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Pragmática Sanción: "Dios, Patria y Fueros"

resumen del bloque 5 de historia de España, 2º Bach
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BLOQUE 5: LA CONFLICTIVA CONSTRUCCIÓN DEL ESTADO LIBERAL (1833 – 1874).

5.1 EL PERIODO DE REGENCIAS DURANTE EL REINADO DE ISABEL II: REVOLUCIÓN LIBERAL Y PRIMERA GUERRA
CARLISTA.
Antes de la muerte de Fernando VII surgió un grave conflicto sucesorio, ya que el rey solo tenía
dos hijas y seguía vigente la Ley Sálica, que impedía reinar a las mujeres. Para asegurar el futuro
de Isabel, María Cristina convenció al monarca para promulgar la Pragmática Sanción, que
permitía su acceso al trono. Los absolutistas, partidarios de Carlos María Isidro, hermano del rey,
rechazaron esta decisión.
Ante la falta de apoyos entre los sectores tradicionales, María Cristina buscó el respaldo de los
liberales. Así, cuando Fernando VII murió, Isabel fue proclamada reina bajo la regencia de su
madre, mientras que Carlos María Isidro se autoproclamó también rey. Esta doble proclamación
desencadenó una guerra civil entre carlistas (absolutistas) e isabelinos (liberales), que marcaría
el inicio del reinado de Isabel II.

5.1.1. LA PRIMERA GUERRA CARLISTA (1833-1840).


A) DOS OPCIONES ENFRENTADAS.
Los insurrectos carlistas proclamaron rey a Carlos María Isidro, convencidos de que él
garantizaría la defensa del absolutismo y de la sociedad tradicional. La contienda que se abrió
—la Primera Guerra Carlista— fue una auténtica guerra civil entre los partidarios del Antiguo
Régimen y quienes defendían un sistema liberal reformista.
El carlismo, de ideología tradicionalista y antiliberal, se articulaba en torno al lema “Dios, Patria y
Fueros”. Reunía a los defensores de Don Carlos, a quienes defendían la primacía de la Iglesia en
la vida social y a los partidarios de mantener los sistemas forales. Sus principales apoyos
procedían del clero, la pequeña nobleza agraria y los campesinos, y su fuerza se concentró en
áreas rurales del País Vasco, Navarra, Cataluña, Aragón y Valencia, territorios poco receptivos a
la reforma agraria liberal.
La causa isabelina, en cambio, contó inicialmente con el respaldo de parte de la alta nobleza, de
los funcionarios y de un sector del clero. Sin embargo, para ampliar su base social y asegurar la
defensa del trono de Isabel II, la regente María Cristina tuvo que apoyarse en los liberales y aceptar sus
demandas, lo que implicaba abandonar el absolutismo y desmontar definitivamente el Antiguo Régimen.

B) EL DESARROLLO DEL CONFLICTO ARMADO.


Al inicio de la Primera Guerra Carlista, los partidarios de Carlos María Isidro carecían de un
ejército regular. Las primeras partidas se levantaron en 1833 y se concentraron en zonas
montañosas de Navarra y el País Vasco, extendiéndose también por Castellón, el Bajo Aragón, el
Pirineo y las comarcas del Ebro en Cataluña. Don Carlos recibió apoyo internacional de potencias
absolutistas como Rusia, Prusia y Austria, mientras que Isabel II contó con el respaldo de Gran
Bretaña, Francia y Portugal.
El conflicto tuvo dos grandes fases.
En la primera (1833‑1835), la guerra se estabilizó en el norte con importantes triunfos carlistas,
aunque sin lograr tomar ninguna ciudad relevante. En 1834, Carlos instaló en Navarra una
monarquía alternativa. El general Zumalacárregui organizó eficazmente el ejército carlista y
conquistó Tolosa, Durango, Vergara y Éibar, pero su muerte durante el asedio de Bilbao supuso
un duro golpe para la causa. En Levante, los carlistas estaban menos organizados, aunque en
Cataluña actuaban en zonas montañosas y en el Maestrazgo y el Bajo Aragón destacaba la figura
del general Cabrera.
La segunda fase (1836‑1840) se inclinó hacia el bando liberal tras la victoria de Espartero en
Luchana (1836), que levantó el sitio de Bilbao. Los carlistas intentaron ampliar la guerra mediante
expediciones a otras regiones, siendo la más importante la de 1837, que marchó desde Navarra
hacia Cataluña y Madrid, aunque fracasó y obligó a replegarse al norte.
La guerra concluyó con el Convenio de Vergara (1839), firmado entre el general carlista Maroto y
el liberal Espartero. El acuerdo garantizaba el mantenimiento de los fueros vascos y navarros y la
integración de muchos carlistas en el ejército isabelino. En 1840 fueron derrotadas las últimas
partidas del Maestrazgo, dirigidas por Cabrera, poniendo fin definitivo al conflicto.

