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La conferencia aborda la 'conquista espiritual' y el 'encuentro' de dos mundos tras la llegada de los europeos a América, destacando la contradicción entre la predicación del cristianismo y la violencia de la conquista. Se argumenta que los misioneros europeos impusieron su religión y cultura a los indígenas, despojándolos de sus derechos y creencias, bajo la justificación de un mandato divino. La 'conquista espiritual' se presenta como un proceso de dominación que niega la civilización indígena y busca controlar su imaginario cultural.

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La conferencia aborda la 'conquista espiritual' y el 'encuentro' de dos mundos tras la llegada de los europeos a América, destacando la contradicción entre la predicación del cristianismo y la violencia de la conquista. Se argumenta que los misioneros europeos impusieron su religión y cultura a los indígenas, despojándolos de sus derechos y creencias, bajo la justificación de un mandato divino. La 'conquista espiritual' se presenta como un proceso de dominación que niega la civilización indígena y busca controlar su imaginario cultural.

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Conferencia 4 “Dussel 1492”

La "conquista espiritual".
¿"Encuentro" de dos mundos?
"Los frailes se hicieron dueños de la destrucción de la idolatría [...
Ellos] se preciaban de conquistadores en lo espiritual, así como los
eran [los conquistadores] en lo temporal [...] Y visto que los frailes
con tanta osadía y determinación pusieron fuego a sus principales tem-
plos y destruyeron los ídolos que en ellos hallaron [...] parecióles [a

los indios] que esto no iba sin fundamento" 1.

Pasemos ahora dos nuevas figuras: la "conquista espiritual" y el


"encuentro" de dos mundos. Por tales entendemos el dominio que los
europeos ejercieron sobre el "imaginario" (imaginaire diría Sartre) del
nativo, conquistado antes por la violencia de las armas. Es un proceso
contradictorio en muchos niveles. Se predica el amor de una religión
(el cristianismo) en medio de la conquista irracional y violenta. Se
propone de manera ambigua y de difícil interpretación, por una parte,
al fundador del cristianismo que es un crucificado, una víctima ino-
cente en la que se funda la memoria de una comunidad de creyentes
2
la Iglesia; y, por otra, se muestra a una persona humana moderna ,

______________
1 Gerónimo de Mendieta. Historia eclesiástica Indiana. III, cap. 21; Ed. S.

Chávez Hayhde, México, t. II. 1945. pp.72-73.


2 Creyentes que en tiempos del imperio romano eran igualmente víctimas,

que
se descubrían inocentes en el crucificado y que juzgaban como culpables a
los asesinos de Cristo y al Imperio que lo victimaba. Pero ahora los europeos
eran miembros de una Cristiandad moderna y violenta que predicaba a un
inocente que ellos asesinaban en el indio.

con derechos universales. Y es justamente en nombre de una tal


víctima y de tales derechos universales que se victimiza a los indios.
Los indios ven negados sus propios derechos, su propia civilización,
su cultura, su mundo... sus dioses en nombre de un "dios extranjero" y
de una razón moderna que ha dado a los conquistadores la legitimidad
para conquistar. Es un proceso de racionalización propio de la Moder-
nidad: elabora un mito de su bondad ("mito civilizador") con el que
3
justifica la violencia y se declara inocente del asesinato del Otro .

