Tengo que comenzar reconociendo que, mientras escribo, se
manifiesta que las situaciones no superadas son defectos para mí y
que, al pensar de esa forma, me tacho a mí mismo.
Durante mi infancia no me interesaba gran cosa, vivía en las
sombras, tratando de no ser visto y sin comprender nunca qué era
lo que necesitaba.
Cuando trato de pensar en mi niñez, es como internarme en
una niebla densa, puesto que los rayos del sol llegaban en muy
contadas ocasiones. Lo que voy entendiendo ahora es que pude
sentirme bien sólo en los momentos en que triunfaba, como si la
permanencia dentro de la búsqueda no fuese buena por sí misma,
solamente una forma de llegar a un resultado. Pareciera que podía
sentirme bien únicamente siendo muy importante, casi el más
importante.
Me siento solo. Solo cuando me despierto y no sé que hacer.
Solo mientras planeo mi día, desayuno y ojeo el diario. Solo
mientras leo un libro, hablo por teléfono o visito amigos. Solo
cuando como o ayuno, cuando corro o cuando camino, cuando
salgo o me quedo en casa. Solo. Sí, solitariamente solo. Y aun
estando conmigo estoy solo. Creo que me quedé en la soledad. Me
quedé solo hace muchos años y me sentí así mientras crecí,
mientras estudié, mientras viví. Ahora, después de tantos años,
vuelvo a lo mismo, a un momento de soledad, porque papá murió y
me dejó aislado. No creo haber sido del todo yo desde entonces. Y
ahora estoy solo, solo yo ¿Solo quién? ¿Quién es yo?
Hice lo que pude y hago lo que puedo. Me siento como una
persona que está en un pozo con olor, humedad, incomodidad,
inseguridad, injusticia, agresividad, egoísmo, brutalidad y, sobre
todo, soledad. Y no puedo salir de ahí. Por momentos me doy
cuenta, pero todavía no puedo emerger. No puedo moverme ni
relacionarme con personas, porque: No puedo ser socio del club
que me acepte como socio (Allen).
Imaginen por mí una tarde tormentosa, con muchísimo
viento, nubes cerradas y oscuras. Imaginen también a una persona
sentada en un gran escritorio frente a una ventana. Sobre el
escritorio una montaña de papeles, una radio, una máquina de
escribir, colonias, cassettes, de todo. Desorden total.
Y si lograran imaginar a una persona triste y que extraña, les
aseguro que están casi completando mi situación actual. Es cierto,
me olvidé de mencionarles que me tenían que imaginar
escribiendo, pero eso es lo de menos. Lo importante es que puedan
pintar el cuadro. Melancolía: ése es el nombre de la obra.
Siento que se va el tren al que yo no me quise subir. Creo
que no me quiero subir, pero no implica que no me desangre con
sólo pensarlo.
La sensación de estar dormido la tengo desde los quince
años o antes. Debe ser igual a la sensación de que a uno le dieron
un calmante y no puede despertar o despabilarse.
El pichón que más se alimenta es más grande y puede
alimentarse a expensas de los más pequeños, que por estar poco
alimentados, no pueden competir por el mismo alimento.
Quizás la solución me llegó cuando me encontré con una
pintura de Dolores, en la que estaba representado un corazón,
como si fuera un rompecabezas, con las piezas sin ubicar.
Así es una persona, un gran desorden que puede funcionar o
no. Si funciona tal cual no hay problema: pocos cuestionamientos.
Pero si no funciona hay que empezar a ordenar y separar las piezas,
una por una, por la importancia que tienen en nuestra vida. En eso
creo estar.
Estoy chapoteando en la mierda y todavía no pude acostum-
brarme, convencerme de que me guste.
Agazapado para dar el salto. ¿Duro no? Los músculos tensos,
la mirada fija, adrenalina corriendo por las venas, estómago
contraído, corazón bombeando como un tambor, miedo. ¿Saltaré?
Estoy como caminando en círculos. En el centro hay algo
que no entiendo. Lo miro y lo miro sin descubrir el significado, la
solución.
A veces creo que no llego a entenderlo porque sólo lo miro de abajo
o de costado, pero no varío realmente mi posición.
MUCHAS VECES ME OLVIDO QUE TENGO DERECHO DE
ESTAR ACÁ.
Construyan una pared. Píntenla de blanco y pongan a un
hombre frente a ella, mirándola. Así estoy.
Acá estoy, tratando de ordenar el rompecabezas de mi vida,
tratando de no cometer los mismos errores, sintiéndome triste,
angustiado, solitario, melancólico y miserable las más de las veces
y relativamente bien y entusiasta las menos.
Estoy muy solo conmigo mismo.
No quiero tacharme más y, sin embargo, las sensaciones se
agolpan en mis puertas de salida, obstruyéndome, no
permitiéndome salir.
Evidentemente están al servicio de mi desgracia y de mi
insoportable enfermedad, lenta pero desagradablemente segura.
Acaban de llegar Luz y Adolfo de Mar del Plata. Siento que
les debo el estar con ellos. Estoy más solo en este momento con
gente que escribiendo sin compañía. Ante la presencia de las
personas es como si mi yo me abandonara.
Estoy en medio de una cueva, obscura, ruidosa. Con toda
clase de alimañas que me caminan por el cuerpo. No puedo
identificar realmente de cuales se tratan, pero la única salida que
veo en este momento es una trampa mortal. Sería consolidar mi
desgracia. Tengo que aguantar acá mismo, hasta que llegue el día.
Y, quizás las alimañas sólo sean bichitos de San Antonio que me
caminan dulcemente por la piel. ¡Fuerza! ¡Ánimo! Es lo que
necesito.
Si estoy un rato hablando con alguien y me desconecto de
mis pensamientos, empieza de a poco, sin prisa y sin pausa, a
aparecer nuevamente la sensación de pérdida fundamental.
En parte tengo miedo de dormirme, porque últimamente es
cuando los fantasmas se encuentran a sus anchas y yo no puedo
defenderme muy bien. Generalmente cuando estoy despertando es
cuando más fuertemente me ataca la realidad y no puedo
determinar qué es lo bueno y lo malo para mí.
Me invadió una gran angustia cuando salí de casa para pasar
unos pocos días en otro lado, a pocas cuadras. No quería alejarme.
No puedo identificar qué es lo que significa para mí la casa
de la vieja en este momento, ni qué significa Buenos Aires, pero sé
que la sola mención o pensamiento de irme hace mucho más
apretado el nudo que llevo desde hace unos días en el estómago.
Parece mentira que pueda seguir acá. Un personaje tan
funesto. Sigo hablando desde el mismo lugar. Uno se preguntaría, si
tanto le molesta ¿Por qué no sale de ahí? Yo me contesto que por
ahora no puedo.
Estoy solitariamente sentado en el living de la casa de Belén
y Adrián. Tengo siempre la impresión de que: si estoy solo, debería
estar acompañado y si estoy acompañado, debería estar solo. Si
pienso mucho las cosas buscando una solución, porque pienso
mucho, sino, porque no pienso. Siempre donde no debería estar.
Digamos mejor, en situaciones en las cuales no debería estar.
Haga lo que haga, no estoy haciendo lo que debería hacer. Y
yo me pregunto: ¿Qué es lo que debería hacer? -Lo que yo quiera.
Pero eso no es nada fácil, porque tengo serias
dificultades para decidir que es lo que quiero y eso es porque me
parece que a través de cada una de mis decisiones, está la
posibilidad de frustrarme o no. En este momento la frustración me
parece que la llevo en mí. Porque ninguna de las posibilidades que
se me presentan no son frustrantes. Todas son frustrantes.
Hoy pasé un día agradable escribiendo. Ahora empiezo a
escribir sin siquiera leer el párrafo anterior para ponerme en tema.
El tema soy yo y lo que me pasa. Yo y lo que me complica, yo y lo
que me sale mal. Cuando me viene una oleada de buen humor, se
me escapan las palabras y quedo vacío.
Ahora me tengo que meter solo en la cama y me parece
terrible.
Es increíble que teniendo toda la casa para mí durante estos
días, lo único que haya querido hacer, es estar solo. Tratar de
encontrarme a mí mismo, tratar de no aburrirme conmigo. Buscar
compañía en mi más íntima figura y también buscar la solución a
esto que está jorobándome la vida.
Releyendo éstas páginas pareciera que yo no quiero jugar a
lo que se me propone, porque no acepto las reglas, no me gustan
las normas y no me dejan imponer las que yo quiero. Las pautas
con las cuales se juega no me favorecen.
Me voy sintiendo mejor estando solo. como si empezara a
disfrutar mi compañía. Me gusta escribir, así, sin ningún
compromiso, como si fuera con una mujer libre.
Al perder una persona que quiero, en este caso una novia,
todo pierde importancia para mí. Yo pierdo importancia para todo.
El mundo se convierte en una zona árida y seca, donde los bordes
rugosos y las piedras me lastiman la piel desnuda. No hay árboles
frondosos, sino esqueletos de ramas secas y retorcidas.
Obviamente yo no puedo ser feliz ahí.
Creí que estaba mejor, pero ayer hablando con mi hermana
Luz, volví a sentirme enormemente incomprendido. Como si
buscara siempre lo mismo. Tengo que tranquilizarme. Todavía no
estoy listo para la jungla.
Mis progresos me cuestan mucho como para que personas
que no saben lo que vivo, opinen de mí sin problemas.
Me estoy volviendo a infligir una presión enorme. No se por
qué. Me había tranquilizado, pero la imagen de lo que yo tendría
que ser me aplasta y entonces me escondo y no quiero salir.
Con Adolfo no puedo hablar claro. Deja muchas cosas en el
aire, sin confirmarlas y, entonces, no puedo sacar conclusiones de
las charlas con él. Creo que le gusta ilusionarme con lo que se
podría hacer, sin intención real de llevarlo a cabo.
Otra vez perdí el contacto conmigo mismo. Me encuentro
con ese otro yo que me odia y me boicotea todo lo que soy. Otra
vez me siento tan poca cosa que me da miedo salir a la calle.
Me siento poco atractivo como persona, complicado,
molesto, vago y sin cosas buenas para darle a nadie.
Es una noche calurosa. Escucho los gritos angustiados de los
grillos y los ladridos histéricos de algunos perros, callados
firmemente por los aullidos obsesivos de sus dueños.
¿Estaré obsesionado con mi tratamiento mental?
Hoy es un domingo de esos de sueño. Fresco y con mucho
sol. En casa decidieron hacer un asado, del que se está ocupando
Raúl.
Estoy en mi cuarto con la ventana abierta, tratando de
percibir las sensaciones que me transmiten las cosas en general.
Cada persona que llega, sean hermanos o cuñados, traen consigo
cosas buenas y malas. Ondas buenas y malas. Cada uno llega con
su estado del ánimo, diferente al de los demás. No es una energía
pareja, ya no somos una familia en donde cada cual se entregue a
hacer lo que deciden los demás. No, cada uno decide por él mismo.
Una de las cosas que va a separar mi vida de niño con mi
vida adulta, es aceptar la muerte de papá y convivir tranquilamente
con ese hueco que va a estar vacío por el resto de mi vida.
Quizás a través de ese espacio vacío pueda comunicarme
con él. Aunque nunca lo tenga para acompañarme, creo que una
parte de él está conmigo y una parte mía está con él. Esa parte de
él va a estar siempre conmigo, independientemente del lugar
donde se encuentre en este momento. Ocupa un lugar importante
dentro de mí y nadie nunca va a poder quitarlo de ahí.
Durante todos éstos años no pude disfrutar de esa
compañía, que va a estar siempre presente, siempre conmigo,
porque traté de colocar a todas las relaciones en ese lugar, tratando
que ocuparan ese sitio que creía vacío. Traté de colocar ahí a
mamá, a mis amigos, a mis cuñados, a mi novia, y ninguno pudo
ocupar ese lugar, ninguno daba el número. Pero entonces me
quedé sin madre aunque la tenía, me quedé sin amigos, sin novia,
sin cuñados. Aunque los tenía a todos, los perdía. De esa forma
desperdicié todos los vínculos que podrían haberme enriquecido
como madre, amigos, cuñados o novias pero, desde ya, que no
como padres.
Creo que me sentía abandonado y paria, porque mi viejo
desapareció de mi vida y no pude hacerme cargo de eso, no pude
aceptarlo. Mi padre murió. No me dejó por ser yo poco importante o
porque no me quería. Tengo que poder ganar aquello que dejó en
mí y no perder todo, por lo que podría haber tenido si hubiese
seguido entre nosotros.
Siempre dije que el que va a pedir un trabajo, sin nadie que
lo recomiende, es un paria. Yo me sentía paria en esa situación.
Espero ahora no sentirme de la misma manera, tan menospreciado
por mí mismo.
Si ustedes vieran a mamá ahora, verían a una mujer
de cincuenta y siete años, gorda, y generalmente cascarrabias,
pero si la hubiesen visto de joven o cuando recibió el dinero del
campo, hubiesen visto otra cosa. Por dentro era una fuerza y un
entusiasmo por las cosas, muy poco común.
Ella es otra de las personas que traté de poner en el lugar de
padre y ella también intentó ponerme a mí en el lugar de papá.
No he conocido en toda mi vida a una persona más
generosa. No importaba lo que uno necesitara, ni para qué,
simplemente con pedírselo uno tenía la seguridad de que iba a
hacer todo lo que estuviera en sus manos para lograrlo.
Siempre pensé en mamá como en una eterna chiquilina y
eso, acompañado de su entusiasmo, hacía que la vida junto a ella
fuera muy agradable.
Hubo años que disfruté mucho de su compañía. Nos gustaba
mucho viajar en auto y compartir la alegría de conducir en ruta.
Muchas veces fuimos juntos al campo de Balcarce a visitar a
Luz. Fueron años muy agradables para mí.
Mis amigos siempre la quisieron mucho. Supongo que
porque ella siempre les daba todo lo mejor que tenía. Compartía
todo lo que tenía con ellos.
Durante la época en la que estuve cumpliendo con el
servicio militar, se despertaba a las seis de la mañana para
hacerme el desayuno, tenerme la ropa lista y llevarme hasta el
cuartel. Realmente se ocupaba de que mis estancias en casa fueran
agradables en la medida que pudiera.
Creo que ella -igual que yo- también perdió relaciones
cuando trató de poner a sus hijos en lugar de su marido. Se debe
haber quedado sin algunos hijos, como yo me quedé, de alguna
forma, sin madre. Siento que fue una de las personas que más
cerca estuvo de ocupar el lugar de papá. Ella también me malcrió
mucho.
Estoy pensando eso de sentirme solo aun cuando estoy
acompañado. Creía haberlo resuelto con el lugar que ocupaba
papá, pero pareciera que lo real es que la sensación de perdida
todavía está a flor de piel.
Estoy como en un laberinto en el que todos los
días tengo que encontrar la salida. A veces me miento diciéndome
que las cosas van a ser distintas al día siguiente por lo que descubrí
el día anterior pero, cuando llega el otro día, las cosas no cambian y
yo vuelvo a sentirme encerrado y paria en el laberinto.
Empiezo a escribir pasada la medianoche. Me
gustaría escribir algo realmente lindo, para dejar a mi alma libre del
encierro al que la someto diariamente. (escribí una linda noche de
verano)
Hoy escribo desde un pozo. Si ustedes se asomaran
no creo que llegaran a verme, pero, quédense ahí y escuchen todo
lo que voy a decir. Acá abajo está obscuro y húmedo, pero no es mi
intención quejarme con lloriqueo porque pienso que ustedes se
irían.
Hace años que trato de salir y me lastimo resbalando por las
paredes húmedas.
La historia de mi vida es tratar de cambiar lo malo
como por arte de magia, como si pudiera venir una llamada no
esperada que realmente me cambiara la vida.
Cada vez que me pongo a ordenar mi cuarto, me encuentro
con que hay demasiadas cosas, entonces me mareo y, antes de
terminar, pongo todo en cualquier lado. A veces me pasa lo mismo
con las cosas que tengo que hacer: Las dejo durante meses
molestándome en la cabeza, sin hacerlas. Por lo común se
transforman en un alud.
¿Me haría bien de alguna forma dejar de lado mis problemas
y acercarme a Joe? Cada vez que me acerco me dice algo molesto.
Ayer en el hipódromo hablamos muy poco y en menos de cinco
minutos ya me había dicho cosas de mala onda. No sé si antes no
era así o yo no me daba cuenta.
Tengo que escuchar lo que me dice mi corazón. Dejar de
hacer caso omiso a los gritos de angustia que me llegan desde el
interior. No hay forma de escapar de mí mismo.
Pienso que es lógico que nadie me elija porque ni yo mismo
me elegiría. No me gusto como soy. No hay ningún trabajo que me
venga bien y no puedo obligarme a tomar cualquiera porque me
enfermo, me angustio y sufro.
Josefina hizo mención a algo que yo hice el otro día. Podé
una enredadera muy grande que a mi entender estaba ahogando
un jazmín.
Ella lo relacionó con una gran madre. Yo lo vi como una gran
confusión de ramas retorcidas que rigen mi vida desde el interior y
realmente me estaban ahogando. Eso es lo que quiero hacer, sacar
las cosas de mi interior que me estén haciendo mal, las que no me
dejan trabajar en algo constructivo.
No me estoy esforzando para que estos escritos
salgan con buena forma. El contenido es todo lo que tengo.
De a poco voy encontrándome, no siendo tan duro y
buscando una solución sin necesidad de disociarme para lograrla,
puesto que cuando creo encontrar una solución estando separado
de mi interior, empiezo a
sentir angustia y no da resultado. La única forma de lograrlo es con
un acuerdo entre mis dos niveles y, para eso, tengo que estar
realmente unido, no pensar que llevo un enemigo dentro de mí que
busca mi mal.
Aunque todavía no se largó, ya siento el olor de la lluvia.
Decidí quitar su foto de la pared. La foto en la cual ella está
más linda. La tenía colgada como un recuerdo, pero la miraba
demasiado para mi tranquilidad. Sacarla hizo que todo mi tubo
digestivo hiciera pesas y algo se me oprimiera en el pecho. Duro es
separarse de alguien que uno quiere. Me voy a correr un poco.
A veces, en mis largas horas de razonamientos, descubro
que como un paralítico o un lisiado tiene defectos insalvables en su
cuerpo, yo los tengo dentro de mí.
Durante años me quise convencer que podía cambiarlos.
Ahora, después de años de intentos, creo que a algunos los voy a
llevar conmigo hasta la tumba.
La noche no era muy calurosa para la época del año.
Me vestí despacio mirándome en el espejo. Estaba lo
suficientemente elegante, aún con el moño liberty.
Esa noche se casaba un amigo mío, alguien con
quien yo había pasado muchas situaciones, compartido muchos
viajes, y aún así, nunca llegamos a tener gran comunicación.
En la iglesia estuvo todo bien, hasta que llegamos a
la fiesta. Soy un tipo difícil y, en general, en mi vida me costó
mucho hacer relaciones nuevas, pero esa noche, cuando me
acerqué a la mesa donde pensaba sentarme a comer y vi que no
había más lugar, supuse que iba a tener problemas.
Las dos mesas con mi gente estaban ocupadas y me
quedaba solamente una alternativa poco feliz de ocupar la mesa
contigua, donde apenas pregunté si había lugar me contestaron,
afirmativamente, pero con muy pocas ganas.
Terminé sentado, la mitad de la comida, con tres chicas de
nueve años -que fueron lo mejor que me pasó en toda la noche- la
otra mitad, estuve con mis supuestos amigos, que se apretujaron
un poco para darme lugar. Ya no tenía la mejor voluntad.
La mujer que no había querido salir conmigo se estaba
tirando en los brazos de otro. Aunque faltaba un tiempo para que
los novios se fueran, me decidí por una huida rápida y silenciosa.
Me subí a mi viejo Peugeot y aceleré. No por mucho tiempo, porque
en medio de una desierta avenida, me quedé sin nafta. La
impotencia me hizo cerrar la puerta con más fuerza de lo razonable.
La ventanilla estalló ¿Algo más podía pasarme esa noche?
Últimamente no tengo ganas de escribir, ni ponerme en
contacto con mi interior. Como si estuviera tratando de escapar de
una realidad, como si no quisiera ver algo. Quisiera dormirme y
que, al despertar, todo fuera diferente, que la realidad fuera otra.
Como si esperara que las cosas se solucionaran solas, sin esfuerzo
o complicación de mi parte.
Estoy con gran ansiedad. Acabo de llegar de correr e iría otra
vez. Siento unos nervios internos imposibles de apaciguar y no
quiero llenarme de comida para calmarlos.
Hoy es uno de esos días que no puedo digerir mi
realidad y en vez de ir recomponiendo las cosas de a poco, voy
destruyendo lo poco bueno que tengo, para que no quede nada.
No me reconforta ni siquiera el hecho de estar sentado
escribiendo conmigo mismo sobre lo que me pasa.
¿Quiero realmente bajar esos kilos? ¿Quiero bajarlos
aunque tenga que sacrificarme? ¿Me importa estar bien
físicamente? ¿Me parece bien que los demás sepan que me muero
de hambre con tal de no engordar?
Me tacho a mí mismo porque tengo la impresión de
convertirme en un superficial, como si tuviera el narcicismo
demasiado exacerbado si uso sacarina en vez de azúcar, si no como
algo por no engordar.
Evidentemente me influyó lo que me dijeron los
chicos: que estaba loco si no comía cuando en realidad no estaba
gordo. Ellos después se están diciendo unos a otros si se ven más
flacos o no cada vez que se encuentran.
Tengo que aceptar que a mí me interesa bajar esos pocos
kilos y empezar a sentirme bien físicamente. Todavía no encontré
que es lo que hace que no pueda hacerlo.
Se acerca el fin de año en forma alarmante. Me molesta
pasarlo sin Mac. Durante el tiempo que estuve con ella, intenté que
me quisiera y que me aceptara. Creo que le costaba pensar en
decirme que no quería estar más conmigo, que el ideal de hombre
para ella era otro.
Yo no lo quise ver. Me duele mucho y no creo que sea fácil
aceptarlo ahora.
Puedo escribir las cosas más tristes ésta noche y saber que
nunca más va a estar conmigo. Es una noche excelente, escucho a
los grillos en el jardín. No todo es necesariamente tan malo bajo el
manto de estrellas. Para poder vivir tengo que aceptar que allí
donde estaba Mac, hay un espacio vacío. Ahí donde estaba papá,
también hay un hueco y, donde estaba Rafa, lo mismo. Tengo que
aceptar que me quedé solo.
Si alguna vez encuentro la felicidad, espero acordarme lo
infeliz que fui a través de éstos escritos. Espero poder leerlos y
rememorar cómo empecé a vivir mejor. Desde donde salí, cuán
hondo era el foso que trepé.
Hoy estoy muy solo y sin embargo estoy conmigo. No estoy
solo y disociado. Estoy solo, pero entero. Y toda mi persona extraña
a Mac y toda mi persona está triste. Y toda mi persona no sabe qué
hacer para ser feliz.
Si alguna vez encuentro a quien querer mucho y que
me quiera lo suficiente, le voy a leer esto que estoy escribiendo.
Para que sepa lo solo que estaba antes de conocerla.
Así tengo que estar. Así decidí estar. No voy a golpear
donde no hay nadie que me responda.
Ya no estoy triste y la noche sigue estando bárbara.
Yo sigo estando solo, pero con un poco de música. Solo pero con
grillos.
Esperaba que mi vida fuera ordenada y lógica. Supuse que
las cosas iban a ir saliendo solas. Lo que estuviera mal, se iba a ir
cambiando solo. Un día alguien se iba a fijar en mí, ver lo bueno
que yo llevo dentro, que las cosas de a poco se iban a ir logrando.
Me iba a recibir de veterinario, empezar a ganar plata,
conseguir un trabajo que me gustara, encontrar a alguien que me
quisiera y a quien querer.
Una noche empecé a darme cuenta que podía ser. Mac
podría ser. La veía divina, gamba, sociable, entretenida, divertida,
monísima. Me trataba como a alguien muy importante. Nos
enamoramos y creí que se habían terminado mis problemas. Me
tenía que recibir y listo. Creí estar muy cerca y mírenme ahora.
Estoy solo, pobre, sin trabajo reconfortante, un veterinario que no si
ejerce, sin novia y sin sueños.
Antes me acostaba a dormir y soñaba despierto en cómo iba
a cambiar mi vida, con esto y con aquello. Ahora, cuando me
acuesto a dormir le pido a Dios dormirme rápido. Los sueños
también me abandonaron. Quedé solamente yo, que no es mucho
en este momento.
De ahora en más puedo esperar cualquier cosa de la vida.
Puedo quedarme soltero, puedo casarme, trabajar como veterinario
o no. Espero tener momentos felices y tener un hijo. Así como una
vez lloré por el hermano menor que nunca tuve, creo que voy a
llorar por mi hijo, si no logro tenerlo alguna vez.
Caminando a lo largo del río, en Punta Chica, estuve
mirando con interés varias casas. Casas siempre sólidas, bien
construidas y con pinta de "buena vida". Sentía en ese momento
que para satisfacer mi necesidad, yo tenía que vivir en una casa
como cualquiera de esas. Para ser feliz tenía que estar en una de
esas casas.
Todo esto me hizo pensar en papá. Todo me hizo
pensar en que nunca voy a sentir eso otra vez. La serena
tranquilidad y seguridad de aquellos días.
Siempre pensé que yo no me expresaba correcta-
mente y es por eso que las personas no hacían lo que yo quería.
Que para lograr que lo hicieran, debía explicárselo mejor y que, de
esa manera, había posibilidad de que lo hicieran.
Repetí mucho eso con Mac. Decirle y decirle lo que yo
quería, como si ella no entendiera.
Igual que mamá entendía perfectamente, pero no
querían hacerlo.
Cuando pienso en lo que progresé en este tiempo sin
Mac, no puedo dejar de pensar en que fue para bien nuestra
ruptura. De a poco me fui unificando y, ahora, por lo menos estoy
solo, pero conmigo, me enojo estando conmigo y, me río, también
conmigo.
Un problema que me surge es que solo no puedo darle valor
a las cosas y que nadie puede darles valor por mí.
Fue un gran logro el haber escrito hace ya algún tiempo que
disfrutaba éstos momentos de soledad, frente a una hoja de papel.
Fue unos de los primeros actos de soledad, que no
necesitaban de alguien más. Pero hasta en eso hay una trampa,
porque me parece que comparto estas hojas con alguien, aunque
no esté realmente ahí.
Espero con el tiempo empezar a disfrutar, como en esta
tarde, el salir a caminar por el bajo, el sentir las caricias del sol, el
correr, el reír, respirar, cantar, vivir, solo conmigo mismo, sin
necesidad de compartirlo con alguien para que sea completo.
En cambio, hasta ahora, sin importar lo que hiciese, como
mirar un amanecer espectacular o correr un lindo anochecer, para
que fuera completo debía estar compartiéndolo con alguien más.
Digo, hasta ahora, como si no fuera a pasarme más.
Es posible que lo sienta así toda mi vida, porque no tuve oportuni-
dad de decidir ir solo a algún lado o ir con papá.
Valoro lo que estoy viendo de mí, me hace bien. Voy
progresando en conocerme, en no tacharme tanto.
Independientemente de un resultado futuro, agradezco a Dios el
haberme permitido ver con un poco más de luz a los fantasmas que
me maltrataron y atemorizaron -y aún hoy lo hacen- durante tanto
tiempo.
Espero una nueva navidad distinta y buena para mí y
para los que quieran o no les quede otra, que compartirla conmigo.
Ayer no escribí nada y por eso es que hoy me siento
tan disociado. Encontré en éstas hojas, después de años sin poder
hacerlo, una forma de comunicarme con mi ser más interno. A
medida que escribo siento que voy unificándome. Logro descubrir
las cosas que me están molestando, puedo registrar lo que quiero
hacer, no escondo nada.
En cambio, cuando paso un tiempo sin escribir, el
mundo empieza a volverse hostil y yo, difícil de entender, como
para saber lo que me va pasando.
¿No será Andrés que ellos ya no son más amigos tuyos?
¿Que tal vez no les importe que estés solo o no, que sufras o no, o si
querés estar con ellos o no?
Al separarme de las personas que suponía eran amigos
míos, me doy cuenta que si yo estoy o no, para ellos no cuenta para
nada. El hecho de buscarme no existe.
Es muy triste darse cuenta de algo así. Evidentemente tengo por
costumbre elevar las relaciones por encima de lo que realmente
son. Magnificarlas.
Esto duele, pero por otro lado me pregunto si no es una
suerte el hecho de darme cuenta que ciertas relaciones me hacen
mal, me desvalorizan. No se puede estar permanentemente
golpeando a una puerta, cuando detrás hay muchas personas y
ninguna se mueve para abrirnos. Aunque sean todas puertas
diferentes y detrás haya alguien que no quiere abrirnos. Una por
cada supuesto amigo.
La noche está bárbara. Siento que la desperdicio por
no estar más contento.
¡Qué agradable es la gente cuando se divierte!
¡Cuantas sensaciones agradables somos capaces de sentir!
Mientras escribo entra la brisa nocturna por la ventana y me roza la
cara. Bárbaro. Así como sufro cuando estoy triste, debo confesar
que cuando algo me gusta, me llega muy hondo al corazón.
Mañana, cuando despierte, voy a amanecer solo,
como todas los días. Sin posibilidad de estar acompañado ¿Cuando
va a terminar mi sufrimiento? ¿Cuando muera?
Soy muy terco, muy obsesivo y perdí a mi padre ¿Por
qué no puedo creer que Mac no quiera estar conmigo aunque la
estuvieron besando delante mío durante toda la noche? La vida
está muy difícil para mí.
Llueve esta noche de verano y yo trato de escribir.
Llueve frente a mi ventana, y no puedo admitir lo que vi anoche.
¡Qué martirio! ¡Qué tristeza! ¡Qué soledad! Esta noche no puedo
remontarme.
Te pido Dios que me asistas, que me mandes uno de tus
ángeles para que me haga compañía, por favor, no me dejes solo.
Aún estando conmigo, estoy solo, te lo pido con el alma, tirame una
cuerda. Acá abajo está muy duro para mí.
Me queda toda una vida por delante, pero ningún interés en
vivirla.
Me subí al auto y antes que alguien me viera llorando, me fui
a dar una vuelta. Tenía miedo que vinieran todos a casa y me
encontraran expuesto de esa manera.
Leonardo siempre me dice que trato de reparar lo irrepara-
ble. Con tal de continuar la relación. Es verdad.
Jugando un partido de paddle con unos amigos, caí en la
cuenta de que era un juego triste para mí esa tarde. Pero solo para
mí, aunque jugábamos todos el mismo partido.
Cada una de las veces, creí que la alegría había llegado para
quedarse. Sin embargo siempre volvía el bajón. Siempre aparecían
cosas que estaban mal.
Es un atardecer tormentoso. Con mucho viento y
movimiento de ramas en los árboles del fondo del jardín. Siento una
agradable sensación de bienestar y seguridad al mirar por la
ventana de mi cuarto como se agita el mundo con la tempestad.
De la misma forma mi cuerpo protege a mi alma y,
quien lo garantiza, soy yo mismo. Nada ni nadie más.
En la medida que trato de no engancharme
golpeando puertas de personas que no quieren abrirme, voy
viviendo con más ritmo y con mayor control sobre las situaciones.
Alguien siempre me va a querer abrir.
Hace bastante tiempo que no veo a mis antiguos
amigos. Cuando decidí dejar de llamarlos, se terminó la
comunicación. Nunca preguntaron por mí. Tengo bronca porque no
lo hacen.
Pasó navidad. Y lo hizo difícil, con rollo.
Acabo de recibir una llamada de Rafa, uno de mis
antiguos amigos que quiso saludarme por el fin del año. Se lo
agradezco mucho.
Me cuesta mucho aceptar que en la vida hay cosas buenas y
malas. Que las cosas salen bien y mal. Que a veces se gana y otras
se pierde. Me molesta mucho perder, pero voy a tener que
acostumbrarme si quiero ser feliz.
Empecé un nuevo año y realmente tengo que admitir que lo
hice muy bien. La noche del treinta y uno brindé a las doce con
mamá, Momo y María José y me fui a bailar a New York City. Fue
como una prueba y la pasé con honores porque conocí a una chica
que me encantó y me dio bola. Quería probarme que podía ir a
cualquier lugar y que no era menos que ningún otro.
Si no hubiera estado con ninguna chica me hubiera sentido
mal, eso lo tengo claro.
Últimamente me va bien, pero cuando no es así, me vuelven
todos los miedos.
Me angustia saber que me siguen molestando las mismas
cosas. Saber que si agarro por el mismo camino llego al mismo
lugar.
Mariana me seduce, porque después de mucho
tiempo de estar poniéndome en el centro, ella lo ocupa. Me puedo
correr a un costado y escuchar lo que dice. Puedo captar casi todo
lo que le pasa y eso me gusta. Me pega fuerte, duro y en el lugar
indicado. Siento que vuelvo a tener cinco años y vuelvo a perder a
papá cada vez que ella se distancia un poco.
¿Cuando voy a poder digerir la muerte de papá? Espero que
sea pronto, porque todo esto me entristece mucho. Ayer creí que
había dado un paso adelante, estaba contento, pero el sufrimiento
me llega en las mismas circunstancias cada vez.
Me cuesta admitir que la vida te da y te quita lo que quiere.
No puedo hacer nada contra eso. Si quiero vivir tengo que estar
preparado para que eso me pase y, además, se repita.
Sé que si agarro por el mismo camino llego al mismo lugar y,
ahí, soy derrotado otra vez.
No quiero aceptar la tristeza como parte de mi vida. Al estar
triste creo que todo anda mal, que todo tiene que ser reparado.
Después de haber vivido ese momento extraño y
mágico al escucharla hablar sobre sí misma, sobre lo que le pasaba
y le gustaba, sobre sus caprichos y su vida, no puedo aceptar sin
una enorme tristeza el no poder verla más.
Como por arte de magia, recién llamó. De cualquier manera
nada cambió.
Es una excelente tarde de verano. Y, si, algo cambió.
Estoy por salir rumbo a Chile. Antes quise tomarme un
tiempo para escribir ciertas cosas que están frescas aún en mi
mente y considero importantes.
Conocí una mujer con la que me identifiqué enormemente,
con mi vida hasta que murió papá. Creo que es la imagen de lo que
yo hubiera podido ser en caso de haber seguido papá con vida.
Podría ser una fantasía mía, pero caló muy profundo dentro
de mí. Cuando la conocí, automáticamente la quise. Creo que
porque me quiero a mí, a ese Andrés tan esperanzado y
omnipotente de cinco años.
Anoche me encontré soñando con triunfar, como no
lo hacía desde mi época de disociación.
Tengo que acordarme que no fue fácil para mí, que
me faltó el viejo y que todavía me falta.
Tranquilo Andrés, tenés que buscar tu forma de
hacerlo. no te taches. Es importante que hagas crecer a ese señor
de cinco años, hacerle ver que la vida es distinta a lo que él cree.
Hacer que madure.
Me preocupa rechazar mi posición actual, por no
haber encontrado lo que quiero hacer. Esa es mi realidad en este
momento, me guste o no. El rechazarme tira por la borda el camino
que fui recorriendo con tanto esfuerzo.
Debería volver a las bases. Volver al fondo del pozo,
en donde estaba obscuro y difícil. De ahí pude salir, pero al ver que
tengo cosas que no me gustan en mí mismo, me siento discon-
forme.
Tengo mucho miedo. Mucho miedo y mucha exigencia a la
vez. Debería entender de donde vienen. Miedo a que lo que me
gusta se disuelva y exigencia por lograr tenerlo.
¿Cómo hacer para que ese Andrés madure? Madure y pueda
aceptar a éste de treinta años: Ahí está la trampa. Y no se por
donde abrir la puerta. Ya estuve antes en ésta posición y no pude
salir.
Las opciones son: o que mi realidad actual cambie hasta
hacerse conforme a mis expectativas de mis cinco años -cosa
imposible- o adecuar mis expectativas en este momento a mi
realidad actual y aceptar donde estoy parado.
En este último tiempo encuentro dos personalidades dentro
de mí y, sólo cuando logro reunirlas, me parece que estoy funcio-
nando bien. Hay ciertas cosas que evidentemente hacen que mi
figura más íntima corra a protegerse. A partir de ese momento
circulo como si alma me hubiera abandonado y quedara falto de
substancia. ¿Será que mi alma tiene sólo cinco años?
No quiero privilegiar los deseos de los demás sobre
los míos, a no ser que sea yo quien así lo decide.
En general cuando mi interior se aleja de mí, lo hace
por que no tomo con suficiente seriedad sus avisos. Voy a tener que
detenerme en cada sensación de angustia y analizarla con cuidado.
Nadie más que yo tiene que reconocer el gran
esfuerzo que estoy poniendo en salir adelante. Me esfuerzo por salir
del laberinto cada vez, por reunirme conmigo cada vez que me
separo, por saber lo que quiero. Pero nunca lo valoro. No valoro mis
logros, ni respirar, ni correr, ni bailar. No valoro conducir un auto, ni
tomar sol, ni escuchar música.
Esta mañana se fue Josefina y era la única persona de
todo Chile que podía captar el momento que estoy viviendo.
Siento que mi oportunidad no dura toda la vida, tiene
un tiempo limitado. Pensar en eso me trae angustia, como si tuviera
que correr, aunque sin ganas.
Por eso considero importantes estas vacaciones, no para
recargarme, como si fuera una pila cansada, sino para poner las
cosas en su lugar. Para descubrir por qué me separo de mi interior a
cada momento y encontrar la forma de reunirme con mayor
rapidez.
Cuando conocí a Mac, pensé que todo lo que me había
costado hasta ese momento se iba a solucionar como por arte de
magia. Me acuerdo que incluso Joe, me decía que en ese momento
las cosas iban a encarrilarse en mi vida.
Fue duro bajarme de esa fantasía y darme cuenta que no
importa como hacen los demás para salir adelante, lo importante es
cómo puedo lograrlo yo. Lo importante es saber lo que a mí me
importa, lo que a mí me duele. Qué cosas tienen valor para mí.
Esta es mi idea de las vacaciones, estar todo el tiempo que
pueda conmigo y tratar de no disociarme más.
Permanentemente necesito que las otras personas valoren lo
que hago. Eso me lleva a depender de los demás para estar bien.
Acercarme a alguien significa hacerlo depositario de mi estima.
Un ejemplo de esto fue cuando conocí a Mariana y me dijo
que nunca estaría con un vago. Yo siento lo mismo. Me siento vago
de alguna forma, cuando no hago lo que se espera de mí.
