2 El Mercader de Venecia Autor William Shakespeare
2 El Mercader de Venecia Autor William Shakespeare
William Shakespeare
1
Texto núm. 1950
Edita [Link]
Maison Carrée
c/ Ramal, 48
07730 Alayor - Menorca
Islas Baleares
España
2
PERSONAS DEL DRAMA.
EL DUX.
EL PRÍNCIPE DE MARRUECOS.
EL PRÍNCIPE DE ARAGON, pretendientes de Pórcia.
BASANIO, su amigo.
SALANIO.
SALARINO.
GRACIANO.
SALERIO, amigos de Antonio.
SYLOCK, judío.
BALTASAR.
ESTÉFANO, criados de Pórcia.
3
Criados y otros.
4
ACTO I.
5
ESCENA PRIMERA.
Venecia.—Una calle.
ANTONIO.
SALARINO.
Tu mente vuela sobre el Océano, donde tus naves, con las velas
hinchadas, cual señoras ó ricas ciudadanas de las olas, dominan á los
pequeños traficantes, que cortésmente les saludan cuando las encuentran
en su rápida marcha.
SALANIO.
SALARINO.
6
Creeria que en un momento iba á desvanecerse mí fortuna. Sólo el
pensamiento de que esto pudiera suceder me pone triste. ¿No ha de
estarlo Antonio?
ANTONIO.
SALANIO.
ANTONIO.
Calla, calla.
SALANIO.
¡Conque tampoco estás enamorado! Entonces diré que estás triste porque
no estás alegre, y lo mismo podias dar un brinco, y decir que estabas
alegre porque no estabas triste. Os juro por Jano el de dos caras, amigos
mios, que nuestra madre comun la Naturaleza se divirtió en formar séres
extravagantes. Hay hombres que al oir una estridente gaita, cierran
estúpidamente los ojos y sueltan la carcajada, y hay otros que se están tan
graves y sérios como niños, aunque les digas los más graciosos chistes.
SALANIO.
SALARINO.
No me iria hasta verte desenojado, pero ya que tan nobles amigos vienen,
con ellos te dejo.
ANTONIO.
7
negocio grave, y aprovechais este pretexto para separaros de mí.
SALARINO.
BASANIO.
SALARINO.
LORENZO.
BASANIO.
Sin falta.
GRACIANO.
Mala cara pones, Antonio. Mucho te apenan los cuidados del mundo.
Caros te saldrán sus placeres, ó no los gozarás nunca. Noto en tí cierto
cambio desagradable.
ANTONIO.
Graciano, el mundo me parece lo que es: un teatro, en que cada uno hace
su papel. El mio es bien triste.
GRACIANO.
8
despiertos, y enfermar de capricho? Antonio, soy amigo tuyo. Escúchame.
Te hablo como se habla á un amigo. Hombres hay en el mundo tan tétricos
que sus rostros están siempre, como el agua del pantano, cubiertos de
espuma blanca, y quieren con la gravedad y el silencio adquirir fama de
doctos y prudentes, como quien dice: «Soy un oráculo. ¿Qué perro se
atreverá á ladrar, cuando yo hablo?» Así conozco á muchos, Antonio, que
tienen reputacion de sabios por lo que se callan, y de seguro que si
despegasen los labios, los mismos que hoy los ensalzan serian los
primeros en llamarlos necios. Otra vez te diré más sobre este asunto. No
te empeñes en conquistar por tan triste manera la fama que logran muchos
tontos. Vámonos, Lorenzo. Adios. Despues de comer, acabaré el sermon.
LORENZO.
GRACIANO.
ANTONIO.
GRACIANO.
ANTONIO.
BASANIO.
9
ANTONIO.
BASANIO.
ANTONIO.
BASANIO.
ANTONIO.
BASANIO.
10
llama Pórcia, y en nada es inferior á la hija de Caton, esposa de Bruto.
Todo el mundo conoce lo mucho que vale, y vienen de apartadas orillas á
pretender su mano. Los rizos, que cual áureo vellocino penden de su sien,
hacen de la quinta de Belmonte un nuevo Cólcos ambicionado por muchos
Jasones. ¡Oh, Antonio mio! Si yo tuviera medios para rivalizar con
cualquiera de ellos, tengo el presentimiento de que habia de salir victorioso.
ANTONIO.
Ya sabes que tengo toda mi riqueza en el mar, y que hoy no puedo darte
una gran suma. Con todo eso, recorre las casas de comercio de Venecia;
empeña tú mi crédito hasta donde alcance. Todo lo aventuraré por tí: no
habrá piedra que yo no mueva, para que puedas ir á la quinta de tu
amada. Vé, infórmate de dónde hay dinero. Yo haré lo mismo y sin tardar.
Malo será que por amistad ó por fianza no logremos algo.
11
ESCENA II.
Belmonte.—Gabinete en la quinta de Pórcia.
PÓRCIA y NERISSA.
PÓRCIA.
Por cierto, amiga Nerissa, que mi pequeño cuerpo está ya bien harto de
este inmenso mundo.
NERISSA.
Eso fuera, señora, si tus desgracias fueran tantas y tan prolijas como tus
dichas. No obstante, tanto se padece por exceso de goces como por
defecto. No es poca dicha atinar con el justo medio. Lo superfluo cria muy
pronto canas. Por el contrario la moderacion es fuente de larga vida.
PÓRCIA.
NERISSA.
PÓRCIA.
Si fuera tan fácil hacer lo que se debe, como conocerlo, las ermitas serian
catedrales, y palacios las cabañas. El mejor predicador es el que, no
contento con decantar la virtud, la practica. Mejor podria yo enseñársela á
veinte personas, que ser yo una de las veinte y ponerla en ejecucion. Bien
inventa el cerebro leyes para refrenar la sangre, pero el calor de la
juventud salta por las redes que le tiende la prudencia, fatigosa anciana.
Pero si discurro de esta manera, nunca llegaré á casarme. Ni podré elegir
á quien me guste ni rechazar á quien me enoje: tanto me sujeta la voluntad
de mi difunto padre.
12
NERISSA.
PÓRCIA.
NERISSA.
PÓRCIA.
NERISSA.
PÓRCIA.
Que está siempre frunciendo el ceño, como quien dice: «Si no me quieres,
busca otro mejor.» No hay chiste que baste á distraerle. Mucho me temo
que quien tan femenilmente triste se muestra en su juventud, llegue á la
vejez convertido en filósofo melancólico. Mejor me casaría con una
calavera que con ninguno de esos. ¡Dios me libre!
NERISSA.
PÓRCIA.
Será hombre, pero sólo porque es criatura de Dios. Malo es burlarse del
prójimo, pero de éste... Su caballo es mejor que el del napolitano, y su
13
ceño todavía más arrugado que el del Palatino. Junta los defectos de uno
y otro, y á todo esto añade un cuerpo que no es de hombre. Salta en
oyendo cantar un mirlo, y se pelea hasta con su sombra. Casarse con él,
seria casarse con veinte maridos. Le perdonaria si me aborreciese, pero
nunca podria yo amarle.
NERISSA.
PÓRCIA.
Nunca hablo con él, porque no nos entendemos. Ignora el latin, el francés
y el italiano. Yo, puedes jurar que no sé una palabra de inglés. No tiene
mala figura, pero ¿quién ha de hablar con una estatua? ¡Y qué traje más
extravagante el suyo! Ropilla de Italia, calzas de Francia, gorra de
Alemania, y modales de todos lados.
NERISSA.
PÓRCIA.
Buen vecino. Tomó una bofetada del inglés, y juró devolvérsela. El francés
dió fianza con otro bofeton.
NERISSA.
PÓRCIA.
NERISSA.
Si él fuera quien acertase el secreto de la caja, tendrias que casarte con él,
por cumplir la voluntad de tu padre.
PÓRCIA.
14
Lo evitarás, metiendo en la otra caja una copa de vino del Rhin: no dudes
que, andando el demonio en ello, la preferirá. Cualquier cosa, Nerissa,
antes que casarme con esa esponja.
