UNIDAD1CE
UNIDAD1CE
UNIDAD UNO
COMPRA [Link] e importancia Según el artículo 1123, hay compraventa si una de las partes se
obliga a transferir la propiedad de una cosa y la otra a pagar un precio en dinero. Este contrato no supone
transferencia de la propiedad ni la entrega efectiva del precio, sino la obligación de hacerlo. Esta obligación
es válida aun en la llamada compraventa manual o al contado, que se consuma y concluye en forma
instantánea con la entrega simultánea de la cosa y el precio.
Otra cuestión que merece ser destacada es que el contrato no debe ser juzgado como de compraventa,
aunque las partes así lo estipulen, si para ser tal le falta algún requisito esencial (art. 1127). En otras
palabras, habrá compraventa cuando una de las partes se obligue a transferir la propiedad de una cosa y la
otra a pagar un precio en dinero. Pero, si alguno de estos requisitos faltase, sea porque no se procura
transmitir el dominio de la cosa sino solo su uso, sea porque lo que se pretende transferir no es el dominio
de una cosa sino solo un derecho, sea porque nada se paga o porque se da otra cosa a cambio, el contrato
no será de compraventa, aun cuando las partes lo hayan calificado de esa manera.
La compraventa tiene una inmensa importancia en las relaciones económicas y jurídicas de los hombres. La
circulación de bienes obedece en su casi totalidad a este dispositivo legal.
Evolució[Link] su primera etapa, la compraventa fue simplemente manual o al contado, es decir, se cambiaba
en el mismo acto la cosa y el dinero y en ese mismo instante quedaba transferida la propiedad de una y otro.
Más tarde, no bastó con esta forma elemental. A veces, el vendedor, no obstante entregar la cosa al
comprador, le daba un plazo para el pago del precio; otras veces, era el vendedor quien recibía el precio en
el acto y entregaba la cosa más tarde; otras veces, en fin, eran ambas partes las que disponían de un plazo
para cumplir con su prestación. En esta etapa, que naturalmente exigía una cultura jurídica más refinada,
está ya neta la distinción entre el contrato de compraventa en sí mismo y la transferencia del dominio de la
cosa.
En el derecho romano esta idea adquirió la plenitud de su desarrollo; la compraventa no es otra cosa que el
compromiso de transferir la propiedad de una cosa contra el compromiso de entregar el precio.
En el derecho francés e italiano se ha llegado a lo que puede considerarse la última etapa de esta evolución;
la transferencia del dominio se produce en el acto mismo de la compraventa, por más que el vendedor no
haga la tradición de la cosa en ese instante.
Pero el resto de las legislaciones han seguido fieles al sistema romano. El contrato de compraventa, es decir,
el compromiso de transferir el dominio, queda perfeccionado por el solo consentimiento. Es éste el sistema
seguido por nuestro Código. La compraventa no es otra cosa que el compromiso de transferir la propiedad;
pero esta no se transmite sino por la tradición de la cosa (art. 1892). Respecto de los inmuebles se exige,
además, la escritura pública. Y como estos dos requisitos resultan insuficientes para proteger los derechos
de terceros, las leyes locales han organizado los Registros de la Propiedad, en los cuales deben inscribirse
obligatoriamente las transferencias del dominio y sus modificaciones para que sean oponibles a terceros.
Este sistema ha sido consagrado expresamente en el artículo 1893. Un régimen distinto ha sido creado para
los automotores (dec. 6582/1958, t.o. por dec. 1114/1997) y los equinos de pura sangre de carrera (ley
20.378), en los cuales la inscripción registral es constitutiva del dominio.
Caracteres. El contrato de compraventa tiene los siguientes caracteres:
a) Es bilateral porque implica obligaciones para ambas partes;
b) Es consensual porque produce todos sus efectos por el solo hecho del consentimiento y sin
necesidad de la entrega de la cosa o del precio;
c) No es formal, aun en el caso de que tenga por objeto la transmisión de inmuebles, la escritura pública
exigida por el artículo 1017, inciso a), es un requisito de la transferencia del dominio, pero no del
contrato en sí, que puede ser válidamente celebrado en instrumento privado, y aun verbalmente;
d) Es oneroso;
e) Es conmutativo porque es de su naturaleza que los valores intercambiados (cosa y precio) sean
aproximadamente equivalentes; solo por excepción puede ser aleatorio, lo que ocurre cuando se
compra una cosa que puede o no existir;
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f) Es nominado, pues está regulado en el Código Civil y Comercial.
Aplicación supletoria de la compraventa a otros contratos. El Código Civil y Comercial dispone que las
reglas de la compraventa se aplican supletoriamente a los restantes contratos en los que se transfieran o
constituyan derechos reales más limitados (condominio, propiedad horizontal, superficie, usufructo, uso,
habitación, conjuntos inmobiliarios o servidumbre), excluyéndose los derechos reales de garantía (hipoteca,
prenda y anticresis), y siempre que el adquirente pague un precio en dinero (art. 1124, inc. a]). Se está
reconociendo que la compraventa es el principal medio por el que se transfiere el dominio, y de allí su
consagración como norma supletoria.
También establece que las disposiciones de la compraventa se aplicarán supletoriamente a los contratos
por los cuales se transfiera la titularidad de títulos valores por un precio en dinero (art. 1124, inc. b]).
La nueva norma se ubica en un punto intermedio entre dos posturas que pueden advertirse en el derecho
comparado y en otros proyectos de reforma del Código Civil. En efecto, existe un criterio tradicional que solo
reconoce como contrato de compraventa aquel por el cual se promete la entrega de una cosa en propiedad,
a cambio de un precio de dinero (art. 1323, Cód. Civil). Pero, modernamente, se considera compraventa a
toda enajenación de derechos, cualquiera que sea su naturaleza, a cambio de la entrega de un precio en
dinero.
El artículo 1123, como se vio más arriba (nro. 367), mantiene el concepto tradicional de compraventa, pero
el artículo 1124, inciso a), sin llegar a llamar de esa manera a la transmisión de los demás derechos reales
(con exclusión de los derechos de garantía), aplica supletoriamente sus normas a tales transmisiones.
Además, especifica algo que el propio Código, más adelante, prevé de manera más amplia. En efecto, el
artículo 1614 establece que, si la cesión de derechos se hiciere por un precio en dinero, el contrato se regirá
supletoriamente por las reglas de la compraventa. Ahora bien, si los títulos valores no son cosas muebles,
como ya se dijo, lo que importa en ellos es el derecho que encierran y que puede ser transmitido. Por eso,
el artículo 1124, inciso b), aplica las reglas de la compraventa supletoriamente para ese contrato.
Comparación con otros contratos.
a) Con la permuta. Mientras que la compraventa es el intercambio de una cosa por un precio en dinero,
la permuta supone el trueque de una cosa por otra. La distinción es clara, salvo en los casos de
permuta con saldo en dinero. Así, por ejemplo, una persona cambia su coche viejo por uno de último
modelo y entrega además una suma en dinero. ¿Hay compraventa o permuta? Nuestro Código
resuelve este problema con una norma simple: si el precio consiste parte en dinero y parte en otra
cosa, el contrato es de permuta si es mayor el valor de la cosa y de compraventa en los demás casos
(art. 1126).
Por lo tanto, habrá permuta si la cosa entregada tiene mayor valor que el saldo en dinero (en el
ejemplo dado, si el coche viejo valía $ 120.000 y el saldo en dinero era de $ 80.000); en cambio,
habrá compraventa en los demás casos, que son dos, i) cuando el saldo en dinero sea superior al
valor de la cosa entregada (por ej., si el automóvil usado valía $ 80.000 y se entregó además $
120.000 en efectivo), y ii) cuando ambos valores fueran iguales.
Por lo demás, esta cuestión tiene en nuestro derecho un interés puramente teórico, desde que las
reglas de la compraventa se aplican también a la permuta, de manera supletoria (art. 1175).
b) Con la cesión de derechos. La cesión de derechos puede hacerse por un precio en dinero, a cambio
de un bien (cosa o derecho), o gratuitamente. En estos dos últimos casos, la distinción con la
compraventa es neta, pues falta el precio que es característica de ésta. Pero la distinción es mucho
más sutil en el primero, pues en ambos contratos hay enajenación de un derecho por un precio en
dinero.
En nuestra legislación positiva, la palabra compraventa está reservada para el contrato cuyo objeto
es la transmisión del dominio sobre una cosa (art. 1123).
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En todos los demás casos de transmisión de derechos, sean reales (usufructo, servidumbres,
hipotecas, etc.) o personales, hay solamente cesión.
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b) Padres, tutores y curadores. Los padres no pueden, como regla, contratar con sus hijos menores. Más
concretamente, no pueden, ni aun con autorización judicial, comprar por sí ni por persona interpuesta, bienes
de su hijo (art. 689).
Por su parte, los tutores y curadores no pueden celebrar contratos de compraventa con sus pupilos. Ello es
así porque expresamente se dispone que no pueden celebrar con ellos, ni con autorización judicial, los actos
prohibidos a los padres respecto de sus hijos menores de edad (arts. 120 y 138). Entendemos que la misma
prohibición cabe a los apoyos.
La prohibición legal es absoluta y no puede ser salvada con autorización judicial.
Se trata de un supuesto de nulidad relativa, desde que el interés perseguido por la ley ha sido la protección
del incapaz; por tanto, si llegado éste a la mayoría de edad o recuperada su capacidad plena considera que
la compra o venta ha sido conveniente a sus intereses, no sería razonable impedir la confirmación del acto.
c) Albaceas. El albacea, también llamado ejecutor testamentario, que no es heredero, no puede celebrar
contratos de compraventa sobre los bienes de las testamentarias que estén a su cargo (art. 1002, in fine).
Aquí también se procura evitar que ellos puedan valerse de sus funciones para perjudicar a los herederos,
legatarios o acreedores.
d) Los representantes voluntarios. Los representantes voluntarios (apoderados, mandatarios y ciertos
auxiliares de la justicia, como los síndicos y curadores a los bienes y de herencias vacantes) no pueden, en
representación de otro, efectuar contratos consigo mismo, sea por cuenta propia o de un tercero, sin la
autorización del representado (art. 368).
Incluso, el representante voluntario tiene prohibido, como regla, adquirir por compraventa o acto jurídico
análogo los bienes de su representado (art. 372, inc. e]).
e) Funcionarios públicos. No pueden contratar, en interés propio, los funcionarios públicos respecto de
bienes de cuya administración o enajenación estén o han estado encargados (art. 1002, inc. a]). En el
concepto funcionario público quedan incluidos el presidente de la Nación, los gobernadores de provincia, los
ministros de gobierno —nacional o provincial— y los empleados públicos.
Esta prohibición se funda en el peligro que existe de que la venta sea provocada por la influencia del referido
funcionario que desea adquirirlos.
El mismo riesgo existe respecto de los empleados públicos (nacionales, provinciales o municipales) que
pretendieran adquirir un bien del Estado nacional, provincial o municipal, de cuya administración o venta
estuviesen encargados.