Cuando encuentro algo que no me gusta, me rechazo
de plano.
Es difícil vivir renegando de nuestra condición humana.
¿Cómo saber cuando enojarnos? ¿Conduce a algo? Pero ¿Podemos
evitarlo?
Me trato más como a un enfermo, que como a una
persona que está buscando su camino.
¿Para qué estar tan apurado en lograr llegar al final,
si una vez que llego, empieza todo otra vez?
¿Qué tiene de malo estar en la lucha?
Ayer fui a comer con Rafa y Paula. Una vez más quedé mal.
Me cuesta mucho estar con otras personas. Ellos se relacionan con
mucha gente y yo estoy solo. Pero no me gustaría estar en su lugar,
tampoco me hubiera gustado quedarme más ayer.
Fui perdiendo muchos amigos. La mayoría no me valora en
lo más mínimo. Ya no les interesa estar conmigo. Supongo que en
una época les gustaba, pero yo no era el que soy. Me preocupaban
otras cosas.
Cada día que pasa estoy más lejos de la perfección. Cada día
estoy más viejo, tengo menos pelo, más caries arregladas, corro
peor. Sin embargo siempre insistí en que para ser feliz debía estar
todo bien. Ante cualquier error, sufro una frustración enorme y me
angustio porque indica que no voy a poder ser feliz.
Por eso me enganché tanto cuando Dolores volvió a casa de
mamá después de tanto tiempo de haberse ido. Fue un ejemplo
claro de que las personas con problemas no salen adelante.
Durante muchos años la única manera de estar contento era
imaginarme que todo estaba en su lugar pero, claro, eso me volvía
tremendamente ciclotímico, porque cuando surgía algún
contratiempo, todo se venía abajo. Todos estos años estuve
tratando de armar algo imposible de sostener.
Cada día vivo con la necesidad de encontrar una razón para
haber malgastado mi vida durante todos éstos años y una vez que
creo encontrarla, pienso que al día siguiente todo va a cambiar por
el descubrimiento.
Cuando llega el otro día y me molesto y me siento
mal por las mismas cosas, vuelvo a frustrarme, de forma tal que el
círculo comienza nuevamente. Por lo tanto, otra vez, no paro hasta
descubrir otra causa que pueda justificar tanta infelicidad y tanta
mediocridad.
Este modo de proceder me permite encontrar grandes
cantidades de pensamientos equivocados y reglas falsas de mi
interior.
A pesar de ello, sigo sintiendo mucho miedo. Miedo a
quedar atrapado y que cada día sea inexorablemente peor,
irremediablemente peor.
Siento miedo de quedar encarcelado. De quedarme
paralítico antes de lograr correr. De morirme antes de lograr vivir.
De no poder despertar.
Cuando pienso que la valoración que me importa es
la de los demás, me doy cuenta que debería importarme la mía,
pero cuando creo que cuenta sólo la mía, aparece la necesidad de
aprobación ajena y allí me confundo. ¿Qué es lo importante? ¿La
valoración de los demás, la mía propia o ambas?
Me inclinaría a creer que ambas son importantes si
deseamos llevar una vida plena. Pero el necesitar a ambas o
perderlas, me lleva a la pobreza de espíritu y a la tristeza.
Nubes de tormenta atraviesan mi alma en este momento de
transición. Salí para ver qué descubría en la calle y me deprimió
bastante. Últimamente todo me angustia o me deprime. Añoro los
tiempos de bonanza y fuerza interior.
Hace rato que intento descubrir los caminos a través de mi
inteligencia, encuentro vueltas lógicas dentro del laberinto, pero
pierdo de vista los sentimientos que dirigen muchos movimientos
en mi vida.
¿Dónde dejé al romanticismo y al amor? Los vendí y me quedé en
cambio con un frío análisis de la situación, sin darme cuenta lo
unidos que están en general nuestros actos con nuestro corazón,
nuestras demandas con nuestro alma, nuestros gritos con nuestra
frustración.
Me llamo Andrés, el que llora cuando siente la
valoración de los demás, el que disfruta sacando la cabeza fuera de
la ventanilla del auto para saborear el aire nocturno. Ése, al que le
gusta sonreír con complicidad. Ahora ese Andrés está solo. Solo
porque me fui separando de mis antiguos amigos. Solo porque no
sé como buscar otros nuevos.
Muchos amores tallaron mi alma y la esculpieron
como a una roca. Pocos fueron duraderos, en realidad muy pocos,
pero a todos los llevo dentro de mí, ya forman parte de mi ser.
En éstos escritos estoy yo. Más allá de que sean leídos o
quemados o extraviados. Yo estoy en estas hojas, con mis miedos y
mis virtudes. El valor es una virtud. El temor es un defecto.
Aunque estoy dispuesto a escuchar los aullidos de mi
interior, no quiero estar escuchando uno en cada minuto. Me resulta
insoportable. Por momentos quiero una cosa y al segundo siguiente
quiero otra. Entonces nunca obtengo lo que quiero.
Los deseos se vuelven tan puntuales, que nunca coinciden
con el tiempo para hacerlos realidad. No deseo la realidad sino la
fantasía de mi imaginación, busco lo que no existe, porque lo
persigo en un momento determinado, no sirve ni antes ni después.
Ayer llamé a Josefina durante horas porque quería hablar
con ella, hoy la encuentro y no quiero verla. Situaciones histéricas,
difíciles de frenar. Me siento un pelotudo.
Durante años me estuve tachando a mí mismo. Viviendo con
un Andrés encarcelado detrás de un muro, en una lugar lúgubre y
sombrío, triste y húmedo, oscuro.
Por alguna razón desconocida, lo había ahogado, y tratado
de borrar, forcejado con él y decidido, de alguna forma que aún hoy
no entiendo, que lo mejor era enterrarlo en ese lugar.
No conseguí vivir con la mitad de mi persona escondida. Sus
gritos hacían imposible emprender cualquier empresa.
Por fin, éste año estuve tratando de sacarlo de
esa cárcel, aflojarle las cadenas y pedirle que me acompañara a
vivir por el resto de mis días.
Al principio, el resultado fue asombroso, después de
tanto tiempo solo, fue magnifico sentirme unido otra vez. Pensé que
podía enfrentarme a todo, me sentía poderoso.
El jolgorio duró poco. Porque al poco tiempo esa
parte, antes tachada y encarcelada, se convirtió en el peor de los
dictadores. Sin visión de futuro, sin rumbo fijo, aceptando solo lo
bueno y rechazando lo malo con tal fiereza que implicaba cada vez
una frustración enorme.
Al poco tiempo la indecisión se apoderó totalmente
de mi persona, porque a cada minuto las opiniones sobre lo que se
quería hacer eran diferentes.
Durante esos días mi desesperación fue muy grande.
El tratar de complacer esos caprichos permanentes y
esas futilidades, me hizo sentir como un imbécil.
Ahora entiendo por qué me tache a mí mismo: No
pude controlarme, no pude tomar las riendas de mi vida de otra
manera.
Ahora, unos años mayor y con la ayuda adecuada, espero
poder triunfar sobre los problemas que me aquejan sin necesidad
de tapar todo y renunciar de esa manera a tratar de ser feliz.
Algún día, quizás, pueda darme cuenta y asimilar que no me
falta nada. Que tengo todo lo que se necesita para luchar. Ningún
arma mágica, pero si todo lo que hay que tener. Nadie me quitó
nada.
Estoy deprimido y veo al futuro como algo incierto y difícil.
No como a un aliado sino como a un enemigo, algo desfavorable.
No confío en la vida. Me da y me quita lo que quiere. Me
siento como un títere que no puede tallar su vida, sino que ésta
hace lo que quiere con él. Eso me deja sin ningún tipo de seguridad.
¿Cómo enfrentar al mundo con este miedo? ¿Cómo confiar? ¿Cómo
tener fe en algo que nos quita lo que quiere?
Cada día más y más gente vive como puede. Sufriendo la
falta de dinero y trabajando de sol a sol, para poder pagar su vida.
¿Quiero ser uno más de ellos o ni siquiera me animo a salir al ring?
¿Cómo obtener las cosas que busco sin luchar? ¿Tengo algún tipo
de alternativa? ¿Qué va a cambiar? ¿Llevaran los caminos de mi
laberinto a un final feliz? ¿Cuál agarro?
Choqué el miércoles pasado y vivo en una perma-
nente bruma desde entonces. Siento que no puedo hacer lo que
quiero, como si una pesadilla se cerrara sobre mí. Y es sólo porque
no tengo auto, como muchísimas otras personas viven toda su vida.
A decir verdad, no sé si mañana va a salir el sol. Es
terrible pero dudo hasta eso.
Muchas veces creo que soy un cagón. Cuando me
hablan de una persona que le pegó a otra, lo admiro porque creo
que pudo defenderse. Siento que no puedo defenderme. A veces en
los sueños trato de pegarle a alguien pero mis puños no lastiman,
no golpean, no le hacen daño a nadie.
Creo que no peleo por miedo. Sin embargo cuando por
alguna razón tengo una discusión fuerte con alguien físicamente
más chico que yo y con el cual no temería una represalia, tampoco
le pego. En ese momento que podría aprovechar mi fuerza física, no
lo hago. Obviamente para no lastimar al contrincante. Sin embargo,
cuando me encuentro con alguien de mayor envergadura, con el
cual seguramente saldría lastimado, si no me voy a las manos, me
considero un gallina.
¡Cuanta energía hay que tener para emprender algo con la
obligación de que salga bien!
¡Qué angustioso es jugar un partido de paddle si uno tiene
que demostrar que es el mejor de la cancha!
¡Qué difícil es estar con una chica si uno tiene que
conquistarla sí o sí, aunque no sepa si le interesa!
Hay veces que me siento a escribir por obligación. Pero a
medida que me encamino hacia el interior de las hojas, una luz guía
mis palabras.
En otros momentos circulo a ciegas, sin rumbo fijo,
esperando encontrar algo que me ayude.
Esperar tiene algo que molesta a todas las personas.
Saber hacerlo implica entonces asumir que uno no tiene control
sobre el suceso en sí, sino que depende de otros factores.
El asunto sería depender hasta el límite que yo
decida.
Quizás buscando gustarle a todas las mujeres, quería
gustarle a mamá. Me parece muy triste.
Para poder satisfacer algo, hay que encontrar lo que
uno busca.
Podría significar que estuve tratando de alcanzar el
agrado de mamá. Gustarle a una chica no me puede devolver
gustarle a mi madre. Me parece que cuando en una familia hay
tanta desigualdad en las preferencias de una madre, entonces los
menos preferidos pueden confundirse, creyendo que les falta algo
para poder salir adelante, que eso que no alcanzan les bastaría
para poder convertirse en seres completos y vigorosos.
Hablando con Dolores encontré la resistencia, que tenemos
todos los hijos, con respecto a enfrentar a mamá. En ésta familia
hay un orden establecido por ella y tratar de romperlo aun dentro
de nosotros mismos es una tarea muy difícil. Pero dentro de mi
persona quiero mandar yo, no mi madre.
Tengo miedo de irme a vivir solo. Terror a que sea peor que
ahora, que requiera más esfuerzo vivir, del que estoy haciendo acá,
mientras vivo con mi madre. Ya bastante esfuerzo me lleva.
Estoy criado en una familia en donde lo inalcanzable se
transforma casi siempre en lo anhelado y en lo que seguramente
nos daría la felicidad. Cuando no alcanzo el lugar preferencial de mi
madre, entonces calculo que es eso lo que me falta para ser feliz.
La felicidad es un hecho que no va a ir nunca con aquello
que perdemos o escapa a nuestro alcance. Eso es seguro que no es
para nosotros. Nuestra felicidad está en lo que tenemos, en lo que
nos es posible conseguir, en lo que logramos y no en lo que nos
falta.
Recién ahora empiezo a entender que no controlar
todo puede ser muy bueno para mí. Me quitan responsabilidad. Le
da más lugar a las demás personas de este mundo y, eso, lo hace
menos árido, más poblado. Hasta hace poco o estaban conmigo o
no existían. Me gusta que anden pululando por ahí.
Castigando a derecha e izquierda me abro paso entre
mis hermanos. El que sale más golpeado soy yo. Yo, que digo
cosas. Yo, que entiendo y puedo estar, entonces, al alcance de unas
y por encima de otras. Yo, con la boca hinchada por decir, por
mostrar lo que otros no quieren ver.
Formo parte de una familia, cuyo orden no comparto. Sin
saber cuál es el mío, entiendo que no es con el que viví durante
todos éstos años.
Cuando en días como hoy, veo el orden al que son
sometidos algunos sobrinos míos, me invade un gran dolor y
angustia. Supongo que me hacen recordar años pasados, en los
cuales no había alternativas para mí.
Sin embargo, sentado aquí, en casa de mamá, es como si yo
estuviera dentro de ese mismo orden. Y lo estoy. Y en realidad más
que un orden, es un desorden.
Abrumador. Injusto.
Estuve dentro de él durante años, sin saber que me era
permitido salir y que sólo afuera podría encontrar la vida plena, con
sus penas y alegrías, pero vida al fin.
A medida que pasa el tiempo y logro tener fuera de casa
pequeñas muestras de alegría que la vida puede darme y cómo
buscándolas a veces se me dan, me doy cuenta la gran perdida de
tiempo que significó mi educación. Debo agradecer a Dios el
haberme proporcionado el atisbo de una puerta.
Hacía mucho tiempo que no disfrutaba una caminata en
medio de ese aire puro, con el mar como marco de un montón de
recuerdos y sensaciones. Eso es para mí Mar del Plata, una ciudad
con historia. La siento ordenada y limpia.
No tengo claro por qué no termino de aceptar que los demás
no me acepten. Supongo que todavía debo creer internamente que
necesito la aprobación de las personas con las cuales estoy
compartiendo algo.
Desacuerdo. En casa no estuvo permitido. Siento que
no puedo tolerarlo y que, sin embargo, está presente en casi todos
los días de mi vida.
Es una excelente noche invernal y estoy esperando
un cambio.
Cosas que antaño lograba satisfacerme en parte, ahora no lo
logran. Sólo son intentos fallidos de tapar algo que estoy buscando
cada día con más ansias.
Cuando, hace un mes, le dije a mamá que no quería
que nuestra relación fuera sólo que yo estuviera haciendo cosas
útiles para ella, sino ver que comunicación lográbamos entre
nosotros, se produjo silencio. Y esa incomunicación persiste hasta
ahora.
Como conclusión tomo que no me quiere. No le
interesa mi crecimiento pero sí le interesa que le solucione
problemas prácticos.
¿Cuál es el tipo de relación que me gustaría tener con ella?
Supongo que una en la cual poder hablar de los problemas
que tenemos y cómo solucionarlos, sin que ello indique un pedido
de solución. Poder pasar buenos ratos viendo una película o
tomando algo o disfrutando de una buena conversación. Pero me
parece muy complicado si ella no acepta mi individualidad.
Logro relacionarme únicamente como proveedor. Y ante un
proveedor uno puede elegir a otro, quedándose el primero sin
trabajo. Como si yo cumpliera una función determinada en mis
relaciones de forma tal que sólo importa lo que soy capaz de dar.
No importa si tengo otras cosas buenas o malas (todo pasa por el
verbo tener). Yo soy más de lo que tengo. Ser es más que tener.
Dicen que el amor es dar y recibir. Me parece que tiene que
haber algo más y es como si dentro de mí no entrara otra cosa que
no fuera tener. Me siento dentro de un círculo que fue marcado
para mí y del cual no puedo salir. Hay una raya que no me deja ver
más allá. Y para poder traspasarla voy a tener que entender que
hay en el ser aparte de tener.
Ganas, alegría, buena onda, sinceridad, serenidad,
diversión, son palabras que indican fenómenos del ser, que no
pasan necesariamente por dar y recibir. Uno no da ganas, las
siente.
En general, cuando voy a bailar, la paso bien cuando ya se
fue la chica que pude conocer y estoy tranquilo mirando la buena
onda de la gente, con la sensación satisfactoria de la tarea
cumplida.
Es como si en el fondo, la chica que conocí, no me importa,
pero me da la posibilidad de poder disfrutar después la buena onda
de la noche sin problemas. Ella pasa a engrosar la lista de
conocidas en mi agenda.
Es claro que hay algo tramposo en mis salidas, porque
detrás del genuino alegrarse por la victoria o que a uno le vaya
bien, va escondido el deseo de enmascarar en parte mi angustia e
insatisfacción y los aullidos desesperados de mi interior, cuando
creo que el trofeo es lo suficientemente lindo.
No salgo para divertirme sino para acallar una insatisfacción.
Lo máximo que logro es un poco de distracción.
Podría creerse que mi insatisfacción proviene de no tener
trabajo de veterinario, pareja o profesión establecida. En cambio,
creo que no va por ahí. No es eso lo que busco.
Ya no cuestiono solamente a mi familia, sino a la sociedad
toda. Me siento obligado a pagarle a las chicas cuando salgo y en
realidad me parece que está todo muy prostituído. Yo no soy quien
impone las reglas, pero pareciera que tengo que oponerme a ellas o
aceptar sin enojo que los demás no se cuestionen lo que a mí me
molesta.
La sociedad impone un orden que se considera inmutable. Yo me
siento como si tuviera todas las contras de ser un adulto, pero
ninguna de las ventajas. Porque una de las principales ventajas es
poder elegir permanentemente, ser libres. Sin embargo yo no lo
hago, vivo detrás de algo, debajo de algo.
Cuando impongo mi voluntad siento que voy a ser
abandonado.
Tanto mamá como mi abuela Momo nunca hicieron
nada por ellas mismas, siempre debía ser para otra persona. La
razón de hacer las cosas estaba siempre por fuera de sí mismas.
Como si no estuviera permitido. Como si uno mismo no fuera razón
suficiente.
Tomando éste modelo tengo que encontrar una persona que
actúe como beneficiaria de mis acciones. No puedo ser yo mismo.
¿Quién puede afirmar lo que nos va a deparar el destino?
Aquí, sentado frente a mi escritorio escucho sonidos
tortuosos provenientes de las palpitaciones de todo mi ser al
enfrentarse con la idea de la soledad. A eso le temo.
Andando en bicicleta me encontré con una calle empedrada.
En vez de hacer una cuadra para atrás, que no me importaba
porque no iba a ningún lugar fijo, seguí para delante, incómodo por
las piedras. Todo por no querer desandar parte del camino.
Siempre estoy buceando dentro de mí para encontrar las
estructuras que la educación y mi familia construyeron ahí.
Cuando me angustio por algo, empiezo a comer como si
fuera la última vez, y me pregunto si no es una forma de reaccionar
ante los problemas de la vida.
Me resulta molesto estar solo pero con los deberes hacia
otra persona. En casa, estoy con otras personas que esperan que yo
les resuelva parte de sus problemas y sin embargo estoy solo
cuando se trata de preocuparse por solucionar mis problemas o
cuando se trata de atender a mi persona.
¿Para qué estar con alguien si sólo aumentan nuestras responsabi-
lidades?
Preferible estar solo o con personas que quieran darnos un
verdadero lugar para poder conversar.
Pasan los días y me doy cuenta que no importa donde esté
para ser yo. Tengo que trabajar para eso me encuentre donde me
encuentre. Y, por suerte, a las armas las tengo siempre a mano.
El río es siempre el mismo, sea en el origen o en la
desembocadura. El río siempre está ahí, siempre avanza.
¿Por qué debo llevar una botella de vino a la comida?
Tanto si la llevo, como si no lo hago, me siento mal. No se cuál de
las dos opciones es mía y cuál es de una estructura impuesta
dentro de mí. ¿Cuál de las dos angustias es la genuina? Me siento
inseguro cuando no hago lo que se supone que debo hacer. No
quiero obligarme a hacer cosas formales buscando aprobación. En
realidad si me invitaron, es como un regalo ¿Quiero regalarles?
Domingo cubierto de nubes. Mediodía. Tuve que
prender la lámpara del escritorio para poder ver. Varias ideas
azotan mi mente.
Ayer fui a dar una vuelta y regresé insatisfecho por no haber podido
conseguir el número de teléfono de ninguna chica. Reniego muy
fuertemente de mi forma de ser, en la cuál termino siempre de la
misma forma, insatisfecho.
Ayer salí a dar una vuelta y tuve varios llamados de
atención. El primero fue cuando después de decidir de buen humor
que quería conocer a alguien, me encontré pensando en mi antiguo
auto y sus inconvenientes. Hace muchos ruidos que
verdaderamente me molestan. Esto hizo que me enganche con algo
mío y empezó a molestarme estar en el auto y también estar
conmigo.
Al ver que no estoy bien, me pongo peor. A nadie le iba
gustar estar conmigo.
Cuando logré sortear éste inconveniente -en realidad dejarlo
un poco al costado- fui a "La Cuadra", un lindo pub de Belgrano. Me
interesé por una chica muy linda que trabajaba de maître y estuve
charlando un poco. Era muy simpática. Entre dimes y diretes le
pregunté qué iba a hacer en su día libre, me contestó:
-Voy a ver- y se alejó. Volvió a acercarse un poco después, pero me
daba la impresión que me esquivaba. Supuse que era una forma de
decirme que no quería salir conmigo y me fui. Pero no convencido,
sino pensando que aunque había hecho bien en no seguir con algo
que pudiera terminar en un rechazo, sentía que tenía que volver.
Me fui a bailar y otra vez tuve un llamado de atención
cuando una chica no me dio bolilla. De cualquier manera insistí un
poco, pero yendo directamente al tema de la edad. Al alejarme me
sentí muy mal, abandonado y paria.
Me fui a dormir insatisfecho. Ese fue mi último
llamado de atención.
Pareciera que terminé la noche tal cual la empecé. Y
el problema creo que estuvo cuando empecé a sentir los ruidos de
mi auto y a creer que, como él, yo tengo hace tiempo que
solucionar algunos temas que aparecen una y otra vez.
Quiero suponer que no los estoy encarando por el
lugar que debo, porque todo debe tener solución. En realidad hay
ciertas cosas que no tienen arreglo. Aunque yo entiendo que
soluciono muchos temas a diario, debe haber alguno con el cual me
engancho porque no obtengo respuesta.
Estuve durmiendo un rato. Creo que me dieron ganas de
dormir porque se ponía muy denso lo que estaba tratando de ver.
Ahora mismo, me da rechazo y cansancio pensar en eso.
Me dormí pensando si tiene solución lo que trato de resolver
y me desperté pensando que quiero comprar algo, pero sin perder
plata.
Puede haber una trampa en esto: Ambas cosas pueden ser
verdad. Pueden tener solución únicamente cambiándolas.
Soy resistente a deshacerme de algo que no me hace bien.
Debe tener que ver con la forma de estar feliz y cómo tienen que
ser las cosas.
No quiero estar todo el tiempo en la mugre. No sé hasta que
punto puedo solucionar algo de golpe o es justamente de esa
exigencia de lo que me tengo que desembarazar.
¿Mi inconsciente me va a llevar siempre por el buen camino o está
creciendo también en este tiempo de búsqueda?
Me apresuro a definir la posición del otro, aun a mi propia
costa, por no poder aceptar la indefinición. ¿Por qué?
Ante la definición debo tomar una resolución. Cuando
la otra noche, tomaba algo con Florencia en "Vladimir", al
rechazarme ella, yo decido irme.
Me pregunto: ¿la estabas pasando bien? la respuesta
es no. Entonces ¿Qué hacías ahí? ¿Qué hacías tomando algo con
una chica que no te divertía en lo más mínimo? ¿?
Pareciera que hay un tema de proyectarse al deseo
del otro, cuando el deseo de uno falla. Con tal de sostener algo,
cuando mi deseo no está o desaparece, trato de servirme del deseo
del otro. Pero todo éste mecanismo me lleva sí o sí a la insatisfac-
ción, porque me siento así cuando el otro no desea estar conmigo,
que sería algo normal, pero también cuando logro permanecer sólo
por los deseos del otro.
También tuve un llamado de atención en Caix. Estaba
contento pensando que una chica tenía ganas de estar conmigo,
pero estaba nerviosa. Yo disfrutaba el acercamiento, hasta que en
un segundo pensé en que yo pudiera estar equivocado y que ella
no tuviera en realidad esas ganas. A partir de allí, el momento
perdió todo su encanto.
Entendí que la situación solo se mantenía con el supuesto
deseo de ella.
Aquí y allá está saliendo que en mi modelo mental, no
importa uno, sino el otro. El deseo del otro es más importante que
el propio.
Por evitar una sensación de pérdida, termino perdiendo
todo. Por no poder desear nada para mí mismo.
Mientras los deseos son de otra persona, no me equivoco ni
me expongo nunca. En realidad estoy expuesto permanentemente
porque no puedo nunca tener un recreo. A donde voy llevo conmigo
el proyectarme hacia los demás.
De ésta forma es difícil que me lastimen, lo importante es
saber a ciencia cierta si ella tiene el deseo o no, para poder saber si
yo deseo o no. Mientras perdura el deseo del otro, perdura el mío
también, pero cuando se extingue el del otro, el mío desaparece.
Volviendo a la noche del otro día, cuando decidí que
quería salir a conocer a alguien, estaba frente a un deseo
puramente mío. Pero al darme cuenta que en el auto todavía había
problemas de caja de cambios y transmisión, que había estado
tratando de solucionar sin haberlo logrado, me transporté con los
temas que no había podido solucionar en mí mismo y que iban a
hacer que esa noche yo saliera insatisfecho casi seguro. ¿Por qué?
Porque aunque yo tuviera un verdadero deseo esa noche, dependía
de encontrar una persona con exactamente los mismos deseos,
para poder proyectar los míos en ella. No me podía servir una
persona que no supiera si quería estar conmigo o no, porque
simplemente no me conocía, tenía que encontrar a alguien que me
gustara y que estuviera segura de querer estar conmigo, apenas
me viera.
Con este modelo que supuestamente me protege de
sufrir, tengo problemas también cuando no se si quiero estar con
una chica que quiere estar conmigo. En esos casos, como la otra
persona es la importante, debo lograr que ella no quiera estar más
conmigo para poder separarme. Para eso me vuelvo en general
desagradable e inbancable.
Cuando veo a alguien que no me gusta, tengo que
evitar el gustarle para no quedar atrapado en sus deseos. Debe ser
muy desagradable para las demás personas.
Me gustaría volver a ver a Margarita. De alguna forma podría
tratar de convencerla para que vuelva a salir. Pensé en escribirle
una carta, pero enseguida pensé en que se la iba a mostrar a una
amiga, diciéndole: -Mirá el tarado este, lo que me escribe.
Por suerte me di cuenta que detrás del supuesto miedo al
ridículo, está la intención de esconder que esa carta no tendría
ningún sentido sin el deseo de ella de recibirla. Y en ese caso no
tendría ningún sentido mandarla, porque sólo estaría indicada para
tratar de convencerla.
En éstas últimas palabras creo que se abrió una puerta
enorme. No tengo idea hacia donde conduce, pero me imagino
intentando convencer a mis antiguos amigos a que juguemos al golf
o al truco o a cualquier otra cosa y convirtiéndome en un pesado.
Con éste modelo es lógico pensar que uno va a estar
intentando permanentemente de convencer a las demás personas
para que deseen hacer cosas que uno sólo tendría ganas de hacer
si los otros quieren. Debo convencer a los demás para justificar mis
ganas, que de
otra manera, quedarían al descubierto.
Por fuera pareciera que uno es un caprichoso, que sabe
exactamente lo que quiere, pero no es así. El asunto no pasa por
complacer un capricho, ni por cumplirlo o no, sino porque los demás
tengan ganas y así justifiquen las propias.
¿Cómo surgió esta estructura? Es lógico suponer que fue
como una defensa contra el genuino sufrimiento de decidir y
responsabilizarse por la propia vida y los propios actos.
Por evitar el miedo genuino a sufrir por no tener lo que
queremos.
Me parece que es enorme y muy profunda dentro de mí. No
se que hacer con ella.
Me siento raro. No siento como si fuera una victoria.
Estoy triste como si en realidad fuera un funeral. Como si algo muy
dentro de mí estuviera muriendo. Como la muerte de una gran
ilusión.
No siento necesidad de comer. Ni de dormir. Ni de escribir. Ni
de reír.
Hacía días que quería ver otra vez la película de
Robert Redford: "Gente como uno". En dos momentos de la película
tuve llamados de atención. Creo que ambos tocaron hilos profundos
de mis sentimientos. En uno una chica acepta de buen grado estar
con él. En el otro, él y su padre, se dicen que se quieren. En esa
parte lloré las dos veces que la vi hoy.
Tiene mucho que ver con mis deseos. Puedo haber utilizado
la trampa de los deseos para evitar ese gran sufrimiento que debo
haber tenido con la muerte de papá.
Intenté permitirme desear sólo aquello que podía tener. Aunque es
verdad que la felicidad únicamente puede estar en las cosas que
podemos tener, también en la otra cara de la moneda están los
deseos que no podemos cumplir y que no por eso tienen necesaria-
mente que hacernos infelices. Tratar de eliminar esas genuinas
penas, es decirle adiós a la felicidad por el resto de nuestras vidas.
¿Por qué perder el deseo de estar con alguien, si esa
persona no quiere estar conmigo?
Procuré eliminar los deseos que no podía cumplir, en
un intento de evitar el sufrimiento. Pero ¿Se pueden eliminar los
deseos o lo único que hacemos es tacharlos, ocultarlos? Sólo logre
descartarlos, borrarlos al surgir, negarlos, mamarracharlos. Pero
nunca eliminarlos.
Recién pensaba en que quería ir a comer algo, aunque no
tengo hambre. Es como si pudiera ser una vuelta a mamá. Como si
ahí pudiera estar seguro.
Mamá está segura, ella no desea, descarta la felicidad en su
vida y así elimina el sufrimiento. Se eliminan las grandes
decepciones, sólo queda la desagradable seguridad de una tímida
insatisfacción proyectada sobre los demás.
Cuando en mi infancia tuve que hacerme cargo de mi
sufrimiento, debo haber buscado consuelo en mamá y ella
evidentemente me transmitió lo que hizo durante toda su vida.
Me parece como un salvavidas de plomo.
Me cuesta mucho buscar mis propios deseos. Me confundo
mucho. Siento que desear es muy caro. Por ahora no me animo a
desear.
Hoy, mientras me bañaba, pensaba en que tengo algún
cortocircuito entre el desear y el tener. Que sólo puedo desear, no
tener. La satisfacción de tener la perdí en algún lado. Únicamente
me permito desear lo que no puedo tener.
Lleno mi vida con salidas y situaciones que reconozco como
insatisfactorias, simplemente porque no las deseo. En general me
cuelgo del deseo de los demás y no puedo reconocer el propio.
Muchas veces cuestiono el hecho de quedarme en casa
escribiendo todo el día, quizás porque es algo solamente útil para
mí.
Cuestioné absolutamente todas mis aseveraciones y eso
demuestra que no tengo todavía ninguna base solida donde
afirmarme para empezar a construir mi vida.
Es una noche de invierno. Son cerca de las dos de la
madrugada y estoy en mi cuarto escuchando música bajito, para no
despertar a nadie. Siguen, acá en casa, mi hermana Belén y su
familia, pero falta poco para que se vayan.
Me desperté con una imagen onírica del abandono y
la segregación. Los relaciono directamente con la muerte de papá.
De a poco y analizando lo que me pasa, me voy
separando cada vez más del manejo familiar, que puede haber sido
un puerto seguro para mí en el pasado. En ese modelo el desear
para uno estaba vedado. Se vivió siempre para las otras personas,
con la proyección de todo deseo en otros. Donde nunca fueron
aceptados los límites de la individualidad. Donde la generosidad era
una obligación. Todo encaminado para no sufrir.
Cada uno de nosotros debe haber tenido razones
para prestarse a un manejo así, para incorporarlo como propio.
Algunos de nosotros lo cuestionamos, como Dolores, María José y
yo. Otros se mantuvieron al margen, como Belén. Algunos no lo
tomaron, creo, como Raúl.
Cuando impongo mi voluntad siento que voy a ser
abandonado.
Me hace acordar cuando en la enfermedad de papá, yo comía
caramelos en su cuarto. El me lo permitía, aunque todos en casa
me decían que no tenía que molestarlo. Yo iba igual. Me sentía
diferente al resto. Hice mi voluntad de comer los caramelos y papá
murió. Fui abandonado.
Ahora cada vez que hablo de hacer mi voluntad, hablo de
quedarme solo. Cuando me dirijo a hacer algo que deseo o a tomar
algo que quiero, sufro gran ansiedad y angustia.
Voy a dedicarme a escribir cosas que deseo... Voy a hablar
de mis deseos...
No me vienen. Es como si no deseara nada. No debo
permitirme desear nada.
Sentirse vivo es sentir el frío sobre la cara. Cuando voy con
la ventanilla abierta, siento que me estoy alimentando de vida con
cada bocanada de aire.
Con eso me pongo alegre, lo mismo que cuando veo un
parque con muchos árboles en otoño. Supongo que un día de éstos
me voy a tomar el tiempo para ver como caen las hojas. Me gusta
donde vivo.
Desde hace varios días que quiero salir con Mariana y, con
ella, me pasa que cuando yo la llamo, casi nunca salimos.
Es justo salir cuando ella quiere, pero me dieron
ganas de estar con ella y aunque me costó admitirlo, el deseo
surgió. La llamé y ya había arreglado con otro. Eso hizo que me
sienta abandonado y paria. Una posición demasiado conocida para
mí. Quedar abandonado.
No creo que sea casualidad que me enganche con
alguien a quien no le gusta que la llamen. Creo que la gordura
estuvo desde el llamado a Mariana, sabiendo que ella me había
tratado mal ayer, cuando ella me llamó y yo ya salía.
Es difícil ir abriéndome al mundo, ir viendo el
exterior. Sobre todo porque yo lo veía desde adentro y, afuera, es
otro lugar que aunque quiera verlo desde donde estoy, es imposible
sin salir. Me lo imagino como adentro, pero con frío y no es así.
Quizás tenga un problema con todo el mundo, porque
a mí ya no me interesan las reglas de juego de la gran mayoría.
A todo el mundo le incomoda estar conmigo. La gente en general
me dice que soy raro. Y yo quiero ser raro, no me interesa ser como
los demás.
Cuando estoy con un grupo grande de personas, me cuesta
mucho controlar lo que pasa. Siento que mi persona se me va de
las manos y pasa a ser el inconsciente quien dirige mi vida.
Acabo de empezar el día, hace exactamente veinte minutos.
Me cuesta escribir porque acabo de hacer flexiones de brazo. En
esta noche invernal, me siento solo y confundido. Iba a escribir
deprimido, pero no quise usar esa palabra, como si tratara de
ocultarme lo que siento.
Estoy cansado de ésta lucha diaria, de la eterna decepción.
Siempre me decepciono de mis logros, de mi estado actual, de mi
cuerpo, de toda mi persona. Hace rato que no dejaba salir la
bronca, pero estoy enojado, enojado y decepcionado; enojado
decepcionado y solo; enojado, decepcionado solo y confundido;
enojado, decepcionado, solo, confundido, harto, y asqueado;
enojado, decepcionado, solo, confundido, harto, asquea do y
temeroso. Y vuelvo a estar enojado. Tengo miedo. Miedo a
dormirme y miedo a despertarme.
Hace rato que quiero vivir para mí. Para éste Andrés
que Dios eligió para que exista. Porque existo, con todos mis rollos
y problemas, existo. Y, aunque yo me obligue a tacharme muchas
veces, tengo el derecho de estar acá.
Esta mañana, cuando me levanté, una parte mía se
puso alegre, por saber que podía elegir qué hacer, disponía de
tiempo para mí. La otra, en cambio, se sintió mal por no tener algo
definido que hacer, ninguna responsabilidad. ¿Quién es Andrés? ¿El
uno o el otro? Andrés está formado por los dos, pero no hace uno.
Quiero ser uno con mi identidad, uno conmigo mismo.
Estoy buscando la forma de ser feliz, la forma de
poder compartir cosas con los demás y conmigo mismo. Me cuesta
ver en algo que no sea mujer todo lo que divierte y sea "vivir bien".
No pasa solamente por tener relaciones sexuales satisfactorias. Es
mucho más. Es poder estar afuera y respirar, es oler el pasto,
abrazar un árbol, reír y llorar. Pero todavía hay ciertos sentimientos
que no quiero ligarlos a la vida y sin embargo están en ella todos
los días, como el dolor, la angustia, la pena, todas sensaciones
penosas.
Estuve tratando de terminar el cuento de una noche de
verano y todavía no encontré un final satisfactorio. Me invita a
pensar que todavía no puedo encontrar un final para parte de mi
búsqueda de felicidad. Aunque sé que ella está en ser uno mismo,
no estoy muy seguro de entender lo que ello significa. Sé que es
aprender a querer lo que uno es, lo que uno quiere. Sería fácil en el
cuento poner particularidades propias de los hombres, como reír y
llorar. Pero cuando se trata de uno, no es tan fácil describir y estar
convencido de cuales son las particularidades propias dignas de ser
vividas. Sé que una mía es el gusto por la filosofía, mi atracción
hacia las profundidades de los sentimientos de la vida, lo
sentimental. Pero cada vez que intento volcar parte de ese
entusiasmo por cosas delicadas, con amigos, automáticamente se
burlan de mí.
Mis valores íntimos, no sé por qué se rigen. No sé
donde tienen su raíz, pero en encontrarlos y defenderlos creo que
tiene que estar mi satisfacción.
Sólo eso podría acarrear genuinos sufrimientos sobre mí.
Deseo que mi vida sea más profunda que la de
muchos que veo por ahí. Quiero que sea más consciente, saber lo
que voy viviendo y no vivirlo como si fuera un sueño del cual
podemos despertar a la realidad en cualquier momento.
Si yo quiero vivir mi vida tengo que pagar un precio con los
demás. Por ejemplo: no molestarme que ellos se opongan a ciertas
cosas que hago, en cualquier ámbito. Supongo que es el precio que
tengo que pagar por ser libre.
Cuando tomo una actitud que no es catalogada como
normal, la gente me lo dice y, yo, en vez de reducir al mínimo su
segregación, la agrando hasta hacerla insoportable.
Por ahora soy poco comprensivo respecto a la necedad,
tanto ajena, como mía propia.
Tengo unas ganas bárbaras de tomarme la vida.
En vez de eso lo que hago es comer de más. Confundo vivir con
desenfreno.
La libertad no me asegura la felicidad en lo más mínimo,
pero es el único camino que veo para llegar a ella.
