Profet As
Profet As
A. El tema de esta mañana es la AUTORIDAD e INSPIRACIÓN de los escritos de E. White: su relación con la
Biblia.
La fidelidad a Dios del pueblo de Israel se ha podido medir siempre por su fidelidad a los profetas por él
enviados. ¿Qué vamos a hacer? ¿Qué hemos hecho con E. White? ¿Qué estamos haciendo?
La palabra clave aquí, es: AUTORIDAD. El asunto no es si E. White recibió visiones, si fue mensajera del Señor,
o si escribió libros útiles para el crecimiento espiritual. Eso es mayoritariamente aceptado entre nosotros, al
menos de forma nominal. La cuestión es qué autoridad tienen sus escritos. ¿Tienen la autoridad del Espíritu
Santo, o no la tienen? Si tienen la autoridad del Espíritu Santo, ¿podemos rechazar sus escritos sin rechazar al
Espíritu Santo? ¿Podemos ignorarla sin ignorar al Espíritu Santo? ¿Qué os parece?
En un seminario adventista se hizo una encuesta informal, que consistía en un test sobre cinco afirmaciones
relativas a cómo actúa la inspiración profética y cómo nos transmite su mensaje el profeta. Sólo una respuesta
era la correcta.
Os transcribo esta, que me parece una afirmación válida sobre la revelación profética, a la luz de lo que la
propia E. White explica en Mensajes selectos I, 21-29 y en la página 14 del Conflicto de los siglos:
“Creemos que la luz dada por Dios a sus siervos es para iluminación de la mente, para impartir
los pensamientos, y no (excepto en casos raros) las palabras exactas en las cuales la idea
debiera expresarse” (Acuerdos de la Asociación General; Review & Herald, 27 noviembre
1883).
En relación con esa respuesta correcta, un tercio de los encuestados estaba de acuerdo, un tercio la
rechazaba, y el resto no estaba seguro o no sabía.
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Otro estudio estadístico realizado el año 2010 en Estados Unidos constató que sólo el 17% de la población
adventista lee habitualmente a E. White. No sólo eso: la mayor parte de sus lectores habituales se encontraba
en una franja de edad por encima de los 65 años.
Parece que tenemos un problema. Recordad, hemos leído: “Se me ha mostrado que la incredulidad en cuanto
a los testimonios ha estado aumentando gradualmente a medida que el pueblo va desviándose de Dios”.
En Estados Unidos, igual que en España y Latinoamérica, tenemos disponibles la gran mayoría de los libros
publicados de E. White. No es que sus libros nos resulten inaccesibles: Es que hemos escogido no leerlos (y no
citarlos, y no compartirlos).
Dejemos aquí por ahora el asunto y dirijamos nuestra atención al mundo cristiano fuera del adventismo.
Si vais a cualquier seminario teológico, encontraréis bibliotecas con estanterías llenas de libros dedicados a un
tema: la “búsqueda del Jesús histórico”.
Suena muy bien. ¿De qué se trata? ¿A qué dedican su vida teólogos comprometidos con esa búsqueda, la
búsqueda del Jesús histórico?
Afirman que cuando leéis Biblia, por ejemplo los evangelios, encontráis una combinación de relatos acerca de
Jesús: Algunos de esos relatos sucedieron realmente, pero junto a ellos hay otros que nunca tuvieron lugar, y
que fueron añadidos un siglo o más tarde con la intención de engrandecer la figura de Jesús.
Es decir: Según ellos, algunos relatos reflejan lo que realmente dijo e hizo Jesús: sus parábolas, sus milagros,
etc; pero otros no tienen nada que ver con la realidad, sino que alguien los añadió con posterioridad
pretendiendo que habían formado parte de la historia real, sin que fuera así.
Dividen así la Escritura entre (1) “el Jesús histórico”, y (2) “el Cristo de la fe”, proponiendo una distinción entre
lo que Cristo hizo realmente, y la adición mitológica posterior a la historia real de Jesús: eso que llaman “el
Cristo de la fe”.
Hay actualmente una comisión que se llama “The Jesus Seminar”. Existe desde 1985, y está compuesta por
unos 150 teólogos de diversas denominaciones. Se reúnen dos veces al año, y deciden por votación qué dichos
de Jesús son auténticos y cuáles no lo son.
En cierta ocasión se dijeron: ‘Veamos dónde podemos alcanzar un acuerdo unánime a propósito de cuáles son
las enseñanzas y relatos de Jesús que fueron auténticos’. Eligieron el evangelio de Marcos (el más corto). Sólo
alcanzaron el acuerdo unánime en una frase. ¡Una sola frase en todo el evangelio según Marcos! Repitieron lo
mismo con el libro de Juan (escrito mucho tiempo después que el de Marcos): En todo el evangelio según Juan
no hubo ni una sola frase de cuya autenticidad o historicidad estuvieran todos de acuerdo.
Ahora, si preguntáis a cualquiera de ellos: ‘¿Cree usted en la Biblia como siendo la Palabra de Dios?’ Su
respuesta será: ¡Por supuesto! ¡He dedicado mi vida a la Palabra! ¡Creo que es la Palabra de Dios!
Pero si les preguntáis: ¿Hay partes de la Biblia que no son Palabra de Dios, que nos son auténticas, que no son
verdaderas?, os contestarán: ‘Por supuesto que las hay; a eso dedicamos nuestras vidas: a determinar cuáles
son verdaderas y cuáles no’.
Una buena parte del cristianismo ha venido haciendo eso con el libro de Génesis, particularmente con sus
primeros capítulos. Niega la creación y niega la realidad del diluvio universal (que es incompatible con la
evolución). Ese cristianismo escolástico postmoderno se ha sentido autorizado para decidir qué partes del
relato bíblico son reales, y qué partes mitológicas: simples leyendas.
Esa teología que despedaza e invalida la Biblia mientras hace profesión de defenderla, ha sido la corriente
mayoritaria por más de un siglo. Ellos lo autodenominan el ‘método histórico-crítico’ de estudio de la Biblia. E.
White se refirió a ese método como “alta crítica” (higher criticism, Los hechos de los apóstoles, 378). Esa
descripción aparece unas 13 veces en la literatura de E. White (unas 6 o 7, descontado las repeticiones).
Para esos teólogos, ¿es la Biblia realmente la autoridad?, ¿o bien son ellos la autoridad por encima de la
Biblia?
¿Veis lo que sucede? Para ellos la Biblia ya no ocupa la posición más elevada. Su mente ha tomado el lugar
prioritario, por encima de la Biblia, de forma que se sienten libres para decidir qué partes son genuinas y qué
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partes son ficción en ella. La Biblia ya no es la autoridad: la mente humana la ha desplazado como autoridad
final.
Volvamos a E. White.
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Quisiera que prestaseis ahora atención, no a lo que alguien pueda decir sobre E. White, sino a lo que ella
afirma sobre sí misma. Se trata de analizar cómo se relacionan con la Biblia sus escritos, en términos de
inspiración y autoridad.
E. White habla aquí sobre ella misma en tercera persona:
“La hermana White no es la originadora de estos libros. Ellos contienen la instrucción que
durante el período de su vida Dios le ha estado dando. Contienen la luz preciosa y consoladora
que Dios ha concedido generosamente a su sierva para ser dada al mundo” (El colportor
evangélico, 173).
