BL 381-1 & GSS 381-1: Youth Identities in YA Latinx Literature
Jesus Andres Vargas Aldaz
Dr. Carolina Alonso
Chuy’s Guide to Life
1-La Familia Va Primero
Nunca sé por dónde empezar cuando cuento mi historia, así que supongo que el principio está
bien. Nací en Durango, México, un lugar lleno de sol, tierra y familias ruidosas que aman con
fuerza y pelean igual de fuerte. De niño era callado, hasta tímido, pero nunca dejé que nadie me
pisoteara. Y mucho menos permitía que alguien se metiera con mi familia.
Mi hermana Isabella, que es más inteligente que cualquiera que conozco (a veces demasiado para
su propio bien), siempre era el blanco de burlas de los niños más grandes. Eran enormes, casi
gigantes comparados conmigo. Pero mi papá, Jesús, siempre me decía lo mismo antes de salir de
casa:
“La familia va primero. Siempre respalda a los tuyos.”
Así que un día, cuando unos chicos dos grados arriba de mi la arrinconaron para burlarse de ella,
no lo pensé dos veces. Solté la mochila, me paré enfrente de Isabella y me lancé a los golpes
como si mi vida dependiera de eso. No perdí, pero la victoria no duró mcho.
Terminé sentado en la oficina del director, con los nudillos ardiendo, el labio partido y la
adrenalina bajando. No había nada peor que esa caminata desde el pasillo hasta esa silla café
donde se sentaban los problemáticos. Bueno… peor sólo era esperar a mi mamá, Erica, para
recogerme. Ella trabajaba en la misma escuela, así que jamás me escapaba de nada. Siempre se
enteraba antes de que yo supiera que estaba en problemas gracias a la maestra Ariana, que vivía
para mitotear y chismear como si fuera un deporte.
Cuando mi mamá entró, no gritó. Ni siquiera se veía enojada. Simplemente cruzó los brazos y
dijo:
“Dime qué pasó.”
Le conté la verdad: estaban molestando a Isabella, así que peleé. Punto.
Miró al director, luego a mí, y dijo:
“Me da gusto que hayas defendido a tu hermana.”
Nadie esperaba que se pusiera de mi lado—especialmente después de ver cómo habían quedado
los otros niños—pero lo hizo. Yo sólo esperaba que no cancelara el viaje de trabajo que tenía
planeado con mi papá para la siguiente semana.
Ese día aprendí mi primera gran lección: La familia va primero.
2-Vales lo que vale tu palabra
Al final tuve suerte: sin castigo fuerte, sin regaños grandes y, lo más importante, todavía podía ir
al viaje con mi papá. Él compra camionetas y maquinaria en los Estados Unidos para llevarlas a
México y revenderlas, y esta vez iba a llevarme con él.
Casi no dormí la noche anterior. Para cuando escuché sus pasos acercándose a mi cuarto para
despertarme, yo ya llevaba dos horas despierto. Tenía la ropa puesta y la maleta lista. Cuando
abrió la puerta y me vio así, sólo sonrió y dijo:
“Vámonos pues. Son las cinco de la mañana y hay que darle.”
Cargamos las maletas en la Bronco, enganchamos la traila, y mi mamá nos dio la bendición.
Mientras manejábamos, apoyé la frente en la ventana fría y observé el amanecer iluminar la
carretera. No hay nada como la luz dorada que cae sobre los caminos vacíos a las afueras de
Torreón.
Horas después llegamos a la frontera de Laredo. La fila estaba larguísima—coches pegados uno
con otro, agentes revisando hasta los cordones de los zapatos. Me quedé dormido hasta que una
voz americana me despertó:
“Passports and documents, please.”
Volteé y vi al agente más güero que he visto en mi vida revisando nuestros papeles. Hizo unas
preguntas, nos regresó los documentos y nos dejó pasar. Mi papá sonrió y le marcó a mi mamá:
“Todo bien. Ya cruzamos. Mañana recogemos la camioneta.”
Al día siguiente fuimos a revisar una Ford Ranger que se veía impecable. El vendedor juró que
todo funcionaba perfecto. Mi papá le creyó, cerraron trato y salimos a manejarla. Pero no
pasaron ni diez minutos antes de que empezaran los problemas: ruidos extraños, fallas eléctricas,
detallitos por todos lados.
Yo esperaba que mi papá explotara o quisiera regresar el trato, pero no. Tranquilo, marcó al
comprador en México y le dijo:
“Oye, la camioneta que te conseguí tiene unos detalles, pero los puedo arreglar, no te preocupes.”
Yo esperaba que el comprador se enojara o cancelara, pero dijo:
“Está bien. Yo confío en ti. Arregla los detalles.”
