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Busi

El autor reflexiona sobre su infancia y la soledad persistente que siente a lo largo de su vida, marcada por la pérdida de su padre y la incapacidad de conectarse con los demás. A pesar de sus esfuerzos por encontrar sentido y compañía, se siente atrapado en un ciclo de melancolía y frustración, luchando por aceptar su realidad y el vacío que dejó su padre. A lo largo del texto, se manifiestan sus luchas internas y la búsqueda de una identidad que parece eludirlo.

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Busi

El autor reflexiona sobre su infancia y la soledad persistente que siente a lo largo de su vida, marcada por la pérdida de su padre y la incapacidad de conectarse con los demás. A pesar de sus esfuerzos por encontrar sentido y compañía, se siente atrapado en un ciclo de melancolía y frustración, luchando por aceptar su realidad y el vacío que dejó su padre. A lo largo del texto, se manifiestan sus luchas internas y la búsqueda de una identidad que parece eludirlo.

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Tengo que comenzar reconociendo que, mientras escribo, se

manifiesta que las situaciones no superadas son defectos para mí y

que, al pensar de esa forma, me tacho a mí mismo.

Durante mi infancia no me interesaba gran cosa, vivía en las

sombras, tratando de no ser visto y sin comprender nunca qué era

lo que necesitaba.

Cuando trato de pensar en mi niñez, es como internarme en

una niebla densa, puesto que los rayos del sol llegaban en muy

contadas ocasiones. Lo que voy entendiendo ahora es que pude

sentirme bien sólo en los momentos en que triunfaba, como si la

permanencia dentro de la búsqueda no fuese buena por sí misma,

solamente una forma de llegar a un resultado. Pareciera que podía

sentirme bien únicamente siendo muy importante, casi el más

importante.

Me siento solo. Solo cuando me despierto y no sé que hacer.

Solo mientras planeo mi día, desayuno y ojeo el diario. Solo

mientras leo un libro, hablo por teléfono o visito amigos. Solo


cuando como o ayuno, cuando corro o cuando camino, cuando

salgo o me quedo en casa. Solo. Sí, solitariamente solo. Y aun

estando conmigo estoy solo. Creo que me quedé en la soledad. Me

quedé solo hace muchos años y me sentí así mientras crecí,

mientras estudié, mientras viví. Ahora, después de tantos años,

vuelvo a lo mismo, a un momento de soledad, porque papá murió y

me dejó aislado. No creo haber sido del todo yo desde entonces. Y

ahora estoy solo, solo yo ¿Solo quién? ¿Quién es yo?

Hice lo que pude y hago lo que puedo. Me siento como una

persona que está en un pozo con olor, humedad, incomodidad,

inseguridad, injusticia, agresividad, egoísmo, brutalidad y, sobre

todo, soledad. Y no puedo salir de ahí. Por momentos me doy

cuenta, pero todavía no puedo emerger. No puedo moverme ni

relacionarme con personas, porque: No puedo ser socio del club

que me acepte como socio (Allen).

Imaginen por mí una tarde tormentosa, con muchísimo

viento, nubes cerradas y oscuras. Imaginen también a una persona


sentada en un gran escritorio frente a una ventana. Sobre el

escritorio una montaña de papeles, una radio, una máquina de

escribir, colonias, cassettes, de todo. Desorden total.

Y si lograran imaginar a una persona triste y que extraña, les

aseguro que están casi completando mi situación actual. Es cierto,

me olvidé de mencionarles que me tenían que imaginar

escribiendo, pero eso es lo de menos. Lo importante es que puedan

pintar el cuadro. Melancolía: ése es el nombre de la obra.

Siento que se va el tren al que yo no me quise subir. Creo

que no me quiero subir, pero no implica que no me desangre con

sólo pensarlo.

La sensación de estar dormido la tengo desde los quince

años o antes. Debe ser igual a la sensación de que a uno le dieron

un calmante y no puede despertar o despabilarse.

El pichón que más se alimenta es más grande y puede

alimentarse a expensas de los más pequeños, que por estar poco


alimentados, no pueden competir por el mismo alimento.

Quizás la solución me llegó cuando me encontré con una

pintura de Dolores, en la que estaba representado un corazón,

como si fuera un rompecabezas, con las piezas sin ubicar.

Así es una persona, un gran desorden que puede funcionar o

no. Si funciona tal cual no hay problema: pocos cuestionamientos.

Pero si no funciona hay que empezar a ordenar y separar las piezas,

una por una, por la importancia que tienen en nuestra vida. En eso

creo estar.

Estoy chapoteando en la mierda y todavía no pude acostum-

brarme, convencerme de que me guste.

Agazapado para dar el salto. ¿Duro no? Los músculos tensos,

la mirada fija, adrenalina corriendo por las venas, estómago

contraído, corazón bombeando como un tambor, miedo. ¿Saltaré?

Estoy como caminando en círculos. En el centro hay algo


que no entiendo. Lo miro y lo miro sin descubrir el significado, la

solución.

A veces creo que no llego a entenderlo porque sólo lo miro de abajo

o de costado, pero no varío realmente mi posición.

MUCHAS VECES ME OLVIDO QUE TENGO DERECHO DE

ESTAR ACÁ.

Construyan una pared. Píntenla de blanco y pongan a un

hombre frente a ella, mirándola. Así estoy.

Acá estoy, tratando de ordenar el rompecabezas de mi vida,

tratando de no cometer los mismos errores, sintiéndome triste,

angustiado, solitario, melancólico y miserable las más de las veces

y relativamente bien y entusiasta las menos.

Estoy muy solo conmigo mismo.

No quiero tacharme más y, sin embargo, las sensaciones se

agolpan en mis puertas de salida, obstruyéndome, no

permitiéndome salir.
Evidentemente están al servicio de mi desgracia y de mi

insoportable enfermedad, lenta pero desagradablemente segura.

Acaban de llegar Luz y Adolfo de Mar del Plata. Siento que

les debo el estar con ellos. Estoy más solo en este momento con

gente que escribiendo sin compañía. Ante la presencia de las

personas es como si mi yo me abandonara.

Estoy en medio de una cueva, obscura, ruidosa. Con toda

clase de alimañas que me caminan por el cuerpo. No puedo

identificar realmente de cuales se tratan, pero la única salida que

veo en este momento es una trampa mortal. Sería consolidar mi

desgracia. Tengo que aguantar acá mismo, hasta que llegue el día.

Y, quizás las alimañas sólo sean bichitos de San Antonio que me

caminan dulcemente por la piel. ¡Fuerza! ¡Ánimo! Es lo que

necesito.

Si estoy un rato hablando con alguien y me desconecto de

mis pensamientos, empieza de a poco, sin prisa y sin pausa, a

aparecer nuevamente la sensación de pérdida fundamental.


En parte tengo miedo de dormirme, porque últimamente es

cuando los fantasmas se encuentran a sus anchas y yo no puedo

defenderme muy bien. Generalmente cuando estoy despertando es

cuando más fuertemente me ataca la realidad y no puedo

determinar qué es lo bueno y lo malo para mí.

Me invadió una gran angustia cuando salí de casa para pasar

unos pocos días en otro lado, a pocas cuadras. No quería alejarme.

No puedo identificar qué es lo que significa para mí la casa

de la vieja en este momento, ni qué significa Buenos Aires, pero sé

que la sola mención o pensamiento de irme hace mucho más

apretado el nudo que llevo desde hace unos días en el estómago.

Parece mentira que pueda seguir acá. Un personaje tan

funesto. Sigo hablando desde el mismo lugar. Uno se preguntaría, si

tanto le molesta ¿Por qué no sale de ahí? Yo me contesto que por

ahora no puedo.

Estoy solitariamente sentado en el living de la casa de Belén


y Adrián. Tengo siempre la impresión de que: si estoy solo, debería

estar acompañado y si estoy acompañado, debería estar solo. Si

pienso mucho las cosas buscando una solución, porque pienso

mucho, sino, porque no pienso. Siempre donde no debería estar.

Digamos mejor, en situaciones en las cuales no debería estar.

Haga lo que haga, no estoy haciendo lo que debería hacer. Y

yo me pregunto: ¿Qué es lo que debería hacer? -Lo que yo quiera.

Pero eso no es nada fácil, porque tengo serias

dificultades para decidir que es lo que quiero y eso es porque me

parece que a través de cada una de mis decisiones, está la

posibilidad de frustrarme o no. En este momento la frustración me

parece que la llevo en mí. Porque ninguna de las posibilidades que

se me presentan no son frustrantes. Todas son frustrantes.

Hoy pasé un día agradable escribiendo. Ahora empiezo a

escribir sin siquiera leer el párrafo anterior para ponerme en tema.

El tema soy yo y lo que me pasa. Yo y lo que me complica, yo y lo

que me sale mal. Cuando me viene una oleada de buen humor, se

me escapan las palabras y quedo vacío.


Ahora me tengo que meter solo en la cama y me parece

terrible.

Es increíble que teniendo toda la casa para mí durante estos

días, lo único que haya querido hacer, es estar solo. Tratar de

encontrarme a mí mismo, tratar de no aburrirme conmigo. Buscar

compañía en mi más íntima figura y también buscar la solución a

esto que está jorobándome la vida.

Releyendo éstas páginas pareciera que yo no quiero jugar a

lo que se me propone, porque no acepto las reglas, no me gustan

las normas y no me dejan imponer las que yo quiero. Las pautas

con las cuales se juega no me favorecen.

Me voy sintiendo mejor estando solo. como si empezara a

disfrutar mi compañía. Me gusta escribir, así, sin ningún

compromiso, como si fuera con una mujer libre.

Al perder una persona que quiero, en este caso una novia,


todo pierde importancia para mí. Yo pierdo importancia para todo.

El mundo se convierte en una zona árida y seca, donde los bordes

rugosos y las piedras me lastiman la piel desnuda. No hay árboles

frondosos, sino esqueletos de ramas secas y retorcidas.

Obviamente yo no puedo ser feliz ahí.

Creí que estaba mejor, pero ayer hablando con mi hermana

Luz, volví a sentirme enormemente incomprendido. Como si

buscara siempre lo mismo. Tengo que tranquilizarme. Todavía no

estoy listo para la jungla.

Mis progresos me cuestan mucho como para que personas

que no saben lo que vivo, opinen de mí sin problemas.

Me estoy volviendo a infligir una presión enorme. No se por

qué. Me había tranquilizado, pero la imagen de lo que yo tendría

que ser me aplasta y entonces me escondo y no quiero salir.

Con Adolfo no puedo hablar claro. Deja muchas cosas en el

aire, sin confirmarlas y, entonces, no puedo sacar conclusiones de

las charlas con él. Creo que le gusta ilusionarme con lo que se
podría hacer, sin intención real de llevarlo a cabo.

Otra vez perdí el contacto conmigo mismo. Me encuentro

con ese otro yo que me odia y me boicotea todo lo que soy. Otra

vez me siento tan poca cosa que me da miedo salir a la calle.

Me siento poco atractivo como persona, complicado,

molesto, vago y sin cosas buenas para darle a nadie.

Es una noche calurosa. Escucho los gritos angustiados de los

grillos y los ladridos histéricos de algunos perros, callados

firmemente por los aullidos obsesivos de sus dueños.

¿Estaré obsesionado con mi tratamiento mental?

Hoy es un domingo de esos de sueño. Fresco y con mucho

sol. En casa decidieron hacer un asado, del que se está ocupando

Raúl.

Estoy en mi cuarto con la ventana abierta, tratando de

percibir las sensaciones que me transmiten las cosas en general.

Cada persona que llega, sean hermanos o cuñados, traen consigo

cosas buenas y malas. Ondas buenas y malas. Cada uno llega con
su estado del ánimo, diferente al de los demás. No es una energía

pareja, ya no somos una familia en donde cada cual se entregue a

hacer lo que deciden los demás. No, cada uno decide por él mismo.

Una de las cosas que va a separar mi vida de niño con mi

vida adulta, es aceptar la muerte de papá y convivir tranquilamente

con ese hueco que va a estar vacío por el resto de mi vida.

Quizás a través de ese espacio vacío pueda comunicarme

con él. Aunque nunca lo tenga para acompañarme, creo que una

parte de él está conmigo y una parte mía está con él. Esa parte de

él va a estar siempre conmigo, independientemente del lugar

donde se encuentre en este momento. Ocupa un lugar importante

dentro de mí y nadie nunca va a poder quitarlo de ahí.

Durante todos éstos años no pude disfrutar de esa

compañía, que va a estar siempre presente, siempre conmigo,

porque traté de colocar a todas las relaciones en ese lugar, tratando

que ocuparan ese sitio que creía vacío. Traté de colocar ahí a

mamá, a mis amigos, a mis cuñados, a mi novia, y ninguno pudo

ocupar ese lugar, ninguno daba el número. Pero entonces me


quedé sin madre aunque la tenía, me quedé sin amigos, sin novia,

sin cuñados. Aunque los tenía a todos, los perdía. De esa forma

desperdicié todos los vínculos que podrían haberme enriquecido

como madre, amigos, cuñados o novias pero, desde ya, que no

como padres.

Creo que me sentía abandonado y paria, porque mi viejo

desapareció de mi vida y no pude hacerme cargo de eso, no pude

aceptarlo. Mi padre murió. No me dejó por ser yo poco importante o

porque no me quería. Tengo que poder ganar aquello que dejó en

mí y no perder todo, por lo que podría haber tenido si hubiese

seguido entre nosotros.

Siempre dije que el que va a pedir un trabajo, sin nadie que

lo recomiende, es un paria. Yo me sentía paria en esa situación.

Espero ahora no sentirme de la misma manera, tan menospreciado

por mí mismo.

Si ustedes vieran a mamá ahora, verían a una mujer

de cincuenta y siete años, gorda, y generalmente cascarrabias,


pero si la hubiesen visto de joven o cuando recibió el dinero del

campo, hubiesen visto otra cosa. Por dentro era una fuerza y un

entusiasmo por las cosas, muy poco común.

Ella es otra de las personas que traté de poner en el lugar de

padre y ella también intentó ponerme a mí en el lugar de papá.

No he conocido en toda mi vida a una persona más

generosa. No importaba lo que uno necesitara, ni para qué,

simplemente con pedírselo uno tenía la seguridad de que iba a

hacer todo lo que estuviera en sus manos para lograrlo.

Siempre pensé en mamá como en una eterna chiquilina y

eso, acompañado de su entusiasmo, hacía que la vida junto a ella

fuera muy agradable.

Hubo años que disfruté mucho de su compañía. Nos gustaba

mucho viajar en auto y compartir la alegría de conducir en ruta.

Muchas veces fuimos juntos al campo de Balcarce a visitar a

Luz. Fueron años muy agradables para mí.

Mis amigos siempre la quisieron mucho. Supongo que

porque ella siempre les daba todo lo mejor que tenía. Compartía

todo lo que tenía con ellos.


Durante la época en la que estuve cumpliendo con el

servicio militar, se despertaba a las seis de la mañana para

hacerme el desayuno, tenerme la ropa lista y llevarme hasta el

cuartel. Realmente se ocupaba de que mis estancias en casa fueran

agradables en la medida que pudiera.

Creo que ella -igual que yo- también perdió relaciones

cuando trató de poner a sus hijos en lugar de su marido. Se debe

haber quedado sin algunos hijos, como yo me quedé, de alguna

forma, sin madre. Siento que fue una de las personas que más

cerca estuvo de ocupar el lugar de papá. Ella también me malcrió

mucho.

Estoy pensando eso de sentirme solo aun cuando estoy

acompañado. Creía haberlo resuelto con el lugar que ocupaba

papá, pero pareciera que lo real es que la sensación de perdida

todavía está a flor de piel.

Estoy como en un laberinto en el que todos los

días tengo que encontrar la salida. A veces me miento diciéndome


que las cosas van a ser distintas al día siguiente por lo que descubrí

el día anterior pero, cuando llega el otro día, las cosas no cambian y

yo vuelvo a sentirme encerrado y paria en el laberinto.

Empiezo a escribir pasada la medianoche. Me

gustaría escribir algo realmente lindo, para dejar a mi alma libre del

encierro al que la someto diariamente. (escribí una linda noche de

verano)

Hoy escribo desde un pozo. Si ustedes se asomaran

no creo que llegaran a verme, pero, quédense ahí y escuchen todo

lo que voy a decir. Acá abajo está obscuro y húmedo, pero no es mi

intención quejarme con lloriqueo porque pienso que ustedes se

irían.

Hace años que trato de salir y me lastimo resbalando por las

paredes húmedas.

La historia de mi vida es tratar de cambiar lo malo

como por arte de magia, como si pudiera venir una llamada no

esperada que realmente me cambiara la vida.


Cada vez que me pongo a ordenar mi cuarto, me encuentro

con que hay demasiadas cosas, entonces me mareo y, antes de

terminar, pongo todo en cualquier lado. A veces me pasa lo mismo

con las cosas que tengo que hacer: Las dejo durante meses

molestándome en la cabeza, sin hacerlas. Por lo común se

transforman en un alud.

¿Me haría bien de alguna forma dejar de lado mis problemas

y acercarme a Joe? Cada vez que me acerco me dice algo molesto.

Ayer en el hipódromo hablamos muy poco y en menos de cinco

minutos ya me había dicho cosas de mala onda. No sé si antes no

era así o yo no me daba cuenta.

Tengo que escuchar lo que me dice mi corazón. Dejar de

hacer caso omiso a los gritos de angustia que me llegan desde el

interior. No hay forma de escapar de mí mismo.

Pienso que es lógico que nadie me elija porque ni yo mismo

me elegiría. No me gusto como soy. No hay ningún trabajo que me


venga bien y no puedo obligarme a tomar cualquiera porque me

enfermo, me angustio y sufro.

Josefina hizo mención a algo que yo hice el otro día. Podé

una enredadera muy grande que a mi entender estaba ahogando

un jazmín.

Ella lo relacionó con una gran madre. Yo lo vi como una gran

confusión de ramas retorcidas que rigen mi vida desde el interior y

realmente me estaban ahogando. Eso es lo que quiero hacer, sacar

las cosas de mi interior que me estén haciendo mal, las que no me

dejan trabajar en algo constructivo.

No me estoy esforzando para que estos escritos

salgan con buena forma. El contenido es todo lo que tengo.

De a poco voy encontrándome, no siendo tan duro y

buscando una solución sin necesidad de disociarme para lograrla,

puesto que cuando creo encontrar una solución estando separado

de mi interior, empiezo a

sentir angustia y no da resultado. La única forma de lograrlo es con


un acuerdo entre mis dos niveles y, para eso, tengo que estar

realmente unido, no pensar que llevo un enemigo dentro de mí que

busca mi mal.

Aunque todavía no se largó, ya siento el olor de la lluvia.

Decidí quitar su foto de la pared. La foto en la cual ella está

más linda. La tenía colgada como un recuerdo, pero la miraba

demasiado para mi tranquilidad. Sacarla hizo que todo mi tubo

digestivo hiciera pesas y algo se me oprimiera en el pecho. Duro es

separarse de alguien que uno quiere. Me voy a correr un poco.

A veces, en mis largas horas de razonamientos, descubro

que como un paralítico o un lisiado tiene defectos insalvables en su

cuerpo, yo los tengo dentro de mí.

Durante años me quise convencer que podía cambiarlos.

Ahora, después de años de intentos, creo que a algunos los voy a

llevar conmigo hasta la tumba.

La noche no era muy calurosa para la época del año.

Me vestí despacio mirándome en el espejo. Estaba lo


suficientemente elegante, aún con el moño liberty.

Esa noche se casaba un amigo mío, alguien con

quien yo había pasado muchas situaciones, compartido muchos

viajes, y aún así, nunca llegamos a tener gran comunicación.

En la iglesia estuvo todo bien, hasta que llegamos a

la fiesta. Soy un tipo difícil y, en general, en mi vida me costó

mucho hacer relaciones nuevas, pero esa noche, cuando me

acerqué a la mesa donde pensaba sentarme a comer y vi que no

había más lugar, supuse que iba a tener problemas.

Las dos mesas con mi gente estaban ocupadas y me

quedaba solamente una alternativa poco feliz de ocupar la mesa

contigua, donde apenas pregunté si había lugar me contestaron,

afirmativamente, pero con muy pocas ganas.

Terminé sentado, la mitad de la comida, con tres chicas de

nueve años -que fueron lo mejor que me pasó en toda la noche- la

otra mitad, estuve con mis supuestos amigos, que se apretujaron

un poco para darme lugar. Ya no tenía la mejor voluntad.

La mujer que no había querido salir conmigo se estaba

tirando en los brazos de otro. Aunque faltaba un tiempo para que


los novios se fueran, me decidí por una huida rápida y silenciosa.

Me subí a mi viejo Peugeot y aceleré. No por mucho tiempo, porque

en medio de una desierta avenida, me quedé sin nafta. La

impotencia me hizo cerrar la puerta con más fuerza de lo razonable.

La ventanilla estalló ¿Algo más podía pasarme esa noche?

Últimamente no tengo ganas de escribir, ni ponerme en

contacto con mi interior. Como si estuviera tratando de escapar de

una realidad, como si no quisiera ver algo. Quisiera dormirme y

que, al despertar, todo fuera diferente, que la realidad fuera otra.

Como si esperara que las cosas se solucionaran solas, sin esfuerzo

o complicación de mi parte.

Estoy con gran ansiedad. Acabo de llegar de correr e iría otra

vez. Siento unos nervios internos imposibles de apaciguar y no

quiero llenarme de comida para calmarlos.

Hoy es uno de esos días que no puedo digerir mi

realidad y en vez de ir recomponiendo las cosas de a poco, voy


destruyendo lo poco bueno que tengo, para que no quede nada.

No me reconforta ni siquiera el hecho de estar sentado

escribiendo conmigo mismo sobre lo que me pasa.

¿Quiero realmente bajar esos kilos? ¿Quiero bajarlos

aunque tenga que sacrificarme? ¿Me importa estar bien

físicamente? ¿Me parece bien que los demás sepan que me muero

de hambre con tal de no engordar?

Me tacho a mí mismo porque tengo la impresión de

convertirme en un superficial, como si tuviera el narcicismo

demasiado exacerbado si uso sacarina en vez de azúcar, si no como

algo por no engordar.

Evidentemente me influyó lo que me dijeron los

chicos: que estaba loco si no comía cuando en realidad no estaba

gordo. Ellos después se están diciendo unos a otros si se ven más

flacos o no cada vez que se encuentran.

Tengo que aceptar que a mí me interesa bajar esos pocos

kilos y empezar a sentirme bien físicamente. Todavía no encontré

que es lo que hace que no pueda hacerlo.


Se acerca el fin de año en forma alarmante. Me molesta

pasarlo sin Mac. Durante el tiempo que estuve con ella, intenté que

me quisiera y que me aceptara. Creo que le costaba pensar en

decirme que no quería estar más conmigo, que el ideal de hombre

para ella era otro.

Yo no lo quise ver. Me duele mucho y no creo que sea fácil

aceptarlo ahora.

Puedo escribir las cosas más tristes ésta noche y saber que

nunca más va a estar conmigo. Es una noche excelente, escucho a

los grillos en el jardín. No todo es necesariamente tan malo bajo el

manto de estrellas. Para poder vivir tengo que aceptar que allí

donde estaba Mac, hay un espacio vacío. Ahí donde estaba papá,

también hay un hueco y, donde estaba Rafa, lo mismo. Tengo que

aceptar que me quedé solo.

Si alguna vez encuentro la felicidad, espero acordarme lo

infeliz que fui a través de éstos escritos. Espero poder leerlos y


rememorar cómo empecé a vivir mejor. Desde donde salí, cuán

hondo era el foso que trepé.

Hoy estoy muy solo y sin embargo estoy conmigo. No estoy

solo y disociado. Estoy solo, pero entero. Y toda mi persona extraña

a Mac y toda mi persona está triste. Y toda mi persona no sabe qué

hacer para ser feliz.

Si alguna vez encuentro a quien querer mucho y que

me quiera lo suficiente, le voy a leer esto que estoy escribiendo.

Para que sepa lo solo que estaba antes de conocerla.

Así tengo que estar. Así decidí estar. No voy a golpear

donde no hay nadie que me responda.

Ya no estoy triste y la noche sigue estando bárbara.

Yo sigo estando solo, pero con un poco de música. Solo pero con

grillos.

Esperaba que mi vida fuera ordenada y lógica. Supuse que

las cosas iban a ir saliendo solas. Lo que estuviera mal, se iba a ir

cambiando solo. Un día alguien se iba a fijar en mí, ver lo bueno

que yo llevo dentro, que las cosas de a poco se iban a ir logrando.

Me iba a recibir de veterinario, empezar a ganar plata,


conseguir un trabajo que me gustara, encontrar a alguien que me

quisiera y a quien querer.

Una noche empecé a darme cuenta que podía ser. Mac

podría ser. La veía divina, gamba, sociable, entretenida, divertida,

monísima. Me trataba como a alguien muy importante. Nos

enamoramos y creí que se habían terminado mis problemas. Me

tenía que recibir y listo. Creí estar muy cerca y mírenme ahora.

Estoy solo, pobre, sin trabajo reconfortante, un veterinario que no si

ejerce, sin novia y sin sueños.

Antes me acostaba a dormir y soñaba despierto en cómo iba

a cambiar mi vida, con esto y con aquello. Ahora, cuando me

acuesto a dormir le pido a Dios dormirme rápido. Los sueños

también me abandonaron. Quedé solamente yo, que no es mucho

en este momento.

De ahora en más puedo esperar cualquier cosa de la vida.

Puedo quedarme soltero, puedo casarme, trabajar como veterinario

o no. Espero tener momentos felices y tener un hijo. Así como una

vez lloré por el hermano menor que nunca tuve, creo que voy a

llorar por mi hijo, si no logro tenerlo alguna vez.


Caminando a lo largo del río, en Punta Chica, estuve

mirando con interés varias casas. Casas siempre sólidas, bien

construidas y con pinta de "buena vida". Sentía en ese momento

que para satisfacer mi necesidad, yo tenía que vivir en una casa

como cualquiera de esas. Para ser feliz tenía que estar en una de

esas casas.

Todo esto me hizo pensar en papá. Todo me hizo

pensar en que nunca voy a sentir eso otra vez. La serena

tranquilidad y seguridad de aquellos días.

Siempre pensé que yo no me expresaba correcta-

mente y es por eso que las personas no hacían lo que yo quería.

Que para lograr que lo hicieran, debía explicárselo mejor y que, de

esa manera, había posibilidad de que lo hicieran.

Repetí mucho eso con Mac. Decirle y decirle lo que yo

quería, como si ella no entendiera.

Igual que mamá entendía perfectamente, pero no

querían hacerlo.
Cuando pienso en lo que progresé en este tiempo sin

Mac, no puedo dejar de pensar en que fue para bien nuestra

ruptura. De a poco me fui unificando y, ahora, por lo menos estoy

solo, pero conmigo, me enojo estando conmigo y, me río, también

conmigo.

Un problema que me surge es que solo no puedo darle valor

a las cosas y que nadie puede darles valor por mí.

Fue un gran logro el haber escrito hace ya algún tiempo que

disfrutaba éstos momentos de soledad, frente a una hoja de papel.

Fue unos de los primeros actos de soledad, que no

necesitaban de alguien más. Pero hasta en eso hay una trampa,

porque me parece que comparto estas hojas con alguien, aunque

no esté realmente ahí.

Espero con el tiempo empezar a disfrutar, como en esta

tarde, el salir a caminar por el bajo, el sentir las caricias del sol, el

correr, el reír, respirar, cantar, vivir, solo conmigo mismo, sin

necesidad de compartirlo con alguien para que sea completo.

En cambio, hasta ahora, sin importar lo que hiciese, como


mirar un amanecer espectacular o correr un lindo anochecer, para

que fuera completo debía estar compartiéndolo con alguien más.

Digo, hasta ahora, como si no fuera a pasarme más.

Es posible que lo sienta así toda mi vida, porque no tuve oportuni-

dad de decidir ir solo a algún lado o ir con papá.

Valoro lo que estoy viendo de mí, me hace bien. Voy

progresando en conocerme, en no tacharme tanto.

Independientemente de un resultado futuro, agradezco a Dios el

haberme permitido ver con un poco más de luz a los fantasmas que

me maltrataron y atemorizaron -y aún hoy lo hacen- durante tanto

tiempo.

Espero una nueva navidad distinta y buena para mí y

para los que quieran o no les quede otra, que compartirla conmigo.

Ayer no escribí nada y por eso es que hoy me siento

tan disociado. Encontré en éstas hojas, después de años sin poder

hacerlo, una forma de comunicarme con mi ser más interno. A

medida que escribo siento que voy unificándome. Logro descubrir


las cosas que me están molestando, puedo registrar lo que quiero

hacer, no escondo nada.

En cambio, cuando paso un tiempo sin escribir, el

mundo empieza a volverse hostil y yo, difícil de entender, como

para saber lo que me va pasando.

¿No será Andrés que ellos ya no son más amigos tuyos?

¿Que tal vez no les importe que estés solo o no, que sufras o no, o si

querés estar con ellos o no?

Al separarme de las personas que suponía eran amigos

míos, me doy cuenta que si yo estoy o no, para ellos no cuenta para

nada. El hecho de buscarme no existe.

Es muy triste darse cuenta de algo así. Evidentemente tengo por

costumbre elevar las relaciones por encima de lo que realmente

son. Magnificarlas.

Esto duele, pero por otro lado me pregunto si no es una

suerte el hecho de darme cuenta que ciertas relaciones me hacen

mal, me desvalorizan. No se puede estar permanentemente

golpeando a una puerta, cuando detrás hay muchas personas y


ninguna se mueve para abrirnos. Aunque sean todas puertas

diferentes y detrás haya alguien que no quiere abrirnos. Una por

cada supuesto amigo.

La noche está bárbara. Siento que la desperdicio por

no estar más contento.

¡Qué agradable es la gente cuando se divierte!

¡Cuantas sensaciones agradables somos capaces de sentir!

Mientras escribo entra la brisa nocturna por la ventana y me roza la

cara. Bárbaro. Así como sufro cuando estoy triste, debo confesar

que cuando algo me gusta, me llega muy hondo al corazón.

Mañana, cuando despierte, voy a amanecer solo,

como todas los días. Sin posibilidad de estar acompañado ¿Cuando

va a terminar mi sufrimiento? ¿Cuando muera?

Soy muy terco, muy obsesivo y perdí a mi padre ¿Por

qué no puedo creer que Mac no quiera estar conmigo aunque la

estuvieron besando delante mío durante toda la noche? La vida


está muy difícil para mí.

Llueve esta noche de verano y yo trato de escribir.

Llueve frente a mi ventana, y no puedo admitir lo que vi anoche.

¡Qué martirio! ¡Qué tristeza! ¡Qué soledad! Esta noche no puedo

remontarme.

Te pido Dios que me asistas, que me mandes uno de tus

ángeles para que me haga compañía, por favor, no me dejes solo.

Aún estando conmigo, estoy solo, te lo pido con el alma, tirame una

cuerda. Acá abajo está muy duro para mí.

Me queda toda una vida por delante, pero ningún interés en

vivirla.

Me subí al auto y antes que alguien me viera llorando, me fui

a dar una vuelta. Tenía miedo que vinieran todos a casa y me

encontraran expuesto de esa manera.

Leonardo siempre me dice que trato de reparar lo irrepara-

ble. Con tal de continuar la relación. Es verdad.

Jugando un partido de paddle con unos amigos, caí en la


cuenta de que era un juego triste para mí esa tarde. Pero solo para

mí, aunque jugábamos todos el mismo partido.

Cada una de las veces, creí que la alegría había llegado para

quedarse. Sin embargo siempre volvía el bajón. Siempre aparecían

cosas que estaban mal.

Es un atardecer tormentoso. Con mucho viento y

movimiento de ramas en los árboles del fondo del jardín. Siento una

agradable sensación de bienestar y seguridad al mirar por la

ventana de mi cuarto como se agita el mundo con la tempestad.

De la misma forma mi cuerpo protege a mi alma y,

quien lo garantiza, soy yo mismo. Nada ni nadie más.

En la medida que trato de no engancharme

golpeando puertas de personas que no quieren abrirme, voy

viviendo con más ritmo y con mayor control sobre las situaciones.

Alguien siempre me va a querer abrir.

Hace bastante tiempo que no veo a mis antiguos


amigos. Cuando decidí dejar de llamarlos, se terminó la

comunicación. Nunca preguntaron por mí. Tengo bronca porque no

lo hacen.

Pasó navidad. Y lo hizo difícil, con rollo.

Acabo de recibir una llamada de Rafa, uno de mis

antiguos amigos que quiso saludarme por el fin del año. Se lo

agradezco mucho.

Me cuesta mucho aceptar que en la vida hay cosas buenas y

malas. Que las cosas salen bien y mal. Que a veces se gana y otras

se pierde. Me molesta mucho perder, pero voy a tener que

acostumbrarme si quiero ser feliz.

Empecé un nuevo año y realmente tengo que admitir que lo

hice muy bien. La noche del treinta y uno brindé a las doce con

mamá, Momo y María José y me fui a bailar a New York City. Fue

como una prueba y la pasé con honores porque conocí a una chica

que me encantó y me dio bola. Quería probarme que podía ir a


cualquier lugar y que no era menos que ningún otro.

Si no hubiera estado con ninguna chica me hubiera sentido

mal, eso lo tengo claro.

Últimamente me va bien, pero cuando no es así, me vuelven

todos los miedos.

Me angustia saber que me siguen molestando las mismas

cosas. Saber que si agarro por el mismo camino llego al mismo

lugar.

Mariana me seduce, porque después de mucho

tiempo de estar poniéndome en el centro, ella lo ocupa. Me puedo

correr a un costado y escuchar lo que dice. Puedo captar casi todo

lo que le pasa y eso me gusta. Me pega fuerte, duro y en el lugar

indicado. Siento que vuelvo a tener cinco años y vuelvo a perder a

papá cada vez que ella se distancia un poco.

¿Cuando voy a poder digerir la muerte de papá? Espero que

sea pronto, porque todo esto me entristece mucho. Ayer creí que

había dado un paso adelante, estaba contento, pero el sufrimiento


me llega en las mismas circunstancias cada vez.

Me cuesta admitir que la vida te da y te quita lo que quiere.

No puedo hacer nada contra eso. Si quiero vivir tengo que estar

preparado para que eso me pase y, además, se repita.

Sé que si agarro por el mismo camino llego al mismo lugar y,

ahí, soy derrotado otra vez.

No quiero aceptar la tristeza como parte de mi vida. Al estar

triste creo que todo anda mal, que todo tiene que ser reparado.

Después de haber vivido ese momento extraño y

mágico al escucharla hablar sobre sí misma, sobre lo que le pasaba

y le gustaba, sobre sus caprichos y su vida, no puedo aceptar sin

una enorme tristeza el no poder verla más.

Como por arte de magia, recién llamó. De cualquier manera

nada cambió.

Es una excelente tarde de verano. Y, si, algo cambió.

Estoy por salir rumbo a Chile. Antes quise tomarme un

tiempo para escribir ciertas cosas que están frescas aún en mi


mente y considero importantes.

Conocí una mujer con la que me identifiqué enormemente,

con mi vida hasta que murió papá. Creo que es la imagen de lo que

yo hubiera podido ser en caso de haber seguido papá con vida.

Podría ser una fantasía mía, pero caló muy profundo dentro

de mí. Cuando la conocí, automáticamente la quise. Creo que

porque me quiero a mí, a ese Andrés tan esperanzado y

omnipotente de cinco años.

Anoche me encontré soñando con triunfar, como no

lo hacía desde mi época de disociación.

Tengo que acordarme que no fue fácil para mí, que

me faltó el viejo y que todavía me falta.

Tranquilo Andrés, tenés que buscar tu forma de

hacerlo. no te taches. Es importante que hagas crecer a ese señor

de cinco años, hacerle ver que la vida es distinta a lo que él cree.

Hacer que madure.


Me preocupa rechazar mi posición actual, por no

haber encontrado lo que quiero hacer. Esa es mi realidad en este

momento, me guste o no. El rechazarme tira por la borda el camino

que fui recorriendo con tanto esfuerzo.

Debería volver a las bases. Volver al fondo del pozo,

en donde estaba obscuro y difícil. De ahí pude salir, pero al ver que

tengo cosas que no me gustan en mí mismo, me siento discon-

forme.

Tengo mucho miedo. Mucho miedo y mucha exigencia a la

vez. Debería entender de donde vienen. Miedo a que lo que me

gusta se disuelva y exigencia por lograr tenerlo.

¿Cómo hacer para que ese Andrés madure? Madure y pueda

aceptar a éste de treinta años: Ahí está la trampa. Y no se por

donde abrir la puerta. Ya estuve antes en ésta posición y no pude

salir.

Las opciones son: o que mi realidad actual cambie hasta

hacerse conforme a mis expectativas de mis cinco años -cosa


imposible- o adecuar mis expectativas en este momento a mi

realidad actual y aceptar donde estoy parado.

En este último tiempo encuentro dos personalidades dentro

de mí y, sólo cuando logro reunirlas, me parece que estoy funcio-

nando bien. Hay ciertas cosas que evidentemente hacen que mi

figura más íntima corra a protegerse. A partir de ese momento

circulo como si alma me hubiera abandonado y quedara falto de

substancia. ¿Será que mi alma tiene sólo cinco años?

No quiero privilegiar los deseos de los demás sobre

los míos, a no ser que sea yo quien así lo decide.

En general cuando mi interior se aleja de mí, lo hace

por que no tomo con suficiente seriedad sus avisos. Voy a tener que

detenerme en cada sensación de angustia y analizarla con cuidado.

Nadie más que yo tiene que reconocer el gran

esfuerzo que estoy poniendo en salir adelante. Me esfuerzo por salir

del laberinto cada vez, por reunirme conmigo cada vez que me
separo, por saber lo que quiero. Pero nunca lo valoro. No valoro mis

logros, ni respirar, ni correr, ni bailar. No valoro conducir un auto, ni

tomar sol, ni escuchar música.

Esta mañana se fue Josefina y era la única persona de

todo Chile que podía captar el momento que estoy viviendo.

Siento que mi oportunidad no dura toda la vida, tiene

un tiempo limitado. Pensar en eso me trae angustia, como si tuviera

que correr, aunque sin ganas.

Por eso considero importantes estas vacaciones, no para

recargarme, como si fuera una pila cansada, sino para poner las

cosas en su lugar. Para descubrir por qué me separo de mi interior a

cada momento y encontrar la forma de reunirme con mayor

rapidez.

Cuando conocí a Mac, pensé que todo lo que me había

costado hasta ese momento se iba a solucionar como por arte de

magia. Me acuerdo que incluso Joe, me decía que en ese momento

las cosas iban a encarrilarse en mi vida.

Fue duro bajarme de esa fantasía y darme cuenta que no


importa como hacen los demás para salir adelante, lo importante es

cómo puedo lograrlo yo. Lo importante es saber lo que a mí me

importa, lo que a mí me duele. Qué cosas tienen valor para mí.

Esta es mi idea de las vacaciones, estar todo el tiempo que

pueda conmigo y tratar de no disociarme más.

Permanentemente necesito que las otras personas valoren lo

que hago. Eso me lleva a depender de los demás para estar bien.

Acercarme a alguien significa hacerlo depositario de mi estima.

Un ejemplo de esto fue cuando conocí a Mariana y me dijo

que nunca estaría con un vago. Yo siento lo mismo. Me siento vago

de alguna forma, cuando no hago lo que se espera de mí.

Cuando encuentro algo que no me gusta, me rechazo

de plano.

Es difícil vivir renegando de nuestra condición humana.

¿Cómo saber cuando enojarnos? ¿Conduce a algo? Pero ¿Podemos

evitarlo?
Me trato más como a un enfermo, que como a una

persona que está buscando su camino.

¿Para qué estar tan apurado en lograr llegar al final,

si una vez que llego, empieza todo otra vez?

¿Qué tiene de malo estar en la lucha?

Ayer fui a comer con Rafa y Paula. Una vez más quedé mal.

Me cuesta mucho estar con otras personas. Ellos se relacionan con

mucha gente y yo estoy solo. Pero no me gustaría estar en su lugar,

tampoco me hubiera gustado quedarme más ayer.

Fui perdiendo muchos amigos. La mayoría no me valora en

lo más mínimo. Ya no les interesa estar conmigo. Supongo que en

una época les gustaba, pero yo no era el que soy. Me preocupaban

otras cosas.

Cada día que pasa estoy más lejos de la perfección. Cada día

estoy más viejo, tengo menos pelo, más caries arregladas, corro

peor. Sin embargo siempre insistí en que para ser feliz debía estar

todo bien. Ante cualquier error, sufro una frustración enorme y me


angustio porque indica que no voy a poder ser feliz.

Por eso me enganché tanto cuando Dolores volvió a casa de

mamá después de tanto tiempo de haberse ido. Fue un ejemplo

claro de que las personas con problemas no salen adelante.

Durante muchos años la única manera de estar contento era

imaginarme que todo estaba en su lugar pero, claro, eso me volvía

tremendamente ciclotímico, porque cuando surgía algún

contratiempo, todo se venía abajo. Todos estos años estuve

tratando de armar algo imposible de sostener.

Cada día vivo con la necesidad de encontrar una razón para

haber malgastado mi vida durante todos éstos años y una vez que

creo encontrarla, pienso que al día siguiente todo va a cambiar por

el descubrimiento.

Cuando llega el otro día y me molesto y me siento

mal por las mismas cosas, vuelvo a frustrarme, de forma tal que el

círculo comienza nuevamente. Por lo tanto, otra vez, no paro hasta

descubrir otra causa que pueda justificar tanta infelicidad y tanta

mediocridad.
Este modo de proceder me permite encontrar grandes

cantidades de pensamientos equivocados y reglas falsas de mi

interior.

A pesar de ello, sigo sintiendo mucho miedo. Miedo a

quedar atrapado y que cada día sea inexorablemente peor,

irremediablemente peor.

Siento miedo de quedar encarcelado. De quedarme

paralítico antes de lograr correr. De morirme antes de lograr vivir.

De no poder despertar.

Cuando pienso que la valoración que me importa es

la de los demás, me doy cuenta que debería importarme la mía,

pero cuando creo que cuenta sólo la mía, aparece la necesidad de

aprobación ajena y allí me confundo. ¿Qué es lo importante? ¿La

valoración de los demás, la mía propia o ambas?

Me inclinaría a creer que ambas son importantes si

deseamos llevar una vida plena. Pero el necesitar a ambas o

perderlas, me lleva a la pobreza de espíritu y a la tristeza.


Nubes de tormenta atraviesan mi alma en este momento de

transición. Salí para ver qué descubría en la calle y me deprimió

bastante. Últimamente todo me angustia o me deprime. Añoro los

tiempos de bonanza y fuerza interior.

Hace rato que intento descubrir los caminos a través de mi

inteligencia, encuentro vueltas lógicas dentro del laberinto, pero

pierdo de vista los sentimientos que dirigen muchos movimientos

en mi vida.

¿Dónde dejé al romanticismo y al amor? Los vendí y me quedé en

cambio con un frío análisis de la situación, sin darme cuenta lo

unidos que están en general nuestros actos con nuestro corazón,

nuestras demandas con nuestro alma, nuestros gritos con nuestra

frustración.

Me llamo Andrés, el que llora cuando siente la

valoración de los demás, el que disfruta sacando la cabeza fuera de

la ventanilla del auto para saborear el aire nocturno. Ése, al que le

gusta sonreír con complicidad. Ahora ese Andrés está solo. Solo

porque me fui separando de mis antiguos amigos. Solo porque no


sé como buscar otros nuevos.

Muchos amores tallaron mi alma y la esculpieron

como a una roca. Pocos fueron duraderos, en realidad muy pocos,

pero a todos los llevo dentro de mí, ya forman parte de mi ser.

En éstos escritos estoy yo. Más allá de que sean leídos o

quemados o extraviados. Yo estoy en estas hojas, con mis miedos y

mis virtudes. El valor es una virtud. El temor es un defecto.

Aunque estoy dispuesto a escuchar los aullidos de mi

interior, no quiero estar escuchando uno en cada minuto. Me resulta

insoportable. Por momentos quiero una cosa y al segundo siguiente

quiero otra. Entonces nunca obtengo lo que quiero.

Los deseos se vuelven tan puntuales, que nunca coinciden

con el tiempo para hacerlos realidad. No deseo la realidad sino la

fantasía de mi imaginación, busco lo que no existe, porque lo

persigo en un momento determinado, no sirve ni antes ni después.

Ayer llamé a Josefina durante horas porque quería hablar

con ella, hoy la encuentro y no quiero verla. Situaciones histéricas,


difíciles de frenar. Me siento un pelotudo.

Durante años me estuve tachando a mí mismo. Viviendo con

un Andrés encarcelado detrás de un muro, en una lugar lúgubre y

sombrío, triste y húmedo, oscuro.

Por alguna razón desconocida, lo había ahogado, y tratado

de borrar, forcejado con él y decidido, de alguna forma que aún hoy

no entiendo, que lo mejor era enterrarlo en ese lugar.

No conseguí vivir con la mitad de mi persona escondida. Sus

gritos hacían imposible emprender cualquier empresa.

Por fin, éste año estuve tratando de sacarlo de

esa cárcel, aflojarle las cadenas y pedirle que me acompañara a

vivir por el resto de mis días.

Al principio, el resultado fue asombroso, después de

tanto tiempo solo, fue magnifico sentirme unido otra vez. Pensé que

podía enfrentarme a todo, me sentía poderoso.

El jolgorio duró poco. Porque al poco tiempo esa

parte, antes tachada y encarcelada, se convirtió en el peor de los

dictadores. Sin visión de futuro, sin rumbo fijo, aceptando solo lo


bueno y rechazando lo malo con tal fiereza que implicaba cada vez

una frustración enorme.

Al poco tiempo la indecisión se apoderó totalmente

de mi persona, porque a cada minuto las opiniones sobre lo que se

quería hacer eran diferentes.

Durante esos días mi desesperación fue muy grande.

El tratar de complacer esos caprichos permanentes y

esas futilidades, me hizo sentir como un imbécil.

Ahora entiendo por qué me tache a mí mismo: No

pude controlarme, no pude tomar las riendas de mi vida de otra

manera.

Ahora, unos años mayor y con la ayuda adecuada, espero

poder triunfar sobre los problemas que me aquejan sin necesidad

de tapar todo y renunciar de esa manera a tratar de ser feliz.

Algún día, quizás, pueda darme cuenta y asimilar que no me

falta nada. Que tengo todo lo que se necesita para luchar. Ningún

arma mágica, pero si todo lo que hay que tener. Nadie me quitó

nada.
Estoy deprimido y veo al futuro como algo incierto y difícil.

No como a un aliado sino como a un enemigo, algo desfavorable.

No confío en la vida. Me da y me quita lo que quiere. Me

siento como un títere que no puede tallar su vida, sino que ésta

hace lo que quiere con él. Eso me deja sin ningún tipo de seguridad.

¿Cómo enfrentar al mundo con este miedo? ¿Cómo confiar? ¿Cómo

tener fe en algo que nos quita lo que quiere?

Cada día más y más gente vive como puede. Sufriendo la

falta de dinero y trabajando de sol a sol, para poder pagar su vida.

¿Quiero ser uno más de ellos o ni siquiera me animo a salir al ring?

