4.
El celular del abuelo
—¿Qué botón toco si quiero mandar una foto del gato? —preguntó el abuelo mientras
apretaba la pantalla con todo el dedo Tomás suspiró con la paciencia medio vencida. —
Ese, el ícono con la flechita azul. Pero tienes que soltar, no apretar como si fuera un botón
de ascensor.
El abuelo frunció el ceño, pero obedeció. Tomás miró de reojo el reloj. Ya llevaba casi
cuarenta minutos enseñándole a usar WhatsApp y todavía no habían salido del tema
“cómo mandar un sticker”.
—¿Y este emoji qué significa? ¿Tiene alergia? —¡Es una risa! —respondió Tomás, sin
poder evitar reír él también.
Los viernes por la tarde eran distintos desde que su mamá decidió que debía pasar más
tiempo con el abuelo. Según ella, “porque en esta casa todos estamos demasiado pegados
a las pantallas y demasiado lejos de los que tenemos cerca”.
Al principio Tomás protestó. Tenía tareas, partidos, videos que editar, cosas importantes.
¿Qué iba a hacer con un abuelo que confundía el control remoto con el celular?
Pero algo empezó a cambiar. El abuelo contaba historias. Muchas. Algunas parecían
inventadas, como la vez que dijo que viajó en burro a la escuela con dos metros de nieve y
una culebra en la mochila. Otras eran reales, como cuando fue mecánico y arregló una
moto usando una cuchara y un cable de radio. Y, de a poco, Tomás se sorprendió a sí
mismo contando cosas también. Le habló de cómo se sentía invisible en el colegio, de
cómo había dejado de hablar con su mejor amigo después de una discusión sin sentido, de
lo solo que se sentía a veces aunque estuviera rodeado de gente. El abuelo no daba
sermones. Sólo escuchaba. A veces decía cosas como: —Las amistades verdaderas
también se pelean. Lo importante es quién da el primer paso para volver a hablar.
O: —Estar solo no siempre es malo. A veces es cuando uno se encuentra.
Un viernes Tomás llegó con cara larga. Había sacado un 3,7 en una prueba y su papá
estaba furioso. El abuelo lo miró, puso el celular sobre la mesa y dijo: —Ven,
acompáñame.
Lo llevó al patio donde tenía una vieja radio a pilas. Encendió una emisora de tangos y se
pusieron a lavar el auto con una esponja y un balde.
—Cuando las cosas van mal es bueno hacer algo con las manos. El cuerpo también piensa,
¿sabes?
No hablaron más del 3,7. Pero esa noche Tomás durmió mejor que en toda la semana.
Un día, sin avisar, el abuelo le mandó su primer sticker por WhatsApp: un gato bailando.
Abajo, escribió con dificultad: “Para cuando estés triste. El gato también baila aunque
llueva”. Tomás guardó ese mensaje como favorito.
Este relato aborda con ternura el vínculo entre generaciones, el poder del tiempo
compartido y cómo los adolescentes también pueden encontrar compañía, consuelo y
sabiduría en sus mayores.
De este modo, invita a reflexionar sobre el valor de escuchar, de abrirse y de crear
relaciones que van más allá de la tecnología.
El segundo lugar
Alicia y Luna eran inseparables desde tercero básico.
Competían en todo, sí, pero de una manera sana… o eso creían. Ambas tenían promedio
sobre 6,5 (de 7), estaban en el taller de ciencias, el club de ajedrez y habían ganado juntas
dos concursos de poesía. Siempre decían que no importaba quién ganara, porque “íbamos
juntas en esto”.
Pero algo cambió cuando anunciaron la Beca Excelencia Total para el primer lugar de
octavo básico. Sólo una. Un solo nombre.
Y, por primera vez, ambas lo querían.
—Igual es ridículo —dijo Alicia al salir del anuncio—. ¿Quién necesita una beca para seguir
en el mismo colegio?
—Es una buena línea para el currículum —respondió Luna, bajando la mirada—. Yo la voy
a postular.
—¿Tú?
—Sí. ¿Y tú no?
—Yo... también —dijo Alicia, tragando saliva.
Las semanas siguientes se volvieron distintas. Ya no estudiaban juntas. Luna no mostraba
sus apuntes. Alicia evitaba decir cuánto había sacado en las pruebas. Se reían menos. Se
miraban con más cautela. Las otras personas lo notaban. Pero nadie decía nada.
El día del concurso final, que definía la beca, ambas estaban nerviosas. Era una
presentación sobre un proyecto social. Luna habló de huertos escolares. Alicia sobre
campañas de salud mental en adolescentes. Las dos lo hicieron bien. Muy bien.
El lunes siguiente, pegaron los resultados.
Ganadora: Luna Ortega
Alicia leyó su nombre, sintió un nudo en la garganta y sonrió a medias. Aplaudió como
todos. Incluso se acercó a felicitarla. Pero su voz temblaba un poco.
—Te lo mereces.
—Gracias —dijo Luna, sincera. Y luego agregó, en voz baja—. Pero también lo merecías tú.
Alicia asintió. No quería llorar ahí. Pero esa tarde, en su casa, se encerró en su pieza, se
tapó con la frazada y dejó que todo saliera.
Estuvo dos días sin hablarle.
Hasta que Luna la fue a buscar.
—Necesito tu ayuda —dijo—. Me ofrecieron hacer un video sobre el proyecto de salud
mental… el tuyo. Dijeron que era demasiado bueno para dejarlo fuera. Pero no me siento
bien haciéndolo sin ti.
—¿De verdad? —preguntó Alicia, desconcertada.
—De verdad. Te echo de menos. Esto no vale si no estás tú.
Trabajaron juntas otra vez. Rieron. Editaron. Discutieron ideas. Como antes.
Y el video fue un éxito. Tanto, que el colegio decidió abrir una segunda beca, enfocada en
liderazgo colaborativo.
Y esta vez, lo que apareció fue:
Alicia Robles y Luna Ortega
Este cuento trata sobre la presión por destacar, la rivalidad entre amigas, el dolor del
fracaso y la importancia de la reconciliación.
Puede ser una oportunidad para conversar sobre cómo los logros no deberían romper
vínculos, cómo el sistema a veces impone competencia y cómo la colaboración puede
tener tanto valor como el éxito individual.