La prohibición obliga a declarar la nulidad del acto celebrado violando la norma, y esa nulidad es absoluta,
imposible de sanearse, pues existe un evidente fundamento de orden público.
f) Jueces, árbitros, mediadores y sus auxiliares. No pueden contratar, en interés propio, los jueces,
funcionarios y auxiliares de la justicia, los árbitros y mediadores, y sus auxiliares, respecto de bienes
relacionados con procesos en los que intervienen o han intervenido (art. 1002, inc. b]).
Por lo tanto, estas personas no pueden comprar los bienes que estén en litigio ante el juzgado o tribunal
ante el cual ejerciesen o hubiesen ejercido su respectiva función o en el que interviniesen como mediador.
Tales compras permitirían poner en duda la ecuanimidad de las personas encargadas de administrar justicia
o de sus auxiliares. La prohibición se funda, pues, en una razón de orden moral.
La prohibición abarca:
1) A los jueces y árbitros respecto de los bienes que estén en litigio en su tribunal, pero ningún
impedimento hay en que compren los vendidos en pleitos que tramitan ante otro tribunal, sea de la
misma jurisdicción o de otra. La prohibición subsiste aunque hubieren dejado de entender en el litigio
por recusación, excusación o cualquier otro motivo; basta que hubieren ejercido en algún momento
su ministerio en ese pleito, para que el acto sea nulo.
2) A los fiscales y defensores de menores e incapaces que tengan intervención en ese juicio.
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3) A los secretarios de juzgados o de Cámara, ante los cuales tramite el juicio.
4) A los mediadores en los procesos en los que hayan intervenido.
5) A los peritos en los procesos en que hayan actuado. La prohibición obliga a declarar la nulidad del
acto celebrado violando la norma, y esa nulidad es absoluta, imposible de sanearse, pues existe un
evidente fundamento de orden público
g) Abogados y procuradores. No pueden contratar, en interés propio, los abogados y procuradores,
respecto de bienes litigiosos en procesos en los que intervienen o han intervenido (art. 1002, inc. c]). La
norma abarca tanto a los procesos contenciosos como a los voluntarios.
La prohibición obliga a declarar la nulidad del acto celebrado violando la norma, pero esta nulidad es relativa.
No hay en este caso un motivo de orden público.
El consentimiento.
Aplicación de los principios generales. Como todo contrato, la compraventa necesita un acuerdo de
voluntades, debidamente declaradas. Es aplicable acá todo lo dicho al referirnos al consentimiento, como
elemento esencial del contrato. Siendo el consentimiento un elemento esencial de todo contrato.
Forma y prueba. La compraventa es un contrato consensual; puesto que, salvo el caso que veremos en
seguida, la ley no ha establecido ninguna exigencia formal; queda perfeccionado por el mero consentimiento
de las partes (arts. 284 y 1015).
En lo que atañe a la compraventa de inmuebles, el artículo 1017, inciso a), dispone que debe hacerse por
escritura pública, pues se trata de un contrato que tiene por objeto la adquisición del derecho real de dominio
sobre un inmueble.
Pero desde que la jurisprudencia ha admitido que el comprador por boleto privado puede reclamar la
escrituración del deudor y pedir que la escrituración sea suscrita por el juez en caso de negativa de aquél,
la escritura pública ha dejado en nuestro derecho positivo de ser una exigencia formal del contrato de
compraventa de inmuebles, para convertirse solamente en una formalidad indispensable para la transmisión
del dominio, problema muy diferente.
Esta solución jurisprudencial fue recogida primero por los ordenamientos procesales y, luego, por el artículo
1018 que expresamente dispone que el otorgamiento pendiente de un instrumento previsto constituye una
obligación de hacer si el futuro contrato no requiere una forma bajo sanción de nulidad. Si la parte condenada
a otorgarlo es remisa, el juez lo hace en su representación, siempre que las contraprestaciones estén
cumplidas, o sea asegurado su cumplimiento.
Por lo tanto, el contrato de compraventa de inmuebles hecho por boleto privado obliga en definitiva al
vendedor a transmitir el dominio, tanto como la escritura misma.
Lo que en la práctica ocurre actualmente es que el contrato se suscriba en forma privada, y luego, se otorgue
la escritura, simultáneamente con la transmisión del dominio.
Aun a los efectos de la transmisión del dominio, la escritura pública es innecesaria cuando la venta se ha
hecho en subasta judicial (art. 1017, inc. a]), bastando entonces para que dicha transmisión quede perfecta
con la aprobación del remate por el juez, el pago del precio, la entrega de la posesión de la cosa y la
inscripción en el registro.
Empero, en la práctica se otorga siempre la escritura pública, porque ello permite el estudio de los títulos
por el escribano, la acumulación en un solo acto de los antecedentes del dominio y la inscripción en el
registro, previa certificación de que no hay gravámenes, impuestos, embargos o inhibiciones que afecten la
libre disposición del bien. Por ello es que los tribunales han declarado reiteradamente que el propietario
carece de la libre disposición del predio hasta tanto no se haya otorgado la escritura pública.
En cuanto a la prueba del contrato, cuando no se exige la escritura pública, siendo éste consensual y no
formal, puede ser acreditado por cualquier medio que permita llegar a una razonable convicción según las
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reglas de la sana crítica, excepto disposición legal que establezca un medio especial; sin embargo, si fuera
de uso instrumentarlo, no puede ser exclusivamente por testigos (art. 1019).
Con todo, si hay principio de prueba instrumental que emane de la otra parte, de su causante o de parte
interesada en el asunto, que haga verosímil la existencia de la compraventa, también podrá ser probada por
testigos (art. 1020).
La libertad de formas a la que aludimos anteriormente adquiere su mayor relevancia en la moderna
contratación, que se celebra por diferentes medios: teléfono, télex, fax, sistemas informáticos, entre otros.
La [Link] GENERALES. Condiciones para que la cosa pueda ser vendida El principio general
es que pueden venderse todas las cosas que pueden ser objeto de los contratos (art. 1129), o, con otras
palabras, que todas las cosas pueden ser vendidas. Es menester determinar cuáles son las condiciones que
debe reunir la cosa para ser objeto del contrato de compraventa.
a) Debe ser una cosa en sentido propio Es decir, debe tratarse de un objeto material susceptible de
apreciación económica. La necesidad de que la cosa sea susceptible de valoración económica ha sido
receptada en el artículo 1003, cuando dispone que el objeto de los contratos, en general, debe ser
susceptible de tal valoración.
Si, por el contrario, lo que se enajena es un derecho incorporal, habrá cesión de derechos pero no
compraventa. En el derecho moderno, empero, se advierte una importante tendencia a considerar
compraventa a la enajenación onerosa de cualquier cosa o derecho susceptible de apreciación económica
El artículo 16 establece que las disposiciones referentes a las cosas son aplicables a la energía y a las
fuerzas naturales susceptibles de ser puestas al servicio del hombre.
b) Debe tratarse de una cosa cuya venta no esté prohibida por la ley o que sea contraria a la moral y
a las buenas costumbres. Se considera que están fuera del comercio, los bienes cuya transmisión esté
expresamente prohibida por la ley, o por actos jurídicos, en cuanto el Código Civil y Comercial permita tales
prohibiciones (art. 234).
Entre las cosas cuya venta está prohibida por la ley, recordaremos los bienes públicos del Estado (art. 237),
como las calles, plazas, caminos, canales, puentes, ruinas y yacimientos arqueológicos y paleontológicos,
entre otros (art. 235)
Otras veces, la prohibición resulta de un contrato; así, por ejemplo, es lícita la prohibición de vender a
determinada persona (art. 1972, párr. 1º), o la de vender los bienes recibidos a título gratuito (por donación
o testamento) por un término no mayor de 10 años (art. 1972, párr. 2º). En este último caso, una prohibición
por más tiempo resultaría lesiva del derecho de propiedad; por ello, la ley ha limitado la obligatoriedad de
tales cláusulas al plazo indicado.
Repetimos aquí que, en principio, todas las cosas pueden venderse y que solo no podrán serlo cuando la
ley expresamente disponga lo contrario o cuando se afecte la moral o las buenas costumbres.
c) La cosa debe ser determinada o determinable. Dispone el artículo 1005 que la cosa es determinada
cuando, al menos, se fija su especie o su género, según el caso, aunque no lo estén en su cantidad si esta
puede ser determinada. Es determinable cuando se establecen los criterios suficientes para su
individualización.
Cuando la norma se refiere a cosas determinadas por su especie o por su género, alude a las cosas
fungibles; en tal caso, ellas se determinarán siempre por su especie, peso, calidad, cantidad y medida.
Desde luego, también es una cosa determinada cuando se trata de una cosa cierta, por ejemplo, el
departamento de la calle Juncal 2344, piso 6, de la ciudad de Buenos Aires.
Puede ser que el objeto de la compraventa sea una cosa cierta, pero que no esté determinada con precisión
en el contrato, o que sea una cosa fungible, pero cuya cantidad no hubiera sido determinada. En tal caso,
estaremos ante una cosa determinable si se han establecido criterios suficientes para su individualización.
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Un buen ejemplo de ello es cuando las partes han pactado que la determinación del objeto o la cantidad, en
su caso, sea hecha por un tercero (art. 1006).
Lo que en definitiva interesa es que la cantidad o la calidad de la cosa misma puedan ser determinadas sin
necesidad de un nuevo convenio entre los contratantes.
d) Debe tener existencia real o posible. Pueden venderse las cosas existentes y aun las futuras, pero no
las que, vendidas como existentes, no han existido nunca o han dejado de existir en el momento de formarse
el contrato; en este caso, el acto es nulo (art. 1130).
Puede ocurrir que la cosa haya dejado de existir parcialmente; en tal caso, el comprador tendrá derecho a
demandar la entrega de la parte que existiese con reducción proporcional del precio (art. 1130). Pero también
podrá dejar sin efecto el contrato, pues tal derecho nace como consecuencia de la obligación del vendedor
de entregar la cosa prometida (art. 1137), y es claro que una cosa que ha dejado de existir parcialmente no
es la cosa vendida.
Es necesario dejar sentado, sin embargo, que no basta cualquier pérdida, por insignificante que sea, para
dar lugar a la acción de resolución del contrato por el comprador.
El ejercicio de este derecho de opción no hace perder al comprador el derecho a exigir el pago de daños y
perjuicios si la pérdida hubiera ocurrido por culpa del vendedor (arts. 755, 1716 y 1724).
Con razón, el artículo 1130 se refiere a la cosa "cierta". Es que si la cosa prometida es fungible, el vendedor
siempre puede entregarla, pues hay otra cosa de igual calidad y especie.
Asimismo, el artículo citado destaca la importancia de que la cosa no exista al momento de perfeccionarse
el contrato; esto es, al tiempo de la tradición, cuando el comprador adquiere la propiedad de la cosa (arg.
art. 750). En otras palabras, si la cosa no existía cuando se celebró el contrato, pero sí existe al tiempo de
la tradición, momento en el que se transfiere el dominio, el contrato es válido.
VENTA DE COSA AJENA. A primera vista, parece razonable afirmar que las cosas ajenas no pueden
venderse. Es una solución que parece impuesta por una lógica elemental, pues ¿cómo podría venderse algo
que no pertenece al vendedor? Sin embargo, a poco que se examine el problema, se advertirá que el
principio no es tan razonable como parecía. Cuando una persona se obliga a vender algo que no le
pertenece, es obvio que toma el compromiso de adquirirlo primero y luego enajenarlo al comprador. No hay
razón para prohibir tal contrato.
