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Julián, tras la partida de una persona importante, se encuentra en un estado de confusión y pérdida, simbolizado por un reloj detenido. En su encuentro con el río, este le ofrece sabiduría sobre el tiempo y la vida, sugiriendo que el camino a seguir no siempre es claro, pero que es importante seguir adelante. Con el tiempo, Julián aprende a escuchar y a encontrar dirección en su vida, dejando atrás su pasado.

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Pablo Rizo Piera
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Julián, tras la partida de una persona importante, se encuentra en un estado de confusión y pérdida, simbolizado por un reloj detenido. En su encuentro con el río, este le ofrece sabiduría sobre el tiempo y la vida, sugiriendo que el camino a seguir no siempre es claro, pero que es importante seguir adelante. Con el tiempo, Julián aprende a escuchar y a encontrar dirección en su vida, dejando atrás su pasado.

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La primera vez que el río habló, nadie estaba escuchando.

Era
una madrugada tibia, con las farolas aún encendidas y el olor
metálico de la humedad pegado a las piedras. Julián caminaba
sin rumbo, como hacía desde que el reloj de la cocina se había
detenido exactamente a las tres y diecisiete, la misma hora en
la que ella decidió no volver. Desde entonces, el tiempo en su
casa se había vuelto una superstición incómoda.

Se sentó en el borde del puente y dejó colgar las piernas. El


agua avanzaba lenta, espesa, como si también dudara. Fue
entonces cuando oyó su nombre, pronunciado sin prisa, con
una voz que no venía de ningún sitio concreto. No se asustó. Le
pareció lógico que, después de perderlo casi todo, empezara a
perder también la frontera entre lo que existe y lo que no.

—No mires atrás —dijo el río—. Nunca ha servido de nada.

Julián pensó en los objetos que había dejado intactos en el


piso: la taza con una grieta na, los discos ordenados por
estados de ánimo, una planta que seguía viva por pura inercia.
Pensó en cómo se puede habitar un espacio sin estar realmente
dentro. El río parecía saberlo todo, o al menos ngirlo con
convicción.

—¿Y si no sé hacia dónde ir? —preguntó.


fi
fi
El agua chocó contra una rama y la arrastró unos metros
antes de soltarla.

—Nadie sabe —respondió—. Algunos simplemente caminan.

A partir de esa noche, Julián volvió al puente. A veces el río


hablaba, a veces no. Cuando callaba, el silencio era distinto,
más denso, como si también eso fuera una forma de respuesta.
Poco a poco, Julián dejó de preguntarse por el reloj detenido,
por las habitaciones vacías, por las palabras que no había
dicho a tiempo. Empezó a notar cosas pequeñas: cómo
cambiaba el sonido del agua según la luna, cómo el aire del
amanecer era más ligero que el de la tarde.

Una mañana no reconoció la voz cuando volvió a oírla. Era la


suya, pero sin cansancio.

—Ya estás escuchando —dijo.

Julián sonrió, sin saber muy bien por qué. Se levantó del
borde del puente y siguió caminando, esta vez con dirección.
El río continuó su curso, discreto, satisfecho. Nunca volvió a
decir su nombre, porque ya no hacía falta.

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