Pericarditis II
Pericarditis II
En toda una serie de casos, la afección pericárdica forma parte de un proceso general conocido
o fácilmente diagnosticable mediante la historia clínica, exploración y analítica básica general
del paciente (Infarto de Miocardio, Síndrome viral, Insuficiencia renal, Traumatismo torácico,
Linfoma, Hipotiroidismo, etc.). Este tipo de pericarditis suelen ser denominadas como
Pericarditis secundarias, y en estos casos el problema del diagnóstico etiológico suele ser
menor.
En la mayoría de casos la pericarditis suele ser una afección benigna, con síntomas de escasa
gravedad, escasa afectación clínica, de curso corto y favorable, autolimitada incluso sin
tratamiento específico, y son en su mayoría de origen viral. Aunque en gran número de ellas no
se logre demostrar su origen viral, la relación coste/eficacia que supondría una búsqueda
exhaustiva del agente causal, con la realización de múltiples análisis y costosos tests es
difícilmente justificable, no sólo por la benignidad del proceso, sino por la baja rentabilidad
diagnóstica que tienen la mayoría de estos tests y analíticas, como comentaremos más
adelante, de forma que muchos de estos casos terminarían catalogándose como Pericarditis
agudas idiopáticas, que muy probablemente son de etiología virósica aunque ello no pueda ser
demostrado documentalmente. En nuestra opinión, que coincide con la de otros autores, en
este tipo de cuadros benignos, de curso autolimitado, sólo debe hacerse un batería diagnóstica
simple, siempre presidida por una correcta historia clínica (fármacos que toma, síntomas de
acompañamiento, exploración correcta, etc.), con unas pruebas analíticas básicas.
En otros casos menos frecuentes, la enfermedad es más compleja, con mayor afectación
clínica, de evolución más larga o recidivante, adoptando un curso de tipo subagudo, etc.,
siendo a menudo la primera o única manifestación de enfermedad o incluso preceder en el
tiempo a la aparición de otros signos de la enfermedad causal. Es en estos casos,
denominados por Permanyer Miralda et al, como Pericarditis agudas primarias, en donde el
problema diagnóstico es más complejo y en donde la búsqueda de la causa etiológica es más
importante. En este grupo de pericarditis la relación coste/eficacia está más justificada, aun
cuando muchas de ellas finalmente tengan que ser catalogadas también como
pericarditis idiopáticas, como han demostrado estos mismos autores, dada la escasa
rentabilidad diagnóstica del análisis bioquímico, bacteriológico y anatomopatológico del líquido
y biopsia del pericardio.
Por otro lado, la incidencia de las distintas causas etiológicas de pericarditis es distinta para
cada país e incluso para diferentes zonas de un mismo país (por ejemplo, la pericarditis
tuberculosa es actualmente rara en países desarrollados y extraordinariamente frecuente en
algunos países del tercer mundo), motivo por el que estará justificado incluir una determinada
prueba analítica o bacteriológica en un país como primera línea diagnóstica, mientras que no
está justificada en otra territorio, salvo en caso de viajeros a las zonas de riesgo, medio en el
que se ha desenvuelto el paciente en la última época, coexistencia de factores de riesgo
asociados (drogadicción, prácticas sexuales de riesgo, etc.).
Por tanto, es básico realizar una Historia Clínica y Exploración detallada, en donde pueden
quedar de manifiesto signos o síntomas de la enfermedad de base. Así ocurre por ejemplo en
casos de traumatismo torácico, en pacientes con Infarto Agudo de Miocardio (IAM),
insuficiencias renales, enfermedades sistémicas o neoplásicas previamente diagnosticadas,
cuando la exploración evidencia hábito mixedematoso, un cáncer de mama o lesiones
tuberculosas pulmonares, etc. Desgraciadamente en las pericardiopatías (agudas o crónicas)
no existen síntomas o signos sensibles y específicos que permitan un diagnóstico etiológico.
No sería razonable realizar todos y cada uno de los tests diagnósticos capaces de lograr el
máximo de diagnósticos etiológicos, máxime cuando en la mayoría de los casos, se trata de
pericarditis agudas de causa viral, leves y transitorias, con nulo o mínimo derrame, etc., en las
que generalmente es aceptable una investigación etiológica básica y un seguimiento posterior
que identifique la curación definitiva, el desarrollo de derrame o la recurrencia del problema. En
la gran mayoría de casos será suficiente realizar una serie de analíticas y tests básicos.
Siguiendo a Soler et al, con algunas modificaciones, fundamentalmente debe realizarse en
todos los casos:
— Bioquímica general.
— Hemograma, fórmula y recuento leucocitario.
— Velocidad de sedimentación globular.
— Hemocultivos seriados, para detectar bacteriemias y endocarditis asociada.
— Test cutáneo de tuberculina (Mantoux).
— Baciloscopia en esputo (3 muestras), mediante frotis teñidos y cultivo.
— Serología de virus (incluido test de anticuerpos heterófilos para excluir Mononucleosis
Infecciosa).
— Factor Reumatoide.
— Serología para Brucella, Salmonella, Toxoplasma y Mycoplasma.
— TSH, T4 y T3, para excluir hipotiroidismo.
— Título de Antiestreptolisinas (fundamentalmente en niños, con sospecha de Fiebre
Reumática).
Por otro lado, en pacientes que presenten hallazgos extracardiacos definidos, tales como
adenopatías, hay que realizar los estudios específicos definidos (por ejemplo: biopsia de
ganglios linfáticos, punción medular, broncoscopia, etc.). Cuando la enfermedad dura más de
una semana o antes si se sospecha pericarditis purulenta o si existen otros criterios de
gravedad se pasa a la 2ª fase del diagnóstico, en la que se realiza pericardiocentesis
diagnóstica, debiendo extraerse un volumen suficiente de líquido para enviar muestras a
Bioquímica, Bacteriología y Anatomía Patológica, debiendo investigarse: Bioquímica del líquido:
Adenosina Desaminasa (ADA), además de los estudios bioquímicos habituales:
Hematocrito, Leucocitos, Glucosa, Fenómeno LE, Proteínas totales, LDH, etc.
Bacteriología del líquido: Cultivos (aerobios, anaerobios, micobacterias y hongos): Löwenstein-
Jensen, Middlebroock, Ziehl-Neelsen, etc.
Independientemente se realizará:
• Hemocultivos seriados, frotis de garganta. Urocultivos y Coprocultivos para detectar posible
etiología viral.
• Anticuerpos antinucleares (ANA) y anti-DNA
• Cultivo de esputo para investigación de micobacterias en 3 muestras de esputo (en frotis
teñidos y por medio de cultivo). Si no se logra esputo, se estudiará material de aspiración
gástrica.
Finalmente, y de forma general, señalar que en la mayoría de los casos (86% de la serie de
Soler et al) no se logra identificar una causa etiológica, teniendo que clasificarse como
pericarditis agudas idiopáticas.
En enfermos inmunodeprimidos, las cosas pueden ocurrir de forma diferente a los pacientes
inmunocompetentes, debiendo ser diferente la investigación etiológica, e investigar
pneumocistis carinii, nocardiosis, criptococosis, hongos, citomegalovirus, etc., aparte de una
búsqueda exhaustiva de tuberculosis. Efectivamente, ha sido descrito un incremento de la
incidencia de pericarditis después de haber sido definida la infección por VIH, con una
incidencia de 1.8% al año, constituyendo esta causa en algunas zonas el 70% de los enfermos
hospitalizados por pericarditis, siendo el 90.5% de origen tuberculoso.
A la vista de sus resultados, los autores concluyen que los derrames pequeños asintomáticos
en pacientes VIH no requieren evaluación diagnóstica, pero sí los grandes derrames
sintomáticos, ya que en 2/3 partes son causados por infecciones potencialmente tratables. Ello
viene a confirmar la opinión de otros autores, por lo que sería asumible también para estos
enfermos el protocolo de investigación comentado previamente, con las variaciones lógicas de
cada caso clínico concreto.
Conviene matizar que analítica debemos pedir cuando se realiza extracción de líquido
pericárdico ya sea con finalidad diagnóstica o terapéutica, y que rendimiento diagnóstico
podemos esperar de dicha analítica.
TABLA 2:
TESTS DIAGNOSTICOS CON CAPACIDAD DISCRIMINATORIA
PARA DIFERENCIAR LÍQUIDOS PERICARDICOS (Meyers DG et
al)9.
EXUDADO TRASUDADO
Enfermedades Ps. Por Radiación,
malignas, Ps. Ps. Urémicas,
Virales, Ps. Ps. Traumáticas,
Bacterianas, Ps. Ps. Hipotiroidismo.
Parainfecciosas, Ps.
Reumatológicas, Ps.
Postpericardiotomía
Por otro lado, la citología suele ser muy rentable en casos de derrame pericárdico secundario a
una enfermedad maligna, mostrando una sensibilidad del 92% y una especificidad del 100% y,
en lo referente a los estudios microbiológicos, Meyers et al no lograron demostrar cultivos
bacterianos aeróbicos positivos del líquido pericárdico en el 40% de sus pacientes, y en
ninguno del total de pacientes se logró identificar virus, hongos o mycobacterias. Los
mencionados autores acuñan un nuevo término derrame pericárdico parainfeccioso para
designar aquellos derrames antes mencionados, desarrollados en asociación con una infección
bacteriana (incluida septicemia y neumonitis), pero en los que no se logra crecimiento de
gérmenes en los cultivos oportunos, tratándose de un cuadro similar a los derrames pleurales
paraneumónicos.
De acuerdo con los resultados de esta serie, cuando se realiza la evacuación de un derrame
pericárdico con fines diagnósticos o terapéuticos, en una primera fase es suficiente con
establecer el diagnóstico de exudado y trasudado mediante la determinación de proteínas, LDH
y densidad, como se ha señalado, así como el estudio citológico y cultivo del líquido extraído.