No es extraño, por consiguiente, que el derecho romano admitiera como válida la venta de cosa ajena,
solución que imperó sin discusiones hasta la sanción del Código Napoleón.
Pero, habiendo adherido nuestro ordenamiento legal al sistema romano en lo relativo a los efectos del
contrato de compraventa, resulta lógico admitir la validez de la compraventa de cosa ajena, que no es más
que un compromiso a transmitir regularmente el dominio de la cosa prometida. Por ello, el artículo 1132
dispone que la venta de la cosa total o parcialmente ajena es válida, en los términos del artículo 1008. Y
añade. El vendedor se obliga a transmitir su dominio al comprador.
VENTA DE COSA FUTURA. En principio, la compraventa debe tener un objeto actual; no se pueden vender
cosas que nunca han existido, que no existirán o que habiendo existido han perecido. El acto carecería de
objeto. Sin embargo, la venta de cosa futura es —dentro de ciertos límites— posible (art. 1131). Para que
ello sea así, es preciso que las partes que celebran el contrato sepan que la cosa aún no existe aunque,
desde luego, esperan que exista en el futuro; si, por el contrario, contratan en la inteligencia de que existe
actualmente, el contrato será nulo.
Bajo la denominación común de venta de cosa futura se comprenden dos hipótesis diferentes:
a) La venta de una cosa para el caso de que llegue a existir. Se trata de una venta sujeta a la condición
suspensiva de que la cosa efectivamente llegue a existir, y en la que la obligación de pagar el precio está
sujeta a esa misma eventualidad; es la llamada emptio rei speratae. Este contrato queda gobernado por las
reglas de los actos jurídicos sujetos a condición (arts. 343 y ss.). De todos modos, es preciso añadir que el
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vendedor debe realizar las tareas y esfuerzos que resulten del contrato, o de las circunstancias, para que
éste llegue a existir en las condiciones y tiempo convenidos (art. 1131, párr. 2º). Por lo tanto, si bien el
vendedor no se obliga a que la cosa llegue a existir, tiene que poner todo el empeño posible para que exista.
Asume, por tanto, una obligación de medios y no de resultado.
b) La venta de una cosa futura cuando el comprador asume el riesgo de que la cosa no llegue a existir, sin
culpa del vendedor (art. 1131, párr. 3º). En este caso, el comprador debe el precio convenido conforme a lo
acordado en el contrato. Pero, si hay culpa del vendedor, el comprador no está obligado a pagar el precio.
Es la llamada venta de esperanza o emptio spei.
COSAS SUJETAS A RIESGOS. No hay inconveniente en vender cosas actualmente existentes, pero que
estén sujetas a algún riesgo que las ponga en peligro de pérdida parcial o total. El comprador puede tomar
sobre sí el riesgo, en cuyo caso deberá pagar el precio convenido, aunque la cosa pereciere. Ello es así,
pues si el artículo 1130, párrafo 2º, admite que el comprador asuma el riesgo de que la cosa cierta haya
perecido o esté dañada al tiempo de celebrarse el contrato, con mayor razón será válido el pacto cuando la
cosa, si bien sujeta a riesgo, no se hubiera perdido o dañado todavía.
Para que este resultado se produzca, es indispensable que el comprador tenga conocimiento del riesgo y lo
asuma; si, por el contrario, solamente el vendedor lo conocía, su ocultamiento configura dolo y es suficiente
para demandar la nulidad del contrato. El mismo artículo 1130 establece que el vendedor no puede exigir el
cumplimiento del contrato si al celebrarlo sabía que la cosa había perecido o estaba dañada. Por último, si
el riesgo dependiera de un vicio oculto que tampoco el vendedor conocía, el comprador tendrá derecho a
las acciones derivadas de los vicios redhibitorios.
A pesar de lo que establece el artículo citado, no parece ser indispensable que el comprador asuma de
manera expresa el riesgo; basta que se pruebe que compró la cosa con pleno conocimiento del peligro y
que pagó el precio sin ninguna observación sobre el punto para tenerlo por asumido tácitamente.
El precio. Condiciones que debe reunir: Para que el contrato de compraventa quede legalmente
configurado, es preciso que el precio reúna las siguientes condiciones: a) debe ser en dinero; b) debe ser
determinado o determinable; c) debe ser serio.
a) Precio en dinero. El precio debe ser en dinero (art. 1123); de lo contrario no hay compraventa. Si lo que
se da a cambio de una cosa es un servicio o trabajo, habrá dación en pago; si se cambia una cosa por otra,
habrá permuta. Alguna duda puede presentarse, respecto de la naturaleza del contrato, cuando se paga
parte en dinero y parte en otra cosa: nuestro Código resuelve la cuestión en el sentido de que es permuta si
el precio es de menor valor que la cosa, y que es compraventa en los demás casos, tanto cuando el precio
sea mayor que el valor de la cosa, como cuando sea igual (art. 1126).
Siendo en dinero, no importa que sea moneda nacional o extranjera, que se pague al contado o quede un
saldo pendiente.
b) Precio determinado o determinable Establece el artículo 1133 que el precio debe ser determinado, y
explica que el precio es determinado cuando: i) los contratantes lo fijan expresamente, ii) acuerdan que sea
un tercero —designado por las partes— el que lo establezca, o iii) lo vinculan con el precio de otra cosa
cierta.
A nuestro entender solo el primer supuesto puede ser considerado como precio determinado, mientras que
los dos restantes son supuestos de precio determinable, pues el precio será fijado en el futuro, conforme lo
acordado.
El artículo 1133 prevé, además, una novedosa norma de clausura: si las partes previeron el procedimiento
para fijar el precio, se entiende que hay precio válido. Claramente se trata de otro ejemplo de precio
determinable.
¿Qué ocurre si las partes no han señalado el precio, ni expresa ni tácitamente, ni se ha estipulado un medio
para determinarlo? El Código Civil y Comercial dispone que si se trata de una cosa mueble, y a menos que
las partes hubiesen acordado otra cosa, se considera que se ha hecho referencia al precio generalmente
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cobrado en el momento de la celebración del contrato para tales mercaderías, vendidas en circunstancias
semejantes, en el tráfico mercantil de que se trate (art. 1143).
Si, en cambio, el objeto del contrato fuere un inmueble o una cosa mueble que careciere de precio en el
tráfico mercantil, y no se diese el procedimiento para la fijación del precio, consideramos que el contrato
será nulo. La misma consecuencia recae en el contrato cuyo objeto fuese inmueble o mueble de cualquier
tipo, pero el precio hubiera sido dejado al arbitrio de una de las partes.
Precio fijado por las partes. Las partes pueden fijar el precio de distintos modos: 1) determinando
precisamente la cantidad a pagar ($ 1.000, $ 10.000, $ 100.000, etc.), que es lo más frecuente; 2) refiriéndolo
al precio de otra cosa cierta (art. 1133); por ejemplo, se vende un toro "por el mismo precio que se pague
por el toro campeón de Palermo"; 3) remitiéndolo al valor de plaza en cierto día y lugar; 4) cuando se ha
previsto el procedimiento, para determinar el precio; así, por ejemplo, cuando se indica "el precio de costo",
o lo que "produzca la máquina vendida trabajando tantas horas diarias durante tanto tiempo".
Precio fijado por un tercero. No hay inconveniente en que se sujete el precio al arbitrio de un tercero (art.
1133). Este tercero puede ser designado en el contrato mismo o con posterioridad (art. 1134).
Ahora bien: si la persona designada no quisiere o no llegare a determinar el precio, lo hará el juez por el
procedimiento más breve que prevea la ley local (art. 1134). El juez también debe intervenir y fijar el precio
cuando las partes han diferido la designación del tercero y luego no se ponen de acuerdo (art. citado).
Efectos de la fijación por el tercero. Si la estimación del valor fuese exagerada y abusiva, nace una acción
de impugnación en favor del damnificado.
Está bien el principio de que la decisión del tercero se repute definitiva, porque así se evitan enojosas
cuestiones y dificultades que precisamente se quisieron evitar al designar al tercero. Pero una cosa muy
distinta es aceptar cualquier precio, cualquiera que sea la desproporción con el valor de la cosa. Para
remediar las consecuencias de una fijación de precios tan chocantes a la justicia, debe considerarse
suficiente la demostración de la desproporción grosera entre el precio y la cosa. Porque el que contrata de
buena fe tiene derecho a esperar que las demás personas con las que se vincula contractualmente también
actúen del mismo modo. Él ha aceptado un riesgo normal: que el tercero, valúe la cosa en algo más o algo
menos de lo que vale, pero siempre dentro de límites razonables.
c) Precio serio y precio vil. El precio debe ser serio. No llena esta calidad el precio ficticio o simulado; si,
por ejemplo, se simula pagar un precio que en verdad no se paga no obstante la transmisión real y seria del
dominio, no habrá compraventa sino donación.
Tampoco la llena el precio irrisorio, como, por ejemplo, si se vende una estancia en cien pesos; también es
obvio que en este caso estaremos en presencia de una donación y no de una venta.
Diferente es el caso del precio vil. Aquí no puede decirse ya que no se trata de un precio serio, pues tanto
el comprador como el vendedor se han propuesto seriamente hacer la venta sobre esa base. Por tanto, el
precio vil no altera la naturaleza del acto ni impide la formación del contrato de compraventa. Lo que no
significa, sin embargo, que el contrato no pueda impugnarse y eventualmente obtenerse una declaración de
nulidad por el vicio de lesión (art. 332).
El precio en la compraventa de cosas muebles. El artículo 1123 establece que hay compraventa cuando
una de las partes se obliga a transferir la propiedad de una cosa y la otra a pagar un precio en dinero, pero
nada expresa imperativamente sobre la esencialidad del precio.
Por su parte, en la Sección 6ª relativa a la Compraventa de Muebles existe una norma (art. 1143) que
expresa: ´´Cuando el contrato ha sido válidamente celebrado, pero el precio no se ha señalado ni expresa
ni tácitamente, ni se ha estipulado un medio para determinarlo, se considera, excepto indicación en contrario,
que las partes han hecho referencia al precio generalmente cobrado en el momento de la celebración del
contrato para tales mercaderías, vendidas en circunstancias semejantes, en el tráfico mercantil de que se
trate´´.
Esta disposición nos plantea un problema.
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Debe recordarse que el artículo 971 dispone que los contratos se concluyen con la recepción de la
aceptación de una oferta y que la oferta (art. 972) es la manifestación dirigida a persona determinada con la
intención de obligarse y con las precisiones necesarias para establecer los efectos que debe producir de ser
aceptada. Esta última norma no tiene el detalle que la oferta debe indicar expresa o tácitamente —entre
otros elementos—el precio, o prever un medio para determinarlo.
De allí que, aun cuando el artículo 1123 mencione el precio como integrativo de la definición de contrato, la
disposición del artículo 1143 permite entender —al igual que en la interpretación del artículo 55 de la
Convención de Viena— que existe un precio implícito que será el generalmente cobrado en el momento de
la celebración del contrato para tales mercaderías en el tráfico mercantil usual de ellas. Por ello, pensamos
que el artículo 1143 debe interpretarse en el sentido que la "oferta" del artículo 972, aceptada por su
destinatario, concluye el contrato (discrecional o por adhesión), aun cuando no cumpliera con la indicación
del precio de la cosa mueble, o sea con las precisiones necesarias para lograr los efectos normales en caso
de ser aceptada, pero deberá tratarse de mercaderías con un tráfico mercantil que permita determinar tal
precio en forma usual o costumbrista.