5.1.2. EL PERIODO DE REGENCIAS: EL PROCESO DE REVOLUCIÓN LIBERAL (1833 – 1843).


La Guerra Carlista acelerará el proceso de revolución liberal en España.
El bando isabelino, fue estableciendo una base social sólida, fue así como entre 1833 – 1843, se
desmanteló jurídicamente el Antiguo Régimen, se consolidó la propiedad individual y se configuró
un Estado Liberal.

REGENCIA DE MARÍA CRISTINA DE BORBÓN


A) LOS PRIMEROS GOBIERNOS DE TRANSICIÓN (1833 – 1836).
Tras la muerte de Fernando VII, María Cristina gobernó asesorada por un Consejo presidido por
Cea Bermúdez, formado por absolutistas moderados que apenas introdujeron cambios, salvo la
división provincial de 1833. La expansión del carlismo y la falta de apoyos para Isabel II
obligaron a sustituir este gobierno por otro capaz de atraer a los liberales.
El nuevo presidente, Martínez de la Rosa, promulgó el Estatuto Real (1834), una Carta
Otorgada que creaba unas Cortes muy limitadas, con dos cámaras (Próceres designados por el
rey y Procuradores elegidos por sufragio censitario). El monarca mantenía amplios poderes.
Estas reformas fueron insuficientes y profundizaron la división entre moderados y progresistas.
Finalmente, la necesidad de apoyos sociales y recursos para combatir el carlismo obligó a la
Corona a aceptar un gobierno progresista y avanzar hacia reformas liberales más amplias.

B) LOS PROGRESISTAS EN EL PODER.


El descontento progresista ante las escasas reformas aumentó gracias al apoyo de las clases
populares, la Milicia Nacional y las Juntas Revolucionarias. En el verano de 1835 estallaron
revueltas urbanas, con quema de conventos y la formulación de demandas como la reunión de
Cortes, libertades de prensa y reunión, una nueva ley electoral, la extinción del clero regular y la
reorganización de la Milicia Nacional.
Ante la gravedad de la situación, María Cristina nombró en septiembre de 1835 a Mendizábal
como jefe de gobierno. Este impulsó la reforma del Estatuto Real y obtuvo recursos para combatir
el carlismo, pero su desamortización eclesiástica provocó la presión de los privilegiados y su
destitución en 1836.
Ese mismo año nuevas revueltas reclamaron el retorno a la Constitución de 1812. En el
levantamiento de La Granja, los sargentos obligaron a la regente a jurar la Constitución mientras
se elaboraba una nueva. Finalmente, María Cristina entregó el poder a un gobierno progresista
presidido por José María de Calatrava.
C) EL DESMANTELAMIENTO DEL ANTIGUO RÉGIMEN.
Entre 1836 y 1837, los progresistas impulsaron un programa para desmontar el Antiguo Régimen
y establecer un sistema liberal y parlamentario. Su medida central fue la reforma agraria liberal,
basada en la propiedad privada y la libre circulación de la tierra. Esta reforma se articuló mediante
tres acciones: la disolución del régimen señorial, que eliminó los poderes jurisdiccionales de los
señores pero no facilitó el acceso de los campesinos a la tierra; la desvinculación de los
mayorazgos, que permitió vender patrimonios antes inalienables; y la desamortización,
especialmente la de Mendizábal (1836), que expropió bienes eclesiásticos para financiar la guerra
carlista, reducir la deuda y crear una base social favorable al liberalismo.
Además, se aprobaron medidas para liberalizar la economía: abolición de los privilegios de la
Mesta y de los gremios, libertad de arrendamientos y precios, eliminación de aduanas interiores,
liberalización del comercio y la industria y supresión del diezmo eclesiástico.