NERISSA.
PÓRCIA.
Aunque viviera yo más años que la Sibila, me moriria tan vírgen como
Diana, antes que faltar al testamento de mi padre. En cuanto á esos
amantes, me alegro de su buena resolucion, porque no hay entre ellos uno
solo cuya presencia me sea agradable. Dios les depare buen viaje.
NERISSA.
PÓRCIA.
NERISSA.
PÓRCIA.
(Sale un criado.)
EL CRIADO.
15
Los cuatro pretendientes vienen á despedirse de vos, señora, y un correo
anuncia la llegada del príncipe de Marruecos que viene esta noche.
PÓRCIA.
¡Ojalá pudiera dar la bienvenida al nuevo, con el mismo gusto con que
despido á los otros! Pero si tiene el gesto de un demonio, aunque tenga el
carácter de un ángel, más quisiera confesarme que casar con él. Ven
conmigo, Nerissa. Y tú, delante (al criado). Apenas hemos cerrado la
puerta á un amante, cuando otro llama.
16
ESCENA III.
Plaza en Venecia.
BASANIO y SYLOCK.
SYLOCK.
BASANIO.
SYLOCK.
BASANIO.
Fiador Antonio.
SYLOCK.
BASANIO.
SYLOCK.
BASANIO.
SYLOCK.
17
Antonio es hombre honrado.
BASANIO.
SYLOCK.
No, no: motivo ninguno: quiero decir que es buen pagador, pero tiene muy
en peligro su caudal. Un barco para Trípoli, otro para las Indias. Ahora me
acaban de decir en el puente de Rialto, que prepara un navío para Méjico
y otro para Inglaterra. Así tiene sus negocios y capital esparcidos por el
mundo. Pero, al fin, los barcos son tablas y los marineros hombres. Hay
ratas de tierra y ratas de mar, ladrones y corsarios, y ademas vientos, olas
y bajíos. Pero repito que es buen pagador. Tres mil ducados... creo que
aceptaré la fianza.
BASANIO.
SYLOCK.
BASANIO.
SYLOCK.
(Sale Antonio.)
BASANIO.
El señor Antonio.
18
SYLOCK.
BASANIO.
¿Oyes, Sylock?
SYLOCK.
ANTONIO.
SYLOCK.
ANTONIO.
SYLOCK.
ANTONIO.
Sí que lo dije.
19
SYLOCK.
ANTONIO.
SYLOCK.
ANTONIO.
SYLOCK.
ANTONIO.
SYLOCK.
20
ganancia...
ANTONIO.
SYLOCK.
ANTONIO.
SYLOCK.
ANTONIO.
Así parece.
SYLOCK.
21
Venid á casa de un escribano, donde firmaréis un recibo prometiendo que
si para tal dia no habeis pagado, entregaréis en cambio una libra justa de
vuestra carne, cortada por mí del sitio de vuestro cuerpo que mejor me
pareciere.
ANTONIO.
BASANIO.
ANTONIO.
SYLOCK.
¡Oh, padre Abraham! ¡Qué mala gente son los cristianos! Miden á todos
los demas con la vara de su mala intencion. Decidme: si Antonio dejara de
pagarme en el plazo convenido, ¿qué adelantaba yo con exigirle que
cumpliera el contrato? Despues de todo, una libra de carne humana vale
menos que una de buey, carnero ó cabra. Creedme, que si propongo tal
condicion, es sólo por ganarme su voluntad. Si os agrada, bien: si no, no
me maltrates, siquiera por la buena amistad que te muestro.
ANTONIO.
SYLOCK.
(Se va.)
22
ANTONIO.
BASANIO.
ANTONIO.
No temas. El plazo es bastante largo, para que vuelvan mis navíos antes
de cumplirse.
23
ACTO II.
24
ESCENA PRIMERA.
Sala en la quinta de Pórcia.
EL PRÍNCIPE.
No os enoje, bella Pórcia, mi color moreno, hijo del sol ardiente bajo el cual
nací. Pero venga el más rubio de los hijos del frio Norte, cuyo hielo no
deshace el mismo Apolo: y ábranse juntamente, en presencia vuestra, las
venas de uno y otro, á ver cuál de los dos tiene más roja la sangre.
Señora, mi rostro ha atemorizado á los más valientes, y juro por el amor
que os tengo que han suspirado por él las doncellas más hermosas de mi
tierra. Sólo por complaceros, dulce señora mia, consintiera yo en mudar de
semblante.
PÓRCIA.
EL PRÍNCIPE.
25
favorable al de menos valer, y Alcides quedaria siervo del débil garzon.
Por eso es fácil que, entregada mi suerte á la fortuna, venga yo á perder el
premio, y lo alcance otro rival que lo merezca mucho menos.
PÓRCIA.
EL PRÍNCIPE.
PÓRCIA.
EL PRÍNCIPE.
26
ESCENA II.
Una calle de Venecia.
LANZAROTE.
GOBBO.
LANZAROTE.
27
GOBBO.
LANZAROTE.
GOBBO.
Á fe mia, que son buenas señas. Difícil ha de ser atinar con el camino. ¿Y
sabeis si vive todavía con él un tal Lanzarote?
LANZAROTE.
GOBBO.
LANZAROTE.
Su padre será lo que quiera, pero ahora tratamos del caballero Lanzarote.
GOBBO.
LANZAROTE.
Ergo, oidme por Dios, venerable anciano.... ergo hablais del jóven
Lanzarote.
GOBBO.
LANZAROTE.
28
Pues sí, del caballero Lanzarote. Ahora bien, no pregunteis por ese jóven
caballero, porque en realidad de verdad, el hado, la fortuna ó las tres
inexorables Parcas le han quitado de en medio, ó dicho en términos más
vulgares, ha muerto.
GOBBO.
¡Dios mio! ¡Qué horror! Ese niño que era la esperanza y el consuelo de mi
vejez.
LANZAROTE.
GOBBO.
¡Ay de mí! ¿qué he de conoceros, señor mio? Pero decidme con verdad
qué es de mi hijo, si vive ó ha muerto.
LANZAROTE.
GOBBO.
LANZAROTE.
GOBBO.
LANZAROTE.
29
GOBBO.
LANZAROTE.
Eso vos lo sabeis, aunque no sé qué pensar; pero en fin, conste que soy
Lanzarote, criado del judío, y que mi madre se llama Margarita, y es tu
mujer.
GOBBO.
LANZAROTE.
BASANIO.
Haced lo que tengais que hacer, pero apresuraos: la cena para las cinco.
Llevad á su destino estas cartas, apercibid las libreas. A Graciano, que
vaya luego á verme á mi casa.
(Se va un criado.)
LANZAROTE.
GOBBO.
30
Buenas tardes, señor.
BASANIO.
GOBBO.
LANZAROTE.
GOBBO.
LANZAROTE.
GOBBO.
LANZAROTE.
GOBBO.
LANZAROTE.
31
BASANIO.
LANZAROTE.
Serviros, caballero.
GOBBO.
BASANIO.
LANZAROTE.
BASANIO.
No has hablado mal. Véte con tu padre: dí adios á Sylock, pregunta las
señas de mi casa. (Á los criados.) Ponedle una librea algo mejor que las
otras. Pronto.
LANZAROTE.
32
(Vanse Lanzarote y Gobbo.)
BASANIO.
LEONARDO.
No tardaré.
(Sale Graciano.)
GRACIANO.
LEONARDO.
GRACIANO.
¡Señor Basanio!
BASANIO.
GRACIANO.
BASANIO.
GRACIANO.
BASANIO.
33
Vente, si es forzoso y te empeñas. Pero á la verdad, tú, Graciano, eres
caprichoso, mordaz y libre en tus palabras: defectos que no lo son á los
ojos de tus amigos, y que están en tu modo de ser, pero que ofenden
mucho á los extraños, porque no conocen tu buena índole. Echa una
pequeña dósis de cordura en tu buen humor: no sea que parezca mal en
Belmonte, y vayas á comprometerme y á echar por tierra mi esperanza.
