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Del estudio de la naturaleza a las preocupaciones antropológicas, éticas y políticas
2.1 Las Sofistas (s. V a. C.)
2.1.1 Características generales
2.1.2 Relativismo, escepticismo y convencionalismo
2.1.3 La política y el oportunismo
2.1.4 Physis y nomos
2.1.5 Representantes:
[Link] Protágoras: el homo mensura. La existencia de Dios
[Link] Gorgias: el lenguaje y la construcción del discurso. La negación de la
existencia del ser
2.1.1 Características generales
Los Sofistas
“Sofistés” es una palabra que significa «sabio», experto en el saber. La acepción del
término, por sí misma positiva, se convirtió en negativa a causa, sobre todo, de la
toma de posición notablemente polémica de Platón y de Aristóteles. Estos
sostuvieron que, como ya había dicho Sócrates, el saber de los sofistas era aparente y
no efectivo, y que además no se profesaba con objeto de una búsqueda
desinteresada de la verdad, sino con fines de lucro. Platón, en especial, insiste sobre
la peligrosidad —desde el punto de vista moral— de las ideas de los sofistas, además
de su inconsistencia teórica.
Durante mucho tiempo los historiadores de la filosofía aceptaron sin discusión los
juicios de Platón y de Aristóteles acerca de los sofistas, además de las informaciones
que ambos filósofos ofrecían sobre estos pensadores. En consecuencia, por regla
general, el movimiento de los sofistas fue infravalorado y se le consideró
básicamente como un momento de grave decadencia del pensamiento griego. Sólo
en nuestro siglo ha sido posible efectuar una sistemática revisión de aquellos juicios,
con la consiguiente revalorización radical de ese movimiento, desde el punto de vista
histórico y filosófico. Actualmente, todos comparten las conclusiones que extrae W.
Janger: «Los sofistas son un fenómeno tan necesario como Sócrates y Platón; más
aún, éstos sin aquéllos resultan del todo impensables».
Physis y nomos
En efecto, los sofistas llevaron a cabo una revolución espiritual en sentido estricto,
desplazando el eje de la reflexión filosófica desde la physis y el cosmos (naturaleza)
hasta el hombre y hasta lo que concierne a la vida del hombre en tanto que miembro
de una sociedad (nomos o lo convencional). Se comprende entonces que los temas
dominantes de la sofística fuesen la ética, la política, la retórica, el arte, la lengua, la
religión, la educación; es decir, lo que hoy llamaríamos la cultura del hombre. Por lo
tanto, cabe afirmar con exactitud que gracias a los sofistas se inicia el periodo
humanista de la filosofía antigua.
Este radical desplazamiento del eje de la filosofía se explica por la acción conjunta de
dos tipos diferentes de causas. Por un lado, como hemos visto, se habían ido
agotando paulatinamente todas las posibilidades de la filosofía de la physis. Ya se
habían recorrido todas sus sendas y el pensamiento físico había llegado a sus límites
extremos. Era obligada la búsqueda de otro objetivo. Además, durante el siglo V a. C.
tuvieron lugar fenómenos sociales, económicos y culturales que al mismo tiempo
favorecieron el desarrollo de la sofística y, a su vez, fueron favorecidos por ella.
Por otro lado, ellos se consideraban “sabios” en el sentido antiguo y tradicional del
término: es decir, en el sentido de hacer a los hombres hábiles en sus tareas, aptos
para vivir juntos, capaces de salir airosos en las competiciones civiles.
El interés de los sofistas se limitaba a la esfera de las actividades humanas y la
misma filosofía era considerada por ellos como un instrumento para moverse
sagazmente en dicha esfera.
El objeto de la enseñanza sofística se limitaba a disciplinas formales, como la
retórica o la gramática, o a diversas nociones brillantes pero carentes de solidez
científica, que podían ser de utilidad para la carrera de un abogado o de un hombre
político. Su creación fundamental fue la retórica, es decir, el arte de persuadir,
independientemente de la validez de las razones aducidas.
La naturaleza relativista de sus tesis teóricas no es más que la expresión de una
condición fundamental de su enseñanza.