D) LA CONSTITUCIÓN DE 1837.
El gobierno progresista convocó Cortes extraordinarias para elaborar una nueva constitución que
actualizara la de 1812. La Constitución de 1837, aprobada en junio, evitó regular cuestiones
polémicas (ley electoral, imprenta, ayuntamientos), que se dejarían para leyes orgánicas con el fin
de lograr el consenso entre progresistas y moderados.
Sus rasgos principales fueron: soberanía nacional, aunque con amplios poderes para la Corona
(veto, disolución de Cortes, nombramiento de ministros); una declaración de derechos amplia;
un sistema bicameral con Congreso elegido por sufragio censitario y Senado designado por el
rey; y el compromiso de financiar el culto católico.
La implantación constitucional se completó con la Ley de Imprenta (fin de la censura previa) y la
Ley Electoral de 1837, que estableció un sufragio censitario restringido.
Desde entonces se consolidó un sistema de partidos basado en moderados y progresistas, que
se alternaron en el poder durante el reinado de Isabel II. Con el tiempo surgieron nuevas
formaciones por escisión: Unión Liberal, demócratas y republicanos. El sistema estuvo
fuertemente condicionado por la intervención militar, destacando figuras como Espartero,
Narváez y O’Donnell.

E) LOS MODERADOS EN EL PODER (1837 – 1840).


Tras aprobarse la Constitución de 1837, las elecciones de octubre dieron la victoria a los
moderados, que entre 1837 y 1840 intentaron frenar las reformas progresistas sin salirse del
marco constitucional. Impulsaron medidas conservadoras como la devolución de bienes al clero,
la posible reimplantación del diezmo, una ley electoral más restrictiva, el recorte de la libertad
de imprenta y, sobre todo, la Ley de Ayuntamientos, que otorgaba a la Corona el nombramiento
de alcaldes en capitales de provincia.
Esta última ley provocó un fuerte conflicto con los progresistas, que defendían la elección directa
de los alcaldes. El apoyo de María Cristina a los moderados desencadenó un amplio movimiento
insurreccional con juntas revolucionarias en numerosas ciudades.
Ante la presión, en 1840 la regente María Cristina dimitió y abandonó el poder. Los progresistas,
con respaldo popular, apoyaron entonces al general Espartero, vencedor de la Guerra Carlista,
quien asumió la regencia ese mismo año.
LA REGENCIA DE ESPARTERO (1840 – 1843).
A) EL GENERAL ESPARTERO EN EL PODER.
Espartero disolvió las juntas revolucionarias y convocó elecciones que dieron la victoria a los
progresistas. Sin embargo, su regencia se volvió muy autoritaria, gobernando sin colaboración
con las Cortes y apoyándose únicamente en su círculo militar, lo que deterioró su popularidad.
El conflicto más grave fue el arancel que permitía la entrada de tejidos ingleses, perjudicando
a la industria catalana. La protesta en Barcelona terminó con el bombardeo de la ciudad, lo que
provocó que Cataluña y muchos antiguos partidarios abandonaran su apoyo a Espartero.
La división interna del progresismo fue aprovechada por los moderados, que conspiraron bajo el
liderazgo de Narváez y O’Donnell. Finalmente, en 1843, Espartero abandonó la regencia y las
Cortes declararon mayor de edad a Isabel II, que comenzó a reinar con solo 13 años.

