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Tema 7

El documento aborda el proceso de escritura académica, destacando la importancia de una planificación estructurada y la organización de ideas antes de comenzar a redactar. Se presentan diferentes niveles de escritura y se enfatiza la necesidad de adecuar el estilo y contenido al público objetivo, así como la importancia de la claridad y la rigurosidad en la redacción. Además, se describen las fases del proceso de escritura, desde la preescritura hasta la edición, para asegurar un texto coherente y bien fundamentado.
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Tema 7

El documento aborda el proceso de escritura académica, destacando la importancia de una planificación estructurada y la organización de ideas antes de comenzar a redactar. Se presentan diferentes niveles de escritura y se enfatiza la necesidad de adecuar el estilo y contenido al público objetivo, así como la importancia de la claridad y la rigurosidad en la redacción. Además, se describen las fases del proceso de escritura, desde la preescritura hasta la edición, para asegurar un texto coherente y bien fundamentado.
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Redacción

Tema 7. Producción de textos


1. Escritura y tipos de texto

Empezar a escribir puede parecer un proceso de lo más sencillo para quien no lo haya
intentado alguna vez: uno se sienta a redactar basándose a los conocimientos adquiridos o en
sus mejores ideas, con un esquema interiorizado, de forma fluida e inmediatamente eficaz.
Lejos de la realidad, esta imagen ideal del escritor no es, normalmente, la del investigador
académico. Los sentimientos que pueden predominar al sentarnos delante de una página en
blanco pueden asemejarse a la inseguridad, la duda o la falta de motivación, especialmente
durante las primeras fases de nuestro aprendizaje académico. Por ello, contar con unas buenas
directrices sobre las que empezar a trabajar puede ser crucial para hacer nuestro trabajo más
cómodo. Con ellas, el proceso de escritura se volverá cada vez más natural y se podrá abordar
de forma más eficaz.

El inicio de cualquier trabajo siempre será la parte más complicada, en tanto que es el
momento en el que empezamos a descubrir nuestro propio proceso investigador y nuestra
capacidad de comunicar nuestros pensamientos y reflexiones de la mejor forma posible. Sin
embargo, nadie dijo que hubiéramos de empezar por el principio.

De hecho, es recomendable no empezar a escribir desde la introducción, ya que los


contenidos que deberán aparecer en este apartado no estarán en nuestro conocimiento hasta
una vez concluido el proyecto. Partimos aquí, pues, de la premisa que la redacción de un
texto académico no tiene porqué darse de forma ordenada, siempre que el producto final
conste de las partes fundamentales – introducción, desarrollo, conclusión– y estas se
encuentren bien estructuradas.

Lo primero que deberemos hacer antes de ponernos a escribir es definir la estructura que
queremos dar a nuestro texto, en cada una de sus secciones.
Según el tipo de texto que planifiquemos, su forma y desarrollo podrán variar enormemente:
no es lo mismo escribir un texto del que sabemos cuáles serán todos sus componentes y que
podamos planificar sobre un solo esquema –como un artículo–, que un texto largo en el que
debamos crear esquemas específicos para los diferentes capítulos o subcapítulos –como sería
el caso de una tesis—.

Así, antes de poder redactar, deberemos tener en cuenta tres pasos preparativos, que se darán
de forma recursiva y simultánea (Tolchinsky, 2014):

▸ Planificar los contenidos, anticipando aquello que vamos a escribir.


▸ Traducir nuestras ideas a palabras, aquello que queremos decir en cada una de las partes
planificadas.
▸ Revisar, tanto nuestra propuesta esquemática como el contenido que incluiremos en cada una
de las partes.

Las fichas de trabajo estudiadas en temas anteriores serán, para este desarrollo, nuestras
mayores aliadas. El trabajo a partir de fichas y una buena organización en carpetas, ya sea de
forma digital o analógica, nos permitirá organizar la información de cada una de las secciones
de nuestro trabajo especificando los materiales y citas que querremos introducir en cada una

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de ellas, de una forma sencilla. Con ellas, podemos traducir nuestras ideas a conceptos o
temas específicos que tocar dentro de cada apartado planteado y nos pueden servir como
puntos de referencia o de encuentro para los datos y elementos teóricos que vamos
produciendo.

Sin embargo, aquí es interesante dar un paso más y adentrarnos en los diferentes niveles de
escritura, para ver cuál funciona mejor con nuestro acercamiento al tema de investigación que
nos propongamos.

