TRABALENGUAS
1. Paco guarda las pocas copas que poco a poco Pepe sacó.
2. ¡Qué triste estás, Tristán, tras tan tétrica trama teatral!
3. Cómo quieres que te quiera, si el que quiero que no me quiera, no
me quiere como quiero que me quiera.
4. Un podador podaba la parra y otro podador que por allí pasaba le
preguntó: Podador que podas la parra. ¿Qué parra podas? ¿Podas
mi parra o tu parra podas? Ni podo tu parra, ni mi parra podo, que
podo la parra de mi tío Bartolo.
5. Pablito clavó un clavito; ¿qué clavito clavó Pablito?
6. En la plaza de Constantinopla había una esquina, en la esquina una
casa, en la casa un balcón, en el balcón una estaca, en la estaca
una lora. La lora está en la estaca en el balcón de la casa en la
esquina de la plaza de Constantinopla.
7. Tres tristes tigres tragaban trigo en tres tristes trastos en un trigal,
en un trigal tres tristes tigres tragaban trigo en tres tristes trastos.
8. El Otorrinolaringólogo trabaja en la otorrinolaringología.
9. Si Sansón no sazona su salsa con sal, le sale sosa; le sale sosa su
salsa a Sansón si la sazona sin sal.
10. El viejo cangrejo se quedó perplejo al ver su viejo reflejo en
aquel espejo
CUENTOS
El conejito soñador
Había una vez un conejito soñador que vivía en una casita en medio del
bosque, rodeado de libros y fantasía, pero no tenía amigos. Todos le habían
dado de lado porque se pasaba el día contando historias imaginarias sobre
hazañas caballerescas, aventuras submarinas y expediciones
extraterrestres. Siempre estaba inventando aventuras como si las hubiera
vivido de verdad, hasta que sus amigos se cansaron de escucharle y acabó
quedándose solo.
Al principio el conejito se sintió muy triste y empezó a pensar que sus
historias eran muy aburridas y por eso nadie las quería escuchar. Pero pese
a eso continuó escribiendo.
Las historias del conejito eran increíbles y le permitían vivir todo tipo de
aventuras. Se imaginaba vestido de caballero salvando a inocentes princesas
o sintiendo el frío del mar sobre su traje de buzo mientras exploraba las
profundidades del océano.
Se pasaba el día escribiendo historias y dibujando los lugares que imaginaba.
De vez en cuando, salía al bosque a leer en voz alta, por si alguien estaba
interesado en compartir sus relatos.
Un día, mientras el conejito soñador leía entusiasmado su último relato,
apareció por allí una hermosa conejita que parecía perdida. Pero nuestro
amigo estaba tan entregado a la interpretación de sus propios cuentos que
ni se enteró de que alguien lo escuchaba. Cuando acabó, la conejita le
aplaudió con entusiasmo.
-Vaya, no sabía que tenía público- dijo el conejito soñador a la recién llegada
-. ¿Te ha gustado mi historia?
-Ha sido muy emocionante -respondió ella-. ¿Sabes más historias?
-¡Claro!- dijo emocionado el conejito -. Yo mismo las escribo.
- ¿De verdad? ¿Y son todas tan apasionantes?
- ¿Tu crees que son apasionantes? Todo el mundo dice que son
aburridísimas…
- Pues eso no es cierto, a mi me ha gustado mucho. Ojalá yo supiera saber
escribir historias como la tuya pero no se...
El conejito se dio cuenta de que la conejita se había puesto de repente muy
triste así que se acercó y, pasándole la patita por encima del hombro, le dijo
con dulzura:
- Yo puedo enseñarte si quieres a escribirlas. Seguro que aprendes muy
rápido
- ¿Sí? ¿Me lo dices en serio?
- ¡Claro que sí! ¡Hasta podríamos escribirlas juntos!
- ¡Genial! Estoy deseando explorar esos lugares, viajar a esos mundos y
conocer a todos esos villanos y malandrines -dijo la conejita-
Los conejitos se hicieron muy amigos y compartieron juegos y escribieron
cientos de libros que leyeron a niños de todo el mundo.
Sus historias jamás contadas y peripecias se hicieron muy famosas y el
conejito no volvió jamás a sentirse solo ni tampoco a dudar de sus historias.
El Hada Fea
Las hadas, por lo general, son criaturas bellas, dulces, amables y llenas de
amor. Pero hubo una vez un hada que no eran tan hermosa. La verdad, es
que era horrible, tanto, que parecía una bruja.
El Hada Fea vivía en un bosque encantado en el que todo era perfecto, tan
perfecto que ella no encajaba en el paisaje, por eso se fue a vivir apartada
en una cueva del rincón más alejado del bosque. Allí cuidaba de los animalitos
que vivían con ella, y disfrutaba de la compañía de los niños que la visitaban
para escuchar sus cuentos y canciones. Todos la admiraban por su paciencia,
la belleza de su voz y la dedicación que prestaba a todo lo que hacía. Para
los niños no era importante en absoluto su aspecto.