5.2. CONSTRUCCIÓN Y EVOLUCIÓN DEL ESTADO LIBERAL DURANTE EL REINADO EFECTIVO DE ISABEL II
(1843 – 1868).
5.2.1. LA DÉCADA MODERADA (1844 – 1854).
Cuando Espartero abandonó el gobierno y se nombró a Isabel II mayor de edad, los moderados subieron al
poder, por el apoyo de la corona.

A) LA CONFIGURACIÓN DEL RÉGIMEN MODERADO.


Las elecciones de 1844 dieron la victoria a los moderados, que formaron un gobierno presidido
por Narváez. Su objetivo principal fue cerrar la etapa revolucionaria y estabilizar las instituciones
liberales mediante una nueva legislación básica. El nuevo régimen se apoyó en el orden y la
autoridad, lo que llevó a una fuerte represión contra los progresistas.
El sistema se sustentó en la burguesía terrateniente, buscando consolidar un orden social que
protegiera al Estado del carlismo y de las revueltas populares. La Corona y gran parte del ejército
respaldaron este modelo, recurriendo incluso al falseamiento electoral para asegurar el dominio
moderado.
●​ LA CONSTITUCIÓN DE 1845.
El gobierno moderado impulsó una reforma de la Constitución de 1837 que dio lugar a la Constitución de
1845, plenamente inspirada en los principios moderados. Estableció una soberanía compartida entre el
rey y las Cortes, pero otorgando al monarca amplios poderes (veto, disolución de Cortes, nombramiento de
ministros y senadores). Reforzó el poder ejecutivo, limitó el legislativo y sometió ayuntamientos y
diputaciones al control central. Además, suprimió la Milicia Nacional y reafirmó la confesionalidad
católica del Estado.
Aunque mantuvo parte de la declaración de derechos de 1837, su desarrollo se dejó a leyes posteriores
que fueron muy restrictivas. En 1845 se aprobó una ley de imprenta que sometió la prensa al control
gubernamental, y en 1846 una ley electoral que estableció un sufragio censitario extremadamente
limitado, reducido a alrededor del 1% de la población.
●​ EL CONCORDATO CON LA SANTA SEDE.
Los moderados buscaron mejorar sus relaciones con la Iglesia, muy enfrentada al liberalismo por la
abolición del diezmo y las desamortizaciones. Para ello, en 1851 firmaron un Concordato con la Santa
Sede, que suspendía la venta de bienes eclesiásticos y devolvía los no vendidos. A cambio, la Iglesia
reconoció a Isabel II y aceptó la desamortización ya realizada.
El Estado se comprometió a financiar a la Iglesia, restaurar las órdenes religiosas y otorgarle amplias
competencias educativas, además de reafirmar el catolicismo como religión oficial.
B) LA INSTITUCIONALIZACIÓN DEL ESTADO LIBERAL.
Los moderados buscaron consolidar un Estado centralizado y jerárquico mediante una amplia
serie de reformas. En el ámbito fiscal aprobaron la ley Mon‑Santillán (1845), que centralizó los
impuestos y creó un nuevo sistema basado en la contribución directa. En el terreno legislativo
impulsaron la unificación de códigos, con el Código Penal de 1848 y el inicio del futuro Código
Civil.
La administración pública fue reorganizada, regulando el acceso al funcionariado y reafirmando la
división provincial de 1833. En el ámbito municipal, la Ley de Administración Local (1845)
otorgó a la Corona el nombramiento de alcaldes en ciudades grandes, mientras que el
gobernador civil designaba a los de localidades menores; solo el País Vasco y Navarra
conservaron sus instituciones forales.
Otras reformas destacadas fueron la regulación del sistema educativo —culminada después con
la Ley Moyano (1857)—, la adopción del sistema métrico decimal, y la disolución de la Milicia
Nacional, sustituida por la Guardia Civil en 1844.

C) LA CRISIS DEL GOBIERNO MODERADO.