Ya pasaron las doce de la noche. En casa, cuando bajo el
sonido de la radio, escucho el zumbido de la calefacción, el viento
contra la ventana y el roce de la lapicera sobre el papel.
Así como no sé darle el broche final al cuento de la noche de
verano, tampoco puedo hacerlo con mi vida.
Todavía siento culpa por vivir la vida como me parece o puedo
hacerlo.
Recién hablé por teléfono con Rona y le leí un verso de
Neruda. Realmente lo disfruté. Me gusta hablar de otras cosas
lindas que no tengan que ver con mis rollos. Estoy muy solo
últimamente.
Me gustaría poder respirar hondo cada mañana, sabiendo
que no voy a volver a ponerme una máscara para lograr agradarle a
la gente y poder ser así una
persona normal.
Apenas escribo algo, voy corriendo a mostrárselo a
las personas, para que me digan si les gusta o no. ¿Qué me van a
decir? Sobre todo las personas que me quieren. Busco aprobación y
aceptación en los demás, cuando en realidad es en mí donde debo
encontrarla.
Por ejemplo: es posible que en el fondo sea un vago,
que no me guste trabajar.
Es la primera vez que estoy aceptando que no quiero
trabajar. Parece que no soy una persona normal y quizás entonces
tenga otras intenciones para mi vida. Sin embargo, no me permito
otra forma de vivir y, entonces, por eso no encuentro algo que me
guste. De ésta forma voy a terminar eligiendo aquello que en
realidad no deseo.
Antes de eso, debería permitirme otras salidas.
Aunque deba mantenerme a mí mismo, procurarme vivienda y
alimento, hay algo en todo esto que me parece que es una trampa,
es como salir de lo malo, para dirigirme a lo peor.
Tuve un despertar extraño, rodeado de culpas y miedos.
Intentando aceptar posibilidades incómodas, sólo para que dejen de
existir. No es así de fácil. La búsqueda real de lo profundo es muy
costosa.
No acepto mis errores.
Hace días que vengo diciendo que en mi casa no se aceptó a las
distintas personas.
Me siento como un lisiado. Una persona discapacitada y, en
realidad, eso soy. De una forma u otra, tengo falensiasfalencias que
me hacen llegar al fracaso. Me angustia la idea de volver a subirme
al tren.
Volviendo a la falta de aceptación: odio la parte mala del
hombre. Odio su ignorancia, (¿Su debilidad?). Por lo tanto odio la
esencia del hombre. Al odiar esa parte, cuando veo personas
confundidas, las odio también, mejor dicho, no las acepto, porque
no me acepto a mí mismo.
No acepto el error, aunque sé que me equivoco y que voy a
seguir haciéndolo por el resto de mi vida.
Si hubiera algo más profundo que esto que escribo ¿Qué me podría
estar diciendo? ¿Qué estoy diciendo con no aceptar el error? Si va a
estar presente siempre ¿Por qué lo odio? ¿Por qué no puedo
aceptarlo? ¿Qué significa el error? Lo asocio con hacer las cosas,
con cumplir mis deseos. ¿Será que el error evita el cumplimiento de
mis deseos?
No puedo contestar éstas preguntas desde la otra cara de
esa misma moneda. Seguramente podrán ser contestadas desde
algún otro lugar o desde alguna otra posición, que todavía no
encontré.
Vida, no estoy en paz. Siento que me debes mucho
que me prometiste. A través de quién conocí la vida o a través de
mí mismo ¿Es que la naturaleza no me mostró que los fuertes se
comen a los débiles? ¿Entonces cómo querer ser débil?. Pero, sé
que no va por ahí, porque todos somos en algún sentido fuertes y
también débiles. No pasa por ser el más fuerte, porque es como la
escalera real, en poker, cada una vence a otra y es vencida por una
también. Uno en la vida va a estar en posiciones desafortunadas,
pero afortunadas también. No disfruto éste tipo de relación, porque
cuando me toca ser el fuerte, no me quiero aprovechar y cuando
soy el débil, se aprovechan y no puedo evitarlo. A pesar de todo, es
la única forma en que veo al mundo: fuertes y débiles, los que
tienen y los que no tienen, ricos y pobres, sabios y necios, eruditos
y analfabetos.
Odio la forma en que veo al mundo. ¿Odio el error o a pensar
que debe haber un error? ¿Odio al culpable o a pensar que tiene
que haber un culpable?
¿Cómo puedo entender a un mundo sin error, que no sea
error quebrarse una pata o ser lisiado o ser miedoso o analfabeto?
Quizás no sean errores ¿Será un error pensar que la
naturaleza tiene errores?
¿Para que preguntarme si existe error o no? El error se dice
parte de la naturaleza. Yo lo vivo como si no tuviera que existir.
Quiero hacer desaparecer el error de la naturaleza. ¿Por qué?
¿Hay mal en el mundo? ¿Es debido al error? ¿Puede confundirse el
error con la maldad? ¿Tengo yo maldad?
Me falta desarrollar una parte de mí. Y aceptar allí el error y
la maldad que llevamos dentro, porque aunque trate de evitarlo lo
llevo dentro.
Recién comí de más. Algo me debe haber angustiado.
Me parece que fue Belén, que hizo alusión a una chica que estaba
bárbara, pero que era muy chica para mí. No quiero pensar que el
tren ya se fue. Tengo ganas de formar una familia y espero que aún
estar a tiempo, cuando termine lo que estoy haciendo, buscarme a
mí mismo.
El viernes estuve muy contento, por haber
descubierto ciertas cosas que me resultaban importantes. Le conté
a Adrián que estaba contento por tres cosas: primero, porque había
arreglado para salir con Marianita y tenía muchas ganas. Segundo,
porque había arreglado para hoy, domingo, con María Inés y,
tercero, porque quiero amarme a mí mismo y creo empezar de a
poco a comprender qué significa:
El otro día, en el asado de Joe por su cumpleaños, me
di cuenta que estaba incómodo entre la gente. Los demás me
molestaban. Llegué a odiar algunas cosas de ellos. Cuando analicé
la situación entendí que si odiaba actitudes o estructuras era
porque yo también las tenía o sea que estaba odiando en ellos
actitudes y estructuras mías.
Como estoy leyendo: "el arte de amar", relacioné que allí
describen que cuando uno ama al resto, se ama a uno mismo y que
cuando uno se está amando ama al resto de la gente. Por lo tanto,
pude comprender que así como pude odiar en los otros algo odiado
en mí, también iba a poder amar en los demás, lo amado en mí.
Entonces, si yo me amo, voy a estar amando también al resto.
¿Pero, cómo amarme si no lo siento?, La respuesta llegó más tarde
y aunque no estaba explícitamente escrita, estuvo siempre frente a
mis narices: el amor no es un sentimiento, es una voluntad.
Amarme significa ejercer la voluntad de cuidarme, respetarme,
conocerme, tener responsabilidad. Al fallar en alguno de éstos
aspectos, no estoy amándome. Aquí está la paradoja en donde ser
y no ser es posible, porque tengo que amar hasta cuando no me
amo. Tengo que cuidarme y respetarme aún en esos momentos.
Tengo que cuidar mucho toda ésta visión, porque está muy
verde y forma parte de un proceso. Cuando descubro algo y voy
corriendo a contarlo, es como cuando voy a comer dulce de leche,
me gusta, pero me hace mal.
El día está nublado y bastante obscuro. Me identifico
bastante con él.
Hace un rato hablaba con Leonardo que no puedo retener ningún
tesoro en mi interior pues significaría dejar de ser un desastre,
pasar a ser alguien rico. ¿Puedo ser rico? Seguramente no mientras
tenga la obligación de desparramarme entre las personas. Hay
cosas ricas que son mías. Es importante lograr responsabilidad por
mis actos. Relacionar el desparramarme con la frustración obligada
que aparece después. Es como descubrir oro y gritarlo a los cuatro
costados, para que todos vengan a agarrarlo. Nadie viene. No vale
nada. Es mío, es mi tesoro y aunque es verdad que puedo com-
partirlo con los demás, no puedo hacerlo de la misma forma, sino
que puedo compartirlo a través de mis actos.
Ayer me desparramé frente a María Inés. Me desvaloricé, me
sentí mal y perdí la oportunidad de estar con ella, que era lo que
buscaba.
Algunas de mis acciones destructivas puedo evitarlas
simplemente con una pequeña pregunta.
Esquivarlas y salir airoso.
¿Cuales son las ventajas de ser un desastre?: Nadie espera
nada de mí y es muy difícil de esa forma, defraudar y defraudarme.
Lo cierto es que ya estoy defraudado. No puedo desilusionarme,
porque ya estoy desilusionado.
No se puede caer más bajo que el fondo, esa también es una
ventaja. No hay nada que perder. Parece que me da mucho miedo
correrme de ese lugar de porra.
Quizás de a poco, de la misma forma que ahora estoy
tratando de cuidarme para no hacer aquello definitivamente malo
para mí, empiece a lograr algunas actitudes positivas. Podría ser el
principio de un cambio real. No va a ser nada fácil, tengo que ganar
cada pulseada. Con el tiempo espero que quererme se haga algo
tan natural como tirarme abajo lo es en este momento.
Sigo en la lucha. La empresa es algo diario, un esfuerzo
cotidiano por actuar por mi bien. Pensar dos veces antes de hacer
algo. Destinarlo a lo bueno para mí, a no sentirme un desastre para
estar tranquilo. Posiblemente allí empiece a cambiar ciertas
relaciones con personas y también con toda la vida. Soy quien me
impone situaciones desastrosas, sólo yo puedo cambiar eso, con mi
esfuerzo. Imposible que otras personas puedan hacerlo por mí. Ni
siquiera la buena ventura cambiaría eso. El día que yo logre
quererme voy a valer para el mundo.
Quiero aprender a ser importante. Y eso cuesta caro.
Empezar a variar mi punto de vista, la falsa dependencia de alguien
que me encuentre y pueda darme el valor que en realidad es mío.
El valor soy yo. Yo y lo que pueda y quiera hacer.
Pero no me siento así. No me siento ni más importante, ni
más sabio, mi más inteligente, ni más fuerte. Con esfuerzo quiero
vencer las partes mías que intentan librarse de la responsabilidad
que implica ser el artífice de mi propia vida.
Me siento defraudado por mí mismo. Como si hubiera
fallado. La empresa de quererme no va a ser fácil. Quizás sienta
esto porque pensé que podía estar corriendo y solamente doy mis
primeros pasos. O tal vez, esto haya empezado hace mucho y
solamente sea la parte visible de un gran esfuerzo de toda la vida.
Voy a tomarme las cosas con un poco más de calma. En
éstos días es muy difícil, para mí, ser coherente. En casi todas las
situaciones que proyecto, termino mal parado. Casi todos mis
anhelos son en realidad salvavidas de plomo. Tengo que andar con
cuidado. ¿Acaso no duermo con el enemigo? ¿Acaso mi enemigo
mayor no soy yo mismo? ¿Quién se situó siempre
desfavorablemente en la vida? ¿Quién vivió desvalorizándose cada
vez que pudo?
Me di un baño, me afeité, me puse una buena camisa y un
pantalón. Encima de la ropa me puse mi viejo y descolorido
mameluco para pasarla a buscar. Mariana abrió la puerta y, cuando
me vio, me miró de arriba a abajo y me dijo: Andrés, sos un desas-
tre. Sonreí, como quien obtiene lo que quiere. Soy un desastre, iba
a escribir y, entonces, me hubiera quedado tranquilo.
Vengo de jugar al squash con Turu. Me castigué
terriblemente durante todo el partido: le pegué mal a la pelota, hice
todo lo que no tenía que hacer, todo mal. Una parte importante mía
está dirigiéndome hacia el desastre. Aunque creo que las
decisiones las puedo seguir tomando yo, desde dentro puedo
boicotearme. Jugando estuve muy angustiado, pensando que eso
era exactamente igual a lo que hago con mi vida: Jugar mal para
poder enojarme y desvalorizarme hasta jugando al squash.
Fui a ver un departamento para alquilar en Olivos. Me gustó
bastante, aunque algunas cosas como la cocina, el piso y el baño
no eran muy agradables. Si me hubiera gustado todo, hubiese
estado en un aprieto.
Hoy me puse en feos lugares cuando me levanté y jugando
al squash, pero también hice algunas cosas para mi bien, como ir a
ver ese depto, llamar a la asociación argentina de veterinaria
equina y a un señor para venderle relojes, hice deporte y escribí
tranquilamente en mi cuarto mientras escuchaba música. No quiero
tirar todo dentro de la misma bolsa.
Estoy con muchas ganas de hablar con alguien. No para
remover el fango donde me encuentro, sino para no sentirme tan
solo. Hablar por ejemplo de la noche, del tiempo, de las
sensaciones, proyectos, esperanzas. Hablar de comunicación, de
espíritus, de individuos y personas. Hablar de cosas dulces. O
quizás simplemente me gustaría estar con alguien, pero que me
entienda, que me acepte. Todo pasa por mí, tengo que entenderlo.
Ninguna solución me puede venir desde afuera. Yo tengo que
quererme, que respetarme y cuidarme. La responsabilidad es mía. Y
me pesa, pero es mía.
Otro día más de miedo, de desgana. Otro día más en la no
vida. ¿Cuándo voy a empezar a quererme? Desconfío de mí mismo.
No creo poner las manos en el fuego por mí. Las sensaciones de
pesar aparecen tanto cuando voy a hacer algo positivo, como
cuando es algo negativo. Permito que me invada una gran
confusión. Quizás la confusión viene cuando situaciones que en un
principio eran positivas, cambian de rumbo por aparecer una
situación favorecedora.
El otro día llegué de muy buen humor a la fiesta, pero cuando no
pude divertirme como yo esperaba, se transformó en gran
autodestrucción. Era como estar dando vueltas en círculos, como sí
después de tanto esfuerzo me encontraba en el mismo lugar.
Siempre me encuentro con la misma pared. Todos los
caminos me conducen ahí. Primero se me ocurre que es blanco,
después que es negro y termino pensando que no es ni uno ni otro.
Esa es la historia de mi vida, en donde me sentía mal cuando
perdía, pero también me sentía mal cuando ganaba y de esa
manera no había un éxito o un fracaso en realidad, sino que todo
era un fracaso.
En realidad éxito y fracaso, tener y no tener, ganar y perder,
saber y no saber, blanco y negro, alegría y tristeza, fuerza y
debilidad, son todas caras distintas de monedas que he descubierto
que no me interesa tener en mi bolsillo.
Cuando me sentía desdichado por ser un perdedor, la
esperanza estaba puesta en cambiarlo y transformarme en
ganador, sin embargo ser ganador no es más que estar en la otra
cara de la competencia. No podría encontrarme a mí mismo ni
siendo rico, ni siendo pobre. Siendo rico, tendría el beneficio de no
ser pobre, no estar entre los que se privan de ciertas comodidades.
Pero eso no resuelve el problema, entonces el ver a las personas
como ricas o pobres, es estar mirando con los ojos de una persona
incompleta, que no logró darse cuenta que la sabiduría y la
felicidad de estar vivo, no pasan por unas cuantas monedas que
nos tiraron cuando éramos chicos.
Siento que perdí el tiempo estando inmóvil durante tantos
años. No sé si es cierto, pero sí que verdaderamente lo siento.
El tiempo nos va envejeciendo e ignoro cuando podré ser un
nuevo Andrés. Alguien que dedique su tiempo a sí mismo y a los
demás sin culpas ni remordimientos y a la vez con claridad y
desprendimiento.
Acaba de terminar un fin de semana largo. Estoy en casa, sin
ganas de nada. Ni de escribir, ni de dormir, ni de ver televisión.
Escribo para sentirme mejor y tratar de encontrar una razón para
ésta apatía de vivir.
No quiero encontrarme con el día de mañana.
Aunque me deshice de esas pilas de monedas a las cuales
estuve atado durante tanto tiempo, no logro ver nada más allá. Es
como volver a empezar, como volver a las bases. Al ser. Yo soy. No
soy importante, ni poco importante, eso es tan solo una moneda,
con sus dos caras. Soy igual y distinto a los demás. También soy
igual o distinto de mí mismo, dependiendo del momento.
En la vida no se gana ni se pierde. Eso es lo importante.
Aunque la gente piense que pierde cuando yo gano y que me gana
cuando yo pierdo.
Yo debería saber que por ahí no pasa el asunto. Que dos
personas se encuentren y empiecen a amarse, debe ser lindo para
los dos y cuando se engañan entre ellas, creyendo que es amor,
debe ser feo para las dos.
Me parece que me engaño al creer que voy mejorando, que
en realidad no voy a estar nunca donde quiero estar, que aunque
me esfuerce no voy a lograr nunca ver con claridad. Espero que sí.
De cualquier modo, en éstos días voy disfrutando de ciertos logros.
¿Qué busco cuando salgo por la noche a conocer chicas?
¿Busco una madre para mis futuros hijos? ¿Busco acaso una
compañera? ¿Sé lo que eso significa? ¿Busco sentirme un buen
padrillo?
Qué angustia da el saber que uno no puede ser compañero
de nadie, que no puede reírse con nadie, que no puede vivir con
nadie, que tiene que vivir solo. Cuando veo una mujer siento
angustia, porque sé que no puedo estar con ella y ella no puede
estar conmigo. No importa cuantas veces alguien quiera estar
conmigo y yo con alguien, nunca voy a poder formar una pareja en
los términos que veo la cosa. Recién cuando empiece a darme
cuenta que no hay cazador ni presa, que no hay defraudador y
defraudado, que no hay ganador y perdedor, recién en ese
momento, quizás pueda compartir algo realmente con alguien,
pueda estar y escuchar a alguien.
Me estoy castigando. Eso puede ser un buen síntoma.
Siempre que estoy por ver alguna nueva realidad, me tacho a mí
mismo, me castigo por no haber podido con mi realidad anterior.
Cada vez que suena el teléfono, pienso que podría ser
alguien que viene a salvarme.
Para empezar a quererme espero que me quieran antes los
demás.
Me viene a la cabeza una angustia que generalmente ronda
por ahí: pensar que no valgo lo suficiente como para poder
acercarme a alguien que me guste. Es no estar ni remotamente
conforme conmigo mismo, ni con la vida que hago, ni siquiera con
mis pensamientos y mis supuestos logros en conocerme.
Amarse es respetarse, pero yo no valoro lo que hago, no me
respeto. Yo no siento respeto por mi persona. ¿Cómo hacer para
respetarme a mi mismo? ¿Cómo hago para amarme? Siento una
gran angustia, como si volviera atrás, muy atrás y muy al fondo del
pozo. Allí, donde me es imposible valorarme un poco, donde veo
que en realidad soy una mierda, donde me convenzo de cosas
porque soy débil y no sé luchar. Entonces ¿Cómo esperar que
alguien remotamente pueda querer estar conmigo?
¿Por qué yo voy a querer estar conmigo? Amar es una voluntad,
más que una intención. ¿Por qué voy a tener la voluntad de
amarme?
Estuve leyendo un poco "el arte de amar", donde habla de
la madre "generosa" como neurosis. En ella, la madre no enseña a
sus hijos lo que es el amor a la vida y a sí mismos, simplemente
porque ella misma no se ama, ni ama a su vida.
En mi persona, eso desencadena un círculo vicioso, en
donde no me amo porque no aprendí a hacerlo, porque no forma
parte de mi ser, o mi personalidad o mi carácter, entonces mi
idiosincrasia no me permite amarme. Como no me amo no puedo
salir de ese lugar en el que estoy y empieza nuevamente el círculo.
Debo romper ese círculo por algún lado. Desde que me
acuerdo intento cambiar algo para poder quererme. Es como
pensar que para poder empezar a quererme, tengo que cambiar
algo y hacer algo bueno por mí, pero no puedo quererme sin ser
diferente, pero no puedo ser diferente sin quererme.
Por un lado me parece que ya viví treinta y un años, por otro
que en realidad no tuve un solo día de vida.
¿Qué hago y para qué estoy acá? ¿Cuál es el sentido de mi
vida?
Me dieron la posibilidad de procrear, pero aunque podría
creer que eso puede darle una razón, me parece que tengo que
encontrar otra cosa que desarrolle mi persona.
Me comporto como un chico, que trata de encontrar aquello
que busca probando todo lo que tiene a su alcance. Cuando estoy
insatisfecho pruebo comer hasta estar lleno, después, sexo y,
luego, me quedo con mi insatisfacción pero con pocas cosas más
para probar. Una y otra vez repito lo mismo.
Me siento raro. Dispongo de mucho tiempo que si no
lo uso consumiendo, se vuelve interminable. Pienso que si
no estoy realizando alguna actividad no soy nada.
Disfruto una sensación que me ha llegado en muy
contadas ocasiones: Vuelo en la noche por encima de la
ciudad.
Siendo pequeño, cuando tenía oportunidad de
subirme a un techo en alguna noche estrellada y me
acercaba al firmamento, me sentía como desbordando mi
propio ser. Me ensanchaba hasta empaparme de la noche.
Me sentía "grande".
Recuerdo que un amigo lo entendía como si me
sintiera mayor, pero no era mayor, era enorme, ancho.
Hace poco, caminando una noche por la avenida
Libertador, me pareció estar volando por encima de los
árboles. Veía las casas de una forma diferente desde lo alto.
Fue muy agradable, pero duró muy poco.
La disciplina me ayuda a dejar de lado ciertos
placeres que me conducen invariablemente hacia una
insatisfacción mayor posterior. Sin embargo, el no
permitirme estar acompañado por alguna mujer, aunque sea
en parte, no hace más que aumentar mi sensación de
soledad en este mundo.
Cuando amenazaron al personaje del film con
seducirle a la mujer, sentí el peligro en carne propia, como si
me hubieran tocado un punto flojo.
¿Cualquiera puede llegar a nuestras vidas y tirar abajo lo
construido? Es verdad que no todo puede romperse en
nuestras vidas, no todo puede comprarse, sin embargo,
persigo aquellas cosas que pueden venir a destruir o que
pueden robarme.
Me parece que mi estructura mental, mi familia y la
sociedad, me proponen construir una casa de cartón y
quizás por eso no esté queriendo construirla. Día a día, veo
claramente como las personas dedican más y más tiempo
en aquello que realmente no tiene importancia.
Intento en estos días ir desembarazándome de lo que
no me gusta de mi vida. Busco poco a poco encontrar un
lugar mío en este mundo. No tiene por qué importarme
aquello que debería estar haciendo, sólo lo que yo quiera
hacer. A nadie deseo regalarle mi vida.
Quedé atrapado defendiendo mi posición y mi punto
de vista, frente a las personas que me rodeaban ¿Por qué
me expongo una y otra vez a la crítica de los demás? ¿Por
qué les doy la posibilidad de atacar, criticar, ensuciar y
argumentar lo que pienso en forma tan gratuita? Gratuita
para ellos, pero con un costo importante para mí, sobre todo
porque soy quien tiene que defenderlo, por haber sido el
expositor.
¿Por qué defiendo mis pensamientos ante ellos,
cuando en realidad simplemente debería importarme mi
opinión?
Espero poder evitar en el futuro esta exposición tan
indiscriminada, porque cada una de las veces, al mostrar
mis ideas, termino en un campo de batalla, donde cada uno
lucha por su supervivencia. Mi vida no está en juego en esos
momentos, aunque a los demás y a mí me lo parezca.
Apenas estoy con gente, me empiezo a dejar de lado.
Siento a mis amigos como a una jaula. El estar con ellos me
encierra, dejo de ser libre.
Desde que arreglamos en que ella me llamaba para
salir, al llegar a su casa, estuve nervioso y pendiente. Esto
fue por la mañana y ahora ya son las diez y cuarto de la
noche. Todo esto me pone muy mal y me engancho con la
promesa incumplida. Percibo la importancia que tiene esto
en mi vida, aunque no pueda encontrarla.
Otra vez estoy en la misma situación con Mariana.
Dijo que me llamaba a eso de las diez de la noche. Creo que
va a dejarme colgado otra vez y trato de definir cuál es la
situación con exactitud, para ver en qué puede perjudicar-
me. Depender de alguien me hace sentir que pierdo el timón
y el control de mi vida. Intento quitar todo lo agregado, para
tratar de entender lo que me pasa. Me figuro que no quiero
evitar la dependencia. Para pasarlo bien, necesito a otras
personas. Me molesta que sea así, como si estuviera en
juego mi vida. Puedo planear un programa alternativo y, a
una hora que me parezca lógica, arreglarlo o hacerlo. De esa
forma no me perjudico al esperarla.
Cuando entiendo que no es un tema de vida o
muerte se aliviana la tensión. Seguramente en algún
momento mi supervivencia dependió de otras personas,
pero ya no.
Mariana no me dejó colgado anoche. Al irse, ésta
mañana, me dejó una sensación de potencia y seguridad.
Esa es la otra cara de la moneda. Cuando me va mal me
siento inseguro para hacer otras cosas.
Me hace pensar en lo solitario que estoy en mi
camino. Poder hacer algo placentero con alguien agradable
me hace suponer que aunque siga avanzando voy a poder
volver cuando quiera. Pero me parece que es pura fantasía,
ya no puedo desandar mi camino.
Llegué del trabajo cansado, pero con ganas de salir.
Ansioso por conocer a alguien nuevo. Conseguí el número
de teléfono de una chica y arreglé para verla. Parecía que
todo estaba bien, sin embargo, aunque no tenía hambre,
quería comer.
Mal indicio, pensé. En general me quiere decir que
estoy mal rumbeado, aun estando contento por el éxito de
mi empresa. En ese momento se me ocurrió que quizás
fuera porque me estaba ilusionando con una chica ideal, en
una noche perfecta. Y eso era tirar la noche por la ventana.
Un par de horas después, me llama por teléfono ésta
mujer, para decirme que se sentía mal y que no podía salir.
Aunque me sonó falso, no pude hacer nada. Sólo empecé a
sentirme mal yo, abandonado, ultrajado, impotente. No
podía evitar lo que sucedía. Un momento antes me había
sentido potente por poder salir con ella, esa mujer decide
enfermarse y yo paso a sentirme impotente. ¡Qué ridículo!
Así de ridículas juzgo mis estructuras. Busqué la
forma de no salir perjudicado en realidad, porque con todo
lo que sentía únicamente aumentaba el perjuicio de la
situación. Por suerte me iluminé y me voy a quedar en casa,
para dormirme temprano. Mañana voy a tener un día para
disfrutar.
Difícilmente me imagino como el centro de mi
existencia. Me cuesta pensar que no me falta nada para
poder ser feliz, para poder vivir plenamente cada día.
Hay veces que aunque pienso muchas cosas, no las
escribo. Quiero hacer como antes, que empezaba a escribir
y no paraba a buscar palabras. Simplemente dejaba que mi
mano fuera una vertiente por donde pudiera salir el flujo
hacia la superficie. Me gusta escribir así, sin tener idea hacia
donde me dirijo, sin saber lo que voy a decir. Me gusta
hacerlo sintiendo que mi alma fluye por entre mis dedos.
Disfruto escribir mientras escucho una linda canción. Me
agrada hacerlo por la noche, con el velador prendido cerca
mío y la ciudad descansando. Me complazco cuando me
busco y me siento. Noto que estoy vivo.
No es fácil ser Andrés. Supongo que no es fácil ser
nadie, que a Andrés no le sería sencillo ser nadie. ¿Por qué
debería serlo?
Tal como escribí hace tiempo, me levanto solo y me
acuesto solo. Estoy solo mientras escribo y cuando salgo a
correr, cuando descanso y cuando pienso. Pero en realidad
no estoy solo, me siento solo, que es diferente.
No estoy diciendo esto porque tenga mucha gente a mi
alrededor, ni porque me crea acompañado por nadie, sino
porque se me ocurre que cuando pueda atravesar la barrera
que yo mismo edifiqué entre mi corazón y yo, cuando logre
romperla, traspasarla sin evadirla, ese día, voy a sentirme
acompañado aún estando solo.
Quizás con la angustia mi interior me esté avisando
en aquellas situaciones en las cuales actúo mal y yo mismo
me pongo trampas para no poder salir.
Cuando ciertas palabras escritas por personas
profundas, llegan a mi alma, en parte disminuyen mi
separatidad.
Muchas veces me pregunto la finalidad de mi
existencia. Mi razón de ser.
Durante un tiempo creí que estaba acá para ayudar a
otros, para aliviar la pena de los doloridos, para curar a los
enfermos, para consolar a los deprimidos. Me preguntaba
por qué no me dedicaba a eso de lleno.
Hoy creo que no estoy acá para ayudar a la gente,
aunque muchas veces me gusta hacerlo.
No estoy acá para consolar a nadie, para solucionarle
los problemas a nadie, ni aliviarle el dolor a nadie, pero
puedo hacerlo y a veces me hace bien.
Estoy acá para escuchar el sonido de la risa, del
llanto, de un saxo, el canto de un negro, el gemido de una
mujer.
Estoy acá para ver el mar contra la orilla, la sonrisa
de una mujer, el crepúsculo contra la ciudad, cipreses en
una noche estrellada, a una madre a un bebé.
Estoy acá para sentir el frío en la cara por la mañana,
el abrazo de alguien querido, la caricia del sol, el viento y la
lluvia.
Para oler el pasto y gustar un buen vino. Para formar
parte de una buena conversación o para escucharla. Para
compartir. Para vivir.
Estoy acá para amar. Y tal vez amando ayude,
consuele y solucione problemas. Quizás mi amor alivie parte
de un dolor o ayude a sonreír a alguien.
Pero todo esto no es amor. Amar es acompañar y
aceptar y respetar y buscar. Es sentirnos acá, porque mi risa
es tu risa y mi llanto es igual a cualquier llanto. Así como
todos reímos y todos lloramos, todos hablamos y todos nos
callamos. Todos nos enojamos y nos angustiamos. Todos
nos sentimos solos.
Estoy acá para vivir esto. para sentir esto, para amar
esto. Porque esto es la vida.
Mamá expresó lo que quería y a mí no me quedó
otra, si quería seguir sintiéndome amado, que someterme a
sus deseos.
Citando a Fromm en "el miedo a la libertad": La fe de
Lutero consistía en la convicción de que sólo a condición de
someterse uno podía ser amado.
Mientras tanto mis deseos se vuelven invisibles.
Me castiga mi pretensión de hacer ciertas cosas
como un deber, sin obtener un real beneficio y sin siquiera
que otras personas obtengan un provecho cierto.
Entre la maraña de estructuras sociales y familiares
pude vislumbrar mi singularidad, mi individualidad. Me
conectó directamente con mi soledad. Una soledad
sumamente angustiante, que por lo que pude leer y
comprender hasta ahora, solamente va a poder disminuir y
terminarse por medio del amor.
Relaciono mis ganas de vivir y mi pasión por la vida
con el logro de mis sueños, de mis deseos, de mis
ocurrencias. Pero pareciera creer muy hondo dentro de mí
que, si me zambullo a satisfacerlos, me va a sobrevenir la
muerte.
Al determinar que mi felicidad depende del
cumplimiento de mis deseos, aparecen siempre dos
problemas: primero, determinar cuáles son estos deseos, y
segundo, establecer si vale la pena el costo por satis-
facerlos.
Lo que uno quiere no debería tener precio, pero lo
tiene y en general me parece caro.
Me alimento compulsivamente. Responde a mi
inamovilidad con respecto a mi real libertad. No hago nada
por empezar a vivir mi vida. Encerrado en una casa de
Buenos Aires, sin mirar más allá de mis narices, siento como
la vida se me escurre, como agua, entre los dedos. No
puedo retenerla, no puedo disfrutarla.
Al terminar de ver el segundo film en video,
comprendí que había cambiado mi forma de buscar
recreación y placer. En donde antes se me antojaba
únicamente una mujer, ahora me contentaba casi inde-
fectiblemente con una película.
Siento que no estoy en nada. Me voy poniendo viejo
y cada vez estoy más solo. No puedo amar aquello que odio.
Odio mi forma de pensar.
¿Por qué no puedo aceptar la vida tal cual es? ¿Por qué me
cuesta tanto digerir lo malo en la vida, a punto tal que
sacrifico lo bueno que podría darme?
El placer que me produjo la leve brisa que entró por
la ventana mientras estaba sentado como tantas otras veces
en mi escritorio, hizo que tenga ganas de llorar. Quizás el
darme cuenta que puedo disfrutar cosas estando solo, me
da mucha pena y mucho miedo.
Desconfío de las opciones que permito en mi vida. No
creo que sean verdaderas. Siempre tienen que ver con
proyectos y deseos de los demás.
Son las cuatro y media de la tarde. Dormí casi todo el
día. En realidad casi desde ayer, cuando me enfermé.
Supongo que para actuar lo que estuve diciendo durante
toda la semana pasada: -No quiero. No quiero ni dedicarme
a vender relojes, ni a construir las mesas, ni a buscar un
depto. para mí, ni ir a Balcarce a revisar los toros, ni ir a
fiestas, ni nada.
El final del día le dio paso a una noche excelente. La
luna es una perfecta bola de nieve. Sobre el pasto y arriba
de los autos, se deposita el rocío justo en éste momento, lo
que le da un aspecto incierto.
Cuando intento quitar la estructura autoritaria en mi
persona, en donde no puedo ver a los demás con un mismo
valor como individuos, sino donde las diferencias me
demuestran que soy más poderoso o más débil, más
importante o sin valor, me parece que me quedo sin nada,
vacío de orden.
Percibo dentro de mí gran cantidad de opiniones,
ideas, escalas de valores y puntos de vista que fueron
colocados por todas aquellas personas que fueron
educándome, como mis hermanos, padres y profesores, que
no son para nada auténticos, propios.
A veces me parece que yo digo con mi actitud:
-voy a dar una vuelta, para comprobar que no hay nada y
vuelvo.
Debe haber algo, muchos algos viviendo plenamente
y en libertad, pero tengo que permitirme verlo. Salgo
buscando una justificación para volver.
Sin embargo quemé las naves, porque aunque
quisiera ya no podría disminuirme hasta no existir, poniendo
en mi lugar a ese montón de datos y órdenes que
denominamos "sentido común".
Pienso que estuve todo el día buscando excusas para
enojarme. Supongo que porque ya estoy enojado, pero lo
juzgo absurdo. Me encantaría pensar que estoy con bronca
porque no me estoy dando alternativa y me obligo a seguir
para adelante.
Si en casa nadie logró salir ¿Por qué voy a lograrlo
yo? En apariencia, hermanos míos lograron metas que yo no
pude alcanzar, pero hay ciertos indicios que me demuestran
lo contrario.
Todavía no pude irme de la casa materna, pero no
creo que sea eso lo importante, sino empezar a vivir mi vida,
sea donde sea. El problema está dentro de mí, no es un
lugar seguro para mí.
No tengo ganas de irme a dormir, como si estuviera
disfrutando lo que estoy viviendo. Me gusta darme cuenta
de algunas cosas.
Hoy Leonardo (mi psicólogo) se reía porque no puedo
manejar mis deseos ni siquiera cuando voy al cine. No
puedo determinar lo que quiero. Es cierto que una cosa es
desear algo y otra es tener que permanecer ahí. Tengo claro
que no quiero permanecer en ningún lado, ni con nadie.
Es un gran problema dudar de todo, hasta del deseo
más pequeño. En este momento de mi vida, soy lo bastante
libre en lo concreto, no sé si tanto en lo real, como para
hacer casi todo aquello que elija. Aún así, me siento
impotente para lograr mi plenitud como individuo que
siente, piensa y razona de una manera única.
De ésta forma, la gran cantidad de posibilidades se
reducen a la nada, por la impractibilidad de ejecutar
cualquiera de ellas.
Una forma vulgar de no llegar a lo que quiero es
nunca llegar al fondo de mis deseos. Es nunca poder
determinar quién es el que desea en realidad. Yo o algún
otro.
Se largó la tormenta de Santa Rosa y me hace muy
bien estar en casa a cubierto. Pero me siento muy nervioso,
como si dudara, como siempre, de lo que voy eligiendo y,
además, se suma mi ansiedad. Escribo lo más rápido que
puedo, como si tuviera miedo a morirme, a que vengan a
buscarme y me lleven.
Lo extraño es que estoy contento y, a la vez, muy
nervioso y muy asustado. ¿Será que me falla la cabeza?
La soledad pareciera traer aparejada una gran
libertad de acción, pero en realidad se queda sólo en la
potencia. Concuerdo con aquella persona que me decía que
uno es libre solo cuando elige, no cuando puede elegir.
Mientras uno se pasea mirando vidrieras y no compra
nada, está tan atado, aunque no lo crea, como si se paseara
sin plata. La diferencia pasa por tener lo elegido.
Me imagino como algo muy difícil pensar en el día de
la muerte de un ser querido como algo que merece ser
vivido. Aunque estoy alegre, tengo miedo.
Mientras me despido de viejas estructuras internas
que me hacían mal, las reconozco como un paisaje de
muchos años, que aún no queriendo volver a ver, añoro. Me
parece que cambié mi incertidumbre actual, por la engañosa
seguridad del esclavo.
Escribe Fromm: "La diferencia entre individuos
significa un desnivel de poder y no la realización del yo,
fundada sobre la igualdad; la justicia indica que cada uno
debe recibir lo que merece, y no que el individuo posee
títulos incondicionales para el ejercicio de los inalienables
derechos que le son inherentes en tanto hombre".
Encuentro en ellas una gran verdad de mi naturaleza.
Al relacionarme con otras personas, encuentro que las
diferencias significan un medio de poder y, con él, los
derechos a la felicidad. Por eso es que me siento por
momentos con gran capacidad de ser feliz y, luego, muy
poco tiempo después, caigo en una profunda desesperación
al sentirme socialmente marginado y, por ende, menos
merecedor de buenas vivencias.
Al no lograr concretar la salida con quien me
presentaban, me sentí muy solo. Por lo que voy cono-
ciéndome diría que en ese momento me permití sentir lo
que en realidad me pasa desde hace días y tiene que ver
con el casamiento de Mac y mi soledad. Tengo miedo de
quedar solo por no haber transado con ella.
Aunque creo haber elegido correctamente ser yo
mismo, no implica que no aparezca ese miedo al error, a
quedarme solo por no haber aceptado aquello que estaba a
mi alcance.
Tengo miedo a quedarme solo, como estoy ahora.
Siento que a nadie le importa lo que me pasa. Podría no ser
verdad, sin embargo las personas muy pocas veces se
acuerdan de mí. Cuando por fin convenzo a mi interior de
mostrarse un poco, al ser rechazado vuelve a ocultarse,
como si cualquier acto hostil pudiera matarme. Me aparece
una fantasía, en donde si no soy aceptado paso a
desaparecer.
