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Apítulu I: La Mediacion Del Espíritu en La Trinidad Y en La Salvacion

El documento explora la naturaleza de Dios como Trinidad, enfatizando que cada Persona divina es distinta pero unida en comunión. Se destaca que la revelación cristiana presenta a Dios como un ser personal y amoroso, cuya esencia es la comunión entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Además, se subraya el papel del Espíritu Santo en la experiencia de la fe y la salvación, actuando como el vínculo que permite a los creyentes acercarse a Dios.

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Apítulu I: La Mediacion Del Espíritu en La Trinidad Y en La Salvacion

El documento explora la naturaleza de Dios como Trinidad, enfatizando que cada Persona divina es distinta pero unida en comunión. Se destaca que la revelación cristiana presenta a Dios como un ser personal y amoroso, cuya esencia es la comunión entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Además, se subraya el papel del Espíritu Santo en la experiencia de la fe y la salvación, actuando como el vínculo que permite a los creyentes acercarse a Dios.

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Capítulu I

LA MEDIACION DEL ESPÍRITU EN LA TRINIDAD


Y EN LA SALVACION
1. DIOS «ES» TRINIDAD
II. CADA PERSONA DIVINA POSEE ALGO PROPIO QUE LA DISTINGUE
III «EN EL ESPÍRITU SANTO»
1. Dios llega a ser, se hace, «don» en el Espíritu
2. Dios llega a ser experiencia viva, a través de su Palabra, en el Espíritu
3. La Palabra nos habla hoy en el Espíritu
4. Dios se dirige a nosotros a través de su Iglesia «en el Espíritu»
5. Se «conoce» a Dios sólo si existe comunicación con El en el Espíritu
IV. CONCLUSION
La revelación cristiana no habla nunca de un Dios impersonal, de una
potencia que avasalla o que infunde terror, sino que desvela una maravillosa
realidad divina, que envuelve personalmente. El Dios manifestado por
Jesucristo es un Dios personal, aún más, es la comunión de Tres Personas; esto
quiere decir que la esencia de Dios es la comunión (koinonia), es decir, la
Trinidad.

1. DIOS «ES» TRINIDAD

La vida íntima, eterna, lo que constituye a Dios es su ser en comunión.


El Dios revelado por Jesucristo, el único y verdadero es esencial y
absolutamente diverso del Dios de cualquier otra religión. Esta afirmación es
fundamental: todo se sostiene o cae en la medida en que la realidad de Dios
sea o no sea Trinidad.
Pero ¿qué significa que Dios es Trinidad? ¿No puede nacer la sospecha
de equivocar o malentender la unicidad de Dios? Aceptar el sentido y
significado de la revelación trinitaria de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo sólo
es posible en la referencia al contenido del mensaje neotestamentario. Es
cierto que el núcleo de la fe de la primitiva comunidad cristiana se ha
concentrado en Cristo y en su unicidad en relación a Dios y a la historia de la
salvación. Pero es también evidente que el misterio absolutamente singular de
Cristo reenvía al ser mismo de Dios, definiendo así la misma divinidad. «Jesús
ha revelado que Dios es "Padre" en un sentido inaudito: no lo es sólo en cuanto
Creador; es eternamente Padre en relación a su Hijo unigénito, que
recíprocamente no es Hijo más que en relación al Padre» (CEC 240). Con otras
palabras, la «buena noticia» cristiana es el evangelio trinitario y la divinidad de
Dios no puede ser pensada, creída y profesada más que como divinidad del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Este es el inefable misterio de Dios: si
"Dios es la Trinidad", "la Trinidad es el único y solo Dios" (SAN AGUSTÍN, La
Trinidad, 7,6,12; 1,6,10).
En esta perspectiva, se comprende por qué en la base de la esencia
trinitaria de Dios está el aconteci miento de la Pascua como momento
culminante de la vida histórica de Jesucristo. En el gesto gratuito del don de si,
Jesús, el Hijo, expresa la total obediencia y disponibilidad a la voluntad del
Padre, es decir, al pro yecto de amor en el que aparece e] sentido último de la
salvación. En él, el misterio de la cruz (Theologia crucis) asume un valor
paradigmático. Sobre todo, porque en ella se revela la paternidad de Dios. En

