Relatos de miedo Vol.
LOS RISUEÑOS
Relato basado en las experiencias de Gisela Barios
Escrito y Adaptado por Eduardo Liñán
Me llamo Gisela y nací en el 89 en Buenos Aires, Argentina. En
una localidad conocida como González Catán. Al nacer fui una bebé
muy sana; pero al cumplir 5 meses comencé a sufrir de una
enfermedad en la piel que me ocasionaba tener pústulas pequeñas
llenas de pus que con el tiempo fueron creciendo en tamaño y en
daño; todo mi pequeño cuerpo se comenzó a llenar de llagas y
granos purulentos que se me infectaban y no tenían ningún alivio a
pesar de ser tratada con antibióticos y pomadas que lejos de
ayudarme, agravaban más mis males. En la desesperación y sin
ninguna clase de esperanza mi madre al ver que me caía a pedazos
de manera dolorosa e inevitable buscó ayuda y de alguna forma
llegó. Cierto día una conocida le recomendó ir con una curandera
que me ayudara, ella pensaba que me había caído alguna clase de
brujería, mi madre sin más alternativas me llevó con reservas.
Al llegar con la curandera notó que era una mujer indígena
guaraní de piel muy morena que se llamaba Nieves, la cual era muy
conocida en la villa donde vivía. Antes de que pudiera decirle algo,
al verme inmediatamente dijo que se trataba de un mal que los
indios amazónicos conocían como “piel de sapo” y que era una
clase de brujería ancestral con la que me maldijeron algún modo.
Mi madre pregunto quién me había impuesto esa maldición, la
curandera iracunda y con aire prepotente le dijo a mi madre si era
más importante curarme o saber quién me había dañado. Mi padre
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de inmediato le dijo a curandera que me ayudara. Por extraño que
pudiera parecer la mujer accedió a ayudarme a cambio mis padres
debían permitirle ser mi madrina. Sin pensarlo aceptaron el trato.
La curandera hizo lo suyo con hechizos y oraciones propias de sus
creencias sin resultado aparente. Al caer el sol mi piel comenzó a
mejorar, las pústulas poco a poco se fueron secando hasta dejar
solo costras y tras de sí una piel completamente sana.
Luego de casi nueve meses y totalmente recuperada, Nieves
regresó a hacer valer el trato de bautizarme y así lo hicieron. La
señora Nieves fue para mí una segunda madre, su rostro de piel
marrón en contraste con sus ojos azules fue un alivio en muchos
momentos malos durante mi niñez y aunque no vivía conmigo, le
rogaba a mi madre llevarme con ella los fines de semana. Al cumplir
tres años ya hablaba muy bien y siempre platicaba con mi “manina
Nieves” y ella entendía todo lo que decía, a esa edad ya comprendía
muchas cosas y desde ahí comienzan mis recuerdos. Cierta tarde
que mi madre me dejó a su cuidado, Nieves me encontró al pie de
la escalera de su casa hablando entretenida con “alguien” al
acercarse con su voz dulce me preguntó con quien hablaba, la vi
fijamente y le respondí con calma:
-Con la abuela Maina
Al decir esto Nieves palideció y se sentó en el piso, mientras
me abrazaba con preocupación mientras un par de lágrimas se
asomaban por sus mejillas. Era imposible que yo estuviera hablando
con Maina y que la conociera. Ya que ella había sido la tatarabuela
de Nieves a la cual nunca conoció, solo en una vieja y descolorida
fotografía que colgaba en alguna pared de su casa. Tiempo después
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me contó que su tatarabuela era una de las sabias matriarcas de la
tribu amazónica de donde prevenía mi madrina, ella me contaba
que había sido una gran bruja de poder y conocimientos vastos en
la naturaleza y seres del inframundo que rondaban la selva. Además
de ser querida y respetada por todos en la tribu. Yo aún la recuerdo
como si la hubiese visto ayer, era un mujer indígena muy anciana de
piel morena y quebrada por el tiempo, de hermoso cabello blanco
que brillaba con luz propia y una hermosa pluma de colores que
adornada su peinado, recuerdo que pasaba las horas hablando con
Maina ante la mirada incrédula de Nieves que me dejaba hacerlo.
Cierta noche estando en casa de mis padres, me preparaban para
dormir, cuando me senté en la cama de ellos, algo en el techo llamo
mi atención y empecé a escuchar susurros que provenían de algún
lado. Mi madre al ver mi comportamiento preguntó que con quien
hablaba y yo (según ella, porque no recuerdo ese episodio) me
quedé viendo por un largo rato al techo.
-¿Con quién hablas amor?
-Con la señora mamá
-¿Cual señora?
Sin decir nada más señalé a una virgen de yeso que mis padres
tenían en su habitación y muy segura de lo que decía le dije que con
ella.