Mientras estoy con amigos, me sitúo bien en el
centro, donde pueden criticarme y enjuiciarme, como si de
ellos dependiera mi futuro, en lo concreto pocas veces
hacen algo para ayudarme.
Aunque cada día estoy más solo, opinan en mi
interior como un millón de personas.
Hoy empiezo a escribir por descarte. No quiero ni
dormir, ni comer, ni ver televisión.
Ya van varias noches que me voy a dormir, con la
sensación de no haber completado realmente el día, que se
me escapó mucho por vivir.
Me cuesta encontrar sacrificios que sean productivos,
empresas que me hagan bien, aquí, donde supuestamente
poseo derechos inalienables.
Con la raqueta nueva no podía hacer ninguna bien.
Cuando quería tocar la pelota despacio, era un desastre. Sin
solución. Como en mi vida. Quizás sea que no tengo ningún
problema y es por eso que no hay solución.
Los días que siguieron a la pelea con mamá, me sentí
muy solo y dejado de lado. Aun cuando no puedo
relacionarlo directamente, no acepto que haya sido pura
casualidad.
Hasta ahora para poder darme una luz verde para ser
yo mismo, tuve que separarme de las personas que amo.
Eso vuelve muy penoso el ser auténtico.
Espero que cuando viva solo y logre algunas
pequeñas satisfacciones, como si fuera la de vender relojes,
pero más significativas, voy a poder ser yo mismo aun
cuando las demás personas no quieran permitírmelo.
Cuando entienda que no está en ellos decidir las prioridades
de mi vida.
Desperté con la fuerte imagen de estar esperando,
sentadito en una esquina. Intenté concentrarme y las
imágenes oníricas volvieron claramente a mi mente:
Yo era chiquito, papá y mamá estaban por irse
en la estanciera. Intenté subirme con la idea de
acompañarlos, pero quedé colgado con un pie arriba y otro
abajo. En ese momento tuve que decidir si me quedaba
agarrado como estaba, con serio riesgo para mí mismo o si
me soltaba y le pedía a papá que me esperara. Me solté,
gritándole a papá para que parara, explicándole que no
había podido subirme.
Papá pareció no escucharme. Siguió andando y
alejándose de mí. Entonces grité con más fuerza, pero ya
con la sensación profunda de haberme equivocado. Aun así
le grité y le grité.
En mi desesperación me acordé de que mamá estaba
con él y que ella había visto todo. -Mamá le va a avisar,
pensé. Seguramente fueron a dar la vuelta a la manzana y
me pasan a buscar por la esquina.
Con una sensación de certeza y alivio fui caminando hasta la
esquina y me senté. Esperé que papá me pasara a buscar. Y
esperé... Y esperé... Y esperé...
Pensé en ofrecerle los relojes al padre de Mac, pero
se me ocurrió que si me los rechaza, es como decirme que
yo no le importo. En realidad únicamente me iba a estar
dando su opinión sobre ellos y si le sirven para regalarlos o
no.
Por momentos me pareciera como si tuviera que irme
a vivir a otro planeta, como cuando voy a comer a un buen
lugar y en vez de pensar si puedo pagarlo o no, pienso que
no tiene nada que ver, que yo esté por ahí. Como excusa,
propongo al desastroso auto en el cual me muevo, como si
para comer en un restaurante, aparte de pagar la cuenta,
hubiera que llegar en móvil lujoso.
¿Por qué aquello que por definición es satisfactorio,
no le es para mí?
El hecho de definirme, en vez de hacerme bien y aclarar las
cosas, me conduce a un callejón sin salida, donde sufro
realmente.
Como si hubiera algo en mí que no puede creer en
vivir diferente sigo con mamá, que lo hace bastante mal.
Me siento arrastrado hacia lo inevitable, sin poder
dirigir mi vida. Circulo como a la deriva, sin rumbo y a la
merced del mar. Aun cuando escribo sobre el mismo
escritorio, la mudanza me hace sentir perdido. Ahora mi
lugar, es un garage despintado, desordenado y húmedo.
No puedo evitar engancharme con todas las
negativas.
¿Por qué sigo esperando que alguien me dé la oportunidad
de demostrar todo lo que soy capaz?
Víspera de navidad. Nido de víboras. María José lo
expresa como un drama. Nosotros lo actuamos callada-
mente. Ya no me interesa pintar el óxido por encima,
construir una fachada, aun así, estoy encerrado en esta
familia, sin permitirme construir nada realmente bueno,
estar con nadie que me guste.
Me defino como un inadaptado de este planeta. No
puedo aceptar las normas vigentes.
Escribo párrafos como éste:
Era una linda noche de
verano, pero mis perspectivas no eran ciertamente muy
alentadoras: un trabajo miserable en el hipódromo local y
unas ventas, a fin de año, de algunos relojes fabricados por
el hermano de mi padre muerto. Con malabarismos pagaba
las cuentas cada mes.
Como veterinario, no había podido abrirme paso,
pero dos cosas tenía en claro: primero, dedicarme a algo
que considerara verdaderamente importante, segundo, no
depender de las banalidades de la gente para conseguir el
pan de cada día.
Estas pocas premisas no bastaban para descubrir el
camino. En ese atolladero me encontraba, mientras
saboreando mi limonada, sacudía mi cabeza en busca de
alguna idea.
No recuerdo si lo decidí porque era la mejor opción o
porque no se me ocurrieron otras, pero a la mañana
siguiente y con un traje azul razonable, una buena camisa
rallada y mi corbata de seda búlgara, me presenté, sobre
mocasines marrones de varias batallas, en la editorial del
diario del centro de la ciudad.
El haber elegido el cotidiano de mayor tirada de la
Argentina, hablaba a favor de mi gran ambición, pero
también de una ingenuidad grande como una casa.
Por suerte, a pesar de mí mismo, inventé un par de
trabajos y columnas en periódicos de la zona norte, donde
me crié. Estuve dispuesto inclusive a fraguar una hoja de
esos semanales para mostrar algo a mi favor.
No fue fácil, porque aunque paso engañándome la
mayoría del tiempo, fui educado con gran repulsión hacia la
mentira y supuesto respeto hacia los demás.
Con un paréntesis a mi honestidad indiscriminada,
golpeé la puerta del que , según pude averiguar, era el
encargado de captar nuevos valores para el diario.
No supe como seguir el cuento. Quería evitar
situarme en la otra cara de la misma moneda, pero no pude
encontrar otro punto de vista. Todavía no lo tengo
desarrollado.
Una disposición interna me obliga a cumplir los
deseos de las personas que me gustan. Al encontrarme a
alguien a quién querer, tengo que dejarme de lado, para
que la otra persona pueda expresar sus apetencias y yo
quedar encadenado por ellas.
Conozco a muchas personas que obran de la misma
forma. Para obtener algo de alguien se hacen los ofendidos
y lo hacen sentir mal. Como si el afecto dependiera de ello.
Por eso me cuesta tanto no cumplir con los pedidos de mis
amigos.
Aquí, en Pinamar, cada vez estoy y quiero estar más
solo. Estar con gente me asusta y me da inestabilidad. No
quiero depender de los demás para estar bien.
Volví hace un rato de la playa. Pensé en salir, pero
preferí quedarme aprovechando este atardecer en el
bosque. Algunos pájaros paran justo encima mío.
Quiero pasar estos días viendo lo que me gusta
hacer. Encontrándome con mi más íntima figura, para poder
seguir haciéndolo aún frente a otras personas. Disgustar a
los demás no es tan importante como hacerlo conmigo y
terminar transitando cosas que no me gustan. A veces es
necesario estar solo.
Sentado frente al fuego, en el cual cociné dos
excelentes hamburguesas, escucho una música bárbara
mientras se escapa el día. Disfruto mucho esto. Coloco leños
a cada rato, porque son pequeños.
Mientras escribo de reojo miro el fuego, que está muy
lindo. Gasto poco y tengo mucho, eso me gusta.
La radio es mi única compañía. Mientras me
entretiene con los mejores temas, el locutor invita a bailar a
la discoteca de Pinamar. A mí, que estoy durmiendo en el
auto, en un camping. Con el aislamiento que siento, sus
palabras me cobijan, como una manta calentita.
¿Cómo llegué a estar sentado entre los locutores de la radio
y mujeres, que me invitan champagne y me hacen participar
de sus charlas? Me ofrecen conocer la radio y yo acepto. Me
invitan a encontrarnos al día siguiente, con el grupo que
opera la discoteca. ¿Qué está pasando?
Decidí viajar a Mar del Plata. ¿Justo después de
conocer un grupo de gente? Evidentemente mi intención es
estar solo, aunque reniegue de ello.
A pesar que me sienta un paria, con una realidad
miserable. Por más que siga triste y deprimido como si todo
fuera negro. Estoy como un pez fuera del agua. Atrás dejé
un grupo de gente, atrás dejé un compañero de squash.
En este hotel, tengo una mesita con una silla, justo
debajo de la ventana en un rincón del cuarto. Pagué por
adelantado los seis días porque era justo lo que buscaba.
Pienso todo el día que me falta una mujer, pero
cuando puedo acercarme a alguna, las palabras no llegan a
mi boca. No tengo nada para decirle.
Le escapo a todo compromiso, inclusive para jugar
squash.
Otro párrafo:
Juan era una persona amorosa. Vivía en una
época dura, de modo que para mantener a su familia picaba
piedra de sol a sol. No es que no fuera una persona
inteligente, porque lo era, ni ocurrente, porque también lo
era, sino que en el lugar donde vivían, el único trabajo bien
pagado era ese.
Su mujer, Lucía, se desvivía por darle todos los
gustos. Por la noche, con la mesa lista para comer, le
quitaba los zapatos pronunciando palabras que a Juan le
encantaban: -Nada es suficientemente bueno para la
persona que amo.
Pensaba en lo afortunado que era al tener una familia
así. Y reía feliz.
Pero cuando la casa quedaba en silencio, entrada la noche,
grandes depresiones lo asaltaban. Con precisión escuchaba
cada uno de los golpes que había dado ese día. Las piedras
picadas se abalanzaban sobre él. Y cada vez reaccionaba de
la misma manera, sintiéndose culpable por no valorar un
trabajo deseado por muchos en su pueblo.
Día tras día, Lucía le comentaba a quién quisiera
escuchar lo orgullosa que estaba de su marido por lo
trabajador y buen padre. -Te amo, te amo, le decía mientras
lo llenaba de besos...
Cada noche, cuando llego al hotel, empiezo el rito del
baño. Lo hago tranquilamente. Me afeito a consciencia, me
visto y me pongo colonia, como si fuese a la cita más
importante de mi vida. Y, es que cada noche, espero que así
sea. Cada vez termina en una frustración. Sobre todo desde
que soy más difícil de engañar y pocas veces me permito un
supuesto idilio, promovido por el alcohol y la diversión.
Hoy espero ir a comer bien. Solo, pero bien. Después
tomar un té en "Villa Freud", como una forma de "estar ahí",
si es que la vida decide sonreírme. No es fácil encontrar
momentos como ese y es importante no dejarlos pasar.
Otro sueño: Alguien con buena dentadura, moría.
Mientras mis amigos y yo lo enterrábamos, me explicaban
que de sacarle los dientes no iba a tener perdón ni en cien
años. De cualquier modo, mientras ellos no podían verme,
se los quité, pero la culpa fue tan grande que tuve que
deshacerme de ellos. Los lancé lejos. Aun así, la culpa
quedó. A pesar de no haber podido usufructuar mi pecado.
¿O sí? ¿Será vencer el saber que uno puede?
Supongo que me puse a prueba. ¿Tengo que
confirmarme en cada momento?
Desde chico me dijeron que era pintón. Y yo pensé: -
zafé, soy uno de los afortunados. Muchas veces me
descubro mirando hacia la derecha y la izquierda, para
saber si soy atractivo para alguien, aunque por otro lado me
molesta serlo.
Alguien escribió que la belleza es vacía, que es un
don que no nos hace grandes.
Que tan sólo el trabajo nos hace valiosos, lo escuché
muchas veces. También que el único verdadero poder,
porque no se pierde ni se marchita, es el talento. ¿Acaso el
talento no es un don? ¿El ser trabajador y creer en ello, no
es un don? ¿No es un don la vida misma? Y entonces ¿Por
qué diferenciar unos dones de otros?
Pienso que cada oportunidad perdida, no vuelve
nunca a darse. No puedo permitirme estar perdiéndolas.
Incluso a las posibles oportunidades.
Como en un valle, mi vida transcurre sin grandes
sobresaltos. Pero me rodea al desierto, dado por la lejanía
de mis relaciones con otras personas. Intento quererme
logrando un equilibrio que no sea compulsivo, pero una
línea muy fina me separa de la obsesión y, por momentos,
no puedo determinar de que lado estoy transitando.
Hoy me siento en la miseria más absoluta. Me veo
como una persona chiquitita e insignificante, arrastrada por
las fuerzas de la vida, sin oponer más que un inútil y débil
intento por salvarse.
La corriente me lleva mientras mis quejidos, cada vez
más silenciosos se vuelven más y más esporádicos. La
depresión va ganando lugar dentro de mi mente envuelta en
tortuosos laberintos sin salida. Pierdo toda noción de
realidad y bienestar. Ya no sonrío.
El tiempo pasa y va dejándome cada día más seco.
Más estéril. Harto de estar harto. Triste por estar triste.
Deprimido por deprimirme. En círculos concéntricos hacia
abajo. Volviendo al pozo, a la angustia y al drama.
Gordo con ganas de comer, triste de lágrimas secas.
Vencido.
-¿En donde te escondiste, alegría? ¿Por qué me abando-
naste?
Supongo que se escapó de la mano de la esponta-
neidad y los viejos ideales, juntos con el amor y la buena
compañía.
Acabo de leer esta frase: "He pagado todo al aceptar
que no puedo pagar nada".
¿Nosotros tiramos una piedra o ella se deja lanzar por
su pasividad? ¿Es nuestra actividad lo que mueve las cosas
o la pasividad de esas mismas cosas? ¿Puedo separar un
solo acto de la naturaleza que me rodea? ¿Hay algún acto
totalmente mío? ¿No es el aire quién nos deja respirar?
Me encuentro en un atolladero muy grande. El equilibrio real
pende de un hilo demasiado fino y debo encontrarlo sin
poder guiarme por mis sentidos. Como si buscara una aguja
en un pajar. ¿Cuál será el verdadero? Los falsos dioses y la
hipocresía general se cierran sobre mí.
No creo que llegue nunca a estar en condiciones de
determinar cuales resultados dependieron de mí.
Mi mundo se derrumba. Las cosas no concuerdan con
lo que creo que es real.
La realidad amenazante se cierne sobre mí. Esta
mañana, al despertar, fuerzas desconocidas pugnaban
dentro de mí. La batalla fue ganada y pude despertar, sin
embargo sus huellas no me abandonarán durante todo el
día.
Aún con posibilidades de hacer lo que quiero, hoy,
como el resto de mis días, los fantasmas y ciertas verdades
transforman lo que pudo ser una linda sonrisa, en una
mueca retorcida.
Mi cuerpo me grita con desesperación, me pide más
comida y al mismo tiempo sentirme más gordo. ¿Cómo
entenderlo? Ni en Pinamar, ni en Mar del Plata, ni aquí, en mi
garage, puedo acallar sus gritos.
Al pensar en escribir algo, automáticamente me
imagino mostrándoselo a otra gente y dependiendo de ellos
¿Será un deseo natural de ser aceptado?
Almuerzo y vuelvo a encerrarme en el garage. El
optimismo y el pesimismo, parecieran ser diferentes estados
del ánimo que surgen de lugares que no controlo.
Dormí una siesta y no quería despertar. Iba a escribir
que no quería volver a la realidad pero, ¿Es la realidad lo
que vivo despierto?
A esta altura ya me cuestioné todo. No dejé ladrillo
sobre ladrillo. Quizás deba aprender a vivir sin ninguna
certeza y también sin ninguna destreza.
Estoy todo el día dando vueltas, como un perro
preparando el lecho, pero nunca termino de convencerme y
sigo así.
Cuando no conozco el camino, me choco la cara
contra los vidrios del laberinto. Otras veces, en que creo
conocerlo, tampoco me va mejor.
Llueve en Buenos Aires. No torrencialmente, sino una
caída de agua pausada, acomodándose con el día lento y
perezoso del verano.
Imagino que algunos viven aprovechando cada
minuto, activamente. Otros se dejan llevar por la corriente
dando pequeños golpes de timón, para lograr el rumbo
deseado. Yo, estoy varado. Cuando la corriente es fuerte me
hace tragar agua, cuando es suave, me castiga el sol y me
aburro.
Aunque me cuido mucho de no lastimar a alguien a
sabiendas, aun cuando esté amenazando mi integridad, me
siento mala persona. Sobre todo mientras hago lo que
quiero, imponiéndome a la voluntad que algún otro tiene
sobre mí.
Estoy por cumplir treinta y dos años y vivo cada día
quejándome por la falta de sentido, por no tener ninguna
meta. Tachándome porque no estoy conforme con lo que
soy. No es que quiera encontrarme, sino transformarme en
otro o ponerme una careta para no saber quién y cómo soy.
Soy veterinario y no quiero serlo. Provengo de una mezcla
de clases, por un lado me relacioné con gente con la casa en
orden, por otro viví siempre en una pocilga, como ahora.
¿De qué me sirve vivir así?
Acaso pueda escribir las cosas más alegres ésta
noche. Escribir por ejemplo de lo acompañados que estamos
en este mundo, de cómo se menean los árboles a nuestro
paso y los mosquitos intentan picarnos. La vida continúa
generando vida.
Me encanta poder caminar a la noche, bajo las
estrellas, amparado y acompañado por cada ciprés, cada
tipa y cada arbusto que encuentro a mi paso.
Cuando en un alto miro hacia arriba y veo recortado
el perfil de esas plantas contra el cielo oscurecido, me
invade una sensación de placer que no entra en mi pecho.
En ocasiones estuve tan triste y tan solo, que mi alma no
encontró consuelo en ninguna de estas maravillas. Cuan
grande puede ser a la vez el sufrimiento y la impotencia a la
que estoy sometido. Puedo magnificar cualquier situación,
sea alegre o triste, ganadora o perdedora, buena o mala.
Mejor dicho: alegre y triste, ganadora y perdedora, buena y
mala. Porque no sé cómo cuando gano, también pierdo,
cuando soy bueno, también llevo maldad y cuando estoy
contento, poseo algo de tristeza.
Quizá como un perro que al saludar a su amo mueve
la cola y llora al mismo tiempo o una mujer que al dar a luz,
sufre y goza, llora, grita y ríe.
El dolor y el placer no son antagonistas, pueden
fundirse dentro de mí creando mi realidad.
Hoy agradezco estar vivo. Poder escribir, oler,
respirar. También sufro por lo difícil que se me hace, al
sentirme solo y separado del resto, y al defender mi
individualidad. Asimismo siento bronca porque el mundo es
como es y siento envidia por todos aquellos que se permiten
expresar y cantan, pero me acompañan y los admiro a la
vez.
Cada vez que, por las tardes, veo "la familia Ingalls",
se me forma un nudo en la garganta, mientras evito el
llanto. Me conmueven las escenas donde unos y otros se
ayudan para salir del paso, donde es más importante el
individuo y el bienestar de otras personas, que la ganancia.
Durante muchos años creí que iba a lograr, con mi
poder, que todos en casa estuvieran bien. Me resisto a
resignarme a la impotencia frente a los problemas de los
demás, pero no me queda otra.
En lugar de decir que no hay mal que por bien no
venga, diría: no hay mal que con bien no venga.
Un cuento:
Tuve que agacharme para pasar la pequeña
puerta. Los muebles estaban ubicados ordenadamente en el
reducido espacio, dando la sensación de una profunda
comodidad.
Me miraron sonriendo, aceptando como algo lógico y
natural la gran alegría que me transmitía la casa.
Alguien reía a carcajadas, contagiosa, ágil y graciosamente.
Lo busqué con la mirada, hasta comprender que el que reía
era yo. Estaba realmente desconcertado.
Me hicieron sentar, con una gran amabilidad, en un
sillón, que hubiera jurado que estaba hecho exactamente
para mis medidas.
-¿Sabe como se llama ésta casa?- me preguntó.
Fue la primera vez que los miré realmente. Para mi sorpresa,
entre los dos, no debían pasar los dos metros de altura. Se
movían graciosamente, como si bailaran. Tenían los ojos
turquesa, cabezas canosas y brazos y manos fuertes.
Ambos me observaban sin disimulo.
Como no obtuvo respuesta, continuó:
-Se llama: su casa.
Lo miré impávido.
-Es el lugar, donde usted puede ser Ud., donde puede
desprenderse de todo aquello que contamina su cuerpo, su
alma y su ingenio. -¿Cómo se siente?.
-Bien, respondí. En verdad me sentía muy bien, aunque no
podía precisar por qué. No estaba haciendo nada, no
descansaba simplemente porque no estaba cansado, no me
habían ofrecido nada de tomar o comer, pero tampoco se los
hubiera aceptado. ¡No quería ni comer, ni tomar nada! No
estaba ni ganando, ni gastando plata. No me sentía ni
trabajador, ni magnate, ni vago. Ni siquiera complicado o
simple.
No sabía para qué estaba ahí, ni cómo había llegado,
pero me sentía perfectamente y lo raro es que no me
sorprendía.
Me habló como siguiendo mis pensamientos:
-Es que en éste lugar las diferencias entre personas son
otras. Ya lo va a comprender por sí mismo.
Terminó de decir eso y salieron por la puerta por la cual yo
había entrado, sin saludarme. Me pareció lo más natural.
Me quedé solo. Cerré los ojos, y sentí como me
invadía mi propia consciencia. No sé cuanto tiempo pasó...
Intento encontrarle un sentido a mi vida. Un sentido
para todo aquello que tuve, para todo aquello por lo cual
luché y me esforcé, para haber ganado lo que gané y haber
perdido lo que perdí. Trato de hallar un sentido para
haberme encontrado con las personas que estuve y para
haberme desencontrado con las que ya no estoy, para haber
escrito lo que escribí y para no haber podido o sabido
escribir lo que falta. Un sentido para pensar lo que pienso,
para querer lo que quiero, para no poder estar con aquellos
que quise.
La angustia me llega en oleada.
Es una calurosa noche de verano. Estoy sentado en
una plaza, frente a la Av. Libertador, sobre una sillita de
playa. Mientras escribo, estoy tomando una botella helada
de vino "San Felipe" blanco. Descubro que no tengo tanto
poder como pensaba sobre las cosas y que eso me quita un
tremendo peso sobre mi espalda. Me agrada estar sentado
acá.
Cuando ayer fui a correr, comenzó un terrible dolor
en el centro de mi espalda. Siguiendo la teoría de Louise
Hay, lo relacioné con la culpa.
Primeramente pensé en Mónica, una mujer que me
invitó a bailar y, al rechazarla, me acusó de malo. De ahí en
más me costó muchísimo disfrutar esa noche. Como la
conocía sólo de una noche, me pareció que no era la
causante del dolor y proseguí mi búsqueda. Allí me encontré
con la otra culpa que estuve sintiendo últimamente y es la
muerte de papá. Quizás desde mi omnipotencia infantil, me
juzgué responsable de su muerte. Como mamá, a partir de
ese momento, no pudo recuperarse y vivió una vida
miserable, me creo responsable también por sus angustias y
su infelicidad.
Si mi ánimo fuera mi garage, tendría sobre una las
paredes éstas palabras:
"gente como uno", llanto, música, periódicos, bronca
contra mi suerte, sufrimiento, también, "solo y
abandonado desde el comienzo", en otra pared, diría: ya
no sintió dolor, ni ningún otro sentimiento más.
Terror, repetido en varias oportunidades. No encontraría la
palabra alegría, ni bienestar.
Creo que llegó el momento para comprarme una
moto, por más que no va a solucionar mi problema
existencial, puede ser que me lo suavice un poco.
Despotrico contra el medio y las personas con las
cuales me ha tocado compartir el espacio y el tiempo de
vida. Todo parecía indicar que yo poseía los atributos
necesarios para ser un verdadero triunfador. Sin embargo,
parece que se olvidaron de repartirme el suficiente talento o
de darme el pase mágico, para convertir a éste personaje
funesto, en alguien con ganas de vivir y con la fuerza
necesaria para hacerlo.
A medida que pasa el tiempo, y mientras voy
envejeciendo, se dibuja frente a mí una pregunta sobre la
razón y la dirección de todo eso que viví. En ocasiones me
he sentado tranquilamente en una plaza a mirar las estrellas
y pude percibir un poco de la grandiosidad de toda la
creación.
Tengo la impresión que la gente vive como igno-
rando su individualidad, como una forma de no aterrarse
ante la importancia de comprenderlo.
Únicamente puedo lograr lo que quiero mientras
estoy soñando, porque en la realidad, para cualquier
emprendimiento, dependo de fuerzas que no puedo
controlar, que me enojan y me hacen vulnerable.
Es increíble que no pueda ver "La familia Ingalls" por
televisión, sin que se me forme un gran nudo en la garganta
y me inunden las ganas de llorar. Y es que transito cada día
sin amor y, de esa forma, el mundo se me vuelve árido y
harto difícil de atravesar. Empieza con la falta de amor a mí
mismo y sigue con la falta de amor hacia los demás. Incluido
claro, la ausencia del respeto y la consideración. Cada uno
de mis días empieza y termina como un cuenco vacío, al no
encontrar un sentido para disfrutar.
Pasé mucho tiempo sin saber quién era yo. Quizás
por estar esperando encontrar al gran hombre que todos
pudieran admirar, elegí para mí caminos difíciles, con
supuestas funciones sociales importantes. Decidí transitar
mi vida sin alejarme mucho del sendero de la lógica y el
sentido común. Al terminar el secundario, casi sin haberme
llevado ninguna materia, entre a la universidad, como era
común en mi medio social -para estar preparado cuando me
sonriera el porvenir.
No fue tan fácil como en el colegio. Algo dentro de mí
se rehusaba a estudiar. Con gran esfuerzo pude amorda-
zarlo y, por medio de cruentas batallas en cada materia,
logré recibirme con grandes heridas en mi alma oculta.
Durante años empujé con fuerza, esperando que mi
personaje, superior y admirable, se diera a conocer. Dos
veces estuve de novio y busqué un trabajo que me lanzara a
la fama y al éxito, casarme y tener una familia envidiable.
Hoy, a treinta y un años de mi nacimiento y casi
cuando mi inamovilidad es absoluta, recién se me ocurre
pensar en mí mismo. Pero ya no como esa persona fuerte,
admirable, inteligente, imitable para los demás y bueno,
sino como en una personita miserable y débil, tímida
y quizás egoísta, temerosa e insegura.
Hoy quiero empezar a conocerme tal cual soy. Hacer
por mí mismo, lo que esperé que hiciera mi familia, y mis
amigos, durante toda mi vida. Apoyarme y alentarme.
Apoyar y alentar a esta personita que tanto le cuesta darse
a conocer y que aún dentro de sus grandes limitaciones y
desgracias, rebosa singularidad.
Y quiero hacerlo, porque sospecho que es la única
forma en que quizás algún día, esta pequeña persona, me
sorprenda a tal punto que me termine encontrando
orgulloso de ser Andrés, el que escribe.
A lo largo de la mayor parte de mi vida, mis esfuerzos
estuvieron destinados a lograr aquello que se supone que
todo el mundo quiere. Llámese una linda mujer en casa, un
buen trabajo que nos de lo suficiente para el lógico confort,
vivienda propia, hijos que nos quieran y a los cuales
amemos tremendamente.
Aún hoy deseo esas mismas cosas.
Pasé por alto, al adoptar esas metas como propias,
intentar primeramente ser yo mismo, conocerme y alentar
mi desarrollo. Si el costo de lograrlo, fuera quedarme sin un
trabajo aceptado en mi medio social, sin una mujer común y
corriente de su casa y sin toda una familia que me ayude a
encontrar mi identidad, debo acceder al pago, porque nunca
voy a poder ser feliz sin ser yo mismo.
Sin importar la edad que tenga cuando lo logre, voy a
poder formar una pareja con alguien que piense parecido a
mí y no tener que cambiar el rumbo una vez establecida la
familia.
Día a día debo esforzarme y ser auténtico. Aun ante
el rechazo de los demás por haber salido de lo establecido.
Aun ante el repudio de mi propio sentido común, que no es
más que una conciencia social y una forma de obligar a los
integrantes de la sociedad, para que se comporten de
acuerdo al supuesto bien general, olvidando de esa manera
el derecho inalienable de la singularidad de cada persona.
Pero siempre, fundado en tres razones que he
considerado inmutables, se me ha vuelto más a mano y más
fácil desintegrar mi yo e intentar permanentemente tacharlo
y destruirlo, que enfrentar la soledad. La primer razón: la
racionalización de algún defecto o falta, que justificó el no
estar persiguiendo un fin noble, la segunda y la tercera: los
sentimientos de impotencia e insignificancia, frente a una
familia y una sociedad que determina de antemano la
forma, del ser, permitida y respetable.
Supongo a cada día como un volver a empezar. Ante
una nueva oportunidad siento nervios y tengo miedo. De
cualquier modo espero darle lugar a esa personita para que
esté a gusto, aunque sus actitudes no sean necesariamente
las más indicadas para cada oportunidad.
Manejaba sin un rumbo del todo, decidido cuando me
invadió esa sensación tan buscada de ser libre. Con
posibilidad de soltarme de todo aquello que me ata y que
más que definirme, me limita, más que proyectarme, me
encierra.
En terapia apareció que quizás mis padres hubieran
estado corriendo una carrera a muerte, mamá venció y se
quedó con todo, papá perdió, pero se llevó los honores.
Veo claramente como en mi familia intentamos evitar
un dolor provocando otro, de modo que cuando nos
olvidamos del primero, creemos que con simplemente no
provocarnos el segundo, vamos a sentirnos bien.
A pesar que en algún lugar empiezo a aceptarlo, aún
no me entra en la cabeza que detrás de un buen trabajo,
una buena mujer y una buena familia, no esté la felicidad.
Todo pareciera indicarme que encontrarme a mí
mismo, sería como tratar de volver a tener una moneda que
perdí hace mucho tiempo en Argentina y que, por ende en el
momento en que la encuentre, ya no va a tener ningún
valor. Mientras tanto voy expresando a diestra y siniestra mi
visión subjetiva de la realidad y entonces me miran como si
fuera loco.
¿Cómo animarme a salir de toda esta estructura
hipócrita, sin confiar en mis posibilidades? ¿Cómo confiar en
mí mismo, si estuve durante años estudiando una carrera
que no quería?
¿Estoy listo para vivir mi vida? y si no ahora ¿Cuándo?
¿Cuándo muera? A todo esto podría llamarlo: "cavilaciones
de un tímido".
Si todo lo que soy lo llevo dentro ¿Por qué me cuesta
tanto encontrarlo?
Me encontré en una fiesta con gente que no veía
hace muchos años. Me enternece pensar que soy el mismo
que hace quince años, cuando tenía diecisiete. Estar con
gente de esa época me conectó con sentimientos muy míos,
que me resultaron obscenos por lo espontáneos, tiranos por
lo inocultables y caprichosos por lo imprevisibles.
Las emociones se agolpan en mi interior, como si
fueran un avalancha de personas en una tribuna de fútbol
en la cual no pudieron abrir las puertas. Pero estos días
vividos, aunque no pueda comprenderlos bien, van dejando
una pequeña luz para mi torpe caminar.
Tengo que relajar mis hombros para poder
conectarme con lo que siento. ¿Cómo estoy aquí y ahora?:
confundido, con sentimientos que tienen algo de tristeza,
algo de reclamo, algo de bronca y también algo de
esperanza. ¿Pueden estar todos reunidos o es que así no me
dejo experimentar ninguno?
¿Por qué tristeza? Porque mi madre no es lo que yo
hubiera deseado. Porque yo no soy lo que ella hubiera
deseado y porque no soy lo que yo hubiera deseado.
Porque la comunicación se hace muy difícil, porque perdí a
papá, porque quizás nunca lo tuve.
¿Por qué reclamo? porque siento que mamá utiliza
los bienes que heredé impunemente y sin responsabilidad,
sin mi consentimiento. Porque cada uno de nosotros es
cómplice de aquello que aceptó en perjuicio de alguno de
los otros hermanos. Reclamo para que salgan y salir yo
mismo de las posiciones en las cuales nos favorecemos
ilegítimamente. Reclamo, porque estar con alguien no es
solamente verse la cara. Tampoco es que no se respeten los
límites naturales del otro. Es permitir que cada uno, sea.
¿Por qué bronca? Por haberme prestado a un juego
en donde todos salen embromados, inclusive aquellos que
son presuntamente beneficiados. Bronca por no haber sido
respetado por los demás integrantes de mi familia y por no
haber respetado a los otros. Bronca porque aún hoy no
quieren escucharme cuando hablo y denuncio y porque yo
no quiero escucharles cuando hablan y denuncian.
Ahora sé, que noto todo esto y me produce
esas sensaciones, porque las llevo dentro. Quizás porque
una parte importante de mi ser quisiera que los demás
vivieran según mis deseos, porque soy cómplice de haber
aceptado de más en perjuicio de otros, favoreciéndome
ilegítimamente y porque no respeté ni respeto los límites de
los demás, sus pertenencias y sus ideas e ideales.
Me asusta ver lo exenta de responsabilidad que está
mi vida. Responsabilizarme lo tomo como una cárcel.
Hablando con Josefina, encontré una gran resistencia
de mi parte a convertirme en un inadaptado. En un
personaje que no cuadre con la horma que se supone le
pertenece. Tengo que aceptarlo para ser libre.
Una vez más sentado frente al escritorio, con el papel
delante, en un típico día otoñal. La ventana, me alcanza los
colores ocres que toman las hojas antes de caer de los
árboles. También los verdes del pasto y el cerco y los rojos.
Veo el tendedero de la ropa y me recuerda mi propio
desorden interno, mi culpa. También que todavía me
importa lo que piensan los demás. Me transporto al miedo
de acercarme a otros. Siento que lastimo y me lastiman. Me
recuerda que me lastimaron. Me recuerda que lastimé.
Su contestación fue algo realmente inesperado. Y
me llegó a los huesos. Ni siquiera me preguntó por qué o
que lo pensara mejor, que era una lástima. Nada de eso. Me
dijo: -Está bien.
Esperaba un poco más de interés. Fue él quién
me invitó a participar del grupo.
Cuanto más viejo me pongo, me voy dando
cuenta lo difícil que es estar en contacto con uno mismo,
habiendo mamado lo contrario desde chico.
Un gato negro se paró justo frente a mi ventana
a esperar a los pájaros. Tiene que comer para vivir.
Puede ser complicado escribir todo lo que
siento. Todo lo que pienso. Todo lo que me pasa. Aun así,
quiero darme un pantallazo de lo que estoy viviendo.
Viviendo. Creo que esa es la palabra que lo resume.
Llorando un poco, riendo un poco, sufriendo un poco.
Teniendo alegrías. A veces sintiéndome muy poco querido,
muy poco valorado. Algunas otras, querido y valorado.
Intento ver la parte más profunda de las personas. No
considero valioso el dinero, ni la fama, ni el éxito. Sin
embargo quiero tenerlos, quizás para poder demostrarme lo
inútiles que son.
Les escribí:
Queridos amigos:
Escribo estas líneas para
presentarles formalmente mi renuncia al club "Les Amis"
Tengo mis razones para proceder de este modo. Por
respeto y cariño les envío esta carta, tratando de expresar
mis pensamientos.
Como no descarto el derecho de Uds. o alguno de
Uds. a preferir no interiorizarse con lo que pienso, espero
que sea leída solamente por aquellos que deseen hacerlo.
No es una imposición de mi parte y no voy a sentirme
perjudicado por aquellos que quieran ejercer su derecho de
no leerla, aun cuando fueran todos.
Ahora, dirigiéndome a aquellos que están intere-
sados en mis razones, quiero tratar de contarles mis
pensamientos.
El fundamento ya lo conocen: el derecho de un grupo
de individuos no es nunca mayor al derecho de cada uno de
los integrantes. En tal sentido pienso que el derecho de cada
uno, no se suma, no se resta, ni se multiplica. Simplemente
uno lo tiene, es un derecho inalienable por ser hombre.
No deseo subordinar mi individualidad a propósitos
que otras personas le atribuyan una dignidad mayor. Mi
mayor dignidad es ser yo mismo.
Sería negar mi más íntima figura el aceptar una
relación con un grupo de personas que no tuviera como
sentido principal, la afirmación del yo individual de cada uno
de los integrantes.
Cuando Facundo me habló de la idea de juntarnos
periódicamente y formar un grupo otra vez, le dije que no
sabía si era posible, porque yo, ya no tenía cosas en común
con la mayoría de Uds. Él, entonces, me dijo que me quería
mucho como amigo y que la idea era poder juntarnos, poder
ser nosotros mismos, poder ayudarnos, poder
comunicarnos.
Pensé en que quizás, ahora ya más maduros,
pudiéramos tener una relación de afirmación mutua y de
unión, sobre una base de igualdad.
Es posible que éstas palabras les lleguen como algo
muy lejano, muy alejado de los sucesos cotidianos. Sin
embargo yo encuentro en ellas el sentido de cada día de mi
vida y de mi relación con todas las personas con quienes me
vinculo.
Según la discusión de la reunión del otro día, cada
uno de los integrantes del grupo, debe subordinarse al
deseo de la mayoría. Me dijeron que protegidos por el
sentido común.
Yo considero que ese "sentido común", no es ninguna
garantía, porque no es algo real. ¿Cómo podemos sentir de
la misma forma si somos diferentes? ¿Cómo puede estar
representado mi sentimiento en ese "sentido común", que
no tiene nada que ver conmigo?
Como ejemplo voy a suponer que uno de nosotros se
identifica con la protección de animales, se vuelve
vegetariano y encuentra sumamente sanguinario el matar
animales por deporte. Supongo que a ese individuo no le
haría ninguna gracia que parte del dinero que él aportó a la
sociedad, fuera utilizado para comprar municiones o balas,
para ir a cazar. ¿Si la mayoría decide ir a cazar como evento
del club, esa persona debería subordinar sus pensamientos
e ideas a esa mayoría y haber contribuido al asesinato de
animales que él quiere proteger?
Considero piedra fundamental y base de una relación
grupal, el respeto a las convicciones individuales. Para
realizar una actividad en la cual estén involucrados fondos o
trabajo o aun el nombre de la sociedad, éstas deberían
contar sino con el apoyo, por lo menos sin el desacuerdo de
los integrantes.
