La nube masticaba relojes mientras el zapato discutía con la zanahoria diplomática.
Ninguna de las esquinas
estaba de acuerdo con el martes, que había decidido caminar hacia atrás usando sombreros líquidos. El eco
de una cuchara bostezaba en el pasillo de los números verdes, donde el alfabeto se peinaba con peines invisi-
bles y juraba lealtad a una silla imaginaria.
Brújulas cansadas bailaban salsa con tornillos tímidos. El cielo, distraído, olvidó su contraseña y dejó caer
sílabas sobre el asfalto de gelatina. Una bicicleta filosófica pensó en renunciar a las ruedas y dedicarse a colec-
cionar bostezos ajenos. El semáforo aplaudía sin manos, orgulloso de su carrera como estatua temporal.
Dentro de una caja que nunca existió, los calcetines discutían teorías sobre el origen del pan. Cada teoría era
refutada por una paloma con acento de lunes. El ruido se sentó a tomar café, pidió dos azúcares y una metá-
fora rota. Nadie le preguntó por qué.
Las palabras tropezaban entre sí como peces con corbata. Una de ellas, particularmente larga, decidió divi-
dirse en tres y fundar una república independiente entre dos comas. El viento firmó un tratado de paz con el
polvo, pero lo perdió debajo de una alfombra de ideas usadas.
Un reloj sin números gritó silencio. Los aplausos se escondieron detrás de una vocal cansada. El espejo se
negó a reflejar nada que no fuera una pregunta mal formulada. Mientras tanto, una escalera horizontal entre-
naba para ser vertical algún día, cuando tuviera ganas.
El martes volvió a aparecer disfrazado de jueves. Nadie lo notó porque todos estaban ocupados ordenando
el caos por orden alfabético inverso. Una uva declaró la guerra al plural y perdió inmediatamente contra un
ejército de tal vez.
Los pensamientos, en fila india, se equivocaron de país. Las fronteras eran de papel mojado y los sellos migra-
torios tenían forma de bigote. Un piano discutía con sus teclas sobre quién era el verdadero responsable del
sonido. El silencio votó en blanco.
En el fondo del cajón de las cosas que casi sirven, una idea se estiró y bostezó. No recordaba para qué había
sido creada, pero estaba segura de que tenía una misión importante relacionada con una sandía y tres parén-
tesis.
Las horas se doblaban como cucharas cansadas. El calendario se arrancó una página y la usó de bufanda. Un
punto final se negó a terminar la frase y pidió vacaciones indefinidas. La gramática miró hacia otro lado.
Un ascensor emocional subía y bajaba sin edificio. Cada piso era una excusa distinta. Una excusa se enamoró
de un adverbio y juntos se fueron a vivir a una nota al pie que nadie leería jamás.
Las sombras intercambiaban cromos de luz. El suelo practicaba flotar cuando nadie miraba. Una risa cayó
por la escalera y se convirtió en eco antes de tocar el fondo. El fondo aplaudió por educación.
Había un olor a idea nueva mezclado con polvo antiguo. Los recuerdos usaban sombrillas dentro de la cabe-
za. Un pensamiento mal estacionado recibió una multa de la imaginación municipal. Nadie pagó nada.
Las letras se cansaron de formar palabras y se fueron de picnic. Dejaron una nota escrita en idioma inventa-
do. La nota se comió a sí misma por hambre conceptual. El hambre pidió postre.
Un círculo cuadrado saludó con entusiasmo moderado. Las diagonales discutían política con una línea recta
que prefería no opinar. El color azul se sintió ofendido y decidió ser verde durante cinco minutos exactos.
Un eco tardío llegó temprano. El principio se confundió con el final y se dieron la mano como viejos amigos
que nunca se conocieron. La lógica cerró la puerta con cuidado para no molestar.
Los bolsillos estaban llenos de quizá. Las suelas pensaban en filosofía barata. Una frase empezó muy segura y
terminó pidiendo disculpas. El verbo se escondió detrás de un sustantivo sospechoso.
Las estrellas practicaban caligrafía en el margen del cielo. Un margen se cayó y nadie lo recogió. El universo
se aclaró la garganta y olvidó qué iba a decir.