Los gobiernos moderados no lograron estabilizar el país: manipulaban las elecciones y la vida
política se decidía en la corte, dominada por camarillas que buscaban el favor real, dejando al
Parlamento en un segundo plano. El autoritarismo aumentó con el gobierno de Bravo Murillo
(1852), que intentó implantar una especie de dictadura tecnocrática basada en gobernar por
decreto, suspender las Cortes y restringir aún más el censo electoral.
Su proyecto fracasó por la oposición dentro del propio moderantismo, lo que provocó una
profunda crisis en el partido. Este desgaste, unido al creciente malestar social, desembocó en la
revolución de 1854, que permitió el regreso de los progresistas al poder.

5.2.2. EL BIENIO PROGRESISTA (1854 – 1856).


Tras el levantamiento de 1854, Isabel II, llamó a formar gobierno a Espartero, de esta forma nació
el Bienio Progresista.
A) LA REVUELTA DE 1854 Y EL NUEVO GOBIERNO PROGRESISTA.
El autoritarismo moderado impulsó la alianza de progresistas, demócratas y parte del
moderantismo, que protagonizaron el pronunciamiento de Vicálvaro (1854) dirigido por O’Donnell.
El Manifiesto de Manzanares reclamó el cumplimiento de la Constitución de 1845, reformas
electorales, rebajas fiscales y la restauración de la Milicia Nacional; mientras la insurrección se
extendía. El triunfo del movimiento llevó a Espartero a la presidencia y a O’Donnell al Ministerio de
la Guerra. Las elecciones, con el censo más amplio desde 1837, dieron mayoría a los
progresistas y permitieron la entrada de los demócratas. El nuevo gobierno recuperó principios
progresistas como la Milicia Nacional y la elección directa de alcaldes. En 1856 se redactó una
nueva Constitución, nunca promulgada, que introducía la libertad de culto y un Senado electivo
con mayores competencias.

B) LA LEGISLACIÓN ECONÓMICA.
Las reformas económicas del Bienio Progresista impulsaron la industrialización y reforzaron a la
burguesía urbana y a las clases medias. Su eje fue la desamortización de Madoz (1855), que
afectó a bienes públicos y municipales para fortalecer la Hacienda y financiar la modernización,
especialmente el ferrocarril.
La Ley General de Ferrocarriles (1855) organizó la red y otorgó incentivos a las empresas,
beneficiando sobre todo al capital extranjero. Junto a ello se promovieron mejoras como la
reforestación, la expansión del telégrafo, la ampliación de carreteras, la modernización bancaria y
el desarrollo minero.

C) LA CRISIS DEL BIENIO PROGRESISTA.

Las reformas progresistas no evitaron las crisis de subsistencias y estalló una fuerte conflictividad
social, destacando las huelgas catalanas de 1855 y diversos motines urbanos y campesinos.
Aunque se aprobó una ley laboral, la crisis persistió y el movimiento obrero ganó peso, alarmando
a los sectores conservadores. La división interna del progresismo agravó la situación y, O’Donnell
asumió el gobierno y reprimió con dureza las protestas.

2.3. LA DESCOMPOSICIÓN DEL SISTEMA ISABELINO (1856 – 1868).


Esta etapa estuvo caracterizada por la alternancia de poder de los unionistas y los moderados,
por lo que el resto de fuerzas políticas, marginadas, ayudarán a la descomposición del sistema
político isabelino.

A) LOS GOBIERNOS UNIONISTAS (1856 – 1863).


El gobierno de O’Donnell buscó estabilidad combinando medidas moderadas y progresistas,
favoreciendo el crecimiento económico, gracias a la especulación ferroviaria. Implantó un
parlamentarismo controlado, tolerante con la oposición pese a elecciones manipuladas.
Su política exterior fue muy activa: Indochina junto a Francia, participó en la expedición a México
con Francia y el Reino Unido, y emprendió la guerra de Marruecos (1859‑1860), en la que España
obtuvo victorias en Tetuán y Castillejos y logró Ifni y la ampliación de Ceuta con la paz de
Wad‑Ras. La creciente inestabilidad política provocó la dimisión de O’Donnell en 1863 y el retorno
de los moderados al poder.