No estamos hablando aquí del nivel de academicismo, sino de las posibilidades al establecer
un diálogo entre teoría y práctica desde diferentes frentes, todos ellos pertinentes para abordar
un trabajo formal.

En investigación musical, como en otras artes, tenemos varias posibilidades que no se


presentan de la misma forma en otras disciplinas y que suponen una mayor variedad para
nuestro enfoque para llevar a cabo proyectos con un resultado escrito:

Cada uno de estos niveles, propuestos por López Cano y San Cristóbal (2014), presenta un
punto de proximidad diferente respecto al objeto de estudio, siendo el primer nivel el que
marca mayor separación entre teoría y práctica y el tercero el que aproxima teoría y fenómeno
musical de forma más explícita.

El primer nivel hace referencia a escritos que se relacionan con el tema principal de nuestra
investigación de forma indirecta. Sus contenidos no influyen sobre el fenómeno al que se
refieren, por lo que pueden variar dependiendo del enfoque sin influir sobre el aspecto
práctico. Incluyen:

En el segundo nivel, los autores introducen una relación más estrecha entre trabajo escrito y

2
práctica artística. Se refieren, por ejemplo, al trabajo de intérpretes que buscan solucionar
problemas prácticos que les atañen, como problemas técnicos o performativos. En esta
categoría, se incluyen:

Finalmente, el tercer nivel presenta una integración directa de teoría y práctica, que trabajarán
de forma interdependiente. En otras palabras, los textos de este tipo se refieren a la creación
conjunta de texto y fenómeno: el texto sirve para llevar a cabo la presentación de un fenómeno
musical, mientras que el fenómeno alimenta la construcción textual. Se incluyen en este

nivel:

Aunque, en gran parte de los casos, al realizar un Trabajo de Fin de Estudios nos centramos
en la categoría aquí denominada como textos académicos, cualquiera de las posibilidades

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descritas nos puede proporcionar la base para un trabajo académico, que deberemos tratar
desde una redacción apropiada.
Cualquiera que sea la opción de trabajo escogida, será fundamental que la escritura
perseguida sea rigurosa y consistente, manteniendo un mismo tono y estilo durante todo su
desarrollo, adecuándose al contexto para el que es producido.

2. La escritura académica

Pero ¿qué diferencia la escritura académica de la escritura literaria? ¿Por qué debemos tratar
el texto académico de forma diferente a cualquier otro? Las respuestas no son unívocas,
puesto que el academicismo de texto es considerado desde la propia comunidad científica.
Sin embargo, podemos señalar algunas de las características que nos pueden ayudar a
diferenciar este tipo de escritura (Sánchez Upegui, 2011; Tolchinsky, 2014):

▸ Los textos se desarrollan a partir del uso de lenguaje específico, accesible para un
público especializado en los contenidos presentados, a partir de su formación.
▸ Se incluye en el cuerpo textual el proceso de construcción del trabajo, desde la
conformación del estado de la cuestión hasta posibles líneas de desarrollo futuro.
▸ Durante la construcción del texto, el investigador habrá leído, referenciado y comentado
trabajos de otros autores de forma concreta. A su vez, al sumarse al grueso del
conocimiento producido en un campo, el texto producido será susceptible de ser
referenciado en el futuro.
▸ La comunidad especializada en el tema desarrollado actúa como evaluadora de la
adecuación y validez del texto presentado.
▸ Los resultados del estudio presentado de forma textual se extienden más allá de la
presentación de estos o del texto académico en sí, en forma de divulgación general y
especializada.
Pero aún pudiéndonos guiar por estos esquemas y sus elementos constituyentes, hay factores
que se deberán tener en cuenta de forma transversal y que nos ayudarán a distinguir nuestro
texto en términos académicos, independientemente del tipo de escrito que estemos
componiendo.

Caron Fraser Wood, en sus talleres de escritura de The Mindset Method (2016), suele
referirse al ABC de la escritura académica a través de la designación de una serie de
elementos que tener en cuenta, ordenados alfabéticamente:

Audience in Mind (El público en mente). ¿A quién nos dirigimos? ¿Qué les parecerá
interesante o útil? ¿Qué saben? A partir de estas tres preguntas, podemos adecuar
nuestro texto al público específico para quien esté pensado: no escribiremos igual un
texto para nuestro sector específico de especialización que para lectores generales de
nuestra disciplina.

