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Fe y Razón P3

El documento aborda la relación entre fe y razón a través de diversas perspectivas históricas y filosóficas, incluyendo el Concilio Vaticano I y II, I. Kant y Simone Weil. Se enfatiza que la fe no es opuesta a la razón, sino que ambas pueden coexistir y complementarse en la búsqueda de la verdad. Cada autor presenta una visión única sobre cómo la fe se integra en la experiencia humana y el conocimiento, destacando la importancia de la razón en la comprensión de la revelación divina.

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Fe y Razón P3

El documento aborda la relación entre fe y razón a través de diversas perspectivas históricas y filosóficas, incluyendo el Concilio Vaticano I y II, I. Kant y Simone Weil. Se enfatiza que la fe no es opuesta a la razón, sino que ambas pueden coexistir y complementarse en la búsqueda de la verdad. Cada autor presenta una visión única sobre cómo la fe se integra en la experiencia humana y el conocimiento, destacando la importancia de la razón en la comprensión de la revelación divina.

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Prueba 3

Cátedra: Fe y razón. Una perspectiva histórica.

Profesor: Mauricio Sepúlveda Iturra

Ayudante: Fernanda Lizama

Estudiantes: Martina Díaz, Martina Galleguillos, Benjamín Novoa y Pilar Ruz.


Indicaciones generales

Se trata de contestar cuatro temas y una pregunta personal. En cada respuesta, se espera que el
estudiante pueda explicitar el contexto histórico en el cual se ubica el autor/a, la referencia a
pasajes de las lecturas obligatorias y que se aborden los conceptos fundamentales de fe y razón
tal y como han sido tratados en clases. Es decir, primero, mostrar su conexión con la experiencia
religiosa cristiana, segundo, ver los elementos que permanecen entre periodos y, tercero, lo
propio de cada autor/a. Respecto a la última pregunta, se espera una síntesis de los elementos
más relevantes, según su apreciación crítica, han sido elaborados en el curso. Junto con lo
anterior, es menester explicitar su posición crítica sobre las relaciones entre fe y razón abordadas
durante este semestre.

La extensión mínima es de una página y máxima de dos páginas por tema.

Temas.

Sección mundo moderno y contemporáneo (elegir dos temas):

Fe y razón en Concilio Vaticano I y II

Fe y razón en I. Kant

Fe y razón en Simone Weil

Fe y razón en Concilio Vaticano I:

Para comprender el alcance de lo que el Concilio Vaticano I (1870) propone en su Constitución


Dogmática Dei Filius, no podemos abarcarlo simplemente como un conjunto de reglas
defensivas, sino como un esfuerzo intelectual por defender la integridad de la persona humana
frente a los extremos de su época. Estos extremos representaban en el fondo, una fragmentación
de la unidad del sujeto. Por un lado, el racionalismo pretendía endiosar la mente humana,
acortando la realidad únicamente a lo que el hombre puede medir y controlar, lo que terminaba
convirtiendo a la fe en una “fría ideología” sin espacio en el ámbito de la verdad. Ahora,
abarcando una segunda perspectiva, el fideísmo caía en un pesimismo antropológico al negar que
nuestra inteligencia tuviera luz propia para reconocer al creador, rebajando la experiencia
religiosa a un “sentimentalismo ciego”, carente de base racional. Frente a esto, el Concilio define
que Dios "puede ser conocido con certeza a partir de las cosas creadas con la luz natural de la
razón humana" (Vaticano I, 1870, cap. 2), rescatando la capacidad intelectual del hombre y
aclarando que la fe no es un "movimiento ciego de la mente" (Vaticano I, 1870, cap. 3), sino un
obsequio de la inteligencia conforme a la verdad.

Bajo el contexto del siglo XIX, marcado por un racionalismo que buscaba que “Cristo sea
excluido de las mentes de las personas así como de la vida moral de las naciones”, la Iglesia
interviene con la Dei Filius para rescatar la integridad de la persona, estableciendo un equilibrio
vital donde la fe no es enemiga del pensamiento, sino su aliada más alta. Como establece el
documento, existe un “doble orden de conocimiento, distinto no sólo por su principio, sino
también por su objeto” (Vaticano I, 1870, cap. 4). Esta distinción es fundamental para entender
qué permite sostener que nos son propuestas para creer “misterios escondidos en Dios que, a
menos que sean revelados divinamente, no pueden ser conocidos” (Vaticano I, 1870, cap. 4).