4.1. La "conquista espiritual"


Veamos ahora la quinta figura. Un año después del 1492, Fernando
de Aragón gestionó ante el Papa Alejandro VI una bula por la que se
le concedía el dominio sobre las islas descubiertas. La praxis conquis-
tadora quedaba fundada en un designio divino. Cortés por su parte,
como Descartes después, necesitarán de Dios para salir del encierro
del ego. Cortés, cuando se ve perdido, dado el poco número de sus sol-
dados entre millones de indígenas mesoamericanos, comprende que el
valor o fortaleza guerrera de los suyos (y de sí mismo), no puede ya
apoyarse en el deseo de riqueza y ni siquiera en el alcanzar el honor ni
la grandeza de la nobleza. Era necesario un criterio ético absoluto en
virtud del cual el ofrendar la vida tuviera un significado radical. Cuan-
do Cortés se dispuso a la conquista del imperio azteca, arengó a sus
soldados de la siguiente manera:
"Que ya habíamos entendido la jornada a que íbamos, y mediante
nuestro Señor Jesucristo habíamos de vencer todas las batallas y en-
cuentros, y que habíamos de estar tan presto para ello como convenía;
porque en cualquier parte que fuésemos desbaratados (lo cual Dios no
permitiese) no podríamos alzar cabeza, por ser muy pocos, y que no
teníamos otro socorro ni ayuda sino el de Dios, porque ya no
teníamos navíos para ir a Cuba, salvo nuestro buen pelear y corazones
fuertes; y sobre ello dijo otras muchas comparaciones de hechos heroi-

cos de los romanos" 4.

Dios era ahora el fundamento (Grund) de lo intentado. Como cuan-


do Hegel afirmaba que la "religión es el fundamento del Estado"; es
decir, Dios es la última justificación de una acción pretendidamente
secular o secularizada de la Modernidad. Después de "descubierto" el
espacio (como geografía), y "conquistado" los cuerpos diría Foucault

(como geopolítica), era necesario ahora controlar el imaginario desde


una nueva comprensión religiosa del mundo de la vida. De esta mane-
ra podía cerrarse el circulo y quedar completamente incorporado el in-
dio al nuevo sistema establecido: la Modernidad mercantil-capitalista
naciente -siendo sin embargo su "otra-cara", la cara explotada, domi-
nada, encubierta.
Los conquistadores leían ante los indígenas un texto (el "requeri-
miento") antes de darles alguna batalla; texto en el que se proponía a
los indios la conversión a la religión cristiano-europea, para evitarles
el dolor de la derrota:
"Os ruego y requiero que entendáis bien esto que os he dicho y toméis
para entenderlo y deliberar sobre ello todo el tiempo que fuese justo,
reconozcáis a la Iglesia por señora y superiora del Universo Mundo, y
al Sumo Pontífice llamado Papa en su nombre, y a su Majestad en su
lugar, como superior y señor y rey de las islas y tierra firme [...] si no
lo hiciereis, o en ello dilación maliciosa pusiereis, certifícoos que con
la ayuda de Dios entraré poderosamente contra vosotros y os haré
guerra por todas las partes y manera que pudiere [...], tomaré vuestras
mujeres e hijos y los haré esclavos, y como tales los venderé, y os

tomaré vuestros bienes y os haré todos los males y daños que pudiere" 5.

Por supuesto que el indio nada podía comprender de lo que se le


proponía. Desde su mundo mítico, después de la derrota, sus dioses
habían sido vencidos "en el cielo" -diría Mircea Eliade-, ya que ven-
cidos estaban los ejércitos indios (los del azteca Moctezuma o del inca
Atahualpa) "en la tierra", en el campo de batalla. El imaginario
indígena debía incorporar -como era su costumbre, por otra parte- a
los "dioses" vencedores. El vencedor, por su parte, no pensó conscien-
temente en incorporar elemento alguno de los vencidos -sino en algu-
nos "Autos sacramentales", que en mayor número de doscientos, los
franciscanos redactaron y representaron en los teatros populares, en
los atrios de las inmensas iglesias coloniales-. Todo el "mundo" ima-
ginario del indígena era "demoniaco" y como tal debía ser destruido.
Ese mundo del Otro era interpretado como lo negativo, pagano,
satánico e intrínsecamente perverso. El método de la tabula rasa era el
resultado coherente, la conclusión de un argumento: como la religión
indígena es demoniaca y la europea divina, debe negarse totalmente la
primera, y, simplemente, comenzarse de nuevo y radicalmente desde
la segunda enseñanza religiosa:
"La idolatría permanecía [...] mientras los templos de los ídolos estu-
viesen de pie. Porque era cosa clara que los ministros de los demonios
habían de acudir allí a ejercitar sus oficios [...] Y atento a esto se con-
certaron [...] de comenzar a derrocar y quemar los templos [...] Cum-
pliéronlo así comenzado a ponerlo por obra en Texcuco, donde eran
los templos muy hermosos y torreados y esto fue el año de mil qui-
nientos venticinco [...] Luego tras ellos los de México, Tlaxcala y

Guexozingo" 7.

