nuestros caminos no solían cruzarse.
West dedicaba casi todo el tiempo al trabajo en el rancho y al negocio de
explotación de ganado. Jax se ocupaba de las excursiones con los huéspedes
y, básicamente, trabajaba en un despacho que tenía junto a los establos.
—Antes de tener el bebé, me gustaría que empezaras a coordinar las
excursiones con Jax —dijo Indya mientras se acariciaba el vientre—. Se
encarga de casi todo él solo, pero solemos reunirnos un día a la semana para
ponernos de acuerdo.
—No creo que necesite mi opinión.
Uf. Puse mala cara antes de poder evitarlo. Y ella, perspicaz como un
lince, lo notó, claro.
—¿Tienes algún problema con Jax? ¿Ha hecho algo?
—No. Es… Es que no creo que pueda aportarle nada. Él es el experto, y
supongo que no le gustará que me meta en sus cosas. No somos
precisamente lo que se dice amigos.
—O sea que sí que tienes problemas con él.
—No. —Agité la mano para quitarle importancia—. Está bien. Me va
bien. Todo va bien.
Indya se me quedó mirando durante tanto rato que empecé a removerme
en el asiento. Por suerte, ella no tenía ningún interés en que dejara el
trabajo. Pero no podía arriesgarme a que me echara, sobre todo si creía que
tenía quejas de Jax.
—Me parece bien que nos reunamos —le aseguré—. No hay problema.
¿Un café? Voy a por uno para mí. ¿Te traigo algo? ¿Agua? ¿Té? ¿Una
galleta?
—No, gracias. —Entornó los ojos—. Sasha, ¿estás bien?
—¡De maravilla! —mentí, y cogí la taza vacía de mi escritorio mientras
me ponía de pie—. Supongo que me he pasado con el café y estoy un poco
alterada. Será mejor que me limite al agua.
Indya seguía en mi despacho, en la silla, mirándome como si tuviera
monos en la cara, cuando me apresuré hacia la puerta y desaparecí por el
pasillo.
—Mierda.
Puto Jax.
Él tenía la culpa. Me había puesto nerviosa de buena mañana y seguía
crispada. O quizá fuese por la ducha. O por el coche. Quizá por la falta de
sueño.
Ese no era mi día.
Rellené la taza en el vestíbulo, con una necesidad imperiosa de cafeína, y
volví al despacho. Indya se había marchado al suyo. En cuanto me senté
frente al escritorio, sonó el teléfono.
«Micah».
Contesté inmediatamente.
—Hola. Gracias por devolverme la llamada.
—Hola, Sasha.
—¿Cómo está? ¿Lo lleva bien?
—Bueno, eh… Necesita tiempo para adaptarse.
Casi me eché a reír al oír la palabra que había elegido. Pero, en lo
referente a adaptarse a las situaciones, lo mío no era nada comparado con lo
de Eddie.
—¿Pero está…?
Ni siquiera me atreví a terminar la pregunta.
«Vivo». ¿Estaba vivo?
¿Qué había pasado para que me conformara con que estuviera vivo?
¿Cómo habíamos llegado a ese punto?
—Está bien —contestó Micah—. Ya te dije la última vez que no puedo
contarte mucho más.
—¿Puedo hablar con él?
Micah vaciló, y con eso fue suficiente para responderme.
—Todavía no.
¿Lo había decidido Micah? ¿O era Eddie quien le había dicho que no
quería hablar conmigo? No estaba segura de cuál de las dos opciones era
más dolorosa.
—Sigue mandándole cartas —me propuso—. Las lee.
¿Aquello se consideraban cartas? Lo que le había escrito hasta el
momento era más bien breve.
—No sé qué decirle. De momento, solo le he escrito notas.
—No pasa nada. Dile cualquier cosa. No hace falta que sea nada muy
largo ni muy profundo. A veces menos es más. Le basta con saber que estás
ahí.
—Sí, estoy aquí —musité, venciendo el nudo que se me había formado
en la garganta—. Gracias por llamar.
—De nada. Hablamos pronto.
—Adiós.
Colgué y cerré los ojos con fuerza. No lo hice para contener las lágrimas;
no las había.
Hacía mucho tiempo que me había quedado sin lágrimas de tanto llorar.
A veces tenía la sensación de que estaba viviendo una pesadilla y que, si
cerraba los ojos con fuerza, si me blindaba a los sonidos y las imágenes,
despertaría cuando los abriera y todo estaría bien.
Solo que, cuando abrí los ojos, lo que vi fue el blanco cegador de aquel
invierno al otro lado de las ventanas. Le di la espalda y me puse a trabajar.
Pasé el tiempo de la comida (dos barritas de granola que saqué de un cajón)
delante del ordenador.
Estaba cayendo la tarde cuando, al fin, me tomé un descanso para
devolver la taza vacía a la cocina, que bullía de actividad mientras los
empleados lo preparaban todo para la cena de la fogata. Entré y salí en un
abrir de ojos, sin ni siquiera pararme a saludar a Reid, el chef del complejo
turístico.
Noté que un bostezo me tiraba de las comisuras de los labios mientras
volvía al despacho. En el de Indya se oían voces, y me asomé a la puerta
abierta con la esperanza de darle las gracias a West por haber rescatado mi
coche.
Me detuve en seco al ver que Indya apuntaba a Jax a la cara con el dedo.
—Tienes que ser amable con Sasha.
—¿Qué? —protestó Jax—. Ya soy amable con ella.
—Entonces ¿por qué te odia?
Lo de que lo odiaba era pasarse de la raya. Yo no había empleado esa
palabra.
—¿Eso ha dicho? ¿Que me odia? ¿Con esas palabras? —preguntó Jax.
—No, pero no es precisamente tu mayor admiradora. —Indya juntó las
manos con una palmada—. Te lo ruego: sé amable con ella. Necesito que
siga trabajando aquí hasta que termine la baja de maternidad.
—Lo soy.
—Pues sé más amable —dijo ella.
—Vale. Pero ¿por qué has tenido que contratar a una chica tan…
estirada?
«Estirada». ¿Estirada? Yo no era estirada.
Sin poder evitarlo, mi garganta dejó escapar un gruñido.
Al oírlo, West, Indya y Jax se volvieron hacia la puerta.
Pero yo ya me había alejado como un huracán para refugiarme en mi
despacho. Aferré el pomo y estuve a punto de dar un portazo, pero contuve
el arrebato y la cerré con discreción. Después me senté para escribirle una
carta a Eddie.
Cuando estaba pegando el sello en el sobre, oí voces procedentes del
patio. Los huéspedes, abrigados con chaquetas, gorros y guantes, se
apostaban bajo las estufas de propano y lucían sonrisas a juego con su
cálida indumentaria invernal. Unos hombres saludaron con la mano a West
y Jax cuando estos se unieron al grupo junto a la hoguera.
Recogí mis cosas, arrimé la silla al escritorio y apagué las luces antes de
dirigirme al aparcamiento para coger el coche. El trayecto de vuelta a casa
fue igual de angustioso que el de la mañana.
Mi casero me había dejado una nota en la puerta, una disculpa por lo del
agua. Había arreglado parte del problema, y ya había agua fría, pero hasta el
lunes no podría darme una ducha caliente.
Debería haber supuesto un alivio llegar al apartamento tras un día
estresante; debería haberme hecho sentir bien. Pero al meterme en la cama
solo me sentía entumecida.
En cuanto cerré los ojos, empezaron los gritos. Si los vecinos no estaban
follando, se peleaban.
Cerré los ojos y los apreté tanto que me mareé.
—¿Qué estoy haciendo aquí?
Ni siquiera la almohada con la que me tapé la cabeza sirvió para
amortiguar los gritos procedentes del piso contiguo. Por fin, al cabo de una
hora, cesaron. Oí el ruido de una puerta al cerrarse y un motor que se ponía
en marcha. Luego, silencio. Un silencio increíble que me llenó de felicidad.
En segundos, me quedé dormida. Me desperté sobresaltada por el aullido
del viento, que hacía traquetear las ventanas y se propagaba en mitad de la
noche.
—¿En serio? —gruñí, y salté de la cama para arrastrarme hasta el cuarto
de baño.
Encendí la luz, me acerqué al lavabo y recordé que no me había
desmaquillado porque no tenía agua caliente.
Tendría que apañarme con la fría.
Abrí el grifo y me eché un chorrito de jabón en el dedo. En un instante
me estaba mirando y poniendo mala cara al descubrir mis ojeras, y, al
siguiente, la casa quedó sumida en la oscuridad.
¿Qué narices había pasado?
Me pareció que el viento se reía, orgulloso de haberme dejado sin luz.
—Odio Montana.

Querido Eddie:
Esta mañana hacía tanto frío que, al salir de casa, se me ha congelado el pelo y se me han
formado carámbanos. Ha sido como si me hubieran catapultado al futuro para ver qué aspecto
tendré cuando me salgan canas. Nunca he pasado tanto frío. Creo que no estoy hecha para
soportar el invierno.
¿Y tú? ¿Pasas frío? ¿Te gusta la nieve? Pienso en ti cada día, a todas horas.
Una persona del trabajo me ha llamado «estirada». Al principio me he enfadado porque me
ha sentado mal. Pero tiene razón, soy una estirada. No sé qué hacer para relajarme y bajar el
ritmo. Te presioné demasiado, ¿verdad? Estaba tan ocupada tratando de mantenerme ocupada
que no me di cuenta de que las cosas iban mal hasta que nos encontramos en un punto sin
retorno.
No pases frío, ¿vale? Te echo de menos.
>>S.
3

Jax

«Tienes que ser amable». Indya me había ordenado que fuera amable con
Sasha.
Joder. Ya lo era. Había sido la amabilidad personificada desde el día en
que nos encontramos en el supermercado. ¿Acaso alguien del rancho
conocía la anécdota del carrito de la compra? No. Porque había mantenido
la boca cerrada. ¿Es que no me había comportado de forma civilizada desde
que Sasha había empezado a trabajar en el complejo? Vaya que no. Solo
que ella apenas parecía percatarse de mi existencia. ¿Quién le había sacado
el coche de la cuneta el sábado? Yo.
Lo hice yo, porque era amable con ella.
Pero toda esa amabilidad no me estaba sirviendo para ganarme su favor.
En tres meses, solo había conseguido una mirada gélida y algún que otro
comentario sarcástico por su parte. Y el sábado había añadido una
reverencia a su repertorio de burlas.
Seguramente, un hombre más inteligente se habría dado por vencido.
Habría pasado página. Cada vez que me cruzaba con Sasha, mi ego recibía
un golpe brutal.
Sin embargo, no conseguía quitármela de la cabeza. Me gustaban sus
comentarios sarcásticos. Y le quedó monísima aquella reverencia. No había
ningún motivo para que su mirada gélida me pareciera atractiva, pero, joder,
me excitaba. Quizá fuese porque sabía a ciencia cierta que en el fondo se
ocultaba aquella mujer efervescente que conocí en el aparcamiento del
supermercado. Tenía que estar allí, en alguna parte.
Habían pasado tres meses. Tres putos meses y aún no había admitido que
ya nos conocíamos cuando nos vimos en el complejo por primera vez. ¿Por
qué?
Ese empleo tenía que ser el motivo por el que rechazó mi invitación a
salir a cenar conmigo. Era comprensible. Aun así, podría habérmelo
explicado. En fin. Quizá le daba vergüenza. No es que yo fuera su jefe,
pero, como propietario del rancho, tampoco dejaba de serlo, y los límites no
estaban claros.
Pero ¿y amigos? ¿Tan imposible era que lo fuéramos? Llegados a ese
punto, me conformaría con que me considerara un conocido. Cualquier cosa
con tal de no tener que soportar su indiferencia.
Tres meses, y Sasha seguía sin ablandarse.
Era una estirada de tomo y lomo. No tendría que haberlo dicho el sábado
en voz alta, pero era la verdad. Y, le gustara o no, íbamos a tener que
trabajar codo con codo. Mientras Indya estuviera de baja por maternidad,
Sasha y yo tendríamos que compartir tiempo juntos.
Me negaba a pasar todas esas semanas trabajando con la reina de las
nieves.
Había llegado el momento de aclarar las cosas. Para siempre. Quizá de
ese modo podría quitarme de la cabeza los bonitos ojos marrones de Sasha
Vaughn.
Golpeé con los pies el suelo del exterior del edificio principal para hacer
saltar los últimos restos de nieve de mis botas antes de entrar. En el
vestíbulo, una ráfaga de aire cálido me dio la bienvenida. El olor a beicon y
azúcar moreno impregnaba el ambiente. Del comedor llegaba el tintineo de
los cubiertos sobre los platos y el murmullo de las conversaciones. La
lámpara de asta de ciervo que colgaba de las vigas proyectaba una luz
dorada en el salón.
Indya había cambiado muchas cosas del complejo en los últimos siete
años. Había ampliado el edificio principal y había añadido un spa, un
gimnasio y vestuarios para los empleados. Había transformado el antiguo
establo en un salón para bodas y banquetes. Había restaurado las cabañas y
las habitaciones de los huéspedes. Había convertido nuestro pequeño
negocio familiar en un complejo turístico de lo mejor de Montana. Estaba
todo reservado para los dos años siguientes, y la lista de espera era
larguísima.
Sin embargo, a pesar de los innumerables cambios, Indya se había
mantenido fiel a los orígenes de nuestra familia. Las zonas con más valor
sentimental seguían prácticamente intactas.
Aparte de la iluminación adicional, el vestíbulo tenía el mismo aspecto
que durante mi niñez. Rústico, con paredes de madera. Suelos de roble que
mi abuelo había instalado. Y la lámpara de asta de ciervo que mi abuela
había encargado para ese espacio.
Era uno de mis sitios favoritos del rancho. La energía de los huéspedes.
La nostalgia. La comida y el café caliente. Cada vez que iba allí de visita,
me sentía en casa.
Solía hacer una parada en el edificio principal durante la jornada. Pasaba
por la cocina para rellenar los termos o recoger la bolsa con la comida de
algún empleado. Los días que no estaba hasta el cuello de trabajo, me
dejaba caer por el despacho de Indya o charlaba con los huéspedes que
andaban por allí.
Sin embargo, últimamente lo evitaba.
Por culpa de Sasha.
Se acabó. Debía terminar con eso. No teníamos que ser amigos, pero
estaba hasta el gorro de verla poner mala cara siempre que nos
encontrábamos en alguna sala.
—Buenos días —saludé a Mindi al cruzar el vestíbulo.
—Hola, Jax —me devolvió el saludo agitando los dedos desde el
mostrador de recepción.
—¿Está Sasha por aquí?
Mindi asintió.
—Está en su despacho.
—Muy bien.
Me encaminé al pasillo, pero, antes de que me alejara, Mindi salió de
detrás del mostrador y me bloqueó el paso.
—Muchas gracias por acompañarme el sábado —dijo.
—No hay de qué. Pensaba ir al pueblo, de todos modos.
Mi abuelo necesitaba sus rasca y gana.
Mindi le había pedido a una amiga que la acompañara el sábado por la
mañana al rancho para cubrir su turno. La amiga la dejó allí y se marchó;
pensaba pasar a recogerla a última hora de la tarde. El problema fue que a
Mindi no le tocaba trabajar ese sábado; se había confundido con los
horarios.
Por eso me ofrecí a acompañarla a casa, para que no tuviera que pasar el
día en el edificio principal mano sobre mano.
Me moví para esquivarla, pero ella me cogió del brazo y se me acercó.
Demasiado.
«Vale, joder». La chica era maja, pero no me interesaba a nivel
romántico, para nada. Y eso podría complicarlo todo.
—¿Te apetece que vayamos a tomar algo al salir del trabajo? —Batió las
pestañas al tiempo que formulaba la pregunta.
¿Por qué las mujeres batían las pestañas? A mí no me surtía efecto, pero
ellas lo hacían muchas veces.
«Un momento». ¿En serio se había confundido de turno el sábado? ¿O
había sido una especie de estratagema?
—Mira, Mindi, aprecio mucho tu invitación, pero no, no iremos a tomar
algo ni a ninguna parte después del trabajo.
—¡Ah! —exclamó haciendo pucheros.
Odiaba los pucheros.
—Es porque trabajo aquí, ¿no? Porque eres… el jefe de mi jefa. —Se
volvió a mirar atrás para asegurarse de que estábamos solos antes de seguir
con un hilo de voz—: Puedo dejarlo.
¿Qué hostias estaba diciendo? ¿Estaba dispuesta a dejar el trabajo por
una cita? Pensé que no entendía a las mujeres.
—No lo dejes.
—¿Seguro? No me gusta trabajar para Sasha, es muy…
Profesional. Serena. Organizada.
—… mandona —concluyó Mindi.
—Es que es tu jefa.
—Sí, pero ya me entiendes.
Pues no, la verdad.
—No dejes el trabajo, Mindi. ¿De acuerdo?
Otro puchero.
Era hora de zanjar esa conversación. Retiré el brazo para soltarme. Por
una parte, tenía ganas de marcharme y dejarlo ahí, pero no estaba seguro de
que Mindi fuera de la clase de personas que saben leer entre líneas. Por eso
me aseguré de dejarle muy claro el mensaje:
—Aunque no trabajaras aquí, no nos veo saliendo juntos.
Ella abrió los ojos como platos.
—¡¿Qué?! ¿Por qué no?
Hubo un tiempo en que mi conducta era un completo sinsentido: me daba
miedo el compromiso, y digamos que tenía una mochila demasiado cargada
para iniciar una relación. Sin embargo, cada vez que sacaba la bandera roja,
por lo general las mujeres se pegaban más a mí, en vez de salir corriendo.
Al parecer, me veían como un reto. Un hombre al que podían cambiar.
—Me gusta otra persona —le dije, y era la verdad.
—Ah. Entonces ¿por qué estuviste tonteando conmigo el sábado?
¿En serio? ¿Pensó que hablar de su perro era tontear con ella?
—Bueno, llego tarde a una reunión con Sasha. —Me aparté para
esquivarla, y esa vez lo conseguí—. Ya nos veremos.
Mindi carraspeó de forma evidente.
—Sí, supongo que sí.
Cómo no, las cosas se habían complicado. Estupendo. Era lo último que
me apetecía un lunes por la mañana.
Me pasé la mano por el pelo mientras avanzaba por el pasillo. Luego me
alisé el abrigo e inspiré para coger fuerzas antes de llegar al despacho de
Sasha. Tenía el corazón desbocado cuando crucé la puerta.
¿Qué tenía Sasha Vaughn que me abrumaba de ese modo? En toda mi
vida, ninguna mujer me había alterado tanto. Eso significaba algo, ¿no?
Me aclaré la garganta y llamé a la puerta abierta.
Ella apartó sus bonitos ojos de la pantalla. Por un instante, los abrió
mucho y separó los labios, como si su respiración se hubiera detenido. Pero
el gesto de sorpresa desapareció al momento y fue reemplazado por una
mirada fría y cara de póker.
«¡Grrr!». Era exasperante, insoportable y… guapísima. No era justo que
una mujer a la que mi presencia le molestaba tanto estuviera tan buena.
—Entra —dijo de forma automática. Permanecí en la puerta y me crucé
de brazos. Ese día no estaba para acatar órdenes—. O no —masculló, y se
alisó el pelo de la sien.
Se lo había recogido en un moño bajo muy pulcro. Sí que era estirada.
Y deslumbrante, tanto como el paraíso invernal que se extendía a sus
espaldas, más allá de las ventanas.
Rara vez la había vuelto a ver con el pelo suelto después del día del
supermercado, dejando aparte el sábado, cuando lo llevaba mojado y hecho
un carámbano.
Como la mayoría de los días, su peinado era impecable; no tenía ni un
mechón fuera de lugar.
Dios, lo que daría por soltarle la melena. Por desmontarla entera y ver
cómo se perdía en mis caricias.
Pero, dado que no era probable que eso ocurriera, había llegado el
momento de hacer aquello por lo que estaba allí. Empezando por
disculparme.
—Siento haberte llamado «estirada».
—Ah. —Pestañeó y dio muestras inequívocas de que esperaba que
añadiera algo. Bajó la guardia un instante y sus hombros se relajaron. Pero
volvió a erguirlos con la misma rapidez con que los había destensado;
enderezó la espalda y habló con voz inexpresiva—. Sí que soy estirada. No
tienes que disculparte por decir la verdad. Está bien.
¿Estaba bien? A mí no me lo parecía.
—También eres inteligente. Y trabajadora. Y guapa.
Un rubor le tiñó las mejillas y miró a todas partes menos a mí.
Por una vez, estaba bien no ser el único que se ponía nervioso. Me di
impulso para separarme de la puerta y entré en el despacho. Sasha me miró
a los ojos.
—Según West, no me tomo casi nada en serio —dije—. Quizá no sea tan
malo pecar un poco de estirada.
Sasha me observó con cautela mientras ocupaba una de las sillas del otro
lado del escritorio y me echaba hacia atrás para cruzarme de piernas,
apoyando el tobillo en la rodilla opuesta.
—Indya me ha dicho que tenemos que empezar a coordinar las
excursiones de los huéspedes.
—Sí —dijo, aclarándose la garganta.
—Muy bien —asentí—. ¿Qué necesitas?
—Sinceramente, no sé mucho de tu parte del negocio.
—Pues te explicaré de qué va.
Desde que había ocupado el puesto de gerente, Sasha se había centrado
en el edificio principal: la limpieza, el mantenimiento, el restaurante…
Todo lo que ocurría bajo ese techo estaba entre sus funciones.
En solo tres meses, parecía haber asimilado los entresijos del negocio
turístico. Era increíble lo rápido que lo había captado todo.
Cuando Sasha empezó, Indya no quiso agobiarla añadiendo las
excursiones a sus tareas. Pero como ya estaba asentada, tenía que ir
cogiendo más responsabilidad.
—Quizá podríamos revisar los días y las horas —dijo—. Así podría
contestar a las preguntas de los huéspedes. De momento, se las estoy
enviando a Indya.
—Claro. También te iría bien participar en alguna de las excursiones.
—Ah, eh… —Sacudió la cabeza—. No hace falta. Con la logística tengo
bastante.
—¿Ni siquiera un paseo en carro de heno?
—Tengo alergia.
Levantó los ojos al techo con un gesto tan breve que casi me pasó
desapercibido. Casi.
Sasha no era alérgica al heno, ¿verdad?
—¿Y a caballo? ¿También les tienes alergia?
—No, pero no me gustan demasiado.
—Claro. Por eso aceptaste un trabajo en un rancho turístico de Montana
donde las excursiones a caballo son uno de los principales atractivos.
—Para los huéspedes.
—¿Y para ti por qué no?
Se encogió de hombros.
—No me interesan en particular.
—Ah. —Esbocé una sonrisa ladeada—. ¿Te dan miedo los caballos?
—No.
Volvió a desviar su bella mirada hacia el techo.
Interesante. Ya había observado antes ese gesto, pero no me había dado
cuenta de lo que significaba. ¿Sabía Sasha que alzaba los ojos al mentir?
Era una señal inequívoca.
Mi sonrisita se ensanchó. Sería divertido andar a la caza de sus mentiras.
—¿Te apetece asistir a la fiesta del sábado? —pregunté, cambiando de
tema.
—No en particular. No me gustan mucho las fiestas.
Qué mujer. No le iban los paseos en carro, ni los caballos, ni las fiestas.
¿Acaso odiaba todo lo que suponía diversión?
El sábado se celebraba la fiesta anual para los empleados del Rancho
Haven River, una tradición iniciada por Indya y West cinco inviernos atrás.
En lugar de dar una gran fiesta de Navidad en la época del año en que había
más ajetreo, trasladaron la celebración para la plantilla al mes de enero.
Durante una única noche, parábamos prácticamente todas las actividades
del complejo y limitábamos las posibilidades de reserva para que hubiera
las menos posible. Muchas veces, los empleados ocupaban habitaciones en
el edificio principal para no tener que conducir de vuelta al pueblo, y
dejábamos un servicio mínimo para las gestiones, de manera que casi todo
el mundo pudiera disfrutar de la fiesta.
En el salón de banquetes celebraríamos un baile con música en vivo de
una banda local. También habría comida y bebida durante la noche. Incluso
se ofrecería un servicio de lanzadera para ir y venir del pueblo, de modo
que nadie se sintiera tentado de conducir hasta casa borracho.
—Es una fiesta muy divertida —le dije a Sasha—. No te la pierdas.
—No pensaba faltar.
Volvió a alzar los ojos al techo. Otra mentira. Sonreí y sacudí la cabeza,
dispuesto a reprochárselo, cuando le sonó el móvil sobre el escritorio.
Lo cogió y miró la pantalla.
—Tengo que contestar.
—Ven a buscarme luego, cuando quieras que hablemos de los horarios.
—Vale.
Miró hacia la puerta como diciendo «Sal de aquí, y rapidito».
Me puse de pie y la oí responder mientras me iba.
—Hola, Micah.
Micah. ¿Quién era Micah?
Si se lo preguntaba, estaba seguro de que me soltaría otra mentira.
Por eso cerré la puerta y me alejé por el pasillo. La cosa había salido
como era de esperar. No había ido tan mal. Tampoco muy bien, pero no
había ido tan mal.
Tuve suerte al llegar al vestíbulo: Mindi estaba atendiendo a un cliente
por teléfono, así que me libraría de otro momento incómodo. Aceleré el
paso para largarme de allí antes de que acabara. Ya estaba casi en la puerta,
a punto de alcanzar la libertad, cuando esta se abrió y entró Lily.
Uf, joder. Estaba claro que no era el día de evitar las complicaciones.
—Jax. Ah, esto… hola.
Se apresuró a enmascarar su sorpresa mientras se sacudía la nieve del
calzado.
—Hola.
—Hola —repitió, y se colocó un mechón de pelo moreno detrás de la
oreja. Tenía más canas de lo habitual, y pensé que había dejado de teñirse
—. ¿Cómo te va?
—Bien —contesté, lacónico.
¿Pensaba moverse? ¿O seguiría bloqueándome la salida eternamente?
Estaba claro que debería haber usado la salida de empleados.
—He quedado con West para desayunar. Si te apetece…
—No puedo. —¿Desayunar con ellos? Desde luego que no. Con mi
hermano, lo haría encantado, pero no con Lily. Señalé con la cabeza la
puerta que estaba bloqueando—. Tengo que volver al trabajo. Hoy me toca
paseo en carro de heno.
Aun así, la excursión era a las tres, y no necesitaba más de una hora para
prepararla. Y Lily lo sabía. A diferencia de Mindi, ella era capaz de leer
entre líneas. Y tenía claro que preferiría ponerme a limpiar los establos
antes que sentarme a la mesa con ella.
—Muy bien. —Hizo una mueca, se apartó y despejó el paso—. Te dejo
que sigas.
Sin decirle adiós, abrí la puerta y pasé de largo. En el exterior, una ráfaga
de aire gélido me azotó la cara, pero el frío no sirvió para aplacar mi furia,
que iba en aumento mientras me alejaba con paso decidido en dirección a
los establos.
Últimamente, a Lily se la veía más a menudo por el complejo.
Demasiado, para mi gusto. Cada vez que nos cruzábamos, era como un
bofetón.
Estuvo muchos años casada con mi padre, y solía ocuparse de la gestión
del complejo. Todas las horas que pasé en esa recepción de niño fue junto a
ella. Pero su hijo era West, no yo. Y se aseguró de dejármelo muy claro.
O sea que, si venía aquí para verlo, estupendo. Estaba en el rancho de
West. Pero a mí más valía que me dejara en paz.
Yo no era su hijo; y la decisión había sido suya, no mía.
Nunca conocí a otra madre aparte de ella. Se ocupó de cambiarme los
pañales y de acunarme a la hora de dormir. Me cantaba nanas cuando tenía
pesadillas.
Pero marcó unos límites. Yo no era más que el hijo bastardo fruto de la
aventura que mi padre había tenido décadas atrás. Y fue Lily la que los
marcó.
Sería fantástico que pudiera respetarlo y dejarme en paz.
Cuando llegué a los establos, mi furia se había aplacado. Abrí la puerta y
aspiré el olor a heno, tierra y caballos. Aquel día solo había algunos
animales dentro; la mayoría estaban pastando en los campos, donde por la
mañana habíamos esparcido el heno.
Esa construcción era otra de las mejoras de Indya: un espacio enorme con
cuadras grandes y mucho sitio para almacenaje. El edificio contiguo
también era nuevo, un taller donde guardábamos el equipo y los aperos del
rancho para mantenerlos a salvo de las inclemencias del tiempo. Tanto los
establos como el taller estaban separados del edificio principal, pero lo
bastante cerca como para que los clientes de las excursiones pudieran
recorrer esa distancia a pie.
Me dirigí por el largo pasillo central hasta mi despacho, abrí la puerta y
encendí la luz. En comparación con la oficina de Sasha, que estaba
ordenada y limpia, la mía era un desastre. Había documentos
desparramados por todo el escritorio. El calendario de la pared mostraba la
hoja de hacía dos meses. La papelera rebosaba de papeles arrugados con
programaciones obsoletas y algunas latas de cerveza aplastadas.
Si Sasha quería revisar la programación de las excursiones, sería más
fácil hacerlo allí que en el edificio principal. Sin embargo, tenía la
sensación de que, en cuanto viera el desorden, echaría a correr en sentido
contrario, de modo que cogí la basura y la llevé al contenedor grande que
habíamos dispuesto cerca del establo.
Un caballo relinchó, y el sonido se propagó por las vigas de madera justo
cuando se abrió la puerta. La luz del exterior fue como un destello blanco
que se desvaneció en cuanto mi padre entró en el establo y cerró para evitar
el frío.
Golpeó el suelo con las botas y a continuación se quitó los guantes de
piel.
—Hola.
—Me imaginaba que estarías aquí. Acabo de toparme con Lily en el
edificio principal.
Seguramente, nada más verlo cambió de idea respecto a desayunar todos
juntos. O quizá por eso lo tenía delante, porque era él quien había huido.
Aunque hacía años que Lily y yo casi no hablábamos, desde la gran pelea
que tuvimos antes de que me marchara a la universidad, todavía nos
saludábamos, a pesar de que nuestros intercambios fueran breves y
lacónicos.
Sin embargo, mi padre y ella hacía años que no se dirigían la palabra.
Lily se había tomado muy a pecho lo de castigarlo con el silencio.
—¿Qué hay? —le pregunté a mi padre.
—He venido para ver si necesitas ayuda con algo.
—No, la verdad.
—¿Seguro?
—Sí. No hace falta. Hoy no hay mucho trabajo.
—Ah.
Frunció el ceño. ¿Acaso estaba aburrido? No sabía estar sin hacer nada,
y, aunque llevaba retirado más de siete años, seguía acostumbrándose al
cambio de ritmo.
Los lunes de invierno era el día con menos excursiones. Hacía demasiado
frío para los trayectos largos a caballo. Casi todo mi equipo tenía fiesta; a
pesar de que ofrecíamos clases de equitación individuales, ninguno de los
huéspedes se había apuntado, así que tenía libre la mayor parte del día.
Disponíamos de algunas motonieves para dar paseos por los alrededores
del rancho, pero esa excursión no se ofrecía los lunes; tocaba paseo en carro
de heno con chocolate caliente. Por eso en los establos estaba todo
tranquilo. El spa, en cambio, solía estar a tope los lunes.
—Ya me encargo yo del paseo en carro de heno —se ofreció mi padre.
—¿De verdad? Hace mucho frío.
—No me importa.
Debía estar desesperado. La última vez que estuvo dispuesto a dirigir una
excursión fue… Bueno, ni me acordaba. Pero seguro que no había
temperaturas bajo cero.
Fue antes de que Indya comprara el rancho. Y, antes de eso, nos
ocupábamos West y yo, junto con el resto del personal.
Mi padre suspiró.
—Solo intento ayudar. Si me dejas.
—Ah.
¿Lo hacía para ganarse mi favor? ¿O el de West?
Mi padre y mi hermano mayor mantenían una relación muy tensa. Años
atrás, él había actuado a sus espaldas y le había vendido el rancho a Indya
justo antes de que West y ella estuvieran juntos.
Yo, con el tiempo, olvidé aquella traición, pero ¿West? No tenía claro que
lo hubiera superado. Al final la cosa había salido bien, pero mi hermano no
había dejado de albergar cierto resentimiento.
La venta había afectado a la relación que manteníamos mi padre y yo,
pero casi rompió por completo la que tenía con West.
—Si de verdad quieres ocuparte del paseo en carro de heno, no te lo
impediré.
Tenía algunos proyectos esperándome en casa, y no me importaba
dedicarles ese tiempo.
—Estupendo. Lo haré encantado. —Me dio una palmada en el hombro y
se puso los guantes—. Volveré por la tarde. Es a las tres, ¿verdad?
Asentí.
—Sí, a las tres en punto. Los huéspedes pasarán por el restaurante a por
las bebidas y luego vendrán aquí para equiparse.
—Me parece muy bien.
Se despidió agitando la mano y se fue hacia la puerta.
Cuando se marchó, di una vueltecita para asegurarme de que no quedaba
nada urgente por hacer ese día. Después apagué la luz del despacho y me
dirigí a la camioneta aparcada fuera para marcharme a casa.
El camino se limitaba a dos estrechos surcos formados por los
neumáticos en la nieve, pero con eso me bastaba. Sobre todo porque era la
única persona que solía recorrerlo. Alguna vez mi padre, West o mis
abuelos se dejaban caer por mi casa, pero no solía recibir visitas.
Conservaba esa parte tranquila y apartada del Rancho Haven River para mí
solo.
Hacía décadas que mis abuelos habían construido allí dos cabañas para
los empleados que pernoctaban en el complejo. Las usaron durante un
tiempo cuando mi padre era niño, pero eso fue mucho antes de que yo
naciera. Prácticamente estuvieron vacías durante toda mi vida, expuestas al
rigor del tiempo de Montana año tras año.
De pequeño, las utilizaba como escondite. De adolescente, mis amigos y
yo nos fugábamos allí para montar fiestas. Cuando terminé la universidad y
volví a casa para quedarme a vivir en el rancho, decidí hacerme cargo de
ellas y restaurarlas de arriba abajo.
Me costó años de sudor convertirlas en un hogar. La mayoría de las
reformas las hice yo, echando mano de West si necesitaba ayuda. Mi casa
ya estaba terminada. Tiempo atrás la amplié muchísimo, y ya apenas se
parecía al cubículo de antaño.
La otra cabaña era mi proyecto más reciente. Como no vivía allí, la
reforma había sido más lenta, pero, tras meses de trabajo, por fin estaba casi
terminada.
El terreno de doscientas hectáreas que rodeaba las casas me pertenecía.
Era un regalo que había recibido de Indya y West, pero aún no tenía claro
que me lo mereciera.
Ellos eran los propietarios de la mayor parte de la finca, pero mis
abuelos, mi padre y yo teníamos una parcela considerable cada uno.
A mí me había correspondido la ubicación más privilegiada de toda la
propiedad. Claro que West opinaba que el sitio donde ellos habían
construido su hogar era mejor. Pero, aunque mi hermano solía dar en el
clavo, en ese caso se equivocaba.
El prado que se extendía alrededor de mi casa tenía un manto de nieve
encima. Los árboles de hoja perenne habían quedado cubiertos de escarcha
y brillaban bajo el sol de la mañana. Del conducto de ventilación del tejado
salía una columna de humo.
Me abrí paso por la nieve hasta la cabaña situada junto a la mía y entré.
El suelo de roble era nuevo, y quería conservarlo en perfecto estado durante
un tiempo, de manera que me quité las botas de una patada y me dirigí al
lavadero ubicado en la parte trasera de la casa.
Era lo último que quedaba por reformar. Todas las habitaciones estaban
listas y amuebladas. Ya había colocado las baldosas del suelo, y solo faltaba
echar la lechada. Luego les daría una capa de barniz impermeable e
instalaría una lavadora y una secadora nuevas.
Mi padre opinaba que la reforma de esa cabaña era tirar el dinero. Él
creía que me habría salido más a cuenta derribarla, y quizá tuviera razón.
Estaba a unos cincuenta metros de mi casa, y yo no quería vecinos. Pero no
me parecía correcto echar abajo algo que había construido el abuelo.
Desde luego, había cambiado mucho desde que él la levantó, pero seguía
en pie, y eso significaba algo, ¿no?
Conservé todos los elementos posibles. En ambas cabañas, utilicé los
tablones de madera originales de las paredes exteriores para añadir hileras
decorativas al nuevo revestimiento. Retiré algunas puertas para darles un
nuevo acabado antes de volver a colocarlas, como la de la despensa y la de
ese lavadero. Incluso guardé una antigua bañera de patas de la abuela para
instalarla en el cuarto de baño de la habitación principal.
Como tenía el material, me puse manos a la obra. Estaba terminando de
rejuntar las baldosas del suelo cuando el estómago empezó a rugirme
porque era la hora de comer. Me encontraba aseándome en el fregadero de
la cocina cuando oí el ruido de un motor en el exterior. Me sequé las manos
y me dirigí a la puerta; al abrirla, vi que West se apeaba de su camioneta.
—Hola —saludé, y le hice una señal para que entrara.
—Hola. —Él me estrechó la mano antes de entrar y dejar las botas junto
a las mías—. Está quedando muy bien. Has hecho muchas cosas desde la
última vez que estuve aquí.
—Gracias. He estado muy ocupado desde Navidad.
Se adentró en la casa y se paseó lentamente en círculos.
—¿La has amueblado tú?
Me encogí de hombros.
—Pensé que podría servir para cuando tengamos invitados que no
quieran alojarse en el edificio principal.
No solíamos tener invitados, al menos yo. No teníamos tíos ni tías, y
nuestros abuelos ya tenían su casa, al igual que mi padre. Los amigos de la
universidad venían a verme alguna vez, pero solo en raras ocasiones.
A lo mejor me quedaría a dormir allí cuando necesitara otra perspectiva.
West hizo un sonido apreciativo y se frotó la barba incipiente.
—Quizá funcione.
—¿El qué?
—Eh… necesito pedirte un favor. —Dio otra vuelta lenta antes de
mirarme a la cara—. Tienes que dejar que Sasha viva aquí.
Seguro que lo había oído mal.
—Repítelo.
4

Sasha

Tenía un e-mail abierto en la pantalla del ordenador. Las letras se


desdibujaron formando unos borrones grises. Era mi tercer intento de leer el
mensaje enviado por una organizadora de bodas de Phoenix. La novia…
tenía una petición especial. Pero cada vez que llegaba a la segunda frase me
desconcentraba.
Tenía en la cabeza la llamada de Micah.
El día anterior había habido un problema con Eddie. Según Micah, un
«altercado», lo que significaba que había vuelto a pelearse. Tuvieron que
aislarlo. Otra vez.
Micah no podía darme más detalles; el programa de Eddie incluía un
protocolo de confidencialidad muy estricto. Pero, como necesitó atención
médica, no quiso que me asustara cuando viera el cargo adicional en la
factura.
Le pedí que me pusiera con Eddie, pero Micah dijo que aún no era el
momento.
«Sigue mandándole cartas».
¿Iba a ser esa su respuesta para todo en adelante? ¿Que le mandara
cartas?
Lo último que me apetecía era ponerme a escribirle de nuevo. Cada vez
que metía una de esas notas en el buzón, tenía la sensación de haber
arrojado un pedazo de mi corazón al vacío con la certeza de que nunca lo
recuperaría. Sin embargo, era todo lo que teníamos, de modo que
bienvenido fuese. Lo superaríamos. Yo lo superaría. Aunque supusiera
seguir comunicándome con él por carta.
Por eso, cuando Micah colgó, me puse a redactar una.
No era gran cosa. Los escritos eran cada vez más breves. Quizá cuando
Eddie contestara, cuando entablásemos un diálogo a partir de esos
mensajes, tendría más que decirle. Mientras tanto, debería conformarse con
poco.
Tras cerrar el sobre y metérmelo en el bolso para llevarlo a la oficina de
correos de camino a casa, volví a centrarme en el e-mail. La cuarta fue la
vencida. La novia quería fotos a caballo para el reportaje de la boda, pero
no le bastaba cualquiera: tenían que ser dos caballos negros. ¿Eso se hacía?
¿Teníamos dos caballos negros en el rancho?
Para contestarle, tendría que preguntárselo a Jax.
Pero no quería volver a hablar con él. Dos veces en un solo día era
demasiado. Cuando no pensaba en la llamada de Micah, mi mente
reproducía cada segundo de la visita de Jax de esa mañana.
Qué guapo estaba sentado en mi despacho, con la barba incipiente y el
pelo alborotado. Nunca me habían puesto los tíos con aspecto descuidado
hasta que conocí a Jax.
Además, olía muy bien. Siempre olía bien, pero ese día se notaba un
toque a jabón, como si acabara de ducharse. Me estuvo pidiendo disculpas
mientras yo me lo imaginaba desnudo. Seguro que tenía unos abdominales
espectaculares y el culo duro como una piedra. Seguro que con un simple
beso lograba que una mujer contrajera los dedos de los pies. Seguro que el
sexo con él era…
—Céntrate, joder —mascullé—. Deja de fantasear con Jax.
—¿Sasha?
Desvié la atención hacia la puerta, donde Indya aguardaba de pie. Tragué
saliva y noté que el rubor se extendía por mi cara.
—Ah, hola.
—¿Estás bien?
Forcé una sonrisa.
—Sí, muy bien. ¿Y tú?
—También. —Se pasó la mano por el jersey de color arena que se le
ceñía al vientre—. Quiero enseñarte una cosa. Se me ha ocurrido una idea.
—De acuerdo. —Me levanté de la silla, agradecida por tener algo que me
hiciera olvidar a Jax Haven—. ¿Qué es?
Indya se dirigió al colgador de la esquina y cogió mi abrigo.
—Necesitarás esto. Y también la mente abierta.
—Vale —dije arrastrando un poco la palabra.
«Uf». Cada vez que me pedían que tuviera la mente abierta, el resultado
era horrible.
—Es bueno, te lo prometo —dijo Indya mientras me ponía la parka y la
seguía por el pasillo—. ¿Confías en mí?
—Por supuesto —mentí.
En esos momentos no tenía muy claro que confiara en nadie, ni siquiera
en Indya.
—Voy un momento a por mi abrigo.
Entró en su despacho y, al instante, salió con una chaqueta Carhartt de
lona color canela que, por lo grande que le quedaba, debía de ser de West.
Pero podía abrocharse la cremallera por encima de la barriga, aunque las
mangas le taparan toda la mano.
Se cubrió los rizos con un gorro de punto y me guio a través del edificio
principal hasta la puerta que daba al aparcamiento de los empleados. Tenía
el todoterreno a punto.
—¿Adónde vamos? —pregunté mientras entrábamos, y noté la calidez de
los asientos de cuero bajo los pantalones vaqueros.
—Ya lo verás —dijo guiñándome un ojo, y se alejó del edificio principal.
En lugar de bajar por la carretera que llevaba hacia la carretera principal,
pasó frente a los establos y el taller, y enfiló los senderos cubiertos de nieve
que trazaban serpenteantes recorridos alrededor del complejo.
No habían limpiado el camino y, de no ser por las huellas de los
neumáticos, no habría sabido que lo era. Estábamos rodeadas de un mar
blanco que se extendía en todas direcciones.
Por un instante, pensé que se dirigiría hacia su casa, pero, cuando dejó
atrás el desvío, miré alrededor intentando imaginar adónde íbamos.
—Nunca has estado por aquí, ¿verdad? —preguntó.
—Creo que no, pero, sinceramente, con la nieve no lo sé seguro.
Me puse la mano sobre los ojos a modo de visera. Tendría que haber
cogido las gafas de sol antes de salir del despacho.
El sol brillaba en un cielo azul sin nubes; sus rayos captaban el blanco
cegador y lo reflejaban en todas direcciones. Si no hiciera tanto frío, quizá
me gustaría la nieve. Estaba limpia y crujía. Pero la temperatura del
salpicadero mostraba un signo negativo delante del número.
Al verlo, me encogí.
Además, ¿adónde íbamos? No me gustaban las sorpresas. Era algo que
formaba parte de mi personalidad estirada.
Cuando empecé a trabajar en el complejo, Indya me hizo un tour por el
rancho, pero esas primeras semanas fueron una vorágine. Quizá ya
habíamos estado en ese sitio, pero no lo recordaba. Tenía el cerebro
atiborrado con tantísimas cosas de los últimos tres meses que me resultaba
imposible retenerlas todas.
—Cuando me trasladé a Montana para ocuparme del complejo, West
vivía aquí —dijo—. Compartimos su casa hasta que construyeron la de
ahora. Hace unos años hubo un escape de agua tremendo y, como no
veníamos a menudo, tardamos en darnos cuenta. Cuando lo descubrimos,
los daños eran tan importantes que tuvimos que derribarla.
—Ay, no. Lo siento.
Me dedicó una sonrisa triste.
—Yo también. Era una de las cabañas originales. A West se le rompió el
corazón el día que tuvo que tirarla abajo.
Yo sabía lo que significaba tenerse que despedir de una casa importante.
—Curtis vive por ahí —anunció Indya señalando al frente a través del
parabrisas—. Más allá está la casa de Alan y Sarah.
Los abuelos de West y Jax visitaban el complejo con frecuencia. Aunque
no los conocía mucho, siempre se mostraban amables cuando nos
cruzábamos.
Indya dejó la carretera para tomar otra. Las huellas de los neumáticos
eran más estrechas y el sendero, también.
¿Estaría pensando en hacer una ampliación? ¿Quizá otro edificio para los
huéspedes? Había mencionado que quería más cabañas unifamiliares, pero
esa zona quedaba lejos del edificio principal. El personal de limpieza
tendría que pegarse una buena caminata hasta allí. Y, si algún huésped no
tenía coche, tendríamos que proporcionarle transporte para ir y venir. Había
demasiada distancia para ir andando, y aún no habíamos llegado al final.
Sin embargo, todos los motivos por los que aquello era un error se
desvanecieron en cuanto dejamos atrás una arboleda y aparecieron dos
casas impresionantes. Estaban en mitad de un prado cubierto por un manto
blanco, con el bosque y las montañas como telón de fondo.
El exterior de ambas casas era de un marrón tan oscuro que parecía
negro. Los tablones que habían utilizado para decorarlas se veían grisáceos
y desgastados, como si hubieran soportado un centenar de inviernos en
Montana.
La cabaña grande disponía de un garaje contiguo y parecía mucho más
espaciosa que cualquiera de los bungalows privados. La pequeña tenía un
acabado similar, y había suficiente distancia entre las dos para que los
huéspedes disfrutasen de su intimidad.
Aunque también de estilo rústico, no eran como las cabañas cercanas al
edificio principal. Tenían un toque más fresco, más moderno.
Indya se dirigió a la pequeña y aparcó.
—Ven.
La seguí dentro y me quité las botas cuando vi que ella lo hacía.
Avanzamos por el interior en calcetines.
—Esto es precioso.
—¿A que sí?
Pasó la mano por el respaldo de una gran butaca de piel. En un día frío
como ese, no había nada que me apeteciera más que acurrucarme con una
manta en un sitio así y ponerme a leer.
No recordaba la última vez que había leído un libro. Antes me encantaba.
Quizá retomaría el hábito mientras Eddie y yo estuviéramos separados.
¿Cuántos libros necesitaría para llenar ese vacío? ¿Cinco? ¿Doce? ¿Noventa
y uno?
—Esta es mi idea —dijo Indya aplaudiendo—. El lugar donde vives
ahora es… un desastre.
Abrí la boca para discutírselo, pero la cerré al instante.
Mis comentarios sobre los problemas que tenía en el piso de alquiler le
hacían saber que estaba en lo cierto. Esa misma tarde, después de que Jax
entrara en mi despacho y me pusiera los nervios de punta, le había contado
lo de los cortes de agua y electricidad del fin de semana.
—No son las mejores condiciones, eso es cierto —reconocí.
—Aún quedan muchas semanas de invierno. Es muy estresante tener que
moverse en coche para ir y venir del pueblo en esta época del año. Y tus
horarios serán impredecibles cuando me coja la baja por maternidad. No me
gusta que tengas que andar por las carreteras heladas en plena noche. Mi
propuesta es que te mudes aquí.
—Aquí. ¿Aquí?
Señalé el suelo. La preciosa tarima de roble tenía un tono chocolate.
—Sí.
—¿Y los huéspedes?
—Esto no está disponible para reservas —dijo.
—¿Ah, no? —Fruncí el ceño. ¿Dónde estábamos?—. Entonces ¿qué…?
—Di que sí y punto. —Indya juntó las palmas de las manos delante del
pecho—. ¿Por favor?
Desvié la mirada al sofá. Estaba tapizado en cuero, igual que la butaca.
Le vendrían bien un cojín y una manta, pero por lo demás era ideal para las
maratones de cine de los viernes por la noche y las siestas de los domingos
por la tarde.
Todo era bonito, limpio y fresco. Sería un sueño instalarse allí.
Pero no podía permitirme soñar. Literalmente.
—¿Cuánto es el alquiler?
¿De verdad me lo estaba planteando, al margen del precio? Seguro que
costaba el doble de lo que pagaba en el pueblo. No podía permitírmelo. Por
alguna razón, estaba en un piso de mierda: era barato. No cabía duda de
que, con el sueldo que me pagaba Indya, ganaría mucho dinero, pero en ese
momento necesitaba hasta el último centavo.
—Es gratis —contestó.
Me atraganté con mi propia saliva y tuve que toser.
—¿Gratis? ¿Qué dices? —conseguí balbucir cuando por fin me aclaré la
garganta.
—Sé que no has tenido una vida fácil últimamente, así que me gustaría
contribuir para hacértela más llevadera. No puedo cambiar el clima, pero sí
ofrecerte algunas comodidades.
¿Comodidades? En comparación con mi piso del pueblo, eso era como
ponerse un bata de felpa y unas zapatillas de pelo.
Me mordí el labio inferior y eché un vistazo a la cocina. Armarios
blancos de líneas elegantes. Encimeras de mármol. Electrodomésticos de
acero inoxidable que parecían nuevos.
«Gratis». Un alquiler gratis.
—Es demasiado —dije—. Eres demasiado generosa.
—Pues entonces págame lo mismo que te cuesta el alquiler del pueblo.
—Indya —protesté. No me lo estaba poniendo fácil—. No puedo
aceptarlo.
—Claro que puedes. Di que sí y ya está. Es muy fácil.
Joder. ¿Lo era? Ya no sabía qué era fácil y qué no. Y eso me parecía
demasiado bonito para ser verdad.
Indya debió de captar la indecisión en mi cara.
—¿Por qué no te instalas aquí hasta que pase la fiesta? Aún no tomes una
decisión. Primero pruébalo, a ver si te gusta.
¿Una semana de prueba? Eso sí que podía aceptarlo. Estaba a punto de
decirle que sí cuando llamaron a la puerta.
Y entró Jax.
Un momento. ¿Qué hacía él allí? ¿Dónde estábamos? ¿Quién vivía en la
cabaña de al lado? Las preguntas empezaron a darme vueltas en la cabeza.
—Hola. —Levantó la barbilla para saludar a Indya—. ¿Todo bien?
—Sí, ¿verdad?
Ella me miró y asintió con la cabeza, como si esperara que imitara el
gesto.
Me quedé mirándolos. No. No iba todo bien. No iba bien en absoluto.
Indya frunció el ceño, y su expresión esperanzada se desvaneció de
golpe.
—La cabaña es de Jax. Él vive en la de al lado. Te juro que iba a
decírtelo cuando aceptaras probar a vivir aquí unos días.
—Ya.
Demasiado bueno para ser verdad. Tal como esperaba.
Indya había sido muy lista al no decírmelo antes, porque habría vuelto al
coche.
—Mira, te agradezco de veras el gesto, pero creo que de momento me
quedaré donde estoy. Me gusta vivir en el pueblo.
No era del todo mentira. Me gustaba tener el supermercado a unos
minutos de casa, aunque intentaba pisarlo lo menos posible.
—¿Estás segura? —preguntó.
—Sí.
Indya suspiró.
—Vale. Bueno, si cambias de idea, esto seguirá aquí.
—Gracias —le dije, y me volví hacia Jax para agradecérselo, pero vi que
me estaba mirando con la sonrisita de marras. Dios, qué cansada estaba de
ese gesto. Era condescendiente, arrogante y de un sexy que daba asco. A la
mierda con él por ser tan guapo—. ¿Qué pasa? —le espeté.
—Nada. —Levantó las manos en el aire y su sonrisa se amplió.
«¡Bah!»—. Como dice Indya, si cambias de idea, aquí está esto.
—No cambiaré de idea.
Me acerqué adonde había dejado las botas, me calcé y esperé en la puerta
a que saliera Indya.
El trayecto de vuelta al edificio principal transcurrió en silencio. Un
silencio incómodo. Indya no me preguntó qué me pasaba con Jax. Por el
momento, dejé que creyera que el problema era que me sacaba de quicio su
forma de ser caótica y arrogante.
Pero en realidad era yo.
Siempre era yo. Yo era el problema.
Y todo empezó el día en que nos encontramos en el supermercado. No
conseguía mirarlo sin pensar en aquella tarde, en lo mucho que deseé que
me pidiera una cita. O que me diera un beso.
¿Por qué no podía olvidarlo? ¿Por qué no lo trataba como a un
compañero de trabajo más? ¿Por qué no podíamos reírnos de la anécdota
del carrito?
Porque yo había enrarecido el ambiente. Porque lo había rechazado sin
motivo. Porque llevaba meses esforzándome por ignorarlo y mantener la
relación en un terreno estrictamente profesional, pero, de repente, me lo
imaginaba desnudo; y ¿qué narices tenían de profesionales los
pensamientos de desnudos? Nada.
Nada. Nada. Nada. Quería ver a Jax Haven desnudo, y ahí estaba el
problema.
Bueno, ese en concreto; porque mi lista de problemas era larga.
Dios. Mi vida era un desastre.
Volvimos al edificio principal y nos retiramos a nuestros respectivos
despachos. Trabajé el resto del día, y, tras una hora en la recepción
saludando a los huéspedes que se dirigían al comedor para cenar, me
dispuse a coger el coche.
El trayecto de vuelta a casa fue lento y estresante, como de costumbre.
Cuando crucé la puerta de entrada, la sala de estar me pareció igual de
deprimente que el balance de mi cuenta bancaria.
No tenía un mullido sillón de cuero para leer. Ni un sofá para echarme la
siesta. Ni tele. No había ni un mueble en todo el piso, excepto en el
dormitorio. Y ¿un colchón hinchable contaba como mueble?
Tenía una lámpara. Al menos era algo, ¿no? Y el portátil, para ver
Netflix. La suscripción a la plataforma era el mayor derroche de mi
presupuesto mensual.
El estado de los armarios de la cocina también era deprimente, pero, por
suerte, me gustaban los desayunos fríos. ¿Froot Loops? ¿Copos tostados y
azucarados con canela? ¿Cereales de avena con miel y almendra? Tenía los
armarios atiborrados de sus imitaciones en marca blanca. Saqué la caja de
cereales de chocolate, los favoritos de Eddie, y me los comí en uno de los
tres cuencos que tenía. Luego lo dejé en el fregadero, con el fondo
manchado de leche con cacao.
Ya lo lavaría al día siguiente.
Sin nada más que hacer, me retiré al dormitorio y me puse un chándal
limpio. Después me acurruqué bajo las mantas abrazada a un cojín y me
puse a ver una película hasta que me dormí.
Me desperté con un sobresalto por los golpes en la pared. Ahogué un
grito, me incorporé y me retiré el pelo de la cara.
—¡Que te den! —gritó una mujer en el exterior.
Me arrastré hasta el borde de la cama para levantarme y pestañeé para
vencer el sueño antes de acercarme corriendo a la ventana y retirar el estor
de vinilo.
Una mujer a la que había visto varias veces estaba plantada en mitad de
la calle con los brazos y los dedos corazón levantados mientras seguía
gritando obscenidades en plena noche.
—¡Hijo de puta! ¡Ojalá te pudras en el infierno, desgraciado! ¡Que te
den, cabrón! ¡Que te den!
—Cállate. —Dejé caer el estor y me puse a dar cabezazos contra la pared
—. Cállate. Cállate. Cállate.
Por una noche, solo por una, quería dormir sin interrupciones. Sin cortes
de luz. Sin aullidos del viento. Sin orgías en el piso de al lado.
Sin mujeres maldiciendo.
—Odio Montana —mascullé mientras salía del dormitorio arrastrando
los pies.
Ya me había despertado, y no podría volver a dormirme hasta que cesaran
los gritos. Mejor sería que limpiara el cuenco de la cena.
Pero no conseguí llegar a la cocina.
Porque, mientras cruzaba la sala de estar, se abrió de golpe la puerta de la
entrada.
Que estaba cerrada con llave.
Un hombretón muy borracho y muy confuso irrumpió en mi piso.
Y vomitó en la alfombra.