Brevity (Brevedad). Debemos hacer que cada palabra cuente, omitiendo todo lo que sea
innecesario. Tendemos a usar muchas palabras de relleno que no son necesarias para
hacer llegar nuestro mensaje de forma clara.

Completeness (Compleción). Las frases, las palabras y los argumentos deben ser
completos, igual que nuestra investigación. Para ello, es esencial revisar que todos los
componentes sintácticos estén presentes y bien organizados.

Directive (Dirigido). ¿Está bien reflejada nuestra metodología en la escritura? ¿Cómo

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conducimos al lector? No podemos dar por hecho que nuestra audiencia es
conocedora de las premisas o formas metodológicas que sustentan nuestro estudio.

Evidenced (Comprobado). Debemos incluir citaciones, referencias y


ofrecer contexto al lector en relación al «qué», «quién» y «cuándo» de
nuestra narración.

Free of Teleological Expression (Libre de expresiones teleológicas). Hace referencia a


la asunción de que el propósito y el diseño son iguales en esencia, trasladando atributos
humanos a elementos inanimados. Por ejemplo: «los datos nos muestran que o los
resultados apuntan a».

Generalisation-Free (Sin generalizaciones). Las generalizaciones, extrapolaciones y


asunciones no referenciadas deben evitarse. Consisten en fórmulas como: como es
sabido, por razones obvias, creo que, aunque no tengo datos a mano, etcétera.

Honesty (Honestidad). Debemos decir lo que pensamos y pensar lo que decimos. La


honestidad es una de las facultades esenciales del buen investigador, en tanto que su
falta puede ensombrecer la credibilidad de un trabajo.

Impartiality (Imparcialidad). Los dos lados de todos los argumentos deben estar
presentes o, al menos, reconocidos en nuestro texto, para evitar el posicionamiento
sistemático hacia discursos favorecedores para nuestro caso.

Algunos ejemplos de texto y aplicación de estas normas podrían ser los que siguen:

Figura 5. Ejemplos de textos reformulados (elaboración propia).

5
Figura 6. Ejemplos de reducción de texto, adaptado de Fraser Wood (2016).

Por otra parte, y en términos más genéricos, el proceso de redacción deberá ser construido de
tal forma que podamos volver al texto para asegurar su lectura óptima. Para ello, en el manual
coordinado por Liliana Tolchinsky (2014) se establecen cuatro fases de escritura, en los que
inserir las normas propuestas por Fraser Wood (2016):

▸ Preescritura o planificación. Como hemos reiterado, elaborar un esquema para distribuir


las ideas e información bibliográfica que vamos a introducir en nuestra redacción es clave.
Aún así, deberemos tener en cuenta la posibilidad de incorporar ideas nuevas una vez
dentro de fases posteriores.
▸ Borrador o traducción. A partir de nuestro esquema realizaremos una primera formulación
de nuestras ideas en palabras, frases y párrafos, que sirvan para organizar nuestros
pensamientos de forma más concreta. Podemos volver sobre esta formulación hasta estar
satisfechos con nuestro trabajo. Es esencial adecuar el estilo de citación y otros aspectos de
formato a los requisitos de nuestra institución desde esta fase.
▸ Revisión o repaso. Antes de volver al borrador, es recomendable dejar pasar un tiempo
–desde horas a días– para poder volver al texto con objetividad y solidificar los contenidos
e introducir cambios si es necesario.
▸ Edición. Una vez finalizado el proceso de revisión podremos centrarnos en cuestiones
gramaticales y ajustes de formato.

Cada uno de estos pasos debe ser compaginado con las indicaciones anteriores, a pesar de su
distinto nivel de aplicación. Durante el proceso de edición deberemos asegurarnos de que no
se presenten problemas sintácticos o de claridad lectora. Es aconsejable practicar esta forma
de análisis del texto también a partir del análisis de textos ajenos, para intentar darles un
mejor discurso, o a partir de la revisión de textos propios construidos en ocasiones pasadas.

3. Comenzar a escribir

Como apuntábamos en apartados anteriores, comenzar a escribir no es necesariamente


sinónimo de empezar a teclear, ni de hacerlo por el principio. Contrariamente, deberemos

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apuntar a una serie de parámetros que nos permitan definir qué, cómo, para qué y para quién
vamos a escribir (Cassany, 1998).

