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Rafael Barret reflexiona sobre la capacidad del ser humano para organizar y transformar las energías que lo rodean, destacando la lucha constante entre el conocimiento y el misterio del mundo. A pesar de los avances, el autor enfatiza la inmensidad de lo desconocido y la necesidad de liberar las energías humanas reprimidas en la sociedad. La obra invita a reconocer el potencial del espíritu humano para enfrentar y comprender la realidad que nos rodea.

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Rafael Barret reflexiona sobre la capacidad del ser humano para organizar y transformar las energías que lo rodean, destacando la lucha constante entre el conocimiento y el misterio del mundo. A pesar de los avances, el autor enfatiza la inmensidad de lo desconocido y la necesidad de liberar las energías humanas reprimidas en la sociedad. La obra invita a reconocer el potencial del espíritu humano para enfrentar y comprender la realidad que nos rodea.

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Energías perdidas Rafael Barret

Impotente para crear un átomo, para sacar de la nada el más débil de los
esfuerzos, el hombre tiene el don sublime de organizar las energías que le
rodean. Las obliga a ensanchar el reino de la inteligencia, a integrarse
activamente en una concepción del mundo más y más alta; las obliga a
humanizarse. Por encima de las flechas de las catedrales asoman las
puntas de los pararrayos; más guardémonos de reír: esto proclama que la
centella ya no es de Dios. Del mismo modo que la energía química de los
alimentos se transforma, al pasar por nuestra sustancia, en el más
prodigioso conjunto de fenómenos, las energías naturales engendran, al
pasar por los mecanismos humanos como pasa el viento por las cuerdas
de un arpa, la armonía anunciadora del universo futuro. El ejército de las
fuerzas humanizadas aumenta sin cesar, y rinde poco a poco al inmenso
caos de lo desconocido. El hombre es el eje en torno del cual comienzan a
girar las cosas, agrupándose en figuras imponentes y simbólicas. Estamos
en el primer día del génesis, pero es nuestro espíritu, y no otro, el que
flota sobre las aguas.

No obstante, tan luminosas promesas, ¡cuán pequeño es lo que poseemos


si lo comparamos con lo que todavía está por poseer! Las gemas han
salido de sus antros para brillar sobre el cuerpo de las mujeres, y las rocas
han abandonado su inmemorial asiento para convertirse en viviendas
humanas; el hierro, el carbón y el otro están con nosotros; más, ¿qué es lo
que conocemos del planeta? Hemos arañado en escasos puntos su
epidermis, y nos abruma, casi intacto, su redondo y colosal misterio.
Ignoramos los más formidables metales, las más extrañas materias. Si hoy
nos desconcierta el radio, ¿qué no nos aturdirá mañana? ¿Qué es lo que
sabemos de ese monstruoso ser que se estremece en los terremotos y
respira por los cráteres? ¿Qué palabras no arrancaremos con el tiempo a
la espantosa voz de los volcanes?

Desde el corazón de los montes va nuestra imaginación a la superficie de


los mares, y nos asombramos del inútil y perenne batallar de las ondas.
Sobre una extensión cinco veces mayor que la que cubren los continentes
reunidos, no hay un metro de líquido que no suba, baje, se vuelque y
palpite sin descanso. Y cuando el huracán se desata y su caprichosa
energía se ha mudado en olas descomunales que se empinan marchando,
preciso es aguardarlas en la costa, y verlas estallar contra los acantilados
sombríos, haciendo temblar entre una tempestad de espuma las raíces de
las montañas, para sentir lo incalculable de esta fuerza que se acaba a sí
misma. Y como si no fuese bastante este derrochar sin freno, la blanca
luna levanta diariamente hacia ella la masa de las aguas, en una
aspiración gigantesca cuyo aliento no acertamos a aprovechar.

Toda la vida terrestre: brisas y ríos, selvas cerradas, praderas sin fin; la
fiera que huye con oblicuo salto; el pájaro que teje su nido, y el insecto
que zumba sobre la flor; los días, que cambian con las estaciones; las
estaciones, que se matizan según los climas, y las razas humanas, que, en
ritmo impenetrable, sienten, piensan y se reproducen; todo lo que se
mueve, luce y combate es para el sabio una forma del calor solar. Por eso,
hemos de inducir las maravillas que se pierden en los desiertos calcinados
de África, Asia y Australia, sobre cuyas arenas infecundas derrama el sol
cada día sus ardientes cascadas de luz. Pero tal calor desaparecido, ¿qué
es al lado del que fluye constantemente a través del espacio,
precipitándose en la nada? Nuestro globo es un grano de polvo que brilla
en el vacío; recoge una parcela de energía, mientras la casi totalidad se
esparce en una inmensa circular oleada, que se debilita a medida que se
abre, hasta desvanecerse en las orillas del infinito.

Soñemos con los soles inaccesibles, y soñemos también con otras


energías: las que nos rozan sin vernos, o nos acarician y quizá nos matan,
las innominadas habitantes de la sombra. Ayer ignorábamos que existía la
electricidad, esa alma de la materia. ¡Que todo lo que vamos descubriendo
nos sirve de sonda para lo que aún ignoramos! No pretendamos envolver
con los sentidos, pobre red de cinco hebras, la enigmática realidad. Los
más nobles pensadores, despreciando el frívolo escepticismo de los que no
ven más allá de su microscopio, escuchan con religioso silencio los pasos
de la Idea, que viene acercándose, y lo esperan todo de lo que no nos ha
engañado nunca. Tengamos conciencia de nuestro destino. Alcemos
nuestra ambición hasta tocar el firmamento con la frente. Que nuestra
mano o nuestro pensamiento detenga la naturaleza que pasa. Mas no nos
equivoquemos y creamos que nuestras armas son perfectas, y nosotros
mismos, dignos enteramente de la lucha divina.

Corazones generosos laten bajo andrajos de mendigo. Talentos insignes


agotan sus facultades en la miserable caza del pan. El genio muere
desesperado o no nace. Los gérmenes sucumben. La mole de la
imbecilidad y de la maldad general es demasiado pesada. Antes de escalar
el cielo y de encarcelar las energías del abismo, hay que libertar esas otras
energías sagradas que sufren en el fondo de la sociedad. Es necesario que
extiendan las alas, y que reinen sobre el mundo, como reina el espíritu
sobre la carne, en aquellos que son algo más que carne. Entonces,
miraremos las tinieblas cara a cara, y diremos: «Somos la verdad».

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