Saval
Saval
Frío.
Ya habían pasado horas desde que el sol se ocultó, y la penumbra dominaba el lugar con
una autoridad absoluta. El frío acosaba su cuerpo, que no había dejado de avanzar por aquel
sendero en busca de un destino mejor. Sin embargo, hacía ya bastante tiempo que no se
percibía señal alguna de vida en el camino que seguía.
No era común que los viajeros salieran de noche, y menos en esas tierras, pero ¿cómo
habría podido saberlo? No era más que un joven cuya mano izquierda sostenía una vieja
lámpara que encontró en el camino. Caminaba como alma en pena por una oscuridad
desoladora. Quienes debían enfrentarse a la dureza de la noche solían portar una linterna
que les iluminara el paso. Él lo sabía, y por eso no dudó en tomarla. Tal vez pertenecía a
otro viajero que la había dejado atrás para atender algún asunto. Imposible. Abandonar una
linterna en un camino apartado de la sociedad era una completa insensatez. O la señal
inequívoca de un viaje desafortunado…
El joven miró hacia delante. Nada. Solo oscuridad, un muro impenetrable que se alzaba
más allá de donde la luz podía alcanzar. Lo único que distinguía el sendero de una suerte de
purgatorio eran los imponentes árboles que se erguían, indiferentes, como gigantes
dormidos. Tal vez lo único vivo que aún lo acompañaba.
Frío.
Un nuevo viento helado lo atravesó. Era extraño. No se escuchaba ninguna hoja moverse,
ningún susurro producido por brisas enredadas entre los árboles del sendero. Sin esa
oscuridad opresiva, el lugar habría parecido dominado por una serenidad climática casi
apacible. Debería sentirse fresco, pero en cambio resultaba sofocante, como si todo callara
en un luto perpetuo.
No era posible que en un entorno así el viento no produjera sonido alguno. Era como si
aquel frío emanara del propio sendero que atravesaba.
Se preguntó si había sido sensato partir de manera tan apresurada hacia un destino incierto.
No tenía comida ni agua. Tan solo llevaba la linterna y la ropa que vestía: una camisa azul
y un pantalón negro, ambos algo desgastados. ¿A dónde creía llegar en tales condiciones?
La noche sería larga, y ya no recordaba cuándo había visto un hogar por última vez. Ni
siquiera sabía dónde se encontraba. Habría deseado tener un mapa, o al menos algo que le
indicara hacia dónde dirigirse. Aún estaba a tiempo de regresar.
«No puedo volver», se obligó a decirse. No había marcha atrás. Había tomado una decisión.
Había escapado. Regresar significaría morir en el olvido absoluto. Aunque tampoco era
seguro que continuar lo condujera a algo diferente. Sin embargo, existía la mínima
posibilidad de que, en aquel sendero, encontrara el destino que había soñado. Se aferró a
esa idea, ya fuera por necedad o por resignación. En cualquier caso, avanzó, dejándose
consumir por las profundidades de un bosque desconocido.
Sus pasos dieron fruto, aunque no exactamente como esperaba.
Tras avanzar unos minutos más, creyó distinguir una silueta formándose delante de él.
¿Una persona? No podía ser; no era lo suficientemente grande. No, no era alguien, era algo.
Acercó la linterna, y la luz que emanaba de ella apartó las pesadas tinieblas que cubrían el
objeto. Se trataba de un letrero de madera. Sus bordes laterales eran irregulares y afilados,
como si alguien hubiese partido una tabla con brusquedad y la hubiera fijado con un clavo
oxidado a una especie de estaca. Una inscripción yacía grabada en la superficie:
—Sa bal —leyó el joven con dificultad.
No estaba seguro de que eso fuera lo que realmente decía. De cualquier modo, nunca había
oído algo semejante. ¿Tal vez el nombre de un pueblo? Los pueblos, pensaba, solían tener
nombres peculiares. Sin embargo, no parecía haber nada poblado en los alrededores. Nada
vivo, solo la oscuridad extendiéndose por todo el bosque.
Aun así, continuó avanzando. Si existía un refugio o no, no lo encontraría permaneciendo
inmóvil junto a un letrero improvisado. Siguió adelante, con la esperanza de hallar algo
mejor.
El camino se retorcía de una forma extraña. A veces se estrechaba; otras, se ensanchaba. La
arena que lo delimitaba apenas se distinguía de la propia del bosque. Parecía haber sido
trazado con apuro y sin demasiada precisión. Pero más inquietante que el camino en sí era
preguntarse si tenía un final. ¿A dónde lo conduciría? ¿Qué haría cuando ya no quedara
nada por recorrer, salvo un bosque interminable bajo el pesado yugo de las tinieblas?
No quiso pensar demasiado en ello. Después de todo, tampoco le sorprendía encontrarse en
una situación así. No tenía un destino; solo había querido escapar. Lo había anhelado. Una
parte de sí ya se sentía satisfecha, aun cuando el frío lo azotaba, preparándolo para un final
fatalista.
«Al menos estoy solo», pensó.
Aquella era una verdad que también apreciaba. Soledad. No porque fuera antisocial, sino
porque en ese momento no habría deseado nada más que permanecer alejado de todo lo que
alguna vez conoció, de todo lo que lo despreció. Vivo o muerto, ya estaba lejos de aquel
lugar que lo había expulsado.
Risas.
Ligeras, como susurros, pero lo suficientemente claras como para llegar a su oído. Un
escalofrío lo recorrió por completo, desde los pies hasta el último cabello de su cabeza.
Giró levemente y miró hacia atrás. De no ser por el sendero, habría sido incapaz de saber
siquiera si estaba avanzando. Todo era igual: la misma oscuridad impenetrable. Respiró con
cuidado, sin detener el paso. Una brisa volvió a soplar contra él, fría, opresiva.
No se detuvo. Continuó adelante, acompañado únicamente por el sonido de aquella brisa
desconocida.
Risas.
Sonaron más fuertes. Esta vez sí se detuvo. Quiso creer que se trataba solo del viento, o de
su mente agotada tras horas de caminata. Pero aquello que había escuchado no era natural.
Eran risas, teñidas de una extraña timidez, aunque lo bastante osadas como para no perderse
entre el aire del bosque.
—¿Hola? —dijo a la nada—. ¿Hay alguien ahí?
No hubo respuesta alguna. El silencio volvió a imponerse, una oscuridad que no revelaba el
menor indicio de vida.
«Ya estoy empezando a escuchar cosas… Concéntrate. Es mejor seguir adelante antes de
empezar a delirar».
Obedeciendo a sus propios pensamientos, retomó el camino como lo había hecho hasta
entonces, convencido de que no había oído nada más que el producto del cansancio y la
oscuridad. Sin embargo, no logró relajarse. Por más que se repitiera que no había nada allí,
lo sentía. Cada vez que miraba atrás, tenía la certeza de que algo lo seguía. Lo observaba.
Se reía. Oculto en la negrura. No tardó en sentirse acosado.
«Basta, no hay nada ahí», intentó decirse, pero sus pensamientos eran un caos. Sabía que
los bosques eran hogar de criaturas peligrosas. Un oso podía estar siguiendo su rastro, y
sería solo cuestión de tiempo antes de que se abalanzara sobre él. O tal vez aquellas risas no
eran más que el falso cascabel de una víbora hambrienta, esperando a que diera un paso en
falso para morderlo. ¿Y de dónde obtendría ayuda entonces? Había oído historias de
personas que morían por el veneno de una víbora.
«Estoy muerto, definitivamente», pensó con pesimismo.
Una vez más se arrepintió de su decisión insensata. Pero ¿habría alguna diferencia entre
morir en brazos de aquellos de quienes huía o acabar despedazado por un animal? «Al
menos, si muero aquí, seré alimento útil para los seres de este bosque».
Al analizarlo con frialdad, era una verdad espantosa. Sin embargo, ya lo sabía cuando tomó
su decisión, aunque ese pensamiento solo hubiera durado unos pocos segundos. No iba a
fingir sorpresa; ese era el precio de buscar un lugar donde pudiera descansar, lejos de los
engaños de un mundo que había decidido abandonar…
—¡Miauu!
