El cuento de la rosa
Era un día como cualquier otro.
Julia se levantó de su cama, miró la hora y suspiró: ya era momento de prepararse
para la escuela. Tomó sus cosas, entró al baño y se dio una ducha rápida.
Julia tenía un nombre peculiar, y también una presencia que no pasaba
desapercibida. Al salir, se vistió con una camisa bien planchada, un pantalón café
de corte elegante —no demasiado entallado—, zapatos del mismo tono y un
abrigo negro. Su piel tenía un tono hermoso y su mirada era firme, decidida.
Su padre ya estaba despierto. La llevaría a la escuela antes de irse a trabajar.
Julia subió al auto y ambos emprendieron el camino. El silencio duró poco.
—¿Lista para la escuela? —preguntó su padre.
—Sabes que siempre estoy lista, papá —respondió ella.
—¿Y cómo te ha ido últimamente?
—Bien. Todo está bien calculado.
—Me alegra oírlo. Oye… quería preguntarte por ese amigo tuyo, ¿cómo se llama?
—¿Rodrigo?
—Sí. ¿Son amigos o algo más?
—Papá, no somos nada. No tengo tiempo para eso. Estoy concentrada en mis
planes. Quiero terminar mi carrera como ingeniera.
El padre sonrió, orgulloso, sin darse cuenta de lo que estaba a punto de ocurrir.
Un coche apareció de repente.
El impacto fue brutal.
Julia lo vio todo en cámara lenta: los cristales estallando uno tras otro, el cuerpo
de su padre sacudido violentamente, el automóvil dando vueltas sobre el asfalto.
El mundo giró tres veces antes de detenerse.
Ambos quedaron gravemente heridos.
A lo lejos, algunas personas que presenciaron el accidente corrían mientras
marcaban a emergencias.
Julia permanecía entre la conciencia y el sueño. Luces blancas la cegaban, y
sombras con batas azules y mascarillas se movían rápidamente a su alrededor,
empujándola por un pasillo interminable.
Por un instante, distinguió a una mujer borrosa que lloraba. Intentó decir algo, pero
su voz no salió.
Luego, la oscuridad la envolvió por completo.
En la oscuridad, comenzó a sentir frío. No sabía qué estaba ocurriendo.
Entonces, un tenue resplandor apareció.
Cuando la luz se hizo más clara, Julia vio a su alrededor: rosas. Decenas de ellas,
tan cerca que parecía imposible caminar entre sus tallos. La idea la sacudió por
dentro. ¿Era el cielo?
Intentó moverse, pero fue inútil. Su cuerpo no respondió.
Una sensación extraña la recorrió, como si estuviera anclada a un mismo punto.
Miró hacia abajo.
Sus pies ya no estaban. En su lugar, había un tallo verde que se hundía en la
tierra.
No dijo nada.
Solo guardó silencio y observó a su alrededor, buscando una respuesta que no
llegó.
De pronto, una mujer apareció entre las rosas. Llevaba una canasta y comenzó a
cortar cada flor con cuidado, una por una, para venderlas.
Julia sintió una urgencia que la atravesó.
—¡Hola! ¿Me escucha? —intentó gritar—. No soy una rosa… soy una chica.
La mujer continuó su labor sin inmutarse. Para ella, solo existía el canto de los
pájaros y el roce del viento entre las hojas.
Cuando se acercó a Julia, se detuvo un instante y sonrió.
—Qué hermosa rosa —murmuró—. Resalta entre todas… aunque tiene
demasiadas espinas.
Julia comprendió entonces.
—Así que… no puede escucharme —susurró, aunque su voz no alcanzó a nadie.
Capitulo 2
La vida tiene una forma extraña de sorprendernos. A veces creemos saber
exactamente qué nos espera, quién se quedará a nuestro lado y por cuánto
tiempo. Yo también lo creí.
Mi nombre es Rodrigo, y me enamoré de una chica artista. Durante un tiempo
pensé que caminaríamos juntos toda la vida, que ella pintaría nuestros días y yo
los guardaría para siempre. Creí que sería la madre de mis hijos, mi compañera
definitiva.
Pero lo nuestro terminó.
Con el tiempo entendí algo sencillo y doloroso: no siempre lo que uno desea
coincide con lo que le toca vivir. Hay caminos que se cruzan solo para
enseñarnos, no para quedarse.