En su manual de escritura académica, Juan José Prat Ferrer y Ángel Peña Delgado (2015),
proponen tres modelos de texto según los objetivos y planteamientos de cualquier trabajo,
que nos ayudarán a arrancar nuestra propuesta:

▸ De exposición: a través de estos textos se presenta y explica un fenómeno. Corresponde a la


estructura de un Trabajo de Investigación de Fin de Estudios.
▸ De divulgación: se centran en la divulgación de un elemento específico. Aunque los autores
lo achacan a textos dirigidos a un entorno no académico, podemos incluir en esta categoría
artículos breves de presentación de aspectos concretos, para la presentación de nuestro trabajo
en contextos científicos.
▸ De controversia: sirve para la discusión de temas sobre los que no hay consenso.

A cada tipo de escrito le asignan una estructura propia, según sus necesidades, como se
observa en la tabla 1:

Para una lectura más detallada de las partes que conforman cada una de estas tipologías –
sobre todo de la primera por sernos de especial utilidad en esta asignatura –, se incluye la
referencia al manual de Prat Ferrer y Peña Delgado (2015) en el apartado «A fondo».

Tener clara la estructura que el lector esperará encontrarse puede ayudarnos a crear secciones
coherentes, a la vez que nos proporcionará una base sobre la que trasladar aspectos creativos
que propongan una lectura interesante para nuestros destinatarios.

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En un Trabajo de Fin de Máster, podemos reflejar este proceso a partir de la distribución de
los contenidos, de forma que se adecue a nuestros objetivos sin dejar de lado el esquema
propuesto por nuestra institución o director.

En trabajos de gran envergadura, el esquema temático se verá traducido en nuestro índice


hipotético, por lo que el esquema que construyamos durante nuestra investigación deberá
atender al planteamiento de un discurso coherente, que encaje en los parámetros de un trabajo
expositivo.

Una vez decidido el esquema que vamos a seguir –teniendo en cuenta espacio para
variaciones– podemos indicar diez puntos a tener en cuenta para enfocar nuestra redacción
(Cassany, 1998; Sánchez Upegui, 2011), algunos de los cuales coinciden con las
afirmaciones del apartado anterior:

▸ Enfocar el escrito. Deberemos definir a quién o a qué situación va dirigido nuestro texto
para poder encuadrarlo de la mejor forma posible, para obtener la reacción deseada por
parte del lector. Para ello, es necesario revisar la claridad del texto y evaluar el logro de
los propósitos para el mismo.
▸ Ideas e información. La información contenida dentro de nuestro texto debe ser la
apropiada para sus dimensiones. Al estructurar los contenidos de cada capítulo o
artículo, de acuerdo con lo propuesto en el tema 4 con las fichas de trabajo (Eco,
1977), debemos tener en cuenta que incluir demasiada información en un breve espacio
puede resultar en un texto superficial. Igualmente, una base sobre un solo elemento
desarrollado de forma demasiado extensa puede resultar redundante.
Habremos de evaluar si existe un buen equilibrio tanto en relación a la presentación de
ideas como en cuanto a teoría y práctica, datos y comentarios, información y opinión,
para crear un texto adecuado al público a quien va dirigido.
▸ Estructura. La estructura debe ser clara e incluir los diferentes datos que queremos
exponer de forma bien distribuida: la información relevante debe ocupar posiciones
igualmente importantes, al principio del texto, de los apartados o de los párrafos.
▸ Párrafos. Cada párrafo deberá tratar un aspecto específico que queramos elucidar,
por lo que deberemos dividir la información de acuerdo con los diferentes argumentos
que planteemos. En este sentido, detectar si hay párrafos muy largos o muy breves
puede resultarnos de utilidad para saber qué secciones debemos revisar en términos de
estructura textual.
▸ Frases. Igual que en los distintos párrafos, las frases deberán tener una longitud
adecuada que facilite su lectura e iniciarse con los elementos más relevantes que
queramos destacar. Tendremos que fijarnos tanto en la variedad de nuestras
construcciones como en el uso de tics de redacción o subordinadas muy largas.
▸ Palabras. Intentaremos fijarnos en la utilización de repeticiones frecuentes o el uso de
palabras demasiado abstractas o complejas, que dificulten la comprensión del discurso
(Sánchez Upegui, 2011). Es esencial usar el léxico y terminología adecuados para el
entorno académico en el que vayamos a presentar nuestro texto, evitando palabras y
expresiones como: cosa, sitio, tipo…
▸ Puntuación. Revisar los signos de puntuación puede parecer banal, pero en muchas
ocasiones introducimos comas o puntos donde no debería haberlos. Prestar atención a la
construcción sintáctica es tan relevante como hacerlo sobre la cuestión gramatical. Para
ello, deberemos evitar usar demasiados paréntesis, no crear frases demasiado largas o
cortas y usar los conectores apropiados.