El resto de tests no tienen suficiente poder discriminatorio, debiendo ser investigados
solamente cuando existe un alto nivel de sospecha de una enfermedad específica. Así, por
ejemplo, la determinación de ADA en sospecha de pericarditis tuberculosa, titulación de
anticuerpos antinucleares del líquido si se sospecha lupus eritematoso, complejos-g globulina y
niveles de complemento del líquido en caso de sospecha de artritis reumatoide, etc.
Los métodos directos permiten visualizar los virus, realizar su cultivo y aislamiento, detectar sus
antígenos y demostrar la presencia de su genoma. Dado que en sujetos normales, en la
mayoría de los casos se trata de infecciones por enterovirus (generalmente coxsackie) y menos
frecuentemente por virus de la gripe y adenovirus, generalmente son suficientes para su
investigación los frotis de faringe y las heces, pudiendo ser útiles también las muestras de
aspirado gastrointestinal. Mediante anticuerpos monoclonales actualmente disponibles en la
mayoría de laboratorios, es posible demostrar inmunofluorescencia directa de antígenos
víricos. Es también posible utilizar como técnica directa la detección genómica por reacción en
cadena de la polimerasa (hibridación in situ o amplificación), lo que permite la identificación de
un número variable de secuencias específicas de un determinado agente viral.
A pesar de que el traumatismo grave y los politraumatismos son motivo de ingreso frecuente en
los Servicios de Cuidados Intensivos, son escasas las publicaciones de la especialidad
referentes a la patología traumática del corazón y, aún más, del pericardio. Ello es un tanto
discordante con el hecho de la alta frecuencia de traumatismos de alta velocidad en nuestra
sociedad actual, con una alta incidencia de traumatismos no penetrantes. Es por ello que
consideramos de interés analizar detenidamente este problema, máxime cuando pueden
originar la muerte del paciente sin llegar a realizarse un diagnóstico correcto en cuadros en
donde es crucial la realización de un diagnóstico lo más rápido y preciso posible. Sólo vamos a
referirnos a los problemas pericárdicos de origen traumático, dejando de lado los traumatismos
miocárdicos frecuentemente asociados, dado que superan el objetivo de este capítulo.
Las fuerzas que habitualmente originan lesiones pericárdicas suelen ser fuerzas directamente
aplicadas al tórax, fundamentalmente aplicadas sobre el área precordial, mientras que el
corazón y grandes vasos (y en menor grado, pericardio) pueden quedar lesionados también por
otros tipos de fuerzas, incluso no directamente aplicadas al tórax. Aunque existen otras muchas
posibilidades de accidentes con traumatismo torácico, la principal fuente de traumas torácicos
cerrados por golpe directo son en la actualidad los accidentes de tráfico (habitualmente sin
cinturón de seguridad), generalmente con compresión del corazón entre esternón y columna
vertebral al golpear violentamente contra el volante del vehículo. Las fracturas de esternón o
costales derivadas de este tipo de traumatismos, pero también de origen yatrógeno por masaje
cardiaco externo, pueden originar también traumatismos pericárdicos y/o miocárdicos. En otras
ocasiones, se trata de traumatismos penetrantes del tórax, habitualmente por arma blanca o
armas de fuego, de forma que producen la rotura o desgarro del pericardio con o sin afectación
del miocardio subyacente.
Las lesiones pericárdicas (aisladas o acompañadas de otros problemas) son bastante más
frecuentes de lo que se diagnostican, ya que en necropsias e intervenciones de enfermos con
traumatismo cerrado directo de tórax casi siempre se encuentra algún grado de pericarditis
traumática. En la tabla 3 se resumen los tipos de lesión traumática del pericardio más
frecuentes.
TABLA 3: LESIONES PERICARDICAS DE
ORIGEN TRAUMATICO
(Tomada de FA Miller)
1. PERICARDITIS HEMORRAGICA.
2. LACERACION PERICARDICA:
Asintomática.
Herniación con estrangulación cardiaca.
3. TRATAMIENTO.
Rotura de vasos pericardicos.
Rotura de arteria coronaria.
Rotura de la cámara cardiaca.
5. NEUMOPERICARDIO.
6. PERICARDITIS RECURRENTE.
7. PERICARDITIS CONSTRICTIVA.
Las lesiones pericárdicas por traumatismo penetrante de tórax suelen ser de tipo laceración o
rotura más que contusión, no obstante lo cual, es posible el desarrollo de pericarditis
secundaria a contusión, así como el desarrollo de pericarditis purulentas por infección de una
laceración pericárdica traumática, con posterior desarrollo de pericarditis constrictiva. La rotura
o laceración pericárdica, cuando ocurre aisladamente (sin afectación miocárdica), no suele
tener consecuencias importantes, pudiendo pasar desapercibida. Sin embargo puede tener
consecuencias muy importantes cuando se produce una hemorragia importante (generalmente
debida a perforación de cavidades cardíacas o rotura de vasos coronarios) o cuando se origina
herniación del corazón a través del desgarro pericárdico, pudiendo tener consecuencias fatales
en ambos casos. Por tanto, el desgarro o laceración aislada del pericardio tiene un amplio
espectro de presentación, que puede ir desde manifestaciones mínimas, hasta originar un
compromiso cardiaco agudo por herniación del corazón, pasando por una pericarditis más o
menos trascendente (incluida la piopericarditis y posible posterior pericarditis constrictiva). Sin
embargo, en la mayoría de los traumatismos abiertos de tórax en que ocurre rotura o laceración
pericárdica existe asociación con lesiones miocárdicas.
Las más frecuentes lesiones traumáticas pericárdicas son derivadas de traumatismos abiertos,
con heridas penetrantes por arma blanca y otros objetos cortantes, así como heridas por arma
de fuego. El cuadro clínico va a diferir según el pericardio esté abierto o cerrado (puede haber
estado abierto y taponarse por un coagulo o por aposición de vísceras vecinas) y depender
también del mecanismo traumático. Así, las heridas por arma de fuego, raramente generan
taponamiento pericárdico, ya que al ser la herida de tamaño grande, el pericardio drena dentro
del espacio pleural, pudiendo desangrarse el enfermo en pocos minutos. Por el contrario, las
heridas pericárdicas por arma blanca, pueden mostrar con relativa frecuencia una respuesta
menos grave por cierre rápido de la herida miocárdica, siendo por tanto más frecuente la
incidencia de taponamiento cardiaco, pues el pericardio tiene una clara tendencia a cerrar con
rapidez su rotura, probablemente por tratarse de una herida más estrecha y con bordes más
cercanos (muy parecidas a una “herida quirúrgica”), si bien pueden cursar también con gran
hemorragia externa si este cierre pericárdico no ocurre, pudiendo fallecer el enfermo más o
menos rápidamente según la cámara afectada y el tipo de herida miocárdica.
El traumatismo de tórax, como lesión aislada, sólo tiene trascendencia clínica en casos de
hemorragia intrapericárdica severa, pudiéndose desarrollar de forma muy rápida (incluso
catastrófica) si se trata de la rotura de un ventrículo, ya que de forma aguda son necesarios
pocos mililitros de sangre para provocar taponamiento cardiaco (el pericardio no tiene tiempo
para desarrollar sus mecanismos compensadores y hacerse más compliante). En otras
ocasiones el hemopericardio se origina de forma más lenta, cuando el foco hemorrágico es un
vaso de menor importancia, permitiendo al pericardio una mejor adaptación, de forma que el
volumen de líquido necesario para desarrollar signos de taponamiento es mucho mayor.
Los traumatismos cerrados o no penetrantes suelen producir contusiones pericárdicas más que
laceraciones o roturas pericárdicas (más raras por este mecanismo), pudiendo producir un
amplio espectro de lesiones pericárdicas que pueden ir desde la pericarditis aguda leve, no
progresiva, transitoria, con escaso o mínimo derrame, hasta el taponamiento cardiaco
rápidamente mortal o la pericarditis crónica constrictiva residual.
Aunque con mucha menor frecuencia que en los traumatismos penetrantes de tórax, en los
traumatismos cerrados de tórax pueden originarse también hemorragias pericárdicas por
sangrado pericárdico propiamente dicho (no debido a roturas miocárdicas), pudiendo variar
desde pequeñas áreas de hemorragias puntuales (microscópicamente se suele tratar de
hemorragias dentro del estroma fibroso del pericardio, permaneciendo intacta la capa interna
de células mesoteliales), hasta lesiones grandes con formación de grandes hematomas
asociados. Algunos traumatismos torácicos, pueden originar roturas de los tendones que fijan
el pericardio dentro de la jaula torácica. Han sido descritas roturas del tendón diafragmático
central, ya sea de forma aislada o asociada a rotura de hemidiafragma o rotura completa de
diafragma, siendo posible entonces la herniación del contenido abdominal dentro del espacio
pericárdico y transmisión de la presión negativa intratorácica al peritoneo, de forma que el
gradiente desde el abdomen al espacio pericárdico aumenta con la respiración y cada vez
pueden pasar más vísceras torácicas dentro del espacio pericárdico, desarrollándose en los
casos descritos, signos y síntomas de estrangulamiento de vísceras abdominales y/o de
taponamiento cardiaco. En otras ocasiones se trata de laceraciones pericárdicas, que
generalmente van acompañadas de contusión y laceración miocárdica (la laceración
miocárdica puede ocurrir sin laceración pericárdica). Como ha sido señalado previamente, no
suele tener consecuencias importantes salvo si se acompaña de hemorragias trascendentes
(puede conducir a la exanguinación dentro de la cavidad pleural izquierda) o de herniación del
corazón a través del desgarro pericárdico (puede producir estrangulación del corazón y muerte
o ser totalmente asintomático). En otras ocasiones, puede ocurrir la rotura de estructuras
vecinas y drenar éstas al pericardio. Así ocurre el neumopericardio traumático (rotura pleural o
esofágica, en casos de neumotórax o rotura traumática de esófago) y la pericarditis purulenta
por drenaje del contenido esofágico hacia el pericardio. Finalmente, de forma ocasional pero
relativamente frecuente, tras una pericarditis traumática puede ocurrir una pericarditis
recurrente, bastante tiempo después de haber sufrido un traumatismo torácico directo y
repetirse o reaparecer años después, igual que ocurre en la pericarditis postinfarto (síndrome
de Dressler) y síndrome postpericardiotomía, considerándose un mecanismo autoinmune
similar para esta pericarditis recurrente postraumática. El cuadro clínico es similar al Dressler,
incluso pudiendo presentar fiebre y sudoración, aumento de velocidad de sedimentación,
infiltrado radiológico (neumonitis), etc. Los signos clínicos, ECG, etc. son similares a los
descritos, por lo que no merece la pena insistir.