—Entonces… ¿a dónde vamos? —preguntó Yoltic mientras miraba el camino.
—Ya te lo dije —respondió Rodrigo—. Buscamos un lugar donde vendan una flor
marchita.
Yoltic arqueó una ceja.
—¿Para qué?
—¿No recuerdas? Uno de mis propósitos de año nuevo era cuidar una planta.
Quiero hacerlo bien esta vez.
—¿Y no sería mejor una flor en buen estado?
—No —dijo Rodrigo con firmeza—. Leí que las plantas, como las personas,
sienten cuando alguien se preocupa por ellas. Quiero encontrar la más marchita,
darle todos los cuidados necesarios y ver si puede volver a crecer. Tal vez incluso
podamos hacer algo relacionado con agricultura.
Yoltic soltó una pequeña risa.
—Está bien, pero no olvides que somos ingenieros electrónicos, no jardineros. A
este paso, la planta se nos va a morir antes de empezar.
Rodrigo no respondió.
Siguió manejando, convencido de que algunas cosas no se rescatan con
conocimientos… sino con paciencia.
Llegamos a un jardín botánico. Había flores de todo tipo, colores y tamaños.
Caminé entre los pasillos observándolas con atención, como si cada una me
ofreciera una posibilidad distinta.
Me detuve frente a un girasol. Son hermosos, pero frágiles; basta un golpe para
que sus pétalos comiencen a caer. Pensé que sería un reto interesante, aunque tal
vez demasiado delicado.
Más adelante vi una orquídea. Exigente, cuidadosa, imposible de descuidar. Sabía
que no cualquiera logra que florezca.
Luego encontré un tulipán. Siempre florece en su temporada, sin prisa, sin
forzarse. Solo espera el momento adecuado.
Seguí caminando, sabiendo que aún no había encontrado lo que estaba
buscando.
Vi una planta salvaje devorando una mosca. Me detuve un instante y, casi en un
susurro, le hablé:
—Creo que tú tampoco te irías conmigo.
Seguí caminando hasta llegar al pasillo de las rosas. Eran hermosas. Cada color
me despertó un recuerdo distinto, momentos que creí olvidados.
Avancé despacio, observándolas una por una, hasta que una llamó mi atención.
Su color era inusual. No sabía si en el mundo existían rosas de pétalos negros. Al
principio pensé que estaba marchita, pero no era eso. Sus pétalos no se veían
débiles ni secos; simplemente eran oscuros, como si hubieran atravesado
demasiadas cosas y aún siguieran ahí.
Me quedé mirándola más tiempo del necesario. Entonces noté algo más: estaba
separada de las demás. Dudé un momento y me acerqué al encargado del jardín
botánico.
—Disculpé —le dije—, ¿sabe por qué esta rosa tiene ese color y por qué está
apartada de las otras?
El hombre la observó unos segundos antes de responder.
—La verdad es que así estaba cuando la encontramos. Nunca supimos por qué
tomó ese color. Y la mantenemos separada porque… marchita a las demás flores.
Sus palabras me dejaron en silencio.
Volví a mirar la rosa. Había algo en ella que no lograba explicar. Entonces levanté
la vista y dije, sin pensarlo demasiado:
—Me la llevo.
El encargado no dudó. Preparó la maceta y me la entregó de inmediato. La tomé
con cuidado, casi con respeto.
—Ya vámonos —le dije a Yoltic—. Creo que ya encontré la planta perfecta.
Cuando la vio, se quedó sorprendido.
La observó en silencio.
—Nunca había visto una rosa así —murmuró—. Es… demasiado oscura.
Asentí.
Subimos al auto y, durante el trayecto, no dejé de pensar en aquella rosa tan
extraña. Estaba seguro de que tenía algo especial; tal vez era solo su color, pero
lo descubriría al llegar a casa. El camino de regreso fue rápido. Dejé a Yoltic con
su chica y continué solo.
Estaba de vacaciones, así que no tenía prisa ni preocupaciones.
Cuando llegué a casa, bajé del auto con cuidado y tomé la maceta entre mis
manos. Vivía solo, y ya lo tenía todo planeado. Había un cuarto especial para ella:
un espacio donde el paisaje se veía hermoso y donde los rayos del sol entraban
cada mañana.