Un punto fundamental que une esta relación es la afirmación de la capacidad natural de la


inteligencia. El Concilio es firme al señalar que Dios “puede ser conocido con certeza a partir de
las cosas creadas con la luz natural de la razón humana” (Vaticano I, 1870, cap. 2). Esta
definición es revolucionaria porque defiende la dignidad de la razón frente a quienes pensaban
que la fe exigía un abandono del pensamiento, sin embargo, el texto aclara que Dios decidió
revelarse por un camino sobrenatural para participar de “bienes divinos que sobrepasan
absolutamente el entendimiento de la mente humana” (Vaticano I, 1870, cap. 2). Así, la
revelación permite que aquellas verdades puedan ser conocidas por todos “sin dificultad, con
firme certeza y sin mezcla de error alguno” (Vaticano I, 1870, cap. 2).

Lo que resulta más interesante es la insistencia en la imposibilidad de una contradicción real, ya


que "Dios no puede negarse a sí mismo, ni puede la verdad contradecir jamás a la verdad"
(Vaticano I, 1870, cap. 4). El sentido de la experiencia religiosa aquí es el de una "mutua ayuda",
ya que la fe "libera a la razón de errores y la protege y provee con conocimientos de diverso tipo"
(Vaticano I, 1870, cap. 4). Sí parece haber un conflicto, es porque los dogmas no se han
comprendido según la mente de la Iglesia o porque se han tomado "las fantasías de las opiniones
como si fueran axiomas de la razón".

Finalmente, el Concilio recalca que la fe no es un "movimiento ciego de la mente" (Vaticano I,


1870, cap. 3). Para que el obsequio de nuestra fe sea de acuerdo a la razón, existen milagros y
profecías que son "signos ciertísimos de la revelación divina". Al aceptar la autoridad de Dios, el
ser humano realiza el "pleno obsequio del entendimiento y de la voluntad", reconociendo que la
verdad es un "depósito divino confiado a la Esposa de Cristo para ser fielmente protegido e
infaliblemente declarado". En conclusión, el Vaticano I nos enseña que ser cristiano implica usar
la inteligencia para reconocer sus propios límites, permitiendo que la fe no sea una carga, sino la
cumbre de una búsqueda humana por la verdad.

Fe y razón en Concilio Vaticano II:

El concilio Vaticano II aparece en un contexto caracterizado por la modificación cultural, social


y política, donde sobre todo después de la guerra y del nacimiento del mundo moderno, la iglesia
se sintió incentivada a cambiar de forma y de fondo la relación entre la iglesia y el mundo. Este
cambio repercute en la forma de entender la relación entre la fe y la razón, ya no sólo de forma
conceptual. sino en la experiencia histórica en la existencia humana.

Dentro de este contexto, la constitución dogmática Dei Verbum, propone un nuevo


entendimiento de la revelación, ya que no sería solo la comunicaciones de verdades abstractas,
sino que entendería la misma como la comunicación que Dios hace de sí mismo en los
acontecimientos históricos. En este sentido, el texto señala que “Dios invisible habla a los
hombres como amigos, movido por su gran amor y mora con ellos, para invitarlos a la
comunicación consigo y recibirlos en su compañía.” (Vaticano II, 1965, p.1). Esta afirmación
contempla la experiencia cristiana de la religión como el eje de la reflexión teológica, donde la fe
nace del encuentro entre el Dios que se revela y la respuesta del ser humano.
Según esta perspectiva, la fe no puede ser interpretada como un acto desprovisto de razón ni
como un asentimiento, sino que representa una respuesta libre y completa del ser humano, a la
iniciativa de Dios. Dei Verbum afirma que a Dios que se revela se le debe “La obediencia de la
fe, por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios prestando "a Dios revelador el
homenaje del entendimiento y de la voluntad" (Vaticano II, 1965, p.2). Esta formulación es clave
para comprender la relación entre la fe y la razón, ya que la fe sujeta la inteligencia e integra la
razón en el acto creyente, aunque no lo anule.

Así el Concilio pone la razón en el acceso a la verdad revelada. Aunque la revelación sobrepasa
lo que el entendimiento humano puede alcanzar. La razón es convocada a acoger, interpretar y
profundizar el contenido de la fe. En esta, Dei Verbum pone de relieve la acción del Espíritu
Santo quien “perfecciona constantemente la fe por medio de sus dones” (Vaticano II, 1965, p.2),
permitiendo que la razón iluminada por la fe, avance en la inteligencia de lo creído.