OBLIGACIONES DEL VENDEDOR
Enumeración Las principales obligaciones del vendedor son: entregar la cosa vendida (lo que incluye la
entrega de instrumentos, facturas y documentación que corresponda) y garantizar para el caso de evicción
y de vicios ocultos. También, está obligado a recibir el precio. Implícita en la obligación de entregar la cosa
se encuentran los deberes de conservarla hasta el momento de la entrega y la de correr con los gastos de
la entrega.
OBLIGACIÓN DE ENTREGA.
CONSERVACIÓN Y CUSTODIA DE LA COSA. Contenido de esta obligación Puesto que el vendedor debe
entregar la cosa, va de suyo que también está obligado a conservarla sin cambiar su estado, hasta el
momento en que haga efectiva la tradición. Es que hasta ese momento es el dueño de la cosa y, por tanto,
soporta sus riesgos (art. 755). Más que una obligación en sí misma, ésta es un cargo inherente a la obligación
de entrega.
Naturalmente, el deber de custodia solo se concibe cuando se trate de la venta de cosas ciertas o de cosas
de género limitado. Siendo de género ilimitado no hay problema de conservación, porque el vendedor cumple
entregando cualquier cosa perteneciente al género; sin embargo, una vez hecha la elección, se aplican las
reglas sobre la obligación de dar cosas ciertas (art. 763).
Los gastos de conservación de la cosa corren por cuenta del vendedor, pues es el dueño de la cosa hasta
que se realice la tradición y, además, es lo que está dispuesto respecto de los gastos de entrega (art. 1138),
y ya se ha dicho que la custodia no es sino un aspecto de la entrega. Pero no hay inconveniente en que las
partes estipulen lo contrario (art. citado).
Desde el momento en que el comprador ha sido puesto en mora, estos gastos corren por su cuenta, puesto
que el vendedor no habría incurrido en ellos de haber recibido aquél la cosa en tiempo propio.
Riesgos, mejoras y frutos. Mientras el vendedor no hiciere tradición de la cosa se aplicarán las
disposiciones relativas a las obligaciones de dar (arts. 750 y ss.). Hasta el momento de la tradición no hay
transferencia del dominio, ello significa que hasta entonces el vendedor carga con los riesgos y se beneficia
con las mejoras naturales y frutos.
a) Riesgos. Si la cosa perece sin culpa del vendedor, la venta queda resuelta; el vendedor no podrá reclamar
el pago del precio, y si lo hubiere recibido, deberá devolverlo. Si la cosa se pierde por culpa del vendedor, el
contrato se extingue y deberá indemnizar el daño causado. Esto último es aplicable al vendedor moroso,
que no es culpable de la pérdida de la cosa, a menos que demuestre que la cosa se habría perdido también
en poder del comprador.
El Código Civil y Comercial no resuelve los problemas derivados del deterioro de la cosa. Ante este silencio,
nos parece razonable seguir el criterio previsto en los artículos 580, 581 y 892 del Código Civil de Vélez, por
cuanto constituye un uso vinculante, en los términos del artículo 1º del Código vigente: i) si la cosa se
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deteriora sin culpa del vendedor, el comprador tendrá derecho a tener por resuelta la venta o a pedir una
disminución proporcional del precio; ii) si la cosa se deteriora sin culpa del vendedor después de encontrarse
en mora, está obligado a pagar los daños, a menos que demuestre que la cosa se hubiera deteriorado
también en poder del comprador; iii) si la cosa se deteriora por culpa del vendedor, el comprador tendrá
derecho a exigir una cosa equivalente y el pago de los daños sufridos, si es que no prefiere recibir la cosa
en el estado en que se encuentra y la reparación de tales daños.
Un caso singular plantea el artículo 1151: el de la cosa mueble que, si bien no ha sido entregada al
comprador, ha sido puesta a su disposición, conforme a lo dispuesto por el artículo 1149. Esta situación se
asimila a la de la entrega efectiva de la cosa mueble, pues los riesgos de daños o pérdida de las cosas, y
los gastos incurridos, quedan a cargo del comprador desde que la cosa ha sido puesta a su disposición si
ello ha sido pactado en el contrato.
El referido artículo 1151 establece también que el vendedor deja de cargar con los riesgos de daño o pérdida
de la cosa mueble, y los gastos incurridos, desde que la pone a disposición del transportista u otro tercero,
pesada o medida, pero no aclara quién asume tales riesgos. Pensamos que poner la cosa a disposición del
transportista o del tercero, es tanto como ponerla a disposición del comprador. El nuevo texto no lo dice,
pero es lo razonable si se procura interpretar el contrato de manera armónica con la Convención de Viena
de 1980, que dispone que cuando se haya puesto la mercadería en poder de porteador, el comprador asume
el riesgo desde ese momento.
b) Mejoras. Las mejoras naturales, esto es, las que no provienen del hecho del hombre sino de la naturaleza,
ocurridas entre la celebración del contrato y la entrega de la cosa, también favorecen al dueño, es decir, al
vendedor. Éste está autorizado a exigir el mayor valor al comprador, y si este último no lo acepta, el contrato
se extingue sin responsabilidad para las partes (art. 752).
Sin embargo, desde que el vendedor se encuentra en mora, las mejoras naturales pertenecen al comprador
y el vendedor no podrá exigir un mayor precio por ellas; esta solución se desprende del principio según el
cual el deudor que ha incurrido en mora debe satisfacer todos los daños que por tal motivo ocasione a la
otra parte; y por cierto, si la cosa se hubiera entregado en tiempo, las mejoras naturales corresponderían
indudablemente a su nuevo dueño, el comprador.
Respecto de las mejoras artificiales (las que provienen del hecho del hombre), deben diferenciarse según
se traten de mejoras necesarias, o de mejoras útiles, de mero lujo, recreación o suntuarias. Respecto de las
primeras, el vendedor está obligado a hacerlas, sin derecho a percibir su valor; respecto de las segundas,
se las puede llevar, siempre que no dañe la cosa, y no tiene derecho a reclamar indemnización alguna (art.
753).
c) Frutos. Todos los frutos percibidos antes de la tradición de la cosa pertenecen al vendedor; pero los
pendientes corresponden al comprador (art. 754).
d) Productos. Los productos forman parte de la cosa y su extracción la disminuye. Está pues fuera de
discusión que el vendedor no tiene derecho a seguir extrayendo productos, desde el instante mismo en que
se realizó la venta, pues ello sería contrario a su obligación de conservación y custodia.
Riesgos y mejoras en caso de mora del comprador. Producida la mora del comprador, puede consignar
la cosa, con lo cual se librará de los riesgos; en segundo lugar, el vendedor siempre podrá reclamar del
comprador el pago de los daños que su mora le ha significado. De donde resulta que, en definitiva, la pérdida
o deterioro vendrá a incidir sobre el comprador moroso.
También en lo que atañe a las mejoras naturales y frutos es aplicable la regla res perit et crescit domine;
porque si cuando el comprador aún no está en mora, las mejoras naturales benefician al vendedor, no hay
motivo para resolver lo contrario cuando lo está, pues si no, la mora vendría a beneficiar al que incurre en
ella. Tanto más justa resulta esta solución en lo que atañe a los frutos, que siempre o casi siempre son en
alguna medida el resultado del esfuerzo del dueño, en nuestro caso, del vendedor.Ç
LA ENTREGA. Formas y modo El vendedor está obligado a transferir al comprador la propiedad de la cosa
vendida (art. 1137).
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La transmisión de dominio se hace a través de la tradición, esto es, cuando una parte entrega
voluntariamente a la otra la cosa. Consiste en la realización de actos materiales de, por lo menos, una de
las partes, que otorguen un poder de hecho —posesión— sobre ella (art. 1924), que le permite comportarse
como titular del derecho real de dominio (art. 1909).
Tales actos materiales no pueden ser suplidos, con relación a los terceros, por la sola declaración de quien
la entrega de darla a quien la recibe, o de éste de recibirla (art. 1924).
Si se trata de cosas muebles, el Código Civil y Comercial añade otras formas de tradición. Ellas son: i) la
entrega de conocimientos, cartas de porte, facturas u otros documentos de conformidad con las reglas
respectivas, sin oposición alguna, y ii) si son remitidas por cuenta y orden de otro, cuando el remitente las
entrega a quien debe transportarlas, si el adquirente aprueba el envío (art. 1925). Estos casos importan
supuestos de tradición simbólica o por mera entrega del título; un ejemplo característico es el del vendedor
que entrega al comprador el certificado y el warrant de la cosa en depósito.
Asimismo, el artículo 1149 regula otras dos maneras de entregar la mercadería vendida. Una de ellas, la
puesta de la cosa a disposición del comprador; la otra, el supuesto de entrega de la mercadería en tránsito.
Veamos estos dos casos.
Se considera que hay entrega de la cosa al comprador cuando el vendedor la ha puesto en cierto lugar y de
forma incondicional, siempre que así se hubiera pactado. El texto legal otorga al comprador, en este caso,
el derecho a revisar la cosa y expresar su disconformidad dentro de los diez días de que la hubiera retirado.
Como se puede ver, la norma exige, para ser aplicada: i) que las partes lo hayan pactado, ii) que hayan
fijado el lugar cierto en el que debe dejarse y iii) que sea incondicional. Y, además, confiere al comprador el
derecho a revisarla y expresar su disconformidad dentro de los diez días de retirada.
El artículo 1150 diferencia dos casos. El primero, que el vendedor no haya entregado todo lo que tenía que
entregar. En este supuesto, podrá entregar la parte o cantidad que falte de las cosas, sin ninguna otra
condición o consecuencia. El segundo, que el vendedor haya entregado algo diferente de lo debido. Acá,
podrá entregar otras cosas en sustitución de las dadas o subsanar cualquier falta de adecuación de las
cosas entregadas a lo convenido, pero siempre que no provoque inconvenientes ni gastos excesivos al
comprador, reconociéndose a éste el derecho a ser indemnizado por los daños sufridos.
La diferencia de trato es justa. En el primer caso, el vendedor cumple con la obligación prometida en el
tiempo fijado. En el segundo, el vendedor pretende sustituir su obligación por otra, no resultando lógico que
el comprador esté inexorablemente obligado a aceptarla, sino solo en las condiciones que la norma fija y
conservando siempre su derecho a ser indemnizado por los daños que hubiera sufrido.
OBLIGACIÓN DE GARANTIZAR POR EVICCIÓN Y VICIOS REDHIBITORIOS
OBLIGACIÓN DE RECIBIR EL PRECIO
La omisión legal: El artículo 1411 del Código Civil de Vélez hacía mención a que el vendedor está obligado
a recibir el precio. Sin provecho, el Código Civil y Comercial omite toda referencia a esta obligación, la que
de todos modos existe, pues es la consecuencia de la obligación que sí se le impone al comprador de pagar
el precio y recibir la cosa (art. 1141).
