Título: El reino del Jajaja
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Más allá de las montañas Serias y
del Valle del Silencio existía un
reino muy peculiar llamado Jajaja.
No aparecía en los mapas porque
nadie lo tomaba en serio. En Jajaja,
las casas estaban torcidas, los
relojes marcaban cualquier hora y
la risa era tan importante como el
aire.
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En ese reino vivía Tomás, un chico
que casi nunca reía. Había llegado
a Jajaja por error, siguiendo un
camino equivocado. Al principio, el
lugar le parecía extraño e
incómodo: la gente se reía al
tropezar, al equivocarse y hasta al
perder cosas. Para Tomás, eso no
tenía sentido.
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Un día conoció a Doña
Carcajada, una anciana sabia que
se reía antes de hablar. Ella le
explicó que el Jajaja no era solo
risa, sino una forma de enfrentar
los problemas.
—Aquí aprendimos que reír no
borra los errores, pero los hace
más livianos —le dijo mientras reía
suavemente.
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De pronto, el reino empezó a
cambiar. Las risas se apagaron y el
cielo se volvió gris. El Gran Jajaja,
la energía que mantenía vivo al
reino, estaba desapareciendo. Sin
risa, las personas discutían más y
el lugar se volvía pesado y triste.
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Doña Carcajada reunió a todos y
dijo que el Gran Jajaja solo podía
regresar si alguien se atrevía a
reírse de sí mismo. Tomás,
nervioso, decidió intentarlo. Contó
sus errores, sus caídas y sus
miedos… y, por primera vez, se rió
de ellos.
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Al principio fue una risa tímida,
pero luego se volvió contagiosa. El
reino entero comenzó a reír otra
vez. El cielo recuperó su color, los
relojes volvieron a girar sin sentido
y el Gran Jajaja regresó más fuerte
que antes.
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Cuando Tomás regresó a su hogar,
algo había cambiado. Ya no
evitaba la risa ni le temía al
ridículo. Entendió que el Jajaja no
era un lugar físico, sino una actitud
frente a la vida.
Y desde entonces, cada vez que
alguien se ríe incluso en un mal
momento… dicen que un pedacito
del reino del Jajaja sigue vivo.