El súbito maullido agresivo de un gato lo arrancó de sus pensamientos. Había pisado la cola
del pobre animal. Retiró el pie de inmediato, permitiendo que el felino escapara corriendo,
no sin antes emitir un sonido que él interpretó como un reproche.
«Tranquilo, solo fue un gato», se dijo. «Tal vez eso era lo que escuchaste antes».
—¿Estás perdido, joven viajero?
Alzó la mirada, sobresaltado por una voz de acento suave y formal. La confusión no tardó
en apoderarse de él. ¿De dónde provenía aquella voz? No había nadie; solo la oscuridad fría
y siniestra del bosque. ¿Había perdido la razón?
—Oye, ¿no te enseñaron a mirar a quien te está hablando?
Otra vez aquella voz. El joven levantó el rostro, pues ahora parecía provenir de un punto
elevado. Entonces lo vio: un cuervo posado en la rama de uno de los tantos árboles del
bosque. Con la cabeza ladeada, uno de sus ojos lo observaba con una curiosidad penetrante.
La luz de la linterna, sin duda, había llamado su atención.
—¿Un cuervo? —murmuró al fin.
—Sí, lo soy —respondió la criatura, tomándolo por completo desprevenido—. Se aprecia lo
observador que eres.
El joven se frotó los ojos, con la esperanza de estar soñando. Pero el cuervo seguía allí.
—¿Un cuervo que habla? —repitió—. Genial, ya empecé a delirar.
El cuervo voló hasta él y aterrizó sobre su cabeza. Picoteó con insistencia, provocando que
el joven se sobresaltara y lo apartara de un manotazo.
—¡Ey, basta!
—Hmm… —murmuró el cuervo—. En todos estos años nunca he visto una criatura como
tú. Y, aun así, se me haces conocido. Intuyo que no eres de por aquí.
Todavía incapaz de asimilar que un cuervo le estuviera hablando, el joven se limitó a
asentir. La idea de que estaba loco, o de que había caído durante su huida y yacía en coma,
se aferraba a su mente… salvo por un detalle imposible de ignorar: había sentido el
picotazo.
El cuervo murmuró algo inaudible para sí y volvió a alzar el vuelo, alejándose.
—¡Espera! —exclamó el joven, yendo tras él.
Fuera un sueño, locura o realidad, existía la posibilidad de que aquel animal pudiera
ayudarlo.
El cuervo se detuvo en una rama cercana y lo miró fijamente. El joven también se detuvo.
Solo entonces cayó en lo absurdo de la situación: estaba a punto de pedir ayuda a un
cuervo.
—Eh… yo… estoy perdido. ¿Sabes a dónde puedo ir?
—¿Ir? —replicó el cuervo—. Sales de noche y no sabes a dónde dirigirte.
El tono de reproche lo hizo sentir avergonzado.
—He visto una cabaña cerca de aquí, sobre un pequeño risco, cubierta de maleza. Ve allí.
—Gracias, pero no sé dónde está. ¿Podrías guiarme?
El cuervo dejó escapar un suspiro de fastidio. El joven nunca había visto a un cuervo
suspirar, y mucho menos mostrarse irritado. No comprendió el origen de su molestia.
—Las noches en este lugar son peligrosas —dijo la criatura—. Y de ninguna manera me
arriesgaré por un niño que deambula en la oscuridad, como si los prefornus no anduvieran
libremente por estas tierras.
—¿Prefornus?
—Criaturas feroces. Cazan a los desprevenidos y a los desconsolados. Devoran el cuerpo y
el alma. Tienes mucha suerte de no haber oído aún su risa.
—¿Risas? —preguntó con la voz temblorosa—. ¿Cómo las que escuché hace poco?
El cuervo emitió un graznido ahogado. Sus plumas se erizaron, como si toda su fuerza lo
hubiera abandonado. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, reflejando un terror absoluto.
—R-risas… ¿Escuchaste risas?
No había terminado de hablar cuando una carcajada siniestra resonó con violencia en el
ambiente, más opresiva incluso que las densas tinieblas del bosque. El joven la reconoció
de inmediato. Era la misma que había oído antes. No estaba loco, aunque habría preferido
estarlo.
Esta vez no era tímida ni semejante a un susurro. Era estridente, ególatra, ansiosa por ser
escuchada. Y lo lograba. Se burlaba de quienes la oían, clavándose en el alma como un
cuchillo invisible. El joven no sabía a quién pertenecían aquellas risas, pero al ver el rostro
del cuervo comprendió lo que debía sentir: miedo.
—¿Qué fue eso? —preguntó.
—El sonido de la muerte —respondió el cuervo, tragando saliva—. Si quieres la mínima
posibilidad de sobrevivir, corre en esa dirección. ¡No te detengas! Y si ves a un…
El cuervo se quedó paralizado al mirar detrás del joven. Sin terminar la frase, emprendió el
vuelo de forma torpe y desesperada. El joven se giró lentamente, temblando. Lo que vio no
ayudó a contener su terror.
La oscuridad dificultaba la visión, pero, justo más allá del alcance de la linterna, se
distinguían varias figuras observándolo. No era que brillaran por completo: solo sus ojos y
bocas emitían una luz blanca, tenue y cortante. Aquellos ojos estaban vacíos, y las bocas
dibujaban sonrisas permanentes.
No había rastro de cabello ni de piel. Tampoco orejas ni nariz. Eran siluetas físicas, con
brazos que terminaban en dedos semejantes a ramas retorcidas. En la cruel ironía de la
situación, aquellas criaturas de sonrisa luminosa resultaban más amenazantes que cualquier
monstruo del que el joven hubiera oído hablar jamás.
Los prefornus avanzaron despacio, con la mirada fija en él. El joven cayó hacia atrás, como
si hubiera sido atravesado por una lanza. No era más que la lanza del temor incrustándose
en su cuerpo. Continuó observando a aquellas criaturas y notó que seguían avanzando.
Recobró el sentido de golpe. Permanecer inmóvil significaba la muerte a manos de aquellas
entidades que, entre risas, no parecían albergar intención amistosa alguna. Se incorporó con
torpeza y echó a correr en la dirección contraria, agradecido de que sus piernas obedecieran
la orden sin vacilar.
Corrió sin mirar atrás, pero las risas resonaban cerca, burlonas. Su sonido parecía más
rápido que él, y tuvo la sensación de que en cualquier momento se abalanzarían sobre su
espalda. ¿Era ese el destino que había deseado? ¿Morir a manos de criaturas infernales?
Esquivó las raíces de los árboles como pudo; había abandonado el sendero en su huida
desesperada. Dondequiera que estuviera, jamás había esperado que seres tan aberrantes lo
persiguieran.
Siguió adelante con todas sus fuerzas. Por un instante miró atrás, con la vana esperanza de
que aquellas criaturas hubieran desaparecido o, al menos, de haber logrado distanciarse.
Ojalá no lo hubiera hecho. Los prefornus no solo seguían allí, sino que se habían acercado
aún más. Se deslizaban sobre el suelo duro del bosque como serpientes depredadoras,
implacables, acompañados de esa risa que no cesaba.
Intentó continuar con las fuerzas que le quedaban, que no eran muchas. El cansancio pesaba
sobre sus piernas. No se había detenido desde que salió y se lamentaba no haberlo hecho
antes. Avanzó lo poco que pudo, pero fue inútil: tropezó con una raíz que sobresalía y cayó
de lleno contra un arbusto que atravesó sin dificultad. Las ramas se quebraron con el
impacto y el joven siguió cayendo hasta golpear de rostro contra la tierra dura del bosque.
El polvo se alzó al caer y, consciente de lo que tenía detrás, intentó levantarse de inmediato.
«Vamos», se dijo, ignorando las raspaduras que le ardían en la piel.
Un dolor punzante le recorrió el cuerpo y volvió a caer de rodillas. Un ardor intenso
brotaba de su tobillo izquierdo. Se lo había lastimado durante la caída.
«¡Ahora no!»
El terror lo paralizaba. Luchó por avanzar, pero apenas logró cojear unos pasos antes de
desplomarse, exhausto. Se recostó contra el tronco de un árbol y observó a las criaturas que
se acercaban entre risas.