¿Cómo obtener las cosas que busco sin luchar? ¿Tengo algún tipo

de alternativa? ¿Qué va a cambiar? ¿Llevaran los caminos de mi

laberinto a un final feliz? ¿Cuál agarro?

Choqué el miércoles pasado y vivo en una perma-

nente bruma desde entonces. Siento que no puedo hacer lo que

quiero, como si una pesadilla se cerrara sobre mí. Y es sólo porque


no tengo auto, como muchísimas otras personas viven toda su vida.

A decir verdad, no sé si mañana va a salir el sol. Es

terrible pero dudo hasta eso.

Muchas veces creo que soy un cagón. Cuando me

hablan de una persona que le pegó a otra, lo admiro porque creo

que pudo defenderse. Siento que no puedo defenderme. A veces en

los sueños trato de pegarle a alguien pero mis puños no lastiman,

no golpean, no le hacen daño a nadie.

Creo que no peleo por miedo. Sin embargo cuando por

alguna razón tengo una discusión fuerte con alguien físicamente

más chico que yo y con el cual no temería una represalia, tampoco

le pego. En ese momento que podría aprovechar mi fuerza física, no

lo hago. Obviamente para no lastimar al contrincante. Sin embargo,

cuando me encuentro con alguien de mayor envergadura, con el

cual seguramente saldría lastimado, si no me voy a las manos, me

considero un gallina.
¡Cuanta energía hay que tener para emprender algo con la

obligación de que salga bien!

¡Qué angustioso es jugar un partido de paddle si uno tiene

que demostrar que es el mejor de la cancha!

¡Qué difícil es estar con una chica si uno tiene que

conquistarla sí o sí, aunque no sepa si le interesa!

Hay veces que me siento a escribir por obligación. Pero a

medida que me encamino hacia el interior de las hojas, una luz guía

mis palabras.

En otros momentos circulo a ciegas, sin rumbo fijo,

esperando encontrar algo que me ayude.

Esperar tiene algo que molesta a todas las personas.

Saber hacerlo implica entonces asumir que uno no tiene control

sobre el suceso en sí, sino que depende de otros factores.

El asunto sería depender hasta el límite que yo

decida.
Quizás buscando gustarle a todas las mujeres, quería

gustarle a mamá. Me parece muy triste.

Para poder satisfacer algo, hay que encontrar lo que

uno busca.

Podría significar que estuve tratando de alcanzar el

agrado de mamá. Gustarle a una chica no me puede devolver

gustarle a mi madre. Me parece que cuando en una familia hay

tanta desigualdad en las preferencias de una madre, entonces los

menos preferidos pueden confundirse, creyendo que les falta algo

para poder salir adelante, que eso que no alcanzan les bastaría

para poder convertirse en seres completos y vigorosos.

Hablando con Dolores encontré la resistencia, que tenemos

todos los hijos, con respecto a enfrentar a mamá. En ésta familia

hay un orden establecido por ella y tratar de romperlo aun dentro

de nosotros mismos es una tarea muy difícil. Pero dentro de mi

persona quiero mandar yo, no mi madre.

Tengo miedo de irme a vivir solo. Terror a que sea peor que

ahora, que requiera más esfuerzo vivir, del que estoy haciendo acá,
mientras vivo con mi madre. Ya bastante esfuerzo me lleva.

Estoy criado en una familia en donde lo inalcanzable se

transforma casi siempre en lo anhelado y en lo que seguramente

nos daría la felicidad. Cuando no alcanzo el lugar preferencial de mi

madre, entonces calculo que es eso lo que me falta para ser feliz.

La felicidad es un hecho que no va a ir nunca con aquello

que perdemos o escapa a nuestro alcance. Eso es seguro que no es

para nosotros. Nuestra felicidad está en lo que tenemos, en lo que

nos es posible conseguir, en lo que logramos y no en lo que nos

falta.

Recién ahora empiezo a entender que no controlar

todo puede ser muy bueno para mí. Me quitan responsabilidad. Le

da más lugar a las demás personas de este mundo y, eso, lo hace

menos árido, más poblado. Hasta hace poco o estaban conmigo o

no existían. Me gusta que anden pululando por ahí.

Castigando a derecha e izquierda me abro paso entre


mis hermanos. El que sale más golpeado soy yo. Yo, que digo

cosas. Yo, que entiendo y puedo estar, entonces, al alcance de unas

y por encima de otras. Yo, con la boca hinchada por decir, por

mostrar lo que otros no quieren ver.

Formo parte de una familia, cuyo orden no comparto. Sin

saber cuál es el mío, entiendo que no es con el que viví durante

todos éstos años.

Cuando en días como hoy, veo el orden al que son

sometidos algunos sobrinos míos, me invade un gran dolor y

angustia. Supongo que me hacen recordar años pasados, en los

cuales no había alternativas para mí.

Sin embargo, sentado aquí, en casa de mamá, es como si yo

estuviera dentro de ese mismo orden. Y lo estoy. Y en realidad más

que un orden, es un desorden.

Abrumador. Injusto.

Estuve dentro de él durante años, sin saber que me era

permitido salir y que sólo afuera podría encontrar la vida plena, con

sus penas y alegrías, pero vida al fin.

A medida que pasa el tiempo y logro tener fuera de casa


pequeñas muestras de alegría que la vida puede darme y cómo

buscándolas a veces se me dan, me doy cuenta la gran perdida de

tiempo que significó mi educación. Debo agradecer a Dios el

haberme proporcionado el atisbo de una puerta.

Hacía mucho tiempo que no disfrutaba una caminata en

medio de ese aire puro, con el mar como marco de un montón de

recuerdos y sensaciones. Eso es para mí Mar del Plata, una ciudad

con historia. La siento ordenada y limpia.

No tengo claro por qué no termino de aceptar que los demás

no me acepten. Supongo que todavía debo creer internamente que

necesito la aprobación de las personas con las cuales estoy

compartiendo algo.

Desacuerdo. En casa no estuvo permitido. Siento que

no puedo tolerarlo y que, sin embargo, está presente en casi todos

los días de mi vida.

Es una excelente noche invernal y estoy esperando


un cambio.

Cosas que antaño lograba satisfacerme en parte, ahora no lo

logran. Sólo son intentos fallidos de tapar algo que estoy buscando

cada día con más ansias.

Cuando, hace un mes, le dije a mamá que no quería

que nuestra relación fuera sólo que yo estuviera haciendo cosas

útiles para ella, sino ver que comunicación lográbamos entre

nosotros, se produjo silencio. Y esa incomunicación persiste hasta

ahora.

Como conclusión tomo que no me quiere. No le

interesa mi crecimiento pero sí le interesa que le solucione

problemas prácticos.

¿Cuál es el tipo de relación que me gustaría tener con ella?

Supongo que una en la cual poder hablar de los problemas

que tenemos y cómo solucionarlos, sin que ello indique un pedido

de solución. Poder pasar buenos ratos viendo una película o

tomando algo o disfrutando de una buena conversación. Pero me

parece muy complicado si ella no acepta mi individualidad.


Logro relacionarme únicamente como proveedor. Y ante un

proveedor uno puede elegir a otro, quedándose el primero sin

trabajo. Como si yo cumpliera una función determinada en mis

relaciones de forma tal que sólo importa lo que soy capaz de dar.

No importa si tengo otras cosas buenas o malas (todo pasa por el

verbo tener). Yo soy más de lo que tengo. Ser es más que tener.

Dicen que el amor es dar y recibir. Me parece que tiene que

haber algo más y es como si dentro de mí no entrara otra cosa que

no fuera tener. Me siento dentro de un círculo que fue marcado

para mí y del cual no puedo salir. Hay una raya que no me deja ver

más allá. Y para poder traspasarla voy a tener que entender que

hay en el ser aparte de tener.

Ganas, alegría, buena onda, sinceridad, serenidad,

diversión, son palabras que indican fenómenos del ser, que no

pasan necesariamente por dar y recibir. Uno no da ganas, las

siente.
En general, cuando voy a bailar, la paso bien cuando ya se

fue la chica que pude conocer y estoy tranquilo mirando la buena

onda de la gente, con la sensación satisfactoria de la tarea

cumplida.

Es como si en el fondo, la chica que conocí, no me importa,

pero me da la posibilidad de poder disfrutar después la buena onda

de la noche sin problemas. Ella pasa a engrosar la lista de

conocidas en mi agenda.

Es claro que hay algo tramposo en mis salidas, porque

detrás del genuino alegrarse por la victoria o que a uno le vaya

bien, va escondido el deseo de enmascarar en parte mi angustia e

insatisfacción y los aullidos desesperados de mi interior, cuando

creo que el trofeo es lo suficientemente lindo.

No salgo para divertirme sino para acallar una insatisfacción.

Lo máximo que logro es un poco de distracción.

Podría creerse que mi insatisfacción proviene de no tener

trabajo de veterinario, pareja o profesión establecida. En cambio,

creo que no va por ahí. No es eso lo que busco.


Ya no cuestiono solamente a mi familia, sino a la sociedad

toda. Me siento obligado a pagarle a las chicas cuando salgo y en

realidad me parece que está todo muy prostituído. Yo no soy quien

impone las reglas, pero pareciera que tengo que oponerme a ellas o

aceptar sin enojo que los demás no se cuestionen lo que a mí me

molesta.

La sociedad impone un orden que se considera inmutable. Yo me

siento como si tuviera todas las contras de ser un adulto, pero

ninguna de las ventajas. Porque una de las principales ventajas es

poder elegir permanentemente, ser libres. Sin embargo yo no lo

hago, vivo detrás de algo, debajo de algo.

Cuando impongo mi voluntad siento que voy a ser

abandonado.

Tanto mamá como mi abuela Momo nunca hicieron

nada por ellas mismas, siempre debía ser para otra persona. La

razón de hacer las cosas estaba siempre por fuera de sí mismas.

Como si no estuviera permitido. Como si uno mismo no fuera razón


suficiente.

Tomando éste modelo tengo que encontrar una persona que

actúe como beneficiaria de mis acciones. No puedo ser yo mismo.

¿Quién puede afirmar lo que nos va a deparar el destino?

Aquí, sentado frente a mi escritorio escucho sonidos

tortuosos provenientes de las palpitaciones de todo mi ser al

enfrentarse con la idea de la soledad. A eso le temo.

Andando en bicicleta me encontré con una calle empedrada.

En vez de hacer una cuadra para atrás, que no me importaba

porque no iba a ningún lugar fijo, seguí para delante, incómodo por

las piedras. Todo por no querer desandar parte del camino.

Siempre estoy buceando dentro de mí para encontrar las

estructuras que la educación y mi familia construyeron ahí.

Cuando me angustio por algo, empiezo a comer como si

fuera la última vez, y me pregunto si no es una forma de reaccionar

ante los problemas de la vida.


Me resulta molesto estar solo pero con los deberes hacia

otra persona. En casa, estoy con otras personas que esperan que yo

les resuelva parte de sus problemas y sin embargo estoy solo

cuando se trata de preocuparse por solucionar mis problemas o

cuando se trata de atender a mi persona.

¿Para qué estar con alguien si sólo aumentan nuestras responsabi-

lidades?

Preferible estar solo o con personas que quieran darnos un

verdadero lugar para poder conversar.

Pasan los días y me doy cuenta que no importa donde esté

para ser yo. Tengo que trabajar para eso me encuentre donde me

encuentre. Y, por suerte, a las armas las tengo siempre a mano.

El río es siempre el mismo, sea en el origen o en la

desembocadura. El río siempre está ahí, siempre avanza.

¿Por qué debo llevar una botella de vino a la comida?

Tanto si la llevo, como si no lo hago, me siento mal. No se cuál de

las dos opciones es mía y cuál es de una estructura impuesta


dentro de mí. ¿Cuál de las dos angustias es la genuina? Me siento

inseguro cuando no hago lo que se supone que debo hacer. No

quiero obligarme a hacer cosas formales buscando aprobación. En

realidad si me invitaron, es como un regalo ¿Quiero regalarles?

Domingo cubierto de nubes. Mediodía. Tuve que

prender la lámpara del escritorio para poder ver. Varias ideas

azotan mi mente.

Ayer fui a dar una vuelta y regresé insatisfecho por no haber podido

conseguir el número de teléfono de ninguna chica. Reniego muy

fuertemente de mi forma de ser, en la cuál termino siempre de la

misma forma, insatisfecho.

Ayer salí a dar una vuelta y tuve varios llamados de

atención. El primero fue cuando después de decidir de buen humor

que quería conocer a alguien, me encontré pensando en mi antiguo

auto y sus inconvenientes. Hace muchos ruidos que

verdaderamente me molestan. Esto hizo que me enganche con algo

mío y empezó a molestarme estar en el auto y también estar


conmigo.

Al ver que no estoy bien, me pongo peor. A nadie le iba

gustar estar conmigo.

Cuando logré sortear éste inconveniente -en realidad dejarlo

un poco al costado- fui a "La Cuadra", un lindo pub de Belgrano. Me

interesé por una chica muy linda que trabajaba de maître y estuve

charlando un poco. Era muy simpática. Entre dimes y diretes le

pregunté qué iba a hacer en su día libre, me contestó:

-Voy a ver- y se alejó. Volvió a acercarse un poco después, pero me

daba la impresión que me esquivaba. Supuse que era una forma de

decirme que no quería salir conmigo y me fui. Pero no convencido,

sino pensando que aunque había hecho bien en no seguir con algo

que pudiera terminar en un rechazo, sentía que tenía que volver.

Me fui a bailar y otra vez tuve un llamado de atención

cuando una chica no me dio bolilla. De cualquier manera insistí un

poco, pero yendo directamente al tema de la edad. Al alejarme me

sentí muy mal, abandonado y paria.

Me fui a dormir insatisfecho. Ese fue mi último

llamado de atención.
Pareciera que terminé la noche tal cual la empecé. Y

el problema creo que estuvo cuando empecé a sentir los ruidos de

mi auto y a creer que, como él, yo tengo hace tiempo que

solucionar algunos temas que aparecen una y otra vez.

Quiero suponer que no los estoy encarando por el

lugar que debo, porque todo debe tener solución. En realidad hay

ciertas cosas que no tienen arreglo. Aunque yo entiendo que

soluciono muchos temas a diario, debe haber alguno con el cual me

engancho porque no obtengo respuesta.

Estuve durmiendo un rato. Creo que me dieron ganas de

dormir porque se ponía muy denso lo que estaba tratando de ver.

Ahora mismo, me da rechazo y cansancio pensar en eso.

Me dormí pensando si tiene solución lo que trato de resolver

y me desperté pensando que quiero comprar algo, pero sin perder

plata.

Puede haber una trampa en esto: Ambas cosas pueden ser

verdad. Pueden tener solución únicamente cambiándolas.

Soy resistente a deshacerme de algo que no me hace bien.


Debe tener que ver con la forma de estar feliz y cómo tienen que

ser las cosas.

No quiero estar todo el tiempo en la mugre. No sé hasta que

punto puedo solucionar algo de golpe o es justamente de esa

exigencia de lo que me tengo que desembarazar.

¿Mi inconsciente me va a llevar siempre por el buen camino o está

creciendo también en este tiempo de búsqueda?

Me apresuro a definir la posición del otro, aun a mi propia

costa, por no poder aceptar la indefinición. ¿Por qué?

Ante la definición debo tomar una resolución. Cuando

la otra noche, tomaba algo con Florencia en "Vladimir", al

rechazarme ella, yo decido irme.

Me pregunto: ¿la estabas pasando bien? la respuesta

es no. Entonces ¿Qué hacías ahí? ¿Qué hacías tomando algo con

una chica que no te divertía en lo más mínimo? ¿?

Pareciera que hay un tema de proyectarse al deseo

del otro, cuando el deseo de uno falla. Con tal de sostener algo,

cuando mi deseo no está o desaparece, trato de servirme del deseo


del otro. Pero todo éste mecanismo me lleva sí o sí a la insatisfac-

ción, porque me siento así cuando el otro no desea estar conmigo,

que sería algo normal, pero también cuando logro permanecer sólo

por los deseos del otro.

También tuve un llamado de atención en Caix. Estaba

contento pensando que una chica tenía ganas de estar conmigo,

pero estaba nerviosa. Yo disfrutaba el acercamiento, hasta que en

un segundo pensé en que yo pudiera estar equivocado y que ella

no tuviera en realidad esas ganas. A partir de allí, el momento

perdió todo su encanto.

Entendí que la situación solo se mantenía con el supuesto

deseo de ella.

Aquí y allá está saliendo que en mi modelo mental, no

importa uno, sino el otro. El deseo del otro es más importante que

el propio.

Por evitar una sensación de pérdida, termino perdiendo

todo. Por no poder desear nada para mí mismo.

Mientras los deseos son de otra persona, no me equivoco ni


me expongo nunca. En realidad estoy expuesto permanentemente

porque no puedo nunca tener un recreo. A donde voy llevo conmigo

el proyectarme hacia los demás.

De ésta forma es difícil que me lastimen, lo importante es

saber a ciencia cierta si ella tiene el deseo o no, para poder saber si

yo deseo o no. Mientras perdura el deseo del otro, perdura el mío

también, pero cuando se extingue el del otro, el mío desaparece.

Volviendo a la noche del otro día, cuando decidí que

quería salir a conocer a alguien, estaba frente a un deseo

puramente mío. Pero al darme cuenta que en el auto todavía había

problemas de caja de cambios y transmisión, que había estado

tratando de solucionar sin haberlo logrado, me transporté con los

temas que no había podido solucionar en mí mismo y que iban a

hacer que esa noche yo saliera insatisfecho casi seguro. ¿Por qué?

Porque aunque yo tuviera un verdadero deseo esa noche, dependía

de encontrar una persona con exactamente los mismos deseos,

para poder proyectar los míos en ella. No me podía servir una

persona que no supiera si quería estar conmigo o no, porque

simplemente no me conocía, tenía que encontrar a alguien que me


gustara y que estuviera segura de querer estar conmigo, apenas

me viera.

Con este modelo que supuestamente me protege de

sufrir, tengo problemas también cuando no se si quiero estar con

una chica que quiere estar conmigo. En esos casos, como la otra

persona es la importante, debo lograr que ella no quiera estar más

conmigo para poder separarme. Para eso me vuelvo en general

desagradable e inbancable.

Cuando veo a alguien que no me gusta, tengo que

evitar el gustarle para no quedar atrapado en sus deseos. Debe ser

muy desagradable para las demás personas.

Me gustaría volver a ver a Margarita. De alguna forma podría

tratar de convencerla para que vuelva a salir. Pensé en escribirle

una carta, pero enseguida pensé en que se la iba a mostrar a una

amiga, diciéndole: -Mirá el tarado este, lo que me escribe.

Por suerte me di cuenta que detrás del supuesto miedo al

ridículo, está la intención de esconder que esa carta no tendría

ningún sentido sin el deseo de ella de recibirla. Y en ese caso no


tendría ningún sentido mandarla, porque sólo estaría indicada para

tratar de convencerla.

En éstas últimas palabras creo que se abrió una puerta

enorme. No tengo idea hacia donde conduce, pero me imagino

intentando convencer a mis antiguos amigos a que juguemos al golf

o al truco o a cualquier otra cosa y convirtiéndome en un pesado.

Con éste modelo es lógico pensar que uno va a estar

intentando permanentemente de convencer a las demás personas

para que deseen hacer cosas que uno sólo tendría ganas de hacer

si los otros quieren. Debo convencer a los demás para justificar mis

ganas, que de

otra manera, quedarían al descubierto.

Por fuera pareciera que uno es un caprichoso, que sabe

exactamente lo que quiere, pero no es así. El asunto no pasa por

complacer un capricho, ni por cumplirlo o no, sino porque los demás

tengan ganas y así justifiquen las propias.

¿Cómo surgió esta estructura? Es lógico suponer que fue

como una defensa contra el genuino sufrimiento de decidir y


responsabilizarse por la propia vida y los propios actos.

Por evitar el miedo genuino a sufrir por no tener lo que

queremos.

Me parece que es enorme y muy profunda dentro de mí. No

se que hacer con ella.

Me siento raro. No siento como si fuera una victoria.

Estoy triste como si en realidad fuera un funeral. Como si algo muy

dentro de mí estuviera muriendo. Como la muerte de una gran

ilusión.

No siento necesidad de comer. Ni de dormir. Ni de escribir. Ni

de reír.

Hacía días que quería ver otra vez la película de

Robert Redford: "Gente como uno". En dos momentos de la película

tuve llamados de atención. Creo que ambos tocaron hilos profundos

de mis sentimientos. En uno una chica acepta de buen grado estar

con él. En el otro, él y su padre, se dicen que se quieren. En esa

parte lloré las dos veces que la vi hoy.

Tiene mucho que ver con mis deseos. Puedo haber utilizado
la trampa de los deseos para evitar ese gran sufrimiento que debo

haber tenido con la muerte de papá.

Intenté permitirme desear sólo aquello que podía tener. Aunque es

verdad que la felicidad únicamente puede estar en las cosas que

podemos tener, también en la otra cara de la moneda están los

deseos que no podemos cumplir y que no por eso tienen necesaria-

mente que hacernos infelices. Tratar de eliminar esas genuinas

penas, es decirle adiós a la felicidad por el resto de nuestras vidas.

¿Por qué perder el deseo de estar con alguien, si esa

persona no quiere estar conmigo?

Procuré eliminar los deseos que no podía cumplir, en

un intento de evitar el sufrimiento. Pero ¿Se pueden eliminar los

deseos o lo único que hacemos es tacharlos, ocultarlos? Sólo logre

descartarlos, borrarlos al surgir, negarlos, mamarracharlos. Pero

nunca eliminarlos.

Recién pensaba en que quería ir a comer algo, aunque no

tengo hambre. Es como si pudiera ser una vuelta a mamá. Como si


ahí pudiera estar seguro.

Mamá está segura, ella no desea, descarta la felicidad en su

vida y así elimina el sufrimiento. Se eliminan las grandes

decepciones, sólo queda la desagradable seguridad de una tímida

insatisfacción proyectada sobre los demás.

Cuando en mi infancia tuve que hacerme cargo de mi

sufrimiento, debo haber buscado consuelo en mamá y ella

evidentemente me transmitió lo que hizo durante toda su vida.

Me parece como un salvavidas de plomo.

Me cuesta mucho buscar mis propios deseos. Me confundo

mucho. Siento que desear es muy caro. Por ahora no me animo a

desear.

Hoy, mientras me bañaba, pensaba en que tengo algún

cortocircuito entre el desear y el tener. Que sólo puedo desear, no

tener. La satisfacción de tener la perdí en algún lado. Únicamente

me permito desear lo que no puedo tener.

Lleno mi vida con salidas y situaciones que reconozco como


insatisfactorias, simplemente porque no las deseo. En general me

cuelgo del deseo de los demás y no puedo reconocer el propio.

Muchas veces cuestiono el hecho de quedarme en casa

escribiendo todo el día, quizás porque es algo solamente útil para

mí.

Cuestioné absolutamente todas mis aseveraciones y eso

demuestra que no tengo todavía ninguna base solida donde

afirmarme para empezar a construir mi vida.

Es una noche de invierno. Son cerca de las dos de la

madrugada y estoy en mi cuarto escuchando música bajito, para no

despertar a nadie. Siguen, acá en casa, mi hermana Belén y su

familia, pero falta poco para que se vayan.

Me desperté con una imagen onírica del abandono y

la segregación. Los relaciono directamente con la muerte de papá.

De a poco y analizando lo que me pasa, me voy

separando cada vez más del manejo familiar, que puede haber sido

un puerto seguro para mí en el pasado. En ese modelo el desear

para uno estaba vedado. Se vivió siempre para las otras personas,
con la proyección de todo deseo en otros. Donde nunca fueron

aceptados los límites de la individualidad. Donde la generosidad era

una obligación. Todo encaminado para no sufrir.

Cada uno de nosotros debe haber tenido razones

para prestarse a un manejo así, para incorporarlo como propio.

Algunos de nosotros lo cuestionamos, como Dolores, María José y

yo. Otros se mantuvieron al margen, como Belén. Algunos no lo

tomaron, creo, como Raúl.

Cuando impongo mi voluntad siento que voy a ser

abandonado.

Me hace acordar cuando en la enfermedad de papá, yo comía

caramelos en su cuarto. El me lo permitía, aunque todos en casa

me decían que no tenía que molestarlo. Yo iba igual. Me sentía

diferente al resto. Hice mi voluntad de comer los caramelos y papá

murió. Fui abandonado.

Ahora cada vez que hablo de hacer mi voluntad, hablo de

quedarme solo. Cuando me dirijo a hacer algo que deseo o a tomar

algo que quiero, sufro gran ansiedad y angustia.


Voy a dedicarme a escribir cosas que deseo... Voy a hablar

de mis deseos...

No me vienen. Es como si no deseara nada. No debo

permitirme desear nada.

Sentirse vivo es sentir el frío sobre la cara. Cuando voy con

la ventanilla abierta, siento que me estoy alimentando de vida con

cada bocanada de aire.

Con eso me pongo alegre, lo mismo que cuando veo un

parque con muchos árboles en otoño. Supongo que un día de éstos

me voy a tomar el tiempo para ver como caen las hojas. Me gusta

donde vivo.

Desde hace varios días que quiero salir con Mariana y, con

ella, me pasa que cuando yo la llamo, casi nunca salimos.

Es justo salir cuando ella quiere, pero me dieron

ganas de estar con ella y aunque me costó admitirlo, el deseo

surgió. La llamé y ya había arreglado con otro. Eso hizo que me


sienta abandonado y paria. Una posición demasiado conocida para

mí. Quedar abandonado.

No creo que sea casualidad que me enganche con

alguien a quien no le gusta que la llamen. Creo que la gordura

estuvo desde el llamado a Mariana, sabiendo que ella me había

tratado mal ayer, cuando ella me llamó y yo ya salía.

Es difícil ir abriéndome al mundo, ir viendo el

exterior. Sobre todo porque yo lo veía desde adentro y, afuera, es

otro lugar que aunque quiera verlo desde donde estoy, es imposible

sin salir. Me lo imagino como adentro, pero con frío y no es así.

Quizás tenga un problema con todo el mundo, porque

a mí ya no me interesan las reglas de juego de la gran mayoría.

A todo el mundo le incomoda estar conmigo. La gente en general

me dice que soy raro. Y yo quiero ser raro, no me interesa ser como

los demás.

Cuando estoy con un grupo grande de personas, me cuesta


mucho controlar lo que pasa. Siento que mi persona se me va de

las manos y pasa a ser el inconsciente quien dirige mi vida.

Acabo de empezar el día, hace exactamente veinte minutos.

Me cuesta escribir porque acabo de hacer flexiones de brazo. En

esta noche invernal, me siento solo y confundido. Iba a escribir

deprimido, pero no quise usar esa palabra, como si tratara de

ocultarme lo que siento.

Estoy cansado de ésta lucha diaria, de la eterna decepción.

Siempre me decepciono de mis logros, de mi estado actual, de mi

cuerpo, de toda mi persona. Hace rato que no dejaba salir la

bronca, pero estoy enojado, enojado y decepcionado; enojado

decepcionado y solo; enojado, decepcionado solo y confundido;

enojado, decepcionado, solo, confundido, harto, y asqueado;

enojado, decepcionado, solo, confundido, harto, asquea do y

temeroso. Y vuelvo a estar enojado. Tengo miedo. Miedo a

dormirme y miedo a despertarme.

Hace rato que quiero vivir para mí. Para éste Andrés
que Dios eligió para que exista. Porque existo, con todos mis rollos

y problemas, existo. Y, aunque yo me obligue a tacharme muchas

veces, tengo el derecho de estar acá.

Esta mañana, cuando me levanté, una parte mía se

puso alegre, por saber que podía elegir qué hacer, disponía de

tiempo para mí. La otra, en cambio, se sintió mal por no tener algo

definido que hacer, ninguna responsabilidad. ¿Quién es Andrés? ¿El

uno o el otro? Andrés está formado por los dos, pero no hace uno.

Quiero ser uno con mi identidad, uno conmigo mismo.

Estoy buscando la forma de ser feliz, la forma de

poder compartir cosas con los demás y conmigo mismo. Me cuesta

ver en algo que no sea mujer todo lo que divierte y sea "vivir bien".

No pasa solamente por tener relaciones sexuales satisfactorias. Es

mucho más. Es poder estar afuera y respirar, es oler el pasto,

abrazar un árbol, reír y llorar. Pero todavía hay ciertos sentimientos

que no quiero ligarlos a la vida y sin embargo están en ella todos

los días, como el dolor, la angustia, la pena, todas sensaciones

penosas.
Estuve tratando de terminar el cuento de una noche de

verano y todavía no encontré un final satisfactorio. Me invita a

pensar que todavía no puedo encontrar un final para parte de mi

búsqueda de felicidad. Aunque sé que ella está en ser uno mismo,

no estoy muy seguro de entender lo que ello significa. Sé que es

aprender a querer lo que uno es, lo que uno quiere. Sería fácil en el

cuento poner particularidades propias de los hombres, como reír y

llorar. Pero cuando se trata de uno, no es tan fácil describir y estar

convencido de cuales son las particularidades propias dignas de ser

vividas. Sé que una mía es el gusto por la filosofía, mi atracción

hacia las profundidades de los sentimientos de la vida, lo

sentimental. Pero cada vez que intento volcar parte de ese

entusiasmo por cosas delicadas, con amigos, automáticamente se

burlan de mí.

Mis valores íntimos, no sé por qué se rigen. No sé

donde tienen su raíz, pero en encontrarlos y defenderlos creo que

tiene que estar mi satisfacción.

Sólo eso podría acarrear genuinos sufrimientos sobre mí.


Deseo que mi vida sea más profunda que la de

muchos que veo por ahí. Quiero que sea más consciente, saber lo

que voy viviendo y no vivirlo como si fuera un sueño del cual

podemos despertar a la realidad en cualquier momento.

Si yo quiero vivir mi vida tengo que pagar un precio con los

demás. Por ejemplo: no molestarme que ellos se opongan a ciertas

cosas que hago, en cualquier ámbito. Supongo que es el precio que

tengo que pagar por ser libre.

Cuando tomo una actitud que no es catalogada como

normal, la gente me lo dice y, yo, en vez de reducir al mínimo su

segregación, la agrando hasta hacerla insoportable.

Por ahora soy poco comprensivo respecto a la necedad,

tanto ajena, como mía propia.

Tengo unas ganas bárbaras de tomarme la vida.

En vez de eso lo que hago es comer de más. Confundo vivir con

desenfreno.
La libertad no me asegura la felicidad en lo más mínimo,

pero es el único camino que veo para llegar a ella.

Ya pasaron las doce de la noche. En casa, cuando bajo el

sonido de la radio, escucho el zumbido de la calefacción, el viento

contra la ventana y el roce de la lapicera sobre el papel.

Así como no sé darle el broche final al cuento de la noche de

verano, tampoco puedo hacerlo con mi vida.

Todavía siento culpa por vivir la vida como me parece o puedo

hacerlo.

Recién hablé por teléfono con Rona y le leí un verso de

Neruda. Realmente lo disfruté. Me gusta hablar de otras cosas

lindas que no tengan que ver con mis rollos. Estoy muy solo

últimamente.

Me gustaría poder respirar hondo cada mañana, sabiendo

que no voy a volver a ponerme una máscara para lograr agradarle a

la gente y poder ser así una

persona normal.
Apenas escribo algo, voy corriendo a mostrárselo a

las personas, para que me digan si les gusta o no. ¿Qué me van a

decir? Sobre todo las personas que me quieren. Busco aprobación y

aceptación en los demás, cuando en realidad es en mí donde debo

encontrarla.

Por ejemplo: es posible que en el fondo sea un vago,

que no me guste trabajar.

Es la primera vez que estoy aceptando que no quiero

trabajar. Parece que no soy una persona normal y quizás entonces

tenga otras intenciones para mi vida. Sin embargo, no me permito

otra forma de vivir y, entonces, por eso no encuentro algo que me

guste. De ésta forma voy a terminar eligiendo aquello que en

realidad no deseo.

Antes de eso, debería permitirme otras salidas.

Aunque deba mantenerme a mí mismo, procurarme vivienda y

alimento, hay algo en todo esto que me parece que es una trampa,

es como salir de lo malo, para dirigirme a lo peor.

Tuve un despertar extraño, rodeado de culpas y miedos.


Intentando aceptar posibilidades incómodas, sólo para que dejen de

existir. No es así de fácil. La búsqueda real de lo profundo es muy

costosa.

No acepto mis errores.

Hace días que vengo diciendo que en mi casa no se aceptó a las

distintas personas.

Me siento como un lisiado. Una persona discapacitada y, en

realidad, eso soy. De una forma u otra, tengo falensiasfalencias que

me hacen llegar al fracaso. Me angustia la idea de volver a subirme

al tren.

Volviendo a la falta de aceptación: odio la parte mala del

hombre. Odio su ignorancia, (¿Su debilidad?). Por lo tanto odio la

esencia del hombre. Al odiar esa parte, cuando veo personas

confundidas, las odio también, mejor dicho, no las acepto, porque

no me acepto a mí mismo.

No acepto el error, aunque sé que me equivoco y que voy a

seguir haciéndolo por el resto de mi vida.

Si hubiera algo más profundo que esto que escribo ¿Qué me podría
estar diciendo? ¿Qué estoy diciendo con no aceptar el error? Si va a

estar presente siempre ¿Por qué lo odio? ¿Por qué no puedo

aceptarlo? ¿Qué significa el error? Lo asocio con hacer las cosas,

con cumplir mis deseos. ¿Será que el error evita el cumplimiento de

mis deseos?

No puedo contestar éstas preguntas desde la otra cara de

esa misma moneda. Seguramente podrán ser contestadas desde

algún otro lugar o desde alguna otra posición, que todavía no

encontré.

Vida, no estoy en paz. Siento que me debes mucho

que me prometiste. A través de quién conocí la vida o a través de

mí mismo ¿Es que la naturaleza no me mostró que los fuertes se

comen a los débiles? ¿Entonces cómo querer ser débil?. Pero, sé

que no va por ahí, porque todos somos en algún sentido fuertes y

también débiles. No pasa por ser el más fuerte, porque es como la

escalera real, en poker, cada una vence a otra y es vencida por una

también. Uno en la vida va a estar en posiciones desafortunadas,

pero afortunadas también. No disfruto éste tipo de relación, porque


cuando me toca ser el fuerte, no me quiero aprovechar y cuando

soy el débil, se aprovechan y no puedo evitarlo. A pesar de todo, es

la única forma en que veo al mundo: fuertes y débiles, los que

tienen y los que no tienen, ricos y pobres, sabios y necios, eruditos

y analfabetos.

Odio la forma en que veo al mundo. ¿Odio el error o a pensar

que debe haber un error? ¿Odio al culpable o a pensar que tiene

que haber un culpable?

¿Cómo puedo entender a un mundo sin error, que no sea

error quebrarse una pata o ser lisiado o ser miedoso o analfabeto?

Quizás no sean errores ¿Será un error pensar que la

naturaleza tiene errores?

¿Para que preguntarme si existe error o no? El error se dice

parte de la naturaleza. Yo lo vivo como si no tuviera que existir.

Quiero hacer desaparecer el error de la naturaleza. ¿Por qué?

¿Hay mal en el mundo? ¿Es debido al error? ¿Puede confundirse el

error con la maldad? ¿Tengo yo maldad?

Me falta desarrollar una parte de mí. Y aceptar allí el error y

la maldad que llevamos dentro, porque aunque trate de evitarlo lo


llevo dentro.

Recién comí de más. Algo me debe haber angustiado.

Me parece que fue Belén, que hizo alusión a una chica que estaba

bárbara, pero que era muy chica para mí. No quiero pensar que el

tren ya se fue. Tengo ganas de formar una familia y espero que aún

estar a tiempo, cuando termine lo que estoy haciendo, buscarme a

mí mismo.

El viernes estuve muy contento, por haber

descubierto ciertas cosas que me resultaban importantes. Le conté

a Adrián que estaba contento por tres cosas: primero, porque había

arreglado para salir con Marianita y tenía muchas ganas. Segundo,

porque había arreglado para hoy, domingo, con María Inés y,

tercero, porque quiero amarme a mí mismo y creo empezar de a

poco a comprender qué significa:

El otro día, en el asado de Joe por su cumpleaños, me

di cuenta que estaba incómodo entre la gente. Los demás me

molestaban. Llegué a odiar algunas cosas de ellos. Cuando analicé


la situación entendí que si odiaba actitudes o estructuras era

porque yo también las tenía o sea que estaba odiando en ellos

actitudes y estructuras mías.

Como estoy leyendo: "el arte de amar", relacioné que allí

describen que cuando uno ama al resto, se ama a uno mismo y que

cuando uno se está amando ama al resto de la gente. Por lo tanto,

pude comprender que así como pude odiar en los otros algo odiado

en mí, también iba a poder amar en los demás, lo amado en mí.

Entonces, si yo me amo, voy a estar amando también al resto.

¿Pero, cómo amarme si no lo siento?, La respuesta llegó más tarde

y aunque no estaba explícitamente escrita, estuvo siempre frente a

mis narices: el amor no es un sentimiento, es una voluntad.

Amarme significa ejercer la voluntad de cuidarme, respetarme,

conocerme, tener responsabilidad. Al fallar en alguno de éstos

aspectos, no estoy amándome. Aquí está la paradoja en donde ser

y no ser es posible, porque tengo que amar hasta cuando no me

amo. Tengo que cuidarme y respetarme aún en esos momentos.

Tengo que cuidar mucho toda ésta visión, porque está muy

verde y forma parte de un proceso. Cuando descubro algo y voy


corriendo a contarlo, es como cuando voy a comer dulce de leche,

me gusta, pero me hace mal.

El día está nublado y bastante obscuro. Me identifico

bastante con él.

Hace un rato hablaba con Leonardo que no puedo retener ningún

tesoro en mi interior pues significaría dejar de ser un desastre,

pasar a ser alguien rico. ¿Puedo ser rico? Seguramente no mientras

tenga la obligación de desparramarme entre las personas. Hay

cosas ricas que son mías. Es importante lograr responsabilidad por

mis actos. Relacionar el desparramarme con la frustración obligada

que aparece después. Es como descubrir oro y gritarlo a los cuatro

costados, para que todos vengan a agarrarlo. Nadie viene. No vale

nada. Es mío, es mi tesoro y aunque es verdad que puedo com-

partirlo con los demás, no puedo hacerlo de la misma forma, sino

que puedo compartirlo a través de mis actos.

Ayer me desparramé frente a María Inés. Me desvaloricé, me

sentí mal y perdí la oportunidad de estar con ella, que era lo que

buscaba.
Algunas de mis acciones destructivas puedo evitarlas

simplemente con una pequeña pregunta.

Esquivarlas y salir airoso.

¿Cuales son las ventajas de ser un desastre?: Nadie espera

nada de mí y es muy difícil de esa forma, defraudar y defraudarme.

Lo cierto es que ya estoy defraudado. No puedo desilusionarme,

porque ya estoy desilusionado.

No se puede caer más bajo que el fondo, esa también es una

ventaja. No hay nada que perder. Parece que me da mucho miedo

correrme de ese lugar de porra.

Quizás de a poco, de la misma forma que ahora estoy

tratando de cuidarme para no hacer aquello definitivamente malo

para mí, empiece a lograr algunas actitudes positivas. Podría ser el

principio de un cambio real. No va a ser nada fácil, tengo que ganar

cada pulseada. Con el tiempo espero que quererme se haga algo

tan natural como tirarme abajo lo es en este momento.

Sigo en la lucha. La empresa es algo diario, un esfuerzo


cotidiano por actuar por mi bien. Pensar dos veces antes de hacer

algo. Destinarlo a lo bueno para mí, a no sentirme un desastre para

estar tranquilo. Posiblemente allí empiece a cambiar ciertas

relaciones con personas y también con toda la vida. Soy quien me

impone situaciones desastrosas, sólo yo puedo cambiar eso, con mi

esfuerzo. Imposible que otras personas puedan hacerlo por mí. Ni

siquiera la buena ventura cambiaría eso. El día que yo logre

quererme voy a valer para el mundo.

Quiero aprender a ser importante. Y eso cuesta caro.

Empezar a variar mi punto de vista, la falsa dependencia de alguien

que me encuentre y pueda darme el valor que en realidad es mío.

El valor soy yo. Yo y lo que pueda y quiera hacer.

Pero no me siento así. No me siento ni más importante, ni

más sabio, mi más inteligente, ni más fuerte. Con esfuerzo quiero

vencer las partes mías que intentan librarse de la responsabilidad

que implica ser el artífice de mi propia vida.

Me siento defraudado por mí mismo. Como si hubiera

fallado. La empresa de quererme no va a ser fácil. Quizás sienta


esto porque pensé que podía estar corriendo y solamente doy mis

primeros pasos. O tal vez, esto haya empezado hace mucho y

solamente sea la parte visible de un gran esfuerzo de toda la vida.

Voy a tomarme las cosas con un poco más de calma. En

éstos días es muy difícil, para mí, ser coherente. En casi todas las

situaciones que proyecto, termino mal parado. Casi todos mis

anhelos son en realidad salvavidas de plomo. Tengo que andar con

cuidado. ¿Acaso no duermo con el enemigo? ¿Acaso mi enemigo

mayor no soy yo mismo? ¿Quién se situó siempre

desfavorablemente en la vida? ¿Quién vivió desvalorizándose cada

vez que pudo?

Me di un baño, me afeité, me puse una buena camisa y un

pantalón. Encima de la ropa me puse mi viejo y descolorido

mameluco para pasarla a buscar. Mariana abrió la puerta y, cuando

me vio, me miró de arriba a abajo y me dijo: Andrés, sos un desas-

tre. Sonreí, como quien obtiene lo que quiere. Soy un desastre, iba

a escribir y, entonces, me hubiera quedado tranquilo.


Vengo de jugar al squash con Turu. Me castigué

terriblemente durante todo el partido: le pegué mal a la pelota, hice

todo lo que no tenía que hacer, todo mal. Una parte importante mía

está dirigiéndome hacia el desastre. Aunque creo que las

decisiones las puedo seguir tomando yo, desde dentro puedo

boicotearme. Jugando estuve muy angustiado, pensando que eso

era exactamente igual a lo que hago con mi vida: Jugar mal para

poder enojarme y desvalorizarme hasta jugando al squash.

Fui a ver un departamento para alquilar en Olivos. Me gustó

bastante, aunque algunas cosas como la cocina, el piso y el baño

no eran muy agradables. Si me hubiera gustado todo, hubiese

estado en un aprieto.

Hoy me puse en feos lugares cuando me levanté y jugando

al squash, pero también hice algunas cosas para mi bien, como ir a

ver ese depto, llamar a la asociación argentina de veterinaria

equina y a un señor para venderle relojes, hice deporte y escribí

tranquilamente en mi cuarto mientras escuchaba música. No quiero

tirar todo dentro de la misma bolsa.


Estoy con muchas ganas de hablar con alguien. No para

remover el fango donde me encuentro, sino para no sentirme tan

solo. Hablar por ejemplo de la noche, del tiempo, de las

sensaciones, proyectos, esperanzas. Hablar de comunicación, de

espíritus, de individuos y personas. Hablar de cosas dulces. O

quizás simplemente me gustaría estar con alguien, pero que me

entienda, que me acepte. Todo pasa por mí, tengo que entenderlo.

Ninguna solución me puede venir desde afuera. Yo tengo que

quererme, que respetarme y cuidarme. La responsabilidad es mía. Y

me pesa, pero es mía.

Otro día más de miedo, de desgana. Otro día más en la no

vida. ¿Cuándo voy a empezar a quererme? Desconfío de mí mismo.

No creo poner las manos en el fuego por mí. Las sensaciones de

pesar aparecen tanto cuando voy a hacer algo positivo, como

cuando es algo negativo. Permito que me invada una gran

confusión. Quizás la confusión viene cuando situaciones que en un

principio eran positivas, cambian de rumbo por aparecer una


situación favorecedora.

El otro día llegué de muy buen humor a la fiesta, pero cuando no

pude divertirme como yo esperaba, se transformó en gran

autodestrucción. Era como estar dando vueltas en círculos, como sí

después de tanto esfuerzo me encontraba en el mismo lugar.

Siempre me encuentro con la misma pared. Todos los

caminos me conducen ahí. Primero se me ocurre que es blanco,

después que es negro y termino pensando que no es ni uno ni otro.

Esa es la historia de mi vida, en donde me sentía mal cuando

perdía, pero también me sentía mal cuando ganaba y de esa

manera no había un éxito o un fracaso en realidad, sino que todo

era un fracaso.

En realidad éxito y fracaso, tener y no tener, ganar y perder,

saber y no saber, blanco y negro, alegría y tristeza, fuerza y

debilidad, son todas caras distintas de monedas que he descubierto

que no me interesa tener en mi bolsillo.

Cuando me sentía desdichado por ser un perdedor, la

esperanza estaba puesta en cambiarlo y transformarme en


ganador, sin embargo ser ganador no es más que estar en la otra

cara de la competencia. No podría encontrarme a mí mismo ni

siendo rico, ni siendo pobre. Siendo rico, tendría el beneficio de no

ser pobre, no estar entre los que se privan de ciertas comodidades.

Pero eso no resuelve el problema, entonces el ver a las personas

como ricas o pobres, es estar mirando con los ojos de una persona

incompleta, que no logró darse cuenta que la sabiduría y la

felicidad de estar vivo, no pasan por unas cuantas monedas que

nos tiraron cuando éramos chicos.

Siento que perdí el tiempo estando inmóvil durante tantos

años. No sé si es cierto, pero sí que verdaderamente lo siento.

El tiempo nos va envejeciendo e ignoro cuando podré ser un

nuevo Andrés. Alguien que dedique su tiempo a sí mismo y a los

demás sin culpas ni remordimientos y a la vez con claridad y

desprendimiento.

Acaba de terminar un fin de semana largo. Estoy en casa, sin

ganas de nada. Ni de escribir, ni de dormir, ni de ver televisión.


Escribo para sentirme mejor y tratar de encontrar una razón para

ésta apatía de vivir.

No quiero encontrarme con el día de mañana.

Aunque me deshice de esas pilas de monedas a las cuales

estuve atado durante tanto tiempo, no logro ver nada más allá. Es

como volver a empezar, como volver a las bases. Al ser. Yo soy. No

soy importante, ni poco importante, eso es tan solo una moneda,

con sus dos caras. Soy igual y distinto a los demás. También soy

igual o distinto de mí mismo, dependiendo del momento.

En la vida no se gana ni se pierde. Eso es lo importante.

Aunque la gente piense que pierde cuando yo gano y que me gana

cuando yo pierdo.

Yo debería saber que por ahí no pasa el asunto. Que dos

personas se encuentren y empiecen a amarse, debe ser lindo para

los dos y cuando se engañan entre ellas, creyendo que es amor,

debe ser feo para las dos.


Me parece que me engaño al creer que voy mejorando, que

en realidad no voy a estar nunca donde quiero estar, que aunque

me esfuerce no voy a lograr nunca ver con claridad. Espero que sí.

De cualquier modo, en éstos días voy disfrutando de ciertos logros.

¿Qué busco cuando salgo por la noche a conocer chicas?

¿Busco una madre para mis futuros hijos? ¿Busco acaso una

compañera? ¿Sé lo que eso significa? ¿Busco sentirme un buen

padrillo?