“Podríais decir que esta comunicación era sólo una carta. Sí, era una carta, pero inspirada por
el Espíritu de Dios para presentaros cosas que me habían sido mostradas. En estas cartas que
escribo, en el testimonio dado, os presento lo que el Señor me ha presentado. No escribo un
solo artículo en la revista que exprese meramente mis propias ideas. Son lo que Dios ha
desplegado ante mí en visión: los preciosos rayos de luz que brillan del trono” (Mensajes
selectos I, 31).
Se refiere aquí a tres categorías: libros, artículos y cartas (cartas, sobre todo en el vol. IX de Testimonios).
E. White es muy clara. Afirma: ‘Yo no soy la autora. Dios me lo ha transmitido a mí, y yo os lo transmito a
vosotros’.
“O está Dios enseñando a su iglesia, reprendiendo sus errores, fortaleciendo su fe, o no lo está
haciendo. La obra es de Dios, o no lo es. Dios no hace nada en sociedad con Satanás. Mi obra...
lleva la estampa de Dios, o la del enemigo. No hay medias conclusiones en el asunto. Los
Testimonios son del Espíritu de Dios, o del diablo” (Testimonios para la iglesia V, 654).
¿Es posible expresarlo con mayor claridad? ¡O es de Dios, o es de Satanás! No cabe una tercera vía.
¿Recordáis las primeras visiones que tuvo? Fueron episodios sobrecogedores. En alguna ocasión quedó
tendida en el suelo durante más de una hora, sin respirar. Los que la rodeaban probaron toda clase de
experimentos. No tuvieron mucha delicadeza. Le pinzaron la nariz y le taparon la boca. Le pusieron una vela
encendida cerca de la nariz para ver si respiraba.
En cierta ocasión, mientras estaba en visión, permaneció en pie, levantando con su brazo una Biblia
increíblemente grande y pesada. Sosteniendo en alto la Biblia, que quedaba fuera de su campo de visión,
giraba las páginas y señalaba el lugar en donde se encontraba el texto concreto que estaba citando en cada
ocasión. Algunos de los presentes, subiéndose en escaleras, quisieron comprobar si estaba señalando el texto
exacto que recitaba, y así era siempre.
En esos días tempranos de su ministerio hubo demostraciones de que no se trataba de ningún fraude. No era
ilusionismo. No había trampa. Era sobrenatural. Quedaba descartada la manipulación humana.
Pero lo sobrenatural tiene dos posibilidades, y a eso se refiere la cita de E. White que acabamos de leer. El
hecho de ser sobrenatural no lo convierte automáticamente en verdadero. Nos queda una labor pendiente
para discriminar, a la luz de las Escrituras, si eso sobrenatural es de origen divino, o si es de origen satánico.
La que sigue es una de las citas más importantes que vamos a leer:
“Muchas veces en mi experiencia he sido llamada a hacer frente a la actitud de cierta clase de
personas que reconocieron que los testimonios eran de Dios, pero que tomaban la posición de
que este asunto y aquel tema correspondían a la opinión y al juicio de la hermana White. Eso
se acomoda a los que no quieren el reproche y la corrección, y cuando sus ideas son
contradichas tienen ocasión de explicar la diferencia entre lo humano y lo divino.
Si las opiniones preconcebidas o las ideas particulares de algunos son contradichas al ser
reprendidas por los testimonios, ellos sienten inmediatamente necesidad de hacer clara su
posición para discriminar entre los testimonios, definiendo lo que es el juicio humano de la
hermana White y lo que es la Palabra de Dios. Cualquier cosa que sostenga sus ideas
acariciadas es divina, y los testimonios que corrigen sus errores son humanos: son las
opiniones de la hermana White. Anulan el efecto del consejo de Dios con su tradición [Mar.
7:13; Mat. 15:6]” (Manuscrito 16, 1889; Mensajes selectos III, 75-76).
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Esa “cierta clase de personas” que “anulan el efecto del consejo de Dios con su tradición” es aquella que
afirma que E. White recibió visiones de Dios, que era una mensajera de Dios y una profetisa, pero se siente en
libertad de determinar qué proviene de Dios y qué proviene del instrumento humano en sus escritos.
Volvamos a la Biblia por un momento: ¿Qué afirman los eruditos bíblicos de la “alta crítica” sobre la Biblia? –
“La Biblia es la palabra de Dios”. Afirman eso, y sin embargo están anulando “el efecto del consejo de Dios con
su tradición”, con su disección de la Biblia, con su dictamen acerca de qué es humano y qué es divino en ella.
Exactamente lo mismo sucedía en los días tempranos del adventismo con los escritos del Espíritu de profecía,
mientras E. White estaba en vida, y ahora quizá mucho más.
“Anular el efecto del consejo de Dios” no es tirar a la basura los libros de E. White. No es encender una
hoguera en el patio y quemar sus libros. No es escribir un libro, como hizo Walter T. Rea a principios de 1980,
titulado “La mentira White”, en el que la acusaba de ser mentirosa y plagiar lo que escribió. “Anular el efecto
del consejo de Dios” es lo que sucede cuando los que manifiestan creer en el Espíritu de profecía, los que
escriben libros apoyando el Espíritu de profecía, declaran su convicción de que estaba inspirada en la mayor
parte de lo que escribió, pero no en todo.
A eso se refiere aquí E. White. Muchos que se dicen y creen ser defensores del Espíritu de profecía, “cuando
sus ideas son contradichas” comienzan a relativizar y a racionalizar, o a negar.
Podemos emplear las mismas técnicas con las que los teólogos de la “alta crítica” dictaminan qué partes de la
Biblia son ciertas y cuáles no, para determinar qué partes de los escritos de E. White son inspiradas y qué
partes no.
E. White describe ese engaño como siendo el último engaño de Satanás. Consiste en afirmar que creo que sus
mensajes vienen de Dios, pero no todos ellos: sólo los que me parecen razonables. Ya no es el Espíritu de
profecía quien define el patrón. No es el Espíritu Santo quien está por encima: ¡Soy yo!
Sigamos leyendo al propósito:
“Tengo mi obra que hacer, para enfrentar los errores de los que se creen capaces de decir qué
cosa es un testimonio de Dios y qué cosa es una producción humana. Si los que han hecho esta
obra continúan en su conducta, las agencias satánicas escogerán por ellos…
Los que han ayudado a las almas a sentirse en libertad para especificar lo que es de Dios en los
Testimonios, y lo que son palabras no inspiradas de la hermana White, hallarán que están
ayudando al diablo en su obra de engaño” (Mensajes selectos III, 77-78).
“Algunos han asumido la actitud de que las amonestaciones, advertencias y reproches dados
por el Señor mediante su sierva, a menos que vengan por medio de una visión especial para
algún caso individual, no deben tener más peso que los consejos y amonestaciones de otras
fuentes” (Testimonios para la iglesia V, 664).
“No quitéis por vuestras críticas toda la fuerza, toda la agudeza y poder de los Testimonios. No
sintáis que podéis disecarlos para que se adapten a vuestras propias ideas, aseverando que
Dios os ha dado capacidad para discernir lo que es luz del cielo, y lo que es expresión de simple
sabiduría humana. Si los Testimonios no hablan según la Palabra de Dios, rechazadlos. No
puede haber unión entre Cristo y Belial” (Testimonios para la iglesia V, 671).