B) LOS GOBIERNOS MODERADOS (1863 – 1868).


Durante estos años, fue protagonista políticamente Narváez, el gobierno moderado sufrió intrigas
internas y derivó en un fuerte autoritarismo, lo que llevó a la oposición progresista y democrática
a la insurrección. La represión de la protesta estudiantil en la Noche de San Daniel (1865)
evidenció esta deriva. En 1866 estallaron nuevas sublevaciones, como la de los sargentos de
San Gil, duramente reprimidas, lo que alejó a los unionistas del gobierno. La crisis de
subsistencia de 1866 agravó el descontento y llevó a amplios sectores sociales a ver necesario
un pronunciamiento que cambiara radicalmente la situación del país.

5.3. EL SEXENIO DEMOCRÁTICO: REVOLUCIÓN, CONSTITUCIÓN DE 1869 Y LA MONARQUÍA DE AMADEO DE SABOYA.


5.3.1. LAS CAUSAS DE LA REVOLUCIÓN.
Durante el último período del reinado de Isabel II (1863 – 1868), se produjeron una serie de crisis,
que mostraron la debilidad del sistema político liberal así como la de la economía de España.

A) LA CRISIS ECONÓMICA.
En los últimos años del reinado de Isabel II, la economía pasó de la expansión a una profunda
crisis desde 1866, con un retroceso financiero e industrial y una grave crisis de subsistencias que
golpeó a las clases populares. El hundimiento de las acciones ferroviarias y de la deuda pública
provocó quiebras y desconfianza generalizada, mientras la industria se vio afectada por el
encarecimiento del algodón tras la Guerra de Secesión estadounidense.
Las malas cosechas de 1866 agravaron la escasez de trigo y dispararon los precios,
combinándose la crisis agrícola e industrial: aumentó la violencia en el campo, creció el paro
urbano y empeoraron las condiciones de vida de los trabajadores.

B) CRISIS POLÍTICA.
A mediados de los años 1860, el descontento con el sistema isabelino se extendió por amplios
sectores sociales. La revuelta del cuartel de San Gil (1866) y su dura represión apartaron a
O’Donnell, mientras los gobiernos moderados ignoraban la crisis. Sin acceso al poder,
progresistas y demócratas conspiraron y boicotearon las elecciones, culminando en el Pacto de
Ostende (1867), que buscaba derribar la monarquía y convocar Cortes Constituyentes por
sufragio universal. Tras la muerte de O’Donnell, los unionistas se sumaron aportando mandos
militares, aunque su conservadurismo hizo que el levantamiento de 1868 se concretara en un
pronunciamiento militar.
5.3.2. LA REVOLUCIÓN DE SEPTIEMBRE DE 1868.
Se produjo un levantamiento contra el partido moderado y contra la monarquía isabelina. El
movimiento conocido como “La Gloriosa”, tuvo un gran apoyo popular, por lo que triunfó sin gran
dificultad.
A) LA REVOLUCIÓN DEL 68 Y EL GOBIERNO PROVISIONAL.
El alzamiento de Cádiz (19 de septiembre de 1868), dirigido por Topete y apoyado por Prim y
Serrano, desencadenó la caída de Isabel II tras la victoria rebelde en Puente de Alcolea. La
reina se exilió y el impulso popular, articulado en las Juntas Revolucionarias, reclamó amplias
reformas. Sin embargo, tras la entrada de los sublevados en Madrid, el Gobierno Provisional
—con Serrano como regente y Prim al frente— disolvió las Juntas, desarmó la Milicia
Nacional y mantuvo intacto el sistema económico y político, limitando el alcance
revolucionario.

B) LA CONSTITUCIÓN DE 1869 Y LA REGENCIA.