La experiencia religiosa que ofrece el cristianismo se entiende como una experiencia mediada en
la historia por hechos y palabras. En este sentido, el Concilio Vaticano II dice que “la revelación
se realiza con hechos y palabras intrínsecamente conexos” (Vaticano II, 1965, p.1) de modo que
la razón interpreta los signos históricos de la revelación en la comunidad creyente,
particularmente a través de la escritura y la tradición, en una posición que intenta evitar todo
subjetivismo, y todo racionalismo. De esta forma, Dei Verbum establece la relación entre la fe y
la razón como modo de complementariedad, es decir, en el sentido de que la fe no excluye ni
anula la razón, sino que la fomenta y la orienta hacia la verdad, y la razón por su parte permite
acogerla de una manera consciente y libre de la revelación. La experiencia cristiana queda
configurada como una oportunidad de encuentro entre fe y razón en diálogo con la historia y la
cultura contemporánea.

Fe y razón en I. Kant
Immanuel Kant es un filósofo prusiano del siglo XVIII, precursor del idealismo alemán. Dentro
de sus grandes aportes hacia la historia de las ideas se puede destacar, en primer lugar, su réplica
a las disputas entre teorías epistemológicas que pululaban en la filosofía moderna; piénsese en la
corriente racionalista y, en las antípodas, en la empirista, las cuales atribuían la fuente del
conocimiento a medios diferentes: la razón pura y la experiencia sensible, respectivamente. Kant,
en respuesta a dicha disputa, logra formular una especie de síntesis, que se puede resumir en la
siguiente frase: el conocimiento parte por la experiencia, pero se funda en el entendimiento. En
segundo lugar, además, se puede destacar su moral autónoma y racional basada en el deber y no
―en contraposición con el utilitarismo― en la felicidad y el consecuencialismo.

Kant, en su obra ¿Qué significa orientarse en el pensamiento? (2013), hace referencia a la


capacidad de la razón para guiarse a sí misma cuando no posee conocimientos objetivos
suficientes. Dicha facultad de orientación, toma su relevancia cuando se trata de comprender
conceptos metafísicos que se escapan a la realidad sensible: “Es fácil adivinar por analogía que
será una función de la razón pura la de dirigir su uso cuando, alejándose de los objetos conocidos
―de la experiencia― ella desee extenderse más allá de todos los límites de la experiencia”
(Kant, 2013, p. 445).
La formulación de Kant acerca de orientar el pensamiento, al apuntar precisamente a los objetos
suprasensibles, resulta relevante para entender su postura en cuanto al conocimiento de Dios se
refiere. El filósofo argumenta que no se puede tener conocimiento teórico de Dios, es decir, no es
posible conocerlo científicamente ni tener una intuición sensible acerca de él: “El concepto de
Dios ―e incluso la convicción de su existencia― puede encontrarse únicamente en la razón,
únicamente puede originarse de ella y no puede venir a nosotros por inspiración…” (Kant, 2013,
p. 455). Sin embargo, a pesar de que no podemos conocer a Dios, la razón debe pensar a Dios,
pues se entiende como una idea necesaria: allí es donde entra la orientación del pensamiento.

Una vez entendida la orientación de la que habla Kant, se puede comprender la relación entre fe
y razón a la que apunta. El filósofo prusiano reconfigura el papel de la razón y el conocimiento
de Dios, por ejemplo, pensadores como Santo Tomás y San Anselmo trataron de no solo
comprender a Dios, sino demostrar su existencia a partir de argumentos bajo la luz de la razón;
se podría decir que Kant, hasta cierto punto, logra reconocer y afrontar los límites de la facultad
racional. A partir de aquello, se entiende la fe como un uso legítimo de la razón cuando esta
reconoce sus propios límites: allí donde el conocimiento objetivo no es posible, la razón no se
suspende, sino que se guía por una necesidad racional guiada por principios internos.

En resumen, para Kant la fe y la razón no son enemigas, sino complementarias. El filósofo


descarta tanto las supersticiones irracionales ―y cualquier concepción cercana al fideísmo―
como el racionalismo extremista. La razón establece los límites del conocimiento y muestra que
los objetos metafísicos suprasensibles no pueden ser conocidos, pero tampoco abandonados del
horizonte del pensamiento. En ese contexto, la fe aparece como una exigencia interna, una
necesidad. De este modo, Kant concibe una fe sin dogmatismo y una razón sin ilusiones
metafísicas.