“Si los Testimonios no hablan conforme a la Palabra de Dios, rechazadlos”. No rechacéis ese capítulo, no
rechacéis esa página, no rechacéis ese consejo: rechazadlo enteramente. O es 100% de Dios, lo es al 0%.
“Por amor de Cristo, no confundáis a la gente con sofismas humanos y escepticismo, y no
anuléis la obra que el Señor quiere hacer. No hagáis de este agente de Dios, por vuestra falta
de discernimiento espiritual, una piedra de escándalo que haga tropezar y caer a muchos para
que sean ‘enlazados, y presos’” (Id.).
C. Los profetas tienen ASIGNACIONES muy estrictas. Las dos principales son a cuál más formidable:
1. Has de presentar lo que Dios te diga, no importa cuán influyente pueda ser la persona u organización a
quien va destinado el mensaje. No importa quién pueda sentirse ofendido, o cuánta amistad pueda unirte con
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él. En ocasiones los destinatarios de los mensajes eran amigos personales y colegas en la obra del Señor, y
darles aquellos mensajes significaba exponerse al más doloroso aislamiento y soledad, cuando no a la
persecución.
¿Recordáis la historia del profeta Natán, cuando se le ordenó señalar a David su adulterio y homicidio?
Entonces no había nada parecido a un tribunal supremo al que apelar. En esos días era el rey quien dictaba
sentencia. Y no había demoras. Se te ejecutaba allí mismo. Natán puso su vida en peligro al llevarle aquel
mensaje a David. A Dios gracias, David lo recibió positivamente y se arrepintió, pero no siempre ocurrió así en
otros episodios de la historia sagrada.
¿Recordáis a Jeremías? En los días de Sedequías, Jeremías predicó un mensaje que Judá percibía como
traición: ‘Rendíos. Someteos a los babilonios. Es la única forma en que podéis sobrevivir’. ¡Eso era traición! Lo
percibían como hablar contra el pueblo de Dios. ¿Os imagináis que alguien proclamara ahora que nos hemos
de someter a los terroristas, o a un país enemigo nuestro y enemigo de Dios, como única forma de sobrevivir?
A Jeremías le costó ser lanzado a un pozo de lodo en el que se hundió. Habría perecido, de no ser porque
alguien que apreciaba su mensaje tomó el riesgo de sacarlo de allí (Jer. 38).
2. ¿Cuál es la segunda asignación de un profeta? Casi es peor que la primera. Leamos:
“En los Testimonios enviados a Battle Creek le di a usted la luz que Dios me dio. En ningún caso
he dado mi propio juicio u opinión. Tengo suficiente para escribir de lo que me ha sido
mostrado, sin caer en mis propias opiniones” (Mensajes selectos III, 77).
Ved la siguiente declaración de E. White contenida en esta carta escrita por C. C. Crisler a E. E. Andross (1914):
“Yo no tengo luz sobre el tema [en cuanto a quiénes constituirán los 144 mil]… Dígale por favor
a mis hermanos que nada me fue presentado con respecto a las circunstancias sobre las cuales
ellos escriben, y yo puedo presentar delante de ellos solamente lo que me ha sido revelado”
(Mensajes selectos III, 56).
Estando ya retirada E. White en Santa Elena, alguien vino a ella desde la región de los lagos con una cuestión:
‘¿Cuál debe ser mi obra para Dios en el futuro?’ Escuchad su respuesta:
“No me siento en libertad para escribir a nuestros hermanos con respecto a su obra futura…
No he recibido instrucción relativa al lugar donde usted debe establecerse… Si el Señor me da
instrucción definida concerniente a usted, se la entregaré; pero no puedo arrogarme
responsabilidades que el Señor no me ha pedido que asuma” (Id.).
¡Qué respuesta, para alguien que había recorrido en tren casi tres mil kilómetros para pedir consejo a la
profetisa! Raya en la rudeza…
¿No podía E. White, de acuerdo con su experiencia y habilidades adquiridas en toda una vida de ministerio,
aconsejar a aquel hermano sincero? ¿No podía decirle: ‘Esto es lo que pienso que debería hacer’, ‘allí pienso
que podría ir’?
¡De ninguna forma! ¿Estaba el hermano interesado en la opinión personal de alguien, respecto a su futuro? Si
tal fuera el caso, ¡lo podía haber preguntado al pastor de su iglesia local! Lo que el hermano quería saber es la
voluntad de Dios para él (todos querríamos saberla, ¿no es así?). Quería saber la voluntad de Dios sobre su
futuro, y si E. White hubiera hecho la más mínima sugerencia ante la pregunta del hermano, él lo habría
tomado como luz especial, como la palabra de Dios al respecto.
Así, la segunda asignación de un profeta es guardar silencio cuando Dios no le ha hablado. ¿Veis por qué es un
alivio, no ser profeta? ¡Vosotros y yo podemos estar opinando todo el día!
La regla del 100% se refiere a cuando el mensajero transmite un mensaje espiritual de consejo, ánimo,
amonestación, etc, a una persona, institución o iglesia. Es evidente que el profeta puede hablar o escribir
sobre asuntos “comunes” (así los llamó ella: MS I, 44), y ciertamente tiene derecho a expresarse sobre asuntos
pertenecientes a su esfera personal, como cuando escribió a su esposo: “Hace tanto tiempo que no tengo
noticias tuyas, que me pregunto si aún estás vivo”.
Pero cuando habla en nombre de Dios a una persona, institución o iglesia, sólo puede expresar los conceptos
de verdad que Dios le ha dado. ¡Es la única forma en que el profeta puede tener autoridad! Si lo mezclara con
sus ideas personales, no habría autoridad alguna.
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“A menudo me hallo en la posición en que no me atrevo a asentir ni a disentir con una
proposición que me sea sometida, pues existe peligro de que cualquier palabra que hable
pueda ser conceptuada como algo que el Señor me ha dado. No es siempre seguro que yo
exprese mi propio juicio, porque a veces, cuando alguien desea llevar a cabo su propio plan,
considerará cualquier palabra favorable que yo diga como una luz especial del Señor. Seré
cautelosa en todos mis movimientos” (Mensajes selectos III, 67).
“No conviene que nadie deje caer una palabra de duda aquí y allí, que obre como veneno en
otras mentes, sacudiendo su confianza en los mensajes que Dios ha dado, que han ayudado a
colocar el fundamento de esta obra, y la han acompañado hasta hoy para reprochar,
amonestar, corregir y animar. A todos los que se han interpuesto en el camino de los
testimonios, diré: Dios ha dado un mensaje a su pueblo, y su voz será oída ya sea que la oigáis
o la omitáis. Vuestra oposición no me ha dañado a mí, pero debéis dar cuenta al Dios del cielo
que ha enviado esas amonestaciones e instrucciones para mantener a su pueblo en el camino
recto. Tendréis que responder ante él por vuestra ceguera, por ser una piedra de tropiezo en el
camino de los pecadores” (Mensajes selectos I, 48-49).