Querido Eddie:
Te echo de menos. Echo de menos tu cuenco de cereales en el fregadero. Echo de menos que
me digas que mañana lavarás tú los platos. Y tus botellas de agua por todas partes. Echo de
menos tropezar con tus zapatos cuando entro en casa. Y tu ropa esparcida por toda la casa.
Echo de menos tus risas. Y tu sonrisa.
Te echo de menos.
>>S.
5

Jax

El ruido de los cascos se mezcló con las voces del exterior del despacho.
Los chicos se estaban preparando para empezar el día, y ensillaban los
caballos mientras charlaban y bromeaban.
Me gustaba organizar las excursiones guiadas y la responsabilidad que
implicaba, pero una parte de mí echaba de menos la época en que hacía de
guía. Cuando solo Wyatt y yo nos ocupábamos de las salidas.
Pero Wyatt ya no estaba. Había trabajado durante años en el rancho,
hasta que se jubiló en otoño. Desde entonces se dedicaba a la migración
estacional: pasaba los inviernos en Arizona y los veranos en Montana.
Sin él, yo era la persona de más edad en los establos. A mis veintinueve
años, estaba al frente. ¿No era raro? Había días en que echaba de menos que
me dijeran lo que tenía que hacer. La época en que no era yo el que debía
dar todas las respuestas.
Al menos tenía autoridad para contratar al personal, y era agradable
hacerlo según mi criterio.
Cuando Indya se trasladó al rancho, trajo consigo a unos chicos del
instituto para que colaboraran con nosotros durante el verano. Fueron de
gran ayuda en una época en que la necesitábamos. Desde entonces, había
seguido su ejemplo, y contábamos con un grupo de mano de obra joven y
variable que trabajaba por temporadas.
Eso significaba que continuamente había caras nuevas. Y aunque por lo
general no me importaba el ir y venir constante, ese año, sin Wyatt, me
parecía raro. Él aportaba una estabilidad de la que no fui consciente hasta
que se fue.
En invierno solo había tres guías. Los días en que la demanda de
excursiones o clases particulares de equitación no era alta, los chicos
ayudaban a quitar la nieve o se dedicaban a otras tareas en el complejo.
Ese verano, la plantilla se cuadruplicaría. Cuatro jóvenes iban a volver a
casa al terminar la universidad y trabajarían para nosotros durante la
temporada alta. Los otros empezarían a principios de primavera. Siempre
había algún aficionado a la montaña y al esquí que, al llegar el verano, se
aburría, necesitaba ingresos extra y estaba encantado de hacer de guía en las
excursiones a pie.
Mientras tanto, pasaba muchas horas frente a ese escritorio. Si alguien
llamaba para avisar de que estaba enfermo, me ocupaba de cubrir su puesto,
y también guiaba las excursiones a caballo de los clientes VIP. Por lo
demás, confiaba en que mi equipo contaba con suficiente formación y
habilidades. Ese día me tocaba la puta jornada de organización semanal.
Los papeles de mi escritorio crujieron cuando los apilé.
Fuera, una conversación se interrumpió de golpe, y ese cambio repentino
hizo que me quedara quieto, con los documentos en la mano, y desviara la
atención hacia la puerta abierta.
—Buenos días. ¿Está Jax?
«Sasha».
Sonreí. Por fin se había atrevido a entrar en mi territorio.
—Buenos días, señora Vaughn —la saludó uno de los chicos—. Está en
su despacho.
—Gracias.
Aparté los papeles y me relajé en el asiento con las manos cruzadas sobre
el vientre mientras esperaba.
Sasha se acercó a la puerta despacio; el ruido de sus zapatos en el suelo
de cemento acentuaba cada uno de sus pasos vacilantes. Dobló la esquina y
se asomó al despacho como si dentro hubiera un coyote rabioso esperando
para morderla. Se tensó, y se estaba aclarando la garganta cuando vio que la
estaba mirando.
—Eh… hola.
—Buenos días. —Señalé la silla al otro lado del escritorio—. Pasa. ¿Un
café?
—No, gracias.
Ojeó el desorden de la mesa y puso mala cara, como cuando alguien le
hablaba del tiempo. Tras ocupar uno de los asientos de piel para los
clientes, paseó la mirada por toda la estancia.
—¿No te quitas la chaqueta? —pregunté.
—No, estoy bien así. —Su parka negra parecía una buena pieza de
abrigo, pero tenía la nariz y las mejillas sonrosadas por la caminata. Aunque
se quitó los guantes y se los guardó en un bolsillo—. Menudo despacho.
—A mí me gusta.
Me había instalado en la oficina que, originariamente, Indya había
diseñado para West; amplia y con los mismos acabados de primera calidad
empleados en todo el complejo. Solo que mi hermano prefería trabajar
desde el despacho que tenían en casa, lejos del ir y venir de los huéspedes.
De manera que ocupé ese espacio disponible. Y la habitación contigua, mi
oficina original, se convirtió en la sala de descanso para los guías.
—Tienes un buen lío de… Eh… Un buen lío.
Se estremeció de pies a cabeza e hizo una mueca al observar el desorden.
Me alegré muchísimo de no haber empezado a organizarlo.
El sofá situado junto a la pared estaba enterrado debajo de abrigos y
material para la nieve. Había dejado los zahones sobre el sillón de piel que
usaba para mis siestas de media hora, y por una esquina asomaban un par de
botas tiradas junto a las zapatillas deportivas, abandonadas un día de otoño
después de salir a correr.
El aparador, sobre el que tenía la cafetera monodosis y unas botellas de
mis marcas de whisky favoritas, era un completo caos. Había tazas sucias.
Cápsulas de café vacías. Una servilleta arrugada.
Mi casa estaba limpia. Me gustaba tenerla así. Pero nunca dedicaba el
mismo esmero a la camioneta o al despacho. Esta solo la limpiaba cuando
el parabrisas estaba tan empañado que no veía. Y la oficina… bueno…
hacía tiempo que debería haberla adecentado, tenía que reconocerlo.
—¿Has venido a hablar de las excursiones? —pregunté.
Sasha apartó la mirada de aquel desastre y la centró en mis ojos un
instante antes de posarla en el escritorio.
—Quizá debería volver en otro momento, para darte tiempo a que te
prepares.
—Qué va. Estoy preparado. —Revolví unos papeles—. No tardaré
mucho. Es un caos organizado.
—No creo que quiera aprender a organizar el caos —musitó ella.
—Una decisión inteligente —dije entre risas—. En realidad, lo único que
necesitas saber es que todas las semanas le envío a Indya una lista de las
excursiones de la semana anterior, que incluye un resumen de cada
actividad: quién ha hecho de guía, cuánto ha durado la salida, qué
huéspedes han participado… Te la enviaré también a ti. Si necesitas más
información, dímelo. No tengo problemas en añadir lo que sea.
—¿Esa información la sacas de la base de datos de las reservas?
—Si esto te parece una base de datos, entonces sí.
Cogí uno de los documentos del escritorio y se lo entregué. Era el
informe que los guías rellenaban después de cada excursión.
—Así que usas esto.
Sasha le dio la vuelta al papel, esperando encontrar algo más. Pero solo
tenía una página.
—Sí, usamos esto. Los guías lo rellenan y lo entregan al final de cada
salida. He descubierto que eso los motiva a aprenderse y recordar los
nombres de los participantes. Si ha habido algún problema, pueden anotarlo
en la sección de comentarios.
Escrutó mi mesa de despacho al ver las pilas de hojas de resumen.
—Todo esto ya se lo he enviado a Indya, pero aún no he archivado los
originales. Odio archivar.
—Archivar. —Sasha pestañeó, perpleja—. O sea que usáis archivadores
físicos.
Señalé los armarios que había detrás del aparador.
—Sí.
—¿Y cómo se inscriben los huéspedes?
—En la recepción hay una hoja de inscripción para cada salida. Solo
tienen que pasar por allí y apuntarse. Antes de la actividad, los guías
recogen la lista definitiva y reúnen a los participantes. En este calendario…
—aparté los papeles para que pudiera ver el gran calendario de sobremesa
oculto tras el montón— … anoto las excursiones de cada día. Una vez a la
semana, llevo las hojas para las inscripciones a la recepción.
—Papel… Todo el seguimiento se hace en papel. —Se pellizcó el puente
de la nariz—. Tengo la sensación de haber viajado en el tiempo y haber
aterrizado cincuenta años atrás.
—Lo creas o no, a veces un papel y un boli van la mar de bien.
—Es que es tan…
—Anticuado.
—Iba a decir poco eficiente.
—Mejor lo dejamos en anticuado, la palabra es más bonita.
Sonreí al ver que torcía el gesto. Sasha no sabía poner cara de póker, y
eso me gustaba. Mucho.
—Yo… —Se detuvo y levantó las manos—. Vale. Papel.
—¿No irás a sugerirme que utilicemos una aplicación o un programa
informático?
—Si lo hago, ¿dirás que sí?
—No.
—Me lo imaginaba —masculló.
Me eché a reír.
—Mis abuelos utilizaban este sistema y les funcionaba, así que pensé que
también me iría bien a mí.
—O sea, que lo haces por motivos sentimentales.
Me encogí de hombros.
—Llámalo así, si quieres.
—Vale.
Bajó la mirada a los dedos que no paraba de remover en el regazo.
Esperé, imaginando que volvería corriendo al edificio principal, al mundo
en el que Indya estaba al frente y había modernizado los sistemas del
complejo. Todo el personal de limpieza disponía de un iPad. Las reservas
del restaurante y del spa se hacían por ordenador.
Sin embargo, en vez de marcharse, se arrellanó en la silla y por fin apoyó
los hombros en el respaldo.
—Esto no tiene nada que ver con el trabajo, pero, si la oferta sigue en
pie, ¿puedo instalarme un tiempo en tu cabaña?
«¿Eh?». Bueno, eso sí que no me lo esperaba. El día anterior se había
largado tan deprisa que di por sentado que o bien la cabaña le parecía
horrible —poco probable, porque era espectacular— o bien le había
encantado. Y si a Sasha le encantaba algo que me pertenecía, tendría que
admitirlo. De ahí que huyera con tantas prisas.
Esbocé una sonrisita.
—¿Te ha costado mucho preguntármelo?
En cuanto se le dilataron las fosas nasales, me arrepentí de haber abierto
la puta boca. Dio un respingo, como si le hubiera picado una serpiente en el
culo, y corrió hacia la puerta.
—Mierda. —Me levanté tan rápido que la silla salió rodando hacia atrás
y chocó con la pared—. Sasha.
Ella cruzó los establos y siguió andando.
—¿Puedes esperar un momento?
—Olvídalo —me ladró por encima del hombro. Ese día llevaba el pelo
suelto, cosa rara, y le caía sobre los hombros.
—Sí, puedes instalarte en la cabaña.
Apreté el paso e hice un viraje para impedir que avanzara hacia la puerta.
Ella se detuvo en seco para que no chocáramos. Luego se cruzó de brazos y
me obsequió con aquella mirada que no debería parecerme tan sexy.
—Si me instalo, ¿me lo echarás en cara cada cinco segundos?
—No. Soy vaquero, pero hubo una época en que me parecía divertido
montar toros. Y mi objetivo son ocho segundos, no cinco.
—Madre mía, esto ha sido un error.
Se apartó para esquivarme, pero volví a cortarle el paso.
—¡Es broma! —Me puse a reír—. No tengo previsto echarte nada en
cara, ¿vale? La cabaña es tuya, y sin acoso.
Me examinó con calma y terminó por bajar los brazos.
—Bien. Gracias. Iré cuando acabe de trabajar.
—Casi he terminado con las obras del lavadero. Seguramente, la semana
que viene estarán instaladas la lavadora y la secadora. Tendrás que esperar a
entonces para hacer la colada, o puedes utilizar mis electrodomésticos.
—No hay problema.
Miré a los guías. Los muy entrometidos se habían apiñado en una cuadra
cercana para enterarse de lo que hablábamos. Erguí la cabeza y les lancé
una mirada de pocos amigos para que volvieran al trabajo. Después me
acerqué a Sasha y bajé la voz al decirle:
—Por curiosidad, ¿qué te ha hecho cambiar de opinión sobre la cabaña?
Ella se tiró del lóbulo de la oreja. Nunca había observado ese gesto en
ella, pero era adorable. Y, por raro que pareciera, también sexy. ¿Qué
significaba? Quizá, cuando viviera en la cabaña de al lado, tendría la
oportunidad de averiguarlo.
—Mis vecinos son unos impresentables —dijo—. Anoche dieron una
especie de fiesta, y uno de los invitados se equivocó de puerta, entró en mi
casa y vomitó la cena en el suelo de mi sala de estar.
—¿Qué coño dices? —Lo dije más alto de lo previsto, y ella se
sobresaltó—. Perdona. ¿Hablas en serio?
—Pues sí —dijo—. No fue la mejor noche de mi vida. Mi casero ha
mandado a arreglar la cerradura y limpiará la moqueta. Será genial si,
mientras, puedo quedarme en tu cabaña.
Ah, «mientras». Pero estaba seguro de que se acabaría quedando más
tiempo. Por nada del mundo iba a dejar que volviera a ese cuchitril, aunque
eso ya lo hablaríamos más adelante.
—Sin problema.
—Gracias.
Me acerqué.
—¿Estás bien?
—Sí.
Sasha no miró al techo mientras hablaba, pero no hizo falta que me diera
pistas para darme cuenta de que mentía.
Levanté la mano. Me moría de ganas de acariciarle la cara, pero me
contuve. ¿Qué tenía esa mujer que hacía que siempre desease tocarla? Cada
vez me ocurría lo mismo: las mejillas sonrosadas, el pelo sedoso, las pecas
que le cubrían la nariz.
Me acerqué tanto que apenas nos separaban unos centímetros, pero no se
apartó. Era la vez que habíamos estado más cerca, sin contar el día del
supermercado. Eso significaba algo, ¿verdad?
Sasha posó la vista en mi boca y la mantuvo allí unos instantes, hasta que
la bajó al suelo.
O sea, le gustaba mi boca. Lo sabía. Joder si lo sabía. No era el único que
se sentía atraído, para nada.
Cuando volvió a levantar la mirada, se había recompuesto y mostraba de
nuevo aquella expresión fría.
No tuve más remedio que esbozar una sonrisita, y su ceño se acentuó aún
más.
Podía poner la cara que quisiera. Me importaba un rábano. Sabía cuándo
una mujer me estaba pidiendo un beso. Y Sasha quería que la besara.
Tuve que hacer acopio de toda mi fuerza de voluntad para no alzar el
puño en un gesto triunfal.
¿Por eso había estado tan irritable durante esos tres meses? ¿Porque yo
también le gustaba?
—¿Necesitas ayuda para trasladar cosas del piso del pueblo? —pregunté.
Ella carraspeó y sacudió la cabeza mientras retrocedía un paso.
—Ya me apaño.
—¿Seguro? —Di un paso adelante y me acerqué tanto que las puntas de
mis botas casi rozaron su calzado—. Podemos pasar a buscar tus cosas, ir a
cen…
Un caballo relinchó.
El sonido captó mi atención lo suficiente para que apartara la mirada, y a
Sasha le bastó ese momento para escapar. Me esquivó más deprisa de lo que
imaginaba y corrió hacia la puerta.
Esperé a que se hubiera marchado para emitir un gruñido de frustración y
apoyar la cabeza en un pilar.
—¿No podíais hacer que los caballos se estuvieran calladitos un rato,
tíos, joder?
Los tres guías se echaron a reír.
—Lo sentimos, jefe.
—Seguro que no —gruñí, y me retiré al despacho.
Olía a café, heno y caballos, como de costumbre. Pero, de fondo, se
notaba una fragancia dulce y fresca. El perfume de Sasha.
Cerré la puerta con la esperanza de retener su aroma unos minutos.
Luego seguí rellenando documentos y haciendo limpieza en la oficina.
Cuando los cinco huéspedes de la excursión de media mañana estuvieron
preparados, los saludé y les estreché la mano antes de que iniciaran la corta
ruta a caballo por la nieve. Cuando volvieron, los ayudé con los animales, y
lo repetí todo antes y después de la excursión de la tarde.
En Montana, los días de invierno eran cortos. A las cinco de la tarde,
cuando salí del despacho, ya había oscurecido. El coche de Sasha seguía en
el aparcamiento de los empleados, de manera que me marché a casa.
Aparqué en el garaje y fui hasta la cabaña para echar un rápido vistazo a
las estancias y asegurarme de que no había dejado herramientas por en
medio que pudieran estorbarle. Me asomé al lavadero, me quité el forro
polar que me había puesto esa mañana encima de la camiseta, me coloqué
los auriculares de botón en las orejas y me dispuse a trabajar.
El sudor me perlaba las sienes cuando, tras una hora a cuatro patas,
terminé de aplicar la capa de barniz impermeable a las baldosas del suelo.
Me puse de pie y me quité los auriculares. Luego me sequé la cara con el
dobladillo de la camiseta.
Noté una ráfaga de aire frío en la piel que me obligó a desviar la atención
hacia el pasillo.
Sasha estaba plantada en la puerta con una maleta en cada mano. Tenía la
boca entreabierta y la mirada fija en mi vientre plano.
Otro hombre se habría bajado la camiseta, pero yo tenía unos
abdominales de puta madre, así que no me molesté en hacerlo.
—Hola.
Pestañeó y apartó la mirada para echar un vistazo a la habitación. Siguió
el movimiento de los ojos con la cabeza.
—Hola. Yo… no me había dado cuenta de que estabas aquí.
—Ya he terminado por hoy.
Volví a enjugarme la frente. En realidad, la tenía seca, pero me gustaba el
tono que adquirían sus mejillas cuando se ponía nerviosa. Y, al parecer, una
buena tableta de chocolate bastaba para desmontar a Sasha Vaughn.
Me bajé la camiseta a regañadientes y recogí el forro polar del suelo
junto con la esponja y el resto del bote de barniz aislante.
—¿Tienes más cosas en el coche? —pregunté, señalando el equipaje con
la cabeza.
—Sí, pero puedo sacarlo yo.
Apartó las maletas de la entrada y las dejó a un lado antes de correr al
exterior. Cuando terminé de limpiar la esponja y lavarme las manos, ella ya
había metido tres bolsos más que apiló junto al resto.
—¿Y los muebles? —pregunté—. West y yo podemos llevar un remolque
de caballos al pueblo mañana para trasladar los trastos grandes.
—Ah, no hace falta.
Agitó la mano para rechazar el ofrecimiento mientras cerraba la puerta.
Después se agachó para quitarse los botines y los colocó con cuidado junto
a la entrada.
—¿Piensas dejar tus cosas en el piso?
—De momento sí. No tiene sentido trasladarlo todo, si solo voy a estar
aquí unos días.
Ni mucho menos iban a ser unos días, pero prefería que, de entrada, se
quedase prendada de la cabaña. Dejaría que esas paredes la convencieran;
ya trasladaríamos los muebles más adelante.
—¿Qué tal te ha ido el día, por lo demás? —le pregunté.
—Bien. ¿Y a ti?
—Bien.
Me agaché frente al aparador, me así al borde y crucé las piernas a la
altura de los tobillos.
Sasha bajó la mirada por mis piernas hasta los calcetines blancos; yo
también había dejado las botas junto a la puerta. Daba la impresión de que
se sentía más segura mirándome los calcetines que la cara.
Moví los dedos de los pies.
Ella reaccionó de inmediato y se dispuso a guardar sus pertenencias.
Esperé a que hubiera recorrido medio pasillo antes de apartarme del
mueble y coger el resto de los bolsos para seguirla hasta el dormitorio
principal.
Cuando llegué a la puerta, vi que tenía la cara enterrada en las manos y
las maletas sobre la alfombra, a sus pies.
—¿Qué te pasa?
Ella se sobresaltó y se llevó la mano al corazón.
—Mierda. Me has asustado.
—Lo siento.
—No pasa nada. —Agitó la mano para restarle importancia—. Gracias.
—¿Dónde quieres que te deje esto?
Levanté los brazos para mostrarle el equipaje.
—Donde te parezca.
Entré en el dormitorio y puse los bolsos encima de la cama.
Sasha se apartó para dejarme espacio, pero no bastó para evitar que oliera
su perfume.
No me importaría notarlo en mis sábanas, en mi almohada.
—¿Tienes ham…?
La luz de unos faros se coló por la ventana del dormitorio, y Sasha salió
disparada, como si se hubiera prendido fuego.
Me asomé al exterior para lanzarle una mirada furibunda a quien hubiera
arruinado mi siguiente intento de invitar a Sasha a cenar, pero el enfado se
desvaneció en cuanto vi a Emery aparcando su Jeep Wrangler delante de mi
casa.
—Mierda.
Cuando llegué a la sala de estar, Sasha estaba plantada en medio,
parapetada detrás del máximo número de muebles posible.
—Me marcho ya. Dime si necesitas algo.
—Claro. Gracias por dejar que me quede aquí.
—Sin problema. —Recogí el forro polar de encima del aparador y me lo
puse rápidamente antes de guardar la esponja y el barniz aislante bajo el
fregadero y calzarme las botas—. Buenas noches.
—Buenas noches —contestó Sasha con un gesto de asentimiento cuando
me despedí con la mano y desaparecí.
Emery estaba frente a la puerta de mi casa cuando llegué precedido por el
vaho de mi aliento y la nieve crujiendo bajo las botas. En el suelo, junto a
ella, había una bolsa de viaje.
—Hola.
—Hola.
Me sonrió durante tres segundos antes de desmoronarse.
Joder. La atraje a mis brazos cuando rompió a llorar.
—¿Estás bien?
—No.
—¿Qué ha pasado?
No contestó. Ni falta que hacía.
Calvin, el imbécil de su marido; eso era lo que había pasado.
—¿Qué necesitas?
Ella se apartó y soltó el aire.
—Un copazo. Y quizá pasar la noche en tu sofá.
—Trato hecho.
Me agaché para coger su bolsa.
—¿Quién es? —preguntó, mirando por encima de mi hombro hacia la
cabaña.
Me volví justo cuando Sasha se apartaba de la ventana del salón.
—Sasha. Es la nueva gerente del complejo. Vive en un piso de alquiler en
el pueblo, pero están haciendo obras y se quedará aquí una temporada.
—Ah.
Otro día le hablaría más de ella y le contaría cómo nos habíamos
conocido. Le explicaría lo que la había llevado a alojarse en la cabaña y que
no podía quitármela de la cabeza.
Pero ese no era un buen momento.
Sobre todo porque, incluso en la oscuridad, veía el reguero de las
lágrimas en las mejillas de Emery.
Por eso la rodeé por los hombros y la guie al interior de mi casa.
—A ver esa copa.
6

Sasha

Cuatro noches. Esa mujer llevaba cuatro noches en casa de Jax.


¿Quién era? ¿Cuánto tiempo llevaban juntos? ¿Cómo le sentaba a Mindi
que Jax compartiera su cama con otra?
—¿Por qué narices no puedo dejar de asomarme a esta maldita ventana?
—musité para mis adentros mientras intentaba ponerme los pendientes—.
Entra. Va.
Estos en concreto siempre me costaba cerrarlos. O quizá no tuviera nada
que ver con la joya en cuestión y sí con la furia irracional que me recorría el
cuerpo. Una que estaba relacionada con el Jeep Wrangler de la casa
contigua.
Dejé caer los brazos y cerré los ojos. Entonces intenté que esa frustración
se manifestara de otra forma, no en mis dedos.
Daba igual a quién se estuviera tirando Jax. No me importaba. No
salíamos juntos. No tenía ningún derecho sobre él ni motivos para estar
celosa. ¿Por qué, entonces, no podía dejar de mirar por la ventana de la sala
de estar?
¿Era porque le había visto los abdominales? Quizá era por eso. Ningún
ser humano de carne y hueso tenía unos abdominales así. Eran dignos de un
modelo de ropa interior. Como los de Chris Hemsworth haciendo de Thor.
Para cubrírselos con nata y lamérselos hasta dejárselos limpios. Y eso que
no me gustaba la nata; me daba ardor de estómago.
Pero tras haber visto de refilón aquella tableta de chocolate el martes, no
podía quitármela de la cabeza. Hacía días que tenía la sensibilidad a flor de
piel y me entraban calores. Solo con pensar en el nombre de Jax, notaba un
ligero latido en mis partes íntimas.
¿De veras era por Jax y sus magníficos abdominales? ¿O era porque me
sentía frustrada sexualmente, pues llevaba meses absteniéndome de todo
contacto físico?
Echaba de menos que alguien me cogiera de la mano, y los besos, y los
abrazos.
Echaba de menos que me rodeasen unos brazos fuertes y la sensación de
que me estrecharan hasta quedarme dormida. Echaba de menos a Eddie. A
mis amigos, mi hogar y… mi vida.
Pero en ese instante era la casa de otra persona, ¿verdad? Y el empleo
también. Alguien que no era yo dormía en la que antes era mi habitación, y
cubría el turno del sábado junto con mis amigos.
Antes de trasladarme a Montana, había trabajado cinco años como
subdirectora de un centro de belleza y bienestar en Sacramento.
Tras terminar el instituto, la mayoría de mis amigos se fueron a la
universidad, pero yo preferí quedarme en casa y ponerme a trabajar;
estudiaba por las noches hasta que por fin obtuve el título. Fueron cinco
años muy duros, pero me esforcé muchísimo, y la recompensa fue aquel
empleo en el Centro de Belleza y Bienestar Serenity Rise.
Hice muy buenos amigos en el trabajo. Quizá no fuesen para toda la vida,
pero nos llevábamos bien. Conseguimos crear un vínculo a partir de unos
horarios y unas jornadas de locos. De los clientes pijos y las quejas
ridículas. De los martinis del viernes por la noche y los reality shows
televisivos.
Luego, poco a poco, dejamos de enviarnos mensajes.
Seguramente, ya habrían creado otro grupo de WhatsApp.
Me había trasladado a Montana con la esperanza de hacer nuevos
amigos, pero el hecho de ser la gerente, no una subordinada, cambiaba las
cosas. No podía despotricar de la jefa porque la jefa era yo. Las
recepcionistas no me invitaban a sus noches de chicas. El personal de
limpieza no cotilleaba conmigo por los pasillos.
Era difícil no pensar que Montana había sido otra elección desafortunada
tras la ristra de decisiones horrorosas que había tomado en los últimos diez
años. Pero al menos me salía barato. El coste de la vida allí no tenía nada
que ver con el de California, y me pagaban el doble de lo que ganaba en
Serenity.
Sin embargo, ese traslado había conllevado un coste de otra clase: mi
felicidad. Aunque en California no me caracterizaba por estar como unas
castañuelas, mi alegría, por poca que fuera, empezaba a desvanecerse.
La verdad era que resultaba irónico. El primer día empezó muy mal, con
el incidente del supermercado. Luego, Jax lo cambió todo. En un trayecto
de tres manzanas de ida y vuelta, consiguió hacerme creer que todo saldría
bien. Que había tomado una buena decisión. Que Montana era el sitio
correcto.
Pero no lo era. Las cosas no iban bien. Ni yo tampoco lo estaba.
Hacía mucho, mucho tiempo que no estaba bien.
Pero fingía que sí. Y seguiría haciéndolo.
El sonido de una puerta al cerrarse puso fin a mis lamentaciones y me
obligó a volverme hacia la ventana. La mujer que había estado
compartiendo la cama de Jax durante cuatro noches le decía adiós desde el
volante. Las luces del porche eran lo bastante potentes para iluminar su
sonrisa.
Jax, descalzo, agitaba la mano desde la puerta. Llevaba unos vaqueros
que le quedaban holgados a la altura de las caderas. Su camiseta blanca le
ceñía el pecho. Tenía el pelo húmedo, como si acabara de salir de la ducha.
Probablemente, después de pasar una tarde tranquila de sexo y siesta.
La sonrisa de aquella chica me revolvió las tripas.
—Uf.
Los celos me estaban devorando. Aunque jamás lo reconocería ante él.
Ella era muy guapa. Cómo no. Los hombres que tenían el aspecto de Jax
Haven siempre salían con tías buenas.
Tenía el pelo castaño varios tonos más claro que el mío, con mechas
rubias y caramelo. Era alta y tenía una figura grácil. Nunca había visto a
una mujer con unos pantalones Wrangler, pero a ella le hacían unas piernas
kilométricas.
Era la vaquera perfecta para un vaquero como Jax. Hacían muy buena
pareja.
Su sitio era ese. El mío, no.
Montana no era para mí, pero no tenía más remedio que aguantarme
hasta que pasara el verano. Después, cuando hubiera terminado la
temporada de mayor afluencia turística, buscaría otro lugar donde empezar
de cero.
Y no sería California. Tras todo lo ocurrido, no podía regresar allí. Quizá
Eddie tuviera algún sitio en mente.
Me aparté de la ventana antes de que Jax me pillara espiándolo, y me
concentré en los pendientes hasta que conseguí ponérmelos. Luego fui al
cuarto de baño para arreglarme el pelo con el secador y prepararme para la
fiesta de esa noche.
Ya tenía el vestido negro sobre la cama, con las mangas abullonadas
ceñidas por las muñecas. El cuerpo se me ajustaba al torso, y la falda, que
caía suelta sobre las caderas, formaba un drapeado hasta las rodillas. Sin
embargo, la raja del lateral le daba un toque sexy, y el escote, amplio y
cuadrado, dejaba las clavículas al descubierto.
La tela no era de la mejor calidad. Lo había comprado de rebajas, era liso
y más bien soso. Pero era una fiesta del trabajo, adecuado para eso.
Además, me había salido barato. Algún día, cuando tuviera tiempo y dinero
y viviera en una ciudad con un centro comercial, volvería a ir de compras.
Por el momento, mi mejor opción era Amazon Prime.
Cuando ya tenía el pelo seco y liso, me marqué las puntas para darle un
poco de volumen. Después, me apliqué una capa de maquillaje más gruesa
de lo habitual y me tomé tiempo para pintarme los labios de un intenso tono
carmesí.
Me estaba abrochando el collar —una gargantilla de oro con un colgante
de diamante a juego con los pendientes— cuando alguien llamó a la puerta.
Teniendo en cuenta que la única persona que sabía que vivía en esa cabaña
era Jax, no me sorprendió encontrármelo en el escalón de la entrada.
—Hola.
Se le formaron unas arruguitas en las comisuras de los ojos de color azul
intenso mientras esbozaba aquella sonrisita burlona suya.
Me dio un vuelco el corazón.
Puta sonrisita. No había motivos para encontrarla atractiva. Ni tampoco
su sombrero de vaquero.
Era de color negro y se veía limpio, a diferencia del que solía llevar para
trabajar en el rancho. El ala le cubría la cara lo justo y necesario para definir
las líneas y los ángulos de sus facciones. Su mentón, desprovisto de la
habitual barba incipiente, parecía esculpido en granito.
Llevaba una camisa blanca almidonada y unos vaqueros oscuros que se
ceñían a sus botas lustradas de puntera cuadrada. La hebilla del cinturón era
la misma de cada día, pero esa noche brillaba más; los detalles de oro y
plata captaban la luz desde dentro.
Tres meses atrás habría dicho que un hombre con un esmoquin entallado
era la personificación de la elegancia masculina, pero, al parecer, un
vaquero bien arreglado era mi nueva debilidad. Las rodillas me flaqueaban.
Era la primera vez en mi vida que me pasaba eso.
Y no me entusiasmaba.
—Estás muy guapa.
Tenía la voz profunda y suave, sin aquel matiz áspero, como si se hubiera
despojado de él junto con los vaqueros polvorientos y la barba incipiente.
—Gracias.
¿Qué narices le pasaba a mi voz? ¿Por qué sonaba anhelante y patética?
Puto sombrero de vaquero.
Jax paseó la mirada despacio por mi cara, el vestido y las sandalias de
tacón.
No eran unos zapatos nada prácticos para la nieve. Seguramente se me
congelarían los dedos de los pies antes de llegar a la fiesta, pero esas
sandalias eran fruto de una compra impulsiva de años atrás. Cuando la vida
era más sencilla. Cuando era la clase de chica que llevaba sugerentes
zapatos de tacón y pintalabios rojo.
No me permití llorar la pérdida de esa chica.
Había otras pérdidas más importantes.
—He pensado que podríamos hacer el trayecto juntos —dijo.
—Ah, bueno, pensaba ir en mi coche.
Para marcharme temprano.
—¿Tienes previsto escabullirte cuando empiece a tocar la banda?
«Joder».
—Sí —reconocí.
—Te propongo un trato. Vamos juntos y, si ves que no te lo pasas bien, te
traigo a casa.
—O podemos ir cada uno por su cuenta. Así podré marcharme cuando
quiera.
—Te irás cuando te apetezca, pero, si conduzco yo, podrás relajarte y
tomarte unas copas de champán.
¿Champán? No, no pensaba tomar champán. No tenía mucho aguante
con el alcohol, y lo peor que podía hacer era acabar piripi y que se me
soltara la lengua en una fiesta a la que asistirían todos mis empleados.
—Es un evento de trabajo.
—Sí, con champán y whisky. —Me guiñó un ojo—. Mi evento de trabajo
favorito.
—Aun así, creo que debo ir en mi coche. Así tú podrás quedarte en la
fiesta.
Sacudió la cabeza, y aquella sonrisita endiablada se acentuó.
—¿Por qué tienes que poner las cosas tan difíciles?
—Si lo lógico es difícil…
Jax se echó a reír.
—Vale.
—Bien.
—Vamos en tu coche.
—Huy, huy, huy —«Mierda»—. No es eso lo que quería decir.
—Ya lo sé.
Puse los ojos en blanco.
—¿Y cómo volverás a casa?
¿Con otra mujer? ¿Mindi, tal vez? ¿O lo rescataría la chica del Jeep? A lo
mejor solo había ido a cambiarse para la fiesta.
—Volveré contigo. Si no, me acompañará West.
—Ah.
¿O sea que, esa noche, el Jeep ya no estaría aparcado en la puerta de su
casa?
—¿Estás lista o necesitas un poco más de tiempo? —preguntó.
—No vas a dejar que vayamos cada uno por nuestra cuenta, ¿verdad? Si
te digo que necesito más tiempo, me esperarás.
Sus ojos emitieron un destello.
—Veo que la señorita lo ha captado.
—Bien. —Suspiré y levanté un dedo—. Un minuto.
Jax soltó una risita que se propagó por la casa cuando corrí al dormitorio
en busca del bolso, le di un retoque de última hora a mi peinado y me puse
perfume.
En realidad necesitaba cinco minutos, pero no quería que entrara. Aún
estaba intentando olvidar lo cómodo y natural que se le veía en la cocina el
día anterior.
Cuando tuve el abrigo y las llaves en la mano, me reuní con él en la
puerta. Se oyó el taconeo de los zapatos en el suelo de cemento, y contuve
la respiración apretando los dientes cuando bajé del último escalón y pisé la
nieve.
Al instante, noté la mano de Jax sosteniéndome por el codo con suavidad,
a punto para sujetarme si me resbalaba.
—Cuidado.
—Estos zapatos no son lo mejor para la nieve.
—No dejaré que te caigas.
Le lancé una mirada y me quedé paralizada en el sitio.
Nadie me había dicho nunca algo así.
No significaba nada; lo decía en sentido literal. Pero algo en esa
afirmación me encogió el corazón. Como si él supiera que llevaba
demasiado tiempo sosteniéndome sola.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí.
Me aclaré la garganta y avancé dando pasitos hasta mi coche. A
continuación, me senté al volante; Jax cerró la puerta y rodeó el capó hasta
el otro lado.
En cuanto ocupó el asiento del acompañante, me di cuenta de la
magnitud de mi error.
El Mazda no era grande, pero Jax sí.
Tenía las piernas tan largas que las rodillas le quedaban aprisionadas
contra el salpicadero. Su sombrero rozaba el techo. Y, con aquellos hombros
tan anchos, solo nos separaban unos centímetros.
El olor de su colonia me llenó las fosas nasales. Era masculino,
amaderado y limpio, con aquella nota cítrica. No era un aroma
excesivamente intenso. No era demasiado fuerte ni incisivo. Era… el olor
de Jax.
Delicioso, tentador, aquel Jax amante de la seducción que no era mi jefe
pero que en cierto modo sí que lo era. Aquel hombre prohibido destinado a
romperme el corazón.
—¿Estás segura de que no quieres que conduzca yo? —me preguntó.
Sacudí la cabeza y arranqué. Después conduje hasta el edificio principal
ignorando el calor que irradiaba su cuerpo. Tuve que ignorar muchas cosas
durante ese trayecto, como lo bien que se ajustaban los vaqueros a sus
piernas musculosas. O los largos dedos tamborileando sobre su rodilla,
consciente de que nunca había visto una mano que me resultara tan
hipnótica. O la ligera tirantez de su camisa alrededor de los bíceps.
Me olvidé de todo eso y conduje siguiendo el surco de los neumáticos en
la carretera nevada hasta que aparqué en el exterior del edificio principal.
Por una vez, agradecí que fuera invierno, ya que el montoncito de nieve que
me cubrió los dedos de los pies fue un agradable alivio en contraste con el
calor que me corría por las venas. El aire frío calmó el rubor de mis mejillas
antes de llegar a la sala donde se celebraba la fiesta.
—¡Vaya! —exclamé cuando entramos.
Habían colgado lucecitas de las vigas que proyectaban un brillo dorado
en el gran salón. Las mesas altas, cubiertas con manteles blancos, llenaban
el amplio espacio. Los empleados y sus acompañantes se paseaban con
vasos de cóctel y copas de champán.
Durante el tiempo que llevaba trabajando allí ya se había celebrado una
boda, pero había sido una fiesta íntima con una ceremonia al aire libre. Para
la recepción, prefirieron el comedor del restaurante al espacio del antiguo
establo.
Lo consideré un error. Si alguna vez me casaba, quería hacerlo en un sitio
como ese. Un lugar bañado de suave luz dorada con partículas de magia
flotando en el ambiente.
En el extremo más alejado de la sala había una pista de baile delante de
una tarima. La banda que actuaba en directo aún no había empezado a tocar,
pero todo estaba preparado. Por los altavoces sonaba una música de fondo
que se mezclaba con el murmullo de las conversaciones.
En una esquina, el camarero encargado de la barra estaba cogiendo
cervezas de un recipiente con hielo y preparaba bebidas, mientras otros
camareros se paseaban por la sala con bandejas ofreciendo vino y champán.
Nuestra organizadora de eventos, ataviada con un vestido ceñido de color
verde, me saludó en cuanto me vio junto a la puerta. Era una de las pocas
personas que trabajaría esa noche. Incluso Reid, el chef, tenía órdenes de
divertirse y punto. Habíamos contratado un servicio de catering en el
pueblo para que se encargara de los aperitivos y del bufet.
—¿Te traigo algo de beber? —preguntó Jax mientras me ayudaba a
quitarme el abrigo.
No tenía previsto beber, pero cuando una camarera pasó con una bandeja
de copas de champán, la boca se me hizo agua.
—Estaría…
—¡Tío Jax!
Dos gemelos se abalanzaron sobre sus piernas y le rodearon las
pantorrillas con sus pequeños brazos y piernas. Era imposible no sonreír
ante Kade y Kohen Haven. Eran tan adorables como traviesos.
Las facciones de Jax se suavizaron cuando se agachó para revolverles los
rizos rubios.
—¿Cómo están mis monstruitos esta noche?
—Hambrientos.
Kade señaló la mesa rebosante de aperitivos. Kohen miró a su tío con una
sonrisa.
—¿A que no puedes llevarnos así hasta allí?
—¿A que no podéis sujetaros?
Jax levantó la pierna en la que tenía aferrado a Kade y la agitó con fuerza
de un lado a otro hasta que los dos chicos prorrumpieron en carcajadas.
Él sonrió y avanzó dos pasos. Luego se volvió a mirarme.
Levanté la mano en señal de despedida.
Él irguió la barbilla.
Colgué el abrigo en una percha, fijé en mi cara la sonrisa amable y
profesional, y me uní a la fiesta.
Durante horas estuve charlando con los empleados, quienes me
presentaron a sus cónyuges y parejas. Estuve dando sorbitos de una única
copa de champán hasta que las burbujas desaparecieron y la bebida se
calentó. Escuché desde el extremo opuesto de la sala mientras la banda
tocaba la primera tanda de canciones.
Pero no importaba lo que hiciera o hacia dónde mirara: siempre
conseguía dar con Jax.
Nos unía un hilo invisible, un vínculo que se estrechaba más y más a
medida que avanzaba la noche. Rio con algunos de los chicos que se
apiñaban junto a la barra, obsequiándome con aquella sonrisita siempre que
lo miraba. Y su gesto se transformó en una sonrisa de oreja a oreja cuando
su abuela lo estrechó en un abrazo y vio que me había dado cuenta. Cada
vez que me cambiaba de mesa, él también lo hacía para mantenerse dentro
de mi campo de visión.
Fue exasperante la cantidad de veces que conseguí dar con él a lo largo
de la noche. Fue exasperante la cantidad de veces que su mirada azul me
estuvo esperando.
La mujer del Jeep no acudió a la fiesta. Mindi apareció acompañada.
Jax estaba solo.
De hecho, había venido conmigo.
No era una cita; me negaba a pensarlo. Pero… algo había entre nosotros.
Lo mismo que el día del supermercado.
La música se interrumpió y todo el mundo prestó atención. En el
escenario, West extendió el brazo para ayudar a subir a Indya. Estaba
arrebatadora con un vestido drapeado de color burdeos que le ceñía su
vientre de embarazada, cuyo bajo rozaba las botas decoradas con un rico
motivo bordado.
—¿Dónde está Jax? —preguntó por el micrófono mientras escrutaba las
caras de los asistentes.
Cuando lo vio, le hizo una señal para que se acercase al escenario.
Subió de un salto y levantó la mano para saludar a la multitud.
—Gracias a todos por venir —dijo Indya, sonriendo ante el micro, con la
mano entrelazada con la de West.
Jax ocupó un espacio junto a su hermano y paseó la mirada por el salón.
Buscaba algo. Y fijó los ojos en mí al tiempo que elevaba una de las
comisuras de los labios.
Se me encendieron las mejillas cuando algunas de las personas que me
rodeaban me miraron a mí, en lugar de centrarse en el escenario.
¿Por qué no podía apartar la mirada de él? ¿Por qué no podía romper el
contacto visual?
Jax me tuvo presa de sus impresionantes ojos mientras Indya seguía
hablando. En una sala llena de gente, ruido, risas y aplausos, consiguió
mantenerme cautiva.
—Nos sentimos muy agradecidos por poder celebrar que contamos con
vosotros —dijo Indya, y su voz no era más que un susurro bajo los
tremendos latidos de mi corazón—. Este lugar no sería lo mismo sin
vosotros. De modo que, en nombre de West, Jax y el mío propio,
levantemos las copas para brindar por otro fantástico año en el Rancho
Haven River.
Los asistentes levantaron sus copas entre silbidos y vítores. Y Jax,
incluso mientras se llevaba a los labios el vaso lleno de hielo y una bebida
ámbar, siguió centrando su atención en mí.
Sentí que la habitación me daba vueltas. Ya no eran solo algunas
personas las que me miraban. Todos los presentes parecían estar siguiendo
la dirección de los ojos de Jax, incluidos Indya y West.
¿Qué estaba haciendo? No me había trasladado a Montana para eso. No
había ido allí para tener una aventura con mi medio jefe, que encima había
compartido cama con otra mujer durante las últimas cuatro noches.
Tuve que hacer acopio de todas mis fuerzas, pero por fin bajé la mirada al
suelo.
La oleada de decepción de Jax me alcanzó desde el escenario.
En la tarima hubo cierto revuelo cuando los miembros de la banda
recuperaron sus puestos. Al iniciar la siguiente canción, me deslicé detrás
de un pilar de madera con la esperanza de quedarme allí escondida.
Había llegado el momento de volver a casa. Sola. A Jax tendría que
acompañarlo West.
La multitud avanzó hacia la pista de baile. La música sonaba más alta y
animada que antes. La gente se movía de un lado a otro dando vueltas.
Sonriendo.
Aproveché el aumento de decibelios para escabullirme hacia la puerta.
Pero no había dado ni cinco pasos cuando una mano grande y cálida me
rodeó el codo. La misma que por la tarde había evitado que me cayera
delante de la cabaña.
Jax se colocó a mi lado y me bloqueó el paso igual que lo había hecho en
los establos a principios de semana. Se situó tan cerca como entonces.
Demasiado.
—Hey, hola.
Al instante, bajé la vista a su boca, absorta en la manera en que sus labios
formaban palabras. Era urgente dejar de mirarle la boca. Nuestros ojos se
encontraron.
Era peor. Mucho peor.
Vi el deseo arremolinándose en sus ojos azules, el mismo que había
encontrado en ellos durante toda la noche. El resto de la fiesta se
desvaneció en cuanto inhalé su colonia.
—¿Quieres bailar conmigo?
No era la primera vez en los últimos diez años que un hombre me
preguntaba si quería bailar. Pero era la primera que me sentía tentada de
aceptar. Muy, muy tentada.
Aun así, no pensaba hacerlo. Aunque algún día llegara a casarme en un
salón como ese, no bailaría.
—No, gracias.
Cualquier otro hombre habría permitido que eso acabase con su ego.
Cualquier otro hombre me habría soltado. Pero Jax no lo hizo. Sus labios
esbozaron aquella sonrisita tan sexy al tiempo que se me acercaba con
descaro; tanto, que noté el calor que emanaba de su pecho. Tanto, que tuve
que echarme hacia atrás para seguir mirándolo a los ojos.
—¿No te gusta bailar? —preguntó.
—El último recuerdo que tengo de mis padres es de un día que bailaban
juntos. —La verdad escapó entre mis labios, y lo lamenté al instante. Ay,
Dios. ¿Por qué había tenido que decirlo?—. No sé por qué te he dicho eso.
Su expresión se suavizó.
—Sasha, lo siento.
—Estoy bien. —Mentira—. Es que no bailo nunca.
Un camarero se acercó con una bandeja de copas de champán. Jax
alcanzó una y me la dio.
—Vale, no bailaremos. ¿Qué tal una copa?
Cogí el champán de su mano, me lo llevé a los labios y lo engullí de
golpe.
—Buena idea.
7

Jax

«Tiene hipo».
Sasha soltó una risilla.
—Lo siento.
—No tienes por qué.
Qué risa. Cada vez que hipaba, se reía. Esperaba que no se le pasara
nunca.
—Me gusta mucho el champán, pero siempre me da hipo. ¿Cuál es tu
bebida favorita?
—Bourbon. Whisky. Una cerveza fría después de una larga jornada.
Sasha respondió con un ruidito afirmativo y apoyó la cabeza en el
respaldo del asiento. Más hipo. Y más risa.
—¿Sabes? Es la primera vez que viajo en el asiento del acompañante de
mi coche. Siempre conduzco yo.
—¿Y?
Cruzó y descruzó las piernas, y sus rodillas chocaron con la guantera.
—¿Cómo has podido caber aquí? Eres enorme.
—Sentándome de lado.
No era el primer coche diminuto en el que tenía que meterme. El truco
era ponerse en diagonal.
Sasha cambió de posición, y esa vez, al cruzar las piernas, rozó el
salpicadero sin molestarse en disimular.
Hipo. Y risa.
Si hubiera sabido que solo hacían falta dos copas de champán para que se
relajara y se abriera a mí, durante los últimos tres meses le habría llevado a
diario varias botellas al edificio principal.
—¿Lo has pasado bien esta noche? —le pregunté.
—Sorprendentemente, sí. —Tenía la sonrisa relajada, despreocupada. Su
bonita cara quedaba bañada por las sombras y las luces que proyectaba el
salpicadero—. ¿Y tú?
—Sí, lo he pasado genial.
Las últimas dos horas sobre todo.
Sasha y yo habíamos estado de pie junto a una mesa del fondo del salón,
charlando y acogiendo en la conversación a todos los que se habían
acercado a saludarnos.
Al principio, había estado muy callada. Encerrada en sí misma. Quizá por
aquello que se le había escapado sobre sus padres. Sin duda, no pretendía
compartirlo.
Aunque me moría de ganas de preguntarle por eso, tampoco me cabía
duda de que habría salido por la tangente.
Por eso cambié de tema y me puse a contarle cotilleos de los guías. Uno
de los chicos estaba loquito por una masajista, y los busqué entre la gente
para indicarle quiénes eran. A otro acababan de darle calabazas y su ex se
había presentado en la fiesta del brazo del camarero que trabajaba en la
barra los fines de semana, por lo que los rumores sobre los posibles cuernos
se propagaron como la pólvora.
Quizá fueran los cotilleos, quizá el champán, pero Sasha acabó por
relajarse. Y entonces nos sedujo: a mí, a los empleados y a todo el mundo.
Su sonrisa resultó contagiosa, era una persona absolutamente
encantadora. Se mostró divertida e inteligente con todos los que se
acercaron a nuestra mesa. Su gran sentido del humor les arrancó carcajadas
a todos, incluso a ella. Y, Dios, cuando se reía y aquellos ojos marrones
cobraban vida…
Era muy posible que esa noche me hubiera pasado de la raya, que todos
los empleados del rancho hubieran visto el percal.
Pero era imposible no mirarla, no tratar de encontrarla entre la multitud.
La fiesta aún estaba en pleno auge cuando nos fuimos. Era probable que
los empleados más jóvenes se quedaran a beber y bailar, y los últimos se
marcharían sobre las dos. Pero cuando Indya y West se fueron a casa con
sus hijos, insistí a Sasha para que también nos marcháramos.
Muy posiblemente, irnos juntos despertara rumores sobre nosotros, pero
me importaba un carajo. Sobre todo porque se vino conmigo de mil amores
y dejó que la ayudara a ponerse el abrigo. Porque aceptó que la cogiera del
brazo y la acompañara hasta el coche para volver a casa.
«Más hipo».
Sasha soltó una risita.
—Gracias por conducir tú.
—De nada.
Yo había dejado de beber después de los brindis, aunque tampoco antes
me había pasado. Había estado toda la noche pendiente de Sasha, no del
whisky de mi vaso.
Se acercó más a la ventanilla y miró al cielo.
Las noches de invierno eran mis favoritas, con la luna proyectando su
brillo en la nieve y el fulgor del firmamento a medianoche.
—Las estrellas son preciosas —dijo Sasha con un hilo de voz, como si le
diera apuro que escuchase esa confesión.
Cuando mi casa y su cabaña aparecieron ante nosotros, se irguió en el
asiento.
—¿Estás cansada? —pregunté.
—No mucho.
—¿Quieres entrar a tomar algo?
—Si ese algo es agua, vale. Estoy achispadísima, y ahora mismo lo llevo
muy bien, pero no quiero tener resaca mañana.
—Estás de suerte. Resulta que tengo agua.
—Qué afortunada soy.
Se echó a reír, y esa vez no le entró hipo.
Aparqué delante de mi casa para que no tuviera que andar mucho sobre la
nieve. Luego salí del Mazda y rodeé el maletero para abrirle la puerta.
Salió del vehículo y miró por última vez al cielo antes de seguirme hasta
la cabaña.
—Ponte cómoda —dije, y me descalcé de una patada para dejar las botas
en el mueble de la entrada, junto con el sombrero.
Sasha se agachó para desabrocharse las sandalias de tacón, y luego se
quitó el abrigo. A continuación, cruzó el recibidor y me siguió hasta el
espacio diáfano ocupado por el salón comedor y la cocina.
—Qué bonito.
—Gracias.
Llené un vaso con agua y cubitos y se lo ofrecí, tras lo cual me preparé
un whisky con hielo.
—Lo has hecho casi todo tú, ¿verdad? —Pasó la mano por la isla de la
cocina—. Indya me contó que tu abuelo hizo construir las cabañas como
alojamiento para los empleados, pero acabaron medio derruidas.
—Sí. Llevo un tiempo restaurándolas. Sobre todo esta. Añadí el garaje y
los dos dormitorios.
Ella movió los dedos de los pies descalzos sobre la tarima.
—Es igual que el de la otra cabaña.
—Sí.
Di un sorbo y me situé a su lado, junto a la isla. Ella se apoyó en una
esquina y yo en la otra, separados por un metro de granito liso y pulido.
—Me gusta —opinó.
A mí me gustaba ella.
Me gustaba que se hubiera quitado los zapatos en la puerta porque yo me
había quitado las botas. Me gustaba que no hubiera batido sus bellas
pestañas cuando la invité a entrar. Me gustaba que, por primera vez en
meses, se comportara como la chica a la que conocí en el supermercado.
—Cuéntame una mentira.
Arqueó las cejas y esbozó una sonrisa juguetona.
Eso también me gustaba.
—¿Otra vez con eso?
Me encogí de hombros y di un sorbo a mi bebida.
—A menos que prefieras hablar del tiempo.
—Vale. No me gusta nada como te queda el sombrero de vaquero. —
Alzó el vaso de agua, ocultando su sonrisa tras el borde—. Te toca.
—Esta noche estás horrible.
Sus mejillas se tiñeron de rosa a la vez que apartaba la mirada y la posaba
en un botón de mi camisa.
—Cuéntame un secreto —dije, y me acerqué hasta que estuvimos a poco
más de un palmo de distancia.
Sasha ni siquiera pestañeó.
—Detesto las judías verdes.
—Eso no es un secreto.
Me moría de ganas de alcanzar un mechón de su oscuro y sedoso pelo y
enroscármelo en el dedo.
Y lo hice.
Esa vez sí que pestañeó. Y su respiración se entrecortó. Y en ese
momento todo mi mundo se redujo a sus ojos marrón chocolate.
—Cuéntame otro secreto —dije, sin dejar de darle vueltas al mechón
sobre el nudillo.
—Eres guapo.
—Eso tampoco es un secreto.
Ella puso los ojos en blanco y me reí.
—Hay uno del que no quiero hablar.
Ese secreto no tenía nada que ver con las judías verdes. Se refería a sus
padres. Era lo más importante que había compartido esa noche conmigo, y
con eso bastaba.
—¿Quieres que te cuente uno?
—Sí.
—Tengo ganas de besarte.
Tragó saliva y posó los ojos en mi boca.
—¿Crees que eso es un secreto?
—Tanto como que detestas las judías verdes.
Le retiré el vaso de agua de la mano y lo dejé en la encimera junto con mi
whisky.
Sasha cambió el peso de un pie al otro cuando me acerqué lo bastante
para enterrar las manos en aquel pelo y entrelazar los dedos en los sedosos
mechones que le caían sobre las sienes.
Separó los labios, pero, antes de que pudiera cubrirlos con los míos, me
susurró:
—Tengo ganas de que me beses. Eso sí que es un secreto.
Esbocé una sonrisa ladeada.
—Para ti, quizá sí, pero a mí me parece obvio. No has dejado de mirarme
en toda la noche.
Se puso tensa.
—Has sido tú el que no ha dejado de mirarme.
—Porque tengo ganas de besarte.
Me incliné sobre ella y acerqué mi boca a la suya con una caricia. Fue un
tanteo. Una prueba.
O se apartaba y se largaba o…
Ella también se acercó, elevándose sobre aquellos delicados dedos de los
pies.
«Joder. Sí».
Esa vez, cuando nuestras bocas se encontraron, no hubo tanteos ni
caricias. Pegué mis labios a los suyos y deslicé la lengua en el interior.
Sasha dejó escapar un suave gemido que fue directo a mi polla. Se relajó
contra mí y deslizó las manos hacia arriba por mi camisa de algodón
almidonado.
Incliné los labios sobre los suyos y le rodeé el cuerpo con los brazos para
acercarla más. Después, me deleité con la sensación de su lengua
entrelazada con la mía y profundicé en cada uno de los rincones de su boca
hasta que los hube catado todos.
Encajábamos a la perfección, como piezas de un puzle.
Movió las manos alrededor de mi cintura y deslizó las manos por mi
espalda hasta que no pudo subir más. Entonces cerró el puño alrededor de la
tela de mi camisa y se aferró a mí como si le fuera la vida en ello.
Claro que tampoco yo tenía intención de soltarla.
La besé hasta que le arranqué un gemido y sentí que el pulso me
martilleaba en las venas. Hasta que el calor se propagó por todo mi cuerpo y
noté la erección en los vaqueros.
—Joder, nena.
Aparte los labios y le besé la línea del mentón para luego acariciarle el
cuello con la lengua.
—Jax. —Entrelazó las manos en mi pelo y me tiró de las raíces—. Más.
Me incliné mientras lamía y saboreaba cada centímetro de su cuello. Subí
las manos hasta sus hombros, bajé por las costillas y las deslicé más abajo,
hasta posarlas en sus nalgas y apretárselas. Con fuerza.
Ella gimió.
—Sí.
—Te deseo, Sasha. Te deseo muchísimo.
—Pues tómame.
Me aparté un poco y la miré a los ojos.
Aquellos bellos ojos transmitían nitidez. Confianza. Cuando me
respondió con una ligera inclinación de cabeza, no necesité nada más para
cogerla en brazos y llevármela por el pasillo.
Mi dormitorio estaba bañado en sombras plateadas proyectadas por la
suave luz de una clara noche de invierno que entraba por las ventanas. Fue
suficiente para ver que Sasha abría mucho los ojos cuando la acosté en el
colchón.
Su pelo se abrió en abanico sobre la ropa de cama en negro carbón
cuando me dejé caer con suavidad sobre ella y volví a aprisionarle los
labios con un beso.
Seguí explorándola con las manos, memorizando cada centímetro, cada
curva, hasta que di con la piel desnuda de su muslo y me colé por debajo
del borde de la falda.
Ella interrumpió el beso y, entre jadeos, se arqueó contra mi pecho.
—Jax.
Todas las noches. Quería oír mi nombre de sus labios todas las noches.
De pronto, la ropa me apretaba y me daba calor. Necesitaba el contacto de
la piel. De la suya. De la mía. Quería quitarle aquel vestido del cuerpo y
cubrirlo con el mío. Pero me obligué a deslizar la mano por su pierna
centímetro a centímetro, saboreando su ligero temblor a medida que subía.
Sasha estiró el brazo con desesperación para desabrocharme los botones
de la camisa y abrírmela hasta el ombligo. Tiró de la prenda de algodón,
intentando retirármela de los hombros.
—Quítate esto.
—Paciencia.
Se revolvió debajo de mí y abrió las piernas.
—Tócame, por favor.
¿Qué era mejor? ¿Oírla decir mi nombre o escuchar sus súplicas?
Le salpiqué de besos el escote mientras jugueteaba con la mano bajo su
falda. En cuanto dejé de recorrer con los dedos el lento camino hacia el
centro de sus ingles, ella soltó un gruñido de frustración.
—Espera.
—No quiero esperar.
Me cogió la barbilla y me obligó a levantar la cabeza mientras plantaba
los labios en los míos. Empujó con la lengua entre mis dientes y la deslizó
dentro antes de entrelazarla con la mía.
Dejé que se hiciera con el control durante unos instantes, que tomara lo
que necesitaba. Después me aparté y me puse de pie para sacarme el bajo de
la camisa de los pantalones y terminar de desabotonármela. Un ruido
metálico hizo eco en la habitación cuando me desabroché la hebilla del
cinturón.
Sasha se irguió sobre un codo y me tiró de la cinturilla de los vaqueros,
pero le di un empujoncito en el pecho y volví a tumbarla sobre el colchón.
Frunció el ceño.
Me gustaba ese gesto.
Cuando bajé las manos por su espalda y alcancé la cremallera del vestido,
ella cambió de posición para ayudarme, pero la detuve negando con la
cabeza.
—Lo haré yo.
Se mordió el labio inferior mientras retiraba la prenda de su cuerpo.
Primero, el brazo izquierdo; luego, el derecho. Le dejé al descubierto los
pechos desnudos y deslicé el vestido por sus costillas y por el vientre.
Lo hice como si desenvolviera un regalo; esa noche, no pensaba
apresurarme.
—Llevo muchas horas queriendo quitarte el vestido.
Ella separó los labios cuando su piel entró en contacto con el aire frío.
Aquellos pezones, erectos y sonrosados, me hicieron la boca agua. Me
incliné y aprisioné uno entre mis dientes para introducirlo en mi boca.
—Ay, Dios.
Enterró las manos en mi pelo mientras gemía.
Lo succioné más fuerte, obligándola a gemir más, antes de desplazarme
hasta el otro pezón para hacerle lo mismo. Seguí moviendo las manos,
tirando del vestido para bajarlo hasta sus caderas, y ella se removió y lo
lanzó de una patada al suelo, junto a mi camisa.
En cuanto le presioné la piel con el torso desnudo, solté un gemido sin
separar la boca del pezón. El espacio que nos separaba estaba al rojo vivo.
Un latigazo eléctrico bajó por mi columna vertebral, y la erección que
empujaba la bragueta se volvió dolorosa.
Sasha se arqueó contra mi boca, y cerró los ojos mientras la mantenía
sujeta contra la cama y le torturaba los pechos. Al tiempo que trabajaba un
pezón con la boca, hacía rodar el otro entre los dedos, pellizcando y tirando
de él hasta que de sus labios salieron varios gemidos. Me tiró del pelo con
más fuerza.
—¿Podría hacer que te corrieras así?
Ella asintió y abrió más la boca.
Dejé que mi mano le recorriera el vientre y le acariciara el costado antes
de deslizarla bajo sus bragas negras de encaje.
—¿Estás húmeda para mí?
Ella tragó saliva.
Eso era un sí. Deslicé un dedo por su centro.
—Empapada.
Sasha se llevó una mano a la cara para taparse los ojos mientras intentaba
cerrar las rodillas.
—Dios.
—No te escondas, nena. —La cogí de la muñeca y le aparté la mano—.
Me pone mucho que estés húmeda para mí.
Ella volvió a morderse el labio inferior cuando aparté las bragas hacia un
lado y empecé a mover un dedo sobre su clítoris. Reaccionó al contacto
arqueando la espalda, y algo que estaba a medio camino entre un gemido y
un grito resonó entre las paredes.
Le besé la parte interior de los muslos, y estaba a punto de quitarle las
bragas cuando Sasha cambió de posición y cerró las piernas.
—No me gusta.
Me tiró del brazo en un débil intento de arrastrarme hacia la cama.
—¿No te gusta? ¿En serio?
—No, no quiero decir eso. Es que… Yo… —Cerró los ojos con fuerza—.
Fóllame y ya está, ¿vale?
Había mucho más que decir sobre eso. Sin embargo, por esa noche, como
era la primera vez, dejé que llevara la voz cantante. Pero en algún
momento, y sin que pasara mucho tiempo, quería lamer su dulzura. Quería
saborear cada centímetro de su cuerpo y sentir cómo se corría bajo mi
lengua.
Me puse de pie, cogí sus bragas por los costados y tiré de ellas para
bajárselas y quitárselas. A continuación, me desabroché los vaqueros y los
arrojé al suelo junto con el bóxer.
Sasha abrió mucho los ojos al ver mi polla.
—Es…
«Enorme». La misma apreciación que había hecho en el coche. Esbocé
una sonrisa al tiempo que rodeaba mi erección con la mano para
acariciarme con fuerza varias veces. Ella me observó con los ojos fijos en
todos y cada uno de mis movimientos. Asomó la lengua y se lamió el labio
inferior.
Algún día cataría su sabor. Algún día tendría esa boca rodeándome.
Algún día jugaríamos.
Porque seguro que esa no sería la única vez que tendría a Sasha en mi
cama.
Estiré un brazo hasta la mesilla de noche y cogí un condón. Después de
ponérmelo, me acomodé entre sus caderas y apoyé los codos a ambos lados
de su cara.
Ella paseó los ojos por la habitación para evitar mirarme de frente.
—Sasha —musité.
Cerró los ojos.
—No me evites. —Le aparté un mechón de pelo de la sien y esperé a que
nuestras miradas se encontraran—. Podemos parar ahora mismo.
—No, eso no… —Suspiró—. Estoy nerviosa. No… Esto no se me da
bien.
—¿Esto?
—El sexo —susurró.
—¿Quién lo dice?
Se encogió de hombros.
—Yo lo digo. Me cuesta mucho… Ya sabes…
Llegar al orgasmo. O sus anteriores amantes eran imbéciles, lo cual no
era algo en lo que me apeteciera pensar en ese instante, o se boicoteaba.
En cualquier caso, estaría encantado de ayudarla.
Le besé la comisura de la boca a la vez que dirigía la punta de mi polla
hacia su centro y la acompañaba con la mano para subir hasta el clítoris.
Cuando dio un grito ahogado, volví a besarla y me froté contra ella.
—Vamos a follar. Y mañana, cuando te despiertes, follaremos otra vez.
Después decidirás si se te da bien o no. Por ahora, olvídate de eso.
Sasha abrió la boca.
—Yo…
Fuera lo que fuese lo que quería decir, lo atrapé con los labios y la besé
hasta que se aferró a mis hombros y me clavó las uñas en la piel. Cuando
empezó a moverse contra mí buscando la fricción, introduje la punta y
empujé.
—Joder —exclamé entre dientes. Estaba muy tirante—. Qué bueno. Me
encantas.
—Jax. —Me clavó más las uñas mientras se tensaba a mi alrededor—.
Muévete.
Me concedí un momento para no correrme como un adolescente.
Después retrocedí y volví a impulsarme hacia delante.
Ya notaba el temblor de sus paredes internas.
¿Que no era buena? Todo su cuerpo ponía el mío a cien. Aquellas uñas.
Los pezones que me frotaban el pecho. Sus piernas, largas y firmes,
rodeándome las caderas.
—Qué bueno, joder.
Apreté los dientes. Si no me controlaba, acabaríamos en cinco minutos.
Sasha dejó escapar un suspiro entrecortado, pero, en vez de permitirse
entrar en el juego, en vez de dejarse llevar y disfrutar del momento, la
tensión se apoderó de su cuerpo.
—Mírame, nena.
Abrió los ojos a regañadientes, y esa vez, cuando la besé, fue un beso
dulce. Delicado.
Me moví con ella en un lento balanceo mientras le acariciaba la punta de
la lengua con la mía siguiendo el ritmo. Y logré sostener la mirada de
aquellos ojos oscuros todo el tiempo.
Tuve que moverme adelante y atrás cinco veces, hasta conseguir que se
relajara bajo mi peso. Y entonces volví a notar el temblor de su sexo, más
rápido e intenso.
Cada vez que ella hacía el intento de apartar la mirada, me apoderaba de
su boca y la obligaba a quedarse conmigo.
—Mira cómo entro en ti.
Volví la cabeza hacia el punto en el que estábamos conectados y bajé el
ritmo para que viera cómo la penetraba.
—Esto es mágico, Sasha.
Le tembló todo el cuerpo.
—Dios, Jax.
Aceleré y abandoné el control solo un poco.
Ella cerró los ojos a medida que nuestra respiración se entrecortaba.
Contrajo la cara, como haciendo un gran esfuerzo por correrse mientras su
bonita cabeza estaba aún muy lejos de ese punto.
Me incliné y le succioné un pezón. Luego bajé la mano adonde
estábamos unidos y alcancé su clítoris.
—Sí —gimió—. No pares.
Le acaricié aquel punto lleno de terminaciones nerviosas trazando
círculos con el dedo, más y más deprisa. Hasta que por fin arqueó la nuca y
su espalda se separó del colchón. Y estalló por dentro.
Experimentó un espasmo tras otro. Bajó la guardia a medida que el
éxtasis le inundaba el rostro. Separó los labios para emitir un grito
silencioso cuando el orgasmo se apoderó de ella e hizo temblar todos sus
músculos, de pies a cabeza.
Nunca me había parecido tan guapa.
Cerré los ojos y saboreé el sonido de sus gemidos incoherentes. Y
entonces me dejé ir y me sumé a ella para llegar juntos al clímax.
—Joder, Sasha.
Me derramé en su interior, y mi mente se despojó de todo cuanto no fuera
ella.
Al liberarme, me temblaron los huesos; noté la sacudida de todas las
terminaciones nerviosas. Era como si me hubieran zarandeado de arriba
abajo y me hubieran dado la vuelta como a un calcetín. Como si estuviera
girando más deprisa que la tierra y no hubiera gravedad que me retuviera.
Noté un trueno abriéndose paso en mi pecho, y descargas eléctricas
recorrieron mis extremidades. Poco a poco, volví a la realidad, como
cuando el sol primaveral desvanece con su calor la niebla matutina que
cubre un prado.
Me dejé caer encima de Sasha y enterré la cara en su pelo al tiempo que
inspiraba.
Joder. Era el mejor sexo que había tenido en… Bueno, en toda mi vida.
Eso cambiaba mucho las cosas. Lo cambiaba todo.
Ella se aferró a mí, con las piernas rodeándome las caderas y los brazos
cruzados por detrás de mis hombros. Aún teníamos los cuerpos conectados
y sudorosos. Sentíamos el pulso acelerado y el pecho nos subía y bajaba.
Pero ninguno intentó separarse, hasta que los destellos que tenía ante mis
ojos desaparecieron. Entonces, me coloqué de lado sobre la cama y la atraje
hacia mí.
Tenía que ocuparme del condón, pero la retuve allí; aún no estaba
preparado para dejarla ir.
—¿Sigues pensando que esto no se te da bien?
Ella se incorporó apoyándose sobre un codo y me miró con aquel gesto
adorable que le fruncía el ceño.
—Es una pregunta fácil, Sasha. Y la respuesta también lo es.
Le aparté un mechón de la frente y enterré los dedos en su pelo hasta
alcanzarle la nuca. A continuación la atraje hacia mí con apremio hasta que
nuestras bocas fueron una.
Nos fundimos tres condones más antes de dejarnos caer en la cama con
las piernas y los brazos entrelazados. Sasha tenía la espalda encajada en mi
pecho. Cuando cerré los ojos, agotado, aspiré el aroma de su cabello.
—Buenas noches, Sasha.
Ella se acurrucó entre mis brazos.
—Buenas noches, Jax.

No debería haberme sorprendido despertar solo a la mañana siguiente.