«Es el fin», pensó, temblando.
Respiraba con dificultad, deseando que, al menos, no lo torturaran antes de morir.
Los seres se aproximaron de forma amenazante, con sus sonrisas inmutables. Cerró los ojos
con fuerza, aferrando la linterna, su única fuente de luz. De pronto sintió que algo lo
sujetaba. ¿Las garras de los prefornus atravesándolo? No. Se dio cuenta de que no era una
garra, sino una mano.
Lo tomó del hombro y, de un tirón, lo levantó del suelo. Abrió los ojos: ya no estaba
apoyado contra el árbol, sino suspendido en el aire oscuro. Volvió a caer cuando la
gravedad reclamó su peso, pero antes de que pudiera gritar, algo lo sostuvo de nuevo.
Se desplazaban con rapidez, saltando entre los árboles con una agilidad sorprendente. Los
prefornus intentaron seguirlos, pero pronto perdieron el ritmo y desaparecieron entre la
oscuridad. La luz de la linterna le permitió distinguir que alguien lo llevaba en brazos,
alejándolo de aquel lugar.
Se aferró como pudo, emitiendo jadeos ahogados por el pánico. Tras un tiempo
indeterminado, fue arrojado al suelo de manera brusca. La linterna cayó a su lado,
iluminando el entorno de forma irregular. Aturdido, se llevó una mano a la cabeza y con la
otra recuperó la lámpara. Observó cómo la figura que lo había rescatado trepaba con
rapidez por las ramas, vigilando el horizonte. No supo qué veía; más allá de unos pocos
metros, todo era un muro de oscuridad.
Respiraba como si acabara de vomitar el corazón. Se obligó a calmarse. De algún modo,
seguía con vida.
—Bueno… ¿qué tenemos aquí? —dijo una voz mientras la figura se balanceaba sobre las
ramas y lo observaba.
No era fornido; su complexión era delgada. Su piel, de un blanco antinatural, parecía
recubierta de algún tipo de pintura. Pero fue su vestimenta lo que terminó de revelarlo: un
traje de franjas rojas y azules, acompañado de una gorra de bufón. Los colores, aunque
apagados, desentonaban por completo con el entorno. Su rostro tenía un aspecto artificial,
casi plástico, como una máscara adherida a sus facciones, moviéndose de forma
inquietante. Aun así, una sonrisa permanente dominaba su expresión. No era vacía, como la
de los prefornus.
—Una criaturita pequeña y extraña… —continuó—. Y ese atuendo… ¡pareces un mango
azul!
El bufón estalló en carcajadas. El joven no entendió el chiste. Intentó levantarse, pero el
bufón cayó de pie frente a él con sorprendente ligereza.
—Y si no estuviera ensayando mi función cerca de aquí, ¡sin duda ya serías la cena de esos
bichos raros! —añadió—. Qué horror… imagina el sabor espantoso que debes tener.
El joven se incorporó con dificultad, soltando un gemido al apoyar el pie.
—¿Tobillo torcido? —dijo el bufón, aún animado, observándolo de cerca—. Me pasa
seguido. Una vez salté desde un acantilado y terminé con la pierna rota. Podría decirse que
rompí una pierna en pleno acto, ¿no?
Guiñó un ojo, complacido con su propio juego de palabras, y volvió a reír.
«Qué… particular payaso», pensó el joven.
Nunca había conocido a uno. ¿Era así como se comportaban siempre?
Ignorando el dolor, logró hablar cuando el bufón por fin dejó de reír.
—Eh… gracias por salvarme…
—No tienes nada que agradecer, viajero —lo interrumpió con entusiasmo—. Es un placer
ayudar a los indefensos. A los nuevos visitantes. Tú viniste a ver mi espectáculo, ¿verdad?
¡No digas nada! Ya lo sabía. ¿Qué otra razón habría para andar de noche en un bosque
como este? ¡Por mí! ¡Jester, el gran bufón de Saval!
—Jester… —murmuró.
—Sí, lo sé. Gran nombre. Magnífico nombre —dijo, acercándose aún más—. Me gusta
sorprender con lo inesperado. Y tú, criatura, ¿tienes nombre o debo llamarte Sujeto No
Determinado Número Cuarenta y Dos?
—Mi nombre es Tobías…
—Genial. Odio ese nombre —respondió Jester con un tono extraño—. Y también odio
perder el tiempo. ¿Qué te parece esto? Tu salvación de último minuto viene con un boleto
en primera fila para mi show de medianoche. Risas garantizadas. ¿A que suena bien?
—Supongo que…
—¡Perfecto! Tu forma de hablar me aburre, pero tu determinación me impresiona. ¡Tanto
como esa linterna tuya! Así que arranquemos el show, a menos que tengas algo mejor que
hacer.
—Yo… eh… ¿no deberíamos buscar refugio? —preguntó con timidez, recordando las
advertencias del cuervo y temiendo que los prefornus regresaran.
—¿Refugio? —repitió Jester—. Ah, ya entiendo. Temes a los seres de la oscuridad.
Tranquilo, viajero. Si alguno se acerca, tendrá que vérselas conmigo.
El bufón sacó una daga afilada que brilló a la luz de la linterna. Tobías notó manchas rojas,
azules y grises en la hoja. Abrió la boca para insistir, pero la cerró de inmediato, sintiendo
un escalofrío recorrerle los huesos. Prefirió no contradecir al bufón.
Jester, al notar la expresión de Tobías, ensanchó aún más su sonrisa. Tomó un trozo de tela
carmesí que yacía junto a un árbol y lo lanzó al aire, extendiéndolo entre las ramas como si
se tratara de un telón, improvisando así un escenario rudimentario. Tobías se sentó en el
suelo; no es que pudiera hacer mucho más con el tobillo lastimado.
Mientras el bufón ultimaba los preparativos, notó cómo las heridas de sus brazos
comenzaban a arder. No era nada a lo que no estuviera acostumbrado; de donde venía,
había sufrido lesiones peores. Aun así, no dejaba de vigilar de reojo sus alrededores,
temiendo que aquellas criaturas horribles surgieran de la oscuridad y lo despedazaran para
el almuerzo.
Pero poco podía distinguirse entre las tinieblas.
—¡Damas y damos! —gritó el bufón de pronto, sobresaltando a Tobías, que no le prestaba
atención—. ¡Caballeros y caballos! ¡Bienvenidos a mi fantástico show de medianoche! Con
el auspicio de la maravillosa Espíritu del Bosque, que ojalá tenga una larga vida llena de
tormentos… digo, de contentamientos. Yo, el gran bufón de toda Saval, Jester, les traeré
alegría a sus corazones. Porque eso es lo que todos quieren, ¿cierto?
El bufón guardó silencio, esperando una respuesta. Tobías dudó, incómodo, pero antes de
que pudiera decir algo, Jester se respondió a sí mismo.
—¡No se diga más, mi maravilloso público! Ahora no hablemos de mí… ¡sino de mí!
Porque hoy un nuevo invitado pisa mi escenario. ¡Un humano! Qué bendiciones al paladar
nos traen cada día, ¿no?
Tobías puso los ojos en blanco.
—Pasemos a la ronda de preguntas. Tú, viajero de muchas luces, dime: ¿qué le dijeron unos
árboles a otros?
—Eh…
—¡Que no se dejaran plantados! —La risa de Jester resonó con fuerza—. ¡Ay, qué bueno!
¡Sigamos! Dos tigres caminaban a casa; uno miraba el cielo. ¿Sabes qué veía?
—¿Nubes?
—¡Error! Veía su destino, porque por no estar atento lo arrolló un tren.
Volvió a reír.
«Qué incómodo», pensó Tobías.
Cada chiste era peor que el anterior, y parecía hacer gracia únicamente al propio bufón.
Historias de hojas nerviosas que se deshacían por el sudor, bandidos que confundían oro
con plátanos, cañas de azúcar usadas para pescar peces de azúcar… ¿De verdad creía que
eso era gracioso? Aun así, para no avergonzarlo, Tobías fingía reír en voz baja.