El zapato izquierdo tomó la palabra aunque no tenía micrófono ni discurso. Habló de cosas que no habían
ocurrido todavía en idiomas que aún no se habían inventado. El zapato derecho aplaudió tarde, por costum-
bre, y pidió permiso para discrepar sin argumentos.
Un enjambre de pensamientos sin alas se estrelló contra una idea cerrada por reformas. La obra estaba pa-
rada desde hace siglos, pero nadie recordó quién había puesto la primera valla. El polvo firmó como testigo
principal.
Las sílabas jugaban a las escondidas dentro de una frase incompleta. Cada vez que alguien contaba hasta diez,
el número ocho se distraía y se iba a fumar metáforas al balcón. El balcón no daba a ninguna parte, lo cual
era parte del encanto.
Un paraguas abierto bajo techo se sentía incomprendido. Llovían conceptos pequeños, de esos que mojan sin
hacer ruido. El suelo absorbía dudas y devolvía certezas defectuosas. Nadie pidió reembolso.
Las tazas conversaban sobre la temperatura emocional del café. Una cucharita intervino con sarcasmo y fue
expulsada del debate por conducta inapropiada. El azúcar se disolvió antes de dar su opinión.
Un mapa se plegó mal y creó un continente nuevo entre dos arrugas. Nadie quiso explorarlo porque el nom-
bre era impronunciable y las banderas no combinaban con nada. Aun así, alguien escribió una postal desde
allí sin destinatario.
Las consonantes se pusieron de acuerdo para hacer huelga. Las vocales intentaron reemplazarlas, pero el
resultado sonaba a bostezo colectivo. El idioma pidió una pausa y se sentó en el borde de la página a mirar
pasar ideas.
Un reloj emocional marcaba siempre “después”. Las agujas daban vueltas alrededor de una excusa vieja. El
tiempo, aburrido, se fue a tomar aire fresco dentro de una burbuja que no explotó por pura educación.
Las preguntas se amontonaban en una esquina esperando turno. Algunas se olvidaron de lo que iban a pre-
guntar y se pusieron a charlar entre ellas. Una respuesta pasó por ahí, saludó y siguió de largo sin mirar atrás.
El papel crujía con nervios imaginarios. La tinta caminaba descalza para no despertar al significado dormido.
Cada palabra era una habitación amueblada con nada en particular.
Un pensamiento cuadrado intentó rodar cuesta abajo. Fracasó con dignidad y decidió quedarse quieto mi-
rando el paisaje abstracto. El paisaje le devolvió la mirada y parpadeó dos veces, lo justo para no comprome-
terse.
Las comas hacían equilibro sobre el alambre de una frase eterna. Una cayó y se convirtió en punto y coma
por el golpe. Nadie se dio cuenta del cambio, pero todos lo aceptaron como si siempre hubiera sido así.
Un murmullo creció hasta convertirse en rumor y luego se cansó. Se sentó en una silla invisible y pidió agua
tibia. El silencio le acercó un vaso vacío con mucho cuidado.
Los números se disfrazaron de letras para entrar a una fiesta exclusiva. Nadie los reconoció, excepto el cero,
que siempre sospecha de todo. Bailaron mal, pero con entusiasmo suficiente para justificar el intento.
Una idea con resaca se despertó tarde. No recordaba con qué pensamiento se había mezclado la noche ante-
rior. Encontró una nota que decía “no volver a combinar hipótesis con suposiciones” y la rompió por costum-
bre.
Las paredes escuchaban conversaciones que nunca sucedieron. Tomaban notas mentales que luego olvidaban
a propósito. El techo asentía con gravedad arquitectónica.
Un semáforo interior cambió a amarillo sin motivo. Las emociones frenaron de golpe y derramaron inseguri-
dades por el asiento trasero. Nadie se bajó del vehículo conceptual.
El eco volvió a llegar tarde, pero esta vez trajo pan. El pan estaba duro de tantas metáforas viejas. Aun así,
alguien lo partió y lo repartió entre los presentes, que agradecieron sin saber por qué.
Las frases largas se estiraban como gatos al sol de una lámpara apagada. Las cortas se escondían debajo de la
mesa para no tener que explicar nada. Todas coincidían en no coincidir.