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▸ Nivel de formalidad. Aunque desde nuestro enfoque habremos adecuado nuestro
tono al contexto al que va dirigido el texto, deberemos revisar la presencia de
expresiones o palabras informales, fórmulas demasiado rebuscadas o complejas, e
incluso expresiones que puedan ser interpretadas como irrespetuosas.
▸ Recursos teóricos. El texto, independientemente de su finalidad, tiene que atraer el
lector. Por ello, debemos intentar usar una prosa fácil de seguir a través de una
estructura clara, usando recapitulaciones cuando sean necesarias u otros recursos de
atracción como ejemplos o preguntas retóricas.
▸ Presentación. El formato en que el texto es presentado y su atractivo visual no son
menos importantes. Tendremos que asegurarnos de que las páginas son
suficientemente variadas, los esquemas claros y que aspectos como los márgenes, los
títulos o los apartados estén bien marcados, para facilitar la lectura.

Una visión más detallada de estos puntos y otros elementos complementarios a tener en
cuenta durante la redacción puede encontrarse en el manual de Alexander Abey Sánchez
Upegui (2011), referenciado en el apartado «A fondo».

Podemos reducir los pasos propuestos y la atención descrita para cada elemento constitutivo
del texto en una sola premisa: ayudar al lector (Fraser Wood, 2016). Para ello, las indicaciones
propuestas pueden resumirse en la forma que sigue:

A través de los parámetros trabajados podemos ver como la finalidad de la redacción


académica se centra en comunicar nuestro proceso investigador y los resultados obtenidos de
una forma clara y directa, fácilmente comprensible para nuestro lector, a partir de referencias y
reflexiones bien fundamentadas. El éxito de nuestra escritura dependerá, al fin y al cabo, de la
eficacia de nuestro trabajo al comunicarnos usando parámetros adecuados a los destinatarios
de la redacción, etcétera, sin dejar de lado la creatividad.

4. El tono de escritura

Los trabajos de investigación científica pueden basarse en diferentes tonos de escritura, todos
de ellos adecuados al contexto académico en que se insieren.

Con tono nos referimos aquí a la dirección que podemos dar a nuestro escrito, dependiendo
de los objetivos que persigamos con nuestra exposición textual y la reacción que queramos
producir en el lector –no a la formalidad o informalidad de nuestra propuesta, que se referiría
a los registros (Prat Ferrer y Peña Delgado, 2015)—.

En su mayor parte, los textos dedicados al aprendizaje de la escritura académica hacen


énfasis en lo relevante de adecuar el tono al campo específico en que se insiera nuestra

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investigación (Samuel y Garbati, 2018; Tolchinsky, 2017; et al.). Se destacan, de esta forma,
algunas normas generales que han ido apareciendo a lo largo de estas páginas, como:

▸ Evitar ser demasiado formales. El uso de un lenguaje demasiado rebuscado puede ser
contraproducente para comunicar nuestras ideas y planteamientos. Es usual caer en un
lenguaje demasiado denso al construir subordinadas consecutivas o usar expresiones
como el cual o la cual. Por ejemplo: la formulación sintáctica propia del texto
académico, el cual se ha inserido frecuentemente en espacios de discusión holística…
▸ Evitar coloquialismos. Igual que al ser demasiado formales, entrar en un terreno
excesivamente informal y usar generalizaciones puede recibirse como falta de
profesionalidad o de especificidad en nuestro discurso. Por ejemplo: la idea es que no se
puede escribir así.
▸ Evitar las hipérboles y juicios de valor. Aunque pueden resultar recursos retóricos
interesantes, la inserción de hipérboles sin un contraste sobre literatura previa puede ser
entendido como una forma coloquial de redacción. De la misma forma, usar adjetivos
que apelen a juicios de valor contrasta con el concepto de referenciación y citación
objetiva. Por ejemplo: el grandísimo compositor de nuestro siglo…

Sin embargo, dando un paso más allá, autores como Annaliese Singh y Lauren Lukkarila
(2017) se refieren a distintos tonos de escritura susceptibles de ser introducidos en la
redacción académica que no parten de formulaciones negativas. Las autoras hacen referencia
explícita a la influencia del tono de escritura sobre la reacción del lector, por lo que según
nuestros objetivos podremos moldear nuestro discurso para hacerlos más fácilmente
alcanzables.

