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1711 Una Propuesta para Humillar A España.: © Derechos Reservados ISBN 970-95193

El documento presenta un panfleto escrito en 1711 que propone humillar a España, sugiriendo la invasión de Buenos Aires como una estrategia para indemnizar a Gran Bretaña por los gastos de guerra. Se discute la autoría del panfleto, atribuyéndolo a una figura de distinción, y se analiza su contexto histórico en relación con la Guerra de Sucesión Española y la política británica en el Río de la Plata. La publicación del texto busca resaltar su importancia histórica y su relevancia en la discusión sobre las relaciones anglo-españolas de la época.
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1711 Una Propuesta para Humillar A España.: © Derechos Reservados ISBN 970-95193

El documento presenta un panfleto escrito en 1711 que propone humillar a España, sugiriendo la invasión de Buenos Aires como una estrategia para indemnizar a Gran Bretaña por los gastos de guerra. Se discute la autoría del panfleto, atribuyéndolo a una figura de distinción, y se analiza su contexto histórico en relación con la Guerra de Sucesión Española y la política británica en el Río de la Plata. La publicación del texto busca resaltar su importancia histórica y su relevancia en la discusión sobre las relaciones anglo-españolas de la época.
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Selección de textos y documentos:

1711 Una propuesta para


Doralicia Carmona Dávila
humillar a España.
© Derechos Reservados 1711, Londres, Gran Bretaña
ISBN 970-95193

Este Sitio es un proyecto personal


y no recibe ni ha recibido
UNA PROPUESTA PARA HUMILLAR A ESPAÑA
financiamiento público o privado.
Escrita en 1711 por una persona de distinción y ahora impresa,
por primera vez, en base al manuscrito, a lo que se agregan
algunas consideraciones acerca de los medios de indemnizar a
Gran Bretaña de los gastos de la presente guerra.

ADVERTENCIA PRELIMINAR
Este raro y curioso panfleto, que se publica hoy bajo los
generosos auspicios del Departamento de Estudios Históricos
Navales, siguiendo con el muy loable propósito de divulgar
nuestros fastos navales y aquellos otros que, de una manera u
otra, están íntimamente ligados a nuestros intereses marítimos,
es un antecedente (el más remoto escrito sobre el tema) en el
que se aconseja a la Soberana de los Mares, la rubia Albión,
invadir Buenos Aires, siendo prolegómeno, pues, de aquella bien
conocida operación anfibia que terminó con la eventual
ocupación de nuestra ciudad y que pudo haberse cortado de raíz,
si las fuerzas del Apostadero Naval del Plata hubieran sido, en
su momento, lo suficientemente poderosas como para dominar
los accesos del Gran Río. Es conveniente hacer notar que, en
nuestra historia, durante el siglo pasado, siempre existió penuria
e imprevisión para atender aprestos navales, que luego, en las
emergencias, costó caro reparar. Claro está que, en esa época,
la Madre Patria poco podía hacer y la sombra de TRAGALGAR
(Premio para los que saben prever) cubría los siete mares.—

El título del panfleto es de por sí, harto sugestivo: “Una Propuesta


para humillar a España”. El contenido del mismo que se vendía,
por otra parte, al solo precio de un chelín, es de un interés
histórico que merece su traducción “in—extenso”, cosa que
creemos se realiza por primera vez, ya que los comentarios y
traducciones realizadas hasta hoy, han sido solo fragmentarios
(1).

¿Quién es la misteriosa “persona de distinción” autora del


panfleto? Según Roberts, “descubridor” del mismo, sería Pullen,
quien en 1711, durante la Guerra de Sucesión Española, escribe
al Ministro de la Reina Ana, el Conde de Oxford, diciéndole que
el Río de la Plata es el mejor lugar del Mundo para formar una
Colonia Inglesa. El Conde al recibirlo elevó, al parecer, una
Memoria para su Soberana, que habría sido publicada en 1739,
después de su muerte, en la forma del panfleto a que nos
referimos.
Leumann, no da nombres pero estima que la “persona de
distinción” ha residido en Buenos Aires. Pensamos, como
Zorraquín Becú, que nada en el trabajo hace pensar en tal cosa.
Todos los datos sobre Buenos Aires son extraídos de la conocida
obra de Acarette o de conversaciones sostenidas con terceras
personas. El estudio más serio sobre este punto es el de la
autoridad citada. Podríamos limitarnos a remitir al lector hacia el
trabajo indicado en la Nota (1) y dejar que se enterara en forma
directa de su enjundioso contenido, pero como los ejemplares de
la Revista ALADA no son muy fáciles de conseguir, estimamos
como conveniente extractar dicho trabajo en esta noticia
preliminar, contribuyendo, así, a una más completa y mejor
divulgación del tema.

Es exacto que Pullen escribió, como dice Roberts, a Halley —


Robert, Conde de Oxford y Mortimer— respondiendo a una
encuesta de este último sobre las posibilidades comerciales de
la South Sea Company (John Pullen “Memoirs of the Maritime
Affairs of Great Britain—London 1732, pp. 9/16) Pero Zorraquín
Becú, observa con razón que la tal carta (como se desprende de
su texto) fue escrita después de haberse firmado el Tratado del
Asiento, complementario del de Utrech, en 1713. En
consecuencia, mal podía entonces Halley, en 1711, inspirarse en
una carta de 1713 ó 1714. Tampoco es plausible que su hijo
exhumara, quince años después de la muerte de su padre
(1724), el “Proposal” y, sobre todo, que lo hiciera con un
seudónimo tan poco concordante con la brillantísima
personalidad de aquel. Queda pués abierto, al descartar a Halley,
un interrogante sobre la personalidad del autor.

En cuanto a la fecha de publicación, varios autores la sitúan entre


1731 y 1739, sin dar razones que justifiquen sus preferencias.
Así tenemos: Leumann, 1731, J.E. Uriburu, circo 1727, Roberts,
1739 y H. Stevens, 1739 (?).

Como en el texto del panfleto se dice, precisamente, que el


manuscrito durmió veinte años antes de ser publicado, es
probable que esa sea la razón de la preferencia de Leumann, sin
haber escudriñado en otras partes del folleto que hubieran
podido darle más luz sobre el asunto. En efecto, en otras páginas
del mismo se dice que este sale a la luz en oportunidad de la
Declaración de Guerra contra España y 1731 cae, juntamente,
dentro de uno de los raros períodos de paz. Habría, pues, que
desechar esa fecha.
Veamos, ahora, al 1727 al que apunta Uriburu, aunque
antecediéndolo de un “circa”, que demuestra su poca seguridad
sobre la misma. En principio, si bien coincide con un estado de
guerra, no coincide, en cambio, con el lapso de veinte años que
permaneció inédito el “Proposal” y con los otros veinte que, como
dice Zorraquín Becú se venía demorando una tregua provisoria
inestable y sin sentido.
Teniendo en cuenta lo anterior es, quizás, por lo que Henry
Stevens y Carlos Roberts se deciden por 1739.

El Tratado de Utrech con sus pactos (1713) produce una paz


inestable que se rompe al atacar España a
Sicilia. La Declaración de Guerra lleva como fecha el 27 de
Diciembre de 1718. Se produce la Cuádruple Alianza a la que se
incorpora España, previa evacuación de Sicilia y Cerdeña. La
Paz sigue, entonces, prácticamente su curso, de 1719 al 19 de
Octubre de 1739, fecha en que Inglaterra declarara nuevamente
la Guerra a España. Este lapso de veinte años coincidiría con el
mismo lapso a que se refiere el folleto cuando dice haber tenido
una Paz sin fin, agregando, que fueron “veinte años para comprar
y pagar por la amistad de España, que nunca tuvimos”.

La guerra estalló como una consecuencia del estado latente de


desequilibrio que provenía, primero, de los abusos cometidos por
la South Sea Company, detentadora, desde 1713, del Asiento de
Negros y agravado desde 1731, por el choque entre los principios
del “Mar libre” que sostenían los ingleses y el del Derecho de
Visita que tenía España en todo tiempo, derivado del Tratado de
Comercio y Amistad firmado en Utrecht y que utilizaba a todo
evento a los efectos de contener las demasías del tráfico ilícito.

Por la Convención del Pardo, España aceptó pagar a Inglaterra


95.000 libras promesa que no llegó a concretarse lo que, unido a
presiones de todo tipo llevó a la Guerra declarada en 1739. Esta
es la fecha según Zorraquín Becú, cuyas deducciones
estimamos como muy atinadas, en que fue publicado
el “Proposal” y que por otra parte, es la que
aceptan Roberts y Stevens, aunque este último con un prudente
interrogante. Como abundancia de argumentación en favor de
esta fecha, hay que hacer notar que en el folleto se hace
referencia a las 95.000 libras previstas en el Convenio del 14 de
Enero de 1739.

En cuanto a la rareza del ejemplar, cuando lo


descubrió Roberts, se suponía que era único. Posteriormente se
habló de por lo menos cuatro ejemplares, en manos de avezados
bibliófilos. Habría que agregar, por lo menos, uno más, que
posee, en su colección, el autor de esta nota.

Pero, como termina Zorraquín Becú su trabajo, la “valía del


“Proposal” no reside exclusivamente en su rareza. Sus páginas
constituyen el primero y más sorprendente anticipo de la política
rioplatense de Inglaterra. Leyéndolas se advierte hasta que punto
resulta ocioso el discutir si Sir Home Popham obedeció a
instrucciones o procedió por su cuenta cuando la fracasada
aventura de 1806. Y solo por esto merece el “Proposal for
Humbling Spain ” un lugar de preferencia en cualquier biblioteca
americanista del Plata ”.

Buenos Aires, diciembre de 1969.—


BERNARDO N. RODRIGUEZ Capitán de Fragata (RE)

Nota:
(1) En el trabajo que en el N° 3 de la Revista ALADA publicó
Horacio Zorraquín Becú, se dice lo siguiente: En Agosto 6 de
1933, Carlos Alberto Leumann comenzó por aludir brevemente a
su existencia (La Prensa N° 23170, Secc. 3a, pp. 1/2) y tres
meses después publica, en el mismo diario, un largo artículo con
el llamativo título de “La Conquista Inglesa de Buenos Aires
trazada en 1711, Aparición de un curioso libro ignorado” (La
Prensa N° 23261 del 5 de Noviembre de 1933, Secc. 2a, p.3, col.
5/6 y p.4, col. 1/6. A su vez, Roberts, se ocupó del folleto, primero
en “Las invasiones Inglesas del Río de la Plata (1806—1807)...
Buenos Aires 1933, p.24 y luego al publicar parcialmente su
traducción, con advertencia preliminar en el “Anuario de Historia
Argentina—Año 1940 Buenos Aires 1941, pp.597/613.
Finalmente está el comentario a que nos referimos de Horacio
Zorraquín Becú destinado, fundamentalmente, a estudiar la
posible personalidad de su autor y la probable fecha de aparición.
UNA PROPUESTA
para humillar a
ESPAÑA
Escrita en 1711 por una persona de distinción y ahora impresa,
por primera vez, en base al manuscrito, a lo que se agregan
algunas consideraciones acerca de los medios de indemnizar a
Gran Bretaña de los gastos de la presente guerra.

EL EDITOR
al
LECTOR

Como los tesoros que se encuentran en la Tierra, pertenecen por


Ley, al Dueño del Suelo, considerando que ello también debe
beneficiar a la Sociedad, si aquéllos caen en manos privadas,
debe entenderse que solo permanecen en ellas “en custodia”, a
nombre de la comunidad. El custodio, en la primera buena
oportunidad que se le presente, debe descargarse de tal
custodia, debiendo ser sensible a esta solicitud y no eludir el
cumplimiento de este deber que le incumbe, tanto más, cuando
el hecho sea solo conocido por él. Miles de accidentes pueden
ocurrir después de una oportunidad perdida y privarlo de otra
ulterior. Esto muestra cuán cuidadoso debe serse en aquello que
concierne al País y que poco, en tal caso, puede fiarse en el
Tiempo, que no da seguridades de que la oportunidad brindada
pueda repetirse.

Estas consideraciones me han inducido a la publicación de la


siguiente propuesta, que cayó en mis manos hace años, por
accidente y que he rescatado de un polvoriento rincón de mi
estudio, al tomar conocimiento de la Declaración de Guerra
contra España.

Tan pronto como supe de esto, pensé en ella, pero a pesar de


que siempre la consideré una pieza tan curiosa como útil, solo
me decidí a publicarla de manera que ahora lo hago, ante el
Informe de una Ley que pronto se promulgará, para alentar a los
súbditos de Su Majestad a entrar en coparticipar en una más
efectiva realización de represalias contra los españoles. Si no
hubiera sido por esto yo creo que la habría puesto en manos del
público tal como estaba y sin ninguna observación. Pero, como
el hacerlo como ahora lo hago, se me aparece como de mayor
importancia, resolví lomarme todo el trabajo que pudiera para
explicarla y hacerla más ampliamente útil en la presente e
importante coyuntura.

Hubiera sido más fácil (y a ello estuve inclinado) haber dado


nueva forma a este proyecto y olvidar totalmente al autor del
original. Pero esto hubiera sido vil y bajo. Hubiera sido cometer
la negra falta del robo y en lugar de hacer justicia a la Comunidad,
habría sido sólo una imposición. Un justo sentido de ello me ha
obligado, no sólo a preservar la pieza en su forma original y con
las propias palabras del autor sino también a refrenar la intención
de efectuar interpolaciones o recortes de cualquier naturaleza
que ellos fueran. En una palabra, me incliné a entendérmelas con
el trabajo de aquel caballero, realizando luego (hasta donde yo
fuera capaz de hacerlo) un trabajo propio derivado o inspirado en
aquél.

Con respecto al autor; yo puedo sólo decir que fue una persona
de gran habilidad, mucha experiencia y alguna distinción en el
Mundo, al que le llevaron sus méritos. La pieza misma lo
mostrará y yo no puedo, ni es necesario que lo haga, decir nada
más.

Ha muerto hace tiempo y como consecuencia, está fuera de los


alcances del Favor o de la Envidia. En vida fue un celoso amigo
de su País y, aún en su tumba, su trabajo no se enterró con él.
Todo amigo de lo benemérito, debe estar agradecido a la
memoria de este hombre. No me preocupa de cómo será recibido
este pequeño trabajo. Tiene mérito suficiente para hacerlo
aceptable en cualquier tiempo. Es propio considerar, ahora, que
habría complacido aun teniendo menos mérito.

Las observaciones que se agregan tienen la misma intención que


la pieza original, o sea, despertar en el pecho de todo inglés el
debido sentido del Honor y una justa consideración por el Bien
Público, en tan crítica coyuntura. Si en alguna forma alcanza tan
deseable como glorioso propósito, se habrá hecho el mayor
honor al patriota muerto y me habrá recompensado por cualquier
pequeño trabajo que yo me hubiera tomado. Con estas
reflexiones la entrego a las manos de la Nación Británica y deseo
sinceramente el verle abrazar esta u otras más provechosas o
laudables propuestas.

UNA PROPUESTA
para humillar a
ESPAÑA

Escrita originalmente en MDCCXI.

En mi opinión, no hay nada más sorprendente en todo el curso


[En el Reinado de la Reina Ana de Gloriosa memoria.] de esta
ruinosa aunque necesaria guerra, que la poca ventaja que hemos
sacado de nuestra gran superioridad en el Mar; si nuestras
manos están atadas por secretos tratados y por tanto, no
podemos actuar donde naturalmente tenemos las mayores
perspectivas de éxito, así como la mayor necesidad de llevarlo a
cabo; yo digo, si este es el caso, que es un verdadero ejemplo
de una indefendible complacencia hacia nuestros aliados o
nuestros enemigos. Pero sin hacer más aventuradas conjeturas
acerca de algo que ha preocupado a muchos otros, aparte de mí
mismo, procederé a tratar del punto que, en este momento, me
induce a poner la pluma sobre el papel. Y si no estuviera
totalmente, convencido, de que la siguiente propuesta es tan
beneficiosa como necesaria a Gran Bretaña y también adecuada
para ser intentada ahora, no hubiera hesitado en no decir ni una
palabra concerniente a ella.

Yo, humildemente propongo al Gobierno, enviar, a principios del


próximo Octubre, ocho buques de guerra con cinco o seis
grandes transportes, cuyo total de unidades muy bien podría
conducir 2.500 hombres preparados para desembarcar en
cualquier momento y atacar, o más bien tomar Buenos Aires, que
está situada sobre el Río de la Plata. Estoy convencido que, o
bien no harían defensa alguna o bien, esta sería débil, (1) contra
tal fuerza, porque si solo se tratara de saquear, no dudaría en
hacerlo con solo 400 bucaneros. Pero estoy lejos de pensar en
esto como en una aventura, sino por el contrario, tan pronto como
sea tomada, propongo fortificarla de la mejor manera que el país
permita, porque no hay piedra y los perezosos españoles nunca
han tratado de hacer ladrillos; pero estas deficiencias pueden ser
remediadas en más de una manera y cuando la Plaza esté
fortificada, debería dejarse la más numerosa guarnición que
pueda ser desembarcada, sin debilitar en demasía a los buques
de guerra, ya que los hombres enviados en los transportes, es
de suponer que lo fueron para ser dejados allí. Ahora, para
mostrar la gran importancia de esta Plaza, me encuentro en la
necesidad de hacer una somera descripción del País y el uso que
pueden hacer de él mis compatriotas, si ellos lo desean.

La boca del Río de la Plata está situada a los 35° de latitud Sud
y la ciudad de Buenos Aires se halla en la ribera Sud del río, en
un ángulo de tierra formado por un pequeño riacho llamado Río
Chuelo (Riachuelo). No tiene otra fortificación para su defensa,
que un pequeño fuerte de tierra, rodeado de un foso, que monta
18 ó 20 cañones; la ciudad contiene unas 500 casas habitadas
por un pueblo muy rico, que ha sido tan feliz, como para no haber
sido atacado por ningún enemigo desde que se estableció, lo que
se debe a que está situado fuera de los caminos de todo el
Mundo, como podría decirse, con excepción del de los
portugueses. Toda su fuerza se computa (según Mons. Acárete
du Biscay) en no más de 600 hombres, incluidas las tres
compañías de la guarnición (2).
La fertilidad de este feliz país excede lo creíble. Sus ricas
llanuras, que son las mayores del mundo, de cincuenta y algunas
de 60 leguas de circunferencia, están tan cubiertas de ganado
que no pueden creerlo sino aquellos que lo pueden ver.