GRACIANO.
BASANIO.
Allá veremos.
GRACIANO.
BASANIO.
Nada de eso: haz lo que quieras. Al contrario, esta noche conviene que
alardees de ingenio más que nunca, porque mis comensales serán alegres
y regocijados. Adios: mis ocupaciones me llaman á otra parte.
GRACIANO.
34
ESCENA III.
Habitacion en casa de Sylock.
JÉSSICA y LANZAROTE.
JÉSSICA.
LANZAROTE.
¡Adios! Mi lengua calla, pero hablan mis lágrimas. Adios, hermosa judía,
dulcísima gentil. Mucho me temo que algun buen cristiano venga á perder
su alma por tí. Adios. Mi ánimo flaquea. No quiero detenerme más, adios.
JÉSSICA.
(Se va Lanzarote.)
35
ESCENA IV.
Una calle de Venecia.
LORENZO.
GRACIANO.
SALARINO.
SALANIO.
LORENZO.
No son más que las tres. Hasta las seis sobra tiempo para todo.
(Sale Lanzarote.)
LANZAROTE.
LORENZO.
Bien conozco la letra, y la mano más blanca que el papel en que ha escrito
mi ventura.
36
GRACIANO.
LANZAROTE.
LORENZO.
¿Á dónde vas?
LANZAROTE.
Á convidar al judío, mi antiguo amo, á que cene esta noche con mi nuevo
amo, el cristiano.
LORENZO.
(Se va Lanzarote.)
SALARINO.
Yo buscaré el mio.
SALANIO.
Y yo.
LORENZO.
SALARINO.
Allá iremos.
37
GRACIANO.
LORENZO.
38
ESCENA V.
Calle donde vive Sylock.
SYLOCK.
LANZAROTE.
SYLOCK.
LANZAROTE.
Siempre me habiais reñido, por no hacer yo las cosas hasta que me las
mandaban.
(Sale Jéssica.)
JÉSSICA.
SYLOCK.
Hija, estoy convidado á comer fuera de casa. Aquí tienes las llaves. Pero
¿por qué iré á ese convite? Cierto que no me convidan por amor. Será por
adulacion. Pero no importa, iré, aunque sólo sea por aborrecimiento á los
cristianos, y comeré á su costa. Hija, ten cuidado con la casa. Estoy muy
39
inquieto. Algun daño me amenaza. Anoche soñé con bolsas de oro.
LANZAROTE.
SYLOCK.
Y yo tambien á él.
LANZAROTE.
SYLOCK.
LANZAROTE.
SYLOCK.
JÉSSICA.
SYLOCK.
40
alegro de que se vaya, y busque otro amo, á quien ayude á gastar en
pocos dias su improvisada fortuna. Vé dentro, hija mia. Quizá pueda yo
volver pronto. No olvides lo que te he mandado. Cierra puertas y ventanas,
que nunca está más segura la joya que cuando bien se guarda: máxima
que no debe olvidar ningun hombre honrado.
(Vase.)
JÉSSICA.
Mala ha de ser del todo mi fortuna para que pronto no nos encontremos yo
sin padre y tú sin hija.
(Se va.)
41
ESCENA VI.
GRACIANO y SALARINO, de máscara.
GRACIANO.
SALARINO.
GRACIANO.
Sí, porque el alma enamorada cuenta las horas con más presteza que el
reloj.
SALARINO.
Las palomas de Vénus vuelan con ligereza diez veces mayor cuando van
á jurar un nuevo amor, que cuando acuden á mantener la fe jurada.
GRACIANO.
Necesario es que así suceda. Nadie se levanta de la mesa del festin con el
mismo apetito que cuando se sentó á ella. ¿Qué caballo muestra al fin de
la rápida carrera el mismo vigor que al principio? Así son todas las cosas.
Más placer se encuentra en el primer instante de la dicha que despues. La
nave es en todo semejante al hijo pródigo. Sale altanera del puerto nativo,
coronada de alegres banderolas, acariciada por los vientos, y luego torna
con el casco roto y las velas hechas pedazos, empobrecida y arruinada
por el vendaval.
(Sale Lorenzo.)
SALARINO.
42
LORENZO.
JÉSSICA.
LORENZO.
JÉSSICA.
LORENZO.
JÉSSICA.
Pues mira: toma esta caja, que es preciosa. Bendito sea el oscuro velo de
la noche que no te permite verme, porque tengo vergüenza del disfraz con
que oculto mi sexo. Pero al amor le pintan ciego, y por eso los amantes no
ven las mil locuras á que se arrojan. Si no, el Amor mismo se avergonzaria
de verme trocada de tierna doncella en arriscado paje.
LORENZO.
JÉSSICA.
43
precisamente cuando me importa más ocultarme?
LORENZO.
Bien oculta estarás bajo el disfraz de gallardo paje. Ven pronto, la noche
vuela, y nos espera Basanio en su mesa.
JÉSSICA.
(Vase.)
GRACIANO.
LORENZO.
(Sale Jéssica.)
ANTONIO.
¿Quién?
GRACIANO.
¡Señor Antonio!
ANTONIO.
¿Solo estais, Graciano? ¿y los demas? Ya han dado las nueve, y todo el
mundo espera. No habrá máscaras esta noche. El viento se ha levantado
44
ya, y puede embarcarse Basanio. Más de veinte recados os he enviado.
GRACIANO.
45
ESCENA VII.
Quinta de Pórcia en Belmonte.
PÓRCIA.
EL PRÍNCIPE.
PÓRCIA.
EL PRÍNCIPE.
Algun dios me iluminará. Volvamos á leer con atencion los letreros. ¿Qué
dice el plomo? «Todo tendrá que darlo y arriesgarlo el que me elija.»
¡Tendrá que darlo todo! ¿Y por qué?... Por plomo... ¿Aventurarlo todo por
plomo? Deslucido premio en verdad. Para aventurarlo todo, hay que tener
esperanza de alguna dicha muy grande, porque á un alma noble no la
seduce el brillo de un vil metal. En suma, no doy ni aventuro nada por el
plomo. ¿Qué dice la plata del blanco cofrecillo? «Quien me elija logrará lo
que merece...» Lo que merece... Despacio, Príncipe: pensémoslo bien. Si
atiendo á mi conciencia, yo me estimo en mucho. No es pequeño mi valor,
aunque quizá lo sea para aspirar á tan excelsa dama. De otra parte, seria
poquedad de ánimo dudar de lo que realmente valgo... ¿Qué merezco yo?
Sin duda esta hermosa dama. Para eso soy de noble nacimiento y grandes
dotes de alma y cuerpo, de fortuna, valor y linaje; y sobre todo la merezco
46
porque la amo entrañablemente. Sigo en mis dudas. ¿Continuaré la
eleccion ó me pararé aquí? Voy á leer segunda vez el rótulo de la caja de
oro: «Quién me elija logrará lo que muchos desean.» Es claro: la posesion
de esta dama: todo el mundo la desea, y de los cuatro términos del mundo
vienen á postrarse ante el ara en que se venera su imágen. Los desiertos
de Hircania, los arenales de la Libia se ven trocados hoy en animados
caminos, por donde acuden innumerables príncipes á ver á Pórcia. No
bastan á detenerlos playas apartadas, ni el salobre reino de las ondas que
lanzan su espuma contra el cielo. Corren el mar, como si fuera un arroyo,
sólo por el ansia de ver á Pórcia. Una de estas cajas encierra su imágen,
pero ¿cuál? ¿Estará en la de plomo? Necedad seria pensar que tan vil
metal fuese sepulcro de tanto tesoro. ¿Estará en la plata que vale diez
veces menos que el oro? Bajo pensamiento seria. Sólo en oro puede
engastarse joya de tanto precio. En Inglaterra corre una moneda de oro,
con un ángel grabado en el anverso. Allí está sólo grabado, mientras que
aquí es el ángel mismo quien yace en tálamo de oro. Venga la llave: mi
eleccion está hecha, sea cual fuere el resultado.
PÓRCIA.
