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Texto 5

La 'Crítica de la razón pura' de Kant establece que el conocimiento humano se origina en la experiencia, pero también incluye juicios a priori que son independientes de ella. Estos juicios a priori son fundamentales para la posibilidad de la experiencia y se dividen en analíticos y sintéticos, siendo los últimos esenciales para la metafísica y las ciencias. Kant busca establecer los límites y posibilidades del conocimiento a priori, proponiendo una crítica que sirva como base para una filosofía trascendental que analice cómo conocemos los objetos más allá de la experiencia.

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Texto 5

La 'Crítica de la razón pura' de Kant establece que el conocimiento humano se origina en la experiencia, pero también incluye juicios a priori que son independientes de ella. Estos juicios a priori son fundamentales para la posibilidad de la experiencia y se dividen en analíticos y sintéticos, siendo los últimos esenciales para la metafísica y las ciencias. Kant busca establecer los límites y posibilidades del conocimiento a priori, proponiendo una crítica que sirva como base para una filosofía trascendental que analice cómo conocemos los objetos más allá de la experiencia.

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TEXTO 5: CRÍTICA DE LA RAZÓN PURA – KANT (2007/1781-87)

INTRODUCCIÓN: Todo nuestro conocimiento comienza con la experiencia.


Con la materia bruta de las impresiones sensibles elaboramos conocimiento
de objetos. Todo nuestro conocimiento comienza con la experiencia, no por
eso originarse todo él en la experiencia. Bien podría ser que nuestro
conocimiento de experiencia fuera compuesto de lo que recibimos por
medio de impresiones y de lo que nuestra facultad de conocer proporciona
por sí misma. Debemos resolver si hay un conocimiento semejante,
independiente de la experiencia, y aún de toda impresión de los sentidos.
Esos conocimientos se llaman a priori y se distinguen de los empíricos, que
tienen sus fuentes a posteriori en la experiencia. Incluso el a priori viene de
la experiencia, por lo que los definimos no como aquellos que tienen lugar
independientemente de la experiencia, sino absolutamente de toda
experiencia. Los conocimientos a priori puros son los que no se mezcla nada
empírico.
Para distinguir un conocimiento puro de uno empírico, cierto es que la
experiencia nos enseña que algo está constituido de este u otro modo, pero
no que no pueda ser de otra manera. Si se encuentra una proposición que
sea pensada al mismo tiempo con su necesidad, es un juicio a priori, y si no
deriva de ninguna otra que no sea valedera es absolutamente a priori.
Segundo, la experiencia no da jamás a sus juicios universalidad verdadera o
estricta, sino sólo admitida y comparativa (en lo que hasta ahora sabemos,
no hay excepción a la regla). Si un juicio es pensado con universalidad sin
excepciones, es absolutamente a priori. La universalidad empírica es un
arbitrario aumento de la validez. Pero cuando tiene universalidad estricta,
ésta señala una fuente de conocimiento a priori. Necesidad y universalidad
estricta son señales seguras de un conocimiento a priori y están unidas.
En el conocimiento humano hay juicios puros a priori (matemáticas, todo
cambio tiene una causa/necesidad de enlace con un efecto). Estos son
indispensables para la posibilidad de la experiencia misma. Prescindan en el
concepto que la experiencia nos da de un cuerpo, de todo lo que es en él
empírico: color, dureza, blandura, peso, impenetrabilidad. Si en el concepto
empírico de un objeto prescindimos de sus propiedades que nos enseña la
experiencia, no podemos suprimirle aquella por la cual lo pensamos como
una sustancia, lo cual tiene lugar en nuestra facultad de conocer a priori.
La experiencia es sin duda en primer producto que elabora nuestro
entendimiento, con la materia bruta de percepciones sensibles. Se muestra
tan inagotable en nuevas enseñanzas que la encadenada vida de nuestras
futuras producciones de conocimientos no tendrá nunca falta. Pero no es el
único campo que limita nuestro entendimiento. Los conocimientos
universales con carácter de necesidad, han de ser independientes de la
experiencia, claros y ciertos por sí mismos. Esos son los conocimientos a
priori. Lo que sólo de la experiencia es tomado, es a posteriori. Con nuestras
experiencias mismas se mezclan conocimientos que han de tener su origen
a priori y que no sirven para más que conectar nuestras representaciones
de sentidos. Aunque se suprima todo lo que pertenece a los sentidos,
quedan conceptos y juicios producidos por estos que tienen que haber