Dejó de prestarle atención tras el cuarto chiste, cuando percibió gruñidos y risas distintas,
más profundas, provenientes del fondo del bosque. La oscuridad parecía moverse.
Sintió que ya no estaba a salvo.
—…Por eso un girasol es un sol… ¡que gira sin parar! Ja, esa no se la esperaban, ¿no?
—Eh… Jester, creo que—
—Niño, niño, niño —lo interrumpió el bufón, reprendiéndolo con el dedo—. Es de muy
mala educación interrumpir a alguien durante su acto.
—Lo siento, pero es que…
Entonces los vio.
Por su izquierda, avanzaban las criaturas que habían intentado matarlo. Tobías se quedó
paralizado, con los ojos desmesuradamente abiertos. Una estatua habría reaccionado antes.
—Ah, eso es lo que te inquieta —dijo Jester con absoluta calma—. Sabes, si hubieras dicho
que preferías seguir corriendo en lugar de escuchar mi espectáculo, te habría dejado solo.
¿No crees?
Tobías no fue capaz de responder. El bufón asintió en dirección a las criaturas.
—Vengan, vengan. Acérquense para mi último chiste de la noche. ¿Qué es frágil como una
flecha y sin gracia como una niebla? ¿Qué es? ¿Tú lo sabes? ¿Tú? ¿Alguien?
Hizo una pausa exagerada.
—Claro que no. Los remates siempre me tocan a mí. Es la vida: tierna, jugosa, arrebatable.
Dime, niño, ¿te conté que en pocos días presentaré mi gran espectáculo? Uno que este lugar
jamás ha visto… y jamás volverá a ver.
—N-no… —respondió Tobías, temblando—. Aunque no hace falta. No planeo quedarme.
—¿Cómo que no? —La sonrisa de Jester se volvió más rígida, menos amable—. Tú estarás
en primera fila. Porque ese truco requiere una vida. Una vida humana. Como la tuya.
—¿Vas a matarme? —susurró Tobías.
—Nah. Las vidas humanas no se arrebatan con un simple cuchillazo. Sería hermoso verte
agonizar, pero de poco me serviría. ¡Y eso es lo gracioso!
Elevó la voz mientras arrancaba la linterna de las manos de Tobías, sin darle tiempo a
reaccionar.
—Toda tu vida depende de esta linterna. Brillante, pero enjaulada. ¡Como gatos en
sombreros! ¿Lo entiendes? ¡Es hilarante!
Tobías intentó alcanzarla, pero la garra de un prefornus lo golpeó con fuerza, obligándolo a
retroceder.
—¿Qué ocurre? ¿La quieres? —rió Jester—. Tranquilo, te la devolveré… después de
destrozarla y usar tu cuerpo para mi próximo espectáculo. No te preocupes, me aseguraré
de que sufras lo suficiente. ¿O era al revés? Bah, prefor…
Una flecha surcó el aire desde la oscuridad y se clavó en el hombro de Jester. El impacto lo
tomó por sorpresa. Retrocedió, incrédulo, soltando la linterna. Los prefornus intentaron
abalanzarse sobre Tobías, pero una ráfaga de flechas igualmente rápidas los obligó a
replegarse, aturdidos.
El joven alzó la vista y distinguió una figura posada en la rama de un árbol. Vestía una
capucha que ocultaba su rostro y su cuerpo. En sus manos sostenía un arco, y a su espalda
se desplegaba un abanico de flechas listas para ser usadas.
Aunque no podía verle el rostro, su voz resonó clara, firme y autoritaria.
—¡Vete! ¡Ahora!
Tobías no lo dudó. Tomó la linterna y se puso en pie. Jester también se incorporó, pero no
alcanzó a reaccionar cuando una flecha impactó contra el suelo, liberando una nube de
polvo cegador. Tobías cerró los ojos y huyó a trompicones, confiando en no chocar con
nada.
Corrió cuanto pudo, tambaleándose por el dolor del tobillo. Era intenso, insoportable, pero
lo ignoró. Más tarde pensaría que el deseo de seguir con vida le dio la fuerza necesaria para
continuar.
El bufón saltó entre las ramas, intentando localizarlo. La linterna lo delataba y Jester
preparó su cacería, pero otra flecha rozó su muslo. Giró con molestia, aunque su sonrisa
jamás desapareció.
—¿Otra vez interrumpiendo mi espectáculo, vengadora?
La mujer no respondió. Continuó disparando. Una flecha fue esquivada, otra se clavó en su
pierna y una tercera se partió al impactar. Jester arrancó la flecha de su carne con
tranquilidad, dejando gotear una sangre manchada de blanco.
—Me encanta que quieras jugar conmigo —dijo—, pero tus jueguitos han retrasado mi
show. Una pena. Quería que lo vieras.
—Lo único que quiero ver de ti es tu muerte —respondió ella con frialdad.
—Hater —rió Jester—. Siempre tan exigente. ¿Cuándo aprenderás a reír, doña aburrida? Si
tan solo…
Una nueva lluvia de flechas lo obligó a retirarse. Rió con estrépito, chasqueando los dedos,
y desapareció entre la oscuridad.
—Ya no pueden retrasar lo inevitable —resonó su voz—. Mi magna obra está por
comenzar.
Tobías corría con las pocas fuerzas que le quedaban. Corría torpemente, cojeando. Cada
segundo se volvía agónico, no solo por el dolor del tobillo, sino por los prefornus que lo
seguían. Sentía que cada vez estaban más cerca. Volteó para comprobar qué tan lejos se
encontraban. Grave error: tropezó con una raíz y cayó de cabeza contra un árbol.
El golpe fue fuerte, casi lo desmayó. Alzó la vista. Todo era borroso, tembloroso. Intentó
incorporarse, pero volvió a caer al suelo. Poco a poco su visión dejó de estar nublada y
distinguió a dos prefornus acercándose entre risas.
«Solo dos», pensó.
No sabía dónde estaban los demás; quizá habían ido en ayuda de Jester. En cualquier caso,
¿qué importaba? Buscó desesperadamente algo que hacer. Lanzó una piedra, pero no logró
ni inmutarlos.
Cuando los prefornus estaban a un solo salto de acabar con él, oyó un grito. No era
humano; se parecía al chillido de un ave. Un cuervo se abalanzó sobre uno de los prefornus,
intentando arañar donde deberían estar sus ojos. Sus patas se hundieron en las cuencas
vacías y logró sujetarse de algo que provocó un evidente dolor, pues la criatura retrocedió
y, en su torpeza, golpeó a su compañero.
Ese instante de sorpresa permitió a Tobías ponerse en pie. Debería correr o…
El grito fue ensordecedor.
Allí, en el suelo, yacía el cuervo, con un ala arrancada por las garras de las entidades. El
prefornus herido no tardó en arrancarle la cabeza con pasmosa facilidad. Tobías se llevó las
manos a la boca, sintiendo náuseas. Su mente le gritaba que corriera, pero no pudo hacerlo.
Solo observó el cuerpo inerte de la pobre criatura.
Las entidades rieron a carcajadas, burlándose. Por un momento se miraron entre sí y luego
fijaron nuevamente su atención en Tobías. El joven sentía que el corazón iba a salírsele del
pecho. Estaba en la zona de muerte; ¿serviría de algo correr? Intentó hacerlo por pura
inercia cuando, de pronto, sintió una presencia a su lado.
Se sobresaltó, creyendo que se trataba de otro prefornus, y agradeció de inmediato estar
equivocado. Un hombre, vestido con un abrigo grueso y empuñando un hacha oxidada,
atacó a las criaturas. Uno de los prefornus le cercenó un brazo. El otro, el que había matado
al cuervo, le clavó las garras. El hombre gritó de dolor, pero no se tambaleó. Con un
movimiento certero, decapitó a la entidad con el hacha, que al instante se desintegró en un
polvo blanquecino suspendido en el aire. El otro prefornus, sorprendentemente, huyó.
Con el corazón aún acelerado, Tobías vio cómo el hombre se volvía hacia él. Parecía
humano, pero no lo era. Su rostro severo lo observaba desde entre el cabello y la barba
blancos, contrastando con una piel pálida y cubierta de vello. Alzó la mano. Tobías se
alarmó, pensando que lo golpearía, pero solo se la extendió. Tembloroso, aceptó la ayuda.