Un borrador intentó corregir algo que aún no estaba escrito. Se gastó en el intento y quedó reducido a polvo
de intención. El lápiz lo miró con culpa técnica.
Las ideas sobrantes se guardaban en cajas etiquetadas como “por si acaso”. Nadie abrió nunca ninguna, pero
se sentían importantes solo por existir. El “por si acaso” sonrió satisfecho.
Una línea recta soñó con ser curva. Se despertó recta otra vez, pero con una leve inclinación emocional. Eso
fue suficiente para el día.
El armario respiraba hondo cada vez que alguien pensaba en abrirlo. Dentro, las camisas conspiraban contra
los lunes y los botones practicaban la fuga sin moverse del sitio. Una percha se autoproclamó líder espiritual
del desorden.
Las ideas caminaban en puntas de pie para no despertar al concepto principal, que dormía atravesado en
medio de la frase. Nadie se atrevía a empujarlo. Era grande, pesado y ligeramente abstracto.
Un semáforo mental se quedó atascado en verde esperanza. Los pensamientos cruzaron sin mirar y chocaron
entre sí con cortesía excesiva. Se pidieron disculpas durante varias líneas innecesarias.
El diccionario estornudó y perdió tres definiciones. Nadie las reclamó. Una palabra huérfana se sentó en el
margen a mirar el vacío con curiosidad sintáctica.
Las escaleras mecánicas subían hacia una duda colectiva. Cada peldaño preguntaba algo distinto y olvidaba la
respuesta antes de llegar arriba. Arriba no había nada, pero abajo tampoco ofrecía soluciones.
Un paréntesis abierto se negó a cerrarse por principios. Decía que la vida no siempre necesita conclusiones.
El punto final protestó, pero fue ignorado por mayoría imaginaria.
Las vocales largas se estiraron hasta convertirse en bostezos tipográficos. Las cortas se escondieron detrás de
una consonante fuerte. El acento cayó mal puesto y decidió quedarse así por rebeldía.
Un pensamiento mal doblado ocupaba demasiado espacio en el bolsillo del cerebro. Cada vez que alguien
intentaba sacarlo, aparecía otro completamente distinto. El bolsillo renunció a su función.
Las frases circulares daban vueltas sin marearse. En el centro, una idea quieta miraba cómo todo giraba a su
alrededor sin entender por qué. Tampoco preguntó.
El reloj de arena se negó a girarse. La arena formó montañas conceptuales y organizó excursiones para
hormigas que no existían. El tiempo observó desde lejos con indiferencia educada.
Un adjetivo exagerado se miró al espejo y no se reconoció. Decidió ser moderado por un rato, pero nadie le
creyó. Volvió a exagerar por comodidad.
Las letras mayúsculas bajaron la voz. Las minúsculas gritaron un poco más fuerte de lo necesario. El equili-
brio tipográfico se fue a tomar un café y no volvió.
Un pensamiento lateral tomó un atajo y se perdió. Envió una postal desde una metáfora lejana diciendo que
estaba bien, que no lo esperaran. Nadie sabía que lo estaban esperando.
Los signos de interrogación se estiraron como gatos confundidos. Las preguntas salieron torcidas y volvie-
ron sin respuestas, pero con nuevas preguntas pegadas detrás.
Una frase intentó ser profunda y cayó en un charco de superficialidad accidental. Se levantó empapada y
fingió que era parte del plan. Nadie la contradijo.
El margen izquierdo se sintió desplazado emocionalmente. El derecho no quiso involucrarse. El texto siguió
avanzando por pura inercia narrativa.
Las ideas recicladas se presentaron como nuevas. Nadie notó la diferencia porque el envoltorio era distinto.
El contenido bostezó y pidió vacaciones.
Un susurro conceptual se convirtió en grito tipográfico por un error de volumen. El lector inexistente se
sobresaltó y dejó caer una suposición al suelo.
Las frases condicionales condicionaban demasiado. Las afirmativas dudaban de sí mismas. El verbo ser
pidió un descanso existencial y se fue a caminar sin rumbo.