Sobre todo después de que me hubiera mantenido a raya durante tres meses.
Pero aun así me dolió.
Joder si dolió.
8

Sasha

En el edificio principal reinaba mucha tranquilidad para ser una mañana de


domingo. Cuando entré a trabajar a las siete, el vestíbulo estaba casi en
silencio. La recepcionista tenía una tremenda resaca por la fiesta de la
noche anterior y se había colocado cerca la papelera. Sin embargo, como
teníamos pocos huéspedes, con suerte sería una jornada fácil para todos.
Incluso para mí.
Aunque, teniendo en cuenta dónde me había despertado, no estaba muy
segura.
Había mensajes en mi bandeja de entrada, y todos parecían querer captar
mi atención, como gritándome: «¡Léeme a mí primero!». Pero, en vez de
mover el ratón o ponerme a teclear, me quedé sentada con las manos en el
regazo, observando la puerta por el rabillo del ojo.
¿Jax se habría despertado ya? Seguramente sí; eran las nueve. ¿Estaría
enfadado porque me había escabullido de su cama antes del amanecer? ¿O
estaba contento de haberse librado de la incómoda mañana después del rollo
de una noche?
La incomodidad no era culpa de Jax. No me lo imaginaba diciéndome:
«Bueno, ha sido divertido. Gracias por el sexo. Te veo luego en el trabajo».
Al contrario; era un encanto de hombre.
Sin embargo, en lugar de hacerle frente y arriesgarme a tener una
conversación sincera en aquellos momentos en que había bajado la guardia,
me marché.
Dios, menuda cobarde.
La noche pasada había sido…
Alucinante. Sensacional. Una de esas experiencias que te cambian la
vida. Jamás me había sentido de ese modo, y ni siquiera sabía que podía
llegar a esos niveles.
Me aterraba lo mucho que deseaba volver a estar con él. Una y otra vez.
Lo quería para mí y solo para mí.
Pero era imposible. Nos separaban demasiados obstáculos, y, total,
acabaría por marcharme de Montana. Aunque no fuese ese día, lo haría en
algún momento, y más pronto que tarde.
Si me encariñaba con Jax, tenía todos los números de acabar con el
corazón roto. Y, en los veintiocho años que llevaba en este mundo, había
sufrido suficiente como para arrastrarlo toda la vida.
Por eso hui de su cama y salí de la cabaña descalza sobre la nieve, para
poner un poco de distancia entre nosotros.
No podía perder el control. Ni el empleo.
Necesitaba ese trabajo.
Y, desde luego, no debería haberme acostado con mi medio jefe y casero.
¿Por qué era tan desastre? Enterré la cara en las manos y solté un gruñido
de frustración.
Al oír pasos por el corredor, bajé los brazos y contuve la respiración con
los ojos pegados a la puerta abierta mientras aguardaba. Pero cuando me di
cuenta de que alguien entraba en el cuarto de baño, exhalé y me relajé en la
silla.
Si Jax decidía buscarme, no le costaría dar conmigo. No tenía muchos
sitios donde esconderme, ni amigos que me invitaran a pasar el día en su
sofá, ni familiares dispuestos a acogerme si me presentaba de improviso a
cenar un domingo.
Mi único lugar seguro, por el momento, era ese despacho. El trabajo era
mi refugio. Qué patético, ¿a que sí?
Quizá podría haber conducido hasta el pueblo y haber pasado el día en
una cafetería, pero me agobiaba recoger el coche, aparcado junto a su casa,
y por eso fui andando hasta el edificio principal del complejo. Tuve que
abrirme paso a través de la nieve, abrigada con mi chaqueta más calentita,
botas y guantes; pero cualquier cosa era mejor que dar la cara ante el
hombre que me había regalado cuatro orgasmos.
Cuatro. ¿Cómo era posible? Para mí, por lo general, era un milagro llegar
a fingir uno.
Aquella reacción de mi cuerpo no tenía nada de fingida. De algún modo,
Jax había sabido qué tenía que hacer, cómo moverse, y yo había cobrado
vida bajo sus caricias.
Me costaba desconectar durante el sexo. No era capaz de relajarme. Por
eso había aprendido a fingir. Y los pocos hombres con los que me había
acostado no parecieron haberlo notado.
Si hubiera fingido con Jax, ¿se habría dado cuenta? Era probable.
—Ay, Dios.
Volví a enterrar la cara en las manos. ¿En qué narices estaba pensando?
Primero, en la fiesta, le había soltado lo de mis padres. Luego, el
champán. No había llegado a emborracharme, pero desde luego me había
desinhibido. Lo bastante para permitir que Jax me llevara a su dormitorio y
me follara hasta hacerme perder el sentido.
Era culpa del sombrero; había sido aquel maldito sombrero de vaquero.
Estaba muy guapo con él puesto, yo había sido la mujer que estaba con él
cuando se lo quitó y eso me provocó un entusiasmo ridículo.
—A la mierda el puto sombrero de vaquero.
—No le eches la culpa al sombrero.
Hice un aspaviento con las manos y el corazón se me subió a la garganta
en cuanto miré hacia la puerta.
Jax estaba plantado con los brazos cruzados, apoyado en el marco con un
tobillo cruzado sobre el otro. Era la pura estampa de la despreocupación.
Tenía un aspecto relajado y cordial.
Pero su mandíbula estaba tensa y sus ojos azules arrojaban fuego.
¿Pensaba entrar en el despacho? ¿O iba a quedarse delante de la puerta?
Ojalá se quedara allí. «Por favor, quédate ahí». No me fiaba de mi
capacidad de mantener la compostura, si se me acercaba.
Levantó la mano e hizo tintinear las llaves de mi coche. Después, con un
rápido movimiento de muñeca, las lanzó al aire para que las cogiera.
—Gracias.
Tragué saliva. «Mierda».
Me había traído el coche. ¿Significaba eso que no le molestaba que
hubiera huido? ¿O estaba cabreado?
Frunció los labios.
Cabreado. Sin duda.
—Sasha…
—Espera.
Alcé la mano y lo interrumpí antes de que pudiera decir nada que me
hiciera cambiar de opinión.
Tenía que decírselo. Tenía que poner fin a eso.
Antes de echarlo todo a rodar, si es que no lo había hecho ya.
—Necesito que te olvides de lo que pasó anoche. —Eran palabras
amargas pero necesarias, como una píldora que deja mal sabor de boca pero
que ambos debíamos tomar—. Por favor; no puedo permitirme ser una de
las muchas mujeres que entran y salen de tu cama como si nada.
Apretó la mandíbula, y los ángulos se volvieron tan afilados que podrían
haber cortado el cristal. Sin embargo, no dijo nada. No hizo ningún
movimiento, salvo pestañear y respirar.
—Trabajamos juntos —dije—. Eres mi jefe.
Arqueó las cejas.
—Más o menos —mascullé. Uf. ¿Por qué hacía tanto calor allí dentro?
¿Era la calefacción? ¿O su mirada abrasadora?—. Necesito este trabajo,
Jax. Lo necesito de verdad.
En ese momento, era lo único que me mantenía a flote.
—Por favor. —Se me quebró la voz—. ¿Podemos olvidarlo?
Guardó silencio mientras me miraba, y mi corazón se aceleraba más y
más, hasta que tuve la impresión de que iba a salírseme del pecho. Sentí el
impulso de arrepentirme y recuperarlo todo. De decirle que la noche pasada
había sido la mejor que había vivido en años.
Que me había hecho reír, y hacía mucho tiempo que no lo hacía.
Tres meses, para ser exactos. No me había reído de verdad desde nuestro
encuentro en el supermercado.
Quise decirle que sus besos eran los mejores que había recibido en toda
mi vida. Que, aunque me había despertado temprano, las horas que había
dormido entre sus brazos habían sido las más plácidas en meses. Quise
decirle que me gustaba. Muchísimo.
Sin embargo, eso no cambiaba las cosas. Era muy probable que el hecho
de que Jax me gustara acabase en desastre, y en ese momento no podía
permitirme correr ese riesgo.
Por eso mantuve la boca cerrada y dejé que me mirara enfadado, hasta
que se puso de pie y se alejó.
Se me partió un poquito el corazón cuando dejé de oír sus pasos.
Cerré los ojos y respiré, a pesar del dolor que sentía en el pecho. Cuando
volvió la calma, cuando supe que me dejaría tranquila el resto del día, me
relajé en la silla y me abracé las rodillas contra el pecho.
Era la única posibilidad. La mejor opción.
Jax no era de los que se comprometían en una relación, y no quería
convertirme en la diana de chismes del complejo por una aventura que, con
toda probabilidad, me rompería el corazón.
Era mejor parar. Así, cuando dejara el trabajo, podría alejarme de allí sin
ataduras.
Mejor de ese modo. Mucho mejor. Pero, entonces ¿por qué no me sentía
mejor?
Se me daba muy bien fingir. A veces, incluso me engañaba a mí misma.
Pero esa vez no era así.
Tenía un nudo en el estómago y empecé a notar un martilleo en las
sienes. Me mordí la parte interior de la mejilla para que dejara de
temblarme el mentón. Luego moví el ratón para que mi ordenador cobrara
vida y me puse a revisar el correo personal.
En la parte superior de la bandeja de entrada había una factura.
Daba la impresión de que esos días no recibía nada más, solo facturas y
spam.
Ningún mensaje de Eddie.
Abrí el documento de cargo y seguí el procedimiento de pago hasta el
final. Después entré en mi cuenta bancaria y me estremecí al ver la
precariedad de mi estado financiero.
¿Cuándo conseguiría salir adelante? ¿Cuánto tiempo tardaría en sentir
que avanzaba, y no que estaba dando vueltas en el mismo sitio?
No debería haberme acostado con Jax; para nada. ¿Hasta qué punto la
situación se volvería incómoda? Y el hecho de que trabajáramos juntos y de
que temporalmente fuésemos vecinos solo empeoraba las cosas.
Durante tres meses, intenté evitarlo, escapar de él. Pero era casi
imposible.
¿Dónde tenía la cabeza la noche anterior? No había ido a Montana para
acostarme con nadie. No había puesto mi vida patas arriba y estaba
soportando un invierno horroroso para tener una aventura con un vaquero
buenorro.
El nudo de mi estómago se volvió el doble de grande cuando cogí un
bolígrafo y una hoja de papel.
Tenía la letra irregular, parecían más bien garabatos, pero me dio igual.
Total, aquella carta sería una más de las que no recibirían respuesta.
De las que acabaría arrugando y tirando a la papelera.
De las que no llegaría a enviar.

Eddie:
Lo siento.
Lo siento mucho.
La he cagado.
S.
9

Sasha

Seis semanas más tarde…

La había cagado. «Ay, Dios». La había cagado. Eso no estaba pasando; no


era posible.
Me temblaban las manos, tenía las palmas húmedas. Salí del cuarto de
baño y me dejé caer sobre la cama, con una almohada enorme abrazada
contra el pecho.
¿Me ponía a llorar? ¿O a chillar?
Abracé el cojín con más fuerza y dejé que el aturdimiento se propagara
por mis venas como si fuera niebla. El sonido de la puerta de un coche en la
distancia se coló a través de las ventanas.
Seguro que no venían a verme a mí. Yo no recibía visitas. No. Sería la
novia de Jax.
En las últimas dos semanas había ido bastante por allí. ¿Sabría que se
acostó conmigo después de la fiesta en enero? Quizá le diera igual. Quizá
en ese momento aún no estaban juntos oficialmente. Bueno, si no lo sabía,
pronto se enteraría.
Cerré los ojos con fuerza y noté que se me revolvía el estómago.
—Ay, Dios.
Enterré la cara en la almohada al tiempo que dejaba escapar un sollozo.
¿Qué iba a hacer? ¿Qué diría Jax?
Llevábamos seis semanas sin hablar, sin intercambiar ni una palabra. Me
había enviado por e-mail el resumen semanal de las excursiones. Me
saludaba con la cabeza si nos cruzábamos en el edificio principal, algo que
rara vez ocurría, pues Indya estaba de baja por maternidad y no pasaba por
su despacho a verla.
Si daba la casualidad de que coincidíamos en la puerta de casa, me
miraba, eso era todo. O se subía a la camioneta y se largaba o se refugiaba
en su hogar.
Terminó de reformar el lavadero la semana siguiente a la fiesta. Entró en
la cabaña mientras yo estaba en el trabajo para instalar la lavadora y la
secadora nuevas. Pero no me dejó ni una nota. Ni siquiera me mandó un
mensaje para decirme que había acabado. Nada.
Tampoco intenté hablar con él. Si nos veíamos, me sentía tan rara que
daba media vuelta y desaparecía en sentido contrario. Le dejaba los cheques
del alquiler bajo el felpudo cuando sabía que no estaba en casa.
¿Cómo se suponía que iba a abordarlo? ¿Cómo decirle que estaba…?
Dejé escapar otro sollozo. Noté que se me revolvían las tripas, y la
exigua cena de la noche anterior amenazó con reaparecer; pero no pensaba
vomitar en la cama, así que me obligué a tragar saliva y respiré por la nariz.
¿Cómo iba a contárselo a Jax, si no me atrevía ni a pensarlo y mucho
menos a decirlo en voz alta?
Volví a oír la puerta del coche y el ruido me obligó a levantarme de la
cama. Me arrastré hasta la ventana del dormitorio y aparté la cortina para
mirar fuera.
Jax estaba en la puerta de su casa, con aire tranquilo y relajado. Levantó
la mano para despedirse de la mujer del Jeep Wrangler cuando esta dio
marcha atrás y se fue.
¿No se quedaba a pasar la noche?
Joder. En cierto modo, tenía la esperanza de que lo hiciera. Con una
invitada en su casa, me resultaría más fácil convencerme de posponer la
charla, de demorarla hasta el día siguiente, o el otro, o el otro.
Dejé caer la cortina y apoyé la frente en la pared. «Mierda».
El hecho de aplazarla solo pondría las cosas más difíciles. Por eso, antes
de que me fallaran las fuerzas, me obligué a salir del dormitorio e ir hasta la
puerta de la cabaña, y me abrigué con la chaqueta y las botas más calentitas
que tenía, dispuesta a adentrarme en el frío del exterior.
El invierno era interminable. Durante casi una semana, la madre
naturaleza me animó a pensar que habíamos dejado atrás la última ventisca.
Las temperaturas subieron lo suficiente para que se derritiera la nieve de las
carreteras, y, aunque seguía habiendo neveros y zonas cubiertas de blanco,
los prados del rancho tenían sobre todo barro y manojos de hierba húmeda
de un color marrón dorado.
Me dispuse a hacer las maletas para volver al piso de alquiler del pueblo,
pues el trayecto ya era menos peligroso. El casero me había prometido que
la alfombra no solo estaba limpia, sino que era nueva, y que habían
sustituido la cerradura y el pestillo de la puerta.
La última vez que había hablado con él, hacía unas dos semanas, parecía
desesperado por que volviera. Probablemente se debiese a que me había
negado a pagar el alquiler mientras no viviera allí, pero también porque
conmigo tenía la renta asegurada cada mes, y me daba la sensación de que
no había muchos inquilinos potenciales.
Pues no, solo estaba yo. La idiota que era nueva en Montana y no se
había dado cuenta de que sus vecinos eran aficionados a las fiestas
nocturnas y al sexo desenfrenado.
Con todo, aunque aquel piso de alquiler era una mierda, era mejor que
vivir al lado de Jax. Por eso decidí marcharme de la cabaña por la noche,
mientras él disfrutaba de la barbacoa de los sábados en el edificio principal.
Sin embargo, hacía tres días había estallado una tremenda tormenta que
acabó con mis esperanzas de primavera y me chafó los planes del traslado.
No pensaba correr riesgos en la carretera. Y no era que no tuviera unas
ganas locas de trasladarme.
Esa cabaña era un sueño. Cálida y acogedora. Estaba limpia, y me había
acostumbrado a tener muebles. A dormir en una cama de verdad.
Pero, aunque me moría de ganas de quedarme, no tenía sentido pagar dos
alquileres, sobre todo con mi presupuesto. Si no cancelaba el contrato, el
casero del piso querría que le pagara. Y él, a diferencia de Jax, me cargaría
los recibos pendientes.
Las últimas seis semanas no habían sido ninguna maravilla, pero no
habían estado mal. ¿Y en ese momento? Las cosas no iban bien. Yo no
estaba bien.
¿Adónde iría? ¿Qué haría?
Hacia delante, paso a paso, como había hecho durante los diez años
anteriores, por mucho que me costase levantarme. Por eso me abrí paso a
través de la nieve hasta casa de Jax. Una vez en su porche, respiré hondo
para coger fuerzas, erguí la espalda y levanté el dedo para pulsar el timbre.
Cuando sonó, el corazón me aporreaba el pecho. Y cuando alguien giró
el pomo por el otro lado, estuve a punto de vomitar. Otra vez.
Pero entonces apareció él, con los ojos azules entornados y la mandíbula
tensa.
Incluso enfadado estaba guapo.
Se cruzó de brazos. Parecía llevar grabado en la frente un «Dime a qué
has venido».
No me molesté en saludarlo o en entablar una conversación de cortesía.
Ni siquiera en sonreír.
Esa noche no estaba allí para contarle una mentira. Pero tenía un secreto.
—Estoy embarazada.
10

Jax

«Estoy embarazada».
Dos palabras en seis semanas. Dos putas palabras.
«Estoy embarazada».
Y llevaba una hora entera oyéndolas en mi cabeza, desde que Sasha se
había largado furiosa a su casa.
Se enfadó cuando me quedé allí plantado y boquiabierto.
«Di algo».
¿Qué esperaba que le dijera?
«Usamos condón» no era la mejor frase, desde luego, porque me fulminó
con la mirada antes de alejarse.
Embarazada. ¿Estaba embarazada?
«Joder».
Fui a por mi vaso, y los cubitos tintinearon cuando me lo acerqué a los
labios. Al separarlo, el whisky que contenía había desaparecido. «Mierda».
Tendría que rellenarlo.
En lugar de levantarme del suelo de la cocina, donde estaba sentado,
estiré el brazo para alcanzar la botella de la encimera. El tapón estaba… en
alguna parte. Daba igual.
No lo necesitaba. Porque pensaba apurar la botella hasta la última gota.
Me la pegué a los labios y, más que dar sorbos, la engullí entera de un
trago. Las burbujas ascendieron por el líquido ámbar. El alcohol me dejó un
rastro de quemazón en el pecho y se asentó en mi estómago con una
sensación ardiente.
Se suponía que la bebida me relajaría. ¿Por qué no era así?
«Estoy embarazada». La voz de Sasha resonaba en mi cabeza a un
volumen atronador. Quedarme sentado en el suelo de la cocina,
esforzándome para que la resaca fuera monumental, tampoco ayudaba.
¿Qué se suponía que debía hacer? Quizá West lo supiera. A mi hermano
se le daban muy bien las situaciones de emergencia.
Tenía el móvil en la otra punta de la sala de estar, así que dejé la botella,
me puse de pie y avancé tambaleándome. O el alcohol me había hecho
efecto muy deprisa o aún me sentía mareado por la visita de Sasha.
Seguramente, ambas cosas eran ciertas.
Había esperado durante seis semanas a que llamara a mi puerta. A que
diera señales de que conocía mi existencia. Pero me había evitado. No había
intentado dirigirme la palabra desde la mañana posterior a la fiesta, cuando
me pidió que me olvidara de lo ocurrido.
¿Olvidarme de una de las mejores noches de mi vida? No. ¿Olvidarme de
cómo sus labios habían pronunciado mi nombre? Ni hablar. ¿De cómo se
había fundido entre mis brazos? En absoluto.
No quería olvidarme, así que ¡a la mierda!; no pensaba hacerlo. Y ella no
podía obligarme, así que, en vez de eso, le di tiempo y espacio para que me
echara de menos.
Me echaba de menos, ¿verdad?
Y yo a ella. Sasha y yo casi no nos conocíamos, pero la echaba de menos.
Raro, ¿no? ¿Qué significaba eso? Hasta ese momento, nunca había echado
de menos a una mujer después de acostarme con ella.
Echaba de menos su expresión cuando me veía a lo lejos y, durante una
fracción de segundo, antes de que pudiera disimularlo, su mirada se volvía
tierna y vivaracha. Echaba de menos su risa, y su manera de fruncir el ceño.
¿Por qué no reconocía que le gustaba? Yo le gustaba. Era cierto, ¿no?
¿Cómo podía haber olvidado nuestra noche juntos? Yo no había dejado
de pensar en ella en seis putas semanas. Una, y otra, y otra vez. Incapaz de
parar. Por mucho que lo intentara, no conseguía quitarme a esa mujer de la
cabeza.
Había algo entre nosotros que era… diferente. Importante. Una conexión
especial. Una chispa. Un potencial.
Y… un bebé.
¿Cómo narices había pasado?
¿De verdad íbamos a tener un hijo?
Estaba a medio camino de la sala de estar cuando cambié de rumbo y me
dirigí a la puerta. El whisky que me corría por la sangre hizo que fuera todo
un reto calzarme las botas. Pero, tras estamparme dos veces contra la pared,
conseguí acabar con ellas puestas y los vaqueros arremangados alrededor de
las pantorrillas. Abrí la puerta y la cerré de golpe para seguir los pasos de
Sasha a través de la nieve.
El frío no me espabiló tanto como debería. A medio camino de su casa,
perdí el equilibrio, me resbalé y acabé a cuatro patas en el suelo. Con todo,
conseguí levantarme, y, cuando al final llegué a la cabaña, tuve que
apoyarme con el codo en el marco de la puerta.
Sin respuesta.
Joder con esa mujer.
Volví a llamar.
—Sasha.
Oí el ruido de sus pisadas y, a continuación, abrió la puerta de golpe.
Tenía un cepillo de dientes en la boca y el pelo recogido de cualquier
manera. Iba vestida con unos pantalones de chándal negros descoloridos y
una camiseta verde de tirantes que le marcaba los pechos.
El color de su cara era mortecino, tenía las mejillas hundidas. Se le veían
los ojos enrojecidos y la mirada cansada.
—Estás horrible.
Sasha se sacó el cepillo de dientes de la boca y frunció el labio.
—¿Para eso has venido? ¿Para decirme que estoy horrible?
—Es que lo estás. Y aun así eres la mujer más guapa que he visto en mi
vida.
Su expresión rabiosa se desvaneció y en sus mejillas apareció un rubor.
—¿Te vas a la cama? ¿O es que has vomitado?
—He vomitado.
Volvió a meterse el cepillo en la boca y se hizo a un lado para dejarme
pasar.
Mientras cerraba la puerta y me quitaba las botas, ella desapareció por el
pasillo, seguramente para ir al baño.
Entré en la sala de estar y me senté en el sofá. La casa olía a ella: dulce,
fresca y única. Era la fragancia de Sasha, y la echaba de menos.
Con los codos apoyados en las rodillas, enterré la cara en las manos y me
la froté. El alcohol estaba haciendo efecto, el mundo había perdido nitidez.
Sasha regresó sin el cepillo de dientes y se sentó en la gran butaca del
otro lado de la sala.
—Estoy borracho —le advertí.
—Estupendo —respondió ella como si tal cosa mientras se tiraba del
lóbulo de la oreja con un gesto distraído.
—¿Por qué haces eso?
—¿El qué? —musitó.
—Tirarte de la oreja.
Se detuvo al instante y bajó la mano al regazo, como si hubiera sido un
gesto inconsciente. Quizá era una especie de tic nervioso, algo que hacía
cuando estaba tensa o incómoda.
—¿Qué quieres, Jax?
Me la quedé mirando mientras pensaba que ojalá supiera qué decir.
—Usamos condón.
—¿Ya estamos otra vez con eso? —Se abrazó las rodillas contra el pecho
—. Ya sé que usamos condón. Varios. Pero uno debió de romperse.
Apoyó la cara en una rodilla. Se la veía pequeña, agotada, retraída.
Cuanto más se replegaba en sí misma, más me arrepentía de haber bebido.
Con cada segundo que pasaba, más me vetaba el acceso a ella, y yo tenía la
cabeza demasiado embotada para impedírselo.
—Sasha.
Se volvió a mirarme.
—Lo siento.
—Yo también —susurró.
Le dirigí una sonrisa triste y me recosté con una mano detrás de la
cabeza. El sofá era demasiado pequeño, así que tuve que extender las
piernas hacia el extremo opuesto, pero esa noche el mundo se había vuelto
del revés, giraba demasiado rápido. Si no conseguía pararlo, Sasha no sería
la única que acabara vomitando.
—Yo restauré esta cabaña —dije.
—Eso ya lo sé.
Levanté un brazo para señalar el techo.
—En ese tablón de madera hay un nudo que recuerda a un elefante.
Sasha guardó silencio un momento y luego soltó una risotada desprovista
de emoción.
—Eso decíamos, sí.
—Sigue escuchando, corazón. Divago cuando estoy borracho. —Dejé
caer el brazo—. Yo restauré esta cabaña.
—Eso ya lo has dicho.
—No te vayas. —Me volví a mirarla—. No quiero que te vayas.
Ella tragó saliva.
—Tengo un piso en el pueblo.
—Pues déjalo.
Ella desvió la mirada hasta un punto invisible de la alfombra, por debajo
de la mesita de centro.
—Todo el mundo opinaba que lo mejor que podía hacer con la cabaña era
echarla abajo, pero me pareció que era un buen sitio, por si alguna vez tenía
compañía, o si un amigo o una amiga, como Emery, necesitaba quedarse
aquí un tiempo.
—¿Quién es Emery?
—Mi mejor amiga. A veces se queda a dormir en casa. Su marido es un
cabrón, y quería que la casa estuviera acabada cuando lo dejase; si lo deja,
porque lo más probable es que nunca dé el paso. Pero, por si las moscas,
quería que tuviera un sitio seguro en el que vivir.
—Ah. —Sasha pestañeó y sacudió ligeramente la cabeza—. Creía que…
—¿Que era mi novia? No. Bueno… —hice una mueca—, la besé a los
trece años, pero fue asqueroso.
A sus labios asomó un amago de sonrisa.
—No tengo novia. No he estado con nadie más después de ti.
Algo parecido al alivio cruzó la expresión de Sasha.
—Yo… Yo tampoco.
—Ya lo sé.
Pasaba todas las noches en la cabaña. No parecía tener amigos. Nunca
invitaba a nadie a su casa, y, si no estaba en el despacho, estaba allí.
Había estado muy pendiente de ella.
Porque, si se hubiera presentado otro hombre delante de su puerta, lo
habría sacado a rastras de mi propiedad.
—¿El marido de tu amiga le pega? —pregunté.
—Son agresiones verbales. Pero también cuentan.
Ella asintió.
—Lo siento mucho.
—Yo también. —Me removí en el asiento y volví a mirar al techo, al
elefante que, en adelante, vería siempre—. No sé qué decir.
—Yo tampoco. —Le temblaba la voz—. Esto no me lo esperaba.
Exhalé. Bueno, al menos la sorpresa no solo me afectaba a mí.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—¿Qué hora es?
Me incorporé un poco para sacar el reloj del bolsillo de los vaqueros.
—Las ocho y treinta y nueve.
—Pues hace una hora y treinta y nueve minutos que lo sé. Hace unos días
que no me encuentro bien. Estoy, bueno… estoy sensible. Y tengo una falta.
Al salir del trabajo, he pasado por la tienda y me he comprado un test. Me
lo he hecho poco antes de ir a tu casa.
Poco antes de que se marchara Emery.
Una parte de mí deseaba que esa noche se hubiera quedado conmigo en
vez de volver a aquel infierno con Calvin. Si ella estuviera allí, sabría qué
decir. O me habría dado una colleja cuando me dio por coger la botella de
whisky y habría insistido para que fuera a casa de Sasha.
—Dime qué quieres que te diga.
—No lo sé —musitó ella—. No puedo creerme que esté pasando esto.
—Ni yo.
Nunca lo hacía sin condón; jamás, ni una vez en mi vida. Confiaba tanto
en que… funcionaban. Siempre habían funcionado. Excepto una vez. E iba
a ser padre.
Joder.
Iba a ser padre.
No estaba preparado para eso, ni un poquito. Ni siquiera tenía perro o
gato. Los caballos eran lo más parecido a una mascota, y no lo eran
exactamente. ¿Qué narices sabía yo de ser padre?
Sí, iba a vomitar.
—Dime una mentira —solté.
—Estoy contentísima por lo del bebé —dijo Sasha, sorbiéndose la nariz;
cuando la miré, se estaba frotando los ojos.
Se me encogió el corazón. Quizá fue por verla contener las lágrimas o
por la certeza de que aquello podía dejar de ser una realidad. No tenía por
qué suponer un gran cambio de vida, si ella no quería tenerlo.
El estómago empezó a darme vueltas, como si mi caballo estuviera a
punto de lanzarme por los aires.
—Cuéntame algo.
Ella volvió a frotarse los ojos.
—¿Qué quieres que te cuente?
—Lo que sea.
Llegados a ese punto, me conformaba con lo que fuera. Cualquier cosa
con tal de conocerla mejor.
Con tal de retrasar la pregunta que tendría que acabar por hacerle.
Entonces me recorrió las piernas con la mirada y se detuvo en los pies.
—Mis padres tenían la costumbre de quitarse los zapatos al entrar en
casa, sobre todo él. Solía llevar calcetines blancos, como tú. El día que me
instalé aquí, cuando estabas arreglando el lavadero y te habías quitado las
botas, me recordaste a él y sus calcetines blancos.
No estaba seguro de cómo responder a eso, de manera que moví los
dedos de los pies.
—Tengo miedo, Jax.
El temor a lo que pudiera decir a continuación tomó la forma de un nudo
en la garanta.
—¿Qué quieres hacer?
Sasha se encogió de hombros, pero no dijo nada.
—Mi madre me abandonó.
—¡¿Qué?! Creía que Lily era…
—No es mi madre. Es la madre de West, no la mía. Pero no pasa nada.
Agité la mano para restarle importancia.
No tenía importancia; no mucha. O quizá llevaba tanto tiempo intentando
normalizarlo que me había convencido de que no suponía un problema. En
cualquier caso, esa noche no era el mejor momento para averiguarlo.
—No llegué a conocerla. Tenía meses cuando me dejó —le expliqué a
Sasha—. Pasó una noche con mi padre en Las Vegas y me trajo a Montana
después de dar a luz. Me dejó aquí y no volvió nunca.
—Jax, yo… Si eso te preocupa, yo jamás abandonaría a mi hijo.
Tenía la voz quebrada.
—No te lo he contado para que te sientas culpable. Ya te lo he dicho,
cuando estoy borracho, divago. La cuestión es que me tuvo. Aunque me
abandonara, al menos pude nacer. Luego me dejó con mi padre.
—Vaya.
Sacudí la cabeza, deseando saber cómo hacerlo bien. ¿Eso lo era? ¿Cómo
reaccionaban otros hombres cuando les soltaban la bomba del embarazo?
Estar tumbado en el sofá no era la mejor actitud para lo que tenía que
decirle, de modo que me incorporé, haciendo caso omiso a las vueltas que
me daba la cabeza y sin dejar de mirar a Sasha a los ojos.
—Si no quieres seguir adelante, lo entenderé. Te lo prometo. Pero creo…
¿creo que yo sí?
Parecía una pregunta. ¿Lo era? No. Aunque conocía la noticia desde
hacía solo una hora, no necesitaba más tiempo para sentir cuál era la
decisión correcta. Mi cerebro todavía tenía que hacerse a la idea, pero en el
fondo de mi corazón sabía muy bien lo que quería.
De algún modo, incluso borracho y conmocionado, lo sabía.
—Yo quiero seguir adelante —dije—, si te parece bien.
¿Estaba preparado para ser padre? En realidad, no. Pero me prepararía.
Tenía tiempo, ¿no?
—Creo… —Sasha tragó saliva con dificultad—. Creo que yo también.
Sí, quiero seguir adelante.
—¿Lo dices en serio?
Ella encogió un hombro.
—Sí. Ni siquiera sé si soy capaz de expresar por qué me siento así, pero
creo… que quiero tener el bebé.
—Menos mal, joder. —Solté el aire de golpe al tiempo que echaba la
cabeza hacia atrás. Luego cambié de posición para tumbarme porque
llevaba mejor la borrachera si seguía mirando al elefante del techo—.
Tendríamos que empezar por conocernos mejor.
—Seguramente.
—¿Qué pepinillos te gustan más? ¿En vinagre? ¿O agridulces?
—En vinagre.
—A mí los dos. Me gusta el helado con sabor a chicle, de ese que te deja
la lengua azul y tiene trocitos de chicle de verdad. No se encuentra en
muchos sitios, pero todos los veranos, en la feria del condado, hay un
puesto en el que lo venden. ¿Te gusta la feria?
—Nunca he ido a ninguna.
—Pues iremos juntos. Nos compraremos un cucurucho de helado de
chicle y nos montaremos en el pulpo. Pero en el zipper no, que esas jaulas
son trampas mortales. Al menos yo no me montaré. ¿Trato hecho?
—Trato hecho.
Sasha cambió de posición en la silla y se colocó de lado para apoyar la
mejilla en el respaldo.
—¿Cuál es tu película favorita?
—El diario de Noa.
Ella levantó la cabeza.
—¿En serio?
—No.
Sasha esbozó una sonrisa ladeada, y ese pequeño gesto bastó para aliviar
parte de la presión que sentía en el pecho.
—Me gustan las antiguas películas del Oeste. Cualquiera en la que salga
John Wayne o Clint Eastwood. Si tuviera que elegir una, creo que sería
Paloma solitaria.
—No la he visto.
—Eso lo arreglaremos muy pronto —prometí, y cerré los ojos—. ¿Te dan
miedo los animales o los insectos?
—Me dan pánico las serpientes. Y no me gustan las arañas.
—Lo de las arañas me lo dijiste el día que nos conocimos. A mí no me
dan miedo, ni tampoco las serpientes. Pero las hienas me parecen
horripilantes.
—¿Las hienas?
—Sí. ¿Por qué tienen el cuello tan largo?
Una discreta risita se propagó por la habitación. Era mi recompensa de
esa noche.
—Nada de hienas. Ya lo he pillado. ¿Qué hay de los gatos y los perros?
—Me gustan todos, pero no tengo mascota. No me emociona que haya
animales en casa. Mis abuelos piensan como yo. ¿Cuántos años tenías
cuando te dieron tu primer beso?
—Dieciséis. ¿Y tú?
—Trece. Cuando íbamos a octavo, a Emery y a mí se nos ocurrió que
teníamos que ser novios, o sea que la besé en un partido de fútbol del
instituto, debajo de las gradas.
Fue un beso torpe y baboso, y nos dio asco a los dos. Desde ese
momento, solo fue mi mejor amiga.
Eran pocas las cosas que no le contaba, pero, por algún motivo, había
mantenido en secreto lo de Sasha.
Emery sabía que existía, que trabajaba como gerente en el complejo y
que, por el momento, se alojaba en la cabaña.
Pero no quise que nadie supiera que habíamos pasado la noche juntos. Ni
Emery ni Indya, ni siquiera West.
Sasha era mía y solo mía.
¿Cómo íbamos a explicar que estaba embarazada? ¿Cómo íbamos a
manejar ese asunto? Quizá sería mejor que se trasladara a mi casa; sería
más fácil si vivíamos bajo el mismo techo. ¿O prefería mantener las
distancias?
—¿Quieres salir a cenar conmigo mañana por la noche? —le pregunté
mientras contenía la respiración a la espera de la respuesta.
Pero solo se oía silencio.
Abrí un poquito los ojos y miré hacia el sillón.
Sasha tenía el cuerpo hundido entre los cojines, los ojos cerrados y la
boca abierta: estaba durmiendo.
Señalé al elefante del techo.
—Te veo en un rato, tío.
Después cerré los ojos y me quedé dormido.
11

Sasha

Alguien carraspeó en la puerta de mi despacho y me obligó a apartar la


atención de la pantalla.
Jax estaba apoyado en el umbral, de brazos cruzados.
«Hola, déjà vu». Era como si me hubieran catapultado a seis semanas
atrás, a la mañana después de la fiesta. Volvía a ser domingo por la mañana
y había salido de casa a hurtadillas para esconderme en el despacho. Y Jax
me había encontrado.
Lo dejé durmiendo en el sofá cuando me escabullí de la cabaña al
amanecer. Con el mínimo ruido posible, subí al coche y recorrí el camino
hasta el edificio principal. Durante los últimos treinta minutos, más o
menos, había estado mirando la pantalla sin pestañear, preguntándome
cuánto tiempo tardaría en aparecer.
Treinta minutos, más o menos.
—Hola.
—Hola.
Jax llevaba una gorra de béisbol y la visera le hacía sombra en los ojos.
Tenía las puntas del pelo rubio oscuro húmedas después de la ducha.
Llevaba unos pantalones vaqueros descoloridos y las botas marrones. Pero,
en vez de combinarlo con su habitual camisa con el cuello abotonado, se
había puesto una sudadera. Tenía bordada la leyenda Montana State en
letras blancas sobre el algodón azul marino.
—¿Fuiste a esa universidad?
Él asintió.
—Sí. ¿Y tú?
—A una universidad pública de California.
No era la clase de centro en el que se compraba merchandising o los
alumnos lucían sus colores con orgullo.
Jax parecía cansado esa mañana. Seguramente era porque había pasado la
noche en un sofá demasiado pequeño para su corpulencia. Cuando me
desperté en el sillón, con las babas resbalándome por la barbilla, él roncaba
un poquito. No recordaba que hubiera roncado la noche que dormí en su
casa. Quizá, cuando estaba borracho, divagaba y roncaba.
—¿Tienes resaca? —pregunté.
Él encogió un hombro.
—Me he sentido mejor. Y también peor.
Asentí, y como no sabía muy bien adónde mirar, fijé la vista en un punto
de mi escritorio. La noche anterior había sido más fácil porque él llevaba la
voz cantante y llenaba los silencios divagando sobre elefantes en el techo.
—Voy a pedir cita con el médico —dije.
Esa mañana me había despertado con un millón de preguntas estallando
en mi cerebro. Si íbamos a seguir adelante con eso —¿en serio?—, quería
estar preparada.
¿Cuándo salía de cuentas? ¿Qué alimentos debía evitar? ¿Podía tomar
café por la mañana? Ese día me lo había saltado, y el resultado era un
principio de jaqueca latiendo entre los ojos.
—¿Puedo acompañarte? —preguntó Jax—. Me gustaría.
—Claro.
Sentía opresión en el pecho, como si no pudiera llenar los pulmones de
aire. Estaba a punto de echarme a llorar, a reír o a gritar. Quizá todo al
mismo tiempo. Me abracé la cintura con fuerza.
—¿Tienes náuseas?
Jax se dio impulso para separarse de la puerta, a punto para ayudar y salir
corriendo a por una papelera si me entraban ganas de vomitar.
—No. —Sacudí la cabeza—. O un poco. Es que… estoy abrumada.
—Claro. —Volvió a apoyar el brazo en el marco de la puerta y dejó caer
los hombros, soportando el peso de la situación—. ¿Vas a quedarte aquí
metida todo el día?
—Si te digo que sí, ¿me dejarás?
Elevó una comisura de los labios.
—No.
—Me lo imaginaba —musité—. De todas formas, no consigo
concentrarme.
—Hummm… —Se pasó la mano por el mentón, y la barba incipiente le
rascó la piel—. Así que odias Montana.
—No odio Montana.
Jax esbozó aquella sonrisita.
—Mentirosa.
No tenía sentido negarlo.
—No es mi lugar de residencia preferido —reconocí, y cogí el botellín de
agua para dar un sorbo.
—Pues haré que te enamores.
Escupí el agua de la boca e incluso me salió un poco por la nariz cuando
me atraganté y empecé a toser.
—¡¿Qué?!
—De Montana. Haré que te enamores de este sitio.
—Ah.
Volví a toser para eliminar los restos de agua de la garganta. «Uf». Jax no
quería que me enamorara de él, solo de Montana. Eso era un alivio, ¿no? ¿Y
por qué no me sentía aliviada? Lo último que necesitaba era una relación
sentimental. Las cosas ya eran bastante complicadas con el embarazo. Y
cuando naciera el bebé…
¿Cómo lo haríamos, cuando yo ya no viviera en Montana? ¿Adónde iría?
¿Y Eddie?
«Eddie». Noté que se me encogía el estómago, y esa vez fui yo la que
salió corriendo a por una papelera.
Aquel día no había pensado en él. La noche anterior, tampoco. ¿Por qué?
Había empezado a agobiarme desde lo del test de embarazo y me había
olvidado de él. Dios, era lo peor.
Bueno, como Jax ya sabía la verdad, podía pensar más allá de los cinco
minutos siguientes.
Antes o después, tendría que contárselo a Eddie. Tendría que confesar
que me había acostado con Jax y que había actuado con imprudencia. ¿Me
odiaría por ello? ¿Se le rompería el corazón? Quizá ya nos habíamos hecho
tanto daño que no sería más que otro paso hacia la distancia.
—Sasha… —Jax entró en el despacho y entornó los ojos, preocupado—.
¿Qué pasa?
—Es que… todo ha cambiado. El mundo no para de volverse del revés.
Me dirigió una sonrisa triste, se acercó al escritorio y me tendió la mano.
—Ven. Vámonos de aquí.
—¿Adónde?
Jax sonrió con un gesto delicado, dulce y amable. Era una sonrisa que
solo había visto una vez: la noche de la fiesta. Y, al igual que me pasó en
ese momento, me dio un vuelco el corazón.
Me llevó cogida de la mano hacia fuera del despacho, por el pasillo.
Cuando llegamos al vestíbulo, moví los dedos para soltarme, pero él me
cogió con más fuerza.
—Jax —dije entre dientes.
Él se volvió para obsequiarme con aquella sonrisita adorable y
exasperante, y se me hincharon las fosas nasales.
Esa mañana, Mindi estaba trabajando en la recepción. O Jax pasaba un
huevo de ella o me llevaba cogida de la mano a propósito.
Intenté soltarme otra vez.
Y él volvió a aferrarme.
La gente hablaría. Correrían rumores por el complejo. Claro que
chismorrearían de todos modos, porque no podría ocultar para siempre el
embarazo. Quizá era mejor que la gente pensara que Jax y yo estábamos
juntos, y no que aquel bebé era un tremendo descuido que acabaría por
desbaratar todos mis planes.
—Jax. —Le tiré del brazo en cuanto cruzamos la puerta, obligándolo a
pararse en el espacioso porche del edificio principal—. No quiero que este
bebé sienta nunca que es fruto de un error. No quiero tener que decirle que
fue un accidente.
Me escrutó con detenimiento antes de asentir.
—De acuerdo.
El aire que expulsé de los pulmones formó una vaharada blanca en el aire
frío. Con el tiempo tendríamos que pensar en inventarnos algo, pero por el
momento me bastaba con que nos entendiéramos.
—¿Crees que será niño o niña? —preguntó.
—Niña. —Había expresado mi deseo en voz alta. Seguramente, la
mayoría de las madres dicen que les da igual, que lo importante es que el
bebé nazca bien. Pero yo quería una niña—. Si lo es, la llamaré Josephine,
como mi madre.
—Josephine. —Jax pronunció el nombre como si estuviera catando un
buen vino, dejando que se deslizara por su lengua para notar el sabor—. Es
bonito.
—Gracias.
Me estrechó la mano sin soltarme, y bajamos la escalera hasta su
Silverado gris, que esperaba en el aparcamiento. Abrió la puerta y me
ayudó a entrar, y después fue a ocupar el sitio del conductor. Luego, con el
motor en marcha y el aire caliente saliendo por los conductos de
ventilación, se alejó del rancho.
—¿Adónde vamos?
—Ya lo verás.
Jax condujo con una mano en el volante y la otra apoyada en la consola
central. Se le veía relajado, confiado y muy atractivo, como cuando
caminaba contorneándose. O como cuando llevaba la gorra de béisbol.
Joder. ¿Desde cuándo me ponían tanto las gorras?
Se me aceleró el pulso y contuve la respiración mientras intentaba no
mirarlo. ¿Serían las hormonas del embarazo? ¿Tan pronto? ¿En qué
momento habían empezado a afectarme?
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Nada. —Aparté la mirada y la mantuve fija en la carretera de grava
que se extendía ante nosotros—. ¿Adónde vamos?
—Eso ya me lo has preguntado.
—Pensaba que esta vez me lo dirías.
Su risa, profunda y fluida, llenó la cabina de la camioneta.
—Tengo que comprar los rasca y gana para mi abuelo.
—Ah —gemí—. No vamos al supermercado, ¿verdad?
—De vuelta a la escena del crimen.
En el pueblo solo había un súper, y no había podido evitarlo en los meses
que llevaba viviendo en Montana, pero siempre intentaba ir a última hora de
la tarde, cuando la dueña ya no estaba y los dependientes eran jóvenes que
trabajaban después de clase.
La tarde anterior, cuando había ido a comprar el test de embarazo, en la
caja había un chico con mucho acné. Ni siquiera pestañeó al pasar el test
por el escáner porque estaba muy concentrado tratando de no babear ante la
adolescente que estaba detrás de mí en la cola.
—De paso, podemos ir a tu piso —dijo Jax—. Por si quieres llevarte
algo.
—No hace falta.
—O sea, que piensas dejar tus cosas en el pueblo y seguir pagando por un
piso de mierda mientras vives en el rancho.
—Sí. —Quizá. Económicamente, no tenía sentido mantener el piso de
alquiler. Pero era mi red de seguridad—. ¿Vas a cobrar el cheque del
alquiler de la cabaña?
—No.
—Me lo imaginaba —mascullé—. Pero es lo que acordé con Indya.
—Indya no es la dueña de la cabaña.
Suspiré.
—No me gusta vivir de gorra.
—Estás embarazada de mi Josephine; no puede considerarse vivir de
gorra.
«Mi Josephine».
Las emociones me inundaron de tal modo que no podía respirar. Abrí la
boca, pero fui incapaz de decir nada. Tenía los ojos arrasados en lágrimas y
el mundo se convirtió en una mancha borrosa.
«Mi Josephine».
Dos palabras bastaron para transformarlo en algo real. Él lo hacía
especial. No me sentía sola en eso.
Extendió el brazo para alcanzarme mientras las lágrimas rodaban por mis
mejillas, y deslizó los dedos por mi pelo hasta la nuca. Noté la palma de su
mano cálida contra mi piel, y siguió el trazo de mis cervicales con el pulgar,
arriba y abajo, mientras me enjugaba la cara y me esforzaba por llenar de
aire los pulmones.
—En el piso no hay nada —le espeté cuando pude volver a hablar—.
Todo lo que tengo me cabe en el coche. El piso está vacío, no tengo que ir a
recoger nada.
Él detuvo el movimiento del dedo.
—¿Y los muebles?
—No tengo.
—¿Y tu cama?
—Es un colchón hinchable.
Noté que tensaba la mano y apretó la mandíbula.
—Pues no necesitas seguir pagando ese alquiler. Llama al casero y
rescinde el contrato hoy mismo.
—Pero…
—Hazlo hoy, Sasha. Si no, lo haré yo.
Di un suspiro entrecortado. Era la decisión correcta. En el fondo, sabía
que lo era. No pensaba volver a aquel piso por nada del mundo.
«Adiós, red de seguridad».
—Muy bien.
Quizá debería haberme opuesto, pero no quería cambiar la cama de la
cabaña, cómoda y mullida, por un colchón hinchable que perdía aire. No
quería soportar más a los vecinos escandalosos ni los cortes del suministro
de agua caliente.
Y Jax había llamado al bebé «mi Josephine».
Por eso saqué el móvil y llamé al casero. Le prometí que le dejaría las
llaves en el buzón a cambio de que me devolviera la fianza.
—Hecho.
—Cobraré el cheque del alquiler, si eso te deja más tranquila.
—Sí, por favor.
Él asintió y aminoró la marcha cuando entramos en el pueblo. Antes de
que me diera cuenta, habíamos aparcado frente al supermercado.
En cuanto entramos en la tienda, nos cruzamos con una señora mayor.
—¡Jax! —La mujer soltó el carrito lleno de bolsas de papel y abrió los
brazos a la vez que sonreía de oreja a oreja—. Cuánto me alegro de verte.
—Hola, señorita Miller. ¿Cómo está?
—Vamos tirando. —La señorita Miller se volvió a mirarme, pero Jax no
nos presentó—. ¿Y tú?
—Muy bien. Tenemos que hacer unos recados esta mañana, antes de
volver al rancho.
—Bueno, pues no os entretengo. Las patatas y el beicon están de oferta.
Jax bajó la cabeza y le dio un abrazo de medio lado antes de guiarme al
interior de la tienda.
—La señorita Miller fue mi maestra de tercero. Ahora está jubilada.
Siento no haberos presentado, pero nos habría tenido allí charlando una
hora.
—Ah.
¿Quién había sido mi maestra en tercero? No recordaba su nombre.
En vez de avanzar hacia la caja, Jax cogió una cesta de la pila de al lado
de la puerta y se dirigió a la sección de fruta y verdura para comprar una
bolsa de patatas y una cebolla. Luego fue hasta el fondo de la tienda y cogió
una caja de huevos.
—Normalmente no compro huevos porque me los da mi abuela, que
tiene gallinas. Pero hace unas semanas hubo un incidente con un busardo…
Fue una masacre.
—Un busardo.
¿Qué narices era un busardo?
Antes de que pudiera preguntárselo, un hombre vestido con un peto se
detuvo al lado de Jax.
—Buenos días, Jax.
—Hola, Hank.
Se estrecharon la mano, y luego el hombre cogió una caja de huevos
mientras Jax se dirigía a la nevera de los lácteos.
Al llegar a la carnicería, Jax estaba metiendo en la cesta tres paquetes de
beicon cuando un hombre, vestido con vaqueros y un abrigo de lona, lo
saludó con una palmada en el hombro.
—Jax. ¿Qué tal todo?
—Hola, Mike. ¿Cómo estás?
—No me puedo quejar.
—Mike, esta es Sasha, la gerente del complejo turístico. —Se hizo a un
lado para que pudiera estrecharle la mano a Mike—. Mike es un constructor
del pueblo. Se encargó de casi todas las reformas del rancho.
—Ah, pues has hecho un trabajo estupendo. Me alegro mucho de
conocerte.
—Yo también.
Mike sonrió, le dio otra palmada en el hombro a Jax y dejó que
siguiéramos comprando.
—¿Es que conoces a todo el mundo? —le pregunté mientras recorríamos
el pasillo de los cereales.
—A todo no, pero casi. Es lo que pasa cuando creces en un pueblo
pequeño.
Se cambió la cesta de brazo para darme la mano.
Esa mañana, mientras mi mundo seguía volviéndose del revés, se lo
permití.
—Te acostumbrarás —dijo.
—¿Seguro?
Una punzada de pánico me aceleró el corazón. Montana nunca había sido
un plan permanente; era solo la oportunidad de ganar dinero mientras las
cosas con Eddie estaban en el aire. Luego buscaríamos un destino juntos.
Volveríamos a empezar.
Pero no podríamos volver a empezar, ¿verdad? Ya no.
Me quedé pálida, y la cabeza empezó a darme vueltas mientras mis pies
dejaban de moverse. Allí, rodeada de vistosas cajas de cereales, al lado de
un hombre que podría ser un desconocido, sentí que todo mi futuro se
desmoronaba.
—¿Qué te ocurre, cariño?
Tragué saliva y cerré los ojos en un intento de recuperar el equilibrio.
—Todo me da vueltas.
—Cógete fuerte y parará.
Tras unas respiraciones, emprendí otra vez la marcha por el pasillo.
—¿Cómo puedes estar tan tranquilo?
—No lo estoy.
Se me acercó y posó los labios en mi pelo. En realidad, no fue un beso.
Más bien se inclinó como si fuera su soporte y aspiró mi olor.
Se apoyó en mí.
De manera que me apoyé en él.
Permanecimos juntos, en nuestra burbuja particular, hasta que se nos
acercó una mujer que empujaba un carrito de la compra. El traqueteo de las
ruedas nos hizo separarnos.
—Disculpen —dijo, y nos adelantó.
Jax me abrazó de lado, me pasó el brazo por los hombros y avanzamos
juntos hacia la salida.
Carla, la dueña del supermercado, estaba en la caja. Me miró, y su
sonrisa se transformó en una mueca de desprecio.
—Buenos días —la saludé mientras ayudaba a Jax a sacar las cosas de la
cesta.
La mujer apuntó a Jax con la mirada, y, aunque no dijo nada, la expresión
de su cara gritaba «Traidor».
Él se limitó a reírse.
—Hola, Carla.
Los huevos emitieron un pitido al pasarlos por el lector de códigos de
barras mientras la mala cara de la dueña persistía.
—Y mis rasca y gana de cada semana —le dijo, y sacó la cartera del
bolsillo trasero de los pantalones.
Ella lo examinó y me atravesó con la mirada.
Sentí que me encogía y miré hacia la puerta.
En cuanto el último paquete de beicon estuvo dentro de la bolsa de papel,
la cogí al vuelo y salí disparada.
—Me odia —le dije a Jax de camino al aparcamiento.
—Pues sí.
—¿Cuánto tiempo durará esto?
—Hasta que Josephine tenga diez u once años.
«Josephine». Seguía pronunciando aquel nombre en voz alta,
convirtiéndolo en algo real.
—¿Y si es niño? —susurré cuando metimos la compra en el coche y nos
sentamos en la cabina.
—Es una niña.
Ninguno de los dos lo sabía, pero necesitaba creer que dentro llevaba a
Josephine, al menos durante ese día. Y, de algún modo, él supo que
necesitaba oírlo.
Jax saludó con la mano a todas las personas con las que nos cruzamos en
el trayecto de regreso al rancho. No agitaba la mano como todo el mundo:
levantaba dos dedos por encima del volante en dirección al parabrisas, casi
como un saludo militar.
Un Tahoe blanco nos adelantó, y Jax hizo ese gesto.
—¿Quién era?
Él se encogió de hombros.
—Ni idea.
—Pero lo has saludado.
—Sí.
—¿Por qué, si no lo conoces?
—¿Y por qué no? —Me miró con una sonrisita—. Me gusta saludar a la
gente.
No recordaba que nunca me hubieran saludado en la carretera, y menos
con amabilidad.
—Pruébalo —dijo cuando otro vehículo se acercó en sentido contrario.
—No. Desde el lado del acompañante queda raro.
Además, eso era típico de allí, de la gente de Montana.
—No es más que un saludo, cielo.
Me miró con un brillo retador en sus ojos azules.
Los tenía increíblemente bonitos. Esperaba que el bebé, ya fuese niño o
niña, los heredara.
Cuando estuvimos cerca del otro coche, hizo rodar la muñeca, y lo
saludaron con un gesto idéntico.
Coloqué las manos entre las rodillas.
La mirada de Jax perdió el brillo, y esa fue la única señal de su
decepción.
—¿Qué clase de música te gusta?
—Pop. A veces rock. ¿Y a ti?
—Country.
Encendió la radio y dejó que nos hiciera compañía durante el resto del
viaje.
Cuando enfilamos el último tramo hasta el edificio principal, le llamó la
atención la camioneta de West. En lugar de acompañarme hasta mi coche,
aparcó en los establos, junto a su hermano.
Al cruzar la puerta, las voces de dos diablillos y el olor de los caballos
nos dieron la bienvenida.
—Hola.
A Indya se le iluminó la cara cuando me vio con Jax. Tenía en brazos a
Grace, su hijita recién nacida, abrigada con un buzo diminuto de color rosa
y arropada con una manta de felpa.
—Ah, hey, hola.
«Mierda». Podría haber pensado en algo que decir antes de parar. O
haberle pedido a Jax que pasara de largo.
Tendríamos que decírselo. ¿Ya? Mejor esperar un poco, ¿no? ¿Más
adelante? Pero ¿y si Jax quería contárselo? ¿Qué les diría? ¿Cómo
reaccionarían ellos? ¿A Indya le sentaría mal? ¿Qué implicaba, de cara a mi
empleo?
Con cada pregunta, mi mundo daba un vuelco. «Y otro, y otro, y otro».
Escruté el establo con la mirada y me fijé en un montón de paja que había
en una esquina.
Ya había encontrado el lugar perfecto. Vomitaría allí.
Pero, antes de que pudiera salir corriendo, West se acercó con dos
cuerdas en la mano.
—Hola, chicos. ¿Qué habéis estado haciendo?
—Comprar comida —dijo Jax, y dejó más distancia entre nosotros que
en ningún otro momento de la mañana—. Hemos ido al pueblo.
Solté de golpe el aire que retenía en los pulmones.
«Menos mal».
—¡Tío Jax! —Kade estaba subido a una bala de heno y se asomaba por
encima de la portezuela de una cuadra—. ¿Quieres venir a montar con
nosotros?
—Claro.
Jax cogió una de las cuerdas que llevaba West y fue hacia su sobrino.
—Mami. —Kohen salió corriendo hacia Indya con el índice en alto—.
Me he clavado una astilla y me duele mucho.
—¡Vaya!
—Hay unas pinzas y un botiquín de primeros auxilios en el cuarto de
baño —dijo Jax mientras abría la portezuela y entraba en la cuadra para
montar a un bonito caballo marrón.
—Vale. ¿Te importa coger a la niña?
Indya miró a Grace y la dejó en mis brazos sin esperar a que respondiera
a su pregunta.
No le habría dicho que no. Aún no había tenido a Grace en brazos. La
semana anterior, el día que Indya la llevó al edificio principal por primera
vez, había tantas personas que querían cogerla que me fui quedando atrás y,
cuando me tocó el turno, Grace estaba inquieta y era hora de llevársela a
casa.
Mientras Indya seguía a Kohen hasta el fondo del edificio, donde estaba
el despacho de Jax, examiné la cara del bebé.
Grace tenía dos semanas de vida, era ligera como una pluma. Sus suaves
pestañas formaban dos medias lunas sobre sus tersas mejillas. Sus labios,
sonrosados y unidos, dibujaban un arco diminuto.
Era perfecta. Preciosa y aterradora.
En nueve meses, también yo tendría una cosita así. Mi propio bebé
perfecto, precioso, aterrador.
Mi Josephine.
El mundo se volvió un poco más del revés, pero esa vez no permití que
me arrastrara consigo. No mientras tuviera a Grace en brazos.
Cuando me volví hacia las cuadras, los ojos azules de Jax estaban
esperándome.
Me dirigió una sonrisa delicada, como si supiera que el hecho de coger a
un bebé en brazos ese día me tenía aterrorizada, pero aun así lo había
hecho. Me guiñó un ojo antes de seguir ocupándose del caballo.
Era el hombre más atractivo que había visto en mi vida. Masculino e
hipnótico. Era tan guapo que casi me entraron ganas de dar a luz a un niño
que se pareciera a su padre.
Casi, pero no.
Grace se puso a lloriquear y a agitar las piernas.
—Chisss…
La mecí de un lado a otro. Hacía mucho tiempo de la última vez que
había tenido a un bebé en brazos, pero algunas cosas eran difíciles de
olvidar.
Esperaba que las otras piezas del puzle mental encajaran pronto.
—¿Tú crees que puedo hacerlo? —susurré.
Grace abrió su boquita diminuta.
Y lloró.