—¿Quién es usted?
El hombre, de apariencia anciana, ignoró la pregunta.
—Tienes suerte de que estuviera cerca, muchacho. Ve a tu hogar cuanto antes.
—No tengo hogar.
—¿No? —lo miró de cerca; su ceño se frunció ligeramente—. Ya veo… eres humano. No
es seguro que estés aquí afuera. Ven conmigo.
El anciano comenzó a alejarse del lugar. Tobías no tardó en seguirlo, cojeando por el dolor.
Al apoyar el pie soltó un gemido que hizo detener al hombre.
—Estás herido, ¿verdad?
Tobías asintió.
—El tobillo. Lo tengo lastimado.
El anciano meditó unos segundos. Unos sonidos entre las sombras lo sacaron de sus
pensamientos. No era el mejor sitio para detenerse. Tomó a Tobías y lo cargó sobre su
hombro.
—Intenta no dormirte —advirtió, acelerando el paso en busca de refugio.
Tobías respiró aliviado. Aunque no conocía a aquel anciano, se sentía seguro. ¿O era solo
otra trampa, como la del bufón? Algo en su interior le advertía que no confiara. Aquel
lugar, a dondequiera que hubiera llegado, le había demostrado en apenas una hora lo
peligroso que era.
«Estoy seguro», se repitió.
No. Ignoró ese pensamiento y se dejó guiar por lo que dictaba su corazón, el mismo que
antes le había gritado que huyera. No había muerto, pese a todo. Quería creer que había
hecho lo correcto.
¿No?
Mientras se alejaban, la luz de la linterna se intensificó. Entre los árboles sintió una brisa y,
por un instante, creyó ver a alguien moverse en la oscuridad. No era un prefornus ni el
bufón. Era… alguien. No logró distinguirlo, pues el anciano cambió de dirección
bruscamente.
—Aquí es —dijo, deteniéndose.
Capítulo 2
Estaba viva…
O, bueno, no realmente.
Su mente no dejaba de analizar lo incoherente de su situación. Allí, en el bosque, en medio
de las tinieblas. Era allí donde había muerto. ¿Por qué, entonces, vivía? Tenía la sensación
de haber despertado de un sueño. En efecto, había despertado, sin ninguna herida mortal.
Las voces de un encuentro traumático aún resonaban con fuerza, pero su recuerdo era
extrañamente borroso. No lograba recordar más allá de un grito y de unos humanos
alzándose al ataque.
«Onni», pensó en ese momento.
No sabía qué le había ocurrido. Se levantó agitada, intentando ubicarse. Todo era oscuro.
Demasiado oscuro. Apenas distinguió una fuente de luz a lo lejos y corrió hacia ella con
desesperación.
«Debo ayudarlo».
Imágenes de su hermano sufriendo la asaltaron: en el suelo, golpeado, indefenso. No podía
dejarlo allí. Era el primer amigo verdadero que había tenido. Esquivó árboles, saltó raíces y
gritó al llegar a la luz.
Allí no estaba lo que buscaba.
Sintió cómo atravesaba a alguien. No lo había distinguido bien, pero seguir avanzando sin
resistencia no era algo que esperara. Tropezó y cayó al suelo. No sintió nada; ni siquiera se
ensució. Ninguna mota de polvo se elevó con la caída. Permaneció anonadada. ¿Qué estaba
ocurriendo?
Se incorporó, llevándose la mano derecha a la cabeza más por instinto que por mareo.
Entonces lo vio: un joven humano caminando con una linterna en medio de la oscuridad.
No parecía haberla visto.
«¿Quién eres?», pensó con recelo.
Corrió delante de él y se detuvo, intentando llamar su atención.
—Ey… ¡oye!
El joven la atravesó como si no existiera. Apenas se encogió un poco, pero no detuvo su
paso, como si hubiera cruzado una brisa apacible. No notaba su presencia en absoluto.
Confundida, intentó llamarlo otra vez. ¿Cómo era posible que ni siquiera la viera?
Sin embargo, el recuerdo de Onni la hizo desistir. Fuera quien fuese, no valía la pena perder
el tiempo. Debía ayudar a su hermano.
Las imágenes de sus recuerdos eran confusas. Apenas lograba visualizar algo: su hermano
en el suelo, mirándola con terror. ¿A quién temía? ¿Por qué? Solo podía sentir su odio hacia
los humanos. Aquellos de los que había huido, el dolor que le habían causado, seguía
latente. Esa noche obtendría su venganza. Al fin, aquello que la había atormentado cesaría.
Su pasado sería sanado.
Hasta que ocurrió…
Destellos, gritos… No lograba recordar con claridad; sus memorias eran borrosas,
inentendibles. Intentó concentrarse. Necesitaba saber qué había pasado si quería ayudar a su
hermano. La oscuridad facilitaba la concentración, pero una mezcla de emociones la azotó
antes de comprender nada.
Dolor. Ira. Frustración. Miedo.
Culpa.
La oleada la ahogó en el mar de sus pensamientos. Luchó por salir, sin entender de dónde
provenía aquel sentir. Solo deseaba huir. ¿De qué? Nada la perseguía y, aun así, corría
como si un león estuviera tras ella.
Abrió los ojos de par en par, respirando con dificultad. Estaba irremediablemente aterrada.
¿Qué había sucedido para acabar así? No podía recordar con claridad, y forzarse solo le
provocaba una sensación de espinas clavándose en la piel. La voz de su hermano resonó de
nuevo en su mente. Se obligó a calmarse; no avanzaría nada paralizada por el miedo.
Ignoró sus pensamientos y se concentró únicamente en encontrar a Onni.
Corrió hacia la oscuridad. Lo hizo con cautela, avanzando lo más rápido posible sin
tropezar ni chocar contra un árbol. Alzaba el pie de vez en cuando, comprobando si sentía
el suelo. Nada. El terreno le parecía liso. Era extraño, pero no le importó.
—¡Onni! —gritó repetidas veces.
La respuesta fue siempre la misma: silencio. Nadie acudió a su llamado. Terca, siguió
gritando a la nada, pero el bosque permaneció impasible, ignorándola con crueldad.
Frustrada, se giró para mirar atrás, con la esperanza de notar algo que hubiera pasado por
alto. Una esperanza ingenua: no podía ver nada en aquella negrura. No recordaba una noche
tan oscura en toda su vida. Incluso le resultaba opresiva tras observarla durante tanto
tiempo.
La luz de la linterna del joven seguía brillando a lo lejos. No parecía haber avanzado
mucho. ¿Tan poco? Consternada, decidió avanzar en dirección contraria. Tal vez
encontraría algo. Si estaba cerca de los límites de Saval, existía la posibilidad de hallar a su
hermano entre las sombras. No podía imaginar el terror que Onni debía de estar sintiendo
en esas tinieblas.
Debía encontrarlo.
Pasaron diez minutos así, deteniéndose una y otra vez para intentar orientarse, siempre en
vano. Volvió a girarse. Nada había cambiado. La luz brillaba exactamente a la misma
distancia. Irritada, no entendía lo que sucedía. Entonces notó que la silueta de los árboles se
movía al mismo tiempo que la luz… y que ella misma.
«No puede ser».
No se estaba moviendo. Algo la arrastraba hacia aquella linterna. Determinada, corrió en
dirección opuesta, impulsada por la pura terquedad de liberarse. Fue inútil: avanzaba como
si una cuerda la sujetara en el aire, y solo daba patadas, simulando caminar. Lo intentó de
nuevo, con todas sus fuerzas. Sintió que avanzaba apenas un poco.
«Por fin, puedo…».
Algo la jaló.
De forma repentina salió disparada hacia la luz, atravesando árboles sin resistencia alguna.
Ninguno la golpeó; los cruzaba como si no existieran. Cayó al suelo, igual que la primera
vez, solo que de espaldas. Aturdida, se sentó. No estaba herida. Alzó la vista: estaba de
nuevo junto al joven.
—Fantástico —murmuró, frunciendo el ceño.