Su discurso se basa, esencialmente, en lo que llaman el «tono racional» (2017, p. 100), dentro
del que establecen tres puntos fundamentales:

▸ Cobertura (hedging). El hedging es el acto de expresar una idea de forma cautelosa. Es


frecuente debido a los propósitos de la investigación científica, como: la búsqueda de
una verdad objetiva, la necesidad de probar una afirmación de forma empírica o el
hecho de que nuestro texto pueda ser leído por una persona con más experiencia en
nuestro propio campo. Este tipo de escritura sirve para cubrir las espaldas del
investigador a partir del reconocimiento de los límites propios. El uso de este tono de
escritura no debe confundirse con la muestra de debilidad o incertidumbre, sino como
la prueba de la fortaleza en reconocer las propias limitaciones.
▸ Señalización (signal phrases). Se refiere al uso de paráfrasis y a la inserción de la voz
de otros autores en nuestro propio texto, a través de referencias y citaciones. El reto en el
uso de este recurso es, según las autoras, su correcta introducción sin recurrir a
señalizaciones o signal phrases demasiado repetitivas. Para ello, se refieren a una serie
de verbos que pueden ayudarnos en esta tarea, para que las voces ajenas al
investigador en el texto académico no resulten confusas para el lector.
▸ Metacomentarios (metacommentary). Consiste en introducir comentarios dentro del
texto en torno a (meta) las ideas propias, para ayudar al lector a entender los
argumentos de una forma más completa o profunda. Se puede entender como la voz del
investigador comentando sobre su propio argumento, para dirigir al lector y que este
entienda de una segunda perspectiva la idea desarrollada en primera instancia.
El tono racional y sus características atribuidas se encuentran descritos en el manual de las
autoras con el complemento de ejercicios y textos ejemplificativos. Para su consulta, se

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introduce la referencia del volumen en el apartado «A fondo», al final del tema.

Por otra parte, López-Cano y San Cristóbal (2014) proponen cuatro tonos distintivos, que
pueden ser vistos como complementarios a los apuntes ofrecidos por Singh y Lukkarila
(2017):

A través de estas distintas formas de referirnos al lector, según los objetivos de cada sección
de nuestro texto, usaremos una u otra fórmula. Sin embargo, no son formas exclusivas de
redacción, sino que pueden verse alternadas dentro de la totalidad de un texto académico.

Finalmente, cabe hacer énfasis en uno de los elementos más debatidos dentro del contexto
académico actual, debido a la influencia de la escritura anglosajona (Bailey, 2003; Fitzmaurice
y O’Farrell, s.f.): el uso de la primera persona o el plural de modestia.

En general, en la mayoría de las disciplinas y en nuestro idioma, el uso del plural de modestia
ha sido el normativo por el distanciamiento que ofrece entre investigador y texto. Igualmente,
se ha tendido a leer esta forma de referirse a el trabajo propio como una forma de ofrecer una
mirada más objetiva a las ideas y teorías expuestas.

Ejemplo: uso del plural o el singular en la voz discursiva.

Plural de modestia: En este trabajo revisaremos los problemas técnicos más frecuentes
a los que se enfrentan los estudiantes de primer grado de viola. Haremos una
evaluación inicial a los estudiantes para detectar las carencias y costumbres más
frecuentes…

Primera persona: En este trabajo revisaré los problemas técnicos más frecuentes a los
que se enfrentan los estudiantes de primer grado de viola. Haré una evaluación inicial a
los estudiantes para detectar las carencias y costumbres más frecuentes...

Sin embargo, cada vez es más frecuente decantarse por el uso de la primera persona del
plural, por considerarse el plural de modestia anticuado y, a veces, confuso. Al usar la
primera persona para la enunciación «podemos hacernos más responsables de lo que
expresamos y diferenciar mejor las ideas propias de aquellas que hemos obtenido de otras
personas» (López-Cano y San Cristóbal, 2014, p. 200), por lo que su uso se ha empezado a

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considerar, cada vez más, como una cuestión de tono y estilo. Sin embargo, en UNIR se
recomienda el uso del plural de modestia para mantener la objetividad deseada en los textos
académicos.