Qué angustia da el saber que uno no puede ser compañero

de nadie, que no puede reírse con nadie, que no puede vivir con

nadie, que tiene que vivir solo. Cuando veo una mujer siento

angustia, porque sé que no puedo estar con ella y ella no puede

estar conmigo. No importa cuantas veces alguien quiera estar

conmigo y yo con alguien, nunca voy a poder formar una pareja en

los términos que veo la cosa. Recién cuando empiece a darme

cuenta que no hay cazador ni presa, que no hay defraudador y

defraudado, que no hay ganador y perdedor, recién en ese


momento, quizás pueda compartir algo realmente con alguien,

pueda estar y escuchar a alguien.

Me estoy castigando. Eso puede ser un buen síntoma.

Siempre que estoy por ver alguna nueva realidad, me tacho a mí

mismo, me castigo por no haber podido con mi realidad anterior.

Cada vez que suena el teléfono, pienso que podría ser

alguien que viene a salvarme.

Para empezar a quererme espero que me quieran antes los

demás.

Me viene a la cabeza una angustia que generalmente ronda

por ahí: pensar que no valgo lo suficiente como para poder

acercarme a alguien que me guste. Es no estar ni remotamente

conforme conmigo mismo, ni con la vida que hago, ni siquiera con

mis pensamientos y mis supuestos logros en conocerme.

Amarse es respetarse, pero yo no valoro lo que hago, no me

respeto. Yo no siento respeto por mi persona. ¿Cómo hacer para

respetarme a mi mismo? ¿Cómo hago para amarme? Siento una

gran angustia, como si volviera atrás, muy atrás y muy al fondo del
pozo. Allí, donde me es imposible valorarme un poco, donde veo

que en realidad soy una mierda, donde me convenzo de cosas

porque soy débil y no sé luchar. Entonces ¿Cómo esperar que

alguien remotamente pueda querer estar conmigo?

¿Por qué yo voy a querer estar conmigo? Amar es una voluntad,

más que una intención. ¿Por qué voy a tener la voluntad de

amarme?

Estuve leyendo un poco "el arte de amar", donde habla de

la madre "generosa" como neurosis. En ella, la madre no enseña a

sus hijos lo que es el amor a la vida y a sí mismos, simplemente

porque ella misma no se ama, ni ama a su vida.

En mi persona, eso desencadena un círculo vicioso, en

donde no me amo porque no aprendí a hacerlo, porque no forma

parte de mi ser, o mi personalidad o mi carácter, entonces mi

idiosincrasia no me permite amarme. Como no me amo no puedo

salir de ese lugar en el que estoy y empieza nuevamente el círculo.

Debo romper ese círculo por algún lado. Desde que me

acuerdo intento cambiar algo para poder quererme. Es como


pensar que para poder empezar a quererme, tengo que cambiar

algo y hacer algo bueno por mí, pero no puedo quererme sin ser

diferente, pero no puedo ser diferente sin quererme.

Por un lado me parece que ya viví treinta y un años, por otro

que en realidad no tuve un solo día de vida.

¿Qué hago y para qué estoy acá? ¿Cuál es el sentido de mi

vida?

Me dieron la posibilidad de procrear, pero aunque podría

creer que eso puede darle una razón, me parece que tengo que

encontrar otra cosa que desarrolle mi persona.

Me comporto como un chico, que trata de encontrar aquello

que busca probando todo lo que tiene a su alcance. Cuando estoy

insatisfecho pruebo comer hasta estar lleno, después, sexo y,

luego, me quedo con mi insatisfacción pero con pocas cosas más

para probar. Una y otra vez repito lo mismo.


Me siento raro. Dispongo de mucho tiempo que si no

lo uso consumiendo, se vuelve interminable. Pienso que si

no estoy realizando alguna actividad no soy nada.

Disfruto una sensación que me ha llegado en muy

contadas ocasiones: Vuelo en la noche por encima de la

ciudad.

Siendo pequeño, cuando tenía oportunidad de

subirme a un techo en alguna noche estrellada y me

acercaba al firmamento, me sentía como desbordando mi

propio ser. Me ensanchaba hasta empaparme de la noche.

Me sentía "grande".

Recuerdo que un amigo lo entendía como si me

sintiera mayor, pero no era mayor, era enorme, ancho.

Hace poco, caminando una noche por la avenida

Libertador, me pareció estar volando por encima de los

árboles. Veía las casas de una forma diferente desde lo alto.

Fue muy agradable, pero duró muy poco.


La disciplina me ayuda a dejar de lado ciertos

placeres que me conducen invariablemente hacia una

insatisfacción mayor posterior. Sin embargo, el no

permitirme estar acompañado por alguna mujer, aunque sea

en parte, no hace más que aumentar mi sensación de

soledad en este mundo.

Cuando amenazaron al personaje del film con

seducirle a la mujer, sentí el peligro en carne propia, como si

me hubieran tocado un punto flojo.

¿Cualquiera puede llegar a nuestras vidas y tirar abajo lo

construido? Es verdad que no todo puede romperse en

nuestras vidas, no todo puede comprarse, sin embargo,

persigo aquellas cosas que pueden venir a destruir o que

pueden robarme.

Me parece que mi estructura mental, mi familia y la

sociedad, me proponen construir una casa de cartón y

quizás por eso no esté queriendo construirla. Día a día, veo

claramente como las personas dedican más y más tiempo


en aquello que realmente no tiene importancia.

Intento en estos días ir desembarazándome de lo que

no me gusta de mi vida. Busco poco a poco encontrar un

lugar mío en este mundo. No tiene por qué importarme

aquello que debería estar haciendo, sólo lo que yo quiera

hacer. A nadie deseo regalarle mi vida.

Quedé atrapado defendiendo mi posición y mi punto

de vista, frente a las personas que me rodeaban ¿Por qué

me expongo una y otra vez a la crítica de los demás? ¿Por

qué les doy la posibilidad de atacar, criticar, ensuciar y

argumentar lo que pienso en forma tan gratuita? Gratuita

para ellos, pero con un costo importante para mí, sobre todo

porque soy quien tiene que defenderlo, por haber sido el

expositor.

¿Por qué defiendo mis pensamientos ante ellos,

cuando en realidad simplemente debería importarme mi

opinión?
Espero poder evitar en el futuro esta exposición tan

indiscriminada, porque cada una de las veces, al mostrar

mis ideas, termino en un campo de batalla, donde cada uno

lucha por su supervivencia. Mi vida no está en juego en esos

momentos, aunque a los demás y a mí me lo parezca.

Apenas estoy con gente, me empiezo a dejar de lado.

Siento a mis amigos como a una jaula. El estar con ellos me

encierra, dejo de ser libre.

Desde que arreglamos en que ella me llamaba para

salir, al llegar a su casa, estuve nervioso y pendiente. Esto

fue por la mañana y ahora ya son las diez y cuarto de la

noche. Todo esto me pone muy mal y me engancho con la

promesa incumplida. Percibo la importancia que tiene esto

en mi vida, aunque no pueda encontrarla.

Otra vez estoy en la misma situación con Mariana.

Dijo que me llamaba a eso de las diez de la noche. Creo que


va a dejarme colgado otra vez y trato de definir cuál es la

situación con exactitud, para ver en qué puede perjudicar-

me. Depender de alguien me hace sentir que pierdo el timón

y el control de mi vida. Intento quitar todo lo agregado, para

tratar de entender lo que me pasa. Me figuro que no quiero

evitar la dependencia. Para pasarlo bien, necesito a otras

personas. Me molesta que sea así, como si estuviera en

juego mi vida. Puedo planear un programa alternativo y, a

una hora que me parezca lógica, arreglarlo o hacerlo. De esa

forma no me perjudico al esperarla.

Cuando entiendo que no es un tema de vida o

muerte se aliviana la tensión. Seguramente en algún

momento mi supervivencia dependió de otras personas,

pero ya no.

Mariana no me dejó colgado anoche. Al irse, ésta

mañana, me dejó una sensación de potencia y seguridad.

Esa es la otra cara de la moneda. Cuando me va mal me

siento inseguro para hacer otras cosas.


Me hace pensar en lo solitario que estoy en mi

camino. Poder hacer algo placentero con alguien agradable

me hace suponer que aunque siga avanzando voy a poder

volver cuando quiera. Pero me parece que es pura fantasía,

ya no puedo desandar mi camino.

Llegué del trabajo cansado, pero con ganas de salir.

Ansioso por conocer a alguien nuevo. Conseguí el número

de teléfono de una chica y arreglé para verla. Parecía que

todo estaba bien, sin embargo, aunque no tenía hambre,

quería comer.

Mal indicio, pensé. En general me quiere decir que

estoy mal rumbeado, aun estando contento por el éxito de

mi empresa. En ese momento se me ocurrió que quizás

fuera porque me estaba ilusionando con una chica ideal, en

una noche perfecta. Y eso era tirar la noche por la ventana.

Un par de horas después, me llama por teléfono ésta

mujer, para decirme que se sentía mal y que no podía salir.

Aunque me sonó falso, no pude hacer nada. Sólo empecé a


sentirme mal yo, abandonado, ultrajado, impotente. No

podía evitar lo que sucedía. Un momento antes me había

sentido potente por poder salir con ella, esa mujer decide

enfermarse y yo paso a sentirme impotente. ¡Qué ridículo!

Así de ridículas juzgo mis estructuras. Busqué la

forma de no salir perjudicado en realidad, porque con todo

lo que sentía únicamente aumentaba el perjuicio de la

situación. Por suerte me iluminé y me voy a quedar en casa,

para dormirme temprano. Mañana voy a tener un día para

disfrutar.

Difícilmente me imagino como el centro de mi

existencia. Me cuesta pensar que no me falta nada para

poder ser feliz, para poder vivir plenamente cada día.

Hay veces que aunque pienso muchas cosas, no las

escribo. Quiero hacer como antes, que empezaba a escribir

y no paraba a buscar palabras. Simplemente dejaba que mi

mano fuera una vertiente por donde pudiera salir el flujo


hacia la superficie. Me gusta escribir así, sin tener idea hacia

donde me dirijo, sin saber lo que voy a decir. Me gusta

hacerlo sintiendo que mi alma fluye por entre mis dedos.

Disfruto escribir mientras escucho una linda canción. Me

agrada hacerlo por la noche, con el velador prendido cerca

mío y la ciudad descansando. Me complazco cuando me

busco y me siento. Noto que estoy vivo.

No es fácil ser Andrés. Supongo que no es fácil ser

nadie, que a Andrés no le sería sencillo ser nadie. ¿Por qué

debería serlo?

Tal como escribí hace tiempo, me levanto solo y me

acuesto solo. Estoy solo mientras escribo y cuando salgo a

correr, cuando descanso y cuando pienso. Pero en realidad

no estoy solo, me siento solo, que es diferente.

No estoy diciendo esto porque tenga mucha gente a mi

alrededor, ni porque me crea acompañado por nadie, sino

porque se me ocurre que cuando pueda atravesar la barrera

que yo mismo edifiqué entre mi corazón y yo, cuando logre

romperla, traspasarla sin evadirla, ese día, voy a sentirme


acompañado aún estando solo.

Quizás con la angustia mi interior me esté avisando

en aquellas situaciones en las cuales actúo mal y yo mismo

me pongo trampas para no poder salir.

Cuando ciertas palabras escritas por personas

profundas, llegan a mi alma, en parte disminuyen mi

separatidad.

Muchas veces me pregunto la finalidad de mi

existencia. Mi razón de ser.

Durante un tiempo creí que estaba acá para ayudar a

otros, para aliviar la pena de los doloridos, para curar a los

enfermos, para consolar a los deprimidos. Me preguntaba

por qué no me dedicaba a eso de lleno.

Hoy creo que no estoy acá para ayudar a la gente,

aunque muchas veces me gusta hacerlo.

No estoy acá para consolar a nadie, para solucionarle

los problemas a nadie, ni aliviarle el dolor a nadie, pero


puedo hacerlo y a veces me hace bien.

Estoy acá para escuchar el sonido de la risa, del

llanto, de un saxo, el canto de un negro, el gemido de una

mujer.

Estoy acá para ver el mar contra la orilla, la sonrisa

de una mujer, el crepúsculo contra la ciudad, cipreses en

una noche estrellada, a una madre a un bebé.

Estoy acá para sentir el frío en la cara por la mañana,

el abrazo de alguien querido, la caricia del sol, el viento y la

lluvia.

Para oler el pasto y gustar un buen vino. Para formar

parte de una buena conversación o para escucharla. Para

compartir. Para vivir.

Estoy acá para amar. Y tal vez amando ayude,

consuele y solucione problemas. Quizás mi amor alivie parte

de un dolor o ayude a sonreír a alguien.

Pero todo esto no es amor. Amar es acompañar y

aceptar y respetar y buscar. Es sentirnos acá, porque mi risa

es tu risa y mi llanto es igual a cualquier llanto. Así como


todos reímos y todos lloramos, todos hablamos y todos nos

callamos. Todos nos enojamos y nos angustiamos. Todos

nos sentimos solos.

Estoy acá para vivir esto. para sentir esto, para amar

esto. Porque esto es la vida.

Mamá expresó lo que quería y a mí no me quedó

otra, si quería seguir sintiéndome amado, que someterme a

sus deseos.

Citando a Fromm en "el miedo a la libertad": La fe de

Lutero consistía en la convicción de que sólo a condición de

someterse uno podía ser amado.

Mientras tanto mis deseos se vuelven invisibles.

Me castiga mi pretensión de hacer ciertas cosas

como un deber, sin obtener un real beneficio y sin siquiera

que otras personas obtengan un provecho cierto.

Entre la maraña de estructuras sociales y familiares

pude vislumbrar mi singularidad, mi individualidad. Me


conectó directamente con mi soledad. Una soledad

sumamente angustiante, que por lo que pude leer y

comprender hasta ahora, solamente va a poder disminuir y

terminarse por medio del amor.

Relaciono mis ganas de vivir y mi pasión por la vida

con el logro de mis sueños, de mis deseos, de mis

ocurrencias. Pero pareciera creer muy hondo dentro de mí

que, si me zambullo a satisfacerlos, me va a sobrevenir la

muerte.

Al determinar que mi felicidad depende del

cumplimiento de mis deseos, aparecen siempre dos

problemas: primero, determinar cuáles son estos deseos, y

segundo, establecer si vale la pena el costo por satis-

facerlos.

Lo que uno quiere no debería tener precio, pero lo

tiene y en general me parece caro.

Me alimento compulsivamente. Responde a mi


inamovilidad con respecto a mi real libertad. No hago nada

por empezar a vivir mi vida. Encerrado en una casa de

Buenos Aires, sin mirar más allá de mis narices, siento como

la vida se me escurre, como agua, entre los dedos. No

puedo retenerla, no puedo disfrutarla.

Al terminar de ver el segundo film en video,

comprendí que había cambiado mi forma de buscar

recreación y placer. En donde antes se me antojaba

únicamente una mujer, ahora me contentaba casi inde-

fectiblemente con una película.

Siento que no estoy en nada. Me voy poniendo viejo

y cada vez estoy más solo. No puedo amar aquello que odio.

Odio mi forma de pensar.

¿Por qué no puedo aceptar la vida tal cual es? ¿Por qué me

cuesta tanto digerir lo malo en la vida, a punto tal que

sacrifico lo bueno que podría darme?

El placer que me produjo la leve brisa que entró por


la ventana mientras estaba sentado como tantas otras veces

en mi escritorio, hizo que tenga ganas de llorar. Quizás el

darme cuenta que puedo disfrutar cosas estando solo, me

da mucha pena y mucho miedo.

Desconfío de las opciones que permito en mi vida. No

creo que sean verdaderas. Siempre tienen que ver con

proyectos y deseos de los demás.

Son las cuatro y media de la tarde. Dormí casi todo el

día. En realidad casi desde ayer, cuando me enfermé.

Supongo que para actuar lo que estuve diciendo durante

toda la semana pasada: -No quiero. No quiero ni dedicarme

a vender relojes, ni a construir las mesas, ni a buscar un

depto. para mí, ni ir a Balcarce a revisar los toros, ni ir a

fiestas, ni nada.

El final del día le dio paso a una noche excelente. La

luna es una perfecta bola de nieve. Sobre el pasto y arriba


de los autos, se deposita el rocío justo en éste momento, lo

que le da un aspecto incierto.

Cuando intento quitar la estructura autoritaria en mi

persona, en donde no puedo ver a los demás con un mismo

valor como individuos, sino donde las diferencias me

demuestran que soy más poderoso o más débil, más

importante o sin valor, me parece que me quedo sin nada,

vacío de orden.

Percibo dentro de mí gran cantidad de opiniones,

ideas, escalas de valores y puntos de vista que fueron

colocados por todas aquellas personas que fueron

educándome, como mis hermanos, padres y profesores, que

no son para nada auténticos, propios.

A veces me parece que yo digo con mi actitud:

-voy a dar una vuelta, para comprobar que no hay nada y

vuelvo.

Debe haber algo, muchos algos viviendo plenamente


y en libertad, pero tengo que permitirme verlo. Salgo

buscando una justificación para volver.

Sin embargo quemé las naves, porque aunque

quisiera ya no podría disminuirme hasta no existir, poniendo

en mi lugar a ese montón de datos y órdenes que

denominamos "sentido común".

Pienso que estuve todo el día buscando excusas para

enojarme. Supongo que porque ya estoy enojado, pero lo

juzgo absurdo. Me encantaría pensar que estoy con bronca

porque no me estoy dando alternativa y me obligo a seguir

para adelante.

Si en casa nadie logró salir ¿Por qué voy a lograrlo

yo? En apariencia, hermanos míos lograron metas que yo no

pude alcanzar, pero hay ciertos indicios que me demuestran

lo contrario.

Todavía no pude irme de la casa materna, pero no

creo que sea eso lo importante, sino empezar a vivir mi vida,

sea donde sea. El problema está dentro de mí, no es un


lugar seguro para mí.

No tengo ganas de irme a dormir, como si estuviera

disfrutando lo que estoy viviendo. Me gusta darme cuenta

de algunas cosas.

Hoy Leonardo (mi psicólogo) se reía porque no puedo

manejar mis deseos ni siquiera cuando voy al cine. No

puedo determinar lo que quiero. Es cierto que una cosa es

desear algo y otra es tener que permanecer ahí. Tengo claro

que no quiero permanecer en ningún lado, ni con nadie.

Es un gran problema dudar de todo, hasta del deseo

más pequeño. En este momento de mi vida, soy lo bastante

libre en lo concreto, no sé si tanto en lo real, como para

hacer casi todo aquello que elija. Aún así, me siento

impotente para lograr mi plenitud como individuo que

siente, piensa y razona de una manera única.

De ésta forma, la gran cantidad de posibilidades se

reducen a la nada, por la impractibilidad de ejecutar

cualquiera de ellas.
Una forma vulgar de no llegar a lo que quiero es

nunca llegar al fondo de mis deseos. Es nunca poder

determinar quién es el que desea en realidad. Yo o algún

otro.

Se largó la tormenta de Santa Rosa y me hace muy

bien estar en casa a cubierto. Pero me siento muy nervioso,

como si dudara, como siempre, de lo que voy eligiendo y,

además, se suma mi ansiedad. Escribo lo más rápido que

puedo, como si tuviera miedo a morirme, a que vengan a

buscarme y me lleven.

Lo extraño es que estoy contento y, a la vez, muy

nervioso y muy asustado. ¿Será que me falla la cabeza?

La soledad pareciera traer aparejada una gran

libertad de acción, pero en realidad se queda sólo en la

potencia. Concuerdo con aquella persona que me decía que

uno es libre solo cuando elige, no cuando puede elegir.

Mientras uno se pasea mirando vidrieras y no compra


nada, está tan atado, aunque no lo crea, como si se paseara

sin plata. La diferencia pasa por tener lo elegido.

Me imagino como algo muy difícil pensar en el día de

la muerte de un ser querido como algo que merece ser

vivido. Aunque estoy alegre, tengo miedo.

Mientras me despido de viejas estructuras internas

que me hacían mal, las reconozco como un paisaje de

muchos años, que aún no queriendo volver a ver, añoro. Me

parece que cambié mi incertidumbre actual, por la engañosa

seguridad del esclavo.

Escribe Fromm: "La diferencia entre individuos

significa un desnivel de poder y no la realización del yo,

fundada sobre la igualdad; la justicia indica que cada uno

debe recibir lo que merece, y no que el individuo posee

títulos incondicionales para el ejercicio de los inalienables

derechos que le son inherentes en tanto hombre".


Encuentro en ellas una gran verdad de mi naturaleza.

Al relacionarme con otras personas, encuentro que las

diferencias significan un medio de poder y, con él, los

derechos a la felicidad. Por eso es que me siento por

momentos con gran capacidad de ser feliz y, luego, muy

poco tiempo después, caigo en una profunda desesperación

al sentirme socialmente marginado y, por ende, menos

merecedor de buenas vivencias.

Al no lograr concretar la salida con quien me

presentaban, me sentí muy solo. Por lo que voy cono-

ciéndome diría que en ese momento me permití sentir lo

que en realidad me pasa desde hace días y tiene que ver

con el casamiento de Mac y mi soledad. Tengo miedo de

quedar solo por no haber transado con ella.

Aunque creo haber elegido correctamente ser yo

mismo, no implica que no aparezca ese miedo al error, a

quedarme solo por no haber aceptado aquello que estaba a

mi alcance.
Tengo miedo a quedarme solo, como estoy ahora.

Siento que a nadie le importa lo que me pasa. Podría no ser

verdad, sin embargo las personas muy pocas veces se

acuerdan de mí. Cuando por fin convenzo a mi interior de

mostrarse un poco, al ser rechazado vuelve a ocultarse,

como si cualquier acto hostil pudiera matarme. Me aparece

una fantasía, en donde si no soy aceptado paso a

desaparecer.

Mientras estoy con amigos, me sitúo bien en el

centro, donde pueden criticarme y enjuiciarme, como si de

ellos dependiera mi futuro, en lo concreto pocas veces

hacen algo para ayudarme.

Aunque cada día estoy más solo, opinan en mi

interior como un millón de personas.

Hoy empiezo a escribir por descarte. No quiero ni

dormir, ni comer, ni ver televisión.


Ya van varias noches que me voy a dormir, con la

sensación de no haber completado realmente el día, que se

me escapó mucho por vivir.

Me cuesta encontrar sacrificios que sean productivos,

empresas que me hagan bien, aquí, donde supuestamente

poseo derechos inalienables.

Con la raqueta nueva no podía hacer ninguna bien.

Cuando quería tocar la pelota despacio, era un desastre. Sin

solución. Como en mi vida. Quizás sea que no tengo ningún

problema y es por eso que no hay solución.

Los días que siguieron a la pelea con mamá, me sentí

muy solo y dejado de lado. Aun cuando no puedo

relacionarlo directamente, no acepto que haya sido pura

casualidad.

Hasta ahora para poder darme una luz verde para ser

yo mismo, tuve que separarme de las personas que amo.

Eso vuelve muy penoso el ser auténtico.


Espero que cuando viva solo y logre algunas

pequeñas satisfacciones, como si fuera la de vender relojes,

pero más significativas, voy a poder ser yo mismo aun

cuando las demás personas no quieran permitírmelo.

Cuando entienda que no está en ellos decidir las prioridades

de mi vida.

Desperté con la fuerte imagen de estar esperando,

sentadito en una esquina. Intenté concentrarme y las

imágenes oníricas volvieron claramente a mi mente:

Yo era chiquito, papá y mamá estaban por irse

en la estanciera. Intenté subirme con la idea de

acompañarlos, pero quedé colgado con un pie arriba y otro

abajo. En ese momento tuve que decidir si me quedaba

agarrado como estaba, con serio riesgo para mí mismo o si

me soltaba y le pedía a papá que me esperara. Me solté,

gritándole a papá para que parara, explicándole que no

había podido subirme.

Papá pareció no escucharme. Siguió andando y


alejándose de mí. Entonces grité con más fuerza, pero ya

con la sensación profunda de haberme equivocado. Aun así

le grité y le grité.

En mi desesperación me acordé de que mamá estaba

con él y que ella había visto todo. -Mamá le va a avisar,

pensé. Seguramente fueron a dar la vuelta a la manzana y

me pasan a buscar por la esquina.

Con una sensación de certeza y alivio fui caminando hasta la

esquina y me senté. Esperé que papá me pasara a buscar. Y

esperé... Y esperé... Y esperé...

Pensé en ofrecerle los relojes al padre de Mac, pero

se me ocurrió que si me los rechaza, es como decirme que

yo no le importo. En realidad únicamente me iba a estar

dando su opinión sobre ellos y si le sirven para regalarlos o

no.

Por momentos me pareciera como si tuviera que irme

a vivir a otro planeta, como cuando voy a comer a un buen


lugar y en vez de pensar si puedo pagarlo o no, pienso que

no tiene nada que ver, que yo esté por ahí. Como excusa,

propongo al desastroso auto en el cual me muevo, como si

para comer en un restaurante, aparte de pagar la cuenta,

hubiera que llegar en móvil lujoso.

¿Por qué aquello que por definición es satisfactorio,

no le es para mí?

El hecho de definirme, en vez de hacerme bien y aclarar las

cosas, me conduce a un callejón sin salida, donde sufro

realmente.

Como si hubiera algo en mí que no puede creer en

vivir diferente sigo con mamá, que lo hace bastante mal.

Me siento arrastrado hacia lo inevitable, sin poder

dirigir mi vida. Circulo como a la deriva, sin rumbo y a la

merced del mar. Aun cuando escribo sobre el mismo

escritorio, la mudanza me hace sentir perdido. Ahora mi

lugar, es un garage despintado, desordenado y húmedo.


No puedo evitar engancharme con todas las

negativas.

¿Por qué sigo esperando que alguien me dé la oportunidad

de demostrar todo lo que soy capaz?

Víspera de navidad. Nido de víboras. María José lo

expresa como un drama. Nosotros lo actuamos callada-

mente. Ya no me interesa pintar el óxido por encima,

construir una fachada, aun así, estoy encerrado en esta

familia, sin permitirme construir nada realmente bueno,

estar con nadie que me guste.

Me defino como un inadaptado de este planeta. No

puedo aceptar las normas vigentes.

Escribo párrafos como éste:

Era una linda noche de

verano, pero mis perspectivas no eran ciertamente muy

alentadoras: un trabajo miserable en el hipódromo local y

unas ventas, a fin de año, de algunos relojes fabricados por


el hermano de mi padre muerto. Con malabarismos pagaba

las cuentas cada mes.

Como veterinario, no había podido abrirme paso,

pero dos cosas tenía en claro: primero, dedicarme a algo

que considerara verdaderamente importante, segundo, no

depender de las banalidades de la gente para conseguir el

pan de cada día.

Estas pocas premisas no bastaban para descubrir el

camino. En ese atolladero me encontraba, mientras

saboreando mi limonada, sacudía mi cabeza en busca de

alguna idea.

No recuerdo si lo decidí porque era la mejor opción o

porque no se me ocurrieron otras, pero a la mañana

siguiente y con un traje azul razonable, una buena camisa

rallada y mi corbata de seda búlgara, me presenté, sobre

mocasines marrones de varias batallas, en la editorial del

diario del centro de la ciudad.

El haber elegido el cotidiano de mayor tirada de la

Argentina, hablaba a favor de mi gran ambición, pero


también de una ingenuidad grande como una casa.

Por suerte, a pesar de mí mismo, inventé un par de

trabajos y columnas en periódicos de la zona norte, donde

me crié. Estuve dispuesto inclusive a fraguar una hoja de

esos semanales para mostrar algo a mi favor.

No fue fácil, porque aunque paso engañándome la

mayoría del tiempo, fui educado con gran repulsión hacia la

mentira y supuesto respeto hacia los demás.

Con un paréntesis a mi honestidad indiscriminada,

golpeé la puerta del que , según pude averiguar, era el

encargado de captar nuevos valores para el diario.

No supe como seguir el cuento. Quería evitar

situarme en la otra cara de la misma moneda, pero no pude

encontrar otro punto de vista. Todavía no lo tengo

desarrollado.

Una disposición interna me obliga a cumplir los

deseos de las personas que me gustan. Al encontrarme a


alguien a quién querer, tengo que dejarme de lado, para

que la otra persona pueda expresar sus apetencias y yo

quedar encadenado por ellas.

Conozco a muchas personas que obran de la misma

forma. Para obtener algo de alguien se hacen los ofendidos

y lo hacen sentir mal. Como si el afecto dependiera de ello.

Por eso me cuesta tanto no cumplir con los pedidos de mis

amigos.

Aquí, en Pinamar, cada vez estoy y quiero estar más

solo. Estar con gente me asusta y me da inestabilidad. No

quiero depender de los demás para estar bien.

Volví hace un rato de la playa. Pensé en salir, pero

preferí quedarme aprovechando este atardecer en el

bosque. Algunos pájaros paran justo encima mío.

Quiero pasar estos días viendo lo que me gusta

hacer. Encontrándome con mi más íntima figura, para poder


seguir haciéndolo aún frente a otras personas. Disgustar a

los demás no es tan importante como hacerlo conmigo y

terminar transitando cosas que no me gustan. A veces es

necesario estar solo.

Sentado frente al fuego, en el cual cociné dos

excelentes hamburguesas, escucho una música bárbara

mientras se escapa el día. Disfruto mucho esto. Coloco leños

a cada rato, porque son pequeños.

Mientras escribo de reojo miro el fuego, que está muy

lindo. Gasto poco y tengo mucho, eso me gusta.

La radio es mi única compañía. Mientras me

entretiene con los mejores temas, el locutor invita a bailar a

la discoteca de Pinamar. A mí, que estoy durmiendo en el

auto, en un camping. Con el aislamiento que siento, sus

palabras me cobijan, como una manta calentita.

¿Cómo llegué a estar sentado entre los locutores de la radio

y mujeres, que me invitan champagne y me hacen participar

de sus charlas? Me ofrecen conocer la radio y yo acepto. Me


invitan a encontrarnos al día siguiente, con el grupo que

opera la discoteca. ¿Qué está pasando?

Decidí viajar a Mar del Plata. ¿Justo después de

conocer un grupo de gente? Evidentemente mi intención es

estar solo, aunque reniegue de ello.

A pesar que me sienta un paria, con una realidad

miserable. Por más que siga triste y deprimido como si todo

fuera negro. Estoy como un pez fuera del agua. Atrás dejé

un grupo de gente, atrás dejé un compañero de squash.

En este hotel, tengo una mesita con una silla, justo

debajo de la ventana en un rincón del cuarto. Pagué por

adelantado los seis días porque era justo lo que buscaba.

Pienso todo el día que me falta una mujer, pero

cuando puedo acercarme a alguna, las palabras no llegan a

mi boca. No tengo nada para decirle.

Le escapo a todo compromiso, inclusive para jugar

squash.
Otro párrafo:

Juan era una persona amorosa. Vivía en una

época dura, de modo que para mantener a su familia picaba

piedra de sol a sol. No es que no fuera una persona

inteligente, porque lo era, ni ocurrente, porque también lo

era, sino que en el lugar donde vivían, el único trabajo bien

pagado era ese.

Su mujer, Lucía, se desvivía por darle todos los

gustos. Por la noche, con la mesa lista para comer, le

quitaba los zapatos pronunciando palabras que a Juan le

encantaban: -Nada es suficientemente bueno para la

persona que amo.

Pensaba en lo afortunado que era al tener una familia

así. Y reía feliz.

Pero cuando la casa quedaba en silencio, entrada la noche,

grandes depresiones lo asaltaban. Con precisión escuchaba

cada uno de los golpes que había dado ese día. Las piedras

picadas se abalanzaban sobre él. Y cada vez reaccionaba de


la misma manera, sintiéndose culpable por no valorar un

trabajo deseado por muchos en su pueblo.

Día tras día, Lucía le comentaba a quién quisiera

escuchar lo orgullosa que estaba de su marido por lo

trabajador y buen padre. -Te amo, te amo, le decía mientras

lo llenaba de besos...

Cada noche, cuando llego al hotel, empiezo el rito del

baño. Lo hago tranquilamente. Me afeito a consciencia, me

visto y me pongo colonia, como si fuese a la cita más

importante de mi vida. Y, es que cada noche, espero que así

sea. Cada vez termina en una frustración. Sobre todo desde

que soy más difícil de engañar y pocas veces me permito un

supuesto idilio, promovido por el alcohol y la diversión.

Hoy espero ir a comer bien. Solo, pero bien. Después

tomar un té en "Villa Freud", como una forma de "estar ahí",

si es que la vida decide sonreírme. No es fácil encontrar

momentos como ese y es importante no dejarlos pasar.


Otro sueño: Alguien con buena dentadura, moría.

Mientras mis amigos y yo lo enterrábamos, me explicaban

que de sacarle los dientes no iba a tener perdón ni en cien

años. De cualquier modo, mientras ellos no podían verme,

se los quité, pero la culpa fue tan grande que tuve que

deshacerme de ellos. Los lancé lejos. Aun así, la culpa

quedó. A pesar de no haber podido usufructuar mi pecado.

¿O sí? ¿Será vencer el saber que uno puede?

Supongo que me puse a prueba. ¿Tengo que

confirmarme en cada momento?

Desde chico me dijeron que era pintón. Y yo pensé: -

zafé, soy uno de los afortunados. Muchas veces me

descubro mirando hacia la derecha y la izquierda, para

saber si soy atractivo para alguien, aunque por otro lado me

molesta serlo.

Alguien escribió que la belleza es vacía, que es un

don que no nos hace grandes.

Que tan sólo el trabajo nos hace valiosos, lo escuché


muchas veces. También que el único verdadero poder,

porque no se pierde ni se marchita, es el talento. ¿Acaso el

talento no es un don? ¿El ser trabajador y creer en ello, no

es un don? ¿No es un don la vida misma? Y entonces ¿Por

qué diferenciar unos dones de otros?

Pienso que cada oportunidad perdida, no vuelve

nunca a darse. No puedo permitirme estar perdiéndolas.

Incluso a las posibles oportunidades.

Como en un valle, mi vida transcurre sin grandes

sobresaltos. Pero me rodea al desierto, dado por la lejanía

de mis relaciones con otras personas. Intento quererme

logrando un equilibrio que no sea compulsivo, pero una

línea muy fina me separa de la obsesión y, por momentos,

no puedo determinar de que lado estoy transitando.

Hoy me siento en la miseria más absoluta. Me veo

como una persona chiquitita e insignificante, arrastrada por


las fuerzas de la vida, sin oponer más que un inútil y débil

intento por salvarse.

La corriente me lleva mientras mis quejidos, cada vez

más silenciosos se vuelven más y más esporádicos. La

depresión va ganando lugar dentro de mi mente envuelta en

tortuosos laberintos sin salida. Pierdo toda noción de

realidad y bienestar. Ya no sonrío.

El tiempo pasa y va dejándome cada día más seco.

Más estéril. Harto de estar harto. Triste por estar triste.

Deprimido por deprimirme. En círculos concéntricos hacia

abajo. Volviendo al pozo, a la angustia y al drama.

Gordo con ganas de comer, triste de lágrimas secas.

Vencido.

-¿En donde te escondiste, alegría? ¿Por qué me abando-

naste?

Supongo que se escapó de la mano de la esponta-

neidad y los viejos ideales, juntos con el amor y la buena

compañía.
Acabo de leer esta frase: "He pagado todo al aceptar

que no puedo pagar nada".

¿Nosotros tiramos una piedra o ella se deja lanzar por

su pasividad? ¿Es nuestra actividad lo que mueve las cosas

o la pasividad de esas mismas cosas? ¿Puedo separar un

solo acto de la naturaleza que me rodea? ¿Hay algún acto

totalmente mío? ¿No es el aire quién nos deja respirar?

Me encuentro en un atolladero muy grande. El equilibrio real

pende de un hilo demasiado fino y debo encontrarlo sin

poder guiarme por mis sentidos. Como si buscara una aguja

en un pajar. ¿Cuál será el verdadero? Los falsos dioses y la

hipocresía general se cierran sobre mí.

No creo que llegue nunca a estar en condiciones de

determinar cuales resultados dependieron de mí.

Mi mundo se derrumba. Las cosas no concuerdan con

lo que creo que es real.

La realidad amenazante se cierne sobre mí. Esta


mañana, al despertar, fuerzas desconocidas pugnaban

dentro de mí. La batalla fue ganada y pude despertar, sin

embargo sus huellas no me abandonarán durante todo el

día.

Aún con posibilidades de hacer lo que quiero, hoy,

como el resto de mis días, los fantasmas y ciertas verdades

transforman lo que pudo ser una linda sonrisa, en una

mueca retorcida.

Mi cuerpo me grita con desesperación, me pide más

comida y al mismo tiempo sentirme más gordo. ¿Cómo

entenderlo? Ni en Pinamar, ni en Mar del Plata, ni aquí, en mi

garage, puedo acallar sus gritos.

Al pensar en escribir algo, automáticamente me

imagino mostrándoselo a otra gente y dependiendo de ellos

¿Será un deseo natural de ser aceptado?

Almuerzo y vuelvo a encerrarme en el garage. El

optimismo y el pesimismo, parecieran ser diferentes estados

del ánimo que surgen de lugares que no controlo.


Dormí una siesta y no quería despertar. Iba a escribir

que no quería volver a la realidad pero, ¿Es la realidad lo

que vivo despierto?

A esta altura ya me cuestioné todo. No dejé ladrillo

sobre ladrillo. Quizás deba aprender a vivir sin ninguna

certeza y también sin ninguna destreza.

Estoy todo el día dando vueltas, como un perro

preparando el lecho, pero nunca termino de convencerme y

sigo así.

Cuando no conozco el camino, me choco la cara

contra los vidrios del laberinto. Otras veces, en que creo

conocerlo, tampoco me va mejor.

Llueve en Buenos Aires. No torrencialmente, sino una

caída de agua pausada, acomodándose con el día lento y

perezoso del verano.

Imagino que algunos viven aprovechando cada

minuto, activamente. Otros se dejan llevar por la corriente

dando pequeños golpes de timón, para lograr el rumbo


deseado. Yo, estoy varado. Cuando la corriente es fuerte me

hace tragar agua, cuando es suave, me castiga el sol y me

aburro.

Aunque me cuido mucho de no lastimar a alguien a

sabiendas, aun cuando esté amenazando mi integridad, me

siento mala persona. Sobre todo mientras hago lo que

quiero, imponiéndome a la voluntad que algún otro tiene

sobre mí.

Estoy por cumplir treinta y dos años y vivo cada día

quejándome por la falta de sentido, por no tener ninguna

meta. Tachándome porque no estoy conforme con lo que

soy. No es que quiera encontrarme, sino transformarme en

otro o ponerme una careta para no saber quién y cómo soy.

Soy veterinario y no quiero serlo. Provengo de una mezcla

de clases, por un lado me relacioné con gente con la casa en

orden, por otro viví siempre en una pocilga, como ahora.

¿De qué me sirve vivir así?


Acaso pueda escribir las cosas más alegres ésta

noche. Escribir por ejemplo de lo acompañados que estamos

en este mundo, de cómo se menean los árboles a nuestro

paso y los mosquitos intentan picarnos. La vida continúa

generando vida.

Me encanta poder caminar a la noche, bajo las

estrellas, amparado y acompañado por cada ciprés, cada

tipa y cada arbusto que encuentro a mi paso.

Cuando en un alto miro hacia arriba y veo recortado

el perfil de esas plantas contra el cielo oscurecido, me

invade una sensación de placer que no entra en mi pecho.

En ocasiones estuve tan triste y tan solo, que mi alma no

encontró consuelo en ninguna de estas maravillas. Cuan

grande puede ser a la vez el sufrimiento y la impotencia a la

que estoy sometido. Puedo magnificar cualquier situación,

sea alegre o triste, ganadora o perdedora, buena o mala.

Mejor dicho: alegre y triste, ganadora y perdedora, buena y

mala. Porque no sé cómo cuando gano, también pierdo,


cuando soy bueno, también llevo maldad y cuando estoy

contento, poseo algo de tristeza.

Quizá como un perro que al saludar a su amo mueve

la cola y llora al mismo tiempo o una mujer que al dar a luz,

sufre y goza, llora, grita y ríe.

El dolor y el placer no son antagonistas, pueden

fundirse dentro de mí creando mi realidad.

Hoy agradezco estar vivo. Poder escribir, oler,

respirar. También sufro por lo difícil que se me hace, al

sentirme solo y separado del resto, y al defender mi

individualidad. Asimismo siento bronca porque el mundo es

como es y siento envidia por todos aquellos que se permiten

expresar y cantan, pero me acompañan y los admiro a la

vez.

Cada vez que, por las tardes, veo "la familia Ingalls",

se me forma un nudo en la garganta, mientras evito el

llanto. Me conmueven las escenas donde unos y otros se

ayudan para salir del paso, donde es más importante el


individuo y el bienestar de otras personas, que la ganancia.

Durante muchos años creí que iba a lograr, con mi

poder, que todos en casa estuvieran bien. Me resisto a

resignarme a la impotencia frente a los problemas de los

demás, pero no me queda otra.

En lugar de decir que no hay mal que por bien no

venga, diría: no hay mal que con bien no venga.

Un cuento:

Tuve que agacharme para pasar la pequeña

puerta. Los muebles estaban ubicados ordenadamente en el

reducido espacio, dando la sensación de una profunda

comodidad.

Me miraron sonriendo, aceptando como algo lógico y

natural la gran alegría que me transmitía la casa.

Alguien reía a carcajadas, contagiosa, ágil y graciosamente.

Lo busqué con la mirada, hasta comprender que el que reía

era yo. Estaba realmente desconcertado.


Me hicieron sentar, con una gran amabilidad, en un

sillón, que hubiera jurado que estaba hecho exactamente

para mis medidas.

-¿Sabe como se llama ésta casa?- me preguntó.

Fue la primera vez que los miré realmente. Para mi sorpresa,

entre los dos, no debían pasar los dos metros de altura. Se

movían graciosamente, como si bailaran. Tenían los ojos

turquesa, cabezas canosas y brazos y manos fuertes.

Ambos me observaban sin disimulo.

Como no obtuvo respuesta, continuó:

-Se llama: su casa.

Lo miré impávido.

-Es el lugar, donde usted puede ser Ud., donde puede

desprenderse de todo aquello que contamina su cuerpo, su

alma y su ingenio. -¿Cómo se siente?.

-Bien, respondí. En verdad me sentía muy bien, aunque no

podía precisar por qué. No estaba haciendo nada, no

descansaba simplemente porque no estaba cansado, no me

habían ofrecido nada de tomar o comer, pero tampoco se los


hubiera aceptado. ¡No quería ni comer, ni tomar nada! No

estaba ni ganando, ni gastando plata. No me sentía ni

trabajador, ni magnate, ni vago. Ni siquiera complicado o

simple.

No sabía para qué estaba ahí, ni cómo había llegado,

pero me sentía perfectamente y lo raro es que no me

sorprendía.

Me habló como siguiendo mis pensamientos:

-Es que en éste lugar las diferencias entre personas son

otras. Ya lo va a comprender por sí mismo.

Terminó de decir eso y salieron por la puerta por la cual yo

había entrado, sin saludarme. Me pareció lo más natural.

Me quedé solo. Cerré los ojos, y sentí como me

invadía mi propia consciencia. No sé cuanto tiempo pasó...

Intento encontrarle un sentido a mi vida. Un sentido

para todo aquello que tuve, para todo aquello por lo cual

luché y me esforcé, para haber ganado lo que gané y haber


perdido lo que perdí. Trato de hallar un sentido para

haberme encontrado con las personas que estuve y para

haberme desencontrado con las que ya no estoy, para haber

escrito lo que escribí y para no haber podido o sabido

escribir lo que falta. Un sentido para pensar lo que pienso,

para querer lo que quiero, para no poder estar con aquellos

que quise.

La angustia me llega en oleada.

Es una calurosa noche de verano. Estoy sentado en

una plaza, frente a la Av. Libertador, sobre una sillita de

playa. Mientras escribo, estoy tomando una botella helada

de vino "San Felipe" blanco. Descubro que no tengo tanto

poder como pensaba sobre las cosas y que eso me quita un

tremendo peso sobre mi espalda. Me agrada estar sentado

acá.

Cuando ayer fui a correr, comenzó un terrible dolor

en el centro de mi espalda. Siguiendo la teoría de Louise


Hay, lo relacioné con la culpa.

Primeramente pensé en Mónica, una mujer que me

invitó a bailar y, al rechazarla, me acusó de malo. De ahí en

más me costó muchísimo disfrutar esa noche. Como la

conocía sólo de una noche, me pareció que no era la

causante del dolor y proseguí mi búsqueda. Allí me encontré

con la otra culpa que estuve sintiendo últimamente y es la

muerte de papá. Quizás desde mi omnipotencia infantil, me

juzgué responsable de su muerte. Como mamá, a partir de

ese momento, no pudo recuperarse y vivió una vida

miserable, me creo responsable también por sus angustias y

su infelicidad.

Si mi ánimo fuera mi garage, tendría sobre una las

paredes éstas palabras:

"gente como uno", llanto, música, periódicos, bronca

contra mi suerte, sufrimiento, también, "solo y

abandonado desde el comienzo", en otra pared, diría: ya

no sintió dolor, ni ningún otro sentimiento más.


Terror, repetido en varias oportunidades. No encontraría la

palabra alegría, ni bienestar.

Creo que llegó el momento para comprarme una

moto, por más que no va a solucionar mi problema

existencial, puede ser que me lo suavice un poco.

Despotrico contra el medio y las personas con las

cuales me ha tocado compartir el espacio y el tiempo de

vida. Todo parecía indicar que yo poseía los atributos

necesarios para ser un verdadero triunfador. Sin embargo,

parece que se olvidaron de repartirme el suficiente talento o

de darme el pase mágico, para convertir a éste personaje

funesto, en alguien con ganas de vivir y con la fuerza

necesaria para hacerlo.

A medida que pasa el tiempo, y mientras voy

envejeciendo, se dibuja frente a mí una pregunta sobre la

razón y la dirección de todo eso que viví. En ocasiones me


he sentado tranquilamente en una plaza a mirar las estrellas

y pude percibir un poco de la grandiosidad de toda la

creación.

Tengo la impresión que la gente vive como igno-

rando su individualidad, como una forma de no aterrarse

ante la importancia de comprenderlo.

Únicamente puedo lograr lo que quiero mientras

estoy soñando, porque en la realidad, para cualquier

emprendimiento, dependo de fuerzas que no puedo

controlar, que me enojan y me hacen vulnerable.

Es increíble que no pueda ver "La familia Ingalls" por

televisión, sin que se me forme un gran nudo en la garganta

y me inunden las ganas de llorar. Y es que transito cada día

sin amor y, de esa forma, el mundo se me vuelve árido y

harto difícil de atravesar. Empieza con la falta de amor a mí

mismo y sigue con la falta de amor hacia los demás. Incluido

claro, la ausencia del respeto y la consideración. Cada uno


de mis días empieza y termina como un cuenco vacío, al no

encontrar un sentido para disfrutar.

Pasé mucho tiempo sin saber quién era yo. Quizás

por estar esperando encontrar al gran hombre que todos

pudieran admirar, elegí para mí caminos difíciles, con

supuestas funciones sociales importantes. Decidí transitar

mi vida sin alejarme mucho del sendero de la lógica y el

sentido común. Al terminar el secundario, casi sin haberme

llevado ninguna materia, entre a la universidad, como era

común en mi medio social -para estar preparado cuando me

sonriera el porvenir.