“Vi el estado de algunos que se adherían a la verdad presente pero que no hacían caso de las
visiones –la forma que el Señor había escogido para enseñar, en algunos casos, a los que
erraban en la verdad bíblica. Vi que los que atacaban las visiones no atacaban al gusano –al
débil instrumento mediante el cual hablaba Dios- sino al Espíritu Santo. Vi que era una cosa
pequeña hablar contra el instrumento, pero que era peligroso menospreciar las palabras de
Dios” (Mensajes selectos I, 45).
El problema no está realmente en E. White, la mensajera. Si se hubiera cumplido la voluntad inicial de Dios en
esta, su iglesia, hoy no estaríamos nombrando a E. White. Dios tuvo una primera elección, en relación con el
remanente del tiempo del fin. ¿Recordáis su nombre? –William Foy.
William Foy dio estos mensajes por un tiempo, y por algún motivo que no conocemos bien, dejó de hacerlo
para continuar con su obra pastoral entre los bautistas. ¿Qué hizo entonces el Señor? Recurrió a la opción nº
2: -Hazen Foss, un hombre de gran intelecto y educación.
Hazen Foss se negó repetidamente a presentar las visiones que el Señor le había dado, a pesar de diversas
interpelaciones del Señor, quien le advirtió que si él se negaba, lo dejaría a su elección y escogería al débil
entre los débiles. Cuando por fin Hazen Foss accedió, había pasado su tiempo de oportunidad, y se encontró
en el púlpito sin recordar nada y sin ningún mensaje que dar. Los testigos presenciales calificaron aquella
reunión como la más angustiosa que recuerdan.
Años después, un día en que E. White estaba dando sus mensajes (entonces la jovencita Ellen Harmon), Foss
estaba al fondo del auditorio escuchando sin que ella lo supiera. Al terminar se dirigió a E. White y le dijo: ‘Lo
que has expuesto es exactamente lo que el Señor me mostró en visión. Si te negaras a dar ese mensaje,
terminarás como yo: He perdido todo interés en las cosas del Señor; no tengo ningún deseo de santidad; soy
un hombre perdido’.
Cuando Hazen Foss dijo ‘no’, ¿quién fue el siguiente en la lista del Señor? La elección nº 3. Y considerad la
elección que hizo: Una mujer muy joven (17 años cuando tuvo su primera visión), ninguna educación formal, y
una salud precaria. ¿No eligió Dios al débil entre los débiles? ¿Podéis imaginar los prejuicios que era de prever
que existirían?
Ahora, ¿qué habría pasado si E. White hubiera dicho: ‘no’, como hizo Foss? ¿Qué creéis que habría hecho el
Señor? ¡Habría elegido a algún otro, u otra! Y hoy no estaríamos nombrando a E. White.
¿Comprendéis por qué el problema no es cómo tratamos a E. White? -No. Es mucho más serio que eso: Es
cómo tratamos al Espíritu Santo.
“Sin embargo, ahora cuando os envío un testimonio de amonestación y reprensión, muchos de
vosotros decís que es meramente la opinión de la hermana White. De esta manera habéis
insultado al Espíritu de Dios” (Testimonios para la iglesia V, 65).
No olvidéis esto: El Espíritu de profecía es el Espíritu Santo. ¿Qué responderemos ante Dios cuando nos
pregunte por qué lo despreciamos y devaluamos ante los demás, por parecernos “anticuado”? ¿Por qué
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anulamos “el efecto del consejo de Dios” mientras hacíamos profesión de creer en él? ¿Cómo defenderemos
nuestra actitud de permitir que las nuevas generaciones adventistas no sepan virtualmente nada sobre el
Espíritu de profecía ni le den importancia alguna? ¿Cómo responderemos cuando se nos pregunte qué hicimos
en nuestra vida práctica con los testimonios que el Espíritu Santo nos dio?
Yo quiero vivir de toda palabra que sale de la boca de Jehová, venga esta de dónde venga. Y si Dios eligió a E.
White y ella honró esa elección mediante una vida consagrada al don profético, pronunciaré ese nombre con
agradecimiento y con delicia, y me atendré a lo que Dios me transmita por su medio. El asunto no es su
teología, sus opiniones, su formación o falta de formación previa, o la moral predominante en el tiempo en
que vivió, sino qué mensaje me da Dios mediante ella, pues el Espíritu Santo que la inspiró está por encima de
cualquier influencia personal, temporal o medioambiental.
Continuemos con el párrafo que habíamos dejado interrumpido:
“Vi que si ellos estaban en error y Dios quería mostrarles sus errores por medio de visiones, y
ellos desdeñaban las enseñanzas de Dios por medio de visiones, quedarían abandonados para
que siguieran sus propios caminos y corrieran en la senda del error y pensaran que estaban en
lo correcto hasta que se dieran cuenta demasiado tarde. Entonces, en el tiempo de angustia,
los oí clamar a Dios en agonía: ‘¿Por qué no nos mostraste nuestro error para que pudiéramos
haber hecho lo correcto y hubiéramos estado listos para este tiempo?’ Entonces un ángel los
señaló y dijo: ‘Mi Padre enseñó, pero no quisisteis ser enseñados. Habló mediante visiones,
pero desdeñasteis su voz y él os abandonó a vuestros propios caminos para que estuvierais
satisfechos con vuestras propias obras’” (Mensajes selectos I, 45).
D. “LUZ MENOR”
¿Habéis observado que los profetas, a veces, dicen cosas difíciles de comprender? ¿Habéis leído a Pablo
recientemente? Pedro afirmó que hay cosas que escribió Pablo, que son difíciles de entender, y que los
indoctos e inconstantes tuercen para su propia perdición, como las otras Escrituras (2 Ped. 3:16). Los profetas
tienen ese “problema”, ya que escriben para situaciones específicas, y en otro ambiente u otra época puede
resultar aún más difícil interpretar apropiadamente su mensaje. Pero el problema principal no es la dificultad
en comprender la Palabra, sino nuestra falta de voluntad para estudiarla y someternos a ella. E. White
escribió:
“Poco caso se hace de la Biblia, y el Señor ha dado una luz menor para guiar a los hombres y
mujeres a la luz mayor” (Mensajes selectos III, 32).
Al leer: “luz menor”, ¿qué solemos pensar? –‘De menor importancia, de menor autoridad, de menor
inspiración. La “luz mayor” (la Biblia), es mayor; el Espíritu de profecía es menor’. Tal es la comprensión
común.
Dios es la fuente de toda luz. Leemos acerca de Cristo: “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los
hombres”. No hay verdad que no tenga su origen en él. Pero Dios escogió no hablar directamente a todos los
seres humanos, sino que dispuso comunicarse con nosotros mediante representantes escogidos: los
PROFETAS. Uno de los primeros fue Moisés. Moisés tenía que transmitir lo que Dios le decía a él. Ese es el
método de la profecía. Así, Dios habló a Moisés, primer profeta del que tenemos un legado escrito, para sus
contemporáneos y para las generaciones posteriores.
Si se hubiera cumplido la voluntad de Dios para su pueblo en lo antiguo, ¿cuán grande habría sido la Biblia? –
Cinco libros (seis, si incluimos Job): -La Torá.
Si hubieseis podido pedir a una persona en los días de Isaías que os enseñara su Biblia, os habría mostrado la
Torá: los cinco libros de Moisés. Esa era su Biblia. Esa era para ellos la Palabra de Dios autorizada. Los
samaritanos, hasta el día de hoy, tienen su Biblia formada por la Torá: eso es todo cuanto aceptaron. No han
aceptado ningún escrito profético posterior.