1
la entrega del Hijo a la muerte, se manifiesta no un Dios impasible, indiferente
al hombre, sino el Dios de la bondad y del amor, cuya infinitud está en el amor
por cada uno de nosotros. Se da así «un paradójico misterio de amor: en Cristo
sufre Dios rechazado por la propia criatura» (DeV 41). Al mismo tiempo, en la
muerte Jesús entrega el Espíritu (cf. Jn 19,30), con un abandono confiado y
filial en la espera de aquella reconciliación que, en la resurrección, llegará a
ser plena y definitiva. <Ahora estáis en Cristo Jesús. Ahora, por la sangre de
Cristo, estáis cerca los que antes estabais lejos... Así, unos y otros podemos
acercarnos al Padre con un mismo Espíritu» Ef 2,13.18).
Así pues, el acontecimiento pascual en lo paradójico del Crucificado-
Resucitado revela la historia trinitaria de Dios, en la que la comunión y la
alteridad expresan la <verdad> que es Dios (cf. CEC 214-215), marca da por
un amor único e impensable. «En verdad ves a la Trinidad si ves el amor» (SAN
AGUSTÍN, La Trinidad, 8,8,12). Esta es la economía de la salvación (cf. CEC
236) en la que queda custodiado el sentido último de la entera realidad: si la
esencia de Dios es comunión (koinonia), entonces el hombre, en cuanto
creatura de Dios-Comunión, será llamado a la comunión con su Creador y con
los otros hombres. El Dios de la revelación cristiana «es uno, pero no solitario»
(Fides Damasi, Dz. 71). En el Credo se profesa un Dios que en su esencia es
Padre, Hijo y Espíritu Santo. Este es nuestro Dios: es misterio de Amor, porque
es comunión de tres Personas, y por esto es misterio de vida sin fin.
Es posible hacerse cuenta, en cierto sentido, sobre qué quiere decir la
afirmación de que Dios, en su esencia, es Trinidad-Comunión si se considera
que, según la revelación, «Dios es Amor» (1 Jo 4,16). Esta expresión significa
que Dios es Dios, precisamente porque, desde toda la eternidad, el Padre
genera en el amor, libremente, al Hijo y, con el Hijo, espira al Espíritu Santo.
En este sentir se coloca la teología de los primeros concilios ecuménicos
y la de los Padres de la Iglesia. Es una profesión de fe trinitaria, por la cual la
expresión de Gregorio Nacianceno (ca. 390): «Cuando digo Dios entiendo el
Padre, el Hijo y el Espíritu Santo» (Discursos, XLV, 4), llega a ser
absolutamente normativa para la ortodoxia cristiana.

