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EF

El texto explora la experiencia del cansancio emocional y existencial, destacando la fatiga que proviene de la repetición y la presión social por mantener una apariencia de entusiasmo. Se reflexiona sobre las oportunidades no tomadas y el desgaste de ser uno mismo, mientras se valora la fragilidad y la curiosidad que persiste a pesar del cansancio. Finalmente, se sugiere que el verdadero descanso puede ser aceptar la vulnerabilidad y aprender a lidiar con el propio cansancio.

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El texto explora la experiencia del cansancio emocional y existencial, destacando la fatiga que proviene de la repetición y la presión social por mantener una apariencia de entusiasmo. Se reflexiona sobre las oportunidades no tomadas y el desgaste de ser uno mismo, mientras se valora la fragilidad y la curiosidad que persiste a pesar del cansancio. Finalmente, se sugiere que el verdadero descanso puede ser aceptar la vulnerabilidad y aprender a lidiar con el propio cansancio.

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Página I

Hay un cansancio

que no se duerme,

que no se va con agua ni silencio.

Un cansancio que aprende tu nombre

y te llama incluso cuando sonríes.

No viene del cuerpo,

sino de repetir los días

como si fueran versiones mal editadas

del mismo error.

Cansa esperar.

Cansa entender demasiado.

Cansa sostener conversaciones

que nunca llegan al fondo.

El mundo exige entusiasmo

como si fuera obligatorio,

como si no hubiera días

en los que existir

ya es un acto suficiente.

Yo aprendí a caminar

con ese peso invisible,

a fingir ligereza

mientras algo en mí

pedía pausa,
no finales,

solo pausa.

Página II

Nadie te enseña

a vivir con lo que no pasó.

Con las palabras que no dijiste,

las puertas que no tocaste,

las vidas que no elegiste.

Esas posibilidades

se acumulan en el pecho

como polvo antiguo.

A veces me descubro cansado

de ser quien soy,

no por rechazo,

sino por desgaste.

Ser uno mismo

también fatiga.

Y aun así,

algo insiste en quedarse despierto:

una curiosidad mínima,

un “¿y si mañana…?”

dicho sin convicción

pero con esperanza suficiente.


Página III

He visto gente romperse

sin hacer ruido.

Son los más peligrosos:

los que sonríen bien,

los que funcionan,

los que cumplen.

El cansancio los habita

como una casa vieja

que nadie repara.

Yo no quiero convertirme

en una versión eficiente de la tristeza.

Prefiero esta fragilidad torpe,

este dudar constante,

esta forma imperfecta

de seguir sintiendo.

Porque mientras duela,

algo vive.

Página IV

Quizá el descanso verdadero

no sea dormir,

sino dejar de fingir fuerza.


Aceptar que no todo se puede,

que no todo se quiere,

que no todo se logra.

Si algún día me ven quieto,

no me apuren.

Tal vez no estoy rindiéndome,

tal vez solo estoy

aprendiendo

la forma exacta

de mi cansancio.

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