Durante la última reunión formamos una discusión. A
medida que expresaba mis ideas, quizás en forma
desordenada y poco clara, recibí en respuesta una actitud
hostil generalizada.
En por lo menos dos oportunidades se me acusó de ser
ajeno al sentido mismo del club. Como si yo no perteneciera
al mismo por derecho propio, sino de acuerdo al grado de
sometimiento y subordinación que demostrara ante el deseo
de la mayoría.
-¡Si no tenés deseos de acomodarte a la votación,
quizás no pertenezcas acá! ¡Ése es el sentido de este club!-
me dijeron.
Sentí que en ese grupo no había lugar para mis
propios y peculiares pensamientos.
Cuando terminó la reunión, yo me fui solo en el auto,
mientras en otro iban tres para el mismo lugar. Había
quedado relegado. Había quedado fuera. No por ir solo en el
auto, que podría haber sido solo algo hecho sin pensar, sino
por la actitud del grupo de marginarme.
No había lugar para mis propios y peculiares
pensamientos.
Evidentemente cuando me invitaron a formar parte,
pensaron en alguien que fui o en alguien que les hubiera
gustado que fuese o en alguien que no les hubiera
molestado que fuera. Pero no en mí.
Es por todo esto que me siento ajeno al grupo
formado. No considero importante de que lado estaba la
razón en la discusión del otro día. No estoy diciendo que
tengo la verdad. Afirmo lo que pienso y quiero ser leal a ello.
Si estoy equivocado, supongo que algún día me daré
cuenta, pero para mí cualquier integrante de un grupo, tiene
derecho a pensar como quiera, equivocado o no, sin tener
que subordinarse al deseo de la mayoría.
Nadie puede ser relegado, ni separado, ni hostilizado
por lo que piensa, esté equivocado o no.
Espero haber sido lo suficientemente claro al
expresar mis ideas. Sin que todo esto afecte el profundo
sentimiento de cariño que siento por todos Uds., y que creo
que nunca va a desaparecer, deseándoles lo mejor con
respecto a este club, los saludo con un gran abrazo.
Andrew
Se me hace muy duro ser yo mismo y quedarme solo,
si es necesario.
Recién vino Dolores a mi cuarto-garage y me escupió
que no podía entender como yo todavía vivía en ésta casa,
con mamá.
Aun cuando las armas que usan los demás, son
palabras y son chatas como amenazas e inofensivas en su
injuria, por lo que no me producen dolor, me afecta la
intención que veo en sus ojos de clavármelas, creyéndose
ellos con un puñal en la mano.
Espero que los valores reales vayan ocupando su
lugar en los estantes de mi conciencia, desplazando los que
hasta ahora fueron ovacionados, buscados, deseados. Sí,
creo que es hora que empiece a buscar mis propios y
peculiares valores, que nada tienen que ver con los del
común de la gente y es por ello que día tras día, me siento
solo y relegado.
Mi vida transcurre muy sola y triste. Cuando intento
ser yo mismo, se produce algún tipo de cortocircuito que me
obliga a aislarme y quedarme solo, con grandes sensaciones
de tristeza y angustia.
Ante esto, respondo siempre de la misma forma:
volviendo a empezar, esperando encontrar a alguien con
quien poder compartir momentos de la vida, sin que se
transformen en actitudes sado-masoquistas, en el mismo
instante en que nos aflojamos un poco.
Y una de las cualidades más importantes que busco
en una relación, es la aceptación de la crítica abierta. En
cualquier momento, aun estando motivada por varias
causas a la vez, pues se crece y se madura a través del
estudio y observación de la opinión de cada uno. Y creo que
debe ser desmenuzada hasta lo más profundo, para poder
descontaminarla de las subjetividades, que puedan volverla
gratuitamente desvalorizante.
La mayoría de la gente, aunque es singular,
sigue un comportamiento social similar. Pareciera ser que si
se habla con un integrante, se podría determinar en forma
bastante exacta, los valores indispensables que sostiene
toda esa sociedad. Aun frente a los excluidos o a los raros
de esa comunidad.
Es por eso, que cuando intento encontrar un pez
diferente en el mismo río, me encuentro con la dificultad
real, de que cada persona actúa de acuerdo a las normas
establecidas por el medio en que vive.
Encuentro en esas normas una contradicción a la
libertad, que impide la búsqueda de la más íntima figura y
su expresión. Cada vez con mayor rapidez, detecto las
señales desvalorizantes y tendenciosas dentro del
comportamiento normal de sus integrantes. No puedo
pensar que mientras se tomen esas normas como dignas,
las personas puedan querer ser libres y permitir la libertad
de los demás.
Esto que escribo me asusta, pensando que puedo
estar volviéndome extremista con éstas consideraciones.
También que destapar una olla de este tamaño, no sea feliz
para los que tienen que seguir viviendo junto a ese olor
cotidiano.
En mi historia con Inés, mi prima, hubo momentos
importantes, como cuando escuché que le decía a mis
hermanos y a mí, que ella "leía los ojos". Que a través de
mirar a los demás, se daba cuenta de sus conflictos más
ocultos, su forma interior. Eso la hizo muy rara para mí, y , a
la vez, muy interesante.
Tiempo después me enteré que daba clases de
teatro, y empecé a ir.
Una noche mientras charlábamos en su auto, al terminar la
clase, me pregunto: -¿Cómo te sentís con el teatro? le
contesté:
-Me volqué a las clases de teatro con la esperanza íntima de
encontrar gente parecida a mí, con la cual me pudiera
identificar, charlar, conectarme.
-Las clases me resultaron sumamente enriquecedoras, pero
tuve la misma sensación de separatidad que fui sintiendo en
todos los grupos de gente con los cuales me relacioné.
Ella me dijo:
-Hace mucho tiempo, un amigo me contó que según
un libro de Hermann Hesse, Caín, no había recibido una
marca de Dios, por haber matado a su hermano, sino por ser
diferente y que, justamente por eso, quien lo matara debía
morir siete veces. A través de los siglos los descendientes de
Caín llevaron su marca. Mi amigo me dijo que él reconocía
esa marca en mí, por lo cuestionadora, por lo interesada en
lo oculto, por mi particular forma de investigar la vida. Me
explicó que cada descendiente no se encontraba a gusto en
ningún grupo, que no se identificaba con el rebaño, pero al
encontrarse frente a otro descendiente de Caín, lo reconocía
inmediatamente.
Inés me miró a los ojos y me dijo: -Andrés, reconozco
en vos la marca de Caín.
Estuve con una mujer durante todo un día.
Mi vida transcurre entre dos mundos que podrían llamarse
opuestos. Me aferro con un brazo a cada uno, sin querer
soltarme de ninguno de los dos. Se me hace difícil tener una
vida tranquila queriendo ser un gran consumidor y un gran
filósofo al mismo tiempo.
Es cierto, disfruto de mi nuevo equipo de música. No
por ello quiero perder de vista que lo más importante está
en mi interior y en el interior de las demás personas que
pululan por ahí.
Día a día me fortalezco en la posición de mirar con
mayor profundidad a las personas y registrar más fácilmente
mis tensiones y emociones.
Qué dificultosa es la vida. Cuán complicado y
pausado se me hace llegar a lo que quiero e intento. ¿En
cuál de las capas de una persona me detengo? Siempre hay
varias, como una cebolla. Cuando leo la superficial me
quedo con algo real, pero no auténtico.
Voy teniendo progresos casi a diario, en el camino de
entenderme. No los vuelco todos a estas hojas, porque no
las tomo como a un tratado, sino como un medio para
comprenderme y acompañarme.
Hoy quiero escribir de un tema que me angustia, y
que una y otra vez vuelve a mi cabeza: Rafa no responde a
mis llamados ni a mis pedidos de las zapatillas que me
prometió. Creo que alargó mucho más de lo prudencial el
tiempo de entrega.
Me engancho por la promesa incumplida y también
por intentar, por medio de seguir esperando, remediar la
herida que produce a nuestra relación. Hablo de esto y
pienso en el viejo. Creo que con él, me quedé esperando
muchos años, para no tener que aceptar que no había
cumplido con su promesa de proseguir nuestra vida juntos.
Susana Castillo está ocupando un lugar muy cercano
a mí, acompañando y escuchando mi vida.
Estoy muy conmovido por lo que voy viendo. Aunque
aun no puedo ordenarlas, muchas cosas se agolpan en mi
cabeza. Mucho más profundas de lo que esperaba
encontrar.
Los demás hacen, dicen, creen necesitar y, de esas
maneras, exigen y manejan. No me siento suficiente como
para responder a esas demandas. Tampoco quiero hacerlo.
Pero una y otra vez intento obtener su cariño.
Percibo que Susana quiere que la llame para salir,
pero siento que ella no comprende la necesidad que tengo
de mantenerme en mi eje. ¿Cómo aceptar una relación que
intenta ser dependiente, sin estar fomentándola? Me
gustaría llamarla y ponerla al tanto de mis pensamientos. Se
acerca a mí desde una posición de manejo y dependencia. Y
sólo cuando se retira libremente, siento que el manejo
desapareció y puedo acercarme con más seguridad. Pero
este tire y afloje se produce también en las relaciones sado-
masoquistas.
Me gustaría que los dos pudiéramos estar sobre
nuestros ejes para que cada uno pueda enriquecerse con el
otro.
Voy sacando algunas cosas en claro. No me quiero
prestar al juego de los demás. Quiero ser yo mismo y poder
aceptar a la otra persona también. No a los manejos de la
otra persona, sino a la otra persona.
Estoy angustiado esperando que suene el teléfono.
Hay dos personas que siento que deberían contestar me el
llamado: Susana y Rafa. De ambas podría inferir que están
enojadas conmigo. Rafa, por una sensación de abandono de
mi parte, como si profundamente yo hubiera decidido
separarme de él y no le hubiera gustado.
Por otro lado, a cada instante me parece que me va a llamar
Susana.-iba a escribir Mariana- Creo que esta confusión
proviene de la última imagen que tengo de Mariana, en
donde no quise aceptar a su persona y sus problemas como
eran. No quise analizarlos, ni analizarme. Se los eché en la
cara y me fui. Cuando quise volver, ella ya no estaba ahí.
De todos modos, mis deseos actuales tienen que ver
con llamados de personas enojadas conmigo. De allí debo
inferir que papá, estaba enojado conmigo por algo. Y tengo
la impresión que lo estaba porque yo no le di ninguna
importancia a su enfermedad. Yo comía caramelos y corría
por la casa. El me sonreía y aceptaba externamente, pero
por dentro rechazaba lo que yo hacía: debía preguntarse
cómo podía yo estar tan tranquilo si el estaba muriendo.
¡No lo tomes!, me contestó cuando le dije que ella no se
quería separar y lograr ponerse en su eje. Y que yo no podía
tomar una relación de esa forma.
Siento que se repite lo mismo que con Mac.
Estaba recién sentado en el living, mirando como se
quemaban unos leños y pensando en mi relación con todo,
en las posibilidades y en mi vida, cuando llegó mamá.
Llegó en su Ford Falcon hecho pelota, con Lobo, su
perro. Toda su gordura y toda su impotencia. Llegó con su
frustración a cuestas, con su infelicidad grabada en cada
parte de su cuerpo.
Sí, llegó mamá. Mi madre. Una persona que creo que
lucha por cosas equivocadas. Que no se entiende, ni se
escucha. Que maneja a los demás, porque es la única forma
de conseguir lo que cree necesitar, porque lo mamó de chica
con su madre.
Cuando la vi llegar, me fui. Me vine para mi cuarto,
acá abajo. Mi garage. Quizás para no ser blanco para sus
excusas, quizás me sienta culpable o me vuelva impotente
frente a ella, igual que con mis antiguos amigos del colegio.
Pero lo cierto, es que aun cuando
permanentemente se ocupó en volverme impotente con sus
manipulaciones, piensa en lo bueno que sería tenerme para
ayudarla. Para que le preste atención. Para que la guíe.
Aunque me desvaloriza, el otro día sentí que envidiaba a la
mujer que lograra estar conmigo.
Me da tristeza ver como las personas que aprecio
sufren sin que yo pueda hacer nada. Es muy duro ver como
se ahogan dentro de sí mismas.
¡Qué difícil se me hace transitar este camino!
Tuve una conversación con mamá que me dio
angustia y me tensionó el cuello. Cuando logré relajar el
cuello, pude ver con claridad el mensaje oculto que mamá
me transmitía: -Vos no servís.
Siempre que intenté hacer algo por ella o compartir
algún acto con ella, quedó desvalorizado. Quedé
desvalorizado.
Es la primera vez que logro leer en forma consciente
algo que ella me transmite.
Había pensado pintar la casa por afuera, de color
rosa. Ella me dijo que la pared que estaba peor era la que
daba a los vecinos (justamente la que yo no pensaba pintar).
También que dudaba que la pintura al agua pudiera quedar
bien.
Si uno se remite a esas palabras, ella no me agredió
en lo más mínimo, pero desde sus vísceras me transmitió
que yo no era lo suficiente para hacerla feliz, que yo no
servía. No que lógicamente la felicidad dependía de ella y no
de mí, sino que yo no era lo suficiente como para lograr lo
bueno para ella, que la falta era mía.
En este momento, aún habiendo entendido lo que
hace mamá, siento que ella trata de imponerse desde su
cuarto, encima del mío. Intenta manejar la situación a su
provecho.
Sintiendo como algo tan importante lo que los demás
quieren que yo haga para su bien, puedo estar reflejando
una posición antigua, inclusive anterior a la muerte de papá.
Y es por eso que quizás no pueda darle una solución
práctica, si estoy representando como me dejo de lado ante
el bien de otras personas.
Ayer, hablando con Cristina, vi una foto y sentí
rechazo. La foto parecía una vagina de mujer. Lo relacioné
en seguida con mi nacimiento y con mi problemas de piel,
que implican una antigua repugnancia escondida. Pensé que
al nacer, sentí rechazo por lo que mamá representaba para
mí, pero que como dependía mi subsistencia del hecho de
alimentarme, tuve que borrar ese sentimiento. Pareciera ser
que hoy, treinta y dos años después, sigo sintiendo lo
mismo, pero sin el temor a morir si lo expreso.
¿Por qué tarde tanto en darme cuenta?
Quiero agradecer a todas las personas que me
ayudaron para que hoy yo pueda ir encontrando salidas
para mi vida. Agradezco a Leonardo (mi analista), a Fromm,
a Pierre Rey, a Dolores (mi hermana), a Scott Peck, a
Cristina, a Belén y Adrián, a Josefina, a Susana Castillo, a
Inés (mi prima).
Todas estas personas me ayudaron para que yo logre
"darme cuenta". A ellos les estoy muy agradecido.
Me pasa que cuando estoy hablando con otra
persona, e intento explicarle algo que yo entiendo, si ella no
se abre a lo que quiero transmitirle, empiezo a perder la
idea yo también. Empiezo a no tenerlo claro yo mismo.
Creo que en ese momento soy un reflejo absoluto del
otro, porque apenas me separo de él, me vienen las ideas
nuevamente.
Hace un rato hablé por teléfono con Inés, para pedirle
entradas para esta noche. Cuando pregunté si hablaba con
la casa de la familia Parodi, sentí en ella una gran confusión,
tristeza y angustia. Como si entonces su casa fuera de
alguien que murió.-ella es Pascual, viuda de Parodi- Como si
en nombre del amor, no hubiera una separación y eso
dejara todo confuso. Pensé que, al no haber separación,
entonces había manejos para lograr ser lo más posible cada
uno, en detrimento del otro.
Creo que todo esto quedó muy oculto al intervenir la
muerte. Porque eso agrandó la culpa y, entonces, no
permitió que se vea que en realidad la confusión perju-
dicaba a ambos por igual. Todo esto me pareció percibir de
Inés recién.
Después llamó mi hermana Susana y percibí su odio
y bronca contra sí misma, por mantener una relación tan
dependiente y confusa con mamá. Creo que sospecha como
esa relación la hace cada vez más pequeña y dependiente,
cada vez más alejada de sí misma y más lejos de
conectarse.
No sé donde estoy yo con todo esto. Si utilizo mis
canales sensitivos para pasar música de otro, no puedo
escuchar mi propia música.
En este momento, por ejemplo, me siento perfecta-
mente en mi eje. Me parece que logré sacar de la oscuridad
total, muchas verdades a la luz. Me parece que estoy siendo
mucho más auténtico. Internamente estoy alegre, aunque
mis canales están siendo ocupados por sentimientos de
otras personas que no sienten lo mismo.
Susana (mi hermana) y yo, desde hace un tiempo
que no nos saludamos. En la reunión de ayer me aseguró
que ella quería hacerlo y era yo quién no la saludaba.
Cuando se fue lo hizo sin despedirse.
De cualquier modo yo no quiero saludarla y me
pregunto cuál es la razón. Me pasa lo mismo con mamá y es
como si quisiera evitar el contacto, porque a través de él me
transmiten emociones no percibidas por ellas junto con
algunas manipulaciones.
En este momento, después de la discusión con
mamá, siento una bronca y un rechazo hacia su manera de
manipular a las personas, que proviene de su interior. Creo
que no tengo ningún tipo de responsabilidad, ni poder, sobre
lo que otras personas hacen con sus vidas. Puedo actuar
como espejo pero, siempre y cuando, pueda darme cuenta
que esos sentimientos, emociones e ideas actuadas no
proceden de mi interior y que tampoco están modificadas
por el mismo.
Entiendo que todavía valoro y acepto a los demás, en
dependencia con lo que hacen por mí y para mí. También
por sus demostraciones de afecto.
Aun cuando intelectualmente pude comprender que
no puedo hacer nada para ayudar realmente a mi madre,
sigo sintiéndome vencido al dejar de intentarlo. Y cada vez
que lo intento, quedo aprisionado por sus manipulaciones.
Ayer me robaron dinero de la billetera, mientras nadaba en
la pileta del campo de deportes. Me di mucha angustia,
acompañada de una sensación de violación. Intentaba
decirme algo con eso. Lo primero que pude determinar es
que en esencia el asunto era que yo había depositado mi
confianza en la gente que cuidaba los bolsos y me habían
defraudado. Yo, por estar nadando, no tenía forma de
defender lo mío.
Lo relacioné con mi educación y la forma en que me
sentí perjudicado con la formación que tuve.
Creo que cuando yo era chico, no podía determinar lo
bueno para mí. Confié en la gente que me educó. Confié en
que ellos iban a ser responsables.
Creo que la sensación de violación, me aclara que
ellos no lo fueron, que me defraudaron.
Puse la música de Pink Floyd: "The Wall", para
conectarme con lo que estoy viendo. Hablo de mi respon-
sabilidad y de la responsabilidad de todos los que tuvieron
que ver con mi vida. De todos aquellos que me enseñaron
como si fueran profesores, cosas equivocadas. De todos
aquellos que me aseguraron el camino del bien, y lo
correcto, sin tener real idea de lo que hacían y decían y, sin
siquiera, confiar plenamente en ello.
Hablo de mi responsabilidad por haberlos escuchado
y haber permitido que lo que decían se instale, como un
cerrojo, en mi alma. Creando la imposibilidad de vivir la
única vida que tengo.
Hablo de la responsabilidad que implica tener hijos.
Algo que no estuvo nunca en mi familia. Esquivo las
imágenes de buenos actos que me vienen a la cabeza,
porque desde un lugar de autoritarismo, no se puede actuar
correctamente. Todo queda teñido del color del encierro. Y
así, cada vez somos menos responsables y, por ello, cada
vez más débiles como para responder por nuestros actos.
En la irresponsabilidad de los deseos infantiles de
mamá, aparece la gran ilusión de que alguien pudiera
hacernos feliz, regalándonos un acto de amor hacia
nosotros.
Desconozco si la felicidad existe, pero sospecho que
no está detrás de una acción envuelta para regalo. Por lo
tanto, tampoco puedo esperar envolver la felicidad para los
demás.
Me distraje un momento. Se me hace muy difícil
seguir el hilo de mis pensamientos y mis emociones. Me
invaden las ganas de salir corriendo de todo este trabajo,
como si creyera que detrás de esquivar este camino pesado,
pero ciertamente valedero, pudiera encontrar algo más que
sufrimiento, frustración, confusión, desesperación, y
aislamiento de mi más íntima figura. Y volver a estar, como
hasta hace poco, perdido dentro de una persona, en la cual
no me reconozco.
Aun así, una y otra vez, intento escapar al trabajo
que tengo que hacer para estar en mi eje y ser yo mismo.
Pensé en escribir una nota solicitando al campo de
deportes que se haga responsable del dinero que me
robaron, mediante una beca para nadar durante los meses
que equivalgan a la suma en cuestión pero no encontré
ganas para redactarla.
Inmediatamente se me ocurrió que tenía resistencia
a hacer responsable a los demás por sus actos, porque iba a
tener que responsabilizarme por los míos, pero la idea no
me cerraba.
Con gran esfuerzo y tensión escribí la carta. Con un
miedo irracional. Apareció mi renuencia a recuperar lo mío.
¿Será que intento que mamá se haga responsable de
sus actos para no tener una mala opinión de ella?
Un irresponsable es un ser prisionero débil y necio
por no tomar conciencia de las derivaciones de sus actos y
estar dispuesto a subsanar dichos perjuicios, si los hubiera.
¿Puede mamá tolerar que yo piense así de ella?
Quizás soy yo quien no se lo permite y debo darle
una oportunidad, aun cuando tuviera que quedarme en el
desvalorizado trabajo de lograr que cambie, para no hacerle
sufrir mi juicio sobre su accionar.
¿Qué siento con respecto a que mi madre sea una
persona irresponsable, que prefiere quedarse con dinero de
sus hijos para no pasar penurias?
Desprecio.
Creo realmente afortunado a quién puede hacerse
responsable de sus actos, a quién puede reparar aquello
que ha roto o reponerlo. Me parece que es una persona
potente y pudiente.
Quien, en cambio, no puede hacerse cargo de sus
fallas y sus errores, quien ni siquiera puede aceptarlos como
tales y tratar de repararlos en la medida de sus
posibilidades es una persona débil, que vive necesariamente
en el temor. Una persona miserable porque nada le
pertenece, nada tiene y, por lo tanto, no participa de la
creación. No participa de la vida.
A pesar de todo, creo que no está en mí demostrarle
que tiene todo para vivir, porque aún yo no lo entiendo.
Sospecho que aunque lo entienda e incluso lo ponga en
práctica, tampoco va a servir a los demás.
Hoy, mamá cumple años. Le preparé un cassette
grabado con temas que le gustan. ¿Es coherente conmigo
mismo hacerle un regalo a quién está perjudicándome, con
quién no estoy de acuerdo?
Decidí darle el regalo porque siento que no tengo
razones para estar enemistado con mi prójimo, a pesar de
que decidan transitar el triste, solitario y obscuro camino de
la confusión y la mentira.
Soñé que todos mis sentimientos estaban vedados. Y
que todo lo hostil de las personas hacia mí, lo tomaba como
algo personal, en vez de tomarlo como un medio de decirse
cosas a ellos mismos.
Presiento un fondo indivisible, indestructible y único,
que es mi real fortaleza. Conectado con él, no puedo hacer
mal, ni pueden hacérmelo. Persigo una construcción que no
pueda ser destruida, que perdure en el tiempo.
Estoy ayunando desde anoche. No me es fácil
hacerlo, pero espero que me acerque a mi interior,
descontaminándome de las ideas y deseos, fáciles de
obtener, pero efímeros. Me gustaría contribuir a que las
personas se encuentren a sí mismas. Volcarme hacia la vida.
Quiero distinguir entre lo verdaderamente
destructivo y aquellas cosas que aunque son incómodas,
como los percances imprevistos, el envejecimiento, la
muerte, la angustia y demás emociones penosas, tienen que
ver más con lo constructivo y el crecimiento.
El ayuno me ayudó a templar mi espíritu. A verme
capaz de superar, con convicción, las necesidades básicas y
los deseos corporales, por un bien mayor.
Sin desmerecer para nada la gratificación de una
buena comida y un buen acto sexual, que son parte
integrante de esta vida y unos de los placeres más a mano.
Descubro que las emociones son lo primero que me
habla de mi interior. No creo que deba dejarme llevar por
ellas, como tampoco juzgarlas, porque cierro las puertas a la
comunicación. No me dicen si soy bueno o no, tampoco si
soy egoísta o generoso. Tengo que escucharlas y
comprender lo que tratan de indicarme.
Es raro pensar en que quizás la alegría no sea lo que
siempre pensé. Y sea simplemente una comunicación
interna. Quizás sea la forma de indicarme que voy por el
buen camino, pero quizás no.
Tuve un sueño en el cual mis hermanas me pedían
que le corte el pelo a una sobrina, porque yo lo sabía hacer
bien. Yo aceptaba, indicándoles que, antes, debían lavarle la
cabeza. Entonces, me quedaba esperando que lo hicieran,
pero como debía ir a trabajar, me levantaba para irme y
ellas volvían a rogarme que no me fuera, que, primero, tenía
que hacer eso por ellas. Yo aceptaba quedarme, pero ellas
seguían sin lavarle la cabeza. Pasado el tiempo, decidí irme.
Tuve que hacerlo desnudo, aunque sin avergonzarme,
caminando por la vereda del cementerio.
Pareciera estar creyendo que tengo que hacer algo
por mi familia antes de vivir mi vida. Y que si decido irme
antes de hacerlo, voy a tener que partir desnudo, totalmente
expuesto. La sensación de no tener de que avergonzarme
por estar desnudo, me fue muy rica.
Tengo un dolor en el hombro y otro en el pie.
También tengo problemas de piel y un apetito desmedido.
Analizando todo esto por la lista del libro de Louise
Hay, sería así: el hombro no estaría hecho para llevar
cargas, sino alegrías. El dolor del pie, habla de mi falta de
entendimiento de los demás, de mí mismo y del universo. La
piel me habla de la individualidad. El apetito desmedido, de
estar juzgando las emociones.
Si ensamblo todo esto con mi sueño, quedaría más o
menos de la siguiente manera: Creo que tengo que hacer
algo por mi familia, antes de poder vivir mi vida. Al no poder
diferenciar esto, de lo que a mi me interesa, tengo proble-
mas de piel. No puedo separarme de los demás, porque no
se cómo debe ser una relación basada en la igualdad y la
libertad, entonces no sé como debo comportarme cuando
estoy con otros y, por ello, no los entiendo, ni me entiendo.
Esto conduciría a mis problemas del pie. Cuando cargo
problemas de los otros, por no poder separarme, me duele
el hombro y, cuando intento evitar todo esto juzgando mis
emociones, me aumenta el apetito.
No logro comprender por qué creo que tengo
que hacer algo por el resto de mi familia, ni por qué, cuando
decido irme, lo hago desnudo.
Cada día que pasa voy logrando ver mis
actitudes con otros ojos. Por más que sigo taciturno la mayor
parte del tiempo, ya no me engancho tan significativamente
con aquello que me falta. Ayer salí a caminar por la Av. Li-
bertador y vi como la gente comía en un restaurante de lujo,
como siempre que paso por ahí. A diferencia de las otras
veces, no les tuve envidia, sino más bien se me ocurrió
pensar en como la gente trata, a través de consumir todo lo
que puede, de tapar sus insatisfacciones.
Mi relación con las personas, está en un punto crítico.
Quizás mi facilidad para percibir cosas en los demás, tiene
sus pro y sus contras. Es difícil decidir sobre esto, porque
aun cuando puedo ver algo que le ayude al otro, también
puedo ver su sufrimiento y su agresividad, su enojo y su
desesperación.
Mis actos generan conflictos en las demás personas
o, por lo menos, facilitan que los que están ocultos, se
hagan visibles. Ante estas situaciones me siento como si
viera desnuda a la otra persona, de una forma que cier-
tamente no desea que lo vea.
¿Qué hago cuando lo veo? ¿Qué hago cuando mis
actos, mi vida o mi persona provoca esas cosas?
No puedo volverme invisible y, aunque a los demás
les pese, tengo derecho de estar acá.
El asunto es así: me duele el cuello y no es sólo porque no
quiero sentir lo de los demás, sino que además quiero
mostrarme algo con ello. ¿Para qué utilizo mis canales para
percibir lo que las otras personas sienten? Me contesto que
si estoy enterado permanentemente, aun de sus deseos y
sus dolores, es difícil hacer algo que les provoque dolor. Esto
parece muy lindo, pero me deja muy alejado de mí mismo.
Al aceptarlo, decido no pensar en mí, como lo he hecho
durante toda mi vida.
Si lo hice durante tanto tiempo ¿Por qué podría
cambiarlo ahora?: En este momento estoy en condiciones de
darme cuenta que sufrir no es algo malo. Si es bueno para
mí y me ayudó a ser yo mismo y a salir del pozo, ¿Por qué
no habría de servirle a los demás?
Carl Jung dice: "La neurosis es siempre un sustituto
de genuinos sufrimientos".
Scott Peck escribe: Por eso las personas sabias
aprenden a no temer a los problemas, sino que por el
contrario los acogen de buen grado, así como aceptan los
dolores inherentes a los problemas".
Según Benjamín Franklin: "Aquellas cosas que
lastiman, instruyen".
Durante muchísimo tiempo no pude comprender
estas cosas. Al escucharlas, me parecía algo muy lejano.
Ahora, por propia experiencia sé que es verdad y puedo
crecer transitándolas.
Me vuelven las ganas de evadirme de todo esto,
pero enseguida me doy cuenta que no tengo hacia donde
escapar.
Me veo en una actitud protectora de los demás, sin
percatarme de mis propias convicciones y pensamientos.
Muchas cosas perdí a través de éste camino. Perdí la
ilusión fácil que tanto le gusta al niño que tenemos dentro y
que nos alcanza esperanza en momentos de tristeza. Perdí
esa linda ilusión de tener grandes amigos, con abrazos
interminables en cada encuentro, jugando a que no se iba a
terminar nunca esa unión, que aun siendo viejos nos íbamos
a mirar a los ojos sabiendo lo que sintiera y pensara cada
uno.
Perdí, también, la ilusión de ser un salvador, de poder
lograr que los demás crezcan sin pasar por los procesos
penosos que acompañan cada crecimiento. También que la
familia de uno pueda vivir unida, en paz y plena. La ilusión
de que cada uno tenga una sonrisa comprensiva. Que
después del esfuerzo sobrevenga la tranquila armonía a
nuestras vidas.
Muchas cosas perdí a través de éste camino. Perdí
montones de supuestos valores fáciles de obtener, como el
éxito, el triunfo, el dinero, la fama, el poder mundano, el ser
fuerte, el tener una posición segura en la sociedad. Perdí el
supuesto valor de sentirme superior a otra gente.
Sí, muchas cosas perdí a través de éste camino. Perdí
la esperanza de que el mundo sea otra cosa de lo que es en
realidad, la esperanza de que los hombres se den cuenta la
importancia de cada uno. La esperanza de pensar que en
realidad somos nosotros los equivocados.
Sí, perdí el gran sufrimiento por mí mismo. Las
noches angustiadas por mi esclavitud y mi desesperación al
no poder reconocerme a través de la careta que llevaba.
También la idea de soluciones fáciles, tanto para mí como
para los demás.
Pero aún persiste el sufrimiento por los demás. Con
mayor claridad logro ver cómo, atormentados, se
desesperan en pozos húmedos, como luchan contra sus
desventuras como si fueran brazos de un sarcástico destino
que se ríe de ellos.
Es un lindo día invernal. El sol se cuela entre las
ramas y dibuja figuras informes en el piso de mi garage. Yo
escucho a Serrat. E intento bucear muy muy hondo en mi
persona. Si leo las primeras páginas de estos escritos, me
pongo tenso. Si veo el sufrimiento de alguien, también me
pongo tenso. No es porque yo esté pensando que sea malo,
sino porque los demás lo creen. Procuran evitarlo por todos
los medios que tengan a mano. Y eso me invade, a pesar de
que no concuerde con lo que pienso y valoro.
¿Cómo explicarle a alguien lo importante que es sufrir para
crecer? ¿Cómo enseñar la importancia de crecer y ser uno
mismo? No puedo lograr una cosa sin la otra. Entonces
pareciera ser que únicamente puedo crecer cuando estoy
solo y no hay nadie cerca a quien pueda incomodar. Nadie
que me vea sufrir entre sensaciones penosas y buceos
profundos y que eso pueda causarle sufrimiento
conjuntamente con la posibilidad de crecer concomitante.
A veces me preguntan y yo también me
pregunto si estoy bien. ¿Qué contestar? ¿Es estar bien el
estar intentando leer con concentración una angustia que
siento o analizar seriamente una bronca? Para mí es estar
muy bien. Es estar en el camino correcto. ¿Qué más puedo
pedir?
Si bien hablo de todo esto, persiste en mí la
imagen de que una sonrisa es sinónimo de buen vivir. La
risa es buena, pero también es bueno el llanto.
Recién, mientras hablaba por teléfono con
Josefina, me invadió una gran sensación de impotencia y
frustración. Fue al darme cuenta que no podía lograr que
ella usara mi experiencia, mis pasos, para acelerar los
suyos.
Como no quise que salieran a la luz éstas emociones,
supongo que por considerarlas poco loables, oculté con ellas
la posibilidad de escuchar el mensaje que me traían.
Mi cuerpo, reaccionó inmediatamente abriéndome el
apetito, que por la lista de Hay, significa que estoy juzgando
las emociones. En ese momento las registré.
La IMPOTENCIA me indica que estoy queriendo
incidir sobre otras personas. En éste caso claramente quería
incidir sobre Josefina, para lograr que ella pudiera
enriquecerse a través de todo lo que voy viendo.
Pero tiene sentido que no se le pueda quitar libertad
a nadie, por más que se pudiera creer que fuera para su
propio bien.
Aunque lo repito, no termino de incorporarlo. Ayer
exponía que no puedo lograr que los demás crezcan sin
pasar por los procesos penosos que acompañan al
crecimiento. Hoy, debo decir que tampoco puedo lograr que
las otras personas vean lo positivo en lo que les sucede. No
como un intento de saltear lo doloroso, sino para evitar la
pena infructífera, el dolor estéril, la siembra sin cosecha, el
llanto sin la luz.
Cada dolor trae consigo, en algún lugar, algo lindo y
bueno. Encontrarlo entre mis dolores y mis penas es mi
responsabilidad. Encontrarlo en los dolores y las penas de
los demás, escapa a mi aptitud, pues es cosa de ellos.
Aun queriéndolo, no puedo hacerme cargo de los
conflictos que mi ser provoca en los demás. Ni de lo que mis
aciertos y mis yerros provocan en ellos. Es su vida, es su
libertad.
Desde el primer aplauso, en mi primera improvisa-
ción, las clases de teatro fueron un gran mimo hacia mi
persona. Me ponderaron desde mi intrigante sensualidad, a
mi tranquilo tránsito a través de las clases. Uno cree que los
elogios siempre vienen bien, que a través de ellos nos
podemos sentir mejor, cuando en realidad sólo nos sentimos
diferente. Cuando me siento contento, no estoy mejor que
cuando estoy triste o angustiado. En esos momentos estoy
exactamente igual de confundido y no soy más coherente
conmigo mismo. No se ni más ni menos lo que quiero de la
vida, ni soy más sabio.
Me parece difícil buscar que quiero decirme cuando
estoy contento, porque la mayoría de las veces me he
dedicado a saborear el momento, como me enseñaron a
hacerlo, creyendo que vivía más plenamente.
Cuando entiendo que el dinero no nos hace ni más ni
menos de lo que somos y, por eso, no nos enriquece
realmente, y que muchas veces me he sentido insatisfecho
también después de tener un orgasmo, tengo miedo de
estar quitándole demasiados condimentos a mi vida y que,
entonces, mi futuro sea insípido.
La vida del hombre pasa en general por muy pocos
temas: Poder, amor, amistad, familia, dinero, trabajo, sexo.
Si le quitáramos eso a una persona, si lo alejáramos de
todas esas cosas que no tienen que ver con él mismo, ¿Qué
le quedaría? ¿Qué puedo esperar yo mismo del futuro, si
descarto esos valores? ¿Por qué estar esperanzado o
desesperanzado?
¿Qué hago cuando veo a alguien caminando en
sentido contrario a él mismo? ¿Espero que se de cuenta o
intento indicárselo? Cuando se los muestro, estoy queriendo
ayudarlo o quiero disfrutar del placer de poner a alguien en
su verdadero camino?
Por un lado, al profundizar, encuentro que es
importante dejar que los demás sigan libremente la senda
que prefieran, pero por otro, sin la sabiduría de muchos
pensadores que alcancé a leer, no podría haber avanzado
sintiéndome acompañado, en una sociedad que trató por
todos los medios de neutralizarme.
Escuchando una canción de George Michael, en
la cuál dice que aunque le había prometido que no lo iba a
dejar, ésta equivocada, que no es tan fuerte y que lo deje ir,
me conecté con la relación que tuve con Mac: yo la hubiera
querido seguir, con la intención de lograr que fuera buena y
positiva para nosotros.
La situación tiene, al menos, dos caras. En una,
aparece como algo positivo mi voluntad de concretar el
objetivo conjunto que intentábamos. En otra, podría estar
repitiendo la relación con mamá. En donde nunca hubo una
intención real de parte de ella, en modificar su estructura
externa, su caparazón, para relacionarse verdaderamente.
De esa forma intentaría una relación sana con alguien a
quien no le interesa.
Pienso en salir a comer afuera y en pasar la noche
con Susana, como un medio para vivir la vida. Como si
únicamente fuera de mi ámbito es donde puedo encontrar
satisfacción.
Cuando mi relación con ella empieza a volverse
insatisfactoria, entonces creo que es hora de pensar en
buscar a otra persona.
Pretendo sentirme querido y necesitado, a pesar de
que internamente me repito que en realidad no necesito que
me quieran.
Lo que recuerdo del sueño es que tenía una gran
bronca contra mi hermana Susana. En un primer momento
me fue difícil aceptar porque, cuando las personas sienten
odio, lo actúan y terminan siendo muy destructivos. Sin
embargo, al pensar que podía haber un mensaje para mí, lo
relacioné no contra mi hermana, sino contra lo que ella
siempre representó para mí: el egoísmo, el autoritarismo y
la mezquindad.
Todo eso lo tuve enfrente durante años, a través de
sus distintas acciones: como obligarme a comer con saña,
tirarse a lo largo de todo el sillón y no permitir que nadie
más se sentara y, una vez casada y con hijos, al no pensar
nunca como su presencia y sus actos podían estar
perjudicando a otros.
Todo esto es lo que odio.
Veo en el odio un deseo de destrucción.