Subí las escaleras despacio, abrí la puerta y coloqué la rosa cerca de la ventana.
—Aquí será donde te quedes —dije en voz baja—. Sé que no es mucho, pero
tiene un buen paisaje.
Me sentí extraño. Sabía que una planta no podía escucharme, pero había leído
artículos que decían que las flores también sienten, de alguna manera, como
nosotros.
O tal vez solo era la soledad hablándome.
No lo sabía.
Decidí ir por un poco de agua para la rosa y tomé la tablet. Quería averiguar si
existían rosas de color negro o alguna especie parecida. Calenté el agua hasta
dejarla a temperatura ambiente y busqué una maceta más grande; quería
empezar a darle los cuidados que merecía.
Llevé una bocina y acomodé todo con calma, procurando que la rosa estuviera a
gusto. La cambié de maceta, le puse tierra nueva y, al final, la regué con cuidado.
En la tablet encontré la información. Pensaba que las rosas negras no existían,
pero sí: eran originarias de Turquía y solo crecían en esa región. La miré y le
mostré la imagen en la pantalla.
—Vaya… eres especial —murmuré—. No eres como las demás rosas. Solo
puedes florecer en un lugar como Turquía.
Encendí la bocina y dejé sonar música suave, canciones con palabras bonitas,
pensando que tal vez eso podría ayudarla a crecer. Por un momento pensé en
poner otras plantas cerca, pero recordé lo que había dicho el encargado del jardín
botánico: cuando acercaban otras flores, se marchitaban.
Así que la dejé sola en el cuarto, con la música de fondo. Programé la bocina para
que sonara un rato más y cerré la puerta con cuidado.
Pasaron los días.
Avancé con el proyecto para convertir un auto de gasolina en eléctrico y, al mismo
tiempo, cuidaba la rosa. Para no sentirme solo, la llevaba conmigo. A veces me
descubría hablándole, contándole sobre mi trabajo, mis planes, como si fuera
alguien más.
Tal vez me estaba volviendo un poco loco.
La rutina se repitió durante semanas. Hasta que una tarde, mientras revisaba unos
planos en la pantalla, llegó un correo. Era de alguien de mi pasado.
Solo decía:
“Hola. Te perdono.”
Me quedé inmóvil.
Eso bastó para desconcentrarme. Hacía tiempo que había dejado de pensar en
seguir adelante, y la verdad era simple: siempre fui pésimo hablando con mujeres.
Una idea absurda me cruzó la mente: voy a morir solo.
Me acerqué a la rosa y murmuré:
—Creo que me voy a quedar soltero.
Encendí el teléfono sin pensarlo demasiado, solo para distraerme. Entonces
escuché una voz femenina, suave, clara:
—Con razón.
Me congelé.
Apagué el teléfono de inmediato. El silencio llenó el cuarto.
—¿Hay alguien ahí? —pregunté.
Nadie respondió.
Me pasé la mano por la frente.
—Estoy cansado… —murmuré—. Tal vez necesito salir más. O tal vez esto es una
señal.
Entonces la voz volvió a escucharse, esta vez más cerca.
—Si todos los chicos fueran como tú, no estarían tan solos.
—¿Quién dijo eso? —pregunté, con el pulso acelerado.
—No finjas —respondió la voz—. Siempre me hablas. Todo el tiempo.
Miré lentamente hacia la ventana.
La rosa.
Sonreí nervioso, intentando convencerme de que estaba imaginando cosas.
—No… —susurré—. No puede ser.
—Sí puede —dijo la voz—. Y sí soy yo.
Sentí que el mundo se inclinaba.
Solté el teléfono.
—La rosa… me habló…
—Me escuchaste —respondió ella.
Y entonces, todo se volvió negro.
Capitulo 3
No sé cómo llegué aquí.
Solo quería ir a la escuela, pasar tiempo con mis amigos y concentrarme en los
temas de cada materia. Pero a veces la vida tiene otros planes.
Lo último que recuerdo es estar sobre una camilla de hospital. Doctores
caminaban a mi alrededor mientras me llevaban por un pasillo largo. Alcancé a ver
a mi madre y a mis hermanos, sus rostros llenos de preocupación.
Después, todo se volvió oscuro.
Sentí frío.