¡Por vida del demonio! sólo encuentro una calavera, y en el hueco de sus
ojos este papel: «No es oro todo lo que reluce: así dice el refran antiguo: tú
verás si con razon. ¡Á cuántos ha engañado en la vida una vana
exterioridad! En dorado sepulcro habitan los gusanos. Si hubieras tenido
tanta discrecion y buen juicio como valor y osadía, no te hablaria de esta
suerte mi hueca y apagada voz. Véte en buen hora, ya que te ha salido fria
la pretension.» Sí que he quedado frio y triste. Toda mi esperanza huyó, y
el fuego del amor se ha convertido en hielo. Adios, hermosa Pórcia. No
puedo hablar. El desencanto me quita la voz. ¡Cuán triste se aleja el que
ve marchitas sus ilusiones!
PÓRCIA.
¡Oh felicidad! Quiera Dios que tengan la misma suerte todos los que
47
vengan, si son del mismo color que éste.
48
ESCENA VIII.
Calle en Venecia.
SALARINO y SALANIO.
SALARINO.
SALANIO.
SALARINO.
SALANIO.
SALARINO.
Los muchachos le persiguen por las calles de Venecia, gritando como él:
«Justicia, mis ducados, mis joyas, mi hija.»
SALANIO.
49
¡Pobre Antonio si no cumple el trato!
SALARINO.
SALANIO.
SALARINO.
SALANIO.
SALARINO.
Vamos.
50
ESCENA IX.
Quinta de Pórcia en Belmonte.
NERISSA.
PÓRCIA.
Egregio Infante: ahí teneis las cajas: si dais con la que contiene mi retrato,
vuestra será mi mano. Pero si la fortuna os fuere adversa, tendreis que
alejaros sin más tardanza.
EL INFANTE.
PÓRCIA.
Esas son las tres condiciones que tiene que cumplir todo el que viene á
esta dudosa aventura, y á pretender mi mano indigna de tanta honra.
EL INFANTE.
51
del pájaro audaz que pone su nido en el alero del tejado, expuesto á la
intemperie y á todo género de peligros. No es mio pensar como piensa el
vulgo. No elegiré lo que muchos desean. No seré como la multitud grosera
y sin juicio. Vamos á tí, arca brillante de precioso metal: «Quien me elija,
alcanzará lo que merece.» Está bien, ¿qué alma bien nacida querrá
obtener ninguna ventaja ni triunfar del hado, sin un mérito real? ¿A quién
contentará un honor inmerecido? ¡Dichoso aquel dia en que no por
subterráneas intrigas, sino por las dotes reales del alma, se consigan los
honores y premios! ¡Cuántas frentes, que ahora están humilladas, se
cubrirán de gloria entonces! ¡Cuántos de los que ahora dominan querrian
ser entonces vasallos! ¡Qué de ignominias descubriríamos al traves de la
púrpura de reyes, emperadores y magnates! ¡Y cuánta honra
encontraríamos soterrada en el lodo de nuestra edad! Siga la eleccion:
«Alcanzará lo que merece.» Mérito tengo. Venga la llave, que esta caja
encierra sin duda mi fortuna.
PÓRCIA.
Mucho lo habeis pensado para tan corto premio como habeis de encontrar.
EL INFANTE.
PÓRCIA.
EL INFANTE.
¿Y qué dice ese papel? (Lee.) «Siete veces ha pasado este metal por la
llama: siete pruebas necesita el juicio para no equivocarse. Muchos hay
que toman por realidad los sueños: natural es que su felicidad sea sueño
tambien. Bajo este blanco metal has encontrado la faz de un estúpido.
Muchos necios hay en el mundo que se ocultan así. Cásate á tu voluntad,
pero siempre me tendrás por símbolo. Adios.» Todavía seria estupidez
mayor, no irme ahora mismo. Como un necio vine á galantear, y ahora
52
llevo dos cabezas nuevas, la mia y otra ademas. Quédate con Dios,
Pórcia: no faltaré á mi juramento.
PÓRCIA.
Huye, como la mariposa que se quema las alas escapa del fuego. ¡Qué
necios son por querer pasarse de listos!
NERISSA.
UN CRIADO.
PÓRCIA.
Aquí.
EL CRIADO.
PÓRCIA.
NERISSA.
53
ACTO III.
54
ESCENA PRIMERA.
Calle de Venecia.
SALANIO y SALARINO.
SALANIO.
SALARINO.
SALANIO.
¡Ojalá que por esta vez mienta como la comadre más embustera de
cuantas comen pan! Pero la verdad es, sin andamos en rodeos ni
ambages, que el pobre Antonio, el buen Antonio... ¡Oh si encontrara yo un
adjetivo bastante digno de su bondad!
SALARINO.
Al asunto, al asunto.
SALANIO.
SALARINO.
SALANIO.
55
¡Ojalá! No sea que eche á perder el demonio mis oraciones, porque aquí
viene en forma de judío.
(Sale Sylock.)
SYLOCK.
SALARINO.
Es verdad. Yo era amigo del sastre que hizo al pájaro las alas con que
voló del nido.
SALANIO.
SALARINO.
SALANIO.
SYLOCK.
SALANIO.
SYLOCK.
56
¡Vaya otro negocio! ¡Un mal pagador, que no se atreve á comparecer en
Rialto! ¡Un mendigo que hacia alarde de lujo, paseándose por la playa! A
ver cómo responde de su fianza. Para eso me llamaba usurero. Que
responda de su fianza. Decia que prestaba dinero por caridad cristiana.
Que responda de su fianza.
SALARINO.
SYLOCK.
UN CRIADO.
SALARINO.
(Sale Túbal.)
SALANIO.
57
Hé aquí otro de su misma tribu: no se encontraria otro tercero que los
igualase como no fuese el mismísimo demonio.
(Vanse.)
SYLOCK.
TÚBAL.
SYLOCK.
Nunca ha caido otra maldicion igual sobre nuestra raza. Mira: se llevó un
diamante que me habia costado dos mil ducados en la feria de Francfort.
Dos mil ducados del diamante, y ademas muchas alhajas preciosas. Poco
me importaria ver muerta á mi hija, como tuviera los diamantes en las
orejas, y los ducados en el ataud. ¿Pero nada, nada has averiguado de
ellos? ¡Maldito sea yo! ¡Y cuánto dinero he gastado en buscarla! ¡Tanto
que se llevó el ladron, y tanto cómo llevo gastado en su busca, y todavía
no me he vengado! Cada dia me trae una nueva pérdida. Todo género de
lástimas y miserias ha caido sobre mí.
TÚBAL.
SYLOCK.
TÚBAL.
SYLOCK.
TÚBAL.
58
Me lo han contado algunos marineros escapados del naufragio.
SYLOCK.
TÚBAL.
SYLOCK.
¡Qué daga me estás clavando en el corazon! ¡Pobre dinero mio! ¡En una
noche sola ochenta ducados!
TÚBAL.
SYLOCK.
TÚBAL.
Uno de esos acreedores me mostró una sortija, con que tu hija le habia
pagado un mono que compró.
SYLOCK.
TÚBAL.
SYLOCK.
59
Eso me consuela. Eso tiene que ser verdad. Túbal, avísame un alguacil
para dentro de quince dias. Si no paga la fianza, le sacaré las entrañas; si
no fuera por él, haria yo en Venecia cuantos negocios quisiera. Túbal, nos
veremos en la sinagoga. Adios, querido Túbal.
60
ESCENA II.
Quinta de Pórcia.
PÓRCIA.
BASANIO.
PÓRCIA.
BASANIO.
61
alianza el fuego y el hielo, que mi amor y la traicion.
PÓRCIA.
BASANIO.
PÓRCIA.
Decídmela y vivireis.
BASANIO.
PÓRCIA.
62
por desvíos en la misma cuna donde nace. Cantemos dulces himnos en
alabanza del amor. ¡Viva el amor, viva el amor!»)
BASANIO.