Pero para daros una idea sobre la materia, solo mencionaré un


procedimiento que tienen para detener el desembarco de un
enemigo y que es el de llevar un número tan vasto de bueyes,
vacas y caballos hasta la costa, que es materialmente imposible
forzar un camino a través de ellos. Monsieur Acárete afirma que
los habitantes se lo dijeron cuando él estuvo allí (3).
Este autor que acabo de mencionar ahora, sin disputa merece el
agradecimiento del Mundo por su informe sobre Buenos Aires y
los Países entre éste y el Perú, el mejor de los que se conocían
hasta entonces, y por supuesto, tuvo las máximas ventajas para
así hacerlo. Yo siento que algunos puedan objetar, que las cosas
han cambiado mucho desde aquel tiempo, pues el viaje se hizo
a aquel punto, por orden de la corte de España, en el año 1657;
pero yo estuve en Lisboa el pasado verano, en ocasión que tres
buques de guerra holandeses entraron con dos grandes
galeones que habían salido el día anterior de Cádiz con destino
a Buenos Aires, que no habían disparado un tiro contra aquellos
porque tenían un pase de la Reina de Inglaterra y pretendían que
ella estaba obligada a hacer que los holandeses los dejaran en
libertad, para lo cual solicitaban a Milord Gallway les diera pasaje
en los paque—botes para Inglaterra con el objeto de negociar
sus asuntos en la Corte. Durante este tiempo tuve oportunidad
de discurrir con dos de sus pilotos, todos los días; uno de ellos
era griego y sujeto muy sensible, que satisfizo todas mis
preguntas muy francamente; el otro era un vasco y más
reservado, pero en lo principal, confirmaron todos los detalles del
relato de M. Acárete. Pero, ahora, para poner fin a la descripción
de este delicioso lugar, diré que el suelo produce todo lo que
Francia o Italia tienen como vanagloria, en productos de granja y
frutos y, como granos, poseen trigo, cebada, mijo, etc., etc., que
florecen como en la mejor parte. Mi autor va más allá, diciendo
que las perdices son a penique la pieza y que la carne de vaca,
ternera, cordero, liebre, conejo, pollos, aves salvajes, etc., etc.,
valen proporcionalmente y en cuanto a lo saludable del clima que
corona todas las otras bendiciones, no es excedido por nada en
la superficie del globo y por esta razón fue llamada Buenos Aires
o “Good Air” (4).

Esta corta descripción demuestra, suficientemente, la


generosidad, tanto de su clima como de su suelo y estoy
persuadido que puedo fácilmente probar, que la situación, en
relación con el Comercio, de esta Nación, es de la mayor
importancia y que ningún lugar o País bajo el Cielo, es tan capaz
de aumentar el Comercio y la riqueza de Gran Bretaña y esto
puede ser innegable por argumentos que son evidentes por sí
mismos.

Corre una noble carretera de Buenos Aires a la Provincia de Los


Charcos (Charcas) donde se encuentra Potosí y las más
considerables minas y como esta Provincia es la más al Sud de
todo el Reino del Perú, es una consecuencia, que toda Sud
América, puede ser provista de géneros y mercaderías de toda
clase que desee, por este camino, infinitamente más barato que
cualquier otro en uso. Y la razón por la cual los españoles no
hacen uso de él para estos propósitos, se explicará
oportunamente. Pero pienso que no está fuera de lugar que dé a
mis lectores aquí, una relación de cómo era provista de sus
necesidades toda América del Sud, antes de que la guerra
estallara. En primer lugar, las mercaderías que venían de
Inglaterra, eran embarcadas en Cádiz a bordo de galeones, que
las llevaban a Porto Bello, donde eran descargadas y enviadas
por tierra, a lomo de mula, a Panamá y reembarcadas a bordo de
buques en la Mar del Sud y llevadas al Callao y de allí
dispersadas por tierra, otra vez, hacia las diversas provincias de
este vasto continente: de donde, las cargas de exportación
excedían el costo original de la mercadería, en cuatro o cinco
veces. En cambio, desde Buenos Aires, las cargas serían poco
considerables en comparación con las del camino usual; porque
el viaje de allí al Perú, se puede hacer fácilmente en sesenta días
y los caballos y las mulas de transporte, no hay país en el mundo
que esté tan provisto como éste, ya que Perú se provee de estos
animales allí y a través de todo el viaje no pasan el menor peligro
de hostilidad alguna de parte de los indios, porque la Provincia
de Tucamán (Tucumán), a través de la cual pasan, ha gozado de
perfecta tranquilidad desde su primera fundación por los
españoles, haciendo excepción, Salta, cuyos límites caen sobre
el Valle de Calchaquí, que suele ser usado frecuentemente por
plagas de chilenos, razón por la cual las recuas o caravanas de
mulas, que usan estas rutas, nunca se acercan a ella.
Encuentran, además, en su ruta, cada cuarenta o cincuenta
leguas, buenas ciudades como Cordova (Córdoba), St. Yago de
Lestro (Santiago del Estero), St. Michael de Tucumán (San
Miguel de Tucumán) Esseco (Esteco), Xuxui (Jujui), Omaogaca
(Humahuaca), Socchra (Sochoa) y otras, o simples plantaciones
dispersas arriba y abajo del país, que hacen el viaje tan
placentero como cómodo.

Ahora, deseo que el inteligente lector considere la gran diferencia


con la ruta actualmente en uso y para eso propongo dirigir sus
ojos sobre los mapas para ayudarlo a formarse un verdadero
Juicio sobre la materia; debiendo al mismo tiempo recordar los
inconvenientes así como las cargas que significan el entrar todas
las mercaderías a Cádiz, consignadas a firmas españolas para
evitar la confiscación, antes de ser puestas a bordo de los
galeones y los muchos azares a que son expuestas al ser
embarcadas y reembarcadas tan a menudo, aparte del
transporte terrestre, muy frecuentemente de varios cientos de
leguas, antes de llegar al mercado a que están destinadas, lo que
las hace excesivamente caras, pues lo que cuesta 100 libras en
Cádiz debe, por necesidad, ser vendido a mil, para recompensar
a los mercaderes, en grado tolerable, por las cargas y riesgos
que han corrido, así como también, por el largo tiempo por el que
ellos deben desprenderse de su capital. Mientras que para el
viaje a Buenos Aires, cuando las mercaderías puedan ser
transportadas en buques ingleses, si ellas cuestan 100 libras en
Inglaterra, pueden ser vendidas en el mercado por solo 250
libras. El mercader gana considerablemente más por ellas y
puede realizar tres viajes, en el tiempo en que hace uno, de la
otra manera. Y ciertamente, dada la considerable falta que tienen
de estas mercaderías, que tanto necesitan el consumo de ellas,
aumentaría, porque nuestros productos y telas son tan
irrazonablemente caros, por las razones ya mencionadas, y así
los pobres y aún los comerciantes, hacen uso de las telas de
Quito para sus vestidos y solo los mejores usan géneros y telas
inglesas. Pero si de una vez, nosotros podemos fijar nuestro
comercio, por el camino que yo propongo, con seguridad,
arruinaríamos en pocos años, la manufactura de Quito (5).

A pesar de que podría decirse mucho más sobre este asunto, lo


omito en sacrificio a la brevedad. He dicho bastante para aquellos
que son jueces competentes, para quienes escribo. Confieso que
esto es, para mí, artículo de vital importancia para Inglaterra y es
lo que, lastimosamente, estamos queriendo asegurar en esta
costosa y sangrienta guerra. Y si fallamos en nuestro propósito,
adiós manufacturas de lana, etc. Pero si de una vez aseguramos
esto (lo que, si nosotros estamos persuadidos de todo corazón
que debemos realizar, no tengo la menor duda que puede ser
fácilmente conseguido) podríamos gozar, a pesar de ambos,
franceses y españoles y aunque Felipe conserve el Trono de
España, del más beneficioso comercio que nunca hemos tenido
con Sud América, porque Buenos Aires y el territorio
dependiente, proveen muchas comodidades indispensables al
Perú. En primer lugar, todas las muías y caballos que se usan en
la Presidencia de Los Charcos (Charcas); que ellos usan en
muchas ocasiones para llevar primero, el mineral y luego, la plata
de lugar a lugar, provienen de allí (6) y además, ellos tendrían
mucho trabajo para subsistir, yo pienso, en Potozi (Potosí), si no
fuera por la gran cantidad de carne de vacuno desecada, que
también traen de Buenos Aires y de la que depende el pueblo
ordinario para su subsistencia. No puede imaginarse la cantidad
de provisiones de toda clase que son necesarias en las minas y
es necesario tener en cuenta que todas las regiones del Mundo
que producen oro y plata, en cualquier cantidad, están
desprovistas de toda otra producción y son muy insalubres con
excepción de Chile. Pero lo que es aún más importante que todos
los ya mencionados productos, es la yerba del Paragua
(Paraguay) que sólo se encuentra en el país adyacente y
dependiente del Gobierno de Buenos Aires, que es de tan
grandes consecuencias para Perú y Chile, que sin ella les sería
imposible extraer ningún mineral de plata fuera de las minas,
pues los pobres desventurados, negros e indios, que se emplean
para trabajar en ellas, caen prácticamente cada hora, sofocados
por los vapores minerales que aspiran en aquellas vastas
cavernas subterráneas y nada los recobra, salvo un licor hecho
con la infusión de esa hierba en agua caliente, endulzada con
azúcar, que beben en cantidad y que los restaura a su antiguo
vigor. Algunas veces, cuando el caso es muy malo y los esclavos
están casi muertos, antes de poder ser llevados al aire fresco, lo
usan como emético, haciendo una infusión más fuerte, quitando
el azúcar, lo que limpia sus estómagos de las materias ofensivas
y salva sus vidas cuando ya todo es inefectivo. Los habitantes
que viven en la superficie están, también, extremadamente
plagados por las emanaciones del mineral y con sus cuerpos tan
secos, o más bien apergaminados en tal grado, que si no fuera
por el mismo remedio o licor, que chupan todo el día, no podrían
vivir cerca de las minas y aún con todos los cuidados que toman,
sus vidas se acortan extremadamente, pero ¿qué no es capaz
de hacer la avaricia, especialmente de los españoles? En una
palabra, sin esa yerba, las minas serían de poca o ninguna
utilidad y la Provincia de los Charcos (Charcas) muy poco
habitada. Este es el té del país, que están en absoluta necesidad
de tomar no por placer, sino para preservar la vida (7).

Esta hierba es cosechada en el País del Paragua (Paraguay),


cerca de la Ciudad de Asunción, que está situada sobre el Río
de la Plata, a unas cien leguas arriba de Buenos Aires, donde es
empacada y enviada por río a Santa Fé, una pequeña villa, cerca
de ochenta leguas arriba de Buenos Aires y dependiente de ese
Gobierno, donde los mercaderes de Chile y Perú van a
comprarla, cargándola en mulas para regresar a sus respectivas
ciudades. Esta villa de Santa Fe es el único pase por el cual
pueden ir a Perú, pues la gente no debe imaginarse que se puede
tomar y elegir el camino a seguir en estos Países, como se hace
en Europa y, es verdaderamente providencial, que haya un buen
camino a través de este gran País tan pobremente poblado.

Pero supóngase que pudiera hacerse. Esto sería de poca


utilidad, pues siempre volveríamos a caer en Buenos Aires.
Debemos, por tanto, fortificar Santa Fe, que al presente no tiene
más de 60 casas, sin ninguna clase de fortificación y tomar
Asunción, asentando allí una colonia de nuestra propiedad. La
ciudad se dice que contiene alrededor de 400 familias, pero no
está mejor defendida que las otras. Fue establecida por gente
que por su laxitud y mala conducción ha perdido sus fortunas en
Perú y en estos días sirve como retiro para tal pueblo que no
puede vivir sino con los Indios (8). Los alrededores proveen todo
lo necesario para la vida, aún en superabundancia, por cuya
razón, los habitantes son extremadamente perezosos y
descuidan totalmente el comercio, perdiendo su tiempo en fiestas
y tocando la guitarra. Tienen muy poco dinero circulando entre
ellos, cambiando una cosa por otra como los indios. Esta yerba,
les procura vestidos de Buenos Aires, así como otras
mercaderías europeas que ellos necesitan. En síntesis, el País
es demasiado bueno para sus inactivos habitantes. Yo deseo
que mi lector observe que todos los lugares que yo he descrito,
como Buenos Aires, Santa Fe y Asunción están situados sobre
el mismo río y, a pesar que la distancia entre ellos aparece, a
primera vista, como muy considerable, teniendo una fácil y
directa comunicación por agua, el tránsito se hace así más
conveniente que el hacer cincuenta millas por tierra.

Pienso que es realmente obvio para el ojo de cualquiera que, si


podemos establecernos en Buenos Aires, los españoles estarán
en la más absoluta necesidad de abrir su comercio con nosotros.
No está en nuestro poder imponer qué términos deseamos, pero
si no tuviéramos otro camino para obtenerlo, que proveer
nuestras mercaderías tan baratas como las que ellos nos pueden
proveer a nosotros en cambio, aún eso, con un poco de
paciencia, infaliblemente lo produciría. Pero, sin caer en esto,
podríamos tenerlos de una manera a nuestra merced, teniendo
la hierba del Paraguay en nuestras manos.

Pero nosotros tenemos aún otro sistema para con los españoles,
tan poderoso como conveniente, para producir el efecto
deseado, como ninguno de los ya mencionados, el cual es el
proveerlos de negros, en número suficiente y más baratos que
anteriormente. Este es el gran inconveniente con el que han
tropezado, en su trabajo, los españoles en los últimos tiempos,
porque habiendo destruido a los naturales habitantes, están
obligados, ahora, a realizar el trabajo con negros, de los cuales
no pueden conseguir el número que desean y ciertamente, si se
les proveyera ampliamente, podrían obtener, por año, doble
cantidad de plata que la que obtienen ahora. Debe confesarse
que ellos usan todos los medios para obtenerlos. Los genoveses
resolvieron suplírselos a un precio concertado entre ellos, para lo
cual, finalmente, formaron una Compañía llamada Assiento
(Asiento) que tiene sus Factores en Jamaica, Curacao y Brasil y
ruego se considere la prodigiosa vuelta que ellos hacen antes de
llegar a las minas, primero, de Guinea a Jamaica, de allí a Porto
Bello y luego a Panamá, donde son reembarcados a bordo de la
Flota cuando retoma al Callao, lo que significa un viaje de cuatro
meses, por lo menos, porque tienen vientos contrarios en cada
legua de su viaje. Después de estar algún tiempo en el último
puerto mencionado, son puestos nuevamente a bordo y enviados
a Arica, lo que implica un viaje de un mes o algo así y cuando
desembarcan, no tienen menos de 150 millas a las minas. De ahí
que, yo pienso, que esto implica que, finalmente, de los negros
originalmente comprados por los Factores, sólo lleguen a Potosí
o a las minas adyacentes, uno de cada tres. Mientras que los
negros que pueden enviarse desde Buenos Aires, estarían libres
de los inconvenientes que los otros desdichados sufren, pasando
por tantos climas malsanos diferentes y tantos tediosos viajes por
mar, especialmente considerando como están acomodadas
estas miserables criaturas, todo el tiempo, tanto en alojamiento
como en dieta. Pero en el camino que yo propongo, sólo tendrían
un corto viaje por mar, de la costa de Guinea a Buenos Aires,
pudiendo navegar las cuatro quintas partes del viaje con vientos
favorables y cuando desembarcaran, pasarían por uno de los
más placenteros y saludables países del Mundo, aún, de cierta
manera, hasta en la misma boca de las minas, de modo que
puede aventurarse a afirmar que, con un cuidadoso manejo,
podrían no perderse uno en diez. Este solo artículo, es de la más
prodigiosa consecuencia y capaz de convertir a nuestra
compañía Africana en la más floreciente del Reino y debe
confesarse que es la más beneficiosa para esta Isla, de todas las
compañías que han formado nuestros mercaderes, porque una
carga bien surtida para Guinea, consta de ochenta diferentes
productos de los que, por lo menos setenta, son de los
fabricantes y productores de este país y ellos nos traen oro,
esclavos, marfil y madera para tintes, mientras otras compañías,
exportan nuestra plata e importan para nosotros, cosas con las
que estaríamos mejor sin ellas.