Fe y razón en Simone Weil:

La primera mitad del siglo XX estuvo marcada por guerras, regímenes totalitarios, violencia
industrial, conflictos sociales y políticos, además de visiones existencialistas. En este contexto,
los escritos de Simone Weil, filósofa y activista social, se expresan en obras como A la espera de
Dios y La condición obrera. En ellas se muestra cómo la experiencia humana se convierte en
condición de la experiencia religiosa, atravesada por lo político y lo espiritual, y siempre
vinculada a la relación entre fe y razón.

En A la espera de Dios, Weil relata su vivencia de la revelación de Dios a través de su propia


experiencia. La fe, más que una obligación impuesta por la iglesia, aparece como apertura radical
hacia la verdad y la gracia. “La vida que siempre me ha parecido más bella es aquélla en la que
todo está determinado, bien por la presión de las circunstancias, bien por tales impulsos, y en la
que jamás hay lugar para ninguna elección” (Weil, 2006, p. 48). Aquí se sugiere que la verdad no
se conquista por la fuerza de la razón, sino que se recibe como don “En la palabra «verdad»
englobo también la belleza, la virtud y toda clase de bien, de forma que se trataba para mí de una
forma de concebir la relación entre la gracia y el deseo” (Weil, 2006, p. 39). La fe, entonces, se
conecta con la revelación de conocer a Dios y con el cuestionamiento personal, más allá de la
imposición institucional.
Weil narra también cómo conoció a Dios mediante la recitación de un poema llamado “Amor”.
“Esa recitación tenía la virtud de una oración. Fue en el curso de una de esas recitaciones, como
ya le he narrado cuando Cristo mismo descendió y me tomó” (Weil, 2006, p. 41). En medio del
dolor, la fe se convierte en confianza libre y no en obligación. Dios se revela como verdad que
impulsa al ser humano a creer sin esperar nada a cambio. Incluso en la ausencia física, Weil
sostiene que la presencia divina se manifiesta en el silencio y en el corazón “A veces también,
durante esta recitación o en otros momentos, Cristo en persona está presente, pero con una
presencia infinitamente más real, más punzante, más clara y más llena de amor…” (Weil, 2006,
p. 43). Así, aunque la maldad del mundo persista, Dios se mantiene como necesidad vital para el
cristiano, que se conecta con él por medio del evangelio.

En La condición obrera, Weil describe el vacío que sienten los trabajadores en la fábrica,
sometidos a un trabajo forzado y mecánico durante largas jornadas, luchando por conservar su
empleo en medio de la explotación. Este sufrimiento extremo los lleva a aferrarse a Dios como
último recurso frente a la maldad, el dolor y la injusticia. La fe, en este sentido, no es un tema
académico sino una experiencia que atraviesa la verdad, la atención y la gracia.

Weil introduce el concepto de atención como disposición del alma que se vacía para recibir la
verdad. La verdad no se captura, mediante el poder mental ejercido. Aquí Dios no se manifiesta
mediante el poder, sino en la debilidad, la fe no es un triunfo, es el vacío de la fragilidad ante
Dios. Weil establece una diferencia entre gravedad y gracia. La gravedad corresponde al orden
del mundo, a esa ley mecánica que oprime y limita al ser humano; mientras que la gracia irrumpe
como un principio distinto, que está asociado a la luz y amor, capaces de abrir un nuevo
horizonte. A esta reflexión se suma el concepto de Malheur (desgracia), que expresa un
sufrimiento extremo, no solo físico, sino también existencial, expresado en situaciones límites.
En tales situaciones, la tensión entre fe y razón se vuelve más intensa, la razón conserva su valor
cuando se orienta humildemente hacia la verdad, pero se transforma en dominación cuando
pretende abarcarlo todo. La fe, en cambio, se presenta como apertura radical y confianza total,
incluso en medio de la ausencia de Dios. Esa ausencia no significa negación, sino una forma
distinta de presencia, un Dios que ama sin imponerse y que deja espacio para la libertad del ser
humano.

