Capítulo 2: Silencio bajo el arciano
POV: Rickard Stark
Las piedras viejas de Invernalia guardan la memoria mejor que los hombres. A veces, en
medio del silencio, creo oír pasos que ya no pertenecen a este mundo. El eco de mi padre,
tal vez. O el juicio de los árboles.
Benjen apareció esta tarde con una mujer que no conoce su nombre. Descalza. Medio
vestida. En pleno invierno.
Lyanna, siempre más veloz que cualquier cuervo, fue quien corrió a avisarme. Pero cuando
entré al salón, no hizo falta preguntar.
La mujer estaba sentada cerca del fuego, envuelta en una de nuestras mantas, inmóvil.
Como un tronco dejado en la nieve durante días. Su cabello era blanco, pero no por la edad.
Y sus ojos… no parecían mirar. Parecían recordar algo que no podía explicar.
—¿Dónde la encontraste? —le pregunté a Benjen, que no soltaba su mano.
—En el bosque —respondió. Su voz temblaba, no de miedo, sino de algo más difícil.
Compasión, quizás. O desconcierto.
—¿Quién la vio primero?
—Yo.
Me incliné, sin acercarme demasiado. La mujer no reaccionó. Sólo fijó la vista en las
llamas. El maestre Walys la había revisado brevemente y no encontró heridas, sin fiebre ni
signos claros de violencia, sin embargo, algo en ella no encajaba con el mundo que
conozco.
—Dice que se llama Eira —añadió Benjen, bajando la voz—. Pero... no estoy tan seguro.
Me volví hacia él. Mi hijo, de apenas diez inviernos, parecía más mayor en ese instante.
Sucio, con las botas empapadas, pero firme.
—¿Por qué la trajiste? —pregunté. No con reproche. Con la misma frialdad con la que uno
revisa una pared buscando una grieta.
—Porque estaba sola —respondió—. Y no gritó. Ni pidió ayuda. Solo... me miró. Como si
me conociera. O esperara algo de mí.
Guardé silencio.
—Nadie viene desde el sur sin capa ni calzado en esta época —murmuró el maestre Walys,
desde el fondo—. Ni siquiera los desesperados.
No respondí. Fui hasta el bosque de dioses esa noche. Solo.
El arciano no habla, pero no necesita hacerlo. Cuando uno se sienta bajo su rostro, los
pensamientos se ordenan… o se deshacen.
No pedí consejo. Sólo dejé que el frío me penetrara, que el crujido del hielo me recordara
que aún estoy hecho de carne.
No sé quién es esa mujer. No sé si es un castigo, una señal… o simplemente una
desgraciada que ha olvidado su nombre.
Pero sé esto:
los lobos no ladraron cuando entró.
Y los cuervos no graznaron cuando la vieron.
Eso basta para que no la eche… aún.