Eddie:
Nunca fuiste un error. Para mí, no lo fuiste.
S.
12

Jax

Hacía cinco minutos que habíamos aparcado delante del hospital y Sasha
aún no había intentado abrir la puerta. Si esperábamos mucho más,
llegaríamos tarde a la visita. Pero si necesitaba quedarse allí sentada y
contemplar el edificio del Pioneer Medical Center, le haría compañía.
También a mí me hacían falta esos cinco minutos extra.
Hacía dos semanas que Sasha había concertado la primera visita con una
doctora. Desde entonces, me la había recordado siete veces, así que imaginé
que, en cuanto aparcara la camioneta, entraría a toda prisa en el edificio.
No obstante, a menudo me sorprendían sus reacciones. Se lo tomaba con
calma cuando pensaba que saldría corriendo. Guardaba silencio cuando me
esperaba una respuesta irónica. Había levantado un muro aún más alto a su
alrededor cuando creía que empezaba a conseguir que se abriera.
Comprendía sus dudas. En cuanto cruzáramos aquella puerta, la realidad
se impondría. Estaba pasando de verdad.
Íbamos a tener un bebé.
—Lo siento —musitó cuando al fin se dispuso a salir—. Necesitaba un
momento.
—Tómate tu tiempo.
Me sonrió discretamente y se apeó de un salto.
Ahí estábamos, tanto si nos sentíamos preparados como si no. Yo
también salí de la camioneta y la seguí por el aparcamiento con las manos
metidas en los bolsillos de los vaqueros para disimular su ligero temblor.
Sasha no era la única que estaba cagada de miedo. Pero me necesitaba
entero, de modo que decidí guardarme la crisis de pánico para cuando
estuviera solo. Mi nerviosismo tendría su momento estelar en mitad de la
noche, cuando me desvelara.
¿Seríamos capaces de llevar aquello adelante? ¿Sabría ser padre?
Me moría de ganas de contárselo a West. Incluso a nuestro padre. Ellos
siempre sabían qué decir, pero hasta que hubiera pasado la visita, hasta que
la doctora no nos explicara más cosas, mantendría la boca cerrada.
Habían sido las dos semanas más largas de mi vida.
No se me daba bien guardar secretos.
Sasha me guio desde la entrada del hospital. A la izquierda estaba la sala
de urgencias. Enfrente, las puertas de la residencia de ancianos. A la
derecha había un pequeño consultorio donde visitaban los médicos de
familia.
Nos dirigimos al mostrador de recepción y Sasha pasó diez minutos
rellenando formularios sobre un portafolios mientras yo aguardaba a su
lado, sentado en una silla y luchando con el impulso de mover las rodillas
arriba y abajo.
—No sé… hummm… tu fecha de nacimiento. —Sasha me entregó los
papeles—. ¿Rellenas tú tus datos?
—Claro. —Cogí el bolígrafo y el portafolios y lo apoyé sobre el muslo
para, rápidamente, tachar casillas y escribir mi dirección—. El 3 de
noviembre. Tengo veintinueve años.
—Yo, veintiocho. Mi cumpleaños es el 1 de enero.
—Año Nuevo. —Un momento. Ese día Sasha ya trabajaba en el
complejo—. No lo celebramos.
—Indya me propuso dar una fiesta —dijo agitando la mano para restarle
importancia—, pero no quise.
Fruncí el ceño y le devolví el formulario para que terminara de rellenarlo.
En el complejo, los cumpleaños eran muy importantes. Indya siempre se
aseguraba de celebrar el día especial de cada empleado, ya fuese con un
pastel, unas galletas o el postre que eligiera. Compraba globos y una tarjeta
de felicitación para que todo el mundo la firmara. No recordaba haber
firmado ninguna para Sasha.
También en nuestra familia se celebraban los cumpleaños por todo lo alto
desde que West se casó con Indya.
Mi hermano siempre preparaba una fiesta para su mujer, y ella hacía lo
mismo con él. Uno de ellos, o los dos, se ocupaba de organizar el mío. Y
cuando les tocaba a los gemelos, se montaba un espectáculo que solía
incluir castillos hinchables o un zoológico interactivo.
¿Lo habría celebrado con alguien? ¿Tenía amigos en el pueblo? ¿O se
limitó a pasar el día trabajando para después volver a casa y acostarse sola
en un colchón hinchable?
Aquel puto colchón hinchable.
¿Por qué no tenía muebles? Llevaba meses viviendo en el piso de alquiler
cuando se trasladó a la cabaña. Había tenido tiempo de encargarlos y
recibirlos.
Estaba a punto de preguntárselo, como lo había estado varias veces
durante las dos últimas semanas. Pero me tragué mis dudas y decidí dejar el
tema para después de la visita; para un momento en el que fuese más
probable obtener una respuesta.
De nuevo, se había pasado las últimas dos semanas evitándome, y se lo
permití. Excepto la parada diaria en su despacho para comprobar que estaba
bien, le di espacio.
Yo también lo necesitaba. Me hacía falta tiempo para procesar todo lo
ocurrido. Aún no lo había asimilado y quedaba mucho camino por recorrer,
pero lo estaba intentando.
Se abrió una puerta al otro lado de la sala de espera y una enfermera
vestida con un uniforme rosa llamó a Sasha Vaughn.
Ella se levantó de un salto con el portafolios pegado al pecho.
Le puse la mano en la parte baja de la espalda mientras cruzábamos la
sala en dirección a la enfermera.
Sasha volvió la cabeza para mirar el punto en que estaba dibujándole
círculos con el pulgar sobre el jersey negro.
Si quería que dejara de tocarla, sería… bueno, muy difícil. Notarla me
producía seguridad; me recordaba que estábamos juntos en eso, y que, si en
algún momento perdía los nervios, ella se desmoronaría. Y no iba a permitir
que eso sucediera.
La enfermera era mayor que yo; debía de tener unos cuarenta. Nos saludó
con una sonrisa amable cuando cruzamos la puerta, y di gracias en silencio
porque ni ella ni la recepcionista eran personas conocidas. No era que
fuesen a irse de la lengua, pero quería que la noticia llegara a mi familia
antes que a la gente del pueblo.
¿Cuándo se lo diríamos a West e Indya? ¿Debíamos esperar un tiempo
prudencial? ¿Unos tres meses?
—Pasen por aquí.
La enfermera nos hizo señas para que entráramos en el consultorio más
cercano y, a continuación, cerró la puerta detrás de nosotros.
Ocupé otra silla rígida e incómoda mientras Sasha se tumbaba en la
camilla para que le tomaran la tensión y la temperatura.
Cuando la enfermera le entregó una bata de papel y le dijo que se
desnudara, Sasha tragó saliva.
—¿Quieres que salga? —le pregunté cuando la mujer nos dejó a solas
para que se cambiara.
—La verdad es que ya me has visto desnuda —musitó, y la sábana de
papel crujió cuando se bajó de la camilla de un salto.
Sí, la había visto desnuda, cada centímetro de su magnífico cuerpo. Pero
no era el momento de pensar en eso; no la haría sentirse más cómoda. Por
eso me quité la gorra de béisbol y me tapé la cara para darle unos momentos
de intimidad.
—Apesta.
—¿El consultorio? —Se oyó el roce de la ropa cuando empezó a
desvestirse—. No noto nada.
—No, me refería a mi gorra. ¿Así es como me huele el pelo?
—¡Jax! —A Sasha se le escapó la risa. Era mi pequeña victoria del día—.
No tienes por qué hacer eso.
Sí. Tenía que hacerlo.
En todo lo que tenía que ver con Sasha, mi polla iba por libre. Por eso
necesitaba taparme los ojos. Lo peor que podía pasarme era tener una
erección en esa sala fría y esterilizada. Y si la miraba mientras se
desnudaba, mi cuerpo respondería de forma instintiva.
—Ya he terminado. Puedes dejar de respirar dentro de esa gorra apestosa.
De nuevo se oyó el crujido del papel, y la camilla chirrió cuando Sasha
volvió a ocupar su lugar en ella.
Me destapé la cara y me encontré con la mirada de sus ojos marrón
chocolate.
Se aferró la bata contra el pecho. Tenía las rodillas apretadas y los
hombros encorvados. Se la veía tensa e incómoda.
—Quizá no debería haber venido —le dije.
—Si no hubieras entrado conmigo, creo que seguiría en el aparcamiento.
—Sasha…
Antes de que pudiera terminar la frase —aunque tampoco sabía qué más
decir—, llamaron a la puerta y entró la doctora.
Esa cara sí que era conocida. «Mierda». Se me cayó el alma a los pies.
«Robin».
—Hola, Sasha, soy la doctora Anderson.
Le tendió la mano para saludarla, y abrió los ojos como platos al volverse
hacia mí.
—¿Jax?
Tragué saliva.
—Hola, Robin.
Nos miró y sumó dos más dos.
—Así que…
—Vamos a tener un bebé —dije para terminar la frase, intentando por
todos los medios mantener una expresión neutral a pesar de que el corazón
me iba a cien por hora—. No sabía que habías vuelto al pueblo.
—Sí, volví el mes pasado, cuando acabé las prácticas. El doctor Smith
está a punto de jubilarse y ocuparé su puesto.
¿Emery lo sabía? Porque, de ser así, le iba a echar una bronca del copón
por no advertírmelo.
Sasha frunció el ceño. Lo último que tenía ganas de explicarle ese día era
de qué conocía a su doctora.
—Robin y yo crecimos juntos —dije.
Eso era solo una parte de la historia; el resto tendría que esperar.
—Nos conocemos de toda la vida. —Robin tenía cierto deje en la voz,
pero se tragó las emociones y esbozó una sonrisa amable antes de dedicarle
a Sasha toda su atención—. Felicidades. ¿Cómo te encuentras?
—Bueno… bien.
—Ha tenido algunas náuseas —tercié.
Robin se puso tensa al oír mi voz, y me pareció que, de no ser porque
Sasha estaba allí, me habría ordenado que cerrara el pico.
Sasha también lo notó. Paseó la mirada del uno al otro, intentando
descifrar a qué se debía la tensión. Era una chica inteligente, pronto
extraería sus propias conclusiones.
Y serían ciertas.
—Es normal que tengas náuseas en esta etapa —dijo Robin—. Aun así,
¿puedes comer? ¿Retienes una comida o dos al día?
—Sí, no estoy tan mal.
Cuando Sasha habló, puso toda su atención en Robin. Y la doctora se
dirigió solo a ella.
Era como si en la sala hubieran corrido una cortina para apartarme. Al
ver que me hacían el vacío, me alegré de haberme dejado puesto el abrigo.
Cuando Robin realizó un minucioso examen de mamas y pelvis a Sasha,
volví a cubrirme la cara con la gorra.
—Todo va muy bien —le dijo Robin cuando acabó—. Todavía es pronto,
pero voy a ver si podemos oír el corazón.
Sasha por fin me miró desde la camilla en la que estaba tumbada.
Le dirigí una sonrisa mientras mi corazón adquiría un ritmo tan galopante
que estuvo a punto de salírseme del pecho.
—Podéis usar uno de estos en casa. —Robin vertió un poco de gel sobre
el vientre de Sasha y, a continuación, sostuvo en alto un cachivache que
parecía un walkie-talkie conectado a un lector de códigos de barras—. Pero
comprobaremos el latido cada vez que vengáis a la consulta. A algunas
pacientes les resulta más estresante intentar localizarlo por su cuenta que
esperar a la siguiente visita.
—De acuerdo —asintió Sasha mientras Robin desplazaba el lector por
encima del gel.
Se oyó un ligero ruido acuoso y unas interferencias, hasta que el latido
del corazón se propagó por la consulta.
«Pu-pum, pu-pum, pu-pum». Era muy rápido. Y constante. Me parecía
tan asombroso que el nudo de la garganta casi me impedía respirar.
Sasha tenía la vista fija en el techo. Tragó saliva y se volvió a mirarme
otra vez.
En sus bellos ojos se arremolinaban un millar de emociones distintas.
Miedo. Esperanza. Entusiasmo. Temor. Amor.
Me hice eco de todas y cada una de ellas.
—Tiene un latido muy sano —anunció Robin antes de retirar el
cachivache.
El sonido se extinguió al instante. Sasha pestañeó y apartó la mirada para
fijarla de nuevo en el techo.
—Según tu última regla, fijaremos la fecha prevista de parto para el 19
de octubre.
—Ah. —Sasha palideció y mostró una expresión de pánico momentánea
—. El 19 de octubre.
¿Suponía algún problema? ¿O solo era un motivo más para que ese
embarazo le pesara?
El 19 de octubre. Aún faltaban varios meses. Podríamos hacerlo,
¿verdad? ¿Sabríamos ser padres cuando llegara el otoño?
¿Por qué no había prestado más atención cuando nacieron los gemelos?
Quizá podría empezar por hacer de canguro de Grace. No sabía cambiar
pañales ni preparar biberones.
Indya y West se habían pasado la primera semana tras el parto
deambulando como zombis porque la niña no dormía más de dos horas
seguidas. Yo, si no dormía, no servía para nada. Cuando volvieron del
hospital de Bozeman…
Un momento.
—¿Este hospital es bueno? —Sasha y Robin me miraron—. ¿O es mejor
que tengamos al bebé en Bozeman o Billings?
Sasha abrió los ojos de par en par. Aún no se lo había planteado.
Robin entornó los suyos hasta convertirlos en dos finas líneas.
—Este hospital está bien.
—Pero la mayoría de la gente elige uno más grande, ¿verdad?
—Sí —reconoció—. Hay quien prefiere ir a Bozeman o Billings. Si os
decidís por una de esas opciones, no tendré problema en coordinarme con
los médicos de allí, pero en Pioneer somos capaces de traer niños al mundo.
Capaces, sí, pero era un pequeño centro de pueblo, con las limitaciones
que eso conllevaba. Personalmente, prefería que atendieran a Sasha en un
hospital grande por si había complicaciones, pero ya lo decidiríamos
cuando se acercara octubre.
—Está bien saberlo —dije.
Robin volvió a ignorarme mientras revisaba la lista de recomendaciones
con Sasha. Hablaron de todo, desde vitaminas hasta cambios en la dieta y
las citas que había que programar. Le entregó las peticiones para las
analíticas de orina y sangre, y un montón de folletos para futuras mamás.
Luego me lanzó dos al regazo antes de que pudiera cogerlos al vuelo.
—Gracias —musité.
Todo eso no supondría un problema, ¿verdad? Sasha y yo ya teníamos
bastantes en la vida, y no pensaba dejar de acompañarla a las visitas solo
porque Robin estuviera cabreada conmigo por algo que ocurrió diez años
atrás.
—Encantada de conocerte, Sasha —se despidió Robin, y salió de la
consulta sin mirarme.
Joder. En cuanto se fue, comencé a respirar.
Sasha se vistió deprisa y tiró la bata de papel al cubo de la basura.
—¿Qué te pasa con ella?
—¿Ni siquiera vas a esperar a llegar a la camioneta? —Me fulminó con
la mirada—. Robin y yo salimos juntos el último año de instituto.
—¿Ibais en serio?
—Más o menos, supongo. —Me encogí de hombros y seguí sentado
mientras ella se plantaba frente a mí con los brazos en jarra y los puños
apretados—. No lo sé. Rompimos durante el primer curso en la Universidad
de Míchigan. No… hummm… No fue de mutuo acuerdo. Tres horas
después de darle calabazas, me estaba enrollando con su compañera de
habitación, y desde entonces me odia.
—¿De verdad?
Sasha frunció la nariz.
—No estaba en mi mejor momento.
Me pasé la mano por el pelo. Por primera vez en mi vida, me arrepentía
de haberme acostado con tantas tías que no significaban nada para mí, de
todos los rollos de una noche y de haberme llevado a la cama a mujeres que
acababa de conocer en el bar. Sasha se toparía con más casos así, era
imposible evitarlo en un pueblo como ese.
—No tenía ni idea de que hubiera vuelto y estuviera trabajando aquí —
dije.
—No pasa nada. —Agitó la mano para restarle importancia y fue hacia el
perchero de la pared para coger el abrigo—. Solo que es… raro.
—Podemos cambiar de médico.
Sasha se quedó callada y fue al cuarto de baño contiguo mientras la
esperaba en el pasillo. Luego, tras una parada en el laboratorio para que le
extrajeran sangre, nos dirigimos hacia la salida.
Estábamos a tres pasos de la puerta automática cuando esta se abrió y
entró Lily, vestida con un uniforme azul marino, el bolso colgando y la
fiambrera bajo el brazo.
Hostia puta. ¿No se suponía que tenía turno de noche?
—¿Jax? —Me miró dos veces para asegurarse de que era yo y me
examinó de pies a cabeza—. ¿Estás bien?
—Sí, muy bien.
Fui tonto al pensar que no reconocería a Sasha. En cuanto posó la mirada
en los folletos que ella llevaba en la mano, se quedó boquiabierta.
—Ah, oh… No sabía nada.
—No lo sabe nadie —dije en tono incisivo—, y queremos que siga
siendo así.
Lily tragó saliva.
—Por supuesto.
Apoyé la mano en la parte baja de la espalda de Sasha y la empujé hacia
delante.
Ella arqueó las cejas pero, por suerte, siguió caminando.
—Un momento. ¿Jax? —me llamó Lily antes de que llegáramos a la
puerta.
—¿Qué?
Miré por encima del hombro sin molestarme en dar media vuelta.
—Felicidades.
No. Eso estaba mal; muy mal. No quería que Lily fuese la primera
persona en enterarse de lo del bebé. No quería que fuese alguien especial en
relación con Sasha o con mi hijo. No quería que me felicitara; sobre todo,
antes de que lo hicieran West, Indya o mi padre.
Sasha aminoró el paso y me miró de reojo, como si esperara que le diera
las gracias.
Pero no pensaba decir nada, de modo que, sin mediar palabra, las dejé
atrás y salí.
¿Hasta qué punto Sasha conocía a Lily? ¿Pasaban tiempo juntas? ¿Eran
amigas, igual que Lily lo era de Indya?
Hice una mueca mientras me dirigía, muy tieso, a la camioneta. Estaba
sentado frente al volante, echando chispas, cuando Sasha llegó.
—¿Por qué no tenías muebles? —le pregunté en cuanto se abrochó el
cinturón de seguridad.
—¿Qué?
—Muebles. En el piso de alquiler. ¿Por qué no tenías?
Ella se encogió de hombros.
—No es que no quisiera ponerlos, pero no tenía prisa por gastarme un
pastón en amueblar un espacio que ocupaba muy pocas horas al día.
—¿Ni siquiera una cama?
—Las camas son caras, Jax.
Ah. Ese era el motivo. El dinero.
Ganaba un buen sueldo, ¿verdad? Indya no era de las que escatimaban en
el salario de los empleados. ¿Acaso Sasha tenía deudas? ¿Estaba pagando el
préstamo de la universidad o algo así?
Le había formulado mi pregunta, pero ella aún no me había hecho la
suya.
—¿Qué te pasa con Lily?
—Es complicado. No hemos hablado mucho últimamente.
«Últimamente» significaba en los últimos diez años.
—¿Por qué?
—Es una larga historia. —Encendí el motor y salí del aparcamiento—.
¿Qué problema hay con el 19 de octubre?
Sasha me arrojó a la cara mis mismas palabras.
—Es una larga historia.
¿Era eso lo que nos esperaba? Respuestas vagas. Vale. Si ninguno de los
dos tenía ganas de abrirse al otro, escucharíamos música. Subí el volumen
de la radio y dejé que los últimos éxitos del country llenaran el silencio
mientras conducía de vuelta al rancho.
Cuando llegamos al edificio principal, Sasha se bajó de la camioneta sin
pronunciar palabra. Después desapareció para refugiarse en su despacho
mientras yo lo hacía en el mío, en los establos, donde estuve trabajando
hasta que cayó la tarde.
Las luces de la cabaña proyectaban una luz dorada en la noche en cuanto
llegué a casa. Daba la impresión de que mi camioneta tenía vida propia
cuando ocupó el espacio vacío junto al coche de Sasha.
Abrió la puerta antes de que tuviera tiempo de llamar. Se había quitado
los vaqueros y el jersey, y llevaba unos pantalones de chándal de color
naranja y un top negro que dejaba al descubierto los tirantes de su sujetador
rosa. Volvía a tener el cepillo de dientes en la boca.
—Soy un gruñón —le advertí.
Ella se sacó el cepillo de la boca.
—Yo también.
—¿Quieres que seamos gruñones juntos?
Sasha se encogió de hombros.
—Ven. —Metí la mano dentro y cogí su abrigo del perchero—. Vamos a
cenar un desayuno.
—No tengo hambre.
—No tienes por qué comer.
Llevó el cepillo de dientes a la cocina, lo dejó en la encimera y se reunió
conmigo en la puerta para calzarse unas deportivas antes de ponerse el
abrigo. Después me siguió hasta la camioneta.
Aparqué en el garaje y la guie al interior de la casa, donde me quité las
botas mientras ella hacía lo mismo con sus zapatillas antes de entrar en la
sala de estar.
—¿Quieres que te enseñe la casa?
—No hace falta.
Se acurrucó en un lado del sofá de piel mientras yo encendía la
chimenea.
Cuando fui a la cocina para empezar a preparar la cena, ella ocupó un
taburete de la isla y me observó.
Debería haberme parecido raro tenerla allí de nuevo, al menos un poco
incómodo, teniendo en cuenta que la última vez solo tardé cinco minutos en
llevármela al dormitorio. Sin embargo, me resultaba fácil, natural.
Corrí el riesgo de dar por hecho que tendría hambre. Cuando me senté a
su lado, le coloqué delante un plato de tortitas con fresas braseadas antes de
zambullirme en el mío.
Sasha cogió el tenedor y se lanzó a la carga.
—¿Es tu primer desayuno a la hora de la cena? —le pregunté.
—Sí. Está muy rico —dijo, y un escalofrío le recorrió los hombros.
Dejé el tenedor, fui a mi dormitorio y regresé con una sudadera con
capucha.
—Gracias. —Sonrió antes de pasársela por la cabeza—. Cuando algo no
me sienta bien, me acaloro, pero luego se me pasa y me entra mucho frío.
La sudadera le quedaba tres tallas grande y le colgaba de las mangas,
pero cómo me gustaba verla vestida con mi ropa, joder.
—Cuéntame una mentira —le dije mientras seguíamos comiendo.
Ella pinchó una fresa con el tenedor y le dio vueltas en el plato.
—No me molesta que mi doctora sea tu ex.
Ahí había celos. En cualquier otra situación, me habría enorgullecido un
poco que los tuviera. Pero no eran los típicos celos por una exnovia porque
me quisiera para ella. Sasha estaba incómoda, y eso no era bueno.
—Buscaremos otro médico. Le… Le puedo pedir a Lily que me
recomiende a alguien.
Era la última persona a la que me apetecía llamar, pero estaba dispuesto a
hacerlo.
—¿Estás seguro? Yo también puedo pedir referencias en el pueblo.
—No tenemos muy buena relación, pero lleva siglos trabajando en el
hospital. Nos recomendará al mejor.
—Gracias.
—De nada. —Di otro bocado y me tomé un momento para pensar en
cómo explicarle aquello—. Sobre Lily…
—Jax, no tienes por qué hablarme de eso.
—No, es bueno que lo sepas. —Me enjugué la boca y me volví para
mirarla—. Lily es lo más parecido que he tenido a una madre. Cuando era
pequeño, hacía todo lo que hacen las madres: me enseñó a distinguir el pie
izquierdo del derecho; me preparaba el desayuno, la comida y la cena; me
leía cuentos y me arropaba en la cama. Pero, si la llamaba «mamá», me
corregía. Decía que tenía que llamarla «Lily».
Sasha frunció el ceño.
—¿En serio? ¿Cuántos años tenías?
—Dos. Tres. Cuatro. No recuerdo una época en que no la llamara por su
nombre. West la llamaba «mamá», pero yo, «Lily».
Y quizá, si no hubiera hecho todo lo que hizo por mí, si no nos hubiera
tratado igual en todo lo demás, no me habría molestado.
—Me abrazaba. Me gastaba bromas. Me reñía. Cuando se divorció de mi
padre, venía a visitarme para ver cómo estaba. West pasaba bastantes más
días en su casa, en el pueblo, pero yo me quedaba en el rancho. No siempre,
pero casi. Si tenía entrenamiento a última hora, después de las clases, y la
carretera estaba mal, me quedaba en su casa con West. Ella me animaba en
los partidos de fútbol y me ayudaba a recaudar fondos para el colegio. Casi
todo el mundo creía que era mi madre. Se metió en el papel y dejamos que
la gente lo diera por hecho. Hasta que me di cuenta de que no me bastaba
con eso.
No quería fingir que Lily era mi madre. No me gustaba tener que explicar
a mis amigos por qué la llamaba por su nombre ni contestar con evasivas.
Estaba cansado de preguntarme por qué no podía quererme y ya.
—Antes de marcharme a la universidad, nos peleamos. Le dije que
tomara partido: dentro o fuera. O me consideraba su hijo en todos los
sentidos y actuaba en consecuencia, es decir, dejaba que la llamara
«mamá», o nuestra relación se había terminado.
Al echar la vista atrás, me daba cuenta de que aquella pelea había sido
fruto de un arrebato. Me había pedido que fuéramos a cenar una noche
antes de que me marchara a Bozeman, pero, al salir del restaurante, nos
topamos con un amigo mío acompañado por sus padres.
La madre de mi amigo hizo un comentario sobre lo necesario que era que
todos los domingos llamáramos a casa para dar señales de vida y que
nuestras madres estuvieran tranquilas.
Lily no me había pedido que la llamara. No me había pedido que me
pusiera en contacto con ella regularmente ni que la tuviera al corriente de
mis clases y mis notas. Quizá, a fin de cuentas, para ella era un alivio que
me marchara; que el hijo de la mujer que acabó con su matrimonio se
largara a otro condado.
Todo cuanto yo deseaba, como buen adolescente a punto de irse de casa,
era tener una madre a la que llamar los domingos si extrañaba mi hogar.
Durante los cuatro años de universidad, ni un solo domingo llamé a Lily.
Tampoco lo hice ningún otro día.
—Tomó una decisión —le dije a Sasha—. Desde entonces, no he hablado
mucho con ella.
—¿Te dijo que siguieras llamándola «Lily»? —preguntó ella.
—Sí.
Apretó la mandíbula y se bajó del taburete para llevar los platos al
fregadero. Se oyó el ruido de la loza cuando los aclaró y los metió de mala
manera en el lavavajillas. Cerró la puerta de golpe y se volvió hacia mí con
los brazos cruzados.
—No ha actuado bien contigo, Jax.
Noté una opresión en el pecho y me costaba respirar al verla tan
indignada por algo que me afectaba a mí.
—No, la verdad es que no.
—He sido amable con ella en el hospital. Cuando te has largado de
aquella forma, me he acercado y he sido amable porque me daba pena que
te portases como un imbécil. Ahora desearía no haberlo sido.
Había visto a Sasha enfadada muchas veces, siempre conmigo. Me
encantaba que se le encendieran las mejillas. Estaba preciosa, la verdad; y
más aún cuando el enfado no era por mi culpa.
—Está bien que seas amable con Lily.
Ella resopló.
—No, ni hablar.
Dios, qué mujer. Sonrojada, indignada y con aquella sudadera de la que
le sobraban kilómetros de tela.
—Cuéntame una mentira.
Aún echaba chispas cuando se apoyó en la encimera.
—El desayuno a la hora de la cena es una porquería. Te toca.
—Estás horrorosa con esa sudadera.
El cumplido suavizó su ceño, pero no lo hizo desaparecer. No del todo.
Tuve que reunir toda mi fuerza de voluntad para no levantarme del asiento.
Y borrarle esa mueca de la cara con un beso.
Pero el objetivo de la cena no era ese. No la había llevado allí para eso.
De modo que, en vez de besarla, cogí uno de los folletos que traía en la
camioneta y lo abrí por la primera página.
13

Sasha

Tomé aire para reunir fuerzas y llamé a la puerta de Jax con los nudillos.
Tenía el pulso acelerado desde… Bueno, llevaba así todo el día. Desde que
esa mañana se presentó en mi despacho y me invitó a cenar otra vez.
Ya tenía la excusa a punto: me dolía la cabeza. Pero, antes de poder
mentirle, me lo pidió por favor.
«¿Cenas conmigo? Por favor».
Jax Haven no necesitaba pedirle por favor a una mujer que cenara con él,
¿verdad? La mayoría, probablemente, se apuntarían encantadas a la menor
oportunidad. Además, no me había pedido gran cosa durante el último mes.
De hecho, no me había preguntado nada, ni siquiera la hora.
Y ahí estaba yo, plantada en su porche, con el corazón tan acelerado que
tuve miedo de que se me saliera del pecho.
Hizo girar el pomo de la puerta y apareció ante mí con un trapo de cocina
en la mano y una sonrisa que me robó el poco aire que me quedaba en los
pulmones.
—Hey, hola.
Noté mariposas en el estómago.
—Hola.
Dios, qué idea tan descabellada. Estaba guapísimo. Tenía el pelo
alborotado y le salían puntas aquí y allá. No se había afeitado, y la barba
incipiente era más sexy de lo que me convenía.
—¿Tienes hambre? —me preguntó, y se apartó de la puerta para dejarme
entrar.
—Sí.
Mucha. Las náuseas con las que había luchado cada noche durante el
primer trimestre del embarazo habían desaparecido para dar lugar a un
apetito voraz, de manera que estaba famélica. El olor del beicon, el sirope
de arce y la vainilla hizo que me rugieran las tripas.
Jax me sujetó por el codo cuando me quité los zapatos en el felpudo de la
entrada.
Estábamos teniendo una primavera muy húmeda y la tierra estaba
enfangada. Pero nunca me había molestado la lluvia. Todas las mañanas de
la última semana me había despertado con la melodía de las gotitas sobre el
tejado de chapa de la cabaña.
—Entra.
Hizo una señal con la barbilla para indicarme que lo siguiera hasta la sala
en la que estaba la chimenea encendida.
Jax se dirigió a los fogones, donde unos pastelitos de patata emitían su
siseo en la sartén. Los vaqueros le perfilaban las largas piernas hasta los
pies descalzos.
Se le veía tranquilo y despreocupado, desprendía magnetismo. No
lograba apartar los ojos de la camiseta negra que se ceñía a sus anchos
hombros y su pecho fuerte, y le marcaba los bíceps.
—¿Van bien las tortitas? —preguntó.
—Claro.
Me senté en un taburete frente a la isla de la cocina y lo observé ir de un
lado a otro, fascinada por la elegancia que conseguía imprimir a sus
movimientos con un cuerpo tan grande.
—Últimamente no te has dejado ver mucho —me dijo.
Era una simple afirmación, sin matiz acusatorio alguno.
No lo había estado evitando, pero tampoco lo busqué. Sobre todo porque
estaba embarazada de tres meses y medio.
Y en ese momento era cuando las parejas solían empezar a anunciar que
iban a ser padres.
Pero aún no estaba preparada para contarlo.
—He tenido mucho trabajo.
No era del todo mentira.
Con Indya aún de baja maternal, había miles de cosas por hacer. Las
reservas aumentaban en primavera, y el complejo turístico estaba en el
momento de más auge desde las Navidades.
Igual que me pasó cuando me mudé a Montana, el trabajo había sido mi
salvación durante el último mes. Tenía la excusa perfecta para hacer caso
omiso al desastre en que se había convertido mi vida personal.
Todas las mañanas llegaba al despacho sobre las seis, y podía considerar
que había salido pronto del trabajo si estaba de vuelta en casa a las siete. No
sabía si era por el embarazo o por las jornadas interminables, pero en
cuanto cruzaba la puerta de la cabaña me sentía tan exhausta que no tenía
tiempo de preocuparme por el bebé. Ni por Jax. Ni por Eddie.
Ignorar los problemas era mi nueva estrategia. Y si alguna vez me fallaba
el truco, siempre me quedaba mi lema infalible: «Finge hasta que no puedas
más».
En el trabajo pensaban que era muy eficiente. Había conseguido
engañarlos.
—¿Te encuentras bien? —me preguntó Jax, y se volvió a mirarme.
Asentí.
—Sí, estoy bien.
—Mañana tenemos visita médica.
—Sí, a la una. Si no quieres venir…
—Allí estaré.
Me impactó hasta qué punto me sentí aliviada.
Quizá aún no tenía claro cómo afrontar aquello. Seguramente sería una
madre horrible. Pero estaba pasando; era una realidad, tanto si estaba
preparada como si no.
Por el momento, solo había tenido una visita médica, la primera. Pero a
partir de entonces tendría una cita mensual. Al día siguiente, me sería
imposible hacer caso omiso a la realidad. Y si Jax me acompañaba, al
menos no estaría sola.
Si pasaba algo malo, por una vez en la vida no quería afrontarlo sola.
—Gracias —dije—. Y gracias por pedirle a Lily que te recomendara a
otro médico.
—De nada.
Abrió la puerta del horno y sacó una bandeja forrada de papel de
aluminio con beicon crujiente.
Al día siguiente no tendría que vérmelas con Robin, su exnovia. A partir
de ese día, mi médico sería un hombre. Sería la primera vez, pero el doctor
tenía muy buena reputación, y era el que había llevado el embarazo de
Indya. Claro que no fui a preguntárselo a ella; toda esa información había
salido de Lily.
Creía odiarla por lo que le había hecho a Jax. Quizá. Ojalá. Sería más
fácil odiarla si no fuera tan… amable.
¿Por qué tenía que serlo? Siempre que hablaba con ella, era dulce y
agradable. A veces iba al complejo para visitar a Indya o a West, y siempre
se pasaba por mi despacho para saludarme.
Antes de que Jax me contara su historia, Lily me caía bien. Mucho. ¿Y en
ese momento? «Odio» era una palabra muy fuerte, y seguramente mi
reacción de aquel día había sido desmesurada.
Pero la maternidad no siempre tenía que ver con un vínculo de sangre.
Lily había tomado una mala decisión. Tendría que haberle dado prioridad
a Jax.
Yo, en su lugar, también habría roto la relación con ella. Con un poco de
suerte, no volveríamos a encontrárnosla en el hospital.
—¿Puedo ayudarte con algo? —pregunté.
—No, ya está.
Mientras él cocinaba, tuve la oportunidad de examinar su casa, desde los
cálidos armarios de color verde bosque hasta las encimeras de granito
salpicado de motas doradas. La isla era enorme y separaba la cocina de la
sala de estar abierta.
Saltaba a la vista que los asientos de piel de vaca natural eran caros, pero
también cálidos y acogedores. Los arañazos que mostraba el sofá aquí y allá
le aportaban carácter y encanto. Tenía un estilo similar a mi cabaña, rústico
pero moderno. Solo que ese sofá resultaba más tentador que el mío. Me
entraron ganas de acurrucarme bajo aquella manta de rayas ocres y negras,
deleitarme con el calor del hogar y dormir diez horas seguidas.
Bostecé, incapaz de contenerme.
—¿Cansada? —preguntó Jax mientras sacaba dos platos de un armario.
—Sí. De un tiempo a esta parte suelo estarlo.
Él asintió y terminó de preparar la cena. Cuando me puso delante un
plato enorme, casi se me salieron los ojos de las órbitas.
—Es imposible que me coma todo esto.
—No pasa nada.
Levantó la mano y me retiró un mechón de pelo de la sien. Cuando posó
los dedos en mi oreja, noté un cosquilleo que se propagó por mi piel. Luego
apartó la mano, y tuve la impresión de que se me había olvidado respirar.
Jax vertió un poco de sirope sobre las tortitas mientras me esforzaba por
inspirar.
¿Qué estábamos haciendo? ¿Qué quería de mí? ¿Qué quería yo de él?
Ni idea, pero me gustaba que me tocara. Me gustaba que fuera cariñoso.
Aunque todo aquello nos confundiera y fuera una locura que solo lo
complicaba todo más aún.
Me gustaba estar allí, en su cocina, tomando otro desayuno a la hora de la
cena. Quizá debería haberle hecho más caso durante el último mes.
Resultaba fácil volver a subirse a ese taburete. Me gustaba que fuera fácil
estar allí, cerca de él.
Pero eso le pasaba a todo el mundo, ¿no? A la gente le caía bien Jax;
atraía a las personas a su órbita. Y yo solo era una más; la que iba a tener un
hijo suyo.
—Cuéntame algo —me dijo.
—¿Qué quieres que te cuente?
—Cualquier cosa. —Hizo chocar su codo con el mío y me dirigió una
sonrisa juguetona—. Este último mes no nos hemos esmerado mucho
tratando de conocernos, ¿verdad?
—No, supongo que no.
Su tono seguía sin matices acusatorios.
Tal vez era porque también él podría haberse acercado a mí. Quizá no
fuese la única que no estaba segura de cómo llevar la situación. Quizá no
solo a mí me sentaba bien ignorarla por el momento.
—El último año de instituto me eligieron reina del baile —dije.
—¡Anda! —Esbozó una sonrisita—. Sí que eras popular…
—Bastante. Era animadora.
—¿Y salías con el quarterback más famoso del equipo de fútbol
americano? —bromeó.
—Sí.
Mi sonrisa se desvaneció.
¿Cuándo fue la última vez que pensé en el instituto y en quién era yo por
aquella época?
Aquello fue en otra vida. La chica que lucía vestidos de fiesta y diademas
no sobrevivió a la muerte de sus padres.
¿Dónde estaría, si ellos aún vivieran? ¿Qué nos habría pasado, a Eddie y
a mí? Tal vez todo hubiese sido igual; o tal vez no.
Pero dudaba de que en ese momento estuviera en Montana. No habría
conocido a Jax. Y no me habría quedado embarazada.
¡Mierda! Mi mundo seguía volviéndose del revés.
—Cuéntame un secreto —dijo Jax.
Por una vez, no tuve que pensármelo mucho.
—Ayer pillé a Tara besuqueándose con Reid en el pasillo.
—¡¿Qué?! —Jax se quedó boquiabierto y dejó el tenedor suspendido en
el aire—. ¿Reid? ¿El chef? ¿Y Tara?
—Pues sí.
Tara había sido muchos años la encargada del servicio de limpieza antes
de que Indya la ascendiera a ayudante de dirección. Tenía mucho carácter,
pero era honesta. Cuando empecé a trabajar en el complejo, contestó
amablemente a mis preguntas y me acogió muy bien en la plantilla.
Reid, al principio, se mostró más bien cascarrabias y nada dispuesto a
aceptar mis órdenes tras tanto tiempo rindiéndole cuentas a Indya. Pero por
fin nos amoldamos el uno al otro: yo le dejaba hacer su trabajo y él llegó a
la conclusión de que mis sugerencias se debían a que estaba intentando
cumplir con el mío.
—No sé qué pensar. —Jax dejó el tenedor y se pasó la mano por el pelo
—. Tara es como una tía para mí. Cuando nací, ya trabajaba en el complejo.
Es la mejor amiga de Lily, y me encanta. Y Reid… es Reid. Casi siempre
está de un humor de perros y se pasan la vida discutiendo. Creía que no se
soportaban.
Me encogí de hombros.
—Quizá todas esas discusiones eran los preliminares.
—Puaj. No puedo quitarme de la cabeza la imagen de ellos dos juntos. —
Hizo una mueca—. Es como imaginarte a tus padres haciendo el amor.
—Lo siento —dije riendo.
—Guárdate esa clase de secretos para cuando no estemos comiendo —rio
él, y volvió a atacar la comida.
—Te toca.
—¿Un secreto o una anécdota?
Me encogí de hombros.
—Lo que quieras.
Jax pensó mientras masticaba. Luego volvió a dejar el tenedor y se sentó
de lado para mirarme.
—De pequeño, solía imaginarme que un día mi madre aparecería y me
diría que sentía haberme dejado aquí, en el rancho, pero que estaba
ayudando a niños de otras partes del mundo que no tenían un hogar seguro
como yo.
—Jax…
No sabía muy bien qué decirle. No esperaba que me contara algo así.
—Últimamente pienso mucho en ella, desde que te lo conté. Nunca hablo
de eso con nadie.
Excepto conmigo. Me había confiado su secreto.
—¿Tienes alguna idea de dónde está?
—Sí. —Cogió el tenedor para picotear los huevos revueltos—. No se
dedica a ayudar a niños necesitados. Hace unos años tuve curiosidad. Sobre
todo, quise saber si estaba viva, y por eso contraté a un investigador para
que la buscara. Está cumpliendo una pena de siete años de prisión en
Nevada por tráfico de drogas.
—¡¿Qué?! Ay, Dios.
—No lo sabe nadie —dijo—. Y te agradecería que la cosa quedase entre
tú y yo.
—Por supuesto.
No tenía ni que pedírmelo. Jamás contaría algo así sin su permiso.
—Odio las drogas.
—Yo también.
Siempre estaríamos de acuerdo en eso.
—Lo siento. No es… hummm… la cena informal que tenía prevista, pero
he pensado que debías saberlo.
Podíamos seguir intercambiando anécdotas y secretos sin importancia,
pero había un vínculo que nos uniría siempre, de manera que era mejor que
también compartiéramos lo más duro. No podría seguir guardándomelo
todo para mí y no abrirme con Jax.
—Gracias por contármelo.
—De nada.
Me posó la mano en el hombro y me lo masajeó con suavidad. Me dejé
llevar por el movimiento de sus dedos mientras seguía. Mis músculos se
destensaron. Cerré los ojos y reprimí un gemido.
Dios, qué manos tan estupendas. ¿Cómo era posible que me hubiera
olvidado de ese detalle después de la noche que pasamos juntos? Jax era
capaz de proporcionar la dosis justa de presión, fuerza y suavidad.
¿Sería eso lo que había echado de menos todo aquel mes? ¿Un desayuno
para cenar y un masaje en los hombros capaz de terminar con el estrés?
—Ya ves, si dejaras de evitarme, podrías disfrutar de esto con regularidad
—dijo, como si pudiera leerme la mente.
—No te he estado evitando. Sabes dónde encontrarme.
—Así que… ¿la culpa es mía?
—Casi toda.
Su discreta risita puso en evidencia mi mentira.
—¿Y si quedamos mañana para ir al centro a cen…?
Su invitación quedó interrumpida cuando alguien llamó a la puerta.
Apartó la mano de mi hombro para levantarse e ir a abrir.
Deberíamos haber oído que se acercaba un coche; lo normal hubiese sido
ver el destello de las luces. Pero supongo que ninguno estaba prestando
demasiada atención a nada que no fuésemos nosotros.
—Hola —saludó Jax—. Pasa.
—Lo siento. —Se oyó la voz de una mujer en el pasillo—. Te he
llamado, pero no contestabas.
—No pasa nada.
—Huele bien… —La guapa propietaria del Jeep apareció con una
mochila, y se detuvo en seco al verme ante la isla de la cocina—. Ay, lo
siento. Os he interrumpido.
Jax se situó detrás de ella y me miró con una sonrisa triste.
—Deberías haberme dicho que tenías una cita.
Extendió un brazo hacia atrás y golpeó suavemente a Jax en el vientre.
—No es una cita —dije al tiempo que él se lo confirmó:
—Tengo una cita.
La chica lo miró con cara de exasperación y se acercó tendiéndome la
mano.
—Hola. Soy Emery.
—Sasha.
Era arrebatadora. Incluso con las ronchas rojas alrededor de los ojos y las
mejillas hinchadas y húmedas por las lágrimas, seguía siendo guapa. El pelo
le caía formando gruesas ondas sobre los hombros. Su figura era esbelta y
grácil, a pesar de la sudadera ancha que llevaba.
La misma que me había puesto yo un mes atrás, sentada frente a esa isla.
La sudadera de Jax.
¿Por qué llevaba la sudadera de Jax?
—Me alegro de conocerte al fin —dijo—. Jax me ha hablado mucho de
ti.
—Yo también me alegro —mentí.
Quizá me habría alegrado si no llevara puesta su ropa.
Un momento. ¿Qué le había contado Jax sobre nosotros? ¿Sabía Emery
que yo estaba embarazada? Lo miré con discreción, y él negó levemente
con la cabeza.
«Buf». Era necesario que tuviéramos una conversación cuanto antes
sobre cómo y cuándo íbamos a contárselo a la gente. Pero no con Emery
allí. Y tampoco hasta que decidiéramos qué íbamos a decir.
Todo el mundo sabría que nos habíamos enrollado tras una borrachera y
que yo era una calentorra incapaz de poner orden en mi vida.
—Siento haberos interrumpido —se disculpó Emery—. Me voy para que
podáis seguir con la cena.
Abrí la boca para decirle que no pasaba nada y que podía quedarse. Sobre
todo porque había llorado; y mucho, por lo que parecía. Sin embargo, antes
de que me diera tiempo de hablar, Jax le posó las manos en los hombros y le
hizo un masaje como el que me había hecho antes a mí mientras la dirigía
hacia un taburete.
Su taburete.
La sentó a mi lado, rodeó la isla y se volvió hacia los fogones.
—¿Cuántas tortitas quieres?
—Dos —dijo ella, bajándose del asiento—. Pero ya las hago yo. Tú
acaba de cenar.
—No, las haré yo.
—Aparta.
Emery lo obligó a salir de la cocina y se puso a preparar la mezcla en un
cuenco. Conocía aquel espacio tan bien como Jax. Sabía dónde estaba todo,
desde los ingredientes hasta la batidora de varillas, pasando por los platos y
los cuencos.
Cuando las tortitas se estaban cociendo, dejó un plato en el espacio vacío
contiguo a Jax y se apoyó en la encimera.
—¿Te gusta la cabaña? —me preguntó—. ¿A que es monísima?
—Mucho.
—Tendrías que haberla visto antes de que Jax obrara su magia. Y esta
también. Eran dos cuchitriles.
—Oye. —Jax le pellizcó la punta de la nariz—. De cuchitriles, nada.
Emery lo apartó de un manotazo.
—Auténticos cuchitriles. Tengo pruebas.
Jax gruñó cuando ella sacó el móvil.
—Ya estamos con las fotos…
—Dice que hago muchas fotos. —Pasó las imágenes de la pantalla
mientras esquivaba a Jax cada vez que intentaba quitarle el teléfono.
Cuando dio con la que estaba buscando, sostuvo el móvil en alto para
mostrármela—. ¿Lo ves? Un cuchitril.
La cabaña era vieja, pero no estaba mal. No era mucho peor que mi piso
de alquiler del pueblo.
—Da la vuelta a las tortitas, Hill.
—No me seas marimandón, Haven.
Emery le sacó la lengua y se volvió hacia los fogones para voltearlas.
No es que estuvieran tonteando. No daba la impresión de que entre ellos
hubiera la más mínima química. Los toqueteos y las bromas eran pura…
amistad.
Pero conmigo había hecho lo mismo. Aquella sonrisita. El masaje en el
hombro. La sudadera.
¿Era así como me veía? ¿Como a una amiga? ¿Estaba imaginándome
cosas donde no las había?
Era imposible que tuviéramos una relación de pareja. Con el bebé. Con
Eddie. Con mi trabajo. No funcionaría. Tendríamos que limitarnos a ser
amigos y no pasar de ahí.
No era posible ni debería desear nada más.
—¿Qué tal el trabajo? —le preguntó Jax a Emery.
—Bien. —Ella se encogió de hombros—. ¿Recuerdas el cambio en el
sistema de reservas en el que estaba trabajando? Creo que ya he terminado.
Oficialmente, ya nos hemos digitalizado. Quizá algún día tú también
dejarás la Edad de Piedra para sumarte a nuestra comunidad de la nube.
Jax se echó a reír.
—Solo si Sasha me obliga.
¿Emery sabía lo de las reservas en papel? Pues claro. Era muy probable
que pasara muchas horas en su despacho; más que yo.
—¿Qué has hecho hoy? —le preguntó ella.
—Trabajar. Esta tarde he organizado una excursión a caballo. Hemos
subido a la cumbre del norte.
La cumbre del norte. No tenía ni idea de dónde estaba eso. Pero, a juzgar
por el gesto de asentimiento de Emery, ella sí. Seguramente también habría
estado allí.
Mientras seguían hablando, me di cuenta de que sobraba. Era la forastera.
La observadora silenciosa de una conversación entre amigos.
Noté que se me instalaba un dolor de cabeza detrás de las sienes. Era
hora de irse a casa.
—Creo que me voy a ir —dije cuando Emery echó sirope en las tortitas
—. Gracias por la cena.
—¿Qué? No, no te vayas. —Aquellos ojos azules me suplicaban—. Aún
no.
—Deberíais hablar —dije en voz baja y le dirigí una mirada a Emery.
Si yo me iba, podría preguntarle por qué había estado llorando.
—De acuerdo —dijo Jax con un suspiro.
—Buenas noches.
—¿Te vas? —Emery abrió mucho los ojos y el miedo se apoderó de su
expresión. O se sentía mal por habernos interrumpido o temía que, si yo me
iba, Jax la obligaría a hablar sobre lo que fuera que la había llevado a esa
casa—. Deberías quedarte.
—He tenido un día muy largo.
Me apresuré a dejar el plato en el fregadero, les dije adiós con la mano y
fui hasta la puerta.
Jax se reunió conmigo mientras me ponía los zapatos.
—¿Nos vemos mañana?
—Sí. Hasta mañana.
Abrí la puerta y salí en mitad de la noche.
Jax esperó fuera hasta que llegué a mi cabaña, y se despidió con la mano
antes de que entrara.
Todo estaba bien. De hecho, era mejor así.
Mientras me preparaba para meterme en la cama, traté de convencerme
de que la decepción que sentía no era cierta.
Jax y yo solo debíamos ser amigos.
Amigos que iban a tener un bebé. Nada más.
A fin de cuentas, todo eso era cosa mía, de nadie más. Necesitaba
valerme por mí misma. Si me apoyaba demasiado en Jax… Bueno, no
podía correr ese riesgo. No podía depender de él; había demasiado en juego.
Seríamos amigos. Amigos que tendrían que dejar de compartir desayunos
a la hora de cenar. Amigos que no necesitaban compartir secretos y
mentiras.
Amigos. Era mejor así.
¿Cuándo empezaría a sentirme mejor?

Querido Eddie:
¿Sabes lo que nunca llegamos a cenar? Un desayuno. Últimamente he tomado varios
desayunos a la hora de la cena. Tortitas, beicon, huevos, pastelitos de patata… Todo lo que
nunca me tomé el tiempo suficiente de preparar para nosotros dos por las mañanas.
¿Recuerdas cuando solíamos tomar helado para cenar? Solo helado. Nos quedábamos
despiertos hasta tarde y veíamos cualquier programa tonto en la tele mientras nos
hartábamos de helado. Solo de pensar en Ben&Jerry’s se me revuelve el estómago. Nos
pasamos, ¿verdad? Y no solo con el helado. A veces creo que no sabíamos frenar a tiempo.
Cuando algo nos gustaba mucho, nos volvíamos locos. Bueno, me estoy yendo por las ramas. En
fin. Cuando volvamos a vernos, te prepararé un desayuno para cenar.
S.
14

Jax

Te veré en el hospital

Sasha me había enviado ese mensaje antes de comer, y desde entonces


estaba de los nervios. Quizá no fuera nada. Tal vez hubiera algún motivo
por el que ese día quería que fuésemos por separado, pero, teniendo en
cuenta que habíamos hablado de ir juntos y que la última vez le costó Dios
y ayuda bajarse de la camioneta y entrar en el hospital, no tenía sentido.
La noche anterior habíamos quedado en ir juntos. ¿A qué venía el
cambio?
Dábamos un paso adelante y tres atrás.
Cada vez que pensaba que Sasha se estaba relajando conmigo, algo la
espantaba. Era más asustadiza que un caballo salvaje.
Después de desnudar mi alma la noche anterior y contarle aquella mierda
sobre mi madre biológica, creía que se abriría un poco. Pero no.
Daba igual lo mucho que me expusiera; seguía tan cerrada como siempre.
Claro que quizá la noche habría terminado de otro modo si Emery no se
hubiera presentado en casa.
Quería mucho a Emery. Era lo más parecido a una hermana que tenía en
mi vida. Pero, joder, qué mal momento había elegido.
Tendría que haberle dicho que se fuera, pero, con lo complicadas que
estaban las cosas con Calvin, no pude hacerlo.
Mientras se decidía a dejar a su marido, mi casa se había convertido en su
refugio.
Y la cosa no me preocupó lo más mínimo hasta esa noche, por mucho
que eso me convirtiera en un puto egoísta. Deseaba haber pasado ese
tiempo a solas con Sasha.
No teníamos una relación. En realidad, yo no era un tío de estar en
pareja. Pero había algo entre nosotros, ¿verdad? Algo más allá de una cena
ocasional y del hijo cuyo ADN se componía mitad del suyo y mitad del
mío.
Quizá, si Emery no hubiera interrumpido nuestra cena, no estaría de un
humor de perros mientras estacionaba mi coche al lado del de Sasha en el
aparcamiento del hospital.
Entré y escruté el vestíbulo antes de dirigirme a la zona de los
consultorios. No vi caras conocidas. Menos mal.
Era un milagro que hubiéramos conseguido mantener el embarazo en
secreto durante los tres primeros meses. Había llegado el momento de
contárselo a la gente, al menos a familia y amigos. Me sentía como un
impostor al esconder esa bomba.
¿Estaría Sasha preparada para contarlo? ¿O quería seguir guardando el
secreto? ¿Por eso había preferido que fuéramos cada uno en nuestro coche?
Ya era hora de contarlo. Quizá ese mismo día, después de la visita.
Se oyó el ruido sordo de las pisadas de mis botas sobre la fina alfombra
del pasillo. Me atusé el pelo con los dedos varias veces antes de llegar a la
puerta de la consulta.
La sala de espera estaba a rebosar. En una esquina, una madre observaba
a su hijo, que estaba jugando en el pequeño parque infantil. Otra pareja
ocupaba dos asientos. Una anciana esperaba sola leyendo una revista. Y
Sasha estaba sentada en la última fila, con las manos bajo las piernas y lo
más lejos posible de todo el mundo.
—Hey, hola.
Tomé asiento a su lado y me acerqué a ella para darle un beso en la
mejilla.
—Ho… Hola.
Se puso tensa cuando le rocé la piel con los labios.
¿Qué narices? Fruncí el ceño y me separé.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
Alzó los ojos al techo.
—Creí que vendríamos juntos.
—He tenido que hacer unos recados. He ido a Correos, a la gasolinera…
Cada vez que mentía, miraba hacia el techo.
—Podría haberte traído o haberte acompañado a hacer esos recados.
Ella guardó silencio y bajó los ojos al regazo.
Me estaba dejando fuera. Otra vez.
—Si es por lo de anoche…
—No, no es eso.
No había conocido a nadie que mintiera tan mal como ella, pero no tenía
sentido echárselo en cara, allí no. Por eso me crucé de brazos y esperé en
silencio hasta que una enfermera la llamó por su nombre.
Nos levantamos a la vez y le posé la mano en la parte baja de la espalda.
Fue un gesto automático; estaba cerca de mí y no podía evitar tocarla.
Ella volvió a tensarse y aceleró el paso.
¿Qué hostias le pasaba?
Apreté tanto los dientes que me crujieron los molares. Después, me
embutí las manos en los bolsillos de los vaqueros, no para evitar la
tentación de tocarla sino para que no viera que estaba apretando los puños.
Las seguí a ella y a la enfermera, y me convertí en un observador silencioso
cuando se subió a la báscula.
—Muy bien, papá. —La enfermera, que no era la misma que nos había
atendido el mes anterior en la consulta de Robin, me indicó con un gesto
que ocupara una silla de la consulta—. Usted se sienta ahí.
«Papá». Era la primera persona que me llamaba así. Y no estaba bien que
lo hiciera una desconocida. Debería haber oído eso de boca de West o de
Indya. De cualquiera menos de una enfermera que usaba ese término
porque no se había molestado en aprenderse mi nombre.
Me senté con los codos apoyados en las rodillas y mantuve la vista fija en
el suelo mientras la practicante le tomaba la tensión y el pulso a su paciente.
Cuando nos dejó para que nos viera el médico, me incorporé y miré a
Sasha.
—¿Qué te pasa?
—A mí nada —volvió a mentirme—. ¿Y a ti?
—Que estoy de un humor de perros.
Ella pestañeó, sorprendida de que no le mintiera. Pero no pensaba
ocultarle la verdad. No quería mentiras entre nosotros. Siempre le
respondería con sinceridad, aunque a veces doliera.
Sasha volvió a esconder las manos bajo los muslos y miró al suelo con
cara de póker, así que yo hice lo mismo hasta que el doctor Green llamó a la
puerta.
No se deshizo en cumplidos. Saludó a Sasha con un apretón de manos,
hizo lo mismo conmigo y se presentó antes de empezar con el breve
reconocimiento. Ese día Sasha no tuvo que cambiarse de ropa, solo subirse
el jersey para que el doctor pudiera auscultar el corazón del bebé. Y con eso
dio la visita por concluida.
No era frío. En cualquier caso, lo prefería a él antes que la situación tan
incómoda que habíamos vivido con Robin. Pero sí que era directo. Era muy
profesional. En sus visitas no habría lugar para la calidez ni el
sentimentalismo, ¿verdad?
Cuando el doctor salió de la consulta, Sasha saltó de la camilla al tiempo
que yo me levantaba de la silla.
—Es… diferente —dije.
—Mejor que Robin —masculló mientras se ponía el abrigo.
Hinché las fosas nasales, pero mantuve la boca cerrada. Sí, claro; era
mejor que Robin. ¿Había dicho yo que prefiriera a Robin? No. ¿Acaso ese
día Sasha se cabrearía por todo lo que dijera?
—Tengo que ir al lavabo. —Cogió el bote para muestras de orina que el
doctor había dejado en el mostrador—. No hace falta que me esperes.
Otra vez me dejaba fuera.
—Muy bien.
Salió antes que yo de la consulta y torció a la derecha en dirección al
baño mientras que yo doblé hacia la izquierda para dirigirme a la puerta.
Un paso adelante; tres atrás.
En cuanto me subí a la camioneta, estampé el puño en el volante.
—Mierda.
Debería haber vuelto dentro y no permitirle que me apartara de ese modo,
pero, seguramente, solo hubiese servido para que se cabreara más. De modo
que encendí el motor y me marché a casa.
«Más tarde». Ya hablaríamos más tarde.

Cuando llegué al rancho, había una hilera de camionetas aparcadas frente a


los establos, la mayoría de los guías. Con la llegada de la primavera y casi
toda la nieve derretida, teníamos muchas reservas.
Aun así, no podía compararse con la temporada de verano, pero había
contratado a tres guías más y los puse con los que tenían más experiencia
para que aprendieran durante unas semanas.
Harry, uno de los que trabajaban en el rancho todo el año, mi mano
derecha con los caballos, me saludó con la cabeza cuando entré.
—Hola, Jax.
—Harry, ¿qué tal todo?
—Bien. —Señaló una yegua alazana que había en uno de los establos—.
Estaba a punto de montarla para dar un paseo. Uno de los nuevos la sacó
ayer y dice que se portó muy mal, y he pensado que podía dar una vuelta
rápida para ver si es cuestión del animal o del jinete.
A veces, los caballos percibían que el jinete era novato, y se comportaban
de manera distinta si en la silla había una persona con experiencia. Pero a
mí no me iban los caballos caprichosos. Si su naturaleza era inquieta, ese no
era su rancho.
—Ya la saco yo —me ofrecí.
No había montado nunca a esa yegua. West hizo con ella un recorrido de
prueba antes de comprarla el otoño anterior. Me extrañaría que tuviera un
carácter indomable, porque en ese caso mi hermano no se habría quedado
con ella.
Los chicos a los que había contratado contaban con experiencia como
jinetes, según su currículum. Sin embargo, no sería la primera vez que un
empleado había exagerado al presentar sus aptitudes. Llegados a ese punto,
era más partidario de ser fiel al animal, pero montarlo me daría una idea
más exacta de la situación.
—¿Seguro? —preguntó Harry.
—Sí. —Me resultaba mucho más atractiva la idea de una buena galopada
que la de confinarme frente al escritorio—. Voy a por el sombrero y los
guantes.
Entré en el despacho y me cambié la chaqueta por otra más gruesa.
Luego me atavié con mi Stetson favorito, cogí unos guantes de la caótica
pila del sofá y estaba a punto de salir cuando llamaron a la puerta y entró mi
padre.
—Hola —saludó—. Harry me ha dicho que ibas a montar.
—Sí. ¿Qué te trae por aquí?
Él se encogió de hombros.
—Esperaba acompañarte.
«Uf. Mierda».
Si mi padre venía conmigo, querría charlar, y no estaba de humor. Lo que
necesitaba eran unas horas a mi aire para despejar la cabeza, pensar en
Sasha y averiguar qué narices iba a hacer con ella.
—Papá…
—Va, por favor. Hace siglos que no sales a montar con tu viejo.
«Joder».
—Sí, ya. Claro.
—Bien. —Exhaló con fuerza, como si hubiera estado conteniendo la
respiración—. Pediré que me ensillen un caballo.
Esperé a que se hubiera ido para refunfuñar. Luego, superé la frustración
y salí a por la yegua.
No tardamos en alejarnos del rancho y, cuando llegamos a un claro,
espoleé al animal y dejé que corriera.
Mi padre mantuvo el ritmo un rato, pero acabó por aflojar. Yo seguí, pasé
de largo una arboleda y tomé una curva que nos llevó hasta el río. Cuando
estuvimos en la orilla, di media vuelta y regresé junto a mi padre.
—Bueno, creo que esta montura es perfecta —le dije—. Si ha dado
problemas, puede que haya sido un caso aislado.
—Es muy bonita —opinó él—. Y galopa de maravilla.
—Pues sí. —Respiré hondo y seguí la marcha al paso junto a mi padre.
El aire tenía el aroma de la hierba, la tierra y los pinos. Olía a mi hogar.
Olía a Montana.
Le prometí a Sasha que conseguiría que se enamorara de ese lugar, pero
por el momento no lo había hecho demasiado bien. Dejando aparte una
visita al supermercado, no pasábamos casi nada de tiempo juntos.
Ya llevábamos tres meses así. Si odiaba Montana, ¿optaría por marcharse
a otro sitio? ¿Y qué haríamos entonces?
No podía irse. Imposible. Tal vez no pudiera convencerla de que se
quedara para siempre en la cabaña, pero no podía dejar el Estado. No con
mi hijo.
—Joder —mascullé, y me pasé la mano enguantada por la cara.
—¿Qué pasa? —preguntó mi padre.
Estuve a punto de soltar cualquier mentira y quitármelo de encima. Sin
embargo, no lo hice.
—Sasha está embarazada —balbucí.
Mi padre se tambaleó, y durante una fracción de segundo tuve miedo de
que se cayera de la silla.
—Guau.
Le tendí la mano, pero ya había recuperado el equilibrio.
—Estoy bien. —Sacudió la cabeza—. Es que me ha sorprendido.
—Sí, yo tampoco me lo creía cuando me enteré.
—¿De cuánto está?
—De tres meses.
Pestañeó, perplejo.
—Ah, eh… No sabía que estabais saliendo juntos.
—No estamos saliendo —dije con un suspiro. Y no es que no lo hubiera
intentado. Había perdido la cuenta de la cantidad de veces que la había
invitado a cenar o que me habían interrumpido cuando me disponía a
invitarla—. Nos acostamos la noche de la fiesta.
—Ah. —Mi padre asintió—. Vaya. Un bebé siempre es algo bueno.
—Sí.
Era bueno, ¿verdad? Daba miedo, eso estaba claro. Pero era una buena
noticia. Una que me moría de ganas de compartir, y que ya había
compartido.
Sentí que me había quitado un peso de encima. Siempre pensé que West
sería el primero en saberlo. Pero eso tampoco estaba mal. Mi padre y yo no
estábamos muy unidos… Nos distanciamos cuando le vendió el rancho a
Indya. Pero seguía siendo mi padre.
Me di cuenta de que se sorbía la nariz. Al volverme, vi que se estaba
enjugando los ojos con la punta de uno de sus guantes de ante.
—¿Estás llorando? —Aquello me enterneció. Sí, estaba llorando. Porque
era una buena noticia—. Contrólate, viejo — bromeé.
—Ay, cállate —me soltó—. A mi edad, estoy en mi derecho de
emocionarme un poco. Sobre todo, después de enterarme de que voy a tener
otro nieto.
—¿Te emocionaste las veces que West te contó que iba a ser padre?
—Puede que derramara algunas lagrimillas, pero, si se lo dices, lo
negaré.
Me puse el índice delante de la boca.
—Mis labios están sellados.
—¿Tú cómo estás? —preguntó.
—Ansioso. Emocionado. Asustado.
—Me parece lo más normal.
—Este mes he leído tres libros sobre el embarazo, sobre todo de noche,
cuando no puedo dormir. Y no sé si me ayuda o lo empeora. —Cada nueva
página ponía de relieve lo poco que sabía sobre bebés—. ¿Tú estabas
nervioso antes de que naciera West?
Teniendo en cuenta que ni siquiera supo que mi madre estuviera
embarazada, solo podía plantearle la pregunta en relación con mi hermano.
—Sí, estaba nervioso. Sobre todo, tenía miedo de cagarla. Y ahora, si
echo la vista atrás, me doy cuenta de que la cagué mucho. Pero West y tú
sois mejores que yo, así que quizá no lo hice del todo mal.
Habíamos sido muy duros con él durante esos siete últimos años, ¿no?
Demasiado.
Cuando le vendió el rancho a Indya sin decirnos nada, West y yo nos
sentimos traicionados. Quizá había llegado el momento de acabar con el
resentimiento. De una vez por todas.
Así, cuando mi hijo naciera, no tendría que cargar con una mochila que le
dificultara la relación con su abuelo.
—¿Lo sabe alguien más? —preguntó mi padre.
—No. Bueno, sí, Lily.
Se quedó perplejo.
—¿Lily?
—Estaba en el hospital cuando Sasha y yo fuimos a ver al médico el mes
pasado. Por lo demás, no se lo he dicho a nadie más.
—Vale. Lo consideraré un secreto hasta que me digas lo contrario.
—Gracias, papá.
—De nada, hijo.
Cuando sonrió, los ojos volvieron a anegársele.
—Más lágrimas, ¿en serio? —lo provoqué.
—Vete a la mierda. —Se echó a reír y volvió a secarse las mejillas—.
¿Sabes? Una de las cosas de las que me arrepiento es de no haber sido más
transparente con tu hermano y contigo. Y no me refiero solo a la venta del
rancho; ya sé que la cagué al no contároslo antes de hacerlo. Me refiero a
todo en general. Siempre creí que me veríais como una persona débil si os
pedía ayuda y reconocía que no podía hacerlo todo solo. Estoy intentando
mejorar y no andar lejos, por si me necesitáis.
Su voz traslucía una vulnerabilidad que nunca le había visto.
—Te lo agradezco.
Tragó saliva y se aclaró la garganta. Después ajustó las riendas.
—¿Echamos una carrera?
Antes de que pudiera contestar, salió disparado y el viento me hizo llegar
su risa.
Sonreí y conté hasta diez para darle ventaja. Entonces, chasqué la lengua
y espoleé la yegua a la zaga.
Era rápida, más que el caballo castrado de mi padre, pero conseguí
retenerla lo suficiente para dejarle ganar la carrera.
De vuelta en los establos, tras dejar las sillas en su sitio y que los caballos
salieran a pastar, mi padre se despidió con la mano y se fue a su casa. Pasé
el resto de la tarde poniéndome al día con el trabajo, haciendo rutas con los
guías y revisando los informes de las actividades de la jornada.
Poco a poco, el sol se estaba ocultando tras el escarpado horizonte
montañoso cuando me marché a casa. La suave luz de la tarde intensificaba
los colores de la tierra. Los verdes, azules y dorados eran un vívido
calidoscopio, y eso que la primavera no había hecho más que empezar.
Quizá no hiciera falta que le mostrara a Sasha la belleza de Montana.
Quizá la tierra lo haría por sí misma y la convencería para que se quedara.
Cuando llegué frente a su cabaña, vi que tenía el coche aparcado en la
puerta. Estaba a salvo, encerrada tras aquella puerta, y permanecería allí
escondida el resto de la noche.
Una de las frases de mi padre resonó en mi mente:
«Siempre creí que me veríais como una persona débil si os pedía ayuda y
reconocía que no podía hacerlo todo solo».
¿Era ese el motivo por el que Sasha se recluía? ¿Tenía miedo de que, si se
apoyaba en mí, la considerara débil? ¿O la asustaba que la dejara colgada y
desapareciera?
No estaba sola en eso. Lo sabía, ¿no? Estaba con ella.
Tal vez lo único que necesitaba era tiempo; el suficiente para darse
cuenta de que no me iba a ninguna parte.
Aparqué la camioneta en el garaje, pero no entré en casa. Recorrí la
distancia hasta la cabaña de Sasha y llamé a la puerta.
Cuando abrió, vi que iba vestida con los vaqueros y el jersey de antes, y
que aún llevaba el pelo recogido en aquel moño tirante.
—Hola.
—Hola. Siento lo de esta tarde.
—Yo también. Estaba de mal humor.
—¿Hacemos las paces?
Ella asintió.
—Sí.
—Siento que Emery nos interrumpiera anoche. Tendría que haberle
pedido que se fuera.
—No. —Sasha suspiró—. Estaba pasando por un mal momento, y es
bueno que tenga un sitio adonde ir. ¿Está bien?
—Eso espero. Calvin la llamó para disculparse, y hacia la medianoche
volvió a casa. De momento, parece que están bien, aunque dudo que la cosa
dure mucho, porque siempre pasa igual. Veremos.
—¿Sabe… hummm… lo del bebé?
—No. No le he dicho nada. Pero hoy se lo he contado a mi padre.
Abrió los ojos como platos.
—¿Que has hecho qué?
—No podremos mantenerlo en secreto, cielo.
—Ya lo sé. —Se mordió el labio inferior—. Pero creo que deberíamos
esperar un poco más.
—¿Cuánto es «un poco más»?
¿Unas horas? Sí, claro. Quizá un par de días. Pero al final no habría
forma de seguir ocultándolo.
—Hasta la ecografía.
—¿Más de un mes? —Mi vozarrón resonó en las paredes. ¿Qué coño
estaba diciendo? Me había costado mucho no decírselo a mi familia en todo
ese tiempo, pero ¿otro mes?—. Sasha…
—Por favor, Jax. Solo hasta entonces. Ya sé que no podemos mantenerlo
en secreto para siempre, pero necesito…
Esperé a que terminara. Al ver que no lo hacía, sino que bajaba los ojos
al suelo, me acerqué, le posé un dedo bajo la barbilla y le alcé la cabeza
para que me mirara.
—¿Qué necesitas?
—Tiempo para decidir cómo explicarlo. —Dejó caer los hombros—. La
gente hará preguntas. No me muero de ganas por contarles a mis empleados
y a mi jefa, que resulta que es tu cuñada, que tuve un rollo contigo y se
rompió el condón. Parecerá una imprudencia.
—Lo fue. —Reí, y me permití acariciarle la mejilla con el pulgar—. Pero
no por eso es menos importante.
—Cuando lo digamos, las cosas cambiarán —susurró.
—Las cosas ya han cambiado.
—Ya lo sé. —La súplica que observé en sus bellos ojos me ablandó—.
Por favor. Solo hasta que pase la ecografía.
Era la prueba que marcaba la mitad del embarazo.
—Faltan seis semanas, más de un mes —gruñí.
Puede que Sasha no supiera mantener la expresión neutral, pero vaya si
sabía negociar. Era peor que los gemelos de West, que siempre conseguían
arrancarme cinco minutos más de juego, tres en la bañera y un abrazo extra
antes de acostarse.
Tenía la sensación de que, si le decía que no a esas seis semanas, su
siguiente propuesta sería ocho.
—Vale —musité—. Hasta la ecografía.
Al menos en ese momento ya sabríamos si esperábamos un niño o una
Josephine.
—Gracias, Jax.
Una discretísima sonrisa de satisfacción tiró de las comisuras de sus
labios. Y tuve que hacer acopio de toda mi fuerza de voluntad para no
borrarla con un beso.
15