En A la espera de Dios también se presenta la inteligencia como apertura “La función propia de
la inteligencia exige una libertad total, que implica el derecho a negarlo todo, y ninguna
pretensión de dominio. Donde usurpa un mandato, hay un exceso de individualismo” (Weil,
2006, p. 47). La colectividad, sin embargo, se ve controlada por el dogma, que ampara a través
del cristianismo la fe.

Otro aspecto central es la crítica de Weil a la iglesia. Ella señala “El cristianismo, puesto es
católico, debe contener todas las vocaciones sin excepción. En consecuencia, también la Iglesia
debería hacerlo. Pero, a mis ojos, el cristianismo es católico de derecho, no de hecho..” (Weil,
2006, p. 45). La iglesia, según Weil, no logra aceptar a todas las personas, como si hubiera
quienes quedarán excluidos del reino de Dios por pecados como la herejía o la vida profana. Esto
contradice la universalidad del mensaje cristiano. Además, advierte “Pero comete un abuso de
poder cuando pretende obligar al amor y a la inteligencia a tener su lenguaje por norma. Este
abuso de poder no procede de Dios, procede de la tendencia natural de toda colectividad …”
(Weil, 2006, p. 48).
En síntesis, Weil se ubica en un contexto de crisis y sufrimiento, donde la experiencia religiosa
cristiana se conecta con la vivencia concreta del dolor y la explotación. La tensión entre fe y
razón se mantiene como herencia de la tradición, pero ella la radicaliza en situaciones límites, la
fe como apertura radical y confianza en la gracia, la razón como búsqueda humilde de verdad sin
pretensión de dominio.

Lo propio de Weil es su crítica a la iglesia, su énfasis en la atención, la paradoja de un Dios que


se manifiesta en la debilidad y la experiencia de vacío en la fábrica. Así, fe y razón no se
separan, sino que se unen en la búsqueda de una verdad que no se conquista, sino que se recibe
como don.

Pregunta personal obligatoria

Teniendo a la vista el recorrido realizado durante este semestre, ¿Cuáles aportes, críticas o
problemas considera ud., necesarios de recuperar para el presente y por qué?, ¿qué elementos
ud., rescataría para su formación universitaria del curso? (Se recomienda que utilicen las
preguntas personales de las evaluaciones anteriores).

Benjamín Novoa:

En primer lugar, para entender en el presente las relaciones entre la fe y la razón es importante la
crítica a la idea según la cual ambas se oponen. Bajo la visión común contemporánea de
occidente, se suele pensar que la fe es algo irracional y que la razón y la ciencia son las únicas
formas válidas de conocimiento. Este prejuicio obstaculiza la comprensión de ambas, porque
presenta a la fe como ciega y a la razón como totalmente autosuficiente; lo que impide cualquier
tipo de comprensión realmente seria acerca de la fe y la razón dentro de la experiencia humana.
En segundo lugar, es necesario conocer los límites de la razón, ya que, como señala Kasper
(1982) y Kant (2013), por sí sola no logra responder preguntas fundamentales como el sentido
de la existencia, la libertad o el porqué del ser. Lo cual, muestra que la razón no es infalible y
que necesita abrirse a otros modos de comprensión. En tercer lugar, es clave recuperar una visión
del concepto de fe como una forma de vivir y de relacionarse con la realidad, en contraposición
con la concepción de la creencia como un mero asentimiento. Desde esta perspectiva, la fe y la
razón no son mutuamente excluyentes, sino que pueden complementarse y trabajar juntas para
dar una comprensión más amplia y humana de la experiencia antropológica.

En lo que a mi formación universitaria se refiere, debido a que mi carrera es filosofía, en primer


lugar, el estudio teológico siempre me ayudará a reforzar habilidades propias de mi disciplina,
debido a que comparte muchas de sus competencias, entre ellas: la reflexión, la abstracción, el
razonamiento lógico y conceptual, la lectura atenta, la escritura, etc. En segundo lugar, debido a
que se comparten también algunos de los autores, el curso resultó bastante útil debido a que mi
formación, en parte, consiste en el regreso constante a autores canónicos. Leer a San Agustín,
Santo Tomás, Kant, Husserl, Heidegger y a Simon Weil dentro de un marco teológico me brindó
una arista fundamental para mi concepción de estos autores y de la historia de las ideas; en
especial en los autores medievales, puesto que dejar en segundo plano su carácter teológico para
obtener un sustrato meramente filosófico, a mi parecer, no consiste en una práctica que haga real
justicia a su pensamiento e influencia.
Más específicamente, el estudio acerca de las relaciones entre fe y razón amplió mis
concepciones acerca de la antropología humana, debido a que me ayudó a dilucidar el importante
papel que juega la fe dentro de la pregunta por el conocimiento y la experiencia humana; no solo
dentro de un marco puramente teórico, sino que a vistas del contexto histórico-temporal
contemporáneo. Asimismo, me hizo recordar la importancia de la historia dentro de la
interpretación de fenómenos propios de la experiencia humana, como es el caso de la experiencia
cristiana. También, a mi parecer, cabría subrayar la importancia de la aplicación de los
contenidos hacia una interpretación de los fenómenos sociales, culturales y políticos, la cual se
vió reflejada especialmente en el contexto de las clases, debido a la aparición de ejemplos
cotidianos.