s0s0

II. CADA PERSONA DIVINA POSEE ALGO PROPIO QUE LA


DISTINGUE

Creemos en un solo Dios, pero su vida íntima es tan rica que está
constituida por tres Personas realmente distintas entre ellas. Tomar en serio
cuanto profesamos en el Símbolo, es decir, la fe en un Dios en tres Personas
iguales pero distintas, significa ver en cada Persona divina, a la luz de la
Revelación, aquello que le es propio y la distingue de las otras.
En la tradición teológico-eclesial el término persona constituye un
momento importante para la comprensión del incomprensible misterio de Dios.
Como la Escritura muestra la automanifestación de Dios en constante diálogo
con el hombre, así la reflexión de la Iglesia subraya que Dios es persona
porque es el Ser en diálogo y en relación. "La Iglesia utiliza el término
"substancia" (traducido a veces también por "esencia" o por "naturaleza") para
designar al ser divino en su unidad; el término "persona" o "hipóstasis" para
designar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo en su real distinción recíproca; el
término "relación" para designar el hecho de que la distinción entre las
Personas divinas reside en la referencia de cada una a las otras" (CEC 252).
Las tres Personas divinas, por tanto, existen en la única divinidad como puras
2
relaciones, sin yuxtaposición alguna. En este sentido, el ser del Padre es el
principio de todo; la esencia de la segunda Persona es la filiación, es decir, el
hecho de ser Hijo; mientras que lo específico de la tercera Persona es ser
«espirada» (o tener el propio origen) por el Padre y por el Hijo.
En lo que respecta. al origen eterno del Espíritu Santo, hacia finales del
siglo VIII, se agregó al Credo Niceno-constantinopolitano, que dice
sencillamente procede de! Padre, la fórmula: procede del Padre y del Hijo
(«Filioque»). A decir verdad, la fórmula "y del Hijo" estaba ya en uso en el siglo
V en Occidente, en los símbolos de algunas iglesias locales. Fue introducida
oficialmente en el símbolo de la Iglesia de Roma en torno al año 1013, por
presiones externas sobre el papa Benedicto VIII, por parte del emperador
Enrique II. Durante mucho tiempo, este añadido, con la consiguiente doctrina
sobre la procesión del Espíritu del Padre y del Hijo, ha constituido un motivo
grave de disenso para las Iglesias ortodoxas.
En realidad, se trata de dos modos complementarios de profesar lo
mismo y el mismo misterio. El Catecismo de la Iglesia Católica afirma a este
respecto: la tradición oriental pone de relieve antes que nada que el Padre, en
relación al Espíritu Santo, es el origen primero. Al confesar que el Espíritu
"procede del Padre" Jn 15,26), esta tradición afirma que el Espíritu procede del
Padre por medio del Hijo (cf. AG 2). La tradición occidental concede más
relieve a la comunión consubstancial entre el Padre y el Hijo, afirmando que el
Espíritu procede del Padre y del Hijo (Filioque)... Esta legitima
complementariedad, si no se desorbita, no afecta a la identidad de la fe en la
realidad del mismo misterio confesado» (CEC 248).
Las consideraciones hechas más arriba se refieren a Dios «en sí». Peto
también en la historia de la salvación la Trinidad se manifiesta como «misterio
de comunión», por lo cual se dice: <da Santísima Trinidad toda entera se une
con el espíritu [del hombre] todo entero» (SAN GREGORIO NACIANCENO,
Discursos, XVI, 9; cf. CEC 2565). Y aunque, como afirma San Agustín (430),
«las operaciones de la Trinidad son inseparables» (Discursos, 71,16), eso no
significa que sean también indistintas. Cada Persona divina, precisamente
porque es distinta de las otras, posee, por apropiación, una propia actividad en
la historia de la salvación, tiene una relación con la creación y, sobre todo, con
el hombre.
La diferenciación de la acción de las tres Personas se podría describir
así. Todo proviene del Padre, todo es cumplido y actualizado por el Hijo, todo
alcanza al hombre y se hace presencia y experiencia en Él a través del Espíritu
Santo. Mientras que el retorno a Dios sigue el proceso inverso: en el Espíritu, a
través del Hijo se llega al Padre. De aquí la plegaria litúrgica: «ad Patrem, per
Filium, in Spiritu Sancto» («al Padre por el Hijo en el Espíritu Santo»). En este
sentido, el Padre es siempre el que tiene la iniciativa en la historia de la
salvación: todo procede de Él, que quiere comunicar al hombre su vida
trinitaria. El Hijo consiente, o sea, quiere junto al Padre, ser Aquel «en el cual»
y «por el cual» se realiza el proyecto o el plan del Padre, la unión de Dios con
el hombre (y en el hombre con todo lo creado). El Espíritu, por su parte, es
Aquel que libera a la creación de sus limites creaturales y la vuelve «capax
Dei» (capaz de recibir a Dios) (cf. SAN AGUSTÍN, La Trinidad, 14,8,11). Más
sencillamente se puede afirmar que el Espíritu Santo es Aquel que hace eficaz
y realiza la acción del Padre y del Hijo a lo largo de todo el arco de la historia
de la salvación. Todo esto es expresado por los Padres con la fórmula: «todo el
bien desciende del Padre, a través del Hijo [y nos alcanza] en el Espíritu
Santo» (SAN ATANASIO, Cartas a Serapión, 1, 24). Por tanto, si el movimiento
de Dios hacia el hombre es descendente, porque pasando por medio de Cristo
alcanza su objetivo en el Espíritu, el del hombre es movido por una dinámica
inversa, es ascendente: viviendo en el Espíritu él se eleva, se acerca a Dios, y
por medio del Hijo tiene acceso al Padre.