No era inútil el conocer las antiguas creencias de los indios, pero


para no dejarse engañar, como enseñaba José de Acosta:
"No es sólo útil sino del todo necesario que los cristianos y maestros
de la Ley de Cristo sepan los errores y supersticiones de los antiguos,

para ver si clara y disimuladamente las usan también ahora los indios" 7.
De la misma manera, el gran fundador de la antropología moderna,
que durante cuarenta y dos años puso por escrito las antiguas tradi-
ciones aztecas en Tezcoco, Tlatelolco y en la ciudad de México, Fray
Benardino de Sahagún, escribió en el prólogo de su Historia general
de las cosas de Nueva España:
“El médico no puede acertadamente aplicar las medicinas al enfermo
sin que primero conozca de qué humor o de qué causas procede la en-
fermedad [...]: los pecados de idolatría y ritos idolátricos y supersti-
ciones idolátricas, que son aún perdidos del todo. [...]. Y dicen algu-
nos, excusándolos, que son boberías o niñerías, por ignorar la raíz de
donde sale, que es mera idolatría, y los confesores ni se las preguntan,
ni piensan que hay tal cosa, ni saben lenguaje para se las preguntar, ni
aún lo entenderán, ni aunque se lo digan” .
La llegada de los doce primeros misioneros franciscanos a México
en 1524, dio inicio formal a lo que pudieramos llamar la "conquista
espiritual" en su sentido fuerte. Este proceso durará aproximadamente
hasta el 1551, fecha del primer Concilio provincial en Lima, o 1568,
8
fecha de la Junta Magna convocada por Felipe II . Durante treinta o

cuarenta años -un espacio de tiempo extremadamente reducido- se


predicará la "doctrina" cristiana en las regiones de civilización urbana
de todo el continente (más del 50% de la población total), desde el

norte del imperio azteca en México, hasta el sur del imperio inca en

Chile.
Esa “doctrina” ( que pocos años después será el Catecismo de Tren-
to, y nada más), por muy aceptada y tenida por todos por válida en Eu-

ropa, no podía ya proponerse con algún viso de racionalidad a partici-

pantes de otras culturas. Fernando Mires recuerda el razonamiento de

Atahualpa, relatado por el Inca Garcilazo de la Vega, donde se mues-

tra que una evangelización en regla hubiera tomado más tiempo del

que los misioneros estaban dispuestos a perder. Después que el Padre

Valverde expuso a su manera la "esencia del cristianismo" -mucho me-

jor ciertamente la expresó Feuerbach-, leemos lo que argumentó el

Inca:

"Demás de esto me ha dicho vuestro hablante que me proponéis cinco

varones señalados que debo conocer. El primero es el Dios, Tres y

Uno, que son cuatro 9, a quien llamáis Criador del Universo, ¿por

ventura es el mismo que nosotros llamamos Pachacamac y Viracocha?