Como no es mi intención en lo más mínimo destruir a
mi hermana, sino que, por el contrario, desearía y he inten-
tado ayudarla, el odio ciertamente me está indicando mi
deseo profundo de eliminar, dentro de mí, lo que ella
representa.
Entonces, quiero dejar de ser egoísta, autoritario y mezquino
conmigo mismo. Deseo destruir toda estructura que me
obligue a serlo.
Sospecho que esto es para encontrar, siquiera dentro
de mí, un lugar para vivir decentemente.
Empecé otro ayuno. Varias emociones me llegan
desde mi interior: Tristeza por Comachi, la deportista
argentina que no pudo competir en Barcelona por pro-
blemas de la gente dirigente. Angustia al pensar que
Mariana no había querido atenderme. El deseo de que
mamá ya se hubiera ido cuando fui a tomar el desayuno. La
sensación de estar gastando mucha plata en cosas
superfluas. Por último, el llamado de atención en la im-
provisación de teatro del otro día, en donde, si bien había
elegido el objetivo de terminar una relación con una mujer,
cuando mi compañera me lo preguntó, yo afirmé lo
contrario.
Estoy sentado frente a mi escritorio, en un día
invernal nublado. Veo como las hojas se mecen suavemente
por la caricia del viento y escucho con placer como cantan
Sandra Mianovich y Celeste Carballo.
Me siento tranquilo. Tranquilo y dichoso. Dichoso,
pero temeroso. Temeroso, pero tranquilo. Transito la
sensación de estar conmigo mismo. De gran intimidad, de
comunión con mi más íntima figura. De fuerza por el placer
de la conexión.
Comachi es una deportista de elite, una esperanza
argentina, que no pudo competir en los juegos olímpicos,
con los que sueña hace muchos años, porque se olvidaron
de anotarla. Por negligencia de los dirigentes argentinos,
pierde la oportunidad de utilizar su entrenamiento de años,
su esfuerzo de años.
Los verdaderos protagonistas de los juegos olímpicos
son los deportistas, sin embargo quienes deciden quienes
van, son los dirigentes, que poseen el poder y la autoridad.
Asocio toda ésta idea con mi madre. Ella
confundió quién era protagonista y quién tenía la función de
dirigir. No tengo en claro cuál es la función de los padres en
el crecimiento de las personas, ni dónde terminan sus
derechos. Esto me hace acordar al escrito: "Tus hijos no son
tus hijos".
En esencia, hablo de la responsabilidad de mi
madre como dirigente en mi vida y de su tendencia a tomar
el papel de protagonista, cuando en realidad ese papel me
correspondía y me corresponde únicamente a mí. Mi vida es
como una película, en donde pase lo que pase, el
protagonista, soy yo. Me gustaría grabármelo.
Leer "Demian", de Hermann Hesse, me
conmocionó. Hace bastante tiempo que sostengo que lo
más importante en la vida de un hombre es ser él mismo.
Pero si esa búsqueda nunca termina, me parece
descabellado.
Paso mucho tiempo solo y me aburro.
Para valorar un programa, debo compartirlo con
otras personas.
No puedo utilizar toda mi sabiduría, mi intuición
y mi creatividad, para mí mismo.
Me aferro a los esquemas del rebaño. En donde está
claro cómo debe ser la vida de un hombre. Me siento
confundido.
Me da terror quedarme en mí mismo y, también, que
en caso de que quiera volver al rebaño, ya no pueda en-
contrarle sentido a sus ideales. Como dice Hesse, sin
semejantes. Muchas otras veces pensé que en algún
momento mi interés por los demás, por sus miserias y sus
problemas, por sus alegrías de sal y su hipocresía, iba a
menguar paulatinamente hasta desaparecer, para nunca
más volver. Tengo miedo que me pase y, entonces, empezar
a secarme y morir olvidado.
Pero intuyo que todo eso no puede pasar, que mi
interés por el espíritu de los demás, va a ser tan importante
como el interés en mi propio espíritu.
De cualquier modo, seguirían ahí las estrellas, el sol,
las flores, el pasto, el frío. Y yo. Y en mí, también está el
resto de la humanidad.
Quizás todo esto no sea más que otra cara de mi
narcicismo, pero también puede ser la puerta de salida a
toda esta miseria y mentira, que no me permite vivir mi vida
con plenitud.
Hoy, me siento a escribir con el firme propósito
de entender, a través de mi cuerpo, mi inteligencia, mis
emociones y mi intuición, que quiero decirme con estar
excedido de peso.
Según la lista de Louise Hay, quiere decir:
"Miedo. Necesidad de protección. Huida de los sentimientos.
Inseguridad. Rechazo de sí".
Miedo: Hace rato que lo siento. Y siempre lo
sentí. Como hoy, cuando veo caminando a un hombre mal
vestido por el bajo y pienso que puede atacarme o cuando
pienso en ser yo mismo y los desastres que puede ocasionar
e incluso los castigos que me pueden alcanzar. Miedo a
quedarme solo.
Pero hoy quiero ir directamente a "Huida de los
sentimientos".
No quiero sentir lo que los demás me producen, para no
quedar enganchado en que ese sentimiento de cariño me
hace susceptible a perder mi protagonismo.
Si profundizo estas emociones y descubro el men-
saje, posiblemente dejen de cumplir con su misión de
hacerme sentir obligado hacia los demás, cosa que limita,
en forma tranquilizante, mi libertad.
Cuando retiré la plata del banco, para comprarme la
moto, me invadió un gran miedo a lo que vendrá después.
Me apareció la imagen de mamá, diciéndome: -Vos hacé lo
que quieras, pero después vas a ver.
¿Qué será lo que voy a ver después?. Nunca me lo
dijo. ¿Puede ser tan malo?. No lo sé. Parece que el hecho de
ser una incógnita, lo hace más terrible. La amenaza crece
por ello. Me imagino un castigo totalmente despro-
porcionado con la supuesta culpa.
Me hace acordar a la película "Expreso de media
noche", en donde al protagonista le dan perpetua por
intentar pasar un poco de marihuana por la frontera.
No me animo a repugnar lo que me repugna. No me
animo a mostrar mi disgusto y desprecio por la confusión y
la dejadez. No por aquel que busca la salida, sin encontrarla,
sino por las personas que no queriendo salir, intentan
confundir y ocultar, para mantener el control.
Me repugna la confusión buscada, aceptada y
valorada como un arma y un medio para mantener las cosas
como están.
Creo que cuando al nacer, me encontré con todo
esto, sentí repugnancia. Aun hoy rechazo la ausencia de una
búsqueda real, un interés cierto a salir adelante. Rechazo la
hipocresía y la confusión sucia y tenebrosa, que envuelve a
todos como víctimas y beneficiados. Cómplices por la
aceptación del juego.
Agustín me sorprendió. Se siente con todo el derecho
de estar en este mundo. Por más que sus actitudes
confundan, lastimen o enfrenten a otros con conflictos,
dolores o sufrimientos, él sigue siendo como es y no dejaría
de hacer nada de lo que hace o quiere hacer por ello. Lo
tienen sin cuidado las penas ajenas.
Siento que estoy muy lejos de actuar así. Y tampoco
estoy convencido de querer hacerlo. A pesar de que pienso
que es importante llegar a sentirse con derecho de estar
acá, no sé si mi idea es transitar mi vida de relación de esa
manera.
Varias veces me senté para escribir y no lo hice. Es
un día con muchas emociones. Estoy por comprarme una
moto grande con la plata que fui ahorrando.
En varias oportunidades sentí tristeza, como si fuera
a traer algún tipo de decepción decidir, de una vez por
todas, empezar a vivir mi vida.
Elegí la moto por y para mí mismo, sin importarme la
imagen que da, sino el uso que le voy a dar. De cualquier
manera, por ser una moto grande transmite una sensación
de poder.
Empezar a vivir realmente me hace presente que
papá no va a estar a mi lado para vivirla conmigo, que me
prometió cosas que no cumplió. Y que tanto si él pudiera
haber hecho algo o no, yo estuve todo este tiempo apa-
ñándolo, esperándolo y dándole el tiempo necesario para
remediarlo.
Compré la moto. Me siento nervioso y triste, como si
se hubiera muerto alguien. Siento como si debiera venir la
gente que me tiene cariño a consolarme.
Intenté transitar con plenitud la tristeza mientras
estuve en el gimnasio, pero recién pude sufrirla realmente
mientras iba en el auto a la pileta. Allí, mientras lloraba
desconsoladamente, me llegaba la imagen de papá.
No me es fácil definir el sentimiento, porque a partir
de su muerte le sumé otras pérdidas, de personas que, a
pesar de no haber muerto, se separaron de mí, como Silvina,
Magdalena y amigos.
Sin embargo, al ser una tristeza antigua y profunda,
ya en la ducha se me presentó más claro que tenía que
prestar atención en lo que intentaba decirme a los cinco
años con esa gran tristeza por la muerte de papá.
Me pregunté por qué me hacía esa pregunta ahora,
después de más de veinticinco años. La respuesta fue que
ahora yo entiendo que detrás de cada emoción hay un
mensaje para mí.
Yo sentía a papá como una parte de mí.
Con las alegrías, al igual que con las tristezas quiero
indicarme que no lo necesito para vivir.
En este caso, me indica que no necesito a papá para
vivir.
Todo esto me suena muy frío. Pensar que cuando
estoy alegre me estoy diciendo que en realidad no necesito
eso que me lo produce, que no es lo importante, me suena
degenerado. Como para perder o seguir perdiendo ilusiones.
Pierdo esa apacible seguridad del bienestar burgués,
en donde la vida transcurre buscando permanentemente
acceder a aquellas situaciones y experiencias que me hagan
sentir contento y supuestamente feliz.
Si estoy afirmando una verdad, me maravilla por su
enormidad. La pude descubrir con mucho penar, debajo del
manto de mentiras que me transmitieron.
No sé como explicarle a Luis, un cliente, que no uso
el reloj que me regaló porque no me gusta, sin herir sus
sentimientos. Pienso en esto y siento angustia.
Pasó otro día, pero sigo pendiente del reloj que me
regalaron, sin encontrar una solución. El regalo es para mí
una carga. Me parece que a este apostador no le interesa lo
que a mí me gusta o prefiero. Quiso regalarme lo que él
quería e intenta que yo lo use. El no sale del protagonismo
ni cuando está regalando algo y yo quedo en un lugar
desvalorizado, dejándome llevar por sus deseos para no
hacerlo sufrir.
¿Qué es un regalo?: Es una cosa que se da gratui-
tamente por afecto o agradecimiento. A veces también se lo
utiliza para dominar la conducta de otras personas.
Socialmente está mal visto que uno regale algo que
le fue obsequiado y, también, que no se lo use o que se le
miren los defectos. Todo eso me envuelve en ciertas
ataduras.
¿Acaso la educación no es un obsequio? ¿Será uno de
esos regalos que uno no debería buscarle los errores? ¿No
querré dejar de usar la educación que me brindo mi madre
para que no se sienta despreciada?
Creo que la angustia con respecto al regalo del
cliente del hipódromo me llama la atención, justamente,
sobre mi educación, sobre las reglas que he recibido como
obsequio de las personas que me educaron y, como si
decido dejar de guiarme por ellas, desprecio justamente lo
"mejor" que me pudieron dar.
Me asaltó el miedo. Esta mañana una mujer me
chocó y me rompió todo el auto. Lo viví como un castigo por
haberme comprado la moto. Ahora tengo terror a ir a
retirarla y sospecho que intento decirme algo con ello.
Esta mañana, mientras nadaba, me llegó como una
oleada, la imagen que buscaba. Uno solamente teme por
las cosas frágiles o por las que por una u otra razón pueden
golpearse, romperse, extraviarse o ser robadas. En cambio,
a lo duradero y estable, como el conocimiento, y el alma de
cada uno, no pueden pasarle esas cosas.
Tengo un dolor en la mitad de la espalda. Culpa. Me
siento culpable por tener la moto y por haber hecho algo
codiciado por otras personas. Por haber creado en ellos la
envidia, como en los policías, que me miraban como a un
nene con algo que ellos no podrían tener nunca.
Ellos podrían escuchar sus emociones, no obstante
sea un trabajo arduo y doloroso.
En estos días de bonanza mi tiempo me pertenece.
Decido absolutamente como voy a emplearlo y disfrutarlo.
He implementado como regla ayunar dos días a la semana.
Me permite estar muy en contacto con mis emociones, ya
que no me permito evadirlas comiendo.
A medida que van transcurriendo las horas y, sobre
todo después de nadar o hacer ejercicio, me parece que
tengo los sentidos mucho más sensibles. El aire lo respiro
más puro o más impuro, dependiendo de lo viciado que esté
y lo demás se me hace más vívido. Me gusta hacerlo, creo
que mi alma lo disfruta.
¿La culpa me está hablando de una supuesta res-
ponsabilidad hacia las personas? Supuestamente actuaría
llamando la atención sobre que uno está tomando
responsabilidades que no le corresponden. No lo tengo muy
claro.
A veces, cuando por algo que digo o por alguna acti-
tud que tomo, demuestro el conflicto en la otra persona,
intento hacerme cargo. Como si por el hecho de haberlo
sacado a flote tengo que resolverlo.
Le devolví el llamado a Susana, que fue algún tipo de
reclamo o pedido de ayuda. Me dijo que yo no me preocupo
por ella y yo le respondí que es cierto, que en verdad no me
preocupo.
Sin embargo, volviendo del gimnasio estuve pen-
sando que hay algo que no quiero ver. Por momentos quería
subirme a la idea de ayudar a una persona que me necesita,
cuando en realidad no es así.
Me pareció importante como fue la ayuda de Demian
al joven Sinclair en el libro de Hermann Hesse, cuando el
otro grandulón lo tenía atrapado. Pero lo cierto es que a
Susana nadie la tiene atrapada. De la misma manera que
nadie la deja de lado.
Todo esto me afecta profundamente y me da mucha
tristeza.
Estoy confuso. Por un lado estoy diciendo desde hace
rato que la importancia de mi vida no pasa por el hecho de
salir con mujeres, ni por tener una buena pareja, ni por los
bienes materiales que pueda lograr, ni por la ayuda que
pueda brindarle a los demás individuos.
Cuando descarto todo eso, no me queda nada. O
simplemente lo que queda no logro verlo.
Por otro lado, sueño que cuando hago lo que quiero,
estoy a punto de chocar. Al ver la posibilidad de salvarme
usando la mano contraria, me encuentro con una pick up.
Entonces me resigno a chocar. Pareciera que no me están
dando posibilidad de no chocar, si quiero hacer lo que
deseo.
Estoy queriendo adelgazar con un propósito que no
es bueno para mí. Hace rato que intento hacerlo para
mostrarle a los demás que pude. Es la misma sensación que
cuando quiero lograr éxito con un libro, para echárselo en la
cara a aquellos que no confiaron en mí. Sospecho que la
angustia, una y otra vez, intenta indicarme que salga de ese
camino pero, una y otra vez, no le hago caso.
Llamé a un antiguo cliente para ofrecerle relojes. Me
dijo que no quería sin siquiera agradecerme el que le mandé
de regalo el año pasado. El pesar que sentí intenta
indicarme que no necesito el reconocimiento de las demás
personas.
A veces la persona más rara que encuentro no es lo
suficientemente rara para mí. Soy más raro que el más raro.
Susana me acusaba de ponerme mal cuando ella
actúa de determinadas formas, que no acepto a los demás.
Tiene mucha razón. Estoy solo porque siento un desprecio
por las otras personas, por su forma de confundir las cosas y
no dirigirse hacia la verdad con profundidad. Desprecio su
forma falsa de vivir y me molestan por eso. Rechazo la
confusión sin intenciones de claridad.
Si mi vida no va por estar al lado de una linda chica
de buena clase social (alta), ni por ganar unos pesos más en
el hipódromo, donde trabajo. Si mi vida no va por tener un
buen auto, ni por tener éxito, ni por ser admirado ¿Por
donde va?
Sigo intentando estar con lindas chicas, ganar plata,
ser reconocido y tener éxito entre las personas que conozco.
Sin embargo, sé que todo eso me aleja de aquello que es
realmente de mi interés. Mientras persigo esas banalidades,
se me escapa lo verdaderamente importante.
Hace tiempo que no le encuentro significado a una
nueva emoción. Espero que otras personas me alcancen,
para poder seguir. Intento ser como los demás, cuando en
realidad con cada día que pasa me acerco más a mí y me
alejo de las creencias generales.
Estar con otras personas y prestarles atención, me
parece una pérdida de tiempo. Es como dejar de caminar y
sentarme al costado del camino.
Es contradictorio cómo me separo y a la vez intento
su admiración. Pero aunque percibo muchas veces lo que les
pasa, ya me he indicado varias veces que no los necesito en
mi camino.
Me gustaría entender que me quiero decir cuando
siento culpa. Como una tentativa, diría que me está avi-
sando cuando intento formar con alguien una relación en la
cual hay que ahorrarle al otro los sufrimientos que podemos
causarle, a pesar de que sean parte de su vida. Así, en los
momentos en que le causo alguna pena a esa persona, algo
que la hace sufrir, siento culpa.
Quizás me diga también que intento escapar también
a los genuinos sufrimientos en mi propia vida.
Creo que mi prima Inés le abre paso a la exigencia en
sus clases de teatro cuando pondera un trabajo como lo
hace. Sobre todo cuando se detiene a ensalzar el talento del
actor en cuestión y no el trabajo realizado para alcanzar ese
fin.
No me interesa que me aplaudan. Tampoco me
interesa que me admiren. Pero parece gustarme que
registren que hago algo por ellos, porque me emociono
cuando me lo agradecen de corazón.
Últimamente escribo de mi deseo de ser aceptado y
querido. Me parece que hago las cosas para mí pero,
también, las hago por los demás.
No sé como se relaciona esto con la angustia que
siento por tener que ponerle los apoyacabezas al auto
porque así lo dictaminó una ley. Intento hacerlo, pero con el
menor de los costos para mí.
Domingo primaveral ventoso. El tipo está en su
cuarto escuchando música y empezando a escribir. El tipo
soy yo y siento angustia y tristeza porque Alejandra Macilo,
una modelo que atendí en una ocasión, se va a casar con el
señor Manzano, un político desagradable.
Ella encarna para mí todo lo lindo, lo dulce y lo
suave. Toda la pasión femenina de la vida.
Siento que me abandonó para irse con el poder, las
manipulaciones, la ambición desmedida y la corrupción.
Todo eso representa Manzano para mí.
La emoción de sentirme abandonado me habla de
que no me estoy buscando a mí mismo. Y en este caso
parece decirme, que la búsqueda de lo bueno, dulce y bello
me aleja tanto de mí como la búsqueda de lo malo y
desagradable. Entonces a la verdadera búsqueda, nada le
importa el convencionalismo de lo bueno y lo malo, lo dulce
y lo amargo, lo lindo y lo feo, lo alegre y lo triste.
Debe haber algo dentro de uno que justifique todas
éstas pérdidas.
A veces creo que no acepto a los demás cuando me
disgustan sus caretas. Pero si no los pusiera en evidencia,
me parece que iría en contra de lo verdadero. Acepto a los
demás, no a sus mentiras.
Me llama la atención cuanto tiempo dedico a la
contemplación de mi cuerpo, en fijarme mis defectos.
Ayer, cuando me quité el casco, se veían perfecta-
mente mis entradas. Sentí una gran desesperación y
angustia al pensar que por la moto, estaba quedándome
pelado.
La moto representa mi deseo. Mi pelo la belleza. ¿Por
culpa de mi deseos pierdo mi estética?
Si no me desean ahora, que físicamente estoy bien,
menos me van a querer cuando pierda mi estética y esté
pelado y viejo.
¿De qué belleza estoy hablando?
Las últimas veces que decidí cortar el ayuno, lo hice
por pensar que estaba sufriendo, a diferencia de las demás
personas que podían comer lo que quisieran. En ambas
ocasiones, en vez de intentar leer esa emoción, decidí
zambullirme sobre la comida, pensando que de esa forma
podía dejar de sufrir.
Estaba tomando como una imposición y un sufri-
miento cosas que yo mismo decido y que son por mi bien.
Las relaciono con las dificultades de crecer, lo penoso que
resulta desembarazarme del antiguo Andrés, la con-
centración que requiere seguir los pasillos del laberinto
hacia la salida.
Me parece absolutamente superficial y careta,
mantener conversaciones comunes con la gente, en donde
la confusión y la ignorancia ocupan un lugar mayor que la
luz y la verdad. En donde la búsqueda no existe.
Me angustio ante la belleza femenina. Allí monto mi
deseo de poseer una linda mujer y también tener una buena
relación sexual. Todo esto se me complica de tal manera,
que prefiero ir a comer.
Pareciera que una parte mía quiere adelgazar y otra
no la deja, una parte mía quiere una linda mujer y otra no la
deja, y una parte mía quiere vivir mejor, pero otra no la deja.
Quizás tenga que encontrar alternativas para estas
cosas.
Cuando Eric me devolvió la moto, omitió darme los
documentos de la misma.
No quiero perjudicarme por un olvido de él. Me
parece que es el que tiene que hacerse responsable, por
haber aceptado mi dádiva de habérsela prestado.
La angustia me transporta a pensar en que tengo una
responsabilidad que cumplir, por haber recibido la vida, la
inteligencia y los demás dones.
Intuyo una responsabilidad adosada a cada uno de
estos regalos.
En este punto encaja mi enojo del otro día con
Esteban, cuando al ganar los tantos por suerte y carambola,
se hacía el desentendido. Yo hago lo mismo cuando
juzgando mis dones como poco especiales, escapo a la
responsabilidad que traen consigo.
Cuando mamá me dijo que salía para comprar pollo,
le contesté que no iba a almorzar. Ahora me llegan las
ganas de comer, pero me siento atado por el comentario
que le hice. Me siento obligado por mis propias palabras.
Esto me pasa bastante seguido y es por eso que calculo que
debe estar pasando lo mismo en mi interior, desde hace
bastante tiempo. Me viene la imagen de papá, pero creo que
está relacionado con mamá. Quizás sea una promesa
conmigo mismo, pero me sucede con cosas que yo elijo,
como el ayuno, la natación. ¿La afirmación de un deseo lo
está transformando en un sacrificio?
Hay algo más y tiene que ver con mis afirmaciones,
sean positivas o negativas. Sea porque aseguro desear algo
o no desearlo, luego viene la duda.
¿No es la duda una emoción?
Es una emoción que me dice que estoy dudando de
mi mismo. Y tiene absolutamente todo que ver, porque en
general circulo dudando de mis capacidades, mis pecu-
liaridades y mi singularidad.
¡Siempre que logro leer algo que mi alma me dice,
me dan ganas de llorar de gozo!
Mientras corría me encontré con Cristina. La vi
sintiéndose tan pobrecita, que le dije que más tarde iba a
pasar por la casa, para tomar un té.
Inmediatamente después, me vino a la cabeza que
no quería ir, que prefería no ir. Pero ya me había com-
prometido.
Me siento atrapado por una promesa que hice. Me
siento atrapado. Quiero decirme que no me estoy dando
cuenta que soy libre. No solamente en esta situación en
particular, sino en todo el resto de mi vida.
Me siento gordo otra vez. Comí de más y me da
mucha bronca. Sobre todo no poder comer lo que tengo
ganas, porque engorda. Me molesta estar diciéndome
permanentemente cosas por intermedio de la comida. Me da
odio tener que llegar a hacerme mal físicamente para
decirme algo. No poder bajar la guardia ni un minuto. Estoy
harto de tratarme mal.
Fui a comprar unas cosas a San Isidro y la grúa me
llevo el auto por estar mal estacionado. Después de
maldecir un buen rato, me doy cuenta que me siento
impotente, que no puedo hacer nada al respecto. Alguien
hace algo injusto conmigo y, una vez hecho, yo no puedo
defenderme.
La impotencia me habla de querer controlar a otras
personas.
Tengo un tema importante en la belleza. Considero
que lo mío no es nunca deseado por otras personas. Y que
ser deseable le da a uno poder sobre los demás.
Decidí no salir esta noche, porque mañana se hace
un partido de fútbol festejando los quince años que hace
que salimos del colegio. Como es a las once de la mañana,
no quería estar cansado.
Pero ante esa decisión, me viene el deseo de estar
esta noche circulando libremente con alguna chica, en la
noche cálida. Me imagino disfrutando una charla profunda y
auténtica aunque sea conflictiva. Me gustaría permitirme
una conversación sensual e interesante a lo largo de la
noche.
Mi figura inspiró varios comentarios de parte de mis
antiguos compañeros del colegio. Escuché desde que, por la
espalda que tengo, debo vivir en el gimnasio, hasta que un
hombre de mi edad, con las abdominales así de firmes, debe
tener algún tipo de problema.
Mi buen estado físico les incomodó. Cuando llegué a
casa, empecé a comer.
Eso me sorprende enormemente. No obstante, no
entiendo la razón.
Es un día nublado. Me desperté con una sensación
angustiante. Una especie de miedo a transitar mi egoísmo y
poder perjudicar de esta manera a otras personas. Me freno
a investigar y transitar emociones que para otros no están
bien vistas.
No me animo a ser un egoísta. ¿Qué es ser egoísta?
Hace tiempo que me lo pregunto.
Siento angustia porque desde el sábado, en que los
chicos me dijeron que estaba flaco, empecé a engordar. En
estos pocos días ya engordé tres kilos.
Me sentí muy agredido y despreciado, por tener
buena figura. Pareciera no querer poseer lo que otros
desean.
Fui creciendo todo este tiempo por una equivocación,
por un error. La razón por la cual intenté averiguar e
interiorizarme en mí mismo, fue tratar de ganar batallas
para los demás.
Como esas batallas las tiene que ganar cada uno, la
casualidad me sitúa en una posición inmejorable, pero que
no buscaba, ni me hubiera permitido hacerlo únicamente
para mí. Mientras buscaba a los demás, me fui encontrando
a mí mismo.
Pensaba que sólo podía estar bien, si los demás
estaban bien. Ahora entiendo que puedo hacer muy poco
para que los demás se puedan quitar las máscaras y ser
ellos mismos. Eso lo decide y lo hace cada uno.
Siento en los hombros el tener que ser un
ejemplo para los demás, estando en la vidriera y
desparramándome, para que ellos puedan sacar su
provecho de lo que ven.
Ayer cerré estos escritos, expresando que me
interesaría tener emociones importantes para poder
enriquecerme con sus grandes mensajes. Y que la única
forma de encontrarme es con ellas, en contacto con otras
personas.
Hoy pienso que la forma más fácil de esquivar
esas emociones con las cuales deseo conectarme, es
intentar controlar y premeditar mi vida. Planeando como van
a ser mis días, de forma tal de asegurarme que no me falte
dinero, ni belleza, ni nada que pueda necesitar para dominar
las circunstancias, pierdo ciertamente posibilidades
importantes de aprender.
Últimamente sentí angustia al no estar abocado
a conseguir ese dinero, esa belleza y esas posibilidades
que puedan garantizarme que en el futuro no voy a volver a
encontrarme en el descontrol.
Me ha sido de tanta utilidad lo bueno que fue
pasándome como lo malo, para encontrarme a mí mismo.
En algunas circunstancias, como cuando me robaron el dine-
ro en la pileta: fue de las mejores cosas que hicieron posible
que me acerque a mí mismo y me conecte.
Es así que intentando controlar todo no me hago un
favor, sino por el contrario, cierro la posibilidad de
encontrarme con emociones fuertes que puedan guiarme y
enriquecerme.
Tengo ganas de permitirme disfrutar un poco el aire
nocturno y los olores, mirar la cara de la gente, andar en
moto, escuchar música, hacer gimnasia, jugar squash, ir a
correr, oler la mañana, escribir sentado en mi escritorio.
Tengo ganas de sonreír, putear, llorar, angustiarme. Tengo
ganas de vivir.
Mientras comía como un troglodita, se me ocurrió
que estaba tomando la comida como un placer controlado
por mí.
Cuando supongo que en la vida, cada
persona desea natural y fácilmente lo mejor para los demás,
me equivoco. Entre propios hermanos, la competencia, la
envidia y los celos están instalados de tal forma, que no
dejan espacio para un sentimiento constructivo.
En el sauna pensaba que todavía baso mi
acercamiento a la gente en cosas que considero sin valor,
como ser cortés, simpático (no auténtico), buen mozo,
seguro de mí mismo y en demostrar una imagen positiva sin
importar lo que me está pasando. Así creo que me muestro
"querible".
A mí lo que me pone en contacto es una
persona auténtica, sincera. Que trata de ser ella misma.
Así y todo, cuando se juntan varias personas
que se engañan al mismo tiempo y con la misma receta,
logran a menudo calmar su sensación de insatisfacción. La
mayoría de las veces con pequeñas banalidades que no
duran más que un suspiro común.
Intento imaginarme haciendo cosas sin
aparente sentido, guiado por alguna parte interna que no se
rija por mi intelecto. Quizás en algo ilógico, no planeado, sin
estética y sin objetivo, pueda aparecer realmente algo
auténtico. Pueda aparecer yo mismo, sin estar supeditado a
ninguna ordenanza o religión, ni haber estipulado de ante-
mano cuál sería el éxito o el fracaso.
Quiero ser de una forma establecida para que me
acepten. Intuyo que tiene que ver con formar parte de ese
grupo que sostiene falacias en común para lograr sentirse
satisfechos.
La insatisfacción ¿No es acaso una emoción más?
¿Me dice que tengo que encontrar lo que la haga callar o
que estoy creyendo que hay algo que me falta y que
necesito para sentirme mejor?
Me interesa cuando alguien me habla de cómo
intenta ser él mismo. Cuando las personas se sacan las
caretas.
Un buen escote me gusta, pero no me interesa.
Cuando empiezo a relacionarme con alguien, me
gusta que sea como un vincular de teatro, en donde,
mirándonos a los ojos, vamos abriendo todas las puertas
posibles para que logremos vernos por dentro. Me gusta que
haya buena intención, honestidad y respeto mutuo.
Muchas veces, al pasar la muralla que ponen como
defensa, creo que estoy violando sus reglas. Al ver su
desagrado, no puedo explicarle que mi intención es buena.
Relaciono todo esto con mi familia. Conocí la envidia
y la competencia en casa, de una forma feroz. Yo mismo me
impuse a veces a otras personas, sobre todo a la Negra,
quien en lucha encarnizada, procuraba ganarse algún lugar.
Al ser el menor, todo lo que tuve, fue de más. En
cambio, vi reflejado en comportamientos de los demás cómo
les molestaba mi presencia. Como resultado, dejé de ser yo
mismo, convirtiéndome en lo más parecido a un ente.
Cuando le quito a mi vida la esperanza de que al
encontrar una pareja, todo va a ser diferente, pierde sentido
todo lo que hago.
Si no estoy adelgazando para que me vean ¿Para qué
lo hago? Sin una persona en quién proyectar, me quedo sin
sustentación y empiezo a crearme conflictos para estar
engordando y adelgazando. De esa forma me fabrico una
insatisfacción, para luego satisfacerla.
Siempre pensé que para estar con otra persona en
pareja, debía primeramente estar conforme conmigo, con lo
que hago, con mi forma de ser. Hoy creo que no se puede
llegar a esa satisfacción, porque no existe. Porque nada nos
falta y nada nos sobra.
Me cuesta entender que el sistema para conectarme
conmigo, que tanto resultado me dio, no puedan utilizarlo
los demás. Cuando intento comunicarlo, no me creen, como
si hablara de algo tan lejano a ellos, que no lo pueden ni
empezar a ver.
Sospecho que aun podría ser una persona más
positiva de lo que me permito ser. De cualquier manera, mi
vida transcurre con una pendiente de crecimiento y
fortalecimiento que la llena de valores imperecederos,
agradables y útiles.
Es posible que por estar haciendo las cosas por los
demás y no por mí mismo, me desespere tanto cuando no
me entienden.
Me gustaría encontrar algún objetivo que merezca su
nombre. Algo que aunque sea como excusa y referencia, me
devuelva la sensación de estar yendo hacia algún lugar
definido. Cuando no me siento contenido por ese supuesto
objetivo, me alcanza una sensación alarmante de sinsentido.
Pierde valor aquello que no hago con un objetivo.
Siempre detrás de mis actividades debe haber algo que las
enaltezca, que las justifique. Sin embargo al agregarle un
objetivo a aquellas cosas que hago, pierdo su verdadera
dimensión.
Siento que todas estas reflexiones me van separando
de las demás personas. Con cada día que pasa, con cada
semana que descubro el sentido de varias de mis
emociones, me alejo de lo que vive el común de la gente.
Cada vez es más difícil expresar lo que pienso, con posi-
bilidad que se entienda.
En consecuencia, a pesar de que me considero más
sabio, más prudente y más sereno, el objetivo por el que co-
mencé este camino, se distancia más y más.
Emprendí el viaje con la intención de solucionarle los
problemas a los otros, con el fin de poder acercarme a ellos,
compartir más, de lograr ser y que sean auténticos. Y
quitarme de encima todas esas imperfecciones que
pudieran molestarles.
Por el contrario, comparto menos que antes y la
gente me rechaza en mayor medida.
Pululo por allí, en busca de alguna mujer que me
brinde aceptación. ¿Acaso lo mismo que el rechazo, no me
hablan de estar comparándome?
Pienso que son las dos caras de estar intentando
igualarme a un patrón establecido, por mí mismo o la
sociedad en la cual me muevo, si concuerdo, me acepto, si
no lo hago, me rechazo.
Es martes. Siendo casi las ocho de la noche, voy a ir
a la última clase de teatro. Doy gracias por vivir como lo
estoy haciendo. Me pasan cosas muy agradables, aunque
estimo que si no fueran así, me las tomaría bien de todas
maneras.
En el hipódromo, me dio mucha bronca que un
apostador, a quién había atendido, no se acordara de mí
cuando cobró. Parece que no me estoy acordando de mí.
Sobre todo cuando presto atención únicamente a lo que
supuestamente necesitan otras personas, obligándome a
ocuparme de ellos. Me olvido de mí, de lo que quiero y me
hace bien.
Me desperté sintiendo que algo terrible había pasado.
Insolucionable. Que cambiaba mi vida para siempre.
Cerraba el camino a la serena felicidad de mi niñez,
mientras papá todavía estaba conmigo.
¿Estoy esperando algún tipo de valoración por
haberle sido tan fiel a mi padre? Estuve durante muchos
años confiando en que no me había mentido. Aun cuando
lloviera o granizara, yo permanecí esperándolo.
Pero me mintió, tengo que aceptarlo.
-Me mentiste, viejo.
Pienso en Carolina y me da mucha pena. Me la
imagino sola y perdida, peor que antes de conocerme. Como
si yo le hubiera podido hacer algún mal.
La veo en la lucha, entre querer salir del entorno que
la perjudica pero sin animarse. Muestra cada vez más su
miseria interior, sin darse cuenta que es y lleva dentro suyo
parte de todo, de Dios.
¿Por qué nos será tan difícil darnos cuenta que somos
divinos?
Soñé que me compraba un auto grande, para poder
llevarlos a todos. Era como una enorme moto. Para mí, que
lo manejaba, era muy peligroso e incómodo.
Creo necesitar ayudar a la gente. A que descubra que
las miserias que padece, no son las causas de sus
verdaderos sufrimientos.
También que valoren que me preocupo por ellos.
Cuando paso a algún auto roto o delante de cualquier
persona que me parezca abandonada, intento estar con ella
y en parte compensarla, aunque yo no tenga nada que ver.
Hace días que tengo mi atención en esta sensación
de abandono, que creo que me está indicando que no me
estoy buscando a mí mismo. Es cierto que durante los
últimos días me preocupé de las personas que me acom-
pañaban, olvidándome de mí.
Mientras me entretenía mirando la foto de una
modelo semidesnuda, sentí angustia. Por momentos me
parece que detrás de los pechos femeninos, está la su-
puesta aceptación materna y mi propia aceptación. Me
pregunto qué querrán decir la aceptación y el rechazo de
uno mismo y me contesto que es cuando me estoy
comparando con algún modelo. Cuando creo que debo ser
de una forma determinada.
Siento que en esta navidad, estoy perdiendo la
ilusión de poder llevar a los demás a un sitio agradable. No
abandonarlos a su suerte.
Hoy mientras hablé con Susana, Cris, La negra,
Andrea, no me envolví con sus problemas. Las escuché sin
devolver lo que les pasaba. Creo que ese es mi camino, por
más que pierda la ilusión de ser el portador de una verdad,
con la responsabilidad de explicarla y, a la vez, transmitirla
a todos aquellos que no estén viendo la luz.
Estuve releyendo lo que escribí el año pasado en este
mismo día de navidad. Me gustó poder hacerlo. La diferencia
es muy grande. Crecí tremendamente. Todas las
circunstancias tienen otro sentido para mí. Antes veía el lado
destructivo de las cosas, ahora puedo ver el constructivo y
espero en el futuro poder verlas como son.
Me siento muy triste. Dos veces dejé que mis so-
brinas usaran el micrófono de mi equipo de música. Cada
vez me descompusieron algo. Nadie se hizo responsable, lo
que me da una enorme tristeza.
Me estoy indicando que no necesito que los que me
perjudicaron, se hagan responsables.
Me queda una semana para irme a Brasil. Voy a
hacer régimen para no sentirme gordo. Si lo estoy, es como
si nada de lo que hice tuviera sentido, como demostrarles
que todo lo que digo no sirve. Como si no pudiera servir de
ejemplo.
Cuando estoy gordo, tengo una sensación de rechazo
que quiero evitar.
Me parece que cuando le doy más importancia a
haber descubierto un método para conectarme con mi
interior, que a hacerlo, estoy perdiendo el verdadero valor
de las cosas.
Es la última noche de este año. Comí solo en mi
garage. Mi idea es terminar y empezar el año en pleno
contacto conmigo.
Siento angustia porque el arranque del auto no me
anda y creo que debería haberlo arreglado antes si pensaba
viajar el domingo.
Lo relaciono con papá y con que debería haberme ido
con él cuando se alejó de esta vida.
Si estoy con una persona que quiero mucho y que
por alguna razón, quizás no por decisión propia, le toca irse,
le llega la muerte ¿Acaso no debería haberlo acompañado si
verdaderamente era su camarada? ¿No me comporté como
Pedro, que negó a Jesús, tres veces?
Pasaron varios días desde la última vez que me senté
a escribir. Ahora, estoy bien ubicado en una casa sobre la
playa de los Ingleses, en Brasil. Considero más importante
que todo lo externo que me está pasando y, que es muy
lindo, al cúmulo de emociones y sensaciones que me
envuelven.