¿Estaba atada a él? ¿Cómo, si ni siquiera lo conocía? Se levantó y comprobó que el joven
seguía caminando sin verla. Por instinto quiso marcharse, regresar a lo suyo, pero
comprendió que no lograría nada.
—Estoy atrapada —susurró—. Genial… lo que me faltaba: estar obligada a seguir a un
humano.
Una parte de ella quería gritar, huir y buscar a su hermano, pero simplemente no podía.
Estaba condenada a seguir a ese joven, le gustara o no. Y sin duda no le gustaba.
«Al menos», pensó, «en esta luz quizá encuentre algo».
Prestó atención a lo que hacía el muchacho, interesada solo en hallar alguna señal que le
fuera útil, algo que explicara lo ocurrido… o que la condujera hasta Onni.
Quizá salir aquella noche, a oscuras, había sido un error.
Observó todo lo que sucedió: la conversación con el cuervo, el ataque de los prefornus, la
actuación de Jester. Siempre a distancia, sin interés alguno en el destino del joven,
intentando comprender qué estaba pasando.
«¿En qué momento este lugar se volvió tan siniestro?»
Su último recuerdo anterior al desafortunado suceso era el de una Saval agradable, pacífica,
libre de peligros y de psicópatas surgidos de un mundo cruel. No conocía cada rincón del
bosque, pero juraría que no existían bufones siniestros contando chistes retorcidos ni
criaturas de sombras cazando seres indefensos. Aquello no parecía el mismo lugar. La
oscuridad era opresiva y reabría heridas de un pasado cruel.
Vio al joven intentar huir de aquellas abominaciones cuando una lluvia de flechas distrajo
al bufón. Se vio obligada a contemplar cómo luchaba por correr, cojeando. Estaba segura
de que lo devorarían. Algo dentro de ella se sintió satisfecho. Un humano a punto de ser
destrozado era una imagen que había deseado ver. Tal vez, si moría, ella quedaría libre de
sus ataduras y podría ir en busca de Onni.
«¿Qué estoy pensando?», se reprendió. «¿Deseo la muerte de un niño?»
El asco la invadió de inmediato, agradecida de que su hermano no estuviera allí para verla.
Onni le habría reprochado quedarse mirando sin hacer nada. Le habría pedido ayudar a
aquel joven desafortunado. Siempre había sido así: ingenuo, admirador del mundo humano,
ilusionado con conocerlos.
Ojalá los humanos hubieran sido como él creía.
Nunca le dijo cómo eran en realidad, para no desilusionarlo ni destapar recuerdos que aún
la atormentaban.
¿Era culpable aquel joven de lo que se había vuelto ese mundo? Se obligó a responderse
que no. Tratar con otros similares a ella siempre le había resultado desagradable, pero aquel
no era más que un muchacho perdido, y su presencia le evocó el día en que llegó a Saval.
Quizá —solo quizá— no merecía perecer a manos de esas criaturas.
Frunció el ceño. Salvar a un humano no era algo que le provocara satisfacción. Sin
embargo, al verlo en peligro, una pizca de compasión, nacida desde lo más profundo de su
ser, no le permitió quedarse quieta. Cuando el joven cayó, se interpuso entre él y las
criaturas. Estaba temblando, pero no pensaba cederles el paso con tanta facilidad.
—¡Ustedes! —gritó—. ¡Retrocedan ya!
Alzó la voz para obligarlos a retroceder.
«Muy optimista de mi parte», pensó. «¡Necia! ¿En qué estabas pensando? Ahora estás
muerta».
Los prefornus disminuyeron el paso y uno de ellos lanzó su garra para atacarla. Cerró los
ojos, lamentando su decisión. Esperó el impacto… pero no lo sintió. Abrió los ojos: no
estaba herida. La garra simplemente la había atravesado, sin ofrecer resistencia alguna,
como si hubiera golpeado el aire.
Otra vez.
Ya lo había experimentado antes: al chocar con el joven, con los árboles. Incluso el suelo
—o mejor dicho, la ausencia de sensación al pisarlo— se lo había advertido, aunque no lo
comprendía del todo. De alguna manera, era intangible. Una sonrisa se dibujó en su rostro.
Si aquello era así, esas criaturas no podrían hacerle daño.
Los prefornus volvieron a atacarla, sin éxito alguno. Se relajó. No sufriría daño. No tenía
sentido, pero decidió no pensar demasiado en ello.
Al comprender que no lograrían nada, las criaturas la atravesaron una vez más y la
ignoraron. Entonces se giró, y su sonrisa desapareció. Ser intangible la protegía a ella…
pero ¿y el joven? Él no lo era. Sus heridas lo demostraban. Intentó abalanzarse sobre los
prefornus para detenerlos, pero fue inútil. Caída en el suelo, solo pudo observar impotente
cómo se acercaban cada vez más a su presa.
—¡Levántate! —ordenó por instinto, aun sabiendo que no podía oírla.
Lo vio ponerse en pie, pero ¿para qué? No llegaría lejos. Ella no podía hacer nada. Una vez
más, no tenía forma de alterar el resultado.
Entonces lo vio.
Un anciano emergió de entre la oscuridad y se interpuso para defender al joven. Las
criaturas se lanzaron al ataque. Una clavó sus garras en el costado del hombre, pero él
resistió. De un golpe certero, decapitó a una de ellas; la otra retrocedió y huyó sin ofrecer
más combate. ¿Asustada? Tal vez. Un leve silbido resonó en el aire, parecido al de un
silbato, aunque no pudo distinguir si era eso o solo el viento.
La voz del anciano la obligó a incorporarse.
—Tienes suerte de que estuviera cerca, muchacho.
Sintió como si hubieran pasado décadas desde la última vez que escuchó esa voz. Tosca,
cargada de aspereza, pero con una calidez que había añorado. Sabía que no podía haber
transcurrido tanto tiempo y, aun así, la nostalgia la inundó.
«Padre».
Se levantó sin pensarlo y se acercó a él. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Un recuerdo
borroso cruzó su mente: el grito de su hermano, seguido por un latigazo de culpa. Intentó
hablar, pero su voz no salió. En ese momento solo quería abrazarlo, llorar hasta quedarse
vacía. Él le había prometido estar a su lado cuando lo necesitara, que bastaría con llamarlo
para que acudiera. Ahora lo necesitaba.
Intentó abrazarlo, pero ocurrió lo inevitable. No pudo tocarlo. Ni sentirlo. Debería haberlo
aprendido ya: no podía tocar nada. Era una espectadora sin derecho a participar. Él ni
siquiera percibió su presencia mientras se dirigía a Tobías.
«Eso era lo que querías», la reprendió su mente. «Los últimos días deseabas estar sola. Pues
ahí lo tienes».
Sin poder hacer nada, observó cómo Nodry se llevaba a Tobías cargado, alejándose del
lugar. Permaneció inmóvil, con las lágrimas deslizándose libremente sin que se diera
cuenta. ¿Qué clase de castigo era aquel, obligarla a ver cómo su padre protegía a otro
humano? Era ella quien deseaba estar en ese lugar. Estaba agotada, confundida. Necesitaba
ayuda. ¿Por qué nadie parecía escucharla?
Suspiró, deseando que las tinieblas la borraran de la existencia.
Pero el tirón volvió a forzarla a seguirlos.
—Aquí es.
El anciano dejó a Tobías en el suelo. El joven se incorporó con cuidado, apoyando apenas
el pie derecho y evitando cargar peso sobre el izquierdo, aún dolorido. Alzó la linterna para
observar el lugar. Le costó distinguir la cabaña: la maleza y las piedras la camuflaban con
el entorno. Solo algunos troncos y la silueta de una puerta cubierta por arbustos florales
delataban que no se trataba de un risco cualquiera.
El anciano se acercó y abrió la puerta con brusquedad, haciendo algo de fuerza. Un polvillo
se elevó, provocando que Tobías estornudara. Parecía una puerta que no se había abierto en
años, aunque el polvo pronto volvió a asentarse.
El anciano se hizo a un lado, invitándolo a pasar. Tobías cruzó el umbral. El interior estaba
iluminado por varias lamparillas de aceite.