El segundo es el que dice que es Padre de todos los otros hombres, en

quien todos ellos amontonaron sus pecados. Al tercero llamáis Jesu-

cristo, sólo el cual no echó sus pecados en aquel primer hombre, pero

que fue muerto. Al cuarto nombráis Papa. Al quinto es Carlos a quien


sin hacer cuenta de los otros, llamáis poderosísimo y monarca del uni-

verso y supremo de todos. Pero si este Carlos es príncipe y señor de

todo el mundo ¿qué necesidad tenía de que el Papa le hiciése nuevas

concesión y donación para hacerme guerra y usurpar estos reinos? Y

si la tenía, ¿luego el Papa es mayor Señor y que no él y más poderoso

y príncipe de todo el mundo? También me admiro que digáis que es-

toy obligado a pagar tributo a Carlos y no a los otros, porque no dáis

ninguna razón para el tributo, ni yo me hallo obligado a darlo por nin-

guna vía. Porque si de derecho hubiése de dar tributo y servicio, paré-


ceme que se debería dar a aquel Dios, y a aquel hombre que fue Padre

de todos los hombres, y aquel Jesucrito que nunca amontonó sus peca-

dos, finalmente se habían de dar al Papa [...] pero si dices que a estos

no debo dar, menos debo dar a Carlos que nunca fue señor de estas re-

giones ni le he visto” 10.

Ante tal uso de la razón argumentativa, confundidos los conquista-


dores y aquel Padre Valverde, en vez de argumentar con mejores ra-

zones, usaron simplemente la irracionalidad moderna:

“A este tiempo los españoles, no pudiendo sufrir la proligidad del ra-

zonamiento (!), salieron de sus puestos y arremetieron con los indios

para pelear con ellos y quitarles las muchas joyas de oro y de plata y
piedras preciosas” 11.

La "conquista espiritual" estaba fundada en muy débiles bases, y

sólo podía reemplazar la antigua visión del mundo, pero sin asumir lo

antiguo -como había acontecido con el cristianismo en el Medi-

terráneo durante los primeros tres siglos de su existencia, cuando

transformó por dentro el imaginario greco-romano, reconstruyéndolo,

y donde como fruto maduró las Cristiandades armenia, bizantina, cop-

ta, rusa, latina, etcétera.

En el mejor de los casos los indios eran considerados "rudos",

"niños", "inmaduros" (Unmündig) que necesitaban de la paciencia

evangelizadora. Eran bárbaros. José de Acosta define que bárbaros son

12
"los que rechazan la recta razón y el modo común de los hombres ,

13
y así tratan de rudeza bárbara, de salvajismo bárbaro" .A

partir de ello explica que los chinos, japoneses y otras provincias de

las Indias Orientales, aunque son bárbaros, deben ser tratados" de

modo análogo a como los apóstoles predicaron a los griegos y roma-

14
nos" . Vemos así tomarse el "mundo de la vida (Lebenswelt)", el

"sentido común" europeo como parámetro y criterio de racionalidad o


humanidad. En cuanto a nuestro tema, los azteca o incas son ya un se-
gundo grado inferior de bárbaros, "porque no llegaron al uso de la es-
15
critura ni al conocimiento de los filósofos" . Los indígenas no per-
tenecientes a las culturas urbanas americanas, de los Andes, son una
tercera clase de bárbaros y quedan definidos de la siguiente manera:
En ella entran los salvajes semejantes a las fieras [...] Y en el Nuevo
Mundo hay de ellos infinitas manadas [...], se diferencian poco de los
animales [...] A todos éstos que apenas son hombres, o son hombres a
medias, conviene enseñarles que aprendan a ser hombres e instruirles
como a niños [...] Hay que contenerlos con fuerza [...] y aún contra su
voluntad en cierto modo, hacerles fuerza (Lucas 14, 23) para que en-

tren en el Reino de los Cielos" 16.

Es por ello que la "conquista espiritual" debe enseñarles la doctrina


cristiana, las oraciones principales, los mandamientos y preceptos, de
memoria, cada día. Esto incluía igualmente un ciclo diferente del tiem-
po (ciclo litúrgico), y del espacio (lugares sagrados, etcétera). El senti-
17
do total de la existencia como rito cambiaba entonces .