Protágoras: el homo mensura
El más famoso y el más celebrado de los sofistas fue Protágoras, nació en Abdera en
la década que va desde el 491 al 481 a. C., y falleció a finales de ese mismo siglo.
Viajó por toda Grecia y pasó varias temporadas en Atenas, donde logró un gran éxito.
Enseñó durante cuarenta años en todas las ciudades de Grecia, yendo de una a otra.
En Atenas fue acusado de ateísmo y se vio obligado a abandonar la ciudad. Murió
ahogado a los 70 años, cuando iba a Sicilia.
Fue muy apreciado por los políticos (Pericles le confió el encargo de preparar la
legislación destinada a la nueva colonia de Thurii, en el 444 a. C.). Sus obras:
Razonamientos demoledores, se citaba también con el título Sobre la verdad o Sobre
el ser. Se atribuye a Protágoras una obra Sobre los dioses y Las antilogías, de la cual
sólo poseemos algunos testimonios.
La proposición básica del pensamiento de Protágoras consistió en el siguiente
axioma: «El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en aquello que
son, y de las que no son en aquello que no son» (principio del homo mensura).
Protágoras entendía por medida la norma del juicio, mientras que todas las cosas
abarcaban todos los hechos y todas las experiencias en general. Tal axioma se
convirtió en celebérrimo y ha sido considerado, y lo es, casi como la carta magna del
relativismo occidental.
Mediante este principio Protágoras quería negar la existencia de un criterio absoluto
que discrimine entre ser y no-ser, verdadero y falso. El único criterio es el hombre, el
hombre individual: «Las cosas son para mí tal como se me aparecen, y son para ti tal
como se te aparecen a ti». Por ejemplo, este viento que sopla, ¿es frío o cálido? La
respuesta, de acuerdo con el criterio de Protágoras, sería la siguiente: para quien
tenga frío, es frío, y para el que no, no. Entonces, si las cosas son así, nadie estaría en
la falsedad, sino que todos estarían en la verdad (en su verdad).
El relativismo que se expresa a través del principio del homo mensura es
profundizado de una forma adecuada mediante una obra ya mencionada, Las
antilogías, en la que se demostraba que acerca de cada cosa hay dos razonamientos
que se contraponen entre sí. En otras palabras, con respecto a cada cosa es posible
decir y contradecir; esto es, se pueden aducir razones que se anulan recíprocamente.
En esto consistió precisamente el núcleo central de las enseñanzas de Protágoras:
«Se trata de enseñar a criticar y a discutir, a organizar un torneo de razones contra
razones».
Para Protágoras, pues, todo es relativo: no existe una verdad absoluta y tampoco
existen valores morales absolutos (bienes absolutos). Existe, empero, algo que es
más útil, más conveniente y en consecuencia más oportuno. El sabio es aquel que
conoce aquello relativo que es más útil, más conveniente y más oportuno, y que sabe
convencer a los demás para que también lo reconozcan y lo pongan en práctica.
En definitiva, para Protágoras, al parecer, el bien y el mal son respectivamente lo útil y
lo perjudicial; lo mejor y lo peor son lo más útil y lo más perjudicial.
Una de las actitudes más características de los sofistas estuvo referida a su
concepción de la normativa social: considerando que ni la moral ni las leyes
respondían a la naturaleza, sino que eran solamente nomos, es decir, resultados de
las convenciones humanas, por lo cual los hombres podrían establecer un orden
social y moral totalmente distinto, sin que con ello lesionaran el orden natural. Con
ello, sentaron las bases de la discrepancia entre las concepciones del llamado
naturalismo, que considera que hay reglas jurídicas y morales inherentes a la
naturaleza; y el llamado “positivismo jurídico”, que solamente considera que las
reglas están vigentes por imposición humana.
Podemos diferenciar tres clases de posturas:
Pensamiento mítico-religioso: leyes e instituciones proceden de los dioses.
Filosofía: el orden del Estado es parte de un orden más amplio, el del universo, única
ley o logos.
Sofística: las leyes e instituciones son el resultado de un acuerdo o decisión humana.