Durante unos mil años, la Biblia, para el pueblo de Dios, fue el Pentateuco. ¿Por qué no fue suficiente con eso?
–Porque el pueblo no estaba siguiendo nada bien los escritos de Moisés (la Torá). Así, Dios tuvo que hacer un
nuevo intento, y escogió hablarles mediante Isaías, Jeremías, Ezequiel y los demás profetas que encontramos
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en el Antiguo Testamento. Esos profetas tenían que dar el mismo mensaje de Dios a su pueblo, tal como hizo
Moisés en su día, pero ahora en diferente contexto, en diferentes formas y circunstancias.
El pueblo tenía ahora una tarea añadida: ¿Cómo creéis que habían de decidir si Isaías era un profeta
verdadero, o falso? (Isa. 30:8-10). ¿Cuál era la vara de medida? –Era Moisés, el “Escrito está”, la “Biblia” de
entonces. El profeta contemporáneo había de ser analizado a la luz de la Escritura. Esa era la autoridad. Y la
Escritura de la que disponían eran los escritos de Moisés. Así es como se sometía a prueba a Isaías:
comprobando su conformidad con la Escritura ya revelada con anterioridad (1 Cor. 14:32).
Así, cuando Isaías ejercía su ministerio profético, cuando recibía visiones y las escribía, ¿cuál era la luz mayor, y
cuál la luz menor? –El Pentateuco era la luz mayor, e Isaías la luz menor, ya que era probado por Moisés. Isaías
habría carecido de autoridad a menos que estuviera de acuerdo con Moisés. Él representaba la “luz menor”,
en relación con los escritos de Moisés.
Ya conocéis la historia subsiguiente. Los que se decían seguidores de Moisés e Isaías, los que tenían toda esa
información, acabaron crucificando a Jesús, el Dador de la vida y la profecía. ¿Se dio entonces Dios por
vencido? –No. Se comunicó una vez más con su pueblo mediante Pablo y el resto de apóstoles que escribieron
el Nuevo Testamento. Estos dieron su mensaje, y también tuvieron que ser probados. Pero ahora ya no
solamente habrían de ser probados por Moisés, pues estaba compilado todo el Antiguo Testamento: ‘La Ley,
los Profetas y los Escritos’.
¿Cómo se debía comprobar ahora si Pablo era un profeta genuino, o bien un falso profeta? ¿Qué dijo él mismo
de los bereanos? –Más nobles que los de Tesalónica. ¿Por qué? –Porque comprobaban el mensaje
comparándolo con la Escritura. Así que Pablo tenía que ser probado por el Antiguo Testamento, la Biblia de
entonces. Cuando Pablo hablaba y escribía, ¿quién era la luz mayor y quién la luz menor? El Antiguo
Testamento era la luz mayor, y los escritos de Pablo la menor. Pablo, la luz menor, era probado por el Antiguo
Testamento, por la luz mayor.
Eso es lo que significa “mayor” y “menor”. La luz menor tiene un ámbito ceñido al presente en el momento de
ser dada, mientras que la luz mayor se proyecta desde el presente en que fue escrita hacia todo tiempo
posterior.
Así, cuando Dios escoge hablarnos mediante E. White, se trata exactamente del mismo principio. Nos habla
ahora mediante otro mensajero que ha de ser sometido a prueba comparándolo con las Escrituras, que ahora
comprenden el Antiguo y el Nuevo testamento. El canon de la Escritura es la luz mayor, y los escritos de E.
White la luz menor.
¿Qué os parece? Si Dios suscitara otro profeta posterior a E. White, ¿acaso no habríamos de someterlo a
prueba comparándolo con la Biblia, y también con los escritos de E. White? ¿Cuál sería entonces la luz mayor, y
cuál la menor?
“Luz mayor y luz menor” nada tienen que ver con autoridad. No tienen nada que ver con un grado diferente
de inspiración. Tampoco tienen que ver con mayor o menor importancia. Todos esos conceptos son
irrelevantes a propósito del asunto de la luz mayor y menor.
Luz mayor y luz menor tienen que ver con el ámbito y el propósito. La Biblia está escrita para todos los
tiempos. E. White escribió para el final mismo de los tiempos, para las últimas generaciones que vivan en esta
tierra, y que hayan de atravesar los tiempos más difíciles en toda la historia humana, dentro y fuera de la
iglesia, esos tiempos que están hoy ante nosotros, y que hacen necesaria la conducción especial del Espíritu.
E. White escribió específicamente para el pueblo remanente: un ámbito menor, un propósito restringido y
concreto. Nunca menor en inspiración. Nunca menor en autoridad, puesto que se trata de la inspiración y
autoridad del mismo Espíritu Santo.
“En los tiempos antiguos habló a los hombres por boca de los profetas y apóstoles. En estos
días él les habla por los testimonios de su Espíritu” (Mensajes selectos III, 32).
“Los testimonios escritos no son dados para proporcionar nueva luz, sino para impresionar
vívidamente en el corazón las verdades de la inspiración ya reveladas. El deber del hombre
hacia Dios y sus semejantes ha sido especificado distintamente en la Palabra de Dios. Sin
embargo, son pocos entre vosotros los que obedecen a la luz dada. No son sacadas a relucir
verdades adicionales; sino que Dios ha simplificado por medio de los Testimonios las grandes
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verdades ya dadas, y en la forma de su elección, las ha presentado a la gente, para despertar e
impresionar su mente con ellas, a fin de que todos queden sin excusa” (Testimonios para la
iglesia V, 649).
Si queréis conocer la voluntad de Dios sobre un tema, tenéis dos labores a las que dedicaros: Primeramente id
a la Biblia. No comencéis por E. White: Es la luz menor. Comenzad por la luz mayor, por la Biblia. Puede
implicar un esfuerzo, pero es vuestra labor: “Escudriñad las Escrituras”. ¿Era tarea fácil para los israelitas,
comprobar cómo las Escrituras hablaban de Cristo? No resultó fácil para los teólogos de la época. La capacidad
para entender, poco tiene que ver con la formación académica, y mucho con la fe y el amor. Id a la Biblia y
analizad todo lo que en ella encontréis, a propósito del tema que os proponéis estudiar. Hacedlo siempre en el
contexto abarcante del conflicto de los siglos entre Cristo y Satanás, y ved su relación con el gran centro:
Cristo, y Cristo crucificado, así como la implicación en vuestras vidas de su mediación en el lugar santísimo del
santuario celestial.
Una vez que habéis hecho lo anterior, vuestra segunda tarea es analizar los escritos de E. White. Estudiad todo
lo que dice sobre el tema. Poned ambas cosas juntas, y podréis formaros una opinión respecto a cuál es la
voluntad de Dios para vosotros en ese particular.
El problema viene si colocamos nuestra opinión en el lugar equivocado. No debemos colocar nuestra opinión
por encima de la de E. White, tal como hemos visto que hacen algunos teólogos al colocar su opinión por
encima de la Biblia. Nuestra opinión no ha de estar nunca por encima del Espíritu de profecía, sea en la Biblia o
en los escritos de E. White.