5. Costumbres y trampas que evitar

Igual que es necesario revisar las diferentes formas de aproximarnos a la escritura académica,
es necesario hacer énfasis en algunas de las costumbres de redacción y trampas gramaticales
o sintácticas en las que solemos caer.

Podemos establecer tres categorías a las que prestar especial atención durante la
redacción (Eco, 1977):

▸ Textuales.
• Referencias y fuentes de nociones de conocimiento universal. Debemos tener cuidado
al atribuir referencias específicas cuando el conocimiento que le achacamos es anterior o
vox populi.
• Atribución de ideas a un autor que las ha transcrito de otra fuente. Es común que
encontremos referencias de otros autores en fuentes de consulta. Sin embargo, si la idea
expuesta no es propia del autor del texto deberemos referirnos a la fuente original.
• Añadir o introducir notas para cuadrar la numeración. Por tentador que sea que nuestro
documento quede perfectamente cuadrado, no debemos eliminar notas o elementos del
texto para hacerlos caber dentro de una página o una sección.
• Prudencia al citar un autor antiguo de fuentes extranjeras (y nombres extranjeros en
general). Debemos tener en cuenta que, en diferentes culturas, los nombres de autores
originalmente escritos en otro abecedario pueden encontrarse con diferentes
transcripciones.
• Falsas traducciones. Al usar textos en lenguas extranjeras, debemos poner especial
atención en no usar palabras de forma errónea. Por ejemplo: library significa biblioteca y
no libreria; enlightened significa ilustrado y no iluminado.
▸ Complementarias.
• Generalizaciones y falta de corroboración científica. Algunas afirmaciones pueden
resultar demasiado amplias o no presentar una base científica que nos ayude a
sustentarlas. En dichos casos, será mejor deshacerse de ellas —o buscar una referencia
que las pueda avalar—.
• Introducción de listados o creación de tablas. Estos recursos pueden ser útiles para
ejemplificar o explicar aspectos de nuestro trabajo, pero no debe abusarse de ellas y su
uso debe ser consciente. Después de introducir uno de estos elementos es
recomendable desgranar sus contenidos en detalle de forma textual.
• Sobrecargar el anexo con información secundaria. El anexo nos ofrece la posibilidad
de añadir materiales complementarios a nuestro trabajo. Sin embargo, estos deben
presentar siempre una utilidad o tener una razón de ser que permita la profundización en
aspectos específicos.

▸ Formales.
• Pies de página, pies de imagen, encabezados y tablas. Todos estos elementos deben
ser propiamente añadidos a nuestro texto donde sea necesario. No deberemos
introducir ninguno de ellos sin la rotulación o citación propia.
• Fuente, márgenes, interlineados, sangrados. Todos ellos serán especificados por
nuestra institución de referencia o, en caso de publicación de artículos, en las bases que

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les sean propias. Debemos respetar las normativas para cada tipo de texto que
introduzcamos en nuestra redacción, según sean propias del general, citas u otros.
• Citaciones en imágenes y datos externos. Al incorporar una imagen o unos datos
procedentes de una fuente externa, no producida por nosotros mismos, no debemos
olvidar citar su procedencia exacta.

Por lo que hace al uso adecuado de la propia lengua, finalmente, debemos tener algunas
tendencias en consideración (Pueyo et al., s.f.):

▸ Falsas correcciones. Algunos términos se han consolidado diferentemente en enclaves


distantes o entre culturas diferentes que comparten el mismo idioma. Por ello, debemos
evitar falsas correcciones en lo referente a términos usados en contextos diferentes al
propio. Por ejemplo: la idea que ordenador es incorrecto porque no ordena y debemos
usar computadora.
▸ Espanglish. En tanto que la lengua es cambiante, se van introduciendo expresiones y
fórmulas que se adaptan de otros idiomas. Sin embargo, debemos tener cuidado en
diferenciar términos aceptados de adaptaciones incorrectas. Por ejemplo: fútbol es una
palabra adaptada que se incluye en nuestra lengua, mientras que el uso de remover –en
el sentido de eliminar– es incorrecta.
▸ Falta de cohesión. Debemos hacer uso, en la medida de lo posible, de los términos de
uso común en nuestra disciplina, a pesar de las posibles variables lingüísticas que
existan entre diversos territorios o ámbitos culturales. Por ejemplo: silencio es una palabra
de uso común en música a la que nos podríamos referir de diferentes
formas como pausa o respiro. Sin embargo, su designación común nos permite evitar
malentendidos.
La forma más eficiente de implementar estas directrices, junto a las anteriormente planteadas,
es a partir de la lectura de textos producidos dentro de nuestro campo de estudio. Por ello, es
recomendable que, antes de empezar a redactar, nos hayamos familiarizado con la escritura
de autores en nuestra disciplina, independientemente de su campo de estudio específico.