- Hada, ¿por qué vives apartada? -le preguntaban los niños.
-Porque así vivo más tranquila -contestaba ella.
No quería contarles que en realidad era porque el resto de las hadas la
rechazaban por su aspecto.
Un día llegó una visita muy especial al bosque encantado. Era la reina
suprema de todas las hadas del universo: el Hada Reina. La cual estaba
visitando todos los reinos, países, bosques y parajes donde vivían sus
súbditos para comprobar que realmente cumplían su misión: llevar la belleza
y la paz allá donde estuvieran.
Para comprobar que todo estaba en orden, el Hada Reina lanzaba un hechizo
muy peculiar, que ideaba en función de lo que observaba en cada lugar.
-Ilustrísima Majestad-dijo el Hada Gobernadora de aquel bosque encantado-
. Podéis ver que nuestro bosque encantado es un lugar perfecto donde reina
la belleza y la armonía.
-Veo que así parece -dijo el Hada Reina-. Veamos a ver si es verdad. Yo
conjuro este lugar para que en él reinen los colores más hermosos si lo que
decís es verdad, o para que desaparezca el color si realmente hay algo feo
aquí.
Pero en ese momento, el bosque encantado empezó a quedarse sin colores,
y todo se volvió gris.
-Parece que no es verdad lo que me decís -dijo el Hada Reina-. Tendréis que
buscar el motivo de que vuestro hogar haya perdido el color. Cuando lo
hagáis, este bosque encantado recuperará todo su brillo y esplendor. Sólo
cuando la auténtica belleza viva entre vosotras este lugar volverá a ser
perfecto.
Tras la visita del Hada Reina se reunieron urgentemente todas las hadas del
consejo del bosque encantado.
-Esto es cosa del Hada Fea -dijo una de las hadas del consejo-. Ella es la
culpable.
-Vayamos a buscarla -dijo el Hada Gobernadora del bosque -. Hay que
expulsarla de aquí.
Todas las hadas fueron en busca del Hada Fea. Cuando la encontraron le
pidieron que se marchara. La pobre Hada Fea, pensando que era la culpable,
se marchó.
Pero cuando cruzó las fronteras del bosque, éste dejó de ser gris y pasó a
ser de color negro.
Mientras los niños se enteraron de la noticia fueron rápidamente a hablar con
el resto de las hadas muy enfadados.
-¿Qué habéis hecho? ¿Por qué le habéis echado de aquí? -decían llorando los
niños -. Puede que el Hada Fea no sea muy bonita, pero es mucho mejor que
vosotras.
-¡Dejadla que vuelva a entrar! Ella es buena y cariñosa, y no como vosotras
que sois presumidas y egoístas. No es el Hada Fea quien hace feo este lugar
sino vuestro egoísmo.
El Hada Fea no andaba muy lejos del bosque y al escuchar a los niños gritar
enfadados volvió para ver qué ocurría.
-Niños, ¿qué ocurre? -dijo el Hada Fea entrando de nuevo en el bosque.
Los niños corrieron a abrazarla. Todos menos uno, que se quedó con la boca
abierta.
- ¡Mirad eso! -dijo el niño. El suelo que acaba de pisar el Hada Fea ha
recuperado su color, y también las flores que tiene a su lado.
El resto de hadas comprendieron en ese momento lo equivocadas que habían
estado.
-Hada Fea, perdónanos -dijo el Hada Gobernadora-. Pensábamos que
estropeabas nuestro bosque y no hemos sido capaces de ver que éramos
nosotras quienes lo hacíamos siendo injustas contigo. Tienes un corazón es
bueno y puro. Te pedimos que nos disculpes por favor.
El Hada Fea perdonó a sus hermanas y las acompañó por todo el bosque.
Todo el mundo pudo admirar el gran corazón de aquel hada que, aunque
tenía una cara muy fea, emocionaba a todos con su belleza interior.
El inspector Cambalache y el robo en el museo
Oyó la conversación y no podía creer lo que [Link] las cortinas, el
inspector Cambalache permanecía escondido mientras aquellas dos personas
tan siniestras planeaban el robo de los cuadros más valiosos del museo de la
ciudad. El pobre inspector estaba muerto de miedo, y no sabía qué hacer.
Así que esperó a que los ladrones se marcharan para salir de su escondite y
avisar a sus compañeros de la comisaría para que evitaran el robo.
Pensaréis que el inspector Cambalache era un poco cobarde. La verdad es
que sí, pero él se defendía diciendo que era una persona prudente y que
pensaba bien las cosas antes de actuar.