De todas maneras, hoy un cierto triunfalismo eclesial vaticano, que


intenta "celebrar" dichos acontecimientos, debería tener una visión
más cercana a la historia real, para comprender lo ambiguo de aquella
"conquista espiritual", que más se asemeja a una obligada (o irrecusa-
ble) dominación religiosa -dominación de la religión del conquistador
sobre el oprimido-, que un acto adulto de pasaje a un momento supe-
rior de la conciencia religiosa.
4.2. ¿"Encuentro" de dos mundos?
Consideremos la sexta figura de 1492. Se trata del eufemismo del
18
"encuentro" de dos mundos , de dos culturas -que las clases domi-
nantes criollas o mestizas latinoamericanas hoy son las primeras en
proponer-. Intenta elaborar un mito: el del nuevo mundo como una
cultura construida desde la armoniosa unidad de dos mundos y cultu-
ras: europeo e indígena. Son los hijos "blancos" o "criollos" (o de
"alma blanca") de Cortés (de esposa española), o los hijos de Ma-
linche (los "mestizos") que están todavía hoy en el poder, la domina-
ción, en el control de la cultura vigente, hegemónica. Digo que hablar
de "encuentro" es un eufemismo-"Gran Palabra" diría Rorty- porque
oculta la violencia y la destrucción del mundo del Otro, y de la otra
cultura. Fue un "choque", y un choque devastador, genocida, absoluta-
mente destructor del mundo indígena. Nacerá, a pesar de todo, una
nueva cultura (tema que trataremos en el Epílogo, más adelante), pero
dicha cultura sincrética, híbrida, cuyo sujeto será de raza mestiza, lejos
de ser el fruto de una alianza o un proceso cultural de síntesis, será el
efecto de una dominación o de un trauma originario (que, como expre-
sión de la misma vida, tendrá oportunidad de una ambigua creación).
Es necesario tener memoria de la víctima inocente (la mujer india, el
varón dominado, la cultura autóctona) para poder afirmar de manera
liberadora al mestizo, a la nueva cultura latinoamericana.
El concepto de "encuentro" es encubridor porque se establece ocul-
tando la dominación del "yo" europeo, de su "mundo", sobre el "mun-
do del Otro", del indio. No podía entonces ser un "encuentro" entre
dos culturas -una "comunidad argumentativa" donde se respetara a los
miembros como personas iguales-, sino que era una relación asimétri-
ca, donde el "mundo del Otro" es excluido de toda racionalidad y vali-
dez religiosa posible. En efecto, dicha exclusión se justifica por una ar-
gumentación encubiertamente teológica: se trata de la superioridad -re-
conocida o inconsciente- de la "Cristiandad" sobre las religiones indí-
genas.
Es decir, ningún "encuentro" pudo realizarse, ya que había un total
desprecio por los ritos, los dioses, los mitos, las creencias indígenas.
Todo fue borrado con un método de tabula rasa. Claro es que, en el
claroscuro de las prácticas cotidianas, se iniciaba una religión sincréti-
ca, que la más pura Inquisición (cuando la hubo) no pudo evitar; pero
ésta no fue la intención de los misioneros, ni de los europeos, sino que
fue el producto de la creatividad popular -cuestión que trataremos más

adelante.

No podemos entonces permitir que las élites dominantes en Améri-

ca Latina o España sigan hablado de "encuentro" de dos mundos o cul-

turas.

Una expresión contraria a esta posición puede observarse en la del

gran escritor colombiano -recuerdo todavía con gusto nuestro encuen-

tro en 1964 en París a propósito de una "Semana Latinoamericana"-

Germán Arciniegas. Escribe en Con América nace la nueva historia:

" América es el único continente del cual sabemos la fecha precisa del

comienzo, y el único formado por participación universal. Nació para

ser otra cosa. Lo han creado millares, millones de europeos inmigra-

dos, venidos a fundar casa propia en tierra de oportunidades nunca


antes conocidas. Ellos han unido su esfuerzo creador al de los indios

ilusionados con la República, y los africanos que vinieron a conquistar

aquí su emancipación: la que no habían hallado en sus tierras de ori-

gen sometidos a los de su propia sangre" 19.