Siento tristeza, con algo de agradecimiento.
Ayer, una serie de acontecimientos me llamaron
fuertemente la atención. Fuimos a buscar a una de las
chicas al aeropuerto y, cuando volvíamos y a modo de
juego, paramos en una cabaña de un barrio pobre de
pescadores, para hacerle creer a Mónica, la recién llegada,
que era esa humilde casita la que habíamos alquilado para
pasar los días de vacaciones.
Después de las risas y ya llegados a la verdadera
casa, descubrí que me faltaba la plata y una calculadora que
llevaba en el bolsillo.
Decidido a recorrer el circuito que habíamos hecho
esa noche, partí solo en el Peugeot, con pocas esperanzas,
pero con gran determinación.
Ya se había hecho cerca de medianoche, cuando
mientras revisaba los alrededores del barrio pobre, donde
habíamos estacionado, surgió de un pasillo angosto y
obscuro, un brasilero con cara de pocos amigos, para
averiguar qué hacía yo por ahí.
Para mi mayor sorpresa, detrás de él apareció una
garota. Una mulatona de figura de deportista pulposa, con
un top sexy y una sonrisa.
Como no llegábamos a entendernos con el hombre,
ella empezó a tratar de comunicarse conmigo. Comprendió
que yo buscaba algo que había perdido y me dijo que el
pescador de la primera cabaña lo había encontrado pero,
que por desgracia, no volvía hasta las seis de la mañana.
Mirándome a los ojos, me preguntó si no quería ir a
tomar unas cervezas con ellos, que salían en ese momento y
así esperar tranquilamente a que se hicieran las seis.
Luego de recorrer caminos desconocidos, obscuros y
sinuosos, llegamos a un pub sobre la playa donde tocaba un
conjunto de hombres de color.
Sentado en la cabecera de la mesa y sin terminar de
comprender lo que pasaba, era el destinatario de las
miradas divertidas y ardientes de la dama.
Como al volver, todavía quedaba más de una hora,
para que volviera el pescador, me invitó a pasar a su casa,
en donde nos tiramos en una cama improvisada, con su
pequeño hijo entre ambos.
Tanto ella, como su hermana menor y un amigo de
la familia que estaba de visita, me trataron como a un rey.
Me ofrecieron todo cuanto tenían.
Pasadas las seis, llegó el hombre que esperábamos.
Después de un par de preguntas, para comprobar que yo
era el dueño, me devolvió el dinero.
Se me cayó la cara de vergüenza, cuando me pre-
guntó para qué habíamos estacionado frente a su casa. Le
contesté que estábamos jorobando un poco, pero mi
atención se concentraba en lo torcida que estaba mi escala
de valores. Esa noche, había estacionado frente a la casa de
ese hombre, para reírme de ella con mis amigos. Ese
hombre honrado y gentil que, además de devolverme el
dinero, me ofreció, de regalo, pescado fresco.
¿Quién debía temerle a quién?
Anoche, todo ese barrio pobre me dio una lección.
Una lección que espero no olvidar jamás.
Estoy sentado frente a una ventana, viendo como
pasa una tormenta por el mar. Viento y nubes negras.
Siento una tristeza profunda que no se si es mía o del
que compuso la música que estoy escuchando. Qué más da.
Me veo como oponiéndome o defendiéndome de
algo. Creo varado mi crecimiento espiritual. Los días
transcurren fácilmente.
Debería estar conectándome más. Buscando más.
Aprovechando más lo que me pasa.
Me molesta dejarme llevar por una supuesta acep-
tación y unidad con las personas con las que me encuentro,
aun cuando sea sólo en apariencia. Pero, por otro lado,
algunas conversaciones me muestran claramente, que
detrás de esa conveniente "normalidad", ocultan verdaderas
personas sensibles y preocupadas por lo que la vida implica.
Hasta ahora, no los miré realmente. No intenté verlos
en verdad. Quizás para no entrar en conflicto.
A pesar de que intuyo que estoy diciéndome cosas
importantes, no puedo transitar esas emociones con la
gente con la cual me encuentro. Los veo hablar sin saber lo
que dicen, sin saber de lo que hablan en realidad y sin saber
lo que les va pasando.
Varias veces en el día me veo tentado a dejarme
llevar por ese accionar colectivo, que los lleva a separarse
únicamente para dormir. El resto del tiempo se encuentran
siempre acompañados, hablando superficialmente y si pizca
de autenticidad.
Empezaron a llamarme "Sidharta", por mis ideas y la
imagen que doy. Permanentemente hacen alusiones a lo
que como, digo y hago. Sobre todo a lo que debería hacer y
lo que no debería hacer.
Sospecho en estas actitudes, una reacción a algún
tipo de presión mía. Trato por varios medios que se den
cuenta de las cosas que creo. Debe ser por algo, pero no
logro entenderlo.
Me veo explicándoles cuando algunos de mis actos
son premeditados y tienen un sentido. Me debo creer en la
responsabilidad de no dejarlos en la penumbra, cuando yo
pude encontrar la luz sobre algún asunto.
Esta mañana estuve haciendo ejercicios de control
mental y leyendo un poco para conectarme conmigo mismo.
El resultado fue muy bueno.
Muchas veces me pregunto cómo va a ser el primer
saludo que nos demos por la mañana.
Como me encontraba de buen ánimo y con energía,
me saludé muy bien con Mónica, cuando la crucé en la
escalera y, también, con Joe. Sin embargo, cuando vi a María
Inés, parada de espaldas en la cocina, no quise saludarla.
Esto también me pasa en Buenos Aires, supongo que
ponerme en contacto con mala onda, me va a perjudicar.
Estoy solo sobre una excelente casa sobre la playa.
Los demás se fueron a hacer un paseo de visita a unas islas.
Anoche cuando me invitaron, no quise ir, pero cuando
desperté esta mañana y todos se habían ido, me sentí triste.
Intuyo que una parte mía no quería ir y otra no quería que
los demás fuesen.
Estas imágenes me llevan directamente al momento
de la muerte de papá. Yo no quise acompañarlo, quizás
porque no me interesaba ese tipo de relación y, a la vez
morir, pero, por otro lado, no quería que se fuera. Seguro
que muchas cosas de esa relación me hacían sentir seguro y
bien.
Cuando comencé este camino de búsqueda dentro
de mí, pensaba que en algún momento -aún hoy lo pienso-
iba a haber una llegada a un lugar, donde todos los su-
frimientos, penas y dolores, iban a resolverse.
Entonces me confundo creyendo que sigo este
camino buscando ese alivio, cuando lo hago por otra razón
que no comprendo.
Pensé que encontrando un medio para aliviar la pena
y el dolor en los demás, iba a ser aceptado, les iba a caer
bien.
Ahora más bien se me ocurre que con esta particular
manera de pensar, es posible que sea más rechazado que
antes. Aun así, en mi movimiento, encontré ciertos valores
que ciertamente ayudan a mitigar ciertos sufrimientos y a
comprenderlos.
De cualquier modo, mi fuerza motivadora es mi
propia percepción de que hay un orden y un sentido en las
cosas que pasan. Una fuerza que todo lo envuelve. Creo que
estoy mucho más conectado al mundo que por intermedio
de mis cinco sentidos típicos.
Los demás llegaron del viaje en barco, de modo que
tuve que subir a mi cuarto para seguir escribiendo.
Estos pensamientos me parecen un buen lugar para
anclar. Muchas veces antes me pregunté el sentido de mi
búsqueda. Al ir encontrando riquezas en mi camino, supuse
que eran la razón. Pero mientras mantenía conversaciones y
discusiones con otras personas en donde intentaba
demostrarles las ventajas de mi búsqueda, a pesar de que
fuera difícil de seguir, indagaba en esos argumentos el
verdadero sentido, porque ya me había dicho que no era por
un logro, una riqueza, una sabiduría o un éxito, sino más
bien por la búsqueda de algo que tengo certeza que percibo,
que está allí.
Persigo no dejarme llevar, como los demás, por estar
permanentemente acompañado. Particularmente me
desarticula, me quita armonía.
Cuando lo pienso, podría no ser verdad, pero de cualquier
modo, es seguro que no me ayuda a encontrarme.
Me doy cuenta que dejo de ser yo mismo con los
demás, por miedo. Me escondo.
Hacía muchos días que no escribía. Recién ayer
quede completamente solo, cuando se fue Joe, el último que
quedaba del grupo.
Ahora estoy en un camping frente a una playa
bárbara. Desde donde estoy puedo ver el mar. Mi idea es
quedarme unos días acá para buscarme a mí mismo con
tranquilidad. No me resulta fácil.
El color del agua es turquesa. Estoy sentado en mi
sillita, a la sombra de unos árboles, entre la carpa y "la
nave", como bautizaron al Peugeot.
Estoy por ir a la playa, pero antes me gustaría sacar
algunas conclusiones de lo que voy pensando. Intuyo que
la mujer está representando, para mí, algo que yo creo
necesitar para estar bien. Algo que considero importante,
pero que en realidad no le es.
Hace un tiempo que escribí que la aceptación o no de
uno no tiene verdadero significado, como si uno estuviera
detrás de un modelo determinado y, de esa forma, se
estuviera autolimitando.
Ya se hicieron las ocho de la noche. El sol se esconde
detrás mío. Yo escucho a Elton Johnn, sentado
cómodamente mirando el mar.
Tomo café.
Me viene a la cabeza el momento en que discutimos
con Joe y él decidió irse a Florianópolis para volverse a
Buenos Aires antes de lo planeado.
Me viene a la cabeza la tristeza que sentí cuando
quedé solo en el departamento imaginándome su garrón por
tener que irse así.
Aun sabiendo que si se quedaba conmigo, yo no iba
a poder estar tranquilo, con una incontenible emoción fui a
buscarlo a la parada del colectivo para convencerlo que
volviera, que se quedara unos días más. Aun sabiendo que
cuando estoy con él, siento fácilmente su mala onda, su
juicio permanente y sus ganas que yo sea de otra manera,
de la que soy.
Unos días después, cuando lo llevé hasta la ciudad
para que tomara el ómnibus de vuelta a Buenos Aires,
descubrimos que en vez de venderle un pasaje directo a Bs
As, le habían vendido uno que pasaba por Rosario y no sé
cuantos lugares más. Él, indignado, no quería subirse. Yo
sentí que no quería que se quede. En ese momento pude
ver, sin lugar a dudas, que le había pedido que se quedara
para evitarle el mal momento de irse antes de tiempo y de
esa forma.
Ésta tarde, mientras caminaba por la playa, pensaba
en que creo necesitar ahorrarle momentos feos a los demás.
Ellos piensan que soy un egoísta y que únicamente pienso
en mí.
Intento imaginarme la vida sin una necesidad de
aceptación de nadie, ni de nosotros mismos, ni de los
demás. Queremos ser aceptados o nos sentimos rechazados
cuando estamos tomando como bueno a un modelo
determinado.
Si me permito hacer desaparecer, dentro de mí, a los
modelos establecidos del ser, voy a dejar de compararme y
de esa manera abrir las puertas a la vida, dándole un lugar a
la creatividad, la particularidad y la singularidad de cada
uno.
Amaneció otro día espléndido. Me desperté ocho y
media. Fui a la playa a hacer mis ejercicios de yoga y
después me quedé bañándome, barrenando y leyendo,
hasta casi el mediodía.
Me cuesta creer que aunque voy haciendo lo que
quiero, como buscarme a mí mismo y no dejarme llevar en
lo posible por deseos superfluos, me viene el deseo que
acaben estos días, para volver a la infame rutina de Buenos
Aires.
Me siento perdido y creo que es una sensación muy
rica. Cuando decido aceptar que no hay nada escrito, que no
hay modelos para seguir, me siento perdido.
Me parece que se acerca una tormenta. Me aparece
el miedo de pasar un mal momento con mucha lluvia en
esta carpa.
Hoy estuve en todos los extremos. Desde quedarme más de
lo que había planeado, hasta irme ya mismo.
Por momentos me parece que esto es lo que busca-
ba. Estar conmigo mismo en un lindo lugar. Gozar del sol.
Del mar.
En otros, quiero escapar, por la sensación de que
puedo pasarla mal. Como cuando me meto mucho en el
mar, no compro las cosas que quiero antes de que cierren el
supermercado o cuando pienso en que no tengo linterna y
me puedo quedar a obscuras en un momento difícil.
En casi todos esos momentos, empacaría y volvería a
casa, pero estoy seguro de que la cosa no pasa por ahí.
Estoy escuchando muy buena música y la tarde está
muy linda. Sobre el mar está despejado, con un horizonte
entre celeste y rosa. Sobre mi cabeza, en cambio, los
nubarrones tienen intención de mojarme.
Se empieza a formar en mi cabeza una idea para
indicarme que estoy preocupándome por mi profesión, por
mi futuro, porque cada vez estoy más pelado, porque se me
está pasando el cuarto de hora.
Empezaron a caer gotas. Escribo debajo del techito
de la carpa, como si fuera un porche. Ya casi no tengo luz, ni
linterna. Llovizna y apenas alcanzo a ver lo que escribo.
Lo que uno imagina que puede pasarle, parece ser
siempre peor, más terrible que la realidad del hecho. Mi
sopa marcha en popa. Disfruto la lluvia, sentado cómoda-
mente en mi sillita, debajo de la antecarpa.
Me preocupa la sensación de hostilidad que siento
del mundo hacia mí. Ya he comprobado que actitudes
hostiles, no necesariamente significan un verdadero rechazo
de la otra persona hacia mí, sino que a veces es todo lo
contrario. Por eso, me interesa separar rechazo y hostilidad,
y a ambas separarlas de todo lo que sea mala onda y
agresión.
Supongo que todo esto proyecté esa noche que vi
como dos arañas intentaban alimentarse cada una de la
otra. Me pareció sumamente agresivo y difícil de soportar
que la que venciera se alimentara de la otra.
La más pequeña y de patas largas era la que pro-
movía la lucha. Intentaba arrastrar a la otra -más grande y
maciza pero de patas más cortas- hacia sí. Cuando para
hacerlo se afirmaba acercándose lo suficiente, la que
tomaba el rol atacante, era la más voluminosa. Entonces, la
cazadora, se convertía en presa. Al ser más ágil, la pequeña
se alejaba a tiempo y la función comenzaba de la misma
manera, una y otra vez.
Estuve un largo rato mirando esta demostración, con
todo el alcohol de una salida nocturna y todo el cansancio
de la madrugada, hasta que convertido en bestia, intenté
envenenarlas con insecticida.
De alguna manera pienso que Susana y Joe res-
ponden hostilmente hacia mí, porque sienten que los
amenazo de alguna manera. Pueden tener razón, porque
aborrezco mucho de lo que ellos piensan.
Aceptar la mala onda de alguien, sabiendo que es
algo real, se me hace muy difícil. Por ahora me opongo a
todo el mundo que me tire mala onda, inclusive si está
motivada por sentimientos positivos.
Otra vez Buenos Aires. Otra vez mi cuarto, mi
escritorio. Otra vez Pink Floyd ¡Mi equipo de música! ¡Otra
vez mi moto! Mis cuadros, mi teléfono, mi cama, mis cosas.
Yo.
Depender de los demás me hace sentir inseguro.
Como si perdiera mis derechos, mi espacio y tiempo propios.
El conflicto aparece cuando intento hacer el inter-
cambio. Entonces, vendo mi libertad, mi seguridad y la
confianza en mí mismo, por la supuesta promesa de un
bienestar mayor. Durante ese lapso, vivo caminando por
una cornisa. Soy una persona al borde del precipicio, muy
fácil de derrumbar por la no aceptación ajena, que
convertiría todo el esfuerzo, automáticamente, en un
sinsentido.
Hay veces que mendigo alimento para un ego que
me aleja de mí mismo. Cuando resulta, entro en un círculo
que se mantiene a sí mismo. Cada vez quiero agrandarlo
más. Como un jugador, subo la apuesta. Al final, termino
siempre con la aceptación y admiración de los demás, como
mi propio carcelero. Se convierten en mi amo.
Aquí estoy, sentado frente a mi escritorio en un día
espléndido de fin de verano, pensando que debería estar
buscando alimento para mi amo y señor, mi ego.
Cuando no me dejo llevar por lo corriente y superfluo,
e intento ser yo mismo, me viene la sensación tan temida:
aburrimiento.
Ante ese vacío automáticamente trato de buscar
algo, querer hacer algo o tener deseos que perseguir y tratar
de cumplir. Aun cuando hubiéramos comprobado con
anterioridad que no nos llevaron a nada. (me parece
importante como comencé la frase en singular, para ter-
minarla en plural. Estaba pensando en las ganas de ver a
ciertas personas con las que tuvimos algún affair que no
resultó) Seguramente si quisiera volver a verlas, me en-
contraría frente al mismo problema.
Estuve intentando conseguir con lo de Mac. Me pone
muy nervioso hacerlo. Esa como tratar de comunicarme con
quien no está. Como tratar de hablar con alguien que
quisimos, pero que ya no está. Es como tratar de hablar con
papá.
Relaciono todo esto con el vacío que queda en mi
vida cuando me tiene a mí mismo como protagonista.
"El protagonista", debería llamarse la historia de mi
vida. Sin embargo, permanentemente busco metas que
justifiquen mis acciones. Como si quisiera encontrar una
razón que le de sentido a mi vida. Una razón superior a mí
mismo.
Todo el día estoy pasando el tiempo. Me parece que
lo pierdo. Con la impresión que debería estar haciendo otras
cosas de las que hago. Fundamentalmente porque no hago
nada muy útil.
Hoy fue un día lluvioso. Ya son las seis de la tarde. Vi
una película por video y comí, y comí, y busqué el video e
hice alguna compra.
Ahora, veo mi día como un desperdicio. No me
preocupa el tiempo que perdí, sino el que tengo por delante.
Voy a hacer un esfuerzo para ir a correr.
En general estoy muy desganado. No encuentro
ganas de leer, ni de escribir. Me gustaría ver solamente
películas buenas y leer cosas buenas, que me gusten. Pero
¿Cómo hace uno para encontrar personas, películas y libros
que le gusten, sin probar y estar con aquello que no le
gusta?
Estoy transitando mi primer ayuno después de
mucho tiempo. Cuando dejé de hacerlos, me alejé de mi
mismo. Comiendo puedo mantenerme apartado, cosa que
no puedo hacer mientras ayuno. Se vuelve insoportable.
Por eso vuelvo a hacerlos. Para no permitirme jugar a
las escondidas por más de cinco días seguidos. (los otros
dos ayuno)
El miedo me habla de la indestructibilidad de mi
alma. Inclusive cuando podemos ser lastimados físicamente
y aun asesinados, no podemos ser destruidos.
Si verdaderamente los demás son tan indestructibles
como yo mismo, entonces ¿Por qué y para qué ayudarles?
¿No sería ayudarles a sostener sus caretas? ¿Cuál sería
entonces una ayuda real?
Aquella que los ayudara a ponerse en su eje, aquello
que los acercara a su autenticidad.
Me aparecen dudas con respecto a esto ¿Las cosas
no están bien, aun cuando tenemos caretas? Pienso que no,
creo que la careta, como la mentira es lo que más nos aleja
de nosotros mismos. Es el antídoto contra la autenticidad y
por lo tanto lo contrario al crecimiento y desarrollo.
Considero que cualquier suceso o circunstancia
puedo ser beneficiosa para mí, siempre que la viva au-
ténticamente. Siempre que mis emociones sean genuinas y
me permita transitarlas. Pero ningún beneficio puedo
extraer de situaciones, supuestas por la mayoría como muy
buenas, si no transito auténticamente las emociones que
ellas derivan en mi interior.
Hoy fui a una clase de tercer año de teatro. De golpe,
Inés me dijo que pase a actuar. No estaba preparado. Actué
basándome en hacer lo que sintiera orgánicamente. Me
pareció que a pesar de que no había logrado mi objetivo, en
el trabajo había sido bueno. Sin embargo, la crítica fue mala.
Inés dijo que se diluía.
Cuando Inés hace la crítica, sentí angustia.
En el momento en que la opinión pública es contraria
a mi opinión personal, pienso que nada puedo hacer, que en
nada puedo confiar.
Si no puedo confiar en mí mismo ¿En quién puedo
confiar? Ya hace bastante tiempo que circulo con esto de
confiar o no en uno mismo.
Por un lado, si vos confiás en vos ¿Es porque pensás
que tenés razón, aun cuando los demás opinen diferente?
Por otro, si no confiás en vos ¿Es que es posible que
estés equivocado, aun cuando los demás te den la razón?
¿Puedo confiar en mi intuición? Esta pregunta
descubre mi conflicto actual: ¿Puedo fiarme de lo que
presiento? ¿Puedo dedicarme a tratar de desbaratar caretas
confiando en lo que mi intuición me dice?
¿Está bien que confíe en mí mismo?
Me iría a dormir.
Sigo con el ayuno. Me siento derrotado. Me siento en
falta. Como si no hubiera hecho mi deber, y a la vez, como si
me hubiese dado cuenta que no voy a poder hacerlo
tampoco en el futuro. Y tiene que ver con que mi deber no
depende únicamente de mí.
Fue una improvisación con otra persona. No puedo
hacer yo una excelente improvisación de a dos. Se hace de
a dos. Mi deber aparece más allá de mí mismo, y tiene que
ver con otras personas.(Como el sueño que tuve, en donde
me quedaba porque tenía que hacer algo que los demás no
sabían hacer. Pero dependía a la vez, de que ellos hicieran
su parte.)
Como la emoción que sentí, después de la improvi-
sación, y ante la crítica de Inés, fue angustia, me está
llamando la atención con respecto a que eso mismo me está
sucediendo más profundamente en mi vida.
Estoy tomando la responsabilidad por algo que no
me atañe solamente a mí.
Me siento perdido. No porque mi vida no vaya
avanzando hacia un rumbo definido, aunque no sepa cuál
es, sino porque no actúo al personaje que seguiría mi
camino, sino a otro. Y allí aparece mi conflicto.
Es como si fuera a la playa, vestido con ropa de
esquiar. Pero cuando me pongo traje de baño, y estoy con
personas vestidas en ropa de sky, me siento fuera de lugar.
Cuando me visto con ropa de sky, pierdo el
sentido de mí mismo.
Dentro de un rato voy a ir a trabajar. Cuando
voy al hipódromo me pongo la ropa de sky y trato de ganar
la mayor cantidad de plata posible, como si eso fuera el
sentido de mi existencia.
Sospecho que es por ello que me cuesta tanto
ayunar en el trabajo.
Cada vez que salgo de noche, es como una
prueba, para ver si puedo competir en "la carrera de los
solteros", y darme cuenta si mi imagen es deseable en el
mercado de la calle.
Muchas veces por ello, siento angustia. Como
si fuera a remate.
Supongo que la angustia me indica que en otras situaciones
estoy haciendo lo mismo. Estoy midiendo todos mis actos
según su supuesto valor. Tasándolos para determinar si mis
actitudes son valiosas ¿Es más valioso querer enseñar que ir
a nadar? ¿Es más valioso pensar que ganar plata?
¿Qué es más valioso, ser yo o un hombre de éxito?
Mientras siga tasándome permanentemente, no
importa la escala de valores que utilice. El estar valuando
permanentemente mis actos y mis actitudes hace imposible
que pueda ser yo mismo.
Aquí es donde me doy cuenta que estoy siguiendo
este camino de casualidad. Engañándome al convencerme
que en algún nivel, agrandando y profundizando mi
conciencia, voy a lograr disfrutar más y lograr un mayor
valor en el mercado de las personas en el mundo.
Pero si comprendo, no voy a necesitar salir al
mercado para venderme.
Llegó el otoño. Un día fenomenal. Me enojé mucho
conmigo mismo cuando al querer ganarle a Turu jugando al
squash, empecé a pegarle tremendamente mal.
Estar sentado frente a mi escritorio, escribiendo, me
causa una sensación de placer mayor a lo que me permito
admitir.
El hecho de intentar ubicarme sobre mi propio eje y
disfrutar estar tranquilo y solo, aprovechando lo que
conseguí con esfuerzo mirando hacia mi interior, se me hace
incompleto. Siento que debiera esperar algo más. Me siento
egoísta y juzgo que debería ir por otras almas, para
mostrarles este camino que no me animo a hacer solo.
Por otro lado, me parece que cuando no me permito
disfrutar plenamente el gozo de escribir, es como cuando
empiezo a pegarle mal a la pelota de squash. Esto
aparece con la necesidad de triunfar, de competir, de
juzgarme y de venderme.
El éxito y la aceptación ajena no son valores esen-
ciales, pues no me conducen a nada. No me acercan a mí
mismo. Me alejan.
Me pregunto si ayer no oculté con la bronca una
tristeza. Es posible que así lo haya hecho. La tristeza me
estaría indicando que yo no necesito ganarle a Turu, para
vivir. Que no necesito triunfar para lograr imponer mis
métodos, como una forma de ser escuchado y atendido en
una sociedad donde el segundo no cuenta.
Tiene sentido decirme que no necesito triunfar para
que los demás conozcan y escuchen aquello que voy
descubriendo en mi camino.
¿Cómo podría ganar una carrera si voy por otro
camino?
En estos días estuve muy conectado con la tristeza.
Hoy vi a una chiquita llorando en la farmacia y casi lloro yo
también.
Estoy por cumplir años y me doy cuenta que en
realidad a nadie le importo un carajo. Pocas personas me
conocen realmente y, de ellas, a casi ninguna le interesa lo
que me pase. Eso me da mucha tristeza.
Llegó mi cumpleaños. Mientras escribo embargan a
mamá en la parte alta de la casa. Lo vivo como algo terrible.
También a que se me haya roto el auto y, también, que esté
resfriado.
Vivo estas cosas como una pesadilla. No consigo ser
objetivo y lo veo desdibujado, como si fuera una película de
terror.
Estos días en que hace calor me transportan a esos
días quietos que pasaba en la casa de San Isidro, sin tener
nada que hacer, escuchando el sonido de las chicharras.
En esos días me imponía estudiar, para lograr un
pasaporte a la normalidad y al reconocimiento.
Reconocimiento. Algo que busqué desesperada-
mente por muchos años y que sigo sin comprender su sen-
tido. ¿Qué hay detrás de buscar el reconocimiento de los
demás?
Hay veces en que las emociones me abandonan. No
me guían, ni me hacen sentir que mi alma está allí. Por el
contrario, aparece una calma chicha, un silencio alarmante.
En esos momentos no tengo ni idea la razón por la
que hago las cosas a ningún nivel y me siento en anarquía,
solo y desvalido.
En cambio, mientras estoy triste o enojado, o alegre o
abatido, tengo confianza, porque en la profundidad de mí
mismo, mi alma, esa energía divina que provoca mis
emociones, guía mis pasos.
Cualquier cosa podemos perder, menos el alma.
El camino que muestra el sentido de las cosas que
me van pasando y como son en mi provecho, se encuentra
ahora con otro, en el cual lo que pasa no depende exclu-
sivamente de mí.
Tiene que ver con la improvisación del otro día, en la
cual, si bien yo estaba permeable, como el otro actor no se
vinculaba conmigo, no pude lograr el vínculo. O sólo hubiera
podido lograr ese vínculo, sin vínculo.
El otro día, en dos oportunidades hice propio un
problema que no era mío. Y sentí angustia.
El saber que hay fuerzas que no domino, me in-
tranquiliza. Me hace pensar que las cosas están mal hechas.
Que es injusto.
Quizás esté queriendo mayor participación, que los
demás huéspedes, en el mundo.
El resfrío me joroba desde hace rato y no le en-
cuentro un sentido. Quizás sea para boicotearme el éxito de
mis empresas, como pegarle mal a la pelotita, cuando juego
squash. ¿Con qué sentido voy contra mi propio éxito?
Hace más de una semana que se me rompió el auto y
no lo arreglé. Eso es raro en mí. Algo debe querer decir.
Mi problema, en este momento, es que estoy cum-
pliendo años y que, a pesar de haber tomado las medidas
para estar en mi eje y sentirme en contacto conmigo mismo,
no estoy bien.
Esto no quiere decir que esté alejado. Mi presente es
estar resfriado, contrariado por las muchas cosas que hago
en contra mío, a las cuales no logro sacarles provecho.
Si bien me dije que no necesito el éxito, cuando no
me permito tenerlo, me enojo y considero que me estoy
perjudicando, por no dejarme tener algo que no tiene valor.
Mientras me entrenaba para correr la maratón de
Nike, iba pensando en superar a otros, para ser mejor que
ellos. Compito bajo la excusa de que el deporte me hace
bien. Creo que quiero demostrar que estoy mejor que los
demás, para que me sigan. Intento lograr un éxito que me
permita cambiar el mundo y como están las personas en él.
Hice unos chacras y me di cuenta que no quiero
mostrar debilidad ante los demás. Me sentí mucho mejor del
resfrío y me fui a entrenar para el domingo. Otra vez, al
sentirme competitivo, me esforcé y me contracturé una
pantorrilla.
Apenas me siento mejor, vuelvo a competir, en vez
de disfrutar las cosas de otra manera. Si se desvaneciera el
dolor en la pierna, seguro que estaría pensando si voy a
correr más rápido que Joe.
Me gustaría poder comprender el sentido de toda
esta competencia, porque no creo que sea simplemente un
error mío.
Aún hoy me da vergüenza trabajar en una ventanilla
del hipódromo. O por lo menos me hago cargo de la
vergüenza que les da a otros. Vergüenza ajena, supongo.
Hasta mis logros más importantes, parezco dedi-
carlos a una competencia, en la cual, si es que se beneficia
alguien, son quienes no compiten.
Corrí la maratón. Con un gran dolor en la pierna
y mucho calor. Sobre el final me prendí con otro corredor,
intentando ganar una carrera personal. En esa carrera
desenfrenada por superarlo, perdí mi visera.
Físicamente me sentí muy mal por ese esfuerzo final
hasta la meta. Con una gran deuda de oxígeno.
Como escribía ayer, de la competencia que esta-
blecimos con ese otro corredor, se benefició alguien que no
participó. Supongo que alguien del público o que corría con
nosotros, que cuando se me cayó la visera, la levantó y se
quedó con ella.
Cuando el año pasado, empecé a leer mis emocio-
nes, me pareció descubrir la forma de librarme de las
caretas y de emociones y situaciones penosas.
Me imaginaba la vida, con el mismo sueño o ilusión anterior,
pero con un punto de vista diferente.
No pensaba entonces que cada mensaje que me
llegó de ahí en más, iba a estar tan en contraposición con
esa ilusión de vida.
Si durante el principio era el éxito lo que más me
interesaba, cada vez que se presentaba una oportunidad,
por medio de la alegría o la tristeza, mi alma estaba allí
para indicarme que no era eso lo que necesitaba.
Si mi preocupación iba por como obtener dinero y ser
poderoso, mi alma a través de la envidia a alguno que
representaba eso, me mostraba que no era lo que deseaba.
Cuando me preocupo por como voy a mantenerme
económicamente en el futuro, contracturo la parte baja de la
espalda (falta de apoyo financiero), para indicarme que me
quede tranquilo.
Siempre quise aceptarme a mí mismo. Pero a través
de esa emoción mi alma me indicó que era una forma de
estar comparándome con el resto. Que soy único, y no
necesito aceptarme, ni rechazarme, sólo ser auténtico.
Cuando empiezo a ponerme contento por la moto
que tengo, automáticamente dejo de querer prestarla. Un
indicio claro de que la estoy sobrevalorando.
Cada vez que imagino al mundo y a la vida de una
forma determinada, y empiezo a actuar en concordancia,
aparece mi alma, diciéndome que no es asá, ni asá.
Cuando creo que el sentido de mi vida está en
divulgar esta forma peculiar de pensamiento y en ayudar a
las personas a quitarse las caretas, invariablemente siento
angustia, por estar haciéndome cargo de los demás.
Mi interior anula todo tipo de ilusión. Tanto de las
cosas que quiero poseer como las que quiero lograr de mí
mismo.
Generalmente vivo la sensación de estar buscando
tranquilidad en mi días. Una serena seguridad de un futuro
cierto. Sin embargo, mi alma se opone con aullidos
angustiados en mi interior. No hay que controlarlo todo. De
esa forma no se puede vivir.
Pepe me invitó a un almuerzo en el centro, para
festejar su cumpleaños. Se me hace difícil estar sin careta
frente a gente que tiene una puesta.
Aunque siempre pensé que cuando me encontraba
con alguien con careta, tenía solamente dos posibilidades:
quitársela o ponerme una, ahora se me ocurre que ello
demuestra que no puedo resistir la observación de los
demás. No me gusta ser el único expuesto.
Un compañero de teatro me preguntó cuantos años
había cumplido. Yo le respondí: uno. No le dije treinta y tres.
Eso me sorprendió, y decidí buscar entre estos
escritos, para ver si encontraba alguna señal de ese
supuesto nacimiento.
Hace exactamente un año, escribí mi renacer. (pág.
142)
Temo que cuando empiece a acercarme a mi eje,
desaparezca la guía de mis emociones y no sepa qué hacer.
Encontré la fortaleza detrás de la debilidad. Soy más
fuerte cuando acepto mi debilidad. No necesito esconderla,
ni negarla.
Visto desde el afuera, podría aparecer como una
flojedad, una flaqueza.
Ser auténtico dejándose llevar por la verdadera
corriente vital de uno, no pasa por perseguir los deseos, sino
por escuchar más profundamente.
Mi guía son todas mis emociones.
Ayer aparecieron ante mí los ídolos de barro a los
cuales dono mi vida. Apareció la necesidad de controlar las
cosas que me pasan. La ilusión de poder hacernos cargo, a
través del dinero, de todo lo que necesitemos. El éxito para
poder ubicarme en donde supuestamente tendría que estar.
Para poder colgarme, tipo árbol de navidad, todos los
adornos. Para poder elegir. Para poder hinchar el pecho y
opinar. Opinar y que nos escuchen porque tenemos éxito.
Pero seguramente nos escucharían las personas que
persiguen la misma ilusión. La necesidad de lo socialmente
valioso, para vivir como hay que hacerlo. El verdadero valor
de vivir, de ser uno mismo y transitar en forma valiosa -por
lo única-, fue reemplazado por creencias, en donde las
diferencias de las personas, son desniveles de valor y de
poder.
Ayer descubrí que estaba aceptando al dinero y a la
autoridad como valores dignos de alcanzar con esfuerzo. La
belleza completa el trío de valores que no comprendo.
Cuando veo una mujer hermosa, siento angustia.
También, en muchos casos impotencia.
La impotencia me indica que estoy queriendo incidir
sobre otras personas. Es verdad. Quiero cambiarlas, que me
escuchen, que se den cuenta, que dejen de sufrir
gratuitamente.
La angustia me lleva a una llamado de atención. No
puedo descubrir cuál es.
Me enoja que las personas se violen a sí mismas,
cuando acceden a hacer cosas, por miedo a un mal que
suponen mayor.
Si me enoja es que estoy haciendo lo mismo, con-
migo, en mi interior.
Quizás una de las primeras cosas que deba aceptar
que voy a perder si persisto en este camino, sea el
entendimiento, el reconocimiento y la aceptación de los
demás. Voy a quedar por fuera de su límite de aceptación y
comprensión. Por fuera de su punto de vista. ¿Quiero
hacerlo?
Si bien me atrae la sensación de pertenencia social al
estar haciendo lo que supuestamente se debe, no puedo
aceptar seguir poniendo el punto de equilibrio de mi
persona en los demás.
Anoche soñé que a Joe le daban una propina de dos
mil dólares. Yo lo envidiaba muchísimo. La emoción me
estaba devorando, hasta que comprendí que me indicaba
que yo no deseaba eso.
Me cuesta muchísimo creer que no quiero tener las
cosas que da el dinero.
Me muevo con demasiada preocupación y miedo al
violar las reglas generales de la sociedad. No tomo con
alegría mi forma de vivir y lo que me pasa con este nuevo
punto de vista.
El miedo es algo que se me está presentando últi-
mamente. Tengo como una sensación de inseguridad al
intentar recorrer caminos, de mi interior, desconocidos.
Se que el miedo me habla de la indestructibilidad de
mi alma y de los fáciles de destruir que son los bienes
mundanos.
Considero los sucesos de mi vida y a mis emociones
concurrentes, como si fueran cartas de Dios. Pero muchas
veces veo como se me van acumulando, sin que logre
comprenderlas.
Recién hablé con Josefina. Le dije que siento que
cuando intento ayudarla a conectarse con ella misma, recibo
mucha agresión.
Me dio las gracias. Trato de hacer algo que me
parece importante.
Hoy sentí mucha tristeza y lloré viendo la película:
"Tomates verdes fritos", cuando el tren mata a su hermano y
ella queda sola, sin que nadie la comprenda. Cuando lo
escribo, me caen las lágrimas.
Muy poca gente me comprende. Entiende lo que trato
de hacer. Muy poca gente puede realmente comunicarse
conmigo.
Imagino que la gente debe pensar que no busco el
bien de las otras personas cuando intento que se conecten
con ellos mismos.
Es increíble que cuando me veo con buenas inten-
ciones, desconfío. Como si no pudiera ser que en este
mundo, una persona común y corriente como yo, las tuviera.
Aunque yo no soy ni común, ni corriente.
No se si esta duda proviene de una razón que estoy
ocultando o simplemente de haber sido educado
desconfiando del género humano.
Ayer mientras me preguntaba por qué comía tanto,
se me ocurrió que cuando una persona muestra sus debi-
lidades, es mucho más fácil para los demás hacer lo mismo.
En cambio, cuando uno se muestra seguro de sí
mismo y perfecto en cierta medida, a las personas se les
hace mucho más difícil.
Si para mi intención de que las personas se pongan
en contacto consigo mismas conviene que este gordo, ¿Por
qué no estarlo? ¿Realmente es eso lo que deseo?
Evidentemente hay cosas que no quiero perder, pero
voy a perderlas si realmente busco la verdad.
Si mi interés pasa por vivir y estar en contacto
conmigo mismo y que los demás puedan hacer lo mismo,
¿Qué me importa si estoy gordo o flaco? ¿Qué me importa si
soy lindo o feo? ¿Qué importa si "puedo" o no? ¿De que me
serviría ser un gran seductor o una persona amada? ¿No
sería lo mismo que ser odiado?
En general digo que en Buenos Aires la paso bien.
Que hago una vida que me gusta. Pero muchas veces me
despierto ansiando cosas que no tengo. Una y otra vez
envidio a las personas que veo que se vinculan. Aun
cuando veo como prontamente se dejan de lado, sigo
queriéndolo.
