Página I
Hay un cansancio
que no se duerme,
que no se va con agua ni silencio.
Un cansancio que aprende tu nombre
y te llama incluso cuando sonríes.
No viene del cuerpo,
sino de repetir los días
como si fueran versiones mal editadas
del mismo error.
Cansa esperar.
Cansa entender demasiado.
Cansa sostener conversaciones
que nunca llegan al fondo.
El mundo exige entusiasmo
como si fuera obligatorio,
como si no hubiera días
en los que existir
ya es un acto suficiente.
Yo aprendí a caminar
con ese peso invisible,
a fingir ligereza
mientras algo en mí
pedía pausa,
no finales,
solo pausa.
Página II
Nadie te enseña
a vivir con lo que no pasó.
Con las palabras que no dijiste,
las puertas que no tocaste,
las vidas que no elegiste.
Esas posibilidades
se acumulan en el pecho
como polvo antiguo.
A veces me descubro cansado
de ser quien soy,
no por rechazo,
sino por desgaste.
Ser uno mismo
también fatiga.
Y aun así,
algo insiste en quedarse despierto:
una curiosidad mínima,
un “¿y si mañana…?”
dicho sin convicción
pero con esperanza suficiente.
Página III
He visto gente romperse
sin hacer ruido.
Son los más peligrosos:
los que sonríen bien,
los que funcionan,
los que cumplen.
El cansancio los habita
como una casa vieja
que nadie repara.
Yo no quiero convertirme
en una versión eficiente de la tristeza.
Prefiero esta fragilidad torpe,
este dudar constante,
esta forma imperfecta
de seguir sintiendo.
Porque mientras duela,
algo vive.
Página IV
Quizá el descanso verdadero
no sea dormir,
sino dejar de fingir fuerza.
Aceptar que no todo se puede,
que no todo se quiere,
que no todo se logra.
Si algún día me ven quieto,
no me apuren.
Tal vez no estoy rindiéndome,
tal vez solo estoy
aprendiendo
la forma exacta
de mi cansancio.