Muchas veces engañan las apariencias. ¿Ha habido causa tan mala que
un elocuente abogado no pudiera hacer probable, buscando disculpas
para el crímen más horrendo? ¿Hay alguna herejía religiosa que no tenga
sectarios, y que no pueda cubrirse con citas de la Escritura ó con flores
retóricas que disimulen su fealdad? ¿Hay vicio que no pueda disfrazarse
con la máscara de la virtud? ¿No habeis visto muchos cobardes, tan falsos
y movedizos como piedra sobre arena, y que por fuera muestran la
belicosa faz de Hércules y las híspidas barbas de Marte, y por de dentro
tienen los hígados tan blancos como la leche? Fingen valor, para hacerse
temer. Medid la hermosura: se compra al peso, y son más ligeras las que
se atavian con los más preciados arreos de la belleza. ¡Cuántas veces los
áureos rizos, enroscados como sierpes al rededor de una dudosa belleza,
son prenda de otra hermosura que yace en olvidado sepulcro! Los adornos
son como la playa de un mar proceloso: como el velo de seda que oculta
el rostro de una hermosura india: como la verdad, cuya máscara toma la
fraude para engañar á los más prudentes. Por eso desdeño los fulgores
del oro, alimento y perdicion del avaro Midas, y tambien el pálido brillo de
la mercenaria plata. Tu quebrado color, oh plomo que pasas por vil y
anuncias más desdichas que felicidad, me atrae más que todo eso. Por tí
me decido. ¡Quiera Dios cumplir mi amoroso deseo!
PÓRCIA.
(Aparte.) Como el viento disipa las nubes, así huyen de mi alma todos los
recelos, tristezas y desconfianzas. Cálmate, amor; ten sosiego: templa los
ímpetus del alma, y dame el gozo con tasa, porque si no, el corazon
estallará de alegría.
BASANIO.
63
¿Cómo pudo acabar el uno sin que sus rayos le cegaran de tal modo que
dejase sin acabar el otro? Toda alabanza es poca, y seria afrentar al
retrato tanto como el retrato al original. Veamos lo que dice la letra, cifra
breve de mi fortuna. (Lee.) «Tú á quien no engañan las apariencias,
consigues la rara fortuna de acertar. Ya que tal suerte tuviste, no busques
otra mejor. Si te parece bien la que te ha dado la fortuna, vuélvete hácia
ella, y con un beso de amor tómala por tuya, siguiendo los impulsos de tu
alma.» ¡Hermosa leyenda! Señora, perdon. Es necesario cumplir lo que
este papel ordena. A la manera que el gladiador, cuando los aplausos
ensordecen el anfiteatro, duda si es á él á quien se dirigen, y vuelve la
vista en torno suyo; así yo, bella Pórcia, dudo si es verdad lo que miro, y
antes de entregarme al gozo, necesito que lo confirmen vuestros labios.
PÓRCIA.
Basanio, tal cual me veis, vuestra soy. No deseo para mí suerte mayor,
pero en obsequio vuestro quisiera ser veinte veces más hermosa de lo que
soy, y diez mil veces más rica. Yo quisiera exceder á todas en virtud, en
belleza, en bienes de fortuna y en amigos, para que me amaseis mucho
más. Pero valgo muy poco; soy una niña ignorante y sin experiencia; sólo
tengo una cosa buena, y es que todavía no soy vieja para aprender; y otra
aún mejor, que no fué tan mala mi educacion primera que no pueda
aprender. Y áun tengo otra felicidad mejor, y es la de tener un corazon tan
rendido que se humilla á vos como el siervo á su señor y monarca. Mi
persona, y la hacienda que fué mia, son desde hoy vuestras. Hace un
momento era yo señora de esta quinta y de estos criados, y de mí misma,
pero desde ahora yo y mi quinta y mis criados os pertenecemos. Todo os
lo doy con este anillo. Si algun dia le destruís ó perdeis, será indicio de que
habeis perdido mi amor, y podré reprenderos por tan grave falta.
BASANIO.
NERISSA.
64
Á nosotros, mudos espectadores de tal drama, sólo nos toca daros el
parabien. Sed dichosos, amos y señores mios.
GRACIANO.
Basanio, señor mio; y tú, hermosa dama, disfrutad cuanta ventura deseo
para vosotros, ya que no ha de ser á mi costa. Y cuando os prepareis á
cerrar solemnemente el contrato, dadme licencia para hacer lo mismo.
BASANIO.
GRACIANO.
Mil gracias, Basanio. Á tí lo debo. Mis ojos son tan avizores como los
tuyos. Tú los pusiste en la señora; yo en la criada: tú amaste; yo tambien.
Tu amor no consiente dilaciones; tampoco el mio. Tu suerte dependia de la
buena eleccion de las cajas; tambien la mia. Yo ardiendo en amores
perseguí á esta esquiva hermosura con tantas y tantas promesas y
juramentos, que casi tengo seca la boca de repetirlos. Pero al fin (si las
palabras de tal hermosura valen algo), me prometió concederme su amor,
si tú acertabas á conquistar el de su señora.
PÓRCIA.
NERISSA.
BASANIO.
GRACIANO.
De véras, señor.
BASANIO.
65
GRACIANO.
BASANIO.
PÓRCIA.
LORENZO.
Gracias por tanto favor. Mi intencion no era visitarte, pero Salerio, á quien
encontré en el camino, se empeñó tanto, que al cabo consentí en
acompañarle.
SALERIO.
Lo hice, es verdad, pero no sin razon, porque te traigo un recado del señor
Antonio. (Le da una carta.)
BASANIO.
SALERIO.
No está enfermo más que del alma; por su carta verás lo que padece.
GRACIANO.
66
SALERIO.
PÓRCIA.
Malas nuevas debe traer la carta. Huye el color de las mejillas de Basanio.
Sin duda acaba de saber la muerte de un amigo muy querido, porque
ninguna otra mala noticia podria abatir un ánimo tan constante; malo,
malo. Perdóname, Basanio, pero soy la mitad de tu alma, y justo es que
me pertenezcan la mitad de las desgracias que anuncia ese pliego.
BASANIO.
¡Amada Pórcia! Leo en esta carta algunas de las frases más tristes que se
han escrito nunca sobre el papel. ¡Pórcia hermosísima!, cuando por
primera vez te confesé mi amor, no tuve reparo en decirte que yo no tenia
otra hacienda que la sangre de mis venas, pero que era noble y bien
nacido, y te dije la verdad. Pero así y todo hubo jactancia en mis palabras,
al decirte que mis bienes eran ningunos. Para ser enteramente veraz, debí
añadir que mi fortuna era menos que nada, porque la verdad es que
empeñé mi palabra á mi mejor amigo, dejándole expuesto á la venganza
del enemigo más cruel, implacable y sin entrañas: todo para procurarme
dineros. Esta carta me parece el cuerpo de mi amigo: cada línea es á
modo de una herida, que arroja la sangre á borbotones. Pero ¿es cierto,
Salerio? ¿Todo, todo lo ha perdido? ¿Todos sus negocios le han salido
mal? ¿Ni en Trípoli, ni en Méjico, ni en Lisboa, ni en Inglaterra, ni en la
India, ni en Berberia, escapó ningun barco suyo de esos escollos tan
fatales al marino?
SALERIO.
67
JÉSSICA.
Cuando vivia yo con él, muchas veces le ví jurar á sus amigos Túbal y
Chus que preferia la carne de Antonio á veinte veces el valor de la suma
que le debia, y si las leyes y el gobierno de Venecia no protegen al infeliz
Antonio, mala será su suerte.
PÓRCIA.
BASANIO.
En mi amigo, el mejor y más fiel, el de alma más honrada que hay en toda
Italia. En su pecho arde la llama del honor de la antigua Roma.
PÓRCIA.
BASANIO.
PÓRCIA.
¿No más que tres mil? Dale seis mil, duplica, triplica la suma, antes que
consentir que tan buen amigo pierda por tí ni un cabello. Vamos al altar,
despidámonos, y luego corre á Venecia á buscar á tu amigo; no vuelvas al
lado de Pórcia hasta dejarle en salvo. Llevarás lo bastante para pagar diez
veces más de lo que debe al hebreo. Págalo, y vuelve enseguida con tu
fiel amigo. Mi doncella Nerissa y yo viviremos entretanto como viudas y
como doncellas. Es necesario que partas el dia mismo de nuestras bodas.