-Con ella amá, me dice que tienes que cuidarte por que podrías
perder a mi hermanito.
-¿Que hermanito? - Preguntó mi padre alertado.
-El que mamá lleva en la panza –contesté con seguridad.
En ese momento ambos se vieron incrédulos y mi madre no
sabía que estaba embarazada, hasta que se mandó hacer análisis y
en efecto estaba esperando un bebé, durante cuatro meses se
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cuidó y llevó todo el proceso como los médicos le indicaron; pero
un día mi padre me encontró llorando en un rincón y al
preguntarme que me pasaba con mucha tristeza respondí:
-un hombre de negro ha venido a llevarse a mi hermano.
Mi padre al escuchar esto, sintió miedo y me sacó de la casa
inmediatamente sin decirle a mi mamá y me advirtió que no le
dijera nada. Sin embargo tres días después ella tuvo un aborto
espontáneo. Ellos sufrieron mucho esa pérdida y nunca pudieron
recuperarse, en tanto yo seguía con mis “platicas” con las paredes y
las plantas de la casa ante la mirada atónita y temerosa de mis
papás. Recuerdo que en realidad hablaba con personas; hombres,
mujeres y niños que no estaban en este plano; pero de que algún
modo podía verlos y hablar con ellos. Al cumplir los 6 años, mis
padres se separan y ahí comenzó mi calvario. Mi mamá no se
recuperó de la pérdida de mi hermano y con la separación se
hundió en la depresión y no quería saber de mí, nos fuimos a vivir
con mi abuela y por su depresión me dejó al cuidado de mi abuela
materna, mientras ella se quedaba encerrada todo el día en su
cuartucho sin salir.
La abuela jamás me quiso, me odiaba al punto de hacer mi vida
de niña un infierno, siempre renegó de mí y me decía
continuamente que no debí haber nacido. Continuamente me
propinaba golpizas sin motivo y me encerraba en lugares obscuros
por horas, a pesar de ello no la pasaba tan mal, en esa obscuridad
conocí a muchos espíritus buenos que me hacían compañía y me
ayudaban a llevar mi vida a pesar del maltrato. Incluso una vez que
la malvada de mi abuela intentó abandonarme en una feria, gracias
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a estos espíritus logré encontrar el camino de regreso a la casa muy
a mi pesar. Tristemente mi mamá no tenía interés en verme y a mi
papá no le permitían verme, por lo que y a pesar del maltrato la
pasaba lo mejor posible y madure muy rápido. Para evitar el dolor
del abandono que era relativo, mis espíritus me acompañaban
siempre.
Pasó el tiempo y al cumplir 7 años mis dones se comenzaron a
agudizar, veía personas donde comúnmente no podía y las veía
claramente, surgían de todos lados. Fue en una ocasión que la
abuela me llevó a dejar unas flores al cementerio, que mi mente
entró en caos y pánico al ver la cantidad de gente muerta que
surgía de entre las paredes de los mausoleos y las lápidas; pero lo
peor llegó al caer la tarde: comenzaron a acecharme unos seres
obscuros que surgían precisamente de las sombras: eran seres
negros y sin rostro, seres cuyos ojos eran cuencas negras y vacías,
emanaban una pestilencia a putrefacción y a azufre que era
insoportable. No hablaban, simplemente emitían susurros y ruidos
parecidos a risillas burlonas, a ellos…a ellos los bauticé como “los
risueños” y a partir de ahí maldije mis dones.
Las cosas no iban bien y mis visiones eran cada vez peores y se
acrecentaban con las golpizas, al crecer tuve fuerza en mis piernas
para huir de las palizas antes de que estas llegaran, y corría a un
solar baldío que estaba a unas calles de la casa de la abuela, en el
había una vieja construcción en ruina donde me ocultaba para
evitar ser golpeada. Pasaba las horas ahí y muchas veces me
sorprendía la noche dormida, regresaba a la casa de la abuela por
hambre y solo para comer pan duro y un pocillo de café negro. Una
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tarde que salí huyendo entre golpes e insultos de la abuela corrí
asustada a esconderme entre los yuyos del solar y ahí permanecí
esperando que no me hallaran. Pasó el tiempo y respiré tranquila
de que no me estuvieran buscando y lloré por enésima vez sin
entender por qué nadie me quería. Mientras pasaba por esas
penurias, mi mente trabajaba y mi percepción aumentaba, podía
escuchar entre el murmullo del viento unas risitas apenas
perceptibles; pero mientras más lloraba más las podía escuchar.