nacido a priori porque hacen que se pueda decir de los objetos que
aparecen a los sentidos, más de lo que la experiencia enseñaría, con
universalidad y necesidad.
La filosofía necesita una ciencia que determine la posibilidad, los principios
y la extensión de los conocimientos a priori, los cuales amplifican la
extensión de nuestros juicios por encima de todos los límites de la
experiencia. En estos últimos conocimientos, donde la experiencia no
proporciona hilo conductos ni rectificación alguna, es donde están las
investigaciones de nuestra razón. La ciencia tiene como último propósito la
solución de problemas metafísicos con proceder dogmático (Dios, libertad,
inmortalidad). Parece natural que tan pronto se abandona el campo de la
experiencia, no se levanta un edificio con conocimientos que se poseen sin
saber de dónde, cuyo origen es desconocido, sin antes haber asegurado por
medio de investigaciones la fundamentación de dicho edificio. Una parte de
estos conocimientos, los matemáticos, está de antiguo en posesión de la
certidumbre y da esperanza a los otros.
El encanto que nos produce ampliar nuestros conocimientos es tan grande,
que no nos detiene en nuestra marcha más que el tropiezo con una
contradicción clara. La matemática nos da un ejemplo de cuán lejos
podemos ir en el conocimiento a priori. Ella se ocupa solo de objetos y
conocimientos que se exponen en la intuición (la cual puede ser dada a
priori). En un destino habitual de la razón humana en la especulación, el
acabar cuanto antes su edifico y sólo después investigar si está bien
afirmado. Una gran parte de la labor de nuestra razón consiste en analizar
conceptos que ya tenemos de los objetos. Nos proporciona una multitud de
conocimientos que, aunque no son más que explicaciones de lo que ya
estaba pensado en nuestros conceptos, son apreciados según la forma al
igual que conocimientos nuevos que dilucidan conceptos que tenemos.
Como ese proceder nos da un conocimiento a priori, con progreso seguro y
útil, la razón introduce subrepticiamente por debajo de la ilusión,
afirmaciones de muy otra especie, añadiendo a conceptos dados otros
extraños.
En todos los juicios en donde se piensa la relación de un sujeto con el
predicado, es esa relación posible de dos maneras. O bien el predicado B
pertenece al sujeto A como algo contenido en ese concepto A; o B está
fuera del concepto A, si bien en enlace con el mismo. En el primer caso
llamo el juicio analítico, en el otro sintético. Los juicios analíticos
(afirmativos) son aquellos en los cuales el enlace del predicado con el sujeto
es pensado mediante identidad. Cuando el enlace es pensado sin identidad,
deben llamarse juicios sintéticos. Los primeros son juicios de explicación (no
añaden nada con el predicado al concepto del sujeto, lo dividen en sus
conceptos-partes ya pensados), los segundos juicios de ampliación (añaden
al concepto del sujeto un predicado que no estaba pensado en él).
Los juicios de experiencia son sintéticos. No debo salir de mi concepto para
formular el juicio, y no necesito testimonio alguno de la experiencia. La
proposición “un cuerpo es extenso” es una proposición que subsiste a priori,
y no es juicio alguno de experiencia”. Antes de ir a la experiencia, tengo ya
en el concepto todas las condiciones para mi juicio y del concepto puedo
sacar el predicado por medio del principio e contradicción. En cambio,
aunque yo no incluya en el concepto de un cuerpo en general el predicado
de “es pesado”, aquel concepto señala un objeto de la experiencia por
medio de una parte de la misma, a la cual puedo añadir otras partes de esa
experiencia como pertenecientes a la primera. Puedo conocer antes
analíticamente el concepto de cuerpo, mediante caracteres de la extensión,
la impenetrabilidad, que todos son pensados en ese concepto. Si amplifico
mi conocimiento y me vuelvo hacia la experiencia, de donde había separado
ese concepto de cuerpo, encuentro la pesantez y la añado como predicado
sintéticamente al concepto. Es en la experiencia en donde se funda la
posibilidad de la síntesis del predicado de la pesantez con el concepto de
cuerpo. La experiencia es una unión sintética de intuiciones.
Nuestro conocimiento no es ampliado, sino que el concepto que ya tengo es
analizado y hecho comprensible por mí mismo. Puedo conocer antes
analíticamente el concepto de cuerpo mediante los caracteres de la
extensión de la impenetrabilidad, de la figura, que todos son pensados en
ese concepto. En los juicios sintéticos a priori falta esta ayuda. Si he de salir
del concepto A para conocer el B, como enlazado, la experiencia no puede