En caso de derrame, el líquido suele ser habitualmente claro, generalmente asociado un
exudado fibrinoso sobre epicardio, con infiltración focal de leucocitos y linfocitos
polimorfonucleares. En estos casos no es habitual su acumulación hasta el punto de generar
taponamiento pericárdico, y puede desarrollarse una capa fibrosa pericárdica, más o menos
gruesa y rígida, y de forma más o menos rápida (generalmente después de un año desde el
traumatismo) y desembocar en un cuadro de pericarditis constrictiva.
Es bien conocido que el masaje cardiaco externo puede originar lesiones cardíacas (como
puede ser visto en necropsias post RCP), máxime si no se realiza de forma técnicamente
correcta. El problema es trascendente, ya que con frecuencia suele quedar sin diagnosticar,
porque muchos de estos enfermos fallecen en el episodio o poco después, no generando
habitualmente dudas o problemas diagnósticos dada la gravedad inicial del paciente. En una
revisión de 60 necropsias tras RCP, se encontraron roturas de cámaras cardiacas en el 10%
(herida ventricular izquierda 6,7%, auricular izquierda 1,7% y vena cardiaca 1,7%). La rotura de
esternón y de costillas (sobre todo en ancianos) es frecuente, y tanto más cuando más
inexperto es el reanimador. No es por tanto raro que ocurran lesiones pericárdicas (contusiones
y desgarros, fundamentalmente), pero tal y como señalábamos anteriormente, no es éste el
problema en el marco del enfermo crítico reanimado, sino las complicaciones tipo taponamiento
(secundario a rotura o desgarro de aurículas o ventrículos) que pueden hacer fracasar la
reanimación: el enfermo recupera ritmo cardiaco, con recuperación o no de presión arterial, y
poco tiempo después se choca nuevamente y fallece.
Una observación clínica cuidadosa, puede evidenciar importante estasis yugular y una
ecocardiografía urgente puede demostrar la existencia de taponamiento pericárdico (que al
desarrollarse de forma aguda, puede ser pequeño), lo que obliga a evacuación urgente y
revisión quirúrgica de emergencia.
Otras causas relativamente frecuentes, también de tipo yatrógeno, son debidas a técnicas
diagnóstico/terapéuticas invasivas: implantación de marcapasos provisionales o definitivos,
técnicas hemodinámicas o angiográficas, estudios electrofisiológicos, ablación de vías de
conducción anómalas, etc. La perforación de ventrículo derecho mediante electrocatéteres de
marcapasos es muy frecuente, más con electrocatéteres provisionales que definitivos (en
relación con su mayor rigidez), y sobre todo si están introducidos por vía subclavia (algo menos
por yugular), ya que en esta posición el electrocatéter queda firmemente fijado a un plano óseo
(clavícula) que facilita, si se dejan excesivamente apoyados en ventrículo derecho, un aumento
de presión en la punta del electrocatéter cuando se reduce el tamaño cardiaco por la
electroestimulación (al entrar por cava superior, el electrocatéter tiene un recorrido corto hasta
el ápex del VD y tiene poca capacidad de curvarse cuando las dimensiones de las cavidades
disminuyen), siendo además facilitado por la alta frecuencia con que se utiliza esta técnica en
enfermos geriátricos, con degeneración amiloide, etc. Es por ello que es fundamental apoyarlo
lo justo para que no se desenclave, con la mínima curva posible y revisar el electrograma
intracavitario cada día o ante cambios de umbral para corregir la posición del electrocatéter si
es preciso. Personalmente preferimos la vía femoral, ya que el mayor recorrido del
electrocatéter y su entrada por cava inferior, posibilita que se curve más fácilmente hacia arriba
cuando disminuye la cardiomegalia, siendo más rara la perforación miocárdica que por vía
subclavia o yugular. Afortunadamente, el taponamiento pericárdico de este origen es raro, si
bien puede verse facilitado en caso de anticoagulación del paciente.
A veces, los signos clínicos de afectación pericárdica y/o miocárdica son evidentes y el
diagnóstico fácil, pero otras veces la mezcla de signos hipovolémicos por hemorragia y por
afectación pericárdica hacen el diagnóstico confuso. Indudablemente la ecocardiografía urgente
es de inestimable valor en esta situación, permitiendo descartar o confirmar el taponamiento,
etc. Esto es factible en el Hospital y desgraciadamente, no en todos, pero ello no quita valor a
esta técnica que progresivamente irá extendiéndose a los Servicios de Urgencia Hospitalaria en
uno u otro modo. Por otro lado, es conveniente señalar que la demostración de derrame
pericárdico no obliga a la evacuación inmediata si no existe evidencia de taponamiento o se
sospecha la existencia de piopericarditis (enfermo con derrame pericárdico y cuadro séptico
asociado). El problema más serio se plantea en situaciones de emergencia extrahospitalaria
(accidente de tráfico, herida por arma blanca en riña, etc.), en donde se dispone de menos
medios personales y materiales y donde la ecocardiografía no es disponible. Un corazón
taponado prácticamente no responde nunca al masaje cardiaco externo, de forma que está
plenamente justificada la punción pericárdica si existe alta sospecha de taponamiento, e incluso
la toracotomía de emergencia. En esta situación, el diagnóstico de taponamiento y su
tratamiento rápido, que puede salvar vidas, es mucho más problemático y más aún la toma de
decisiones. La situación es aún peor en caso de enfermo en paro cardiaco o disociación
electromecánica. La decisión debe ser tomada dependiendo de la alta sospecha de factores de
riesgo de taponamiento cardiaco y la utilidad/inutilidad de otros esfuerzos de reanimación, de
forma que debe practicarse si la sospecha es alta o si otras medidas de RCP han fallado,
mientras que si la sospecha es baja, deben intentarse otras medidas de RCP. En estas
situaciones, pueden ser salvadoras las medidas de reanimación habituales (vías venosas,
asegurar vía aérea, tratamiento habitual de las posibles arritmias, expansión de volumen y/ o
drogas inotrópicas, etc.) junto con un transporte rápido al Hospital más cercano, con aviso
previo al equipo de urgencias (si es posible) para que estén preparados y esperando al
enfermo. La expansión de volumen puede y debe ser la medida inicial recomendada, aun
cuando no se tenga claro el diagnóstico, pues puede lograr una mejoría hemodinámica en
ambas situaciones: taponamiento e hipovolemia aguda. Como se ha señalado, la realización de
pericardiocentesis con fines terapéuticos en el medio extrahospitalario es muy controvertida, ya
que puede ser salvadora pero precisa tiempo y personal entrenado para evitar problemas
mayores. Después de conseguir una vía venosa de suficiente calibre e iniciar expansión de
volumen, si existe fuerte evidencia de taponamiento y el personal tiene experiencia en la
técnica, puede (y debe) realizarse evacuación de cierto volumen de sangre pericárdica que
puede originar una drástica mejoría hemodinámica (puede remontarse la situación de shock
con sólo evacuar 75-100 ml de derrame pericárdico). Si el corazón late y se dispone de
electrocardiógrafo, debe hacerse la punción mediante control ECG con conexión de una
precordial a la aguja de punción. Obviamente, si está en asistolia, ello no será posible. Dado
que habitualmente es hemorrágico, puede plantear duda si es sangre extravasada o
intracavitaria, para lo cual es de ayuda analizar si la sangre extraída coagula o no y, sobre todo,
si la punción se hace con control electrocardiográfico, lo que no es difícil ni consume tiempo, tal
y como se ha explicado al comentar esta técnica.
Sin embargo, en esta situación de emergencia, el control más habitual sobre el origen de la
sangre aspirada es la respuesta de la presión arterial. Hay que tener en cuenta que una
punción pericárdica negativa (y más aún en la realizada en esta situación de emergencia), no
excluye el diagnóstico de taponamiento, debiendo confirmarse mediante un eco a la llegada al
Hospital.
Es importante señalar, a la vista de los excelentes resultados obtenidos con pacientes con
heridas penetrantes en pericardio y miocardio, que no debe escatimarse esfuerzo de
reanimación cardiopulmonar en moribundos con largos tiempos de hipoperfusión y
exanguinación casi completa, ya que habitualmente estos pacientes previamente sanos, y a
menudo jóvenes, muestran una gran tolerancia a la hipoperfusión mantenida, pudiendo
recuperarse después de largos periodos de reanimación sin apenas secuelas cerebrales,
renales, etc. Aunque es obvio, el tratamiento en estas situaciones de emergencia
extrahospitalaria (al igual que en Urgencias o UCIs), pasa por la evaluación de la estabilidad o
no del paciente y la toma de medidas habituales de RCP: manejo de la vía aérea, colocar un
mínimo de 2 vías venosas (al menos una de ellas de grueso calibre para administración rápida
de volumen), teniendo en cuenta que si bien es de interés obtener mediciones de presión
venosa central, no es éste un objetivo prioritario inicialmente.