Piensa en nuestros comensales; no arrugues el ceño, muestra la faz
alegre. Ya que tan caro te he comprado, reflexiona cuánto he de amarte.
Pero léeme antes la carta.
BASANIO.
68
y claro es que si se cumple la cláusula del contrato, tengo forzosamente
que morir. Toda deuda entre nosotros queda liquidada, con tal que vengas
á verme en la hora de mi muerte. Sin embargo, haz lo que quieras; si
nuestra amistad no te obliga á venir, tampoco te hará fuerza esta carta.»
PÓRCIA.
BASANIO.
69
ESCENA III.
Calle en Venecia.
SYLOCK.
ANTONIO.
SYLOCK.
ANTONIO.
Óyeme: te lo suplico.
SYLOCK.
(Vase.)
SALANIO.
70
Es el perro más abominable de los que deshonran el género humano.
ANTONIO.
Déjale. Nada de ruegos inútiles. Quiere mi vida y no atino por qué. Más de
una vez he salvado de sus garras á muchos infelices que acudieron á mí, y
por eso me aborrece.
SALANIO.
ANTONIO.
71
ESCENA IV.
Quinta de Pórcia en Belmonte.
LORENZO.
Señora (no tengo reparo en decirlo delante de vos), alta idea teneis
formada de la santa amistad, y buena prueba de ello es la resignacion con
que tolerais la ausencia de vuestro marido. Pero si supierais á quién
favoreceis de este modo, y cuán buen amigo es del señor Basanio, más os
enorgulleceriais de vuestra obra que de la natural cualidad de obrar bien,
de que tantas muestras habeis dado.
PÓRCIA.
LORENZO.
PÓRCIA.
72
Ya saben mi intencion los criados. Vos y Jéssica sereis para ellos como
Basanio y yo. Quedad con Dios. Hasta la vuelta.
JÉSSICA.
PÓRCIA.
BALTASAR.
(Vase.)
PÓRCIA.
NERISSA.
PÓRCIA.
Nos verán, pero en tal arreo que nos han de atribuir cualidades de que
carecemos. Apuesto lo que querais á que cuando estemos vestidas de
hombre, yo he de parecer el mejor mozo, y el de más desgarro, y he de
llevar la daga mejor que tú. Hablaré recio, como los niños que quieren ser
73
hombres y tratan de pendencias cuando todavía no les apunta el bozo.
Inventaré mil peregrinas historias de ilustres damas que me ofrecieron su
amor, y á quienes desdeñé, por lo cual cayeron enfermas y murieron de
pesar.—¿Qué hacer entonces?—Sentir en medio de mis conquistas cierta
lástima de haberlas matado con mis desvíos. Y por este órden ensartaré
cien mil desatinos, y pensarán los hombres que hace un año he salido del
colegio y revuelvo en el magin cien mil fanfarronadas, que quisiera
ejecutar.
NERISSA.
PÓRCIA.
74
ESCENA V.
Jardin de Pórcia en Belmonte.
LANZAROTE y JÉSSICA.
LANZAROTE.
Sí, porque habeis de saber que Dios castiga en los hijos las culpas de los
padres: por eso os tengo lástima. Siempre os dije la verdad, y no he de
callarla ahora. Tened paciencia, porque á la verdad, creo que os vais á
condenar. Sólo os queda una esperanza, y esa á medias.
JÉSSICA.
LANZAROTE.
JÉSSICA.
Esa sí que seria una esperanza bastarda. En tal caso pagaria yo los
pecados de mi madre.
LANZAROTE.
Dices bien: témome que pagues los de tu padre y los de tu madre. Por eso
huyendo de la Scyla de tu padre, doy en la Caríbdis de tu madre, y por uno
y otro lado estoy perdido.
JÉSSICA.
LANZAROTE.
75
Bien mal hecho. Hartos cristianos éramos para poder vivir en paz. Si
continúa ese empeño de hacer cristianos á los judíos, subirá el precio de la
carne de puerco y no tendremos ni una lonja de tocino para el puchero.
(Sale Lorenzo.)
JÉSSICA.
LORENZO.
JÉSSICA.
LORENZO.
LANZAROTE.
No me extraña que la mora esté más gorda de lo justo. Siempre será más
mujer de bien de lo que yo creia.
LORENZO.
Todo el mundo juega con el equívoco, hasta los más tontos... Dentro de
poco, los discretos tendrán que callarse, y sólo merecerá alabanza en los
papagayos el don de la palabra. Adentro, pícaro: dí á los criados que se
dispongan para la comida.
LANZAROTE.
76
LORENZO.
LANZAROTE.
LORENZO.
LANZAROTE.
LORENZO.
LANZAROTE.
(Vase.)
LORENZO.
JÉSSICA.
Más de lo que puedo darte á entender con palabras. Muy buena vida debe
hacer Basanio, porque tal mujer es la bendicion de Dios y la felicidad del
paraíso en la tierra, y si no la estima en la tierra, no merecerá gozarla en el
cielo. Si hubiera contienda entre dos divinidades, y la una trajese por
77
apuesta una mujer como Pórcia, no encontraria el otro dios ninguna otra
que oponerla en este bajo mundo.
LORENZO.
Tan buen marido soy yo para tí, como ella es buena mujer.
JÉSSICA.
Pregúntamelo á mí.
LORENZO.
JÉSSICA.
LORENZO.
No: déjalo: vamos á comer: á los postres dirás lo que quieras, y así
digeriré mejor.
(Vanse.)
78
ACTO IV.
79
ESCENA PRIMERA.
Tribunal en Venecia.
DUX.
¿Y Antonio?
ANTONIO.
DUX.
ANTONIO.
DUX.
SALARINO.
(Entra Sylock.)
80
DUX.
¡Haceos atras! ¡Que se presente Sylock! Cree el mundo, y yo con él, que
quieres apurar tu crueldad hasta las heces, y luego cuando la sentencia se
pronuncie, haces alarde de piedad y mansedumbre, todavía más odiosas
que tu crueldad primera. Cree la gente que en vez de pedir el
cumplimiento del contrato que te concede una libra de carne de este
desdichado mercader, desistirás de tu demanda, te moverás á lástima, le
perdonarás la mitad de la deuda, considerando las grandes pérdidas que
ha tenido en poco tiempo, y que bastarian á arruinar al más opulento
mercader monarca, y á conmover entrañas de bronce y corazones de
pedernal, aunque fuesen de turcos ó tártaros selváticos, ajenos de toda
delicadeza y buen comedimiento. Todos esperamos de tí una cortes
respuesta.
SYLOCK.
BASANIO.
SYLOCK.
BASANIO.
81
SYLOCK.
BASANIO.
SYLOCK.
ANTONIO.
Mira que estás hablando con un judío. Más fácil te fuera arengar á las olas
de la playa cuando más furiosas están, y conseguir que se calmen; ó
preguntar al lobo por qué devora á la oveja, y deja huérfano al cordero; ó
mandar callar á los robles de la selva, y conseguir que el viento no agite
sus verdes ramas: en suma, mejor conseguirias cualquier imposible, que
ablandar el durísimo corazon de ese hebreo. No le ruegues más, no le
importunes: haz que la ley se cumpla pronto, á su voluntad.
BASANIO.
SYLOCK.
DUX.
SYLOCK.
82
manjares como los que vosotros comeis, ¿no me responderiais: «son
nuestros?» Pues lo mismo os respondo yo. Esa libra de carne que pido es
mia, y buen dinero me ha costado. Si no me la dais, maldigo de las leyes
de Venecia, y pido justicia. ¿Me la dais? ¿sí ó no?
DUX.
SALARINO.
Señor: fuera aguarda un criado que acaba de llegar de Pádua con cartas
del doctor.
DUX.
BASANIO.
ANTONIO.
DUX.
