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El documento, escrito por Sigmund Freud y traducido por Miguel A. Álvarez, explora la planta de coca, su cultivo y su uso en Sudamérica, destacando su importancia cultural y económica. La coca ha sido venerada históricamente por los pueblos indígenas, quienes la utilizan como estimulante en diversas actividades y ceremonias. Freud también menciona los efectos positivos y negativos del consumo de coca, así como su impacto en la salud de quienes la utilizan.

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El documento, escrito por Sigmund Freud y traducido por Miguel A. Álvarez, explora la planta de coca, su cultivo y su uso en Sudamérica, destacando su importancia cultural y económica. La coca ha sido venerada históricamente por los pueblos indígenas, quienes la utilizan como estimulante en diversas actividades y ceremonias. Freud también menciona los efectos positivos y negativos del consumo de coca, así como su impacto en la salud de quienes la utilizan.

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SOBRE LA COCAÍNA

SIGMUND FREUD

TRADUCCIÓN

Miguel A. Álvarez
Sobre la coca
Sigmund Freud

Traducción
de
Miguel A. Álvarez

Letraherido

L
Primera edición: septiembre de 2022
Titulo original: Über die Coca.
Publicado por primera por Verlag Moritz Perles en 1883
© de la traducción: Miguel A. Álvarez, 2022
© de la presente edición: Editorial Letraherido, 2022
© del posfacio: Miguel A. Álvarez, 2022
Avda. Pumarín, 7, Oviedo - 33001
[Link]
ISBN: 979-8662833739
Maquetación y diseño: Ed. Letraherido.
Imagen de la cubierta: Estructura química de la cocaína, E.L

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Sobre la coca
LA PLANTA DE COCA

La planta de coca, Erythroxylon coca, es un arbusto de


uno a dos metros de altura, parecido a una endrina. Se cultiva
extensamente en Sudamérica, especialmente en Perú y Boli-
via. Donde mejor crece es en los valles cálidos de las laderas
orientales de los Andes, entre los mil quinientos y dos mil
metros de altitud sobre el nivel del mar, en un clima lluvioso
y libre de temperaturas extremas. Las hojas, que son un esti-
mulante imprescindible para más o menos diez millones de
personas, tienen forma de huevo, de cinco a seis centímetros
de longitud, tienen tallo y son pruinosas. Están caracterizadas
por dos dobleces lineales, especialmente prominentes en la
parte inferior de la hoja, que, como nervios laterales, corren
a lo largo del nervio central desde la base de la hoja hasta su
extremo terminado en un arco plano. El arbusto produce flores
pequeñas y blancas, que se manifiestan en agrupaciones late-
rales de dos o tres, y da un fruto de color rojo y con forma de
huevo. Se puede reproducir mediante semillas o mediante in-
jertos; las nuevas plantas se trasplantan después de dos años y
dan su primera cosecha de hojas después de dieciocho meses.

5
Se considera que las hojas están maduras cuando se vuelven
tan rígidas que sus tallos se rompen al tacto.
Entonces se secan rápidamente, o bien al sol o bien con
ayuda de un fuego, y se conservan en cestos para su transpor-
te. En condiciones favorables un arbusto de coca da cuatro o
cinco cosechas de hoja al año y continua produciendo por un
período de entre treinta y cuarenta años. La producción a gran
escala (presumiblemente quince millones de kilos anuales)
hace de la hoja de coca un importante producto de negocio
y una gran fuente de impuestos para los países donde crece.

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HISTORIA Y USOS DE LA COCA
EN SUS PAÍSES DE ORIGEN

Cuando los conquistadores españoles se abrieron paso


a través de Perú descubrieron que la planta de coca se culti-
vaba en todo el país y disfrutaba de mucha estima entre la po-
blación local; de hecho, estaba estrechamente relacionada con
los ritos religiosos de la población. Según la leyenda Manco
Capac, el hijo divino del sol, había descendido en los tiempos
primordiales desde los desfiladeros del lago Titicaca llevando
la luz de su padre a los miserables habitantes del país; Manco
Capac les transmitió la sabiduría de los dioses, les enseñó las
artes prácticas y les dio la hoja de coca, una planta divina que
saciaba el hambre, fortalecía al débil y tenía el poder de hacer
que el hombre se olvidara de sus desgracias. Las hojas de coca
se ofrecían en sacrificio a los dioses, se masticaban durante
las ceremonias religiosas e incluso se metían en la boca de los
muertos para asegurarles una entrada favorable en el más allá.
El historiador de la conquista española Garcilaso de la Vega,
un descendiente de los incas, relata que al principio la coca
era un bien escaso en la tierra y su consumo una prerrogativa

7
de los gobernantes, pero por la época de la conquista, sin em-
bargo, hacía ya mucho tiempo que estaba disponible para todo
el mundo. Garcilaso intentó defender la coca contra la pro-
hibición que los conquistadores establecieron sobre ella. Los
españoles no creían en los maravillosos efectos de la planta,
de la cual sospechaban que era una creación del diablo, prin-
cipalmente por el papel que jugaba en los ritos religiosos. Un
concilio celebrado en Lima llegó hasta el punto de prohibir
su consumo basándose en que era pagana y pecaminosa. Su
actitud cambió, sin embargo, cuando observaron que los incas
no podían desarrollar el trabajo pesado al que los sometían en
las minas si se les prohibía el consumo de coca. Así que los
conquistadores se comprometieron a distribuir hojas de coca a
los trabajadores tres o cuatro veces al día y permitirles cortos
períodos de descanso para que pudieran masticar sus queridas
hojas. Y así la planta de coca ha mantenido su prestigio entre
los nativos hasta el día de hoy; incluso sobreviven rastros de
la veneración religiosa de la que disfrutó tiempo atrás.
El indio siempre lleva consigo un manojo de hojas de
coca -denominado chuspa- durante sus excursiones, además
de una botella que contiene ceniza de la planta -llicta-. En
la boca hace una bola con las hojas, que pincha varias veces
con un cuerno empapado en las cenizas, y la mastica lenta
y concienzudamente ayudado por una generosa secreción de
saliva. Se dice que en otras regiones, en lugar de las cenizas
de la planta, los indios añaden a las hojas cierto tipo de tierra
-tonra-. No se considera excesivo masticar de setenta y cinco
a cien gramos de hojas al día. De acuerdo con Mantegazza,
los indios empiezan a consumir este estimulante muy jóvenes
y continúan haciéndolo durante el resto de su vida. Cuando
se enfrentan a un viaje peligroso, cuando se acuestan con una
mujer o, con carácter general, cuando sus fuerzas son puestas