—Mis disculpas —dijo el anciano—. No estoy acostumbrado a recibir visitas.
La cabaña —o lo que pretendía serlo— era pequeña. Tobías había visto casas de todo tipo a
lo largo de su vida, algunas con varias habitaciones, otras incluso con ático, aunque nunca
había estado en una. Sin embargo, no recordaba haber visto una con una sola estancia.
Tenía forma rectangular. Varias cajas se apilaban en los rincones, dando la impresión de no
haber sido abiertas jamás. Cuadros colgaban de una pared de madera, indistinguibles bajo
capas de polvo. En el lado derecho había pequeños gabinetes con herramientas
sobresaliendo sin orden alguno. A la izquierda, una mesa, una silla y una cama se alineaban
junto a un cubículo metálico. No había ventanas visibles. Era desordenada, pero acogedora
a su manera.
El anciano miró hacia afuera y cerró la puerta. Luego se dirigió a las cajas amontonadas y
sacó una cubeta de hierro, un pequeño frasco sellado y unas tablillas delgadas, del tamaño
de una mano. Tobías lo observó con curiosidad, preguntándose qué pretendía hacer.
—Siéntate en la cama —le ordenó.
Tobías obedeció y se subió a ella. Le sorprendió lo suave que resultaba; por su aspecto,
había esperado algo mucho más rígido. El anciano tomó uno de sus brazos y examinó con
atención las heridas que tenía.
—¿No estás herido en ninguna otra parte?
Tobías negó con la cabeza.
—Eres valiente por haberte aparecido aquí, viajero —afirmó el anciano mientras vertía
agua en un balde—. Valiente y necio; esas heridas tuyas lo dicen todo.
El joven bajó la mirada hacia sus brazos. Le ardían un poco, pero sabía que en pocos días
desaparecerían, como otro recuerdo más. Con suerte, le quedaría una pequeña cicatriz que
hablara de lo ocurrido aquella noche.
—¿Te preocupan?
—No —respondió Tobías—. He sufrido heridas peores.
—¿Y es por eso que acabaste aquí?
—Algo así. Solo busco un lugar donde esté a salvo… de ellos…
El anciano murmuró algo por lo bajo. Echó hielo al agua de la cubeta y, mientras la
removía, volvió a mirarlo.
—Aquí, en Saval, no hallarás muchos lugares que puedan llamarse “seguros”. La muerte
acecha en cada rincón, y no creo que contigo haga una excepción.
—¿Saval?
—El lugar donde te encuentras, muchacho. Tienes suerte de seguir con vida a estas alturas.
He visto a muchos entrar y acabar asesinados a los pocos minutos.
Tobías tragó saliva.
—Por ese bufón, ¿no?
—Por el bufón… o por la simple torpeza de avanzar en medio de la oscuridad. Ese
esguince que has sufrido, créeme, fue lo mejor que pudo pasarte.
El joven pensaba lo mismo. De nuevo lo asaltaron pensamientos sobre lo absurdo que había
sido salir de noche tan apresuradamente. ¿Acaso se había vuelto loco? Volvió a mirar sus
heridas.
«No hubiera sido diferente quedarme».
El anciano le quitó el zapato, sucio de tierra, y lo dejó a un lado. Tobías vio su tobillo por
primera vez: estaba hinchado y amoratado. Al tocarlo, el anciano le arrancó un gemido de
dolor. Luego acercó la cubeta y colocó lentamente su pie dentro.
El agua estaba helada. Un ardor le recorrió el cuerpo, como si cientos de alfileres se
clavaran en su piel. No era una sensación agradable, y tuvo que contener el impulso de
sacar el pie.
—¿En qué ayuda esto?
—A bajar la inflamación —respondió el anciano—. Si quieres volver a caminar pronto, te
recomiendo que mantengas el pie dentro.
Tobías acató la orden. El anciano tomó un frasco y dejó caer una baba verdosa en el agua.
Sintió cómo el frío se volvía más llevadero, mientras la sustancia gelatinosa se adhería a su
pie como si fuera una media.
—Eso debería ayudar a curar la lesión —añadió—. No muevas el pie hasta que el agua deje
de estar fría.
El anciano se levantó, tomó su hacha y se dirigió a la puerta.
—¿A dónde vas? —preguntó Tobías, con un deje de nerviosismo.
—A vigilar el lugar. Sería desagradable que ese bufón apareciera aquí.
—¿Y si te lastima? He visto de lo que es capaz. ¿Y si entra y no estás?
—Tranquilo —suspiró el anciano mientras abría la puerta—. No hará eso. Solo no te
asomes y trata de descansar un poco.
Nadia escuchó toda la conversación. Se sentía ahogada, atrapada entre el impulso de gritar
y la necesidad de guardar silencio. No es que le agradara seguir oyendo, mucho menos la
historia que relataba Nodry, pero la alternativa era quedarse a solas con sus pensamientos
acusatorios, y eso resultaba aún peor. Lo único que le llamó la atención fueron los
comentarios sobre la Espíritu. Quizás ella sabía lo que estaba ocurriendo… o tal vez poseía
la clave para regresar plenamente a la vida. Claro que eso implicaría acompañar al joven en
su viaje si quería llegar hasta ella. El simple pensamiento le revolvió el estómago.
La historia ya la conocía. Una niña perdida en el bosque, huyendo de un monstruo
proveniente del más allá de Saval. Rescatada por una familia que la salvó de morir en la
gélida noche de invierno y que la crio como si fuera suya. Lo sabía porque ella era esa niña.
No era una versión fiel: Nodry nunca había sido bueno añadiendo detalles, como sí lo hacía
su madre, pero era evidente qué tipo de relato era. La diferencia estaba en el final. Aquella
niña tenía un desenlace feliz. Nadia no.
¿Era justo todo lo que había atravesado, y además en soledad? ¿Era justo lo que le había
sucedido a su hermano? No lo era. Bufó, frustrada. Había creído estar a salvo, pero sus
sombras la habían encontrado.
«Un final feliz existe únicamente en los cuentos de hadas».
La historia estaba por terminar. Había durado lo suficiente, pero a Tobías parecía gustarle.
Si desconocía el verdadero final, claro que le agradaría. Vivía en una ignorancia bastante
ingenua… como Onni…
Suspiró y apartó esos pensamientos de su mente. Debería aprender a lamentarse menos;
ahora eso no le serviría de nada…
Risas.
Sonaron autoritarias, desafiantes, burlonas. Tobías las reconoció al instante, y su cuerpo lo
manifestó con un temblor involuntario. Nodry se puso en pie de inmediato, empuñando el
hacha con una mano y la daga con la otra. Las risas no cesaron. Era evidente que los
prefornus estaban cerca. Entonces se oyó otra risa, inconfundible: divertida, siniestra,
aguda.
Era Jester.
—Nunca se había acercado tanto —dijo Nodry.
Golpes violentos sacudieron las paredes, cargados de furia. Afuera, algo peligroso intentaba
abrirse paso.
—Están por mí —concluyó Tobías, temeroso.
—Sí, y si no escapas, tarde o temprano entrarán…
Nodry dirigió la mirada hacia un cajón incrustado en la parte baja de la pared. Lo empujó
con rapidez, revelando un pequeño túnel oculto.
—Rápido, entra. Este túnel conduce a una salida secreta, lejos de aquí.
Tobías no dudó. Se deslizó dentro, sosteniendo la linterna. El túnel era estrecho, incómodo,
pero logró acomodarse.
—¿Vendrás?
—No. Me quedaré a ganar tiempo. Así estarás lejos cuando finalmente pasen de mí.
—Pero es peligroso —reclamó Tobías.
—Tranquilo… yo me las arreglaré. Nos reuniremos en el pueblo. ¡Ahora vete!
Tobías titubeó, pero las risas, cada vez más cercanas, lo obligaron a decidirse. Se apresuró
por el túnel, alejándose de la cabaña mientras descendía en la oscuridad. Nodry derribó una
tabla que sostenía la entrada, colapsándola por completo.