Abrí los ojos y me encontré en un campo. Un campo hermoso, cubierto de rosas
que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Por un instante pensé que había
muerto… o que estaba soñando.
Intenté moverme, pero no pude.
La confusión me invadió. Quise levantarme, correr, gritar, pero mi cuerpo no
respondía. Entonces miré hacia abajo.
No tenía piernas.
En su lugar, había un tallo que se hundía en la tierra.
Vi a una mujer y empecé a pedirle ayuda. Quise gritarle, suplicarle, pero no me
escuchaba. O tal vez sí me oía… pero no podía entenderme. Me tomó con
cuidado y me llevó junto a las demás rosas.
Ese día supe que era San Valentín. Los adornos en los negocios lo decían todo.
Poco a poco comenzaron a llegar personas para comprar flores. Hombres, en su
mayoría. Algo extraño ocurrió entonces: empecé a sentirlos. No con palabras, sino
de otra forma. Cuando tocaban los ramos, una energía recorría mi tallo. No sabía
cómo describirla, solo sabía que estaba ahí.
Llegó un hombre con traje. Preguntó el precio del ramo sin emoción alguna. Sentí
aburrimiento… y algo más oscuro. Llevaba un anillo de bodas, pero dentro de él
había rechazo, incluso odio hacia su esposa.
Luego llegó otro joven. Tenía poco dinero; se notaba que apenas podía permitirse
las flores. Cuando preguntó el precio, sentí algo distinto: intención pura. Cuidado.
Amor sincero.
Cada vez que percibía esas emociones, una sensación de paz me envolvía.
Por primera vez desde que desperté en ese campo, dejé de sentir miedo.
El joven de poco dinero nos eligió. Sentí alivio cuando nos tomó entre sus manos.
En el camino escuché que tendría una cita con el amor de su vida. Se arregló con
cuidado, como quien espera algo importante, y nos llevó con él.
Cuando llegó, lo sentí decir con ilusión:
—Unas rosas para esta hermosa dama.
Entonces ocurrió.
Cuando ella extendió la mano para recibirnos, una sensación me atravesó como
una espada afilada. Desprecio. Aburrimiento. Frialdad. No había amor en ella.
No lo podía creer. ¿Cómo algo tan puro podía ser recibido así?
Quise decirle algo al joven. Advertirlo. Pero fue inútil. No podía escucharme.
La chica esperó a que él se fuera. Luego nos dejó a un lado, como si no valiera
nada. Mis compañeras no resistieron mucho tiempo; se marchitaron rápido,
incapaces de soportar aquella energía.
Así comenzó mi vida como rosa.
Pasé de mano en mano. Fui regalada, vendida, olvidada. Con el tiempo ya no
necesitaba conocer a las personas: bastaba sentir sus manos para saber quiénes
eran.
Y casi siempre era lo mismo. Intenciones vacías. Deseos egoístas. Amor fingido.
Hombres y mujeres por igual.
Eso me recordó por qué, incluso antes, había decidido no abrirme al amor. No
quería volver a ser lastimada. No quería repetir esa historia.
Con cada encuentro, mis pétalos se volvieron más oscuros, más tenues, hasta
convertirme en lo que soy ahora.
Al final, terminé en un jardín botánico.
Quise regresar a mi vida pasada, pero comprendí que ya no era posible.
Me resigné a ser una rosa… por el resto de mi vida.
Terminé en un jardín botánico. Para el dueño, mi color negro era una novedad;
algo extraño, diferente, digno de mostrarse.
Pasé ahí un tiempo… hasta que apareció él.
Era un joven alto, de semblante alegre, aunque por dentro se sentía solo. Moreno,
con unos ojos lindos que se detenían más de lo necesario. Sentí su mirada sobre
mí, un asombro silencioso que me recorrió entera.
Y entonces lo entendí: no era su energía lo que sentía.
Era otra cosa.
Escuché su conversación con el encargado. Decía que me llevaría con él. Pensé
que sería un regalo para alguien más, que me elegiría solo por rareza. Pero no.
Había rosas más hermosas, más vivas que yo… y aun así, me escogió.
A mí.
La que ya no tenía color, pero seguía de pie.