El Gobierno Provisional aprobó libertades básicas y convocó las primeras elecciones por
sufragio universal masculino, que dieron paso a las Cortes de 1869 y a la primera
Constitución democrática, basada en amplios derechos, soberanía nacional, monarquía
limitada sin veto real, Cortes bicamerales e igualdad jurídica para Cuba y Puerto Rico.
Proclamada la Constitución, se instauró la regencia de Serrano y Prim asumió el Gobierno.
El contexto interno era difícil: republicanos y carlistas se oponían al nuevo régimen, la economía
estaba en crisis y era necesario buscar un nuevo rey, aunque en Europa el cambio fue bien
recibido. Pese a consolidar un sistema liberal‑democrático, quedaron sin resolver muchas
reivindicaciones, y durante la regencia (1869‑1870) aumentó la conflictividad social por tierras.
Tras la caída de los Borbones, el republicanismo, especialmente el federal, creció y lideró la
mayoría de las protestas.

C) EL INTENTO DE RENOVACIÓN ECONÓMICA.


Tras La Gloriosa, se aplicó una reforma económica liberal para proteger a la burguesía y atraer
capital extranjero: política librecambista, apertura a inversiones, contribución directa por renta,
creación de la peseta y liberalización arancelaria (Ley de Bases de 1869), que generó rechazo
en sectores industriales y agrarios.
El gran problema seguía siendo la Hacienda, lastrada por una enorme deuda pública,
compromisos con la banca extranjera y la crisis ferroviaria. Para obtener ingresos, la Ley de
Minas de 1871 permitió vender o conceder yacimientos a compañías extranjeras y destinar esos
recursos a sostener las finanzas del Estado.

5.3.3. EL REINADO DE AMADEO DE SABOYA (1871 – 1873).


En la Constitución de 1869, se establecía una monarquía como forma de gobierno, así que el
gobierno se dedicó a buscar monarca para sustituir a los borbones.

A) UN MONARCA PARA UN RÉGIMEN DEMOCRÁTICO.


Prim se encargó de negociar con los embajadores extranjeros para encontrar un candidato al
trono español, imponiéndose finalmente Amadeo de Saboya, muy prestigioso por el papel de su
familia en la unificación italiana. Con 26 años, Amadeo fue elegido rey por las Cortes en
noviembre de 1870 y llegó a España el 30 de diciembre, pero tres días antes Prim fue
asesinado, dejándolo sin su principal apoyo. El 2 de enero de 1871, Amadeo fue proclamado
rey, y tras su juramento se disolvieron las Cortes Constituyentes para iniciar una monarquía
democrática.

B) LAS DIFICULTADES DE LA NUEVA DINASTÍA.


Amadeo I llegó al trono con muy pocos apoyos, limitado a progresistas y unionistas, mientras
que aristocracia, clero, la camarilla isabelina y parte del ejército se opusieron desde el inicio.
Su neutralidad política y la reducción del boato aumentaron ese rechazo, que se agravó con los
levantamientos carlistas y la Guerra de Cuba. Tampoco contó con respaldo popular, marcado
por el republicanismo. Aunque intentó consolidar una monarquía democrática con sufragio
universal, su breve reinado fue muy inestable por la crisis económica, los conflictos entre
partidos, el resurgir carlista, la Guerra de Cuba y las insurrecciones republicanas.

C) UNA PERMANENTE INESTABILIDAD.


Desde el inicio del reinado de Amadeo I, los moderados y buena parte de la Iglesia y la élite
económica se opusieron a la nueva monarquía y apoyaron la restauración alfonsina impulsada
por Cánovas. La situación se agravó con la insurrección carlista de 1872, las revueltas
federalistas y anarquistas, y la prolongada Guerra de los Diez Años en Cuba, que bloqueó
cualquier estabilidad. La desintegración de la coalición gubernamental —con seis gobiernos y
tres elecciones en dos años— generó un caos político que llevó a Amadeo I a abdicar y
abandonar España el 11 de febrero de 1873.