Un pensamiento con sombrero saludó a otro sin cabeza. Ambos se reconocieron como vagamente familia-
res y siguieron de largo sin profundizar.
Las palabras largas ocuparon dos líneas sin pedir permiso. Las cortas se colaron entre espacios. El espacio,
molesto, se expandió un poco más de lo necesario.
Una metáfora olvidó a qué estaba comparando. Decidió funcionar sola, como objeto decorativo. Quedó
bien en la oración, aunque nadie supo por qué.
El orden lógico se perdió detrás de una coma distraída. El caos tomó el volante y condujo despacio, señali-
zando cada giro sin razón aparente.
Las ideas se sentaron en círculo para compartir. Nadie habló. Aun así, todos sintieron que había sido pro-
ductivo.
Un punto suspensivo se multiplicó sin control. La frase nunca terminó, pero siguió avanzando como si
tuviera un destino claro…
Las conclusiones se quedaron atrapadas en el tráfico mental. Las premisas avanzaron sin ellas. El resultado
fue aceptado por cansancio general.
Un eco tipográfico repitió una palabra que nunca se escribió. La palabra se sintió halagada y decidió existir
solo por eso.
Las letras cansadas se apoyaron unas en otras. Formaron palabras accidentales que nadie pronunció en voz
alta. Aun así, sonaron dentro de nada.
El texto respiró hondo y siguió, sin saber por qué, sin saber hacia dónde, pero convencido de que detenerse
sería más raro que continuar. El armario respiraba hondo cada vez que alguien pensaba en abrirlo. Dentro,
las camisas conspiraban contra los lunes y los botones practicaban la fuga sin moverse del sitio. Una percha
se autoproclamó líder espiritual del desorden.
Las ideas caminaban en puntas de pie para no despertar al concepto principal, que dormía atravesado en
medio de la frase. Nadie se atrevía a empujarlo. Era grande, pesado y ligeramente abstracto.
Un semáforo mental se quedó atascado en verde esperanza. Los pensamientos cruzaron sin mirar y chocaron
entre sí con cortesía excesiva. Se pidieron disculpas durante varias líneas innecesarias.
El diccionario estornudó y perdió tres definiciones. Nadie las reclamó. Una palabra huérfana se sentó en el
margen a mirar el vacío con curiosidad sintáctica.
Las escaleras mecánicas subían hacia una duda colectiva. Cada peldaño preguntaba algo distinto y olvidaba la
respuesta antes de llegar arriba. Arriba no había nada, pero abajo tampoco ofrecía soluciones.
Un paréntesis abierto se negó a cerrarse por principios. Decía que la vida no siempre necesita conclusiones.
El punto final protestó, pero fue ignorado por mayoría imaginaria.
Las vocales largas se estiraron hasta convertirse en bostezos tipográficos. Las cortas se escondieron detrás de
una consonante fuerte. El acento cayó mal puesto y decidió quedarse así por rebeldía.
Un pensamiento mal doblado ocupaba demasiado espacio en el bolsillo del cerebro. Cada vez que alguien
intentaba sacarlo, aparecía otro completamente distinto. El bolsillo renunció a su función.
Las frases circulares daban vueltas sin marearse. En el centro, una idea quieta miraba cómo todo giraba a su
alrededor sin entender por qué. Tampoco preguntó.
El reloj de arena se negó a girarse. La arena formó montañas conceptuales y organizó excursiones para
hormigas que no existían. El tiempo observó desde lejos con indiferencia educada.
Un adjetivo exagerado se miró al espejo y no se reconoció. Decidió ser moderado por un rato, pero nadie le
creyó. Volvió a exagerar por comodidad.
Las letras mayúsculas bajaron la voz. Las minúsculas gritaron un poco más fuerte de lo necesario. El equili-
brio tipográfico se fue a tomar un café y no volvió.
Un pensamiento lateral tomó un atajo y se perdió. Envió una postal desde una metáfora lejana diciendo que
estaba bien, que no lo esperaran. Nadie sabía que lo estaban esperando.
Los signos de interrogación se estiraron como gatos confundidos. Las preguntas salieron torcidas y volvieron
sin respuestas, pero con nuevas preguntas pegadas detrás.