En conclusión, comprender las relaciones entre fe y razón en el presente exige abandonar tanto la
oposición simplista entre ambas como la sobrestimación de la razón y las ciencias naturales. La
reflexión filosófica y teológica muestra que la razón se reconoce a sí misma como limitada y
necesitada de otros horizontes de sentido, mientras que, la fe adquiere un estatuto racional
legítimo dentro de la experiencia humana. Asimismo, dentro de mi formación universitaria, este
enfoque resulta relevante, pues el diálogo con la teología no solo fortalece competencias propias
de mi disciplina, sino que también permite una lectura más rigurosa y contextualizada de los
autores canónicos; es decir, dentro de las dimensione históricas y teológicas que atraviesan sus
pensamientos.

Martina Galleguillos:

Durante el recorrido del curso, se ha puesto de relieve que el problema fundamental de la


Teología es la relación entre fe y razón. Tradicionalmente se ha concebido como una disputa
permanente entre dos fuerzas opuestas, pero las fuentes revisadas como San Agustín, Fries, El
Concilio Vaticano I y II, Juan Pablo II, Kant, Simone Weil, entre otros, evidencian que fe y
razón no son ideas contrapuestas, sino dimensiones complementarias. La fe, necesita de la razón
para profundizar en sus fundamentos y encontrar respuestas, mientras que la razón, sin la
apertura de la fe, corre el riesgo de caer en reducciones cientificistas. Del mismo modo, una fe
desvinculada de la razón puede derivar en fideísmo, perdiendo su capacidad de diálogo con la
experiencia humana.

Fries señala con claridad esta tensión

“La teología tiene que recorrer su camino entre dos frentes opuestos que aparecieron
claros desde el principio: la reprobación de la ciencia de la fe y la anulación de la fe
dentro de la ciencia de esa misma fe en favor de la ciencia”(1965, p. 754).

Frente a este dilema, el axioma fides quaerens intellectum recuerda que “No cabe contradicción
posible entre una verdad de fe y una verdad de razón, porque Dios es la misma Verdad buscada
por un doble camino y porque la verdad no contradice a la Verdad” (como se citó en Fries, 1965,
p. 750). De este modo se abre la posibilidad de un diálogo fecundo en el que la Teología se
concibe no como una ciencia cerrada y rígida, sino como una disciplina abierta y dinámica,
capaz de integrar la complementariedad entre fe y razón.
Simone Weil aporta una crítica fundamental a la iglesia, al advertir que “Comete un abuso de
poder cuando pretende obligar al amor y a la inteligencia a tener su lenguaje por norma. Este
abuso de poder no procede de Dios, procede de la tendencia natural de toda
colectividad…”(Weil, 2006, p. 48). Su reflexión sigue siendo actual, pues plantea el desafío de
construir comunidades inclusivas que vivan la fe como apertura radical hacia la verdad y la
gracia, evitando que las instituciones limiten la experiencia espiritual.

La reflexión sobre la libertad cristiana resulta también central. Agustín señala que “La libertad
con respecto al pecado como obra de la justificación; la libertad del dominio de las pasiones
desordenadas, obra de la gracia que ilumina la inteligencia y da a la voluntad la fuerza necesaria
para hacerla invisible al mal…” (como se citó en Juan Pablo II, 1986, p. 15). Esta visión invita al
ser humano a vivir la libertad cristiana como apertura a un sentido personal y existencial de la
propia vida, mostrando que la fe no es imposición, sino experiencia de libertad y confianza con
Dios. En este marco, la Teología se presenta como una ciencia dinámica, en constante
transformación, que responde a los desafíos contemporáneos y busca integrar la historia, la
revelación y la experiencia humana.