3
A este propósito, San Ireneo (155) testimonia la antigua tradición de la
Iglesia: «Los presbíteros, discípulos de los apóstoles, dicen que éste es el
orden y el ritmo de aquellos que se salvan, que progresan a través de tales
grados que, a través del Espíritu, ascienden al Hijo y, a través del Hijo, al
Padre» (Contra las herejías, V, 36,2). Y San Basilio Magno (379), sintetizando el
doble movimiento trinitario, del Padre hasta nosotros y de nosotros al Padre,
afirma: «El camino del conocimiento de Dios va, por tanto, desde el único
Espíritu, a través del único Hijo, al único Padre. Y, por el contrario, la bondad
natural y la santidad según naturaleza y dignidad reales se difunde desde el
Padre, por el Unigénito, al Espíritu» (El Espíritu Santo, XVIII, 47).
En definitiva, la economía divina es obra común de las tres Personas
divinas, comprometidas en la mis ma misión: acompañar al hombre al
descubrimiento del amor y a la comprensión de quién es Dios, fundamento de
la realidad y verdad del ser: «Toda la economía divina, a la vez obra común y
personal, hace conocer tanto la propiedad de las Personas divinas como su
única naturaleza. De manera semejante, toda la vida cristiana es comunión
con cada una de las Personas divinas, sin separarlas de ningún modo. Quien da
gloría al Padre lo hace por el Hijo en el Espíritu Santo; quien sigue a Cristo, lo
hace porque el Padre lo atrae (cf. Jn 6,44) y porque el Espíritu lo conduce»
(CEC 259).

s0s0

III «EN EL ESPÍRITU SANTO»

Antes de abordar los distintos temas referentes al papel propio del


Espíritu Santo, es oportuno detenerse a reflexionar sobre el significado de la
expresión «en el Espíritu», también porque en estas páginas aparecerá con
frecuencia. En síntesis, con esta expresión se quiere decir que el misterio
inefable de Dios llega a ser experiencia para el creyente sólo con la potencia
de su Espíritu. A través del Espíritu Santo es como Dios, invisible, inefable e
incomunicable, en su inmensa misericordia, se acerca al hombre y llega a ser
el Dios-con-nosotros: «Como está escrito: "Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el
hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman". Y Dios
nos lo ha revelado por el Espíritu, y el Espíritu todo lo penetra, hasta la
profundidad de Dios. Pues ¿qué hombre conoce lo que en el hombre hay sino
el espíritu del hombre, que en él está? Así también las cosas de Dios nadie las
conoce sino el Espíritu de Dios» (1 Cor 2, 9-11).
Pero ¿como revela el Espíritu las «profundidades de Dios»?

s0s0

1. Dios llega a ser, se hace, «don» en el Espíritu

Juan Pablo II afirma: «Dios, en su vida íntima, es amor, amor esencial,


común a las Tres Personas divinas. El Espíritu Santo es amor personal como
Espíritu del Padre y del Hijo. Por esto sondea hasta las profundidades de Dios,
como amor-don-increado. Puede decirse que en el Espíritu Santo la vida íntima
de Dios uno y trino se hace enteramente don, intercambio del amor reciproco
entre las Personas divinas y que por el Espíritu Santo Dios "existe" como don.
El Espíritu Santo es, pues, la expresión personal de esta donación, de este ser-
amor. Es Persona-amor. Es Persona-don. Tenemos aquí una riqueza insondable
de la realidad y una profundización inefable del concepto de persona en Dios,

4
que solamente conocemos por la Revelación» DeV 10).
La expresión «en el Espíritu Santo», por tanto, significa sobre todo que
Dios en su inmensidad acoge a cada uno y se hace su «don» por gracia,
uniéndose a él. Él, aun permaneciendo totalmente Otro, el inefable, el
incomunicable, precisamente porque es amor-comunión, encuentra el modo de
realizar lo irrealizable: donarse a su creatura y unirse a ella. Ello es posible «en
el Espíritu» porque Este representa al eterno mutuo amor entre el Padre y el
Hijo, es su ser-en-comunión. Este será también el papel del Espíritu en la
economía de la salvación: Dios se pone en comunión con sus creaturas, «en el
Espíritu» colma la infinita distancia que separa al Increado del creado, Dios del
hombre, y llega a ser Dios-por-nosotros, Dios-con-nosotros, Dios-en-nosotros. A
este respecto, San Cirilo de Jerusalén (387), en vez de usar la expresión «en el
Espíritu», en cuanto que Dios alcanza al hombre y se hace su don con el
Espíritu, afirma: «Nos alcanza toda gracia el Padre a través del Hijo con el
Espíritu Santo» (Catequesis XVI, 24).
Por tanto, no sólo no existe comunicación alguna de Dios en sus
creaturas si no es «en el Espíritu», sino que también se puede decir, y por las
mismas tazones, que no existe experiencia alguna referente a Dios y a las
cosas de Dios si no es en el mismo Espíritu.