El caso es que el inspector Cambalache sacó su móvil para avisar a la policía
y al museo. Salió muy contento por la puerta, con una sonrisa de oreja a
oreja, con el teléfono en la oreja esperando a que le cogieran la llamada.
Justo cuando cruzaba la puerta para salir a la calle, alguien con una pinta
extraña le preguntó:
-¿Por qué sonríe usted tanto, inspector?
-¡Ja ja ja!- se rió él, muy orgulloso de sí mismo-. Sonrío porque voy a evitar
un terrible robo esta misma mañana-.
-¿Sí? ¿De veras?- siguió preguntando aquel extraño -. ¿Dónde se va a
producir el robo?
-Pues en el museo de la ciudad.
No pudo seguir hablando. En ese momento, alguien agarró por detrás al
inspector Cambalache, le quitó el móvil y le tapó los ojos con una venda.
Entre dos le sujetaron los brazos contra su propio cuerpo y lo metieron en
una furgoneta que justo acaba de aparcar enfrente.
El pobre inspector se dio cuenta de su error. ¿Quién le manda a él ir contando
sus planes por ahí, a cualquiera que le preguntase? Su propio orgullo le había
traicionado. Pero no era momento de lamentarse. Tenía que pensar en cómo
podía librarse de aquellos malhechores.
Al cabo de un rato, la furgoneta paró. Aquellos hombres bajaron al inspector
Cambalache. Entraron en algún sitio que parecía abandonado, bajaron unos
cuantos pisos en un ascensor, le quitaron la venda y lo metieron en lo que
debía ser un sótano. Allí lo dejaron encerrado y se fueron.
-No estábamos seguros de que hubieras conseguido seguirnos, Cambalache-
empezó a decir uno de los bandidos -. Cuando acabemos de robar los cuadros
vendremos a ajustar cuentas contigo.
Y se marcharon, dejándolo solo en aquella horrible habitación sin ventanas y
con una lúgubre bombilla que parpadeaba cada poco. Solo una mesa vieja y
una silla de hierro oxidado le hacían compañía.
Se sentó en la silla a pensar en su mala suerte y en su estúpido orgullo
cuando, de pronto, de un agujero de la estancia salió un misterioso gato
negro con algunos mechones de color claro.
La verdad es que el inspector Cambalache no era muy amante de los
animales, pero en aquel momento aquella compañía le resultó un gran alivio.
-¿Qué hace aquí un gato metido? -dijo el inspector, por aquello de entablar
conversación mientras esperaba, aunque bien sabía él que los gatos son poco
conversadores.
-Miau -respondió el gato, como era de esperar, con un maullido triste y
lastimero.
-Pobrecito -siguió diciendo el inspector -. Seguro que estás muerto de
hambre.
-¡Qué hambre ni qué pamplinas!
El inspector Cambalache pegó un salto.
-¡Estoy loco! ¡Estoy loco! -gritó corriendo alrededor de la sala -. ¡No llevo
aquí ni cinco minutos y el encierro ya me ha afectado a la sesera!
El gato empezó a merodear alrededor del inspector Cambalache, mientras el
pobre hombre se afanaba por alejarse todo lo que podía de de aquel gato.
-No estás loco, Cambalache -empezó a decir el gato-. Soy un gato que habla,
y ya está. ¿No conoces a ninguno, o qué?
El inspector Cambalache no salía de su asombro. Pero, como no le quedaba
otra que hablar con aquel gato, le contestó:
-La verdad es que ignoraba que los gatos hablaran. ¿Cómo es posible?
-¡Y qué más da! ¡¿Es que te corre horchata por la venas?! ¡¿Están a punto
de robar los cuadros más valiosos de la ciudad y tú te quedas ahí
preguntándome por tonterías?!
-¡Es cierto! ¡Tenemos que hacer algo! Tengo que salir de aquí.
El inspector empezó a dar vueltas a ver qué podía coger para forzar la puerta.
El gato, que no era capaz de comprender a aquel detective tan poco
avispado, le dijo con sorna:
-¿No te has preguntado por dónde he entrado yo? Porque no estaba cuando
tú entraste, ¿recuerdas?
-Vaya, es cierto. ¿Cómo has entrado? Tal vez pueda yo salir por ahí.
El gato le enseñó el agujero al inspector. Como era demasiado pequeño para
él, Cambalache cogió la mesa y la partió de un golpe contra el suelo. Sacó
una de las patas y la utilizó para hacer palanca y romper la pared. Tal vez no
fuera muy listo, pero Cambalache era increíblemente fuerte.
El inspector y el gato salieron a la calle. No sabía dónde estaba, ni podía
avisar a nadie.
-¿Cómo vamos a llegar al museo?- se lamentó.
-Tranquilo, tengo una idea -dijo el gato-. Ven conmigo.