En definitiva, el recorrido realizado en el curso permite comprender que la relación entre fe y


razón no debe entenderse como una oposición irreconciliable, sino como un diálogo
complementario que enriquece la experiencia humana y la reflexión teológica. Las aportaciones
de autores como Fries, Weil, Agustín y Juan Pablo II muestran que la fe ilumina y purifica el
corazón, mientras que la razón ofrece el discernimiento necesario para profundizar en los
misterios divinos y evitar el reduccionismo. En cuanto a mi postura, considero que la fe debe
vivirse de forma libre en una sociedad donde muchas veces se intenta imponer el dogma,
entendiendo que la fe es un acto de amor y confianza en Dios, quien acompaña al ser humano
como un amigo que escucha y no abandona. Para mi formación universitaria, rescato la
importancia de mantener este equilibrio, integrando análisis crítico, apertura cultural y reflexión
existencial como espiritual, pues solo así la Teología puede responder a los desafíos
contemporáneos y ofrecer un sentido pleno a la vida en comunidad y libertad.

Martina Díaz:

Desde mi punto de vista, el aporte más significativo de este semestre ha sido comprender que la
relación entre fe y razón no es un dilema académico exhausto, sino una potencia vital que define
la integridad del ser humano. Y si algo he rescatado de este recorrido, es que la fe no es un
refugio para quienes temen pensar, sino un motor que impulsa a la razón a ir más allá de lo
inmediato. Como destaca Juan Pablo II en el inicio de su encíclica, la fe y la razón son como "las
dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad" (Juan
Pablo II, 1998, n. 1). Esta metáfora es fundamental para mi formación, porque me enseña que mi
curiosidad intelectual y mi dimensión espiritual se necesitan mutuamente para que el hombre
pueda "alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo" (Juan Pablo II, 1998, n. 1).

Uno de los problemas que considero más urgente recuperar para el presente, y recuerdo
comenzar a cuestionarlo a partir de nuestras primeras clases, es la lucha contra la fragmentación
del saber y el escepticismo. Hoy corremos el riesgo de caer en un racionalismo que lo reduce
todo a datos técnicos, olvidando que "el hombre, cuanto más conoce la realidad y el mundo y
más se conoce a sí mismo en su unicidad, le resulta más urgente el interrogante sobre el sentido
de las cosas y de su propia existencia" (Juan Pablo II, 1998, n. 1). Ante esto, el curso me ha
permitido valorar que la fe no es un "movimiento ciego", sino una respuesta a ese deseo que Dios
ha puesto en nuestro corazón de "conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él" (Juan
Pablo II, 1998, n. 1). Rescatar la capacidad de la razón para alcanzar certezas es, en el fondo,
rescatar nuestra propia dignidad frente a una cultura que muchas veces prefiere ignorar las
preguntas últimas y es exactamente ello lo que debemos de entender para comenzar a cuestionar
la automatización de este cuestionamiento.

Para mi vida universitaria, este enfoque me invita a ejercer una "honestidad intelectual"
constante. He aprendido que la razón no debe ser puramente instrumental, sino que debe tener la
valentía de ser filosófica. Como advierte el autor, una razón que se cierra a la trascendencia
termina por perder su rumbo, ya que "una razón que no se pregunte por el porqué de las cosas...
terminaría por reducirse a una función puramente instrumental" (Juan Pablo II, 1998, n. 47). En
mi formación, esto implica que el estudio de cualquier disciplina debe estar abierto al diálogo
con la fe, pues esta última no apaga las ganas de entender, sino que las purifica, y es la fe lo que
permite que mi razón no se quede encerrada en sí misma, recordándonos que "el conocimiento
de fe no anula la autonomía de la razón... sino que la perfecciona" (Juan Pablo II, 1998, n. 16).

Además, distingo la relación que permite entender la libertad de una forma nueva. En el curso
trabajé la idea de que un acto de fe es un acto libre, pero no arbitrario. Juan Pablo II es muy claro
al señalar que "no hay motivo de competitividad alguna entre la razón y la fe: una está en la otra,
y cada una tiene su propio espacio de realización" (Juan Pablo II, 1998, n. 17). Esta idea es clave
para un universitario, pues nos enseña que la libertad más grande no es hacer lo que uno quiera,
sino ser capaces de adherirse libremente a la Verdad que se descubre a través del pensamiento y
la revelación.