Llego un punto en que mi llanto fue interrumpido por un vozarrón
que decía: “niña...ven”. Era grave, ronco y escalofriante. No era
como aquellas voces que de pronto escuchaba y que me indicaban
que las presencias estaban ahí. Esta en cambio era horrible;
enseguida me alerté y me levanté para ver quien había hecho ese
grito extraño, estaba sola y solo podía escuchar los chirridos de las
cigarras y los grillos nocturnos.
Entonces sentí algo que no había sentido antes: miedo, era un
temor a algo que parecía estar a mis espaldas que me producía un
escalofrío horrible y ganas de no querer voltear, solo sentía esa
presencia detrás de mí, cerré mis ojos y tomé fuerza para salir
corriendo del solar cuando comencé a escuchar múltiples voces
hablándome en susurros, todas parecían decir distintas cosas y
luego de un rato podía escuchar algunas que se reían
burlonamente, entre todo ese caos volví a escuchar esa voz grave
cerca de mi oído y lo que decía me puso a temblar las piernas:
“invítanos a tu casa…serás tan feliz como nosotros…no sentirás más
dolor…”
Mi mente infantil solo entendió la palabra feliz, hacía tiempo
que no me dejaban ver a mi madrina y mucho menos a mi padre y
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en la casa de mi abuela valía menos que nada y por un breve
instante iba a voltear a decir que sí; apenas me giré y las voces
desaparecieron cuando vi un destello a lo lejos que se iba
acrecentando cada vez, era un mujer la que venía hacia a mi
disipando las múltiples sombras y las voces que provenían de ellas,
con un halo de luz que iluminó mi rostro. Era Maina, su mirada de
ternura y su sonrisa me confortaron y me hicieron sentir esperanza.
En mi mente pude escuchar que me decía con su dulce voz:
-Mija, estos son tiempos difíciles; pero vendrán más, debes ser
fuerte y ahora ve a tu casa este no es un buen lugar ni una buena
hora.
Luego de escuchar esto, mi mente se nubló y lo siguiente que
recuerdo era que desperté en lo que era mi cama: una manta de
franela raída y una almohada vieja amarillenta sobre el sucio piso
de la casa. Estaba todo obscuro y en silencio, sabía que no estaba
soñando. No entendía cómo es que había llegado ahí, los risueños
habían sido verdad y Maina también. De pronto la quietud fue
interrumpida por el gruñir de mis tripas que indicaban que tenía
hambre. Me levanté y caminé descalza por los pasillos, deseando
que mi abuela no lo notara o me escuchara, me dirigí a la cocina y
solo había unos pedazos de pan con hormigas y un pocillo con algo
de leche, como pude espante las cucarachas que corrían por todos
lados y me serví en una taza un poco. Regresé a mi cuartucho y vi
que la abuela estaba dormida, era alcohólica así que cuando dormía
lo hacía profundamente. Esa noche no quise pensar más y me
quedé dormida entre la suciedad y la desesperanza.
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Al llegar la mañana lo primero que sentí fue el golpe de escoba
que la abuela me propinó para despertar en tanto me insultaba y
me advertía que si no limpiaba, no me dejaría ir a la escuela. Me
levanté con pesar y una idea inundó mi corazón en ese instante:
Deseaba que los risueños vinieran a hacerme feliz y ese deseo
cobraría forma sin que lo supiera en ese momento. Ese mismo día
en la noche, mi abuela furiosa por no haber limpiado la conejera me
mando dormir a una galera que había detrás la casa. Hacía frio y las
ratas iban y venían a veces mordiéndome los dedos de los pies;
pero lo peor eran las malditas arañas que espantaban a los
roedores, esa noche fue un verdadero infierno, tenía 8 años y mi
mente quería estallar, lo único que pude hacer fue llorar hasta que
quedarme dormida.
Ya entrada la noche me despertó una sensación de sofocación
y al levantarme pude notar que la luz de la luna se colaba por entre
las tablas podridas del techo. Escuché un ruido cercano que parecía
retumbar, era música; pero además de eso se escuchaban risas y
voces que gritaban con euforia, el olor a vino y humo de cigarro
inundo el ambiente y de primer instancia pensé que algún vecino
tendría una fiesta; pero al mirar mejor a los alrededores, me di
cuenta que no era así, todo estaba en relativa calma y no había
luces encendidas por ningún lado, de nuevo escuché a mis espaldas
aquella voz grave del solar reírse y vociferar como si la fiesta viniera
de la casa de la abuela: Los risueños estaban ahí.