No fue tan fácil como en el colegio. Algo dentro de mí

se rehusaba a estudiar. Con gran esfuerzo pude amorda-

zarlo y, por medio de cruentas batallas en cada materia,

logré recibirme con grandes heridas en mi alma oculta.

Durante años empujé con fuerza, esperando que mi

personaje, superior y admirable, se diera a conocer. Dos

veces estuve de novio y busqué un trabajo que me lanzara a

la fama y al éxito, casarme y tener una familia envidiable.


Hoy, a treinta y un años de mi nacimiento y casi

cuando mi inamovilidad es absoluta, recién se me ocurre

pensar en mí mismo. Pero ya no como esa persona fuerte,

admirable, inteligente, imitable para los demás y bueno,

sino como en una personita miserable y débil, tímida

y quizás egoísta, temerosa e insegura.

Hoy quiero empezar a conocerme tal cual soy. Hacer

por mí mismo, lo que esperé que hiciera mi familia, y mis

amigos, durante toda mi vida. Apoyarme y alentarme.

Apoyar y alentar a esta personita que tanto le cuesta darse

a conocer y que aún dentro de sus grandes limitaciones y

desgracias, rebosa singularidad.

Y quiero hacerlo, porque sospecho que es la única

forma en que quizás algún día, esta pequeña persona, me

sorprenda a tal punto que me termine encontrando

orgulloso de ser Andrés, el que escribe.

A lo largo de la mayor parte de mi vida, mis esfuerzos

estuvieron destinados a lograr aquello que se supone que

todo el mundo quiere. Llámese una linda mujer en casa, un


buen trabajo que nos de lo suficiente para el lógico confort,

vivienda propia, hijos que nos quieran y a los cuales

amemos tremendamente.

Aún hoy deseo esas mismas cosas.

Pasé por alto, al adoptar esas metas como propias,

intentar primeramente ser yo mismo, conocerme y alentar

mi desarrollo. Si el costo de lograrlo, fuera quedarme sin un

trabajo aceptado en mi medio social, sin una mujer común y

corriente de su casa y sin toda una familia que me ayude a

encontrar mi identidad, debo acceder al pago, porque nunca

voy a poder ser feliz sin ser yo mismo.

Sin importar la edad que tenga cuando lo logre, voy a

poder formar una pareja con alguien que piense parecido a

mí y no tener que cambiar el rumbo una vez establecida la

familia.

Día a día debo esforzarme y ser auténtico. Aun ante

el rechazo de los demás por haber salido de lo establecido.

Aun ante el repudio de mi propio sentido común, que no es


más que una conciencia social y una forma de obligar a los

integrantes de la sociedad, para que se comporten de

acuerdo al supuesto bien general, olvidando de esa manera

el derecho inalienable de la singularidad de cada persona.

Pero siempre, fundado en tres razones que he

considerado inmutables, se me ha vuelto más a mano y más

fácil desintegrar mi yo e intentar permanentemente tacharlo

y destruirlo, que enfrentar la soledad. La primer razón: la

racionalización de algún defecto o falta, que justificó el no

estar persiguiendo un fin noble, la segunda y la tercera: los

sentimientos de impotencia e insignificancia, frente a una

familia y una sociedad que determina de antemano la

forma, del ser, permitida y respetable.

Supongo a cada día como un volver a empezar. Ante

una nueva oportunidad siento nervios y tengo miedo. De

cualquier modo espero darle lugar a esa personita para que

esté a gusto, aunque sus actitudes no sean necesariamente

las más indicadas para cada oportunidad.


Manejaba sin un rumbo del todo, decidido cuando me

invadió esa sensación tan buscada de ser libre. Con

posibilidad de soltarme de todo aquello que me ata y que

más que definirme, me limita, más que proyectarme, me

encierra.

En terapia apareció que quizás mis padres hubieran

estado corriendo una carrera a muerte, mamá venció y se

quedó con todo, papá perdió, pero se llevó los honores.

Veo claramente como en mi familia intentamos evitar

un dolor provocando otro, de modo que cuando nos

olvidamos del primero, creemos que con simplemente no

provocarnos el segundo, vamos a sentirnos bien.

A pesar que en algún lugar empiezo a aceptarlo, aún

no me entra en la cabeza que detrás de un buen trabajo,

una buena mujer y una buena familia, no esté la felicidad.


Todo pareciera indicarme que encontrarme a mí

mismo, sería como tratar de volver a tener una moneda que

perdí hace mucho tiempo en Argentina y que, por ende en el

momento en que la encuentre, ya no va a tener ningún

valor. Mientras tanto voy expresando a diestra y siniestra mi

visión subjetiva de la realidad y entonces me miran como si

fuera loco.

¿Cómo animarme a salir de toda esta estructura

hipócrita, sin confiar en mis posibilidades? ¿Cómo confiar en

mí mismo, si estuve durante años estudiando una carrera

que no quería?

¿Estoy listo para vivir mi vida? y si no ahora ¿Cuándo?

¿Cuándo muera? A todo esto podría llamarlo: "cavilaciones

de un tímido".

Si todo lo que soy lo llevo dentro ¿Por qué me cuesta

tanto encontrarlo?

Me encontré en una fiesta con gente que no veía

hace muchos años. Me enternece pensar que soy el mismo


que hace quince años, cuando tenía diecisiete. Estar con

gente de esa época me conectó con sentimientos muy míos,

que me resultaron obscenos por lo espontáneos, tiranos por

lo inocultables y caprichosos por lo imprevisibles.

Las emociones se agolpan en mi interior, como si

fueran un avalancha de personas en una tribuna de fútbol

en la cual no pudieron abrir las puertas. Pero estos días

vividos, aunque no pueda comprenderlos bien, van dejando

una pequeña luz para mi torpe caminar.

Tengo que relajar mis hombros para poder

conectarme con lo que siento. ¿Cómo estoy aquí y ahora?:

confundido, con sentimientos que tienen algo de tristeza,

algo de reclamo, algo de bronca y también algo de

esperanza. ¿Pueden estar todos reunidos o es que así no me

dejo experimentar ninguno?

¿Por qué tristeza? Porque mi madre no es lo que yo

hubiera deseado. Porque yo no soy lo que ella hubiera

deseado y porque no soy lo que yo hubiera deseado.


Porque la comunicación se hace muy difícil, porque perdí a

papá, porque quizás nunca lo tuve.

¿Por qué reclamo? porque siento que mamá utiliza

los bienes que heredé impunemente y sin responsabilidad,

sin mi consentimiento. Porque cada uno de nosotros es

cómplice de aquello que aceptó en perjuicio de alguno de

los otros hermanos. Reclamo para que salgan y salir yo

mismo de las posiciones en las cuales nos favorecemos

ilegítimamente. Reclamo, porque estar con alguien no es

solamente verse la cara. Tampoco es que no se respeten los

límites naturales del otro. Es permitir que cada uno, sea.

¿Por qué bronca? Por haberme prestado a un juego

en donde todos salen embromados, inclusive aquellos que

son presuntamente beneficiados. Bronca por no haber sido

respetado por los demás integrantes de mi familia y por no

haber respetado a los otros. Bronca porque aún hoy no

quieren escucharme cuando hablo y denuncio y porque yo

no quiero escucharles cuando hablan y denuncian.

Ahora sé, que noto todo esto y me produce


esas sensaciones, porque las llevo dentro. Quizás porque

una parte importante de mi ser quisiera que los demás

vivieran según mis deseos, porque soy cómplice de haber

aceptado de más en perjuicio de otros, favoreciéndome

ilegítimamente y porque no respeté ni respeto los límites de

los demás, sus pertenencias y sus ideas e ideales.

Me asusta ver lo exenta de responsabilidad que está

mi vida. Responsabilizarme lo tomo como una cárcel.

Hablando con Josefina, encontré una gran resistencia

de mi parte a convertirme en un inadaptado. En un

personaje que no cuadre con la horma que se supone le

pertenece. Tengo que aceptarlo para ser libre.

Una vez más sentado frente al escritorio, con el papel

delante, en un típico día otoñal. La ventana, me alcanza los

colores ocres que toman las hojas antes de caer de los

árboles. También los verdes del pasto y el cerco y los rojos.


Veo el tendedero de la ropa y me recuerda mi propio

desorden interno, mi culpa. También que todavía me

importa lo que piensan los demás. Me transporto al miedo

de acercarme a otros. Siento que lastimo y me lastiman. Me

recuerda que me lastimaron. Me recuerda que lastimé.

Su contestación fue algo realmente inesperado. Y

me llegó a los huesos. Ni siquiera me preguntó por qué o

que lo pensara mejor, que era una lástima. Nada de eso. Me

dijo: -Está bien.

Esperaba un poco más de interés. Fue él quién

me invitó a participar del grupo.

Cuanto más viejo me pongo, me voy dando

cuenta lo difícil que es estar en contacto con uno mismo,

habiendo mamado lo contrario desde chico.

Un gato negro se paró justo frente a mi ventana

a esperar a los pájaros. Tiene que comer para vivir.

Puede ser complicado escribir todo lo que


siento. Todo lo que pienso. Todo lo que me pasa. Aun así,

quiero darme un pantallazo de lo que estoy viviendo.

Viviendo. Creo que esa es la palabra que lo resume.

Llorando un poco, riendo un poco, sufriendo un poco.

Teniendo alegrías. A veces sintiéndome muy poco querido,

muy poco valorado. Algunas otras, querido y valorado.

Intento ver la parte más profunda de las personas. No

considero valioso el dinero, ni la fama, ni el éxito. Sin

embargo quiero tenerlos, quizás para poder demostrarme lo

inútiles que son.

Les escribí:

Queridos amigos:

Escribo estas líneas para

presentarles formalmente mi renuncia al club "Les Amis"

Tengo mis razones para proceder de este modo. Por

respeto y cariño les envío esta carta, tratando de expresar

mis pensamientos.

Como no descarto el derecho de Uds. o alguno de


Uds. a preferir no interiorizarse con lo que pienso, espero

que sea leída solamente por aquellos que deseen hacerlo.

No es una imposición de mi parte y no voy a sentirme

perjudicado por aquellos que quieran ejercer su derecho de

no leerla, aun cuando fueran todos.

Ahora, dirigiéndome a aquellos que están intere-

sados en mis razones, quiero tratar de contarles mis

pensamientos.

El fundamento ya lo conocen: el derecho de un grupo

de individuos no es nunca mayor al derecho de cada uno de

los integrantes. En tal sentido pienso que el derecho de cada

uno, no se suma, no se resta, ni se multiplica. Simplemente

uno lo tiene, es un derecho inalienable por ser hombre.

No deseo subordinar mi individualidad a propósitos

que otras personas le atribuyan una dignidad mayor. Mi

mayor dignidad es ser yo mismo.

Sería negar mi más íntima figura el aceptar una

relación con un grupo de personas que no tuviera como

sentido principal, la afirmación del yo individual de cada uno


de los integrantes.

Cuando Facundo me habló de la idea de juntarnos

periódicamente y formar un grupo otra vez, le dije que no

sabía si era posible, porque yo, ya no tenía cosas en común

con la mayoría de Uds. Él, entonces, me dijo que me quería

mucho como amigo y que la idea era poder juntarnos, poder

ser nosotros mismos, poder ayudarnos, poder

comunicarnos.

Pensé en que quizás, ahora ya más maduros,

pudiéramos tener una relación de afirmación mutua y de

unión, sobre una base de igualdad.

Es posible que éstas palabras les lleguen como algo

muy lejano, muy alejado de los sucesos cotidianos. Sin

embargo yo encuentro en ellas el sentido de cada día de mi

vida y de mi relación con todas las personas con quienes me

vinculo.

Según la discusión de la reunión del otro día, cada

uno de los integrantes del grupo, debe subordinarse al

deseo de la mayoría. Me dijeron que protegidos por el


sentido común.

Yo considero que ese "sentido común", no es ninguna

garantía, porque no es algo real. ¿Cómo podemos sentir de

la misma forma si somos diferentes? ¿Cómo puede estar

representado mi sentimiento en ese "sentido común", que

no tiene nada que ver conmigo?

Como ejemplo voy a suponer que uno de nosotros se

identifica con la protección de animales, se vuelve

vegetariano y encuentra sumamente sanguinario el matar

animales por deporte. Supongo que a ese individuo no le

haría ninguna gracia que parte del dinero que él aportó a la

sociedad, fuera utilizado para comprar municiones o balas,

para ir a cazar. ¿Si la mayoría decide ir a cazar como evento

del club, esa persona debería subordinar sus pensamientos

e ideas a esa mayoría y haber contribuido al asesinato de

animales que él quiere proteger?

Considero piedra fundamental y base de una relación

grupal, el respeto a las convicciones individuales. Para

realizar una actividad en la cual estén involucrados fondos o


trabajo o aun el nombre de la sociedad, éstas deberían

contar sino con el apoyo, por lo menos sin el desacuerdo de

los integrantes.

Durante la última reunión formamos una discusión. A

medida que expresaba mis ideas, quizás en forma

desordenada y poco clara, recibí en respuesta una actitud

hostil generalizada.

En por lo menos dos oportunidades se me acusó de ser

ajeno al sentido mismo del club. Como si yo no perteneciera

al mismo por derecho propio, sino de acuerdo al grado de

sometimiento y subordinación que demostrara ante el deseo

de la mayoría.

-¡Si no tenés deseos de acomodarte a la votación,

quizás no pertenezcas acá! ¡Ése es el sentido de este club!-

me dijeron.

Sentí que en ese grupo no había lugar para mis

propios y peculiares pensamientos.

Cuando terminó la reunión, yo me fui solo en el auto,

mientras en otro iban tres para el mismo lugar. Había


quedado relegado. Había quedado fuera. No por ir solo en el

auto, que podría haber sido solo algo hecho sin pensar, sino

por la actitud del grupo de marginarme.

No había lugar para mis propios y peculiares

pensamientos.

Evidentemente cuando me invitaron a formar parte,

pensaron en alguien que fui o en alguien que les hubiera

gustado que fuese o en alguien que no les hubiera

molestado que fuera. Pero no en mí.

Es por todo esto que me siento ajeno al grupo

formado. No considero importante de que lado estaba la

razón en la discusión del otro día. No estoy diciendo que

tengo la verdad. Afirmo lo que pienso y quiero ser leal a ello.

Si estoy equivocado, supongo que algún día me daré

cuenta, pero para mí cualquier integrante de un grupo, tiene

derecho a pensar como quiera, equivocado o no, sin tener

que subordinarse al deseo de la mayoría.

Nadie puede ser relegado, ni separado, ni hostilizado

por lo que piensa, esté equivocado o no.


Espero haber sido lo suficientemente claro al

expresar mis ideas. Sin que todo esto afecte el profundo

sentimiento de cariño que siento por todos Uds., y que creo

que nunca va a desaparecer, deseándoles lo mejor con

respecto a este club, los saludo con un gran abrazo.

Andrew

Se me hace muy duro ser yo mismo y quedarme solo,

si es necesario.

Recién vino Dolores a mi cuarto-garage y me escupió

que no podía entender como yo todavía vivía en ésta casa,

con mamá.

Aun cuando las armas que usan los demás, son

palabras y son chatas como amenazas e inofensivas en su

injuria, por lo que no me producen dolor, me afecta la


intención que veo en sus ojos de clavármelas, creyéndose

ellos con un puñal en la mano.

Espero que los valores reales vayan ocupando su

lugar en los estantes de mi conciencia, desplazando los que

hasta ahora fueron ovacionados, buscados, deseados. Sí,

creo que es hora que empiece a buscar mis propios y

peculiares valores, que nada tienen que ver con los del

común de la gente y es por ello que día tras día, me siento

solo y relegado.

Mi vida transcurre muy sola y triste. Cuando intento

ser yo mismo, se produce algún tipo de cortocircuito que me

obliga a aislarme y quedarme solo, con grandes sensaciones

de tristeza y angustia.

Ante esto, respondo siempre de la misma forma:

volviendo a empezar, esperando encontrar a alguien con

quien poder compartir momentos de la vida, sin que se

transformen en actitudes sado-masoquistas, en el mismo


instante en que nos aflojamos un poco.

Y una de las cualidades más importantes que busco

en una relación, es la aceptación de la crítica abierta. En

cualquier momento, aun estando motivada por varias

causas a la vez, pues se crece y se madura a través del

estudio y observación de la opinión de cada uno. Y creo que

debe ser desmenuzada hasta lo más profundo, para poder

descontaminarla de las subjetividades, que puedan volverla

gratuitamente desvalorizante.

La mayoría de la gente, aunque es singular,

sigue un comportamiento social similar. Pareciera ser que si

se habla con un integrante, se podría determinar en forma

bastante exacta, los valores indispensables que sostiene

toda esa sociedad. Aun frente a los excluidos o a los raros

de esa comunidad.

Es por eso, que cuando intento encontrar un pez

diferente en el mismo río, me encuentro con la dificultad

real, de que cada persona actúa de acuerdo a las normas


establecidas por el medio en que vive.

Encuentro en esas normas una contradicción a la

libertad, que impide la búsqueda de la más íntima figura y

su expresión. Cada vez con mayor rapidez, detecto las

señales desvalorizantes y tendenciosas dentro del

comportamiento normal de sus integrantes. No puedo

pensar que mientras se tomen esas normas como dignas,

las personas puedan querer ser libres y permitir la libertad

de los demás.

Esto que escribo me asusta, pensando que puedo

estar volviéndome extremista con éstas consideraciones.

También que destapar una olla de este tamaño, no sea feliz

para los que tienen que seguir viviendo junto a ese olor

cotidiano.

En mi historia con Inés, mi prima, hubo momentos

importantes, como cuando escuché que le decía a mis

hermanos y a mí, que ella "leía los ojos". Que a través de

mirar a los demás, se daba cuenta de sus conflictos más


ocultos, su forma interior. Eso la hizo muy rara para mí, y , a

la vez, muy interesante.

Tiempo después me enteré que daba clases de

teatro, y empecé a ir.

Una noche mientras charlábamos en su auto, al terminar la

clase, me pregunto: -¿Cómo te sentís con el teatro? le

contesté:

-Me volqué a las clases de teatro con la esperanza íntima de

encontrar gente parecida a mí, con la cual me pudiera

identificar, charlar, conectarme.

-Las clases me resultaron sumamente enriquecedoras, pero

tuve la misma sensación de separatidad que fui sintiendo en

todos los grupos de gente con los cuales me relacioné.

Ella me dijo:

-Hace mucho tiempo, un amigo me contó que según

un libro de Hermann Hesse, Caín, no había recibido una

marca de Dios, por haber matado a su hermano, sino por ser

diferente y que, justamente por eso, quien lo matara debía

morir siete veces. A través de los siglos los descendientes de


Caín llevaron su marca. Mi amigo me dijo que él reconocía

esa marca en mí, por lo cuestionadora, por lo interesada en

lo oculto, por mi particular forma de investigar la vida. Me

explicó que cada descendiente no se encontraba a gusto en

ningún grupo, que no se identificaba con el rebaño, pero al

encontrarse frente a otro descendiente de Caín, lo reconocía

inmediatamente.

Inés me miró a los ojos y me dijo: -Andrés, reconozco

en vos la marca de Caín.

Estuve con una mujer durante todo un día.

Mi vida transcurre entre dos mundos que podrían llamarse

opuestos. Me aferro con un brazo a cada uno, sin querer

soltarme de ninguno de los dos. Se me hace difícil tener una

vida tranquila queriendo ser un gran consumidor y un gran

filósofo al mismo tiempo.

Es cierto, disfruto de mi nuevo equipo de música. No

por ello quiero perder de vista que lo más importante está


en mi interior y en el interior de las demás personas que

pululan por ahí.

Día a día me fortalezco en la posición de mirar con

mayor profundidad a las personas y registrar más fácilmente

mis tensiones y emociones.

Qué dificultosa es la vida. Cuán complicado y

pausado se me hace llegar a lo que quiero e intento. ¿En

cuál de las capas de una persona me detengo? Siempre hay

varias, como una cebolla. Cuando leo la superficial me

quedo con algo real, pero no auténtico.

Voy teniendo progresos casi a diario, en el camino de

entenderme. No los vuelco todos a estas hojas, porque no

las tomo como a un tratado, sino como un medio para

comprenderme y acompañarme.

Hoy quiero escribir de un tema que me angustia, y

que una y otra vez vuelve a mi cabeza: Rafa no responde a


mis llamados ni a mis pedidos de las zapatillas que me

prometió. Creo que alargó mucho más de lo prudencial el

tiempo de entrega.

Me engancho por la promesa incumplida y también

por intentar, por medio de seguir esperando, remediar la

herida que produce a nuestra relación. Hablo de esto y

pienso en el viejo. Creo que con él, me quedé esperando

muchos años, para no tener que aceptar que no había

cumplido con su promesa de proseguir nuestra vida juntos.

Susana Castillo está ocupando un lugar muy cercano

a mí, acompañando y escuchando mi vida.

Estoy muy conmovido por lo que voy viendo. Aunque

aun no puedo ordenarlas, muchas cosas se agolpan en mi

cabeza. Mucho más profundas de lo que esperaba

encontrar.

Los demás hacen, dicen, creen necesitar y, de esas

maneras, exigen y manejan. No me siento suficiente como

para responder a esas demandas. Tampoco quiero hacerlo.


Pero una y otra vez intento obtener su cariño.

Percibo que Susana quiere que la llame para salir,

pero siento que ella no comprende la necesidad que tengo

de mantenerme en mi eje. ¿Cómo aceptar una relación que

intenta ser dependiente, sin estar fomentándola? Me

gustaría llamarla y ponerla al tanto de mis pensamientos. Se

acerca a mí desde una posición de manejo y dependencia. Y

sólo cuando se retira libremente, siento que el manejo

desapareció y puedo acercarme con más seguridad. Pero

este tire y afloje se produce también en las relaciones sado-

masoquistas.

Me gustaría que los dos pudiéramos estar sobre

nuestros ejes para que cada uno pueda enriquecerse con el

otro.

Voy sacando algunas cosas en claro. No me quiero

prestar al juego de los demás. Quiero ser yo mismo y poder

aceptar a la otra persona también. No a los manejos de la

otra persona, sino a la otra persona.


Estoy angustiado esperando que suene el teléfono.

Hay dos personas que siento que deberían contestar me el

llamado: Susana y Rafa. De ambas podría inferir que están

enojadas conmigo. Rafa, por una sensación de abandono de

mi parte, como si profundamente yo hubiera decidido

separarme de él y no le hubiera gustado.

Por otro lado, a cada instante me parece que me va a llamar

Susana.-iba a escribir Mariana- Creo que esta confusión

proviene de la última imagen que tengo de Mariana, en

donde no quise aceptar a su persona y sus problemas como

eran. No quise analizarlos, ni analizarme. Se los eché en la

cara y me fui. Cuando quise volver, ella ya no estaba ahí.

De todos modos, mis deseos actuales tienen que ver

con llamados de personas enojadas conmigo. De allí debo

inferir que papá, estaba enojado conmigo por algo. Y tengo

la impresión que lo estaba porque yo no le di ninguna

importancia a su enfermedad. Yo comía caramelos y corría

por la casa. El me sonreía y aceptaba externamente, pero

por dentro rechazaba lo que yo hacía: debía preguntarse


cómo podía yo estar tan tranquilo si el estaba muriendo.

¡No lo tomes!, me contestó cuando le dije que ella no se

quería separar y lograr ponerse en su eje. Y que yo no podía

tomar una relación de esa forma.

Siento que se repite lo mismo que con Mac.

Estaba recién sentado en el living, mirando como se

quemaban unos leños y pensando en mi relación con todo,

en las posibilidades y en mi vida, cuando llegó mamá.

Llegó en su Ford Falcon hecho pelota, con Lobo, su

perro. Toda su gordura y toda su impotencia. Llegó con su

frustración a cuestas, con su infelicidad grabada en cada

parte de su cuerpo.

Sí, llegó mamá. Mi madre. Una persona que creo que

lucha por cosas equivocadas. Que no se entiende, ni se

escucha. Que maneja a los demás, porque es la única forma

de conseguir lo que cree necesitar, porque lo mamó de chica

con su madre.
Cuando la vi llegar, me fui. Me vine para mi cuarto,

acá abajo. Mi garage. Quizás para no ser blanco para sus

excusas, quizás me sienta culpable o me vuelva impotente

frente a ella, igual que con mis antiguos amigos del colegio.

Pero lo cierto, es que aun cuando

permanentemente se ocupó en volverme impotente con sus

manipulaciones, piensa en lo bueno que sería tenerme para

ayudarla. Para que le preste atención. Para que la guíe.

Aunque me desvaloriza, el otro día sentí que envidiaba a la

mujer que lograra estar conmigo.

Me da tristeza ver como las personas que aprecio

sufren sin que yo pueda hacer nada. Es muy duro ver como

se ahogan dentro de sí mismas.

¡Qué difícil se me hace transitar este camino!

Tuve una conversación con mamá que me dio

angustia y me tensionó el cuello. Cuando logré relajar el

cuello, pude ver con claridad el mensaje oculto que mamá


me transmitía: -Vos no servís.

Siempre que intenté hacer algo por ella o compartir

algún acto con ella, quedó desvalorizado. Quedé

desvalorizado.

Es la primera vez que logro leer en forma consciente

algo que ella me transmite.

Había pensado pintar la casa por afuera, de color

rosa. Ella me dijo que la pared que estaba peor era la que

daba a los vecinos (justamente la que yo no pensaba pintar).

También que dudaba que la pintura al agua pudiera quedar

bien.

Si uno se remite a esas palabras, ella no me agredió

en lo más mínimo, pero desde sus vísceras me transmitió

que yo no era lo suficiente para hacerla feliz, que yo no

servía. No que lógicamente la felicidad dependía de ella y no

de mí, sino que yo no era lo suficiente como para lograr lo

bueno para ella, que la falta era mía.

En este momento, aún habiendo entendido lo que

hace mamá, siento que ella trata de imponerse desde su


cuarto, encima del mío. Intenta manejar la situación a su

provecho.

Sintiendo como algo tan importante lo que los demás

quieren que yo haga para su bien, puedo estar reflejando

una posición antigua, inclusive anterior a la muerte de papá.

Y es por eso que quizás no pueda darle una solución

práctica, si estoy representando como me dejo de lado ante

el bien de otras personas.

Ayer, hablando con Cristina, vi una foto y sentí

rechazo. La foto parecía una vagina de mujer. Lo relacioné

en seguida con mi nacimiento y con mi problemas de piel,

que implican una antigua repugnancia escondida. Pensé que

al nacer, sentí rechazo por lo que mamá representaba para

mí, pero que como dependía mi subsistencia del hecho de

alimentarme, tuve que borrar ese sentimiento. Pareciera ser

que hoy, treinta y dos años después, sigo sintiendo lo

mismo, pero sin el temor a morir si lo expreso.


¿Por qué tarde tanto en darme cuenta?

Quiero agradecer a todas las personas que me

ayudaron para que hoy yo pueda ir encontrando salidas

para mi vida. Agradezco a Leonardo (mi analista), a Fromm,

a Pierre Rey, a Dolores (mi hermana), a Scott Peck, a

Cristina, a Belén y Adrián, a Josefina, a Susana Castillo, a

Inés (mi prima).

Todas estas personas me ayudaron para que yo logre

"darme cuenta". A ellos les estoy muy agradecido.

Me pasa que cuando estoy hablando con otra

persona, e intento explicarle algo que yo entiendo, si ella no

se abre a lo que quiero transmitirle, empiezo a perder la

idea yo también. Empiezo a no tenerlo claro yo mismo.

Creo que en ese momento soy un reflejo absoluto del

otro, porque apenas me separo de él, me vienen las ideas

nuevamente.
Hace un rato hablé por teléfono con Inés, para pedirle

entradas para esta noche. Cuando pregunté si hablaba con

la casa de la familia Parodi, sentí en ella una gran confusión,

tristeza y angustia. Como si entonces su casa fuera de

alguien que murió.-ella es Pascual, viuda de Parodi- Como si

en nombre del amor, no hubiera una separación y eso

dejara todo confuso. Pensé que, al no haber separación,

entonces había manejos para lograr ser lo más posible cada

uno, en detrimento del otro.

Creo que todo esto quedó muy oculto al intervenir la

muerte. Porque eso agrandó la culpa y, entonces, no

permitió que se vea que en realidad la confusión perju-

dicaba a ambos por igual. Todo esto me pareció percibir de

Inés recién.

Después llamó mi hermana Susana y percibí su odio

y bronca contra sí misma, por mantener una relación tan

dependiente y confusa con mamá. Creo que sospecha como

esa relación la hace cada vez más pequeña y dependiente,

cada vez más alejada de sí misma y más lejos de


conectarse.

No sé donde estoy yo con todo esto. Si utilizo mis

canales sensitivos para pasar música de otro, no puedo

escuchar mi propia música.

En este momento, por ejemplo, me siento perfecta-

mente en mi eje. Me parece que logré sacar de la oscuridad

total, muchas verdades a la luz. Me parece que estoy siendo

mucho más auténtico. Internamente estoy alegre, aunque

mis canales están siendo ocupados por sentimientos de

otras personas que no sienten lo mismo.

Susana (mi hermana) y yo, desde hace un tiempo

que no nos saludamos. En la reunión de ayer me aseguró

que ella quería hacerlo y era yo quién no la saludaba.

Cuando se fue lo hizo sin despedirse.

De cualquier modo yo no quiero saludarla y me

pregunto cuál es la razón. Me pasa lo mismo con mamá y es

como si quisiera evitar el contacto, porque a través de él me

transmiten emociones no percibidas por ellas junto con


algunas manipulaciones.

En este momento, después de la discusión con

mamá, siento una bronca y un rechazo hacia su manera de

manipular a las personas, que proviene de su interior. Creo

que no tengo ningún tipo de responsabilidad, ni poder, sobre

lo que otras personas hacen con sus vidas. Puedo actuar

como espejo pero, siempre y cuando, pueda darme cuenta

que esos sentimientos, emociones e ideas actuadas no

proceden de mi interior y que tampoco están modificadas

por el mismo.

Entiendo que todavía valoro y acepto a los demás, en

dependencia con lo que hacen por mí y para mí. También

por sus demostraciones de afecto.

Aun cuando intelectualmente pude comprender que

no puedo hacer nada para ayudar realmente a mi madre,

sigo sintiéndome vencido al dejar de intentarlo. Y cada vez


que lo intento, quedo aprisionado por sus manipulaciones.

Ayer me robaron dinero de la billetera, mientras nadaba en

la pileta del campo de deportes. Me di mucha angustia,

acompañada de una sensación de violación. Intentaba

decirme algo con eso. Lo primero que pude determinar es

que en esencia el asunto era que yo había depositado mi

confianza en la gente que cuidaba los bolsos y me habían

defraudado. Yo, por estar nadando, no tenía forma de

defender lo mío.

Lo relacioné con mi educación y la forma en que me

sentí perjudicado con la formación que tuve.

Creo que cuando yo era chico, no podía determinar lo

bueno para mí. Confié en la gente que me educó. Confié en

que ellos iban a ser responsables.

Creo que la sensación de violación, me aclara que

ellos no lo fueron, que me defraudaron.

Puse la música de Pink Floyd: "The Wall", para

conectarme con lo que estoy viendo. Hablo de mi respon-


sabilidad y de la responsabilidad de todos los que tuvieron

que ver con mi vida. De todos aquellos que me enseñaron

como si fueran profesores, cosas equivocadas. De todos

aquellos que me aseguraron el camino del bien, y lo

correcto, sin tener real idea de lo que hacían y decían y, sin

siquiera, confiar plenamente en ello.

Hablo de mi responsabilidad por haberlos escuchado

y haber permitido que lo que decían se instale, como un

cerrojo, en mi alma. Creando la imposibilidad de vivir la

única vida que tengo.

Hablo de la responsabilidad que implica tener hijos.

Algo que no estuvo nunca en mi familia. Esquivo las

imágenes de buenos actos que me vienen a la cabeza,

porque desde un lugar de autoritarismo, no se puede actuar

correctamente. Todo queda teñido del color del encierro. Y

así, cada vez somos menos responsables y, por ello, cada

vez más débiles como para responder por nuestros actos.

En la irresponsabilidad de los deseos infantiles de

mamá, aparece la gran ilusión de que alguien pudiera


hacernos feliz, regalándonos un acto de amor hacia

nosotros.

Desconozco si la felicidad existe, pero sospecho que

no está detrás de una acción envuelta para regalo. Por lo

tanto, tampoco puedo esperar envolver la felicidad para los

demás.

Me distraje un momento. Se me hace muy difícil

seguir el hilo de mis pensamientos y mis emociones. Me

invaden las ganas de salir corriendo de todo este trabajo,

como si creyera que detrás de esquivar este camino pesado,

pero ciertamente valedero, pudiera encontrar algo más que

sufrimiento, frustración, confusión, desesperación, y

aislamiento de mi más íntima figura. Y volver a estar, como

hasta hace poco, perdido dentro de una persona, en la cual

no me reconozco.

Aun así, una y otra vez, intento escapar al trabajo

que tengo que hacer para estar en mi eje y ser yo mismo.


Pensé en escribir una nota solicitando al campo de

deportes que se haga responsable del dinero que me

robaron, mediante una beca para nadar durante los meses

que equivalgan a la suma en cuestión pero no encontré

ganas para redactarla.

Inmediatamente se me ocurrió que tenía resistencia

a hacer responsable a los demás por sus actos, porque iba a

tener que responsabilizarme por los míos, pero la idea no

me cerraba.

Con gran esfuerzo y tensión escribí la carta. Con un

miedo irracional. Apareció mi renuencia a recuperar lo mío.

¿Será que intento que mamá se haga responsable de

sus actos para no tener una mala opinión de ella?

Un irresponsable es un ser prisionero débil y necio

por no tomar conciencia de las derivaciones de sus actos y

estar dispuesto a subsanar dichos perjuicios, si los hubiera.

¿Puede mamá tolerar que yo piense así de ella?

Quizás soy yo quien no se lo permite y debo darle

una oportunidad, aun cuando tuviera que quedarme en el


desvalorizado trabajo de lograr que cambie, para no hacerle

sufrir mi juicio sobre su accionar.

¿Qué siento con respecto a que mi madre sea una

persona irresponsable, que prefiere quedarse con dinero de

sus hijos para no pasar penurias?

Desprecio.

Creo realmente afortunado a quién puede hacerse

responsable de sus actos, a quién puede reparar aquello

que ha roto o reponerlo. Me parece que es una persona

potente y pudiente.

Quien, en cambio, no puede hacerse cargo de sus

fallas y sus errores, quien ni siquiera puede aceptarlos como

tales y tratar de repararlos en la medida de sus

posibilidades es una persona débil, que vive necesariamente

en el temor. Una persona miserable porque nada le

pertenece, nada tiene y, por lo tanto, no participa de la

creación. No participa de la vida.

A pesar de todo, creo que no está en mí demostrarle


que tiene todo para vivir, porque aún yo no lo entiendo.

Sospecho que aunque lo entienda e incluso lo ponga en

práctica, tampoco va a servir a los demás.

Hoy, mamá cumple años. Le preparé un cassette

grabado con temas que le gustan. ¿Es coherente conmigo

mismo hacerle un regalo a quién está perjudicándome, con

quién no estoy de acuerdo?

Decidí darle el regalo porque siento que no tengo

razones para estar enemistado con mi prójimo, a pesar de

que decidan transitar el triste, solitario y obscuro camino de

la confusión y la mentira.

Soñé que todos mis sentimientos estaban vedados. Y

que todo lo hostil de las personas hacia mí, lo tomaba como

algo personal, en vez de tomarlo como un medio de decirse

cosas a ellos mismos.

Presiento un fondo indivisible, indestructible y único,

que es mi real fortaleza. Conectado con él, no puedo hacer


mal, ni pueden hacérmelo. Persigo una construcción que no

pueda ser destruida, que perdure en el tiempo.

Estoy ayunando desde anoche. No me es fácil

hacerlo, pero espero que me acerque a mi interior,

descontaminándome de las ideas y deseos, fáciles de

obtener, pero efímeros. Me gustaría contribuir a que las

personas se encuentren a sí mismas. Volcarme hacia la vida.

Quiero distinguir entre lo verdaderamente

destructivo y aquellas cosas que aunque son incómodas,

como los percances imprevistos, el envejecimiento, la

muerte, la angustia y demás emociones penosas, tienen que

ver más con lo constructivo y el crecimiento.

El ayuno me ayudó a templar mi espíritu. A verme

capaz de superar, con convicción, las necesidades básicas y

los deseos corporales, por un bien mayor.

Sin desmerecer para nada la gratificación de una


buena comida y un buen acto sexual, que son parte

integrante de esta vida y unos de los placeres más a mano.

Descubro que las emociones son lo primero que me

habla de mi interior. No creo que deba dejarme llevar por

ellas, como tampoco juzgarlas, porque cierro las puertas a la

comunicación. No me dicen si soy bueno o no, tampoco si

soy egoísta o generoso. Tengo que escucharlas y

comprender lo que tratan de indicarme.

Es raro pensar en que quizás la alegría no sea lo que

siempre pensé. Y sea simplemente una comunicación

interna. Quizás sea la forma de indicarme que voy por el

buen camino, pero quizás no.

Tuve un sueño en el cual mis hermanas me pedían

que le corte el pelo a una sobrina, porque yo lo sabía hacer

bien. Yo aceptaba, indicándoles que, antes, debían lavarle la

cabeza. Entonces, me quedaba esperando que lo hicieran,

pero como debía ir a trabajar, me levantaba para irme y


ellas volvían a rogarme que no me fuera, que, primero, tenía

que hacer eso por ellas. Yo aceptaba quedarme, pero ellas

seguían sin lavarle la cabeza. Pasado el tiempo, decidí irme.

Tuve que hacerlo desnudo, aunque sin avergonzarme,

caminando por la vereda del cementerio.

Pareciera estar creyendo que tengo que hacer algo

por mi familia antes de vivir mi vida. Y que si decido irme

antes de hacerlo, voy a tener que partir desnudo, totalmente

expuesto. La sensación de no tener de que avergonzarme

por estar desnudo, me fue muy rica.

Tengo un dolor en el hombro y otro en el pie.

También tengo problemas de piel y un apetito desmedido.

Analizando todo esto por la lista del libro de Louise

Hay, sería así: el hombro no estaría hecho para llevar

cargas, sino alegrías. El dolor del pie, habla de mi falta de

entendimiento de los demás, de mí mismo y del universo. La

piel me habla de la individualidad. El apetito desmedido, de


estar juzgando las emociones.

Si ensamblo todo esto con mi sueño, quedaría más o

menos de la siguiente manera: Creo que tengo que hacer

algo por mi familia, antes de poder vivir mi vida. Al no poder

diferenciar esto, de lo que a mi me interesa, tengo proble-

mas de piel. No puedo separarme de los demás, porque no

se cómo debe ser una relación basada en la igualdad y la

libertad, entonces no sé como debo comportarme cuando

estoy con otros y, por ello, no los entiendo, ni me entiendo.

Esto conduciría a mis problemas del pie. Cuando cargo

problemas de los otros, por no poder separarme, me duele

el hombro y, cuando intento evitar todo esto juzgando mis

emociones, me aumenta el apetito.

No logro comprender por qué creo que tengo

que hacer algo por el resto de mi familia, ni por qué, cuando

decido irme, lo hago desnudo.

Cada día que pasa voy logrando ver mis


actitudes con otros ojos. Por más que sigo taciturno la mayor

parte del tiempo, ya no me engancho tan significativamente

con aquello que me falta. Ayer salí a caminar por la Av. Li-

bertador y vi como la gente comía en un restaurante de lujo,

como siempre que paso por ahí. A diferencia de las otras

veces, no les tuve envidia, sino más bien se me ocurrió

pensar en como la gente trata, a través de consumir todo lo

que puede, de tapar sus insatisfacciones.

Mi relación con las personas, está en un punto crítico.

Quizás mi facilidad para percibir cosas en los demás, tiene

sus pro y sus contras. Es difícil decidir sobre esto, porque

aun cuando puedo ver algo que le ayude al otro, también

puedo ver su sufrimiento y su agresividad, su enojo y su

desesperación.

Mis actos generan conflictos en las demás personas

o, por lo menos, facilitan que los que están ocultos, se

hagan visibles. Ante estas situaciones me siento como si

viera desnuda a la otra persona, de una forma que cier-


tamente no desea que lo vea.

¿Qué hago cuando lo veo? ¿Qué hago cuando mis

actos, mi vida o mi persona provoca esas cosas?

No puedo volverme invisible y, aunque a los demás

les pese, tengo derecho de estar acá.

El asunto es así: me duele el cuello y no es sólo porque no

quiero sentir lo de los demás, sino que además quiero

mostrarme algo con ello. ¿Para qué utilizo mis canales para

percibir lo que las otras personas sienten? Me contesto que

si estoy enterado permanentemente, aun de sus deseos y

sus dolores, es difícil hacer algo que les provoque dolor. Esto

parece muy lindo, pero me deja muy alejado de mí mismo.

Al aceptarlo, decido no pensar en mí, como lo he hecho

durante toda mi vida.

Si lo hice durante tanto tiempo ¿Por qué podría

cambiarlo ahora?: En este momento estoy en condiciones de

darme cuenta que sufrir no es algo malo. Si es bueno para

mí y me ayudó a ser yo mismo y a salir del pozo, ¿Por qué

no habría de servirle a los demás?


Carl Jung dice: "La neurosis es siempre un sustituto

de genuinos sufrimientos".

Scott Peck escribe: Por eso las personas sabias

aprenden a no temer a los problemas, sino que por el

contrario los acogen de buen grado, así como aceptan los

dolores inherentes a los problemas".

Según Benjamín Franklin: "Aquellas cosas que

lastiman, instruyen".

Durante muchísimo tiempo no pude comprender

estas cosas. Al escucharlas, me parecía algo muy lejano.

Ahora, por propia experiencia sé que es verdad y puedo

crecer transitándolas.

Me vuelven las ganas de evadirme de todo esto,

pero enseguida me doy cuenta que no tengo hacia donde

escapar.

Me veo en una actitud protectora de los demás, sin

percatarme de mis propias convicciones y pensamientos.


Muchas cosas perdí a través de éste camino. Perdí la

ilusión fácil que tanto le gusta al niño que tenemos dentro y

que nos alcanza esperanza en momentos de tristeza. Perdí

esa linda ilusión de tener grandes amigos, con abrazos

interminables en cada encuentro, jugando a que no se iba a

terminar nunca esa unión, que aun siendo viejos nos íbamos

a mirar a los ojos sabiendo lo que sintiera y pensara cada

uno.

Perdí, también, la ilusión de ser un salvador, de poder

lograr que los demás crezcan sin pasar por los procesos

penosos que acompañan cada crecimiento. También que la

familia de uno pueda vivir unida, en paz y plena. La ilusión

de que cada uno tenga una sonrisa comprensiva. Que

después del esfuerzo sobrevenga la tranquila armonía a

nuestras vidas.

Muchas cosas perdí a través de éste camino. Perdí

montones de supuestos valores fáciles de obtener, como el

éxito, el triunfo, el dinero, la fama, el poder mundano, el ser


fuerte, el tener una posición segura en la sociedad. Perdí el

supuesto valor de sentirme superior a otra gente.

Sí, muchas cosas perdí a través de éste camino. Perdí

la esperanza de que el mundo sea otra cosa de lo que es en

realidad, la esperanza de que los hombres se den cuenta la

importancia de cada uno. La esperanza de pensar que en

realidad somos nosotros los equivocados.

Sí, perdí el gran sufrimiento por mí mismo. Las

noches angustiadas por mi esclavitud y mi desesperación al

no poder reconocerme a través de la careta que llevaba.

También la idea de soluciones fáciles, tanto para mí como

para los demás.

Pero aún persiste el sufrimiento por los demás. Con

mayor claridad logro ver cómo, atormentados, se

desesperan en pozos húmedos, como luchan contra sus

desventuras como si fueran brazos de un sarcástico destino

que se ríe de ellos.


Es un lindo día invernal. El sol se cuela entre las

ramas y dibuja figuras informes en el piso de mi garage. Yo

escucho a Serrat. E intento bucear muy muy hondo en mi

persona. Si leo las primeras páginas de estos escritos, me

pongo tenso. Si veo el sufrimiento de alguien, también me

pongo tenso. No es porque yo esté pensando que sea malo,

sino porque los demás lo creen. Procuran evitarlo por todos

los medios que tengan a mano. Y eso me invade, a pesar de

que no concuerde con lo que pienso y valoro.

¿Cómo explicarle a alguien lo importante que es sufrir para

crecer? ¿Cómo enseñar la importancia de crecer y ser uno

mismo? No puedo lograr una cosa sin la otra. Entonces

pareciera ser que únicamente puedo crecer cuando estoy

solo y no hay nadie cerca a quien pueda incomodar. Nadie

que me vea sufrir entre sensaciones penosas y buceos

profundos y que eso pueda causarle sufrimiento

conjuntamente con la posibilidad de crecer concomitante.

A veces me preguntan y yo también me

pregunto si estoy bien. ¿Qué contestar? ¿Es estar bien el


estar intentando leer con concentración una angustia que

siento o analizar seriamente una bronca? Para mí es estar

muy bien. Es estar en el camino correcto. ¿Qué más puedo

pedir?

Si bien hablo de todo esto, persiste en mí la

imagen de que una sonrisa es sinónimo de buen vivir. La

risa es buena, pero también es bueno el llanto.

Recién, mientras hablaba por teléfono con

Josefina, me invadió una gran sensación de impotencia y

frustración. Fue al darme cuenta que no podía lograr que

ella usara mi experiencia, mis pasos, para acelerar los

suyos.

Como no quise que salieran a la luz éstas emociones,

supongo que por considerarlas poco loables, oculté con ellas

la posibilidad de escuchar el mensaje que me traían.

Mi cuerpo, reaccionó inmediatamente abriéndome el

apetito, que por la lista de Hay, significa que estoy juzgando

las emociones. En ese momento las registré.


La IMPOTENCIA me indica que estoy queriendo

incidir sobre otras personas. En éste caso claramente quería

incidir sobre Josefina, para lograr que ella pudiera

enriquecerse a través de todo lo que voy viendo.

Pero tiene sentido que no se le pueda quitar libertad

a nadie, por más que se pudiera creer que fuera para su

propio bien.

Aunque lo repito, no termino de incorporarlo. Ayer

exponía que no puedo lograr que los demás crezcan sin

pasar por los procesos penosos que acompañan al

crecimiento. Hoy, debo decir que tampoco puedo lograr que

las otras personas vean lo positivo en lo que les sucede. No

como un intento de saltear lo doloroso, sino para evitar la

pena infructífera, el dolor estéril, la siembra sin cosecha, el

llanto sin la luz.

Cada dolor trae consigo, en algún lugar, algo lindo y

bueno. Encontrarlo entre mis dolores y mis penas es mi

responsabilidad. Encontrarlo en los dolores y las penas de

los demás, escapa a mi aptitud, pues es cosa de ellos.


Aun queriéndolo, no puedo hacerme cargo de los

conflictos que mi ser provoca en los demás. Ni de lo que mis

aciertos y mis yerros provocan en ellos. Es su vida, es su

libertad.