Jax

La sala de ecografías era estrecha y oscura. Yo ocupaba una silla en un


pequeño rincón, y, cada vez que cambiaba de postura, mis rodillas chocaban
con la camilla en la que estaba tumbada Sasha.
—¿Y si no es una niña? —susurró.
¿Por qué estaba tan empeñada en querer una niña?
—Pues tendremos un niño.
—Evidente. —Me miró con mala cara—. No sé cómo tratar a los niños.
Ah, era por eso.
—Pues me encargaré yo.
Yo confiaba más en saber hacer de padre de un niño que de una niña.
Aunque de todos modos nos apañaríamos.
Esa confianza en mí mismo no consiguió que Sasha sonriera. Seguía
estando preocupada por si tenía que hacerlo todo sola, ¿no?
—Será una Josephine —le dije.
—Eso no lo sabes.
—Pronto lo veremos.
Cambié de posición, tratando de ponerme cómodo, pero todas las sillas
de ese hospital eran diminutas, joder.
—¿No te parece que podrían habernos asignado una sala más pequeña?
Era del tamaño de un trastero, y entre el ecógrafo y la camilla apenas
había sitio.
—Quizá deberíamos haber elegido Bozeman para esto.
Por lo menos el parto sería en un hospital más grande.
Sasha soltó un suspiro prolongado y tamborileó con los dedos sobre el
vientre.
En las últimas seis semanas, el cuerpo le había cambiado. Tenía los
pechos más turgentes, y le vi la barriga abultada cuando se levantó la
camiseta para el reconocimiento del doctor Green.
Dudaba que nadie más notara la diferencia, pero pronto no habría forma
de ocultar el embarazo. Quizá, cuando todo saliera a la luz, Sasha dejaría de
esconderse y de mantenerme al margen.
La había invitado a cenar cinco veces durante ese último mes y medio. Y
siempre tenía alguna excusa.
«Llevo todo el día con dolor de cabeza».
«Esta noche tengo que quedarme en el despacho hasta muy tarde».
«Hoy pensaba cenar en el hotel y charlar con los huéspedes».
«Estoy hasta arriba de trabajo».
«Estoy agotada».
«Estoy exhausta».
No me cabía ninguna duda de que, a finales de mayo, el complejo
turístico era un cataclismo. Indya se había reincorporado tras la baja por
maternidad, pero trabajaría a media jornada hasta que Grace fuera algo
mayor, lo cual implicaba que Sasha tenía muchas responsabilidades.
Sin embargo, no era solo su apretada agenda lo que le impedía aceptar.
¿Acaso lo pasaba bien pisoteándome el ego cada dos por tres? Si hubiera
sido cualquier otra mujer, me habría apartado y habría seguido adelante con
mi vida. Pero tenía a Sasha grabada en el cerebro desde hacía meses.
Y no era por lo del bebé.
Me gustaba.
Y ni siquiera sabía qué hacer al respecto. Jamás me había enamorado lo
suficiente de una chica como para proponerle algo serio desde hacía…
años. Seguramente, desde que Robin era mi novia en el instituto, y la cosa
acabó saltando por los aires.
No; el compromiso no era mi fuerte. No era que fuéramos a prometernos,
ni nada de eso. Solo quería… tener algo con ella. ¿El qué?
Para empezar, quería que dejara de negar que entre nosotros había
química. Cuando Sasha estaba presente, era como un imán. Tenía que hacer
verdaderos esfuerzos para no tocarla. Y eso no solo me pasaba a mí, ella
también sentía esa atracción. Quizá podríamos negociar un término medio:
aprender a conocernos, descubrir qué había entre nosotros y… ya se vería.
Por el momento, era incapaz de poner palabras a ese «ya se vería». Pero
de eso se trataba, ¿no? De descubrirlo.
—Cuando salgamos, ¿por qué no vamos a…?
Antes de que pudiera terminar la frase, se abrió la puerta y entró una
auxiliar encargada de practicar la ecografía con unas gráficas en la mano.
—¿Sasha Vaughn?
—Sí —asintió ella.
La auxiliar se volvió de nuevo al captar mi presencia en la silla del
acompañante.
—Hola, Jax.
—Hola.
Levanté la mano a modo de saludo. ¿Cómo se llamaba? Recordaba
haberla visto por el pueblo, pero no estaba seguro de que nos conociéramos.
Tomó asiento en un taburete con ruedas, nos explicó los pasos y puso el
equipo a punto. Luego le pidió a Sasha que se levantara la camiseta y se
bajara la cinturilla de los pantalones.
—¿Queréis saber el sexo del bebé?
—Sí, por favor.
Sasha dio un suspiro entrecortado cuando la auxiliar le impregnó la
barriga de gel frío.
Pegué los ojos a la pantalla, observando la imagen cambiante de las
ondulaciones negras, blancas y grises, hasta que por fin…
—Joder —musité.
Era una cabeza. La cabeza de un bebé; de mi bebé.
Mi mano se encontró con la de Sasha.
—Ahí tenéis al bebé —dijo la auxiliar mientras desplazaba el lector—.
Eso es un brazo y una pierna. Y parece que vais a tener una niña.
El aire escapó de mis pulmones al mismo tiempo que Sasha me apretaba
la mano con tanta fuerza que me crujieron los nudillos.
Me incliné y apoyé la cabeza sobre la suya.
—Josephine.
Esa era nuestra niña. En la pantalla, en esos confusos tonos de blanco y
negro. Mi hija.
—Sacaré algunas fotos. —Dejó el aparato y le limpió el vientre a Sasha.
A continuación, la impresora de la esquina emitió un zumbido al expulsar
una serie de imágenes que la auxiliar le entregó, y luego se tomó un
momento frente al ordenador antes de anotar los valores de Sasha en el
gráfico y dirigirse a la puerta—. Felicidades.
En cuanto la mujer desapareció, Sasha se vino abajo. Se cubrió la cara
con las manos para ocultar las lágrimas, pero no podía disimular los
espasmos de los hombros.
—Eh.
Me levanté de la silla y me senté en el borde de la camilla para atraerla a
mis brazos. La estreché con fuerza mientras ella enterraba la cara en mi
hombro y lloraba.
No estuvo así mucho tiempo. Pronto se sorbió la nariz y se apartó
mientras se limpiaba los ojos.
—Lo siento.
—No tienes por qué.
Le aparté un mechón de su pelo oscuro. Últimamente, lo llevaba suelto
con frecuencia. ¿Sería para que no se le deshiciera el peinado cuando se
tumbaba en la camilla? ¿O porque se sentía más relajada y se estaba
acomodando al ambiente informal del complejo? Esperaba que fuera por lo
segundo.
Sasha se puso bien la camiseta y se abrochó la cinturilla elástica de los
pantalones que llevaba ese día antes de saltar de la camilla.
Doblé las imágenes de la ecografía con cuidado y crucé la sala para
reunirme con Sasha en la puerta.
Me permitió que la acompañara al pueblo, y esa fue mi pequeña victoria
del día. No me tomé como algo personal que guardara silencio durante el
trayecto de vuelta al rancho. Por la ventanilla, miraba los campos con su
exuberante verde primaveral y las montañas de color índigo que besaban el
nítido cielo azul.
—Cena conmigo esta noche —dije antes de llegar al edificio principal—.
Le pediré a Reid que nos prepare unas hamburguesas con queso o algo así.
—Quizá. —Sus «quizá» eran una variante del «no»—. Hummm, a ver
cómo va el día, ¿vale?
—Sasha…
Pero ya se había ido. Se apeó de la camioneta en cuanto me detuve y
desapareció hacia el interior del edificio sin volverse a mirar atrás.
—Mierda.
Me pasé la mano por el mentón y puse la camioneta en marcha. Antes de
ir al pueblo para la ecografía, me aseguré de que todo estuviera bien
organizado para que los guías pudieran cubrir la jornada sin problemas. Por
eso, en vez de volver al despacho de los establos, crucé el rancho y enfilé
las carreteras polvorientas hasta dar con mi hermano.
—Hola.
Alzó la barbilla a modo de saludo cuando me bajé de la camioneta,
aparcada junto a la suya.
—Hola. ¿Qué haces?
La gasolina y el olor metálico del motor de una sierra mecánica saturaban
el ambiente y se mezclaban con el aroma de los pinos recién cortados.
—Había un par de árboles demasiado cerca de la valla, así que he
decidido cortarlos. —Se quitó los guantes, los embutió en un bolsillo y
cambió la protección de las gafas de seguridad por la de la visera de su
gorra de béisbol—. ¿Qué ocurre?
Tragué saliva y le entregué las imágenes bien dobladas de la ecografía.
—Voy… voy a tener un bebé. Con Sasha.
West pestañeó, perplejo.
Y se quedó boquiabierto.
La puerta se abrió sin darme tiempo a subir las escaleras del porche de mis
abuelos.
—Llegas justo a tiempo. —La abuela me envolvió en uno de sus abrazos
en cuanto me tuvo a tiro—. La cena casi está lista.
Apenas pasaban de las cinco, y yo solía cenar a las seis y media o las
siete. Pero, tras la conversación con West, me sentía emocionalmente
agotado, así que la comida de la abuela me pareció una idea reconfortante y
fantástica.
—¿Has trabajado hoy? —me preguntó mientras recorríamos los pasillos
de la granja donde mi abuelo y ella llevaban viviendo varias décadas.
—Sí. Acabo de pasar un rato con West.
Tras recuperarse del impacto de la noticia, mi hermano me había dado un
buen abrazo.
Ni siquiera me había dado cuenta de lo mucho que necesitaba que me
abrazaran.
Luego, pasamos unas horas cortando la madera de los árboles que él
había talado y apartando los troncos de la zona de la valla, mientras le
explicaba lo ocurrido en la fiesta en enero. Y todo lo de después.
Cuando se lo dije a mi padre, me había sentido aliviado de una parte de la
carga que arrastraba. Pero decírselo a West fue justo lo que necesitaba.
No me agobió con consejos. No me hizo demasiadas preguntas. Tan solo
me escuchó y me dejó hablar. Permitió que expresara mis miedos y le
contara toda la historia, y, cuando acabamos, me estrechó la mano y me dijo
que sería un buen padre.
Quería muchísimo a mi hermano.
—He preparado estofado —anunció la abuela cuando llegamos a la
cocina. Olía a cebolla, hamburguesa y ajo—. Es una receta nueva.
—¿Lo dices como advertencia?
—Últimamente, le da por experimentar. —Mi abuelo salió de la sala de
estar y extendió la mano para saludarme—. Después del último guiso que
preparó, estuve dos días con diarrea.
—Alan —lo reprendió la abuela mientras se ponía unas manoplas de
cocina—. Eso es información privada.
—Me da igual, Sarah. Es la verdad. No volveré a comer atún en mi vida.
La abuela levantó una mano en el aire, quizá con la intención de chascar
los dedos para ahuyentar a mi abuelo, pero no pudimos verlo porque tenía
la mano dentro de la manopla.
—Jax, coge un plato y un cubierto. Y sentaos a la mesa.
—Sí, señora —dije entre risas, pero acaté sus órdenes y le dejé paso libre
para ir a buscar un plato al armario y un cubierto al cajón.
A la abuela le gustaba usar servilletas de tela. Esa noche, sacó el mantel
de lino que yo le había regalado por Navidad, de modo que cogí una
servilleta a juego y tomé asiento al lado del abuelo.
Las paredes del comedor estaban cubiertas por un papel con rosas. La
mesa de roble tenía los arañazos y golpes de cincuenta años de uso. La silla
crujió bajo mi peso, pero, en cuanto estuve sentado a la mesa y la abuela
apareció con el estofado, me sentí en casa.
Conocía ese hogar tan bien como el mío. Formaba parte de mi infancia,
igual que el de mi padre.
Después de que él y Lily se divorciaran, la abuela adoptó el papel de
madre. Las noches que mi padre estaba ocupado en el complejo, me
quedaba a dormir allí. Ella me leía cuentos, y el abuelo me enseñó a jugar a
las cartas. Hasta que fui adolescente, su habitación de invitados fue mía.
Quizá la próxima vez iría acompañado de Sasha. Nunca había llevado a
ninguna mujer a casa de mis abuelos, pero la recibirían con los brazos
abiertos.
La abuela sacaría la vajilla de la vitrina y casaría los platos con las
servilletas de bordado más bonito. Y me prepararía mi estofado favorito y
galletas caseras.
El abuelo sacaría los viejos álbumes de fotos, llenos de imágenes en
blanco y negro y color sepia que mostraban el edificio principal durante su
infancia. Le contaría a Sasha anécdotas de los viejos tiempos, y, como
seríamos cuatro, se ofrecería a enseñarle a jugar al pinacle.
—Tengo noticias —dije después de bendecir la mesa, frente a la comida
emplatada—. ¿Conocéis a Sasha? Trabaja en el edificio principal.
—La salvadora —rio la abuela—. Así es como la llama Indya. Parece
que está haciendo un gran trabajo con la gestión del complejo turístico.
—Sí, así es.
—¿Qué pasa con ella? —preguntó el abuelo.
—Está embarazada. Vamos a tener un bebé.
La abuela pestañeó, perpleja.
—¡Ah! No sabía que estuvierais juntos.
—Bueno, exactamente no es así.
El comedor quedó en silencio.
Los abuelos intercambiaron una mirada triste.
Un momento. ¿En serio eso les molestaba? No estaba seguro de lo que
esperaba al darles la noticia esa noche, pero desde luego no imaginaba un
grado de decepción capaz de marchitar las rosas del papel pintado.
—Bueno, eso sí que es una novedad. —El abuelo se aclaró la garganta—.
¿Os vais a casar?
—No.
Arqueó una de sus pobladas cejas grises mientras en la ajada frente de la
abuela aparecían unos profundos surcos. Ella fue la primera en seguir
comiendo, y enseguida se sumó el abuelo.
Pasé el rato allí sentado viendo cómo masticaban y evitaban todo
contacto visual conmigo.
¿Qué narices les pasaba? ¿Por qué reaccionaban así?
¿Por eso Sasha había hecho tanto hincapié en no contárselo a nadie?
Menos mal que esa noche no me acompañaba.
No me largué de allí por educación. Y también por educación me terminé
la cena y llevé el plato al fregadero para aclararlo y meterlo en el
lavavajillas.
Tuve que esforzarme por no poner mala cara cuando les di las gracias por
la cena y salí de la casa con paso ligero sin quedarme a probar la tarta de
manzana que había de postre.
Joder. No habían mostrado ni un ápice de entusiasmo. Ni siquiera
curiosidad por la fecha en la que Sasha salía de cuentas. Ni siquiera
tuvieron la decencia de preguntarme si era niño o niña.
Mis abuelos eran unos anticuados, y yo respetaba su forma de ver la vida.
Pero, por primera vez, me enfadé con ellos.
La frustración empeoró aún más durante el trayecto hasta casa. Cuando
llegué, por un momento pensé en llamarlos y echarles en cara su actitud de
mierda. Pero, en vez de eso, aparqué la camioneta en el garaje y fui a casa
de Sasha.
Si esa noche mis abuelos se habían enfadado conmigo, ya daba igual
añadir a Sasha a la lista. Lo nuestro ya era un secreto a voces, tanto si le
gustaba como si no.
Más que llamar a la puerta, la aporreé.
Cuando abrió, aún iba vestida con la ropa del trabajo y llevaba puestos
los zapatos, de manera que, seguramente, acababa de llegar.
—Hola.
—Se lo he contado a West. Y a mis abuelos, durante la cena.
—Ah, vale. —Dejó caer los hombros y el alivio suavizó su mirada—.
Gracias.
—Creí que te enfadarías.
—No. Has hecho lo correcto. No tendríamos que haber guardado el
secreto tanto tiempo.
La miré de reojo y le puse el dorso de la mano en la frente.
—¿Te encuentras bien? Porque me ha parecido que acabas de darme la
razón.
Esbozó una sonrisa.
—Lo retiro.
—Demasiado tarde. —Le di un toquecito con el dedo en la punta de la
nariz y mi enfado se desvaneció en la noche—. Felicidades de parte de
West. Seguro que se lo dirá a Indya, o sea que imagino que mañana por la
mañana irá a verte al despacho.
—De acuerdo. Gracias por avisar.
—De nada.
Me dispuse a marcharme para dejarle el espacio que deseaba a todas
luces, pero me detuve antes de emprender el camino a casa y me volví a
mirarla.
Llevábamos meses tratándonos con pies de plomo, y estaba tan hasta las
narices que me habría puesto a gritar.
Quizá fue por la reacción de mis abuelos. Me habían sorprendido tanto
que perdí la sangre fría. O a lo mejor porque, durante una fracción de
segundo, cuando el abuelo me preguntó si Sasha y yo íbamos a casarnos,
tuve ganas de decirle que sí.
Yo, el tío que siempre se acobardaba ante un compromiso, me estaba
planteando la idea del matrimonio. ¿Qué me estaba pasando?
Tal vez, en lugar de luchar contra eso, debería arriesgarme con la
esperanza de ganar. Mostrar mis cartas y ver qué me deparaban.
—Robin me dijo una vez que era muy directo a la hora de ligar. Siempre
pensé que lo decía de broma, teniendo en cuenta que en aquel momento era
mi novia. Pero es cierto que lo soy cuando veo algo que quiero. Y, si la
situación fuera distinta, si no estuvieras embarazada, te estaría tan encima
que no podrías librarte de mí jamás.
Sasha tragó saliva.
—Jax…
Caminé con paso seguro hacia la puerta y me incliné sobre ella. Nuestras
miradas se encontraron: azul buscando marrón.
—Tengo miedo de presionarte. Me preocupa que te asustes y te apartes.
Pero, joder, Sasha, tengo ganas de insistir para que me des una oportunidad.
Ella prolongó el contacto visual unos instantes, con los ojos muy abiertos
y la mirada desprevenida.
—Puede que necesite que me insistas.
Esbocé un gesto burlón.
—Ándate con cuidado. Si me das permiso, tendrás que soportarme.
Ella me dirigió una sonrisa triste.
—Eso espero.
De manera que mi interpretación era correcta. Tenía miedo de seguir
adelante sola.
—Tómatelo como una promesa, corazón.
Le aferré la muñeca y la arrastré al exterior.
—¿Adónde vamos?
—A mi casa. Te prepararé la cena.
—Acabas de decirme que has cenado con tus abuelos.
Deslicé la mano hasta la suya y entrelacé nuestros dedos.
—¿Y por eso no puedo prepararte la cena?
Eso hizo que se ruborizara.
—Supongo que sí que puedes.
16

Sasha

Jax estaba en la cocina, preparándome un sándwich de queso a la plancha.


No me gustaban los sándwiches de queso; se lo dije el día que nos
conocimos en el supermercado, y él se acordaba. Pero me prometió que ese
sería diferente, así que le seguí la corriente. Solo por esa vez. Me dijo que
no tendría que acabármelo si no lo disfrutaba, y que eso no heriría sus
sentimientos lo más mínimo.
Por eso le permití que me preparara ese sándwich. «Puaj».
Mientras él cocinaba, me paseé por la casa y entré en la sala de estar. Fui
hasta el libro que había sobre la mesita de centro. Era una guía para futuros
papás.
—¿Qué es esto?
La sostuve en alto para que lo viera.
Se encogió de hombros, plantado frente a los fogones con una espátula en
la mano.
—Ah, lo he estado leyendo por las noches, cuando no puedo dormir.
Yo tenía el mismo libro en mi mesilla de noche, pero para mamás.
—Esto me tiene aterrado —confesó—. Pero nadie podrá decirme que no
he hecho todo lo posible por prepararme.
El corazón me latía con demasiada fuerza. Se le veía siempre muy
seguro, muy estable. En vez de estar ansioso, se mostraba expectante. Al
principio tuvo algunos momentos de pánico, pero hacía tiempo que habían
quedado atrás.
—¿Aún tienes miedo?
—Pues sí. —Apagó el fuego y pasó el sándwich de la sartén a un plato.
Después lo cortó en diagonal antes de sacar de la nevera un tarro de
mermelada de fresa—. ¿Agua? ¿Leche? ¿Zumo de naranja?
—Agua. A estas horas, lo pasaré fatal con el ardor de estómago si bebo
cualquier otra cosa.
—¿Tienes ardor de estómago por las noches?
—A veces. —Me senté a la isla de la cocina cuando él dejó el plato—.
No tienes por qué prepararme la cena.
—Lo he hecho porque he querido, cariño.
Arrastró un taburete hasta el lado opuesto para que pudiéramos sentarnos
cara a cara.
—Gracias. ¿Para qué es la mermelada?
—Para el sándwich. Pon un poco por encima y pruébalo.
—¿En serio? —Destapé el frasco y extendí un poco en una esquina. Al
primer bocado, dejé escapar un gemido—. Esto no tendría que estar tan
bueno. No me gustan los sándwiches de queso.
Jax sonrió.
—Mis dotes culinarias se reducen a esto: el desayuno y los sándwiches
de queso.
—Tomo nota. La próxima vez, me tocará a mí.
—Trato hecho. —Se le formaron unas arruguitas en las comisuras de sus
ojos—. Cuéntame un secreto.
—Creo que Tara y Reid se han prometido.
—¿Qué? —Se incorporó en el asiento—. ¿En serio?
—Fue la semana pasada. Una mañana los vi entrar juntos en el edificio
principal. Él la besó y se marchó a la cocina, y entonces ella se quitó un
anillo del dedo antes de ocupar su puesto en la recepción.
Jax pestañeó, perplejo.
—¿Por qué lo llevan en secreto?
—No lo sé. —Me encogí de hombros—. Quizá quieran disfrutarlo a solas
un tiempo. Como nosotros.
—Sí. —Su sorpresa inicial dio paso a una sonrisa tierna—. Como
nosotros.
Di algunos bocados más mientras Jax me observaba con los brazos
apoyados en la encimera.
—¿Cómo se tomaron la noticia tus abuelos?
—Son… bueno… unos anticuados.
—Ah.
O sea, que no se lo habían tomado bien. Quizá pensaban que me había
quedado embarazada a propósito para colarme en la adinerada familia
Haven.
Puede que estuviera sin blanca, pero no quería para nada el dinero de Jax.
—Ya se harán a la idea —dijo él, y parecía tratar más de convencerse a sí
mismo que a mí—. Cuéntame otro secreto.
Cogí el cuchillo, dispuesta a explicarle algún chisme sin importancia del
complejo turístico, pero me detuve.
Jax me había confiado lo de su madre. Y también lo de Lily. Seguro que
no había sido fácil para él compartir esos secretos conmigo. Sin embargo, lo
más personal que sabía de mí era que había pasado unos meses durmiendo
en un colchón hinchable.
De modo que dejé el cuchillo.
—Mis padres murieron cuando volvían a casa de una boda. —No era un
secreto, pero en Montana no lo sabía nadie—. Los novios eran una pareja
mayor que ellos. Mi padre era instructor en un club de golf y el novio era su
jefe. Ese verano, yo estaba trabajando en la tienda del club y a algunos nos
ofrecieron la posibilidad de ayudar a preparar la recepción de la boda.
Estuve un rato por allí después de que mis padres llegaran. Los dejé
bailando cuando me marché a casa.
Sonriendo. Dando vueltas. Divirtiéndose. Ajenos a todo lo demás cuando
se tenían el uno al otro.
—Estaban muy enamorados —dije, tragándome el nudo que se me estaba
formando en la garganta—. Creo que mi padre se habría quedado
destrozado si hubiera tenido que enterrar a mi madre. Y ella no se habría
recuperado nunca si él hubiera dejado antes este mundo. O sea que, en
cierto modo, me alegro de que se fueran juntos.
Aunque eso implicara que me habían dejado sola.
—Lo siento, cielo.
—Yo también —dije con un hilo de voz—. Volvían a casa en coche
cuando chocaron de frente con un camión porque el conductor se había
dormido e invadió su carril.
—Joder —susurró Jax.
—Esa persona no debería haber estado al volante. Había sobrepasado el
límite horario y conducía demasiado rápido. Mis padres fallecieron al
instante por el impacto, y el camionero murió en la ambulancia, de camino
al hospital.
Cogí el vaso de agua y me lo acerqué a los labios con la mano trémula.
—¿Cuántos años tenías? —preguntó.
—Dieciocho.
Legalmente era adulta, y, por ley, tuve que ocuparme de todos los
trámites, aunque en realidad no era más que una chiquilla que acababa de
perder a sus padres. Pero no me quejé ni una sola vez. Lo sobrellevé todo
sin cuestionarlo, aun cuando estuvo a punto de acabar conmigo.
—Han sido diez años muy raros —le dije a Jax—. Cada vez que pienso
que he conseguido un poco de estabilidad, algo cambia y me descentra.
Quizá por eso parecía que siempre estaba preparada para lo peor. Porque,
en diez años, no había conseguido asentarme. Andaba siempre dando
tumbos, y, cuando por fin me levantaba, aparecía algo nuevo que me sumía
en la confusión.
Cogí de nuevo el cuchillo y añadí más mermelada al sándwich. Lo
devoré a toda prisa para dejar de hablar de mis padres.
Estuve con el cuchillo en la mano todo el tiempo.
—¿Por qué viniste a Montana? —preguntó Jax, quitándome el cubierto
de la mano.
—Por este trabajo.
Sobre todo por eso.
Era una verdad a medias, pero no estaba preparada para contarle a nadie
lo de Eddie. Aún no. Y menos a Jax.
—Estaba trabajando en un centro de belleza y bienestar de California
cuando me topé con el anuncio que Indya había publicado en internet.
Envié el currículum, pero estaba segura de que me contestarían con un
mensaje estándar rechazando mi solicitud. Y entonces me llamó ella, y tuve
que pellizcarme para creer que aquello era real.
—¿Pensabas que no estabas cualificada?
—No demasiado, en comparación con el resto de los candidatos.
—Te subestimas. Fuiste la primera opción de Indya.
—¿En serio?
Él asintió.
—Entrevistó a tres personas más, creo. Dijo que tú fuiste la única que la
había hecho reír. —Era probable que con alguna broma torpe y mordaz—.
En cualquier caso, me alegro de que estés aquí.
Jax se levantó y retiró mi plato vacío para llevarlo al fregadero.
Lo seguí con el vaso de agua.
—Yo también me alegro.
—¿Aunque lo del bebé te haya descolocado aún más?
—Sí. —¿Tenía miedo? Mucho. ¿Estaba nerviosa? Sin duda—. No me lo
esperaba, pero no fue un error. No lo será nunca, ¿vale?
—Yo soy producto de un error. No tienes que convencerme para que no
use ese término para referirnos a nuestra hija.
No, seguramente no.
—Siento que la conversación haya tomado un matiz tan serio.
—No te preocupes por mí, querida. Puedo soportarlo.
Hacía que pareciera muy fácil, como dándome la confianza de que todo
iba a salir bien.
—Sé sincera. ¿Qué opinas del sándwich de queso?
—Me ha gustado.
Entornó los ojos.
—¿En serio?
—Sí.
Me tiré del lóbulo de la oreja mientras él mantenía los ojos fijos en mi
cara. Era un tic nervioso que había desarrollado hacía años. Me di cuenta y
bajé la mano, pero Jax ya lo había visto.
—¿Por qué haces eso?
Él desplazó los dedos hasta donde antes estaban los míos y me dio un
ligero tirón.
Una sensación eléctrica me recorrió la columna vertebral, y contuve la
respiración.
—Es… es un tic nervioso.
—¿Y por qué estás nerviosa?
«Por ti». Porque estaba demasiado cerca. Porque seguía tocándome la
oreja. Porque bajó la mirada a mis labios, y tuve la sensación de que se me
derretía el cuerpo.
—Cuéntame una mentira —susurró.
—No quiero que me beses.
Las palabras brotaron con tanta rapidez que no pude evitarlo. ¿Qué
estaba haciendo? ¿Qué estaba diciendo?
Él se pasó la lengua por el labio inferior.
—Cuéntame un secreto.
Solo se me ocurrió uno. Uno que no debía pronunciar por nada del
mundo. Pero, de todos modos, dije:
—Siempre quiero que me beses.
Reaccionó tan rápido que tuve que ahogar un grito cuando pegó sus
labios a los míos. Aprovechó que tenía la boca abierta para colar la lengua
en mi interior.
Entre ambos reverberó un gemido. ¿Era mío? ¿Suyo? ¿De los dos? ¿Qué
más daba? Jax me estaba besando y, por primera vez en meses, no permití
que mis pensamientos entraran en bucle.
Aquel beso no fue dulce ni suave. Fue enérgico, casi exigente, como si
me estuviera castigando por no haberlo besado en tanto tiempo.
Dios, qué bien se le daba. ¿Por qué lo habíamos obviado todos esos
meses?
Había varias razones. Jax era mi jefe, más o menos. Lo más probable era
que yo me marchara de Montana. Además, él adoraba los juegos de
seducción, y cualquier relación romántica acabaría, sin duda, con mi
corazón roto.
Sin embargo, todos esos motivos se desvanecieron en cuanto me rodeó
con sus fuertes brazos. Me levantó en el aire como si tuviera el peso de una
pluma y me sentó en la encimera. Luego posó las manos en mi pelo y
entrelazó los dedos entre los mechones al tiempo que me echaba la cabeza
hacia atrás para reclamar su botín.
En su pecho resonó un gemido gutural cuya vibración me llegó directa al
alma.
Le rodeé los hombros con los brazos y presioné los dedos contra los
firmes músculos de la espalda. Era como acariciar una cálida superficie de
mármol.
Aquel aroma fresco y masculino me invadió mientras disfrutaba de su
sabor. Era mejor de lo que recordaba. Muchísimo mejor.
Nos estuvimos besando sin interrupción; todo el tiempo.
Gemí cuando atrapó mi labio inferior y tiró hacia él. Me removí en la
encimera, me acerqué más y separé los muslos para que pudiera colocarse
en medio. El deseo se enroscaba en mi vientre, y sentí que un intenso latido
se abría paso en mis partes íntimas a medida que aumentaba el calor.
Quizá fuesen las hormonas del embarazo. Tal vez, simplemente, fuera
por Jax. Ningún hombre en el mundo había conseguido excitarme tan
rápido.
Antes de que estuviera preparada para poner fin al beso, él se apartó con
un gruñido.
Estábamos jadeantes, con el pecho agitado y la respiración acompasada,
mientras nos mirábamos.
Todavía tenía las manos en mi pelo, y las mías seguían entrelazadas en su
nuca.
—Voy a llevarte al dormitorio. —Su voz tenía un matiz especial. De
amenaza. De promesa—. Voy a hacer que te corras tan fuerte que tendrás
que gritar. Haré que la noche que pasamos juntos en enero te parezca un
juego preliminar. A menos que me pidas que pare. Ahora.
—No pares.
Al día siguiente, sufriría las consecuencias, y me reprocharía haber sido
tan débil. Al día siguiente, encontraría una razón de peso por la que no
debería volver a ocurrir; no podía volver a ocurrir.
Pero esa noche solo deseaba estar con Jax.
—Última oportunidad, Sasha.
No esperé a que él me besara. Lo atraje hacia mí hasta que tuvo la boca
sobre la mía.
Hizo exactamente lo que me había advertido. Me levantó en volandas de
la encimera y me llevó por el pasillo hasta el dormitorio, sin interrumpir el
beso en ningún momento.
Las luces estaban apagadas, como la última vez. Quizá algún día vería el
dormitorio de Jax a todo color, pero esa noche todo eran negros, grises y un
suave destello de plata que se filtraba por la ventana.
Me tumbó en la cama y apoyó los codos a ambos lados de mi cara
mientras me mordisqueaba la comisura de los labios. Tuvo cuidado de no
dejar caer su peso sobre mí, pero encajó las caderas en el hueco de las mías.
En cuanto empujó su erección contra mi centro, estuve a punto de caerme
de la cama.
—Sí.
Todas mis terminaciones nerviosas vibraban con expectación. El cuerpo
me palpitaba de pies a cabeza, y su ritmo decía «otra vez, otra vez, otra
vez».
Mis dedos se movían entre nosotros, y le tiré de la camisa hasta que
estuvo fuera de la cinturilla de los vaqueros. Después empecé a
desabrocharle los botones con torpeza a causa del frenesí que sentía en las
yemas. Conseguí soltarlos todos, del primero al último, y tiré de la prenda
de algodón hasta que la pasé por encima de sus hombros.
La victoria duró poco. Debajo llevaba una camiseta de manga corta que
se interponía entre nosotros; necesitaba el calor de su piel.
Jax se separó y cogió la prenda por la espalda para tirar y despojarse de
ella. Mientras tanto, me incorporé y empecé a buscar a tientas el borde de
mi jersey. Él acabó primero: la camiseta salió volando por encima de su
cabeza en dirección al suelo. Con un enérgico tirón, me pasó el jersey por la
cabeza y este aterrizó en el piso con un ruido sordo.
Lo que siguió fue música para mis oídos: el ruido metálico de la hebilla
del cinturón, uno que no había olvidado desde enero y que me hizo temblar
todo el cuerpo.
—Jax.
Le posé las manos en el vientre y presioné su piel suave y su firme
musculatura al desplazarlas por encima de sus fuertes abdominales hasta el
pecho. Tenía los pezones pequeños y firmes.
Los acaricié con los pulgares y le arranqué un siseo entre los dientes
apretados.
—Ya jugaremos luego, nena.
Tenía la voz grave y gutural; me cogió de los pantalones y tiró de ellos
junto con mis bragas para bajármelos por las piernas centímetro a
centímetro, como una tortura.
Ya me había visto desnuda. Me había visto el vientre. Pero una súbita e
inesperada timidez hizo que me cubriera la cintura con los brazos.
—Sasha. —Me miró con el ceño fruncido, me aferró las muñecas y me
subió las manos hasta cubrirme los pechos con ellas—. Quítate el sujetador,
nena.
Me besó el ombligo con un gesto que fue a la vez delicado y erótico. Sin
embargo, antes de que tuviera tiempo de desabrocharme el sujetador,
desplazó los labios hacia abajo recorriéndome la piel y provocándome una
oleada de cosquillas.
—El sujetador, Sasha.
Cierto. Tenía una tarea pendiente. Me incorporé para desabrocharme la
prenda por detrás y la bajé por mis brazos. Tenía los pezones duros,
desesperados por sentir su boca.
Él se inclinó hacia atrás y sus suaves labios esbozaron una sonrisita.
—Qué guapa estás desnuda en mi cama, joder. —Noté que se me
encendían las mejillas, y el palpitar entre mis piernas se volvió doloroso—.
Túmbate.
Le obedecí, y el corazón me aporreó el pecho cuando apoyó la rodilla en
el colchón.
No se acercó a la mesilla de noche.
—Jax. ¿Y el…? —Tragué saliva—. Pero, ¿no necesitamos… ya sabes…?
—¿Un condón?
Asentí.
—¿Has estado con alguien?
—No.
—Bien. —Me pasó la lengua por la curva del pecho—. Yo tampoco.
—Ah, menos mal.
Suspiré y me zambullí en su pelo, sosteniéndolo contra mí mientras me
succionaba un pezón, y dejé la mente en blanco cuando empezó a rozarme
la piel con los dientes.
Me rodeó los pechos con las manos, apretando y succionando hasta el
punto en que el dolor y el placer se aunaron.
Me retorcí debajo de él, arqueando las caderas contra su polla. La noté
dura y gruesa contra el muslo, pero no era allí donde quería que estuviera.
—Necesito sentirte dentro.
—Aún no.
Me besó el torso y, a continuación, desplazó suavemente los labios por la
curva de mi vientre. Por un momento, creí que iba a detenerse ahí, pero
cuando me separó las rodillas, un pánico repentino me obligó a abrir los
ojos y levantar el brazo.
—Jax, yo…
—¿Confías en mí? —preguntó, con los ojos entrecerrados.
Tragué saliva, pero asentí.
Me obsequió con otra sonrisita, un gesto que no tendría que parecerme
nada sensual, pero noté que un espasmo me recorría los muslos.
Los pensamientos se desvanecieron cuando pasó la lengua por mi sexo.
Caí de espaldas y me cubrí la cara con las manos.
¿Por qué me daba vergüenza? Él estaba allí abajo, y era una sensación
agradable. «Muy agradable». Pero lo tenía entre las piernas, y yo estaba
muy húmeda. ¿Era normal, hasta ese punto?
Cerré los ojos, intentando relajarme, pero me tensé aún más cuando me
besó y me acarició con la lengua. «Relájate; tú solo relájate». ¿Por qué no
lo conseguía? Todas mis amigas lo adoraban, y siempre alardeaban cuando
un chico les hacía sexo oral, porque no era lo normal. Para ninguna de
nosotras.
Por lo general, para ellos era más una obligación que un juego preliminar.
Algo para asegurarse de que luego follarían.
Nunca me había corrido de esa forma. Pero sí que lo había fingido.
Sin embargo, Jax gimió contra mi piel, y eso me produjo un placer
absoluto.
—Qué bien sabes, nena.
¿En serio? Volvió a acariciarme con la lengua antes de introducirme un
dedo.
Ahogué un grito y abrí los ojos de golpe.
—¿Bien?
—Bien —dije entre jadeos.
Jax desplazó la lengua con movimientos rápidos sobre mi clítoris, y de
mis labios escapó un grito.
No solo estaba bien. Era increíble. Mi corazón se aceleró a medida que
una sensación ardiente se extendía bajo mi piel. Separé las rodillas y elevé
las caderas contra su boca mientras él continuaba lamiendo y succionando.
Me temblaron las piernas y el sudor empezó a perlarme las sienes.
—¿Jax?
Pronuncié su nombre en forma de pregunta justo antes de que él ajustara
los labios alrededor de mi clítoris.
Y todas las estrellas del universo explotaron ante mis ojos.
De mi garganta salieron unos gritos incoherentes que se propagaron en
una súplica por que Jax no parara. Que no parara nunca. Y estallé por
dentro en mil pedazos, con todas las células temblando y vibrando cuando
el orgasmo recorrió mi cuerpo en forma de tremendas oleadas.
Duró una eternidad, y aún fue poco. Cuando por fin pude respirar y me
derrumbé, agotada, contra el colchón, Jax se puso de rodillas y su sonrisita
se extendió de oreja a oreja.
Su polla asomaba entre ambos, y su tamaño me hizo contener la
respiración. La rodeó con la mano y empezó a acariciarse despacio. Verlo
así, mientras dejaba caer la cabeza hacia un lado y el placer se apoderaba de
su rostro, fue el momento más erótico de toda mi vida. Acababa de tener el
mejor orgasmo que había experimentado, pero necesitaba más. Lo
necesitaba a él.
—Quiero sentir tu sabor todas las noches, Sasha.
Me miró llevándose un dedo a los labios, el que había introducido en mí,
y lo succionó. Cerró los ojos mientras emitía sonidos de placer, como si
probara el sabor de la miel.
Vale, ese sí que era el momento más erótico de mi vida.
—Jax.
Mi voz sonaba patética; suplicante y desesperada. Pero no podía evitarlo.
Se tumbó sobre mí, y me miró a los ojos al acercarse. Me cubrió con su
cuerpo. Desplazó la mano hasta mi pelo y me lo apartó de la sien. Fue el
primer gesto dulce y tierno desde el beso en la cocina.
Otro momento erótico. Completamente distinto a los anteriores, pero
igual de potente.
Se situó en mi entrada y esperó a que le respondiera con un leve
asentimiento. Entonces fue directo; apretó la mandíbula mientras le aferraba
los hombros y me tensaba alrededor de su miembro.
—Joder.
—Jax.
Me tembló todo el cuerpo. Mis paredes internas se estremecieron cuando
empecé a sentir la espiral de otro orgasmo.
—Me encantas.
Jax se retiró para volver a introducirse en mí y abrirse paso hasta el
fondo.
Cerré los ojos y saboreé cada momento mientras él adoptaba un ritmo
regular. Era mejor que la primera vez. ¿Cómo era posible?
De mi garganta empezaron a salir gemidos y pequeños gritos sin darles
permiso. Estaba demasiado perdida en Jax para hacer otra cosa que no fuera
sentir.
Una de sus manos se desplazó por mi piel y me acarició las curvas. Su
tacto era pura electricidad, y con cada impulso de sus caderas para unir
nuestros cuerpos me tensaba más, y más, y más.
—Sí.
Le clavé las uñas mientras me retorcía debajo de él.
Sus labios me susurraban al oído:
—Córrete, Sasha.
No debería haber funcionado. Aquella orden no tendría que haberme
provocado un orgasmo. Pero ocurrió; estallé a su alrededor mientras él me
penetraba más fuerte y más rápido.
Su nombre resonó en el dormitorio cuando lo pronuncié gritando. Sentí
que los huesos me temblaban, como si estuvieran sueltos mientras mis
latidos lo rodeaban y perdía todo contacto con la realidad. No soportaba
perder el control, pero ¿por eso? Era capaz de cederlo todo con tal de volver
a sentirlo.
—Sasha.
Jax gimió y su cuerpo se tensó. Y entonces se corrió con un rugido, y se
derramó en mi interior hasta desplomarse. Rápidamente, rodó sobre la cama
para intercambiar nuestras posiciones, y, separándose de mí, me colocó
sobre su pecho.
Pegué el oído a su acelerado corazón, cuyos latidos sonaban
acompasados con los míos. Teníamos la piel pegajosa y la habitación olía a
sexo. El producto de su orgasmo y mi excitación se deslizaba entre mis
muslos.
Pero respiré. Por primera vez en lo que me parecieron meses —¡meses!
—, respiré.
Jax se movió y nos cubrió con las sábanas. Después me besó el pelo.
—Buenas noches, Sasha —musitó.
—Buenas noches, Jax.
Con un bostezo, enterré la nariz en su cuello.
Quizá debería haber vuelto a casa. Quizá debería haber levantado alguna
especie de barrera entre ambos, por poco sólida que fuera. Pero, cuando Jax
me rodeó con sus brazos y me acurrucó contra su cuerpo cálido, cerré los
ojos.
Y por primera vez en mucho, mucho tiempo, me dormí con una sonrisa
en los labios.
17

Jax

El ruido de la puerta de un coche al cerrarse interrumpió mi sueño. Me


desperté al instante y abrí los ojos de golpe.
Tenía el cuerpo enroscado alrededor del de Sasha, con su espalda en mi
pecho. Ella tenía la cabeza enterrada en la almohada y la boca ligeramente
abierta.
Me separé de ella e intenté que la cama no se moviera cuando me deslicé
fuera de las sábanas.
Pero el cambio de peso en el colchón la despertó.
—¿Jax?
—Ha venido alguien.
Ella se incorporó sobre el codo y se apartó el pelo de la cara.
—¿Quién?
—No lo sé. Sigue durmiendo.
No me sorprendió lo más mínimo que ahuecara las sábanas para sacar las
piernas de la cama y levantarse, tras lo cual empezó a buscar sus prendas
por el suelo.
—Toma, cariño.
Recogí mi camiseta y se la lancé antes de ponerme los vaqueros.
Ella se pasó la prenda de algodón por la cabeza. Le quedaba tan larga que
le tapaba el culo. Luego, se puso las bragas, y miró los pantalones con mala
cara al ir a recogerlos del suelo.
Cuando no trabajaba, le gustaba ir en chándal.
Rebusqué en mi armario, saqué un colgador con un forro polar y unos
pantalones de chándal que estaban doblados y se los di.
—Puedes ponerte esto.
—Gracias.
El reloj de mi mesilla de noche mostraba la 1.14. Si alguien estaba allí a
esas horas, era porque había ocurrido algo.
—Tal vez debería irme a casa —dijo Sasha mientras se ponía los
pantalones y se enrollaba la cinturilla tres veces para que se le aguantasen
sobre las caderas.
—No te vayas.
Ni por asomo pensaba dejar que se fuera a su casa sola en plan noche,
aunque solo estuviera a cincuenta metros.
—Vale.
Se puso el forro polar, cuyas mangas le colgaban mucho y le taparon las
manos. Mientras, cogí una sudadera con capucha y me la pasé por la
cabeza.
Una vez vestidos, cogí a Sasha de la mano y salimos del dormitorio.
Alguien llamó con suavidad a la puerta. Por las ventanas de la sala de
estar, vi el Jeep de Emery aparcado frente a la casa.
—Mierda. Es Emery. Seguro que son malas noticias.
Mi amiga era de las que se metían en la cama a las nueve. Las peleas con
Calvin solían producirse cuando volvían del trabajo. Él llegaba de un humor
de perros y lo pagaba con ella, lo que equivalía a echarla de casa, porque
Emery prefería marcharse antes que discutir con él. Últimamente, parecía
que siempre tenía la maleta a punto.
O bien esa noche habían pospuesto la pelea o había durado horas y horas.
—Pasa —le grité desde dentro, ya que no me había molestado en cerrar
con llave.
Las luces de la cocina y la sala seguían encendidas. Cuando Sasha y yo
nos liábamos, nos liábamos bien.
El pomo de la puerta giró y se oyó el chirrido de las bisagras antes de que
Emery entrara y cerrara con cuidado. Por la casa se propagó el golpe de sus
zapatos contra el suelo cuando se los quitó.
—Siento venir a estas horas, Jax —dijo Emery entre sollozos tras cruzar
el recibidor.
En cuanto vio a Sasha, abrió los ojos como platos.
—Ay, Dios mío. Lo siento. Os he interrumpido. Otra vez. Mierda. Me
voy. Olvídate de que he venido.
—Ni se te ocurra.
El rojo empañó mi visión.
Porque Emery tenía unas marcas rojas en la cara.
Unas marcas que formaban un cerco y se extendían por una mejilla, y
que, estaba convencido, acabarían por volverse negras y azuladas.
Sasha ahogó un grito.
—Emery.
Mi mejor amiga tragó saliva y bajó la mirada al suelo.
—No es lo que parece.
—¿En serio? —Se me hincharon las fosas nasales—. Porque a mí lo que
me parece es que te han dado un puñetazo en la cara.
Se le arrasaron los ojos en lágrimas.
—Qué hijo de puta. —Fui a por el teléfono, que seguía en la isla de la
cocina—. Voy a llamar a la policía.
Emery salió corriendo tras de mí, y patinó con los calcetines sobre la
tarima.
—No llames a Zak.
—Te ha pegado.
Ese cabrón de Calvin merecía pudrirse en la cárcel.
¿Era la primera vez? ¿O ya había ocurrido antes y me lo había ocultado?
El corazón me aporreaba el pecho mientras la ira me corría por las venas
como un fuego descontrolado.
—No puedes hacerlo —sollozó Emery mientras intentaba quitarme el
móvil—. Para.
Pero no fue ella la que me detuvo, ni la que me arrancó el teléfono de la
mano. Fue Sasha.
—Jax.
Tenía la voz tranquila, serena, y el pulso firme. Un punto de anclaje.
Su caricia bastó para que la furia amainara y recuperara la calma. Y pude
pensar.
—Tienes que avisar a la policía. Quizá no quieras presentar cargos, pero
tiene que constar la denuncia.
Emery negó con la cabeza.
—No puedo.
—Emery.
—Jax, yo…
—O va la policía a ver a Calvin o voy yo. Tú eliges.
Mi amiga tragó saliva, pero sacó el móvil del bolsillo de su abrigo. Tenía
los dedos temblorosos mientras las lágrimas le resbalaban por las mejillas.
Aun así, hizo la llamada.
—¿Zak? Soy Emery.
Oí su voz, pero no lo bastante alto como para distinguir lo que decía. Sin
embargo, asintió y se alejó un poco más mientras escuchaba y lloraba.
No tuvo que explicarle a Zak qué había ocurrido. Se limitó a contestar
«sí» y «no» a las preguntas que él le hizo.
Todos sabíamos qué clase de trato recibía por parte de Calvin, y Zak, el
sheriff local, no estaba al margen.
—Mierda. —Me pasé la mano por el pelo. Aún tenía el corazón
acelerado—. Debería haber hecho algo y no permitir que las cosas llegaran
a este punto.
Sasha me dirigió una sonrisa triste.
—Le has ofrecido un lugar al que venir. Es todo lo que podías hacer.
La cogí y la atraje contra mi pecho. Cuando enterré la nariz en su pelo,
aspiré el aroma dulce y fresco de su perfume.
Ella me rodeó la cara con las manos y apoyó la nariz en mi pecho, sobre
el corazón.
—Debo irme. Es mejor que os deje hablar.
—Ni se te ocurra.
La estreché con más fuerza y esperé a que Emery colgase el teléfono.
—Va a venir —anunció.
—¿Y Calvin?
A sus ojos asomó una nueva oleada de lágrimas.
—Zak va a enviar a un ayudante a buscarlo a casa.
Sería mejor que aquel hijo de perra que tenía por marido pasara la noche
en el calabozo.
—Voy a preparar un poco de té —dijo Sasha, separándose de mí.
No sabía dónde estaban las infusiones ni tampoco las tazas. No sabía que
la tetera ocupaba un sitio en el armario, junto a los vasos.
La habría seguido hasta la cocina de todos modos, solo para ayudar, pero
la mirada que me dirigió antes de alejarse fue como el tirón de una correa
que me obligó a ir tras ella.
Emery se desabrochó el abrigo y lo dejó sobre un taburete de la cocina. A
continuación, fue a la sala de estar y cogió una manta del brazo del sofá
para echársela por los hombros y acurrucarse en el amplio sillón.
Rebusqué en un armario hasta que encontré un par de bolsitas de té que
probablemente estuvieran caducadas. Como no veía ninguna fecha, puse
agua a hervir. Cuando la llama cobró vida en los fogones, apoyé las manos
en el borde de la encimera, junto a Sasha.
—¿Cómo te gusta el té? —le pregunté.
—No tomo té.
—Ya, estaba claro.
Sacudí la cabeza y solté una carcajada desprovista de humor.
Si no me hubiera obligado a ir a la cocina, habría empezado a hacerle
preguntas a Emery. Acabaría haciéndolo de todos modos, pero antes tenía
que calmarme. Sasha lo sabía y había jugado bien sus cartas.
Por eso la atraje hacia mí y la abracé con fuerza hasta que la tetera
empezó a silbar y a soltar vapor.
—Emery, ¿te apetece un té? —pregunté.
—Claro —musitó ella.
Le preparé una taza e introduje la bolsita. Luego Sasha y yo nos
reunimos con ella en la sala de estar.
Emery rodeó la taza con las manos y aspiró el vapor.
Sasha se sentó cerca de mí en el sofá y posó la mano sobre mi rodilla.
Cuando abrí la boca para hablar, ella me apretó la pierna y me clavó las
uñas con fuerza.
—Vale —susurré.
Guardaría silencio y esperaría.
O sea, que esperamos. Esperamos y esperamos. Hasta que vimos el
resplandor de los faros de un coche en el exterior. Hasta que fui a recibir a
Zak a la puerta y le estreché la mano antes de invitarlo a pasar.
—Hola, Em.
Habló con suavidad y ocupó la silla vacía. Saludó a Sasha con la cabeza
sin necesidad de palabras y se adaptó al silencio que reinaba en la sala.
Hubo un tiempo en el que Zak formaba parte del círculo de amigos
íntimos de Emery. Había una razón por la que ella no había llamado al
número de emergencias, sino a su móvil personal. Era casi diez años mayor
que yo. Estudió en el instituto con West. Sin embargo, durante un tiempo,
todos deseamos que Emery viera a Calvin como el cabrón que era.
Y que se diera cuenta de cómo la miraba Zak.
Sus ojos reflejaban dolor, pero por lo demás mantuvo una expresión
neutral. Tantos años de entrenamiento le habían enseñado cuál era la mejor
forma de acercarse a las víctimas, así que, si concederle unos minutos para
que diera sorbitos de té iba a mejorar las cosas, eso haría.
—No es lo que crees —dijo ella al fin.
Estuve a punto de hablar y decir que eso no eran más que chorradas.
Sasha volvió a clavarme las uñas en el muslo. Joder, que uñas tan fuertes
tenía.
Respiré hondo, pero mantuve la boca cerrada.
—Nos hemos peleado —empezó a decir Emery—. Últimamente ha
sido… duro.
—¿Con qué frecuencia os peleáis?
Ella se encogió de hombros.
—Varias veces a la semana. Vengo aquí y me quedo a dormir.
Zak asintió, y sacó un cuaderno y un bolígrafo del bolsillo de los
vaqueros. Se había puesto su camisa de sheriff con el cuello abotonado,
pero no había vuelto a verlo vestido de uniforme desde que era ayudante.
—¿Qué ha cambiado esta noche?
—Ha salido a tomar unas copas con Jonathan. —Calvin trabajaba como
carpintero para un constructor del pueblo. El tal Jonathan era igual de
cabrón que él, seguramente por eso se llevaban tan bien—. Ha vuelto a casa
tarde. Yo ya estaba acostada. Quería… En fin… que lo hiciéramos, y yo lo
he mandado a cascársela en la ducha.
Sasha soltó una carcajada silenciosa.
Emery la miró con una discreta sonrisa que se esfumó enseguida.
—Hemos empezado a discutir. Por el dinero. Por el sexo. Porque nunca
vamos a Tulsa a ver a mis padres. Por lo mal que me habla su madre. Por
todo. Siempre pasa igual. Damos vueltas y vueltas a esos temas, y no
cambia nada. Así que le he dicho que se había acabado.
¿Lo decía en serio? ¿Era cierto, por fin? Ya me lo había dicho otras
veces, pero Calvin siempre conseguía que volviera con disculpas y
promesas de que iba a cambiar. Sin embargo, todo seguía igual.
—He hecho la maleta, él me ha seguido hasta el vestidor y ha empezado
a acusarme de haberle puesto los cuernos.
—¿Con quién? —preguntó Zak.
—Con Jax.
Emery mantuvo los ojos fijos en Sasha, como si, de algún modo, se
hubiera convertido en la persona que ofrecía más seguridad de esa sala. Y
quizá lo fuera.
Ella también la miró, como brindándole esa seguridad de buen grado.
Me entraron ganas de besarla por ser su amiga. Más tarde lo haría.
—Juro que no hay nada entre Jax y yo —dijo Emery—. Nada de nada.
Aunque sé que es raro que mi mejor amigo sea un hombre. Seguramente, te
resulte extraño verme por aquí con tanta asiduidad. Lo entiendo.
Comprenderé que te haga sentir incómoda y que necesites que pasemos
menos tiempo juntos.
—No me molesta —contestó Sasha.
Respondió mirándola a los ojos. Sin alzar la mirada al techo. Era verdad.
—Gracias —dijo Emery, sorbiéndose la nariz y enjugándose los ojos.
Cuando sus dedos rozaron la marca roja de la mejilla, se estremeció—.
Besé a Jax una vez, cuando teníamos trece años. Fue asqueroso. No me
quedó ningún deseo de repetir la experiencia.
Sasha sonrió, y eso descargó un poco la tensión de sus hombros. Quizá
también necesitaba oírlo de boca de Emery.
—Le he explicado a Calvin que no hay nada entre Jax y yo, pero no me
ha creído. Ha seguido gritando. Aún estábamos en el vestidor, y sus gritos
eran cada vez más fuertes.
Apreté los puños, pero mantuve la boca cerrada.
—Le he dicho que se apartara. No lo ha hecho. Le he empujado, he
salido del cuarto y casi he llegado a la puerta del garaje, pero me ha cogido
por el brazo. Me he apoyado en la pared, pero él seguía gritando. —Emery
cerró los ojos, y le tembló la barbilla—. Estoy harta de tanto grito.
Zak apretó la mandíbula mientras iba haciendo anotaciones en su
cuaderno.
—¿Y luego?
—Ha empezado a gritarme a la cara. Tenía las manos apoyadas a lado y
lado de mi cabeza, como para inmovilizarme. Cuando le he dicho que
quería el divorcio, ha echado el brazo atrás con la intención de darle un
puñetazo a la pared, pero me he movido al mismo tiempo y me ha rozado la
mejilla con el puño antes de estamparlo en el yeso. Ahora hay un boquete.
—¿Crees que ha querido pegarte? —preguntó Zak.
—No, no lo creo. Quería asustarme. En cuanto ha visto lo que ha hecho,
ha retrocedido y ha empezado a disculparse y a llorar. Te prometo que ha
sido un accidente. No ha intentado detenerme cuando me he ido.
Daba igual que hubiera sido un accidente. Calvin no debería haberla
inmovilizado en el sitio. Y nunca debería haber intentado asustarla.
—¿Qué va a pasarle? —le preguntó Emery a Zak.
—He enviado a un agente a su casa para que lo detenga mientras yo
venía hacia aquí. Cuando vuelva al pueblo, estará esperándome en
comisaría.
Ella asintió y bajó la mirada a la taza.
—No voy a presentar cargos. Ha sido un accidente.
—¿Qué?
Mi voz destilaba veneno.
Por fin, Emery me miró a los ojos.
—Es la verdad, Jax. Tengo la intención de dejarlo. Y voy a pedir el
divorcio. Pero no pienso enviarlo a la cárcel.
Zak dejó caer los hombros, tal vez por alivio o porque se sentía
derrotado.
¿Qué pasaría cuando Calvin volviera a disculparse y le suplicara otra
oportunidad? Si lo que Emery decía era cierto y no había querido golpearla,
¿qué ocurriría en la siguiente pelea, cuando decidiera que no le bastaba con
dar puñetazos a la pared?
—Esto es bueno —opinó Emery.
—¿Por qué coño dices que es bueno? —solté, furioso.
—Porque si no, no lo dejaría —musitó—. Y los dos lo sabemos.
—A veces necesitamos que ocurra algo malo para cambiar —afirmó
Sasha.
La forma en que lo dijo hizo que se me erizara el vello de la nuca. Daba
la impresión de que hablaba por experiencia. Como si hubiera sobrevivido a
lo peor. No se refería a la muerte de sus padres, ¿verdad?
—No volveré con él jamás, lo prometo. —La voz de Emery era férrea.
No le había oído tanta determinación desde hacía mucho tiempo—. ¿Puedo
ocupar tu habitación de invitados de forma provisional? —me preguntó—.
Solo hasta que todo esto se resuelva.
—Claro.
Emery se volvió hacia Zak, y su mirada se suavizó.
—Gracias.
—De nada.
Él se levantó y agitó la mano para despedirse. Después salió de la sala,
dispuesto a desaparecer. No obstante, se detuvo junto a la silla de Emery y
estiró el brazo, como si quisiera cogerla, pero enseguida lo bajó y se dirigió
a la puerta.
Lo seguí y le estreché la mano antes de que abandonara la casa. Luego
cogí el bolso que Emery había dejado junto a los zapatos.
Cuando regresé, la encontré doblando la manta y a punto de meter la taza
en el lavavajillas.
Dejé sus cosas sobre la isla de la cocina para ir hasta el congelador y
sacar el paquete de sirope de maíz del que quedaba una cuarta parte. Era un
truco que me había enseñado la abuela. El sirope se enfriaba, pero no se
solidificaba, y funcionaba mucho mejor que el hielo para aplicarlo sobre un
golpe.
—Gracias —dijo cuando se lo di—. Me voy a la cama.
—Buenas noches. —Cogió el bolso, dispuesta a desaparecer, pero se
detuvo y me asaltó con un abrazo—. Lo siento.
—No te disculpes. ¿Estás bien?
—No, pero vuelve a preguntármelo mañana. —Bajó la voz hasta
convertirla en un susurro—. Me cae bien Sasha.
—A mí también.
—No la pierdas, ¿de acuerdo?
Miré por encima de su cabeza y me encontré con que los bellos ojos de
Sasha me estaban esperando.
—Ese es el plan.
18

Sasha

El agotamiento me pesaba como si sujetase una tonelada sobre los hombros.