ser ayuda porque se añade la segunda representación a la primera, no sólo
con más universalidad de la que la experiencia puede proporcionar, sino
también con necesidad enteramente a priori. En semejantes principios
sintéticos, es decir de amplificación, descansa el principio último de nuestro
conocimiento especulativo a priori.
En todas las ciencias teóricas de la razón están contenidos juicios sintéticos
a priori como principios. Los juicios matemáticos son todos ellos sintéticos.
Hay que descubrir con la universalidad apropiada el fundamento de la
posibilidad de los juicios sintéticos a priori, penetrar las condiciones que
hacen posible cada uno de sus modos y reseñar todo ese conocimiento en
un sistema según sus originales fuentes, divisiones, extensión, límites,
determinándolo enteramente y de un modo suficiente para cualquier uso.
Habiendo encontrado que las conclusiones de matemáticos se hacen todas
según el principio de contradicción, persuadiéndose de que también los
principios eran conocidos por el principio de contradicción, es un error ya
que una proposición sintética puede ser conocida por ese principio pero no
lo es nunca en sí misma, sino sólo presuponiendo otra proposición sintética
de la cual pueda ser deducida.
Las proposiciones matemáticas son a priori, no empíricas, con necesidad. La
suma se realiza por intuición, la cual nos ayuda a sintetizar. Ningún principio
de la geometría pura es analítico. Algunos pocos principios de los geómetras
son analíticos y descansan en el principio de contradicción, pero tampoco
son admitidos en la matemática mas que porque pueden ser expuestos en
la intuición. La ciencia de la naturaleza contiene juicios sintéticos a priori
como principios: que en todas las transformaciones del mundo corporal la
cantidad de materia permanece inalterada, que en toda comunicación del
movimiento tienen que ser siempre iguales la acción y la reacción. En
ambas la necesidad y el origen a priori está claro, son proposiciones
sintéticas. En el concepto de materia pienso en su presencia en el espacio.
En la metafísica deben estar contenidos conocimientos sintéticos a priori.
No se trata en ella de analizar solamente y explicar analíticamente los
conceptos que nos hacemos a priori de ciertas cosas, sino que queremos
ampliar nuestro conocimiento a priori para lo cual tenemos que servirnos de
principios tales que añadan al concepto algo que no estaba en él, saliendo
de él por juicios sintéticos a priori y llegando tan lejos que la experiencia no
nos siga. La metafísica consiste en proposiciones sintéticas a priori.
El problema propio de la razón pura está encerrado en la pregunta: ¿cómo
son posibles juicios sintéticos a priori? La metafísica se mantendrá o no en
pie según la solución que se le dé a este problema o que se demuestre que
la posibilidad de que quiere obtener explicación, no tiene en realidad lugar.
Hume creyó haber demostrado que semejante proposición es enteramente
imposible a priori, y que la metafísica es una mera ilusión de supuesto
conocimiento racional de lo que en realidad sólo de la experiencia está
sacado y ha recibido por el hábito la apariencia de necesidad. Esta
afirmación destruye la filosofía pura, ya que según él tampoco podría haber
matemática pura porque encierra proposiciones sintéticas a priori. En la
solución del anterior problema está al mismo tiempo comprendida la
posibilidad del uso puro de la razón en la fundación y desarrollo de todas las
ciencias que encierran un conocimiento a priori teórico de los objetos, es
decir la contestación a preguntas de cómo es posible la matemática pura, la
física pura. Pero la metafísica puede hacer dudar a cualquiera, pero esa
especie de conocimiento a de considerarse también como dada en cierto
sentido, y la metafísica es real como disposición natural más que como
ciencia.
La razón humana es impulsada por necesidad propia, a cuestiones tales que
no pueden ser contestadas por ningún uso empírico de la razón, ni por
principios sacados de la experiencia; y así, por cuanto la razón en los
hombres se extiende hasta la especulación, ha habido siempre alguna
metafísica y la habrá siempre. No podemos atenernos a la mera disposición
natural a la metafísica, es decir a la facultad pura misma de la razón, de
donde siempre nace alguna metafísica, sino que debemos llegar sobre ello a
alguna certidumbre de los objetos. Así pues, o bien a extender con
confianza nuestra razón pura, o bien a ponerle determinadas y seguras
limitaciones. ¿Cómo es posible la metafísica como ciencia? La crítica de la
razón conduce a la ciencia. Esta ciencia no puede ser de una longitud
grande porque no tiene que tratar de los objetos de la razón, cuya