Cuando encontramos una contradicción aparente entre lo que leemos en la Biblia y lo que leemos en los
escritos de E. White, hacemos exactamente lo mismo que hacemos cuando encontramos una contradicción
aparente entre diferentes partes de la Biblia: estudiamos en mayor profundidad. Es lo que hacemos cuando
leemos a Pablo afirmar que somos justificados por la sola fe, sin las obras de la ley, y a Santiago que somos
justificados por las obras, y no solamente por la fe. Cuando lo analizamos con detenimiento, aquello que
parecía una contradicción, en realidad no lo es.
E. AUTORIDAD DOCTRINAL
Después de 1844 nuestros pioneros pasaban largas horas en oración y estudio, a veces noches enteras, para
descubrir en la Biblia las verdades para el último tiempo. Frecuentemente llegaban a un punto en el que
tenían que reconocer que no podían avanzar más. No podían llegar a ningún acuerdo en la comprensión de
alguna doctrina. Cuando alcanzaban una situación de bloqueo como esa, frecuentemente sucedía esto que
relata E. White:
“El Espíritu del Señor descendía sobre mí y era arrebatada en visión y se me daba una clara
explicación de los pasajes que habíamos estado estudiando, con instrucciones en cuanto a la
forma en que debíamos trabajar y enseñar con eficacia…
Durante todo ese tiempo, no podía entender el razonamiento de los hermanos. Mi mente
estaba cerrada, por así decirlo, y no podía comprender el significado de los textos que
estábamos estudiando…
Estuve en esta condición mental hasta que se aclararon en nuestras mentes todos los
principales puntos de nuestra fe, en armonía con la Palabra de Dios. Los hermanos sabían que
cuando yo no estaba en visión, no podía entender esos asuntos, y aceptaban como luz enviada
del cielo las revelaciones dadas. Durante dos o tres años mi mente continuó cerrada a la
comprensión de las Escrituras…” (Mensajes selectos I, 241-242 –traducción revisada-).
A fin de que se pueda comprender mejor, observemos una de esas situaciones, según relato de la propia E.
White:
“Nuestra primera reunión general en el oeste del Estado de Nueva York comenzó el 18 de
agosto en Volney, en la granja del hermano David Arnold. Asistieron unas treinta y cinco
personas - todos los amigos que pudieron reunirse en aquella parte del Estado. Pero entre los
treinta y cinco apenas había dos que tuvieran la misma opinión, ya que algunos sustentaban
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graves errores, y cada cual defendía tenazmente su criterio peculiar pretendiendo que
armonizaba con la Biblia.
Un hermano sostenía que los mil años del capítulo veinte de Apocalipsis estaban en el pasado,
y que los ciento cuarenta y cuatro mil mencionados en los capítulos siete y catorce de
Apocalipsis fueron los que resucitaron en ocasión de la resurrección de Cristo.
Estando frente a los emblemas de la agonía de nuestro Señor, a punto de conmemorar sus
sufrimientos, este hermano se levantó y declaró que él no creía en lo que íbamos a hacer; que
la Cena del Señor era una continuación de la Pascua, y que debía celebrarse sólo una vez al
año.
Esta extraña diferencia de opinión me causó mucha pesadumbre, pues vi que se presentaban
como verdades muchos errores. Me pareció que con ello Dios quedaba deshonrado. Mi ánimo
se apenó grandemente y me desmayé bajo el pesar. Algunos creyeron que estaba agonizando.
Los hermanos Bates, Chamberlain, Gurney, Edson y mi esposo, oraron por mí. El Señor escuchó
las oraciones de sus siervos y reviví.
Entonces me iluminó la luz del cielo y pronto perdí de vista las cosas de la tierra. Mi ángel guía
me hizo ver algunos de los errores profesados por los asistentes a la reunión, y también me
presentó la verdad en contraste con sus errores. Los criterios discordes, que a ellos les
parecían conformes con las Escrituras, eran tan sólo su opinión personal acerca de las
enseñanzas bíblicas, y se me ordenó decirles que debían abandonar sus errores y unirse en
torno a las verdades del mensaje del tercer ángel” (Notas biográficas, 120-122 –redacción
revisada-).
¿Cuál habría sido vuestra reacción, de haberos encontrado aquel día en lugar del hermano Arnold? Habéis
estado estudiando la Biblia con oración y perseverancia. Habéis dedicado todo el tiempo y esfuerzo posibles
para comprenderla. Habéis llegado a una conclusión, y esta joven, al salir de la visión, os dice: Hermano
Arnold, tiene que dejar de enseñar lo que está enseñando. ¿No sería razonable que el hermano Arnold
respondiera: ‘¿Por qué? ¿Dónde está mi error? Muéstramelo en la Biblia’. ¿Era eso posible? La mente de E.
White estaba en aquel tiempo bloqueada para la comprensión de las Escrituras. Cuando no estaba en visión,
no podía comprender lo que los hermanos estaban estudiando. Todo cuanto podía decirle, es: ‘En visión, hace
unos minutos, el ángel me indicó que lo que usted enseña es erróneo, y que debe dejar de enseñarlo’. ¿Qué
habríais hecho, si hubieseis sido el hermano Arnold?
Ved cuál fue el desenlace:
“Nuestra reunión terminó victoriosamente. Triunfó la verdad. Nuestros hermanos renunciaron
a sus errores y se unieron en el mensaje del tercer ángel; y Dios los bendijo abundantemente y
añadió muchos otros a su número” (Id.).
El hermano Arnold dijo virtualmente: ‘No sé dónde estoy equivocado. No tengo idea de en qué lugar se ha
desviado mi razonamiento. No sé dónde radica mi error, pero acepto como luz del Cielo lo que esta joven me
está diciendo, y lo voy a reconsiderar todo desde el principio’.
¡Eso es fe! ¡Eso es dar gloria a Dios! Y no era sólo el hermano Arnold, ya que, recordad: apenas había dos que
estuviesen de acuerdo.
Así es como quedaron definidas nuestras doctrinas.
Leamos algo más:
“En aquel tiempo [después del chasco de 1844] se nos presentaba un error tras otro; ministros
y doctores [médicos] traían nuevas doctrinas. Solíamos escudriñar las Escrituras con mucha
oración, y el Espíritu Santo revelaba la verdad a nuestra mente. A veces dedicábamos noches
enteras a escudriñar las Escrituras y a solicitar fervorosamente la dirección de Dios. Se reunían
con este propósito grupos de hombres y mujeres piadosos. El poder de Dios bajaba sobre mí, y
yo recibía capacidad para definir claramente lo que era verdad y lo que era error” (Obreros
evangélicos, 317-318).
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Solemos pensar que E. White simplemente confirmó las verdades que descubrieron nuestros pioneros
mediante el sólo estudio de la Biblia. Decimos que ellos las descubrieron mediante el sólo estudio de la Biblia,
y posteriormente E. White lo confirmó mediante alguna visión o sueño proféticos. Al menos, eso es lo que yo
he oído siempre.
Pero ya veis que no es así como sucedió. Al menos, no en ese período “constituyente”. Nos gustaría que
hubiera sido así, pero no fue el caso. Habría sido maravilloso que E. White simplemente confirmara en visión
todo lo que nuestros pioneros iban descubriendo mediante el estudio de la Biblia.