NERISSA.
BASANIO.
83
Sylock, ¿por qué afilas tanto tu cuchillo?
SYLOCK.
GRACIANO.
SYLOCK.
GRACIANO.
¡Maldicion sobre tí, infame perro! ¡Maldita sea la justicia que te deja vivir!
Cuando te veo, casi doy asenso á la doctrina pitagórica que enseña la
transmigracion de las almas de los brutos á los hombres. Sin duda tu alma
ha sido de algun lobo, inmolado por homicida, y que desde la horca fué
volando á meterse en tu cuerpo, cuando aún estabas en las entrañas de tu
infiel madre: porque tus instintos son rapaces, crueles y sanguinarios como
los del lobo.
SYLOCK.
Como no logres quitar el sello del contrato, nada conseguirás con tus
destempladas voces sino ponerte ronco. Graciano, modera tus ímpetus y
no pierdas la razon. Yo sólo pido justicia.
DUX.
NERISSA.
DUX.
84
Y se la doy de todo corazon. Vayan dos ó tres á recibirle de la manera más
respetuosa. Entre tanto, leamos de nuevo la carta de Belario: «Alteza:
cuando recibí vuestra carta me hallaba gravemente enfermo, pero dió la
casualidad de que, en el momento de llegar el mensajero, estaba conmigo
un jóven doctor de Pádua llamado Baltasar. Le conté el pleito entre
Antonio y el judío: repasamos pronto muchos libros: le dije mi parecer, que
es el que os expondrá, rectificado por su inmenso saber, para el cual no
hay elogio bastante. Él hará lo que deseais. No os fijeis en lo mozo que es,
ni creais que por eso vale menos, pues nunca hubo en cuerpo tan juvenil
tan maduro entendimiento. Recibidle, pues, y más que mi recomendacion,
han de favorecerle sus propias acciones.» Esto es lo que Belario dice.
Aquí viene el Doctor, si no me equivoco.
PÓRCIA.
DUX.
PÓRCIA.
DUX.
PÓRCIA.
SYLOCK.
Ese es mi nombre.
PÓRCIA.
85
Raro litigio teneis: extraña es vuestra demanda, y no se os puede negar,
conforme á las leyes de Venecia. Corre mucho peligro vuestra víctima.
¿No es verdad?
ANTONIO.
Verdad es.
PÓRCIA.
ANTONIO.
Lo confieso.
PÓRCIA.
SYLOCK.
PÓRCIA.
La clemencia no quiere fuerza: es como la plácida lluvia del cielo que cae
sobre un campo y le fecunda: dos veces bendita porque consuela al que la
da y al que la recibe. Ejerce su mayor poder entre los grandes: el signo de
su autoridad en la tierra es el cetro, rayo de los monarcas. Pero aún vence
al cetro la clemencia, que vive, como en su trono, en el alma de los reyes.
La clemencia es atributo divino, y el poder humano se acerca al de Dios,
cuando modera con la piedad la justicia. Hebreo, ya que pides no más que
justicia, piensa que si sólo justicia hubiera, no se salvaria ninguno de
nosotros. Todos los dias, en la oracion, pedimos clemencia, pero la misma
oracion nos enseña á perdonar como deseamos que nos perdonen. Te
digo esto, sólo para moverte á compasion, porque como insistas en tu
demanda, no habrá más remedio, con arreglo á las leyes de Venecia, que
sentenciar el pleito en favor tuyo y contra Antonio.
SYLOCK.
86
Yo cargo con la responsabilidad de mis actos. Pido que se ejecute la ley, y
que se cumpla el contrato.
PÓRCIA.
BASANIO.
PÓRCIA.
SYLOCK.
¡Es un Daniel quien nos juzga! ¡Sabio y jóven juez, bendito seas!
PÓRCIA.
SYLOCK.
PÓRCIA.
SYLOCK.
PÓRCIA.
87
Ha espirado el plazo, y dentro de la ley puede el judío reclamar una libra
de carne de su deudor. Ten piedad de él: recibe el triplo, y déjame romper
el contrato.
SYLOCK.
Cuando en todas sus partes esté cumplido. Pareces juez íntegro: conoces
la ley: has expuesto bien el caso: sólo te pido que con arreglo á esa ley, de
la cual eres fiel intérprete, sentencies pronto. Te juro que no hay poder
humano que me haga dudar ni vacilar un punto. Pido que se cumpla la
escritura.
ANTONIO.
PÓRCIA.
SYLOCK.
PÓRCIA.
SYLOCK.
¡Cierto, cierto! ¡Oh docto y severísimo juez! ¡Cuánto más viejo eres en
jurisprudencia que en años!
PÓRCIA.
SYLOCK.
Sí, sí, ese es el contrato. ¿No es verdad, sabio juez? ¿No dice que ha de
ser cerca del corazon?
88
PÓRCIA.
SYLOCK.
Aquí la tengo.
PÓRCIA.
Traed un cirujano que restañe las heridas, Sylock, porque corre peligro de
desangrarse.
SYLOCK.
PÓRCIA.
SYLOCK.
PÓRCIA.
ANTONIO.
BASANIO.
89
Antonio, quiero más á mi mujer que á mi vida, pero no te amo á tí menos
que á mi mujer y á mi alma y á cuanto existe, y juro que lo daria todo por
salvarte.
PÓRCIA.
GRACIANO.
NERISSA.
Gracias que no te oye tu mujer, porque con tales deseos no podria haber
paz en vuestra casa.
SYLOCK.
PÓRCIA.
SYLOCK.
PÓRCIA.
GRACIANO.
90
SYLOCK.
PÓRCIA.
GRACIANO.
SYLOCK.
BASANIO.
PÓRCIA.
GRACIANO.
PÓRCIA.
GRACIANO.
PÓRCIA.
91
SYLOCK.
BASANIO.
Aquí está.
PÓRCIA.
GRACIANO.
SYLOCK.
PÓRCIA.
SYLOCK.
PÓRCIA.
Espera, judío. Áun así te alcanzan las leyes. Si algun extraño atenta por
medios directos ó indirectos contra la vida de un súbdito veneciano, éste
tiene derecho á la mitad de los bienes del reo, y el Estado á la otra media.
El Dux decidirá de su vida. Es así que tú directa é indirectamente has
atentado contra la existencia de Antonio; luego la ley te coge de medio á
medio. Póstrate á las plantas del Dux, y pídele perdon.
GRACIANO.
92
comprar una cuerda, y tendrá que ahorcarte el pueblo á su costa.
EL DUX.
Te concedo la vida, Sylock, áun antes que me la pidas, para que veas
cuánto nos diferenciamos de tí. En cuanto á tu hacienda, la mitad
pertenece á Antonio y la otra mitad al Estado, pero quizá puedas
condonarla mediante el pago de una multa.
PÓRCIA.
SYLOCK.
PÓRCIA.
GRACIANO.
ANTONIO.
DUX.
PÓRCIA.
SYLOCK.
93
Estoy satisfecho y acepto.
PÓRCIA.
SYLOCK.
DUX.
GRACIANO.
(Se va Sylock.)
DUX.
PÓRCIA.
DUX.
¡Lástima que os detengais tan poco tiempo! Antonio, haz algun obsequio al
forastero que, á mi entender, algo merece.
BASANIO.
94
de tal servicio, os ofrecemos los 3,000 ducados que debíamos al judío.
ANTONIO.
PÓRCIA.
BASANIO.
PÓRCIA.
BASANIO.
PÓRCIA.
BASANIO.
PÓRCIA.
BASANIO.
95
Es regalo de mi mujer ese anillo, y le hice juramento y voto formal de no
darlo, perderlo ni venderlo.
PÓRCIA.
Pretexto fútil, que sirve á muchos para negar lo que se les pide. Aunque
vuestra mujer fuera loca, me parece imposible que eternamente le durara
el enojo por un anillo, mucho más sabiendo la ocasion de este regalo.
Adios.
ANTONIO.
Basanio, dale el anillo, que tanto como la promesa hecha á tu mujer valen
mi amistad y el servicio que nos ha prestado.