Me dolían los pies y se me cerraban los ojos. Abrí mucho la boca para
bostezar. Tuve que hacer acopio de todas mis fuerzas para aparcar el coche
y abrir la puerta.
Daba igual que fueran solo las cinco y media. Pensaba devorar lo primero
que encontrara en la nevera y meterme en la cama de inmediato.
Con la bolsa del trabajo colgada al hombro, fui hasta la puerta y entré en
la casa.
Había alguien en mi cocina.
—¡Ah! —grité, y el agotamiento se esfumó en un abrir y cerrar de ojos.
Había alguien en mi cocina. ¿Por qué?
—Hola. —Emery me dirigió una sonrisa de disculpa mientras se secaba
las manos con un trapo—. Lo siento, no pretendía asustarte.
—Hola —dije arrastrando la voz mientras me llevaba una mano a mi
acelerado corazón, y luego miré alrededor para asegurarme de que estaba en
mi casa, no en la de Jax.
Pues sí. Estaba en mi casa.
—No te has fijado en el Jeep aparcado fuera, ¿verdad?
—¿Eh? —Me volví para asomarme a la ventana. Pues claro, ahí estaba
—. Ah.
En serio, necesitaba meterme en la cama. Si un coche tan grande me
había pasado desapercibido, temí hacer algo que pudiera perjudicar
gravemente a mi salud.
La noche anterior, después de que Emery se retirara a la habitación de
invitados, Jax y yo nos fuimos a la cama, pero ninguno podía dormir.
Dimos vueltas durante horas, hasta que me di por vencida y me acompañó a
la cabaña para que pudiera arreglarme e ir a trabajar.
—¿Cómo te ha ido el día? —preguntó.
—Bien. —Me quité los zapatos de una patada y me acerqué a la isla de la
cocina, en la que percibí olor a vainilla, azúcar y chocolate. Sobre la
encimera había una rejilla con cookies enfriándose, y el fregadero estaba a
rebosar de cuencos y espátulas.
—¿Te apetece una? —preguntó Emery.
—¿De qué tipo? —Un momento. Esa no era la pregunta que debería
hacer—. ¿Por qué estás en mi casa?
Ella se limitó a sonreír y sacó un plato en el que puso dos, aún calientes.
—Me parece que hay algo por lo que debo felicitarte.
—Ah. —¿Era ese el motivo de las galletas?—. Sí.
—Jax me lo ha dicho hace un rato.
Emery era la segunda persona que me daba la enhorabuena ese día. Tal
como Jax me había advertido la noche anterior, Indya había aparecido en mi
despacho a primera hora con un ramo de rosas.
La lista de personas que sabían lo del bebé iba aumentando, pero yo aún
no se lo había dicho a nadie. Las únicas veces que reconocí en voz alta que
estaba embarazada fueron cuando se lo dije a Jax y en la consulta de la
doctora, durante la primera visita. Por lo demás, durante meses, esas
palabras no habían salido de mi boca.
Debería sentirme culpable por dejar solo a Jax para dar la noticia. Pero
yo tendría que ocuparme de decírselo a Eddie, y eso ya sería bastante
difícil. Si él quería anunciarlo a voces en el complejo, no pensaba
impedírselo.
—Es una niña, ¿verdad? —preguntó Emery—. Jax me ha dicho que la
llamaréis Josephine.
Asentí.
—Como mi madre.
—Qué bonito.
Un destello de tristeza cruzó su semblante, pero lo disimuló rápidamente
y cogió una cookie para comérsela.
Me llevé una a la boca; gemí cuando el chocolate se derritió en mi
lengua. A la porra con la cena. Me comería algunas galletas y me
desmayaría por coma diabético.
—¡Qué ricas están!
—Gracias.
—¿Cómo te encuentras?
—Bueno. —Encogió un hombro—. Mejor que anoche.
En su bello rostro había aparecido un hematoma. Y Jax temía que se le
pusiera el ojo negro, si bien, por el momento, la única evidencia de lo
sucedido la tarde anterior estaba en su mejilla.
—¿Has hablado con él?
Asintió.
—Jax me ha acompañado al pueblo para coger cuatro cosas de casa. Lo
he llamado y le he pedido que no estuviera allí. Él me ha dicho «Hola», y
luego «Vale». Y ya está. Dos palabras.
¿Eso era bueno? ¿Malo? Emery tenía la voz inexpresiva, por lo que no
pude deducirlo por su tono.
—Ya está hecho. —Me dirigió una sonrisa triste—. Esta mañana he
hablado con un abogado.
—Lo siento.
Ella volvió a encogerse de hombros justo cuando sonó el temporizador
del horno.
Mientras corría hacia allí para sacar la siguiente tanda de galletas, me
deslicé por el pasillo hasta llegar al dormitorio, muerta de ganas de
quitarme los vaqueros que había llevado todo el día.
A pesar de que había tenido que pasar una goma por el ojal y asegurarla
al botón para darle amplitud a la cinturilla, seguían siendo cómodos. Me
subí el jersey, a punto de desabrochar el elástico, pero en cuanto puse los
pies en el dormitorio me quedé helada.
Oí la voz de pánico de Emery procedente de la cocina.
—¡Sasha, espera!
No esperé. Entré en el vestidor.
Los jerséis y las blusas que había colgado en las perchas semanas atrás
habían desaparecido. Los pantalones que había doblado y colocado en los
estantes tampoco estaban. Los pares de zapatos bien dispuestos brillaban
por su ausencia.
—Mierda. —Emery entró volando—. Jax está de camino. Se suponía que
tenía que entretenerte mientras tanto.
—¿Entretenerme? ¿Para que no viera esto?
Señalé el vestidor vacío. Bueno, no del todo. En el suelo había cuatro
maletas sin deshacer.
Ella me miró con otro gesto de disculpa exagerado.
—Lo siento. Fue idea suya.
—¿El qué? ¿Cambiar mis cosas de sitio?
Me volví para examinar la habitación. Mi bálsamo de labios había
desaparecido de la mesilla, junto con el cargador del móvil. Tampoco vi mi
almohada sobre la cama. Tras echar un primer vistazo al cuarto de baño, me
di cuenta de que mis productos de higiene personal y el cepillo de dientes
del tocador habían sido sustituidos por tres abultados neceseres de viaje.
—Jax. —Me pellizqué el puente de la nariz—. ¿En serio piensa echarme
de esta casa?
—Sí.
Miré la cama y deseé trepar bajo el cálido edredón. Pronto lo haría. Pero
antes tenía que estrangular a un hombre.
—Nunca lo había visto así —confesó Emery—. Siempre huye del
compromiso. Ya le pasaba cuando éramos jóvenes y salía con Robin. Creo
que si aguantó tanto tiempo con ella fue porque sabía que el día que lo
dejara se montaría un drama, así que esperó a llegar a la universidad, lejos
de los chismes del pueblo. Nunca se comportó como si la cosa fuera a durar.
Y, desde entonces, siempre ha puesto punto y final a las relaciones. Excepto
contigo.
—Es por el bebé —dije.
—No, no lo es. —Emery sacudió la cabeza—. Es por ti.
¿En serio era por mí? ¿Deseaba yo que lo fuera?
Sí, joder. Quería compartir mi vida con Jax. Llevaba deseándolo más
tiempo de lo que estaba dispuesta a reconocer. Y, después de la pasada
noche, no habría vuelta atrás. No habría modo de olvidarlo.
Se me hizo un nudo en el estómago.
¿Qué estábamos haciendo? No podía pedirle que fingiera que no había
ocurrido. Era imposible pedírselo por segunda vez, y menos después de una
noche así. Y tampoco yo sería capaz de hacerlo.
Pero si me rompía el corazón —cuando me lo rompiera—, si nos
hacíamos daño, nuestra pequeña estaría atrapada en medio.
Además, no pensaba quedarme allí. Yo no estaba hecha para la vida en
Montana. La idea de tener que sobrevivir a otro crudo invierno provocó que
se me revolvieran las tripas. Pero ¿cómo iba a marcharme? ¿Cómo podía
llevarme de allí a la hija de Jax?
Era incapaz de pedirle que dejara el rancho o que se alejara de su familia.
Y, por descontado, yo por nada del mundo pensaba vivir lejos de mi
Josephine.
Ahí estaba, atrapada. Atrapada del todo durante los siguientes dieciocho
años.
Era el final, ¿verdad? Si no iba a pedirle a Jax que se trasladara y yo no
pensaba separarme de nuestra hija, no tendría más remedio que quedarme
allí.
Viviría en Montana.
Ay, Dios.
Noté que el corazón se sumía en un ligero descenso, como una pluma
cayendo al suelo. A partir de ese momento, viviría en Montana.
¿No tendría que estar disgustada? No lo estaba, pero tampoco daba saltos
de alegría. Quizá eso llegara tras ocho o diez horas de sueño.
Ajá. Montana era el último lugar en el que me imaginaba viviendo. ¿Qué
diría Eddie?
—¿Sasha? —Emery me puso una mano en el brazo—. ¿Estás bien?
¿Lo estaba?
—No lo sé.
—Sasha.
La voz de Jax me llamó desde la sala de estar.
Tragué saliva y pestañeé tratando de enfocar el mundo que me rodeaba.
Después salí con paso firme de la habitación y fulminé a Jax con la mirada.
—Antes de que me arranques la cabeza —levantó las manos—,
escúchame.
Me detuve frente a él y me crucé de brazos.
—Te escucho.
—Es temporal. Emery y yo acabaremos matándonos si tenemos que vivir
bajo el mismo techo muchos días seguidos. Es un desastre.
—¡Oye! —protestó Emery, situándose detrás de mí.
Jax levantó la barbilla para señalar cómo estaba la cocina después de que
Emery horneara las galletas.
—Claro —masculló, y cogió una cookie de la encimera antes de alejarse
por el pasillo—. Seguramente, porque he tenido que sacar sus cosas de mi
dormitorio.
—¿Qué te hace pensar que tú y yo podremos vivir juntos? —pregunté.
—¿Y qué te hace pensar que no podremos?
—No respondas a mis preguntas con otra pregunta. —Intenté evitar un
bostezo, pero no lo conseguí—. ¿Cómo sabes que no nos saltaremos a la
yugular?
Él se agachó y situó los labios a pocos centímetros de los míos antes de
desplazarlos por el mentón y detenerse en el cuello.
—A la yugular no sé, pero al cuello sí.
Lo dijo con un susurro que se transmitió a mi piel y me provocó un
cosquilleo en la espalda. Contuve la respiración. «Mierda».
—No, Jax. No es buena idea.
—Es temporal.
Temporal. Como una fiesta de pijamas. Noche. «Dormir». Necesitaba
dormir. Por esa noche, me daba igual dónde. Solo necesitaba una manta y
una almohada. Al día siguiente, cuando no estuviera tan agotada, ya
discutiría con Jax sobre el traslado de mis cosas.
—Muy bien —mascullé.
Una risa grave resonó en mi oído antes de que Jax me diera un beso en la
mejilla, se levantase, me cogiera de la mano y tirase de mí hacia la puerta.
—Buenas noches, Em.
—¡Buenas noches! —respondió ella desde el dormitorio.
—¿En serio has cogido todas mis cosas? —pregunté mientras nos
calzábamos los zapatos y las botas, respectivamente.
—Sí. —Sonrió y abrió la puerta—. Incluso el colchón hinchable.
Puse los ojos en blanco a la vez que salíamos hacia su casa.
—Con cinco viajes de ida y vuelta he tenido bastante. Hablabas en serio
cuando decías que no tenías muchas cosas.
—Sí, me gusta ir ligera de equipaje —bromeé. No estaba segura de que
fuera así. Nunca había viajado. El traslado de California a Montana fue el
viaje más largo que había hecho desde el instituto—. Era más fácil venir
aquí si no tenía que arrastrar muchos trastos conmigo. Y no necesito gran
cosa.
No podía permitirme gran cosa.
California era un lugar caro. Mi sueldo de entonces bastaba para cubrir
los gastos de manutención, pero me daba la impresión de que cada vez me
sobraba menos. No tenía ahorros, y mis padres no eran personas adineradas.
Lo que heredé ni siquiera sirvió para cubrir los gastos del funeral.
Jax no me soltó la mano durante el camino, y aminoró el paso para
adecuarse al mío.
—Te lo advierto. Hoy he tenido una reunión con Indya y West, y ella
piensa dar una fiesta por lo del bebé. Indya no sabe celebrar nada si no es
por todo lo alto, y eso incluye regalos.
Gruñí.
—¿No será raro? Es mi jefa.
—Nuestra hija será su sobrina, y piensa mimarla.
Por el bien de mi hija, me alegraba de que su familia la mimara.
Me detuve en seco.
—¿Qué pasa? —preguntó Jax, frunciendo el ceño, y también se paró.
Familia. Mi hija tendría familia.
Tíos. Primos. Abuelos.
Padre y madre.
Tendría todo lo que me había faltado durante diez años. Todo lo que en
realidad importa.
Qué suerte tendría esa niña mía. «Mía».
No estábamos solas. Yo no estaba sola. Y vivíamos en Montana.
Brotaron lágrimas, ya fuera por las hormonas, por el cansancio o por
alguna de las revelaciones trascendentales que había tenido en un solo día.
Todo ese tiempo me había centrado en el hecho de que estaba
embarazada. Había pasado innumerables horas enterándome de lo que
podía esperar en cada trimestre. De los cambios que experimentaría mi
cuerpo. De lo que ocurriría cuando me pusiera de parto.
La información era aterradora. Me había centrado tanto en todo lo que
me asustaba que no me había molestado en echar un vistazo al futuro.
No había pensado en todo lo que tendría mi niña.
Ni en todo lo que me daría.
—Eh.
Jax me posó las manos en la cara y las deslizó por mi pelo.
—Lo siento —balbucí, y me sorbí la nariz mientras él me enjugaba los
ojos—. Ha sido un día muy largo. Estoy sensible y cansada, y lloro por
todo.
—Pues llora, preciosa.
Me besó en la frente y me atrajo contra su pecho.
Era peligroso que me apoyara en él, pero lo hice, y enterré la nariz en su
camisa hasta que dejé de sentir el escozor de las lágrimas.
—Estoy mejor.
Estudió mi rostro para asegurarse de que no mentía, y acercó sus labios a
los míos para darme un beso. Uno que me daba la bienvenida y me pedía
que no llorara.
Empezó muy despacio, con suavidad, pero la intensidad aumentaba a
cada latido. Hasta que nos acaparó y el resto del mundo se convirtió en una
simple nebulosa.
No había prisa en los movimientos de sus labios y su lengua. Ese beso no
era el preludio de nada. Jax no estaba besándome para pasar a algo más.
Daba la impresión de que estaba adquiriendo la naturalidad con que lo
haría durante el resto de mi vida. Fue un beso largo y lánguido. Aun así,
terminó demasiado pronto mientras mi mundo volvía a girar.
Jax me dirigió una sonrisa sencilla y cariñosa cuando nos separamos.
—¿Tienes hambre?
Qué pregunta tan simple. Como si las cosas no hubieran dado vueltas y
más vueltas, poniéndose del revés cada dos por tres.
Quizá algún día me acostumbraría a que mi mundo girara de ese modo, e
incluso acabaría gustándome.
Quizá ya me gustaba un poquito.
—¿Me harías un favor? —le pregunté.
—Si vas a pedirme que esta noche duerma en el colchón hinchable, la
respuesta es un no rotundo.
Me eché a reír.
—No es eso. ¿Te acuerdas de tu promesa de hacer que me enamorara de
Montana?
—Sí.
—Pues necesito que la cumplas.
Antes de que naciera la niña. Antes de octubre.
Su sonrisa se volvió más amplia mientras me cogía de la mano, pero, en
lugar de llevarme dentro, cruzamos el césped que separaba la casa y la
cabaña.
Más allá, los prados eran verdes y exuberantes. Las lluvias constantes del
mes de abril se fueron espaciando a medida que entrábamos en mayo. Cada
mañana, las gotas de rocío relucían sobre la hierba, hasta que a mediodía el
sol las hacía desaparecer.
Tras caminar unos minutos, Jax se detuvo y se agachó a coger una blanca
florecilla silvestre, con cuyos pétalos me acarició la sien trazando una línea
descendente.
—Cierra los ojos.
—Vale —obedecí—. ¿Ahora qué?
—Respira.
—¿Y ya está? —Abrí un ojo—. ¿Ese es tu gran plan?
—Cierra los ojos, mujer.
Volví a cerrarlos con una sonrisa. Y respiré.
Inhalé y exhalé. Varias veces. Con cada inhalación, el aire entraba
despacio y me ensanchaba los pulmones. Cada exhalación alejaba el estrés
de la noche anterior y el ajetreo de la jornada de trabajo.
Un pájaro entonó una melodía al pasar volando sobre nosotros. En la
distancia, se oían los mugidos del ganado. El viento hacía crujir las hojas en
la arboleda cercana.
Cada vez que respiraba, el contacto de mis pies con la tierra era más
profundo, como si estuviera hallando mi centro. Un equilibro que no había
sentido en años.
O quizá era que mis pies estaban echando raíces.
—Sigue respirando, cariño.
Cariño. Nena. Cielo. Preciosa. Corazón.
Jax no se dirigía a mí con un único apodo cariñoso, sino con todos. Daba
la impresión de que los usaba según su estado de ánimo. «Cariño» para los
momentos en que estábamos hablando. «Cielo» si quería ser dulce
conmigo. «Nena» para cuando estábamos en la cama.
—Huele bien, ¿verdad? —musitó.
—Sí.
Olía a primavera. Y a nuevos comienzos.
El aire me resultaba relajante. Sentía el calor del sol en la cara. Volví a
bostezar, incapaz de contenerme.
El contacto de sus labios en mi frente me hizo abrir los ojos.
—Vamos dentro —dijo.
—Vale —contesté con otro bostezo.
Debería haberme parecido raro entrar en su casa después de que
trasladara mis cosas sin permiso. Tendría que haber sido un momento
extraño, sobre todo porque había pasado muy poco tiempo allí. Pero… no
lo fue.
Hice todo lo que tenía pensado hacer en mi casa. Encontré mis prendas
en su armario, de modo que me quité los vaqueros y me puse mi chándal
favorito. Asalté la nevera y encontré unas sobras de lasaña que emplaté y
calenté para ambos.
Cuando hube devorado la cena, fui al cuarto de baño contiguo al
dormitorio de Jax, y allí encontré mis productos de aseo personal en el
primer cajón y mi cepillo de dientes colgado al lado del suyo.
Me lavé la cara. Me recogí el pelo. Trepé a la cama con la seguridad de
que Jax se reuniría conmigo cuando estuviera preparado. Y, mientras me
quedaba dormida, intenté no entrar en pánico porque Jax se había asegurado
de dejar algo muy claro, diciéndolo no una vez, sino dos.
«Temporal».
Esa situación era solo temporal.

Eddie:
Ojalá no nos hubiéramos mudado. Todo cambió cuando lo hicimos. Estaba desesperada por
comenzar de cero, pero fue un error. ¿Cuándo empecé a tomar malas decisiones? En aquel
momento, me pareció una buena idea. Pero ahora, al echar la vista atrás, veo que tendríamos
que habernos quedado donde estábamos. Aunque nos peleáramos. Aunque estuviéramos hartos
el uno del otro. Aunque todos los días fueran muy duros. Ojal? no nos hubiéramos mudado.

S.
19

Sasha

Jax llevaba puesto el sombrero de vaquero mientras conducía la camioneta


con la muñeca apoyada en el volante. El sol entraba por el parabrisas e
iluminaba los ángulos de su mentón cincelado.
No se parecía en nada a la oscura noche de la fiesta de invierno, pero no
pude quitarme de encima la sensación de déjà vu mientras cruzábamos el
rancho hasta el complejo.
—¿Qué pasa?
Él me miró y esbozó aquella sonrisita suya.
—Nada.
—Embustera.
Extendió el brazo sobre la consola central y me cogió la mano del regazo
para sostenerla entre ambos.
—¿Me estabas observando, Vaughn?
—Puede ser.
Su sonrisa se amplió.
—Bien.
Me sonrojé, aparté la mirada y, sonriente, contemplé el paisaje por la
ventanilla. No era normal que sonriera tanto, y menos tratándose de mí.
Pero no podía evitarlo.
Jax y yo nos habíamos acomodado a una rutina fácil durante las últimas
dos semanas. Demasiado, teniendo en cuenta que aún nos estábamos
conociendo. Pero no había otra palabra para describirla.
No me fiaba de las cosas fáciles, no esperaba que duraran.
Pero, por el momento, lo estaba disfrutando, aunque fuera un poco. Hasta
que se terminara.
Vivir con Jax no resultó tan complicado como había imaginado.
Sincronizamos nuestros hábitos a la perfección. Nos duchábamos juntos.
Comíamos juntos. Dormíamos juntos. Y el sexo… Dios. Lo hacíamos a
todas horas. Y lo anhelaba hasta el punto de que no podía pensar en nada
más.
Desplacé de nuevo la mirada a su lado de la camioneta y lo observé hasta
que noté el calor que se abría paso entre mis muslos.
—Si sigues mirándome así, llegaremos tarde.
—No tendrías que haberte puesto ese sombrero.
Me mordí el labio inferior cuando él cambió de posición y usó la otra
mano para recolocarse la polla.
—Luego. —Levantó nuestras manos entrelazadas, se llevó mi muñeca a
los labios y me mordisqueó la piel. A continuación, dio un pequeño gruñido
que ahuyentó el deseo y la frustración cuando el edificio principal apareció
ante nuestros ojos—. ¿A quién se le ha ocurrido esta idea?
—A ti —reí, y retiré la mano para asegurarme de que tenía bien puesto el
cuello de la camisa.
Lo estaba cuando me vestí, pero luego Jax lo había apartado para
besarme el escote mientras me ayudaba a subir a la camioneta.
Abrí el espejo de parasol para comprobar que el color de mis mejillas
pareciera producto del colorete, no del orgasmo con el que Jax me había
obsequiado antes de salir.
—Mierda —mascullé.
—¿Qué pasa?
Señalé el espejo.
—Parece que acabemos de hacerlo.
—Es que acabamos de hacerlo.
—Pero no hace falta que se note justo antes de un evento de trabajo.
Él se echó a reír.
—Es solo la barbacoa de los sábados.
—Con mi jefa, mis empleados y un montón de huéspedes esperando. —
Le lancé una mirada ceñuda y, después, me recoloqué el pelo—. Todo el
mundo sabrá que entre tú y yo hay… algo.
¿Qué había? ¿Una relación de pareja? ¿Una aventura? Yo no era de las
que mantenían relaciones tan poco definidas. Pero me daba miedo
preguntárselo.
O lo nuestro era algo informal o iba en serio. Y ambas opciones me
parecían aterradoras. Por eso me limitaba a permanecer en ese limbo.
—Siento tener que decirte esto, cariño. Pero todo el mundo sabe que
entre tú y yo hay… algo. —Lo dijo entre dientes, y eso me dejó entrever
que tampoco él se sentía cómodo en ese terreno de nadie—. No es un
secreto que estás embarazada ni tampoco que vivimos juntos.
—Temporalmente, ¿no?
—Sí, temporalmente.
El corazón se me encogía cada vez que oía esa palabra, aunque no tenía
ni idea de lo que duraría esa solución «temporal». Emery parecía contenta
en la cabaña, y Jax no quería que tuviera prisa por marcharse.
Esas dos últimas semanas las había pasado bastante sola. Todas las
mañanas cogía el coche para ir al pueblo a trabajar y volvía al anochecer.
Había contratado a un abogado para que se ocupara del divorcio, y estaba
buscando casa en el pueblo. Pero las cosas llevaban su tiempo, y solo
habían pasado quince días.
Nadie iba a meterle prisa para que afrontara de golpe cambios tan
importantes. Y a mí no me molestaba pasar las noches en la cama de Jax.
El aparcamiento del edificio principal estaba a rebosar, así que tuvimos
que dejar la camioneta en un extremo. En cuanto bajamos, inspiré aquel aire
del mes de junio mientras notaba la calidez del sol en la cara.
Desde que Jax me había llevado a aquel prado de detrás de su casa, sentía
que respiraba de otro modo. Más hondo. Con mayor conciencia. Dejaba que
el aire me llenara los pulmones, lo retenía un momento y me deleitaba con
esa sensación.
El aire de Montana era muy fresco. Limpio. Casi tan adictivo como Jax.
—¿Lista? —preguntó cuando enfilamos el camino hacia el edificio
principal.
—No es mi primera barbacoa, ¿sabes?
—Lo sé.
Me cogió la mano y la rodeó con fuerza.
—Jax —le advertí mientras intentaba soltarme—. Es un evento de
trabajo.
—Es un evento familiar, Sasha —me corrigió sin dejar de sonreír, aunque
tensó la mandíbula—. La fogata de los sábados es un momento familiar. Si
de lunes a viernes quieres fingir que no somos nada, allá tú. Pero los
sábados seremos auténticos.
Un momento. ¿No éramos nada? Quizá no sabía cómo definir esa
relación, pero no diría que no éramos nada.
—Yo no finjo que no somos nada.
—Pues haz el favor de darme la mano.
La entrelacé con la suya.
Su expresión disgustada se desvaneció en cuanto me miró, y sacudió la
cabeza como si estuviera a punto de decir algo más, pero guardó silencio
mientras rodeábamos el edificio principal y pasábamos junto al bungalow
Colmillo de Oso de camino al patio.
Las voces y las risas nos dieron la bienvenida junto al olor del humo de la
fogata y la carne asada. La gente se arremolinaba en el espacio abierto,
interactuando mientras tomaba cócteles, champán o alguna cerveza.
Por el número de asistentes, daba la impresión de que la mayor parte de
los huéspedes habían llegado esa misma noche.
Indya y West estaban hablado con una pareja de Texas que estaba allí
desde el día anterior. Cuando ella me vio, sonrió de oreja a oreja y agitó la
mano para indicarnos que nos acercáramos.
Sin embargo, antes de que tuviéramos tiempo de sumarnos a ellos, los
gemelos aparecieron de la nada, se pegaron a las piernas de Jax e hicieron
que se tambaleara sobre los talones.
—¡Tío Jax, tienes que ver esto!
Kade le cogió la mano libre y tiró de él con todas sus fuerzas.
Jax se echó a reír.
—¿Qué es lo que tengo que ver?
—Antes hemos ido a pescar. —Kohen estaba sin aliento, como si hubiera
corrido durante una hora entera. Aferró a Jax por la muñeca y tiró de él
junto a su hermano—. Y Reid preparará nuestro pez para cenar. Tienes que
ver lo grande que es antes de que lo corte.
—Vale, vamos a verlo.
Me guiñó el ojo y me soltó la mano. Se dirigieron al foso de la hoguera
mientras yo me acercaba a Indya y saludaba a mi jefa y a los huéspedes.
Tanto si Jax lo veía de ese modo como si no, lo de esa noche era un
evento de trabajo, así que fui de grupo en grupo, asegurándome de que todo
el mundo lo estuviera pasando bien. El personal de cocina se apostaba tras
la barra de hamburguesas y los camareros se paseaban por el patio con
bandejas de aperitivos.
Jax dejó a los gemelos para atender a los huéspedes, y, tal como había
ocurrido la noche de la fiesta de invierno, sus ojos me estaban esperando
cada vez que los descubría entre la multitud. Finalmente conseguimos
reunirnos justo cuando un músico local comenzó a tocar la guitarra en la
otra punta del patio.
—¿Tienes hambre? —preguntó, y me dio un vaso de agua con gas.
—Sí.
La mayoría de los huéspedes habían dejado de hacer cola.
—Ahí está mi padre.
Señaló con la barbilla a Curtis cuando este cruzó la puerta trasera del
edificio principal.
—Buenas noches, hijo. Hola, Sasha.
Curtis se acercó con una sonrisa y la mano extendida para estrechar la de
Jax. Yo esperaba que hiciera lo mismo conmigo, pero antes de que me diera
cuenta, me envolvió en un abrazo.
—Ho… hola.
Por un momento no supe qué hacer con los brazos, y al final los posé en
sus costados para abrazarlo también.
Curtis me estrechó fuerte, más que a Jax. Antes de soltarme, me dio un
último apretón en los hombros.
Era un gesto que me resultaba familiar, aunque nadie lo había hecho en
una década. Era el típico abrazo de padre.
Se me había olvidado lo mucho que extrañaba los abrazos de mi padre.
La emoción y el recuerdo me aferraron la garganta. Pero no pensaba
llorar delante de los huéspedes, así que tragué saliva y, cuando Curtis me
soltó, dejé que Jax me atrajera hacia su lado. Me apoyé en él hasta que
recuperé el equilibrio.
—Ahora que ya no es un secreto, supongo que por fin puedo felicitaros
—dijo Curtis—. Tengo un amigo que se dedica a la carpintería por encargo.
Me gustaría que…
Lo que fuese que iba a decir quedó interrumpido cuando Lily apareció a
su lado.
Jax se tensó de pies a cabeza.
Tuve que esforzarme por no poner mala cara.
Curtis abrió los ojos como platos al ver a su exmujer, claramente
sorprendido de que se hubiera acercado tanto.
—Ah, hola, mamá. —West vino con Indya, y ambos intercambiaron una
mirada—. No sabía que ibas a venir esta noche.
Ella se encogió de hombros.
—He quedado con Tara más tarde. Tiene que ponerme al día de su
relación con Reid.
—Justo íbamos a por una hamburguesa —terció Indya—. ¿Quieres venir
con nosotros?
Era evidente que trataba de alejarla de Jax o de Curtis; quizá de los dos.
Lily también lo captó, y un destello de dolor cruzó su expresión antes de
asentir.
—Me apetece muchísimo.
West le ofreció el brazo a su madre, dispuesto a acompañarla. Pero, antes
de alejarse con él, Lily miró a Jax con una sonrisa triste.
—Me alegro de verte. Y a ti también, Sasha. ¿Cómo te encuentras?
—Bien, gracias.
Por mucho que me disgustara la forma en que había tratado a Jax, mi
madre se hubiera revuelto en su tumba si no le hubiese respondido con
amabilidad.
—Estupendo. Es una maravillosa noticia. —Nos miró de forma
alternativa—. West me ha dicho que es una niña, ¿verdad?
—Sí —asentí, y a Jax se le hincharon las fosas nasales.
—Felicidades. —Le dirigió otra sonrisa y, a continuación, se volvió hacia
Curtis—. Hola, Curtis.
—¿Hola, Lily?
Pronunció el saludo como una pregunta. Pestañeó varias veces y se la
quedó mirando boquiabierto mientras ella se cogía del brazo de West y se
alejaba.
—¿Qué narices le pasa? —masculló Jax.
Curtis se había quedado pálido.
—Iba por mí, ¿verdad? ¿Es a mí a quien ha saludado?
—Sí —dije—. ¿Por qué te sorprende?
—Necesito una copa —soltó Curtis, y se abrió paso en dirección al bar.
—Vaaale… ¿Qué está pasando? —pregunté a Jax.
Él desvió la mirada hacia donde Lily esperaba en la cola junto con Indya
y West.
—Lleva más de una década sin dirigirle la palabra. No le hablaba para
nada.
—¿En serio?
—Sí. ¿Cuánta hambre tienes?
Estaba famélica.
—No mucha.
—¿Te importa si nos vamos a casa?
—En absoluto.
Lo cogí de la mano y nos escabullimos hacia el interior del edificio
principal sin despedirnos.
Anduvo deprisa hasta la camioneta; demasiado rápido incluso para mí.
Pero le seguí el paso, y esa vez fui yo la que le aferré la mano para que no
pudiera soltarse.
No dijo ni una palabra cuando nos subimos al coche y lo sacó del
aparcamiento para alejarse del complejo. También condujo más rápido de lo
normal; la camioneta saltaba y daba tumbos sobre el terreno.
Hasta que no estuvimos junto a la última arboleda del camino hacia su
casa, no levantó el pie del acelerador. Dejó caer los hombros, soltó un largo
suspiro y aminoró la marcha hasta que casi nos detuvimos.
—Lo siento. Ha sido… raro —dijo.
—No pasa nada.
Jax pisó el freno para detener el vehículo. Estábamos en mitad de la
carretera que llevaba a su casa. Si era allí donde quería hablar, lo
escucharía.
—Ya te expliqué que, de pequeño, mi madre me dejó aquí, con mi padre.
Se me escapaban algunos detalles de lo que me contó medio borracho la
noche que le dije que estaba embarazada, pero no había olvidado la historia.
—Mi padre fue a Las Vegas con unos amigos para el National Finals
Rodeo. Se emborrachó y la conoció en un bar. Se acostaron, y yo llegué por
sorpresa.
Era una forma suave de decir que fue un accidente. Un error. Siempre
había detestado a los padres que le decían a su hijo que había sido un error,
y en ese momento más que nunca.
—Mi padre la cagó, y se llevó una buena bronca. Se lo explicó todo a
Lily y le suplicó que lo perdonara. Ella se quedó con él, incluso después de
que mi madre me dejara aquí un año después.
Sí. Lily se quedó con él. Pero eso no arreglaba las cosas, ¿no? Sobre todo
porque también le hizo daño a Jax.
—Creo que el resto ya lo sabes —dijo—. Cuando años después Lily y yo
discutimos y le di el ultimátum, mi padre se cabreó con ella por no haber
dado su brazo a torcer. No conozco los detalles, pero creo que se pelearon.
Y desde entonces no le habla.
—Hasta hoy.
Jax asintió.
—Hasta hoy.
—¿Por qué?
—Ni idea. —Se encogió de hombros—. Es raro, ¿no? Está actuando de
forma extraña.
Si tenía que ser sincera, Lily me parecía amable. Se estaba comportando
con ellos como siempre había hecho conmigo. Pero no la conocía lo
suficiente como para saber si eso era extraño. Era evidente que intentaba
arreglar las cosas con Jax.
Eso era lo que tenía que decirle si quería ser sincera.
Pero no quería serlo; aún no. Sobre todo porque él seguía enfadado con
ella.
Jax tamborileó con los dedos en el volante.
—¿Sabías que no ha puesto los pies en casa de mi padre desde que se
marchó? De eso hace siglos. Siempre que venía a vernos a West o a mí, nos
encontrábamos en el edificio principal. A su casa no ha vuelto. A veces
recibe cartas que son para mi padre. Sobre todo correo basura que va
dirigido a los dos y llega a su casa, pero lo guarda y se lo lleva a West para
que se lo dé a Curtis.
—¿Por qué no va a su casa?
—Creo que aún lo ama.
Lo amaba. Pero no le hablaba, y obligaba a West a hacer de correveidile.
—Lily es una persona complicada.
Jax soltó una carcajada.
—Sí, eso segurísimo.
—No lo entiendo.
—Yo tampoco. —Se quitó el sombrero y se pasó la mano por el pelo—.
En realidad no lo entendía hasta que West me lo explicó. Lily ama a mi
padre. Seguramente lo amará siempre. No ha salido con nadie; mi padre
tampoco. No lo perdonará nunca por haberla engañado, pero sigue
enamorada de él. Viven vidas separadas. Están divorciados. Pero lo ama, y
creo que por eso no va a su casa. Porque reviviría la historia, y eso le duele.
Y lleva tanto tiempo encerrada en el enfado y el dolor que ya no puede
parar.
—Ah. O sea que Lily aún no ha terminado de castigar a Curtis.
Y quizá estuviera en su pleno derecho de infligirle ese castigo. Quizá la
forma en que él había roto su corazón y su confianza merecía su silencio de
por vida. Quizá yo, en su lugar, habría hecho lo mismo.
Pero no podía justificar la forma en que había tratado a Jax.
—Últimamente he pensado mucho en ello —dijo Jax con voz cautelosa y
suave—. He comprendido por qué no quería que la llamara «mamá». Si me
pongo en su lugar, lo entiendo. Pero aún me duele.
«Maldita seas, Lily».
Lamentaba haber sido amable en la fogata.
—En fin. —Jax suspiró y levantó el pie del freno para seguir la
trayectoria de la carretera—. Siento lo de la cena.
—Pues prefiero que estemos tú y yo solos. Te haré… —Mi frase quedó
interrumpida cuando dejamos atrás la arboleda y divisé una camioneta
grande de color azul marino junto a la cabaña. En el exterior, había un
hombre—. ¿Quién es…?
—Hijo de puta.
Jax aceleró, y el impulso me lanzó contra el asiento.
—Jax, ¿quién es? —pregunté, aunque tuve un presentimiento.
Él aferró el volante con las manos como si quisiera estrangularlo al
tiempo que se precipitaba hacia la cabaña.
—Calvin.
20

Sasha

—No te muevas —me ordenó Jax cuando nos detuvimos junto al Jeep de
Emery.
En cuanto los neumáticos frenaron, salió por la puerta.
No pensaba quedarme allí. Me desabroché el cinturón de seguridad, salté
del vehículo y cerré la puerta de golpe. Nadie se volvió al oír el ruido.
Emery estaba en el porche, con los brazos alrededor de la cintura,
mirando al hombre que tenía delante, hincado de rodillas en el suelo. Su
cara estaba surcada de lágrimas, igual que la de Calvin.
—Por favor, nena, no hagas esto.
Jax apretó los puños cuando me detuve a su lado. Me miró con el ceño
fruncido, pero, por lo demás, siguió con la atención centrada en Emery y
Calvin.
—Em, ya sabes que nunca te haría daño. Fue un accidente, lo juro.
Últimamente las cosas no han ido muy bien, pero podemos arreglarlo. Por
favor, dame la oportunidad de arreglarlo.
Ella se secó las mejillas y nos miró a Jax y a mí. Su rostro ceniciento no
tenía mucho color, pero el ligero tono rosado que conservaban sus mejillas
desapareció al oír eso, y bajó la cabeza, como si quisiera desaparecer.
No deberíamos estar ahí. No tendríamos que estar presenciando eso. Posé
la mano en el brazo de Jax y tiré de él con suavidad, pero se mantuvo
inmóvil.
Por nada del mundo pensaba dejar a Emery allí sola.
—Calvin, levántate —dijo su amiga.
Él negó con la cabeza.
—No. No hasta que me des otra oportunidad.
Aquel hombre era la viva estampa del remordimiento. Tenía las manos
entrelazadas mientras nuevas lágrimas resbalaban por sus mejillas. No
había lugar a dudas sobre la desesperación de su voz, y, por un momento, se
me ablandó el corazón.
Antes de que se me endureciera como una roca.
La estaba manipulando. Jugaba a hacerse la víctima, y fingía estar tan
abrumado por la culpa que esta lo encerraba en una niebla gris y lúgubre.
Jax abrió la boca, dispuesto a intervenir, pero le clavé las uñas a través de
la tela de algodón de la camisa. Al instante, cerró la mandíbula con un
fuerte chasquido.
Emery tenía que darse cuenta. Debía ser ella quien lo mandara a la porra.
Si no, no pararía nunca. Y la espiral en la que ambos estaban atrapados
seguiría y seguiría.
—Por favor —susurró Calvin—. Te quiero. Eres mi mujer.
Ella derramó más lágrimas.
—No puedo seguir con esto.
—Cambiaré, te lo prometo. Volveremos a terapia. Dejaré de hacer tantas
horas extra en el trabajo. Podemos arreglarlo.
Ella tragó saliva y sacudió la cabeza.
—Me dijiste lo mismo la última vez que nos peleamos.
—Esta vez va en serio.
Ella se lo quedó mirando con detenimiento.
—Eso también lo dijiste. —Calvin tragó saliva mientras Emery se
enderezaba y erguía los hombros—. Creo que deberías irte —le espetó.
—Emery, yo…
—Se acabó, Calvin. Hemos terminado.
Solté de golpe el aire que retenía en los pulmones.
Jax dejó caer los hombros y suspiró.
Antes de que pudiéramos pronunciar palabra, Emery dio media vuelta,
entró en la cabaña y dio un portazo al cerrar.
Calvin se quedó cabizbajo. Si no hubiera estado de rodillas en el suelo, se
habría caído de bruces.
Di un paso atrás, dispuesta a volver a la camioneta, pero Jax no se movió.
Se quedó mirando a Calvin, esperando mientras pasaban los minutos,
hasta que el hombre se puso, por fin, de pie.
Calvin se quedó unos instantes observando la puerta de la cabaña.
—Que te jodan, Haven. Esto es culpa tuya.
«Hijo de puta».
—No fui yo el que le pegó —respondió Jax.
—Fue un accidente. —La mirada con que Calvin obsequió a Jax estaba
cargada de malicia—. A lo mejor mi mujer no me habría dejado si no te
hubieras pasado todo el año tirándotela.
Jax soltó algo entre una carcajada y una expresión de burla.
—Lárgate de mis tierras y no vuelvas.
Calvin se limitó a arquear las cejas, como retando en silencio a Jax a que
lo echara.
Se me subió el corazón a la garganta y aferré a Jax por el brazo con las
dos manos.
—No, Jax.
Todos los músculos de su cuerpo se tensaron, como si fuera un
depredador a punto de abalanzarse sobre su presa. Sin embargo, el único
movimiento que hizo fue para señalar con la barbilla la camioneta de
Calvin.
—Que os jodan.
Calvin hizo un gesto obsceno levantando el dedo corazón y se largó con
paso airado.
Me sobresalté al oír el portazo de su lado de la camioneta. A
continuación, el motor cobró vida con un rugido y Calvin se alejó a toda
pastilla por la carretera mientras levantaba polvo a su paso.
Contuve la respiración hasta que no dejé de oír el vehículo. Entonces
corrí hacia la cabaña y llamé a la puerta antes de abrirla.
—¿Emery?
Estaba de pie, junto a la ventana que quedaba frente al fregadero,
mirando la verde pradera que se extendía más allá del cristal.
—Se ha ido.
La afirmación contenía dolor. Ese no era un día más. Su marido se había
ido. Para siempre.
Tal vez no hubieran tenido un buen matrimonio, pero amaba a Calvin,
¿verdad?
—Lo siento.
Me acerqué a ella y le pasé el brazo por los hombros.
—Yo también. —Se apoyó en mí—. Es lo más difícil que he hecho en mi
vida.
—No es fácil echar a alguien, sobre todo cuando sabes que le estás
rompiendo el corazón.
Ella cerró los ojos.
—¿A quién se lo rompiste tú?
«A Eddie».
Le rompí el corazón a Eddie, de todas las formas imaginables. Y tendría
que vivir con ello el resto de mis días.
—¿Quieres que te dejemos un rato sola?
Formulé esa pregunta en lugar de responder a la suya.
—Sí —musitó, y se incorporó para enjugarse las lágrimas—. Creo que sí.
—Muy bien.
La solté y, cuando me volví, me topé con la mirada de Jax.
No la dirigía a Emery. Tenía los ojos fijos en mí.
Lo que significaba que había oído la pregunta de su amiga.
Y también mi evasiva.
—¿Estás bien, Em? —preguntó.
Ella se encogió de hombros. Tras una escena semejante, ese gesto era a lo
único que podía aspirar.
—Luego te llamo —dijo.
Ella asintió y contestó con voz ronca:
—Vale.
Jax le dirigió una sonrisa triste mientras yo cruzaba la sala y me dirigía
hacia la puerta. Él me siguió al exterior y subimos a la camioneta.
—Sasha…
—Por favor, no me preguntes nada.
Bajé la cabeza. Si lo hacía, se lo contaría. Y no estaba preparada; aún no.
Su decepción fue tal que saturó el interior de la cabina, pero Jax guardó
silencio mientras volvíamos para casa.
Me escabullí al dormitorio mientras él se quitaba las botas. Las luces
estaban apagadas, y el sol de última hora de la tarde se colaba por las
ventanas con sus rayos de tonos rosados y melocotón. Me desplomé en un
extremo de la cama y cerré los ojos.
Cada vez que tomaba aire al respirar, esperaba que se aflojara el nudo
que se me había formado en el pecho. Que desapareciera aquel peso. Pero
no fue así. No sería posible hasta que Jax supiera la verdad y yo le contara a
Eddie lo del bebé.
Los secretos pesan, sobre todo cuando se llevan en solitario.
Me puse la mano en el vientre.
Hubo una época en que se lo contaba todo a mi madre. Ella era mi
confidente. Y yo quería hacer lo mismo con mi hija, para que no tuviera que
cargar sola con sus secretos.
—Cuéntame algo que sea cierto.
La voz de Jax, procedente de la puerta, sonó como un quedo murmullo.
Abrí los ojos y lo vi apoyado en el umbral.
—Me da miedo pensar en cómo será esto cuando se acabe.
En que tendría que volver a la cabaña cuando Emery se marchara, y Jax y
yo volveríamos a ser… amigos. En que al final encontraría a una mujer que
no fuese tan hermética, a la que no le diera tanto miedo que la hirieran, que
no estuviera destrozada y cuya vida no fuera un desastre. En que acabaría
por darse cuenta de que yo suponía demasiado esfuerzo.
—¿Y cómo crees que acabará?
—Pasará a la historia.
Lo bueno nunca duraba. Acababa muriendo en un accidente de coche o
se doblegaba tras una triste paliza.
Jax se apartó de la puerta y cruzó el dormitorio para arrodillarse delante
de mí. Daba la impresión de que estaba a punto de decir algo, pero verlo de
ese modo me recordó demasiado al Calvin hacía un rato, así que lo cogí de
la camisa y lo acerqué a mí.
Él se levantó y se apoderó de mi boca mientras yo me tumbaba de
espaldas en la cama con su camisa aún aferrada en el puño. Noté el peso de
su cuerpo a mi lado sobre el colchón. Su lengua se deslizó entre mis dientes
y, en cuanto la entrelazó con la mía, todo nuestro alrededor se sumió en una
nebulosa.
El ruido que había en mi cabeza se acalló. Las preocupaciones
desaparecieron.
Noté una vibración en el pecho cuando enterré las manos en su pelo y tiré
de aquellos mechones de color rubio oscuro.
Jax ladeó la cabeza y recorrió el interior de mi boca antes de
mordisquearme el labio inferior y apartarse. Vi cómo le subía y le bajaba la
nuez de la garganta mientras posaba el azul de sus ojos en los míos.
—Nena, te prometo que…
—No me prometas nada —susurré, y le puse el dedo en los labios antes
de que acabara la frase.
Él frunció el ceño, pero guardó silencio.
No estábamos en el punto de hacernos promesas, los dos lo sabíamos.
Había demasiadas incertidumbres por delante, demasiadas incógnitas. Y, si
me prometía algo, no estaba segura de sobrevivir si lo incumplía. Aunque lo
intentaría, porque Jax Haven era la clase de hombre que movería montañas
para mantener una promesa, incluso si eso nos destrozaba a ambos.
Le pasé el pulgar por el labio inferior y tracé el perfil de su mentón con la
mano. Luego me incliné sobre él y me apoderé de su boca.
Jax gimió, y un sonido gutural resonó en su pecho cuando se hizo con el
control. Al instante desapareció todo rastro de dulzura y suavidad en su
tacto. Me devoró, y vertió hasta la última gota de su frustración en aquel
beso.
Contuve la respiración cuando acarició la piel sobre mis costillas en
dirección ascendente y me rodeó los pechos con las manos. Me arqueé
contra su cuerpo mientras el calor me corría por las venas. La punzada que
sentí entre los muslos se convirtió en un latido regular.
Me mordisqueó la comisura de los labios lo bastante fuerte como para
que me doliera. Lo que siguió fue un frenesí en el que ambos nos
incorporamos para quitarnos la ropa mientras nos esforzábamos para que
nuestras bocas permanecieran juntas. Me desnudó en segundos, durante los
cuales mis prendas fueron aterrizando con suavidad en el suelo.
Yo no era tan rápida, apenas conseguí quitarle la camisa antes de que me
distrajera el calor de su piel contra la mía. Recorrí con las manos el grueso
vello que le cubría el pecho y bajé hasta sus abdominales marcados. Fui
rozando muy despacio, con la punta de los dedos, los huecos y las
protuberancias mientras descendía más y más.
Con una serie de movimientos rápidos, le solté la hebilla del cinturón y
noté el frío metal en mi cadera desnuda. Después, tiré del botón y deslicé la
cremallera lo bastante para colarme dentro y rodearle la erección con la
mano.
—Sasha.
Jax separó su boca de la mía y se inclinó para aprisionarme un pezón con
los dientes.
—Jax —siseé mientras me acariciaba el pecho—. Necesito sentirte.
Él gruñó, pero se levantó y se quitó los vaqueros. Con cada movimiento,
sus muslos quedaban más marcados y sus bíceps se flexionaban.
Dios, qué bueno estaba. El trabajo duro había moldeado la figura de Jax
en un conjunto de líneas prominentes y puro músculo. Cada día lo deseaba
más.
No hubo espacio para preliminares cuando regresó a la cama y se
acomodó entre mis caderas. No nos hacían falta esos juegos, sobre todo
porque yo ya estaba empapada. Se colocó entre mis pliegues y empujó hasta
lo más hondo.
—Sí.
Mi sexo cedió a medida que me llenaba, y le clavé las uñas en los
hombros al tiempo que me acomodaba a su tamaño.
Qué fácil. Con nuestros cuerpos conectados, era muy fácil.
—Me encantas, nena.
Cerró los labios alrededor de mi cuello y succionó a la vez que retrocedía
y entraba de nuevo en mí.
Su polla rozó el punto justo mientras empezaba a mover las caderas a un
ritmo regular. Me temblaron las piernas al aferrarme a él, dispuesta a seguir
adelante.
—Mira como me tomas entero —musitó, y bajó la cabeza para observar
cómo se impulsaba hacia el interior de mi cuerpo.
—Jax.
Mi voz se convirtió en un susurro anhelante a medida que mis paredes
interiores empezaban a temblar.
Pegó su boca a la mía y deslizó la lengua dentro. Me besó igual que me
estaba follando, con fuerza e insistencia. Como si tuviera que demostrarme
algo.
Como si estuviera haciéndome la promesa que antes había interrumpido.
Cuando me corrí, emití un grito en el interior de su garganta. Todo mi
cuerpo se sacudió bajo el suyo mientras unos puntos blancos me nublaban
la vista. De algún modo, los orgasmos eran cada vez más largos e intensos.
Cada vez que estábamos juntos era mejor que la anterior.
Se me encogieron los dedos de los pies. El corazón me aporreó el pecho.
El placer se propagó por todos y cada uno de los huesos de mi cuerpo.
Jax se corrió con un gruñido que transmitió la vibración de su pecho al
mío. Se derramó dentro de mí, con la cara formando una bella mueca de
éxtasis. Cuando por fin se desplomó y rompió el contacto rodando sobre la
cama, nos unimos en un amasijo de extremidades entrelazadas.
Enterró la mano en mi pelo, y yo la mía en el suyo. Su boca me estaba
esperando cuando la alcancé para darle un beso rápido. Mientras nos
relajábamos sobre las almohadas, deslizó la mano libre hasta mi vientre y la
extendió sobre la barriguita que formaba nuestra hija.
Fuera, aún había mucha luz. Necesitábamos comer algo. Pero cuando Jax
relajó el cuerpo sobre el colchón, me acurruqué más entre sus brazos y
hundí la cara en él con la oreja contra su corazón.
No me aparté hasta que su respiración se acompasó y me di cuenta de
que estaba profundamente dormido. Entonces salí del dormitorio sin hacer
ruido, cogí su camisa y unos pantalones de chándal míos del vestidor, cerré
la puerta despacio y fui a la cocina.
El bolso que llevaba todos los días al despacho estaba encima de la isla.
Saqué un cuaderno de notas, volví la cubierta en torno a la espiral y lo abrí
por una página en blanco.
Jax quería hacerme promesas.
Quizá algún día, muy pronto, se lo permitiría.
Pero primero tenía que saber la verdad. Sobre mi pasado. El motivo por
el que había ido a Montana.
Y antes de contarle eso a Jax, tenía que ser sincera con Eddie.
Solo que, cuando el bolígrafo azul empezó a trazar palabras en el papel,
no fue una confesión lo que escribí. Aún no.
Tenía otras cosas que decir. Algo que debería haberle dicho a Eddie
mucho tiempo atrás.

Eddie:
Te mereces a alguien mejor que yo. Ojalá hubiera sido lo que necesitabas. Pero te mereces algo
mejor.
>>S.
21

Jax

Me daba la sensación de que mi cabeza ocupaba el doble de su tamaño.


Tenía la nariz en carne viva de tanto sonarme. Cada vez que tragaba saliva,
era como si unas cuchillas me rascaran la garganta; y, joder, el zumbido en
los oídos se estaba convirtiendo en un clásico.
—Cuéntame un secreto —le dije a Sasha mientras ella llenaba una
botella de agua en el fregadero.
Todos los días le pedía que me contara uno. Y todos los días me
confesaba algo sin importancia. Pero, aun así, seguía pidiéndoselo.
—Estás enfermo —contestó.
—Eso no es un secreto.
Me miró con una sonrisa pícara.
—¿Reconoces que estás enfermo?
—No lo estoy —mascullé.
—Sí, sí que lo estás, y tienes que quedarte en casa —insistió mientras
enroscaba el tapón en la botella—. Nunca he conocido a nadie que se
empeñe tanto como tú en negar lo evidente. Jax: estás enfermo.
No tenía tiempo para eso. Y admitirlo habría sido reconocer mi derrota,
así que lo negué.
—Estoy bien.
Sasha puso los ojos en blanco.
—Vuelve a la cama.
La cama era justo el sitio donde quería pasar el día, pero…
—No puedo —suspiré, y cogí mi taza de café.
El abuelo había llamado la noche anterior para preguntarme si esa
mañana podía montar a su nuevo caballo, un castrado que, al parecer,
cuando el día anterior había salido con él, se había portado fatal y había
estado a punto de lanzarlo al suelo de una sacudida.
La abuela le había prohibido volver a montarlo, pero teníamos que
decidir si íbamos a quedarnos con el animal o venderlo. West pasaría toda la
semana atareado con la henificación. En plena temporada de verano, la
actividad en el complejo era de locos, de manera que no podía permitirme
mandar a un guía para que lo hiciera. O sea que me disponía a hacerlo yo
cuando el cabezota de mi padre apareció con la intención de ayudar. Él ya
no era tan joven como pensaba, y lo último que necesitábamos era que se
lesionara en un accidente.
Además, llevaba casi dos meses evitando a mis abuelos. Desde que les
había contado lo de Sasha y el bebé, nuestras conversaciones habían sido
muy pocas. Nos habíamos llamado alguna vez para saludarnos, y semanas
atrás nos habíamos cruzado en el edificio principal. Incluso había dejado de
ir a comprar los rasca y gana para el abuelo.
La última noche que estuve en su casa fue la del estofado. Tenía la
sensación de que solo había pasado un día, no casi un mes.
El tiempo avanzaba demasiado rápido.
Sasha llevaba viviendo conmigo desde finales de mayo. Emery me
mandó un mensaje la noche anterior para decirme que había encontrado un
sitio muy mono en el pueblo y que pensaba reunirse con el agente
inmobiliario ese mismo día para hacerle una oferta. Pero, aunque dejara la
cabaña, Sasha seguiría viviendo conmigo.
De forma indefinida.
La niña tenía que nacer en tres meses, lo que significaba que contaba con
ese tiempo para que se acostumbrara a nuestra situación. Tres meses para
seguir derribando sus muros poco a poco.
Centímetro a centímetro, iban cayendo, pero la rutina en la que nos
habíamos instalado se me antojaba precaria, como si fuese cuestión de
tiempo que surgiera algo y lo jodiera todo.
Y si el motivo era un comentario insidioso o grosero por parte de mis
abuelos, me pondría hecho un basilisco. En realidad, esperaba que fueran
amables con Sasha, pero no pensaba arriesgarme.
Era hora de salir a tomar el aire, por mucho que estuviera hecho una
piltrafa.
—¿Quieres que quedemos para comer? —pregunté a Sasha.
—No, quiero que hagas lo que sea que tienes que hacer, vuelvas a casa y
duermas. —Me posó la mano en la mejilla y me acarició el perfil del
mentón con el pulgar—. Pero, como veo que no estás dispuesto a
escucharme, sí, podemos quedar para comer.
—Iré a buscarte al edificio principal.
Le di un beso en la frente y la seguí hasta el garaje. Al principio no
quería aparcar dentro. Me costó tres noches de orgasmos convencerla de
que guardara el mando de repuesto en la visera del coche. Pero al fin lo
conseguí.
Sasha era cabezota, pero no más que yo.
—Tómatelo con calma —me dijo al abrir la puerta.
—Ese es mi lema, corazón.
—Te lo digo en serio, Jax. Estás enfermo.
—No lo estoy —mentí.
Me obsequió con otro suspiro largo y profundo. A continuación, se subió
al coche y se acomodó frente al volante. Yo, sin embargo, no fui a por mi
furgoneta, aparcada en la plaza de al lado. Me dirigí al exterior y seguí la
marca de sus neumáticos hasta que estuve en el camino de entrada de las
casas.
El aire matutino del mes de julio hizo maravillas a la hora de aclararme
las ideas. Inhalé, y lo retuve en los pulmones mientras levantaba la cabeza
en dirección al claro cielo azul y me permitía sentir la calidez del sol en la
cara.
La siguiente vez que inhalé, me entró tos, y acabó convirtiéndose en un
arrebato que me hizo doblarme por la mitad.
«Joder». Estaba enfermo.
Pero no tenía tiempo para eso. No quería que Sasha se contagiase, y
sufría tortícolis por dormir en la habitación de invitados las últimas dos
noches.
Sentía la cabeza embotada, pero me obligué a obviarlo y me puse manos
a la obra. Primero, fui a los establos, aunque me mantuve alejado de los
guías porque no podíamos permitirnos que la plantilla se contagiara, sobre
todo porque teníamos reservas de excursiones de la mañana a la noche.
Después de asegurarme de que todo el mundo tuviera claras las
instrucciones de ese día, me retiré al despacho y estuve trabajando allí una
hora. Cuando los informes de las excursiones empezaron a desdibujarse
ante mis ojos, cogí la silla de montar y las espuelas, y me dirigí a casa de
mis abuelos.
Me recibieron en la puerta, antes de que tuviera tiempo de llamar.
—Buenos días.
El abuelo me estrechó la mano.
La abuela me miró con los ojos entornados.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Pareces enfermo.
Agité la mano para restarle importancia.
—Estoy bien.
Ella frunció los labios.
—Voy a prepararte una sopa.
—No hace falta. Sasha me preparó anoche una de pollo con fideos.
Y, aunque no pensaba decírselo a mi abuela, era la mejor sopa de pollo
con fideos que había comido en mi vida.
—O sea que estáis…
Mi abuelo se interrumpió, de modo que pude acabar la frase:
—Viviendo juntos. Y tendremos una hija. Y, aun así, no vamos a
casarnos.
Su mirada ceñuda me sacó de mis casillas.
—¿Sabéis qué? Haced el puto favor de aceptarlo —le ladré—. Ya sé que
no es la forma en que se hacen las cosas en esta familia, pero mi historia no
es muy tradicional, que digamos. Sasha es importante para mí, o sea que
haced el favor de buscar la manera de tolerarnos. Si no, id olvidándoos de
tener mucho que ver con vuestra biznieta.
Era lo más duro que les había dicho en toda mi vida, y la culpa la tenía
aquel resfriado. No pensaba negarles el derecho de estar con mi hija, pero,
si tenía que recurrir a amenazas vanas para que se dejaran de monsergas, lo
haría.
Se miraron y mantuvieron una de sus famosas conversaciones en
silencio. Tras tantos años de matrimonio y convivencia, seguro que a esas
alturas eran capaces de leerse el pensamiento.
Fue la abuela la que habló primero, y su mirada se suavizó.
—¿Quieres invitar a Sasha a cenar con nosotros?
—Sí —asentí—. Sería estupendo. Le gustan las hamburguesas con queso.
—Es a ti al que le gustan —se burló—. ¿Qué le gusta a ella?
—Cualquier cosa, menos los sándwiches de queso.
Sasha se había comido el que le había preparado, pero sospechaba que
había sido porque lo había untado con mermelada de fresa.
—Vale. Te prepararé tu guiso favorito.
La abuela le dio un codazo en las costillas al abuelo.
—¡Ay! —se quejó él, pero su gesto ceñudo desapareció—. Lo siento.
Cuenta con nosotros.
—Os lo agradezco. —Saqué los guantes de piel del bolsillo de los
vaqueros—. Bueno, ¿dónde está el caballo?