5.4. EL SEXENIO DEMOCRÁTICO: EL PRIMER ENSAYO REPUBLICANO Y SU FRACASO.


5.4.1. LA PRIMERA REPÚBLICA ESPAÑOLA.
La última etapa del Sexenio Democrático fue la república, ésta apenas durará un año (febrero
1873- enero 1874).
A) LA PROCLAMACIÓN DE LA REPÚBLICA.
Tras la salida de Amadeo I, las Cortes proclamaron la Primera República (11 de febrero de
1873) y eligieron presidente a Figueras, aunque la mayoría parlamentaria seguía siendo
monárquica y veía la república como una solución temporal. El nuevo régimen tuvo poco
reconocimiento internacional, pero generó entusiasmo popular, con Juntas Revolucionarias
y protestas por tierras y mejoras laborales, especialmente en Andalucía y Cataluña. Los
republicanos federales, más moderados, disolvieron las Juntas y reprimieron las revueltas para
mantener el orden. Restablecida la calma, las elecciones dieron una amplia mayoría republicana,
aunque con una altísima abstención.

B) EL INTENTO DE INSTAURAR UNA REPÚBLICA FEDERAL.

En junio de 1873, las Cortes proclamaron la República Democrática Federal y eligieron


presidente a Figueras, sustituido enseguida por Pi y Margall. Este lanzó un amplio programa
reformista —Constitución Federal, separación Iglesia‑Estado, autonomía colonial, leyes sociales,
abolición de la esclavitud, supresión de quintas y reforma fiscal—, pero la brevedad del régimen
impidió aplicarlo.

●​ EL PROYECTO DE CONSTITUCIÓN FEDERAL.

En 1873 se presentó un proyecto de Constitución Federal que no llegó a aprobarse, pero que
ampliaba los derechos y libertades de 1869 y establecía una República federal con presidente,
Cortes bicamerales y separación Iglesia‑Estado. Proponía un Estado no centralista formado
por 17 Estados —incluida Cuba— organizados en municipios, Estados regionales y Estado
Federal. Estos Estados tendrían amplia autonomía y podrían redactar sus propias
constituciones, siempre subordinadas a la federal.

●​ LOS CONFLICTOS ARMADOS.

La Primera República afrontó problemas graves que paralizaron su acción: la insurrección


carlista, que abrió un frente armado en sus territorios tradicionales y se prolongó hasta 1876, y la
Guerra de Cuba, que el gobierno no consiguió controlar debido al apoyo alfonsino de muchas
autoridades coloniales. A ello se sumaron la falta de colaboración de los partidos
monárquicos y las divisiones internas del republicanismo, factores que debilitaron aún más al
régimen.

C) LA SUBLEVACIÓN CANTONAL.
La sublevación cantonal fue el conflicto más grave de la Primera República, impulsado por un
cantonalismo radical que mezclaba autonomismo y revolución social. En julio de 1873 se
proclamaron numerosos cantones independientes, especialmente en zonas republicanas y
anarquistas. La negativa de Pi y Margall a reprimir llevó a su dimisión; Salmerón inició la
represión militar, sofocó la revuelta salvo en Cartagena y dimitió por negarse a firmar penas de
muerte.
La presidencia pasó a Castelar, más conservador, que gobernó con plenos poderes, reorganizó
el ejército y mantuvo el Parlamento cerrado hasta enero de 1874.

D) EL FIN DE LA EXPERIENCIA REPUBLICANA.


Desde septiembre de 1873, el giro conservador llevó a Castelar a gobernar de forma autoritaria
apoyándose en el ejército, hasta ser derrotado en la moción de censura del 3 de enero de
1874. Para evitar un gobierno de izquierdas, el general Pavía disolvió por la fuerza las Cortes (4
de enero), dando paso a un ejecutivo unionista‑progresista presidido por Serrano, que intentó
sostener una república conservadora en un país ya inclinado hacia la restauración borbónica. El
pronunciamiento de Martínez Campos en Sagunto (29 de diciembre de 1874) proclamó rey a
Alfonso XII, culminando la Restauración, anunciada previamente en el Manifiesto de
Sandhurst, redactado por Cánovas.

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