Los problemas pericárdicos tienen una especial relevancia en los pacientes con Infarto Agudo
de Miocardio (IAM), no sólo por plantear problemas diagnósticos entre ambos cuadros, sino por
la posible coexistencia de ambas afecciones en un mismo enfermo, ya que con frecuencia el
pericardio está afectado como una complicación más del IAM, pudiendo adoptar la forma de
Pericarditis precoz post IAM (Pericarditis Epistenocárdica), Pericarditis tardía (síndrome
postinfarto de miocardio o síndrome de Dressler) y Hemopericardio post IAM.
El término de Pericarditis postinfarto se utiliza para designar las pericarditis que aparecen cierto
tiempo después del desarrollo de un IAM. Se trata de un término muy amplio e impreciso que
permite confusiones por lo que es importante matizar. Se habla de Pericarditis precoz post-IAM,
para referimos a la inflamación pericárdica que aparece precozmente en pacientes en fase
aguda de Infarto Miocárdico. Generalmente aparece entre el 2.º y 5.º día tras el dolor, pero
puede aparecer desde el primer día (9-10 horas tras el dolor) hasta el 10.º día, de forma que la
aparición de nuevo roce y/o dolores pericárdicos después del l0.º- l4.º día, generalmente
sugieren la existencia de un nuevo IAM o el inicio de un síndrome de Dressler. Clásicamente,
se denominaba a la pericarditis precoz post-IAM como pericarditis epistenocárdica suponiendo
la existencia de una “erupción” sobre el pericardio de una zona de necrosis miocárdica
transmural, que “cubre” (epi) el infarto (estenocardia), tratándose de una pericarditis focal,
localizada al área de la necrosis miocárdica y generalmente “seca” (aunque puede haber
derrame pericárdico). En la actualidad, se prefiere hablar de pericarditis precoz post-IAM (o
simplemente pericarditis post-IAM, término este último que algunos autores rechazan por
entender que permite la confusión con el síndrome postinfarto de miocardio (síndrome de
Dressler), argumentándose que Pericarditis post-IAM engloba tanto al tipo precoz como tardío
de pericardiopatía post-IAM, sugiriendo la utilización de términos tales como Pericarditis
periinfarto (en similitud a la miocardiopatía periparto), Pericarditis infarto relacionada (en
similitud con el término arteria relacionada con el IAM) o Pericarditis asociada al infarto. De
acuerdo con Spodick, ya existe el término de pericarditis epistenocárdica para definir a la
pericarditis precoz, debiendo mantenerse el término de síndrome postinfarto de miocardio para
la pericarditis más tardía y, mejor aún, el término clásico Síndrome de Dressler, siendo otra
buena opción hablar de pericarditis precoz y tardía post-IAM. En realidad, no existen unos
criterios bien definidos en la literatura para el diagnóstico de pericarditis epistenocárdica (dolor
pericárdico sólo?, roce pericárdico sólo? roce pericárdico junto con fiebre?, dolor
pleuropericárdico y cambios de ECG sugestivos de pericarditis?). En la actualidad se conoce
gracias a las técnicas ecográficas que estas pericarditis epistenocárdicas consideradas
clásicamente como secas y localizadas, con alta frecuencia tienen derrame pericárdico, aun
cuando se auscultase de forma evidente un roce pericárdico. En cualquier caso, para algunos
autores, no existe diferencia real entre los distintos tipos de pericarditis post-IAM, incluyendo
tanto la pericarditis precoz post-IAM como la pericarditis tardía post-IAM (síndrome de
Dressler), sugiriendo que ambos cuadros clínicos son un mismo problema más o menos
continuo. En este capítulo se utiliza el término pericarditis precoz post-IAM o epistenocárdica y,
aunque es altamente probable que sean un mismo problema, se analiza separadamente la
pericarditis tardía post-IAM o Síndrome de Dressler, en orden a una mejor estructura didáctica,
facilitando además la búsqueda de distintas complicaciones del IAM.
La incidencia de pericarditis en el IAM es difícil de asegurar, ya que existen cifras muy dispares
en las distintas series publicadas dependiendo de las distintos criterios exigidos para el
diagnóstico de pericarditis (sólo dolor típico, sólo roce, roce más dolor, cambios ECG, derrame
pericárdico, etc.), habiéndose señalado incidencias entre el 7% y 41% en series clínicas y del
32% al 40% en series anatomopatológicas. Si existe acuerdo en todas las series de que la
pericarditis precoz es mucho más frecuente en los IAM transmurales que en los
subendocárdicos o IAM no Q (aunque también aparece en éstos), y más frecuentes en los IAM
anteriores (sobre todo anteriores extensos) que en los IAM inferiores, aunque ocurre también
en IAM de ventrículo derecho, en IAM laterales, etc.
[Link]. Anatomopatología
El cuadro se manifiesta generalmente, por la aparición entre el 1er y 10mo día tras el dolor de
IAM (el pico está en la 1ª semana post-IAM), de un dolor con características pericárdicas o
pleuropericárdicas (irradiación a los hombros y área interescapular) y la aparición de roce
pericárdico, de características iguales a las descritas en el capítulo previo. Los enfermos,
generalmente están asustados o con gran ansiedad por la reaparición o reagudización del
dolor, ya que piensan que se trata de una repetición del proceso isquémico, pero si son
interrogados adecuadamente, suelen reconocer que el dolor es distinto al previo, ayudando a
su diferenciación las características señaladas en relación con respiración y postura. Las
irradiaciones del dolor pueden ser distintas a las del dolor isquémico pero a menudo se
confunden, pues si bien en los IAM de localización interior el dolor pericárdico es referido con
frecuencia al hombro izquierdo, en los IAM de localización anterior, el dolor pericárdico suele
localizarse en el área precordial. En cuanto al roce pericárdico puede ser localizado o difuso,
fugaz o más duradero, cambiar de una exploración a otra, variar de intensidad, auscultarse en
una postura y no en otra, etc., siendo mucho más frecuente la auscultación del roce pericárdico
en los IAMs anteriores que en los inferiores, donde es muy frecuente que no se logre oír. La
auscultación del roce pericárdico suele dar el apoyo suficiente para el diagnóstico, sobre todo si
se oyen los 3 componentes descritos, debiendo ser perseguido mediante auscultaciones
seriadas en todos los enfermos con IAM, lo que permite adicionalmente detectar precozmente
la aparición de una posible rotura de tabique interventricular o una insuficiencia mitral por
disfunción o rotura de músculos papilares, debiéndose realizar el diagnóstico diferencial entre
el roce pericárdico con el soplo sistólico de la insuficiencia mitral, sobre todo cuando el roce
muestra sólo uno o dos componentes en vez de los 3 componentes típicos del roce: los roces
pericárdicos varían más con la posición y en distintos momentos del día y se auscultan “más
superficiales” que los soplos, además de no influirse por maniobras farmacológicas (nitrito de
amilo, etc.). En caso de duda, la clave la dará la ecocardiografía, exploración que debe
realizarse de forma seriada en todo enfermo con roce o soplo nuevo o antiguo. A veces, la
pericarditis cursa sin dolor, en cuyo caso, la auscultación del roce es la única clave diagnóstica
del cuadro.
[Link]. Ecocardiograma
Los hallazgos ecocardiográficos son similares a los descritos en el capítulo previo, por lo que
no es necesario insistir en ello, de forma que proporcionan escasa información en caso de
pericarditis fibrinosa y signos de derrame, generalmente de escasa importancia cuando la
pericarditis es serofibrinosa. Obviamente, en este tipo de enfermos con IAM con pericarditis
precoz, además coexisten signos típicos de necrosis, tales como déficit segmentario de la
contractilidad, posible existencia de zonas aneurismáticas, signos de disfunción papilar, etc.
Tan sólo resaltar que las exploraciones ecocardiográficas seriadas en el IAM han permitido
evidenciar la frecuente existencia de pequeños derrames no compresivos en un alto porcentaje
de casos (28% en algunas series), siendo más frecuentes si el paciente tiene una zona de
necrosis muy extensa e insuficiencia cardiaca congestiva (en relación con dicha extensión de la
necrosis o por otra causa tal como un defecto mecánico). Previamente hemos mencionado la
controversia existente entre si aceptar o no el diagnóstico ecocardiográfico de derrame
pericárdico cuando sólo existe despegamiento anterior, por la posible confusión con grasa
pericárdica que frecuentemente se localiza en esa zona. La especificidad y sensibilidad de la
ecocardiografía en el diagnóstico del derrame pericárdico ha sido claramente establecida por
Horowitz et al, considerándose de valor diagnóstico la presencia de numerosos ecos
desordenados llenando el espacio entre el epicardio y el pericardio posterior, lo que se
considera como pericarditis fibrinosa localizada. Algunos autores aceptan la existencia de
derrame pericárdico anterior aislado cuando se reúnen las siguientes características: a) La
presencia de un espacio libre de ecos entre la pared anterior del ventrículo derecho y ecos
adyacentes del pericardio parietal y pared de tórax, a través del ciclo cardiaco, b) movimiento
cardiaco excesivo (movimiento ventricular derecho > 8 mm), y c) cambios progresivos en los
patrones previamente establecidos, es decir, por ejemplo cuando un espacio libre de ecos se
modifica en más de 5 mm (medido en telediástole) con respecto al ecocardiograma previo.