—Nos lo quedamos —le dije a West con el teléfono pegado a la oreja


mientras guiaba al caballo castrado de mi abuelo a través de la pradera.
—Creía que no valía para nada.
—Es cierto que tiene mucho carácter, pero me gusta.
No para mi abuelo, sino para mí. Y quizá, cuando se asentara y madurara,
después de dedicarle innumerables horas a montarlo en el rancho, sería un
buen caballo para Sasha.
El carácter del animal me recordaba un poco al suyo: fuerte, tozudo,
elegante, listo.
En el otro extremo de la línea telefónica, se oyó el ruido de un motor.
Seguramente West estaba trabajando con la segadora, cortando heno. A él le
daba igual que su mujer fuera rica. Le daba igual que cada verano hubiera
mano de obra para encargarse de la henificación. Mi hermano no era de los
que se quedaban de brazos cruzados cuando había trabajo que hacer.
Imaginaba que era algo que teníamos en común.
—Lo montaré hasta los establos y veré cómo va. Es posible que lo saque
a pastar con tu caballo, si no te importa.
—Me parece bien —dijo—. ¿Tienes mucho trabajo hoy? Se me ha
ocurrido una idea y quería que me dieras tu opinión.
—¿Sobre qué?
—Sobre hacernos con algunos becerros. He estado mirando los precios
del ganado, y en este momento tenemos mucha hierba. Creo que sería
buena idea.
—Tengo tiempo para hablar.
—Genial. Acabaré con esto enseguida. Iré a buscarte a los establos.
—Hasta dentro de un rato.
Colgué y me levanté un poco de la silla de montar para guardarme el
teléfono en el bolsillo trasero de los pantalones. A continuación, guie al
caballo negro hacia el río para dirigirnos a los establos.
West no necesitaba mi opinión sobre el rancho. Él lo dirigía y gestionaba,
y, aunque yo tenía mi parte de tierras, la mayor extensión estaba a su
nombre.
Sin embargo, siempre me incluía en las decisiones. Me pedía mi parecer,
a pesar de que él tenía la última palabra.
Esa forma de llevar el rancho no tenía nada que ver con la de mi padre,
cuando estaba al frente. Curtis no era de los que aceptaban consejos, al
menos no de sus hijos.
Sin embargo, eso, junto con todo lo demás, había cambiado mucho en los
últimos siete años.
Para mejor. Gracias a Indya. Y a West.
Y, últimamente, también gracias a Sasha.
Indya se había reincorporado tras la baja por maternidad, pero no
trabajaba a tiempo completo. Sobre todo porque tenía a los niños en casa
durante las vacaciones de verano y Grace era aún muy pequeña. Así que,
mientras ella pasaba más tiempo con sus hijos, Sasha dirigía el complejo
como si fuera suyo.
Indya había hecho un trabajo fantástico levantando el negocio. Sin
embargo, también había hecho avanzar las cosas muy deprisa. El ritmo de
los últimos siete años había sido frenético, como si todo el mundo tuviera
que correr de una tarea a la siguiente. Y ella se había dedicado a una labor
titánica durante demasiado tiempo.
Sasha aportaba una energía fresca y equilibrada. Era una fuerza que
contrarrestaba y calmaba.
Ninguno nos habíamos dado cuenta de esa carencia hasta que ella
apareció. Y, del mismo modo, no me había percatado de lo solo que estaba
hasta que llegó a mi vida.
Me ponía los pelos de punta la idea de volver a los rollos esporádicos y
las relaciones de una noche.
Quería que el coche de Sasha siguiera aparcado junto al mío en el garaje.
Quería ver sus zapatos en el felpudo, al lado de mis botas. Quería tener su
champú en el estante del cuarto de baño y encontrarme pelos en el lavabo.
Me estaba enamorando de ella.
Joder; ya me había enamorado de ella.
Y habría sido el mejor sentimiento del universo de no ser porque no sabía
si a ella le ocurría lo mismo.
Sasha era cariñosa. Me acariciaba con tanta frecuencia como yo a ella. El
sexo era impresionante; una experiencia de otro mundo. Pero no paraba de
repetirme mentalmente la conversación del mes anterior.
«Me da miedo pensar en cómo será esto cuando se acabe».
Estaba segura de que terminaríamos. ¿Por qué? ¿Qué narices le había
ocurrido en el pasado?
Había habido alguien. Empatizaba demasiado con Emery como para que
antes no hubiese habido una persona en su vida.
¿Quién le había hecho daño? ¿Cuántas veces tendría que pedirle que me
contara un secreto para que, al final, me revelara la verdad?
Tres meses. Ese era el tiempo que nos quedaba para estar juntos. Luego,
seríamos tres. Y todo cambiaría.
Tres meses.
No iba a ser suficiente, ¿verdad? ¿Y si necesitábamos más tiempo?
Me sonó el teléfono en el bolsillo y el ruido hizo que el caballo se
sacudiera. Saqué el aparato y vi un número desconocido en la pantalla.
Estaba a punto de pulsar el botón rojo para rechazar la llamada cuando el
caballo se asustó y salió de estampida.
De repente, pasé de estar sentado en la silla a volar por los aires y
aterrizar en el suelo con un golpe tan tremendo que me quedé sin aire en los
pulmones.
El caballo siguió a toda prisa a través de la pradera, como si tuviera un
oso pardo pisándole los talones.
—¿Qué coño le ha pasado? —dije entre dientes mientras cogía aire.
Un latigazo me recorrió el hombro como una explosión al intentar
levantarme, y, joder, no podía mover el brazo. Me colgaba lacio a un lado
del cuerpo, y el dolor era tan agónico que la cabeza empezó a darme
vueltas.
«Mierda». No pintaba bien. Seguramente me lo había dislocado. Y todo
por culpa de ese puto caballo.
El animal seguía corriendo y haciéndose más y más pequeño en la
distancia.
Apreté los dientes y me obligué a incorporarme.
Cada vez estaba más mareado, y noté algo húmedo que me corría por el
cuello.
Con el brazo sano, me toqué la parte posterior de la cabeza. Lo último
que vi antes de que el mundo se fundiera en negro fue la punta de mis dedos
manchada de sangre.
22

Sasha

—Queda reservado octubre del año que viene —le dije a la novia del otro
lado de la línea mientras sujetaba el móvil del trabajo entre el hombro y la
oreja para tener las manos libres y escribir en un pósit:

Boda Hamilton:
fin de semana del 29 de octubre

—Te pasaré toda la información a través de nuestra organizadora de


eventos, pero, por favor, llámame si tienes cualquier pregunta.
Cuando colgó, dejé el teléfono y agité el ratón para añadir la boda al
sistema de reservas. Después le envié un e-mail a Marsha, la organizadora,
y arrugué mi pósit de color amarillo flúor.
Al año siguiente, en octubre, la novia se casaría. Y mi hija cumpliría un
año. Extendí la mano sobre mi vientre.
Incluso con ese blusón suelto que había combinado con los vaqueros
aquella mañana no había forma de ocultar mi barriga de embarazada. Claro
que tampoco quería hacerlo.
No estaba preparada para tener ese bebé, pero empezaba a estarlo. Poco a
poco, día a día.
Jax formaba una parte importante de ese progreso. Era la fuerza que me
equilibraba y que había echado de menos durante tanto tiempo. Era en
quien podía apoyarme cuando el mundo daba vueltas y se ponía del revés.
Él lo afrontaba todo con calma, y no se tomaba nada excesivamente en
serio.
Quizá se me estaba pegando algo, porque el último mes que habíamos
pasado juntos había sido el mejor de…, bueno, de toda mi vida.
Incluso con mis horarios de locos, me sentía relajada. Él me relajaba.
Tenía otros cinco pósits sobre el escritorio, cada uno relativo a una
llamada distinta que había recibido esa mañana. Mi buzón de entrada estaba
saturado, y había varios mensajes en el buzón de voz que debía contestar.
Pero todo eso tendría que esperar.
Me rugió el estómago. ¿Dónde andaba Jax? Quizá había decidido
tomarse el día libre, tal como le había sugerido por la mañana. Quizá por fin
había reconocido que estaba enfermo.
Cogí el móvil, y estaba a punto de enviarle un mensaje cuando me vibró
en la mano.
«Micah».
—Hola —contesté de inmediato, y me levanté de la silla para cruzar el
despacho y cerrar la puerta—. Gracias por devolverme la llamada.
—Hola, Sasha. Sin problema. Siento haber tardado unos días.
—No pasa nada. —Siempre pasaban varios días hasta que me contestaba
tras dejarle un mensaje, y yo intentaba no tomármelo como algo personal—.
¿Cómo está?
—Bien.
Solté el aire que retenía en los pulmones. Era la primera vez que Micah
decía algo positivo.
—¿Puedo hablar con él?
—Aún no.
El alivio y la alegría momentáneos desaparecieron en seguida.
—Dijiste que podríamos hablar cuando pasaran entre tres y seis meses, y
han pasado más de nueve.
—Lo normal es entre tres y seis, pero cada persona es un mundo. Eddie
necesita más tiempo. Está recorriendo un largo camino, y no lo presionaré si
no está preparado.
Lo que significaba que Eddie aún no quería hablar. Y yo tenía que dejar
de meterle prisa.
—De acuerdo.
—Sigue escribiéndole cartas.
Las cartas. Esas notas tan raras y tontas. Micah siempre salía por la
tangente con lo de las cartas.
Nunca había recibido respuesta. Y eran demasiado cortas. Para mí, era
como arrojar una parte de mi alma al vacío. Pero si era lo que tenía que
hacer, seguiría escribiéndole.
—Muy bien —suspiré—. Gracias.
—Aquí me tienes. Cuídate.
Él colgó primero.
Dejé el teléfono y me quedé mirando el fondo de pantalla. Era una foto
granulosa de las ecografías en blanco y negro. Llevaba allí varias semanas,
pero aún podía ver la que había antes en su lugar. Daba la impresión de que
ambas imágenes estuvieran superpuestas, y, si entornaba los ojos, la de
Eddie y la mía asomaba a través de la actual.
La imagen era de un día poco frecuente en que ambos estábamos alegres.
Hicimos una escapada a la playa y le pedimos a un desconocido que nos
hiciera una foto. Nos abrazábamos, y él tenía la mejilla apoyada en mi pelo.
Y sonreíamos, una sonrisa de verdadera felicidad.
Era el último recuerdo que tenía de ambos sonriendo.
De eso hacía casi dos años.
Abrí el cajón del escritorio y saqué un folio. A continuación, escribí una
carta, me arranqué un pedazo de corazón y lo encerré todo dentro de un
sobre de color blanco.
El correo salía a diario, pero no quería mezclar esas cartas con los
asuntos del complejo, de modo que la guardé en el bolso a la espera de mi
próxima visita al pueblo.
Me rugió el estómago, esa vez más fuerte. Por eso, busqué a Jax en los
contactos, y estaba a punto de escribirle cuando, de nuevo, sonó el teléfono.
«West».
Nunca me llamaba antes que Jax. Jamás. El corazón se me detuvo, y una
sensación de temor me trepó por la espalda.
—¿Hola? —contesté, al tiempo que me levantaba para coger el bolso.
—Hola, Sasha —dijo con amabilidad.
Era una amabilidad que presagiaba malas noticias.
—¿Es Jax?
—Sí, es Jax. Está bien. Pero mi padre va a ir a buscarte al edificio
principal.
Tragué saliva y la cabeza empezó a darme vueltas.
—¿Para llevarme adónde?
—Al hospital.
—No tendrías que haberla llamado.
Jax le lanzó a su hermano una mirada asesina desde la cama del hospital.
Yo pestañeé.
—Perdón, ¿qué has dicho? ¿Que no pensabas llamarme?
—No quería que te preocuparas.
—Tienes una conmoción cerebral y el hombro dislocado. —Respiré
hondo y señalé el espacio con la mano abierta—. Estás en urgencias.
—Ya me han colocado el hombro, y no es la primera vez que me doy un
golpe en la cabeza. Saldré de esta. Dentro de una hora, estaré como nuevo.
No te preocupes, corazón.
—No… —empecé a decir, apuntándolo a la cara— te atrevas a llamarme
«corazón» justo ahora.
Me tendió la mano libre, porque tenía el otro brazo en cabestrillo.
—No tendrías que haber salido a montar a caballo —lo reprendí—. Estás
enfermo.
—Estoy…
—¿Bien? —Terminé la frase por él, y se me quebró la voz.
El pulso me latía demasiado rápido, y la cabeza no había parado de
darme vueltas desde que West me llamó para decirme que había encontrado
el caballo de Jax, pero sin él, y que, cuando siguió el rastro, lo vio sentado
en medio de un campo, medio consciente después de haber perdido el
conocimiento por el golpe.
Quizá otra mujer se habría arrojado a sus brazos, le habría cubierto la
cara de besos y habría derramado lágrimas de felicidad al ver que estaba
bien.
En mi caso, nada más llegar al hospital, le pedí al doctor un informe
completo de las lesiones de Jax y una explicación detallada de su plan de
recuperación. En cuanto salió de la habitación, no hubo besos ni lágrimas.
Ni tampoco cuando amainó mi arrebato de furia.
Estaba tan enfadada que no veía más allá.
—Sasha, estoy bien —dijo Jax—. Te lo prometo.
—Pues este sitio sugiere lo contrario.
Caminé de un lado a otro a los pies de su cama mientras me abrazaba
para ocultar el temblor, uno que empezaba en los dedos, pasaba a las
manos, se extendía por las muñecas y los brazos, y llegaba a los hombros
con unas sacudidas que parecían querer desencajarme centímetro a
centímetro.
—Me has asustado. —Tragué saliva, a pesar del nudo que tenía en la
garganta—. Estás herido y no querías que viniera a verte.
—Cariño, estoy bien. Ven aquí y siéntate.
Negué con la cabeza y me mordí el labio inferior.
West y Jax intercambiaron una mirada, pero hice caso omiso y seguí
paseándome de un lado a otro.
¿Qué habría pasado si West no hubiera dado con él? ¿Y si el mensaje de
esa llamada hubiera sido otro? ¿Y si…?
Cerré los ojos con fuerza para apartar los «y si…», y los mantuve tan
apretados que empezó a dolerme la cabeza. No sirvió de nada. Nada podía
borrar el olor aséptico del hospital. No había forma de ahuyentar el ajetreo
de las enfermeras al otro lado de la cortina.
—Sasha, creo que es mejor que te sientes.
West me posó la mano en el brazo y me acompañó hasta una silla.
—Yo… necesito un poco de aire.
Sin que pudiera detenerme, me solté de su mano y me colé por el hueco
de la cortina.
—Mierda. Sacadme de aquí, joder —espetó Jax.
—Si te vas, tardarás el doble en curarte. Quédate ahí, ya voy yo a por
ella.
Era la voz de una mujer. Me resultaba familiar, pero no logré situarla, y
menos entre los pitidos de las máquinas y las voces de la gente.
No me volví para ver quién me estaba siguiendo. Seguí andando hasta
más allá de los rótulos que indicaban la salida, hasta el exterior, y allí
respiré el aire del verano que olía a hierba recién cortada. Se oía el zumbido
de un cortacésped en la distancia cuando me acerqué a un banco del acceso
de urgencias y me dejé caer en el asiento.
Acto seguido, volví a cerrar los ojos con fuerza, y esa vez me concentré
en la respiración. «Inhala, exhala». Una y otra vez. Hasta que dejó de darme
vueltas la cabeza y el temblor remitió. Hasta que dejé de notar el corazón en
la garganta.
La luz del sol era cegadora cuando volví a abrir los ojos; tanto que tardé
un segundo en darme cuenta de que no estaba sola.
Lily ocupaba un sitio a mi lado en el banco, y tenía una bolsa de papel
marrón en la mano.
—¿Necesitas respirar aquí?
—No. —Inspiré hondo una vez más—. No llevo bien esto, ver que las
personas a las que quiero están mal.
—Eso nos pasa a la mayoría —dijo—. Pero has actuado con mucha
serenidad, te has aguantado hasta haber hablado con el médico. Casi todo el
mundo se derrumba antes.
Suspiré.
—No me he dado cuenta de que estabas allí.
—Curtis me ha avisado. He pensado que era mejor quedarme… ya sabes,
al margen.
¿Fue decisión propia? ¿O de Jax?
—Jax no debería haber salido a montar a caballo —dije—. Tendría que
haberlo obligado a quedarse en casa.
—Nada lo hubiera detenido. Créeme. Jax odia estar enfermo. De
pequeño, siempre se negaba a admitir que no se encontraba bien. Nunca
quería perderse nada.
Era el punto de vista de una madre.
—¿Por qué nunca has dejado que te llame «mamá»? —La pregunta brotó
de mis labios antes de que tuviera tiempo de reprimirla—. Lo siento, no es
asunto mío.
—No pasa nada. —Me dirigió una sonrisa triste y, a continuación, fijó la
mirada en la distancia—. Si pudiera retroceder en el tiempo, haría las cosas
de un modo muy diferente. No esperaría tanto tiempo para reconocer mis
errores. Y ese fue uno de ellos.
Yo también. Si pudiera volver atrás, cambiaría muchas cosas.
—¿Te han roto el corazón alguna vez? —me preguntó.
—Sí.
Aunque, seguramente, no de la forma en que Curtis le había roto el suyo.
—Quiero a Jax, muchísimo. —Me dio una palmada en la rodilla—. Será
un padre maravilloso. Y, si me dejas, me gustaría formar parte de la vida de
esa niña. Me he dado cuenta de que, si no enmiendo mis errores, si no
arreglo esto, me la perderé.
Sí, así sería.
—Esa decisión tiene que tomarla Jax, Lily.
—Ya lo sé.
Hizo lo posible por ocultarlo tras una sonrisa, pero su mirada denotaba
derrota. Como si esperara quedarse al margen de la vida de mi hija, igual
que se había quedado al margen de la de Jax.
Y sabía que la única persona a quien podía culpar por ello era a sí misma.
Por primera vez desde que Jax me contó su historia, sentí compasión por
Lily. No había actuado bien con Jax, pero eso ya lo sabía.
Quizá era demasiado tarde para reparar un daño tan profundo.
Aunque, por mi bien, esperaba que nunca fuera demasiado tarde para
enmendar un error.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí. Gracias por sentarte a mi lado.
—Aquí estoy, siempre que me necesites.
Se puso de pie, y la bolsa de papel crujió en sus manos.
Yo también me levanté. Al darme la vuelta para dirigirme a la puerta, me
topé con los ojos azules de Jax esperándome.
—¿Ya te han dado el alta? —preguntó Lily, fingiendo que él no había
estado escuchando la conversación.
Tendría que esperar un poco para saber cuánto había oído, pero, por su
mirada pétrea, deduje que se había enterado de todo.
—Sí —respondió él—. Papá va a llevarnos a casa. West sigue dentro.
—Voy… hummm… a buscarlo.
Lily lo rodeó para marcharse, pero se detuvo un momento y le tocó el
brazo.
Fue un contacto breve, un simple roce de los dedos sobre su piel, pero
Jax no se apartó.
—Lo siento. Creo que nunca te lo he dicho —susurró—, pero lo siento,
Jax.
Quizá albergaba la misma esperanza por ellos que por mí.
Jax bajó la cabeza, pero no dijo nada cuando ella se alejó y nos dejó
solos.
Él se guardó unos papeles doblados en el bolsillo de atrás de los
vaqueros. Con la mano sana, se frotó el mentón y exhaló un largo suspiro.
—Tengo una conmoción cerebral. Me he dislocado el hombro. Y estoy
enfermo.
—No me digas… —musité, y eliminé la distancia que nos separaba.
En cuanto estuve lo bastante cerca, él me atrajo contra su pecho.
Enterré la nariz en su camiseta y aspiré su olor.
—Lo siento, se me ha ido de las manos.
—Yo siento haberte asustado.
No era por las lesiones por lo que tenía miedo, sino por él.
Lo necesitaba.
Necesitaba a Jax más de lo que jamás había necesitado a nadie.
—¿Ahora puedo llamarte «corazón»? ¿O sigues demasiado enfadada
conmigo?
Me encogí de hombros.
—Pruébalo, a ver qué pasa.
—Estoy bien, corazón.
Estaba bien. Estábamos bien. Si me quedaba un ápice de resentimiento,
se esfumó.
Levanté la cabeza y miré sus preciosos ojos. Acto seguido, me puse de
puntillas para darle un beso.
—Vámonos a casa.
Eddie:
Lo siento. Debería haberme disculpado contigo hace mucho tiempo. Hoy me ha llamado Micah.
Me ha dicho que siga escribiéndote cartas, pero no sé si debo hacerlo. ¿Quieres que
desaparezca de tu vida, que te deje para que sigas adelante? Si es así, antes de dejar de
escribirte, quiero que sepas que lo siento. Por todo.
>>S.
23

Jax

La voz del presentador del rodeo resonó por los altavoces del recinto ferial
y se mezcló con las risas, las conversaciones y el zumbido de la multitud.
A mi izquierda, las gradas estaban a rebosar de espectadores pendientes
de la competición del lazo por parejas que tenía lugar en la arena. A mi
derecha se alineaban los puestos de comida. Sasha, a mi lado, caminaba
cogida de mi mano. El sol de última hora de la tarde brillaba en la distancia,
pero no era nada en comparación con su cara resplandeciente.
Hacía dos meses que había ingresado en urgencias después de que el
caballo me tirara al suelo. Y, de algún modo, Sasha conseguía estar más
guapa cada día. Había conocido a otras mujeres embarazadas, pero no
tenían ni punto de comparación con ella.
Su barriga tensaba la tela de algodón del vestido negro de punto. Llevaba
las mangas largas subidas por encima de los codos y se había recogido el
pelo en una coleta alta cuando, un rato antes, se había quejado de que hacía
demasiado calor. El tiempo a principios de septiembre era aún caluroso,
pero refrescaría cuando se pusiera el sol.
Llevaba unas deportivas, a las que yo había tenido que atarle los
cordones porque ya no llegaba a los pies.
Los días en que caminaba deprisa habían quedado atrás. Redujo la
marcha, bien porque estaba disfrutando del espectáculo o porque empezaba
a cansarse. Seguramente, se debía a las dos cosas.
Entre el caos del trabajo y la energía que le chupaba el bebé, cada noche
caía rendida hacia las nueve, después de que cenáramos y le regalara un
orgasmo.
—¿Te apetece un funnel cake o prefieres minidónuts? —le pregunté.
El olor del pan frito, el azúcar y la canela llenaban el aire cuando
pasamos junto al puesto en el que vendían las pastas.
—Dónuts. —Se frotó un costado—. O nada. Tengo hambre, pero no me
queda espacio.
—Compraré dónuts. Si no quieres, me los comeré yo.
—Vale.
Se apoyó en mi brazo y bostezó.
—¿Quieres que dejemos esto y nos vayamos a casa?
Por primera vez en mi vida, no pensaba poner pegas si tenía que
marcharme temprano del Rodeo de Big Timber. Y menos si eso significaba
que estaríamos solos.
—No —dijo, negando con la cabeza—. Es toda una experiencia. Me
gustan estas aventuras en las que me enseñas a enamorarme de Montana.
Ese no era el único propósito de lo que ella llamaba «aventuras».
También quería que se enamorara de mí.
Deseaba recuperar el lugar que había ocupado durante un tiempo, tal vez
desde el día que la vi pelearse con Carla por lo del carrito.
Nos quedaba poco más de un mes hasta que naciera la niña. Sasha seguía
viviendo conmigo, incluso después de que Emery dejara la cabaña para
trasladarse a su nueva casa del pueblo. Lo tomé como una buena señal.
Pero aún no sabía lo que Sasha sentía. Y no había conseguido reunir el
coraje para confesarle mis sentimientos.
Todas las noches lo tenía en la punta de la lengua, pero algo me lo
impedía. Algo que no podía explicar.
Quizá era porque no recordaba la última vez que había pronunciado esas
palabras.
De niño, le dije a Lily que la quería. Creo que ella también me lo dijo,
pero no lo recordaba. Mi padre no era la clase de personas que dicen «Te
quiero» a menudo, y menos a dos adultos. West no dejaba de repetírselo a
su mujer y sus hijos, pero ¿a mí? No. Éramos hermanos, nos había criado el
mismo padre, y no nos decíamos esas cosas.
¿Era por falta de práctica? ¿O solo era que estaba asustado porque,
sinceramente, no sabía si Sasha me correspondería?
De momento había ganado la cautela, y tenía suficiente con andar
cogidos de la mano en público. Con poder besarla cada vez que aparecía.
Hicimos la cola de los mini dónuts, y me situé detrás de ella para pasarle
un brazo sobre el pecho y que pudiera apoyarse en mí.
—¿Te encuentras bien? —preguntó.
—Sí.
—Esta noche estás muy callado.
—Todo va bien, cielo.
Le besé el pelo.
—¿Cuál es tu momento favorito del día? —quiso saber, y me posó las
manos en los brazos.
—La puesta de sol.
Dejé que mi mirada vagara más allá del terreno que ocupaba el recinto
ferial hasta las Crazy Mountains, situadas a cierta distancia. Sus picos
recortados se teñían de luz dorada a medida que el sol pasaba rozándolos.
—¿Por qué esa hora?
—Porque es cuando salen a jugar las chicas guapas.
—¿En serio? —Me clavó el codo en las costillas—. Jax.
—Es una broma —reí—. Me gusta el final de un día largo. Quizá porque
tengo la sensación de que por la mañana siempre salgo corriendo, siempre
voy con prisas al amanecer. Pero, cuando se pone el sol, por lo general no
hay más que hacer salvo parar y respirar. Es la hora de tomarse un momento
para celebrar las victorias, por pequeñas que sean. Para disfrutar de los
últimos rayos de la magnífica luz del sol.
Sasha estiró el cuello para mirarme a los ojos.
—Me gusta.
—¿Cuál es tu momento favorito del día?
Miró al mismo lugar que yo un momento antes y se deleitó con los tonos
anaranjados, amarillos, rosas y azules de la puesta de sol.
—Ahora quedaría mal si contesto «la puesta de sol», así que diré
medianoche.
—Cuando estás durmiendo como un tronco.
—Cuando los chicos salen a jugar —rio.
Yo también me reí y me incliné para darle un beso en la mejilla a la vez
que avanzábamos en la cola para hacer nuestro pedido.
Estábamos bien juntos. Lo nuestro era la hostia. Y ella sentía lo mismo,
¿no? ¿Sabía que teníamos algo especial y que no era solo por lo del bebé?
Querría estar con ella aunque no se hubiera quedado embarazada.
Bajó la mano de mi brazo y la posó en mi muslo. Incluso a través de los
vaqueros sentí el calor de aquel contacto.
Ella también lo sentía. Seguro que lo sentía.
—Jax. —Sasha se apartó de mí—. ¿Seguro que estás bien?
—De fábula —mentí, y dejé las preocupaciones a un lado para hacer el
pedido.
Con un recipiente de papel lleno de minidónuts cubiertos de glaseado de
azúcar con canela, reanudamos el paseo serpenteando entre las terrazas de
los puestos.
Indya y West estaban en alguna parte entre la multitud. Habían dejado a
los niños en casa con Lily. Seguramente mi padre también estaba en la feria,
junto con mi hermano y su mujer. Y mis abuelos seguían sentados en el
sitio que les habíamos asignado en las gradas.
Durante los últimos dos meses, habíamos cenado en su casa un par de
veces. Tras una simple mirada al vientre de Sasha, se habían comportado de
maravilla con ella. El abuelo había fabricado unas botitas de cuero para la
niña. La abuela se pasaba por el complejo una vez a la semana como
mínimo y le llevaba algunos dulces a Sasha: cookies, tarta o pastel.
Todos en mi familia la habían acogido muy bien, tal como les pedí. Eran
su familia tanto como la mía.
Solo faltaba que Sasha los acogiera.
No es que les hiciera sentir que se mantenía en guardia; Sasha era
educada y amable. Pero yo veía que guardaba las distancias. No los dejaría
entrar en su vida con tanta facilidad. Para ella eran… amigos.
Incluso Indya.
Pero no eran su familia. Todavía no.
Quizá se debiera a que ella era su jefa, y esa situación le venía de nuevas.
Pero yo captaba su reticencia, el temor de que, si se acercaba demasiado a
ellos, acabaría por perderlos.
A lo mejor era yo el que tenía esos temores y los estaba proyectando.
Quizá se debía a los nervios por la llegada del bebé, pero no podía quitarme
de encima la sensación de que iba a pasar algo. Algo que fastidiaría eso tan
bueno que habíamos conseguido en los últimos meses.
—Jax, ¿quieres que nos vayamos?
—¿Qué? No.
Bueno, más o menos.
—¿Qué te pasa? —preguntó—. Esta noche estás… encerrado en ti
mismo.
—Encerrado en mí mismo. —Arqueé una ceja—. Debes de confundirme
con West.
—West no suele encerrarse en sí mismo.
—Tú no lo conocías antes de que estuviera con Indya.
Suspiró.
—Buen intento de cambiar de tema.
—Estoy bien. —Le retiré un poco de azúcar y canela de las comisuras de
la boca—. Creo que también estoy cansado. Ha sido una semana muy larga.
Seguíamos en plena temporada alta, aunque hubiéramos cambiado la
página del calendario a septiembre. En lugar de atender a familias que
acudían a entretenerse en vacaciones, acogíamos a grandes grupos de
personas adultas.
El día anterior había llegado uno formado por quince tíos de entre treinta
y cuarenta años que querían pasar una semana juntos haciendo senderismo,
montando a caballo y pescando. A finales de ese mes íbamos a celebrar dos
bodas, y en ambas teníamos cubiertas todas las reservas del complejo.
Sasha no había bajado el ritmo ni un poquito, ni siquiera con octubre y su
salida de cuentas a la vuelta de la esquina. Indya se encargaría de cubrir el
grueso de las tareas de Sasha mientras tuviera el permiso por maternidad, y
Tara y los demás encargados la ayudarían. Pero Sasha hacía todo lo posible
por dejarlo todo a punto antes de su baja. Trabajaba con tanto ahínco que
era como si tuviera miedo a perder el puesto.
Pero ese puesto seguiría estando allí para ella. Siempre lo estaría.
Y yo también estaría allí para ella. Siempre.
—¿Quieres que mañana montemos la cuna? —le pregunté.
—Ah, es que… mañana pensaba trabajar.
Al día siguiente era sábado, pero no le iba a comentar nada al respecto.
—Lo haremos cuando termines.
—Vale.
Pero daba la impresión de que prefería hacer cualquier otra cosa.
Por el momento, el cuarto de la niña era un trastero lleno de bolsas con
regalos y paquetes. Indya había montado una fiesta para celebrar la llegada
de Josephine el mes anterior, y su generosidad y la de todo el personal del
complejo turístico me sorprendió incluso a mí. No solo nos dieron ropa y
pañales. Nos habían comprado hasta muebles.
La pila de regalos que ocupaba el suelo de la habitación era casi una
montaña.
Supuse que el motivo por el que Sasha no había empezado a ordenarla
era porque estaba cansada. Quizá, abrumada.
Pero aquel caos estaba empezando a ponerme de los nervios.
La habitación de la niña, junto con el dormitorio principal, eran dos de
los espacios que había añadido a la casa durante la reforma. Antes era una
habitación de invitados, pero había trasladado la cama y los otros muebles a
un almacén.
¿Acaso Sasha no tenía ganas de decorarla? ¿De organizarla? ¿No se
suponía que las embarazadas pasaban el síndrome del nido? Parecía estar
evitando esa habitación. ¿Por qué?
—¿Por qué no quieres que montemos…?
Antes de que tuviera tiempo de formularle la pregunta que tenía en
mente, un alboroto en las terrazas de los puestos captó mi atención.
Calvin apareció tambaleándose hacia atrás desde la entrada, como si
alguien le hubiera empujado por un hueco de la zona vallada.
—Mierda —mascullé.
Sasha se detuvo y me cogió de la mano con fuerza.
Cambié la posición del cuerpo para cubrirla mientras Calvin recuperaba
el equilibrio. Más o menos.
Se puso en pie como pudo y se alejó de las terrazas mientras le dirigía a
alguien un gesto obsceno levantando el dedo corazón.
—¡Que te den!
Alguien le gritó lo mismo.
Él se burló, pero se alejó dos pasos más, luego tres. En cuanto se volvió y
miró hacia delante, nos vio y se detuvo. Hizo una mueca. Tenía los ojos
vidriosos y la cara roja.
—Joder. Está borracho.
Apreté la mano de Sasha y me dispuse a marcharme de allí, porque lo
último que quería era que mi novia embarazada —¿era mi novia?—
presenciara el numerito de un cabrón borracho.
Sin embargo, antes de que pudiéramos dar media vuelta, Calvin ladró mi
nombre:
—Haven. Me imaginaba que te encontraría aquí. Qué raro que no estés
con mi mujer.
—Exmujer.
Pronto lo sería. Emery había presentado los papeles y solo tenían que
esperar a que se formalizara el divorcio.
Calvin se acercó lo bastante para que notara su aliento a cerveza. Me
lanzó una mirada asesina, y luego se quedó observando a Sasha y su
barriga.
—¿No te molesta que haya pasado años tirándose a Emery a escondidas?
—Ya está bien, Calvin —le espeté—. No tengo nada con Emery. Nunca
lo he tenido.
—A lo mejor ahora no, porque ya te has trincado a esta puta.
Mi reacción fue instantánea. Solté la mano de Sasha y los minidónuts.
Actué tan rápido que aquel hijo de perra no tuvo tiempo ni de pestañear
antes de que le estampara el puño en la nariz y la sangre saliera a chorro.
Sasha ahogó un grito.
—¡Joder! —Calvin se llevó las manos a la cara y se dobló por la mitad,
perdió el equilibrio y se cayó de culo—. ¡Me has roto la nariz, hostia!
—No vuelvas a hablar así de ella.
El pecho me subía y me bajaba a medida que aumentaban la adrenalina y
la rabia.
La gente salió de las terrazas para ver qué estaba ocurriendo. West y mi
padre estaban allí, y los dos corrieron hacia mí, seguramente para evitar la
pelea cuando Calvin consiguiera levantarse.
No hizo falta que intervinieran. Levanté las dos manos en el aire y
retrocedí.
—He terminado.
Una mujer del pueblo a la que conocía de vista corrió al lado de Calvin.
—Cariño, ay, Dios mío.
¿Cariño? Pues sí que le preocupaba Emery si ya había rehecho su vida. O
quizá la había estado engañando durante años, y la acusaba de cometer
errores que en realidad eran suyos. Daba igual. Ya no era mi problema.
—¿Estás bien? —preguntó West.
—Sí.
Joder. Sacudí los nudillos.
La mujer ayudó a Calvin a ponerse de pie y lo sujetó por el brazo.
Él me lanzó una mirada furibunda. Aún le sangraba la nariz, pero, por
una vez en su vida, tomó una decisión sensata y dejó que la mujer lo
acompañara a los aseos.
—¿Qué ha pasado? —quiso saber mi padre.
—Ha llamado «puta» a Sasha. Y me he cabreado.
—Bueno, es lógico. —West miró alrededor—. ¿Dónde está?
—Aquí… —Antes estaba a mi lado—. ¿Sasha?
Busqué alrededor, pero no la encontré entre la multitud.
—¡Sasha! —la llamé.
No hubo respuesta.
—Tengo que irme —les dije a West y a mi padre alejándome, y volví a
sacudir los nudillos mientras observaba los puestos.
¿Adónde habría ido? Me volví a mirar atrás, y estaba a punto de avanzar
en sentido contrario cuando una mata de pelo moreno cerca de la salida
captó mi atención.
—¡Sasha!
Ella siguió caminando. Deprisa.
—Mierda.
Eché a correr, abriéndome camino entre la gente, acelerando el paso para
darle alcance.
La atrapé a medio camino del aparcamiento y me situé a su lado.
—Cariño…
—Quiero irme a casa, Jax. Ahora mismo.
Tenía la voz fría como el hielo.
Suspiré.
—Vale.
Caminamos en silencio hasta la camioneta, e incluso al abrir la puerta
para ayudarla a subir me rehuyó.
—Lo siento —me disculpé al sentarme frente al volante—. No debería
haberle pegado.
Ella tragó saliva y se volvió hacia la ventana.
«Cabrón».
Por mucho que tuviera ganas de culpar al gilipollas de Calvin Hill de lo
ocurrido, la responsabilidad era mía.
—Sasha. —Esperé hasta que me miró—. Lo siento.
Ella respondió asintiendo con la cabeza. Acto seguido, se volvió hacia la
ventana, y apenas se movió en todo el trayecto de vuelta a casa.
En cuanto aparqué en el garaje, se apeó de la camioneta.
La alcancé en la entrada de la casa, y quise ayudarla sujetándola con una
mano mientras se descalzaba. Pero, en cuanto mis dedos le rozaron el codo,
se apartó.
Y me dejó solo con un par de zapatillas Nike de color blanco.
También con unos nudillos que necesitaban hielo.
24

Sasha

—Jax.
Mi voz fue apenas un murmullo contra la almohada.
Él no se movió. Tenía la boca entreabierta mientras dormía al otro lado
de la cama, y, aunque solo estábamos a un palmo de distancia, era como si
nos separara un kilómetro.
Después del rodeo, no habíamos vuelto a dirigirnos la palabra. No podía
hablar con él, aún no. Necesitaba tiempo para luchar contra los malos
recuerdos. Recuerdos de puños en el aire. De una nariz rota. De un reguero
de sangre saliendo a borbotones.
Por eso, en cuanto llegamos a casa, fui al dormitorio y me puse una de
sus camisetas. Me había acostumbrado a dormir con ellas ahora que no me
cabía ninguno de mis pijamas. Después, trepé a la cama y fingí que estaba
dormida cuando por fin se reunió conmigo.
Por primera vez en meses, no me abrazó.
Sin él, hacía frío. Demasiado.
Con el máximo cuidado para que mis movimientos no lo despertasen, salí
de entre las sábanas y recorrí la habitación a oscuras para entrar en el
vestidor y buscar uno de sus forros polares. Me lo puse; la prenda me cubrió
hasta medio muslo. Me remangué y salí despacio de la habitación; cuando
llegué al pasillo, cerré la puerta tras de mí.
Esperé con la oreja pegada a la madera, pendiente de cualquier ruido.
Solo cuando estuve segura de que Jax seguía durmiendo, crucé el pasillo de
puntillas en dirección a la habitación de la niña.
Entre los regalos apilados en el suelo había una lamparita de color rosa.
La llevé hasta una pared, la enchufé, y el espacio quedó bañado por una luz
tenue.
Cuando Indya me preguntó si podía dar una fiesta para celebrar la llegada
de la niña, pidió que le hiciera una lista de nacimiento. Yo nunca había
hecho ninguna, y no quería elegir cosas al azar, de modo que me pasé horas
buscando páginas con ideas para decorar la habitación.
Encontré una foto de una con las paredes de un gris azulado y una cuna
blanca enmarcada por un dosel de color rosa pastel. El diseñador había
decorado una pared, del suelo al techo, con mariposas. Me encantaban las
mariposas, de manera que las puse en la lista junto con un dosel rosa y una
cuna blanca a juego con un cambiador.
En realidad, había pensado comprar los muebles yo misma, pero Indya
me sorprendió al decirme que eran un regalo de ella y de West.
Me regalaron casi todo lo que había en la lista, junto a un montón de
cosas que ni siquiera sabía que necesitábamos. Aún no tenía muy claras las
ventajas del Diaper Genie, pero aquel aparato que sellaba los pañales para
que no olieran cuando los tirabas estaba en una esquina de la habitación,
junto con la caja de la cuna, que estaba sin abrir.
Me senté en la alfombra blanca de pelo sintético que nos había regalado
el equipo de limpieza y crucé las piernas. Luego, pasé la mano por su
textura suave.
Todo estaba allí, lo necesario para el precioso dormitorio de mi pequeña,
pero no había sido capaz de montarlo. Durante ese último mes, había
pasado a diario por delante de la habitación, y cada vez que lo hacía echaba
un vistazo a las bolsas llenas de ropa y mantitas que había que lavar y
guardar. Pero siempre encontraba alguna excusa para no ocuparme de ello.
¿Acaso las futuras mamás no adoraban esas cosas? ¿Cuál era mi
problema para que no sintiera el más mínimo deseo de decorar la habitación
de la niña?
La bolsa más cercana estaba a escasos centímetros de mi pierna. Dentro
había un pijama de color lavanda, con el tejido de algodón adornado con
estrellas plateadas. Pero no logré cogerlo. No fui capaz de sacarlo de la
bolsa y empezar a formar una pila de ropa para lavar.
Por eso seguí allí sentada, con la luz de aquella lamparilla rosa
haciéndome compañía, hasta que alguien alto y musculado apareció en la
puerta.
Jax iba solo con un bóxer ajustado de color negro. Me examinó un
momento, como si tratara de decidir hasta qué punto era seguro cruzar el
umbral. Pero entró y se sentó a mi lado, con las largas piernas extendidas
junto a las mías mientras me atraía hacia él para que apoyara la espalda en
su pecho, como si fuera una silla personalizada.
Me relajé contra él y absorbí el calor de su pecho desnudo al tiempo que
nos envolvía el silencio.
—¿Por qué no quieres montar la habitación de Josephine?
—Porque me da miedo que me guste —susurré—. Y luego tenga que
dejarla.
Jax enterró la cara en mi cuello y respiró hondo.
—Quítate de la cabeza la idea de que te irás.
—Dijiste que esto era temporal.
—Nunca lo ha sido, nena. Solo lo dije para que aceptaras vivir aquí. Pero
no te equivoques: no te irás a ninguna parte.
Me aparté un poco cuando se incorporó y clavó la mirada en la mía. Sus
ojos azules estaban llenos de promesas. De palabras que deseaba oír. Pero
¿estaba preparada?
—Esta es nuestra casa —dijo. Dios, cuánto lo deseaba. Un hogar. Una
vida—. Dime que lo has oído, Sasha. Dilo en voz alta: «Esta es nuestra
casa».
Era como si me pidiera que me tirara por un barranco. Que me dejara
caer y confiara en que él estaría al pie para cogerme.
Quizá había llegado la hora de confiar. De mandarlo todo al cuerno y
echar a volar.
Los ojos se me arrasaron en lágrimas, como si algo dentro de mí se
rompiera. Los muros. Las cadenas. La cinta adhesiva que me había ayudado
a mantenerme en pie durante una década.
—Esta es nuestra casa.
—Te tengo, cariño. —Me rodeó con su cuerpo musculoso y me envolvió
en sus brazos—. Estoy contigo.
Lo había oído. Pero ¿y si además le creía?
Me acurruqué en su abrazo y aspiré su reconfortante aroma.
Jax cambió de posición para extender una mano sobre mi vientre justo
cuando la bebé dio una patada. Había notado antes sus movimientos, y,
como las otras veces, el ambiente se llenó de una risa de puro asombro.
—¿Nos está diciendo que montemos su habitación?
—Sí.
Sin embargo, no nos movimos; hasta que se me durmieron las piernas y
los pinchazos de la parte baja de la espalda me obligaron a levantarme del
suelo.
—Siéntate. —Jax señaló la mecedora de terciopelo gris que había en un
rincón, regalo de Curtis—. Léeme las instrucciones mientras monto la cuna.
Fui hasta allí, me dejé caer en el asiento mullido y empecé a mecerme
mientras él abría la caja.
Había llegado el momento, ¿no? Esa era nuestra casa y, si íbamos a
montar muebles y a compartir una vida, había llegado la hora de empezar a
contarnos secretos. Secretos de verdad.
Jax merecía conocer mi verdad. Antes de que me hiciera promesas, antes
de que pronunciara esas palabras, tenía que saber dónde se estaba metiendo.
—¿Jax?
—Dime, cariño.
—Pídeme que te cuente un secreto.
Él se quedó quieto, tieso como un palo.
—Cuéntame un secreto.
—¿Sabes lo que más me gusta de trabajar en el complejo? Que todo el
mundo cree que soy responsable y madura. Que soy organizada y que lo
tengo todo bajo control. Ese es mi auténtico secreto, que en realidad soy un
desastre. No he conseguido nada en la vida. En cinco viajes, trasladaste
todas mis cosas a esta casa, y lo hiciste a pie. Estoy sin blanca, y debo un
montón de dinero de mis estudios. No tengo muchos amigos ni familia que
venga a visitarme al hospital cuando nazca la niña. En el trabajo, finjo ser la
mujer en la que me habría convertido si mis padres no hubieran muerto.
Pero todo es mentira. Me has pedido varias veces que te cuente una mentira.
Pues bien, la mentira soy yo.
Había tardado meses en hacerle esa confesión. Y salió del tirón, pero
hizo que me ardiera la garganta, como si respirara fuego. Como si todos mis
instintos me estuvieran gritando «¡Finge!» y no tuviera más remedio que
seguir.
Pero… ¿y si dejaba de hacerlo? ¿Y si era… simplemente yo?
Jax me miró con dulzura. Demasiada. Me echaría a llorar si lo que le
inspiraba era lástima, así que bajé la mirada a mi regazo y a mi vientre
abultado.
¿No se supone que la gente se siente mejor después de vaciar su alma?
¿No debería ser un alivio?
Tuve ganas de volver a metérmelo todo dentro. De retroceder en el
tiempo y seguir disimulando, fingiendo.
Pero no era ese el ejemplo que quería darle a mi hija. Si deseaba ser su
confidente, tendría que enseñarle a contar secretos. A mostrarse vulnerable.
Por eso cerré los ojos y dejé que mis muros cayeran.
—¿Y si lo hago mal con nuestra hija? —musité.
—Eso no pasará. —Jax cruzó la habitación y se arrodilló delante de mí.
Luego me cogió las manos y se llevó los nudillos a los labios—. ¿Qué te he
dicho antes?
—Muchas cosas.
—Te he dicho que te tengo, Sasha. Te tengo.
Pero yo oí algo muy diferente:
«Te tengo».
«Te quiero».
Las lágrimas brotaron al instante.
—Siento lo de antes.
—Es culpa mía.
Negué con la cabeza, y me solté para secarme los ojos.
—No, no lo es. Hace un tiempo pasó algo, y lo de esta noche me ha
traído malos recuerdos.
—¿Qué?
Todo su cuerpo se tensó.
No podía quedarme allí quieta mientras le contaba mi historia, de modo
que me acerqué un poco y me así a los brazos de la mecedora para
levantarme. Sin embargo, no me fue fácil, por lo que Jax se plantó delante
de mí y me ayudó a ponerme en pie.
Se hizo a un lado mientras me observaba coger una bolsa de regalo, la del
pijama de color lavanda.
Lo saqué y acaricié la suave tela mientras él ocupaba la mecedora y
apoyaba los codos en las rodillas, a la espera.
Un poco más y lo habríamos conseguido. Un poco más y habríamos
superado el peor episodio de mi pasado. Había llegado la hora de hablarle
de Eddie.
Abrí la boca, dispuesta a pronunciar su nombre, pero me detuve.
Aún no. Aún no era el momento. Antes, tenía que hablar con Eddie.
Contarle lo de Jax y lo de la niña. Después de todo lo que habíamos pasado,
merecía saberlo antes que nadie.
Así que Jax conocería ese último secreto.
Pero más adelante.
De momento, le explicaría lo de la pelea.
—Hace un año más o menos una noche volví a casa del trabajo y quise
prepararme unos cereales, pero me había quedado sin leche, así que decidí
bajar a comprar a la tienda, que estaba a dos manzanas. No era un barrio
muy recomendable, pero tampoco el peor de Sacramento. Fui deprisa. Tardé
menos de cinco minutos en llegar, compré la leche y me fui. Estaba a medio
camino de casa cuando oí un ruido extraño.
Había pasado mucho tiempo, pero seguía oyéndolo en mi cabeza, tan real
como si aún estuviera en aquella esquina de la calle a oscuras. Quizá era
normal no olvidar el sonido del dolor y la violencia.
—Vi a dos hombres que estaban peleándose. Bueno, en realidad no era
una pelea. Uno estaba en el suelo y el otro le daba puñetazos y patadas; no
paraba. Solté la leche y, al caer al suelo, sonó como si hubiera rebotado una
pelota antes de que el tapón saltara y el contenido saliera y lo salpicara
todo. Es curioso cómo recordamos los sonidos, ¿no? Se quedan en nuestra
cabeza.
Por eso esa tarde había salido corriendo en el rodeo. No era por la sangre.
Salí huyendo al oír el golpe de la carne contra la carne.
—Intenté detener la pelea, parar al tío que golpeaba al hombre que estaba
en el suelo.
Jax apretó la mandíbula y los puños mientras se le tensaban los músculos
de los brazos.
—No fue lo más inteligente por mi parte —dije al tiempo que alcanzaba
otra bolsa de regalo llena de cremas y lociones que no sabía cómo ni
cuándo debía usar—. En medio del alboroto, me empujaron y tropecé con el
bordillo. Me caí de espaldas y me di un golpe en la cabeza. Perdí la
conciencia y me desperté con el ruido de las sirenas cuando llegó la policía.
—Sasha. —Jax dejó caer la cabeza—. ¿Por eso perdiste los nervios
cuando me caí del caballo?
—En parte sí. —Fui hasta el cambiador, de madera blanca a juego con la
cuna, y empecé a colocar en el primer cajón los productos para el cuidado
del bebé—. Fue un problema de drogas. Odio las drogas.
—Yo también.
Doblé la bolsa vacía y me quedé mirando una pila de ellas sobre la mesa.
—No tendría que haberle pegado a Calvin. —Jax se puso de pie—. Lo
siento.
—Eso ya lo has dicho.
—Sé reconocer mis errores.
—Lo sé.
Y por eso lo adoraba. Era honesto, una bellísima persona.
¿Sabía Jax que Lily había dicho casi lo mismo sobre enmendar errores
meses atrás, cuando él estaba en el hospital? A lo mejor tenían más en
común de lo que estaba dispuesto a admitir. Quizá, a pesar de sus errores,
ella le había enseñado bien.
Se acercó a mí y me apartó el pelo de la sien.
—No volverá a ocurrir.
Me dejé llevar por su caricia e inhalé profundamente. Y ahí estaba, el
alivio que esperaba encontrar un rato antes.
Había más que contar de aquella historia. Tenía que saber más.
Pero sería más tarde.
Después de que enviara una última carta.
Entonces Jax conocería todos mis secretos. Todas mis mentiras. Todas
mis verdades.
—¿Aún tienes ganas de montar la cuna? —pregunté.
—No especialmente.
Se inclinó con un movimiento ágil y elegante, y me cogió en brazos.
—Jax, peso demasiado.
—Bah.
Fue hasta la puerta de la habitación, se colocó de lado para pasarme por
el hueco y cruzó el pasillo. Me llevó a la cama y me tumbó antes de
colocarse encima de mí.
La forma en que me quitó la ropa fue como una danza lenta. Meses atrás
le había dicho que no quería bailar, pero él había encontrado la manera de
que lo hiciera de todos modos.
Cuando estuvimos desnudos, piel con piel, se arrodilló entre mis piernas
y me levantó las caderas para depositarlas sobre sus fuertes muslos. Acto
seguido, entró en mí y empujó hasta el fondo. Teníamos las manos
entrelazadas a ambos lados de mi cuerpo mientras él movía las caderas y
nos acompasaba lentamente.
Mantuvo los ojos fijos en los míos mientras me hacía el amor. Fue
precioso. El orgasmo me asaltó como una corriente oceánica, y tiró de mí
hasta que me sentí montada en una ola que recorrió todos mis huesos y
células.
Cuando Jax se corrió, tenía el cuerpo tenso y trémulo, y la cabeza le
colgaba hacia atrás.
—Sasha.
Mi nombre en sus labios fue un rugido y una súplica. Otro sonido que no
olvidaría jamás.
Cuando estuvimos exhaustos, se dejó caer a mi lado y me arrastró cerca
de él, de espaldas contra su pecho. Me posó la mano en el vientre y me besó
el pelo mientras musitaba algo y yo me quedaba dormida.
Musitó las palabras que no estaba preparada para oír. Aún no.
No hasta que escribiera una carta más.
La de despedida.

Querido Eddie:
Te equivocaste al hacerle daño a aquel hombre. Te equivocaste al vender aquellas drogas. Ya
sé que no quieres oírlo, pero te equivocaste. Debemos empezar a asumir nuestros errores. El mío
fue no obligarte a afrontar los tuyos.
Habría preferido decirte esto en persona, al menos por teléfono, pero tengo noticias. Estoy
embarazada. El mes que viene tendré un bebé, una niña. Vamos a llamarla Josephine.
Te quiero. Siempre te querré. Pero esta será mi última carta durante un tiempo. Espero que
algún día encontremos la manera de retomar el contacto. Siempre me tendrás aquí. Siempre
estaré aquí para ti. Aunque duela. Aquí estaré.
Sasha
25

Jax

Un ruido metálico me dio la bienvenida al cruzar la entrada de casa de mi


padre.
—Joder. —Su voz me llegó desde la puerta abierta del garaje—. Chatarra
de mierda.
—Hola a ti también, papá.
Asomó la cabeza por encima de la cubierta del cortacésped y entornó los
ojos ante el sol de la tarde.
—¿Jax?
Entré en el garaje y me alejé del intenso sol.
—Hola.
—Hola. Lo siento, no te he oído llegar.
—No te preocupes. —Señalé el motor del cortacésped a medio
desmontar—. ¿Qué le pasa?
—Ojalá lo supiera. Creo que es el carburador. No para de calarse. Quien
diseñó este trasto era un cabrón despiadado. He tenido que desmontar
prácticamente la máquina entera para limpiarla. Y ahora que por fin la he
vuelto a montar, no consigo que arranque.
De hecho, que ese cortacésped hubiera durado tantos años era mérito del
supuesto cabrón despiadado que lo había diseñado. Era la misma máquina
que utilizaba yo de niño, y mi padre me daba tres dólares cada vez que
cortaba el césped.
Golpeé la rueda delantera con la punta de la bota.
—Te recuerdo que eres millonario, ¿eh? Puedes permitirte un cortacésped
nuevo. Seguro que en la tienda del pueblo te conseguirían uno para mañana
mismo.
—¿Y por qué voy a comprar uno nuevo si puedo arreglar este?
—¿Puedes? —lo provoqué.
Mi padre frunció el ceño.
—Bueno, supongo que está por ver. Pero ya llevo tres horas intentándolo,
y no soy de los que se dan por vencidos.
Me eché a reír.
—¿Necesitas ayuda?
Me pasó la llave inglesa.
—Adelante.
Estuvimos la siguiente media hora inclinados sobre la máquina, pensando
y tratando de repararla. Por fin, la siguiente vez que giramos la llave, el
contacto funcionó y el motor cobró vida con un ronroneo.
—Quién lo iba a decir —rio mi padre ante el zumbido que llenó el garaje.
Lo dejó un momento encendido, y luego lo apagó—. Gracias.
—No hay de qué.
—¿Hoy no trabajas? —preguntó, como si acabara de darse cuenta de que
era jueves y que a esa hora debería estar en el complejo.
—Sí, estoy trabajando. West necesitaba que le echara una mano para
trasladar las vacas a la pradera del este. Cuando volvía, he visto que tenías
el garaje abierto y me he acercado a saludar.
—Pues me alegro. —Mi padre empezó a guardar las herramientas en los
cajones de la pared del fondo—. ¿Cómo te va todo?
—Mucho trabajo.
Las últimas dos semanas habían sido de locos, no solo en el trabajo, sino
también en casa.
Sasha se había lanzado de cabeza a montar la habitación de la niña. Todas
las noches, cuando llegaba, la ayudaba con lo que quisiera hacer allí, y al
cabo de dos semanas estuvo todo a punto. Había mariposas por todas partes
y más rosa del que jamás pensé que tendría bajo mi techo.
Era la habitación que más me gustaba de toda la casa.
Con eso terminado, quizá Sasha bajaría el ritmo. Aunque, teniendo en
cuenta que trabajaba más que nunca en el complejo, tampoco pondría la
mano en el fuego. Tanto el edificio principal como las cabañas estaban a
tope de huéspedes.
—¿Cómo estás tú? —pregunté.
—No me puedo quejar.
Abrió un cajón del armario de las herramientas y colocó la llave inglesa
en su lugar. Las tenía ordenadas según su tamaño.
¿Cuántas horas había pasado en ese garaje, enfrascado en un proyecto
con mi padre, y lo había observado guardar las herramientas? Por algo sabía
construir y reparar motores: él me lo había enseñado todo sobre mecánica.
Sobre cómo arreglar una fuga de agua del fregadero o cambiar una lámpara.
Sobre montar a caballo y criar ganado.
Era un buen padre, a pesar de los conflictos que habíamos tenido años
atrás, después de que vendiera el rancho. Curtis Haven había cometido
muchos errores, pero era un buen padre.
—¿Puedo preguntarte una cosa? —dije.
—Dispara.
Se volvió y se apoyó en el banco de trabajo.
—Cuándo Indya compró el rancho, ¿sabías que había tenido una historia
con West?
Era una pregunta que me había martilleado durante años, pero no me
había molestado en planteársela.
Al principio, Indya tenía pensado quedarse solo un año en el complejo
después de cerrar la operación. Quería cambiar el negocio y solucionar los
problemas financieros para luego emprender otros proyectos. Hizo un trato
con mi padre para asegurarse de que, cuando ella se fuera, West se quedaría
al mando. Básicamente, obligó a mi padre a jubilarse.
Siempre me había preguntado si él estuvo de acuerdo porque era la mejor
opción o porque sabía que, si Indya se quedaba un año en Montana, tal vez
se reavivaría la vieja llama del amor entre ella y West.
—Tuve una corazonada —respondió—. Durante las semanas que ella
pasaba aquí con su familia cuando eran adolescentes, a West no se le veía el
pelo. Pero no estaba seguro. ¿Por qué?
—Siempre me lo he preguntado —dije, encogiéndome de hombros—.
¿Vendiste el rancho por esa corazonada?
Él suspiró.
—Ojalá fuera por un motivo tan romántico. Se lo vendí porque
necesitábamos el dinero. Estábamos en un puto hoyo, y ella era la salida.
Hice un sonido apreciativo y me acerqué al cortacésped para coger un
trapo del asiento y limpiarme las manos.
—¿Mi madre se puso en contacto contigo alguna vez?
Otra cuestión que me despertaba curiosidad. Pero eso no lo había
obviado por la falta de oportunidad de preguntar. Llevaba años queriendo
saberlo, pero jamás había reunido el coraje suficiente. Seguramente, porque
ya sabía la respuesta.
Mi padre pestañeó, perplejo, como si el cambio de tema lo hubiera
pillado por sorpresa.
—Nunca te lo he preguntado. —Arrojé a un lado el trapo sucio—. Pero
desde hace un tiempo pienso mucho en ello.
El hecho de compartir secretos y mentiras con Sasha había hecho
reaparecer viejos fantasmas. Hacía demasiado que estaban enterrados, y no
pensaba volver a mandarlos a su agujero sin más.
—Ya lo entiendo. Estás a punto de ser padre, y eso hace que un hombre
le dé vueltas a la cabeza. —Su mirada se suavizó—. Ojalá pudiera decirte
que sí, que me llamó para saber cómo estabas.
Pero no podía. Y los dos lo sabíamos.
No la necesitaba. Porque tenía a mi padre. Y a los abuelos. Incluso a Lily.
Pero siempre me había preguntado si alguna vez había echado la vista atrás.
Ya podía enterrar ese fantasma para siempre.
Centrarme en Sasha. En nuestra hija.
—Gracias, papá. Será mejor que vuelva al trabajo —dije.
Pero antes de que pudiera salir del garaje e ir a por la camioneta, oí el
ruido de unos neumáticos sobre la grava exterior.
Mi padre y yo nos acercamos al camino de la entrada justo cuando un
todoterreno aparcaba al lado de mi vehículo.
—¿Esa es…?
Se quedó boquiabierto.
Lily abrió la puerta del coche y se apeó.
—¿Habló conmigo en la barbacoa? —musitó él.
¿Era una afirmación o una pregunta porque, meses después, aún no daba
crédito a lo que había ocurrido aquella noche?
Mi padre se aclaró la garganta y se alisó la pechera de la camisa mientras
Lily se dirigía a la puerta trasera de su coche y sacaba una caja envuelta con
papel de regalo de rayas rosas.
Cuando se volvió hacia la casa, hizo una pausa y paseó la mirada del
porche al tejado y a las ventanas de las buhardillas. No se había acercado a
esa casa en años. ¿Por qué estaba allí? Tenía mis dudas de que el regalo
fuese para mi padre.
Irguió la espalda y avanzó hacia nosotros con una sonrisa nerviosa.
—Hola.
Mi padre abrió la boca, pero no le salieron las palabras.
—Hola —dije yo acudiendo a su rescate—. ¿Qué hay?
—Yo… Te estaba buscando. He pasado por los establos y no te he visto
en el despacho. Como en tu casa no había nadie, se me ha ocurrido venir
aquí. —Volvió la mirada hacia mi padre y enseguida la apartó—. Esto es
para Sasha y para ti.
Lily me plantó la caja rosa en los brazos, retrocedió y apenas miró de
nuevo a mi padre antes de bajar la vista al suelo.
—Siento molestar.
La disculpa era para Curtis, no para mí.
¿Qué narices estaba pasando? No solo había reconocido su existencia,
sino que estaba allí, en su finca. Por voluntad propia. Podría haber dejado la
caja en mi mesa con una nota.
—No molestas, Lily. —Mi padre la miró como si fuera un sueño—.
Siempre eres bienvenida.
Una parte de mí deseaba que hubiera dicho lo contrario, que la hubiera
mandado a hacer gárgaras. Que le hubiese dicho que había perdido su
oportunidad mientras estaba ocupada alimentando el resentimiento y el
dolor.
Pero la otra, la que siempre vería a Lily como a una madre, la parte que
sabía que mi padre la amaría hasta el día de su muerte, se alegraba de que el
gélido silencio entre ellos empezara a derretirse. Por su bien.
—Es una mantita para el bebé. —Señaló la caja que yo sujetaba—. Me
ha llevado un tiempo tejerla. No había hecho nunca una, así que no es
perfecta.
—Gracias.
«Joder». Era un regalo hecho a conciencia. Todo un detalle. Hasta el más
tonto se daría cuenta de que estaba intentando enmendarse. Con todas sus
fuerzas.
—He escrito una nota. —Quiso sonreír más, pero su gesto se torció como
si estuviera a punto de llorar—. Es para ti.
—Vale.
Saqué el sobre de debajo de la cinta rosa.
—Por favor, no la leas ahora. —Extendió las manos para detenerme—.
Es… es una disculpa. Por muchas cosas, pero sobre todo por la pelea y por
cómo actué. Me ha parecido que sería más fácil decirlo todo sobre el papel,
pero, ahora que lo pienso, seguramente no lo he formulado bien. Solo
empeorará las cosas. Deja que…
Me aparté hacia un lado en cuanto intentó quitarme el sobre.
—Quiero leerla.
Lily parecía al borde de las lágrimas. ¿Cuánto le había costado venir? ¿Y
escribir una carta que no quería que leyera?
—Te oí en el hospital —seguí—. Cuando le dijiste a Sasha que querías
formar parte de la vida de mi hija. ¿Hablabas en serio?
—Sí. —Tragó saliva—. Te quiero, Jax. He hecho muy mal las cosas y no
te lo he dicho lo suficiente. Ni te lo he demostrado. Me gustaría tener la
oportunidad de enmendar mis errores.
«Hostia». Me tambaleé sobre los talones como si acabaran de darme un
puñetazo en el corazón.
Lily se sorbió la nariz y se limpió las comisuras de los ojos. Después,
miró a mi padre con una sonrisa triste.
No hizo falta que le dijera que lo amaba. Siempre lo amaría.
Entre ellos, el amor no había sido nunca el problema. Pero hasta que Lily
no estuviera dispuesta a perdonarlo, seguirían en ese limbo.
Uno en el que Lily odiaba a mi padre por un error que cometió casi
treinta años atrás.
Y mi padre se odiaba por ello.
Estarían atrapados en el enfado y el odio hasta que fueran capaces de
salir de ahí.
¿Era también mi problema? ¿Estaba atrapado en la misma situación que
ellos?
—No pienso seguir llamándote «Lily» —dije—. Ni tampoco «mamá».
¿Qué tal «yaya»?
En ese momento ya no pudo contener las lágrimas, que empezaron a
resbalarle por las mejillas.
—Me gusta «yaya». Me gusta mucho.
Asentí y los dejé en el camino de la entrada para dirigirme a la camioneta
con el regalo y la nota.
Seguían en el mismo sitio, mirándose el uno al otro, cuando me alejé.
Mientras enfilaba la carretera, dejé escapar una pequeña carcajada.
No era así como esperaba que fuera el día.
Pasé frente a los establos y seguí rumbo al edificio principal, donde
aparqué en un sitio libre, a tres coches del de Sasha.
La encontré sentada frente al escritorio cuando entré en su despacho con
la nota de Lily en el bolsillo.
Pero me olvidé de eso en cuanto le vi la cara.
Estaba pálida. Y las manos le temblaban mientras sostenía un papel.
—¿Qué ocurre? —Crucé la estancia para acudir a su lado, con el corazón
en la garganta—. Sasha, ¿es Josephine? ¿Te duel…?
Se levantó de la silla y soltó el papel como si estuviera envuelto en
llamas. Después se precipitó hacia la puerta. Hacía meses que no la veía
caminar tan deprisa.
Estaba a punto de alcanzarla, pero me llamó la atención lo que ponía en
el papel:

QUE TE JODAN.

Había varias cartas esparcidas sobre el escritorio, una docena o más. Unas
eran más largas que otras. Todas estaban escritas con la pulcra caligrafía de
Sasha.
Y encima de su letra, con una tinta roja que destilaba ira y brutalidad,
había unas palabras que no pude pasar por alto:

QUE TE JODAN.
QUE LE DEN A TU BEBÉ.
ME DEJASTE.
TE ODIO.
TE ODIO A MUERTE.
Apreté la mandíbula.
¿Quién narices era el tal Eddie?
26

Sasha

Oí que Jax venía detrás de mí. Llevaba diez minutos sabiendo que estaba
allí, pero no me detuve. Y él continuó siguiéndome.
Seguro que había visto las cartas. Seguro que había echado un vistazo a
las palabras de odio garabateadas sobre mis notas y había pensado lo peor.
Quizá creía en las palabras de Eddie.
Que lo había dejado. Que me odiaba.
Era extraño pensar que llevaba meses en aquel estado lacrimógeno, con
las hormonas disparadas, y, sin embargo, en un día como ese, con el
corazón destrozado y lleno de dolor, era incapaz de llorar.
No podía.
De modo que seguí andando. Por el camino que se alejaba del complejo.
Más allá de las cabañas alquiladas a los huéspedes. Hacia la arboleda y el
recodo de la carretera donde se me atascó el coche en la nieve el invierno
pasado.
Un paso detrás del otro.
QUE TE JODAN.
ME DEJASTE.
TE ODIO.