6. Criterios de evaluación del TFM

Los elementos de coherencia lingüística y redacción son algunos de los criterios de


evaluación de todo Trabajo de Fin de Máster, junto a su cohesión estructural o la formulación
de ideas claras y comprensibles.

Podemos destacar dos elementos que tienen una presencia sustancial para que un TFM
pueda ser considerado para una titulación superior:

▸ Lenguaje. Es fundamental que exista consistencia en el tono a través de los diversos


apartados. Igualmente, el estudiante debe cerciorarse de que la redacción cumpla los
requisitos propios de la titulación por lo que hace, por ejemplo, al uso del plural de
modestia. El trabajo no debe tener faltas de ortografía ni de sintaxis, por lo que es
recomendable hacer una lectura a fondo haciendo uso del corrector integrado en nuestro
documento de trabajo para detectar posibles errores.
▸ Formato. Tanto las secciones del trabajo como los párrafos y frases deben estar bien
estructurados. Para ello, la revisión de los aspectos señalados en apartados anteriores
referentes a los contenidos es esencial. Todo trabajo debe contener los elementos
estructurales fundamentales para su lectura y evaluación, incluyendo: introducción,
objetivos, metodología, desarrollo, análisis, conclusiones y prospectivas de futuro.

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Por lo que hace a las partes del trabajo, la redacción de cada uno de los bloques principales –
introducción, desarrollo y conclusión– debe responder a una estructura lógica que incluya
todos los elementos necesarios para su comprensión:

▸ Introducción. Debe presentar los contenidos del texto sin adelantarse a las
conclusiones, señalando qué se va a tratar y cómo. Los objetivos deben estar bien
formulados y ser específicos, además de mostrar relación con el tema elegido. Para ello,
un uso adecuado del lenguaje sin generalizaciones y con la referenciación adecuada es
imprescindible. Puede incluirse un apartado metodológico en esta sección, donde se
haga referencia a las herramientas que se han usado para la elaboración de cada
apartado, si procede.
▸ Desarrollo. Este apartado incluye el marco teórico, por lo que la correcta citación y
referenciación de las fuentes incluidas es clave. Es usual que se penalice la falta de
definición de los conceptos, el tipo de fuentes consultadas o la falta de afirmaciones con
la justificación adecuada. Igual que en la definición de nuestros objetivos, un uso
adecuado del lenguaje y de los parámetros establecidos en el Tema 3 –junto con las
guías proporcionadas por la Universidad– serán de utilidad para solventar posibles
incongruencias.
▸ Conclusiones. El uso de terminología propia y el reflejo de los contenidos del resto del
trabajo son algunos de los aspectos que se tienen en consideración para la evaluación
de este apartado. Igualmente, deberán incluir algunos aspectos como la consciencia en
torno a las limitaciones propias y posibles desarrollos futuros, que hacen eco directo a
algunos de los aspectos planteados en estas páginas.

Las secciones revisadas y sin entrar en detalle en relación con la estructura y señalización de
apartados, sumarán en cualquier caso una parte sustancial de la nota del trabajo. Por ello, no
pueden dejarse de lado la construcción consciente del texto y la profundización en los
aspectos lingüísticos empleados.

Es recomendable que se consulten en detalle las directrices proporcionadas en el Máster que


se esté cursando, donde aparezcan los elementos que serán tenidos en cuenta para la
evaluación del trabajo.

Estos criterios pueden cambiar entre promociones o entre disciplinas en una misma
facultad, por lo que es esencial contar con la versión actualizada de las directrices de
redacción, estructura y formato que son proporcionadas por la Universidad en cada
curso académico.

Más allá de la evaluación del trabajo específico, los términos y recomendaciones indicadas a
través las propuestas de este temario se tendrán que considerar al elaborar textos académicos
en el futuro, con tal de encajarlos dentro de un contexto apropiado y que pueda ser recibido
adecuadamente en la comunidad científica. Se debe tener en cuenta que cada revista
académica, editorial o página web cuenta con criterios propios de citación, estructura y
formato a los que se deberá atender con especial atención para que nuestros manuscritos y
propuestas sean aceptadas para su publicación.

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