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La habitación estaba en silencio, pero no era un silencio vacío. Había pequeños sonidos casi
imperceptibles: el zumbido lejano de un electrodoméstico, el crujido ocasional del suelo, el
roce del aire contra la ventana mal cerrada. Todo eso componía una especie de fondo
constante que acompañaba los pensamientos sin interrumpirlos. A veces, ese tipo de
ambiente resulta más estimulante que la música o las palabras.
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Sobre la mesa se acumulaban objetos que parecían no guardar relación entre sí. Un cuaderno
con páginas a medio escribir, un bolígrafo que ya no funcionaba bien, una taza olvidada con
restos de café frío y un libro abierto por una página al azar. Cada uno tenía su propia historia,
aunque nadie se detuviera a reconstruirla. Bastaba con que estuvieran allí para cumplir su
función, visibles pero no protagonistas. El día amaneció con una
luz extraña, como si el cielo hubiera
decidido probar una paleta de colores
distinta a la habitual. No era exactamente
gris ni azul, sino una mezcla indefinida que
invitaba a pensar en cosas que
normalmente se ignoran por falta de
tiempo. En la calle, la gente caminaba
deprisa, cada una con su propio ritmo
interno, como si todos siguieran una
partitura invisible que solo ellos podían
escuchar. Algunos miraban el móvil, otros
el suelo, y unos pocos se atrevían a
levantar la vista para observar balcones,
nubes o simples detalles sin nombre.
En una cafetería cercana, el sonido
constante de la máquina de café marcaba
el pulso del lugar. Las tazas chocaban
suavemente entre sí, creando un tintineo
irregular que, sin quererlo, daba cierta
sensación de orden. El camarero repetía
los mismos gestos una y otra vez, pero
nunca exactamente igual. Cada
movimiento tenía pequeñas variaciones,
como ocurre con cualquier rutina
prolongada en el tiempo. Mientras tanto,
una conversación ajena flotaba en el aire,
fragmentada, incompleta, suficiente para
despertar la curiosidad pero no tanto como
para comprenderla del todo.
En algún punto de la ciudad, alguien
tomaba una decisión importante sin ser
plenamente consciente de ello. No era una
elección dramática ni urgente, sino una de
esas que parecen insignificantes y que, sin
embargo, acaban modificando el curso de
los días. A veces basta con cambiar de
camino, responder un mensaje o posponer
una idea para que el resultado final sea
completamente distinto al esperado.
La tarde avanzó con una calma engañosa.
El tiempo seguía su curso, indiferente a
planes, expectativas o dudas. Las sombras
se alargaron lentamente y el ruido urbano
fue transformándose en un murmullo más
suave. En ese intervalo, entre lo que ya
pasó y lo que todavía no ha ocurrido, existe
un espacio curioso donde todo parece
posible. Es ahí donde nacen muchas ideas,
donde la mente se permite divagar sin un
objetivo concreto.
Cuando finalmente llegó la noche, no hubo
una sensación clara de cierre, sino más
bien de continuidad. El día no terminó;
simplemente cambió de forma. Y aunque
nada extraordinario había sucedido,
quedaba la impresión de que algo, en algún
lugar, había quedado ligeramente
desplazado, como una pieza que ya no
encaja igual que antes.