OBLIGACIONES DEL COMPRADOR
Enumeración: Las obligaciones del comprador son las siguientes: a) pagar el precio; b) recibir la cosa y los
documentos vinculados con el contrato; c) pagar los gastos de recepción de la cosa (arts. 1141).
OBLIGACIÓN DE PAGAR EL PRECIO.
El Código Civil y Comercial regula el momento en que debe pagarse el precio en dos normas diferentes. Por
un lado, el artículo 1141, inciso a), establece que el precio debe pagarse en el tiempo establecido en el
contrato; y si éste nada dijera, se entiende que la venta es al contado. Por otro lado, y refiriéndose
específicamente a las cosas muebles, el artículo 1152 dispone que el pago se hace contra la entrega de la
cosa, excepto pacto en contrario.
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Como se puede advertir, las dos normas tienen la misma solución: se presume que cuando el contrato nada
dice sobre el momento en que debe hacerse el pago, éste deberá hacerse cuando se reciba la cosa. No hay,
por lo tanto, diferencias según se trate de compraventa de inmuebles o muebles.
Sin embargo, es conveniente hacer algunas precisiones. En materia de compraventa de inmuebles, debe
recordarse que la transferencia del dominio exige, además de la tradición, la escritura y la inscripción en el
registro de la propiedad. Por lo tanto, es la escritura, si es simultánea o posterior a la tradición, la que marca
el momento en que puede exigirse el pago del precio.
En materia de compraventa de cosas muebles, y más allá de lo que dice el artículo 1152 —en cuanto a que
el pago debe hacerse contra la entrega de la cosa, excepto pacto en contrario—, habrá que tener en cuenta
si los usos, prácticas y costumbres conceden un plazo, pues si ello ocurriera deberá estarse a él (art. 1º).
Lugar del pago. El precio debe pagarse en el lugar convenido (art. 1141, inc. a]). Pero ¿qué ocurre si no se
fija el lugar de pago? La norma nada resuelve. A nuestro juicio, debe entenderse que, si es al contado, debe
hacerse en el lugar de la entrega de la cosa; y si es a plazo, debe hacerse en el domicilio del comprador,
por ser el deudor de la prestación.
En la venta al contado, la entrega de la cosa y el precio están tan íntimamente ligadas, que resulta de
evidente conveniencia lógica establecer un mismo lugar de pago; pero en la venta a crédito, esas
obligaciones recíprocas aparecen en cierta forma desligadas y es natural que recupere su vigencia la regla
general de que las obligaciones deben pagarse en el domicilio del deudor (art. 874).
Intereses. En principio, el comprador no debe los intereses del precio por el tiempo transcurrido entre el
momento del contrato y el del pago, a menos que se trate de las siguientes hipótesis:
a) Que el contrato fije intereses, lo cual es muy común en las ventas a plazos.
b) Que el comprador haya incurrido en mora (art. 768), en cuyo caso debe los intereses aunque el
vendedor haya conservado la posesión de la cosa vendida. Ellos corren desde el momento de la
mora.
DERECHO DE RETENER EL PRECIO. Ejercicio del derecho de retención Dispone el artículo 1152 que el
comprador no está obligado a pagar el precio mientras no tiene la posibilidad de examinar las cosas, a
menos que las modalidades de entrega o de pago pactadas por las partes sean incompatibles con esta
posibilidad.
Si bien la norma se refiere a la posibilidad de examinar las cosas muebles, pues está incluida en la sección
6ª referida a la compraventa de muebles, no hay razón para impedir su aplicación a la compraventa de
inmuebles.
Por su parte, el artículo 1156 considera que la cosa es adecuada a lo convenido en el contrato cuando: i) es
apta para los fines o usos a que ordinariamente se destinan las cosas del mismo tipo; ii) es apta para
cualquier uso o fin especial que expresa o tácitamente se haya hecho conocer al vendedor cuando se celebró
el contrato; sin embargo, no puede considerase que la cosa es adecuada si de las circunstancias del caso
surge que el comprador no confió o no era razonable que confiara en el criterio e idoneidad del vendedor;
iii) la cosa está envasada o embalada de la manera habitual para tal tipo de mercadería; y si no existiera tal
forma habitual, si está embalada de manera adecuada para conservarla y protegerla, y iv) la cosa tiene las
cualidades de la muestra que el vendedor presentó al comprador.
Asimismo, si el comprador conocía o debía conocer la falta de adecuación de la cosa al momento de celebrar
el contrato, sea porque no es apta para el fin previsto, sea porque no está envasada o embalada de manera
habitual o adecuada para su conservación y protección, el vendedor no es responsable (art. 1156, párr. final).
OBLIGACIÓN DE RECIBIR LA COSA Y LOS DOCUMENTOS VINCULADOS AL CONTRATO.
Tiempo y lugar. Correlativamente a los deberes del vendedor de entregar la cosa en el tiempo y lugar
indicados en los artículos 1139, 1147 y 1148, existe una implícita obligación correlativa del comprador de
recibir la cosa en el tal tiempo y lugar.
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Este deber de recibir la cosa (art. 1141, inc. b]), obliga al comprador a realizar todos los actos que
razonablemente cabe esperar, para que el vendedor pueda efectuar la entrega y, consiguientemente, aquél
pueda hacerse cargo de la cosa.
Consecuencias de que el comprador no reciba la cosa. Si el comprador se niega a recibir la cosa, mueble
o inmueble, el vendedor puede:
a) Cobrar los gastos de conservación de la cosa y los demás daños que resulten de la actitud renuente
del comprador.
b) Consignar judicialmente la cosa.
c) Demandar el pago del precio cuando no hubiese sido cobrado, y siempre que haya hecho entrega
de la cosa o la ponga a disposición del comprador, consignándola judicialmente.
d) Pedir la resolución de la venta si no se le pagara el precio. Bien entendido que esta no es una
consecuencia de la negativa a recibir la cosa, sino del incumplimiento de la obligación de pagar el
precio.
La obligación de recibir documentos. El artículo 1141, inciso b), establece que el comprador está obligado
a recibir los documentos vinculados con el contrato. Entre esos documentos cabe incluir facturas, garantías,
remitos, etcétera.
Plazo para reclamar por defectos de la cosa. El Código Civil y Comercial fija una pauta interpretativa
respecto de los plazos para reclamar las diferencias de cantidad o no adecuación de la cosa a lo pactado. Y
ella es que el comprador pueda tener la posibilidad real de examinarla. Esto ocurre recién cuando haya
recibido la cosa.
Por ello, el artículo 1158 dispone que si la cosa ha sido entregada al transportista o a un tercero, y no se la
ha examinado, el plazo para reclamar por la inadecuación corre a partir de que el comprador la recibe
efectivamente.
OBLIGACIÓN DE PAGAR LOS GASTOS DE RECIBO.
Disposición legal. Establece el artículo 1141, inciso c), que el comprador debe pagar los gastos de recibo
de la cosa, incluyendo los de testimonio de la escritura pública y los demás posteriores a la venta. Si bien
no existe una norma específica para la compraventa de cosas muebles, ella es aplicable en razón de lo que
dispone el artículo 1142; esto es, que cabe aplicar las demás normas del capítulo de la compraventa en
cuanto sean compatibles.
Estas normas deben ser interpretadas de conformidad con las reglamentaciones locales, las cuales,
normalmente, disponen que el comprador pague el sello matriz, el testimonio de la escritura y el 50% de las
obligaciones fiscales; y el vendedor pague todo lo necesario para otorgar el acto, o sea: el estudio de los
títulos, la confección y diligenciamiento de los certificados para otorgar la escritura y el 50% de las
obligaciones fiscales.
En cuanto a los gastos de recibo, hay que distinguirlos cuidadosamente de los de entrega, que corresponden
al vendedor. Deben entenderse por tales todos aquellos que se devenguen a partir del instante de la entrega;
tales, por ejemplo, los de transporte de la cosa al domicilio del comprador, los de embalaje para facilitar el
transporte posterior a la entrega, etc.; asimismo, se consideran gastos de recepción los que demanda la
anotación en el Registro de la Propiedad.
CLAUSULAS ESPECIALES.
Regla general. Puesto que en el ámbito contractual impera el principio de la libertad (art. 958), las partes
pueden pactar las cláusulas y modalidades que estimen convenientes.
El Código se ha limitado a reglamentar las cláusulas más frecuentes; algunas de ellas en la sección 7ª
dedicada a "algunas cláusulas que pueden ser agregada al contrato de compraventa", otras en la sección
3ª referida al "precio", otras en la sección 6ª, parágrafo 4º, dedicada a la recepción de la cosa mueble y el
pago del precio, todas ellas en el capítulo referido a la compraventa. Además de estas, estudiaremos otras
no reglamentadas que tienen también importancia práctica.
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Compraventa condicional.
La condición. Dispone el artículo 343 que la condición es la cláusula de los actos jurídicos por la cual las
partes subordinan su plena eficacia o resolución a un hecho futuro e incierto. Se trata de una condición
suspensiva si la plena eficacia del acto jurídico está subordinada a la producción del hecho futuro e incierto,
en tanto que es una condición resolutoria si la resolución está atada a que ese hecho se produzca.
Por ello, el cumplimiento de la condición obliga a las partes a entregarse o restituirse recíprocamente, las
prestaciones convenidas, aplicándose los efectos correspondientes a la naturaleza del acto concertado, a
sus fines y objeto (art. 348).
Estas normas son aplicables a la compraventa pues esta, como contrato que es, es también un acto jurídico.
Por lo tanto, es admisible sujetar el contrato de compraventa a una condición, sea resolutoria, sea
suspensiva.
Condición resolutoria. Cuando la condición fuese resolutoria, la compraventa tendrá los efectos siguientes:
a) La compraventa produce los efectos propios del contrato, con excepción de lo que se dirá más
adelante en este mismo parágrafo sobre el dominio que se transmite (art. 1169).
b) El comprador podrá comportarse como verdadero dueño, pero el vendedor podrá pedir que se
ordenen medidas conservatorias (arg. art. 347, párr. 2º).
c) La tradición o, en su caso, la inscripción registral, solo transmite un dominio revocable (art. 1169).
Con otras palabras, si la condición se cumple, el comprador debe restituir la cosa al vendedor. El
Código diferencia según se trate de cosas registrables o no registrables. En el primer caso, la
revocación tiene plenos efectos retroactivos, excepto que lo contrario surja del título de adquisición
o de la ley. En el segundo, la revocación no tiene efectos respecto de terceros sino en cuanto ellos,
por razón de su mala fe, tengan una obligación personal de restituir la cosa (art. 1967).
d) Mientras la condición no se haya cumplido, el vendedor debe comportarse de buena fe, de modo de
no perjudicar a la contraparte (art. 347, párr. 3º).
Condición suspensiva. Cuando la condición fuese suspensiva, la compraventa tendrá los efectos
siguientes:
a) Mientras pendiese la condición, el vendedor no tiene obligación de entregar la cosa vendida, ni el
comprador de pagar el precio (arg. art. 348, párr. 1º).
b) El comprador podrá pedir que se ordenen medidas conservatorias (art. 347, párr. 1º).
c) Si antes de cumplida la condición, el vendedor hubiese entregado la cosa vendida al comprador, éste
no adquiere el dominio de ella y será considerado como administrador de cosa ajena. Establece el
artículo 349 que la parte que recibió la cosa (el comprador) debe restituirla con sus accesorios pero
no con los frutos percibidos.
d) Mientras la condición no se haya cumplido, el vendedor debe comportarse de buena fe, de modo de
no perjudicar a la contraparte (art. 347, párr. 3º).