Todos saben que nuestra compañía Africana está ahora


prácticamente disuelta, con gran alegría de los holandeses y
franceses y debemos, si no estamos enfatuados, ponerla
rápidamente en mejor pie que antes y no dejar que tan importante
rama de nuestro comercio se hunda, para enriquecimiento de
nuestros vecinos y nuestro propio escándalo. Nada puede ser
más melancólico que el presente estado de nuestro comercio. El
Comercio español, que fue merecidamente llamado el predilecto
y la mina de plata de Inglaterra, se ha perdido finalmente en el
presente y, lo que es peor, ha sido ganado por nuestros
enemigos. El africano, suspendido por el momento, siendo difícil
juzgar la suerte que, finalmente, correrá. En el comercio ruso
estamos fuera, desalojados por los holandeses. Como en
nuestro comercio mediterráneo, tenemos tan pocos buques que
retornan salvos, nos permitimos juzgar que cada año, seremos
perdidosos. No me preocupa mucho en dar mi juicio concerniente
a nuestro comercio con las Indias Orientales, porque nunca he
oído que nadie dijera que nos enriquecemos con él. En una
palabra, nuestro pobre País tiene solo poco que pretender de
nuestro comercio de las Plantaciones [El lector debe recordar
que esto fue escrito hacia el fin de las guerras de la Reina Ana.]
y éste está tan arrasado por los franceses y mal manejado, que
aparece con una complexión enfermiza y, si no se toma más
cuidado, va a contraer consunción. Sé que la respuesta común
es, que la Paz hará que todo retome a sus propios canales, pero
hay gente que ama a su País, tanto como sus otros compatriotas,
que dudan de ello fuertemente, porque saben, por muchos
desastrosos ejemplos que, cuando el comercio, por algún
inevitable accidente o mala conducción, cambia su viejo curso,
todos los esfuerzos de experimentadas e inteligentes cabezas
han resultado inútiles para volverlo a él [Esta es una excelente
observación del autor, y tiene particular relevancia en nuestro
tiempo.]. Por tanto ruego, humildemente, a mis compatriotas, a
quienes la Providencia ha colocado como centinelas para
guardar su comercio y que son liberalmente pagados por el
pueblo, por sus fatigas, a reparar esto, rápidamente, en beneficio
de la Riqueza de su País o a declinar, hábil y honestamente, sus
cargos.
Pero retornemos una vez más a Buenos Aires, ya que antes de
dejarlo debo dar noticia de otra producción que allí abunda: los
cueros. Aunque estos artículos recién se mencionan, después de
tan gran cantidad de otros, si se los examina mejor, se verá que
no son de poca importancia. M. Acárete du Biscay dice que,
cuando arribó allí por primera vez, encontró fondeados en el
puerto veintidós buques holandeses, que tenían a su bordo, uno
con otro, 14.000 cueros cada uno y calculó que dichos cueros
podían cotizarse en Europa a veinticinco chelines la pieza (9). Y
más adelante dice que si hubiera habido cincuenta buques,
podrían haber sido cargados de idéntica manera. Díganme,
pues, si este es un artículo despreciable. Esto ocurrió cuando
Oliver declaró la guerra a España, lo que había puesto tal paro al
comercio entre Cádiz y América, que los habitantes se veían
obligados a comerciar con los holandeses o carecer de toda
suerte de productos europeos, esto era capital para la Ley de
España y el Gobernador, no obstante la necesidad, fue, poco
tiempo después, enviado prisionero a España y todo lo que él
tenía fue confiscado en beneficio del Rey. La corte de España
permitía sólo dos buques anuales de Cádiz a esa Colonia y se
necesita poco esfuerzo para considerar lo que esto concernía al
pueblo, ya que ganaban el doble (negociando con los
holandeses) que lo que ganaban los mercaderes que utilizaban
los galeones, recibiendo, además, sus pagos en mucho menos
tiempo. A menudo se había solicitado a los Ministros de Estado
españoles el enviar por esta vía los tesoros de Chile y Perú y
finalmente abandonar la de Porto Bello, como aparentemente
más expuesta a todos los enemigos, especialmente, desde la
pérdida de Jamaica. La Corte estuvo muy inclinada a aceptar
este consejo, ya que era sensible a la verdad de los argumentos,
y dadas las tristes experiencias tenidas en guerras anteriores,
tanto con los holandeses como con nosotros, pero luego de
examinar la propuesta más detalladamente, la rechazaron,
porque percibieron, claramente, que si abandonaban la ruta
usual, una gran cantidad de ciudades y comarcas que se
hallaban en condiciones florecientes, quedarían, en corto tiempo,
desoladas, ya que dependían absolutamente del pasaje de la
plata y otras mercaderías de Perú y Chile, ya sea a través o cerca
de ellas. Como consecuencia de esto, las otras naciones de
Europa que no tienen tal elección de países para instalarse, se
apoderarían de ellas y se convertirían en vecinos de España más
cercanos que lo permiten sus intereses. Debe admitirse que los
españoles han procedido, en el asunto en debate, con buen
juicio. Pero si cualquier nación en guerra con ellos se apoderara
de Porto Bello y pensara en este camino para impedir que ellos
llevaran la plata del Perú a la metrópoli, se encontrarían
extremadamente defraudados y los españoles se burlarían de
ellos, cambiando rápidamente el curso en el sentido indicado y
cuando la guerra hubiese terminado, volverían al interior, en la
primera ocasión que les fuera propicia. No puedo evitar el hacer
notar aquí, que una gran cantidad de gente se ha equivocado,
como yo, desde el comienzo de esta guerra y que estábamos
plenamente convencidos con la idea de tomar Porto Bello y
Panamá, pensando así encerrar la plata en las minas, porque
con su política, los españoles no tendrían ni negros para trabajar
en ellas ni pasaje para llevarla a Europa (10). No habría perdido
tanto tiempo en mencionar tan débil e inútil proyecto si no fuera
porque no pasa hora sin que se pretenda hablar de este asunto.
Y sólo puede compararse con otro proyecto que hizo mucho
ruído "hace unos dos años, que fue el de armar una pequeña
escuadra de buques, cargarlos adecuadamente para los Mares
del Sud y enviarlos, ahora que estamos en guerra, a comerciar
con ellos. Seguramente, este ha sido uno de los más bajos y
villanos proyectos que jamás se han ofrecido al pueblo. No puedo
perder mucho tiempo en hablar de este asunto, pero haré algo
en favor de algunas personas bien pensantes que mantienen una
demasiada buena opinión sobre este proyecto.

Nuestros mercaderes en tiempos de Carlos II, cuando


estábamos en profunda paz con los españoles, tenían “in mente”
ver, si no podrían procurarse un comercio con ellos en los Mares
del Sud, como el que tenían en el Mar del Norte, desde Jamaica.
Pero ellos no sabían o no habían considerado bien, la gran
diferencia entre las dos costas opuestas, porque la del Norte es
casi toda de tierras bajas y llena de muchos más excelentes
puertos que los que los españoles son capaces de ocupar,
quedando por tanto muchos de ellos, deshabitados, donde
pueden entrar nuestros “sloops” de Jamaica, bastando la señal
usual de un cañonazo para que acudieran los comerciantes
privados españoles, operando con seguridad todo el tiempo
requerido para despachar los negocios y, en caso de no poder
hacerlo, como ocurría a menudo, sólo tenían un corto viaje de
regreso a Jamaica. Mientras que en el lado Sud es toda costa
brava (Iron Coast), como los marinos la llaman y, como el Capitán
Dampier ha observado sabiamente, cuenta con el mínimo de
puertos o radas, de todas las costas conocidas del Mundo y están
todos ellos ocupados y fortificados por los españoles. Estas
cosas, que como os he dicho, no fueron bien consideradas,
hicieron perder a nuestros mercaderes tanto sus buques como
sus cargas. El primero que conozco fue enviado allá, fue el
Capitán Swan con un pequeño buque llamado “Cygnet” con una
carga muy rica en la cual estaba interesado el Duque de York
como aventurero. El Capitán a su arribo, de acuerdo con los
sobre—cargos hizo todo lo que fue posible para realizar una
transacción y ¿cuál fue el resultado? . Los españoles, después
de tenerlo en suspenso algún tiempo, con buenas palabras, a la
espera de poder sorprender su buque, lo cual él tuvo la prudencia
de prevenir, se apoderaron de su bote, mataron a algunos de sus
hombres y tomaron prisioneros al resto. Y fue una gran
providencia que él y todos sus hombres no murieran de hambre,
porque hay que estar muy acostumbrado a estos mares para
saber cómo subsistir en ellos. Y luego de un largo viaje como era
el realizado desde Inglaterra se podía suponer que la tripulación
estaría necesitada de refrescos, pero para su fortuna, navegando
más adelante, a lo largo de la costa, perdida toda esperanza de
comerciar, encontraron finalmente, una compañía de corsarios
que habían llegado a esos mares a través del Istmo de Darién,
bajo el mando de un tal Harris, que había tomado a Santa María
en su camino y encontrado un gran botín de oro, que encantó
tanto a la gente del Capitán Swan, furiosa ya con la pérdida de
sus camaradas, que lo obligaron a entenderse con aquéllos y
convertirse en corsario, lo cual, si bien estoy persuadido que no
era estrictamente legal, preservó sus vidas. Lo que pasó después
lo ha relatado el Capitán Dampier pero el buque y la carga se
perdieron enteramente para los mercaderes.

Esta prueba pudo no satisfacer a todos y los mercaderes


enviaron, nuevamente, al Capitán Strong, con mejores
instrucciones que el precedente e ilusionados con su éxito. Pero
la suerte fue con mucho, lo mismo. Sólo el Capitán Strong, por
rara casualidad, pudo regresar y el relato que hizo
posteriormente, descorazonó a los mercaderes sobre cualquier
intento ulterior. Y ruego se nos deje imaginar que jamás podría
ocurrir de otra manera con un buque que arriba a la Mar del Sur,
luego de un largo viaje, batido por todos los tiempos y sin duda,
con varios de sus tripulantes enfermos. Bien, lo que le puede
suceder es no encontrar puerto para entrar, salvo aquéllos
defendidos por una fortaleza; entonces, el Capitán sólo puede
mandar su bote a tierra con propósitos comerciales y mantenerse
en el mar con su buque, esperando una respuesta. Bien, ¿qué
puede, razonablemente, esperarse de los españoles?
Seguramente, llenos de expectación por la novedad del asunto y
aún sabiendo que es total y directamente contrario a las órdenes
del Rey, el comerciar con nosotros por el valor de un dólar y que
el gobernador de cualquier ciudad perdería infaliblemente su
cabeza por permitirlo, es posible que existiera una gran tendencia
en el pueblo para hacerlo; pero yo os diré, no obstante, que lo
que ellos seguramente harán, es tratar, por todos los medios
posibles, de sorprender vuestro buque o buques y fallando esto,
a alguno de vuestros botes u hombres. Ellos, en cuanto os
descubran en la primera ciudad, enviarán aviso al virrey, que
puede dar órdenes de preparar los navíos del Rey en el Callao
para tomaros y despachar sus órdenes a todo lo largo de la costa
para molestaros todo lo más posible. Entonces, ¿qué puede
hacer un buque mercante en ese caso, que no tiene a Jamaica
para retirarse y no puede hacer mucho más que conseguir agua
dulce sin conocer estos mares muy bien? . Si se decidieran a
usar la fuerza, salvo un milagro, sería de muy poca utilidad,
porque el País está en guardia, en todas partes y hay que
suponer que los buques mercantes no disponen del número de
hombres requerido para tener éxito por esta vía. Así, bajo todas
las apariencias humanas, terminaría tan buena empresa. Y os
ruego, me digáis ¿qué hay de extraño en todo esto? ¿Debemos
nosotros (algo más que los españoles) sufrir que otra nación
comercie con nuestras plantaciones americanas? (11).

Si tenemos mayor éxito en nuestros intentos de comercio en el


Mar del Norte, es debido a las razones ya mencionadas, porque
sus gobernadores nunca lo favorecen, y nos toman en sus
galeras y grandes piraguas (por sorpresa) tantos de nuestros
“sloops” comerciales como puedan. Y, a menudo, nosotros
comerciamos de día y combatimos de noche, con la misma
gente. Pero habiendo tantos puertos inhabitados, es posible
ocultarse y además, Jamaica está muy convenientemente
situada para estos negocios y a la menor noticia de un posible
mercado, salen hacia el punto indicado, desde Port Royal, dos o
tres “sloops”.

Pero en los Mares del Sud, ni teneis puertos amigos para


retiraros ni inhabilitados que sirvan para tal propósito ni cualquier
posible medio de mantener una correspondencia. En una
palabra, soy de opinión que, habiendo una gran cantidad de
villanía escondida en el fondo de este proyecto, debemos
dejarlos a ellos que doren la píldora como les plazca. Pero, si mis
conciudadanos tienen esto en su corazón, como uno podría
pensar que habría poca razón para dudarlo, dejemos que ellos
vuelvan sus pensamientos sobre Buenos Aires o Chile. Pero el
primero debe ser, con mucho, el preferido, por muchas razones:
Porque un viaje a Chile y regreso, puede tomar no menos de
veinte meses y debe pasarse a través de un mar tormentoso y
tempestuoso como ningún otro en el mundo, mientras que al Río
de la Plata, no tomaría ni la mitad de ese tiempo, con todas las
posibilidades de encontrar poco o ningún mal tiempo en todo el
viaje. Segundo: el Virrey del Perú no estaría capacitado para
molestaros en Buenos Aires, antes que hubiérais recibido,
probablemente, un segundo refuerzo o suplemento, pero no con
Chile. Tercero: Estamos más seguros de procurar comercio con
Perú desde aquí (Buenos Aires) que desde Chile, dados los
varios productos que Buenos Aires y el país adyacente ofrecen,
de los que Perú necesita absolutamente y de los que no puede
dispensarse. Existen, además, muchas razones, en mi opinión,
muy convincentes que omito, en beneficio de la brevedad.

Cuando se haya hecho esta adquisición, no habrá que temer el


procurarse habitantes, porque habrá más ocasión para usar el
freno que la espuela. La posibilidad cierta de enriquecerse, la
abundancia y la salubridad del País, serán tan incitantes para un
pueblo empobrecido por una larga guerra y deseoso de
comerciar, que el País se inundaría infaliblemente de habitantes,
de un golpe. Pero debe procurarse observar un mayor orden en
la ocupación de este País que el que hasta ahora hemos
practicado en nuestras colonias de América, que para gran
maravilla del Mundo, han arribado a alguna perfección pero, por
supuesto, esto se debe, en gran medida, a nuestras guerras
civiles, que han hecho que mucha gente adinerada haya huído
allí con sus bienes. Esta fue la razón del apresurado crecimiento
de Barbados y Virginia, nuestras dos más importantes colonias y
por supuesto New England y Pensylvania, que deben su
crecimiento a los sectarios. Me irrita y me preocupa el observar
en nuestras colonias contiguas al continente, esta falta de
previsión; porque estoy seguro que si una fuera atacada por el
enemigo, el Gobernador de la siguiente, a pesar de estar bien
dispuesto, encontraría como la cosa más difícil imaginable, el
juntar 500 hombres para marchar a la ayuda de sus vecinos, a
pesar de que estuvieran seguros de ser ellos los próximos. Hay
solo una pequeña sugerencia que yo deseo hacer, por si se
considera conveniente.

Al poblar Buenos Aires, aconsejo a mi País seguir la política de


los Turcos y hacer que el pueblo tenga tierras en la misma forma
de posesión que sus Timariots, que sólo puede dejarse a los
herederos manteniendo el contrato original, que exige el estar
listos a concurrir completamente armados al punto de reunión
que se indique y servir donde y cuando el Gobierno le requiera.
El número de acres que pueden darse a cada soldado, debe ser
especificarlo después de algunos años de observación. Otra
cosa que debe recordarse es, el nunca garantizar una extensión
demasiado grande a un hombre, porque este es el mayor
obstáculo que puede ponerse para poblar una colonia y es la
verdadera enfermedad que algunas de nuestras plantaciones
sufren, como Carolina, New York y las Jerseys. Tampoco están
Virginia y Maryland libres de este morbo, el cual es ocasionado
por villanos que toman la tierra porque la venta es libre, por poco
o nada, que raramente se paga, con la esperanza de que
aumenten para los nuevos colonos y mientras tanto no se ocupan
de ellas ni de hacerlas útiles de alguna manera a la comunidad.
Estas cosas han hecho un mal increíble a muchas de nuestras
plantaciones, forzando al que llega para establecerse, a irse.

Buenos Aires permitirá estas y mayores restricciones si se creen


necesarias porque los que vengan gozarán de las mejoras ya
realizadas por los españoles sin haber sufrido la fatiga
correspondiente y tendrán tantas otras ventajosas maneras de
hacerse ricos por la situación y las buenas producciones del País
que pueden reconocer, justamente, como un favor, el que se les
permita establecerse y tener razonables extensiones de tierra
garantizadas en equitativas condiciones.

Este País tendrá, en muy pocos años, fondos de su propiedad,


sin oprimir en manera alguna a los habitantes y más que
suficientes para sufragar los gastos del Gobierno, en base a
impuestos, tales como un pequeño derecho sobre los negros
traídos aquí por los españoles, lo mismo sobre la exportación de
cueros y uno muy considerable sobre la yerba del Paragua
(Paraguay), lo que hará que sea una de las colonias menos
cargada de impuestos y, a pesar de ello, una de las más
importantes que Gran Bretaña haya tenido.

Hasta aquí el manuscrito.

A continuación, mostraré cuán razonable es la presente


publicación, de otra manera, algunos podrían pensar que yo
hubiera hecho mejor en haberla sepultado en mi armario. Sin
embargo, consideré que ésta hubiera sido una decisión muy
apresurada. Porque aún admitiendo esta publicación como
precipitada, la pieza, incuestionablemente, está bien escrita y es
de gran importancia pública; por eso podrá considerarse correcto
o equivocado su envío al exterior con respecto a mí, desde un
punto de vista personal, pero es de derecho indiscutible con
respecto a la Nación porque puede hacerse más adelante lo que
no pueda hacerse ahora y ésta servir como guía para la
Prosperidad, la cual, por buenas razones fue rechazada por sus
Padres. Los holandeses hace cuatro o cinco años, enviaron dos
grandes buques a descubrir (no sin éxito) en base a un proyecto
que antes habían dejado dormir sesenta años. Los proyectos de
utilidad pública pueden dormir pero, si ellos duermen en un lugar
público, hay diez probabilidades contra una que, luego de algún
tiempo, despierten. Esta pequeña pieza ahora ante nosotros, ha
dormido ya una siesta de veinte años. Voy a exponer los motivos
que me impulsaron a perturbar su descanso. Si pensáis que son
justos, bien; si no, dejadle dormitar nuevamente.

La guerra en la que estamos empeñados en el presente, la


considero perfectamente justa. Somos un pueblo de
comerciantes en lo que obedecemos en nuestra naturaleza.
Estamos situados en el medio de los Mares, lo que muestra que
la Providencia nos invita a traficar. Nuestros vecinos del
Continente no tienen, por tanto, razón para temernos; por el
Contrario, muchos nos aman. No tenemos pretensiones en sus
Dominios. No somos afectos a conquistas y siempre que nos
metemos en los asuntos de aquéllos que están alrededor
nuestro, es para prevenir que la Fuerza se convierta en Ley, que
el débil sea tragado por el más fuerte y para mantener la Igualdad
de Poder, lo cual es beneficioso a otros en sus efectos, como en
el mantenimiento de aquello que es honorable a nosotros
mismos.

Cuando, por tanto, cualquier Nación que sea, salvaje o


desenfrenadamente trata de perturbar nuestro comercio, nos da
justa causa para atacarla. El comercio concierne al Universo y el
injuriarlo, por presunción o prejuicio, es una ofensa contra la Ley
de la Naturaleza y de las Naciones. Pero en nuestro caso el
comercio es de particular concernimiento. Es a él a quien
debemos si no nuestra existencia, al menos nuestra fortuna y
nuestra grandeza. La Nación que, por tanto, nos perturbara en
este aspecto, mostraría su verdadera intención de arruinarnos y
destruimos. La Prudencia puede, por supuesto, disimular esto
por un tiempo, pero sólo la estupidez puede hacemos dudar de
esto como un hecho. En el presente caso la muy bien fundada
Declaración de Guerra de Su Majestad, muestra plenamente que
nosotros peleamos, Aris et Focis, y [Frase de Horacio que
significa por la religión (ara) y la patria (fuego - lar - hogar).] que
el éxito en la presente disputa determinará, con certeza, si el
Comercio de Gran Bretaña, será libre o no.
Esta guerra, por tanto, no sólo es justa sino razonable, pero es
también justa porque es absolutamente necesaria.