Ya hemos visto cómo frecuentemente era necesario que E. White recibiera alguna revelación para definir
dónde estaba la verdad y separarla del error.
“Al ser así delineados los puntos de nuestra fe, nuestros pies se asentaron sobre un
fundamento sólido. Aceptamos la verdad punto por punto, bajo la demostración del Espíritu
Santo. Yo solía quedar arrobada en visión, y me eran dadas explicaciones” (Id.).
Así, nuestras doctrinas fueron formadas, no solamente mediante el estudio de la Biblia, sino mediante el
estudio de la Biblia y el testimonio del Espíritu Santo manifestado mediante el don profético en E. White.
“Nadie intente derribar los fundamentos de nuestra fe, que fueron colocados en el principio de
nuestra obra por el estudio de la Palabra acompañado de oración y por las revelaciones”
(Testimonios para la iglesia VIII, 291).
Así, ¿qué os parece? ¿Tienen autoridad doctrinal, los escritos de E. White?
¿Debiéramos avergonzarnos de eso? Las iglesias que carecen del don profético han hecho de la necesidad
virtud, declarando que la pretensión de gozar de un profeta contemporáneo es indicativa del carácter sectario
de una denominación. Así, nos resulta incómoda la acusación de no basar nuestras doctrinas en la Biblia sola.
‘Sois como los Mormones’, nos espetan. ‘Ellos las basaron en Joseph Smith, vosotros en E. White, por lo tanto,
sois una secta’. ¿Hemos de ocultar lo que fue una realidad de nuestra historia?
¿Cómo podemos resolver esa cuestión, bajo el desafío de tener que demostrar que no somos una secta por
aceptar la autoridad de E. White, y al mismo tiempo no rechazar al Espíritu Santo -que es lo que haríamos
rechazando a su mensajera-?
La resolvemos aplicando el mismo criterio que se aplicaba para determinar si Jeremías era un traidor, o si era
un profeta: comparando su mensaje con la Escritura existente, a fin de saber si estaba en armonía con la
verdad de la Palabra. Una vez resuelto eso, una vez que ha superado la prueba, si se trata de un verdadero
profeta de Dios, entonces aceptamos su mensaje al 100% como siendo el mensaje de Dios.
Si es que E. White incorporó sus propias opiniones a lo que le es revelado en sueños y visiones, y por
consiguiente hemos de discriminar entre lo que es de Dios y lo que es de ella, entonces realmente somos la
mayor secta del mundo al seguirla.
¿Qué define a una secta? Cuando alguien sigue a algún ser humano, hombre o mujer, por encima de la Palabra
de Dios. Cuando la enseñanza humana se pone por encima de Dios como autoridad final, eso es una secta.
Pero cuando un profeta habla en nombre de Dios, eso NO es una secta, sino la voluntad revelada de Dios para
nosotros. Ese es el motivo por el que todo profeta debe ser probado. Una vez que supera la prueba, se acepta
el profeta como inspirado por Dios, aunque algunas cosas nos parezcan nuevas o diferentes. ¿Dijo Pablo, en el
Nuevo Testamento, algunas cosas diferentes a las que los judíos solían entender en el Antiguo Testamento,
por ejemplo sobre la circuncisión? Una vez establecido como mensajero de Dios, lo que Pablo dijo sobre la
circuncisión era tan exactamente válido como lo que dijo sobre la justificación por la fe, o sobre cualquier otro
tema.
Probamos al profeta. Determinamos si habla de parte de Dios, y una vez que eso queda establecido, no vamos
entresacando y eligiendo qué nos parece inspirado y qué no nos lo parece. Si hacemos eso, entonces somos
una secta y no tenemos profeta, porque el profeta habla de parte de Dios, no de su parte.
Israel no era una secta, cuando Isaías o Jeremías profetizaban.
No podemos cambiar la historia. Hemos de aceptar los hechos de la historia tal como son, y hemos de
sentirnos honrados y honrar lo que merece honra en nuestra historia, alabando a Dios por cómo nos ha
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conducido hasta aquí. Nuestra misión como pueblo remanente no es demostrar que no somos una secta. Dios
no nos ha llamado para eso. Nuestra misión es dar el último mensaje de misericordia de parte de Dios, tal
como hicieron fielmente Noé o Juan Bautista sin obsesión alguna porque la iglesia creciera. Y hemos de hacerlo
tal como el Señor nos ordenó, sea que el mundo postmoderno quiera oírnos, o que no quiera; sea que se nos
acuse de ser una secta, o que se nos acuse de cualquier otra cosa. ¿Qué podemos esperar del acusador de los
hermanos, excepto que nos acuse?
“No es el siervo mayor que su Señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros
perseguirán” (Juan 15:20).
Las doctrinas que nos han hecho el pueblo que somos, provienen del testimonio del Espíritu de profecía, que
es el Espíritu Santo, en dos manifestaciones: (1) la Biblia, y (2) las visiones y sueños proféticos de E. White:
Profetas antiguos y profetas contemporáneos. Ese es el patrón habitual en la historia sagrada. Y los
cuestionados fueron siempre los profetas contemporáneos:
“Ahora, como en el tiempo de nuestro Salvador, las personas construyen sepulcros y exaltan a
los profetas muertos, en tanto que persiguen a los mensajeros vivientes del Altísimo” (The
Spirit of Prophecy IV, 220-221).
¿Cuántas iglesias cristianas hay, separadas por doctrinas diferentes, todas ellas pretendiendo estar basadas en
la Biblia, y sólo en la Biblia?
Nosotros, su pueblo remanente, habríamos estado exactamente en la misma confusión, de no haber contado
con la dirección especial del Espíritu Santo manifestado en el don profético de E. White.
Si hubiésemos tenido que confiar simplemente en nuestros poderes de investigación sin la asistencia del don
profético, estaríamos en la misma situación que la granja del hermano Arnold, o que las más de 33.000
denominaciones cristianas registradas en el mundo, que, estando enfrentadas entre sí por doctrinas
divergentes, pretenden, cada una de ellas, ser la iglesia verdadera.
La gran razón por la que hay consistencia y transparencia en las doctrinas que sostenemos, es por la
manifestación del don profético en E. White en los años tempranos de nuestra historia. Olvidar eso, renegar
de eso, es dar la espalda a la dirección del Espíritu Santo y estar abocados a la confusión. Es gracias a eso por
lo que hoy somos la única denominación que puede defender públicamente sus creencias y prácticas a la luz
de la Biblia de una forma consistente.
Eso no es motivo de vergüenza, sino que es un honor. Debiéramos sentirnos muy agradecidos por la forma
milagrosa en que el Señor, en su misericordia, nos ha dado luz, corrección y dirección.
“Josafat, puesto en pie, dijo: ‘Oídme, Judá y habitantes de Jerusalén. Creed en Jehová, vuestro
Dios y estaréis seguros; creed a sus profetas y seréis prosperados’” (2 Crón. 20:20).
¿Tiene sentido que busquemos la prosperidad de la iglesia alejándonos de “sus profetas”?
“Después que los hombres han hecho su obra para debilitar la confianza de nuestra iglesia en
los testimonios, destruyen la barrera para que la incredulidad con respecto a la verdad se
extienda ampliamente; y ninguna voz se eleva para detener la fuerza del error.