Desde el primer aplauso, en mi primera improvisa-

ción, las clases de teatro fueron un gran mimo hacia mi

persona. Me ponderaron desde mi intrigante sensualidad, a

mi tranquilo tránsito a través de las clases. Uno cree que los

elogios siempre vienen bien, que a través de ellos nos

podemos sentir mejor, cuando en realidad sólo nos sentimos

diferente. Cuando me siento contento, no estoy mejor que

cuando estoy triste o angustiado. En esos momentos estoy

exactamente igual de confundido y no soy más coherente

conmigo mismo. No se ni más ni menos lo que quiero de la

vida, ni soy más sabio.

Me parece difícil buscar que quiero decirme cuando

estoy contento, porque la mayoría de las veces me he

dedicado a saborear el momento, como me enseñaron a


hacerlo, creyendo que vivía más plenamente.

Cuando entiendo que el dinero no nos hace ni más ni

menos de lo que somos y, por eso, no nos enriquece

realmente, y que muchas veces me he sentido insatisfecho

también después de tener un orgasmo, tengo miedo de

estar quitándole demasiados condimentos a mi vida y que,

entonces, mi futuro sea insípido.

La vida del hombre pasa en general por muy pocos

temas: Poder, amor, amistad, familia, dinero, trabajo, sexo.

Si le quitáramos eso a una persona, si lo alejáramos de

todas esas cosas que no tienen que ver con él mismo, ¿Qué

le quedaría? ¿Qué puedo esperar yo mismo del futuro, si

descarto esos valores? ¿Por qué estar esperanzado o

desesperanzado?

¿Qué hago cuando veo a alguien caminando en

sentido contrario a él mismo? ¿Espero que se de cuenta o

intento indicárselo? Cuando se los muestro, estoy queriendo


ayudarlo o quiero disfrutar del placer de poner a alguien en

su verdadero camino?

Por un lado, al profundizar, encuentro que es

importante dejar que los demás sigan libremente la senda

que prefieran, pero por otro, sin la sabiduría de muchos

pensadores que alcancé a leer, no podría haber avanzado

sintiéndome acompañado, en una sociedad que trató por

todos los medios de neutralizarme.

Escuchando una canción de George Michael, en

la cuál dice que aunque le había prometido que no lo iba a

dejar, ésta equivocada, que no es tan fuerte y que lo deje ir,

me conecté con la relación que tuve con Mac: yo la hubiera

querido seguir, con la intención de lograr que fuera buena y

positiva para nosotros.

La situación tiene, al menos, dos caras. En una,

aparece como algo positivo mi voluntad de concretar el

objetivo conjunto que intentábamos. En otra, podría estar

repitiendo la relación con mamá. En donde nunca hubo una


intención real de parte de ella, en modificar su estructura

externa, su caparazón, para relacionarse verdaderamente.

De esa forma intentaría una relación sana con alguien a

quien no le interesa.

Pienso en salir a comer afuera y en pasar la noche

con Susana, como un medio para vivir la vida. Como si

únicamente fuera de mi ámbito es donde puedo encontrar

satisfacción.

Cuando mi relación con ella empieza a volverse

insatisfactoria, entonces creo que es hora de pensar en

buscar a otra persona.

Pretendo sentirme querido y necesitado, a pesar de

que internamente me repito que en realidad no necesito que

me quieran.

Lo que recuerdo del sueño es que tenía una gran

bronca contra mi hermana Susana. En un primer momento

me fue difícil aceptar porque, cuando las personas sienten


odio, lo actúan y terminan siendo muy destructivos. Sin

embargo, al pensar que podía haber un mensaje para mí, lo

relacioné no contra mi hermana, sino contra lo que ella

siempre representó para mí: el egoísmo, el autoritarismo y

la mezquindad.

Todo eso lo tuve enfrente durante años, a través de

sus distintas acciones: como obligarme a comer con saña,

tirarse a lo largo de todo el sillón y no permitir que nadie

más se sentara y, una vez casada y con hijos, al no pensar

nunca como su presencia y sus actos podían estar

perjudicando a otros.

Todo esto es lo que odio.

Veo en el odio un deseo de destrucción.

Como no es mi intención en lo más mínimo destruir a

mi hermana, sino que, por el contrario, desearía y he inten-

tado ayudarla, el odio ciertamente me está indicando mi

deseo profundo de eliminar, dentro de mí, lo que ella

representa.
Entonces, quiero dejar de ser egoísta, autoritario y mezquino

conmigo mismo. Deseo destruir toda estructura que me

obligue a serlo.

Sospecho que esto es para encontrar, siquiera dentro

de mí, un lugar para vivir decentemente.

Empecé otro ayuno. Varias emociones me llegan

desde mi interior: Tristeza por Comachi, la deportista

argentina que no pudo competir en Barcelona por pro-

blemas de la gente dirigente. Angustia al pensar que

Mariana no había querido atenderme. El deseo de que

mamá ya se hubiera ido cuando fui a tomar el desayuno. La

sensación de estar gastando mucha plata en cosas

superfluas. Por último, el llamado de atención en la im-

provisación de teatro del otro día, en donde, si bien había

elegido el objetivo de terminar una relación con una mujer,

cuando mi compañera me lo preguntó, yo afirmé lo

contrario.

Estoy sentado frente a mi escritorio, en un día


invernal nublado. Veo como las hojas se mecen suavemente

por la caricia del viento y escucho con placer como cantan

Sandra Mianovich y Celeste Carballo.

Me siento tranquilo. Tranquilo y dichoso. Dichoso,

pero temeroso. Temeroso, pero tranquilo. Transito la

sensación de estar conmigo mismo. De gran intimidad, de

comunión con mi más íntima figura. De fuerza por el placer

de la conexión.

Comachi es una deportista de elite, una esperanza

argentina, que no pudo competir en los juegos olímpicos,

con los que sueña hace muchos años, porque se olvidaron

de anotarla. Por negligencia de los dirigentes argentinos,

pierde la oportunidad de utilizar su entrenamiento de años,

su esfuerzo de años.

Los verdaderos protagonistas de los juegos olímpicos

son los deportistas, sin embargo quienes deciden quienes

van, son los dirigentes, que poseen el poder y la autoridad.

Asocio toda ésta idea con mi madre. Ella

confundió quién era protagonista y quién tenía la función de


dirigir. No tengo en claro cuál es la función de los padres en

el crecimiento de las personas, ni dónde terminan sus

derechos. Esto me hace acordar al escrito: "Tus hijos no son

tus hijos".

En esencia, hablo de la responsabilidad de mi

madre como dirigente en mi vida y de su tendencia a tomar

el papel de protagonista, cuando en realidad ese papel me

correspondía y me corresponde únicamente a mí. Mi vida es

como una película, en donde pase lo que pase, el

protagonista, soy yo. Me gustaría grabármelo.

Leer "Demian", de Hermann Hesse, me

conmocionó. Hace bastante tiempo que sostengo que lo

más importante en la vida de un hombre es ser él mismo.

Pero si esa búsqueda nunca termina, me parece

descabellado.

Paso mucho tiempo solo y me aburro.

Para valorar un programa, debo compartirlo con


otras personas.

No puedo utilizar toda mi sabiduría, mi intuición

y mi creatividad, para mí mismo.

Me aferro a los esquemas del rebaño. En donde está

claro cómo debe ser la vida de un hombre. Me siento

confundido.

Me da terror quedarme en mí mismo y, también, que

en caso de que quiera volver al rebaño, ya no pueda en-

contrarle sentido a sus ideales. Como dice Hesse, sin

semejantes. Muchas otras veces pensé que en algún

momento mi interés por los demás, por sus miserias y sus

problemas, por sus alegrías de sal y su hipocresía, iba a

menguar paulatinamente hasta desaparecer, para nunca

más volver. Tengo miedo que me pase y, entonces, empezar

a secarme y morir olvidado.

Pero intuyo que todo eso no puede pasar, que mi

interés por el espíritu de los demás, va a ser tan importante

como el interés en mi propio espíritu.

De cualquier modo, seguirían ahí las estrellas, el sol,


las flores, el pasto, el frío. Y yo. Y en mí, también está el

resto de la humanidad.

Quizás todo esto no sea más que otra cara de mi

narcicismo, pero también puede ser la puerta de salida a

toda esta miseria y mentira, que no me permite vivir mi vida

con plenitud.

Hoy, me siento a escribir con el firme propósito

de entender, a través de mi cuerpo, mi inteligencia, mis

emociones y mi intuición, que quiero decirme con estar

excedido de peso.

Según la lista de Louise Hay, quiere decir:

"Miedo. Necesidad de protección. Huida de los sentimientos.

Inseguridad. Rechazo de sí".

Miedo: Hace rato que lo siento. Y siempre lo

sentí. Como hoy, cuando veo caminando a un hombre mal

vestido por el bajo y pienso que puede atacarme o cuando

pienso en ser yo mismo y los desastres que puede ocasionar

e incluso los castigos que me pueden alcanzar. Miedo a


quedarme solo.

Pero hoy quiero ir directamente a "Huida de los

sentimientos".

No quiero sentir lo que los demás me producen, para no

quedar enganchado en que ese sentimiento de cariño me

hace susceptible a perder mi protagonismo.

Si profundizo estas emociones y descubro el men-

saje, posiblemente dejen de cumplir con su misión de

hacerme sentir obligado hacia los demás, cosa que limita,

en forma tranquilizante, mi libertad.

Cuando retiré la plata del banco, para comprarme la

moto, me invadió un gran miedo a lo que vendrá después.

Me apareció la imagen de mamá, diciéndome: -Vos hacé lo

que quieras, pero después vas a ver.

¿Qué será lo que voy a ver después?. Nunca me lo

dijo. ¿Puede ser tan malo?. No lo sé. Parece que el hecho de

ser una incógnita, lo hace más terrible. La amenaza crece

por ello. Me imagino un castigo totalmente despro-


porcionado con la supuesta culpa.

Me hace acordar a la película "Expreso de media

noche", en donde al protagonista le dan perpetua por

intentar pasar un poco de marihuana por la frontera.

No me animo a repugnar lo que me repugna. No me

animo a mostrar mi disgusto y desprecio por la confusión y

la dejadez. No por aquel que busca la salida, sin encontrarla,

sino por las personas que no queriendo salir, intentan

confundir y ocultar, para mantener el control.

Me repugna la confusión buscada, aceptada y

valorada como un arma y un medio para mantener las cosas

como están.

Creo que cuando al nacer, me encontré con todo

esto, sentí repugnancia. Aun hoy rechazo la ausencia de una

búsqueda real, un interés cierto a salir adelante. Rechazo la

hipocresía y la confusión sucia y tenebrosa, que envuelve a

todos como víctimas y beneficiados. Cómplices por la

aceptación del juego.


Agustín me sorprendió. Se siente con todo el derecho

de estar en este mundo. Por más que sus actitudes

confundan, lastimen o enfrenten a otros con conflictos,

dolores o sufrimientos, él sigue siendo como es y no dejaría

de hacer nada de lo que hace o quiere hacer por ello. Lo

tienen sin cuidado las penas ajenas.

Siento que estoy muy lejos de actuar así. Y tampoco

estoy convencido de querer hacerlo. A pesar de que pienso

que es importante llegar a sentirse con derecho de estar

acá, no sé si mi idea es transitar mi vida de relación de esa

manera.

Varias veces me senté para escribir y no lo hice. Es

un día con muchas emociones. Estoy por comprarme una

moto grande con la plata que fui ahorrando.

En varias oportunidades sentí tristeza, como si fuera

a traer algún tipo de decepción decidir, de una vez por

todas, empezar a vivir mi vida.


Elegí la moto por y para mí mismo, sin importarme la

imagen que da, sino el uso que le voy a dar. De cualquier

manera, por ser una moto grande transmite una sensación

de poder.

Empezar a vivir realmente me hace presente que

papá no va a estar a mi lado para vivirla conmigo, que me

prometió cosas que no cumplió. Y que tanto si él pudiera

haber hecho algo o no, yo estuve todo este tiempo apa-

ñándolo, esperándolo y dándole el tiempo necesario para

remediarlo.

Compré la moto. Me siento nervioso y triste, como si

se hubiera muerto alguien. Siento como si debiera venir la

gente que me tiene cariño a consolarme.

Intenté transitar con plenitud la tristeza mientras

estuve en el gimnasio, pero recién pude sufrirla realmente

mientras iba en el auto a la pileta. Allí, mientras lloraba

desconsoladamente, me llegaba la imagen de papá.

No me es fácil definir el sentimiento, porque a partir


de su muerte le sumé otras pérdidas, de personas que, a

pesar de no haber muerto, se separaron de mí, como Silvina,

Magdalena y amigos.

Sin embargo, al ser una tristeza antigua y profunda,

ya en la ducha se me presentó más claro que tenía que

prestar atención en lo que intentaba decirme a los cinco

años con esa gran tristeza por la muerte de papá.

Me pregunté por qué me hacía esa pregunta ahora,

después de más de veinticinco años. La respuesta fue que

ahora yo entiendo que detrás de cada emoción hay un

mensaje para mí.

Yo sentía a papá como una parte de mí.

Con las alegrías, al igual que con las tristezas quiero

indicarme que no lo necesito para vivir.

En este caso, me indica que no necesito a papá para

vivir.

Todo esto me suena muy frío. Pensar que cuando

estoy alegre me estoy diciendo que en realidad no necesito

eso que me lo produce, que no es lo importante, me suena


degenerado. Como para perder o seguir perdiendo ilusiones.

Pierdo esa apacible seguridad del bienestar burgués,

en donde la vida transcurre buscando permanentemente

acceder a aquellas situaciones y experiencias que me hagan

sentir contento y supuestamente feliz.

Si estoy afirmando una verdad, me maravilla por su

enormidad. La pude descubrir con mucho penar, debajo del

manto de mentiras que me transmitieron.

No sé como explicarle a Luis, un cliente, que no uso

el reloj que me regaló porque no me gusta, sin herir sus

sentimientos. Pienso en esto y siento angustia.

Pasó otro día, pero sigo pendiente del reloj que me

regalaron, sin encontrar una solución. El regalo es para mí

una carga. Me parece que a este apostador no le interesa lo

que a mí me gusta o prefiero. Quiso regalarme lo que él

quería e intenta que yo lo use. El no sale del protagonismo


ni cuando está regalando algo y yo quedo en un lugar

desvalorizado, dejándome llevar por sus deseos para no

hacerlo sufrir.

¿Qué es un regalo?: Es una cosa que se da gratui-

tamente por afecto o agradecimiento. A veces también se lo

utiliza para dominar la conducta de otras personas.

Socialmente está mal visto que uno regale algo que

le fue obsequiado y, también, que no se lo use o que se le

miren los defectos. Todo eso me envuelve en ciertas

ataduras.

¿Acaso la educación no es un obsequio? ¿Será uno de

esos regalos que uno no debería buscarle los errores? ¿No

querré dejar de usar la educación que me brindo mi madre

para que no se sienta despreciada?

Creo que la angustia con respecto al regalo del

cliente del hipódromo me llama la atención, justamente,

sobre mi educación, sobre las reglas que he recibido como

obsequio de las personas que me educaron y, como si

decido dejar de guiarme por ellas, desprecio justamente lo


"mejor" que me pudieron dar.

Me asaltó el miedo. Esta mañana una mujer me

chocó y me rompió todo el auto. Lo viví como un castigo por

haberme comprado la moto. Ahora tengo terror a ir a

retirarla y sospecho que intento decirme algo con ello.

Esta mañana, mientras nadaba, me llegó como una

oleada, la imagen que buscaba. Uno solamente teme por

las cosas frágiles o por las que por una u otra razón pueden

golpearse, romperse, extraviarse o ser robadas. En cambio,

a lo duradero y estable, como el conocimiento, y el alma de

cada uno, no pueden pasarle esas cosas.

Tengo un dolor en la mitad de la espalda. Culpa. Me

siento culpable por tener la moto y por haber hecho algo

codiciado por otras personas. Por haber creado en ellos la

envidia, como en los policías, que me miraban como a un

nene con algo que ellos no podrían tener nunca.

Ellos podrían escuchar sus emociones, no obstante


sea un trabajo arduo y doloroso.

En estos días de bonanza mi tiempo me pertenece.

Decido absolutamente como voy a emplearlo y disfrutarlo.

He implementado como regla ayunar dos días a la semana.

Me permite estar muy en contacto con mis emociones, ya

que no me permito evadirlas comiendo.

A medida que van transcurriendo las horas y, sobre

todo después de nadar o hacer ejercicio, me parece que

tengo los sentidos mucho más sensibles. El aire lo respiro

más puro o más impuro, dependiendo de lo viciado que esté

y lo demás se me hace más vívido. Me gusta hacerlo, creo

que mi alma lo disfruta.

¿La culpa me está hablando de una supuesta res-

ponsabilidad hacia las personas? Supuestamente actuaría

llamando la atención sobre que uno está tomando

responsabilidades que no le corresponden. No lo tengo muy

claro.
A veces, cuando por algo que digo o por alguna acti-

tud que tomo, demuestro el conflicto en la otra persona,

intento hacerme cargo. Como si por el hecho de haberlo

sacado a flote tengo que resolverlo.

Le devolví el llamado a Susana, que fue algún tipo de

reclamo o pedido de ayuda. Me dijo que yo no me preocupo

por ella y yo le respondí que es cierto, que en verdad no me

preocupo.

Sin embargo, volviendo del gimnasio estuve pen-

sando que hay algo que no quiero ver. Por momentos quería

subirme a la idea de ayudar a una persona que me necesita,

cuando en realidad no es así.

Me pareció importante como fue la ayuda de Demian

al joven Sinclair en el libro de Hermann Hesse, cuando el

otro grandulón lo tenía atrapado. Pero lo cierto es que a

Susana nadie la tiene atrapada. De la misma manera que

nadie la deja de lado.


Todo esto me afecta profundamente y me da mucha

tristeza.

Estoy confuso. Por un lado estoy diciendo desde hace

rato que la importancia de mi vida no pasa por el hecho de

salir con mujeres, ni por tener una buena pareja, ni por los

bienes materiales que pueda lograr, ni por la ayuda que

pueda brindarle a los demás individuos.

Cuando descarto todo eso, no me queda nada. O

simplemente lo que queda no logro verlo.

Por otro lado, sueño que cuando hago lo que quiero,

estoy a punto de chocar. Al ver la posibilidad de salvarme

usando la mano contraria, me encuentro con una pick up.

Entonces me resigno a chocar. Pareciera que no me están

dando posibilidad de no chocar, si quiero hacer lo que

deseo.

Estoy queriendo adelgazar con un propósito que no

es bueno para mí. Hace rato que intento hacerlo para


mostrarle a los demás que pude. Es la misma sensación que

cuando quiero lograr éxito con un libro, para echárselo en la

cara a aquellos que no confiaron en mí. Sospecho que la

angustia, una y otra vez, intenta indicarme que salga de ese

camino pero, una y otra vez, no le hago caso.

Llamé a un antiguo cliente para ofrecerle relojes. Me

dijo que no quería sin siquiera agradecerme el que le mandé

de regalo el año pasado. El pesar que sentí intenta

indicarme que no necesito el reconocimiento de las demás

personas.

A veces la persona más rara que encuentro no es lo

suficientemente rara para mí. Soy más raro que el más raro.

Susana me acusaba de ponerme mal cuando ella

actúa de determinadas formas, que no acepto a los demás.

Tiene mucha razón. Estoy solo porque siento un desprecio

por las otras personas, por su forma de confundir las cosas y

no dirigirse hacia la verdad con profundidad. Desprecio su


forma falsa de vivir y me molestan por eso. Rechazo la

confusión sin intenciones de claridad.

Si mi vida no va por estar al lado de una linda chica

de buena clase social (alta), ni por ganar unos pesos más en

el hipódromo, donde trabajo. Si mi vida no va por tener un

buen auto, ni por tener éxito, ni por ser admirado ¿Por

donde va?

Sigo intentando estar con lindas chicas, ganar plata,

ser reconocido y tener éxito entre las personas que conozco.

Sin embargo, sé que todo eso me aleja de aquello que es

realmente de mi interés. Mientras persigo esas banalidades,

se me escapa lo verdaderamente importante.

Hace tiempo que no le encuentro significado a una

nueva emoción. Espero que otras personas me alcancen,

para poder seguir. Intento ser como los demás, cuando en

realidad con cada día que pasa me acerco más a mí y me

alejo de las creencias generales.


Estar con otras personas y prestarles atención, me

parece una pérdida de tiempo. Es como dejar de caminar y

sentarme al costado del camino.

Es contradictorio cómo me separo y a la vez intento

su admiración. Pero aunque percibo muchas veces lo que les

pasa, ya me he indicado varias veces que no los necesito en

mi camino.

Me gustaría entender que me quiero decir cuando

siento culpa. Como una tentativa, diría que me está avi-

sando cuando intento formar con alguien una relación en la

cual hay que ahorrarle al otro los sufrimientos que podemos

causarle, a pesar de que sean parte de su vida. Así, en los

momentos en que le causo alguna pena a esa persona, algo

que la hace sufrir, siento culpa.

Quizás me diga también que intento escapar también

a los genuinos sufrimientos en mi propia vida.

Creo que mi prima Inés le abre paso a la exigencia en


sus clases de teatro cuando pondera un trabajo como lo

hace. Sobre todo cuando se detiene a ensalzar el talento del

actor en cuestión y no el trabajo realizado para alcanzar ese

fin.

No me interesa que me aplaudan. Tampoco me

interesa que me admiren. Pero parece gustarme que

registren que hago algo por ellos, porque me emociono

cuando me lo agradecen de corazón.

Últimamente escribo de mi deseo de ser aceptado y

querido. Me parece que hago las cosas para mí pero,

también, las hago por los demás.

No sé como se relaciona esto con la angustia que

siento por tener que ponerle los apoyacabezas al auto

porque así lo dictaminó una ley. Intento hacerlo, pero con el

menor de los costos para mí.

Domingo primaveral ventoso. El tipo está en su

cuarto escuchando música y empezando a escribir. El tipo


soy yo y siento angustia y tristeza porque Alejandra Macilo,

una modelo que atendí en una ocasión, se va a casar con el

señor Manzano, un político desagradable.

Ella encarna para mí todo lo lindo, lo dulce y lo

suave. Toda la pasión femenina de la vida.

Siento que me abandonó para irse con el poder, las

manipulaciones, la ambición desmedida y la corrupción.

Todo eso representa Manzano para mí.

La emoción de sentirme abandonado me habla de

que no me estoy buscando a mí mismo. Y en este caso

parece decirme, que la búsqueda de lo bueno, dulce y bello

me aleja tanto de mí como la búsqueda de lo malo y

desagradable. Entonces a la verdadera búsqueda, nada le

importa el convencionalismo de lo bueno y lo malo, lo dulce

y lo amargo, lo lindo y lo feo, lo alegre y lo triste.

Debe haber algo dentro de uno que justifique todas

éstas pérdidas.

A veces creo que no acepto a los demás cuando me


disgustan sus caretas. Pero si no los pusiera en evidencia,

me parece que iría en contra de lo verdadero. Acepto a los

demás, no a sus mentiras.

Me llama la atención cuanto tiempo dedico a la

contemplación de mi cuerpo, en fijarme mis defectos.

Ayer, cuando me quité el casco, se veían perfecta-

mente mis entradas. Sentí una gran desesperación y

angustia al pensar que por la moto, estaba quedándome

pelado.

La moto representa mi deseo. Mi pelo la belleza. ¿Por

culpa de mi deseos pierdo mi estética?

Si no me desean ahora, que físicamente estoy bien,

menos me van a querer cuando pierda mi estética y esté

pelado y viejo.

¿De qué belleza estoy hablando?

Las últimas veces que decidí cortar el ayuno, lo hice

por pensar que estaba sufriendo, a diferencia de las demás


personas que podían comer lo que quisieran. En ambas

ocasiones, en vez de intentar leer esa emoción, decidí

zambullirme sobre la comida, pensando que de esa forma

podía dejar de sufrir.

Estaba tomando como una imposición y un sufri-

miento cosas que yo mismo decido y que son por mi bien.

Las relaciono con las dificultades de crecer, lo penoso que

resulta desembarazarme del antiguo Andrés, la con-

centración que requiere seguir los pasillos del laberinto

hacia la salida.

Me parece absolutamente superficial y careta,

mantener conversaciones comunes con la gente, en donde

la confusión y la ignorancia ocupan un lugar mayor que la

luz y la verdad. En donde la búsqueda no existe.

Me angustio ante la belleza femenina. Allí monto mi

deseo de poseer una linda mujer y también tener una buena

relación sexual. Todo esto se me complica de tal manera,

que prefiero ir a comer.


Pareciera que una parte mía quiere adelgazar y otra

no la deja, una parte mía quiere una linda mujer y otra no la

deja, y una parte mía quiere vivir mejor, pero otra no la deja.

Quizás tenga que encontrar alternativas para estas

cosas.

Cuando Eric me devolvió la moto, omitió darme los

documentos de la misma.

No quiero perjudicarme por un olvido de él. Me

parece que es el que tiene que hacerse responsable, por

haber aceptado mi dádiva de habérsela prestado.

La angustia me transporta a pensar en que tengo una

responsabilidad que cumplir, por haber recibido la vida, la

inteligencia y los demás dones.

Intuyo una responsabilidad adosada a cada uno de

estos regalos.

En este punto encaja mi enojo del otro día con

Esteban, cuando al ganar los tantos por suerte y carambola,

se hacía el desentendido. Yo hago lo mismo cuando


juzgando mis dones como poco especiales, escapo a la

responsabilidad que traen consigo.

Cuando mamá me dijo que salía para comprar pollo,

le contesté que no iba a almorzar. Ahora me llegan las

ganas de comer, pero me siento atado por el comentario

que le hice. Me siento obligado por mis propias palabras.

Esto me pasa bastante seguido y es por eso que calculo que

debe estar pasando lo mismo en mi interior, desde hace

bastante tiempo. Me viene la imagen de papá, pero creo que

está relacionado con mamá. Quizás sea una promesa

conmigo mismo, pero me sucede con cosas que yo elijo,

como el ayuno, la natación. ¿La afirmación de un deseo lo

está transformando en un sacrificio?

Hay algo más y tiene que ver con mis afirmaciones,

sean positivas o negativas. Sea porque aseguro desear algo

o no desearlo, luego viene la duda.

¿No es la duda una emoción?

Es una emoción que me dice que estoy dudando de


mi mismo. Y tiene absolutamente todo que ver, porque en

general circulo dudando de mis capacidades, mis pecu-

liaridades y mi singularidad.

¡Siempre que logro leer algo que mi alma me dice,

me dan ganas de llorar de gozo!

Mientras corría me encontré con Cristina. La vi

sintiéndose tan pobrecita, que le dije que más tarde iba a

pasar por la casa, para tomar un té.

Inmediatamente después, me vino a la cabeza que

no quería ir, que prefería no ir. Pero ya me había com-

prometido.

Me siento atrapado por una promesa que hice. Me

siento atrapado. Quiero decirme que no me estoy dando

cuenta que soy libre. No solamente en esta situación en

particular, sino en todo el resto de mi vida.

Me siento gordo otra vez. Comí de más y me da

mucha bronca. Sobre todo no poder comer lo que tengo


ganas, porque engorda. Me molesta estar diciéndome

permanentemente cosas por intermedio de la comida. Me da

odio tener que llegar a hacerme mal físicamente para

decirme algo. No poder bajar la guardia ni un minuto. Estoy

harto de tratarme mal.

Fui a comprar unas cosas a San Isidro y la grúa me

llevo el auto por estar mal estacionado. Después de

maldecir un buen rato, me doy cuenta que me siento

impotente, que no puedo hacer nada al respecto. Alguien

hace algo injusto conmigo y, una vez hecho, yo no puedo

defenderme.

La impotencia me habla de querer controlar a otras

personas.

Tengo un tema importante en la belleza. Considero

que lo mío no es nunca deseado por otras personas. Y que

ser deseable le da a uno poder sobre los demás.


Decidí no salir esta noche, porque mañana se hace

un partido de fútbol festejando los quince años que hace

que salimos del colegio. Como es a las once de la mañana,

no quería estar cansado.

Pero ante esa decisión, me viene el deseo de estar

esta noche circulando libremente con alguna chica, en la

noche cálida. Me imagino disfrutando una charla profunda y

auténtica aunque sea conflictiva. Me gustaría permitirme

una conversación sensual e interesante a lo largo de la

noche.

Mi figura inspiró varios comentarios de parte de mis

antiguos compañeros del colegio. Escuché desde que, por la

espalda que tengo, debo vivir en el gimnasio, hasta que un

hombre de mi edad, con las abdominales así de firmes, debe

tener algún tipo de problema.

Mi buen estado físico les incomodó. Cuando llegué a

casa, empecé a comer.

Eso me sorprende enormemente. No obstante, no


entiendo la razón.

Es un día nublado. Me desperté con una sensación

angustiante. Una especie de miedo a transitar mi egoísmo y

poder perjudicar de esta manera a otras personas. Me freno

a investigar y transitar emociones que para otros no están

bien vistas.

No me animo a ser un egoísta. ¿Qué es ser egoísta?

Hace tiempo que me lo pregunto.

Siento angustia porque desde el sábado, en que los

chicos me dijeron que estaba flaco, empecé a engordar. En

estos pocos días ya engordé tres kilos.

Me sentí muy agredido y despreciado, por tener

buena figura. Pareciera no querer poseer lo que otros

desean.

Fui creciendo todo este tiempo por una equivocación,

por un error. La razón por la cual intenté averiguar e

interiorizarme en mí mismo, fue tratar de ganar batallas


para los demás.

Como esas batallas las tiene que ganar cada uno, la

casualidad me sitúa en una posición inmejorable, pero que

no buscaba, ni me hubiera permitido hacerlo únicamente

para mí. Mientras buscaba a los demás, me fui encontrando

a mí mismo.

Pensaba que sólo podía estar bien, si los demás

estaban bien. Ahora entiendo que puedo hacer muy poco

para que los demás se puedan quitar las máscaras y ser

ellos mismos. Eso lo decide y lo hace cada uno.

Siento en los hombros el tener que ser un

ejemplo para los demás, estando en la vidriera y

desparramándome, para que ellos puedan sacar su

provecho de lo que ven.

Ayer cerré estos escritos, expresando que me

interesaría tener emociones importantes para poder

enriquecerme con sus grandes mensajes. Y que la única

forma de encontrarme es con ellas, en contacto con otras


personas.

Hoy pienso que la forma más fácil de esquivar

esas emociones con las cuales deseo conectarme, es

intentar controlar y premeditar mi vida. Planeando como van

a ser mis días, de forma tal de asegurarme que no me falte

dinero, ni belleza, ni nada que pueda necesitar para dominar

las circunstancias, pierdo ciertamente posibilidades

importantes de aprender.

Últimamente sentí angustia al no estar abocado

a conseguir ese dinero, esa belleza y esas posibilidades

que puedan garantizarme que en el futuro no voy a volver a

encontrarme en el descontrol.

Me ha sido de tanta utilidad lo bueno que fue

pasándome como lo malo, para encontrarme a mí mismo.

En algunas circunstancias, como cuando me robaron el dine-

ro en la pileta: fue de las mejores cosas que hicieron posible

que me acerque a mí mismo y me conecte.

Es así que intentando controlar todo no me hago un

favor, sino por el contrario, cierro la posibilidad de


encontrarme con emociones fuertes que puedan guiarme y

enriquecerme.

Tengo ganas de permitirme disfrutar un poco el aire

nocturno y los olores, mirar la cara de la gente, andar en

moto, escuchar música, hacer gimnasia, jugar squash, ir a

correr, oler la mañana, escribir sentado en mi escritorio.

Tengo ganas de sonreír, putear, llorar, angustiarme. Tengo

ganas de vivir.

Mientras comía como un troglodita, se me ocurrió

que estaba tomando la comida como un placer controlado

por mí.

Cuando supongo que en la vida, cada

persona desea natural y fácilmente lo mejor para los demás,

me equivoco. Entre propios hermanos, la competencia, la

envidia y los celos están instalados de tal forma, que no

dejan espacio para un sentimiento constructivo.


En el sauna pensaba que todavía baso mi

acercamiento a la gente en cosas que considero sin valor,

como ser cortés, simpático (no auténtico), buen mozo,

seguro de mí mismo y en demostrar una imagen positiva sin

importar lo que me está pasando. Así creo que me muestro

"querible".

A mí lo que me pone en contacto es una

persona auténtica, sincera. Que trata de ser ella misma.

Así y todo, cuando se juntan varias personas

que se engañan al mismo tiempo y con la misma receta,

logran a menudo calmar su sensación de insatisfacción. La

mayoría de las veces con pequeñas banalidades que no

duran más que un suspiro común.

Intento imaginarme haciendo cosas sin

aparente sentido, guiado por alguna parte interna que no se

rija por mi intelecto. Quizás en algo ilógico, no planeado, sin

estética y sin objetivo, pueda aparecer realmente algo

auténtico. Pueda aparecer yo mismo, sin estar supeditado a


ninguna ordenanza o religión, ni haber estipulado de ante-

mano cuál sería el éxito o el fracaso.

Quiero ser de una forma establecida para que me

acepten. Intuyo que tiene que ver con formar parte de ese

grupo que sostiene falacias en común para lograr sentirse

satisfechos.

La insatisfacción ¿No es acaso una emoción más?

¿Me dice que tengo que encontrar lo que la haga callar o

que estoy creyendo que hay algo que me falta y que

necesito para sentirme mejor?

Me interesa cuando alguien me habla de cómo

intenta ser él mismo. Cuando las personas se sacan las

caretas.

Un buen escote me gusta, pero no me interesa.

Cuando empiezo a relacionarme con alguien, me

gusta que sea como un vincular de teatro, en donde,

mirándonos a los ojos, vamos abriendo todas las puertas


posibles para que logremos vernos por dentro. Me gusta que

haya buena intención, honestidad y respeto mutuo.

Muchas veces, al pasar la muralla que ponen como

defensa, creo que estoy violando sus reglas. Al ver su

desagrado, no puedo explicarle que mi intención es buena.

Relaciono todo esto con mi familia. Conocí la envidia

y la competencia en casa, de una forma feroz. Yo mismo me

impuse a veces a otras personas, sobre todo a la Negra,

quien en lucha encarnizada, procuraba ganarse algún lugar.

Al ser el menor, todo lo que tuve, fue de más. En

cambio, vi reflejado en comportamientos de los demás cómo

les molestaba mi presencia. Como resultado, dejé de ser yo

mismo, convirtiéndome en lo más parecido a un ente.

Cuando le quito a mi vida la esperanza de que al

encontrar una pareja, todo va a ser diferente, pierde sentido

todo lo que hago.

Si no estoy adelgazando para que me vean ¿Para qué

lo hago? Sin una persona en quién proyectar, me quedo sin


sustentación y empiezo a crearme conflictos para estar

engordando y adelgazando. De esa forma me fabrico una

insatisfacción, para luego satisfacerla.

Siempre pensé que para estar con otra persona en

pareja, debía primeramente estar conforme conmigo, con lo

que hago, con mi forma de ser. Hoy creo que no se puede

llegar a esa satisfacción, porque no existe. Porque nada nos

falta y nada nos sobra.

Me cuesta entender que el sistema para conectarme

conmigo, que tanto resultado me dio, no puedan utilizarlo

los demás. Cuando intento comunicarlo, no me creen, como

si hablara de algo tan lejano a ellos, que no lo pueden ni

empezar a ver.

Sospecho que aun podría ser una persona más

positiva de lo que me permito ser. De cualquier manera, mi

vida transcurre con una pendiente de crecimiento y

fortalecimiento que la llena de valores imperecederos,

agradables y útiles.
Es posible que por estar haciendo las cosas por los

demás y no por mí mismo, me desespere tanto cuando no

me entienden.

Me gustaría encontrar algún objetivo que merezca su

nombre. Algo que aunque sea como excusa y referencia, me

devuelva la sensación de estar yendo hacia algún lugar

definido. Cuando no me siento contenido por ese supuesto

objetivo, me alcanza una sensación alarmante de sinsentido.

Pierde valor aquello que no hago con un objetivo.

Siempre detrás de mis actividades debe haber algo que las

enaltezca, que las justifique. Sin embargo al agregarle un

objetivo a aquellas cosas que hago, pierdo su verdadera

dimensión.

Siento que todas estas reflexiones me van separando

de las demás personas. Con cada día que pasa, con cada

semana que descubro el sentido de varias de mis

emociones, me alejo de lo que vive el común de la gente.


Cada vez es más difícil expresar lo que pienso, con posi-

bilidad que se entienda.

En consecuencia, a pesar de que me considero más

sabio, más prudente y más sereno, el objetivo por el que co-

mencé este camino, se distancia más y más.

Emprendí el viaje con la intención de solucionarle los

problemas a los otros, con el fin de poder acercarme a ellos,

compartir más, de lograr ser y que sean auténticos. Y

quitarme de encima todas esas imperfecciones que

pudieran molestarles.

Por el contrario, comparto menos que antes y la

gente me rechaza en mayor medida.

Pululo por allí, en busca de alguna mujer que me

brinde aceptación. ¿Acaso lo mismo que el rechazo, no me

hablan de estar comparándome?

Pienso que son las dos caras de estar intentando

igualarme a un patrón establecido, por mí mismo o la

sociedad en la cual me muevo, si concuerdo, me acepto, si


no lo hago, me rechazo.

Es martes. Siendo casi las ocho de la noche, voy a ir

a la última clase de teatro. Doy gracias por vivir como lo

estoy haciendo. Me pasan cosas muy agradables, aunque

estimo que si no fueran así, me las tomaría bien de todas

maneras.

En el hipódromo, me dio mucha bronca que un

apostador, a quién había atendido, no se acordara de mí

cuando cobró. Parece que no me estoy acordando de mí.

Sobre todo cuando presto atención únicamente a lo que

supuestamente necesitan otras personas, obligándome a

ocuparme de ellos. Me olvido de mí, de lo que quiero y me

hace bien.

Me desperté sintiendo que algo terrible había pasado.

Insolucionable. Que cambiaba mi vida para siempre.

Cerraba el camino a la serena felicidad de mi niñez,


mientras papá todavía estaba conmigo.

¿Estoy esperando algún tipo de valoración por

haberle sido tan fiel a mi padre? Estuve durante muchos

años confiando en que no me había mentido. Aun cuando

lloviera o granizara, yo permanecí esperándolo.

Pero me mintió, tengo que aceptarlo.

-Me mentiste, viejo.

Pienso en Carolina y me da mucha pena. Me la

imagino sola y perdida, peor que antes de conocerme. Como

si yo le hubiera podido hacer algún mal.

La veo en la lucha, entre querer salir del entorno que

la perjudica pero sin animarse. Muestra cada vez más su

miseria interior, sin darse cuenta que es y lleva dentro suyo

parte de todo, de Dios.

¿Por qué nos será tan difícil darnos cuenta que somos

divinos?

Soñé que me compraba un auto grande, para poder


llevarlos a todos. Era como una enorme moto. Para mí, que

lo manejaba, era muy peligroso e incómodo.

Creo necesitar ayudar a la gente. A que descubra que

las miserias que padece, no son las causas de sus

verdaderos sufrimientos.

También que valoren que me preocupo por ellos.

Cuando paso a algún auto roto o delante de cualquier

persona que me parezca abandonada, intento estar con ella

y en parte compensarla, aunque yo no tenga nada que ver.

Hace días que tengo mi atención en esta sensación

de abandono, que creo que me está indicando que no me

estoy buscando a mí mismo. Es cierto que durante los

últimos días me preocupé de las personas que me acom-

pañaban, olvidándome de mí.

Mientras me entretenía mirando la foto de una

modelo semidesnuda, sentí angustia. Por momentos me

parece que detrás de los pechos femeninos, está la su-


puesta aceptación materna y mi propia aceptación. Me

pregunto qué querrán decir la aceptación y el rechazo de

uno mismo y me contesto que es cuando me estoy

comparando con algún modelo. Cuando creo que debo ser

de una forma determinada.

Siento que en esta navidad, estoy perdiendo la

ilusión de poder llevar a los demás a un sitio agradable. No

abandonarlos a su suerte.

Hoy mientras hablé con Susana, Cris, La negra,

Andrea, no me envolví con sus problemas. Las escuché sin

devolver lo que les pasaba. Creo que ese es mi camino, por

más que pierda la ilusión de ser el portador de una verdad,

con la responsabilidad de explicarla y, a la vez, transmitirla

a todos aquellos que no estén viendo la luz.

Estuve releyendo lo que escribí el año pasado en este

mismo día de navidad. Me gustó poder hacerlo. La diferencia

es muy grande. Crecí tremendamente. Todas las


circunstancias tienen otro sentido para mí. Antes veía el lado

destructivo de las cosas, ahora puedo ver el constructivo y

espero en el futuro poder verlas como son.

Me siento muy triste. Dos veces dejé que mis so-

brinas usaran el micrófono de mi equipo de música. Cada

vez me descompusieron algo. Nadie se hizo responsable, lo

que me da una enorme tristeza.

Me estoy indicando que no necesito que los que me

perjudicaron, se hagan responsables.

Me queda una semana para irme a Brasil. Voy a

hacer régimen para no sentirme gordo. Si lo estoy, es como

si nada de lo que hice tuviera sentido, como demostrarles

que todo lo que digo no sirve. Como si no pudiera servir de

ejemplo.

Cuando estoy gordo, tengo una sensación de rechazo

que quiero evitar.


Me parece que cuando le doy más importancia a

haber descubierto un método para conectarme con mi

interior, que a hacerlo, estoy perdiendo el verdadero valor

de las cosas.

Es la última noche de este año. Comí solo en mi

garage. Mi idea es terminar y empezar el año en pleno

contacto conmigo.

Siento angustia porque el arranque del auto no me

anda y creo que debería haberlo arreglado antes si pensaba

viajar el domingo.

Lo relaciono con papá y con que debería haberme ido

con él cuando se alejó de esta vida.

Si estoy con una persona que quiero mucho y que

por alguna razón, quizás no por decisión propia, le toca irse,

le llega la muerte ¿Acaso no debería haberlo acompañado si

verdaderamente era su camarada? ¿No me comporté como

Pedro, que negó a Jesús, tres veces?


Pasaron varios días desde la última vez que me senté

a escribir. Ahora, estoy bien ubicado en una casa sobre la

playa de los Ingleses, en Brasil. Considero más importante

que todo lo externo que me está pasando y, que es muy

lindo, al cúmulo de emociones y sensaciones que me

envuelven.

Siento tristeza, con algo de agradecimiento.

Ayer, una serie de acontecimientos me llamaron

fuertemente la atención. Fuimos a buscar a una de las

chicas al aeropuerto y, cuando volvíamos y a modo de

juego, paramos en una cabaña de un barrio pobre de

pescadores, para hacerle creer a Mónica, la recién llegada,

que era esa humilde casita la que habíamos alquilado para

pasar los días de vacaciones.

Después de las risas y ya llegados a la verdadera

casa, descubrí que me faltaba la plata y una calculadora que

llevaba en el bolsillo.

Decidido a recorrer el circuito que habíamos hecho

esa noche, partí solo en el Peugeot, con pocas esperanzas,


pero con gran determinación.

Ya se había hecho cerca de medianoche, cuando

mientras revisaba los alrededores del barrio pobre, donde

habíamos estacionado, surgió de un pasillo angosto y

obscuro, un brasilero con cara de pocos amigos, para

averiguar qué hacía yo por ahí.

Para mi mayor sorpresa, detrás de él apareció una

garota. Una mulatona de figura de deportista pulposa, con

un top sexy y una sonrisa.

Como no llegábamos a entendernos con el hombre,

ella empezó a tratar de comunicarse conmigo. Comprendió

que yo buscaba algo que había perdido y me dijo que el

pescador de la primera cabaña lo había encontrado pero,

que por desgracia, no volvía hasta las seis de la mañana.

Mirándome a los ojos, me preguntó si no quería ir a

tomar unas cervezas con ellos, que salían en ese momento y

así esperar tranquilamente a que se hicieran las seis.

Luego de recorrer caminos desconocidos, obscuros y

sinuosos, llegamos a un pub sobre la playa donde tocaba un


conjunto de hombres de color.

Sentado en la cabecera de la mesa y sin terminar de

comprender lo que pasaba, era el destinatario de las

miradas divertidas y ardientes de la dama.

Como al volver, todavía quedaba más de una hora,

para que volviera el pescador, me invitó a pasar a su casa,

en donde nos tiramos en una cama improvisada, con su

pequeño hijo entre ambos.

Tanto ella, como su hermana menor y un amigo de

la familia que estaba de visita, me trataron como a un rey.

Me ofrecieron todo cuanto tenían.

Pasadas las seis, llegó el hombre que esperábamos.

Después de un par de preguntas, para comprobar que yo

era el dueño, me devolvió el dinero.

Se me cayó la cara de vergüenza, cuando me pre-

guntó para qué habíamos estacionado frente a su casa. Le

contesté que estábamos jorobando un poco, pero mi

atención se concentraba en lo torcida que estaba mi escala

de valores. Esa noche, había estacionado frente a la casa de


ese hombre, para reírme de ella con mis amigos. Ese

hombre honrado y gentil que, además de devolverme el

dinero, me ofreció, de regalo, pescado fresco.

¿Quién debía temerle a quién?

Anoche, todo ese barrio pobre me dio una lección.

Una lección que espero no olvidar jamás.

Estoy sentado frente a una ventana, viendo como

pasa una tormenta por el mar. Viento y nubes negras.

Siento una tristeza profunda que no se si es mía o del

que compuso la música que estoy escuchando. Qué más da.

Me veo como oponiéndome o defendiéndome de

algo. Creo varado mi crecimiento espiritual. Los días

transcurren fácilmente.

Debería estar conectándome más. Buscando más.

Aprovechando más lo que me pasa.

Me molesta dejarme llevar por una supuesta acep-

tación y unidad con las personas con las que me encuentro,

aun cuando sea sólo en apariencia. Pero, por otro lado,


algunas conversaciones me muestran claramente, que

detrás de esa conveniente "normalidad", ocultan verdaderas

personas sensibles y preocupadas por lo que la vida implica.

Hasta ahora, no los miré realmente. No intenté verlos

en verdad. Quizás para no entrar en conflicto.

A pesar de que intuyo que estoy diciéndome cosas

importantes, no puedo transitar esas emociones con la

gente con la cual me encuentro. Los veo hablar sin saber lo

que dicen, sin saber de lo que hablan en realidad y sin saber

lo que les va pasando.

Varias veces en el día me veo tentado a dejarme

llevar por ese accionar colectivo, que los lleva a separarse

únicamente para dormir. El resto del tiempo se encuentran

siempre acompañados, hablando superficialmente y si pizca

de autenticidad.

Empezaron a llamarme "Sidharta", por mis ideas y la

imagen que doy. Permanentemente hacen alusiones a lo

que como, digo y hago. Sobre todo a lo que debería hacer y


lo que no debería hacer.

Sospecho en estas actitudes, una reacción a algún

tipo de presión mía. Trato por varios medios que se den

cuenta de las cosas que creo. Debe ser por algo, pero no

logro entenderlo.

Me veo explicándoles cuando algunos de mis actos

son premeditados y tienen un sentido. Me debo creer en la

responsabilidad de no dejarlos en la penumbra, cuando yo

pude encontrar la luz sobre algún asunto.