Nosotros no hemos estado enardecidos hasta el punto de tocar


madera al primer intento de injuria que cayera sobre nosotros.
Nosotros hemos estado, hasta ahora, veinte años esperando y si
en ese espacio se hubiese realizado un verdadero esfuerzo para
extinguir nuestros resentimientos (para ello se desarrolló, según
entiendo, alguna guerra fría) ello habría recompensado
totalmente nuestra paciencia. Pero, ahora, es demasiado tarde
para mirar atrás. Nosotros hemos sido compelidos, visiblemente
compelidos, a tomar el recurso de la última Ratio Regun y
debemos esgrimir este argumento hasta conseguir nuestro
objetivo.

No digo esto para agradar a un Partido. Estoy persuadido que lo


que he adelantado debe ser grato a todos los partidos. Al menos,
este es el sentido que todos los partidos afectan tener del estado
presente de las cosas y si en este caso, algún Partido disiente,
ellos son los culpables y no yo. De conformidad con el
sentimiento público, yo he regulado el mío y no hago cuestión
sino que mi razonamiento sea admitido entre los hombres de
Espíritu Público y entonces yo volveré al Punto. Me refiero al
Punto que debe ser conseguido por la presente y justa guerra.
Una guerra, que si necesitara argumentos para demostrar su
utilidad al pueblo, el mismo pueblo los ha provisto. Porque la
espada no fue esgrimida hasta que ellos no estuvieron listos a
romper la vaina en pedazos (a luchar hasta conseguir lo que
deseaban). Déjesenos preguntar qué es lo que ellos esperan.

La más alta autoridad de la Nación nos ha dicho que se espera


que la libertad de nuestra navegación sea establecida, no sólo
más allá de cualquier perturbación sino más allá de toda
cavilación. Esto es lo que se debe hacer (cueste lo que cueste)
para prevenir futuras guerras. Porque si quedara cualquier
posibilidad de disputa acerca de estos, el continuar en un
comercio clandestino con las Plantaciones españolas en tiempo
de paz, que es todo por lo que Su Católica Majestad disputa, no
podría impedirse, pero, nuestro comercio con nuestras
Plantaciones (que los españoles mismos nos admiten como
justificable, mostrando el más caluroso interés), este comercio
que es no sólo beneficioso (lo que ya ha sido dicho) sino de la
mayor importancia para la riqueza y el Poder Naval de este
Reino, podría ser dañado gradualmente y eventualmente,
perdido en su totalidad; yo digo, como un comercio beneficioso.
La libertad de nuestro Comercio es, por tanto, un objetivo, del
cual, como los Lores y los Comunes han afirmado, todo
ciudadano debe estar, en conciencia, convencido que no debe
apartarse. Es nuestro primer y favorito objetivo.
Pero, aparte de esto, cuando el Estado hace una guerra, es como
cuando un hombre privado recurre a la Ley, debe haber costos y
también daños; por otra parte, el conseguir lo mejor puede
significar, como todo premio, el arruinarse. Todos saben que no
hemos negociado sin gasto; que nuestros armamentos, para
reforzar nuestros argumentos, nos han costado dinero y que la
presente guerra no puede alimentarse sin considerables
provisiones. Ahora, si estos gastos acumulados, caen
enteramente sobre nosotros, nos será muy indiferente, aún el
conseguir nuestro gran objetivo, que es navegar en paz hacia y
desde nuestras propias Plantaciones. Esto lo hemos considerado
siempre como un derecho, cualquiera sea el pensamiento de los
españoles y, tirar millones para llevar sus cabezas a una justa
manera de pensar, en tirar más de lo que podemos soportar.
España podría percibir pronto esto y pleitear nuevamente. Esta
es su política. Ella ha conseguido, desde el Tratado de Utrech,
por ser pendenciera, diez veces más que lo que han conseguido
otros pueblos por permanecer quietos.

El peor tratado hecho por España hasta ahora, en toda su visible


apariencia, es el de la Cuádruple Alianza, al que entró a
expensas de Sicilia, pero vemos que lo hizo con vistas, no sólo a
conseguirla nuevamente, sino también a obtener Nápoles como
ganga. Un extraño pero exitoso golpe de política. Así también
Francia ganó, perdiendo Polonia; Stanislaus, por conseguir
Lorena, ha hecho más por su yerno, que Luis XIV por su bisnieto.
Debemos tener cuidado de esos refinados políticos que,
derrotados en el campo, compensan sus pérdidas en el
Gabinete. Pero ¿cómo? Dejándonos algo valioso para conservar
y conservándolo cuando lo hemos conseguido.

Algún hábil partidiario de lo grande, puede decir que yo no soy


político. Exacto. Pero puedo tener sentido común para todo esto.
No estoy hablando sobre negociaciones, sino actuando. Soy tan
poco hábil para la Política, que estoy por no confiar nada en ella.
Es una especie de juego en el que nunca hemos tenido suerte.
En los últimos años nuestros tahúres han superado a los
extranjeros, jugando a las cartas. Pero en esta suerte de juego,
como no se emplea a los tahúres, los forasteros son todavía más
duros para con nosotros.

Yo sé que se ha dicho, aunque no sé donde, que el resto de las


Potencias de Europa, estarían desagradadas si hiciéramos
alguna conquista en América. Pero ¿debe esto asustarnos?
¿Cuál de las Potencias Europeas mostró extraordinaria
preocupación cuando los españoles nos robaron y nos
saquearon? ¿Quién se armó, quién entró en Tratados, para
obtener Justicia para nosotros? . Ninguna Potencia de Europa,
porque su interés era la Paz. ¿Por qué deben arruinarse o entrar
en Ligas, cuando nos hacemos justicia por nosotros mismos?
¿Por qué tenemos que imaginarnos que se unirán a España en
dificultades, cuando no se unieron a nosotros cuando fuimos
injuriados? . Yo garantizo, que si nos volviéramos españoles y
pretendiéramos usurpar la libre navegación de otras Naciones,
que tal Liga podría formarse. Pero mientras nos mantengamos
dentro de los límites de la Razón, nosotros podemos mejor
conquistar como Nación, que saquear como Bucaneros. El resto
de las Potencias Europeas, cualquiera sea lo que pretendan,
deben, secretamente, aplaudir tal conducta. Además, tal
conquista aumentaría el crédito de nuestras armas y el Espíritu
de nuestro Pueblo. Ventajas éstas, ciertas y reales, y distantes
de quiméricas apreciaciones.

Déjesenos recordar nuestra situación cuando tomamos Jamaica


a los españoles ¿Estábamos unidos en nuestro País? No.
¿Teníamos considerables aliados en el exterior? Tampoco. Sin
embargo, conquistamos y conservamos. Pero, se puede decir
que las Potencias Europeas estaban divididas y celosas unas de
otras. Así están ahora y el Gran Mediatriz con toda su habilidad
sólo puede, escasamente, mantenerlas tranquilas. ¿Puede
suponerse, por tanto, que aquéllos que han visto la debilidad del
Emperador, arrojado de Belgrado, escudo de la Cristiandad, por
los Turcos, sin equipar una escuadra, mandar tropas, o suplirlos
de dinero, podrían unirse inmediatamente contra nosotros por
tomar una sola plaza de los españoles? No. Los Estados de
Europa no están, tampoco, ni enamorados de España ni
deseosos de querellar con nosotros. Podemos, por supuesto,
levantar tal espíritu, apareciendo como miedosos de él. Pero si
reasumimos nuestras antiguas heróicas disposiciones de no
cometer errores ni sufrirlos, encontraremos pocas Naciones
dispuestas a provocarnos.

Existe aún otra razón, que debe persuadimos para actuar de esta
manera. Es esta: Si no lo seguimos, tenemos otra vez el recurso
de las Negociaciones. Podemos, bajo los auspicios de un
mediador u otro, caer en el examen de los Tratados, probando
nuestras pérdidas, estableciendo nuestras demandas y así por
una decena de años, mientras los españoles, quizás estén
saqueando. Pero estamos ya realmente enfermos de esta clase
de dieta y sin embargo nos permitimos dudar ante la otra. Por
veinte años hemos tenido Paz sin fin. Permítasenos tener, ahora,
guerra con el mismo propósito. No pienso en una guerra
sangrienta, cruel y sin misericordia. ¡Dios me perdone! Todo lo
que yo pienso es en una guerra en beneficio del Pueblo, por
medio de la cual podemos ganar algo como Pueblo, después de
todo lo que hemos perdido, así como la reputación de saber
como discernirnos y darnos justicia a nosotros mismos.

Nuestros vecinos son capaces de caer en error acerca del


Poderío de Gran Bretaña en tiempo de paz, lo que es cierto
cuando la espada está envainada. Nuestros mas próximos
aliados en el Continente no imaginaron que nosotros podríamos
poner en el Mar tan formidables Flotas. Nosotros hemos
aparecido siempre con brillantez a la cabeza de las
Confederaciones, pero hemos sido aún más terribles cuando
hemos hecho la guerra solos. Hablo de esto en nuestro Honor y
no con vistas a presentarnos como los matones de Europa, como
lo han sido a menudo los españoles y naturalmente están
inclinados a ser. Sólo hablo de esto como de los valientes efectos
de Nacional resentimiento cuando los Derechos no nos son
concedidos sino por la fuerza de las armas. Entonces es cuando
el Pueblo de Gran Bretaña olvida el valor de la riqueza, así como
todo pensamiento de seguridad, hasta conseguir que el Honor
sea recobrado. ¿Y puede tan brava Nación, sentarse después,
como un boxeador, con honor, pero con la chaqueta rota? No,
no; debe hacerlo con finas vestiduras y usándolas. Dejad a
aquéllos que han cometido el error, lamentarse en hábito de
penitente. Pero déjesenos triunfar por la Justicia de nuestra
causa y el Exito de nuestras armas.

Por eso puede que lo mejor sea dar una idea del derecho que
tenemos a alguna satisfacción y también qué clase de
satisfacción debemos tener; déjesenos considerar, brevemente,
qué ha pasado entre España y nosotros desde 1714. Sé que
debe sumariarse; que tal recapitulación debe ser hecha como un
Manual para Reflexiones y que, ahora, todas las diferencias
acerca de medidas pasadas, deben ser enterradas en el olvido,
pero, esto no me concierne. Entro en esta mirada retrospectiva
puramente con el objeto de aclarar mi pensamiento y lo haré sin
hacer ninguna reflexión. Yo desearía que este método fuera
usado más de lo que lo es en el presente, en todos los debates
y en todas las disputas escritas, porque mientras los hombres
claman al Pueblo, intentan, sin embargo, sólo satisfacer sus
prejuicios privados y defender sus intereses personales. Por mi
parte, no tengo la menor conexión con ninguno de nuestros
Partidos. Yo deseo el Bien para todos y no lastimar a los
individuos, por lo que espero que tengan buen oído; porque si yo
digo insensatez, esto significa Insensatez, bien e imparcialmente
y en favor de la novedad, deseando ser oído.

Todo el Mundo sabe que se debe enteramente a Gran Bretaña,


que Felipe V haya sido siempre reconocido Rey de España y de
las Indias (12). El Regente de Francia, a quien sus mayores
enemigos reconocen como el más sabio y discernidor Príncipe,
lo establece en un manifiesto que es la mejor y más auténtica
evidencia. Después de ésto, cuando el Rey Felipe se casó con la
actual Reina, los hijos tenidos de ella poseían sólo un derecho
muy discutido, hasta que por el Tratado de la Cuádruple Alianza,
por pura consideración a la equidad fue, al fin, fijado por el ex—
Rey Jorge I, un Príncipe de incomparables virtudes. Y esto se
hizo, cuando nada había que tomar de España. Cerdeña, estaba
en las manos del Emperador. Sicilia, pertenecía al Duque de
Saboya. El Rey Felipe tuvo la suerte que le permitieran (aparte
de que Su Imperial Majestad estaba agradecido a España por
poseer su título) acceder meramente a un intercambio que no le
costó nada. Había sobrevivido una guerra y como había a
menudo, sucedido antes, el Señor Felipe fue completamente
batido; pero todo fue para su bien y luego de un poco de lucha y
enredos, fue llevado, graciosamente, a aceptar dos o tres
ducados (13).

La danza de Tratados, dentro de la cual fuimos llevados, más


tarde, se debió totalmente a España, donde (excepto mientras
Mr. D. residió en esa Corte) ninguno de nuestros Ministros pudo
nunca encontrar buena acogida. Una dilación tras otra, una
ridícula queja, tomada por los talones de otra, fueron usadas para
mantener la circulación de los tratados, mientras esa Corte, en
realidad, estaba buscando nuevos aliados, con el objeto de que
la apoyaran en sus querellas con nosotros, quienes, cuando
apenas nos convertimos en sus amigos, les rendimos más
servicios que los que todos sus aliados le habían rendido hasta
ese momento y fuimos tan generosos como para no tomar nada
por ello.

Finalmente el Emperador creó la Compañía de Ostende que dio


acogida a las Potencias Marítimas y a España; entonces ella la
aplicó primero contra nosotros para oponerse, como contrario al
Tratado y luego hizo, yo digo, un Tratado con el Emperador para
soportar tal compañía contra nosotros y cualquier otro que
pudiera oponerse. Este fue el famoso Tratado de Viena, seguido
por el de Hannover que nos llevó a grandes gastos.

Cuando, finalmente, estas disputas fueron zanjadas, nosotros


merecíamos, por nuestros francos actos de gentileza haber
ganado la amistad de España. Habíamos asegurado los
derechos revisionarios de Don Carlos antes y ahora lo habíamos
puesto en posesión de sus Dominios Italianos. Cuando estalló la
guerra con el Emperador, permanecimos neutrales y no
habíamos testificado desacuerdo al ver cumplido el Mox Veniet.
Ahora ¿Qué pedimos nosotros por todo esto? Sólo
permanecimos tranquilos. Pero ¿nos fue concedido? No. Los
españoles nos saquearon todo el tiempo. Debe establecerse que
ellos pretendieron justificarse en todo lo que hicieron, alegando
el ilícito tratado. Pero ¿desde cuándo una Corona, especialmente
la de España, hace algo equivocado, sin especificar sus
derechos a hacerlo? Sin embargo, los españoles, forzados por
más plenas pruebas, reconocieron que nuestros buques
mercantes habían sido injuriados en gran escala. ¿Quién puede
disputar que la Nación tenía claramente derecho, no sólo a
reparaciones, sino también a una plena satisfacción por sus
gastos?

Si, como yo he indudablemente probado, nosotros por más de


veinte años hemos estado comprando y pagando por la amistad
de España y nunca la hemos conseguido ¿por qué, ahora, que
todos los Tratados han sido rotos, no conseguimos la devolución
de nuestro dinero o algo en compensación? ¿No es esta una
clara demanda de los mercaderes? ¿No es justa y razonable?
¿No es ésta una Nación correcta y de buena fe en todos los
aspectos necesarios para cumplir cualquier promesa hecha por
nuestra fe? ¿No han sido siempre ejecutadas nuestras
promesas? ¿No ha gozado España en esta hora, de todas las
ventajas? Y en nuestro tumo ¿qué hemos tenido sino Tratados
incumplidos y buenas promesas, que nunca fueron guardadas?
¿No hemos visto esta afirmación hecha desde el Trono, por el
Parlamento ante nosotros y ante todo el Mundo, en la
Declaración de guerra de Su Majestad? ¿Qué duda puede nacer
acerca de que la Nación tiene buenos títulos para reclamar
satisfacción, entera satisfacción (si podemos conseguirla) por los
impuestos a la tierra, a la sal y todos los otros impuestos
inducidos por los españoles, rotura de la Fe y todo lo que hemos
sufrido, además, en nuestro Comercio o en otras cosas, por la
misma causa?

No pretendo entrar en ningún cálculo sobre la suma de lo que


puede llamarse, con propiedad, una satisfacción nacional. No
desearía inflamar el reconocimiento. No soy enemigo de España.
Yo sólo me intereso, como nativo de Gran Bretaña, por mi País.
Recuerdo todos los pasajes que he mencionado y creo que
podría dar una estimación tolerable sobre los gastos
extraordinarios caídos sobre el pueblo británico por muchos
años, tratando con y obligando a los españoles y por los dos
últimos años llevando la guerra a España. Pero sin hablar de
suma en particular, yo presumo, es un decir, que si no obtenemos
satisfacción por ello, el Pueblo sufrirá excesivamente. Y si
tenemos satisfacción, debe venir por el camino que yo propongo.
Porque si España no pudiese, o no quisiese pagar 95.000 libras
cuando con ello puede barrer todos los reclamos por cuenta de
nuestros mercantes, puede estar menos inclinada quizás, por no
estar en condiciones de sopesarlo, lo que puede aparecer debido
a nosotros como Nación y lo que como Nación, al menos como
una prudente Nación, no podemos dejar de considerar.

Las ventajas cosechadas en tiempos pasados de nuestra


amistad con España, fueron por vía del Comercio. Los
inconvenientes con los que nos hemos encontrado últimamente
han sido en cuestiones de comercio. Yo soy, por tanto, de opinión
que la satisfacción puede ser hecha por vía de Comercio, lo cual
me induce a enviar estos papeles al Mundo. De esta manera,
podemos estar a tiempo, con buena conducción entre nosotros
mismos, de repararlo enteramente y, de esta manera, a pesar de
que estemos reparados, no concibo que los españoles serán
perdidosos sino más bien, lo contrario. Estos puntos, una vez
aclarados hasta donde mi capacidad permita, los someteré en su
totalidad al Pueblo, suponiendo así cumplido mi Deber, y así
como sería impertinente entrar en un Plan para la ejecución de
este proyecto, sería criminal no publicar lo que yo sinceramente
creo que contribuye, en tal conjetura, a beneficiar al Estado.