De tal manera, que, en primer lugar, 1492 es el "comienzo" de


América Latina. Es decir, los indígenas con sus espléndidas culturas

no tienen significación histórica alguna. En segundo lugar, los latino-

20
americanos son los "hijos de los inmigrantes" -criollos primera-

mente, y posteriormente mestizos-. En tercer lugar, se les reúnen los

indios emancipados -que pareciera que antes fueron dominados y que

nada sufrieron con la conquista (un dolor necesario de la "moderniza-

ción")-, republicanos, participantes entonces de la "ilustración (Auf-

21
klärung)". En cuarto lugar, como el teólogo portugués Vieira en Brasil ,

opina que los africanos se emancipan con la esclavitud, porque

en África estaban "sometidos a los de su propia sangre", y pareciera


22
que en América Latina no. Es como una relectura hegeliana , en

América Latina del continente africano. Arciniegas está en contra del


concepto "encuentro" porque, para él, no hubo encuentro sino, simple-
mente, realización de europeos en tierras americanas. Y los indígenas
o desaparecieron o se transformaron. Es una interpretación "criolla"
eurocentrista -como la de O'Gorman, exactamente.
Entre otros, fue Miguel León Portilla, responsable en México en su
momento de los festejos del V Centenario, el que parece lanzó la idea
del "Encuentro de dos culturas". Fue así que en el año 1988 se produjo
23
en México un debate sobre el significado de 1492 , lo que mostró

la necesidad de clarificar el sentido del concepto de "encuentro". En


realidad, las diferentes interpretaciones que desde el presente se reali-
zan sobre 1492, dependen de posiciones ideológicas que los mismos

expositores, o las instituciones, poseen hoy sobre el pasado, con con-


ciencia explícita o implícita. Es por ello que en España algunos inten-
tan igualmente hablar de "encuentro". Recuerdo que en el discurso
inaugural en su toma de posesión como primer ministro de la social-
democracia española en 1982, Felipe González, expresó que a los diez
años (en 1992) se festejaría de manera muy especial el evento del
"Descubrimiento". España, que intentaba en esos años entrar en el
Mercado Común Europeo, proponía 1492 como una de sus "glorias" a
las que podía referirse ante las otras naciones europeas. Es evidente
que esta "gloria" es hoy manejada por España mucho más que hace
diez años, y en función, justamente, de su política de integración a Eu-
ropa -y, no tanto, en cuanto intento de comprensión o apoyo a Améri-
ca Latina-. Por ello, el hecho de que el 1992 haya sido fijado por Eu-
ropa como el año del progreso en su unidad económica y política nos
indica, sin lugar a dudas, que los 500 años tiene para ellos un signifi-
cado particular. Hace cinco siglos Europa salió del muro que el mundo

islámico le había construido durante ocho siglos, 1992 recuerda, en-


tonces, un ciclo en la historia mundial que inició Portugal y España.
Pero no era posible festejar sólo la "conquista"; había que presentar la
cuestión más "positivamente". Para ello la ideología del "encuentro"
venía bien al caso y en función de esa posición política de integración
europea y de "apertura" de España a América Latina.
Por nuestra parte, en 1984, en el contexto de un seminario organiza-
24
do en México sobre "La Idea del Descubrimiento" comenzamos

este debate negando la validez del concepto de "encuentro", en donde


expusimos la idea de "encubrimiento", por una parte, y la necesidad
del "desagravio" al indio, por otra; ideas que serán retornadas poste-
riormente por otros autores.
Si "encuentro de dos mundos" quiere significar la nueva cultura
híbrida, sincrética, que elaborará la raza mestiza, entonces podría
aceptarse por su contenido. El "encuentro" se produjo así en la con-
ciencia creadora de la cultura popular (como veremos en el Epílogo),
pero no en el hecho de la conquista.

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