UN REY SIN CORONA
Mediante su carisma y su inteligencia política, Pericles gobernó
Atenas durante treinta años, el período de mayor esplendor de la
historia de Grecia
Grecia Antigua Acrópolis de Atenas
Carlos García Gual catedrático de filología griega de la Universidad Complutense de Madrid
Actualizado a 11 de octubre de 2023 · 15:08 · Lectura:6 min
A los pies de la Acrópolis, Pericles hizo construir un odeón para representaciones
musicales en 435 a.C., del que hoy apenas quedan restos. El de la imagen fue erigido por
el cónsul Herodes Ático en 161 a.C., también a los pies de la la colina sagrada.
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CONSÍGUELO
Tratando de la situación de Atenas en plena guerra del Peloponeso, el
historiador Tucídides escribió: «De nombre era una democracia, pero en
realidad era el gobierno de su primer ciudadano». Algo antes
comentaba: «Pericles fue capaz de mantener al pueblo en libertad y no
se dejó seducir por él; no se dejaba conducir por el pueblo, sino que
era él quien lo conducía».
¡Qué sorprendente elogio, de una ejemplar democracia y un
incomparable estratego! La guerra, tras morir Pericles en 429 a.C., aún
duraría más de veinte años, pero en aquel triste momento parecía
agudizarse la agonía de la ciudad, sitiada por los espartanos y devastada
por la peste. Según Tucídides, Atenas, que fue «grande y dueña de un
imperio», mantuvo su hegemonía mientras «el gobierno del pueblo» se
afirmaba en su «primer ciudadano», cuando el sagaz Pericles mantenía
firme el rumbo de la polis con «autoridad y prestigio» y la había
convertido en «escuela para toda Grecia». Más tarde, demagogos
ambiciosos y audaces llevarían a la ciudad hacia su ocaso.
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Como todos los líderes de Atenas, Pericles pertenecía a una noble y
famosa familia, la de los Alcmeónidas. Por parte de madre era sobrino
nieto de Clístenes, autor de la reforma que en 508 a.C. había dado
origen a la democracia ateniense. Su padre, Jantipo, fue condenado en el
año 484 a.C. al ostracismo –el exilio decretado por la asamblea
ciudadana contra los supuestos enemigos del pueblo–, pero volvió poco
tiempo después para ser estratego o jefe militar y combatir
brillantemente en la segunda guerra contra los persas, entre los años
480 y 479 a.C.
LA CONQUISTA DEL PODER
La primera noticia que tenemos sobre Pericles es que patrocinó como
corego las tragedias de Esquilo representadas en el año 472 a.C. Nos
queda sólo una de ellas: Los persas, la más antigua de las conservadas y
la única que no evoca un mito, sino un hecho histórico, la victoria de los
griegos sobre Jerjes en Salamina, ocho años antes. Que el joven Pericles
fuera el corego indica que por entonces su padre había muerto. No
comenzaría a destacar en política hasta mucho después, hacia el año
463 a.C., cuando apareció al lado de Efialtes, cabecilla de los
demócratas radicales en Atenas que reformó los tribunales de justicia
para quitar poder al Areópago, el antiguo tribunal aristocrático, a la vez
que aumentó la influencia de la asamblea y los juicios populares.
En la imagen superior, Pericles se dirige a los atenienses en la colina del Pnyx, lugar donde
se congregaba la Asamblea de la ciudad. Grabado del siglo XIX.
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El ascenso de Pericles fue rápido, no sólo por su magnífica elocuencia y
su capacidad intelectual, sino porque pronto desaparecieron otros
políticos famosos, como el genial Temístocles, exiliado desde 473 a.C.,
y el prestigioso y conservador Arístides, muerto en 467 a.C. Cuando en
462 a.C. fue asesinado el fogoso Efialtes, Pericles le sucedió a la cabeza
del partido democrático en Atenas. Enfrente tenía a la facción
conservadora liderada por Cimón, el aristocrático hijo del gran héroe
de Maratón, Milcíades. Era el estratego que había vencido a la flota
persa en la batalla de Eurimedonte en 467 a.C. y había dirigido con
brillantez la formación de la Liga Délica, la gran coalición de ciudades
griegas bajo la hegemonía ateniense.