[Link]. Electrocardiograma
El ECG es de gran interés en un doble sentido: a) Para el diagnóstico diferencial del paciente
con cardiopatía isquémica aguda y del paciente con pericarditis aguda de otra causa, a causa
de que ambos tienen síntomas y signos que pueden confundirse; y b) Para el diagnóstico
diferencial entre reextensión de la necrosis y desarrollo de pericarditis, en pacientes con IAM
que desarrollan esta complicación. Ya ha sido desarrollado en el capítulo previo el ECG típico
de las Pericarditis con y sin derrame pericárdico, de forma que no vamos a incidir en ello. En el
segundo supuesto, es decir, en el enfermo con IAM que desarrolla una pericarditis aguda
precoz, son extremadamente raros los signos electrocardiográficos descritos como típicos en
las pericarditis agudas de origen no isquémico, de manera que el ECG raramente puede ser
utilizado para confirmar el diagnóstico, ya que el IAM subyacente altera profundamente la fase
de repolarización del ECG. Los enfermos con IAM que desarrollan pericarditis muestran
elevaciones mayores de ST que los enfermos sin pericarditis, pero sólo un tercio de los
enfermos con IAM que desarrollan roce pericárdico muestran cambios electrocardiográficos
diagnósticos de pericarditis y sólo plantea una alta sospecha diagnóstica de pericarditis si
aparece elevación de ST en derivaciones en que debería esperarse una depresión recíproca de
ST en el marco del IAM del paciente. Por tanto, el diagnóstico diferencial suele apoyarse
bastante en las características clínicas del “nuevo” dolor, si aparece roce, etc., pero desde el
punto de vista electrocardiográfico, el desarrollo de pericarditis secundaria a IAM suele originar
una elevación de ST (por la pericarditis) en las derivaciones que están enfrentadas a la zona
del IAM y que hasta ese momento mostraban imagen especular (con desnivel negativo de ST)
de causa isquémica. Así, en infartos inferiores en que habitualmente el ST está descendido en
I, aVL y a veces en precordiales (imagen especular), aparece elevación de ST en estas
derivaciones en caso de desarrollar pericarditis, persistiendo sólo aVR con ST descendido. De
forma similar, en casos de IAM laterales, se elevará el ST en II, III y aVF si se desarrolla
pericarditis. En cualquier caso, se puede concluir diciendo que la pericarditis origina
alteraciones del ECG con mucha frecuencia, pero que estas alteraciones son poco específicas,
por lo que la interpretación es difícil y, por tanto de escaso valor diagnóstico.
Otros estudios del mismo grupo, analizando los patrones ECG de enfermos con IAM y
pericarditis reconocida clínicamente con otro grupo de IAMs en los que no se había reconocido
clínicamente la existencia de pericarditis pero que tenían derrame pericárdico, demuestran que
ambos grupos de pacientes mostraban evolución atípica de T y, además, este patrón ECG era
un indicador más sensible de IAM transmural que el desarrollo de onda Q. Asimismo, estos
mismos autores, han estudiado que ocurre con la onda T previamente descrita en caso de que
ocurra reperfusión, lo que ha sido estudiado mediante 99m Tc sestamibi seriados,
confirmándose que en pericarditis en IAMs anteriores generalmente desarrollan una evolución
de onda T de tipo I, lo que no ocurre en pericarditis en IAMs inferiores, en vez de lo que cabría
esperar que es justo lo contrario, ya que está descrito que la fibrinólisis disminuye a la mitad la
incidencia de pericarditis precoz en los IAMs reperfundidos, la velocidad de desarrollo de ondas
T positivas tipo II debería disminuir. No se conoce porque pasa al contrario y se desarrollan
ondas T positivas en pericarditis en IAMs anteriores reperfundidos, habiéndose señalado que
una posible causa (no confirmada) podría ser que la reperfusión del miocardio permita una
transmisión más rápida hacia la superficie epicárdica del “frente de onda” de necrosis, que a
menudo es hemorrágica, de forma similar al frecuente fenómeno postreperfusión de una
liberación mucho más rápida hacia el sistema venoso de CK-MB y al rápido desarrollo de
infarto hemorrágico que ha sido visto a veces en cirugía y necropsias después de la
reperfusión. Estos cambios de T muestran una sensibilidad del 100% y una especificidad del
77%, aumentando esta especificidad hasta el 96% si se excluyen los pacientes que tenían
reinfarto, que sufrieron maniobras de RCP o que tenían un IAM de extensión mínima como
consecuencia de una fibrinólisis muy precoz. Estas sensibilidades de los mencionados patrones
electrocardiográficos en la pericarditis precoz post-IAM han sido posteriormente confirmadas en
otra publicación.
A la vista de todos estos estudios, los autores afirman que estos cambios electrocardiográficos
pueden ser utilizados para diferenciar entre pericarditis post-IAM, angina post-IAM y re-IAM.
Además, la profundidad y rapidez de la inversión de la onda T está determinada por la
reperfusión de forma que la negatividad de T en las derivaciones que inicialmente mostraron
las mayores elevaciones de ST es mayor de 3 mm dentro de las 48 horas cuando existe
reperfusión, mientras que en ausencia de reperfusión la negatividad máxima de T es igual o
menor de 2 mm en las mencionadas derivaciones que mostraron la máxima elevación de ST en
las 72 horas tras el IAM. Por tanto, en los IAM anteriores con reperfusión y patrón
electrocardiográfico de pericarditis tipo I es más fácil detectar estos patrones que en los casos
de localización inferior sin reperfusión y con patrón de pericarditis tipo II.
Clásicamente se describe que el desarrollo de pericarditis no afecta al voltaje del ECG salvo
que se desarrolle un derrame importante o taponamiento pericárdico. Esto es verdad hasta
cierto punto. Por ejemplo, la situación es algo distinta en caso de derrames pericárdicos
desarrollados de forma muy rápida, aun cuando originen cuadro de taponamiento cardiaco, ya
que habitualmente en estas circunstancias no es excesivo el volumen de líquido contenido en
el pericardio. Ocasionalmente se puede comprobar también disminución de voltaje de onda P,
aunque es más habitual que apenas se afecte dicho voltaje, aun en presencia de grandes
volúmenes de líquido pericárdico. Por otro lado, cuando el acumulo de líquido pericárdico es
muy abundante y se desarrolla un cuadro compresivo (taponamiento pericárdico), en la
mayoría de los casos se puede comprobar disminución de voltaje de QRS, como consecuencia
del efecto aislante del líquido pericárdico, y muy probablemente también, por efecto de la
compresión cardiaca y cambio de la posición del corazón, factores ambos que pueden afectar
al flujo coronario del miocardio, el cual además está seriamente comprometido por el deterioro
hemodinámico originado por el taponamiento (baja presión aórtica y aumento de la presión
intramiocárdica, sobre todo a nivel de epicardio), como ya ha sido analizado anteriormente. Sin
embargo las razones para explicar el bajo voltaje del ECG en las enfermedades pericárdicas es
discutido, considerándose pluricausal y no universal. Así, en casos de taponamiento cardiaco
ha sido claramente establecido que el grado de cambio de voltaje del ECG no está relacionado
con la severidad del compromiso hemodinámico y, por otro lado, parece que en presencia de
derrame pericárdico y taponamiento no ocurre isquemia miocárdica, salvo en algunos casos de
pericarditis constrictiva en que puede desarrollarse cierta afectación del flujo coronario por
originarse un cierto grado de obstrucción coronaria.
La fibrilación auricular transitoria es una arritmia bastante común en la fase precoz del IAM
(fundamentalmente en el IAM con onda Q), habiendo sido muy debatido el papel que pudiese
tener la presencia de pericarditis asociada al IAM en el desarrollo de esta arritmia. Ello ha sido
estudiado por Nagahama et al, mediante análisis multivariado de diversas variables clínicas,
ECG, eco, hemodinámica, etc., encontrando que existía relación estadísticamente significativa
con la presencia de depresión del segmento PQ en el ECG, con la edad del paciente, con el
número de segmentos ventriculares izquierdos asinérgicos y con la presencia de derrame
pericárdico. Los enfermos con depresión del segmento PQ tenían las más altas presiones
capilares pulmonares de todo el grupo y significativamente mayores que los enfermos sin
depresión del segmento PQ. Concluyen a la vista de los hallazgos, que los enfermos que
muestran depresión del segmento PQ representan IAMs muy extensos con extensión auricular
y que la depresión del segmento PQ de esta causa se asocia a la aparición de fibrilación
auricular más que al desarrollo de pericarditis. Ello viene a demostrar una vez más que la
pericarditis en sí no suele producir arritmias si no existe alguna otra patología o afectación
miocárdica.