Esto es precisamente lo que Satanás se propuso que ocurriera, y los que han estado
preparando el camino para que la gente no prestara atención a las advertencias y los
reproches de los testimonios del Espíritu de Dios, verán que una ola de errores de toda clase
aparecerán. Pretenderán que usan las Escrituras como evidencia, pero los engaños de Satanás
prevalecerán en toda forma” (Mensajes selectos III, 92).
¿Cómo podemos estar seguros ante los engaños de Satanás?
“Pero todos los que crean que el Señor ha hablado por medio de la hermana White y le ha
dado un mensaje, estarán seguros frente a los muchos engaños que vendrán en estos últimos
días” (Id.).
¿Comprendéis la importancia de ese asunto, en el tiempo en que vivimos? Si creemos y aceptamos la
dirección profética de Dios para el pueblo remanente, tenemos todas las posibilidades de resistir en los
tiempos peligrosos que están ante nosotros, pero si no lo hacemos, no tenemos la más mínima posibilidad.
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¿Creéis que podemos enfrentarnos a Satanás y a sus engaños de toda índole para los últimos días con nuestra
propia sabiduría, tras haber relegado el don profético al trastero, a modo de reliquia sin autoridad ni valor
práctico para el presente?
Considerad el carácter sutil y multiforme de la oposición al Espíritu de profecía. Recordad que en la era de
1888, los que rechazaron el mensaje de la justificación por la fe y resistieron la lluvia tardía y el fuerte pregón,
fueron los que se decían defensores del adventismo histórico, los que se decían creyentes a ultranza en el don
profético manifestado en E. White. El posterior “traslado” de la profetisa a Australia, una vez que ella apoyó
explícita y enfáticamente a los pastores Waggoner y Jones, demostró cuál era en realidad la calidad de ese
apego que le profesaban los dirigentes de la obra.
Que nadie piense que podrá subsistir mientras desprecia o ignora las lecciones de nuestra historia, y la guía
profética que Dios nos ha dado, precisamente para que estemos preparados ante los últimos engaños de
Satanás en la resolución final del conflicto de los siglos. No confiéis en vuestra sabiduría, no confiéis en
vuestras fuerzas ni en vuestro propio juicio. No confiéis en lo que os rodea ni en la sabiduría de cuantos os
rodean.
Si E. White habló de parte de Dios, sus escritos tienen la misma autoridad que los de Pablo. Si E. White escribió
inspirada por Dios, yo seré juzgado por lo que ella escribió, tanto como lo seré por lo que escribió Moisés o
Pablo.
Estudiad a E. White por vosotros mismos. Tomad el tiempo necesario. Es un asunto vital: Decidid por vosotros
mismos si E. White habla de parte de Dios, o si no lo hace. Y seguid su propio consejo: Si no habla de parte de
Dios, rechazadla: no en parte, sino totalmente. Y si habla de parte de Dios, creedla: no en parte, sino
totalmente.
Todos tenemos en nuestras propias familias, o entre nuestras amistades, a personas que amamos y que nos
apena que no estén caminando con el Señor. Oramos por ellas, para que respondan a los llamados del Espíritu
Santo a entregarse al Señor. Y nos alegramos cuando alguna de esas personas ingresa –o reingresa- en las filas
de la iglesia adventista. Sentimos que Dios ha respondido nuestras oraciones.
Ahora, ¿qué os parece si esas almas rescatadas de situaciones extremas, al ingresar en la iglesia oyen decir a
quienes los rodean: ‘¿Sabes?: No podemos tomarnos muy seriamente a E. White, ya que sus consejos están
anticuados y ya no son relevantes para nosotros hoy. Sólo unos pocos fanatizados la siguen. ¡Desde el siglo XIX
los tiempos han cambiado! Además, no era teóloga y carece de autoridad doctrinal’.
¿Qué mensajes os parecen más anticuados? ¿Los de Isaías, los de Pablo, o los de E. White? ¿Cuánto más han
cambiado los tiempos, desde que escribió Moisés, Isaías o Pablo?
“Precisamente, el último engaño de Satanás se hará para que no tenga efecto el testimonio del
Espíritu de Dios. ‘Sin profecía el pueblo será disipado’ (Prov. 29:18)” (Mensajes selectos I, 54).
“Se encenderá un odio satánico contra los testimonios” (Id, p. 55).
Jesús relató tres parábolas para ilustrar la pérdida espiritual: La oveja perdida, la moneda perdida y el hijo
pródigo. ¿Sabéis cuál es, de entre las tres, la situación más peligrosa en la que puede uno estar? No es la
oveja: esta sabe bien que está perdida y se aprestará a aprovechar toda oportunidad que se le brinde para
regresar al redil. El hijo pródigo está perdido, pero sabe que está perdido. Puede sentir agudamente las
consecuencias de su engaño, y tiene la oportunidad de volver al hogar.
La situación más desesperada es la de la moneda perdida. ¿Dónde está perdida? –En casa. Allí mismo, en la
iglesia. Y no sabe que está perdida.
¿Cuál es la situación más peligrosa para vuestro ser querido? ¿Perdido en el mundo, donde el Espíritu Santo
podía convencerlo de pecado y llevarlo al arrepentimiento? ¿O bien en la iglesia, tranquilo, tibiamente feliz,
pensando que todo está bien con él, pues está a la par con los que allí lo rodean?
Hemos leído que “después que los hombres han hecho su obra para debilitar la confianza de nuestra iglesia en
los testimonios… verán que una ola de errores de toda clase aparecerán…”
La que sigue es una de las declaraciones más penosas y dramáticas del Espíritu de profecía:
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“La norma no debe ser puesta tan abajo que los que acepten la verdad violen los
mandamientos de Dios mientras dicen obedecerlos. Es mejor, mucho mejor, dejarlos en las
tinieblas hasta que puedan recibir la verdad en su pureza” (Mensajes selectos III, 296).
Nuestra condición espiritual puede hacer que sea “mejor, mucho mejor, dejarlos en las tinieblas” (el contexto
era, en aquel caso, la falta de respeto al sábado). ¿No os parece muy triste, que la situación de la iglesia
remanente pueda hacer preferible que las personas permanezcan en las tinieblas del mundo, en lugar de ser
incorporadas a la iglesia?
La iglesia remanente, Laodicea, necesita prestar atención al llamado del Testigo fiel y verdadero. Necesitamos
arrepentirnos antes de estar en condiciones de poder invitar al mundo a que se arrepienta. Cuando se haya
dado el arrepentimiento en el pueblo de Dios, él derramará su Espíritu Santo abundantemente, y no hará falta
ir a las iglesias caídas a aprender estrategias para la evangelización, porque con la lluvia tardía vendrá, desde
el lugar santísimo donde Cristo ministra, el amor, la sabiduría y el poder que revolucionaron el mundo en
Pentecostés, y que ahora lo van a hacer en una intensidad todavía mayor.
Os remito a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que
pedimos o entendemos, según el poder que obra en nosotros. A fin de que se cumpla la voluntad de Dios en
nosotros, su pueblo, hemos de prestar oído a su voz en el Espíritu de profecía. Es la voz dulce, misericordiosa y
poderosa del propio Jesús, y necesitamos escucharla más que cualquier otra cosa.
[Link]
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