En primer lugar, yo digo, que al hacer un establecimiento en o


cerca del lugar mencionado en el manuscrito, podemos obtener
un tráfico tal que compensará los perjuicios que habremos
sufrido, si ese tráfico se pone bajo una necesaria
Reglamentación. Como, con quien y por qué habremos de
traficar está, en cierta manera, explicado en esta Propuesta. Yo
debo, sin embargo, agregar algunas observaciones. Cuando se
concluyó el Tratado sobre el Asiento, por el cual nuestra South
Sea Company obtuvo el derecho de enviar buques de registro a
esas partes, se habló de que sería una cosa prodigiosamente
beneficiosa a la Nación y una poderosa concesión de España.
Como de público beneficio, yo no diré nada porque, en verdad,
no tengo nada que decir, sólo debo hacer notar que nosotros lo
manejamos extrañamente y que antes que la Compañía hiciera
un chelín de su licencia, algunos subordinados de los diez
Ministros extrajeron miles de ellos. Esta poderosa concesión de
España también llega a algo más que lo que antiguamente
garantizaron a los genoveses y que últimamente han permitido a
los franceses, que manejan el tráfico hacia las Plantaciones
españolas tan indiferentemente que, a la larga, han
sobresaturado el Mercado y no hay ganadores, por tal razón,
entre ellos. Por lo tanto, concluyo que nuestro tráfico está lejos
de ser incompatible con la seguridad de los españoles y que debe
ser regulado propiamente para hacerlo útil a todos (14).

La primera observación obvia cualquiera objeción que pueda


hacerse sobre los celos que tales cosas podrían hacer nacer en
otras Potencias Europeas. Sabemos, suficientemente bien, que
están interesadas en lo que concierne a España y sabemos
porque ellas estarían temerosas de ver los tesoros de Indias, en
otras manos. Pero, en el presente caso, tales temores serían
quiméricos. Tenemos muchas razones para acobardarnos por
atender tales cosas. Nosotros podemos en tiempo de guerra,
pensar en atacar y tomar ciudades españolas y las riquezas que
encontremos en ellas, como los franceses lo hicieron antes con
Cartagena y en la última guerra con el establecimiento portugués
de Río de Janeiro, pero la codicia en las Indias sería tan
irrazonable como impracticable. Tal establecimiento, como yo lo
entiendo, podría, efectivamente, asegurar un beneficioso
comercio legal, que los extranjeros podrían envidiar, pero que no
tendrían derecho a perturbar, como es el caso de la posesión de
Gibraltar o Jamaica.

Los españoles mismos, por más que puedan alarmarse al


principio, encontrarían, gradualmente, muchas conveniencias en
este establecimiento, de las que yo mencionaría dos, que
considero muy importantes. Primero, el Rey Católico podría, por
medio de impuestos adecuados en el comercio interno,
indemnizarse por lo que se paga a la Cámara de Indias por
licencias para comerciar allí y segundo, si se toman las
necesarias precauciones acerca del tráfico en ese lugar, se
pondría fin al tráfico clandestino (lo que es de nuestro interés
tanto como el de ellos) y acerca de la cual se ha hecho mucho
ruido. Nuestros intereses serían de cierta manera, comunes en
esas partes y, consecuentemente, podríamos unirnos para
promoverlo. Yo no digo que Gobernadores intrigantes no
puedan, posiblemente, provocar agitaciones públicas en nombre
del beneficio privado, pero estoy seguro que eso no podría ser
de larga duración, o luego de poco tiempo, de mayor importancia.
El comercio con los españoles de esta manera, sería un comercio
de la misma naturaleza del que estamos autorizados por los
Tratados y aunque pudiera ser aumentado y por nuestra parte,
asegurado por estos medios, aun así podría no convertirse en un
comercio peligroso para los españoles (quienes por pura
necesidad, siempre lo han permitido y no pueden estar sin él) o
alarmar a los otros Estados que tienen Dominios en esa parte del
Mundo, porque no interfiere con ninguno de ellos. Pero no existen
razones para suponer que ambas no puedan ser alegadas. Sin
embargo, espero que los ojos de las Naciones estén
suficientemente abiertos como para no desviarse por tales
pretensiones. Nosotros sabemos cuantos años pretendió España
que nos hacía Justicia, pero pagamos caro por creer en tal
pretensión. Otras Potencias también han pretendido mucha
preocupación por el mal trato que recibimos. Pero, pienso que
hemos recibido muy poco beneficio de tales pretensiones.
Déjesenos, por tanto, dejar de lado, finalmente, todas estas
pretensiones. Déjesenos juzgar fría y equitativamente qué es lo
necesario para nuestro propio interés y permítasenos no ser
desviados de nuestro juicio por ninguna pretensión. Nosotros
tenemos, sin cuestión, un derecho tan bueno como el de
cualquier otra Nación a hacernos justicia cuando somos
injuriados y nadie puede tener derecho a dictamos qué debemos
considerar como Justicia.

Pero no imaginemos que este comercio con los españoles sea la


sola ventaja que pueda derivar de este establecimiento; aparte
de este, hay otros de infinitas consecuencias, algunos de los
cuales, no son mencionados en el presente Memorial.

En el viaje hecho por Mons. Acárete du Biscay, sobre el cual el


autor de este manuscrito habla tanto (que yo para proceder
honestamente, diré que nunca he visto), (15) figura un cierto
inglés que vivió muchos años en España, ganó su pasaje y es el
principal testigo en todo este asunto. Yo tengo su diario y él
contiene una multitud de detalles muy curiosos, por lo cual estoy
inducido a creer que podemos abrir un comercio con las Indias
de grandes ventajas. Esto no debe desagradar a los españoles,
ya que, por larga experiencia saben que estas Indias no
comerciarían con ellos, por lo menos en la forma en que nosotros
pensamos animarlos a hacer. Como, por resentimiento, otra
Potencia podría tomar otro establecimiento en las vecindades de
sus plantaciones, esto, podría, fácilmente ser evitado con
apropiadas seguridades de protección más bien que por
molestias provocadas por la Colonia Británica establecida allí.
Con promesas, yo imagino que siempre encontraremos la
manera de realizar religiosamente nuestros intereses.

Es de desear, por supuesto que, tanto en Europa como en


América, la reputación de la vieja sinceridad británica sea
inflexiblemente mantenida. Esto inclinaría a nuestros amigos y
aliados a correr cualquier azar antes que abandonarnos, como
antes hicieron los aliados de Roma. Esto obligaría a nuestros
verdaderos enemigos a respetarnos y esto, en poco tiempo, nos
llevaría, no a la Arbitraria y Orgullosa Dignidad, fatal a todos los
que han pretendido para ellos la Monarquía Universal sino a la
Superioridad fundada en la Virtud, a una Autoridad basada en la
Equidad y a una duradera y deseada Paz.

Esta es la condición a la cual yo deseo llegar y a la que nunca


llegaremos por los tortuosos caminos de una Política
Maquiavélica. Permítasenos dejar de lado nuestras tantas
divisiones internas, proveer a restaurar nuestra antigua
Integridad y barrer de entre nosotros esa corrupción de la que tan
alto y tan generalmente nos quejamos. Y ahora nos queda, el
recomendar estos y todos nuestros intereses al Supremo Arbitro
del Universo, el Dios de la Justicia y de las Batallas, al cual, luego
de largo sufrimiento nosotros apelamos para la Decisión de
nuestra Causa.

NOTAS

1. Los ingleses siempre tuvieron esta falsa idea, de la que


debieron rectificarse a raíz de las Invasiones a Buenos Aires,
realizadas en los años 1806 y 1807, que, como dice Walter Scott,
no redundaron ni en beneficio ni en honor para el Imperio,
aunque se llevaron el Tesoro de la Capital del Virreinato.

2. Dice Acarette: Los españoles, los portugueses, los hijos de


éstos (de los cuales los que nacen en el país, llámanles criollos
para distinguirlos de los nativos de España) y algunos mestizos,
forman la Milicia que con los soldados de la guarnición componen
un cuerpo de seiscientos hombres, según lo comprobé yo en
diversas reuniones, pues tres veces al año en días festivos
forman de parada, a caballo, a inmediaciones del pueblo.

3. Acarette du Biscay en la edición francesa de 1672, que


tenemos a la vista, dice textualmente:
“Comme jéstois étonné de ce grand nombre de bétail qu ón voit
para la campagne, “il me fut dit qu'il y avoit bien plus de sujet
d'estre surpris de ce qu ils pratiquent “quelquefois quand ils
aperçcoivent des vaisseaux ennemis s'approcher de leurs
costes, & vouloir mettre le monde a terre; c'est qu'ils n'employent
outre defense pour empecher l'entrée de leurs terres à cens
gens—là, que d'assembler & faire avancer vers la marine &
jusque sur la bord de la mer une si grande quantité de ces
taureaux, vaches, chevaux, & autres animaux, qu'il seroit
impossible à des hommes, quand bien ils n'apprenhenderoient
point la fureur de ces animaux, indomptex, de se faire passage
au travers de ce nombre infiny de bestes”.

4. El nombre de Buenos Aires es debido a que los primeros


navegantes españoles llegados a esa región, llevaban con ellos
una imágen de la Virgen de los Mareantes o del Buen Aire que
los había protegido en las largas singladuras. Dicho nombre fue
dado solamente al puerto, pues la Ciudad se llamó de la
Santísima Trinidad. Como el nombre completo del conjunto
resultaba demasiado extenso: Ciudad de la Santísima Trinidad y
Puerto de Santa María de los Buenos Aires, se adoptó finalmente
el nombre que perdura de Buenos Aires para la ciudad y su
puerto. Esto, por supuesto no quiere decir que los aires naturales
no fueran, también muy buenos.

5. Al descubrirse el Plata, la exploración de la región que bañan


sus tributarios se hace, como dice el historiador uruguayo Don
Homero Martínez Montero, “bajo el acicate de una ambición que
alienta los ya conocidos tesoros de Méjico y Perú. América, toda
la tierra que maravilla en sus expresiones pero que alucina más
la bien dispuesta imaginación, es para el hombre de Europa un
depósito total y acaso inexhaustible de metales preciosos que
han de brillar mejor en joyas de tronos y catedrales que en los
brazaletes y collares de los indígenas. Las producciones
autóctonas algunas de las cuales como el maíz, el cacao y la
patata, se extenderán luego por el Mundo con notable incidencia
en la economía de muchas naciones, no cuentan en la primera
hora de la conquista. Por eso, las tierras bañadas por el Plata, no
son más que caminos de tránsito hacia aquellas otras del Perú
que deslumbraron a Pizarro en el trágico rescate de Cajamarca.
Con sus humildes producciones naturales sin valor comerciable,
nada significaba nuestra región parangonada con aquella otra de
los Incas, que elevada a Virreinato en 1543, se transforma en el
centro de la Administración española con jurisdicción hasta el
Estrecho de Magallanes. Lima, la ciudad de los Reyes, se
transforma a su vez en el centro de gravitación del comercio de
esta dilatada división administrativa en que se encuentran hoy
Ecuador, Perú, Bolivia, Paraguay, Argentina y Uruguay”.
Por eso, si hoy parece absurda la ruta a que se refiere el folleto
anónimo que comentamos, hasta fines del Siglo XVI, nada
representaba en el orden económico la región del Plata, con solo
Asunción como centro poblado, ya que Buenos Aires se
reconstruyó en 1580, medio siglo más tarde que Lima.
Con el correr del tiempo aumenta la población, las necesidades
y la producción del Plata. La ruta del Pacífico no se prestaba para
enviar esta última a Europa. Había que pensar en habilitar al
Plata como vía comercial.
Comienza el siglo XVII; el Gobernador Rodríguez Valdez de la
Banda advierte de esto a Su Católica Majestad el Rey Don Felipe
III y un procurador enviado a la corte, trata de poner de relieve el
estado miserable de la Ciudad de Buenos Aires, procurando
mostrar la posibilidad de comunicaciones de España con la
América Atlántica y Meridional.
Adelantándose en muchos años a las observaciones que hace
nuestro autor anónimo decía enfáticamente a S.M.: “Estoy
espantado que ombres muy platicos no ayan advertido a vuestra
Majestad del tiempo y plata que aorra por este Río de la Plata.
Porque desde Potosí aquí ay 400 leguas que las 300 se andan
en carretas sin riesgo ninguno y los portes la mitad menos que
en el pirú”. Hace luego un patético relato de los peligros a que
estaba expuesta la ruta del Pacífico, mucho gastos y tardo andar
dice —30 días de navegación, sólo de Cartagena de Indias a la
Habana donde los convoyes hacían recalada forzosa— el Plata
estaba, en cambio, a 45 días de navegación directa y tranquila al
puerto de Cádiz. La Corte reaccionó, dando la única solución
política y económica posible en esa hora, que era la vinculación
comercial del Río de la Plata con el Brasil, perteneciente a la
Corona española en ese entonces y de producción
complementaria a la platense.
El Rey, aconsejado por fray Martín Ignacio de Loyola, consintió
en otorgar la primera licencia de exportación (1602), con
limitaciones a los frutos de la tierra, a trueque de mercaderías
portuguesas, que venía a ratificar lo que ya había otorgado al
gobernador Don Diego Rodríguez de Valdez y de la Banda. (Ver
Raúl Molina— Las primeras navegaciones al Río de la Plata,
después de la fundación de Juan de Garay (1580-1602).
En las postrimerías del XVI se había autorizado la introducción
de esclavos negros y así se había aumentado la producción de
azúcar, cera y vino, exportándose trigo, sebo y carne desecada
(cecina), invadiendo zonas hasta entonces vedadas y del
predominio de los mercaderes de Lima.
Todo esto insufla optimismo y deseos de progreso en Buenos
Aires que pide ampliación del cupo exportador con alcance a
Santa Fe, Asunción, Corrientes y ¡que se le permita extraer plata
del Perú! Esto en realidad es legitimar lo que ya, en parte, se
hace clandestinamente.
El historiador argentino Don José Luis Busaniche nos dice: “Las
embarcaciones sueltas de piratas y corsarios seguían
frecuentemente el río. No los movía tanto, como pueden
imaginarse el mezquino despojó de bienes personales contra los
pobres habitantes del puerto de Buenos Aires; tampoco tenían
tiempo ni barcos necesarios para cargar cueros en cantidad; les
atraía el oro y la plata del Perú que pudiera llegar hasta las costas
del Atlántico. Los mercaderes mostraban sus mercancías
inglesas, francesas o flamencas a precio muy inferior que los
exigidos en el Perú y los habitantes del puerto sacaban entonces
a relucir la plata pernierà traída del Potosí, casi siempre a hurto
de las autoridades. A veces desembarcaban en la extensa costa
meridional del Plata, adentrándose por la Pampa y encontraban
fácilmente el camino del Tucumán donde nunca faltaba tampoco
la plata del Perú. Realizado el negocio a hurto de las autoridades
o con su beneplácito, volvían cargados del precioso metal por
aquellos desiertos hasta encontrar el barco en el estuario.
Semejante situación no era la más apropiada para abrir
oficialmente un puerto de salida a la riqueza del Perú” (Ver, autor
citado —Historia Argentina—Buenos Aires— pág. 122—23).
La reacción no se deja esperar y la alarma cunde en Lima. Sus
comerciantes piden a gritos, la supresión de la vía comercial del
Plata o su limitación a los ámbitos de la Capital. Sin embargo,
como dice Montero Ríos “los valores intrínsecos del noble río, los
que derivan de su situación dentro de la geografía universal han
sido reveladas y se han impuesto interviniendo en forma
progresiva intensa en las nuevas ordenaciones económicas y
políticas de España”. Por tal razón se considera ya, una injusticia
al atender los reclamos limeños y retrotraer una región próspera
a su antiguo estancamiento. Ya no es posible mantener a
ultranza la vía del Perú en oposición a la del Río de la Plata,
existiendo, por otra parte, razones políticas que abonan en favor
de una mayor atención a la región del Plata. La nueva ruta
comercial hizo que el renglón de vacunos y yeguarizos, cuya
salida al exterior por la vía del Pacífico era impracticable,
aumentara a guarismos impensados. Los cueros se convierten
en una gran industria de exportación y con ellos la cecina que
satisfacía las necesidades alimenticias del Brasil, Cuba y de las
expediciones que iban al Africa en busca de esclavos.
Al cumplirse el año 1608, el término acordado, la franquicia se
extendió por cinco años más y lo mismo ocurrió en 1614. Pero ya
el envío al Brasil de harinas, cecina, lanas y cueros no resolvía
el problema económico del puerto, pues también Brasil los
producía. Era necesario exportar a España. La extracción
ilegítima del oro y la plata del Perú, fue aumentando cada vez
más en perjuicio del puerto, ya que determinaba la imposición de
medidas restrictivas al Comercio.
Desgraciadamente para Buenos Aires, en 1621, fueron
suprimidas todas las “permisiones” y se creó una Aduana seca
en Córdoba (1623), prohibiéndose la entrada de moneda
cualquiera fuera su procedencia, en todo el litoral así como la
salida de cualquier habitante por el Río de la Plata. Pero estas
medidas por duras que parecieron, tenían su razón de ser, desde
el punto de vista de la metrópoli. Busaniche nos dice, al respecto:
“La creación de la Aduana seca de Córdoba, apenas rota la
tregua con Holanda y habida cuenta del sistema implantado por
la metrópoli —sistema común en la época— no era ni mucho
menos un desatino. La política holandesa en la guerra, apuntaba
tanto a la conquista de territorios como a la conquista de riquezas
y de mercados. Y el contrabando ya se había dejado sentir en
Buenos Aires, a tales extremos que las mercaderías introducidas
por el río resistían todos los tributos y cargas y podían venderse
en Tucumán a mejor precio para el consumidor que las llegadas
del Perú. En la Aduana de Córdoba, se impuso un tributo de un
50 % sobre el valor de las mercaderías procedentes de Buenos
Aires, y asimismo, atraídos por el valor de la moneda española,
superior en ley a las extranjeras, los contrabandistas se hubieran
sometido a esas cargas para introducir al Tucumán los géneros
entrados de matute por el río”.
Otro tanto podría argumentarse en lo que respecta a la
prohibición de la moneda. La plata del Perú era muy codiciada
por el comerciante y desde la fundación de Buenos Aires ya se
había hecho notar que el interés de los barcos extranjeros
consistía más que en los cueros y otros productos de la tierra, en
la plata del Perú.
La situación, sin embargo, era insostenible, pues tampoco
España estaba en condiciones de suministrar manufacturas.
Luchando con varias naciones de Europa, su comercio
continental disminuía, se reducía en forma alarmante la
producción y eran ingentes los peligros de la navegación.
Las lamentaciones eran, cada vez, más patéticas y frecuentes y
la miseria se cernía sobre los habitantes del Plata. Pero si bien
ésta podía llegar a que no pudieran asistir a los oficios divinos
por falta de vestidos, el alimento estaba asegurado por las
enormes tropas de ganado que recorrían las pampas y que
proporcionaban en abundancia el alimento natural de ellos: la
carne.
Desde el punto de vista regional es evidente que podía
justificarse que un gobernador escribiera a S.M. “que no había
cosa tan deseada en el puerto de Buenos Aires, como quebrantar
las órdenes y cédulas reales”. La realidad que esta era la forma
de definir una situación creada por circunstancias ya explicadas.
Muchos fueron los gobernadores que solicitaron la apertura del
puerto. Así en 1674, Salazar insiste en ello y acusa a los
mercaderes de Lima de ser opositores interesados en mantener
condenada la entrada natural de la gobernación. Así se
mantuvieron las cosas hasta la firma del Tratado de Utrecht
(1713) de seria incidencia en la vida política y económica del Río
de la Plata.
Con respecto a las muías, éstas se criaban en buenos campos
hasta los dos años y luego eran vendidas a buen precio al Perú,
a donde se conducían en grandes tropas, aclimatándose en el
altiplano para servir en las faenas de las arrias y otros
menesteres. El Padre José Parras que dejó un manuscrito con el
Diario de sus viajes durante los años 1749—53 por el Río de la
Plata, Córdoba, Paraguay, etc., nos da una viva descripción del
dificultoso arreo de una de estas tropas, que encontró “en un
lugar donde se juntan los ríos Tercero y Cuarto y forman el
Carcarañá (Córdoba)”. “A vista de nosotros —este día— disparó
y se desparramó dicha tropa de tres mil mulas y salió dividida en
más de veinte partes pero tuvieron los conductores la fortuna que
eran las diez del día y, ocupándose hasta ponerse el sol pudieron
reunirlas en una manada como antes iban”.
Ver Parras Fray Pedro José de —“Diario y Derrotero de sus
viajes 1749—53— Ediciones Solar—Buenos Aires—1943.