La evolución de la pericarditis post-IAM suele ser benigna y muy favorable en la mayoría de los
casos, de forma que cura en unos pocos días de forma espontánea. Por tanto, el desarrollo de
pericarditis en el IAM no afecta adversamente a la mortalidad del IAM. La baja incidencia
“aparente” de complicaciones (taponamiento, hemopericardio, dolor persistente o recidivante,
etc.), junto al hecho de no modificar la evolución del IAM ni precisar tratamiento específico, ha
hecho que a esta complicación del IAM se la considere como banal. Así, en el previamente
mencionado estudio prospectivo de Galve, se analizó la supervivencia hasta 6 meses,
comparando los enfermos con y sin derrame, encontrando que la mortalidad precoz era similar
y que la mortalidad tardía (6 meses) era superior en el grupo con derrame, aunque la diferencia
no logró alcanzar significación estadística, por lo que concluyen que la presencia de derrame
no supone un peor pronóstico para el paciente, de forma que consideran que incluso el
desarrollo de derrame pericárdico en la fase aguda del IAM “tiene un carácter benigno con
respecto a la evolución a complicaciones específicas”. Sin embargo, si parece existir un peor
pronóstico respecto a la incidencia de pericarditis recurrente y pericarditis constrictiva en caso
de IAM con pericarditis y hemopericardio. A pesar de lo dicho la realidad parece bien distinta,
ya que otros autores han demostrado que los pacientes con IAM complicado por pericarditis
tienen un curso peor que los IAM sin pericarditis y una mayor mortalidad a medio/largo plazo
que los IAM sin pericarditis, si bien ello probablemente está en relación con su más frecuente
asociación a necrosis miocárdicas más extensas más que con la pericarditis en sí: la existencia
de pericarditis no agrava el pronóstico del paciente, sino la extensión del daño miocárdico. Se
ha descrito que cuando el roce perdura por más de 3 días, ello constituye un signo de mal
pronóstico, suponiendo una mayor mortalidad, si bien en otras series no ha podido ser
confirmado. Sin embargo, si existe en todas las series una relación altamente significativa entre
el desarrollo de pericarditis post-IAM y una peor función ventricular (grados Killip). Ha sido
señalado que los pacientes con pericarditis post-IAM suelen mostrar una menor fracción de
eyección al ingreso y que ésta no suele evolucionar hacia la mejoría, mientras que los IAM sin
pericarditis suelen mostrar una mejoría progresiva de la fracción de eyección conforme pasan
los días, sugiriendo los autores que existe una propensión mayor a desarrollar dilatación
ventricular izquierda, de los pacientes con pericarditis. Todo ello, como se ha señalado antes,
está muy probablemente relacionado con el hecho de que los enfermos con pericarditis son los
que tienen necrosis mayores, transmurales, etc. y con más tendencia a desarrollar ICC, como
ha sido demostrado con pacientes del estudio GISSI y otros.
La pericarditis desarrollada en enfermos con IAM tratados con fibrinolíticos, tampoco muestra
diferencias significativas de mortalidad, si bien fue ligeramente mayor en el grupo con
pericarditis que en el que no se desarrolló ésta (10,3% y 8,3%, respectivamente). Los estudios
GISSI y otros han demostrado que los IAMs con pericarditis muestran una asociación
estadísticamente significativa con una mayor mortalidad a los 6 y 12 meses. Por todo ello, en la
actualidad se considera que hay que prestar una mayor atención a este cuadro, ya que puede
identificar a los pacientes con IAM y un peor pronóstico a medio/largo plazo. La fibrinólisis, al
lograr en un gran porcentaje de pacientes la reperfusión del miocardio en riesgo, previene el
desarrollo de necrosis transmurales y disminuye el tamaño del IAM y, con ello, el desarrollo de
pericarditis y con ello, mejora la supervivencia del paciente con IAM.
[Link]. Tratamiento
En el síndrome de Dressler, los hallazgos histológicos son muy similares a los encontrados en
las pericarditis agudas de otro origen: signos inflamatorios no específicos con deposición de
fibrina conteniendo leucocitos polimorfonucleares, si bien los signos inflamatorios son más
difusos y uniformes en las pericarditis epistenocárdicas que muestra focos no uniformes, de
aspecto “parcheado”.
Clínicamente se caracteriza por la aparición de un dolor retroesternal típico, junto con roce
pericárdico, pleuritis (con frecuencia hay derrame pleural pequeño), fiebre y leucocitosis, así
como ocasionalmente infiltrados pulmonares. El cuadro se acompaña de malestar general,
decaimiento y debilidad general. La fiebre es de instauración rápida y rara vez excede los 38.5
ºC. En cuanto al dolor, no siempre tiene características típicas pleuropericárdicas,
presentándose a veces como un fuerte dolor opresivo muy semejante al dolor anginoso, lo que
dificulta el diagnóstico diferencial, siendo de máximo interés la búsqueda y demostración del
roce pericárdico, que tiene las características previamente descritas en el capítulo anterior.
Dada la alta coexistencia de pleuritis acompañante, es mandatorio la auscultación pulmonar
detenida en busca de un roce pleurítico que puede ser confundido con el roce pericárdico,
siendo de interés para su correcta filiación, la relación del roce con la respiración: desaparece
en apnea, a diferencia del roce pericárdico.
Efectivamente, en la actualidad la rotura miocárdica es la 2.ª causa de muerte por IAM en las
UCIs y UCC (la 1.ª causa de mortalidad es el shock cardiogénico), por lo que han sido
exhaustivamente investigados los factores de riesgo asociados a esta grave complicación que
suele cursar como una muerte súbita con disociación electromecánica que no responde, por
razones obvias, a las maniobras de RCP avanzada. En una reciente publicación desarrollada
en la era trombolítica, se han revisado 300 IAMs fallecidos en el Hospital, confirmándose rotura
cardiaca en el 6.7% de las muertes por IAM, no existiendo un claro predominio de sexos (55%
mujeres y 45% varones) y una edad media de 60 años. El episodio de rotura y muerte ocurrió
en los 4 primeros días desde el comienzo del IAM. En el 30% de casos ya existía un infarto
previo y en una mayoría de casos (70%) hubo dolor prolongado y duradero o historia recurrente
de dolores antes de la rotura, existiendo con alta frecuencia trastornos de la conducción (65%),
ya sea como bloqueos auriculoventriculares de tercer grado (35%) o bloqueos completos de
rama derecha (20%) o hemibloqueos anteriores del haz de His (10%). En el examen
anatomopatológico se confirmó la existencia de hemopericardio en el 100% de casos (volumen
medio del hemopericardio de 425 ml de sangre), siendo todos los IAMs transmurales. Se
encontró pericarditis sólo en el 15% del total de casos con rotura miocárdica. La causa principal
de muerte fue diagnosticada como shock cardiogénico en el 85% de casos y de fallo cardiaco
congestivo en el 15%. Otros estudios recientes han analizado de forma prospectiva la
incidencia de los diferentes tipos morfológicos de rotura cardiaca post-IAM, así como las
diferentes formas clínicas de presentación de diferentes tipos de rotura miocárdica en una
población de 1.308 pacientes admitidos en una unidad coronaria, de los que 252 murieron
(19.3%), pudiéndose realizar la necropsia en 193 casos, encontrándose rotura miocárdica en
51 enfermos, siendo 49 casos rotura de pared libre ventricular (25%) y 2 casos de rotura de
pared junto con rotura de tabique interventricular. La incidencia de rotura de pared libre
corregida para la población con IAM fue del 5.1%. La rotura de tabique (aunque sin interés para
el tema que nos ocupa) se encontró en 7 casos (incidencia del 3.6% de necropsias y del 1.1%
para la población con IAM). La presentación clínica fue de síncope seguido de muerte en el
60% de casos, shock en el 21% de casos, síncope transitorio en el 4% y agitación psicomotora
en el 4%. Un 33% de pacientes desarrollaron hipotensión sin llegar a desarrollar shock y se
encontró pericarditis precoz post IAM en el 33% de casos. Ocurrió persistencia del dolor o
recurrencia del mismo en el 63% de pacientes. Mediante un complejo estudio
anatomopatológico se clasificaron los tipos de rotura miocárdica en 3 tipos: Rotura directa (Tipo
I), rotura multicanalicular (Tipo II) y rotura cubierta por un trombo intraventricular (Tipo III),
demostrándose que el tipo I generalmente se asociaba a síncope (71%) y existía dolor
recurrente o persistente en el 50% de casos. El tipo II se asociaba a síncope en el 67% y shock
en el 22% de casos y persistencia o recurrencia del dolor en el 56% de pacientes. En el Tipo III
de rotura la aparición de síncope y shock fue muy similar (44% y 38%, respectivamente), con
persistencia o recurrencia del dolor en el 81% de enfermos. La incidencia de hipotensión fue
similar, aunque ligeramente mayor para las roturas de tipo III (21%, 22% y 33%
respectivamente para tipos I, II y III). No se encontró pericarditis en ningún caso del tipo I de
rotura, pero sí en el 33% y 25% de los tipos II y III, respectivamente. El accidente final causante
de la muerte se desarrolló en 44 minutos en el tipo I, en 3.8 horas en el tipo II y en 92 horas en
el tipo III de rotura y el tiempo transcurrido entre el inicio del dolor y la muerte fue de 2.9, 2.7 y
5.4 días para los tipos I, II y III, respectivamente. Aunque fue sugerido que la utilización de
heparina en pacientes con IAM y pericarditis (con y sin derrame) estaba contraindicada por
posible desarrollo de hemopericardio posteriores investigaciones han demostrado que esto no
es así, no evidenciándose un aumento de riesgo, aunque se han comunicado algunos casos de
IAM que han desarrollado taponamiento hemorrágico en relación con el uso de
anticoagulantes. Así, por ejemplo, se han comparado pacientes con IAM sin pericarditis e IAM
con pericarditis. Todos los pacientes de ambos grupos llevaban tratamiento anticoagulante. En
ningún paciente se evidenció la complicación del derrame pericárdico. Ha sido descrito el
desarrollo de hemopericardio y taponamiento cardiaco en el 1% de enfermos con IAM tratados
con estreptokinasa atribuido a sangrado de la superficie epicárdica de IAM transmurales
extensos, ya que se descartó la rotura subaguda. Sin embargo, los grandes estudios
multicéntricos analizando la respuesta al tratamiento con fibrinolíticos asociados a
anticoagulación terapéutica con heparina y antiagregantes (fundamentalmente ácido acetil
salicílico), tampoco han encontrado esta complicación hemorrágica del derrame pericárdico,
salvo en aquellos casos en que fue precisa la reanimación cardiopulmonar prolongada con
masaje cardiaco externo. Por todo ello, se puede concluir que no está justificada la antigua
práctica de suspender la administración de anticoagulantes al demostrar o sospechar el
desarrollo de pericarditis epistenocárdica con o sin derrame, lo que no quiere decir que haya
que descartar la posibilidad de que ello ocurra y bajar la guardia, sino muy por el contrario,
mantener una vigilancia estrecha en cuanto a los parámetros de coagulación (para mantenerlos
en el nivel que se han mostrado eficaces, pero no más) y en cuanto a la posible aparición de
hemopericardio. Además, lo dicho es básicamente para la anticoagulación con heparina y no
puede afirmarse de igual manera para los anticoagulantes dicumarínicos orales. Finalmente,
los hemopericardio secundarios a técnicas invasivas (electrocatéteres, catéteres centrales, etc.)
o maniobras de RCP en pacientes con IAM, son analizados en el apartado correspondiente a
las lesiones traumáticas del pericardio, por lo que no se incide en ello.