Durante diez años, Cimón fue el político más brillante de Atenas.
Aristócrata de enorme prestancia, admirado por su gran riqueza y
generosidad, fue a la vez claro admirador y leal amigo de Esparta, lo que
sería la causa de su impopularidad y de su exilio. Sucedió que en 464
a.C., al verse los espartanos en apuros tras un terremoto que
desencadenó una gran sublevación de los hilotas –la masa de siervos
que los espartanos explotaban en el Peloponeso–, solicitaron la ayuda
de los atenienses. Cimón obtuvo la aprobación de la asamblea, y al
frente de cuatro mil hoplitas se precipitó para auxiliar a Esparta.
«Cimón, hijo de Milcíades», se lee en este pedazo de cerámica u ostrakon, usado en la
votación de la Asamblea ateniense que desterró al gran rival de Pericles en el año 461 a.C.
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Pero los espartanos, recelosos de aquella tropa democrática,
cambiaron de opinión y sin más la rechazaron, por lo que el ejército
ateniense tuvo que volver tras la larga e inútil marcha. Atenas se sintió
insultada por el desprecio, y esto perjudicó el prestigio de Cimón. Así
que no les fue difícil a los más radicales, enardecidos por la muerte de
Efialtes, atacarlo y lograr su ostracismo en 461 a.C.
EL SIGLO DE PERICLES
Hasta su muerte en 429 a.C., Pericles dominó la política ateniense a
través de su cargo de estratego, para el que fue reelegido año tras
año y desde el que encaminó la ciudad a su brillante apogeo. No fue una
empresa fácil. El demos o pueblo ejercía sin traba alguna el poder en la
Asamblea (ecclesía) compuesta por todos los ciudadanos, órgano
supremo de gobierno, donde se discutían y tomaban por votación las
decisiones importantes, mientras que el Consejo (boulé) de 500
miembros, elegidos anualmente por sorteo, decidía el orden del día y
cuándo debía reunirse la Asamblea. Aun así, los diez generales o
estrategos elegidos cada año asumían una enorme responsabilidad,
considerando la incesante actividad bélica de la época, y su prestigio
podía influir a fondo en las votaciones sobre la guerra y la paz.
Siguiendo el programa reformista de Efialtes, Pericles procuró la
participación de todos los ciudadanos, incluso los más pobres, en las
tareas cívicas, y dio un gran impulso a las obras públicas: en su
tiempo se construyeron los Muros Largos, que unían la ciudad con su
gran puerto del Pireo, y se llevó a cabo la reconstrucción de la Acrópolis,
con el magnífico Partenón y los propileos, su entrada monumental, a lo
que se añadió el odeón y el templo de Teseo, junto al ágora; y, en la
cercana Eleusis, el santuario de los misterios, el Telesterion.
Pericles convirtió a Atenas en líder de la Liga de Delos, una confederación de ciudades
griegas que con el tiempo pasaron de ser aliadas a vasallas. En la imagen, edificio de los
comerciantes en la isla de Delos. Siglo II a.C.
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Pero fue la guerra, que él había tratado de evitar, lo que irrumpió
fatalmente y truncó su destino y el de Atenas. Esparta y sus aliados,
impulsados por la envidia y el temor al poderío creciente de la
democracia ilustrada y audaz, lanzaron el ataque que acabaría en una
catástrofe trágica para toda Grecia, cuyo final Pericles no vería. Lo
planeó todo con inteligencia, incluso al calcular los costes del conflicto,
pero no contó con factores imprevisibles como la peste y la inquina
tenaz de sus enemigos. Como sabían los autores trágicos, el final de los
asuntos humanos lo rige el azar, y la grandeza excesiva se paga con el
dolor y la catástrofe. Desde esta perspectiva, Pericles asumió el perfil
de un héroe trágico.