Caso de duda. Según el artículo 1168, en caso de duda sobre si la condición fuese suspensiva o resolutoria,
se juzgará que es resolutoria siempre que, pendiente la condición, el vendedor hubiese hecho tradición de
la cosa al comprador. Es lógico que así sea, porque el vendedor bajo condición suspensiva no tiene
obligación alguna de entregar la cosa y sí la tiene quien ha vendido bajo condición resolutoria.
Clausulas legales de la sección 7:
Artículos 1163 a 1169:
Algunas cláusulas que pueden ser agregadas al contrato de compraventa
ARTICULO 1163. Pacto de retroventa. Pacto de retroventa es aquel por el cual el vendedor se reserva el
derecho de recuperar la cosa vendida y entregada al comprador contra restitución del precio, con el exceso
o disminución convenidos.
El contrato sujeto a este pacto se rige por las reglas de la compraventa sometida a condición resolutoria.
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ARTICULO 1164. Pacto de reventa. Pacto de reventa es aquel por el cual el comprador se reserva el
derecho de devolver la cosa comprada. Ejercido el derecho, el vendedor debe restituir el precio, con el
exceso o disminución convenidos.
Se aplican las reglas de la compraventa bajo condición resolutoria.
ARTICULO 1165. Pacto de preferencia. Pacto de preferencia es aquel por el cual el vendedor tiene derecho
a recuperar la cosa con prelación a cualquier otro adquirente si el comprador decide enajenarla. El derecho
que otorga es personal y no puede cederse ni pasa a los herederos.
El comprador debe comunicar oportunamente al vendedor su decisión de enajenar la cosa y todas las
particularidades de la operación proyectada o, en su caso, el lugar y tiempo en que debe celebrarse la
subasta.
Excepto que otro plazo resulte de la convención, los usos o las circunstancias del caso, el vendedor debe
ejercer su derecho de preferencia dentro de los diez días de recibida dicha comunicación.
Se aplican las reglas de la compraventa bajo condición resolutoria.
ARTICULO 1166. Pactos agregados a la compraventa de cosas registrables. Los pactos regulados en los
artículos precedentes pueden agregarse a la compraventa de cosas muebles e inmuebles. Si la cosa vendida
es registrable, los pactos de retroventa, de reventa y de preferencia son oponibles a terceros interesados si
resultan de los documentos inscriptos en el registro correspondiente, o si de otro modo el tercero ha tenido
conocimiento efectivo.
Si las cosas vendidas son muebles no registrables, los pactos no son oponibles a terceros adquirentes de
buena fe y a título oneroso.
ARTICULO 1167. Plazos. Los pactos regulados en los artículos precedentes pueden ser convenidos por un
plazo que no exceda de cinco años si se trata de cosas inmuebles, y de dos años si se trata de cosas
muebles, contados desde la celebración del contrato.
Si las partes convienen un plazo mayor se reduce al máximo legal. El plazo establecido por la ley es
perentorio e improrrogable.
ARTICULO 1168. Venta condicional. Presunción. En caso de duda, la venta condicional se reputa hecha
bajo condición resolutoria, si antes del cumplimiento de la condición el vendedor hace tradición de la cosa
al comprador.
ARTICULO 1169. Efecto de la compraventa sujeta a condición resolutoria. La compraventa sujeta a
condición resolutoria produce los efectos propios del contrato, pero la tradición o, en su caso, la inscripción
registral, sólo transmite el dominio revocable.
BOLETOS DE COMPRAVENTA
Concepto y naturaleza jurídica. En la práctica de las operaciones inmobiliarias, la compraventa se
concierta siempre, salvo casos muy excepcionales, por medio de contratos (también llamados boletos)
privados. Ello se explica porque el otorgamiento de la escritura pública importa un trámite bastante engorroso
y largo, y las partes, una vez logrado el acuerdo sobre las condiciones de venta, tienen necesidad de
procurarse un instrumento en el que consten las obligaciones asumidas; además, el vendedor encuentra
ocasión de exigir la entrega de una seña que asegura la seriedad del compromiso contraído por el
comprador.
En nuestro derecho es frecuente la opinión de que el boleto de compraventa de inmuebles es solo un
antecontrato, una promesa bilateral de compraventa. A decir verdad, esta tesis tiene un fundamento bastante
sólido en los artículos 1017 y 1018. El primero de ellos establece que deben ser hechos por escritura pública
los contratos que tienen por objeto la adquisición de derechos reales sobre inmuebles (inc. a]), lo que
claramente comprende la transmisión de la propiedad. El segundo dispone que el otorgamiento pendiente
de un instrumento previsto constituye una obligación de hacer si el futuro contrato no requiere una forma
bajo sanción de nulidad, lo que implica que si el contrato requiere ser hecho en escritura pública (como
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ocurre en la compraventa inmobiliaria), y lo es por instrumento privado, no queda concluido como tal mientras
no se otorgue la escritura, pero constituye una obligación de hacer la escritura pública.
Esta distinción entre contrato definitivo y promesa bilateral de compraventa, sin embargo, se explica solo en
las legislaciones que, como la francesa y la italiana, confieren a la compraventa efecto traslativo de la
propiedad.
Pero no en nuestro derecho, en el que la compraventa no es otra cosa que la obligación de transferir a otro
la propiedad de una cosa a cambio de la obligación que asume el cocontratante de pagarla (art. 1123).
Desde que los tribunales han resuelto que el comprador por boleto privado tiene derecho a exigir el
cumplimiento del contrato de compraventa, debiendo otorgar el juez la escritura en caso de resistencia del
vendedor (lo que expresamente ha consagrado el art. 1018, parte final), carece de sentido considerar al
boleto privado como una simple promesa y no como un contrato definitivo y perfecto de compraventa.
En nuestro derecho positivo, la escritura pública no es, en verdad, un requisito formal del contrato de
compraventa, sino solamente uno de los requisitos de la transmisión de la propiedad. El comprador por
boleto privado demanda la escrituración, no para luego poder demandar la transmisión de la propiedad, sino
porque la escrituración lleva implícita esa transmisión. Cumplida la escrituración, sea por el dueño, sea por
el juez, e inscripta ella en el Registro de la Propiedad Inmueble, el dominio queda transferido, de tal modo
que no es necesaria una nueva demanda de cumplimiento de contrato como lo sería si la escritura fuera
solo un requisito formal para tener por concluido el contrato.
Cabe añadir que la concepción del boleto como simple promesa implica escindir el proceso del
consentimiento en dos etapas; en la primera se consentiría solo en escriturar; en la segunda, se consentiría
en vender.
Por último, no resulta un dato menor que los artículos 1170 y 1171 integran la sección 8ª, titulada Boleto de
Compraventa, que está dentro del capítulo referido al contrato de compraventa. Si fuera un contrato
preliminar, debió ser incluido en la parte general de los contratos (cap. 3, sec. 4ª).
Efectos. El efecto fundamental del boleto de compraventa es, ya se ha dicho, colocar al titular del boleto en
situación de comprador y permitirle exigir del vendedor la transferencia del dominio. Además, tiene los
siguientes efectos: a) convierte la posesión adquirida por el comprador en legítima (art. 1916); b) permite al
comprador oponer al concurso del vendedor la compra del inmueble cuando ha pagado el 25% del precio y
pedir la escrituración, quedando obligado a constituir hipoteca de primer grado sobre el bien, en garantía del
saldo de precio (art. 1171), y c) reunidos ciertos recaudos, el comprador de buena fe por boleto tiene prioridad
sobre los terceros que hayan trabado cautelares sobre el inmueble vendido (art. 1170).
Poder para suscribir el boleto; forma El artículo 363 establece que el apoderamiento debe ser otorgado en
la forma prescripta para el acto que el representante deba realizar. Teniendo en cuenta que la ley no
establece ningún requisito formal para el acto de apoderamiento por el cual se faculta a otra persona a
suscribir en nombre del poderdante un boleto de compraventa, puede otorgarse por instrumento privado o
público y aun verbalmente.
Esta informalidad solo alcanza al boleto; el poder que se otorga para facultar a otro a escriturar en su nombre
el inmueble debe ser hecho por escritura pública, pues esta es la formalidad que exige el artículo 1017,
inciso a), para la adquisición de derechos reales.
Cesión del boleto. Hemos dicho ya que el boleto de compraventa es un contrato, por lo que cuando se
habla de ceder el boleto, se está haciendo referencia a la cesión de las posiciones contractuales que se
tienen en ese contrato.
La escrituración. Las obligaciones esenciales que derivan para el vendedor de un inmueble que ha firmado
boleto de compraventa son otorgar la escritura y hacer la tradición de la cosa.
Concurso o quiebra del vendedor antes de la escritura. Una cuestión que había dividido a nuestra
jurisprudencia era la de si cayendo en concurso o quiebra el vendedor después de firmar el boleto y antes
de la escritura, la masa está obligada o no a otorgarla.
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La cuestión fue resuelta por la ley 17.711 al agregar el artículo 1185 bis al Código Civil de Vélez, y su solución
fue sustancialmente recogida por el artículo 1171 del Código Civil y Comercial que dispone que los boletos
de compraventa de inmuebles de fecha cierta otorgados a favor de adquirentes de buena fe son oponibles
al concurso o quiebra del vendedor si se hubiera abonado como mínimo el veinticinco por ciento del precio.
El juez debe disponer que se otorgue la respectiva escritura pública. El comprador puede cumplir sus
obligaciones en el plazo convenido. En caso de que la prestación a cargo del comprador sea a plazo, debe
constituirse hipoteca en primer grado sobre el bien, en garantía del saldo de precio.
El texto dispone, ante todo, que el boleto de compraventa de un inmueble, que tenga fecha cierta, es oponible
al concurso o quiebra del vendedor, requiriéndose que el comprador sea de buena fe y que haya pagado el
veinticinco por ciento del precio.
La norma exige que se haya pagado el veinticinco por ciento del precio, pero no requiere que el comprador
haya entrado en posesión del inmueble. Sin embargo, debe tenerse presente que si el juez ordena la
escrituración, el comprador deberá constituir una hipoteca de primer grado a fin de garantizar el pago del
saldo de precio.
También se exige buena fe en el comprador.
La necesidad de que el boleto tenga fecha cierta es una cuestión discutida. Unos exigen la fecha cierta
porque éste es un requisito de carácter general, indispensable para que un documento privado pueda
oponerse a terceros. Otros entienden que exigir la fecha cierta hace perder en buena medida el propósito
de la norma. A nuestro juicio (Borda), exigir la fecha cierta del boleto carece de todo sentido.
PERMUTA.
Concepto y régimen legal. Permuta es el trueque de una cosa por otra; desde el punto de vista jurídico, el
contrato queda configurado desde que las partes se han obligado a transferirse recíprocamente la propiedad
de cosas que no son dinero (art. 1172). Es la forma primitiva del intercambio entre los hombres.