7. Es muy probable que el trato a los nativos que trabajaban en


las minas estuviera por debajo del deseable. La codicia humana,
si no se la contiene, no conoce límites, pero este es un aserto de
carácter universal, por eso nos parece oportuno, para no
olvidarlo, el traer a colación un panfleto publicado más de un siglo
después, en Inglaterra que se refiere al trato inhumano dado en
aquel país a las mujeres y niños que trabajaban en las minas
inglesas y al que corresponderían las ilustraciones que con el
título de aquél, damos al pie:

Este libro intenta dar un resumen de carácter popular de un


informe parlamentario al respecto que fue realizado gracias a los
esfuerzos de Lord Shaftesbury. Da una horripilante descripción
del tratamiento de las mujeres y los niños en las minas y las
ilustraciones añaden fuerza al texto. Se ha dicho que Charles
Dickens rompió a llorar al leer este panfleto. Gracias a los
esfuerzos de Lord Shaftesbury se obtuvo la promulgación de una
Ley, poco después de aparecer el panfleto, prohibiendo el
empleo de mujeres y de niños menores de diez años, en las
minas.

8. El problema de los indios no era tan simple como lo pinta el


panfletista y Santa Fe había padecido las deprecaciones de los
indómitos guaycurúes. Por eso se dolía de su falta de defensa y
de medios para construirlas. Para construir un fuerte solicitó se
le concediera un impuesto sobre la yerba que pasara en tránsito
por la villa, lo que le fue concedido por Real Cédula, en 1726.
Pero los traficantes eludían tal impuesto, utilizando la vía fluvial.
Por ello, los santafecinos pidieron al Gobernador de Buenos
Aires que se hiciera obligatorio el desembarco en dicho punto,
como se hacía anteriormente, pero éste, aconsejado por
interesados comerciantes de yerba de la ciudad, no accedió a tal
pedido. Finalmente, en 1739, la Audiencia de Charcas, ante las
repetidas instancias de los santafecinos, falló declarándola
“puerto preciso”.

9. Acarette dice: “Los veintidós buques holandeses que


encontramos en Buenos Aires a nuestra llegada estaban
cargados, cada uno, con trece a catorce mil cueros de toro, cuyo
valor asciende a treinta y tres mil quinientas libras esterlinas,
comprados como fueron, por los holandeses a siete u ocho reales
cada uno.

10. Sobre los planes ingleses para el dominio del Caribe, es de


suma importancia la obra del distinguido historiador español, Dr.
Juan Manuel Zapatero, editada por el Instituto de Cultura
Puertorriqueña, bajo el Título de “La Guerra en el Caribe en el
Siglo XVIII” —San Juan de Puerto Rico, 1964—.
El plan, evidentemente, no podía consistir solo en dominar la
antigua ruta de los galeones y sus bases, pues como dice el autor
del panfleto, la “ruta de la plata” del Perú, podía cambiarse
derivándola al Río de la Plata. Por eso el plan tenía como final
objetivo el dominio mismo del Perú, como se consigna en la cita
documental de la declaración del espía de Jamaica, que sirve de
exordio al Capítulo “Cartagena de Indias en el Siglo XVIII” del
libro del Dr. Zapatero, que nos permitimos transcribir:
“Que esta Plaza —Cartagena de Yndias— la tiene por importante
la Nación Ynglesa, pues tomada esta Plaza, cogían la Llave del
Reyno p.a apoderarse de sus minas y posesionarse del Chocó
entrando por el Atrato, y tomando luego a Portovelo, atacar a
Panamá, y q. e p.a ser conducidos al Chocó confían en los
Yndios del Darien, y de los Yndios Mosquitos, p.a ser dirigidos a
atacar por ambas partes a Panamá, logrando luego con facilidad
introducirse en el Perú. ...”
Existe una gran cantidad de folletos editados anónimamente en
Inglaterra el Siglo XVIII sobre esto y los eventuales derechos que,
según los desconocidos autores, tenía ese País para actuar en
las Indias Occidentales y en América. De entre ellos hemos
elegido uno, del cual damos el título, por lo curioso del mismo y
porque su longitud nos ahorra la lectura del texto para conocer
su contenido. Es el siguiente:
The British Sailor's Discovery: Or the Spanish Pretensions
Confuted. Containing A short History of the Discoveries and
Conquest of Spain in America, With a particular Account of the
illegal and unchristian Means they made use of to establish their
Settlements there: Proving that the sovereign sole Dominion,
claimed by the Crown of Spain to the West—Indies, is founded
upon an unjustifiable Possesion; whilst the Rights and
Possesions of the British Subjects in those Parts are both
agreeable to the Law of Nations, and Principles of Christianity.
That America was discovered and planted by the antient Britons
300 Years before Columbus conducted the Spaniards thither;
with the Causes of their After—hatred to the English: And several
very remarkable Instances of the Treachery and Cruel ty toward
us, in order to discourage ans obstruct our farther Discoveries
and Settlements … An exact Account of the Number of Ships,
Men, &c. employed in the grand intended Invasión in 1588. Also,
The Declaration of War against Spain by Oliver Cromwell in 1655,
translated from the Latin original; wherein the English Right to the
West-Indies is plainly demostrated .... The whols concluding with
Reflections on their former and late Conduct. . ., First Edition, 8°,
London, for T. Cooper, 1739.
O sea: “Los Descubrimientos de los Marinos Británicos: O las
Pretensiones Españolas refutadas. Conteniendo una corta
Historia de los Descubrimientos y Conquistas de España en
América, con un Detalle Particular de los Medios ilegales y
anticristianos que usaron para establecer sus Colonias allí:
Probando que el solo Dominio Soberano reclamado por la
Corona de España sobre las Indias Occidentales se funda en una
Posesión injustificable, mientras los Derechos y Posesiones de
los Súbditos Británicos en esas partes son agradables tanto a la
Ley de las Naciones como a los Principios del Cristianismo. Que
América fue descubierta y asegurada por los antiguos Británicos
300 años antes que Colón condujera allí a los Españoles con las
causas de su renovado odio a los ingleses: varios casos muy
especiales de Traición y Crueldad contra nosotros, con el objeto
de descorazonar y obstruir posteriores Descubrimientos y
Establecimientos nuestros… Un Detalle exacto del Número de
Buques, Hombres, etc., empleados en la gran Invasión intentada
en 1588. También la Declaración de Guerra contra España por
Oliverio Cromwell en 1655, traducida del original en latín, donde
se demuestra plenamente el Derecho inglés a las Indias
Occidentales… en concluyendo finalmente con Reflexiones
sobre su anterior y última Conducta. 1a Edición in 8o, Londres,
por T. Cooper (Editor) 1739. El folleto es como se ha dicho, de
autor anónimo.

11. Es lógico que así ocurriera. El autor del panfleto debía


conocer muchos antecedentes al respecto. Nos parece muy a
propósito transcribir parte de un documento muy anterior, que se
encuentra en el Archivo de Indias de Sevilla titulado “Relación
muy circunstanciada de avisos de corsarios que tuvo el Virrey del
Perú, de la entrada que hicieron en la Mar del Sur por el Estrecho
de Magallanes en el año de 1599, etc., etc., que dice así:

“En 6 de Diciembre tuvo el Virrey cartas del Gobernador del río


de la Plata escritas en 24 de Agosto y 1o y 9 de Septiembre del
año pasado de 99, con aviso que a los 29 de Julio de el se habia
descubierto desde el Puerto de Buenos Ayres un Navío a la vela
de mayor porte de los que suelen ir a el, y que llevaba delante un
baxel sondando el río y entendiendo que era de Sevilla o de
Negros embio el Governador “algunas personas a el, y hallaron
ser de Flamencos de Astradama (Amsterdam) de Olanda, y que
trahia mercaderías de su tierra para rescatar y vender, y
habiéndoselos dado a entender que había prohivición de S.M. y
que no trayendo licencia suya o registro no podían hacerlo, y que
juntamente para asegurarlos y que no fuese se les dijo, que
avahasen la ropa y la echasen en tierra, y que se les compraría,
y “con eso se desembarcó el Capitán con algunos Flamencos, y
llevo a tierra una barcada de ropa, y diciéndoles que fuesen
sacando la demás respondió, que en venciendo aquella iría
desembarcando mas y viendo el Governador que con esta
ocasión se escusaba despues de haberle persuadido algunas
veces la echasen en tierra toda, y vio que no lo quiso hacer, le
prendió con los demás Flamencos, que serían 8 ó 9, y viéndose
el Capitán oprimido escrivió a los del Navio, que le embiasen las
mercaderías y no lo quisieron hacer, antes detubieron 3 hombres
de la tierra, que fueron con la carta, y dispararon una pieza en
señal de quererse hacer a la vela sin aguardar más y el Capitán
volbio a escrivirles con tres Yndios para que no se fuesen y
sacasen la ropa en tierra, pues se daría buena salida a ella, y
tampoco lo quisieron hacer y detubieron asi mismo los Yndios en
el Navio, y dispararon otra pieza, y finalmente se detubieron en
esto hasta 5 de Septiembre que se fue el Navío, haviendo dejado
los Españoles e Yndios que habían detenido y su Capitán y
demas Flamencos que habian desembarcado con el, y otros 3
que le cogieron en otro parage a 6 leguas del Paraguay haviendo
ido a tierra con la barca a los 15 de Septiembre. El mismo
Governador del rio de la Plata dio aviso de haberlo tenido del Rio
Genero (Río de Janeiro), que a los 10 de Hebrero del propio año
(1600) habian llegado “a aquel puerto 4 Navios Flamencos que
decian que iban a la Yndia por mandado de Dn. Manuel, Rey de
Portugal etc. etc.”.
Como puede verse las cosas no habían variado a más de un siglo
después, siendo los procedimientos utilizados propios de la
época y las circunstancias en que se vivía.
El primero de los navíos nombrados, aunque no se cita su
nombre en el documento, era el “MUNDO DE PLATA” cuyas
aventuras, o más bien dicho, desventuras, se narran en un libro
que apareció traducido en Buenos Aires en 1945 bajo el signo
del Editorial Huarpes (OTTSEN HENRICH — “Corto y verídico
relato de la desgraciada navegación de un buque de Amsterdam,
llamado el Mundo de Plata, el cual después de reconocer la costa
de Guinea fue separado de su Almirante por el temporal y
después de muchos peligros cayó finalmente en manos de los
portugueses en la Bahía de Todos los Santos donde fue
completamente saqueado y destruido, ocurrido desde el año
1598 hasta el de 1601. Con prólogo y notas de Armando Tonelli).
Las mercaderías desembarcadas, que quedaron en poder del
Gobernador, constan en los libros reales correspondientes al
Movimiento portuario de este año, figurando el 29 de Julio con un
valor de exportación de 44.640 reales de plata, siendo los
derechos pertinentes de 14.880 reales de plata, con la
observación de se apresó parte de la mercadería al “Mundo de
Plata” por el Gob. Don Diego de Valdez (Ver Raúl Molina “Las
primeras navegaciones del Río de la Plata” Rev. Historia N° 4 —
Buenos Aires).

12. Es una manera muy particular de presentar los hechos. En el


año 1700, Luis XIV reconoce como Rey de España a Felipe de
Anjou. Esto no era del agrado de Inglaterra que, con otros países,
constituye el 7—IX—1711 la Gran Alianza que incluye a Austria,
Holanda y Dinamarca y a la que se unen posteriormente,
príncipes alemanes, Portugal y Saboya que apoyan al
Archiduque Carlos, segundo hijo del Emperador Leopoldo y a
quien había cedido éste sus pretendidos derechos. Los aliados,
lo proclamaron Rey de España en Viena. Esto originó la larga
Guerra de Sucesión que duró doce años y en la que, aunque los
ingleses comenzaron sufriendo, a las órdenes de Bembow, una
derrota en el mar, les sirvió para aprovecharla a sus anchas,
apoderándose de Gibraltar y Menorca y apresando parte de los
galeones de la Flota de la Plata de las Indias, en Vigo. Según
Claude Farrere (Histoire de la Marina Française) Rooke llevó a
Inglaterra más de 1.200.000 Libras esterlinas. Como recuerdo de
esta rapiña se acuñaron allí las medallas que se muestran en la
ilustración con la efigie de la Reina Ana y la inscripción “Vigo”. En
cuanto a Gibraltar, cabe observar que, como dice el Almirante
Guillén, pasó a manos inglesas por el patriotismo sin escrúpulos
del mismo Almirante Rooke, que habiéndolo tomado en nombre
del Archiduque Carlos, arrió luego su bandera e izó la inglesa,
proclamando a la Reina Ana. Esta nueva expoliación fue
aprobada, traicionando a los aliados que, en Lisboa, (1703),
habían estipulado no anexionarse ningún punto o plaza. (Ver
“Historia Marítima Española” del Alte. citado).
Las cosas cambiaron cuando el Gobierno de Inglaterra pasó a un
gabinete Torie (conservador y partidario de la Paz). La muerte
del Emperador José, el que sucedió su hermano, el Archiduque
Carlos, hizo que Inglaterra y Holanda temieran que, si triunfaba
el Archiduque, se restableciera el Imperio de Carlos V y
concertaron entonces el armisticio y la Paz de Utrecht (11—IV—
1713). El nuevo Emperador continuó la lucha un año más, hasta
la Paz de Rastad (1714). El general francés, Duque de Berwick,
asaltó Barcelona, que estaba por el Archiduque, en Septiembre
de 1714 y en Julio de 1715 se rindió Palma de Mallorca, último
baluarte de los austríacos, terminando la Guerra de Sucesión.
Francia quedó esquilmada (y perdió gran parte de su flota).
España perdió sus dominios europeos y, como hemos dicho,
Gibraltar y Menorca, que pasaron a manos de Inglaterra, más
ciertas ventajas comerciales en América. Los Países Bajos,
Milán, Nápoles y Cerdeña fueron adjudicados al Emperador y
Sicilia al Duque de Saboya. Puede decirse que España perdió su
categoría de Potencia de primer orden.
En cuanto se refiere al Río de la Plata conviene hacer notar, que
Portugal vió la oportunidad de sacar mejor partido apoyando al
Archiduque y firmó tratados secretos con los enemigos de Felipe,
según decían, “para apoyar a la ínclita Nación española a sacudir
el yugo francés y colocar en el real trono de su monarquía al Rey
Carlos III”. Este apoyo, por supuesto, no era gratuito pues, en
pago de su deslealtad a España, Portugal recibiría territorios de
Galicia y Extremadura y “as terras situadas na márgen
septentrional do Río da Prata que servirá de Límites a los
dominios de Portugal e Espanha na América”. Tampoco
Inglaterra estuvo ausente en esto, pues como dice el historiador
portugués Don Alfredo Pimenta, citado por Busaniche, “El Rey
Pedro, muy hábilmente comenzó a deslizarse hacia la posición
que más le convenía y firmó el famoso Tratado de Methwen que
convirtió a Portugal en factoría de Inglaterra”. Pinheiro Chagas,
al hablar de dicho Tratado, manifiesta que fue una completa ruina
porque puso a su País a depender indirectamente de Inglaterra.
También Inglaterra apuntó a la América Española, o más bien
dicho, al monopolio comercial de España en América que tanto
deseaba y así consiguió introducir su comercio negrero,
mediante concesión que obtuvo para la Compañía Inglesa del
Mar del Sur (Tratado del Asiento) al que se le agregó el favor del
“navío de permiso” 500 toneladas que dicha compañía podía
fletar desde Inglaterra para vender mercancías libres de todo
derecho en los puertos del Atlántico, en especial Porto Belo y en
la época de las ferias americanas. Claro está, que las 500
toneladas del navio de permiso, habrían de aumentar
gradualmente, siendo la concesión una simple pantalla para
desarrollar un contrabando mayor.
13. Todo esto ocurrió durante la privanza de Alberoni, quien sirvió
los propósitos de Isabel de Farnesio que ambicionaba obtener
tronos para sus hijos. Alberoni también se propuso servirse de
España y de la ambición de Isabel para arrojar fuera de Italia, su
Patria, a los alemanes, a los que odiaba y a quienes tildaba de
raza infame. Su patriotismo resultó funesto para España, pero
cabe recordar que, para asegurarse la neutralidad de Inglaterra
le concedió ventajas comerciales que influyeron negativamente
en el comercio español en América (14—XII—1715).
Posteriormente, luego de la Conquista de Cerdeña y de casi toda
Sicilia, se formó la Cuádruple Alianza, de la que formó parte
Inglaterra, de resultados desastrosos para España con la
consiguiente expulsión de Alberoni. Al suscribir Felipe V el
Tratado de la Cuádruple Alianza (17—II—1720) ratificado en La
Haya, por el que se abandonaban todas las conquistas, obtenía,
en cambio, la promesa de los ducados de Parma, Plasencia y
Toscana, para el Infante Carlos, Hijo de Isabel de Farnesio, si
morían sin sucesión masculina sus poseedores.