BASANIO.
(Vase Graciano.)
96
ESCENA II.
Una calle de Venecia.
PÓRCIA y NERISSA.
PÓRCIA.
Averigua la casa del judío, y hazle firmar en seguida esta acta. Esta noche
nos vamos, y llegaremos así un dia antes que nuestros maridos. ¡Cuánto
me agradecerá Lorenzo la escritura que le llevo!
GRACIANO.
PÓRCIA.
GRACIANO.
Así lo haré.
NERISSA.
PÓRCIA.
97
NERISSA.
98
ACTO V.
99
ESCENA PRIMERA.
Alameda que conduce á la casa de campo de Pórcia en Belmonte.
LORENZO.
¡Qué hermosa y despejada brilla la luna! Sin duda en una noche como
esta en que el céfiro besaba mansamente las hojas de los árboles, escaló
el amante Troilo las murallas de Troya, volando su alma hácia las tiendas
griegas donde aquella noche reposaba Créssida.
JÉSSICA.
Y, en otra noche como esta, Tisbe, con temerosos pasos, fué marchando
sobre la mojada yerba, y viendo la espantosa sombra del leon, se quedó
aterrada.
LORENZO.
Y en otra noche como esta, la reina Dido, armada su diestra con una vara
de sauce, bajó á la ribera del mar, y llamó hácia Cartago al fugitivo Eneas.
JÉSSICA.
En otra noche así, fué cogiendo Medea las mágicas yerbas con que
rejuveneció al viejo Eson.
LORENZO.
Y en otra noche por el mismo estilo, abandonó Jéssica la casa del rico
judío de Venecia, y con su amante huyó á Belmonte.
JÉSSICA.
100
LORENZO.
JÉSSICA.
(Sale Estéfano.)
LORENZO.
ESTÉFANO.
Un amigo.
LORENZO.
ESTÉFANO.
Soy Estéfano. Vengo á deciros que, antes que apunte el alba, llegará mi
señora á Belmonte. Ha venido arrodillándose y haciendo oracion al pié de
cada cruz que hallaba en el camino, para que fuese feliz su vida conyugal.
LORENZO.
ESTÉFANO.
LORENZO.
Todavía no, ni hay noticia suya. Vamos á casa, amiga, á hacer los
preparativos para recibir al ama como ella merece.
101
(Sale Lanzarote.)
LANZAROTE.
¡Hola, ea!
LORENZO.
¿Quién?
LANZAROTE.
LORENZO.
LANZAROTE.
¿Dónde?
LORENZO.
Aquí.
LANZAROTE.
(Se va.)
LORENZO.
(Se va Estéfano.)
102
Recostémonos en él: prestemos atento oido á esa música suavísima,
compañera de la soledad y del silencio. Siéntate, Jéssica: mira la bóveda
celeste tachonada de astros de oro. Ni áun el más pequeño deja de imitar
en su armonioso movimiento el canto de los ángeles, uniendo su voz al
coro de los querubines. Tal es la armonía de los séres inmortales; pero
mientras nuestro espíritu está preso en esta oscura cárcel, no la entiende
ni percibe.
Tañed las cuerdas, despertad á Diana con un himno, halagad los oidos de
vuestra señora y conducidla á su casa entre música.
JÉSSICA.
LORENZO.
PÓRCIA.
En mi sala hay luz. ¡Cuán lejos llegan sus rayos! Así es el resplandor de
una obra buena en este perverso mundo.
NERISSA.
PÓRCIA.
103
Así oscurece á una gloria menor, otra más resplandeciente. Así brilla el
ministro hasta que aparece el monarca, pero entonces desaparece su
pompa, como se pierde en el mar un arroyo. ¿No oyes música?
NERISSA.
PÓRCIA.
NERISSA.
PÓRCIA.
LORENZO.
PÓRCIA.
LORENZO.
PÓRCIA.
104
LORENZO.
PÓRCIA.
LORENZO.
¿No ois el son de una trompa de caza? Vuestro esposo se acerca. Fiad en
nuestra discrecion, señora.
PÓRCIA.
BASANIO.
PÓRCIA.
¡Dios nos ayude! ¡Bien venido seais á esta casa, señor mio!
BASANIO.
PÓRCIA.
Grande debe ser la deuda, pues si no he entendido mal, por vos se vió en
gran peligro.
ANTONIO.
105
PÓRCIA.
GRACIANO.
PÓRCIA.
GRACIANO.
Todo es por un anillo, un mal anillo de oro que ella me dió, con sus letras
grabadas que decian: «Nunca olvides mi amor.»
NERISSA.
GRACIANO.
PÓRCIA.
Pues hiciste muy mal (si he de decirte la verdad) en entregar tan pronto el
primer regalo de tu esposa, que ella colocó en tu dedo con tantos
juramentos y promesas. Yo dí otro anillo á mi esposo, y le hice jurar que
106
nunca le perderia ni entregaria á nadie. Estoy segura que no lo hará ni por
todo el oro del mundo. Graciano, mucha razon tiene tu mujer para estar
enojada contigo. Yo me volveria loca.
BASANIO.
¿Qué podré hacer? ¿Cortarme la mano izquierda y decir que perdí el anillo
defendiéndome?
GRACIANO.
PÓRCIA.
BASANIO.
PÓRCIA.
NERISSA.
BASANIO.
Amada Pórcia, si supieras á quién se lo dí, y por qué, y con cuánto dolor
de mi alma, y sólo porque no quiso recibir otra cosa que el anillo, tendrias
lástima de mí.
PÓRCIA.
107
que te importaba conservarle, nunca le hubieras dado. ¿Por qué habia de
haber hombre tan loco, que defendiéndolo tú con alguna insistencia, se
empeñara en arrebatarte un don tan preciado? Bien dice Nerissa: ella está
en lo cierto; sin duda diste el anillo á alguna dama.
BASANIO.
PÓRCIA.
NERISSA.
GRACIANO.
ANTONIO.
PÓRCIA.
BASANIO.
108
Perdon, Pórcia, si te he ofendido, y aquí, delante de estos amigos, te juro
por la luz de esos divinos ojos en que me miro...
PÓRCIA.
¡Fijaos bien! Dice que se mira en sus ojos, que ve un Basanio en cada uno
de ellos. Juras por la doblez de tu alma, y juras con verdad.
BASANIO.
ANTONIO.
PÓRCIA.
Está bien. Saldreis por fiador suyo. Dadle la joya, y pedidle que la tenga en
más estima que la primera.
ANTONIO.
BASANIO.
PÓRCIA.
NERISSA.
109
GRACIANO.
Esto es como allanar las sendas en verano. ¿Ya tenemos cuernos, sin
merecerlos?
PÓRCIA.
No decis mal. Pero voy á sacaros de la duda. Leed esta carta cuando
querais. En ella vereis que el letrado fué Pórcia y el pasante Nerissa.
Lorenzo podrá dar testimonio de que apenas habiais pasado el umbral de
esta casa, salí yo, y que he vuelto ahora mismo. Bien venido seas,
Antonio. Tengo buenas nuevas para tí. Lee esta carta. Por ella sabrás que
tres de tus barcos, cargados de mercaderías, han llegado á puerto seguro.
No he de decirte por qué raros caminos ha llegado á mis manos esta carta.
ANTONIO.
No sé qué decir.
BASANIO.
GRACIANO.
NERISSA.
BASANIO.
ANTONIO.
PÓRCIA.
110
Y para tí, Lorenzo, tambien tiene alguna buena noticia mi pasante.
NERISSA.
Y se la daré sin interes. Toma esta escritura. Por ella os hace donacion el
judío de toda su hacienda, para cuando él fallezca.
LORENZO.
Tus palabras, señora, son como el maná para los cansados israelitas.
PÓRCIA.
GRACIANO.
111
William Shakespeare
112
de los ocho hijos que tuvieron John Shakespeare, un próspero
comerciante que llegó a alcanzar una destacada posición en el municipio,
y Mary Arden, que descendía de una familia de abolengo.
113