Actualmente el papel económico de este contrato es muy modesto, aunque no ha desaparecido. Subsisten
todavía algunas permutas manuales y también se dan casos de trueque de inmuebles (sobre todo entre
coherederos), pero desde luego, el gran instrumento moderno de intercambio es la compraventa.
Al considerar la naturaleza jurídica de este contrato, resalta de inmediato su analogía con la compraventa,
que en el fondo no es otra cosa que el trueque de una cosa por un precio en dinero. Ello explica la disposición
del artículo 1175, según el cual la permuta se rige por las disposiciones concernientes a la compraventa, en
todo lo que no tenga una regulación especial. Estas reglas especiales y propias de nuestro contrato son
contadísimas (arts. 1173 y 1174) y bien pudo prescindirse de ellas.
Caracteres. Son los mismos de la compraventa:
a) la permuta es consensual, porque produce efectos por el solo acuerdo de voluntades;
b) es no formal; en el caso de los inmuebles, la escritura pública exigida por el artículo 1017, inciso a),
es un requisito de la transferencia del dominio pero no del contrato en sí, que puede ser válidamente
celebrado en instrumento privado;
c) es bilateral, porque engendra obligaciones para ambas partes;
d) es oneroso, pues las contraprestaciones son recíprocas; e) es conmutativo, porque las
contraprestaciones recíprocas son por naturaleza equivalentes.
Disposiciones especiales. El Código contiene algunas disposiciones especiales relativas a este contrato
que examinaremos brevemente a continuación.
a) Gastos de contrato. Según el artículo 1173, los gastos del contrato, que incluyen los gastos de
entrega de las cosas y los que se originen en la obtención de los instrumentos requeridos por los
usos o por las particularidades de la permuta, y si son inmuebles, los gastos de estudio el título y sus
antecedentes y, en su caso, los de mensura y los tributos que graven el contrato, son soportados por
los contratantes por partes iguales, salvo pacto en contrario.
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b) Evicción. El caso de evicción total está regido por el artículo 1174. La norma dispone que si uno de
los permutantes es vencido en la propiedad de la cosa que le fue transmitida, tiene derecho a pedir
que se le restituya la cosa que él dio a cambio o su valor al tiempo de la evicción. Sin embargo,
también tiene derecho a exigir que se le dé una cosa equivalente a la perdida por evicción, si ella
fuese fungible; ello es así, pues el artículo 1039, referido a la responsabilidad por saneamiento, a la
que el artículo 1174 remite, permite, justamente, reclamar un bien equivalente, si es fungible.
Además, el permutante vencido por evicción —como acreedor de la obligación de saneamiento— tiene
derecho a pedir que se le indemnicen los daños sufridos, pues así lo dispone el artículo 1040.
SUMINISTRO.
Conceptos generales. El Código Civil y Comercial desarrolla en los artículos 1559 y siguientes, y define al
contrato de suministro de derecho privado como el contrato en el que el suministrante se obliga a entregar
bienes, incluso servicios, sin relación de dependencia, en forma periódica o continuada y el suministrado a
pagar un precio por cada entrega o grupo de ellas (art. 1176).
Importancia del contrato y ventajas que conlleva. La razón de ser del contrato de suministro —como su
importancia— la debemos buscar en la rápida satisfacción de la provisión de bienes o servicios, que así se
hace segura y económica, ya que sería riesgoso buscar esa satisfacción mediante contrataciones
individuales en cada momento en que su necesidad se hiciera presente. Es así que su objetivo es asegurar
el aprovisionamiento de materias primas, mercaderías, energía, etc., garantizando la disponibilidad
constante de los elementos indispensables para la actividad industrial o comercial del suministrado o
aprovisionado.
En tal sentido, tan importante como la entrega misma es que la cosa sea suministrada oportunamente, lo
que conforma una contratación indispensable para el ordenado funcionamiento de la empresa. El contrato
tiene la ventaja para el suministrado de evitarle una erogación excesiva de dinero para la adquisición de los
elementos que necesita para su obra y le exime del costo financiero que significa mantener un stock o
inventario de tales elementos, con lo que además ahorra espacio y lugar de trabajo en su galpón u obrador.
Naturaleza jurídica. La doctrina distingue el contrato de suministro de derecho privado, del contrato de
suministro de derecho público o de carácter administrativo, pues en el primero solo intervienen particulares,
mientras que en el segundo participa ya como suministrante, ya como suministrado, la Administración
Pública.
En defecto de norma aplicable al suministro, las pautas de la compraventa podrían ser de válida aplicación
a este contrato.
Caracteres. El contrato de suministro es un contrato nominado (art. 970), típico, consensual, de cambio,
oneroso y bilateral (art. 966), pues se perfecciona por el solo acuerdo de partes, supone un do ut des y
genera obligaciones a cargo de ambas partes.
Es también un contrato no formal, pues no requiere de un documento especial para su celebración (arts.
969, 973, 974 y 1015), no obstante podemos entender que el Código Civil y Comercial establece una suerte
de paralelismo de las formas al disponer que la formalidad exigida (sea legalmente o por decisión de las
partes) para la celebración del contrato regirá también para las modificaciones ulteriores que le sean
introducidas, excepto que estas versaren sobre estipulaciones accesorias o secundarias o exista disposición
legal en contrario (conf. art. 1016).
Es un contrato conmutativo (art. 968), pues las prestaciones son ciertas y determinadas, y se corresponden
presuponiendo un equilibrio entre ellas.
Es un contrato de duración o de ejecución continuada, ya que su finalidad es producir efectos por un lapso
más o menos prolongado de tiempo, que puede estar o no predeterminado en el acuerdo (art. 887, inc. b]).
En el contrato de suministro, periodicidad y continuidad de las prestaciones son también un elemento que
podemos calificar como característica particular del mismo, diferenciando periodicidad de continuidad, pues
en la continuidad nos encontramos con una prestación ininterrumpida (p. ej., suministro de gas), no
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discontinua, ni periódica, no percibiéndose un momento particular de ejecución, careciendo esta prestación
de una individualidad propia, pues lo importante es que comporta la no interrupción del aprovisionamiento
durante la vigencia del contrato. En la periodicidad estamos ante varias prestaciones reiteradas y repetidas
en el tiempo, seguidas unas de otras (aunque puedan variar en cantidad), teniendo lugar en fechas y
períodos determinados de entrega.
Es necesario aclarar que no basta, para tener configurada la existencia de un contrato de suministro, el solo
hecho de verificarse un número de operaciones concertadas entre dos partes en un período de tiempo
determinado, sino que es necesario que concurra además un elemento propio de esta modalidad que es
que esa continuidad esté complementada con determinada conducta y servicio como el aseguramiento del
aprovisionamiento de las materias requeridas por el suministrado.
En este contrato se garantiza la disponibilidad constante de elementos necesarios para la continuidad
operativa o la comercialización del suministrado, lo que importa la satisfacción directa, segura y económica
de sus necesidades, sin que sea necesario la búsqueda y contratación constante de esos bienes.
ELEMENTOS DEL CONTRATO DE SUMINISTRO.
Las partes. Existen en la estructura del contrato de suministro dos partes: por un lado el suministrante o
sea, aquella persona que debe la entrega de las cosas o la prestación de los servicios en forma periódica o
continuada, y por el otro lado, el suministrado, o sea, aquella persona que debe recibir la entrega de las
cosas o los servicios, por los cuales abonará el precio pactado o que se determine.
El objeto: i) La cantidad de cosas o servicios a suministrar. El objeto de este contrato debe estar
determinado por las partes. Con el término suministro se hace referencia conjunta tanto a las cosas, como
a los servicios que se prestan, debiendo resaltarse que las prestaciones no deben ser necesariamente
iguales o similares, ni cuantitativa, ni cualitativamente.
Puede ocurrir que las partes al contratar hayan omitido fijar las cantidades de cosas a suministrar o haber
solo determinado un mínimo y un máximo de ellas. La ausencia en la determinación de las cantidades no
acarrea la nulidad del contrato, debiéndose estar entonces a las necesidades normales del suministrado al
tiempo de celebrarse el contrato. El Código Civil y Comercial dispone que Si no se conviene la entidad de
las prestaciones a ser cumplidas por el suministrante durante períodos determinados, el contrato se entiende
celebrado según las necesidades normales del suministrado al tiempo de su celebración. Si sólo se
convinieron cantidades máximas y mínimas, el suministrado tiene el derecho de determinar la cantidad en
cada oportunidad que corresponda, dentro de esos límites. Igual derecho tiene cuando se haya establecido
solamente un mínimo, entre esta cantidad y las necesidades normales al tiempo del contrato (art. 1178).
La norma prevé tres alternativas frente a un contrato de suministro sin cantidades fijas y predeterminadas.
En primer lugar, si no se conviniera la entidad o cantidad de las entregas, serán las necesidades y
requerimiento normales y usuales del suministrado el elemento a tener en cuenta, cuando no se hubiere
pactado el número o cantidad de elementos a cumplir con cada entrega, calculado ello al momento o fecha
del acuerdo.
En segundo lugar, en caso de haberse pactado entregas continuas o periódicas entre un máximo y un
mínimo, será el suministrado quien tiene el derecho de informar en cada oportunidad la cantidad a
suministrarse, para lo cual deberá notificar al suministrante con razonable anticipación, pauta esta que estará
determinada y en su caso limitada por los propios requerimientos de tiempo del suministrante para elaborar
o producir los elementos en la cantidad requerida.
Finalmente, en tercer lugar, si la importancia o cantidad de elementos a suministrarse se determinara en
relación a las necesidades del suministrado y una cuantía mínima, cabe al suministrado igual obligación de
notificar su requerimiento, pero si supera el mínimo pactado, su requerimiento no podrá entonces superar el
de sus necesidades al momento de la contratación.
El objeto: ii) El precio. El precio también integra el objeto del contrato de suministro y por lo general es la
contraprestación debida por el suministrado a las entregas periódicas o continuadas que efectúa el
proveedor.
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El precio se puede fijar por unidad de la cosa objeto del contrato o sobre determinada cantidad de ellas,
pudiendo fijarse también por entrega o por períodos (p. ej., semanales o mensuales).
La forma de pago del precio debe ser acordada de modo tal que éste se efectúe de una sola vez por todo el
contrato o bien pactar el pago en forma proporcional o periódica contra las entregas que se fueran
produciendo.
El artículo 1181 dispone: A falta de convención o uso en contrario, en las prestaciones singulares, el precio:
a) se determina según el precio de prestaciones similares que el suministrante efectúe en el tiempo y lugar
de cada entrega, si la prestación es de aquéllas que hacen a su giro ordinario de negocios o modo de vida;
b) en su defecto, se determina por el valor corriente de plaza en la fecha y lugar de cada entrega.
Plazo para el pago. El artículo 1181, inciso c), dispone que el precio debe ser pagado dentro de los diez
días del mes calendario siguiente a aquel en que ocurrió la entrega.
CUESTIONES PARTICULARES.
Plazo. Como contrato de duración que es, el Código Civil y Comercial ha fijado límites máximos a la duración
del contrato y del suministro.
Así, el artículo 1177 dispone: El contrato de suministro puede ser convenido por un plazo máximo de veinte
años, si se trata de frutos o productos del suelo o del subsuelo, con proceso de elaboración o sin él, y de
diez años en los demás casos. El plazo máximo se computa a partir de la primera entrega ordinaria.