Cuando mi papá colgó, no pude evitar preguntarle:
“¿Por qué no le mentiste, como te mintieron a ti?”
Él me miró serio, firme, tranquilo y respondió:
“Porque mi palabra vale mucho más que una camioneta.”
Y así aprendí mi segunda gran lección:
Sé honesto. Tu palabra es tu nombre, y si la pierdes, lo pierdes todo.
3-El que no arriega no gana
Unos cuantos años después, cuando tenía alrededor de 17 o 18 años, mi vida giraba casi
completamente alrededor del ciclismo de montaña. Era más que un deporte; era mi escape, mi
identidad, y la cosa que más amaba en el mundo. Entrenaba todos los días sin fallar: subidas
eternas bajo el sol ardiente, bajadas técnicas donde el viento me cortaba la cara, y carreras en las
que dejaba todo lo que tenía. Pero algo empezó a fallar. En competencia no me estaba yendo
bien. Los resultados no llegaban, por más que entrenaba. Sentía como si mis piernas estuvieran
llenas de piedras y mi cabeza, llena de dudas.
Una tarde, mientras revisaba mi correo en la computadora, vi un email de mi entrenador. El
asunto decía simplemente: “Hablemos.” Sentí un hueco en el estómago.
Lo abrí, y el corazón se me cayó.
“Jesús, hemos decidido que ya no seguiremos invirtiendo tiempo en tu entrenamiento. No estás
rindiendo como esperábamos. Te recomiendo buscar otro camino.”
Me quedé viendo la pantalla fijo, sin parpadear. Sentí como si alguien hubiera apagado la luz
dentro de mí. Pero yo estaba furioso. Sentía una mezcla de vergüenza, coraje y miedo. Esa noche
casi no dormí. Y en medio de la desesperación, tomé una decisión que cambió mi vida.
Busqué en mis contactos a todos los ciclistas que conocía en Estados Unidos. Abrí mensajes, uno
por uno, escribiendo lo mismo:
“Hola hermano, soy Jesús de Durango. ¿Sabes de algún equipo, entrenador o lugar donde pueda
entrenar en Estados Unidos?”
Presioné send y esperé.
Meses. Nada.
Hasta que un día, mientras ayudaba a mi papá a arreglar una camioneta, mi teléfono vibró. Un
mensaje de en Instagram, Lo abrí sin pensarlo.
“Hey Jesús, soy Chad, entrenador en Durango, Colorado. Nos conocimos hace tiempo. Si puedes
venir en un mes, puedo conseguirte hospedaje y un lugar en mi equipo. Let’s see what you’ve
got.”
Se me escapó una sonrisa que no había sentido en meses.
—¿Quién te escribió? —preguntó mi papá, limpiándose las manos de grasa con un trapo.
—Un coach de Estados Unidos. Dice que si voy en un mes me da equipo, casa y la oportunidad
de competir.
Él me miró fijo, serio, como midiendo mis palabras.
—Si vas a hacerlo, hazlo con todo —dijo finalmente, golpeando su mano fuerte sobre mi hombro
—. La vida no espera a nadie.
No lo pensé dos veces. Empaqué una maleta, mi bicicleta y el corazón lleno de miedo y
esperanza. Tenía 18 años cuando crucé la puerta de mi casa por última vez como niño.
Recuerdo esa despedida como si fuera ayer: mi mamá abrazándome tan fuerte que casi no podía
respirar, mi papá dándome un apretón de manos que decía más que cualquier discurso, Isabella y
Pau llorando en silencio con la cara escondida en mi pecho.
—Estamos orgullosos de ti —me dijo mi mamá—. No te olvides de quién eres y de dónde
vienes.
El vuelo a Colorado se sintió eterno. Todo era nuevo: el frío en el aire, el inglés por todos lados,
las montañas gigantes cubiertas de nieve.
Amy la persona que me iba a hospedar y luego se convertiria en familia me esperaba en el
aeropuerto, con una sonrisa enorme.
—You must be Jesús! —dijo extendiendo la mano como si ya me conociera—. Welcome to
Durango, man.
Ese año entrené más fuerte de lo que jamás había entrenado. Corrimos bajo la lluvia, bajo la
nieve, bajo el sol. Lloré. Me caí mil veces. Quise renunciar otras tantas. Pero mejoré. Me levanté.
Gané.
Un año después, Chad me llamó a su oficina improvisada en el taller de bicis.
—Sit down, amigo —me dijo con su español chueco—. Tengo una oferta para ti. ¿Quieres
competir para la universidad?
Sentí el mundo detenerse.
Y ahí entendí algo que llevo tatuado en el alma:
A veces lo que crees que es el final…
es sólo el comienzo,
si estás dispuesto a apostarlo todo.