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a prueba más de lo normal, aumentan la dosis que consumen
habitualmente.
(No está claro qué se consigue añadiendo a las hojas el
alcalino contenido en las cenizas. Mantegazza sostiene haber
masticado hojas de coca con y sin llicta y no haber notado
ninguna diferencia. De acuerdo con Martius y Demarle, la co-
caína, probablemente mezclada con ácido tánico, se libera por
la acción del alcaloide. Una muestra de llicta analizada por
Bibra se componía en un 29% de carbonato de lima y magne-
sio, en un 34% de sales de potasio, en un 3% de tierra arcillosa
y hierro, en un 17% de compuestos insolubles de tierra arci-
llosa, silíceo y hierro, 5% de carbón y 10% de agua.)
Existen abundantes evidencias de que, bajo la influen-
cia de la coca, los indios pueden soportar esfuerzos extremos
y desarrollar trabajos pesados, sin necesidad de recibir una
nutrición adecuada durante el tiempo en que los desarrollan.
Valdez y Palacios sostiene que usando coca los indios son ca-
paces de viajar a pie durante cientos de horas y correr más
rápido que los caballos sin mostrar síntomas de fatiga. Caste-
lnau, Martius e Isand Scrivener confirman este punto, y Hum-
boldt habla de ello como un hecho generalmente conocido
durante su viaje por las regiones ecuatoriales. Muy a menudo
se cita el informe de Tschudi referente al trabajo de un cholo
-mulato- a quien tuvo la oportunidad de observar de cerca.
El hombre en cuestión llevó a cabo extenuantes trabajos de
excavación durante cinco días y noches, sin dormir más de
dos horas cada noche, y sin alimentarse con nada que no fuera
hojas de coca. Después de que el trabajo estuviera terminado
acompañó a Tschudi durante un viaje de dos días, corriendo
siempre al lado de su mula. El hombre aseguró sin atisbo de
duda que podría hacer el trabajo tranquilamente de nuevo, sin
comer, si le suministraban suficiente coca. El hombre tenía

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sesenta y dos años de edad y decía que nunca había estado
enfermo.
En el Viaje de la fragata Novara se refieren casos de
similares proezas física derivadas del consumo de coca. We-
ddel, von Meyen, Markham e incluso Poeppig -a quien tene-
mos que agradecer muchos de los calumniosos informes sobre
la coca-, todos confirman este efecto de la hoja, que desde el
día en que se conoció ha sido una fuente de asombro a lo largo
del mundo.
Otros informes subrayan la capacidad de los coqueros
-masticadores de coca- de prescindir de comida durante largos
períodos de tiempo sin sufrir ningún efecto negativo. Según
Unanuè, cuando se terminó la comida en la sitiada ciudad de
La Paz en el año 1781, sólo sobrevivieron aquellos habitantes
que consumieron coca. De acuerdo con Stewenson, los habi-
tantes de muchos distritos de Perú ayunan, a veces durante
días, y con la asistencia de la coca siguen siendo capaces de
trabajar.
A la luz de estas evidencias, y siendo conscientes del
papel que la coca ha jugado durante siglos en Sudamérica,
uno debe rechazar la opinión a veces expresada de que el efec-
to de la coca es imaginario y que forzados por las circunstan-
cias y la costumbre los nativos serían capaces de desarrollar
las proezas que se les atribuyen incluso sin el soporte de la
coca. Uno podría esperar que los coqueros compensaran la
falta de nutrición comiendo correspondientemente más duran-
te los intervalos entre sus ayunos, o que como resultado de su
modo de vida experimentaran un rápido deterioro. Con res-
pecto al primer punto, los informes de viajeros no son conclu-
yentes, pero por lo que respecta al último, ha sido desmentido
contundentemente por testigos de confianza. En este sentido,
Poeppig traza un retrato terrible de la decadencia física e in-

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telectual que se supone que es la consecuencia inevitable del
consumo habitual de coca. Pero todos los demás observadores
afirman que el uso moderado de coca es más probable que
potencie la salud que que la mine y que los coqueros llegan a
muy viejos. Weddel y Mantegazza, sin embargo, señalan que
el uso excesivo de coca produce caquexia, caracterizada en
el apartado físico por desordenes digestivos, emaciación, et-
cétera, y en el apartado mental por depravación moral y to-
tal apatía hacia cualquier cosa que no esté relacionada con
los placeres del estimulante. La gente de raza blanca a veces
también sucumbe a ese estado, que tiene una gran similitud
con los síntomas del alcoholismo crónico y la adicción a la
morfina. Pero no se suele tomar en cantidades absolutamente
inmoderadas y nunca por una presunta desproporción entre
la cantidad de alimentación ingerida y la cantidad de trabajo
desarrollado por los coqueros.

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