Si bien el Código Civil y Comercial deja a la libertad de las partes (art. 958) la determinación del plazo del
contrato, pone un límite máximo de veinte años cuando se trate del suministro de frutos o productos del
suelo o subsuelo, ya fuere que tales productos lo sean con elaboración o sin proceso alguno de
manufacturado.
En cualquier otro supuesto —p. ej., productos de la pesca fluvial o marítima o componentes de equipos
electrónicos— el plazo máximo es de diez años.
Como indica la norma, el plazo se computa a partir de la fecha de la primera entrega acordada y nada impide
la renovación del contrato.
Pacto de preferencia. El pacto de preferencia hace referencia a la cláusula accesoria por la cual el
suministrado concede al suministrante un derecho de preferencia en la estipulación de un contrato similar
para el mismo o similar objeto.
El artículo 1182 dispone: ´´El pacto mediante el cual una de las partes se obliga a dar preferencia a la otra
en la celebración de un contrato sucesivo relativo al mismo o similar objeto, es válido siempre que la duración
de la obligación no exceda de tres años. La parte que desee contratar con terceros el reemplazo total o
parcial del suministro cuyo plazo ha expirado o expirará en fecha próxima, debe dar aviso a la otra de las
condiciones en que proyecta contratar con terceros, en la forma y condiciones pactadas en el contrato. La
otra parte debe hacer uso de la preferencia, haciéndolo saber según lo acordado. A falta de estipulación en
el contrato, se aplican la forma y condiciones de uso. En su defecto, una parte debe notificar por medio
fehaciente las condiciones del nuevo contrato con una antelación de treinta días a su terminación y la otra
debe hacer saber por igual medio si utilizará el pacto de preferencia dentro de los quince días de recibida la
notificación. En caso de silencio de ésta, expira su derecho de preferencia´´.
Si bien la norma permite la confusión respecto de si la obligación de preferencia no debe exceder de tres
años o si la obligación del nuevo suministro no excederá de ese plazo, estimamos (con fundamento en el
art. 1566 del Código Civil italiano) que se refiere al plazo del pacto de preferencia, el cual no podrá superar
el máximo de tres años que indica el Código.
El segundo párrafo de esta norma:
En un primer caso, hace referencia al contrato que ha expirado o está por expirar y tiene pactado una
preferencia con determinadas formas y condiciones para el nuevo suministro, y en un segundo caso, al
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contrato que ha expirado o está por expirar, pero no tiene pactada forma alguna o condiciones para el
ejercicio de la preferencia pactada.
Para el primer caso se presupone que en el contrato de suministro expirado o a punto de expirar, el
suministrado requiere nuevamente la provisión a que hacía referencia el contrato ya vencido (sea que debe
renovarse el suministro en forma total o parcial, sea por el mismo producto o servicio o similar) y en este
caso deberá actuar en el modo, forma y condiciones pactados en la cláusula de preferencia.
Es así que se impone como obligación que el suministrado que desee contratar con terceros, sea en forma
total o parcial, un suministro como el que estuviera en curso o bien hubiere expirado, debe:
a) Dar aviso, informando al suministrante en curso o con contrato expirado, las condiciones en que se
propone contratar con terceros; aviso que debe prestar en la forma pactada en el contrato en curso
o ya vencido.
b) El suministrante en curso o con contrato expirado debe ejercer su derecho de prelación o preferencia
haciéndolo saber en la forma pactada (por ejemplo, mediante notificación notarial en un lugar
determinado) y si no la hubiera, en la forma de uso y costumbre (por ejemplo, notificación por
telegrama o carta documentada).
Para el segundo caso no existe duda alguna. Cuando no hubiera una forma o condición pactada en el
contrato como obligación del suministrado para dar pie al ejercicio del pacto de preferencia, el suministrado
deberá:
i) Notificar por medio fehaciente las condiciones del nuevo contrato (total o parcial) con una
antelación de treinta días a la terminación del contrato en curso. Si no hubiera contrato en curso,
debe efectuar la notificación antes o sea en forma previa a contratar con cualquier tercero.
ii) El suministrante deberá contestar ejerciendo su prelación o preferencia dentro de los quince días
de recibida la comunicación. En caso de no responder o no hacerlo en el plazo indicado, caducará
el derecho de preferencia.
Como bien aclara la norma, el vencimiento del término para contestar, o del plazo pactado para el derecho
de preferencia, o del plazo legal, hace caducar el derecho de preferencia.
Prueba. El Código Civil y Comercial ha fijado como principio (art. 1019) que los contratos pueden ser
probados por todos los medios aptos para llegar a una razonable convicción según las reglas de la sana
crítica, y con arreglo a lo que disponen las leyes procesales, excepto disposición legal que establezca un
medio especial. Dispone además que los contratos que sea de uso instrumentar no pueden ser probados
exclusivamente por testigos, salvo que exista principio de prueba instrumental.
En tal sentido se considera principio de prueba instrumental cualquier instrumento que emane de la otra
parte, de su causante o de parte interesada en el asunto que haga verosímil la existencia del contrato (art,
1020, párr. 2º).
Normas supletorias. El Código Civil y Comercial dispone: En tanto no esté previsto en el contrato o en las
normas precedentes, se aplican a las prestaciones singulares las reglas de los contratos a las que ellas
correspondan, que sean compatibles (art. 1186).
En tal sentido, como normas supletorias, podremos traer en aplicación al suministro pautas relacionadas
con el contrato de compraventa mobiliario o con el contrato de obra o de servicios, sin olvidar que en el caso
del contrato de compraventa, el Código Civil y Comercial ha previsto que sus normas sean aplicables por
extensión a otros contratos (art. 1124).
EXTINCIÓN DEL CONTRATO DE SUMINISTRO.
Conclusión del contrato:
Plazo determinado e indeterminado El contrato de suministro —como cualquier contrato de duración—
concluirá naturalmente al expirar el plazo por el cual se lo pactara.
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A su vez, puede no haberse pactado un plazo, pero que el contrato exhiba previsiones en cuanto a que el
suministro se ajustará a las necesidades del suministrado o en cuanto a la capacidad productiva del
suministrante.
En el primer supuesto de falta de plazo, es obvio que concluidas las necesidades del suministrado y con
adecuada y razonable previa notificación, concluirá el contrato.
En el segundo supuesto, ante la ausencia de plazo, cuando en el desarrollo del contrato el suministrante ha
agotado su capacidad productiva o de provisión para poder continuar con el suministro, éste concluirá.
Pero también, como clásico contrato de duración, el suministro puede llegar a ser pactado expresamente
por tiempo indeterminado, o bien las partes haber omitido fijar un plazo, sin que exista referencia alguna a
las necesidades del suministrado o la capacidad productiva del suministrante.
La indeterminación del plazo, la ausencia de un límite temporal en los contratos de duración, no significa
que el acuerdo dure para siempre, ni que las partes deban encontrarse vinculadas in eternum, pues nadie
puede permanecer atado a una relación jurídica de modo indefinido, salvo disposición expresa de la ley.
Si bien el principio general reside en la prohibición de romper intempestivamente el vínculo contractual, y la
excepción es la facultad de rescindirlo unilateralmente, debe entenderse que si las partes no fijaron plazo,
es porque entendieron que ellas podían dejarlo sin efecto en cualquier momento, y en tal sentido el contrato
pervive hasta que una de las partes manifieste su voluntad separatista.
Pero tal decisión separatista no ha de ser abrupta, ni intempestiva, sino precedida de un preaviso, so pena
de tener que indemnizar los daños que tal actitud provoque.
Estos aspectos que desarrollara nuestra doctrina y jurisprudencia han sido tenidos en cuenta por el Código
Civil y Comercial cuando dispone respecto del contrato por tiempo indeterminado que Si la duración del
suministro no ha sido establecida expresamente, cualquiera de las partes puede resolverlo, dando aviso
previo en las condiciones pactadas. De no existir pacto se aplican los usos. En su defecto, el aviso debe
cursarse en un término razonable según las circunstancias y la naturaleza del suministro, que en ningún
caso puede ser inferior a sesenta días (art. 1183).
Resolución del contrato de suministro. Lo que hemos dicho respecto de la resolución del contrato en
general es aplicable al contrato de suministro. Sin perjuicio de ello, es necesario recalcar que la cláusula
resolutoria (sea genérica o específica, pactada o implícita) no es viable cuando el incumplimiento es mínimo
o el cumplimiento no es algo distinto a lo pactado, pues ello implicaría exceder los límites de la buena fe, la
moral y las buenas costumbres.
En esta línea, el artículo 1184 dispone: En caso de incumplimiento de las obligaciones de una de las partes
en cada prestación singular, la otra sólo puede resolver el contrato de suministro, en los términos de los
artículos 1077 y siguientes si el incumplimiento es de notable importancia, de forma tal de poner
razonablemente en duda la posibilidad del incumplidor de atender con exactitud los posteriores
vencimientos.
La norma se enrola en la línea de habilitar la resolución cuando el incumplimiento sea de real importancia.
La propia naturaleza del contrato de suministro y el hecho de verse como una entidad diferenciada del
contrato de compraventa, impiden que una simple demora, un retraso en una entrega o aun la falta de una
entrega no sean necesariamente determinantes de la resolución del contrato si tal incumplimiento no tiene
una entidad o gravedad importante, protegiéndose así la continuidad negocial en circunstancias en que el
incumplimiento puede advertirse como accidental o que no afecta la esencialidad del acuerdo.
Pero no basta solo esta notable importancia en el incumplimiento; sino que además debe haber disminuido
o cesado la confianza de la otra parte en la exactitud de los sucesivos futuros cumplimientos, y ello hace
referencia tanto a las entregas por venir, como a los pagos periódicos futuros correspondientes a las mismas.
No es necesaria una certeza del eventual futuro incumplimiento, bastando para viabilizar la resolución, con
que haya elementos suficientes para poner en duda ese cumplimiento futuro.
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Obvio es decir que en este supuesto, resuelto el contrato cesa toda obligación emergente del pacto de
preferencia
Suspensión del suministro. Para que sea operativa la suspensión del contrato de suministro, el
incumplimiento debe ser de escasa o relativa importancia, y que no afecte la integridad o la naturaleza del
acuerdo.
Es así que el Código Civil y Comercial dispone: Si los incumplimientos de una parte no tienen las
características del artículo 1184, la otra parte sólo puede suspender sus prestaciones hasta tanto se subsane
el incumplimiento, si ha advertido al incumplidor mediante un preaviso otorgado en los términos pactados o,
en su defecto, con una anticipación razonable atendiendo a las circunstancias (art. 1185).
Tal como indica la norma, en caso de este tipo de incumplimiento menor, corresponderá una intimación
previa a subsanar el incumplimiento. Esta intimación debe fijar un plazo razonable para la subsanación del
inconveniente.
En caso de que vencido el plazo no haya habido subsanación del incumplimiento, entendemos que podría
ser viable la resolución del contrato de conformidad con lo determinado por el artículo 1088, pues la
continuidad del inconveniente transforma al incumplimiento en una privación de lo que razonablemente
correspondía esperar en función del contrato y claramente se advierte la existencia de una situación de mora
inexcusable en la parte requerida, sin que entonces —para la resolución— sea necesario un nuevo
apercibimiento o intimación.
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