s0s0

2. Dios llega a ser experiencia viva, a través de su Palabra, en el


Espíritu

No se puede tener experiencia de Dios en la Escritura si ella no esta


inspirada por El. «La Sagrada Escritura es la Palabra de Dios, en cuanto escrita
por inspiración del Espíritu Santo» (DV 9). La Sagrada Escritura, de hecho, en
cuanto Palabra de Dios dirigida al hombre, ofrece a éstos la posibilidad de
encontrar a Dios en un diálogo vital y libre. Ahora bien, si es imposible que el
revelarse de Dios en su Palabra suceda sin el Espíritu que vuelve visible lo
invisible y palpable lo impalpable, es porque en la Escritura está presente un
dinamismo único que, desde el Padre, llega al Hijo y, desde el Hijo, alcanza a
cada hombre en el Espíritu. Esto significa que la experiencia de Dios a través
de su Palabra es dada por la moción del Espíritu Santo que orienta al hombre a
la búsqueda de la verdad.
Esta idea es subrayada repetidas veces en el Nuevo Testamento. San
Pedro; al decir que ninguna profecía de la Escritura puede ser objeto de
interpretación privada, pone de relieve también cómo ninguna comprensión de
Dios puede dejar de lado la acción del Espíritu Santo (cf. 2 Pe 1,20). San Pablo
enseña, a su vez, que «toda la Escritura está divinamente inspirada» (2 Tm
3,16), usando la expresión técnica theopneustos (inspirado por Dios), para
indicar el acto particular con el que Dios inspira la Escritura «útil para enseñar,
convencer, corregir y formar para la justicia, para que el hombre de Dios sea
completo y bien preparado para toda obra buena». Ahora bien, estas funciones
de la Escritura parecen reclamar la acción del Espíritu como «boca de Dios»,
como se expresa Simeón el Nuevo Teólogo (1022): «La boca de Dios es el
Espíritu Santo y su Palabra y el Verbo es su Hijo, también Él Dios. Pero ¿por
qué el Espíritu es llamado boca de Dios y el Hijo Palabra y Verbo? De la misma
manera que nuestro discurso interior sale de nuestra boca y se revela a los
otros, sin que nosotros podamos pronunciarlo o manifestarlo con otro medio
que no sea el de la boca, lo mismo el Hijo de Dios, si no es expresado o
revelado por el Espíritu Santo, como por una boca, no puede ser conocido ni
entendido» (Libro de Etica III).
En el Espíritu la Palabra de Dios llega a ser «viva»

5
Sin embargo, no se trata de una inspiración que el Espíritu ejercita sólo
en el momento del nacimiento de la Biblia, sino también de una asistencia en
la lectura misma de la Biblia. La «vivificación» de la Palabra de Dios es obra
del Espíritu Santo: la Biblia se quedaría letra muerta si no se la hiciera
actualmente eficaz por el Espíritu Santo. La Palabra está viva por medio del
Espíritu que reposa en ella como se ha posado sobre el Hijo en el momento de
su bautismo: «Todas las palabras de Dios contenidas en las Escrituras... están
llenas del Espíritu Santo», afirma San Hilario de Poitiers (367/368) (Comentario
sobre los Salmos, 118). En otros términos, llega a ser realidad viva y salvífica
para cada uno, sólo gracias a la acción del Espíritu que es acogido y
secundado dócilmente, puesto que no se puede «entenderla sin la ayuda del
Espíritu Santo» (San Jerónimo, Cartas, 120) o, según Guillermo de Saint Thierry
(1148): «Las Escrituras, de hecho, desean ser leídas mediante el mismo
Espíritu con que han sido escritas; y mediante Él deben ser comprendidas»
(Carta de oro n.12l).
Interpretar la Escritura en el Espíritu significa interpretarla a la luz de la
fe, buscando descubrir su sentido último. Esto es posible sólo si se tiene
presente que Jesucristo es el principio unitario de toda la Escritura. A partir del
acontecimiento de Cristo cuando la interpretación en el Espíritu se inserta en
el movimiento de la Revelación s en la analogía de la fe, capaz de tender a la
cohesión de las verdades reveladas (cf. CEC 114). De esta manera, el Espíritu
Santo hace que la Palabra de Dios llegue a ser actualmente «Espíritu y Vida» y
tenga la fuerza de interpelar y de crear comunión entre los hombres. El
evangelio de Juan (6,63) subraya cómo la acción de la Palabra y la del Espíritu
se compenetran mutuamente. La Palabra se encarna (cf. Jn 1,14), mientras la
función del Espíritu es la de encarnar. El Espíritu es la potencia de la
encarnación, de la presencia, de la verdad, de la escucha: sin Él la Palabra
permanece ineficaz, inoperante, exteriorizada, inconsistente.
Al mismo tiempo, el Espíritu prepara el corazón del hombre para la
escucha, lo vuelve capaz y deseoso de acoger la Palabra. En éste, el acto de fe
es don del Espíritu. El hombre puede creer, saliendo de sí para confiarse a
Dios, precisamente porque el Espíritu Santo es Aquel que ilumina la revelación
de Dios ma nifestada en Jesús. El creer no es un sentimiento vago, ni sólo un
deseo piadoso, sino que es consentir a Dios para realizar junto al hombre la
historia de la salvación. Para éste es elección razonable, sin la cual la realidad
permanecería reducida al absurdo y el hombre incapaz de comprender «su
altísima vocación» (GS 22).