14. El Tratado del Asiento de negros fue un negocio de suma


importancia para el Río de la Plata. Su objetivo era, sin duda,
romper el monopolio de España en América. España firmó con
Inglaterra cuatro tratados en 1713, ya que la concesión del Navío
de Permiso se estableció por el de 13 de Marzo y el 26, se firmó
el Tratado del Asiento de Negros, el 27 el Tratado de Paz y
Amistad que afecta al interior, firmándose los otros dos, el 13 de
Julio y el 9 de Diciembre.
En el del Asiento se establecía que Inglaterra podría introducir en
las Indias Occidentales, durante treinta años, 4.800 negros de
ambos sexos y de todas las edades, por año, lo que hacía un
gran total de 144.000 negros. La cuota anual correspondiente a
Buenos Aires, era de 1.200, de los cuales 400 debían destinarse
al interior y Chile.
En el Tratado del 27, se disponía, como una necesidad inherente
a la distribución de esas “piezas”, la cesión a la Compañía del
Asiento de una fracción de terreno, donde pudieran refrescar y
guardar en seguridad a los negros. Esto, además de constituir un
comercio, poco apetecible era, sin duda, un foco de contrabando
que acabó incidiendo en la moral de los habitantes, desarrollando
un espíritu de contravención dañino al Estado. El Tratado del 9
de Diciembre, ratificaba el anterior de Paz y Amistad que no
había tenido ni tuvo efectividad en América.
Los otros Tratados aseguraban la posición política de Inglaterra,
estipulándose la incompatibilidad de las coronas
españolas y francesa en la misma persona y la sucesión
hereditaria de Gran Bretaña en la descendencia de la Reina Ana,
en la electriz viuda de Brunswick y de sus herederos en la línea
protestante de Hannover.
El Asiento ocupó en Buenos Aires, primeramente, el lugar
conocido en la actualidad como Parque Lezama y posteriormente
la actual Plaza Retiro que, por tal razón se la llamaba en el siglo
XVIII, el Retiro de los Ingleses.
Quizás tal instalación no hubiera tenido la incidencia que tuvo
sobre el monopolio español, si no hubieran ocurrido otros hechos
que los complementaron, tal como el afianzamiento de Inglaterra
en la orilla oriental del río, en forma indirecta. Como hemos dicho
en otra Nota, Portugal, al adherir a la Alianza contra Felipe V y
Luis XIV, reclamó beneficios a la firma del Tratado de Utrecht. En
realidad, por el Tratado de Methwen, era Inglaterra quien
aconsejaba en tales casos y aprovechando esta oportunidad,
hizo hincapié en la devolución de la Colonia del Sacramento a
Portugal. Así, en el Convenio firmado entre Inglaterra, España y
Portugal el mismo año de 1713, se estipulaba tal entrega, que
fue afianzada y aumentada en 1715, año en que el Rey de
España declara que:
“No solamente volverá a S.M. Portuguesa el territorio y Colonia
del Sacramento, situada en la orilla septentrional del Río de la
Plata, sino también cederá en su nombre y en el de todos sus
descendientes, sucesores y herederos, toda acción y derecho
que S.M. Católica pretendía tener sobre dicho territorio y colonia”.
Portugal se obligó por ello a devolver las plazas españolas que
había ocupado, tales como Alburquerque, Puebla de Sanabria,
etc.
En realidad, aunque en forma deleznable, el Asiento y sus
derivaciones, ayudaban a solucionar el urgente problema
económico que creaba el puerto cerrado, pero no tuvo mucha
duración.
En Nota (13) comentamos las incidencias provocadas por el
segundo matrimonio de Felipe V con Isabel de Farnesio. Sus
ambiciones terminaron con el destierro impuesto a Alberoni y la
incorporación de España a la misma Cuádruple Alianza que
había derrotado. Sus efectos del conflicto en el Río de la Plata
fueron notables: El comercio de negros y su contrabando anexo,
quedaron suspendidos, los portugueses reiniciaron sus
tentativas de ampliación de fronteras, hacen su aparición en la
zona los piratas franceses. En 1718, se ordena la confiscación
de todos los bienes del Asiento y se ordena fortificar Montevideo
en prevención a un posible golpe de mano de los ingleses.
Firmada la Paz en 1720, los Virreyes de Perú, México y Nueva
Granada, reciben orden de devolver a los ingleses todos los
efectos y bienes conquistados durante la guerra. En 1725, insiste
la Farnesio, comprometiendo la paz con Inglaterra, al firmar el
Tratado de Amistad con Austria, que provoca la unión de aquélla
con Francia, Prusia y Holanda (Alianza de Hannover), ratificando
el Tratado de Utrecht e iniciando una guerra latente de estas
últimas contra Austria y España. En esta época, se producen los
intentos de reconquista de Gibraltar por España y el fallido
ataque a Porto Belo por parte del Almirante Vernon.
Su incidencia en el Río de la Plata fue la de que su Gobernador
recibiera una Cédula Real donde se le ordenaba la inmediata
supresión del Asiento de negros establecido por los ingleses. Por
suerte, la guerra no duró mucho y España salió de ella con honra
pues, aunque no consiguió rescatar Gibraltar, obtuvo serias
ventajas en la guerra marítima. Luego de formuladas las
convenciones preliminares de paz en 1727 éstas se vieron
ratificadas en el Tratado del Pardo (1728). El Tratado posterior,
conocido como de Sevilla, (1739), de Paz, Unión, Amistad y
Defensa Mutua entre las Coronas de Gran Bretaña, Francia y
España, ya exceden al período tratado en el panfleto comentado,
editado en 1731.

15. En las ilustraciones se da un fascimil de la 1a hoja de la


edición francesa de 1672 del diario de Mr. Acarette du Biscay.

ADDENDA:
Es interesante transcribir un juicio del enjundioso trabajo del
[Link] “Gran Bretaña y Argentina en el Siglo XIX” ([Link]-
Solar, 1968), pág. 73, que dice: “la transformación de Buenos
Aires fue, en general, ordenada y racional. Algo de esto ha de
atribuirse a las medidas ilustradas y pertinentes del gobierno
virreinal, que era cualquier cosa menos la opresora e
incompetente tiranía que se pintaba en la propaganda británica y
en la propaganda popular argentina”.
También se considera de sumo interés, para dar una idea de la
importancia que podía significar el solo centro minero de Potosí
(Nota 5), citar el dato consignado en el último trabajo del Capitán
de Navio Cont. (R.S.) D. Humberto F. Burzio “Manifiesto de la
plata extraída del cerro de Potosí, 1556—1800” Academia
Nacional de la Historia — Buenos Aires — 1971, que hace
ascender el valor de la misma a la suma de [Link] de
$ m/n ó [Link] pesos (Ley 18.188), lo que haría un
promedio anual de [Link] $ m/n.-
Proyecto de Roberto Hodgson para atacar la América
Española.

Presentación
Robert Hodgson “el mozo”, hijo de Robert Hodgson “el viejo”,
nació en Inglaterra en 1715. Entre 1746 y 1749 se educó en la
Academia Militar de Woolwich donde obtendría el título de
Cadete del Regimiento Real para luego trasladarse a la Costa de
Mosquitos donde su padre se desempeñaba como
superintendente.
En 1766 contrajo nupcias con Elizabeth Pitt, asegurando así una
alianza con su suegro William Pitt, antiguo gobernador de la isla
Bermuda y uno de los primeros pobladores de la Costa de
Mosquitos. Fue padre de tres hijos, una mujer y dos varones; sólo
se conoce el nombre de estos últimos: Robert Hodgson III y
William Pitt Hodgson.
Amasó un gran poder y fortuna desde una pequeña porción
territorial del Caribe continental: la región de Blueields. Fue
poseedor de una amplia servidumbre y propietario de más de 200
esclavizados. Llegó a tejer una diversa e importante red de
contactos comerciales en las áreas circunvecinas a su residencia
y en otros núcleos vitales para el comercio atlántico como
Filadelfia, Nueva York, Boston, Kingston, Londres y de forma
clandestina con ciudades como Guatemala, Mérida, La Habana,
Santo Domingo, Portobelo y Cartagena. Su poder logró recalar
fuertemente en el pueblo miskito llegando a convertirse en una
suerte de caudillo de aquellos indios, hecho que despertó entre
la monarquía británica el recelo y la necesidad de diezmar su
poder a manos del gobernador de Jamaica William Trelawney.
Poseyó embarcaciones que dedicó al transporte de mercancías
de contrabando para sus clientelas españolas y sería en una de
estas jornadas comerciales en 1783, donde caería preso a
manos de la oficialidad de Cartagena y donde sus papeles serían
confiscados. Fue remitido como prisionero a Cartagena y tiempo
después trasladado a Santa Fe. Debido al gran influjo que tenía
entre los indios miskitos, la Monarquía Hispánica optó por
reclutarlo en 1784 para que contribuyera con la pacificación y
posterior dominación de aquellos indios y por lo tanto, usurparles
a los británicos el dominio de la región. Fue entonces gracias al
ministro José de Gálvez que se le asignó el título de coronel.
Robert Hodgson, quien además era protestante, falleció en la
ciudad de Guatemala el año de 1791. Su cadáver fue enterrado
en el campo.
Los Papeles de Roberto Hodgson son un legajo de documentos
que hoy reposan en el Archivo General de Indias y pueden
ubicarse bajo la signatura: Santa Fe,758B. Se trata de un legajo
constituido por cerca de 500 folios que, en realidad, son una
copia traducida al castellano de los escritos en lengua inglesa
pertenecientes a quien fuera el Superintendente de la Costa de
Mosquitos.
Antonio Caballero y Góngora, arzobispo virrey del Nuevo Reino
de Granada, solicitó a tres oficiales de la ciudad-puerto de
Cartagena la misión de traducir todos los documentos. Se sabe
que la mayoría de ellos fue traducida por el administrador de
correos de Cartagena don Joseph Fuertes y que los demás
aportes a la traducción fueron encargados al teniente coronel don
Basilio Gascón y al renombrado ingeniero militar don Antonio de
Arévalo.
Al parecer, la traducción de los documentos de Robert Hodgson
fue terminada para mediados de 1784 y tiempo después fue
remitida por el virrey del Nuevo Reino de Granada al Consejo de
Indias. Ese mismo año, según lo informó el propio Antonio
Caballero y Góngora, todo el legajo traducido iba acompañado
de planos y croquis trazados por Robert Hodgson durante los
años en que se desempeñó como Superintendente, Agente y
Comandante en Jefe de la costa de Mosquitos bajo las órdenes
de la corona de Inglaterra. Dentro de este enorme legajo se halla
un documento con el título
de Proyecto de Roberto Hodgson para atacar la AméricaEspañ
ola. Tal documento es un valioso testimonio que permite hacer
una aproximación al mundo de las ideas concebidas por hombres
del siglo XVIII con una acérrima voluntad de servicio hacia sus
respectivas coronas.
Aunque no fue un caso único durante el período colonial, las
ideas plasmadas en el Proyecto de Robert Hodgson evidencian
ese complejo entramado de las constantes pugnas “multi-
imperiales” por el dominio territorial y marítimo que tuvieron lugar
tanto en el Golfo-Caribe como en otras regiones del continente
americano; pugnas que se recrudecieron inevitablemente debido
a las consecutivas guerras desatadas entre las potencias
europeas a lo largo del Siglo de las Luces. Estos hechos
constatan de una forma bastante ilustrativa las ideas de un
hombre que, en concordancia con las pretensiones
expansionistas de su corona, elaboró todo un proyecto orientado
a que prácticamente la gran mayoría de los dominios de la
América Española pasaran a manos de Inglaterra, comenzando
por atacar los puertos para luego monopolizar el comercio y
paulatinamente ir extendiendo a lo largo y ancho del territorio
la Rule Britannia.
Después de ser leída la traducción
del Proyecto deRobert Hodgson para atacar la América Español
a, algunos oficiales de la Audiencia de Santa Fe no vacilaron en
afirmar que lo allí escrito no era más que un cándido plan ideado
por Hodgson durante su juventud el cual solo consistía en:
“ataques mal concebidos e impracticables contra nuestras
posesiones de Indias”.
Invito pues a que los lectores e investigadores conozcan éste
documento y lo empleen según sus interpretaciones y sus
conveniencias. Queriendo además, que sea un oportuno
analgésico para la fiebre bicentenaria. La transcripción ha sido
modernizada.