Me llevo a su casa, y ver qué eligió un lugar hermoso donde estaría, eso me lleno
de alegría, y no solo eso sino que cambio mi maceta me puso en tierra fértil , me
rego con agua templada me hizo sentir en casa, me dijo algo inusual, y dijo que
era especial porque solo yo podía germinar en un solo lugar , no lo podía creer no
había sentido un trato especial a una rosa , casi solo nos usan para decoraciones
y ya pero el me veía igual como alguien más como si pudiera escuchar.
Pasó el tiempo.
El joven comenzó a llevarme con él a sus proyectos. Observándolo con atención,
pude darme cuenta de lo que hacía: las herramientas, los planos, la forma en que
hablaba de su trabajo. Era ingeniero, aunque nunca me lo dijo directamente.
Me hablaba de él, de su día, de lo que quería construir. Yo escuchaba en silencio.
Una vez, mientras revisaba unos planos, se detuvo frente a mí y preguntó:
—¿Y tú? ¿No tienes algo que decir?
Eso me tocó.
Quise decirle la verdad. Que no siempre fui una rosa. Que alguna vez fui una
persona. Pero sabía que no podía entenderme. Aun así, anhelaba que, al menos
una vez, pudiera escucharme.
Y entonces ocurrió algo completamente fuera de lo común.
Era un día común.
El joven decidió llevarme a su laboratorio mientras continuaba con su proyecto. En
una de las pantallas apareció un mensaje. No alcance Suficiente tiempo para
leerlo, pero noté cómo se quedó pensativo.
Se hacercó a mí, suspiró y volvió a los planos. Intentó concentrarse, pero lo
escuché murmurar:
—Creo que me voy a quedar soltero.
Algo dentro de mí se movió.
No podía creer lo que decía. Pensé que alguien como él —atento, paciente,
auténtico— era justo lo que muchas mujeres anhelaban. Lo vi tomar su teléfono.
Observó una foto de una chica durante unos segundos y luego apagó la pantalla.
Entonces hablé.
—Si todos los chicos fueran como tú, no estarían solos.
El silencio cayó de golpe.
Él se giró lentamente, mirando a su alrededor, como buscando a alguien más.
—¿Hola? —preguntó—. ¿Hay alguien aquí?
Mi tallo tembló.
—Estoy aquí —dije, casi sin darme cuenta—. Siempre lo he estado.
Sus ojos se clavaron en mí.
—No… —susurró—. No puede ser.
Ahí lo entendí.
Podía escucharme.
Quise decirle todo: quién era, qué me había pasado, pedirle ayuda. Pero no tuve
tiempo. Sus piernas flaquearon y cayó al suelo, inconsciente.
Capitulo 4
Recuperé la conciencia poco a poco.
Pensé que me había quedado dormido, pero algo no cuadraba. El suelo estaba
frío.
Abrí los ojos.
No estaba en mi cama, sino tirado en el piso de mi laboratorio. Me incorporé con
dificultad y miré a mi alrededor. Todo estaba en su lugar: las herramientas, los
planos… y la rosa.
La vi y solté el aire que había estado conteniendo.
—Uf… solo fue un sueño —murmuré.
Me levanté despacio y me acerqué a ella, todavía con el corazón acelerado.
—De verdad pensé que me habías hablado —dije, negando con la cabeza—. Ya
me estoy volviendo loco.
—No —respondió una voz—. No fue un sueño.
El mundo se detuvo.
Sentí cómo el frío me recorría la espalda. Miré alrededor, buscando a alguien,
cualquier explicación lógica.
—Esto no es posible —dije en voz alta—. Estoy imaginando cosas.
—Sí pasó —continuó la voz—. Y sé que te cuesta aceptarlo.
Entonces la miré.
La rosa.
Grité del susto y retrocedí varios pasos.
—¡No, no, no! —me llevé las manos a la cabeza—. Esto rompe toda lógica. Una
rosa no puede hablar. No puede pensar. No puede…
—Yo tampoco lo entiendo —me interrumpió con calma—. Pero eres el primero que
puede escucharme.
La observé en silencio. Mi mente buscaba explicaciones: estrés, soledad,
cansancio, alucinaciones.
—Las rosas… —dije finalmente— solo son plantas. Son bonitas, sí, pero existen
para decorar. Nada más.
Sentí algo extraño al decirlo.
Y por primera vez, la rosa guardó silencio.