s0s0

3. La Palabra nos habla hoy en el Espíritu

«Nosotros hemos comprendido -afirma San Juan Damasceno (ca. 750)-


que el Espíritu es Aquel que acompaña a la Palabra» (La fe ortodoxa, 1,7). Para
los Padres de la Iglesia es necesario, por consiguiente, vivir en la docilidad al
Espíritu, tanto para creer en la inspiración de la Escritura como para alcanzar a
comprender, más allá de los hechos de la historia humana en su complejidad,
el plan providencial que la sostiene y la conduce. La interpretación
«espiritual», de la que hablan los Padres alejandrinos, significa, ante todo,
interpretación «en el Espíritu Santo». Para Orígenes (253-254), la verdadera
comprensión de la Escritura, es decir, espiritual, es aquella «que el Espíritu
concede a la Iglesia» (Homilía sobre el Levítico V, 5), porque «toda la ley es
espiritual; pero todo lo que la ley quiere significar espiritualmente no es
conocido por todos, sino solamente por aquellos a quienes les ha sido dada la
gracia del Espíritu Santo en la palabra de sabiduría y ciencia»(Prefacio, 8).

6
Los Padres insisten en que es necesario leer la Biblia en Cristo y en el
interior de su Cuerpo, que es la Iglesia. Solamente así las palabras divinas
pueden encontrar hoy una resonancia y un eco semejantes a lo que se verificó
en los Apóstoles, gracias al don común del Espíritu de la Verdad que enseña
todas las cosas (cf. Jn 14,26), según la admonición del Apocalipsis: «Quien
tenga oídos, entienda lo que el Espíritu dice a las Iglesias» (3,6). Y la tarea del
Espíritu Santo es ésta: revelar a Cristo, hacerlo presente.

s0s0

4. Dios se dirige a nosotros a través de su Iglesia «en el


Espíritu»

Se tiene experiencia de Dios no sólo en la Palabra, sino también en la


Tradición de la Iglesia, a través de su enseñanza, el dogma y la catequesis.
Todo conocimiento de Dios es don del Espíritu y se actúa en el Espíritu. Según
el evangelio de Juan, la función del Espíritu será la de introducir al creyente en
la plenitud de esta verdad y de interiorizarla vitalmente en su ánimo (Jn 16,13).
Por esto, el Espíritu es llamado «Espíritu de verdad» (Jn 14,16; 15,26), porque
su acción está ordenada a la verdad que es Cristo. «El Espíritu Santo instruye
desde ahora a los fieles -afirmaba a este propósito San Agustín- en la medida
en que cada uno es capaz de entender las cosas espirituales, y enciende en su
corazón un deseo de conocer, tanto más vivo cuanto cada uno progresa más
en la caridad, gracias a la cual ama las cosas que ya conoce y desea conocer
aquellas que ignora» (Comentario del Evangelio de Juan, 97,1).

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