Esta mañana estuve haciendo ejercicios de control

mental y leyendo un poco para conectarme conmigo mismo.

El resultado fue muy bueno.

Muchas veces me pregunto cómo va a ser el primer

saludo que nos demos por la mañana.

Como me encontraba de buen ánimo y con energía,

me saludé muy bien con Mónica, cuando la crucé en la

escalera y, también, con Joe. Sin embargo, cuando vi a María

Inés, parada de espaldas en la cocina, no quise saludarla.


Esto también me pasa en Buenos Aires, supongo que

ponerme en contacto con mala onda, me va a perjudicar.

Estoy solo sobre una excelente casa sobre la playa.

Los demás se fueron a hacer un paseo de visita a unas islas.

Anoche cuando me invitaron, no quise ir, pero cuando

desperté esta mañana y todos se habían ido, me sentí triste.

Intuyo que una parte mía no quería ir y otra no quería que

los demás fuesen.

Estas imágenes me llevan directamente al momento

de la muerte de papá. Yo no quise acompañarlo, quizás

porque no me interesaba ese tipo de relación y, a la vez

morir, pero, por otro lado, no quería que se fuera. Seguro

que muchas cosas de esa relación me hacían sentir seguro y

bien.

Cuando comencé este camino de búsqueda dentro

de mí, pensaba que en algún momento -aún hoy lo pienso-

iba a haber una llegada a un lugar, donde todos los su-

frimientos, penas y dolores, iban a resolverse.


Entonces me confundo creyendo que sigo este

camino buscando ese alivio, cuando lo hago por otra razón

que no comprendo.

Pensé que encontrando un medio para aliviar la pena

y el dolor en los demás, iba a ser aceptado, les iba a caer

bien.

Ahora más bien se me ocurre que con esta particular

manera de pensar, es posible que sea más rechazado que

antes. Aun así, en mi movimiento, encontré ciertos valores

que ciertamente ayudan a mitigar ciertos sufrimientos y a

comprenderlos.

De cualquier modo, mi fuerza motivadora es mi

propia percepción de que hay un orden y un sentido en las

cosas que pasan. Una fuerza que todo lo envuelve. Creo que

estoy mucho más conectado al mundo que por intermedio

de mis cinco sentidos típicos.

Los demás llegaron del viaje en barco, de modo que

tuve que subir a mi cuarto para seguir escribiendo.

Estos pensamientos me parecen un buen lugar para


anclar. Muchas veces antes me pregunté el sentido de mi

búsqueda. Al ir encontrando riquezas en mi camino, supuse

que eran la razón. Pero mientras mantenía conversaciones y

discusiones con otras personas en donde intentaba

demostrarles las ventajas de mi búsqueda, a pesar de que

fuera difícil de seguir, indagaba en esos argumentos el

verdadero sentido, porque ya me había dicho que no era por

un logro, una riqueza, una sabiduría o un éxito, sino más

bien por la búsqueda de algo que tengo certeza que percibo,

que está allí.

Persigo no dejarme llevar, como los demás, por estar

permanentemente acompañado. Particularmente me

desarticula, me quita armonía.

Cuando lo pienso, podría no ser verdad, pero de cualquier

modo, es seguro que no me ayuda a encontrarme.

Me doy cuenta que dejo de ser yo mismo con los

demás, por miedo. Me escondo.


Hacía muchos días que no escribía. Recién ayer

quede completamente solo, cuando se fue Joe, el último que

quedaba del grupo.

Ahora estoy en un camping frente a una playa

bárbara. Desde donde estoy puedo ver el mar. Mi idea es

quedarme unos días acá para buscarme a mí mismo con

tranquilidad. No me resulta fácil.

El color del agua es turquesa. Estoy sentado en mi

sillita, a la sombra de unos árboles, entre la carpa y "la

nave", como bautizaron al Peugeot.

Estoy por ir a la playa, pero antes me gustaría sacar

algunas conclusiones de lo que voy pensando. Intuyo que

la mujer está representando, para mí, algo que yo creo

necesitar para estar bien. Algo que considero importante,

pero que en realidad no le es.

Hace un tiempo que escribí que la aceptación o no de

uno no tiene verdadero significado, como si uno estuviera

detrás de un modelo determinado y, de esa forma, se


estuviera autolimitando.

Ya se hicieron las ocho de la noche. El sol se esconde

detrás mío. Yo escucho a Elton Johnn, sentado

cómodamente mirando el mar.

Tomo café.

Me viene a la cabeza el momento en que discutimos

con Joe y él decidió irse a Florianópolis para volverse a

Buenos Aires antes de lo planeado.

Me viene a la cabeza la tristeza que sentí cuando

quedé solo en el departamento imaginándome su garrón por

tener que irse así.

Aun sabiendo que si se quedaba conmigo, yo no iba

a poder estar tranquilo, con una incontenible emoción fui a

buscarlo a la parada del colectivo para convencerlo que

volviera, que se quedara unos días más. Aun sabiendo que

cuando estoy con él, siento fácilmente su mala onda, su

juicio permanente y sus ganas que yo sea de otra manera,


de la que soy.

Unos días después, cuando lo llevé hasta la ciudad

para que tomara el ómnibus de vuelta a Buenos Aires,

descubrimos que en vez de venderle un pasaje directo a Bs

As, le habían vendido uno que pasaba por Rosario y no sé

cuantos lugares más. Él, indignado, no quería subirse. Yo

sentí que no quería que se quede. En ese momento pude

ver, sin lugar a dudas, que le había pedido que se quedara

para evitarle el mal momento de irse antes de tiempo y de

esa forma.

Ésta tarde, mientras caminaba por la playa, pensaba

en que creo necesitar ahorrarle momentos feos a los demás.

Ellos piensan que soy un egoísta y que únicamente pienso

en mí.

Intento imaginarme la vida sin una necesidad de

aceptación de nadie, ni de nosotros mismos, ni de los

demás. Queremos ser aceptados o nos sentimos rechazados

cuando estamos tomando como bueno a un modelo


determinado.

Si me permito hacer desaparecer, dentro de mí, a los

modelos establecidos del ser, voy a dejar de compararme y

de esa manera abrir las puertas a la vida, dándole un lugar a

la creatividad, la particularidad y la singularidad de cada

uno.

Amaneció otro día espléndido. Me desperté ocho y

media. Fui a la playa a hacer mis ejercicios de yoga y

después me quedé bañándome, barrenando y leyendo,

hasta casi el mediodía.

Me cuesta creer que aunque voy haciendo lo que

quiero, como buscarme a mí mismo y no dejarme llevar en

lo posible por deseos superfluos, me viene el deseo que

acaben estos días, para volver a la infame rutina de Buenos

Aires.

Me siento perdido y creo que es una sensación muy

rica. Cuando decido aceptar que no hay nada escrito, que no

hay modelos para seguir, me siento perdido.


Me parece que se acerca una tormenta. Me aparece

el miedo de pasar un mal momento con mucha lluvia en

esta carpa.

Hoy estuve en todos los extremos. Desde quedarme más de

lo que había planeado, hasta irme ya mismo.

Por momentos me parece que esto es lo que busca-

ba. Estar conmigo mismo en un lindo lugar. Gozar del sol.

Del mar.

En otros, quiero escapar, por la sensación de que

puedo pasarla mal. Como cuando me meto mucho en el

mar, no compro las cosas que quiero antes de que cierren el

supermercado o cuando pienso en que no tengo linterna y

me puedo quedar a obscuras en un momento difícil.

En casi todos esos momentos, empacaría y volvería a

casa, pero estoy seguro de que la cosa no pasa por ahí.

Estoy escuchando muy buena música y la tarde está

muy linda. Sobre el mar está despejado, con un horizonte

entre celeste y rosa. Sobre mi cabeza, en cambio, los

nubarrones tienen intención de mojarme.


Se empieza a formar en mi cabeza una idea para

indicarme que estoy preocupándome por mi profesión, por

mi futuro, porque cada vez estoy más pelado, porque se me

está pasando el cuarto de hora.

Empezaron a caer gotas. Escribo debajo del techito

de la carpa, como si fuera un porche. Ya casi no tengo luz, ni

linterna. Llovizna y apenas alcanzo a ver lo que escribo.

Lo que uno imagina que puede pasarle, parece ser

siempre peor, más terrible que la realidad del hecho. Mi

sopa marcha en popa. Disfruto la lluvia, sentado cómoda-

mente en mi sillita, debajo de la antecarpa.

Me preocupa la sensación de hostilidad que siento

del mundo hacia mí. Ya he comprobado que actitudes

hostiles, no necesariamente significan un verdadero rechazo

de la otra persona hacia mí, sino que a veces es todo lo

contrario. Por eso, me interesa separar rechazo y hostilidad,

y a ambas separarlas de todo lo que sea mala onda y

agresión.
Supongo que todo esto proyecté esa noche que vi

como dos arañas intentaban alimentarse cada una de la

otra. Me pareció sumamente agresivo y difícil de soportar

que la que venciera se alimentara de la otra.

La más pequeña y de patas largas era la que pro-

movía la lucha. Intentaba arrastrar a la otra -más grande y

maciza pero de patas más cortas- hacia sí. Cuando para

hacerlo se afirmaba acercándose lo suficiente, la que

tomaba el rol atacante, era la más voluminosa. Entonces, la

cazadora, se convertía en presa. Al ser más ágil, la pequeña

se alejaba a tiempo y la función comenzaba de la misma

manera, una y otra vez.

Estuve un largo rato mirando esta demostración, con

todo el alcohol de una salida nocturna y todo el cansancio

de la madrugada, hasta que convertido en bestia, intenté

envenenarlas con insecticida.

De alguna manera pienso que Susana y Joe res-

ponden hostilmente hacia mí, porque sienten que los


amenazo de alguna manera. Pueden tener razón, porque

aborrezco mucho de lo que ellos piensan.

Aceptar la mala onda de alguien, sabiendo que es

algo real, se me hace muy difícil. Por ahora me opongo a

todo el mundo que me tire mala onda, inclusive si está

motivada por sentimientos positivos.

Otra vez Buenos Aires. Otra vez mi cuarto, mi

escritorio. Otra vez Pink Floyd ¡Mi equipo de música! ¡Otra

vez mi moto! Mis cuadros, mi teléfono, mi cama, mis cosas.

Yo.

Depender de los demás me hace sentir inseguro.

Como si perdiera mis derechos, mi espacio y tiempo propios.

El conflicto aparece cuando intento hacer el inter-

cambio. Entonces, vendo mi libertad, mi seguridad y la

confianza en mí mismo, por la supuesta promesa de un

bienestar mayor. Durante ese lapso, vivo caminando por


una cornisa. Soy una persona al borde del precipicio, muy

fácil de derrumbar por la no aceptación ajena, que

convertiría todo el esfuerzo, automáticamente, en un

sinsentido.

Hay veces que mendigo alimento para un ego que

me aleja de mí mismo. Cuando resulta, entro en un círculo

que se mantiene a sí mismo. Cada vez quiero agrandarlo

más. Como un jugador, subo la apuesta. Al final, termino

siempre con la aceptación y admiración de los demás, como

mi propio carcelero. Se convierten en mi amo.

Aquí estoy, sentado frente a mi escritorio en un día

espléndido de fin de verano, pensando que debería estar

buscando alimento para mi amo y señor, mi ego.

Cuando no me dejo llevar por lo corriente y superfluo,

e intento ser yo mismo, me viene la sensación tan temida:

aburrimiento.

Ante ese vacío automáticamente trato de buscar


algo, querer hacer algo o tener deseos que perseguir y tratar

de cumplir. Aun cuando hubiéramos comprobado con

anterioridad que no nos llevaron a nada. (me parece

importante como comencé la frase en singular, para ter-

minarla en plural. Estaba pensando en las ganas de ver a

ciertas personas con las que tuvimos algún affair que no

resultó) Seguramente si quisiera volver a verlas, me en-

contraría frente al mismo problema.

Estuve intentando conseguir con lo de Mac. Me pone

muy nervioso hacerlo. Esa como tratar de comunicarme con

quien no está. Como tratar de hablar con alguien que

quisimos, pero que ya no está. Es como tratar de hablar con

papá.

Relaciono todo esto con el vacío que queda en mi

vida cuando me tiene a mí mismo como protagonista.

"El protagonista", debería llamarse la historia de mi

vida. Sin embargo, permanentemente busco metas que

justifiquen mis acciones. Como si quisiera encontrar una


razón que le de sentido a mi vida. Una razón superior a mí

mismo.

Todo el día estoy pasando el tiempo. Me parece que

lo pierdo. Con la impresión que debería estar haciendo otras

cosas de las que hago. Fundamentalmente porque no hago

nada muy útil.

Hoy fue un día lluvioso. Ya son las seis de la tarde. Vi

una película por video y comí, y comí, y busqué el video e

hice alguna compra.

Ahora, veo mi día como un desperdicio. No me

preocupa el tiempo que perdí, sino el que tengo por delante.

Voy a hacer un esfuerzo para ir a correr.

En general estoy muy desganado. No encuentro

ganas de leer, ni de escribir. Me gustaría ver solamente

películas buenas y leer cosas buenas, que me gusten. Pero

¿Cómo hace uno para encontrar personas, películas y libros

que le gusten, sin probar y estar con aquello que no le

gusta?
Estoy transitando mi primer ayuno después de

mucho tiempo. Cuando dejé de hacerlos, me alejé de mi

mismo. Comiendo puedo mantenerme apartado, cosa que

no puedo hacer mientras ayuno. Se vuelve insoportable.

Por eso vuelvo a hacerlos. Para no permitirme jugar a

las escondidas por más de cinco días seguidos. (los otros

dos ayuno)

El miedo me habla de la indestructibilidad de mi

alma. Inclusive cuando podemos ser lastimados físicamente

y aun asesinados, no podemos ser destruidos.

Si verdaderamente los demás son tan indestructibles

como yo mismo, entonces ¿Por qué y para qué ayudarles?

¿No sería ayudarles a sostener sus caretas? ¿Cuál sería

entonces una ayuda real?

Aquella que los ayudara a ponerse en su eje, aquello

que los acercara a su autenticidad.


Me aparecen dudas con respecto a esto ¿Las cosas

no están bien, aun cuando tenemos caretas? Pienso que no,

creo que la careta, como la mentira es lo que más nos aleja

de nosotros mismos. Es el antídoto contra la autenticidad y

por lo tanto lo contrario al crecimiento y desarrollo.

Considero que cualquier suceso o circunstancia

puedo ser beneficiosa para mí, siempre que la viva au-

ténticamente. Siempre que mis emociones sean genuinas y

me permita transitarlas. Pero ningún beneficio puedo

extraer de situaciones, supuestas por la mayoría como muy

buenas, si no transito auténticamente las emociones que

ellas derivan en mi interior.

Hoy fui a una clase de tercer año de teatro. De golpe,

Inés me dijo que pase a actuar. No estaba preparado. Actué

basándome en hacer lo que sintiera orgánicamente. Me

pareció que a pesar de que no había logrado mi objetivo, en

el trabajo había sido bueno. Sin embargo, la crítica fue mala.

Inés dijo que se diluía.


Cuando Inés hace la crítica, sentí angustia.

En el momento en que la opinión pública es contraria

a mi opinión personal, pienso que nada puedo hacer, que en

nada puedo confiar.

Si no puedo confiar en mí mismo ¿En quién puedo

confiar? Ya hace bastante tiempo que circulo con esto de

confiar o no en uno mismo.

Por un lado, si vos confiás en vos ¿Es porque pensás

que tenés razón, aun cuando los demás opinen diferente?

Por otro, si no confiás en vos ¿Es que es posible que

estés equivocado, aun cuando los demás te den la razón?

¿Puedo confiar en mi intuición? Esta pregunta

descubre mi conflicto actual: ¿Puedo fiarme de lo que

presiento? ¿Puedo dedicarme a tratar de desbaratar caretas

confiando en lo que mi intuición me dice?

¿Está bien que confíe en mí mismo?

Me iría a dormir.

Sigo con el ayuno. Me siento derrotado. Me siento en


falta. Como si no hubiera hecho mi deber, y a la vez, como si

me hubiese dado cuenta que no voy a poder hacerlo

tampoco en el futuro. Y tiene que ver con que mi deber no

depende únicamente de mí.

Fue una improvisación con otra persona. No puedo

hacer yo una excelente improvisación de a dos. Se hace de

a dos. Mi deber aparece más allá de mí mismo, y tiene que

ver con otras personas.(Como el sueño que tuve, en donde

me quedaba porque tenía que hacer algo que los demás no

sabían hacer. Pero dependía a la vez, de que ellos hicieran

su parte.)

Como la emoción que sentí, después de la improvi-

sación, y ante la crítica de Inés, fue angustia, me está

llamando la atención con respecto a que eso mismo me está

sucediendo más profundamente en mi vida.

Estoy tomando la responsabilidad por algo que no

me atañe solamente a mí.

Me siento perdido. No porque mi vida no vaya


avanzando hacia un rumbo definido, aunque no sepa cuál

es, sino porque no actúo al personaje que seguiría mi

camino, sino a otro. Y allí aparece mi conflicto.

Es como si fuera a la playa, vestido con ropa de

esquiar. Pero cuando me pongo traje de baño, y estoy con

personas vestidas en ropa de sky, me siento fuera de lugar.

Cuando me visto con ropa de sky, pierdo el

sentido de mí mismo.

Dentro de un rato voy a ir a trabajar. Cuando

voy al hipódromo me pongo la ropa de sky y trato de ganar

la mayor cantidad de plata posible, como si eso fuera el

sentido de mi existencia.

Sospecho que es por ello que me cuesta tanto

ayunar en el trabajo.

Cada vez que salgo de noche, es como una

prueba, para ver si puedo competir en "la carrera de los

solteros", y darme cuenta si mi imagen es deseable en el

mercado de la calle.
Muchas veces por ello, siento angustia. Como

si fuera a remate.

Supongo que la angustia me indica que en otras situaciones

estoy haciendo lo mismo. Estoy midiendo todos mis actos

según su supuesto valor. Tasándolos para determinar si mis

actitudes son valiosas ¿Es más valioso querer enseñar que ir

a nadar? ¿Es más valioso pensar que ganar plata?

¿Qué es más valioso, ser yo o un hombre de éxito?

Mientras siga tasándome permanentemente, no

importa la escala de valores que utilice. El estar valuando

permanentemente mis actos y mis actitudes hace imposible

que pueda ser yo mismo.

Aquí es donde me doy cuenta que estoy siguiendo

este camino de casualidad. Engañándome al convencerme

que en algún nivel, agrandando y profundizando mi

conciencia, voy a lograr disfrutar más y lograr un mayor

valor en el mercado de las personas en el mundo.

Pero si comprendo, no voy a necesitar salir al

mercado para venderme.


Llegó el otoño. Un día fenomenal. Me enojé mucho

conmigo mismo cuando al querer ganarle a Turu jugando al

squash, empecé a pegarle tremendamente mal.

Estar sentado frente a mi escritorio, escribiendo, me

causa una sensación de placer mayor a lo que me permito

admitir.

El hecho de intentar ubicarme sobre mi propio eje y

disfrutar estar tranquilo y solo, aprovechando lo que

conseguí con esfuerzo mirando hacia mi interior, se me hace

incompleto. Siento que debiera esperar algo más. Me siento

egoísta y juzgo que debería ir por otras almas, para

mostrarles este camino que no me animo a hacer solo.

Por otro lado, me parece que cuando no me permito

disfrutar plenamente el gozo de escribir, es como cuando

empiezo a pegarle mal a la pelota de squash. Esto

aparece con la necesidad de triunfar, de competir, de

juzgarme y de venderme.

El éxito y la aceptación ajena no son valores esen-


ciales, pues no me conducen a nada. No me acercan a mí

mismo. Me alejan.

Me pregunto si ayer no oculté con la bronca una

tristeza. Es posible que así lo haya hecho. La tristeza me

estaría indicando que yo no necesito ganarle a Turu, para

vivir. Que no necesito triunfar para lograr imponer mis

métodos, como una forma de ser escuchado y atendido en

una sociedad donde el segundo no cuenta.

Tiene sentido decirme que no necesito triunfar para

que los demás conozcan y escuchen aquello que voy

descubriendo en mi camino.

¿Cómo podría ganar una carrera si voy por otro

camino?

En estos días estuve muy conectado con la tristeza.

Hoy vi a una chiquita llorando en la farmacia y casi lloro yo

también.

Estoy por cumplir años y me doy cuenta que en


realidad a nadie le importo un carajo. Pocas personas me

conocen realmente y, de ellas, a casi ninguna le interesa lo

que me pase. Eso me da mucha tristeza.

Llegó mi cumpleaños. Mientras escribo embargan a

mamá en la parte alta de la casa. Lo vivo como algo terrible.

También a que se me haya roto el auto y, también, que esté

resfriado.

Vivo estas cosas como una pesadilla. No consigo ser

objetivo y lo veo desdibujado, como si fuera una película de

terror.

Estos días en que hace calor me transportan a esos

días quietos que pasaba en la casa de San Isidro, sin tener

nada que hacer, escuchando el sonido de las chicharras.

En esos días me imponía estudiar, para lograr un

pasaporte a la normalidad y al reconocimiento.

Reconocimiento. Algo que busqué desesperada-

mente por muchos años y que sigo sin comprender su sen-

tido. ¿Qué hay detrás de buscar el reconocimiento de los


demás?

Hay veces en que las emociones me abandonan. No

me guían, ni me hacen sentir que mi alma está allí. Por el

contrario, aparece una calma chicha, un silencio alarmante.

En esos momentos no tengo ni idea la razón por la

que hago las cosas a ningún nivel y me siento en anarquía,

solo y desvalido.

En cambio, mientras estoy triste o enojado, o alegre o

abatido, tengo confianza, porque en la profundidad de mí

mismo, mi alma, esa energía divina que provoca mis

emociones, guía mis pasos.

Cualquier cosa podemos perder, menos el alma.

El camino que muestra el sentido de las cosas que

me van pasando y como son en mi provecho, se encuentra

ahora con otro, en el cual lo que pasa no depende exclu-

sivamente de mí.

Tiene que ver con la improvisación del otro día, en la


cual, si bien yo estaba permeable, como el otro actor no se

vinculaba conmigo, no pude lograr el vínculo. O sólo hubiera

podido lograr ese vínculo, sin vínculo.

El otro día, en dos oportunidades hice propio un

problema que no era mío. Y sentí angustia.

El saber que hay fuerzas que no domino, me in-

tranquiliza. Me hace pensar que las cosas están mal hechas.

Que es injusto.

Quizás esté queriendo mayor participación, que los

demás huéspedes, en el mundo.

El resfrío me joroba desde hace rato y no le en-

cuentro un sentido. Quizás sea para boicotearme el éxito de

mis empresas, como pegarle mal a la pelotita, cuando juego

squash. ¿Con qué sentido voy contra mi propio éxito?

Hace más de una semana que se me rompió el auto y

no lo arreglé. Eso es raro en mí. Algo debe querer decir.

Mi problema, en este momento, es que estoy cum-

pliendo años y que, a pesar de haber tomado las medidas


para estar en mi eje y sentirme en contacto conmigo mismo,

no estoy bien.

Esto no quiere decir que esté alejado. Mi presente es

estar resfriado, contrariado por las muchas cosas que hago

en contra mío, a las cuales no logro sacarles provecho.

Si bien me dije que no necesito el éxito, cuando no

me permito tenerlo, me enojo y considero que me estoy

perjudicando, por no dejarme tener algo que no tiene valor.

Mientras me entrenaba para correr la maratón de

Nike, iba pensando en superar a otros, para ser mejor que

ellos. Compito bajo la excusa de que el deporte me hace

bien. Creo que quiero demostrar que estoy mejor que los

demás, para que me sigan. Intento lograr un éxito que me

permita cambiar el mundo y como están las personas en él.

Hice unos chacras y me di cuenta que no quiero

mostrar debilidad ante los demás. Me sentí mucho mejor del

resfrío y me fui a entrenar para el domingo. Otra vez, al

sentirme competitivo, me esforcé y me contracturé una

pantorrilla.
Apenas me siento mejor, vuelvo a competir, en vez

de disfrutar las cosas de otra manera. Si se desvaneciera el

dolor en la pierna, seguro que estaría pensando si voy a

correr más rápido que Joe.

Me gustaría poder comprender el sentido de toda

esta competencia, porque no creo que sea simplemente un

error mío.

Aún hoy me da vergüenza trabajar en una ventanilla

del hipódromo. O por lo menos me hago cargo de la

vergüenza que les da a otros. Vergüenza ajena, supongo.

Hasta mis logros más importantes, parezco dedi-

carlos a una competencia, en la cual, si es que se beneficia

alguien, son quienes no compiten.

Corrí la maratón. Con un gran dolor en la pierna

y mucho calor. Sobre el final me prendí con otro corredor,

intentando ganar una carrera personal. En esa carrera


desenfrenada por superarlo, perdí mi visera.

Físicamente me sentí muy mal por ese esfuerzo final

hasta la meta. Con una gran deuda de oxígeno.

Como escribía ayer, de la competencia que esta-

blecimos con ese otro corredor, se benefició alguien que no

participó. Supongo que alguien del público o que corría con

nosotros, que cuando se me cayó la visera, la levantó y se

quedó con ella.

Cuando el año pasado, empecé a leer mis emocio-

nes, me pareció descubrir la forma de librarme de las

caretas y de emociones y situaciones penosas.

Me imaginaba la vida, con el mismo sueño o ilusión anterior,

pero con un punto de vista diferente.

No pensaba entonces que cada mensaje que me

llegó de ahí en más, iba a estar tan en contraposición con

esa ilusión de vida.

Si durante el principio era el éxito lo que más me

interesaba, cada vez que se presentaba una oportunidad,


por medio de la alegría o la tristeza, mi alma estaba allí

para indicarme que no era eso lo que necesitaba.

Si mi preocupación iba por como obtener dinero y ser

poderoso, mi alma a través de la envidia a alguno que

representaba eso, me mostraba que no era lo que deseaba.

Cuando me preocupo por como voy a mantenerme

económicamente en el futuro, contracturo la parte baja de la

espalda (falta de apoyo financiero), para indicarme que me

quede tranquilo.

Siempre quise aceptarme a mí mismo. Pero a través

de esa emoción mi alma me indicó que era una forma de

estar comparándome con el resto. Que soy único, y no

necesito aceptarme, ni rechazarme, sólo ser auténtico.

Cuando empiezo a ponerme contento por la moto

que tengo, automáticamente dejo de querer prestarla. Un

indicio claro de que la estoy sobrevalorando.

Cada vez que imagino al mundo y a la vida de una

forma determinada, y empiezo a actuar en concordancia,

aparece mi alma, diciéndome que no es asá, ni asá.


Cuando creo que el sentido de mi vida está en

divulgar esta forma peculiar de pensamiento y en ayudar a

las personas a quitarse las caretas, invariablemente siento

angustia, por estar haciéndome cargo de los demás.

Mi interior anula todo tipo de ilusión. Tanto de las

cosas que quiero poseer como las que quiero lograr de mí

mismo.

Generalmente vivo la sensación de estar buscando

tranquilidad en mi días. Una serena seguridad de un futuro

cierto. Sin embargo, mi alma se opone con aullidos

angustiados en mi interior. No hay que controlarlo todo. De

esa forma no se puede vivir.

Pepe me invitó a un almuerzo en el centro, para

festejar su cumpleaños. Se me hace difícil estar sin careta

frente a gente que tiene una puesta.

Aunque siempre pensé que cuando me encontraba

con alguien con careta, tenía solamente dos posibilidades:

quitársela o ponerme una, ahora se me ocurre que ello


demuestra que no puedo resistir la observación de los

demás. No me gusta ser el único expuesto.

Un compañero de teatro me preguntó cuantos años

había cumplido. Yo le respondí: uno. No le dije treinta y tres.

Eso me sorprendió, y decidí buscar entre estos

escritos, para ver si encontraba alguna señal de ese

supuesto nacimiento.

Hace exactamente un año, escribí mi renacer. (pág.

142)

Temo que cuando empiece a acercarme a mi eje,

desaparezca la guía de mis emociones y no sepa qué hacer.

Encontré la fortaleza detrás de la debilidad. Soy más

fuerte cuando acepto mi debilidad. No necesito esconderla,

ni negarla.

Visto desde el afuera, podría aparecer como una

flojedad, una flaqueza.


Ser auténtico dejándose llevar por la verdadera

corriente vital de uno, no pasa por perseguir los deseos, sino

por escuchar más profundamente.

Mi guía son todas mis emociones.

Ayer aparecieron ante mí los ídolos de barro a los

cuales dono mi vida. Apareció la necesidad de controlar las

cosas que me pasan. La ilusión de poder hacernos cargo, a

través del dinero, de todo lo que necesitemos. El éxito para

poder ubicarme en donde supuestamente tendría que estar.

Para poder colgarme, tipo árbol de navidad, todos los

adornos. Para poder elegir. Para poder hinchar el pecho y

opinar. Opinar y que nos escuchen porque tenemos éxito.

Pero seguramente nos escucharían las personas que

persiguen la misma ilusión. La necesidad de lo socialmente

valioso, para vivir como hay que hacerlo. El verdadero valor

de vivir, de ser uno mismo y transitar en forma valiosa -por

lo única-, fue reemplazado por creencias, en donde las


diferencias de las personas, son desniveles de valor y de

poder.

Ayer descubrí que estaba aceptando al dinero y a la

autoridad como valores dignos de alcanzar con esfuerzo. La

belleza completa el trío de valores que no comprendo.

Cuando veo una mujer hermosa, siento angustia.

También, en muchos casos impotencia.

La impotencia me indica que estoy queriendo incidir

sobre otras personas. Es verdad. Quiero cambiarlas, que me

escuchen, que se den cuenta, que dejen de sufrir

gratuitamente.

La angustia me lleva a una llamado de atención. No

puedo descubrir cuál es.

Me enoja que las personas se violen a sí mismas,

cuando acceden a hacer cosas, por miedo a un mal que

suponen mayor.

Si me enoja es que estoy haciendo lo mismo, con-

migo, en mi interior.
Quizás una de las primeras cosas que deba aceptar

que voy a perder si persisto en este camino, sea el

entendimiento, el reconocimiento y la aceptación de los

demás. Voy a quedar por fuera de su límite de aceptación y

comprensión. Por fuera de su punto de vista. ¿Quiero

hacerlo?

Si bien me atrae la sensación de pertenencia social al

estar haciendo lo que supuestamente se debe, no puedo

aceptar seguir poniendo el punto de equilibrio de mi

persona en los demás.

Anoche soñé que a Joe le daban una propina de dos

mil dólares. Yo lo envidiaba muchísimo. La emoción me

estaba devorando, hasta que comprendí que me indicaba

que yo no deseaba eso.

Me cuesta muchísimo creer que no quiero tener las

cosas que da el dinero.

Me muevo con demasiada preocupación y miedo al


violar las reglas generales de la sociedad. No tomo con

alegría mi forma de vivir y lo que me pasa con este nuevo

punto de vista.

El miedo es algo que se me está presentando últi-

mamente. Tengo como una sensación de inseguridad al

intentar recorrer caminos, de mi interior, desconocidos.

Se que el miedo me habla de la indestructibilidad de

mi alma y de los fáciles de destruir que son los bienes

mundanos.

Considero los sucesos de mi vida y a mis emociones

concurrentes, como si fueran cartas de Dios. Pero muchas

veces veo como se me van acumulando, sin que logre

comprenderlas.

Recién hablé con Josefina. Le dije que siento que

cuando intento ayudarla a conectarse con ella misma, recibo

mucha agresión.

Me dio las gracias. Trato de hacer algo que me

parece importante.
Hoy sentí mucha tristeza y lloré viendo la película:

"Tomates verdes fritos", cuando el tren mata a su hermano y

ella queda sola, sin que nadie la comprenda. Cuando lo

escribo, me caen las lágrimas.

Muy poca gente me comprende. Entiende lo que trato

de hacer. Muy poca gente puede realmente comunicarse

conmigo.

Imagino que la gente debe pensar que no busco el

bien de las otras personas cuando intento que se conecten

con ellos mismos.

Es increíble que cuando me veo con buenas inten-

ciones, desconfío. Como si no pudiera ser que en este

mundo, una persona común y corriente como yo, las tuviera.

Aunque yo no soy ni común, ni corriente.

No se si esta duda proviene de una razón que estoy

ocultando o simplemente de haber sido educado

desconfiando del género humano.

Ayer mientras me preguntaba por qué comía tanto,


se me ocurrió que cuando una persona muestra sus debi-

lidades, es mucho más fácil para los demás hacer lo mismo.

En cambio, cuando uno se muestra seguro de sí

mismo y perfecto en cierta medida, a las personas se les

hace mucho más difícil.

Si para mi intención de que las personas se pongan

en contacto consigo mismas conviene que este gordo, ¿Por

qué no estarlo? ¿Realmente es eso lo que deseo?

Evidentemente hay cosas que no quiero perder, pero

voy a perderlas si realmente busco la verdad.

Si mi interés pasa por vivir y estar en contacto

conmigo mismo y que los demás puedan hacer lo mismo,

¿Qué me importa si estoy gordo o flaco? ¿Qué me importa si

soy lindo o feo? ¿Qué importa si "puedo" o no? ¿De que me

serviría ser un gran seductor o una persona amada? ¿No

sería lo mismo que ser odiado?

En general digo que en Buenos Aires la paso bien.


Que hago una vida que me gusta. Pero muchas veces me

despierto ansiando cosas que no tengo. Una y otra vez

envidio a las personas que veo que se vinculan. Aun

cuando veo como prontamente se dejan de lado, sigo

queriéndolo.

No querría tener que esforzarme, ni tener ningún

impedimento para lograr lo que quiero.

Sospecho que el sostener un objetivo y perseguirlo,

me convierte en una bestia. A pesar de que tome actitudes

socialmente aceptadas.

Últimamente, cuando veo a alguien llorar, siento

algún tipo de regocijo. No porque esté sufriendo, sino

porque está en contacto, viviendo. Sólo me molesta que se

engañen y que, de esa forma, dejen de vivir sus vidas.

Hice unos chacras y cuando estaba por el entrecejo,

me esforcé por verme a mí mismo.

Me vi como una persona con una gran necesidad, con


un gran anhelo de caer bien, de ser querido, aceptado. No a

cualquier precio, no ya al precio de perder mi identidad. A la

vez me vi dejado de lado por la gente, solo. No querido.

Me siento triste con esto. Pero cuando leo esa tristeza

y comprendo que no necesito que me quieran, me viene una

gran desazón. Digo: -Bueno, no los necesito. Pero lo digo con

despecho. Quedo dolido.

Creo que cuando papá murió, me hizo sentir muy

triste. Esa tristeza me indicaba que yo no lo necesitaba para

vivir. Pero esa no fue la única emoción que sentí cuando él

se fue. También me sentí muy solo, olvidado y poco

querido. También dolido.

Éstas son emociones que aún tengo que leer para

saber que están indicándome.

Esto crea un problema en mi relación con otra gente.

Me siento herido por sus actitudes.

Me acabo de enganchar con mamá y Susana. Se

inundó el piso del garage, porque estaban lavando para


Susana. Reaccioné con mucho enfado. Hice un gran es-

cándalo que no creo que haya sido mío.

Sentí que había una bronca que sacar, pero no creo

que sea por lo que pasó. No me preocupa demasiado que se

haya mojado el cuarto y no pasó nada más.

Me parece que actué como emergente de algo de

mamá. Y me llama bastante la atención.

No sé para donde ir. No sé por qué preocuparme, no

sé en que ocuparme. Estoy harto. Harto de estar luchando.

Harto de que las verdades se escondan, de buscar lo que no

deseo y esquivar lo que deseo. Estoy harto de las personas,

de su pequeñez, de sus temores y su decisión de quedarse

donde están, de no aventurarse. Estoy harto. Harto de la

vida. Harto de luchar por nada. Harto de ocultarme de mí

mismo. Harto de no sentirme acompañado nunca. Harto de

darme cuenta que ni yo mismo me entiendo. Estoy harto de

que sea tan difícil. Harto. Cansado. No hay descanso, no hay

interrupción. No quiero ponerme la careta y, si no me la


pongo, no dejo ni un solo minuto de estar elucubrando.

¡¡¡ESTOY HARTO!!!

Estar harto es una emoción que me indica que no

estoy queriendo cambiar mi visión de la vida.

Es verdad. No quiero cambiarla. No quiero perder

más ilusiones. Creo que necesito alguna ilusión, sino no me

va a quedar nada. Me creo "nada" sin ilusiones.

Volví a llamar. La primera vez estaba durmiendo.

Ahora ya se había ido. Lógico. No quiere verme. Siempre

que quiero salir con alguien, la persona no quiere verme. Me

siento triste. Triste y dejado de lado. Solo. Con nadie con

quien poder compartirme. No puedo ayudar a nadie en lo

que creo que es verdaderamente importante. No puedo

transmitirle a nadie que estoy ahí. Que me pueden buscar,

que estoy presente para escuchar a su alma.

Me siento una basura. Un ser despreciado. Un alma


despreciada.

Ahora voy a intentar leer que quiero decirme con

toda estas emociones. Hablan mucho de mí, de lo que me

está pasando, de mi último estado de conciencia. Hace

tiempo que "sufro" estas emociones, este luchar sin armas,

este exponer mis heridas y mis temores con el propósito de

poder conectarme. No soy sutil. Nunca lo fui. Ésta es una

lucha sin fin.

Creo que expuse mi necesidad. Como si le hubiera

dicho: -Por favor, ya sé que me trataste mal. Igual quiero

verte. Necesito estar con alguien auténtico. Necesito ver lo

que realmente vale. Estar entre ello. Rodearme de ello.

Necesito ver como las personas "viven". Como son ellas

mismas. Cómo se expresan como verdaderas personas. Eso

sería para mí no estar solo. Sería encontrar lo que siempre

busqué. Necesito ese contacto con otras almas. No

poseerlas, pero por lo menos verlas. Poder mirarlas. Lograr

una pequeña comunicación.


Siento gran tristeza.

¿Qué me dice esa tristeza? Que no necesito todo eso. No

necesito contactarme con las demás personas a mi antojo.

No me hace falta gente auténtica, expuesta y emocionante,

para poder vivir.

Ante esta verdad me siento impotente (estoy

queriendo incidir sobre los demás).

Estuve la mayor parte de mi vida intentando que los

demás reconocieran el mérito de mis actos. Una vez

que le quito al acto ese sentido, me pregunto si de cualquier

manera vale la pena actuar.

Sí. Vale la pena para mí. Tiene sentido para acer-

carme y conocerme.

Hoy pensaba que sentirme solo, tiene que ver con

pensar que debería poder compartir mi alma con alguien. Lo

cual me parece imposible, por lo menos en forma real.


Creo que resisto no gustarle a nadie. No puedo

aceptar ser rechazado. Y no puedo aceptarlo porque

considero que necesito gustarle a alguien.

Estuve tentado a salir a dar una vuelta para conocer

a alguien que me guste, que me atraiga. Sin embargo,

todavía creo necesitarlo. Todavía creo necesitar una pareja,

estar acompañado por una mujer, para sentirme bien.

Mientras considere que necesito gustarle a alguien,

voy a acomodarme para gustar. Y eso es trucho. No es

auténtico para nada. De esa manera nunca podría

disfrutarlo. Nunca sería verdaderamente valioso.

Hoy es domingo. Domingo por la tarde. Domingo de

sol. Domingo de mucha familia.

Sin embargo, yo estoy solo en mi garage.

Me parece que muchas cosas estoy diciéndome. Mi

alma no deja de estar conmigo, de transmitirme cosas, de

darme emociones. Aun cuando todavía no pueda enten-

derlas y comprender su mensaje.


Llamé a Inés y aunque le dejé dicho que había

llamado, no me contestó. Me siento dejado de lado. Que no

les importo. Pero me parece que el centro de lo que estoy

diciéndome no pasa por allí, sino por el hecho de quedar sin

posibilidades, fuera del juego, cuando otra persona no

contesta mi llamado.

Cuando en una noche fría, como ésta, uno se queda

quieto por un tiempo, mirando hacia las estrellas, con el

vapor saliéndole con el aliento y la nariz fría. Cuando uno

percibe el enorme mundo en que vivimos. La profundidad de

sensaciones que recibimos débilmente, uno sabe que la

única forma que conocemos de llegar a eso o por lo menos

rozarlo, es por medio de las ilusiones. Supuestas situaciones

en las cuales nos podríamos sentir unidos a todas esas

estrellas, nos podríamos sentir en nuestro lugar, sin

necesidad ni compulsión por desear otra cosa. Sin arranques


impulsivos hacia un movimiento, un cambio de posición, de

lugar o de percepción.

Imaginamos encontrar en una supuesta situación,

aquello que no podemos hallar dentro de nosotros. Quizás

busquemos lo que no existe y las estrellas vivan

exactamente como nosotros, sin un momento de serenidad,

sin un momento de quietud. Por el contrario son puro

movimiento, puro quemarse, transformarse, disolverse y

volver a formarse.

Y quizás sea por eso que hoy yo las veo aquí.

Un guardavida amigo me señalaba que nado con el

concepto del esfuerzo. No con el del placer. Del mismo

modo, en mi vida, si bien pude avanzar mucho en la

concepción de como crecer y como escucharme, de como

sacar provecho de lo que me pasa y como aumentar mis

canales perceptivos y la amplitud de visiones diferentes,

sigo viviendo como si fuera una lucha. En ella catalogo de

armas a mis nuevas formas de ver la realidad y de enemigos

a todos los obstáculos que se interponen en mi supuesto


fluir.

Ahora, con mi tobillo torcido, me siento derrotado y

débil para enfrentarme con la vida. Ella me vence cuando

me alcanza alguna incapacidad.

¿Acaso no establecí anteriormente que un ciego vive

tanto como un vidente? ¿Por qué intento todos los días

tomarme este don que es la vida como un enemigo, como

alguien a quién hay que vencer? Vencer o fracasar.

Cómo se puede vencer no habiendo lucha, no lo sé.

Éste nuevo rumbo, el camino que estoy llamado a

seguir, nada tiene que ver con beldades aparentes, con el

brillo del oro o con las asombrosas bellezas de todo tipo.

Tiene que ver, sin embargo, con una estética más real y

profunda.

Aparece en mí una resistencia, porque cada vez de

una forma más marcada, los preciados valores que voy

obteniendo por medio de mi esfuerzo y mi penoso deam-


bular por los eventos, van perdiendo notoriedad. Cada vez

se ocultan más al espectador poco diestro.

Quizás sólo alcancen a reconocerlos las personas que

buscan, al igual que yo, otro tipo de valores, menos

asombrosos y relucientes, pero duraderos.

Aun así, me asombra la facilidad con la cual me

vuelvo a subir al tren de las cosas materiales, adornos

superfluos, como bombas en el árbol de Navidad. La

facilidad con la cual intento colgarme lo que la gente acepta,

busca o admira y rechazo lo que queda fuera de moda, lo no

aceptado. Los adornos que mis modelos rechazan.

Me asombra la facilidad con la cual permito que me

lleven por caminos sin sentido y sonrío para mostrar mi

agrado como si fuera un animalito buscando agradar a

nuestro amo.

La facilidad con la que en este desorden humano, nos

hacemos esclavos unos de otros, somos mascotas unos de

otros y perdemos nuestra libertad a mano de otros. Cómo


otros de buen grado se colocan los grilletes para ser

nuestros "esclavos".

¿Qué puede ser tan trágico y tan terrible en el alma

humana, para que con esa facilidad entreguemos nuestra

individualidad y nuestra forma única de ser, que mostramos

a cuenta gotas y en aquellas raras ocasiones en que nos dan

permiso?

Estoy triste. Triste. Triste. Por no encontrar esa

comunicación con las personas que pensé que iba a lograr si

abría mi camino, si aprendía más canales, si cambiaba.

No importa el cambio que yo haga.

Estoy triste porque las cosas no son como espero.

Triste porque me cuesta mucho comunicarme con los

demás. Porque me gustaría comer y de esa forma engor-

daría aún más.

Triste porque no sé como hacerme cargo de lo que

los demás sienten, cuando en realidad no saben lo que les

está pasando.
Triste porque no puedo alcanzar el estado en el cual

pueda vivir realmente.

Triste porque me llamó Inés De Luca y no puedo

decirle nada. Porque en realidad todo queda como antes.

Triste porque dejo teatro. Porque fue un lugar más en

donde pensé que iba a poder entenderme y hacerme

entender por los demás. Que podría demostrarles que los

entendía, que estaba en contacto con ellos, que

verdaderamente me conectaba, me interesaba y sabía de lo

que hablaba.

Pero no me entendieron. Porque Inés decidió

quedarse en su nivel, en vez de crecer. Porque una vez más

me estaba montando en un tren de gloria que nada tiene de

real.

La angustia por mi gordura me demuestra cuán

importante para mí es gustarles a los demás.

Creo necesitar gustarle a la gente. Me angustia

enormemente pensar que no voy a gustarles. Me gustaría


obligarlos a que les guste, estando perfecto obligarlas a

querer estar conmigo.

Mi vida tiene un sentido al intentar agradar a los

demás. Si le quito esa búsqueda para que algún día me

valoren y se den cuenta que valgo, me quedo como en un

gran vacío.

También, me cuesta aceptar desagradar a los demás.

Doy vueltas y vueltas y no encuentro lo que quiero

decirme. No estoy pudiendo desconectarlo del referente,

que es el ser agradable o desagradable para las demás

personas. Pero no tiene que ver con los demás, sino

conmigo mismo. Pareciera que me agrado cuando no me

veo defectos y me desagrado cuando me los veo.

Reniego de las cosas que hice en mi pasado, pero

entiendo que voy a seguir haciéndolas en el futuro. ¿Por

qué?

El asunto es encontrarle el sentido. No estar pen-

sando si esta bien o mal lo que hacemos.


Me sorprende que cada vez que veo a alguien con

problemas, al acercarme compruebo que estaba de esa

forma porque no quería salir. No encuentro personas que

quieren salir, buscar la solución al mal que les aqueja.

Durante estos últimos días tengo muchas veces una

sensación de aburrimiento. ¿No es acaso un tipo de

emoción que me quiere indicar algo y que esquivo per-

manentemente provocando actividades?

Leí que alguien escribió que la felicidad es ver al

mundo como uno lo desea.

Yo me siento derrotado. Creo que no voy a poder

llegar a donde quería, que soy un fraude. Que todo lo que

trabajé es en vano. Que no se pueden acumular horas de

tratar y tratar. No sirven para nada. El mundo da asco, como

mi vida.
No les estoy encontrando sentido a las cosas y

entonces hace mucho giro en el mismo lugar. Pero no estoy,

como antes, enlodado hasta el cuello.

Se me ocurre la vida como un jueguito de compu-

tadora. Con varios niveles de complejidad. A medida que

uno logra pasar una etapa, se encuentra con una más difícil.

Ayer mi alma me comunicó algo importante. A través

de la tristeza me informó que no necesito lo que quiero

para vivir. Que no es necesario hacer lo que quiero. Es

justamente lo contrario a lo que mamé en casa desde mi

infancia.

Todavía no sé como incorporarlo. No entiendo como

creerlo. Solamente voy a intentar no engancharme.