¿Qué es lo natural en el hombre?
Lo que queda si eliminamos todo aquello que hemos adquirido por la enseñanza
recibida.
Existen dos normas naturales de comportamiento:
Búsqueda del placer: el niño llora cuando siente dolor y sonríe feliz cuando
experimenta placer.
Dominio del más fuerte entre los animales: el macho más fuerte domina a los demás.
Utilizan el análisis de las conductas de los niños y animales como ejemplos de sus
teorías.
Obs.: La ley natural debe prevalecer sobre las leyes civiles (positivas) que tiranizan a
los hombres y los obligan a acciones contrarias a la naturaleza.
La existencia de Dios
Finalmente sabemos que Protágoras afirmó: «De los dioses, no tengo la posibilidad
de afirmar que son, o que no son». Basándose en su método antilógico, se veía
obligado a demostrar tanto los argumentos a favor de la existencia de los dioses,
como los argumentos contrarios a ésta. Ello no significa que fuese ateo, como alguno
ya supuso en la antigüedad, sino que era sólo un agnóstico desde el punto de vista
racional (si bien desde el punto de vista práctico mantenía, al parecer, una actitud
positiva hacia los dioses).
Gorgias: el lenguaje y la construcción del discurso. La negación de la existencia del
ser
Nació en Leontini, en Sicilia, alrededor del 485/480 a. C. y vivió en perfecta salud
física durante más de un siglo. Viajó por toda Grecia, obteniendo amplios consensos.
Su obra filosófica más profunda lleva el título Sobre la naturaleza y sobre el no-ser.
Las tesis fundamentales de Gorgias eran tres, concatenadas entre sí:
a) Nada existe.
b) Si algo existe, no es cognoscible por el hombre.
c) Aunque sea cognoscible, es incomunicable a los demás.
Sostenía el primer punto demostrando que no existe ni el ser ni el no-ser. En efecto, el
no-ser no existe, porque si fuese, sería a la vez no-ser y ser, lo que es contradictorio. Y
el ser, si fuese, debería ser o eterno o engendrado, o eterno y engendrado a la vez.
Pero si fuese eterno sería infinito, y si infinito no estaría en ningún lugar; esto es, no
existiría de hecho. Si es engendrado, debe haber nacido o del ser o del no-ser; pero
del no-ser no nace nada, y si ha nacido del ser, ya existía primero, en consecuencia,
no es engendrado. El ser no puede ser, pues, ni eterno ni engendrado, ni puede ser
tampoco eterno y engendrado a la vez, porque las dos cosas se excluyen. Así, pues, ni
el ser ni el no-ser existen.
Pero si el ser fuese, no podría ser pensado. En efecto, las cosas pensadas no existen;
de lo contrario existirían todas las cosas inverosímiles y absurdas que al hombre se le
antoja pensar. Pero si es verdad que lo que es pensado no existe, será también verdad
que lo que existe no es pensado, y que, por tanto, el ser, si existe, es incognoscible.
En fin, aunque fuese cognoscible, no sería comunicable. Nosotros, en efecto, nos
expresamos por medio de la palabra, pero la palabra no es el ser; así pues,
comunicando palabras, no comunicamos el ser.
El relativismo teórico y práctico de la sofística encuentra aquí un importante corolario
suyo: la omnipotencia de la palabra y la fuerza de la retórica que la guía con sus
recursos infalibles. Cuando Platón opone a Gorgias, en el diálogo que lleva su título,
que la retórica no puede persuadir en lo que es verdadero y justo, arranca de un
supuesto no compartido por Gorgias: o sea, que existan criterios infalibles y
universales para reconocer lo verdadero y lo justo (Gorgias, 455 a).
Para Protágoras todo es verdadero; para Gorgias todo es falso. Pero en realidad, el
significado de las dos tesis no es más que uno: la negación de la objetividad del
pensamiento y, en consecuencia, de la validez que le proporciona su referencia al ser.
Por la ausencia de tal objetividad, la palabra, sobre todo cuando va gobernada por la
retórica, tiene una fuerza a la que nadie puede resistir.