En conclusión, mi posición crítica, es que necesitamos volver a unir lo que la modernidad separó
con violencia. El principal valor de este curso que me llevo ha sido mostrar que la verdad es una
sola, y que para alcanzarla, no podemos renunciar a ninguna de nuestras facultades. Como señala
Juan Pablo II, "no hay motivo de competitividad alguna entre la razón y la fe: una está en la otra,
y cada una tiene su propio espacio de realización" (Juan Pablo II, 1998, n. 17). Solo desde esta
síntesis es posible dar una respuesta responsable a los problemas contemporáneos que puede
trabajar la teología, así evitamos quedarnos en un hábitat de conocimiento técnico, carente de
alma o en una vida que no se pregunta por su sentido.

Pilar Ruz:

Teniendo en cuenta el trayecto que hemos realizado a lo largo del semestre, me parece que uno
de los aportes más destacados del curso consiste en mostrar la relación entre la fe y la razón,
donde estas no son un problema de carácter meramente teórico, sino que recorre la experiencia
religiosa cristiana en cada contexto histórico. A medida que el curso fue avanzando, era cada vez
más claro que la fe cristiana, lejos de estar en contraposición con la razón, ha debido dialogar de
manera indefectible con las diferentes formas de racionalidad a fin de poder manifestarse,
comprenderse y transmitirse de un modo significativo a lo largo de la historia.

La convicción que encuentro muy presente en la tradición cristiana, es que hay que recuperar
para el hoy, que la fe tiene una racionalidad propia y forma un elemento central. Un elemento
que vemos expuesto por las patrísticas y los desarrollos posteriores que mantiene que la fe ni es
un abandono del pensamiento sino una respuesta del humano ante la situación de Dios. Se
plantea que “La fe purifica el corazón para que cate y soporte la luz de la gran razón” (Epístola
120, 3), donde puede ser considerada especialmente vigente hoy en día, cuando se presenta la fe
y la razón como términos contrarios.

Así el curso permitió concluir que uno de los grandes peligros implícitos en la reflexión sobre la
fe y la razón es una tendencia a los reduccionismos. El racionalismo como aquel que aboga por
someter la fe a los criterios de la razón instrumental, y por otro lado, se manifiesta el fideísmo
que desconfía del ejercicio racional y que de esta forma, empobrece la experiencia creyente.
Ante estos extremos, el recorrido histórico que se realizó ha sido un reconocimiento de que la fe
cristiana ha buscado poder integrar a la razón sin que ella fuese absolutizada, de una manera en
la cual se mantenga abierta la pregunta por la verdad que fue revelada y su comprensión
progresiva.

El Concilio Vaticano II resulta del todo significativo dado que pone la relación entre la fe y la
razón en un horizonte histórico y existencial incorporando una consideración de la historia, la
cual va a ser considerada en la relación, es decir, el Concilio Vaticano II plantea que “La
revelación se realiza con hechos y palabras intrínsecamente conexos” (Vaticano II, 1965, p.1), lo
que señala el hecho de que la experiencia religiosa cristiana está mediada históricamente, y que
requiere la tarea de la interpretación, tarea que es permanente, sino que nos permite situarnos en
que la razón no es un elemento, sino que forma parte de la propia fe vivida, razón que de de
discernir el sentido de la revelación que acontece en contextos particulares.

Desde mi punto de vista, valoro el gran sentido que este enfoque tiene para mi propia experiencia
universitaria, ya que requiere aceptar la fe de un modo responsable. Lejos de la idea de que creer
es anular la propia capacidad de pensar, muestra como decir que uno cree implica tener una
relación con la experiencia, con la historia, con la razón, con la interpelación de la realidad, etc.
Sin duda esta idea sobre la relación entre la fe y la razón no solo potencia la reflexión teológica
sino que también permite tener un diálogo con la cultura contemporánea y con los
conocimientos.

Finalmente, el principal aporte del curso ha consistido en poner de manifiesto el hecho de que la
relación que existe entre la fe y la razón no es cuestión que hay que resolver, sino que es una
tensión que atraviesa la experiencia cristiana. Es por esto que necesitamos recuperar esta manera
de entender la relación entre la fe y la razón, pues esta permite vivir y pensar la fe de una manera
más crítica, salvando las desconfianzas hacia la razón o su absolutización.
Bibliografía:

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