Como aún no logré hacer el "click", es posible que

esté intentando seguir con la vieja ilusión de creer que al

encontrarnos con lo que queremos, todo va a resultar como

lo soñamos.

Veo muy poético y romántico pensar así. Y muy


mundano y seco pensar que nada de eso va a suceder. Pero

por otro lado, quizás la vida ya tiene en sí misma tanto para

sorprendernos y maravillarnos, como para no necesitar esa

vana ilusión para vivir.

Espero que nunca logre hacerlo realidad, quien vive

de un sueño, porque en ese instante su vida perderá todo el

sentido.

Cada vez que escucho la canción: "Presente", de la

película "Tango Feroz", me invade una profunda sensación

de algo roto. De que algo no fue nunca como yo quería.

Pensé que la relación con mi padre no iba a terminar

nunca. Pensé realmente que esas cosas no terminan, que no

tienen tiempo, ni límite.

Cada día que me levanto, lo hago pensando en qué

hacer, en qué ocuparme. Estar a la deriva, deambulando sin

rumbo fijo, sin objetivo ni función se me hace muy difícil,


entonces decido escudarme en las actividades que

considero productivas.

Lunes espectacular de invierno. Nueve grados de

temperatura. Sol brillante. Cielo azul.

Son las tres de la tarde y ya fui a nadar, a pasear en

moto y arreglé los cambios del auto, que no entraban bien.

Ahora, intento explicarme la razón de no poder

disfrutar de las cosas solo. También de estar buscando

permanentemente la sensación de placer y vida que hay

detrás de algunos deportes y de viajes cortos, de fin de

semana.

Sospecho que busco la "Alegría de vivir". Una real

alegría de vivir, en donde empiece a aceptar realmente a las

sensaciones penosas como parte importante de mi vida.

Por eso me rechazo cuando siento angustia, desazón,

soledad, miedo o cuando estoy confundido.

Me es difícil desembarazarme del peso que implica el

haber sido educado rechazando toda sensación penosa,


buscando únicamente sentir las emociones consideradas

agradables.

Ahora entiendo que para mantenerme alegre tengo

que conseguir aquellas cosas que no necesito, pero creo

necesitar. Y de esa forma una guía de mi interior como es la

emoción de la alegría, pasa a ser un objetivo, un blanco

hacia el cual dirigirme.

En este momento me siento bien. Porque pienso en

que a cada rato se me van a presentar emociones y sen-

saciones que son para guiarme, para enseñarme mi propio

camino.

Me siento como si hubiese pecado. Sucio y desa-

gradable. Siento que verdaderamente hice algo mal. Algo

que ya no tiene solución. Algo que no debía haber hecho. Me

siento culpable. Y ¿Por qué me siento así?

Porque comí. Comí aun estando por encima de mi

peso.

Lo importante aquí es mi emoción. Me sentí culpable


y eso quiere decirme que me creo con la obligación de

evitarles penas a los demás.

En este momento de mi vida es así. No quiero que los

demás sientan nada penoso por mi culpa.

Si me imagino la vida sin esa obligación, se vuelve

ciertamente mucho más libre.

Hoy se tapó la cocina. Traté de destaparla pero no lo

conseguí. Aunque a quién perjudica es a Bety, que tiene que

rebuscárselas para lavar, tengo una extraña sensación. Por

más que no me corresponde a mí solucionarlo, nadie más se

ocupa de hacerlo.

Me molesta que eso siga así. Tengo la impresión de

tener que resolverlo antes de ocuparme de mis cosas.

Trato de leer lo que voy diciéndome, no para se-

guirlo, sino para no presentar los síntomas. Es como si

buscara volverme un enfermo asintomático, lo cual hace

mucho más peligrosa la enfermedad.


Los indicios que estoy teniendo actualmente no son

tan groseros como me gustaría. Muchas veces me pasan

desapercibidos y no logran desviarme del falso camino.

Es por ello que quiero estar muy pendiente, porque la

respuesta aunque no sepa leerla, la escribe mi alma una y

otra vez en mi comportamiento, mis emociones y las

dolencias que transito en mi cuerpo.

No estoy confiando lo suficiente en mí mismo, en que

soy una unidad que esta volcada hacia mi propio bien.

Todavía no puedo "darme cuenta" que aun aquellas cosas

que parecen estar hechas por mí mismo contra mí mismo,

tienen un sentido positivo.

Recién, como tantas otras veces, lloré mientras

escuchaba el tema "Presente". Dispuesto a profundizar las

causas, entendí que la gran tristeza que siento cuando lo

escucho no es por mí, sino por el que canta. Por cada una de

las personas que respira en este mundo pensando cada día

que en su vida no hay un sentido, creyéndose sin armas ni


fortaleza para desenvolverse en este universo que muchas

veces parece cruel y despiadado. Que creen no poder

relacionarse con personas aparentemente frías, duras e

insensibles, que no pueden comprenderlas.

Lloré por todos ellos. Por mamá, por Joe, por Ana

Inés, por Inés De Luca, por Cecilia. Todas personas que

quiero y que nunca pude, ni voy a poder, solucionarles

sus problemas.

En ese momento me di cuenta, que así como yo soy

una unidad capaz de buscar y encontrar mi sentido positivo,

ellos también.

Al comprender que todas las personas de este

mundo están capacitadas para resolver sus vidas,

para vivirlas plenamente, lloraba y reía.

Igual que en este momento que lo escribo, lloro y río

y no se si hay algo más lindo.

En estos días me quedé en casa. Mucho deporte.

Mucho sueño. Mucha televisión. Hoy vi la carrera y un video,


nade mil metros y corrí cinco kilómetros. Después me

alimenté como cinco leones.

Es que desde hace tiempo me estoy diciendo que

tengo peso encima y no puedo descubrir cuál es.

Me estoy quedando con una visión del mundo que

tiene que ver con supuestas injusticias y desniveles en el

universo. Eso haría afortunados a algunos y miserables a

otros.

Estar bastante tiempo solo está surtiendo efecto.

Creo que una de las razones por las cuales me alimento

como un cerdo, es mi necesidad compulsiva de gustar. Ser

uno mismo se contrapone con gustarles a los demás, de la

misma forma que estar flaco se contrapone con comer

compulsivamente.

Me queda claro entonces que no es lo importante

gustarles a los demás.


En mi vida le he dado mucha importancia al gusto en

las cosas. El gusto al vestirse, al comer, al hablar. También

al gusto de la comida.

Siempre he considerado que deberían gustarme las

personas con las cuales me encuentro. Creo que me guío

mucho por lo que me gusta y lo que no.

Claro que siento gusto o disgusto por algo,

cuando sólo alcanzo a ver parte de su realidad.

Puedo continuar perfectamente con el ayuno

mientras planteo las cosas como son para mí, pero en

cuanto me inserto en el supuesto "saber popular", de lo que

es bueno o malo y lo que uno debería hacer, pensar, decir y

tener, me ataca un apetito voraz.

Hoy es el cumpleaños de mamá. No le regalé nada.

Ni siquiera le di un beso. Tiene que ver con que no quiero

alimentar su fantasía de que está todo bien entre nosotros,

que tenemos una relación amable real. No me interesa ser

cómplice de eso. No me interesa ser cómplice de nada que


no me parezca cierto.

En estos días estoy convencido que el peso de más

que tengo en mi cuerpo representa una carga que llevo de

otras personas. Sin embargo no logro descubrir cuál es esa

carga, ni en qué situaciones se presenta, ni lo que me está

indicando.

Sé que a mí no me importa cuanto posea la gente. No

me importa si tienen más o menos. Supongo que eso

también corre para mí.

Todavía creo necesitar ciertas ilusiones para sostener

mi vida. Y aunque mi querida alma me este diciendo lo

contrario por medio de la tristeza, cuando dejo de lado las

ilusiones e intento vivir el momento, se apodera de mí una

gran sensación de vacío.

A cada rato me dan ganas de llorar. Al pensar que

tengo que transitar este camino en forma solitaria, sin nadie


con quien compartirlo. Sin poder tener una amiga o un

amigo con quien comunicarme.

Considero que la vida se me presenta apetitosa

cuando puedo ir a dar una vuelta en moto, cuando puedo

acostarme con alguien que me gusta, cuando puedo correr,

nadar. Cuando puedo ver mis mejorías, cuando le atraigo a

alguna chica que me gusta.

¿Qué me pasaría si pierdo todo eso?

Plena tormenta de Santa Rosa. Perfectamente

puntual. Si bien ayer fui a la cancha a ver la selección

nacional de fútbol, tuve sexo con una mujer que realmente

me gusta y me comí todo lo que se me dio la gana, no

estuve satisfecho. No estoy satisfecho. Creo que la

satisfacción es una utopía. Como emoción me indica que

creo que estoy incompleto. Que me falta algo para

vivir.

Y es exactamente lo que me pasa a mí ahora. Pienso


que tendría que tener mi departamento, vivir solo y tener

una fuerte sensación de poder, como para gustarle a las

mujeres (sería sólo a las mujeres que buscan eso).

Tal vez piense que si lograra aceptarme me habría

encontrado a mí mismo. Y en realidad únicamente me

estaría comparando con un modelo (pasando el examen).

¿Habrá realmente un uno mismo?

Tengo sensaciones y deseos que no puedo esta-

blecer con seguridad si me pertenecen o son de otras

personas. Sospecho que ciertas personas en determinados

momentos pueden transmitirme sus deseos. Y mi forma de

percibirlos es sintiéndolos.

Cuando al despertar por la mañana me encuentro

con el problema del auto, automáticamente siento angus-

tia. También impotencia y una muy penosa sensación de

claustrofobia.

Es que lo de la caja de velocidades no depende


únicamente de mí.

Si mi angustia fuera un llamado de atención y me

estuviera pasando lo mismo a otro nivel, pensaría ense-

guida en mi familia y en todas aquellas personas que quiero,

amigos antiguos y nuevos. Principalmente en mi familia por

aquél sueño que tuve en el cual me pedían que no me fuera

antes de hacer algo, pero para hacerlo dependía de los

demás. Dependía de que los demás hicieran su parte.

En el caso del auto, para resolverlo dependo de quién

me hizo el recambio de la caja. A él fue a quién le pague la

plata. Si no quiero perderla, dependo de él.

Es verdad que fui yo quién puso la plata en sus

manos aun cuando presentía que la caja que me daba no

era buena. Estaba casi seguro y, sin embargo, confié igual.

Ahora cuando tengo que depender de él siento

angustia. Y me llama la atención en el tema de mi familia.

Yo intento mostrarles el camino y no lo consigo.

Me siento fuerte cuando me permito sentir dolor,


angustia, tristeza y miedo. No por poder evitarlas, sino por

sentirlas y ver qué quieren decirme.

Durante mucho tiempo intenté buscar una emoción

que definiera lo que sentía, que especificara mi posición.

Ayer la encontré: perjudicado.

Por diversas situaciones, desde quedar encajonado

en el tráfico, no ser el que recibiera una propina en el

trabajo, no conseguir las vacaciones cuando quería, no

poder arreglar el auto, etc., etc.

Parece que mis emociones se escondieron. Pero

siento una contractura en la parte alta de la espalda. Dentro

de las posibles causas (según la lista de Louise Hay) me

parece que tiene que ver con falta de apoyo emocional.

Últimamente siento que no puedo compartir mi vida con

nadie, que no puedo expresarle mis emociones a nadie.

Hoy mientras volvía de nadar me preguntaba por qué

seré tan distinto de los demás. Aunque creo que todos


partimos internamente de lo mismo.

Siento que no tengo apoyo emocional para vivir a mi

manera, para ser yo mismo.

Ya no tiene que ver con la palabra, con explicar lo

que pienso, como pidiendo permiso para hacerlo. Tiene que

ver con serlo. Con ser yo.

Escribí en la lista de emociones lo que significa

desear. Lo escribí sin pensar el sentido: cuando creemos

que a la vida se la puede poseer.

Es un pensamiento distinto. Desde ya que todavía no

lo comprendo. Tendría que comprender la diferencia que

puede haber entre poseer la vida y vivirla.

Me parece que encontré una poesía que me lo

explica perfectamente.

Después de pedirle permiso a quién la escribió, la

incluyo:

VERSOS PARA MÍ
No quiero ser dueña de nada,

para sentir que todo es mío.

¿Acaso se es dueño del cielo azul de la mañana?

¿Del sonido del agua que danzando en el arroyo canta?

¿De la furia del viento cuando brama?

¿Del aletear de las palomas en el instante que levantan

vuelo?

¿De las gota de lluvia que las nubes derraman?

¿De los rayos del sol, de la nostalgia,

de una sonrisa o de mil palabras?

Si oteando el mar,

adivino en ese pequeño punto lejano

a la barca que viene de regreso

con sus hombres y su pesca,

y no es mía la barca ni su carga,

sin embargo, al descubrirla en su ritual

la espero hasta verla varar en la playa,

e inexplicablemente la hago mía,


atesorándola en algún lugar de la memoria,

donde van a instalarse los recuerdos

una vez que suceden,

como cuando me robo en la mirada

de un jardín interior,

el verde que diviso a través de una ventana

y es mi música el coloquial gorjeo de los pájaros

y mi perfume el que cada árbol en flor,

en su momento exhala.

Sería ingrato entonces pedirle a la vida

más belleza de la que me regala,

sólo debo aprender a mirarla

sin comprar ni vender nada,

simplemente buscándola

en la maravillosa naturaleza

y en los pequeños actos cotidianos

que el olvido rechaza,

apelando a la libertad en los sentidos

y esperando la tregua que el raciocinio se permite,


para que los sueños que de incógnito viajan,

se queden, e iluminen el rinconcito cálido

donde suele atrincherarse el alma.

ANA MARIA DÍAZ VELO

Hoy mientras caminaba iba preguntándome que era

lo más valioso que había hecho en la vida. Me contesté que

las pocas hojas que escribí de las emociones y mi infancia. Y

creo que es así por el valor que tienen para mí. En esas

hojas expuse el medio por el cual pude encontrar mi

realidad. La puerta de salida a los callejones formados por la

educación convencional en cualquier ser humano. La forma

en la cual mi alma se comunica conmigo.

Releyendo algunas hojas del año pasado encuentro

que mi avance en cuanto a mi conciencia, es notorio. A

pesar de que a veces me da la impresión que estoy estan-


cado e incluso que retrocedo, avanzo. Por suerte avanzo sin

volver atrás.

En estos días vivo ansioso. Intento evitarlo y

solucionarlo por medio de un montón de actividades

deportivas, pero el común denominador de mi vida, desde

hace mucho tiempo, es la ANSIEDAD.

Si dejo de verla como algo que debería evitar, si dejo

de tomarla como un error y trato de encontrarle un sentido,

quizás aprenda algo nuevo e importante de mí mismo.

¿Qué significa estar ansioso? Es cuando uno cree

depender de algo que tiene que pasar para vivir.

¿Tiene esto algún sentido para mí?. ¡¡¡Sííí!!!.

En mi vida estoy creyendo permanentemente que va

a venir una "solución". Y va a estar representada por alguna

mujer de quien yo me enamore y de esa forma cambie mi

vida, dándome una familia y un sentido diferente, también

una ocupación e incluso una nueva preocupación.

La supuesta solución también podría llegar envuelta


en el éxito del libro que estoy escribiendo, lo cual podría

transformar mi vida en algo maravilloso.

Pero siempre con estas soluciones llegaría también

una ocupación auténtica y plena que me viniera como anillo

al dedo. Que justificara mi razón de estar acá, de manera de

estar ocupado en mi propio sentido de vida, en la razón de

mi existencia. En la cual mis acciones fluyeran libremente y

mi esencia y mi superficie transitaran la corriente sin

conflictos ni rechazos.

La ansiedad estaría haciendo esto patente. Mi

creencia de que, por algo que va a suceder, mi vida va a

cambiar. De esta forma dependo de lo externo y no de mi

interior.

Analizando un poco estas "soluciones", encuentro

que tienen el punto en común de hacer confluir el sentido de

mi vida, con mi obra. Esto supone una creencia de que yo

estaría acá para hacer algo.

No creo que estemos aquí para hacer algo,

sería una forma de estar subordinados a un bien


mayor que nosotros mismos.

Como entiendo que dentro de mí llevo una

parte de divinidad, una parte del Tao o como se

quiera llamar, se me hace muy difícil creer que hay algo

por encima a lo cual debo subordinarme.

Me siento conectado con la tarde. Veo por la ventana

la hojas bien verdes del jardín. La tarde está "siendo". Está

quieta, como mi interior. Quietud. Comodidad. Tranquilidad.

Pertenencia. Conexión.

A la vez siento que por otro lado hay mucha con-

fusión, angustia, supuestas necesidades insatisfechas.

Masas de gente convenciéndose mutuamente de lo mismo,

sin escuchar su interior. Sin ver. Sin contemplar.

Ayer tuve una discusión con mamá que me alarmó.

Me hizo ver que sigo intentando modificarla y que todavía

no logré perdonarla.

Cuando comprendo que no necesito mucho, que no


es necesario ir ansioso tras esto o aquello en la vida. Cuando

comprendo que tengo todo lo que me hace falta (que es mi

alma), una desesperación me alcanza con una pregunta: ¿Y

ahora qué?

Siempre me dijeron que la vida es corta, pero

cuando me siento a no hacer nada, a no arreglar nada, ni

cambiar nada, ni ocuparme de nada, sólo a sentirme y a

percibir mi interior, a veces me aparece el temor a que me

parezca demasiado larga.

Por momentos es como si estuviera en mi garage,

con un montón de gente, pero con los ojos cerrados, de

manera que no podría ver a nadie. Pero podría escucharles.

Lo mismo podría estar pasándome al no darme

cuenta como percibo lo que les pasa a los demás, cuando

estoy solo.

Aunque uno esté lejos de una persona sigue co-

municado.

Sospecho que no puedo diferenciar las comunica-


ciones que me llegan de los demás. Tomo todo como si me

perteneciera. Como deseos o ganas míos, angustias y

miedos míos. Eso me hace llevar más peso encima, me hace

más pesado mi andar. Por eso estoy engordando. Llevo peso

de más.

Cuando hablo con mamá muchas veces siento que

me cargo de peso. Me invade una negatividad y una visión

nefasta del mundo que no es mía.

A veces me da bronca pensar que hay gente que está

disfrutando y pasándola bien. Me pareció que tenía que ver

con el hecho de estar contento mientras otro está triste.

¿Está mal eso? Cuando otra persona me cuenta algo que lo

entristece, me parece que está mal que yo siga contento.

Escuchando Pink Floyd. Tengo todo para ir pero

ningún lugar a donde ir. Sigo creyendo necesitar un fin para

justificar cualquiera de mis acciones.

Es posible que no importe lo que haga, sino estar en


contacto con mí interior y en armonía mientras lo hago. Aquí

está el quid, no es lo que haga lo que me va a dar armonía,

sino que la llevo dentro y debo conectarme con ella.

Se me ocurre que ahora comprendo como al buscar

actividades que me dieran armonía y buenas sensaciones,

sólo buscaba aquellas cosas que me acercaran a mí mismo,

ya que la armonía la llevo dentro.

Me parece sorprendente no sentir nada por haber

descubierto esto. Quizás porque no es lo que yo esperaba. Si

esperaba encontrar algo mucho más emocionante y

rimbombante, me equivoqué. Lo que encontré es simple y

falto de sal.

No logro despojarme de una sensación de tristeza

que creo que tiene su origen en otras personas.

Creo que no tengo derecho a estar bien mientras

otras personas están sufriendo. ¿Cómo estar bien mientras

todas las personas que me rodean sufren?

¿Cómo no padecer con ellos su desesperación, su falta de fe


en el futuro, su infelicidad, su soledad y el hecho de sentirse

miserables?

Sin embargo, acompañándolos en el sufrimiento no

contribuyo con mi parte, no resuelvo nada y, por ello, debe

existir alguna razón. Una razón oculta que no entiendo.

Durante los últimos días pude conectarme en parte

con una sensación interna de bienestar, armonía y per-

tenencia a algo extenso y llano, como veo al bien en sí

mismo.

Sin embargo, asomarme a mi interior es a veces

como hacerlo frente a un abismo. Cuando pienso en todo

con lo que creo estar conectado, con todas las personas, las

diferentes ondas de las personas y el sufrimiento, la

angustia, la necesidad y la oposición con la que estoy en

contacto de una forma que escapa de lo convencional, no

directa ni consciente, pero sí realmente. Cuando lo pienso,

me rendiría, bajaría los brazos e intentaría serenarme y

concentrarme en actividades más fácilmente controlables.


Quizás, si verdaderamente estoy conectado con lo

que le pasa a otras personas, pudiera tranquilizarme y

enviar de ese modo mensajes tranquilizadores y aclaratorios

para los demás. Cada día que pasa, cuando hablo con otra

persona quedo más conectado con su interior.

En este momento siento que llevo sobre mis hombros

sensaciones de mamá, de la Negra, de Dolores (mi sobrina),

de Monique, etc.

Ayer me dijeron que yo complicaba y cambiaba todo

para eludir responsabilidades. A veces creo que hago eso.

Estoy dudando mucho sobre qué cosas hacer. Tiene

que ver con una duda profunda que me habla de lo poco

que estoy confiando en mí mismo.

La personas están comunicadas en profundidad

como si fueran vasos comunicantes.

Sospecho que hasta que no logre encontrar el peso


de más que estoy llevando y consiga deshacerme de él, no

voy a poder dejar de comer como lo estoy haciendo. ¡¡Por

suerte!!. Es mi forma de indicarme que no estoy viviendo mi

vida.

El hecho de poder sentir dentro de mí, cosas que

están pasándole a otra persona, el hecho de poder verlo, no

necesariamente tendría que ser un peso a menos que yo me

lo tome como tal.

Hoy fue un día bárbaro de primavera. Me pregunto si

tengo rencor contra personas. Contra muchas personas.

Contra todos aquellos que queriéndolo o no, me

perjudicaron a sabiendas. Algunos lo hicieron de gusto, otros

sin gustarle, otros si quererlo.

El primero que creo que me perjudicó fue papá. Lo

hizo cuando se fue y yo lo necesitaba mucho o creía que lo

necesitaba. No siento rencor, pero eso no asegura que no lo

haya. Tampoco que lo haya. No lo siento.


La segunda fue mamá. Ella hizo diferencias entre los

hijos, no fue justa y nunca estuvo satisfecha con nada de lo

que hice, nunca estuvo conforme conmigo. Mamá que me

dice que no soy lo suficiente. Que me sacrifica y sacrifica a

cualquiera para estar mejor ella. Y que no logra estar mejor.

Mamá que me hizo perder una herencia y, después, un

departamento de otra. Mamá, que vive mal y nos lo

transmite a todos. Que cree que tenemos que ocuparnos de

ella, que me tira mala onda. Que me hace sentir poca cosa.

¿Tengo rencor con mi vieja? Creo que no, tampoco.

No quiero decir que está superado, porque cuando me

saluda mostrando todo su sufrimiento sin salida, cuando me

muestra su angustia sin límites, su mentira y su mala onda,

no puedo estar como si nada pasara. No puedo

desengancharme e impedir que me penetre, dándome

cuenta que es su forma de internar zafar. (aunque sé que la

mala onda es un bumerang que siempre nos devuelve lo

que damos).

Puedo comprenderla. ¿por qué no hacerlo?


También Raúl. Me lastimó muchas veces y con gusto.

Creo que es la persona más cercana que me lastimó

disfrutándolo. Pero hizo asimismo muchas cosas por mí.

Estuve mirándome al espejo e intentando "verme" a

través de los ojos. Por momentos me parecía ver una gran

tristeza y enorme desazón al ver todo lo que pasa en este

mundo con los sueños de uno. Con la esperanza de bondad

en el alma de cada uno.

Necesitar ilusiones es una de las peores calamidades.

Cuando necesito cosas que no tengo, demostrándome que

me faltan, es que no es suficiente para mí ser HOMBRE. Y no

le doy la suficiente importancia al valor que llevo en mí

mismo.

Aquí estoy solo en mi garage. Con la televisión, la

radio y el equipo de música apagados. La moto estacionada.

Los libros cerrados en sus estantes de la biblioteca.


El teléfono colgado. El auto estacionado en la puerta. Las

hojas de mi libro, estancadas y guardadas.

Nada. Nada externo que me distraiga. Tampoco nada

intelectual.

Aquí estoy. Abierto a lo nuevo. Escucho. Trato de

sentir.

No sé por donde va. ¿Podré descubrir algo? ¿Por

algún lado irá? ¿Algún sentido tendrá?

Nada me interesa. Estoy DESINTERESADO. Sospe-

cho que quiere indicarme algo.

Todavía no me permito vivir mi vida. Respirar y tomar

del aire lo que deseo, sin preocuparme por problemas que

no son míos, dado que aprendí duramente con mamá que si

bien el problema aparente uno puede solucionarlo, al

conflicto de fondo lo puedo resolver únicamente ella misma.

Muchas veces recuerdo de una parte del libro:

"Demian", de Hermann Hesse, en donde él ayuda al pe-


queño Sinclair con respecto a un problema que tenía. En la

historia Sinclair dice que si no lo hubiera ayudado

seguramente hubiera caído en la desesperación.

A mi alrededor veo muchas personas desesperadas

como mi madre.

Aquí me surge una pregunta importante: ¿Puedo yo

transitar mis emociones, sean cuales fueran, mientras hay

toda una legión de gente que siente diferente?

¿Puedo estar contento o bien mientras veo como

sufre toda mi familia?

Por más que la respuesta teórica sería afirmativa, veo

que en la práctica no lo es. La razón la desconozco.

Viernes de tardecita. Casi las siete de la tarde. Hacía

diez días que no escribía (lo cual me llama la atención

porque dispongo de muchísimo tiempo libre).

Sigo con las lesiones, tanto en el hombro como en mi

pierna, de manera que ya van treinta días que no hago

deporte.
Parece que hoy estoy con los números: siete de la

tarde, diez días que no escribo, treinta días que no corro o

nado, treinta y tres años que no soy yo. Mucho, muchísimo

tiempo que estoy solo.

Cuando llega la tarde me doy cuenta cuánto me

gustaría poder estar con una chica atractiva para mí, que

me guste, poder hacer el amor y compartir cosas.

Salí un rato a caminar y, mientras lo hacía, me

pareció entender que iba por el mal camino. Que estoy

equivocándome con eso de no ir hacia ningún lado hasta no

saber el rumbo.

Como un barco a la deriva, que no se anima a tomar

ningún rumbo sin verificarlo previamente, si antes

asegurarse que es el correcto.

Me parece que al no comprender el camino que

tomo, me da la impresión que no hay caminos posibles. Esto

concuerda con lo que significa mi dolor de cadera: "no hay

hacia donde avanzar".

El dolor en el hombro/brazo, indica que no estoy


abarcando las experiencias de la vida. No estoy compren-

diendo los obstáculos que supuestamente interrumpen el

lugar por donde creo que "debería" avanzar.

Siento que encontré la razón de mis dolores.

Desde donde me encuentro puedo ver con claridad

los caminos que no conducen a ningún lado.

El primero es el que lleva al dinero (ya me dije

profundamente que no me interesa). Seguro que si siguiera

ese camino, me perdería a mí mismo.

El segundo es el de las actividades, sean lucrativas o

no. Cada vez que intento encontrar una actividad que me

brinde satisfacción, que me guste hacerla y que a la vez

pueda devolverme bienestar, me encuentro en la nada. No

descubro tal actividad para mí.

Mi vida es levantarme cada mañana sin saber qué

me pasa. Sin saber quién soy. Es despertarme con la

angustia de estar haciendo las cosas mal y que aun cuando


me esfuerce en llegar al final, no voy a llegar a ningún lado,

porque voy por el camino equivocado.

Cada mañana, cuando abro los ojos, veo que no soy

nadie, que no estoy para mí mismo, ni para nadie. No estoy

en nada, porque en nada estoy siendo yo. Y lo que es peor,

no me animo a ser más yo de lo que estoy siendo, que es

nada.

Es cierto que podría buscar la razón de vivir, en otras

personas, pero sería una trampa. Recién voy a poder estar

bien cuando encuentre esa razón en mí mismo. El sentido

debe estar en mí tanto como en los demás.

Me propongo como hace dos años, intentar dejarme

llevar por mi interior, por fantasías e impresiones que no

sean comprobables y parezcan absurdas. Voy a intentar

resguardarme de los demás, para que no aniquilen a esta

personita miedosa, tímida y escondidiza.

Sigo sintiendo emociones de otras personas. El


nerviosismo y la alegría de Monique, el cansancio y estar

vencida de mamá, la angustia de Belén. La decepción de

Susana Castillo.

Desconozco el sentido de percibir todas esas emo-

ciones. Sospecho que hay uno y que debe ser positivo,

constructivo.

Desde mi lugar le diría a Monique que no me nece-

sita, que no se preocupe por eso, su alma le basta y sobra.

Que me agrada su empatía conmigo porque creo que es una

de la personas que más me ve, que más me conoce, que

más me "deja ser" en su imagen.

A mamá le diría que no luche tan fuertemente contra

lo que su alma le indica, que deje lugar al crecimiento, que

se abra a la vida, que escuche a su corazón. La vida es

mucho más que estar preocupándose permanentemente por

lo externo.

A Belén le diría que está equivocando el camino. La

cosa evidentemente no pasa por consumir y consumir. Que


se escuche también un poco a sí misma.

A Susana Castillo le diría que no invente. Que no

intente adecuarme a sus expectativas. Que las analice y que

también analice a sus ilusiones y, por último, que se anime a

crecer. Tiene todo a su alcance.

A mí mismo, para terminar, me diría que no me

preocupe por los demás, que como ya me dijo mi alma, cada

uno de ellos, está completo, que cada uno puede. Cada

persona en el mundo puede lograrlo. Puede "ser".

Hace una semana que no me sentaba a escribir. Sin

embargo algo pude ver. Me pude dar cuenta que cada vez

estoy más ubicado en mi camino. Ya no pululo desesperado

por allí buscando ídolos de barro, ni soluciones fáciles a mis

problemas. Ya no busco oro falso con tal de sentirme rico.

Cada día comprendo más que no necesito tener

cosas para vivir. Que soy parte de un todo. No tengo por qué

ir detrás de lo que otros suponen que es importante, detrás

de lo aparente, del "tener", del "poder", detrás del encontrar


un sentido a mi vida, pero fuera de mí mismo.

Me desperté entendiendo que rechazo a quienes me

rechazan. Devuelvo con la misma moneda.

La tristeza ya se muestra un poco más. Estoy

llorando. Y pienso en papá, en otras personas como mis

antiguos amigos o Joe. A nadie le interesa estar conmigo.

Me siento herido. Porque ninguno de mis antiguos

amigos, ni siquiera los más íntimos, como Rafa, es capaz de

levantar el tubo para saber algo de mí. También porque

Monique no me llamó ayer. Y porque papá se fue.

Me hirieron Silvina (mi primer novia), Mac (la se-

gunda), y también otras mujeres con las cuales salí un

tiempo, como la Toya, y otras que eligieron otros caminos,

otras compañías.

Cuando me hieren, siempre reacciono de la misma

forma. Me digo: -Bueno, si ellos me ignoran, yo también a

ellos.
-Si ellos no quieren estar conmigo, yo tampoco quiero

estar con ellos.

Voy a devolverles con la misma moneda, porque

cuando es mutuo, no hay herida. Mientras tenga la

posibilidad de rechazarlos, no hay herida.

¿Qué me quiero decir cuando me siento herido?

Según un análisis de sangre estoy anémico. Y

fijándome en la lista lo que quiere decir encontré:

Actitud de <<sí, pero>>. Carencia de alegría.

Miedo a la vida. Sentimiento de no ser suficientemente

bueno.

Creo que acierta en todo. Si me pasa algo agradable

uso el sí, pero. Hace rato tengo carencia de alegría, no

puedo festejar. Nada es lo suficientemente bueno como para

festejarlo. El futuro me derrumba.

Miedo a la vida: Aunque cuando me permití ser un


poco yo mismo perdí el miedo a la muerte, es posible que

todavía tenga en mí miedo a la vida.

¿Que sería para mí miedo a vivir? Es como sentir que algo

puede acabarse. Como no desear mucho algo para que no

se pierda. Todavía no entiendo el proceso de la vida.

Sensación de no ser lo suficientemente bueno. Eso

también. Tengo permanentemente la sensación de no ser

compasivo con los demás, de no ser paciente. De no que-

rerlos como debería. También no serlo como para que el

Tao, la vida o el mundo me acoja de buen grado en su seno.

Me creo un invitado indeseable, que la vida espera

que me vaya cuanto antes. Alguien que no se valora, no

gusta, no se desea.

Así me siento yo. Un paria. Un sin lugar. Uno que

todavía está porque no se animan a echarlo. Por eso es

lógico que las personas terminen ignorándome, haciendo de

cuenta que no estoy.

Me siento herido por las personas que no quieren

estar conmigo, que no les interesa mi bien o mi persona.


Tengo la sensación de estar colado en la vida.

Cuando intento comprender la razón por la cual me

rechazan los demás, pienso que es porque ven lo nefasto en

mí. Creo que ellos descubren algo terriblemente malo que

tengo y me oculto a mí mismo. Pero ellos logran verlo y se

transforman en un espejo, son quienes me juzgan. El

obligado punto de referencia para establecer si mi postura

es correcta. Para juzgar si voy por el buen o mal camino.

Para saber si soy bueno o no.

Ya está por atardecer. Son casi las ocho de la noche

de un martes de fin de enero en Buenos Aires.

A cada rato espero que suene el teléfono y que sea

Monique. Me siento dejado de lado por ella. Ignorado.

Tengo por creencia que los resultados y la aceptación

de los demás y de la providencia, son los que me indican si

voy por el buen camino. Cuando soy rechazado y cuando la

suerte no me acompaña, cuando aun dedicado con esfuerzo

no logro la meta, es que estoy equivocando el rumbo. Es

que no soy aceptado. Que el mundo no me acepta.


Por el contrario, los logros hacen que me sienta

aceptado, valorado y que tengo un lugar así como estoy.

Hasta que no pueda estar verdaderamente solo,

felizmente solo, no voy a poder tener una pareja, ni un

verdadero amigo.

Estoy hecho un angustiado. Las cosas van pasando

sin que yo pueda comprenderlas. Siento que carezco de un

montón de cosas. Impotente, débil, con pocos medios.

Vencido. Perdedor.

Además, muchas veces me siento triste y que mi vida

ya no tiene el centro en mí mismo. Poco a poco voy

perdiendo protagonismo e interés en hacer cosas.

Me siento perdido. También me invade el miedo al

futuro y el pensamiento de que debiera preocuparme si no

quiero pasarla mal más adelante.

Las angustias aparecen tanto en la pileta como en el


hipódromo y con Mercedes. En la pileta porque no hago

buenos tiempos, en el hipódromo porque no hago buena

propina, y con Mercedes, porque pienso que otro podría

satisfacerla, no yo.

Por todo esto me siento un perdedor, y me angustia.

Todo tiene que ver con la competencia. Estoy

creyendo que la vida es una competencia en donde ganan

solo algunos. Quizás por eso pongo tanto sufrimiento al

competir. No quiero ser de los perdedores.

Ayer me sentí relegado. Y me está indicando

que tomo como propios valores y formas de ver la vida de

otras personas. Así, pierdo contacto con lo que la expe-

riencia de mi alma me ha ido transmitiendo desde que me

decidí a escucharla.

Dentro de un rato me voy a nadar. Me siento perdido,

sin saber qué hacer. Confundido. Sin saber qué pensar.

Sospecho que puede ser porque creo poder sepa-


rarme de los demás, creo poder ser un individuo aislado.

Creo poder tener pensamientos propios, aislados de los de

los demás.

Quizás mi modo de pensar y de ver las cosas tan

peculiar, deba enfrentarse a una corriente contraria, que es

producida por miles de personas confundidas y convencidas

por intereses de algunos que no alcanzan a ver la

importancia de lo esencial. Quizás porque lo esencial no

puede verse. Y ellos no saben mirar de otra manera.

Me imagino entonces, que puedo estar dejando de

lado mis creencias de la vida. Saber que el asunto no va por

el dinero, ni por triunfar, ni por poseer más y más cosas. No

va por atesorar, ni por la belleza ni el éxito.

Pero lo cierto es que todavía no sé por donde va. De

cualquier modo, al ir a la deriva, no por eso tengo que

dejarme llevar por una corriente superficial y turbulenta de

aquellas personas convencidas de esas falacias.

Mi contribución a la vida es expresar mi potencia. Es

ser yo mismo, dejándome llevar, pero no por la corriente del


rebaño, sino por una curso de vida real.

Una línea de vida que está muy alejada de la bús-

queda permanente de satisfacerme para no sentirme

insatisfecho, de correr detrás de todos mis deseos y de

pasar la vida atesorando para un futuro.

Cuando trato de entender por qué me cuesta tanto

seguir una corriente interna mientras estoy con otras

personas, muchas veces me olvido de prestar atención, no a

lo que expresan exterior y burdamente, sino a sutiles

indicios que exponen sin entender y que mantienen a pesar

de ser perjudicados por ellos. Creo que ante esos indicios

me relego. La mayoría tan sutiles que no alcanzo a hacer

conscientes.

La primera vez que la vi estaba sentada en una

fiesta. Sentí que su cara me pedía que la quisiera. Flaca, con

pelo mota, una pollera negra y una especie de chaleco

encima que le quedaba mal, no era para mí la idea de una

beldad. Sin embargo quedé conectado de tal forma que


aunque esa noche otras mujeres me miraron en forma de

invitación, enseguida supe que no sacarla a bailar hubiese

sido defraudar a alguien importante para mí.

Creo que fue la única persona que me trató con

ternura en mucho, muchísimo tiempo. Y también mucho,

muchísimo antes de poder conocerme.

Supongo que me había olvidado lo que era sentirse

así. Que a uno lo traten así.

Ahora lloro como un bebé. Ella tiene diecinueve años,

yo treinta y tres, pero cuando me agarró de la cabeza, la

apoyó en su pecho y me dijo: -¡Vos sos mi bebé! y que

apenas se fuera un amigo que estaba viviendo en su casa le

parecía que me iba a llevar a mí, esas pocas palabras dichas

mientras me miraba con sus ojos tiernos y su sonrisa

suavemente triste, me resultaron de las más valiosas que he

recibido en mi vida. Fueron a ponerse justo al lado de mi

corazón.

Escribo esto y no puedo parar de llorar. Quizás en un

futuro cuando logre entender la razón de la importancia de


esas palabras y frases para mí, pierdan parte de su ensueño,

pero por ahora acarician parte de mi alma.

Mercedes no comparte mi forma de ver las cosas.

Incluso está en desacuerdo. Sin embargo, no quiero

perderla, ni dejar de verla.

A veces me parece que estoy sintiendo las emocio-

nes de Mercedes y no las mías, pero luego pienso que debe

ser una forma de sacármelas de encima.

En realidad no puedo saber si es así o que realmente

estoy actuando las de otras personas.

Estoy muy triste. Después de dejar a Mercedes en su

casa, no pude parar de llorar. Ella me contó en forma

entrecortada y con lágrimas en los ojos que el último chico

con el cual salió, la había dejado.

Después de esto y aun cuando podríamos haber

seguido juntos, prefirió ir a la casa y ni me invitó a pasar.

Cuando la dejé, me vino una tristeza enorme. Y por


más que podría haber tenido muchísimas razones para

actuar de esa manera, yo me siento solo y rechazado. Siento

que no me quiere a pesar de haberle abierto mi corazón.

Entonces, me doy cuenta que mi vida no tiene

sentido. Que mis cosas no valen nada. Que estoy atrapado

en situaciones y conflictos desde hace mucho tiempo. Y

también, que mi vida da asco. Porque con las personas con

las cuales convivo me siento pésimo. Ni siquiera nos

saludamos. No me siento nada apreciado, ni querido.

Cada día estoy más y más solo. Aunque hay personas

que se acercan a saludarme, yo no quiero saludarlas.

Sin embargo, mi fantasía es que cada día siento más

lo que sienten los otros.

¿Qué sentido o propósito puede tener para una

persona que entiende la vida como yo, el hecho de perder

todo significado por haber conocido a una mujer?

Mucho más todavía cuando ella no cumple con


atributos que considero importantes, como pensar, no

comer porquerías todo el día, no fumar, no hacer deporte y

considerar, como ella, que si no trabaja uno es un vago. Que

le interesan las cosas "buenas" y nunca le alcanza lo que yo

tengo.

Intuyo que me pareció por un instante que ella podría

sacarme de la vida miserable que llevo. Una vida sin

ternura. Sin amor.

Al acariciar solo por un segundo la sensación de

sentirme querido tiernamente, todo lo demás perdió

significado.

Es sábado a la noche. Hace un rato volví del hipó-

dromo. Mercedes me dijo que se iba a bailar con unos

amigos. Estuve muy triste y angustiado todo el día. La

tristeza llega sin preámbulos, la angustia, en cuanto pienso

que ella puede estar con otro hombre, que puede estar

acariciándolo como hace conmigo. Que puede estar

siéndome infiel.
Salí a dar una vuelta y conocí a una chica que me

gustó. Me dio toda la bola, me invitó a su departamento y

me ponderó de arriba a abajo. Me dijo todo lo que creo de

mí y que nadie ve. Que soy íntegro, bueno, sensible.

Vulnerable pero fuerte en el fondo. Que se alegraba

muchísimo de haberme conocido.

Me dejé llevar. Aunque esa noche no quise estar con

ella, al día siguiente la llamé y nos acostamos. Llegué bien,

pero Mercedes no dejó nunca de estar presente.

Creo que el tema pasa por compromiso y corres-

pondencia. Que Mercedes corresponda lo que yo siento por

ella. Mi cariño, mi dedicación, mi ternura. Que cada persona

se de cuenta y me devuelva la sonrisa o la buena onda que

yo le brindo.

Vuelvo a sentir angustia cuando pienso que puede

estar con otro hombre.

Pienso que si ella me importa, yo también debería


importarle, porque si no voy a sufrir mucho.

Esta relación me tiene realmente preocupado. Hoy es

martes, el viernes cuando la vi me dijo que iba a pasar el

sábado en una quinta y luego a bailar con unos amigos.

Cuando me dijo eso, pensé automáticamente en salir

con otra persona. Incluso en tener sexo con alguien.

Sospecho un intento desesperado por alejarme de ella, por

no sentirme tan expuesto a que me lastime su indiferencia.

Esa noche, después de recibir una negativa sexual, la

dejé temprano en la casa, con la fea sensación de estar

ligado a alguien que no me corresponde.

Ya otras veces sentí lo mismo en mi vida. Creo en

una "necesidad". Cuando estoy con ella me calmo, cuando

me separo estoy triste, angustiado y me falta algo.

Por alguna extraña razón siento que forma parte de

mi aquí y ahora, a pesar de que hace días que no la veo no

deja de estar presente ni cuando hago el amor con otra

mujer. En forma insólita, cada vez que ella decide salir con

sus amigos y yo voy a dar una vuelta o voy a una fiesta, se


me entregan mujeres que me gustan. Y termino

aceptándolas.

Mercedes no me cierra sus puertas. Prefiere ver a sus

amigos y no hacer el amor. No llega a rechazarme, es

independiente de mí. No está subordinada a mí. Cuando

hacemos el amor, mientras que su cuerpo me muestra clara-

mente que está dispuesta a recibirme y que me envuelve

con una gran sensación de placer, ella dice no sentir nada,

que ni fu ni fa.

Yo, en cambio, no vivo un minuto del día sin que ella

esté presente. Dejaría de correr, nadar y todo en general por

estar con ella. Es como si mi vida de golpe y porrazo, se

hubiera transformado en un garrón. También me doy cuenta

como cambia la actitud de su cuerpo cuando ya está

satisfecha, cosa que ella dice no registrar.

Siento que lejos de quererla, me comporto como si

quisiera poseerla.

Actúo justamente al revés de lo que defendí durante


estos dos años. Es decir que el sentido de mi vida no lo

podía encontrar nunca en la necesidad de otra persona. Al

sentir de golpe que ella ocupa el lugar principal en mi

existencia, mi vida ahora pasa por la de ella.

Es una pasión que estoy muy lejos de comprender. Sufro

todo el día y no entiendo nada. Se me hace insoportable

pensar en trabajar o hacer cualquier otra cosa. ¿Me

demuestra las necesidades que mantenía ocultas? ¿Quiere

decir que no valoro la vida de búsqueda que llevo?

Me veo como un chiquito con algo que le gusta.

Obsesionado y confundido.

Ayer al acostarme pensaba: ¿Por qué me pasó esto a

mí? Me estaba comportando como un quejoso, eso es lo

que siempre dicen. Me parece que la aparición de ella en mi

vida, levantó una enorme tapa.

Ahora mi vida es un páramo.

Decidí hablarle de lo que me está pasando. Le conté

de las otras mujeres con las que hice el amor cuando ella se
iba a bailar con sus amigos y como me gustaría dejar de

tener ese tipo de relación tan ridícula.

A pesar de ella, le surgieron unas lágrimas que se

desbarrancaron por sus mejillas mientras me decía: -Qué

extraños son ustedes, los hombres. Vos que estuviste dicién-

dome que estabas enamorado de mí, te acostaste con otras

mujeres y yo, que nunca te lo dije, te fui fiel y estuve

solamente con vos.

Esas palabras me quedaron grabadas.

Otro sábado a la noche. Recién vi como una mujer en

televisión abrazaba a un hombre con cariño y placer, y me

puse a llorar solo en mi garage. Porque Mercedes no me

quiere. Porque nadie me quiere.

Pululo desesperado por todos lados, sintiéndome un

paria. Un don nadie.

¿Para esto nací?

Nunca nada le alcanza. La primera vez alcanzó sólo


con llamarla. De ahí en más nada fue suficiente. Le entregué

todo lo que valoro. Mi libertad, mi tiempo, mi cariño, mi

ternura, mi amor.

Fui desenvolviendo cada uno de estos regalos,

mirando su cara para ver cuando algo le agradara. Nada

bastó.

Parece que no soy suficiente. No pude serlo. Como

dice la canción:

-Renuncio, nadie es lo suficientemente bueno para nadie. (I

quit, I give up, nobody is good enough for anybody else)

Nadie es lo que otro necesita. Nadie es el antídoto

para otro.

Quizás esto sea lo más importante de lo que me digo

últimamente.

Es posible que me haya dejado llevar desde el

principio por su cara de necesidad. Una cara que invitaba a

creer que con sólo sacarla a bailar, todo iba a estar bien

para ella. Y fue ahí quizás donde empecé a dejar de lado lo

que había considerado importante en mi vida.


¿Qué considero importante? ¿El deporte? ¿Los

ejercicios de control mental? ¿Disponer de mucho tiempo sin

saber que hacer? ¿A mis amigos? ¿A mi familia? ¿El

descubrir por donde pasa algo? ¿Leer algo que me guste?

¿Nadar?

No. Hago estas cosas porque creo que me hacen

bien, el deporte, los ejercicios, escribir. Pero no son un fin en

sí mismos. Por eso, cuando me pareció que podía cambiarlas

por un puñado de ternura, por hacer feliz a otra persona, las

dejé con gusto. Sin enojarme por perder ninguna de ellas.

Fue un Domingo raro. Con lluvia alternada con sol.

Con tristeza que se mezcló con un poquito de alegría. Fue un

Domingo con mucha confusión y muy poca claridad. Con

cariño y soledad. Con vida y apatía. Fue un Domingo raro.