Es fácil comprender, que en los enfermos que sufren una intervención de cirugía cardiaca, en la
que se escinde el pericardio y se manipula en mayor o menor grado, con frecuencia puedan
desarrollar problemas pericárdicos, algunos de los cuales serán de gran interés para el
intensivista no sólo por su posible desarrollo en el postoperatorio inmediato, mientras el
enfermo está encamado en la UCI, sino por el posible diagnóstico diferencial cuando aparecen
o se manifiestan días o meses después del alta hospitalaria, como ocurre con las pericarditis
constrictivas secundarias a cirugía o en pacientes a los que se les realizó cirugía de
revascularización coronaria y vuelven cierto tiempo después con molestias precordiales.
Cuando el sangrado es más tardío, una vez retirados los drenajes, el problema diagnóstico es
más complejo, si bien ayuda el mantener en mente la posibilidad de esta complicación.
Habitualmente los trastornos de coagulación en estos pacientes, están vinculados
generalmente a la utilización de la bomba de bypass cardiopulmonar (más cuanto más tiempo
de bomba), a la heparinización y la exposición de la sangre a superficies sintéticas no
endotelizadas. La utilización de la bomba extracorpórea, por un lado origina activación del
complemento 3A y con mayores niveles de dicho complemento cuanto más tiempo dura la
exposición de la sangre a la membrana y, por otro lado, produce traumatismo de las células
sanguíneas, de forma que los glóbulos rojos durante su paso por la bomba originan hemólisis o
un acortamiento de su vida media con desarrollo de hemólisis retardada. Además, tras la
utilización de la bomba ocurren cambios cuantitativos y cualitativos de las plaquetas, depleción
de proteínas de la coagulación (por dilución o por consumo), junto con estimulación de la
fibrinólisis y aparición de diversos anticoagulantes e inhibidores de la coagulación. Por otro
lado, es obligado heparinizar la sangre durante su paso por el bypass, lo que indudablemente
facilita la posibilidad de sangrado, si bien la monitorización del tiempo de coagulación activado
y la neutralización de la heparina mediante sulfato de protamina (al finalizar el bypass), suelen
contrarrestar el efecto de dicha heparinización. En cualquier caso, cuando el volumen de
sangrado excede los 150 ml a la hora, la evaluación del estado de coagulación del paciente es
la primera medida a tomar, para tomar medidas correctoras que normalicen la coagulación o
para sentar la indicación de revisión quirúrgica del paciente, al mismo tiempo que debe
realizarse una evaluación de las constantes hemodinámicas monitorizadas e indicarse una
radiografía de tórax para comparar con la radiografía de ingreso en UCI y detectar el inicio de
un acumulo patológico de sangre (ensanchamiento mediastínico) o el inicio de un
taponamiento, aunque esta exploración ha sido ampliamente superada por la ecocardiografía
transtorácica y transesofágica (en caso de mala ventana torácica), técnica que debe ser
incorporada como rutina en los postoperatorios de este tipo de enfermos. Es importante señalar
que la ausencia de imagen de taponamiento mediante eco transtorácico (generalmente con
mala ventana por tubos de drenaje, tubo orotraqueal, ventilación mecánica, apósitos, etc.) no
excluye la posibilidad de taponamiento, como ha sido demostrado mediante eco transesofágico
poniendo en evidencia falsos negativos de la técnica transtorácica, fundamentalmente en casos
de taponamientos loculados que comprimen una zona clave del corazón, lo que es muy
frecuente en este tipo de enfermos (por ejemplo, la aurícula derecha). De aquí la
recomendación de que los enfermos postoperados de cirugía cardiaca sean explorados
mediante eco transesofágico más que transtorácico, para evitar dentro de los posible estos
falsos negativos. Han sido establecidos protocolos para la indicación de revisión quirúrgica en
casos de sangrado, de forma que se dice que hay que reintervenir al paciente cuando se
sospecha el desarrollo de taponamiento cardiaco (si no puede ser demostrado mediante
ecocardiografía), cuando existe ensanchamiento mediastínico significativo en la radiografía de
tórax obtenida 12-24 horas del postoperatorio, cuando ocurre un drenaje igual o mayor de 500
ml en una hora (en cualquier momento evolutivo), cuando existe un drenaje de 400 ml en dos
horas consecutivas o cuando existe un drenaje de 300 ml en tres horas consecutivas.
Obviamente, previamente a la revisión quirúrgica hay que conocer el estado de la coagulación
e intentar corregir las desviaciones, pero en algunos casos con serio compromiso
hemodinámico (fundamentalmente en situaciones de shock refractario a medidas) puede ser
necesario reintervenir para corregir “mecánicamente” posibles zonas sangrantes al mismo
tiempo que se intenta corregir la coagulación, y de esta forma, evitar el mantenimiento en
situación de shock y evitar la politransfusión, e intentar impedir el desarrollo posterior de
fracaso multiorgánico por esta causa. El taponamiento pericárdico tras la cirugía cardiaca
puede ocurrir de forma precoz (en el postoperatorio inmediato) y de forma tardía (5 10 días
después del acto quirúrgico). La incidencia de taponamiento pericárdico precoz tras cirugía
cardiaca es del 12.5% y debe ser sospechado en todos aquellos casos que desarrollan un
síndrome de bajo gasto perioperatorio de aparición más o menos súbita y que muestran
igualamiento progresivo de las presiones de aurícula derecha, arterial pulmonar y de aurícula
izquierda (o también de presión capilar pulmonar o presión de arteria pulmonar ocluida, según
el tipo de monitorización del paciente), pero bien entendido que puede ocurrir taponamiento con
presiones arteriales normales e incluso desiguales. En otras ocasiones, el paciente desarrolla
un cuadro de shock y bajo gasto con escaso o nulo sangrado por los tubos de drenaje (puede
ocurrir una interrupción súbita del drenaje), siendo la causa del taponamiento bien un coágulo
que obstruye el/los tubos de drenaje o el desarrollo de una gran masa de coágulos que
comprimen las cavidades cardiacas de forma local o generalizada pudiendo ser diagnosticada
con facilidad si se piensa en esta posibilidad mediante ecocardiografía (transtorácica o
esofágica), técnica que es fundamental a la cabecera de este tipo de enfermos a pesar de la
excelente monitorización hemodinámica habitualmente utilizada en estos pacientes,
permitiendo distinguir con gran facilidad este cuadro de las situaciones de bajo gasto
postoperatorio tan frecuentes tras cirugía cardiaca. Obviamente, el desarrollo de este tipo de
cuadros es más frecuente si el cirujano procede al cierre completo del pericardio que si se deja
éste abierto, técnica que utilizan en la actualidad la mayoría de cirujanos. Es importante
señalar, que al contrario de lo que ocurre en los taponamientos relacionados con enfermedades
“médicas”, el taponamiento postcirugía cardiaca suele ser más pequeño en volumen (pueden
ser suficientes 50-100 ml de sangre acumulados con rapidez), con frecuencia loculado y
situado posteriormente, siendo posible que un trombo situado estratégicamente (compresión de
tracto de salida del ventrículo derecho, compresión de cualquiera de las 4 cámaras cardiacas,
etc.) pueda originar el taponamiento. Si no se dispone de eco para el diagnóstico de estas
complicaciones, hay que apoyarse en la monitorización hemodinámica y la búsqueda de pulso
paradójico e incrementos inusuales de la PVC, bien entendido que los cuadros hemodinámicos
pueden ser muy diversos, a menudo de compleja interpretación, ya que raramente se ven en
estado puro, siendo relativamente frecuente la compresión aislada de una cámara (por ejemplo,
compresión localizada por un coágulo de una aurícula o desarrollo de un derrame loculado que
comprime sólo al ventrículo, etc.), lo que dificulta la interpretación de los parámetros
hemodinámicos monitorizados. Finalmente, es obvio que si se desarrolla un taponamiento por
líquido (hemorrágico o no) en el postoperatorio inmediato, hay que insistir en la aspiración a
través de los tubos de drenaje, incluso movilizándolos hasta conseguir evacuar el máximo
volumen posible, independientemente de la necesidad o no de revisión quirúrgica en casos de
sangrado precoz abundante. Si no es posible desobstruir los tubos de drenaje puede probarse
la pericardiocentesis, aunque algunos cirujanos prefieren la pericardiotomía la cual es
fundamental en casos de grandes coágulos o cuando existen indicios evidentes de desarrollo
de una pericarditis constrictiva, intervención durante la cual se realizará una revisión de la
cirugía para identificar y corregir la zona de sangrado. En otras ocasiones, la acumulación de
líquido (hemorrágico o no) puede desarrollarse de forma insidiosa durante días o meses
después del alta de la UCI o después del alta hospitalaria, ocurriendo con una mayor
frecuencia en aquellos enfermos que precisan tratamiento anticoagulante oral. Se habla de
taponamiento tardío cuando éste ocurre después de la semana de la cirugía (algunos
consideran desde el día 5ª). El paciente sufre un deterioro de su situación clínica más o menos
importante, dependiendo del tipo de taponamiento (generalizado o loculado con compresión de
una u otra zona del corazón). El enfermo generalmente presenta debilidad generalizada (mayor
de la habitual), intensa sensación de malestar general, disnea, ortopnea, hipotensión o tensión
“normal” en pacientes previamente hipertensos, oliguria y aumento progresivo de la cifra de
urea, taquicardia no justificada, etc. Junto a ello se puede habitualmente confirmar estasis
yugular más o menos evidente, apagamiento de los ruidos cardiacos, hepatomegalia dolorosa,
pulso paradójico, etc.