Con paso firme, el anciano recorrió la estancia y observó los cuadros empolvados. Pasó la
mano sobre ellos para limpiarlos. Nadia vio cómo una lágrima escapaba de su rostro. Quiso
ayudarlo, decir algo, pero le fue imposible. La linterna tiró de ella, arrastrándola lejos.
Nodry abrió la puerta con una calma apacible y avanzó unos pasos hacia el exterior. El frío
era acosador, como siempre, pero ya lo había asimilado hacía tiempo. Frente a él, varios
prefornus lo observaban mientras sus risas burlonas se elevaban en el aire. Ninguno se
acercó de inmediato. ¿Respeto, quizás? Había matado a uno de los suyos. En realidad, a
varios. Aunque sabía que, con el tiempo, volvían a renacer desde las tinieblas. No, aquellas
criaturas eran indomables. Solo obedecían a una única persona.
Jester.
—Buenas noches. Espero que nuestro desfile no te haya molestado, anciano.
El bufón se balanceaba sobre la rama de un árbol, como siempre. Su gracia al moverse por
el bosque, ágil como una gacela, solo era comparable con lo insolente y provocador de su
voz: chirriante, aguda, burlona.
Nodry avanzó lentamente hacia él. Dio apenas dos pasos antes de que los prefornus
también se movieran, en clara advertencia.
—No, no, no, anciano. Quédate donde estás. Te debe doler la espalda… cosas de la edad.
Déjame acercarme yo —saltó del árbol—. Es curioso: un día joven, fuerte, con todo un
mundo por explorar; al siguiente, débil, mugroso, solo… La tumba debió haberte
reclamado hace mucho tiempo. Mis prefornus así lo atestiguan. ¡Les debes la vida! Y ya
sabes lo exigentes que son los del banco con los intereses: o pagas o te cortan la cabeza, ja.
El bufón rió a carcajadas, pero el anciano no se inmutó.
—Sé que estás ahí —respondió—, en algún lugar.
—¿Hola? No soy invisible, anciano. Oh, ya entiendo… la vista está fallando, ¿eh?
—Por favor, escucha… Te necesitamos. No eres ese bufón.
—Claro que lo soy. ¿Vas a recitarme el mismo monólogo de siempre? Eres igual de terco
que esa señora, alias flechas molestas. Y no estoy aquí para escucharte otra vez. Estoy
planeando un show… uno grande. Más de lo que imaginas. Y necesito tu colaboración. El
niño, ¿dónde está?
—Escúchate, por favor. ¡Debes reaccionar!
El bufón sonrió, sacando una daga.
—Lo diré una vez más. ¿Dónde está el niño?
El anciano cerró los ojos y dejó escapar un largo respiro. Era hora de afrontarlo. Al abrirlos
de nuevo, su mirada era desafiante.
—Lo siento mucho.
Nodry lanzó un golpe directo al estómago del bufón, pero falló. Jester se adelantó con un
salto acrobático y cayó a su espalda. Nodry lo había previsto: giró sobre sí mismo y lo
golpeó con la culata del hacha. El bufón se tambaleó hacia adelante, intentando girarse con
la daga en mano. Nodry retrocedió para impedírselo justo cuando dos prefornus se lanzaron
sobre él.
Con rapidez, arrojó su daga contra el que atacaba por la izquierda, mientras descargaba un
golpe mortal con el hacha sobre el otro. La daga se incrustó en el ojo de la criatura, dándole
un instante para concentrarse en el segundo enemigo. Intentó rebanarlo, pero la entidad
retrocedió, esquivando el filo.
El prefornus herido se aferró a la espalda de Nodry con sus garras. El anciano gritó,
tambaleándose bajo el peso, pero resistió sin caer. El otro se lanzó sobre él, y Nodry giró
con astucia: las garras del atacante se hundieron en el cuerpo de la criatura que lo sujetaba.
Aprovechó el instante y, con un solo tajo, cercenó ambas cabezas.
Había acabado con los prefornus. El bufón solo había traído tres, pero el precio era terrible:
su espalda se empapaba con la sangre que manaba de las heridas.
Una patada lo arrojó contra el árbol. Jester no había perdido el tiempo y se aprovechó de la
condición debilitada de Nodry. El anciano se giró para mirarlo; su cuerpo ardía, exhausto,
consumido por el dolor.
—Qué divertido juego nos has propuesto hoy, anciano —rió el bufón—. Pero creo que el
doctor te recetó no enfrentarte a bufones en medio de la noche. Es malo para la cervical.
Nodry sentía la vista nublada. Le costaba mantener la atención fija. Movió la mano,
consciente de que ya no empuñaba ningún arma: el hacha había caído tras la patada.
Respirando con dificultad, observó la silueta del bufón.
—¿Ya me dices dónde puedo encontrar al muchacho? Trabajo con un horario ajustado.
—Sea lo que sea que trames —respondió Nodry con esfuerzo, tosiendo, al borde del
colapso—, no cambiará nada. Ella… no volverá.
La sonrisa de Jester se contrajo. No desapareció del todo; aquella máscara parecía obligarlo
a sonreír. Sin embargo, algo detrás de ella dejó entrever una fugaz incertidumbre. No duró
mucho.
—Ya lo veremos… Cielos, qué tenso, ¿no? Ja. Deberíamos ir por un té más tarde para
relajarnos. Lástima que el niño no esté. Una pena… aunque lo sabía desde el principio.
El bufón miró la daga que sostenía con una expresión vacía. El arma pareció temblar
levemente.
—Solo quería divertirme contigo una última vez.
Arrojó la daga, y todo se volvió oscuridad. Nodry tosió sangre y exhaló el alma.
El día comenzaba a abrirse paso, anunciándose con débiles rayos de luz sobre el bosque
desnutrido. Una noche más había transcurrido, y las tinieblas aún no lo habían consumido
por completo. Las pocas plantas verdes parecían agradecerlo, aunque cada noche se volvía
más dura.
¿Cuándo llegaría el final de aquella agonía?
Tobías había logrado atravesar el túnel. Lo hizo a duras penas, con el cabello enredado en
telarañas y la ropa empapada, pues la salida se encontraba justo bajo una cascada. Una vía
irregular, incómoda, pero al fin estaba vivo.
—Finalmente sales —dijo la fantasma, sentada sobre un tronco cortado. Para ella había
sido sencillo cruzar entre las piedras; en cambio, Tobías había tenido que arrastrarse por
tramos claustrofóbicos del túnel—. Por un momento pensé que te quedarías ahí dentro.
Tobías hizo una mueca de disgusto ante el comentario y alzó la vista al cielo. El amanecer
ya despuntaba; aquella noche no había sido tan larga, por fortuna. Caminó unos pasos y se
dejó caer sobre el tronco para recuperar el aliento.
—Cuidado —reclamó la fantasma—. No vayas a empaparme.
Tobías sonrió levemente. Era el primer comentario sarcástico que lograba arrancarle algo
parecido a una risa. Dejó que la brisa y la luz del sol comenzaran a secar su ropa. Pasó la
mano por su cabello, retirando los restos de telarañas.
Con un nuevo día por delante, solo quedaba emprender el viaje al pueblo. Giró sobre sí
mismo para observar el entorno.
—¿Crees que Nodry esté bien?
La fantasma desvió la mirada. Había visto algo antes de ser arrastrada lejos. Algo que aún
le provocaba repulsión. Volvió a mirarlo, forzando una leve sonrisa.
—Sí, creo que estará bien. Vamos, deprisa. Llegaremos a tiempo al pueblo si seguimos por
este camino.
Tobías se levantó, aún dudoso, y lanzó una última mirada atrás. Riscos elevados y árboles
frondosos bloqueaban el horizonte. Suspiró y retomó el sendero.
—¿Sabes el camino?
—Claro que sí. He vivido aquí antes.
—Entonces eres aquella niña de la historia de Nodry.
La fantasma torció el gesto.
—Nodry a veces exagera las historias…
—Okey, fantasma.
—No me llames así —resopló.
—Pero no tengo otra forma de llamarte.
La fantasma frunció el ceño; era evidente hacia dónde se dirigía la conversación. A
regañadientes, terminó cediendo, consciente de que sería inevitable.
—Mi nombre es Nadia.