Proyecto de Roberto Hodgson para atacar la América


Española

//F.192r// Habiendo estado siempre de acuerdo que cuando la


Inglaterra se empeño en una guerra con la España debe ser la
America la principal escena de la acción; y habiéndose
conseguido en estos reinados muchas memorias, papeles,
mapas etca., relativos a las mas considerables plazas de las
posesiones españolas en las Indias Occidentales y
entregándolas al ministerio en consecuencia de esto se han
enviado actualmente escuadra y ejercito considerable y aunque
no ha correspondido su suceso a la expectación general, ni serán
aceptables //F.192v// por la misma razón otros proyectos para
nuevas expediciones por aquellas que sin investigar las causas
quieran solo juzgar por los efectos: comprendo no obstante que
con el conocimiento que hemos adquirido de la América por los
libros, mapas y memorias mencionadas y por otros auxilios, no
será difícil formar un plan de operaciones más consistente que el
que hasta ahora se ha seguido, y más facil para dirigir la fuerza
a proporción del designio en las diferentes empresas o
expediciones capaz de producir un buen efecto, y acabar de una
vez una guerra con utilidad o en el peor evento compensar a la
nación de los gastos que se la originan en continuarla.
El objeto es hacer lo más evidente que se pueda este proyecto;
para lo cual es preciso empezar dando una idea general del clima
de esta parte del mundo, el cual se ha de regular, y de medir las
diferentes operaciones según las alteraciones o revoluciones
periódicas de los vientos y del tiempo que son totalmente
diferentes de //F.193r// las que experimentamos en Europa
omitiendo pues las ligeras variaciones diarias haré solo mención
de las que tienen una universal influencia como son las brisas,
los huracanes, los nortes y las lluvias, añadiendo, aquellas
inferencias que por naturaleza deben seguirse de estas
variaciones.
La primera: el Trade Wind, o la brisa, sopla todo el año entre N y
E con pocas interrupciones, o excepciones, pero siempre dentro
de los límites prescriptos, con diferencia de pocos grados. Las
operaciones por consiguiente en estos mares deberán seguir por
lo natural la misma causa empezando por Barlovento y no dejar
sin visitar ninguna plaza a las espaldas a menos que por algunas
razones particulares no lo exija assí la necesidad: la razón es
porque si cae a Sotavento, una escuadra, o un solo navío le es
muy dificultoso o casi imposible volver a ganar el Barlovento, la
misma dificultad hay de socorrer las plazas de Barlovento que se
hallen atacadas. Siguiendo el mismo //F.193v// plan, las plazas
de reunión deben estar también a Barlovento, y así lo sería la
Barbada, con respecto a cualesquiera plaza que se quiera atacar
desde Puerto Rico, a Cartagena inclusive; y Jamaica para
cualquier paraje de la Bahía de México o Portobelo y la isla de
Cuba; sin embargo que por hallarse una parte de esta a
Barlovento de la de Jamaica pudiera fijarse el punto de reunión
contra ellas en las de la primera clase.
Puede muy bien pasarse un año sin haber huracanes en algún
paraje determinado; pero siempre son temibles en todas las islas,
desde fines de julio hasta concluido septiembre, por cuya razón
se llama a estos meses, meses de los huracanes, sin embargo
de que le ha habido algunas veces en principios de Junio, y en
últimos de octubre lo que es tan sumamente raro como sería
imprudente aventurar en aquellos meses ninguna escuadra con
cualesquier motivo que fuese cerca o entre las islas por ni haber
en dicho tiempo puerto que se pueda llamar totalmente seguro.
//F.194r// Debemos tener presente que aunque estos terribles
vientos extienden su fuerza hasta los cabos de Virginia, ninguna
o rara vez llegan al continente opuesto y tocan en la isla de Cuba;
por cuya razón debemos tener un buen puerto en donde
mantener segura nuestra escuadra durante estos meses (se han
propuesto muchos) y en los cuales haya un temperamento sano
y facilidad de procurarse abundancia de provisiones frescas, y
vegetales, de modo que durante este estado de inacción pueda
más bien refrescarse y recobrar nuestra escuadra su vigor en
lugar de debilitarse: hallaremos todas esas ventajas reunidas en
el puerto de cabo Gracias a Dios, así por su situación como por
las provisiones que pueden darnos, y por la salubridad, claridad
y buenas proporciones de toda la tierra inmediata a el.
Los nortes soplan en ciertos tiempos, pero con singularidad en la
mudanza, y lleno de la luna en toda la bahía de México, golfo de
la Florida, punta //F.194v//oriental de la Isla Española, y algunas
veces mas al este. Desde mediados de septiembre hasta marzo,
son algo más fuertes singularmente a su principio, y a su in pero
sobretodo son violentísimos en noviembre, diciembre, y enero, y
alguna vez en octubre y febrero, para aventurar una expedición
capital en estos parajes y con especialidad en la bahía de
México, y el norte de las islas, excepto que tengamos un buen
puerto; pues aún en el de la Vera-Cruz han sufrido mucho los
barcos a quienes ha cogido allí el norte.
Lo último de las mencionadas circunstancias son las lluvias, que
siguen generalmente el progreso del sol, entre los trópicos, y son
por consiguientes mas tempranas y por lo común mas pesadas
en el continente que en las islas, sin que se pueda ijar su principio
y su in en cada uno de los diferentes parajes bien que con
diferencia de un mes es el mismo en todas partes, porque vienen
con el calor, y declinan gradualmente con el siendo más violentas
//F.195r// cuando el sol esta vertical; y mientras duran no hay
tropas que puedan sostener el campo en ningún paraje de
América, sin exponerse a graves enfermedades mortales.
Según las citadas observaciones, se convence que una escuadra
o ejército destinado a obrar en las Indias occidentales, debería
hacerse a la vela de aquí o de Irlanda, que sería mejor hacia
mediados de Agosto, de suerte que llegasen allí a mediados de
octubre cuando ya hubiesen pasado los huracanes, y tendrían
parte de octubre y todos los meses de noviembre y diciembre,
enero, febrero, marzo y parte de abril para operar antes que
empezasen las aguas en la costa, o en las islas, y en todos los
parajes no atormentados por los nortes en este tiempo, como son
los que hay desde Puerto Rico a Portobelo, inclusive, y el sur de
la isla de Cuba, no permitiendo los nortes, como se ha dicho
//F.195v// intentarlo antes, ni la estación de las aguas y
proximidad de los huracanes, suspenderlo algún tiempo, a
menos que no obligue la necesidad a ello: teniendo presente que
para el in de mayo, toda la escuadra y ejército, excepto la que
quedase en custodia de nuestras posesiones, o de las
nuevamente adquiridas, debe enviarse, sino vuelve directamente
a Europa, a un puerto que tenga las circunstancias prescriptas,
para que pasando allí las estaciones de invierno, puedan salir a
principios de octubre (uno o dos meses antes según el destino
que lleven) con un nuevo vigor y espíritu a comenzar de nuevo
sus operaciones. Si la expedición lleva un solo determinado
paraje entonces se proporcionará según la situación en que se
halle la plaza con respecto a las intemperies citadas, y sobre todo
con atención particular a que no estén mucho tiempo las tropas
en América sin entrar en acción.
Suponiendo pues tomadas todas estas precauciones,
procederemos con la mayor ligereza a examinar las plazas
//F.196r// de alguna nota o consecuencia que puedan atacarse
sobre el continente, o islas españolas, empezando por las más a
Barlovento, siguiendo después a la bahía de México, y desde allí
pasando a la isla de Cuba, con aquellas ligeras observaciones
que puedan bastar para dar una idea general del perjuicio que se
sigue a los enemigos, y de las ventajas que nos podrán resultar
a nosotros si llegamos a ser dueños de ellas, reiriéndonos para
más seguridad a las memorias y papeles ya presentados, y otros
que se pueden procurar cuando lo exija la ocasión.
Empecemos pues por Puerto Rico, que es el primer
establecimiento español que se nos presenta: esta isla, aunque
es una de las mejores de las Indias Occidentales, y la más capaz
de estímulo no produce por lo natural indolencia de su gente,
ningunos efectos que puedan exportarse, y por consiguiente no
tienen ningún tráfico, no obstante todos los barcos españoles,
navíos de guerra, galeones, lotas, y registros tocan aquí para
hacer aguada y en tiempo de guerra para tomar las noticias
convenientes. //F.196v// Su perdida aunque solo por esto sería
perjudicialísima a los españoles, a nosotros nos rendiría mucha
utilidad así por tener un excelente puerto con una buena salida
al océano para cruzar todo alrededor de la isla; como por que en
nuestras manos con menos fatigas y cultivo que en nuestros
actuales establecimientos haríamos considerables retornos de
azúcares y demás frutos que producen las Indias Occidentales.
No haciendo atención de Barcelona, Cumaná, ni de las islas de
Trinidad, ni Margarita, porque no lo merecen, el primer paraje de
importancia que se nos presenta según el plan que seguimos es
la provincia de Venezuela, o de Caracas. Este país, cuyo
comercio en general esta en manos de una compañía exclusiva
establecida en Vizcaya, además de muchos azúcares, excelente
tabaco y buenos cueros, Etca, produce las tres cuartas partes del
cacao que se consume en Europa, Nueva España, Etca, y por
consiguiente debe ser de una basta consecuencia a los actuales
//F.197r// poseedores entre los cuales es indispensable artículo
de consumo el chocolate. Su adquisición sería para nosotros
extremamente ventajosa, assí porque nos haría en efecto
dueños inmediatos del comercio del cacao, en que no nos hemos
ocupado hasta ahora, sea porque los huracanes no dejan que se
maduren los árboles, que lo producen, o porque hemos
estimulado poco su cultivo en las tierras donde pudiera darse,
como por la inmensa cantidad de producciones y manufacturas
británicas que necesariamente se consumirían en un país tan
rico, y de tanta extensión: siendo sobre todo digno de observarse
que el puerto de Puerto Cabello es uno de los mejores del
continente, y que tal vez no se hallará en toda América, ni se
conquistará otra plaza de más valor ni riqueza.
Desde aquí sería oportuno dejar caer una escuadra sobre Santo
Domingo, capital de la isla Española. Fue lástima que no se
lograse el intento que tuvo de tomarla Cromwell siendo preferible
a la isla de Jamaica por muchos motivos entre otros por el
dominio que tiene sobre el paraje llamado //F.197v// Barlovento,
ahora son los franceses dueños del todo, y aunque sería util la
conquista no aparenta ser tan fácil, ni es regular se intente antes
que otros parajes de nación importancia. Lo que si deberíamos
examinar es ver si podríamos poseer la Tortuga, una pequeña
isla situada no distante de esta al NW o hacer un establecimiento
en aquellas inmediaciones para la mejor seguridad de nuestro
comercio, que conducimos por el expresado paraje, o estrecho
de que son dueños en el dia los franceses y españoles.
Desde Santo Domingo, o más antes desde Puerto Cabello,
poblaciones que siguen en el orden propuesto son Coro, y
Maracaybo: esta es inaccesible para barcos grandes, y aunque
una y otra son poco considerable[s], deberían seguir la suerte de
Caracas. Después de estas se sigue Río del Hacha, y Santa
Marta, igualmente de poca consideración para ser visitadas por
una escuadra inglesa; si bien podrían reducirlas algunos pocos
navíos, y facilitarnos un considerable comercio de tierra, por
medio //F.198r// de los ríos que bañan estas provincias, después
de estas se sigue la ciudad y puerto de Cartagena.
Cartagena nos es bien conocida a nosotros para dejar de saber
su interés: los galeones disponen constantemente en ella de
parte de sus efectos para el consumo de la ciudad, provincia y
país, adyacente, pero su principal asunto es tomar las
provisiones y refuerzos que no se pueden hallar a ningún precio
que sea en Portobelo. Esta con las inmediatas minas de oro que
tiene y la capacidad, seguridad y fortaleza de su puerto, la hace
una plaza de la mayor importancia con respecto a nosotros.
Aunque es cierto que llegando a ser dueños de la ciudad o del
puerto, podríamos asegurar casi todo el comercio de esta
provincia en la cual se ha permitido a todos tener parte, parece
ha perdido mucho de nuestra estimación viendo inutilizada una
escuadra y ejército infelizmente delante de ella, capaz de
conquistar plazas más fuertes y de mayor interés. Nuestro mal
suceso en ella nos enseñará, entre otras cosas, lo necesario que
//F.198v// es guardar las escritas reglas que se han dado
respecto a las estaciones, pues nuestra desgracias en Cartagena
se debe en parte a haber llegado mucho antes de las últimas que
he relacionado.
Omitiendo El Darién y Caledonia, en donde los españoles no
tienen establecimiento ninguno, la primera población que se
encuentra en la costa, es Portobelo considerable solo por su
puerto, y por ser el almacén, o emporio en donde se depositan
todas las mercaderías de todos los países de Europa
transportadas aquí en los galeones; y cambiadas por el tesoro, y
producciones del Perú hasta en cantidad de muchos millones, y
aunque es verdad que este comercio puede girarse por otras
partes del istmo, y aún por la vía de Buenos Aires, no obstante,
considerando la bondad de este puerto, la poca distancia desde
el a Panamá, la larga establecida costumbre, y otras
circunstancias, no será fácil o conveniente hacerlo por otra parte
o en algún tiempo, y por ultimo debe ser siempre de infinita
consecuencia a los españoles, su dominio para excluir a todas
las demás //F.199r// naciones de la posesión de esta importante
parte del istmo, dominado por ambas plazas y por lo que toca a
nosotros, no nos sería de una positiva ventaja la adquisición de
esta plaza, y la de Chagre, que en este caso es necesaria, no
obstante que si entendiésemos nuestras minas, podríamos abrir
camino a una de las mas deseadas, y más utiles adquisiciones
que ha hecho ni haría el Imperio Británico, logrando un puerto en
el mar del sur, y por consiguiente el trafico y dominio del océano
Pacífico, porque en estas mismas ventajas pueden
proporcionarse y mantenerse con más utilidad y a menos costa
por cualquiera otra parte.
Desde Chagres o Campeche no hay población, puerto de estar,
ni plaza de ninguna consecuencia sobre el mar del norte, excepto
el castillo que está en el paraje a el lado de Nicaragua, un
pequeño fuerte en el puerto de Omoa, y un castillo que comanda
la navegación del río Dulce por cuyo medio se suple la provincia
de Guatemala, y sus vecinas de los efectos europeos que la
llegan en cada año en un registro //F.199v// que retorna cargado
de frutos: la fácil reducción del primero de estos castillos, es una
de las partes del plan formado para conseguir un puesto en la
costa del sur, con una segura cómoda comunicación de este mar;
y aunque no es objeto muy importante la reducción de los dos
últimos, se podría verificar con uno o dos navíos, así porque el
primero es un paraje cómodo, de donde se puede molestar
fácilmente nuestro comercio con la Bahía de Honduras, como
porque el último es un obstáculo que nos impide invadir, o
comerciar con el país adyacente.
Siendo Campeche el único puerto de mar por donde la provincia
de Yucatán puede exportar sus producciones y ser suplida con
la de Europa y de Canarias, y siendo su situación a propósito
para proteger la navegación a la Bahía de México y a el paraje
de donde se provee este reino de sal, es sin duda de mucha
utilidad a los españoles la conservación de esta provincia: Así
como la posesión de ella a nosotros bajo la necesidad de
proveerse de las manufacturas británica, y de subyugarla
//F.200r// a los términos que quisieramos, habiendo aun un
número considerable de indios nativos a quienes solo falta un
estímulo para recobrar su país, y su libertad, con lo cual y con
una guarnición dependiente como a 30 leguas a sotavento nos
haríamos únicos dueños del tráfico del palo de tinte, y
perjudicaría a la Nueva España por falta de un artículo tan
indispensable como el que se ha mencionado, y además
interrumpiría su comunicación con Europa, y con el resto del
continente, e islas españolas.
Desde este ultimo mencionado paraje de la Vera-Cruz no se
ofrece ninguna plaza de consecuencia sino es Tabasco, situada
sobre un río con su barra, cerca de Trieste: el país que es
notablemente bueno, y muy sano, produce aunque no en mucha
cantidad muy buen cacao, y tabaco y nada tiene en si más que
exija nuestra atención.
Ya hemos llegado a la Vera-Cruz, la llave, y el único puerto del
Reino de México, o Nueva España, en el mar del norte. La lota
conduce a este puerto todos //F.200v// los únicos aceites y frutos
de España, y parte de las manufacturas de todos los países de
Europa para el consumo de este rico y populoso reino, y retorna
cargada no solo con los frutos del país, sino también con la mayor
parte de aquel inmenso tesoro que circula con el curso del
comercio, no solo en el mundo occidental, sino también de la
India. Haciéndonos dueños de esta plaza solamente caería sin
disputa en nuestras manos la mayor parte de este basto tráfico y
tesoro y pondría a los españoles fuera de la posibilidad de
sostener una guerra en Europa, o defender sus demás
posesiones en las Indias, porque de los derechos, indultos,
monopolio de azogues, quintos de minas, venta de bulas, tributos
de indios, y otros artículos levanta la más grande y la más líquida
renta que goza la Corona; además que desde aquí se pagan
constante y regularmente todas las tropas, y guarniciones de las
islas de Cuba, Española, y Puerto Rico, y las de Cumaná sobre
el continente, proveyéndolas de harina //F.201r// y otros
menesteres sin cuyos auxilios no podrían subsistir mucho
tiempo.
Los indios naturales de este reino son muy poderosos, y desean
ardientemente sacudir el yugo español, siendo de gran
consideración por este motivo el uso que puede hacerse de ellos,
particularmente sabiendo que ahora son los ingleses el pueblo a
quien ellos buscan para su socorro, por algunas antiguas
supersticiosas naciones que viven ahora entre ellos.
La inmediata y última tierra que se ofrece a nuestra consideración
en este lado de la línea, es la isla de Cuba, que por la bondad de
su aire, fertilidad de su suelo, extensión, feliz disposición y
situación excede a todas las de América. No obstante estas
naturales ventajas por falta de estímulo de un suficiente número
de pobladores, y de aplicación e industria en los que hay ha sido
hasta ahora de más consecuencia a la España por el dominio
que tiene con ella sobre la navegación de todos estos mares
//F.201v// y por la extrema conveniencia, o más antes necesidad
de un puerto como el de La Habana, bien sea para el punto de
reunión o para el refresco de sus lotas, y galeones que no por la
cantidad de sus producciones, o valor y extensión de su
comercio: sacan no obstante una cantidad considerable de
tabaco, con la cual se suplen principalmente las fabricas de este
ramo en España, que forman una considerable parte de la venta
de la Corona y suficiente cantidad de azúcar para su consumo y
aún para vender a otros. Esta noble isla podría hacer mejor figura
en nuestras manos, produciría todos los frutos de las Indias
Occidentales, en suficiente cantidad para el consumo de toda la
Europa, y estorbaría o protejería según conviniese todo el
comercio de América desde el Cabo San Nicolás y Cartagena a
Sotavento y particularmente el de México y Perú.
Será oportuno manifestar cuanto incluye el valor, y consecuencia
de cada uno de estos parajes, sobre el otro, de //F.202r// suerte
que la influencia de uno resulte sobre el todo.
Si en consecuencia de esto pareciese demasiado ardua la
empresa, o más bien sus consecuencias de dominar todos los
países españoles en esta parte del mundo, la mayor dificultad
sería la elección del País: el istmo de El Darién, y singularmente
la Vera-Cruz, empobrecerían efectivamente más que otros a la
España: ocasionarían sin comparación la mayor exportación de
nuestras producciones y manufacturas y haría proporcionados
retornos en plata, y oro. Las islas de Cuba y Puerto Rico, y
especialmente la primera protegería mejor que otra ninguna
nuestro comercio o arruinaría el de nuestros enemigos, y
emplearía más hombres y navíos para la exportación y
conducción de sus producciones. Caracas parece ser el paraje
más propio para una compañía exclusiva de comercio: así como
la costa, provincia y vecindades de Nicaragua para nuevos
establecimientos, los cuales (bajo el pie que se tratará después)
harían //F.202v// que resultase en ventaja y utilidad de la Gran
Bretaña, cuanto ha hecho con tanto trabajo la España en America
desde el tiempo de Cortés y Pizarro.
Siempre que consideremos que cualquiera de estos
establecimientos puede ser tomado por nosotros, nos
deberíamos resolver a enviar todas las fuerzas posibles porque
a la verdad no hay paraje en donde puedan ser empleadas con
mejor motivo, a causa de que en estos países un solo puerto
domina generalmente una provincia y a veces un reino. La mas
grande objeción es la enfermedad y mortalidad que puede atacar
a nuestras gentes en estos climas, lo que se puede prevenir
particularmente, si tiene cuidado que no se traigan las semillas
de las destemplanzas, epidemias cogidas en las cárceles, en los
astilleros, y en las bombas, porque unos pocos de estos
individuos infectados así, y desparramados, después producen
fácilmente el contagio en una escuadra, y ejército, para el cual se
ha //F.203r//de observar que el vestuario, furnituras, y en una
palabra todo su equipaje debe ser proporcionado a el país y
género de servicio en que se van a emplear: deben traerse
muchos esclavos y emplearlos en los servicios más pesados y
menos sanos de la escuadra y del ejército. No deben
absolutamente ni siquiera ajustarse ninguna de las provisiones a
boca que tengan la más pequeña señal de corrupción, y para
estorbar los malos efectos que se resultan indispensablemente
de la continuación de los alimentos salados será muy importante
adelantar su paga a los soldados, y subalternos para ponerles en
estado de comprar las menestras y refrescos de toda suerte que
el país produzca, o proporcionar arbitrios para procurarles esta
comodidad a precio más barato, lo que a mas de ser posible, no
puede agravar demasiado al gobierno.
Aun nos queda sobre esta costa de América la plaza de Buenos
Aires, tan diferentes de las otras que hemos //F.203v// nombrado,
como distante de ella para su situación y diferencia de vientos,
clima y estaciones de las Indias Occidentales, situada en uno de
los más hermosos climas del mundo, y no inferior a ninguna parte
de Europa por su feracidad, abundancia y sanidad igual casi a
las mejores de América por sus riquezas, o por los medios que
proporciona para adquirirlas. Suple a el Chile, y Perú con té del
Paraguay, y con mulas, sin lo cual no podrían trabajar sus minas:
igualmente envían efectos europeos, y negros esclavos, y del
oro, plata, y lana de vicuña que sacan en cambio de lo dicho,
junto con la gran cantidad de cueros del país, forman sus
principales retornos para Europa.
La posesión de esta plaza y la de Santa Fe (sobre el mismo río
de la Plata) nos haría dueños del comercio de toda la provincia:
nos abriría una segura navegación, y por medio de unos climas
muy sanos una constante, y //F.204r// regular correspondencia
con el Chile y Perú que podrían con el tiempo llegar a ser
nuestros: nos facilitaría algún futuro viaje, o expedición, y
obstruiría las de los franceses y españoles a la mar del sur y
finalmente poseeríamos una populosa, rica, poderosa y extensa
colonia.
El considerable gasto que debería hacerse para esta conquista
con preferencia a las otras plazas citadas es la única objeción
que podría hacerse, pero si consideramos que el dinero
empleado en una expedición naval no hace más que cambiar de
manos, y que por consiguiente la comunidad en general no llega
a ser más pobre, es de desear que esta consideración jamás
deshaga ni retarde cualesquiera empresa que se proyecte en
beneficio y gloria de la Gran Bretaña.
(Copia) Firmado = Roberto Hodgson.

Presentación y transcripción de Juan Sebastián Gómez


González. "Historia y sociedad" No. 18, Medellín, Colombia,
enero-junio de 2010, pp. 213-257

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