El cuadro puede progresar de forma más o menos rápida a un shock más o menos evidente y
más o menos típico, según el grado y nivel de la compresión, siendo con frecuencia de escasa
ayuda para el diagnóstico el pulso paradójico ya que con relativa frecuencia no se produce. Por
tanto, si la ecocardiografía es fundamental en el postoperatorio inmediato, aún lo es más en el
diagnóstico de las complicaciones más tardías, una vez que se han retirado los tubos le drenaje
(antes y después del alta hospitalaria), pudiendo ocurrir hemorragias, acumulación de líquido
pericárdico no hemorrágico o ambos tipos de líquidos y, más tardíamente, en el posible
desarrollo de pericarditis constrictiva. Sin embargo, existen otras técnicas diagnósticas muy
válidas y fácilmente asequibles para los enfermos en este periodo postUCI, tales como la TAC
y la RNM.
Efectivamente, y dado que las primeras descripciones del síndrome fueron en pacientes con
cirugía valvular por lesiones reumáticas, se pensó que estaba originado por una reactivación de
la fiebre reumática, lo que se descartó pronto una vez que se confirmó su desarrollo en otras
cirugías por problemas no reumáticos, siendo definitivamente vinculado a la manipulación
pericárdica por su aparición en pacientes intervenidos por WPW, máxime cuando también ha
sido reportada tras cirugía coronaria y tras implantación de electrodos de marcapasos
epicárdicos. Como se señalaba antes, se considera que la etiología es similar a la del síndrome
de Dressler o pericarditis tardía post-IAM, ya que existen importantes coincidencias entre
ambos cuadros (previamente señaladas), creyéndose que se trata del desarrollo de una
reacción autoinmune dirigida contra el pericardio, ya que se han demostrado anticuerpos
antimiocardio en el suero de algunos pacientes tras la pericardiotomía, habiéndose demostrado
una relación entre el nivel del título de anticuerpos y la incidencia del síndrome.
El cuadro clínico consiste en la aparición de una enfermedad aguda entre la 2.ª semana y
varios meses después del acto quirúrgico (máxima incidencia entre 2.ª y 3.ª semana), con un
empeoramiento del enfermo que cursa con marcada astenia, malestar general, gran
decaimiento, sudores nocturnos, mialgias y fiebre, junto con dolor torácico típico de pericarditis,
aunque con frecuencia predomina el carácter y localización pleurítico del dolor por su frecuente
asociación con pleuritis, infiltrados pulmonares (neumonitis) y derrame pleural. Por tanto el
cuadro clínico es totalmente similar al del síndrome de Dressler. Sin embargo, a veces no se
desarrollan de forma completa estos síntomas y, signos, manifestándose únicamente como
fiebre de origen desconocido (todas los tests para identificar el origen de la fiebre son negativos
reiteradamente), lo que plantea problemas diagnósticos con una posible infección
postoperatoria.
Sobre todo en los primeros días, se suele auscultar el típico roce pericárdico, debiendo tenerse
en cuenta que es muy frecuente auscultar un roce pericárdico durante la primera semana tras
cirugía cardiaca que suele desaparecer hacia el final de la 1.ª semana.
La analítica es poco concluyente, mostrando generalmente aumento de la velocidad de
sedimentación globular, cifras de leucocitos normal o leucocitosis ligera con aumento de
polinucleares.
El ECG suele mostrar los signos típicos de pericarditis analizados en el capítulo anterior. El
derrame pericárdico es frecuente pero suele ser de escasa cuantía, pero en una cantidad no
despreciable de pacientes (alrededor del 1%), puede desarrollarse taponamiento pericárdico, lo
que suele ocurrir entre 1.5 y 2 meses tras la cirugía, habiendo sido descrito que el desarrollo de
taponamiento es más frecuente en aquellos pacientes que precisan tratamiento anticoagulante
oral con dicumarínicos. Cuando se ha realizado pericardiocentesis, el análisis del líquido
pericárdico ha mostrado un aspecto seroso, serohemorrágico o francamente hemorrágico. La
cifra de hematíes suele estar entre 3.000 y 8.000/mm 3 con aumento de linfocitos y
polinucleares y con aumento ligero del contenido de proteínas (4.55 g/dL).
La ecocardiografía, tiene un valor más limitado en esta situación, ya que si bien permite
demostrar la presencia de derrame pericárdico y cuantificar el volumen del mismo, plantea
problemas diagnósticos ya que con frecuencia en las primeras semanas de postcirugía
cardiaca normalmente existe cierto grado de derrame en la mayoría de enfermos, siendo el
valor fundamental del eco en estos enfermos la posibilidad de analizar si existe compresión de
cavidades generalizada o localizada, más que la demostración de líquido pericárdico. El
diagnóstico diferencial hay que establecerlo fundamentalmente con la cardiopatía isquémica
(sobre todo en enfermos que han sido intervenidos para revascularización miocárdica) y sobre
todo, con infecciones postoperatorias, incluido el síndrome postperfusión (de probable origen
viral) caracterizado por fiebre, hepatoesplenomegalia y linfocitosis. Generalmente se trata de un
cuadro autolimitado pero que puede ser de curso prolongado, originando molestias y angustia
en el paciente, por lo que es clave explicar su naturaleza y el tratarse de un proceso
generalmente de curso benigno, aunque pueden ocurrir recurrencias hasta los 6 meses
posteriores a la cirugía, e incluso el desarrollo de pericarditis constrictiva. El tratamiento es
similar al del síndrome de Dressler: Ácido acetil salicílico a altas dosis y, en segunda línea,
antiinflamatorios no esteroideos. Los enfermos que no respondan a este tratamiento pueden
ser tratados con corticoides (lo que obliga a excluir un origen infeccioso del cuadro), pudiendo
probarse en los casos más resistentes y en casos de recidivas, la colchicina. Dado que ha sido
descrito que el síndrome postpericadiotomía conlleva un mayor riesgo de oclusión de los
injertos aortocoronarios, ha sido aconsejado que se haga un tratamiento agresivo, con objeto
de intentar evitar esta complicación adicional. Los defensores del tratamiento con
corticoisteroides alegan que su utilización en este cuadro puede disminuir la incidencia de
aparición de pericarditis constrictiva más tardía. En una reciente publicación en la que se
realizó un ensayo doble ciego, placebo controlado se evaluó la eficacia de antiinflamatorios no
esteroideos (ibuprofen e indometacina) comparados con placebo en enfermos con síndrome
postpericardiotomía, entendiendo como eficaz la resolución en 48 horas de al menos 2 de los
síntomas fundamentales: fiebre, dolor y roce. Se demostró una ligera y no significativa mayor
eficacia del ibuprofen (90.2%) que la indometacina (88.7%) y ambos fármacos fueron
significativamente más eficaces que el placebo. Sin embargo, aunque quedaba claramente
demostrada la seguridad y eficacia de estos fármacos, la duración de la estancia hospitalaria y
la acumulación de líquido pericárdico fue similar en ambos grupos. Al igual que en otros tipos
de pericarditis con derrame, si éste es pequeño y no comprime las cavidades cardíacas, debe
evitarse la pericardiocentesis, la cual debe evitarse también cuando se sospecha la existencia
de derrame loculado o la existencia de coágulos de mayor o menor tamaño. En caso de
desarrollarse taponamiento, el tratamiento a seguir es la pericardiocentesis, la cual se realiza
con la misma técnica y cuidados que la descrita en el capítulo anterior, dejándose colocado un
catéter en la cavidad pericárdica hasta que se haya resuelto el cuadro o el drenaje sea mínimo,
procurando mantenerlo el mínimo tiempo posible para evitar infecciones secundarias. A
continuación de la evacuación del derrame, debe hacerse tratamiento con antiinflamatorios no
esteroideos. En caso de recurrencia del cuadro puede ser necesaria la práctica de
pericardiectomía. Sin que exista una clara justificación, la incidencia del síndrome
postpericardiotomía ha disminuido ostensiblemente en la última época.
En algunos enfermos que han sufrido cualquier tipo de cirugía cardiaca, puede desarrollarse
alrededor de 1 año después de la cirugía un cuadro de constricción pericárdica típica, con
signos y síntomas similares a los descritos en el capítulo anterior. Ocurre con más frecuencia
cuando se abre pericardio y éste queda in situ. La incidencia encontrada en una serie de 5.207
pacientes intervenidos ha sido del 0.2%, con un intervalo medio entre cirugía y presentación del
cuadro de constricción pericárdica de 82 días (rango 14-186 días) y ello incluso dejando el
pericardio abierto. Se producen generalmente por el desarrollo de una intensa fibrosis que se
cree está inducida por la hemorragia intrapericárdica y, habitualmente se asocia a un
hematoma organizado, habiéndose postulado su inducción por la utilización de irrigaciones con
povidona yodada, lo que podría ser real en algunos casos, pero no en otros donde no se utilizó
esta práctica. Ya ha sido comentado previamente que la pericarditis constrictiva, al contrario de
otros tipos de afecciones pericárdicas, puede afectar al flujo coronario, pero además, ha sido
descrito en pacientes con este tipo de constricción pericárdica secundaria a cirugía de
revascularización coronaria, que la fibrosis puede afectar a los propios injertos coronarios y
producir su oclusión.