El gato, que conocía muy bien la zona porque llevaba tiempo viviendo por
allí, condujo al inspector Cambalache hasta un garaje en el que había una
avioneta.
- Sube -dijo el gato.
-¿Qué? ¿Cómo? ¡Hace años que no piloto! No sé si podré hacerlo...
- Eres policía y no tenemos demasiado tiempo así que tendrás que intentarlo.
El inspector Cambalache pensó que no tenía nada que perder así que se
concentró y consiguió poner la avioneta en marcha. Despegaron y en unos
minutos estaban en el tejado del museo.
Aterrizaron en el tejado del museo. Bajaron de un salto de la avioneta y se
metieron en el museo rompiendo la claraboya de la sala central. Las alarmas
saltaron por la rotura de los cristales justo cuando los ladrones empezaban
a meter los lienzos en sus bolsas. Asustados, los ladrones intentaron huir,
pero la policía había llegado ya y los cogieron “in fraganti”.
El inspector había sufrido un fuerte golpe en la cabeza al caer y estaba
inconsciente en el suelo mientras esto sucedía.
Cuando despertó en el hospital no estaba muy seguro de lo que había
pasado. Cuando le contó a la policía y a los médicos lo que recordaba todo
el mundo lo tomó por loco. Pero cuando él mismo empezó a dudar de su
cordura, un gato negro con mechones claros apareció en la ventana y le
guiñó un ojo.
Loco o no, el inspector Cambalache era un héroe y fue premiado con la
medalla de honor de la ciudad por evitar el robo. Eso sí, no volvió a contarle
a nadie sus planes, por si acaso.
El perrito que no podía caminar
Bo era un perrito muy alegre y juguetón que no podía caminar desde que
nació porque tenía una parálisis en las patas traseras. Amina, una niña que
lo vio al nacer, convenció a sus papás para llevarlo a casa y cuidarlo para
evitar que lo sacrificasen.
Bo y su pequeña dueña Amina jugaban mucho juntos. El perrito se esforzaba
por moverse usando solo sus patas delanteras y, puesto que no podía saltar
y apenas moverse, ladraba para expresar todo lo que necesitaba. A pesar de
las dificultades, Bo era un perro feliz que llenaba de alegría y optimismo la
casa en la que vivía.
Un día los papás de Amina llegaron a casa con Adela, una niña de la edad de
Amina que iba vivir con ellos una temporada. Cuando Bo la vio se arrastró
enseguida a saludarle y a darle la bienvenida con su alegría de siempre. Pero
Adela lo miró con desprecio y se echó a llorar.
Bo no se rindió e intentó hacer todas las tonterías que sabía para hacerla
reír, pero no nada funcionaba y Adela no dejaba de llorar.
- No te preocupes, Bo- decían los papás de Amina-. Adela está triste porque
viene de un país muy pobre que está en guerra y ha sufrido mucho. Está
triste porque ha tenido que separarse de su familia.
Bo pareció entender lo que le decían, porque se acercó a Adela y se quedó
con ella sin ladrar ni hacer nada, sólo haciéndole compañía.
La tristeza de Adela fue poco a poco inundando la casa. Todos estaban muy
preocupados por ella, porque no eran capaces de hacerla sonreír ni un
poquito.
Pasaron los días y Bo no se separaba de Adela, y eso que la niña lo intentaba
apartar y huía a esconderse cuando lo veía e incluso protestaba cuando Bo
intentaba jugar con ella.
Pero el perrito no se daba por vencido. Cuando Amina estaba, Bo jugaba con
ella mientras Adela miraba y, aunque no sonreía, dejaba de llorar cuando Bo
jugueteaba y hacía sus gracias.
Un día que Amina no estaba a Bo le entraron muchas ganas de jugar y se le
ocurrió intentar que fuera Adela quien jugara con él. Como la niña no le hacía
caso, Bo no paraba de moverse y, de pronto, se chocó contra una mesa tan
fuerte que se le cayó encima un vaso de leche. El vaso no se rompió porque
era de plástico, pero empapó al pobre Bo de leche y lo dejó paralizado del
susto.
Adela, cuando lo vio, le quedó mirando al perrito sin decir nada. De repente,
se echó a reír, viendo lo gracioso que estaba el perrito lleno de leche con su
cara de susto.
Cuando Bo vio que Adela se reía, empezó a lamerse la leche y a hacer más
tonterías mientras la niña, sin parar de reír, intentaba limpiarlo con el mantel.
Cuando Amina y sus vio lo que se reía Adela se alegró muchísimo, y corrió a
decírselo a sus papás. Por fin todos volvían a estar alegres.
A pesar de no ser un perrito como los demás, Bo fue el único capaz de lograr
que la alegría y el optimismo volvieran a aquella casa.