Me senté para escribir. Para escribir lo que me pasa.

Para escribir lo que me preocupa. Lo que me aflige.

Me senté para escribir sobre mis miedos y mis

angustias. Para escribir sobre Mercedes. Para abrir mi

corazón. Para enfrentar lo terrible, lo feo.


Me senté para escribir y aceptar lo inevitable. Lo

irremediable. Para darme cuenta que estoy solo. Que pasan

los años y sigo solo.

Me senté para escribir sobre los motivos que me

faltan. Sobre lo suelto y sin rumbo que me siento. Para

escribir sobre mi incertidumbre y mi tristeza por no lograr

nada y no poder aferrarme a nada. Sobre la falta de

esperanza.

Me senté para escribir sobre como me cuesta aceptar

la vida como es. Sin siquiera comprenderla.

Estoy como si me hubieran quitado el deseo de vivir.

No tengo ganas de hacer nada, porque ella no quiere estar

conmigo.

No tiene sentido. ¿Qué podría darme ella? ¿Amor?

¿Si viví todo este tiempo sin amor, por qué no quiero o no

puedo seguir haciéndolo? ¿Qué sentido puede tener no

poder vivir la vida porque otra persona no desea estar o no

lo ama a uno?

Nada entiendo. Encuentro un vacío general en


cualquier acto y una agonía y una enorme angustia me

invade el pecho.

Si esto es parte de la vida. ¿Dónde está el propósito?

Hablé con Josefina. Reaccionó con bronca y rechazo.

Considera que Mercedes trata a las personas como si fueran

cosas. Lo dedujo de cuando me dijo que me llevaría a vivir a

su casa. Como si fuera un juguete. Que me está manejando,

sin saber lo que quiere y sin importarle como me sienta yo.

En parte yo me siento como ella me dice, que me

manejan como a un títere. Como si yo a Mercedes no le

importara nada como persona.

Pero, por otro lado siento que desde que la conocí fue

creciendo un compromiso y una unión profunda. Muy cerca

de mi corazón, de mis sentimientos y emociones.

No sé si creerle a mi corazón, a mi cabeza o a Jose-

fina.

Desconozco la cruzada en la cual me encuentro, pero

una vez más el sentido de lo que hago no está en mí, sino


en otra persona.

Parece ser que una vez más el sentido de lo que hago

no está dentro de mí, sino por fuera. Y si es así, y el sentido

y propósito de mi presente es Mercedes o tiene que ver con

ella, simplemente paso a un segundo plano, encolumnán-

dome por detrás de otro individuo.

Me surge la creencia de que las personas, en ciertos

momentos, necesitan cierta ayuda. No quería escribirlo,

porque no concuerda con lo que mi alma de ha dicho en

muchas oportunidades: ¡Cada persona está completa. Nada

necesita. Tiene todo para vivir!.

Cuanto más traté de que no me hiera, cuanto más

traté de no sentirme no correspondido, cuanto más traté de

dar para no ser rechazado e ignorado, tanto más me lo

hicieron sentir.

Ahora me siento HERIDO. Herido por Mercedes.

Herido por mi madre. Herido por mis amigos. Herido por Joe,

por Monique, por Raúl, por Poli.


Entiendo en sentirme herido un mensaje de mi

interior.

Me dice que tengo derecho de estar acá. Que hay

lugar para una persona exactamente como yo en este

mundo. Que no es un error que yo este acá. No importa que

los demás sean, piensen y que se manejen con códigos

diferentes. Tampoco que les importen otras cosas. Igual-

mente, aun siendo raro y peculiar, aun siendo obsesivo o

incansable buscador y cansador para muchos, tengo todo el

derecho de estar acá. Y tiene sentido que exista.

Estoy por cumplir treinta y cuatro años. O dos desde

que volví a nacer.

Éste fue un año difícil. El esfuerzo para seguir mi

senda fue cada vez mayor. La mayor parte del tiempo

estuve perdido, fluctuando entre intentar volver a ser el

viejo Andrés, e intentar "entender" y "darme cuenta", como

me invita a vivir mi nueva consciencia.

Recién estuve viendo una película. Lloré casi desde


que empezó. Tenía una visión tierna y afectuosa de la vida.

El único valor que defendía era el amor. Nada de logros o

éxitos, o de haber alcanzado nada en la vida.

Solo amor. Solo eso.

Leí en la lista de Louise Hay, que un ataque al

corazón quiere decir que la persona, por dinero, por posición

o por lo que fuera, le quitó todo el júbilo a la vida. Puede ser

que eso haya hecho papá.

Pero creo que una de las cosas que sentí con su

muerte es HERIDO. Quizás por eso es tan importante esa

emoción. La vengo repitiendo desde muy chico.

Mi cumpleaños ya pasó. Con pena por Mercedes y,

también, con demostraciones de cariño. Ella no me está

tratando como yo querría y eso me duele. El Viernes la

encontré en una fiesta de Méndez (de las que la conocí). Me

dijo que hubiera preferido que yo no fuera, pero que como

yo estaba ahí, tuvo que estar conmigo.

Yo hubiera preferido que no fuera. O que me tratase


diferente. Pero las cosas son como son.

Brindé con ella y propuse: "Por nosotros". En realidad

no hay tal cosa. Hay un ella y un Andrés que se presta a

todo o a casi todo.

Me zamarrea emocionalmente. Pero si como digo yo,

quiero sentir, lo primero es animarme a todo lo que me

pase. Cuando deje de emocionarme quizás sea que con ella

ya no voy a aprender más, pero mientras me emocione

como lo hago, mientras siga sintiendo emociones penosas y

gloriosas (que hasta ahora no sentí), vale.

Estuve hablando el sábado a la noche con Josefina.

Me transmitió algo interesante con respecto a sentirme

herido. Yo había escrito que es cuando creo que la verdad la

tienen los demás. Ella lo entendió como que los demás son

un espejo de nuestra realidad. Así, lo que ellos hacen se

transforma en lo que nosotros merecemos.

Ahora considero sentirme herido como un men-

saje que me indica que estoy creyendo que las de-


voluciones de los demás son un espejo que me

refleja.

Por lo tanto, comprendo que no es así. Las personas

nos hacen devoluciones que tienen que ver con ellos, no

sólo con nosotros.

Otra vez triste. Llorando en el garage. Sintiendo que

soy un desgraciado.

Otra vez un miserable. Un no querido por nadie. Un paria. Un

extranjero indeseable.

Y todo esto porque a Mercedes no le importo. Porque

una vez más me voy a quedar solo. Y me había ilusionado

con poder vivir un tiempo con alguien.

Estoy desgarrado y herido. Fuera de lugar. Vencido.

Por la noche sueño que ella no está conmigo. Me

despierto pensando en ella. Todo pierde sentido si ella no es

correspondiente.

Si no fuera así, si me quisiera y estuviera enamorada

de mí, quizás yo podría hacerla sentir bien con solo estar,


con un mimo, un abrazo o una caricia, porque es eso lo que

creo que necesita.

Las cosas que yo hago serían valoradas, no pasarían

desapercibidas, como ahora.

Estoy en el garage escuchando música. Solo y

confundido. Sin tener idea a qué dedicar mi tiempo.

Si creyera que soy inmortal, no me molestaría perder

el tiempo con Mercedes.

Cuando la conocí me confesó que nunca abría las

persianas de su cuarto. Que no quería que le entrara el sol.

Cuando llegué Mercedes estaba en Robe de cham-

bre. Me atendió bien. Dijo que se iba a ir al centro, que la

esperara mientras se bañaba.

Sentí que era una pérdida de tiempo. ¿Por qué

esperarla si se iba al centro? Antes que eso prefería ir a lo de

Turu y después a lo de Cris.

Cuando se lo dije, no lo tomó nada bien. Se fue sin


saludarme.

Hoy es Viernes de semana santa. Creo que religio-

samente no me afecta, aunque creo que Jesús fue muy

importante, sin embargo, como mucha gente aprovecha

para pasar unos días afuera, yo me despierto con com-

pulsión a hacer cosas, programas divertidos.

Mientras imagino que todos festejan y se divierten,

yo escribo solo y confuso en mi garage.

Me hace acordar a las palabras de Lao-tsé, aunque

estoy muy lejos de ser un sabio.*

*(Los hombres están de fiesta como en los días de grandes

sacrificios.

O cuando en primavera se asoman a las terrazas.

Sólo yo permanezco tranquilo, sin tareas que cumplir, como

un niño que todavía es incapaz de sonreír, siempre

desamparado, como si no tuviera hogar.

Los demás viven en la abundancia, sólo yo parezco pobre.

Es posible que mi mente sea la de un loco, tan oscurecido y

confuso me siento.
La gente vulgar da la impresión de ser clara y brillante, sólo

yo me muevo como una sombra.

Ellos son agudos, seguros de sí mismos.

Yo estoy decaído y me muevo como se mueve el océano.

Voy a la deriva, sin asidero alguno.

Todo el mundo tiene algo que cumplir.

Sólo yo soy torpe y estoy fuera de lugar.

Soy diferente, yo encuentro paz y soporte en la madre que

me nutre.)

Me castigo por no tener un buen trabajo. Por no ser

una persona positiva y pudiente. Alguien que pueda

mantener una familia. Alguien que valga la pena querer.

Si bien me costó mucho tiempo poder estar tranquilo

con intentar fluir en mi vida, sin estar enganchándome con

la compulsión de la gente de ser alguien por el trabajo que

hacen, sin querer identificarme por mi quehacer diario, por

mi profesión o por mi trabajo, sin estar encolumnándome

por encima o por debajo de otras personas que poseen más


o menos que yo, ahora me vuelvo a castigar por lo mismo.

Quizás fue sólo un intento de ir aceptándolo y

comprendiéndolo, pero ante la llegada de alguien que me

gustó, rápida y gratuitamente tiré todo ese esfuerzo por la

ventana y comencé, sin prisa y sin pausa a castigarme,

quitándome toda posibilidad de gozo por lo que se me

presenta cada día, como el aire, la las plantas, el agua, la

música.

Cada día puede ser una bendición o un tremendo

sufrimiento.

Si considero que soy incompleto. Y que no soy lo

suficientemente bueno ni poderoso como para satisfacer a

alguien, estoy en lo cierto. No es debido a un problema

particular mío, sino porque a nadie se lo puede satisfacer.

Nadie puede satisfacer a nadie.

¡Sólo tiene lo suficiente, quien sabe lo que es

suficiente!

Le dediqué tiempo, inteligencia, percepción, calidez,


dinero. Le abrí mi garage y mi corazón. Incluso permití que

se burlara de mí. También que no me tolerara. Que me

rechazara, que me manejara y que se encaprichara,

también. Y que no me quisiera.

Intenté aceptar todo. A todo dolor le busqué la vuelta

por otro lado.

Pero todo lo hice esperando algo a cambio. Un diplo-

ma de poder satisfacerla, de ser suficientemente bueno para

alguien. El diploma de quien alcanza.

Lejos de obtenerlo.

Ayer otra vez tuve la sensación de saber que

Mercedes había llegado a la casa. Ella me había dicho que

volvía el domingo. Y como la otra vez que me había dicho

que iba a ir al centro, y yo había sentido que estaba en la

casa y tuve ganas de ir a visitarla, ésta vez me pasó lo

mismo.

No sé como entender esta comunicación de saber si


está o no.

Por otro lado, no obstante yo quería que me llame y

lo hizo, me trató mal, como si estuviera molesta o le costara

llamarme y a la vez mostrar toda su indiferencia.

Cuando digo algo no me escucha o me trata mal. Aun

así, siento que en este momento me está llamando de

alguna forma. Pero contestar su llamado es ir a ser mal-

tratado y no tiene mucho sentido.

De todas formas sigo pensando en ella, sabiendo que

va a tratarme como puede, como sabe y como le parece.

El que se injuria soy yo mismo. El que deja de creer

en su alma, soy sólo yo.

Cuando es ella quién me llama, peor me trata. Le

molesta tener que llamarme. En el llamado no me invitaba a

nada. Solamente me daba la posibilidad de que yo la

invitara.

CONFUNDIDO: Cuando creo que todo es como tiene que


ser.

No entiendo que pude decirme esto. Parece que si

todo es como tiene que ser, entonces no hay nada que

pueda modificarse. No hay nada en realidad que yo pueda

hacer.

Es muy interesante. Querría decir que puedo hacer

diferencia, que puedo interferir en algo, que soy parte de

algo.

Últimamente me estuve diciendo en reiteradas

oportunidades que para que intentar ayudar a alguien, si

todo estaba como tenía que estar.

Volví hace unos días de Mar del Plata y vuelvo a ir

mañana. Es una excelente noche otoñal. Fresca y pura.

Por la radio están pasando lágrimas en el cielo. Mi

estado de ánimo está lejos de ser parejo. Estoy perma-

nentemente atento a la reacción que causo en la gente,

para saber como estoy. Ignoro como saber como estoy sin
valerme de la devolución de los demás.

En estos días estoy muy angustiado porque mi vida

depende de ella. También de otras personas. Fuertemente

angustiado. Mi vida no tiene sentido, carezco de ganas de

hacer nada. Tengo toda mi energía puesta en Mercedes. Ni

en ver televisión ni en ir al cine, ni en nadar, ni en correr ni

en aprovechar estos espléndidos días de otoño con las hojas

de todos colores soltándose de los árboles.

No puedo disfrutar, ni cuando estoy con ella, ni

cuando estoy solo.

Estoy enamorado y no soy correspondido.

Me cuesta mucho mantener mi escala de valores.

Tiene pocas certezas, solamente voy aprendiendo lo que no

tiene valor. No quiero volver a creer que tengo que ser

suficiente y tener suficiente para ofrecer.

Es domingo a la noche. Hoy hay fiesta de Méndez.


Sentado en el escritorio escucho la radio. Mientras, me

caliento unos ravioles del mediodía.

No creo que Mercedes se haya tomado bien que yo

tuviera programa con otra mujer cuando me llamó ayer.

Cuando la llamé al mediodía me dijo que iba a estar ocupa-

da por la tarde haciendo un trabajo para la facultad, que

más tarde me llamaba.

No se si quiero que lo haga.

Cuando me llamó, a eso de las nueve de la noche,

me bañé y fui hasta su casa con sospechas. No estaba

seguro si ella podía digerir lo que le estaba pasando

conmigo.

Cuando llegué, no fue ella quien me atendió. Estaba

sentada en la cocina viendo televisión y no se movió. Hizo

como si no me hubiera escuchado (aunque toqué el timbre).

Me ofreció que me sentara junto a ella.

Tenía enfrente el trabajo que había hecho para la

facultad. Le pedí leerlo y a pesar de que al principio se negó,


luego aceptó con la condición de que no emitiera comen-

tarios al respecto. Supongo que me pareció rara la limitación

y por eso luego de leerlo le dije que yo le cambiaría algunas

cosas (no era verdad).

Nos quedamos callados un buen rato, hasta que me

preguntó por qué me gustaba hacerla enojar. Ya no me

trataba bien, en realidad no le había hecho en ningún

momento. No me sentía bienvenido.

Le dije que a mí me gustaba que me recibieran bien.

Con ironía continué con que debía ser un problema

mío de chico. La saludé y me fui.

Debo haber estado en su casa unos quince minutos.

Ahora me dan ganas de llorar.

Me senté en el sillón de mi garage, con la luz apa-

gada, esperando que me llamara. Esperé media hora. Me

cambié y me fui a la fiesta de Méndez.

Cuando volví a verla me preguntó si había ido a esa

fiesta.
Aunque pensé que las cosas entre nosotros podían ir

mejorando, no fue así. A pesar de haberme dicho que ahora

le gustaba abrir las persianas y dejar entrar el sol a su

cuarto, ayer volvió a decirme que nunca me había mentido,

que siempre me había demostrado su escaso interés en mí.

Las veces que estuvimos juntos no fueron agradables

para ninguno de los dos.

Decidí que lo mejor era dejar de salir.

Ni se inmutó. No demostró darle ninguna impor-

tancia. Me saludó como si nada. Es coherente con la poca

importancia que me demostró siempre.

Pasé una pésima noche por problemas digestivos.

Con ganas de vomitar e ir al baño, con retorcijones y sudor

frío.

Fui a verla. Todo lo que temía, pasó. Fría y lejana,

sentada distante me ignoraba. Interrumpió la conversación


en la cual hablábamos de nosotros, para decir pavadas por

teléfono con un amigo durante quince minutos.

Mientras tanto, yo me mantenía acurrucado en un

rincón de su cuarto, muriendo de a poco, sufriendo, llorando

por dentro, pero intentando convencerme de que me la

banco. Que nada me pasa.

Me llega su imagen diciéndome que quería ser mi

amiga. ¡Que mundo de mierda! ¡Las cosas que tengo que

escuchar!

Cuando llegó el amigo, ni siquiera habíamos termi-

nado la conversación. Ni siquiera pude despedirme como

quería.

En realidad yo no quería irme.

Ella no salió a despedirme. Tuve que abrir el portón y

sacar la moto solo. Solo. Solísimo.

Fui directo a verla a Cris. Por suerte, estaba. Me dio

cariño y me abrazó. Me contuvo y se interesó por mí.

No sé por qué no quería quedarme solo. A lo que

temo más ahora es a la soledad. A las emociones profundas


en el desierto. Angustia. Todo incontrolable.

Esta relación me hizo ver lo solo que estoy. Lo solo

que me encuentro. Creo que todos los días de mi vida salgo

a remediar mi soledad. La terrible soledad que permanece

aun cuando estamos acompañados.

Toda la vida que fui armándome con interés se vino

abajo. La regalé con gusto a cambio de una de sus sonrisas.

Intenté guiarme por mi alma y me condujo a esto.

Me angustio tremendamente cuando pienso en lo

poco que le importó mi situación.

Muevo las piernas aceleradamente por la angustia.

Me siento muy dolorido, emitiendo aullidos internos de

dolor. Mañana tengo que viajar a Mar del Plata a terminar el

tacto. Sólo recordar eso me hace mover las piernas con

mayo desesperación.

También siento angustia cuando pienso en su

indiferencia corporal hacia mí. Estoy desesperado.

Pensar en ella me da angustia. Pienso en como me

gusta, en su cuerpo y siento angustia. Pienso en un abrazo...


bueno, eso nunca lo tuve.

La angustia me indicaría los razonamiento equivo-

cados. Por donde no va el asunto. Entonces, no sería ella lo

importante, ni como me gusta, ni como es su cuerpo. Es

obvio que hay mejores cuerpos que ese y mujeres más

lindas.

También me angustia que puede ser tan simpática

con un amigo y tan desagradable conmigo en el mismo

momento.

Siento que me mataron. Me mataron y tengo que

seguir viviendo muerto. ¿Cómo hago eso? Perdí todo deseo

propio desde que la conocí. Toda intención que no fuera

estar con ella. Desaparecí.

Ahora ella decide dejarme solo. Solo y desaparecido.

Solo y sin interés.

La llamé a Cris para verla ahora, a la mañana. Me dijo

que alguien iba a ir a cantar un salmo a su casa, y eso me

dio miedo, no quiero quedar a un costado, sentirme


relegado.

SENSACIÓN DE SOLEDAD: Tengo sensación de soledad

cuando quiero decirme que creo que la vida está deter-

minada. Que su sentido está determinado

No se si esto podría tener sentido. Es lo que me

acaba de salir.

Por suerte para mí, Cris me acompañó la mayor parte

del día.

Estuve un rato con algo de buen humor, mientras

escribía y también cuando fui a correr, pero al volver, me

volvió a atacar la angustia, la contracción en mi estómago.

Cris, Josefina y Monique, me dieron cariño.

Esta angustia tiene que estar indicándome alguna

espina o un punto de vista errado. También siento de-

sesperación.

Aunque siempre dije que quiero transitar mis


emociones, me esta costando enormemente transitar todas

las angustias, tristezas y sensaciones penosas y a menudo -

desagradables que se me presentan últimamente.

Mercedes fue como un oasis de espinos. Por cada

gota de agua que recibí tuve que sufrir sus dolorosos

pinchazos. Cada vez que me separé de ella me invadió la

sensación de no ser nada, nadie.

Por más que me devuelvan que soy un idiota, un pro-

blemático, un inútil y un vago, no tengo porque tener que

ver con eso. Es posible que todo eso tenga que ver con

quien me acusa de ello.

Muchas cosas viví en este último tiempo.

Muchas cosas diferentes. Historias donde se

repitieron los personajes, pero en forma cambiada.

Fui el deseado y también el que deseó.

Fui rechazado y también el que rechazó.

Fui ignorado y también ignoré a otros.

Todo lo que hice, me lo hicieron. Todo lo que

me hicieron, lo hice.
¡Qué momento más extraño en mi vida!

No se puede decir que no estoy teniendo algunos

meses realmente movidos.

Me vuelve la imagen de Mercedes y ansío una posibilidad de

que las cosas no sean como son. Que la realidad no sea lo

que es.

Pero lo cierto es que esto es sólo que me siento mal

por un amor no correspondido y nada más.

La única solución es que fuera correspondido. Pero

ella me ofrece su amistad, quizás como yo se la ofrecí hace

mucho tiempo a Josefina.

Aunque a cada rato pido por favor que esta realidad

desaparezca y que Mercedes me diga lo mucho que me

quiere y le interesa estar conmigo, es un imposible.

Caminando hace un rato pensé en eso de "tener lo

que uno quiere". Parece ser eso lo que intenta decirme esta

enorme tristeza que tengo instalada desde hace rato.


Ya son casi las seis de la tarde. Hoy no creo haber

hecho gran cosa. Estuve caminando, sintiéndome desgra-

ciado y esperando inútilmente que Mercedes llame.

Parezco estar siempre en el mismo lugar, siempre

desgraciado y dejado de lado por las personas que me

interesan.

Creo que de a poco he ido perdiendo el mito de la

plata, de los bienes materiales y del éxito para poder ser

feliz. Haciendo el amor con Mercedes estuve muy cerca de

tocar el cielo con las manos, muy cerca de sentir lo máximo.

De conectar todo mi cuerpo y el de ella en un gozo

profundo. Sé que a eso lo valoro. Mucho más importante que

el tema sexual.

Ahora estoy solo, sentado en mi garage, sin saber

cuando la vida va a volver a acariciarme con una sensación

tan profunda y placentera. Ahora tengo que contentarme

con lo que la vida quiera darme. Sin lograr imponer mi


voluntad.

A lo que me gusta, la vida puede dármelo o quitár-

melo sin que yo tenga derecho alguno al pataleo, sin que

pueda hacer nada al respecto. ¿Para qué hacerme desear

aquello que no he de poseer, que no he de gustar?

A muchas de las emociones que tuve durante esta

relación con Mercedes pude y me esforcé en sacarles

provecho, pero queda la ausencia, el teléfono que no suena,

queda la soledad y la falta de cariño y amor.

De alguna forma siento que me quedo afuera, que ya

no voy a poder entrar y salir a mi antojo. Y eso me lleva a

una enorme sensación de angustia y miedo.

Hace un rato me dejé las llaves arriba y mamá cerro

la puerta con llave. Ante esta situación sentí una gran

angustia y me vino una imagen de cuando era chico:

Buscábamos casa con mamá porque papá había muerto. Yo

me entretuve en el jardín, sin darme cuenta que mamá

miraba la casa por dentro. Cuando quise entrar, ¡La puerta

estaba cerrada! ¡Me habían dejado afuera! Mi desesperación


fue enorme. Sufrí tremendamente. Mamá hacía lo imposible

por tranquilizarme, sin obtener ningún resultado dado el

nivel de angustia y desesperación que yo había alcanzado

en esos minutos.

Existe la posibilidad de que el mensaje que intenta

transmitirme mi alma no sea directo de Mercedes, sino de lo

que ella representa. Que ella sea sólo una referencia.

Alguien que me importa y a quien yo no le importo. A la vez

me llama la atención que las dos veces en las cuales le

confesé que la quería, sentí como se le iluminaban los ojos.

Inútilmente sigo esperando que me llame. No quiero

darme por vencido. No quiero aceptar la realidad.

Quizás de aquí a un rato vaya a correr con un equipo

del bajo. Mi vida empieza a armarse otra vez, sin poseer

nada, sin esperar gran cosa, sin "probar el dulce".

Me siento solo y triste. Según lo que creo de estas

emociones, la sensación de soledad me estaría indicando


que la vida no tiene un sentido determinado, que no me

preocupe ni gaste tiempo y energía en cuestionarme porque

no se me otorga la posibilidad de vivir de acuerdo a lo que

me gusta.

Me preocupo por este sentimiento de soledad, que

me hace sufrir, pero que es en realidad inocuo, inofensivo.

En cambio, quizás el creer que la vida tiene un sentido

determinado, me puede estar haciendo esquivar o rechazar

muchas veces mi forma de sentir y fluir.

¿Me estoy guiando por determinismos cuando me

despierto a la mañana, cuando estoy de vacaciones, cuando

es día de semana o fin de semana?

¿Será que me arrastra el determinismo de otras

personas?

¿Me estaré guiando, aceptando o rechazando según

mis propias determinaciones sobre como hay que vivir y lo

mucho o poco que aprovecho mi vida?

La tristeza pareciera ser una emoción base, que no


da lugar a otras. Entiendo perfectamente que me indica que

no "necesito". No necesito lo que quiero para vivir.

Para mí, vivir, puede estar siendo perseguir lo que

quiero. Lo necesite o no, tratar de obtenerlo o intentar que

permanezca conmigo.

Releyendo algunas páginas que escribí antes de

conocer a Mercedes, descubrí increíblemente que en esos

días estaba triste, llorando, angustiado y relegado.

También sentía que no era lo suficientemente bueno,

rechazado, olvidado e ignorado. Que nadie se interesaba por

mí e incluso herido.

Me decía que yo siempre reacciono igual cuando me

hieren no queriendo estar conmigo: eligiendo no querer

estar con quienes no quieren verme y de esa forma lograr

que desaparezca la herida. Sólo habría herida si yo los

hubiera buscado.

Pensaba también que las cosas "buenas" no eran

para mí y que cualquier cosa que yo quisiera no se me iba a


dar.

A la vez me sentía "colado". Una persona indeseable

a quien no invitaron a esta acá, pero que, de cualquier

manera no se animaban a echarme.

Lo increíble es que haya sentido todas estas cosas

antes de conocer a Mercedes y, después de conocerla, las

volví a vivir, pero con mayor potencia, lo que evidentemente

me hizo suponer que era ella la causante o el real punto de

referencia de lo que pasaba dentro de mí.

Me gustaría escaparme. Poder estar viviendo otras

cosas, más agradables. Sólo está quedándome espacio para

aquellas desagradables. Para sufrir, llorar, angustiarme o

preocuparme. Para sentirme relegado, miserable o

desgraciado. Para estar solo.

Estoy cansado. Cansado de lo mismo. Cansado de no

poder reír con ganas, festejar, disfrutar y agradecer.

Cansado de no sentir placer y de no hacer las cosas con


gusto.

Cansado de no saborear un buen vino, de no hacer el

amor con una bella mujer y de no respirar el aire a todo

pulmón.

Espero poder lograrlo después de este trago amargo.

Amargo, pero quizás necesario para poder disfrutar luego.

Necesario para poder disfrutar de algo real, cierto.

Últimamente me estuve diciendo muchas cosas a

través de las emociones. Voy a ir una a una:

TRISTEZA: fundamentalmente por no tener lo que quiero. E

incluyo a la MUJER. Para poder disfrutar la vida creo

necesitar una mujer. Aun cuando puedo tomar un buen vino

y respirar el aire puro a todo pulmón, creo que no puedo

disfrutarlo a pleno sin una mujer. Sin ese cuerpo generoso y

complaciente, sin esas sonrisas de placer, sin sus miradas.

¿Cómo podría estar disfrutando este momento, que no tengo

una mujer?

Me parece terrible, pero creo que mi alma intenta


decirme que no necesito una mujer para vivir.

Quizás piense que si las mujeres no me aceptan, es

que el mundo no me acepta como semilla. ¿Será por eso

que me dolía tanto que Mercedes dijera que hubiese

abortado un hijo mío?

¿Es acaso tan importante para mí el placer sexual o

en realidad persigo el certificado que obtengo al poder

gozar?

También puede ser que sienta tristeza por no obtener

correspondencia entre lo que doy y lo que me dan.

RELEGADO: quiere decir que me estoy dejando llevar por lo

que otras personas piensan. Que no me estoy afirmando en

los valores que fui encontrando en mi camino. ¿Cuáles son

esos valores?

-No hay personas modelo. Soy único. Somos únicos.


-Nadie tiene derecho alguno sobre mi vida, ni la de los

demás.

-No tengo la obligación, ni el derecho de evitarle penas a los

demás.

-Cada persona posee todo lo que necesita para vivir.

Estamos completos.

-No es importante, ni necesario, gustarles a los demás.

-La vida no tiene un sentido determinado.

-Las devoluciones de los demás no son nuestro reflejo.

-No está todo como tiene que estar. Podemos hacer

diferencia. Contribuir.

-La vida no es una competencia.

-A la vida no se la puede obtener, sólo vivir.

-No necesito lo que "quiero" para vivir.

Supongo que con el tiempo voy a seguir encontrando

valores. Ideas que valgan la pena, que perduren y me sean

beneficiosas, acercándome a la realidad.


La ANGUSTIA que sentí al ser relegado me llevó

directamente a la situación, una vez más, de la muerte de

papá. Debí sentir que con él se me iba toda posibilidad de

poder mantener mis ideas, mi forma de ser, evidentemente

creyendo que era necesario ejercer mi voluntad para

obtener un lugar.

Creo que esto es muy importante.

En realidad no se logra tener un lugar por el hecho de

poder ejercer nuestra voluntad. Uno siempre se encuentra

en un lugar para sí mismo.

Cuando murió papá perdí la oportunidad de ejercer

mi voluntad. Que las cosas se hicieran como yo quería.

Seguramente en ese momento creía que eso era

fundamental, porque al que se le permitía ejercer su

voluntad, le estaba siendo permitido "ser". A los demás, en

cambio, no.

Y creo que allí es donde empezó otra emoción:

SENTIRME HERIDO. Herido por todas aquellas personas que

no cumplieron con mi voluntad, una forma de dejarme SER.


HERIDO: Las devoluciones de los demás no son nuestro

reflejo. No son nuestro pasaporte para poder ser o no. No

implican un derecho para estar acá. Ni siquiera son un

reflejo de lo que sembramos, aunque puedan serlo.

De alguna manera es lógico pensar que si a uno

alguien lo ama, lo está autorizando. Mientras uno es amado

puede permanecer. Tiene una razón para quedarse.

Por eso creo que algo debe estar señalándome este

deseo tiránico de que Mercedes me llame, este deseo de ser

reconocido, de dejar de ser ignorado, para ser aceptado y

amado.

Pero tengo MIEDO de que ella no llame.

El miedo tiene que ver con la indestructibilidad de mi

alma. Con mi propia presencia, con mi ser.

Si tuviera que escribir la razón de mi miedo, diría que

es porque todo lo que me pasa, tanto lo que puede verse

beneficiado, como perjudicado, son cosas inofensivas en

realidad.
Es como si fuera un juego inofensivo de búsqueda del

equilibrio. Es sólo una guía, no dependemos de ello.

¿Cómo explicar que podamos contribuir con este

mundo y a la vez sea inofensivo lo que nos pasa?

Quiero decir que por inofensivo entiendo que no nos

lastima ni nos limita. Diría que aunque no somos

omnipotentes, estamos más allá de tener que ejercer

nuestra voluntad.

Que se cumplan nuestros deseos no nos beneficia ni

nos perjudica.

Todavía me quedan muchas emociones para

profundizar. Queda rechazado, olvidado, ignorado, colado,

desesperado, dubitativo, desgraciado, sensación de soledad

y angustia por quedarme afuera.

Aunque Mercedes me asegura que yo no le intereso

ni corporal, ni espiritualmente, yo sigo creyendo que no es

así. Aunque en lo concreto, la falta de un llamado me indica

claramente que no le intereso, sigo con la idea de que no es


verdad. Y eso me hace pensar en papá. En papá que desde

que se fue, desde que murió, nunca volvió a saludarme. En

papá que no recuerdo que haya estado nunca hablándome

en un sueño. En papá, que yo veía cómo se preocupaba por

mí y cómo yo le importaba, y de cualquier manera nunca

volvió.

Una vez más me desperté sufriendo. Reconozco que

no es la idea ocultar las emociones penosas que transito y

tratar de reemplazarlas por ilusiones para sentirme bien. No

es que no quiera sentirme bien, pero quiero que sea por un

camino real.

Por lo tanto, voy a pasar otro día más solo en casa.

Saliendo únicamente para hacer algún deporte o comprar

algo para comer aquí, en mi garage.

Insisto con la idea de que la gente no quiere estar

conmigo por un problema mío, por mis errores y equivo-

caciones.

Sonó el teléfono y especulé con que podría ser


Mercedes... No era.

Me cuesta creer que mi intuición me haya jugado tan

mala pasada, haciéndome fijar la atención en alguien que

no iba a corresponderme.

Aunque estuve analizando las emociones que sentí,

todavía no pude descubrir el meollo del asunto. Por eso doy

vueltas en círculo.

Quizás tenga que ver con algo que me pasó cuando

era chico. Algún tipo de conflicto que no pude resolver en su

momento y que hoy podría estar capacitado para

desenmascarar.

En algún momento pudo ser realmente nefasto para

mí que me quitaran el cariño y que no me dejaran ejercer mi

voluntad. En ese momento pudo estar relacionado con que

mi conducta satisfaciera a quienes tenían el poder de

dármelo.

Tratar de ser yo mismo en esa etapa de mi vida, en

donde sentía que había perdido a mi mejor camarada

(papá), pudo volverse una lucha de vida o muerte para mí.


Posiblemente elegí dejarme de lado, con tal de no quedarme

solo y poder ejercer un poco mi voluntad.

Seguramente la tristeza que debía hacerme sentir el

hecho de no poder ejercer mi voluntad y para peor, no poder

comprender su mensaje de que no necesitaba hacerlo,

debió desembocar en algo mucho más nocivo para mí, como

dejar de lado mi particular forma de ser y tratar de

adecuarla a las exigencias de los que me rodeaban.

Por más que intentaba esforzarme por contentar a

otros, nunca lograba ejercer mi voluntad con algunas

personas, como por ejemplo con Raúl, que además de tener

mayor fuerza física, contaba con el apoyo incondicional de

mamá.

Me imagino claramente al círculo vicioso, cuanto más

me dejaba de lado, para ser como mamá u otras personas

quisieran que fuese, nunca iba a gustarles por mi forma de

ser real, sino por comportarme como un Andrés de plástico

que apenas se quitara la careta, volvía a ser relegado otra

vez.
Conclusión: O me relegaba yo para que no lo hicieran

los demás y así intentar ejercer mi voluntad o me relegaban

los demás y, de esa forma, perdía la posibilidad de hacer lo

que quisiera.

Supongo que en ese momento no estaba en condi-

ciones de seguir mi vida solo.

De cualquier modo, me parece una forma coherente

de asociar el no ser suficientemente bueno, con el hecho de

ejercer mi voluntad.

Es posible que creyera que al poder ejercer mi

voluntad estaba siendo aceptado en esta vida.

Estas son todas hipótesis. Voy a permitir que corra un

poco el agua, manteniéndome pendiente de lo que voy

sintiendo y actuando, para ver si puedo aclarar, confirmar o

rechazar todas estas conjeturas. Por el momento, no siento

angustia ni otra sensación concreta que me indique que voy

por mal camino.

¡No creo que mi familia esté dirigida a crecer! Pero al


decirlo no me considero apto para juzgar a los demás.

Afortunadamente tengo este tiempo para escribir.

Tiempo para mí, para analizar, estudiar, sentir y respirar.

No estoy compulsivamente volcado con desespera-

ción a la búsqueda de bienes materiales ni profesionales.

Intento vivir auténticamente, mirando la naturaleza y

apreciando su belleza. Puedo disfrutar de bienes que no son

materiales.

Hoy no me siento suficientemente bueno. Para decir

más, reconozco que no lo soy. ¿Quién querría estar con

alguien como yo, que vive en un garage sin baño, teniendo

que subir hasta la casa de su mamá para usar el de ella?

¿Quién querría estar con alguien tan falto de ambiciones

materiales, hasta el punto de no querer hacer nada por

obtenerlas?

¿Quién querría estar con alguien cada vez más feo,

más viejo y más pelado?


Domingo lluvioso teñido de tristeza. Las gotas de

agua no llegan a lavar mi alma del sufrimiento. Día a día

siento que me consumo. Que me sumerjo en un mundo de

desesperanza y dolor. No logro dormir bien ni disfrutar de la

vida.

Me dedico a mirar películas, a llorar de a ratos, a

sufrir.

Está anocheciendo, para variar, estoy solo.

Sospecho que muchas de estas emociones tienen

relación con algo que me pasó luego de la muerte de papá,

algo que no alcancé a descubrir y comprender, y que por

eso me sigue perjudicando hoy día.

Después de mucho luchar contra la vigilia, tuve que

levantarme. No quería enfrentarme con la realidad de mi

vida. Y desperté pensando en que no me siento nada útil, lo

que me recuerda a un antiguo relato:


EL ÁRBOL

Lao Tsé estaba viajando con sus discípulos y llegaron

a un bosque en el que cientos de carpinteros estaban

talando los árboles porque se estaba construyendo un gran

palacio. Y habían cortado casi todo el bosque, excepto un

árbol que se erguía allí. Un gran

árbol con miles de ramas. Era tan grande que diez mil

personas podían sentarse bajo su sombra.

Lao Tsé pidió a sus discípulos que fueran a preguntar

por qué no habían cortado aún este árbol, cuando habían

cortado ya todo el bosque y había quedado desierto. Los

discípulos fueron y preguntaron a los carpinteros: -¿Por qué

no habéis cortado este árbol? Los carpinteros dijeron: -Este

árbol es absolutamente inútil. No se puede hacer nada con

él porque todas las ramas tienen demasiados nudos. No hay

nada recto. No se pueden hacer columnas con él, no se

pueden hacer muebles. No puedes usarlo como

combustible, porque el humo es muy peligroso para los ojos.


Te quedarías casi ciego. Este árbol es absolutamente inútil.

Esa es la razón.

Volvieron. Lao Tsé se rió y les dijo: -Sed como este

árbol. Si queréis sobrevivir en este mundo, sed como este

árbol, absolutamente inútiles. Entonces nadie os hará daño.

Si son rectos los cortarán y los convertirán en un mueble en

casa de alguien. Si son bellos, los venderán en el mercado,

los convertirán en una mercancía. Sed como este árbol,

absolutamente inútiles, entonces nadie podrá dañarlos. Y

crecerán grandes y amplios,

y miles de personas encontrarán sombra debajo de ustedes.

De mi familia aprendí que lo importante es lograr lo

que uno quiere. Lo demás no vale nada.

Y a partir de esto ¿Puedo disfrutar lo que tengo?

¿Puedo hacerlo a pesar de mis faltas, sin un trabajo

reconfortante y enriquecedor, sin una pareja para hacer el

amor y sin mi padre? ¿Puedo disfrutar con la familia que


tengo, estando separado de muchos de mis hermanos y de

mis amigos? ¿Puedo disfrutar estando solo y con el

embrague de mi auto patinando? ¿Puedo?

No, no puedo. Y no porque no quiera, sino porque las

ilusiones todavía subsisten en mí, los fantasmas de lo mejor

en contra de lo bueno.

¿Pensar que ahora podría estar en la cama con

Mercedes o viajando a algún lugar paradisíaco hace que

no pueda saborear este momento? ¿Es eso lo que hace que

no pueda exprimirlo como a una fruta jugosa, vivirlo como a

una joya, un momento único?

Tiene sentido que mi propia vida no puede aban-

donarme. Y que no necesito a nadie para vivirla. Ni mujeres,

ni amigos que me quieran, no necesito gustarles a los

demás, ni esperar cosas buenas de ellos hacia mí. Mi vida

siempre va a estar donde yo esté. El asunto solamente es

encontrarla. Sospecho que nada puede ser más


emocionante, creativo y divertido que nuestra propia vida.

Son casi las doce del mediodía. Hace mucho más que

meses que no sé que hacer con mi vida. Circulo sin saber a

que dedicarme. Me persigue una compulsión a ser útil,

aunque cuando muera todo seguirá su curso.

Si me dejara llevar por mi fantasía, diría que muchas

personas que aparentemente se interesan por los demás, en

realidad no lo hacen. Y yo, que parezco lo contrario y los

molesto poniéndoles el dedo en la llaga, si me intereso.

Quizás el peso esté en juzgarme y maltratarme

cuando actúo de una forma en la cual no salgo favorecido,

por haber pensado en los demás.

¿Será difícil imaginarse una vida donde no

tuviéramos que gustarle a nadie, sin esa necesidad de

atender y preocuparse por los gustos y deseos ajenos?

¿No me quitaría acaso un peso de encima?

No se si salir o no. Si lo hago tengo la posibilidad de

que algo pase. Pero quedándome en el garage también doy


la oportunidad, quizás, de que la vida, mi vida, aparezca

aquí en casa.

Corrí catorce kilómetros. Cuando iba llegando a casa,

pensaba en como me iba a sentir mientras se lo contara a

alguien. Y en general a la gente no le dice nada cuánto haya

corrido. Me intereso en que otras personas valoren mis

actividades aunque en realidad no tengan nada que ver con

ellos. Yo escribo mi historia, no la de ellos y sin embargo

pareciera ansiar que sean ellos los que juzguen si vale la

pena o no.

Para mí fue bueno correr los catorce kilómetros, ¿Por

qué querer que sea bueno para otra persona?

No entiendo la razón por la cual en lugar de disfrutar

mi propio logro, que lo considero importante por el esfuerzo

y la superación que significa, lo pongo en vidriera para que

sea visto y juzgado por los demás.


Busco en forma irracional y permanente una

aprobación. Aun con costos muy altos para mí y aunque se

vuelva en contra de mis propios intereses.

¿Será así o es que quiero ver como reaccionan los

demás ante lo que considero bueno e importante?

No me sorprendió que Analía no conteste mi llamado.

No sólo eso, sino que siento que es la historia de mi vida.

Anoche tuve un sueño. En él nadie me quería. Era un

paria en este mundo.

Siempre estuve rodeado de personas que no me

quisieron. Hoy mismo, no tengo a nadie que realmente me

quiera. Y el hecho que no sepan como hacerlo, no cambia

esa realidad.

Ni siquiera creo que Josefina y Cris me quieran

realmente. Más de una vez han aparecido indicios de que no

es así.

Por lo tanto, tengo una vida sin amor. Sin amor de

ningún tipo.
Cuan difícil se me hace ser YO cuando mis compor-

tamientos tienen otro propósito, como el de enseñarme. No

el de dar ejemplo. Entonces, muestro mi imperfección y mi

confusión interior aún creyéndome con la obligación o el

deseo profundo de defender la autenticidad. ¿Puedo hacer

ambas cosas? ¿Puedo actuar peculiarmente y hasta incluso

en forma insensata pero profundamente auténtica? ¿Es lo

que prefiero o en vez de eso elijo actuar en forma sensata,

correcta e impecable pero al mismo tiempo falsamente?

Mi impresión es que si actúo en forma sincera, me

termino rechazando a mí mismo por alejarme de lo lógico,

de lo establecido e incluso porque voy en contra de lo que

yo y todos los demás esperan de mí y de sí mismos.

En cuestiones sentimentales, aún soy como un chico,

al que pueden lastimar fácilmente con sólo dejarlo de lado.

Son la una y media de la madrugada. En todo

momento me obligo a encontrar las actividades que puedan


acercarme a la vida. Pero ésta, a veces es escurridiza y

aparece cuando quiere. Hay días en que siento que vivo a

un ritmo intenso, otros en cambio, parecen querer

transcurrir como olvidados, sin pena ni gloria, como si

fueran desperdiciados.

Y aunque me esfuerzo por exigirme a encontrar la

vida, ella no se presenta siempre en un tipo determinado de

actividad. Se presenta en cualquier momento, cuando estoy

trabajando o cuando estoy ocioso. En general, tiendo a creer

que cuando estoy haciendo algo que me gusta, tengo

mayores posibilidades de sentirme pleno, pero no es así. En

ocasiones, cuando salgo con una chica siento "vida", pero en

otras, inclusive con ella misma, no siento nada.

No debe estar en las mujeres, debe estar en todos

lados y en ninguno.

¿Sólo tendré que aprender a esperarla?

Hay personas en este mundo que no tienen abrigo

para el frío, ni comida para el estómago. Que enferman,


sufren dolor y malestares por agentes infecciosos que

podrían perfectamente evitar mediante una buena alimenta-

ción, mayor higiene o antibióticos a los cuales no tienen

acceso por falta de medios.

Hay personas atrapadas por desórdenes naturales,

como aludes, terremotos y ciclones.

Pero también hay en este mundo una cantidad mayor

de personas, que aunque pueden cumplir con sus

requerimientos básicos, de todas maneras, sufren. No por

algo real como el hambre o el frío, sufren por ellos mismos.

Sienten hambre aún estando sobrealimentados, se

enferman aún en condiciones favorables. Estas personas

viven mal, atemorizadas y angustiadas por situaciones

creadas por ellas mismas o por la sociedad en la cual viven.

A ellas, se les hace realmente difícil subsistir, pero no por

condiciones externas desfavorables, no, se les hace difícil

sólo porque se preocupan permanentemente por idioteces.

Personas como yo, que comemos de más y luego nos da

indigestión, tomamos de más y luego nos duele la cabeza.


Que vivimos compulsivamente esperando el éxito, ser los

afortunados. Perdiendo de vista lo verdadero y lo real, nos

desvalorizamos hasta creernos dependientes de los demás,

necesitando su cariño y aprobación. Pues son quienes nos

rodean los que deciden quién tiene éxito y quién es más

importante que los demás.

Y esa es la forma en que soy derrotado, cuando me

dejo de lado, cuando empiezo a creer que necesito un auto

mejor y un trabajo mejor. Cuando empiezo a creer que debo

justificar mis actividades. A darme importancia por cualquier

peculiaridad de moda. Cuando creo que tengo que verme

lindo, no para estar mejor, sino para gustar más y, sobre

todo, cuando creo que lo importante es darme todos los

gustos.

Pero afortunadamente vuelvo a conectarme y mi vida

vuelve a pasar por no creerme las falacias. Esa es mi vida,

mi lucha. No dejarme convencer para terminar, como en las

carreras de galgos, corriendo detrás de un conejo de


engaño. Vuelvo a desmitificar al éxito.

Aunque me gustaría despertar en un mundo

agradable, en el cual no hubiera hambre, ni agresión y en

donde la gente no muriera de frío, lo hago en un mundo

dominado por la hipocresía. Repleto de valores irreales.

Es por ello que estoy en combate, porque todo eso

me arrastra hacia la incertidumbre, a perseguir lo que no

importa, a empequeñecerme por no lograr mis objetivos de

plástico.

Y la lucha se me hace difícil. Porque la hipocresía no

da la cara, se oculta detrás de hechos y sentimientos que

dan la falsa impresión de ser reales.

Y esa batalla se produce aquí en mi garage. Estando

solo. Buscando separar lo cierto de lo irreal. Lo valioso de lo

superfluo. Lo auténtico de la hipocresía.


-FIN-

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