Me dolía. Me dolía tanto que apenas podía respirar, pero lo hice porque era
necesario. Aspiré el aire y lo retuve en los pulmones mientras las deportivas
que Jax me había ayudado a atarme aquella mañana seguían aplastando la
grava bajo las suelas.
«Inhala, exhala». Una vez tras otra. Retuve el aire limpio y fresco tal
como Jax me había enseñado a hacerlo meses atrás, cuando me llevó al
prado de detrás de la casa.
Olía a hierba, a tierra y a la lluvia de la noche anterior.
Llevaba casi un año en el Rancho Haven River. Había vivido todas las
estaciones de Montana. Y en ese instante me di cuenta de que el otoño era
mi favorita.
Los árboles que nos rodeaban eran un derroche de dorado, verde y
anaranjado.
—Cuando era pequeña, solía hacer mantelitos individuales.
En cuanto hablé, Jax se situó a mi lado y siguió mi paso.
No iba deprisa. Estaba demasiado cansada y me pesaba demasiado el
corazón para seguir caminando rápido.
—¿Mantelitos individuales? —se extrañó.
—Sí. Con hojas. ¿Lo has hecho alguna vez? Sales a la montaña y coges
hojas bonitas. Luego las trituras entre dos láminas enceradas junto a los
restos de sacar punta a los lápices de colores. Mi madre lo planchaba y
teníamos mantelitos individuales.
—Creo que una vez hice algo así en el cole para un trabajo de plástica.
Aminoré la marcha y doblé hacia un lado de la carretera en cuyo arcén
había hojas intactas. No me fue fácil agacharme, pero conseguí recoger una
amarilla y perfecta en forma de pica. Noté un dolor en el costado que me
hizo estremecer, pero se me pasó y me incorporé.
—¿Has visto las cartas?
Seguí con la vista fija en la hoja mientras entrelazaba los dedos en el
tallo.
—Sí.
Dejé escapar el aire de los pulmones. Quizá era más fácil de ese modo.
Igual que cuando Jax le contó a todo el mundo que estaba embarazada, esas
cartas le presentarían a Eddie.
Claro que no era una primera impresión muy buena.
Durante todo ese tiempo, casi un año ya, quise hablar con él. Esperé y
esperé a recibir una mínima señal de atención por su parte. ¿Cuántas veces
había llamado a Micah?
¿Sabía Micah lo que había hecho Eddie? ¿Aprobaba una respuesta tan
despiadada y demoledora?
Eddie no me había escrito una carta. Había cogido todas y cada una de
las que yo le había enviado y me las había tirado a la cara. Ni siquiera se
molestó en usar su propio papel.

QUE LE DEN A TU BEBÉ.

Si no hubiera escrito eso, quizá estaría llorando. Pero había ido demasiado
lejos. Se había pasado de la raya.
Eddie no vería ni una sola lágrima mía. Ese día no.
—Sasha. —Jax me quitó la hoja de las manos—. Habla conmigo, cariño.
Tenía la preocupación esculpida en el rostro. La última vez que había
visto a alguien tan preocupado por mí había sido años atrás. Antes del
accidente. Antes de que mis padres desaparecieran para siempre. Ellos se
preocupaban por mí. Pero ¿y luego?
Nadie, en realidad.
Hasta Jax.
Lo quería porque se preocupaba por mí. Y por mucho más, pero la
preocupación era importante.
Yo también me preocupaba por él.
Y lo quería.
Por eso di una honda bocanada del aire fresco de Montana y le conté mi
último secreto.
—Eddie… —Me dolía pronunciar su nombre— … es mi hermano
pequeño.
Jax pestañeó, perplejo, como si esa vez fuera su mundo el que se había
vuelto del revés.
—¿Tienes un hermano?
—Sí, tengo un hermano —asentí—. Tiene once años menos que yo. Mis
padres no querían tener más hijos, fue un accidente.
No un error. Jamás había oído a mi madre o mi padre referirse a él como
un error.
—A veces lo decían cuando yo estaba cerca, pero siempre en broma. Lo
llamaban «nuestro pequeño accidente» o le explicaban a la gente que no
habían planeado tenerlo. No creo que repararan en que él se daba cuenta y
que lo recordaría. Seguramente pensaban que se le olvidaría.
Pero Eddie no lo olvidó. Y a uno no le gusta que asocien su persona a
una palabra como «accidente».
Si alguien podía entenderlo, ese era Jax.
—Quizá, si no hubieran muerto, si lo hubieran acompañado durante más
tiempo, no solo los siete primeros años de vida, él habría aprendido a reírse
de ello. Se habría dado cuenta de que no era más que una expresión que los
adultos no deberían haber usado. Pero… murieron. Y ojalá eso no formara
parte de los recuerdos que guarda de nuestros padres.
La expresión de Jax denotó que lo entendía.
—Por eso me dijiste que nunca consideraríamos a Josephine un
accidente.
—Exacto. —Le sonreí con tristeza—. Jamás.
Me tomó la mano.
—Jamás.
—¿Podemos…?
Me volví hacia el edificio principal.
Ya había caminado mucho. Si daba otro paso en dirección opuesta, Jax
tendría que llevarme en brazos hasta allí.
Y lo haría. Me levantaría en volandas y me llevaría en brazos durante
kilómetros. Por eso teníamos que regresar antes de que decidiera que había
caminado demasiado.
—Sí.
Me cogió la mano cuando enfilamos la carretera a paso lento.
—Eddie era muy pequeño cuando nuestros padres murieron. Estaba en
segundo. No teníamos abuelos. Mi madre tenía una hermana, pero hacía
mucho que no se hablaban. Creo que a mi tía no le caía bien mi padre, así
que decidí que ella tampoco me caía bien a mí. Mi padre era el más joven
de su familia, y mis dos tíos vivían con sus familias en la Costa Este.
Después del accidente, su hermano mayor se ofreció a quedarse con Eddie,
pero el niño no conocía a sus tíos. Ni yo. Además, Eddie era mi hermano.
No podía imaginarme vivir apartada de él.
Cuando mis padres murieron, yo estaba matriculada en la universidad,
pero aún no había empezado el curso ni me había trasladado. Nunca había
vivido en otro sitio que no fuese en nuestra casa y, después del funeral, no
fui capaz de marcharme.
—O sea, te quedaste con la custodia —dijo Jax.
—Sí.
—A los dieciocho años.
—Sí —repetí, y esa vez la voz me flaqueó.
—Joder, Sasha. Es…
«Demasiado».
En aquel momento, yo era demasiado joven para ser la tutora de Eddie. A
los dos nos superó el dolor por la pérdida. Y las responsabilidades que
había asumido no ayudaban.
—Quizá tendría que haber dejado que se fuera a vivir con mi tío. No lo
sé. Me lo he planteado tantas veces que he perdido la cuenta. Él se ofreció,
pero en realidad no parecía que tuviera ganas de cuidar de Eddie. Lo último
que le dije fue que iba a pedir la custodia. No interpuso ningún recurso.
—¿Y los demás? —quiso saber Jax.
—Tampoco. Nadie se opuso. La última vez que vi a alguien de mi familia
fue en el funeral de mis padres.
Desaparecieron todos de mi vida. No es que antes formaran parte de ella,
pero nos dejaron crecer solos.
A Jax le tembló la barbilla, pero guardó silencio.
Quizá habría sido peor enviar a Eddie con mi tío. Tal vez habría acabado
en el mismo sitio. Pero siempre me pregunté si aquella fue la primera
decisión errónea de toda una serie de ellas.
—Trabajé mucho, tanto como pude. Mis padres no tenían dinero. Eran de
los que preferían llevarnos de vacaciones antes que ahorrar. Por eso acepté
el empleo en un hotel, limpiando habitaciones. Por la noche iba a clase para
sacarme los estudios. Estaba poco en casa y Eddie pasaba muchas horas
solo. Se quedaba a dormir en casa de amigos. Lo matriculé en todas las
actividades extraescolares que encontré. Los días que necesitaba ayuda, le
pedía a un vecino que se quedara con él. Pero eso fue cuando era un niño. A
medida que creció, estaba más horas solo. Demasiadas.
Era más fácil ignorar el dolor, así que me encargué de estar muy ocupada
para no tener tiempo de afrontarlo. Para no sentirlo.
Mientras tanto, Eddie era pequeño y no tenía nada que hacer, salvo echar
de menos a nuestros padres.
—Intenté por todos los medios salir adelante con todo. Cuando lo digo en
voz alta, parezco una madre deplorable al dejar a un niño a su suerte. Pero
te juro que me esforzaba por hacer las cosas bien.
Era importante que Jax supiera cuánto me había esforzado. Cuánto me
esforzaría por nuestra hija. Me prendería fuego antes de fallarle como le
había fallado a Eddie.
—Eh. —Me rodeó las manos con fuerza—. Ya lo sé.
No era merecedora de la fe que ese hombre tenía puesta en mí.
—Así, ¿te quedaste a vivir en casa de tus padres? —preguntó.
—Sí. Durante seis años, hasta que las facturas empezaron a acumularse.
Tiraba de tarjetas de crédito para salir a flote, pagando el mínimo cada mes,
pero no podía hacer frente a la hipoteca, el seguro y los impuestos. Y fue
muy duro, Jax.
Aún sentía sobre los hombros el peso de aquellos años.
—Vivir en aquella casa, oír sus voces, entrar en la cocina y esperar ver a
mi madre, pero encontrar una pila de platos sucios en su lugar… Ver los
palos de golf de mi padre en el garaje, acumulando polvo. Vivíamos con
nuestros fantasmas, y un día… no pude más. Necesitaba un cambio.
Lamentaba haber decidido mudarme. Pero, al mismo tiempo, no.
Eddie, por entonces, tenía trece años. ¿Podría haber vivido cinco años
más en esa casa, hasta que cumpliera los dieciocho? Económicamente,
quizá, aunque habría sido duro y agotador. Pero a nivel emocional era
imposible. Aquellas paredes me asfixiaban, poco a poco, a diario.
—Encontré un apartamento que podía pagar. Vendí casi todas las cosas
de mis padres para pagar la deuda de las tarjetas de crédito; solo me quedé
con lo más importante. Los palos de golf de mi padre y los libros favoritos
de mi madre.
—¿Dónde están? —preguntó Jax, quizá porque no recordaba haber
trasladado palos de golf.
—En un trastero. Tendría que deshacerme de él, pero es barato, y no
sabía qué iba a hacer después de Montana.
Jax dejó de caminar.
—¿Después de Montana? ¿Pensabas irte?
—Sí.
—Pues ya no.
Me cogió más fuerte de la mano.
—Ya no.
Me apoyé en su brazo, contagiándome de su fortaleza, robándole la
seguridad que me había cautivado desde aquel primer día en el
aparcamiento del supermercado.
—¿Qué pasó después de que te mudaras? —quiso saber.
—Hubo problemas.
Era la única forma de describirlo. Eddie se había metido en muchos
problemas.
Mirándolo en retrospectiva, todo empezó porque lo aparté de nuestra
casa, del colegio y de sus amigos.
—Poco a poco, sus notas empeoraron hasta que apenas aprobaba los
exámenes. Cuando empezó el instituto, se juntó con las peores compañías.
Se metía en peleas. Los acusaron de destrozar un coche, aunque en el
colegio no pudieron demostrarlo. Y cuando estaba en casa, cosa rara, nos
peleábamos todo el tiempo.
Yo le pedía que se lavara la ropa, y él me llamaba «puta». Si le decía que
tenía que hacer los deberes antes de quedar con sus amigos, me mandaba a
la mierda y salía por la puerta hecho una furia. Siempre que le pedía que
habláramos, pasaba de mí. Y empezó a referirse a sí mismo como «el
accidente». «El error».
Por culpa de mis padres.
Por mi culpa.
—Las cosas se le fueron de las manos. Tanto que… acabamos aquí.
—¿Los dos? —preguntó Jax—. ¿Tu hermano está aquí?
—Está en Montana. ¿Recuerdas lo que te conté de la pelea? Pues era
Eddie. Se metió en drogas. Sobre todo fumaba maría, pero también
pastillas. Empezó aquella pelea porque el tío al que Eddie quería comprarle
intentó robarle el dinero. Por eso le dio una paliza.
—¿Fue Eddie quien te tiró al suelo cuando intentaste evitar la pelea? —A
Jax se le hincharon las fosas nasales—. Por eso tuviste la conmoción
cerebral.
—Fue un accidente.
¿Cuántas excusas se había inventado para disculpar el comportamiento
de su hermano? Incluso en ese momento, que era claramente culpable,
seguía defendiéndolo.
Las cosas no eran blancas o negras. Quizá por eso era capaz de ponerme
en la piel de Emery. No es fácil apartar de tu vida a alguien a quien amas.
—Eso fue hace un año, más o menos. Eddie tenía dieciséis. Acumulaba
mucha rabia dentro, y era fuerte. Lo detuvieron, también al camello. El juez
se apiadó de mi hermano, sobre todo por su edad, y, en lugar de enviarlo a
un centro de menores, pudimos hacer que ingresara en un campamento para
adolescentes problemáticos.
—¿Un campamento? ¿De qué clase?
—Hasta ese momento, ni siquiera sabía que existían. Es un campamento
y un centro educativo al mismo tiempo. Está aquí, en Montana, a unas
cuatro horas.
Eddie contaba con tutores que le ayudaban a remontar en los estudios.
Era una alternativa al instituto en un entorno vigilado. Allí tenía
compañeros que compartían muchos de sus sentimientos. Amigos con los
que relacionarse, o eso esperaba yo.
—Está muy enfocado a la terapia natural. Es un centro aislado, y los
chicos viven allí; unas veces en el edificio del colegio, pero otras salen al
monte y acampan con sus tutores.
Cada mañana hacían la mochila y se ponían en marcha por un camino de
montaña. Cuando llegaban al siguiente sitio de acampada, montaban las
tiendas para pasar la noche, cocinaban y hablaban. Luego dormían y, al día
siguiente, vuelta a empezar. Y así durante semanas y semanas.
—Se supone que eso les ayuda a empezar de cero. Los aparta del mundo
y les da la oportunidad de conectar con sus emociones.
A lo mejor yo también necesitaba algo así.
De hecho, pensé que había encontrado mi terapia natural: el Rancho
Haven River.
—Algunos chicos pasan allí seis meses antes de volver con su familia.
Otros están más tiempo. Micah es el terapeuta de Eddie y mi persona de
contacto con el colegio, y él dice que cree que a mi hermano le llevará más.
No siguen el calendario escolar estándar, pero ha tenido algunos problemas
de conducta y, de momento, no le va muy bien con los estudios.
De manera que se quedaría allí hasta que Micah aprobase su salida. O
hasta que cumpliera los dieciocho y pudiera marcharse sin necesidad de que
nadie le diera permiso.
—No he hablado con Eddie desde el día que lo dejé en el campamento.
He estado en contacto con Micah por teléfono, pero no cree que Eddie esté
preparado para volver a hablar conmigo. De hecho, me pidió que le
escribiera cartas. Y hoy es el primer día que he tenido noticias suyas.
Jax exhaló un largo suspiro y luego me soltó la mano para pasarme el
brazo por los hombros.
—Lo siento, cielo.
—Yo también.
Durante todos esos meses, había cuestionado la decisión de Micah de
mantenernos separados. Pero, en vista de lo que había aparecido ese día en
el buzón del complejo, era evidente que no había confiado lo suficiente en
él. La distancia que el tutor nos había impuesto era, a todas luces, más
necesaria de lo que yo creía. No había reparado en que mi hermano
guardaba tantísima rabia dentro.
¿Formaba parte de la terapia el hecho de dejar que Eddie me mandara la
respuesta que le viniera en gana? ¿O había enviado las cartas sin que Micah
lo supiera?
—Se puso hecho una furia conmigo, Jax.
Se me partía el corazón al pensar en el niño de siete años que estuvo
aferrado a mí durante el funeral de nuestros padres. El que solía saltar del
autobús y correr a mis brazos siempre que me daban el día libre y lo
esperaba cuando volvía a casa.
Pasamos momentos felices. Muchos. Pero en algún punto del camino, le
fallé.
—El campamento está en una instalación privada. Me parece que es mi
último recurso. Y no es barato. Pero si sirve para que Eddie no vaya a la
cárcel, estoy dispuesta a pagarlo.
—¿Por eso dormías en un colchón hinchable?
Sí.
—No me importaba.
—Sasha. —Jax me soltó para pasarse la mano por la cara—. ¿Por qué no
me contaste nada de esto?
—Le fallé a Eddie. Tenía que hacerle de madre, y le fallé. ¿Y si también
le fallo a nuestra hija?
¿Y si no sabía ser madre?
—Eso no pasará. —Jax me atrajo hacia sí y me retuvo en sus brazos
mientras permanecíamos junto a la carretera—. No es lo mismo, Sasha.
—Soy la misma persona.
—Es verdad. Y por eso serás la mejor madre del mundo. Lo has
sacrificado todo para darle a tu hermano la mejor de las oportunidades. No
le has fallado, ni lo más mínimo.
Dios, ojalá pudiera creerlo.
Me rodeó la cara con las manos y me levantó la cabeza hasta que
nuestros ojos se encontraron.
—Te tengo. Estoy contigo, en lo referente a la niña, a tu vida y a todo. ¿Y
tú? ¿Estás conmigo? ¿Me tienes?
La emoción a la que antes no había sido capaz de dar rienda suelta me
inundó, y se me arrasaron los ojos de lágrimas.
—Te tengo.
—Estamos juntos en esto. —Me acarició la mejilla con el pulgar e
interceptó una lágrima—. Lo haremos juntos.
—Vale —susurré, y me relajé contra su pecho.
—Ven, corazón. Vámonos a casa. ¿Quieres que te lleve en brazos?
—No, puedo andar.
Así, emprendimos el camino de grava, despacio a causa del dolor que
sentía en el costado.
Un dolor del que no hice caso porque no era nada comparado con el que
sentía en el pecho.
27

Jax

El quejido de Sasha me despertó de mi profundo sueño.


—Jax.
—¿Qué?
Me incorporé apoyándome sobre un codo y me espabilé al instante. Ella
estaba sentada en la cama, doblada por la mitad. Le cogí las manos y le
apreté los lados de la barriga.
—Algo va mal. —Inhaló con fuerza—. Me duele.
—Vamos al hospital.
En un segundo, me levanté de la cama y corrí al armario. Me vestí más
deprisa de lo que había hecho nunca y, acto seguido, cogí ropa para Sasha.
Ella se desplazó hasta el borde de la cama. Tenía la cara desencajada por
el dolor.
El estómago y el corazón me dieron un vuelco.
—Todo irá bien.
Ella asintió, pero las lágrimas le brillaban en los ojos cuando le pasé una
sudadera por la cabeza para colocársela encima de mi camiseta, la que se
había puesto para dormir. Luego, una pernera tras otra, le puse unos de mis
pantalones de chándal, y tuve que dar dos vueltas al bajo antes de ayudarla
a levantarse.
Nada más dar un paso, ahogó un grito y se dobló por la mitad.
Sin que tuviera tiempo de oponerse, la levanté por los aires y la saqué en
brazos del dormitorio para cruzar la casa a oscuras.
No me molesté en buscar su calzado; entraría en el hospital con ella en
brazos. La llevé hasta la camioneta, la senté en el lugar del acompañante y
corrí dentro a por mis deportivas y la bolsa con objetos personales que
Sasha había preparado la noche anterior, cuando volvimos a casa tras la
caminata.
Era por eso, ¿verdad? La había dejado caminar demasiado. O quizá era el
estrés por las putas cartas de su hermano.
El doctor Green le dijo en la última visita que quería tomarle la tensión.
Por el momento, no corría ningún riesgo, no había señales de preeclampsia.
Pero, durante las semanas anteriores, los valores habían subido y tomó nota
de que requería control.
Había trabajado demasiado, y yo se lo había permitido. Incluso tras
volver a casa después de la jornada, se ponía a ordenar la habitación de la
niña. Cuando llegaron las cartas, el estrés la superó.
El doctor nos había advertido que tenía que reducir el estrés, bajar el
ritmo.
¿Por qué narices no lo habíamos escuchado?
Arrojé la bolsa de Sasha al asiento trasero, entré en el vehículo y salí por
la puerta del garaje dando marcha atrás en cuanto esta se abrió. Volé por la
carretera, con el motor aumentando de revoluciones a medida que pisaba el
acelerador.
Sasha se aferró a la consola central.
—Jax. No…
Hizo otra mueca de dolor antes de que le diera tiempo de decirme que no
fuera tan deprisa.
Aceleré más y atravesé el rancho a toda pastilla en plena noche, guiado
tan solo por mis faros y la luz de la luna. En cuanto llegamos a la carretera
principal, la enfilé y avancé a todo gas, saltándome todos los límites de
velocidad, rumbo al pueblo.
Con una mano, sujetaba el volante. La otra era la que Sasha tenía cogida
y me apretaba cada vez que le dolía.
—Es demasiado pronto para tener contracciones.
Ella se acariciaba sin parar la barriga, trazando círculos con la mano que
le quedaba libre.
Era eso, ¿verdad? Contracciones.
Aún quedaban tres semanas. Se suponía que nos quedaban tres semanas
más.
Se suponía que iríamos a Bozeman para que diera a luz en un gran
hospital, con muchos profesionales sanitarios y equipos médicos, por si
algo salía mal.
¿Estaba yendo mal? Aparté esa idea de mi cabeza y me centré en la
carretera.
—Todo irá bien.
Me llevé su mano a los labios y le besé los nudillos. Luego, seguí sin
apartar la vista de la carretera, totalmente alerta, ya que lo último que
necesitábamos esa noche era atropellar a un ciervo, hostia.
—Es muy pronto —musitó Sasha.
Lo era.
El teléfono. Mierda. Me lo había dejado en casa. ¿Por qué no lo había
cogido? Debería llamar al hospital antes de llegar y decirles que íbamos de
camino. Pero, con las prisas, lo había dejado cargando junto a la cama. Y
Sasha tampoco llevaba el suyo.
De modo que continué al volante, y durante esos treinta minutos recé más
de lo que lo había hecho en todo un año.
Cuando las luces del pueblo aparecieron ante nosotros, parpadeando bajo
el cielo de medianoche, dejé escapar un suspiro. Pero no aflojé hasta que
llegamos al aparcamiento del hospital.
Estacioné frente a la entrada de urgencias y rodeé la camioneta a toda
prisa para llevar a Sasha al interior.
Lily estaba en la recepción. En cuanto crucé la puerta, saltó de la silla y
vino corriendo por el pequeño vestíbulo.
—¿Qué ha pasado?
—Tiene dolores. Creo que son contracciones.
—Es muy pronto.
Sasha tenía los ojos como platos y se removía para que la dejara en el
suelo, pero yo la sostuve en brazos, contra mi cuerpo.
—Vamos a una consulta.
Lily nos hizo señas para que la siguiéramos.
Las camas estaban vacías y las cortinas, descorridas. Lily pasó frente al
puesto de enfermeras y dobló una esquina. Tras cruzar otra puerta, reconocí
el pasillo que llevaba a las consultas donde solían hacerle los controles a
Sasha, pero todo estaba al revés, como si hubiéramos entrado por la puerta
de atrás. No había pasado suficiente tiempo en el hospital para memorizar la
distribución.
Lily nos guio hasta una sala grande de una esquina. Las luces se
encendieron en cuanto cruzó el umbral. En una pared, había aparatos que no
reconocí. La cama del centro estaba cubierta por una simple sábana blanca
y una manta.
—Es la sala de partos —anunció Lily—. Voy a buscar al médico de
guardia.
Sasha asintió cuando la senté en la cama.
—¿Con qué frecuencia tienes contracciones? —preguntó Lily.
—Cada dos minutos —respondí yo.
Lo había calculado durante el trayecto en la camioneta.
—¿Y cuánto duran?
—Dos minutos —dijo Sasha—. Más o menos. He tenido dolores durante
el día, pero no eran regulares y no me he preocupado. Era como si hubiese
hecho un mal gesto. Pero han ido a más y me he despertado.
—Vale. —Lily me dirigió una sonrisilla y fue hacia un armario con
repuestos situado en una pared—. Le pediremos al médico que nos ayude,
¿de acuerdo? Tened un poco de paciencia.
—He dejado la camioneta en la entrada —dije—. Tengo que moverla.
—Ya me ocupo yo. —Sacó del armario una bata doblada de color verde
claro y se la dio a Sasha—. Mientras, cámbiate.
—Vale.
Sasha pisó el suelo con los pies descalzos.
—Las llaves. —Lily me tendió la mano a la espera de que se las diera—.
Ahora vuelvo.
En cuanto se marchó, cerrando la puerta tras de sí, ayudé a Sasha a
ponerse la bata. Después, tras otra contracción que hizo que se me cortara la
respiración, la acomodé en la camilla y la tapé con una manta blanca finita.
Entonces oímos a alguien llamar a la puerta.
Lily entró, con la bolsa de Sasha a cuestas y mi llaves.
—El médico llegará en diez minutos —anunció. Lily llevaba años
trabajando en urgencias. Le pagaban más en el turno de noche y, aunque le
había dicho a West que pronto se jubilaría, en nuestro pueblo no había
mucho movimiento. A esas horas trabajaban con el personal mínimo, y
avisaban a los médicos y las enfermeras de guardia solo si era necesario.
Al menos el doctor Green no tardaría en llegar. Podíamos esperar diez
minutos. Al oírlo, respiré.
—Vale.
—La enfermera vendrá enseguida. Está terminando con otro paciente.
—Un momento. ¿No eres tú nuestra enfermera? ¿Por qué no?
Sin entrar en tecnicismos, en ese momento necesitaba a una madre a mi
lado.
—Yo también estaré aquí. —Me cogió la mano y me la estrechó—. No
me voy a ninguna parte. Pero la otra enfermera tiene más experiencia en
partos, y quiero lo mejor para vosotros.
—Vale. Gracias. Me alegro de tenerte aquí esta noche.
—Yo también.
Me estrechó la mano una vez más y salió de la sala.
—¿Necesitas algo? —le pregunté a Sasha—. ¿Agua? ¿Tienes sed? ¿Frío?
Ella tembló, pero de miedo, no de frío. Los fluorescentes del techo
revelaban con claridad todos sus temores, y hacían que su piel pálida
pareciera aún más blanca.
Me senté al borde de la cama y le rodeé las manos con las mías. Las tenía
frías.
—La niña estará bien.
«Por favor, que no le pase nada». A ninguna de las dos.
—¡Ay!
Sasha apretó los dientes cuando tuvo la siguiente contracción, que fue
más seguida que la anterior.
¿Dónde narices estaba el médico? Se suponía que iba a tardar diez
minutos, ¿no?
—Respira, cariño. Tú solo respira.
Sasha tuvo que soportar dos contracciones más antes de que la puerta se
abriera por fin.
Solo que quien entró no fue el doctor Green. Fue Robin.
¿Qué? Era lo último que necesitábamos esa noche.
—Hola, Sasha. —Robin se acercó a la cama y se sentó en el borde
opuesto al mío—. Me han dicho que tienes contracciones. Vamos a
monitorizarte y a ver qué pasa, ¿vale?
—De acuerdo.
Sasha asintió mientras me apretaba la mano.
Le aparté un mechón de pelo de la sien y noté el sudor que le empapaba
la piel.
Robin le sonrió con amabilidad y se levantó para lavarse las manos. Era
todo movimiento, rápida y eficiente.
¿Dónde estaba la otra enfermera, la que iba a ayudar a Robin?
Quizá debería haber llevado a Sasha a Bozeman. Tendríamos que haber
ido directamente a la ciudad. Pero ya era tarde. Cuando Robin conectó a
Sasha a la máquina para monitorizar las contracciones, vimos que la
frecuencia era de menos de un minuto.
—Tendrás a la niña esta noche —anunció Robin—. Voy a por unas
cuantas cosas. El botón de emergencia está en el mando de la cama, por si
necesitas lo que sea.
—Es muy pronto. —El pánico que vi en la cara de Sasha se me clavó
como un cuchillo en el corazón—. Aún faltan tres semanas.
—Es pronto, pero casi has pasado todo el embarazo —dijo Robin—. Y te
estás poniendo de parto muy rápido. Dame un momento, ¿vale? Enseguida
vuelvo.
Robin abandonó la sala como una exhalación. No se la veía preocupada,
pero iba muy deprisa. ¿Era lo bastante buena como médico?
Cuando miré a Sasha, vi la misma pregunta en sus bellos ojos.
—Es muy pronto, Jax.
Empezaron a resbalarle unos gruesos lagrimones por las mejillas.
—La niña estará bien. —Me incliné y apoyé la frente en la suya—.
Estaremos todos bien.
Ella se sorbió la nariz.
—Ha sido la caminata. No tendría que…
—No hagas eso, cariño. No le des vueltas. Estas cosas pasan, y no
faltaban tantas semanas. Los resultados de las pruebas son buenos. Las
contracciones tienen la frecuencia adecuada. Todo irá bien.
Hablaba con más confianza de la que sentía, pero por suerte había leído
todos esos libros sobre el embarazo. Si no, a esas horas estaría subiéndome
por las paredes.
Aún cabía la posibilidad de que hubiera problemas, complicaciones. Que
Sasha tuviera preeclampsia. El parto era prematuro, cierto, pero no tanto.
Todo iría bien. Tenía que ir bien.
—Estoy asustada.
Le tembló la barbilla y se le quebró la voz.
—Lo tenemos bajo control, tranquila.
Menuda mentira.
Yo mismo estaba a punto de derrumbarme, pero aguantaría por Sasha. Le
froté la parte baja de la espalda cuando la asaltó otra contracción.
Pero no gritó. No chilló. Apretó los dientes durante aquellos segundos de
dolor; se aferró a la áspera sábana y lo soportó.
Cuando Robin regresó, la acompañaban tres enfermeras, todas vestidas
con uniformes en diferentes tonos de azul. «Joder, por fin». Llenaron la sala
de actividad y se movieron de un lado a otro con experimentada eficiencia.
—¿Has asistido antes algún parto? —le pregunté a Robin.
—Ciento veintitrés —contestó ella, y acercó un taburete con ruedas a los
pies de la cama antes de coger unos guantes de látex de una estantería de la
pared. Siguió hablando mientras hacía que Sasha doblara las rodillas para
examinarla—. Asistí muchos partos cuando hice la residencia. Este es el
primero desde que he vuelto al pueblo, pero disponemos de todo lo
necesario y, si hace falta, puedo practicarle una cesárea.
Sasha abrió los ojos como platos. No quería que le hicieran una cesárea.
Me lo había dicho al menos cinco veces.
—No creo que haga falta —observó Robin al ver el pánico en su
expresión—. La bebé está muy bien colocada, y su ritmo cardiaco es
normal. Ya falta poco. Casi está aquí.
Nuestra hija. Nuestra niña.
—Es muy pronto —musitó Sasha.
—Estamos preparados.
Le aferré la mano y me incliné para darle un beso en la frente.
—Duele mucho —dijo, sorbiéndose la nariz y enjugándose la cara a
medida que derramaba más lágrimas—. Distráeme con algo. Cuéntame un
secreto.
—Te quiero.
Las palabras brotaron sin pensarlo, sin esfuerzo. Fue tan natural como
respirar.
Era lo más fácil que había dicho en mi vida.
Las máquinas empezaron a emitir pitidos. La enfermera de la esquina le
estaba diciendo algo a Robin, y esta se apartó rodando sobre el taburete.
Sin embargo, todo se volvió borroso cuando tomé la cara de Sasha y la
volví hacia mí.
—Te quiero. Creo que te he querido desde el momento en que intentaste
robar el carrito del supermercado.
—Jax.
Sasha me miró a los ojos.
Y no tuvo que responderme. No hizo falta que dijera que ella también me
quería. Si aún no estaba preparada, de acuerdo. Yo sí que lo estaba.
Después de todo lo que me había contado ese día sobre sus padres y su
hermano, probablemente lo que necesitaba era tener la oportunidad de vivir
sin preocupaciones, para variar. Saber que no pasaba nada si se caía.
Porque yo estaría allí para recogerla.
Abrió la boca, dispuesta a hablar, pero la asaltó otra contracción. Tuvo
que gemir de dolor, y eso significaba que estaba empezando a perder el
control.
—No pasa nada si gritas. Déjate ir —dije.
En ese momento, el dolor amainó y se dejó caer en la cama.
—No quiero que ella me oiga gritar.
—¿Robin? —Señalé con el pulgar el lugar donde la doctora estaba
hablando con la enfermera—. ¿Y a quién le importa?
—No.
Sasha me dirigió una sonrisa triste y bajó la mirada a su vientre.
Josephine.
No quería que la niña la oyera gritar.
Porque recordaría los sonidos. Y no quería que formara parte de sus
recuerdos.
Joder, cuánto amaba a esa mujer.
Le di un beso, intenso y apresurado, y luego me aparté para que pudiera
descansar antes de la siguiente contracción.
—Cuéntame una mentira.
—Odio Montana.
Esbocé una sonrisa.
—Misión cumplida.
—Ahora un secreto —musitó ella, con la respiración aún agitada—.
Pídeme que te cuente un secreto.
—Cuéntame un secreto.
—Te quiero.
Solo esas dos palabras hicieron que respirara tranquilo. Por primera vez
en lo que me pareció toda la vida, respiré tranquilo.
No necesitaba nada más. Ni dinero, ni fama, ni poder, ni influencias. Solo
a Sasha.
Las lágrimas nos empaparon los labios en el momento en que la besé, esa
vez con delicadeza. Pero, igual que la vez anterior, nos interrumpió una
contracción. Y otra. Y otra. Era como una cadena de fichas de dominó; cada
vez caían más deprisa, hasta que Robin se cubrió con un gorro, se puso una
bata de manga larga encima del uniforme y se situó a los pies de Sasha.
—Sujétale la pierna, Jax —me ordenó—. Sasha, cuando te avise, empuja.
¿Preparada?
Sasha me miró fijamente a los ojos.
Le pasé el brazo por debajo de la rodilla.
—Te tengo.
Ella asintió con seguridad.
—Preparada.
Tuve la impresión de que la sala se sumía en el silencio, aunque Robin
seguía hablando y Sasha jadeaba. Las enfermeras la animaban con palabras
de aliento cada vez que empujaba. Pero la sangre que me rugía en los oídos
acallaba cualquier sonido.
Hasta que uno se abrió paso en medio de aquella nebulosa.
El llanto de un bebé.
Mi Josephine.
28

Sasha

Las duchas calientes obraban magia. Tenía las manos enterradas en el pelo,
frotándome con la espuma del champú mientras echaba la cabeza hacia
atrás bajo el chorro y dejaba que el agua arrastrara consigo el embotamiento
de una noche sin pegar ojo.
Parecía que hubiera pasado una vida entera desde que me cortaron el
agua cuando me estaba lavando el pelo en aquel apartamento de mala
muerte. Esbocé una sonrisa mientras terminaba de enjuagarme.
Ojalá pudiera retroceder en el tiempo hasta aquel día. Para asegurarle a
mi yo del pasado que todo iría bien, que muy pronto el hombre de mis
sueños haría que mi mundo se volviera del revés. Que los años de soledad
se habían terminado.
Seguía con la sonrisa estampada en la cara cuando salí de la ducha y me
envolví con una toalla. Me la dejé puesta mientras me miraba al espejo y
observaba mis tremendas ojeras.
Madre mía, estaba exhausta. Pero muy feliz.
Era 19 de octubre. La fecha probable del parto.
Josephine tenía tres semanas de vida, y ya no recordaba lo bien que
sentaba dormir más de dos horas seguidas.
Habíamos pasado unos días en el hospital; más de los que me habría
gustado. Pero en cuanto Robin nos aseguró que la niña estaba sana y que
podíamos irnos a casa, volvimos al rancho con ella.
Jax nos llevó a casa, al Rancho Haven River, un martes al atardecer.
Josephine estaba sana y crecía cada día, aunque era muy pequeña y
lloraba fuerte. Era la luz de mi vida.
Igual que su padre.
Después de peinarme, dejé que el pelo se me secara al aire y fui hasta el
vestidor. Mis prendas se acumulaban a un lado, y las de Jax, en el opuesto.
El cesto de la ropa sucia estaba a rebosar de sus cosas y las mías. La cama
seguía sin hacer, con las sábanas arrugadas y las almohadas amontonadas en
el centro, donde cada noche dormíamos abrazados.
Me vestí con unos pantalones de pijama anchos y una camiseta de
tirantes. Me cubrí con un forro polar de Jax y salí del dormitorio esperando
oír el televisor encendido. Cuando había ido a darme una ducha, él estaba
en la sala viendo un partido de fútbol americano mientras Josephine
descansaba en su balancín.
Pero en el salón no se oía nada. Solo percibí el zumbido del emisor de
ruido blanco de la habitación de la niña.
Eché un vistazo al interior y descubrí a Jax sentado en la mecedora con la
niña en brazos.
Sentí el corazón tan colmado de felicidad que tuve que llevarme una
mano al pecho.
Ella dormía, con su carita perfecta llena de serenidad y las manos
cerradas en unos puños diminutos. Jax también estaba dormido, con la
cabeza apoyada en el respaldo de la silla y la boca entreabierta.
La última noche que pasamos en el hospital, Josephine había estado
inquieta. Jax la sacó de la cunita de plástico y se sentó con ella en brazos en
el pequeño e incómodo sillón reclinable en el que había estado durmiendo
varios días. Los dos se quedaron dormidos, como en ese instante. En aquel
momento entró una enfermera y nos riñó porque no debíamos dormir en
una silla con la niña en brazos.
Pero le pedí que se marchara.
Jax jamás soltaría a nuestra hija. Dormido o despierto, nunca permitiría
que se cayera.
Nunca permitiría que nos cayéramos.
Cerré la puerta, con cuidado de no hacer ruido, y fui a la sala de estar
para supervisar el desorden.
En una esquina había una caja. Tenía la tapa entreabierta, y dentro se
veían unas botas estilo cowboy de color caramelo. Eran mías. Curtis las
había traído la noche anterior junto con la cena que nos habían preparado en
el restaurante del complejo para que no tuviéramos que cocinar. Se había
enterado de que yo no tenía botas, y cualquiera que se preciara de ser hija
suya debía tenerlas.
Me había echado a llorar, y Josephine eligió ese momento para llorar
también. Hubo muchas lágrimas.
El balancín y la hamaquita de Josephine ocupaban sendos espacios a lado
y lado de la mesa de centro. En la alfombra, junto al sofá, había un
cambiador y varios pañales fuera del paquete. El Kindle que Emery me
había regalado la semana anterior para que pudiera leer durante las largas
noches de insomnio estaba sobre la mesita auxiliar, junto a un posavasos
con la taza de café del desayuno de Jax.
En todas las habitaciones pasaba lo mismo. Estaban llenas de cosas
suyas, mías y de la niña.
La casa no se veía atiborrada ni revuelta, sino llena de vida.
Solo me faltaba una pieza del puzle: «Eddie».
Fui a la isla de la cocina y retiré un taburete.
El diamante del anillo que llevaba en la mano izquierda emitió un
destello cuando quise alcanzar el bolso que había dejado en la encimera.
Jax me había pedido que me casara con él tres días atrás, durante un
desayuno a la hora de cenar. Puso el anillo encima de las tortitas.
En cuanto lo deslizó en mi dedo, tuve la certeza de que me hallaba en el
sitio que el destino me tenía deparado desde siempre. Las raíces que hacía
unos meses había sentido que empezaban a brotar, se afianzaron. El
sufrimiento de los tiempos difíciles tenía un sentido: traerme hasta
Montana.
Hasta Jax.
Esperaba que algún día Eddie y él se conocieran.
Saqué el portátil del bolso y lo aparté para coger un montón de cartas.
Las que mi hermano me había devuelto.
Si a Jax le parecía bien, esas cartas servirían para avivar el fuego del
hogar que él encendía cada noche.
Quizá nunca recuperara la relación con Eddie tras dejarlo en el
campamento. Quizá llevábamos demasiado tiempo separados. Quizá mi
hermano necesitaba tiempo.
Pero yo seguiría mandándole notas. Pensé que sería mejor darnos un
respiro, pero él no me había pedido que dejara de escribirle. Solo me
acusaba de haberlo abandonado.
De modo que no iba a darme por vencida. No hasta que él me lo pidiera.
Y tal vez ni siquiera entonces.
Saqué un cuaderno y un bolígrafo, y no le di muchas vueltas a qué
escribir mientras las palabras llenaban el papel.
Querido Eddie:
Tienes una sobrina. Eres tío. Se llama Josephine, como mamá. Y su segundo nombre es Bryan,
por papá. No es un nombre habitual para una niña, pero fue idea de Jax. Espero que algún día
los conozcas a los dos. La niña tiene el pelo moreno como yo y los ojos azules como él. Duerme
poco y llora mucho, pero es perfecta. La caca de bebé tiene un color amarillento muy peculiar y
es bastante asquerosilla. Le encanta que la arropes tan fuerte que no pueda mover los brazos
ni las piernas; parece un rollito. Y tiene unas pestañas preciosas.
Te quiero. Aunque estés enfadado conmigo, y yo contigo, te quiero. Y te echo de menos. Todos
los días.
Sasha

Acababa de firmar cuando me sonó el móvil. Bajé del taburete y rebusqué


entre los trastos hasta que lo encontré encima del cargador, al lado de la
chimenea.
Se me hizo un nudo en el estómago cuando vi el nombre de la pantalla.

Micah

La única vez que Micah lo había hecho durante ese año, dejando aparte
cuando lo hacía como respuesta a una de mis llamadas, fue para decirme
que Eddie se había peleado con un compañero. A los dos los habían
amonestado y castigado una semana.
¿Se habría peleado otra vez? ¿Habría ocurrido algo peor? Tenía el
corazón en la garganta cuando contesté:
—Hola, Micah.
—¿Sasha?
Esa voz. Conocía esa voz. El corazón me dio un vuelco.
—¿Eddie?
—Sí, soy yo. —Me cubrí la boca con la mano—. ¿Estás ahí?
—Sí. —Carraspeé al tiempo que se me llenaban los ojos de lágrimas—.
Estoy aquí.
—Micah me ha dicho que podía llamarte.
—Me alegro mucho. —Me sequé los ojos y traté de detener las lágrimas
que no paraban de brotar, pero al menos él no veía que estaba llorando—.
¿Cómo estás? ¿Bien?
—Eso creo. He estado de acampada en la montaña varias semanas.
Incluso nevó.
—Ah. Aquí aún no ha nevado.
—¿Sigues en ese rancho o lo que sea?
—Sí. Estoy en el rancho. En casa.
—Qué bien.
Tenía la voz más grave de lo que recordaba. Más ronca. ¿Cuánto habría
cambiado a lo largo de ese último año? ¿Qué aspecto tendría? ¿Se parecería
a nuestro padre o tendría unas facciones diferentes?
Ay, Dios. Estábamos hablando. Mi hermano me había llamado. Me cubrí
la boca con la mano otra vez para que no me oyera sollozar.
—Yo, bueno, me gustaría… quiero disculparme. Por lo de las cartas.
Tuve un mal día, me enfadé y escribí… Ya lo sabes. —Sí, ya lo sabía. Tenía
todas y cada una de las palabras grabadas en mi memoria—. No lo hice con
mala intención, Sasha. Quería escribirte y disculparme, pero entonces
Micah me envió a la montaña porque me estaba portando como un idiota.
Él no sabía que te había devuelto cartas. Un día que estaba enfermo
aproveché para mentirle a otro tutor y decirle que tenía que enviarle unas
cartas a mi hermana, y que Micah ya las había revisado. Se lo he contado
esta mañana durante la sesión y… Bueno, está bastante cabreado conmigo.
—Por eso me has llamado.
—Sí. Lo siento mucho, de verdad.
Me tragué el nudo que se me había formado en la garganta.
—Gracias.
—¿Estás… hummm… estás bien? ¿Has tenido a la niña?
—Sí. De hecho, acabo de escribirte una carta para hablarte de ella.
Hubo unos instantes de silencio en la línea telefónica.
—¿Me has escrito? ¿Otra vez?
—Nunca dejaré de escribirte, Eddie. Pase lo que pase.
Él se sorbió la nariz. Al parecer, no era la única que estaba llorando.
—Te echo de menos. Mucho. Quiero irme a casa contigo.
—Mi casa de ahora es muy diferente de la de antes. No voy a volver a
California.
—Me da igual. Solo quiero estar donde tú estés.
Inspiré con fuerza y me esforcé por disimular el temblor de mi voz.
—Creo que el rancho te gustará mucho. Quizá puedas venir a visitarme
cuando a Micah le parezca bien.
—Él dice que tengo que quedarme aquí y terminar los estudios. ¿Habéis
hablado de eso?
—Sí. Y me parece que tiene razón.
—Sí. Saco unas notas bastante buenas.
—No me sorprende. —El problema de Eddie nunca había sido la
inteligencia, tenía una gran capacidad. Pero dejó de esforzarse—. ¿Qué
quieres hacer tú? ¿Quedarte?
Ya llevaba allí más tiempo del que le correspondía por la condena.
—Sí, puede. Tengo amigos que también se quedan.
—Muy bien. Pues iré a ver a Micah y acordaremos un plan.
—Vale. —Suspiró—. A lo mejor puedo llamarte otro día.
—Me encantaría.
—Y a mí. —Se quedó callado otra vez—. ¿Sasha?
—¿Sí?
—¿Me lees la carta? Así no tengo que esperar a que me llegue.
Asentí, fui hasta la isla de la cocina y me senté en el taburete mientras se
la leía en voz alta.
—Josephine Bryan —musitó—. Qué nombre tan guay.
—A mí también me lo parece.
—Tengo que irme, es casi la hora de comer. ¿Hablamos en otro
momento?
—Aquí estoy. Siempre estaré aquí. Adiós.
En cuanto colgué, me asaltó una nueva oleada de lágrimas. Me tomé un
minuto para respirar y limpiarme la cara antes de levantarme del taburete.
Jax estaba apoyado en la pared del pasillo, con Josephine aún dormida en
brazos. Se dio impulso para incorporarse y avanzó hacia mí con un brazo
abierto. Me dejé caer a su lado y hundí la cara en su pecho.
—¿Lo has oído?
—Sí, corazón. —Jax me besó el pelo húmedo—. Lo he oído.
Pasé los brazos alrededor de la cintura y lo estreché con fuerza.
—Cuéntame una mentira.
—No estoy cansado.
Me eché a reír.
—Cuéntame un secreto.
—Te quiero.
Eso no era un secreto. Ya no nos quedaban secretos que compartir.
Así que, durante el resto de mi vida, siempre que me pidiera que le
contara un secreto, le diría lo mismo:
—Yo también te quiero.
Epílogo

Jax

Nueve meses más tarde…

—Aye-aye-aye. Baaa. —Josephine me golpeó la mejilla con su manita


mientras balbuceaba.
—Pa-pá. —Le cogí los dedos y fingí mordérselos mientras ella se reía—.
¿Dónde estará mamá?
Se suponía que Sasha iba a encontrarse con nosotros en el vestíbulo del
edificio principal quince minutos atrás. Era impropio de ella llegar tarde o
no responderme a los mensajes. No estaba en su despacho, ni en el
comedor, ni en la cocina, y cuando fui al salón de celebraciones para ver si
aún estaba ocupándose de la cena de ensayo, a los únicos que vi fue a Lily y
a mi padre.
Se habían prestado voluntarios para ayudar a la organizadora de la boda
con los detalles decorativos de última hora, para que Sasha y yo nos
limitásemos a disfrutar de la fiesta de esa noche.
Durante los últimos nueve meses, mi padre y Lily habían entablado una
especie de relación de amistad. Una tregua. No hablaban a menudo, pero al
menos lo hacían. Y por primera vez en muchísimo tiempo podría decirse
que en mi familia reinaba la paz.
—Mamamama.
La retahíla de emes y aes de Josephine no fue claramente un «mamá»,
pero se le parecía. Mucho.
Josephine aún no decía bien «mamá» ni «papá». De momento, eran solo
balbuceos de bebé. Pero eso no tardaría en cambiar.
Sasha y yo habíamos hecho una apuesta sobre lo que diría primero. El
ganador tendría derecho a elegir las posturas sexuales durante un mes, y a
mí ya se me habían ocurrido algunas ideas.
—Pa-pá —le dije a mi hija—. Pa-pá.
La niña se metió el dedo en la boca.
—Vamos, ratoncito. A ver si encontramos a mami.
Le di un beso en la mejilla y me dirigí a la puerta.
En cuanto salí al porche, Sasha apareció corriendo escalera arriba.
—Hey, hola.
—Hola —dijo con un suspiro—. Lo siento.
—No pasa nada. —Extendí el brazo que tenía libre y la atraje hacia mí—.
¿Va todo bien?
—Sí. —Miró hacia el viejo establo, donde habíamos pasado casi toda la
semana anterior decorándolo para la boda que celebraríamos al día
siguiente—. Solo estoy un poco traumatizada.
—¿Cómo?
Cogió a Josephine de mis brazos y se la quedó. Después me hizo señas
para que la siguiera hasta un lateral del porche, lejos de la puerta y de los
huéspedes que pasaban por allí.
—He ido al trastero a por otro jarrón. He pensado que quedaría bien un
pequeño ramo de flores en la mesa del pastel. En el rincón de detrás de las
estanterías había una caja escondida, así que me he puesto a buscar.
Entonces han entrado Emery y Zak, y antes de que tuviera tiempo de
decirles que estaba allí, se… Bueno, ya sabes…
Dejó la frase a medias y puso cara de estar horrorizada.
Me quedé tan boquiabierto que se me cayó la mandíbula al suelo.
—¿Se han liado?
—Pues sí. Y, por lo que he oído, porque ha sido imposible no oírlos por
mucho que me tapara los oídos, no era la primera vez.
—¡Joder!
—Sí. He estado media hora atrapada en esa habitación, y no me he
atrevido a coger el móvil para mandarte un mensaje. Tendría que haberles
dicho algo, pero pensaba que solo se besuquearían, y van y… ¡Pam! No han
sido solo besos.
Por eso se quedó en un rincón, con los ojos cerrados con fuerza y
tapándose los oídos con los dedos, quieta y callada para que nuestros
amigos pudieran follar.
Se me escapó una carcajada.
—No tiene gracia, Jax. —Sasha me dio un ligero puñetazo en el
estómago—. Hay cosas de Emery que preferiría no saber.
La miré con una sonrisa pícara.
—Ahórrate los detalles, cariño.
Sasha soltó un pequeño gruñido.
—Te aseguro que ha sido el momento más incómodo de mi vida.
—¿Te han visto?
—No. He esperado a que se marcharan. Luego he salido y he venido para
aquí. Necesito unos minutos antes de que nos los encontremos en la cena de
ensayo.
Pues no iba a tenerlos. Emery y Zak se le acercaron por detrás y subieron
la escalera del porche.
—Hola, chicos.
Emery tenía la mayor sonrisa que le había visto en años. Seguramente,
porque acababa de echar un polvo con Zak.
Volví a sonreír con picardía.
—¿Qué pasa?
Ella me miró de reojo.
—Nada —mentí, y saludé con la mano a Zak—. Me alegra que hayáis
podido venir.
—No nos lo perderíamos por nada del mundo —dijo él, y se volvió hacia
Emery.
Ella estaba intentando por todos los medios evitar su mirada, y en ese
momento le subió el color a las mejillas.
Qué incómodo.
Estaba claro que era cuestión de tiempo que esos dos acabaran juntos,
pero no necesitaba imaginármelos follando.
Pobre Sasha.
—¿Hay algo con lo que podamos ayudar? —preguntó Emery.
—Creo que lo tenemos todo a punto —contestó Sasha mientras se
apartaba de los ojos un mechón de pelo moreno de Josephine—. Indya y
West deben estar en el prado con el pastor. Tenemos que encontrarnos todos
allí dentro de una hora.
—Vamos para allá. A ver si podemos hacer algo —dijo Zak—. ¿Quieres
que vayamos juntos, Em?
—Claro. —Ella se encogió de hombros y lo miró con una sonrisa
juguetona—. ¿Por qué no?
Seguro que follarían en el asiento trasero de la camioneta. Me entró la
risa, pero por suerte ni Emery ni Zak se dieron cuenta. Estaban demasiado
ocupados intentando no mirarse ni acercarse demasiado el uno al otro de
camino al aparcamiento.
El divorcio de Emery y Calvin se había resuelto meses atrás. Él seguía
viviendo en el pueblo y comportándose como un cabrón, pero ya no con
Emery.
No me había dado cuenta de que, últimamente, ella pasara tanto tiempo
con Zak, pero esperaba que la cosa fuera para largo. Hacían buena pareja.
—Bueno, al menos me ha servido para distraerme. —Sasha dejó escapar
un suspiro entrecortado. A continuación, se sacó el móvil del bolsillo—. No
tardará mucho.
Eddie estaba de camino al Rancho Haven River por primera vez.
Iba a asistir a nuestra boda.
West era el padrino, mientras que Indya sería la madrina de Sasha. La
ceremonia sería discreta e íntima, en un prado situado a un kilómetro y
medio de allí. Pero en la recepción habría una avalancha. Estaban invitadas
todas las personas que trabajaban en el complejo, además de los amigos y la
familia.
Por fin, Sasha sería mi mujer.
Habría sido más fácil que nos casáramos en invierno o primavera, antes
del caos de la temporada alta, pero Eddie no había terminado su estancia en
el campamento.
Por eso esperamos hasta junio.
A que acabara el colegio, obtuviera el diploma y pudiera iniciar el
siguiente capítulo de su vida.
Me llevó un tiempo cambiar de opinión sobre Eddie. Al principio,
después de que le mandara a Sasha aquellas cartas, tenía mis dudas sobre su
relación. No quería que volviera a hacerle daño.
Pero, en los últimos nueve meses, habían cambiado muchas cosas.
Sobre todo, parecía que Eddie había cambiado.
Sasha y él hablaban a diario. Todas las noches hacían videollamada para
que pudiera ver a Josephine. Sasha le escribía, y él contestaba de vez en
cuando.
Hacía meses que no mostraba problemas de conducta en el campamento,
y Micah tenía plena confianza de que el chico estaba preparado para pasar
página.
Empezando por ese mismo día.
Por eso hizo las maletas y esa mañana abandonó el campamento después
de casi dos años. Ese verano, viviría en la cabaña de al lado de nuestra casa.
Dispondría de unos meses para rehacer el vínculo con Sasha. Para conocer a
Josephine. Y para pensar cómo seguir adelante con su vida.
Eddie había hablado de ir a la universidad. También, de buscarse un
trabajo y pagarle a Sasha los gastos del tiempo que había estado en el
campamento. Decidiera lo que decidiese, el chico era afortunado. Contaba
con el apoyo incondicional de su hermana.
—¿Estás bien? —le pregunté a Sasha.
¿Eran demasiadas emociones en un día? Reencontrarse con su hermano.
La cena de ensayo y la boda al día siguiente.
—Estás conmigo, ¿verdad?
—Lo estoy. Te tengo.
Ella se apoyó en mí.
—Entonces estoy bien.
Josephine bostezó y recostó la cabeza en el hombro de Sasha. Ese día
habían ocurrido muchas cosas y no había hecho la siesta. Podían pasar dos
cosas: o caía rendida a pesar de la gente y el bullicio, o se convertía en un
pequeño monstruo. Y si eso pasaba —o más bien cuando pasara—, Lily se
la llevaría a casa.
Mi relación con Lily estaba en el mismo punto, más o menos, que la que
tenía con Curtis. No bastaban nueve meses para repararla, pero cada día iba
un poco mejor. Sobre todo porque quería mucho a mi pequeña. Y el
sentimiento era mutuo.
Había bastantes probabilidades de que la primera palabra de Josephine no
fuera «mamá» o «papá». Seguramente sería «yaya».
Apareció un coche en la distancia, y Sasha se irguió y lo observó
mientras estacionaba en el aparcamiento.
—¿Crees que son ellos?
Lo normal hubiera sido haber ido nosotros a recoger a Eddie, pero Micah
se ofreció a traerlo. Pasaría el fin de semana en el complejo, bien porque
quería ayudar con Eddie o porque Sasha les había hablado tanto del sitio
que ambos sentían curiosidad. Así que también lo invitamos a la boda.
Cuando, con el coche aparcado, se abrió la puerta del acompañante y
salió un joven larguirucho, Sasha ahogó un grito.
Eddie.
Él miró alrededor, con la cara pálida. Pero, en cuanto vio a su hermana,
su sonrisa fue tan deslumbrante que rivalizó con el sol de media tarde. Se
alejó del coche y corrió hacia el edificio principal.
Aparté a Josephine de los brazos de Sasha cuando Eddie subió los
escalones del porche de dos en dos y abrazó a su hermana con tal ímpetu
que estuvo a punto de tirarla.
—Hola —rio, y la levantó del suelo.
—Hola —rio ella también, aunque se le arrasaron los ojos en lágrimas.
Tenía el estuche del maquillaje en el coche junto con la bolsa de los
pañales de Josephine, para poder retocarse antes de la cena de ensayo.
—Te he echado de menos —dijo Eddie.
—Yo a ti también.
Dejé escapar el suspiro que había estado reteniendo desde el amanecer.
Esperaba que todo fuera bien, a pesar de lo poco que habían hablado, pero
siempre cabía la posibilidad de que la cosa resultara rara o tensa.
Eddie soltó a su hermana y le sonrió mientras ella se secaba las mejillas.
Acto seguido, sus ojos, del mismo tono marrón que los de Sasha, se posaron
en Josephine.
—Hola, Jojo.
«Jojo» era el apodo cariñoso con el que su padre se dirigía a su madre.
Josephine escondió la cara en mi hombro.
—Al principio es un poco tímida, pero no tardará en coger confianza —le
dijo Sasha.
—No pasa nada. —Eddie le acarició el codo y, después, me tendió la
mano—. Hola, Jax. Soy Eddie Vaughn.
Lo dijo como un hombre hecho y derecho, no como un chaval de
dieciocho años.
—Encantado de conocerte, Eddie. —Le estreché la mano—. Me alegro
de que estés aquí.
—Yo también.
Eddie era alto, casi tanto como yo, que medía metro noventa. No lo había
notado en las videollamadas. Era un chaval atractivo, de rasgos parecidos a
los de Sasha. No cabía duda de que eran hermanos. Él aún estaba en pleno
desarrollo, pero pronto se le ensancharían los hombros.
Miró hacia el aparcamiento, donde Micah aguardaba junto al coche.
Aquel hombre adulto sonreía con orgullo.
—Será mejor que vaya a por mis cosas.
—Te echo una mano —dije—. Las cargaremos en mi camioneta.
—Gracias.
Eddie se volvió de nuevo hacia Sasha y también le sonrió. Luego, le dio
otro abrazo rápido antes de correr escaleras abajo y reunirse con Micah.
En cuanto se alejó, Sasha soltó un suspiro.
Llevaba dos años conteniéndolo.
—Está diferente —dijo en voz baja—. Se parece más al niño de antes.
Al de antes de que sus padres murieran.
—Voy a ayudarlo con sus cosas.
Le entregué a Josephine con la certeza de que sostener en los brazos a
nuestra hija durante unos minutos la ayudaría a relajarse. Luego le besé el
pelo y crucé el porche con grandes zancadas.
Cuando me volví a mirar, la vi meciendo a la niña. Me llené de orgullo,
como siempre que las veía juntas.
Durante varios meses, Sasha había tenido mucho miedo a la maternidad,
pero era una madre estupenda. Nuestra hija era muy afortunada.
Y yo era un hombre afortunado.
No tardé en saludar a Micah y trasladar las cosas de Eddie a mi
camioneta. Acto seguido, nos dirigimos todos juntos al prado para reunirnos
con los demás y empezar el ensayo.
Una vez ensayamos la entrada por el pasillo central hasta el altar que
habíamos construido West y yo, nos trasladamos al viejo establo para la
cena. Había ido a la barra a por una cerveza cuando noté que alguien me
posaba la mano en el hombro.
Eddie sonrió plantado a mi lado y le pidió una Coca-Cola al camarero.
—Gracias por dejar que me aloje aquí.
—No hay de qué.
Al día siguiente sería oficialmente mi hermano, y haríamos lo que fuera
para ayudarle a seguir por el buen camino.
—Sasha me ha dicho que estás al corriente de todo. Sobre mí. —Tragó
saliva—. Solo quería que supieras que ya no soy aquel tío. No me meteré en
problemas.
—Te lo agradezco. Te mentiría si te dijera que no lo he pensado alguna
vez.
—Es normal. —Asintió—. He estado enfadado mucho tiempo. Micah me
ayudó a ver que, en vez de ocuparme de mis emociones, la tomé con Sasha.
Ella me salvó la vida al enviarme a ese campamento. Pasaré el resto de mis
días intentando compensárselo.
Creía todo lo que decía, palabra por palabra.
—Me alegro de que estés aquí, Eddie.
—Yo también —me correspondió él—. No tienes que decir que sí, pero
¿crees que podrás enseñarme a montar a caballo?
—Claro.
—Genial.
Sonrió y se mezcló con la multitud que acudía a la cena.
Durante el ensayo, Eddie estuvo casi todo el rato cerca de Micah, pero
también lo vi hablando con West y con mis abuelos.
Sasha estaba sentada a la mesa, con Josephine dormida en los brazos
mientras hablaba con Indya. Kade fue corriendo hacia ellas y le susurró
algo al oído a Indya que hizo que se le salieran los ojos de las órbitas y se
levantara pitando de la silla. A continuación, los dos se marcharon de la sala
a toda prisa, quizá para ir a buscar a Kohen y solucionar el problema que
hubieran creado los gemelos esa vez.
Me senté en la silla libre de Indya, y me acerqué a Sasha pasando el
brazo por el respaldo de su asiento.
—Cuéntame una mentira.
—Esta es la peor noche de mi vida.
Me dio un beso, y después le dio otro a Josephine en la frente.
La niña que tenía en brazos nos había unido. Nos había convertido en una
familia.
No era un accidente. Ni un error. Era un milagro.
—Cuéntame un secreto —dije.
Esperaba que Sasha me dijera «Te quiero», como siempre hacía
últimamente. Pero, en vez de eso, elevó una de las comisuras de su preciosa
boca.
Y me susurró al oído:
—Estoy embarazada.
Agradecimientos

¡Gracias por leer Sunlight! La familia Haven me ha robado el corazón, y


¡espero que disfrutéis tanto con la lectura de este libro como yo lo he hecho
escribiéndolo!
¡Gracias a Maria Gomez y al equipo de Montlake! Gracias a Elizabeth
Nover y Georgana Grinstead. Gracias a Nicole Resciniti, Vicky Valente y
Logan Chisholm. Y a mis amigos y mi familia. Estoy muy agradecida por
contar con todos vosotros y me siento una privilegiada por teneros a mi
lado.
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