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ST

El poema reflexiona sobre la experiencia de vivir, abordando la lucha interna entre el dolor y la belleza de la vida. A través de imágenes evocadoras, el autor explora la soledad, la ausencia y el valor de los pequeños momentos que nos conectan con el mundo. Finalmente, se acepta que vivir implica habitar nuestras grietas y aprender a encontrar significado en la existencia, a pesar de las dudas y el miedo.

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El poema reflexiona sobre la experiencia de vivir, abordando la lucha interna entre el dolor y la belleza de la vida. A través de imágenes evocadoras, el autor explora la soledad, la ausencia y el valor de los pequeños momentos que nos conectan con el mundo. Finalmente, se acepta que vivir implica habitar nuestras grietas y aprender a encontrar significado en la existencia, a pesar de las dudas y el miedo.

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Página I

Nací en el hueco

que deja la tarde cuando se va,

en ese segundo exacto

en que la luz duda

si quedarse o rendirse.

El mundo ya estaba cansado

cuando abrí los ojos:

las calles respiraban polvo,

los relojes mentían con descaro

y la gente caminaba

como si llevara un vidrio invisible en el pecho.

Aprendí pronto

que el nombre de las cosas

no las salva.

Llamé casa al refugio,

amor al temblor,

futuro a la promesa

que siempre llega tarde.

El silencio fue mi primer idioma.

Con él aprendí a escuchar

lo que nadie dice:

el grito suave de las plantas al crecer,

la tristeza disciplinada de las paredes,

el cansancio de los cuerpos


que sonríen por costumbre.

A veces me pregunté

si vivir era esto:

cruzar días como puentes mal construidos

con la esperanza

de que no se derrumben

justo cuando estamos en medio.

Página II

Hubo noches

en que quise desaparecer

sin hacer ruido,

como una palabra mal escrita

borrada con cuidado.

No por odio a la vida,

sino por exceso de ella.

Porque todo dolía un poco:

el recuerdo,

la anticipación,

incluso la alegría

cuando sabía que no duraría.

Vi a la gente amar

como quien bebe agua salada:

con desesperación

y más sed después.


Vi promesas colgadas

como ropa mojada,

esperando un sol

que no siempre llega.

Y aun así,

algo en mí insistía.

Una terquedad pequeña,

casi ridícula,

me empujaba a quedarme.

Tal vez era la belleza accidental:

un perro dormido al sol,

una risa escapada sin permiso,

el olor del café

como una forma humilde de esperanza.

Página III

Con el tiempo entendí

que nadie sabe realmente vivir.

Improvisamos.

Ensayamos.

Pedimos perdón

por errores que aún no cometemos.

El miedo no se va,

solo aprende a sentarse en silencio


en algún rincón del pecho.

Crecí rodeado de ausencias

que no figuraban en ningún retrato.

Personas que estuvieron

pero no se quedaron.

Palabras que se dijeron

pero no significaron.

Sin embargo,

también crecí rodeado de gestos mínimos:

una mano en el hombro,

una espera paciente,

un “aquí estoy”

dicho sin palabras.

Descubrí que la vida

no se sostiene por los grandes momentos,

sino por esas pequeñas repeticiones

que nos atan al mundo

sin que lo notemos.

Respirar.

Mirar.

Continuar.

Página IV

Hoy no digo que entiendo la vida.


Solo digo que la habito.

Camino con mis grietas visibles,

con mis preguntas abiertas

como ventanas sin cortinas.

Acepté que no todo sana,

pero casi todo enseña.

Que el amor no salva,

pero acompaña.

Que el tiempo no cura,

pero acomoda el dolor

hasta que deja espacio para otras cosas.

Si algún día me pierdo,

búsquenme donde el silencio

aprende a decir mi nombre,

donde no hace falta explicarse,

donde existir

es suficiente.

Porque al final,

vivir no era llegar a algún lugar,

sino quedarse,

aun con miedo,

aun con dudas,

aun con el corazón cansado.

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