multiplicidad es infinita, sino sólo de sí misma, de problemas que nacen en
su seno y le son propuestos por su propia naturaleza. Habiendo conocido su
propia facultad, en consideración de objetos que puedan presentársele en la
experiencia, tiene que serle fácil determinar la extensión y los límites de su
uso. Se puede y se debe considerar como no acaecidos los intentos para
llevar a cabo dogmáticamente una metafísica. Y se deberá tener
perseverancia para no dejarse vencer por la dificultad, tratando la pujanza
saludable y fructífera de una ciencia imprescindible para la razón humana.
De todo esto se deduce la idea de una ciencia que se llama Crítica de la
razón pura. Razón es la facultad que proporciona los principios del
conocimiento a priori. Es razón pura aquella que contiene los principios para
conocer algo absolutamente a priori. Un organón de la razón pura sería un
conjunto de los principios según los cuales todos los conocimientos puros a
priori pueden ser adquiridos y establecidos. La detenida aplicación de un
organon semejante nos proporcionaría un sistema de la razón pura. Llamo
trascendental todo conocimiento que se ocupa en general no tanto de
objetos como de nuestro modo de conocerlos, en cuanto éste debe ser
posible a priori. Un sistema de semejantes conceptos se llamaría filosofía
trascendental, la cual es demasiado para el comienzo. Esta ciencia debe
contener el conocimiento analítico y sintético a priori, y puede resultar
demasiado extensa ya que no podemos llevar el análisis sino hasta el punto
en que nos es necesario para penetrar en su extensión los principios de la
síntesis a priori. Esta crítica trascendental (no doctrina) cuyo propósito no es
la ampliación de conocimientos, sino la rectificación de los mismos, es lo
que nos ocupa.
Un sistema semejante no debe tener una extensión muy grande. Aquí
constituye el objeto, no la naturaleza de las cosas, sino el entendimiento
que juzga sobre la naturaleza de las cosas, y aun este es sólo en
consideración de sus conocimientos a priori, cuya provisión no puede
permanecer oculta para nosotros. Solo sobre la base de una crítica
semejante, se encuentra una piedra de toque segura para apreciar el
contenido filosófico de las obras. La filosofía trascendental es la idea de una
ciencia para la cual la crítica de la razón pura debe bosquejar todo el plano,
de un modo arquitectónico, por principios con garantía completa de la
integridad y certeza de todas las partes que constituyen el edificio. Es cierto
que nuestra crítica debe presentar una enumeración completa de todos los
conceptos madres, que constituyen el referido conocimiento puro. Es justo
que se abstenga del detallado análisis de esos conceptos, como también de
la representación completa de los que de ellos se derivan. Sería contrario a
la unidad del plan cargar con la responsabilidad de que fueran completos
ese análisis y esa derivación, pudiéndose dispensar de ellos por lo que
respecta a su propósito.
La integridad del análisis y de la derivación, que habrían de hacerse sobre
los conceptos a priori que luego se han de proporcionar, puede en cambio
completarse fácilmente una vez que esos conceptos estén en nuestro poder
como principios de la síntesis. A la crítica de la razón pura pertenece la
filosofía trascendental. La crítica no adelanta en el análisis más que lo
necesario para el juicio del conocimiento sintético a priori. El principal
cuidado es que no debe entrar en ella ningún concepto que contenga algo
empírico. El conocimiento a priori debe ser puro. La filosofía trascendental
es una filosofía de la razón pura, meramente especulativa. Todo lo práctico
se refiere a sentimientos, los cuales pertenecen a fuentes empíricas de
conocimiento. Si desde un punto de vista universal de un sistema se quiere
hacer la división de esa ciencia, debe contener primero una doctrina
elemental y una metodología de la razón pura.
Hay dos ramas del conocimiento humano que se originan en una raíz
común, pero desconocida para nosotros: la sensibilidad y el entendimiento.
Por medio de la primera nos son dados objetos, y por medio de la segunda
son los objetos pensados. Por cuanto la sensibilidad debe contener
representaciones a priori, que constituyan la condición bajo la cual nos son
dados objetos, pertenece a la filosofía trascendental. La doctrina
trascendental de los sentidos correspondería a la primera parte de la ciencia
de los elementos, porque las condiciones bajo las cuales tan solo son dados
los objetos del conocimiento humano preceden a las condiciones bajo las
cuales los mismos son pensados.

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