Me llamó la atención que los ruidos de fiesta vinieran de la
casa y vi que la luz de la cocina estaba encendida. No era raro que la
abuela se pusiera a tomar con otros borrachos, caminé lentamente
para ver al interior y al asomar la cabeza por la ventana, estaba
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todo apagado y no se escuchaba nada. Aquello fue bastante
extraño para mí. De pronto una extraña sensación de frío envolvió
mi pequeño cuerpo y comencé a sentir nauseas. Contrario a eso,
una sensación quemante en mi hombro hizo que volteara a ver que
me quemaba y sentí el horror recorrerme cuando vi que era una
mano de dedos largos y uñas negras la que apretaba mi hombro. No
quise voltear a ver quién era el dueño de esa macabra extremidad;
pero sentía su aliento fétido cerca de mí. La mano parecía llevar un
extraño anillo de oro con una piedra negra que brillaba
extrañamente. Mi corazón estaba a punto de estallar y comencé a
orinarme cuando escuche de nuevo la voz horrenda decir: “Es hora
de la fiesta…”
Fueron noches y madrugadas en las que se repetía la misma
visión, los risueños entraban en la casa, metiéndose por todos lados
e inundando de pestilencia el ambiente; pero además de esos seres
obscuros se deleitaban con los cuerpos de mi madre y mi abuela, se
metían en ellas y las hacían revolcarse en el piso, víctimas de dolor
o de alguna clase de trance. De alguna forma los risueños
mostraban la verdadera esencia de ellas: ruin y malvada, alejadas
de lo divino. Pasaron tres meses de la misma situación y tanto mi
mamá como mi abuela estaban cambiando, se veían distintas; pero
la maldad de mi abuela era más notable, me masacraba aún más,
las golpizas eran constantes, ante la mirada complaciente de mi
mamá que parecía gozar cuando mi abuela lastimaba mi carne con
palos y fuetes. De algún modo intenté decir lo que pasaba; pero
nadie me creyó y acrecentaba más mi tortura por ser una
“mentirosa”.
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Las visiones, el abandono y las golpizas me hicieron colapsar,
cierta noche después de ver la tremenda y extraña orgía maligna de
los risueños con mis familiares, me desvanecí y no recordé más. Lo
siguiente que recuerdo es un olor a perfume dulce que conocía y
una voz que repetía mi nombre una y otra vez, una voz que era
también conocida: era mi madrina Nieves que intentaba
despertarme y al hacerlo vi que estaba en un cuarto de hospital,
ella estaba intentando que despertara y al hacerlo la vi con alegría.
No entendía por qué estaba ahí y antes de que pudiera preguntar
ella me miro y me dijo que le daba gusto que hubiera despertado.
Ella manifestó que tenía 2 meses en un coma, me conto que me
habían encontrado en el solar baldío, unos vecinos me habían
hallado casi sin vida en el lugar metida entre los yuyos. Al verme en
esa situación llamaron a la policía y me trajeron al hospital. El
diagnostico era una severa desnutrición, golpes y contusiones,
algunas fracturas y enfermedades en la piel. Mi madrina decía que
había sido un milagro que me hubieran encontrado y que hubiera
sobrevivido. Ella no supo de mi durante mucho tiempo y a pesar de
buscarme nunca me pudo hallar hasta ese fatídico día. Al
preguntarle por mi abuela y mi mamá, me dijo con pesar que al ir la
policía a buscarlas no encontraron a nadie, tenían ya el mismo
tiempo de haber desaparecido y los vecinos nunca las vieron salir o
deambular por las calles. Nada se sabía de ellas.
Al salir del hospital quedé en la custodia de mi madrina; pero a
las pocas semanas mi mamá apareció deambulando en Avellaneda
con un golpe en la cabeza y sin saber quién era. De mi abuela nunca
supieron que le sucedió, simplemente desapareció sin dejar rastro,
aunque algunas veces escuchaba rumores de que había tenido una
muerte horrible. Como la ley en Argentina es estricta debía volver a
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la custodia de mi mamá, muy a mi pesar. Así que con mucho dolor
mi madrina me llevó de nueva cuenta a la casa de mi abuela en
González Catán. Donde al ver a mi mamá pude ver que no era ella,
su físico había cambiado y su actitud se había tornado bastante
extraña. Luego de instalarme pasaron semanas de no ver o
escuchar a ninguna presencia, solo a veces podía escuchar las
risillas de los risueños provenir del cuarto de mi madre y al
investigar tan solo estaba ella con su rostro sonriente y la mirada
inexpresiva que daba miedo. Y aunque no me trataba mal, sentía
cierta felicidad de que no me golpeara y que me alimentara,
aunque sin ganas y sin ninguna clase de amor. Vivía más tranquila y
tenía una vida relativamente normal iba al colegio y tenía amigos.
Mi madrina continuamente me visitaba tan solo para protegerme
de algo que nunca entendí. Con el tiempo y pensándolo fríamente
los risueños habían cumplido su promesa de darme felicidad,
aunque no sabía a qué costo y lo descubriría después; pero ese será
motivo de otro relato.
~Eduardo Liñán
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