No querría tener que esforzarme, ni tener ningún
impedimento para lograr lo que quiero.
Sospecho que el sostener un objetivo y perseguirlo,
me convierte en una bestia. A pesar de que tome actitudes
socialmente aceptadas.
Últimamente, cuando veo a alguien llorar, siento
algún tipo de regocijo. No porque esté sufriendo, sino
porque está en contacto, viviendo. Sólo me molesta que se
engañen y que, de esa forma, dejen de vivir sus vidas.
Hice unos chacras y cuando estaba por el entrecejo,
me esforcé por verme a mí mismo.
Me vi como una persona con una gran necesidad, con
un gran anhelo de caer bien, de ser querido, aceptado. No a
cualquier precio, no ya al precio de perder mi identidad. A la
vez me vi dejado de lado por la gente, solo. No querido.
Me siento triste con esto. Pero cuando leo esa tristeza
y comprendo que no necesito que me quieran, me viene una
gran desazón. Digo: -Bueno, no los necesito. Pero lo digo con
despecho. Quedo dolido.
Creo que cuando papá murió, me hizo sentir muy
triste. Esa tristeza me indicaba que yo no lo necesitaba para
vivir. Pero esa no fue la única emoción que sentí cuando él
se fue. También me sentí muy solo, olvidado y poco
querido. También dolido.
Éstas son emociones que aún tengo que leer para
saber que están indicándome.
Esto crea un problema en mi relación con otra gente.
Me siento herido por sus actitudes.
Me acabo de enganchar con mamá y Susana. Se
inundó el piso del garage, porque estaban lavando para
Susana. Reaccioné con mucho enfado. Hice un gran es-
cándalo que no creo que haya sido mío.
Sentí que había una bronca que sacar, pero no creo
que sea por lo que pasó. No me preocupa demasiado que se
haya mojado el cuarto y no pasó nada más.
Me parece que actué como emergente de algo de
mamá. Y me llama bastante la atención.
No sé para donde ir. No sé por qué preocuparme, no
sé en que ocuparme. Estoy harto. Harto de estar luchando.
Harto de que las verdades se escondan, de buscar lo que no
deseo y esquivar lo que deseo. Estoy harto de las personas,
de su pequeñez, de sus temores y su decisión de quedarse
donde están, de no aventurarse. Estoy harto. Harto de la
vida. Harto de luchar por nada. Harto de ocultarme de mí
mismo. Harto de no sentirme acompañado nunca. Harto de
darme cuenta que ni yo mismo me entiendo. Estoy harto de
que sea tan difícil. Harto. Cansado. No hay descanso, no hay
interrupción. No quiero ponerme la careta y, si no me la
pongo, no dejo ni un solo minuto de estar elucubrando.
¡¡¡ESTOY HARTO!!!
Estar harto es una emoción que me indica que no
estoy queriendo cambiar mi visión de la vida.
Es verdad. No quiero cambiarla. No quiero perder
más ilusiones. Creo que necesito alguna ilusión, sino no me
va a quedar nada. Me creo "nada" sin ilusiones.
Volví a llamar. La primera vez estaba durmiendo.
Ahora ya se había ido. Lógico. No quiere verme. Siempre
que quiero salir con alguien, la persona no quiere verme. Me
siento triste. Triste y dejado de lado. Solo. Con nadie con
quien poder compartirme. No puedo ayudar a nadie en lo
que creo que es verdaderamente importante. No puedo
transmitirle a nadie que estoy ahí. Que me pueden buscar,
que estoy presente para escuchar a su alma.
Me siento una basura. Un ser despreciado. Un alma
despreciada.
Ahora voy a intentar leer que quiero decirme con
toda estas emociones. Hablan mucho de mí, de lo que me
está pasando, de mi último estado de conciencia. Hace
tiempo que "sufro" estas emociones, este luchar sin armas,
este exponer mis heridas y mis temores con el propósito de
poder conectarme. No soy sutil. Nunca lo fui. Ésta es una
lucha sin fin.
Creo que expuse mi necesidad. Como si le hubiera
dicho: -Por favor, ya sé que me trataste mal. Igual quiero
verte. Necesito estar con alguien auténtico. Necesito ver lo
que realmente vale. Estar entre ello. Rodearme de ello.
Necesito ver como las personas "viven". Como son ellas
mismas. Cómo se expresan como verdaderas personas. Eso
sería para mí no estar solo. Sería encontrar lo que siempre
busqué. Necesito ese contacto con otras almas. No
poseerlas, pero por lo menos verlas. Poder mirarlas. Lograr
una pequeña comunicación.
Siento gran tristeza.
¿Qué me dice esa tristeza? Que no necesito todo eso. No
necesito contactarme con las demás personas a mi antojo.
No me hace falta gente auténtica, expuesta y emocionante,
para poder vivir.
Ante esta verdad me siento impotente (estoy
queriendo incidir sobre los demás).
Estuve la mayor parte de mi vida intentando que los
demás reconocieran el mérito de mis actos. Una vez
que le quito al acto ese sentido, me pregunto si de cualquier
manera vale la pena actuar.
Sí. Vale la pena para mí. Tiene sentido para acer-
carme y conocerme.
Hoy pensaba que sentirme solo, tiene que ver con
pensar que debería poder compartir mi alma con alguien. Lo
cual me parece imposible, por lo menos en forma real.
Creo que resisto no gustarle a nadie. No puedo
aceptar ser rechazado. Y no puedo aceptarlo porque
considero que necesito gustarle a alguien.
Estuve tentado a salir a dar una vuelta para conocer
a alguien que me guste, que me atraiga. Sin embargo,
todavía creo necesitarlo. Todavía creo necesitar una pareja,
estar acompañado por una mujer, para sentirme bien.
Mientras considere que necesito gustarle a alguien,
voy a acomodarme para gustar. Y eso es trucho. No es
auténtico para nada. De esa manera nunca podría
disfrutarlo. Nunca sería verdaderamente valioso.
Hoy es domingo. Domingo por la tarde. Domingo de
sol. Domingo de mucha familia.
Sin embargo, yo estoy solo en mi garage.
Me parece que muchas cosas estoy diciéndome. Mi
alma no deja de estar conmigo, de transmitirme cosas, de
darme emociones. Aun cuando todavía no pueda enten-
derlas y comprender su mensaje.
Llamé a Inés y aunque le dejé dicho que había
llamado, no me contestó. Me siento dejado de lado. Que no
les importo. Pero me parece que el centro de lo que estoy
diciéndome no pasa por allí, sino por el hecho de quedar sin
posibilidades, fuera del juego, cuando otra persona no
contesta mi llamado.
Cuando en una noche fría, como ésta, uno se queda
quieto por un tiempo, mirando hacia las estrellas, con el
vapor saliéndole con el aliento y la nariz fría. Cuando uno
percibe el enorme mundo en que vivimos. La profundidad de
sensaciones que recibimos débilmente, uno sabe que la
única forma que conocemos de llegar a eso o por lo menos
rozarlo, es por medio de las ilusiones. Supuestas situaciones
en las cuales nos podríamos sentir unidos a todas esas
estrellas, nos podríamos sentir en nuestro lugar, sin
necesidad ni compulsión por desear otra cosa. Sin arranques
impulsivos hacia un movimiento, un cambio de posición, de
lugar o de percepción.
Imaginamos encontrar en una supuesta situación,
aquello que no podemos hallar dentro de nosotros. Quizás
busquemos lo que no existe y las estrellas vivan
exactamente como nosotros, sin un momento de serenidad,
sin un momento de quietud. Por el contrario son puro
movimiento, puro quemarse, transformarse, disolverse y
volver a formarse.
Y quizás sea por eso que hoy yo las veo aquí.
Un guardavida amigo me señalaba que nado con el
concepto del esfuerzo. No con el del placer. Del mismo
modo, en mi vida, si bien pude avanzar mucho en la
concepción de como crecer y como escucharme, de como
sacar provecho de lo que me pasa y como aumentar mis
canales perceptivos y la amplitud de visiones diferentes,
sigo viviendo como si fuera una lucha. En ella catalogo de
armas a mis nuevas formas de ver la realidad y de enemigos
a todos los obstáculos que se interponen en mi supuesto
fluir.
Ahora, con mi tobillo torcido, me siento derrotado y
débil para enfrentarme con la vida. Ella me vence cuando
me alcanza alguna incapacidad.
¿Acaso no establecí anteriormente que un ciego vive
tanto como un vidente? ¿Por qué intento todos los días
tomarme este don que es la vida como un enemigo, como
alguien a quién hay que vencer? Vencer o fracasar.
Cómo se puede vencer no habiendo lucha, no lo sé.
Éste nuevo rumbo, el camino que estoy llamado a
seguir, nada tiene que ver con beldades aparentes, con el
brillo del oro o con las asombrosas bellezas de todo tipo.
Tiene que ver, sin embargo, con una estética más real y
profunda.
Aparece en mí una resistencia, porque cada vez de
una forma más marcada, los preciados valores que voy
obteniendo por medio de mi esfuerzo y mi penoso deam-
bular por los eventos, van perdiendo notoriedad. Cada vez
se ocultan más al espectador poco diestro.
Quizás sólo alcancen a reconocerlos las personas que
buscan, al igual que yo, otro tipo de valores, menos
asombrosos y relucientes, pero duraderos.
Aun así, me asombra la facilidad con la cual me
vuelvo a subir al tren de las cosas materiales, adornos
superfluos, como bombas en el árbol de Navidad. La
facilidad con la cual intento colgarme lo que la gente acepta,
busca o admira y rechazo lo que queda fuera de moda, lo no
aceptado. Los adornos que mis modelos rechazan.
Me asombra la facilidad con la cual permito que me
lleven por caminos sin sentido y sonrío para mostrar mi
agrado como si fuera un animalito buscando agradar a
nuestro amo.
La facilidad con la que en este desorden humano, nos
hacemos esclavos unos de otros, somos mascotas unos de
otros y perdemos nuestra libertad a mano de otros. Cómo
otros de buen grado se colocan los grilletes para ser
nuestros "esclavos".
¿Qué puede ser tan trágico y tan terrible en el alma
humana, para que con esa facilidad entreguemos nuestra
individualidad y nuestra forma única de ser, que mostramos
a cuenta gotas y en aquellas raras ocasiones en que nos dan
permiso?
Estoy triste. Triste. Triste. Por no encontrar esa
comunicación con las personas que pensé que iba a lograr si
abría mi camino, si aprendía más canales, si cambiaba.
No importa el cambio que yo haga.
Estoy triste porque las cosas no son como espero.
Triste porque me cuesta mucho comunicarme con los
demás. Porque me gustaría comer y de esa forma engor-
daría aún más.
Triste porque no sé como hacerme cargo de lo que
los demás sienten, cuando en realidad no saben lo que les
está pasando.
Triste porque no puedo alcanzar el estado en el cual
pueda vivir realmente.
Triste porque me llamó Inés De Luca y no puedo
decirle nada. Porque en realidad todo queda como antes.
Triste porque dejo teatro. Porque fue un lugar más en
donde pensé que iba a poder entenderme y hacerme
entender por los demás. Que podría demostrarles que los
entendía, que estaba en contacto con ellos, que
verdaderamente me conectaba, me interesaba y sabía de lo
que hablaba.
Pero no me entendieron. Porque Inés decidió
quedarse en su nivel, en vez de crecer. Porque una vez más
me estaba montando en un tren de gloria que nada tiene de
real.
La angustia por mi gordura me demuestra cuán
importante para mí es gustarles a los demás.
Creo necesitar gustarle a la gente. Me angustia
enormemente pensar que no voy a gustarles. Me gustaría
obligarlos a que les guste, estando perfecto obligarlas a
querer estar conmigo.
Mi vida tiene un sentido al intentar agradar a los
demás. Si le quito esa búsqueda para que algún día me
valoren y se den cuenta que valgo, me quedo como en un
gran vacío.
También, me cuesta aceptar desagradar a los demás.
Doy vueltas y vueltas y no encuentro lo que quiero
decirme. No estoy pudiendo desconectarlo del referente,
que es el ser agradable o desagradable para las demás
personas. Pero no tiene que ver con los demás, sino
conmigo mismo. Pareciera que me agrado cuando no me
veo defectos y me desagrado cuando me los veo.
Reniego de las cosas que hice en mi pasado, pero
entiendo que voy a seguir haciéndolas en el futuro. ¿Por
qué?
El asunto es encontrarle el sentido. No estar pen-
sando si esta bien o mal lo que hacemos.
Me sorprende que cada vez que veo a alguien con
problemas, al acercarme compruebo que estaba de esa
forma porque no quería salir. No encuentro personas que
quieren salir, buscar la solución al mal que les aqueja.
Durante estos últimos días tengo muchas veces una
sensación de aburrimiento. ¿No es acaso un tipo de
emoción que me quiere indicar algo y que esquivo per-
manentemente provocando actividades?
Leí que alguien escribió que la felicidad es ver al
mundo como uno lo desea.
Yo me siento derrotado. Creo que no voy a poder
llegar a donde quería, que soy un fraude. Que todo lo que
trabajé es en vano. Que no se pueden acumular horas de
tratar y tratar. No sirven para nada. El mundo da asco, como
mi vida.
No les estoy encontrando sentido a las cosas y
entonces hace mucho giro en el mismo lugar. Pero no estoy,
como antes, enlodado hasta el cuello.
Se me ocurre la vida como un jueguito de compu-
tadora. Con varios niveles de complejidad. A medida que
uno logra pasar una etapa, se encuentra con una más difícil.
Ayer mi alma me comunicó algo importante. A través
de la tristeza me informó que no necesito lo que quiero
para vivir. Que no es necesario hacer lo que quiero. Es
justamente lo contrario a lo que mamé en casa desde mi
infancia.
Todavía no sé como incorporarlo. No entiendo como
creerlo. Solamente voy a intentar no engancharme.
Como aún no logré hacer el "click", es posible que
esté intentando seguir con la vieja ilusión de creer que al
encontrarnos con lo que queremos, todo va a resultar como
lo soñamos.
Veo muy poético y romántico pensar así. Y muy
mundano y seco pensar que nada de eso va a suceder. Pero
por otro lado, quizás la vida ya tiene en sí misma tanto para
sorprendernos y maravillarnos, como para no necesitar esa
vana ilusión para vivir.
Espero que nunca logre hacerlo realidad, quien vive
de un sueño, porque en ese instante su vida perderá todo el
sentido.
Cada vez que escucho la canción: "Presente", de la
película "Tango Feroz", me invade una profunda sensación
de algo roto. De que algo no fue nunca como yo quería.
Pensé que la relación con mi padre no iba a terminar
nunca. Pensé realmente que esas cosas no terminan, que no
tienen tiempo, ni límite.
Cada día que me levanto, lo hago pensando en qué
hacer, en qué ocuparme. Estar a la deriva, deambulando sin
rumbo fijo, sin objetivo ni función se me hace muy difícil,
entonces decido escudarme en las actividades que
considero productivas.
Lunes espectacular de invierno. Nueve grados de
temperatura. Sol brillante. Cielo azul.
Son las tres de la tarde y ya fui a nadar, a pasear en
moto y arreglé los cambios del auto, que no entraban bien.
Ahora, intento explicarme la razón de no poder
disfrutar de las cosas solo. También de estar buscando
permanentemente la sensación de placer y vida que hay
detrás de algunos deportes y de viajes cortos, de fin de
semana.
Sospecho que busco la "Alegría de vivir". Una real
alegría de vivir, en donde empiece a aceptar realmente a las
sensaciones penosas como parte importante de mi vida.
Por eso me rechazo cuando siento angustia, desazón,
soledad, miedo o cuando estoy confundido.
Me es difícil desembarazarme del peso que implica el
haber sido educado rechazando toda sensación penosa,
buscando únicamente sentir las emociones consideradas
agradables.
Ahora entiendo que para mantenerme alegre tengo
que conseguir aquellas cosas que no necesito, pero creo
necesitar. Y de esa forma una guía de mi interior como es la
emoción de la alegría, pasa a ser un objetivo, un blanco
hacia el cual dirigirme.
En este momento me siento bien. Porque pienso en
que a cada rato se me van a presentar emociones y sen-
saciones que son para guiarme, para enseñarme mi propio
camino.
Me siento como si hubiese pecado. Sucio y desa-
gradable. Siento que verdaderamente hice algo mal. Algo
que ya no tiene solución. Algo que no debía haber hecho. Me
siento culpable. Y ¿Por qué me siento así?
Porque comí. Comí aun estando por encima de mi
peso.
Lo importante aquí es mi emoción. Me sentí culpable
y eso quiere decirme que me creo con la obligación de
evitarles penas a los demás.
En este momento de mi vida es así. No quiero que los
demás sientan nada penoso por mi culpa.
Si me imagino la vida sin esa obligación, se vuelve
ciertamente mucho más libre.
Hoy se tapó la cocina. Traté de destaparla pero no lo
conseguí. Aunque a quién perjudica es a Bety, que tiene que
rebuscárselas para lavar, tengo una extraña sensación. Por
más que no me corresponde a mí solucionarlo, nadie más se
ocupa de hacerlo.
Me molesta que eso siga así. Tengo la impresión de
tener que resolverlo antes de ocuparme de mis cosas.
Trato de leer lo que voy diciéndome, no para se-
guirlo, sino para no presentar los síntomas. Es como si
buscara volverme un enfermo asintomático, lo cual hace
mucho más peligrosa la enfermedad.
Los indicios que estoy teniendo actualmente no son
tan groseros como me gustaría. Muchas veces me pasan
desapercibidos y no logran desviarme del falso camino.
Es por ello que quiero estar muy pendiente, porque la
respuesta aunque no sepa leerla, la escribe mi alma una y
otra vez en mi comportamiento, mis emociones y las
dolencias que transito en mi cuerpo.
No estoy confiando lo suficiente en mí mismo, en que
soy una unidad que esta volcada hacia mi propio bien.
Todavía no puedo "darme cuenta" que aun aquellas cosas
que parecen estar hechas por mí mismo contra mí mismo,
tienen un sentido positivo.
Recién, como tantas otras veces, lloré mientras
escuchaba el tema "Presente". Dispuesto a profundizar las
causas, entendí que la gran tristeza que siento cuando lo
escucho no es por mí, sino por el que canta. Por cada una de
las personas que respira en este mundo pensando cada día
que en su vida no hay un sentido, creyéndose sin armas ni
fortaleza para desenvolverse en este universo que muchas
veces parece cruel y despiadado. Que creen no poder
relacionarse con personas aparentemente frías, duras e
insensibles, que no pueden comprenderlas.
Lloré por todos ellos. Por mamá, por Joe, por Ana
Inés, por Inés De Luca, por Cecilia. Todas personas que
quiero y que nunca pude, ni voy a poder, solucionarles
sus problemas.
En ese momento me di cuenta, que así como yo soy
una unidad capaz de buscar y encontrar mi sentido positivo,
ellos también.
Al comprender que todas las personas de este
mundo están capacitadas para resolver sus vidas,
para vivirlas plenamente, lloraba y reía.
Igual que en este momento que lo escribo, lloro y río
y no se si hay algo más lindo.
En estos días me quedé en casa. Mucho deporte.
Mucho sueño. Mucha televisión. Hoy vi la carrera y un video,
nade mil metros y corrí cinco kilómetros. Después me
alimenté como cinco leones.
Es que desde hace tiempo me estoy diciendo que
tengo peso encima y no puedo descubrir cuál es.
Me estoy quedando con una visión del mundo que
tiene que ver con supuestas injusticias y desniveles en el
universo. Eso haría afortunados a algunos y miserables a
otros.
Estar bastante tiempo solo está surtiendo efecto.
Creo que una de las razones por las cuales me alimento
como un cerdo, es mi necesidad compulsiva de gustar. Ser
uno mismo se contrapone con gustarles a los demás, de la
misma forma que estar flaco se contrapone con comer
compulsivamente.
Me queda claro entonces que no es lo importante
gustarles a los demás.
En mi vida le he dado mucha importancia al gusto en
las cosas. El gusto al vestirse, al comer, al hablar. También
al gusto de la comida.
Siempre he considerado que deberían gustarme las
personas con las cuales me encuentro. Creo que me guío
mucho por lo que me gusta y lo que no.
Claro que siento gusto o disgusto por algo,
cuando sólo alcanzo a ver parte de su realidad.
Puedo continuar perfectamente con el ayuno
mientras planteo las cosas como son para mí, pero en
cuanto me inserto en el supuesto "saber popular", de lo que
es bueno o malo y lo que uno debería hacer, pensar, decir y
tener, me ataca un apetito voraz.
Hoy es el cumpleaños de mamá. No le regalé nada.
Ni siquiera le di un beso. Tiene que ver con que no quiero
alimentar su fantasía de que está todo bien entre nosotros,
que tenemos una relación amable real. No me interesa ser
cómplice de eso. No me interesa ser cómplice de nada que
no me parezca cierto.
En estos días estoy convencido que el peso de más
que tengo en mi cuerpo representa una carga que llevo de
otras personas. Sin embargo no logro descubrir cuál es esa
carga, ni en qué situaciones se presenta, ni lo que me está
indicando.
Sé que a mí no me importa cuanto posea la gente. No
me importa si tienen más o menos. Supongo que eso
también corre para mí.
Todavía creo necesitar ciertas ilusiones para sostener
mi vida. Y aunque mi querida alma me este diciendo lo
contrario por medio de la tristeza, cuando dejo de lado las
ilusiones e intento vivir el momento, se apodera de mí una
gran sensación de vacío.
A cada rato me dan ganas de llorar. Al pensar que
tengo que transitar este camino en forma solitaria, sin nadie
con quien compartirlo. Sin poder tener una amiga o un
amigo con quien comunicarme.
Considero que la vida se me presenta apetitosa
cuando puedo ir a dar una vuelta en moto, cuando puedo
acostarme con alguien que me gusta, cuando puedo correr,
nadar. Cuando puedo ver mis mejorías, cuando le atraigo a
alguna chica que me gusta.
¿Qué me pasaría si pierdo todo eso?
Plena tormenta de Santa Rosa. Perfectamente
puntual. Si bien ayer fui a la cancha a ver la selección
nacional de fútbol, tuve sexo con una mujer que realmente
me gusta y me comí todo lo que se me dio la gana, no
estuve satisfecho. No estoy satisfecho. Creo que la
satisfacción es una utopía. Como emoción me indica que
creo que estoy incompleto. Que me falta algo para
vivir.
Y es exactamente lo que me pasa a mí ahora. Pienso
que tendría que tener mi departamento, vivir solo y tener
una fuerte sensación de poder, como para gustarle a las
mujeres (sería sólo a las mujeres que buscan eso).
Tal vez piense que si lograra aceptarme me habría
encontrado a mí mismo. Y en realidad únicamente me
estaría comparando con un modelo (pasando el examen).
¿Habrá realmente un uno mismo?
Tengo sensaciones y deseos que no puedo esta-
blecer con seguridad si me pertenecen o son de otras
personas. Sospecho que ciertas personas en determinados
momentos pueden transmitirme sus deseos. Y mi forma de
percibirlos es sintiéndolos.
Cuando al despertar por la mañana me encuentro
con el problema del auto, automáticamente siento angus-
tia. También impotencia y una muy penosa sensación de
claustrofobia.
Es que lo de la caja de velocidades no depende
únicamente de mí.
Si mi angustia fuera un llamado de atención y me
estuviera pasando lo mismo a otro nivel, pensaría ense-
guida en mi familia y en todas aquellas personas que quiero,
amigos antiguos y nuevos. Principalmente en mi familia por
aquél sueño que tuve en el cual me pedían que no me fuera
antes de hacer algo, pero para hacerlo dependía de los
demás. Dependía de que los demás hicieran su parte.
En el caso del auto, para resolverlo dependo de quién
me hizo el recambio de la caja. A él fue a quién le pague la
plata. Si no quiero perderla, dependo de él.
Es verdad que fui yo quién puso la plata en sus
manos aun cuando presentía que la caja que me daba no
era buena. Estaba casi seguro y, sin embargo, confié igual.
Ahora cuando tengo que depender de él siento
angustia. Y me llama la atención en el tema de mi familia.
Yo intento mostrarles el camino y no lo consigo.
Me siento fuerte cuando me permito sentir dolor,
angustia, tristeza y miedo. No por poder evitarlas, sino por
sentirlas y ver qué quieren decirme.
Durante mucho tiempo intenté buscar una emoción
que definiera lo que sentía, que especificara mi posición.
Ayer la encontré: perjudicado.
Por diversas situaciones, desde quedar encajonado
en el tráfico, no ser el que recibiera una propina en el
trabajo, no conseguir las vacaciones cuando quería, no
poder arreglar el auto, etc., etc.
Parece que mis emociones se escondieron. Pero
siento una contractura en la parte alta de la espalda. Dentro
de las posibles causas (según la lista de Louise Hay) me
parece que tiene que ver con falta de apoyo emocional.
Últimamente siento que no puedo compartir mi vida con
nadie, que no puedo expresarle mis emociones a nadie.
Hoy mientras volvía de nadar me preguntaba por qué
seré tan distinto de los demás. Aunque creo que todos
partimos internamente de lo mismo.
Siento que no tengo apoyo emocional para vivir a mi
manera, para ser yo mismo.
Ya no tiene que ver con la palabra, con explicar lo
que pienso, como pidiendo permiso para hacerlo. Tiene que
ver con serlo. Con ser yo.
Escribí en la lista de emociones lo que significa
desear. Lo escribí sin pensar el sentido: cuando creemos
que a la vida se la puede poseer.
Es un pensamiento distinto. Desde ya que todavía no
lo comprendo. Tendría que comprender la diferencia que
puede haber entre poseer la vida y vivirla.
Me parece que encontré una poesía que me lo
explica perfectamente.
Después de pedirle permiso a quién la escribió, la
incluyo:
VERSOS PARA MÍ
No quiero ser dueña de nada,
para sentir que todo es mío.
¿Acaso se es dueño del cielo azul de la mañana?
¿Del sonido del agua que danzando en el arroyo canta?
¿De la furia del viento cuando brama?
¿Del aletear de las palomas en el instante que levantan
vuelo?
¿De las gota de lluvia que las nubes derraman?
¿De los rayos del sol, de la nostalgia,
de una sonrisa o de mil palabras?
Si oteando el mar,
adivino en ese pequeño punto lejano
a la barca que viene de regreso
con sus hombres y su pesca,
y no es mía la barca ni su carga,
sin embargo, al descubrirla en su ritual
la espero hasta verla varar en la playa,
e inexplicablemente la hago mía,
atesorándola en algún lugar de la memoria,
donde van a instalarse los recuerdos
una vez que suceden,
como cuando me robo en la mirada
de un jardín interior,
el verde que diviso a través de una ventana
y es mi música el coloquial gorjeo de los pájaros
y mi perfume el que cada árbol en flor,
en su momento exhala.
Sería ingrato entonces pedirle a la vida
más belleza de la que me regala,
sólo debo aprender a mirarla
sin comprar ni vender nada,
simplemente buscándola
en la maravillosa naturaleza
y en los pequeños actos cotidianos
que el olvido rechaza,
apelando a la libertad en los sentidos
y esperando la tregua que el raciocinio se permite,
para que los sueños que de incógnito viajan,
se queden, e iluminen el rinconcito cálido
donde suele atrincherarse el alma.
ANA MARIA DÍAZ VELO
Hoy mientras caminaba iba preguntándome que era
lo más valioso que había hecho en la vida. Me contesté que
las pocas hojas que escribí de las emociones y mi infancia. Y
creo que es así por el valor que tienen para mí. En esas
hojas expuse el medio por el cual pude encontrar mi
realidad. La puerta de salida a los callejones formados por la
educación convencional en cualquier ser humano. La forma
en la cual mi alma se comunica conmigo.
Releyendo algunas hojas del año pasado encuentro
que mi avance en cuanto a mi conciencia, es notorio. A
pesar de que a veces me da la impresión que estoy estan-
cado e incluso que retrocedo, avanzo. Por suerte avanzo sin
volver atrás.
En estos días vivo ansioso. Intento evitarlo y
solucionarlo por medio de un montón de actividades
deportivas, pero el común denominador de mi vida, desde
hace mucho tiempo, es la ANSIEDAD.
Si dejo de verla como algo que debería evitar, si dejo
de tomarla como un error y trato de encontrarle un sentido,
quizás aprenda algo nuevo e importante de mí mismo.
¿Qué significa estar ansioso? Es cuando uno cree
depender de algo que tiene que pasar para vivir.
¿Tiene esto algún sentido para mí?. ¡¡¡Sííí!!!.
En mi vida estoy creyendo permanentemente que va
a venir una "solución". Y va a estar representada por alguna
mujer de quien yo me enamore y de esa forma cambie mi
vida, dándome una familia y un sentido diferente, también
una ocupación e incluso una nueva preocupación.
La supuesta solución también podría llegar envuelta
en el éxito del libro que estoy escribiendo, lo cual podría
transformar mi vida en algo maravilloso.
Pero siempre con estas soluciones llegaría también
una ocupación auténtica y plena que me viniera como anillo
al dedo. Que justificara mi razón de estar acá, de manera de
estar ocupado en mi propio sentido de vida, en la razón de
mi existencia. En la cual mis acciones fluyeran libremente y
mi esencia y mi superficie transitaran la corriente sin
conflictos ni rechazos.
La ansiedad estaría haciendo esto patente. Mi
creencia de que, por algo que va a suceder, mi vida va a
cambiar. De esta forma dependo de lo externo y no de mi
interior.
Analizando un poco estas "soluciones", encuentro
que tienen el punto en común de hacer confluir el sentido de
mi vida, con mi obra. Esto supone una creencia de que yo
estaría acá para hacer algo.
No creo que estemos aquí para hacer algo,
sería una forma de estar subordinados a un bien
mayor que nosotros mismos.
Como entiendo que dentro de mí llevo una
parte de divinidad, una parte del Tao o como se
quiera llamar, se me hace muy difícil creer que hay algo
por encima a lo cual debo subordinarme.
Me siento conectado con la tarde. Veo por la ventana
la hojas bien verdes del jardín. La tarde está "siendo". Está
quieta, como mi interior. Quietud. Comodidad. Tranquilidad.
Pertenencia. Conexión.
A la vez siento que por otro lado hay mucha con-
fusión, angustia, supuestas necesidades insatisfechas.
Masas de gente convenciéndose mutuamente de lo mismo,
sin escuchar su interior. Sin ver. Sin contemplar.
Ayer tuve una discusión con mamá que me alarmó.
Me hizo ver que sigo intentando modificarla y que todavía
no logré perdonarla.
Cuando comprendo que no necesito mucho, que no
es necesario ir ansioso tras esto o aquello en la vida. Cuando
comprendo que tengo todo lo que me hace falta (que es mi
alma), una desesperación me alcanza con una pregunta: ¿Y
ahora qué?
Siempre me dijeron que la vida es corta, pero
cuando me siento a no hacer nada, a no arreglar nada, ni
cambiar nada, ni ocuparme de nada, sólo a sentirme y a
percibir mi interior, a veces me aparece el temor a que me
parezca demasiado larga.
Por momentos es como si estuviera en mi garage,
con un montón de gente, pero con los ojos cerrados, de
manera que no podría ver a nadie. Pero podría escucharles.
Lo mismo podría estar pasándome al no darme
cuenta como percibo lo que les pasa a los demás, cuando
estoy solo.
Aunque uno esté lejos de una persona sigue co-
municado.
Sospecho que no puedo diferenciar las comunica-
ciones que me llegan de los demás. Tomo todo como si me
perteneciera. Como deseos o ganas míos, angustias y
miedos míos. Eso me hace llevar más peso encima, me hace
más pesado mi andar. Por eso estoy engordando. Llevo peso
de más.
Cuando hablo con mamá muchas veces siento que
me cargo de peso. Me invade una negatividad y una visión
nefasta del mundo que no es mía.
A veces me da bronca pensar que hay gente que está
disfrutando y pasándola bien. Me pareció que tenía que ver
con el hecho de estar contento mientras otro está triste.
¿Está mal eso? Cuando otra persona me cuenta algo que lo
entristece, me parece que está mal que yo siga contento.
Escuchando Pink Floyd. Tengo todo para ir pero
ningún lugar a donde ir. Sigo creyendo necesitar un fin para
justificar cualquiera de mis acciones.
Es posible que no importe lo que haga, sino estar en
contacto con mí interior y en armonía mientras lo hago. Aquí
está el quid, no es lo que haga lo que me va a dar armonía,
sino que la llevo dentro y debo conectarme con ella.
Se me ocurre que ahora comprendo como al buscar
actividades que me dieran armonía y buenas sensaciones,
sólo buscaba aquellas cosas que me acercaran a mí mismo,
ya que la armonía la llevo dentro.
Me parece sorprendente no sentir nada por haber
descubierto esto. Quizás porque no es lo que yo esperaba. Si
esperaba encontrar algo mucho más emocionante y
rimbombante, me equivoqué. Lo que encontré es simple y
falto de sal.
No logro despojarme de una sensación de tristeza
que creo que tiene su origen en otras personas.
Creo que no tengo derecho a estar bien mientras
otras personas están sufriendo. ¿Cómo estar bien mientras
todas las personas que me rodean sufren?
¿Cómo no padecer con ellos su desesperación, su falta de fe
en el futuro, su infelicidad, su soledad y el hecho de sentirse
miserables?
Sin embargo, acompañándolos en el sufrimiento no
contribuyo con mi parte, no resuelvo nada y, por ello, debe
existir alguna razón. Una razón oculta que no entiendo.
Durante los últimos días pude conectarme en parte
con una sensación interna de bienestar, armonía y per-
tenencia a algo extenso y llano, como veo al bien en sí
mismo.
Sin embargo, asomarme a mi interior es a veces
como hacerlo frente a un abismo. Cuando pienso en todo
con lo que creo estar conectado, con todas las personas, las
diferentes ondas de las personas y el sufrimiento, la
angustia, la necesidad y la oposición con la que estoy en
contacto de una forma que escapa de lo convencional, no
directa ni consciente, pero sí realmente. Cuando lo pienso,
me rendiría, bajaría los brazos e intentaría serenarme y
concentrarme en actividades más fácilmente controlables.
Quizás, si verdaderamente estoy conectado con lo
que le pasa a otras personas, pudiera tranquilizarme y
enviar de ese modo mensajes tranquilizadores y aclaratorios
para los demás. Cada día que pasa, cuando hablo con otra
persona quedo más conectado con su interior.
En este momento siento que llevo sobre mis hombros
sensaciones de mamá, de la Negra, de Dolores (mi sobrina),
de Monique, etc.
Ayer me dijeron que yo complicaba y cambiaba todo
para eludir responsabilidades. A veces creo que hago eso.
Estoy dudando mucho sobre qué cosas hacer. Tiene
que ver con una duda profunda que me habla de lo poco
que estoy confiando en mí mismo.
La personas están comunicadas en profundidad
como si fueran vasos comunicantes.
Sospecho que hasta que no logre encontrar el peso
de más que estoy llevando y consiga deshacerme de él, no
voy a poder dejar de comer como lo estoy haciendo. ¡¡Por
suerte!!. Es mi forma de indicarme que no estoy viviendo mi
vida.
El hecho de poder sentir dentro de mí, cosas que
están pasándole a otra persona, el hecho de poder verlo, no
necesariamente tendría que ser un peso a menos que yo me
lo tome como tal.
Hoy fue un día bárbaro de primavera. Me pregunto si
tengo rencor contra personas. Contra muchas personas.
Contra todos aquellos que queriéndolo o no, me
perjudicaron a sabiendas. Algunos lo hicieron de gusto, otros
sin gustarle, otros si quererlo.
El primero que creo que me perjudicó fue papá. Lo
hizo cuando se fue y yo lo necesitaba mucho o creía que lo
necesitaba. No siento rencor, pero eso no asegura que no lo
haya. Tampoco que lo haya. No lo siento.
La segunda fue mamá. Ella hizo diferencias entre los
hijos, no fue justa y nunca estuvo satisfecha con nada de lo
que hice, nunca estuvo conforme conmigo. Mamá que me
dice que no soy lo suficiente. Que me sacrifica y sacrifica a
cualquiera para estar mejor ella. Y que no logra estar mejor.
Mamá que me hizo perder una herencia y, después, un
departamento de otra. Mamá, que vive mal y nos lo
transmite a todos. Que cree que tenemos que ocuparnos de
ella, que me tira mala onda. Que me hace sentir poca cosa.
¿Tengo rencor con mi vieja? Creo que no, tampoco.
No quiero decir que está superado, porque cuando me
saluda mostrando todo su sufrimiento sin salida, cuando me
muestra su angustia sin límites, su mentira y su mala onda,
no puedo estar como si nada pasara. No puedo
desengancharme e impedir que me penetre, dándome
cuenta que es su forma de internar zafar. (aunque sé que la
mala onda es un bumerang que siempre nos devuelve lo
que damos).
Puedo comprenderla. ¿por qué no hacerlo?
También Raúl. Me lastimó muchas veces y con gusto.
Creo que es la persona más cercana que me lastimó
disfrutándolo. Pero hizo asimismo muchas cosas por mí.
Estuve mirándome al espejo e intentando "verme" a
través de los ojos. Por momentos me parecía ver una gran
tristeza y enorme desazón al ver todo lo que pasa en este
mundo con los sueños de uno. Con la esperanza de bondad
en el alma de cada uno.
Necesitar ilusiones es una de las peores calamidades.
Cuando necesito cosas que no tengo, demostrándome que
me faltan, es que no es suficiente para mí ser HOMBRE. Y no
le doy la suficiente importancia al valor que llevo en mí
mismo.
Aquí estoy solo en mi garage. Con la televisión, la
radio y el equipo de música apagados. La moto estacionada.
Los libros cerrados en sus estantes de la biblioteca.
El teléfono colgado. El auto estacionado en la puerta. Las
hojas de mi libro, estancadas y guardadas.
Nada. Nada externo que me distraiga. Tampoco nada
intelectual.
Aquí estoy. Abierto a lo nuevo. Escucho. Trato de
sentir.
No sé por donde va. ¿Podré descubrir algo? ¿Por
algún lado irá? ¿Algún sentido tendrá?
Nada me interesa. Estoy DESINTERESADO. Sospe-
cho que quiere indicarme algo.
Todavía no me permito vivir mi vida. Respirar y tomar
del aire lo que deseo, sin preocuparme por problemas que
no son míos, dado que aprendí duramente con mamá que si
bien el problema aparente uno puede solucionarlo, al
conflicto de fondo lo puedo resolver únicamente ella misma.
Muchas veces recuerdo de una parte del libro:
"Demian", de Hermann Hesse, en donde él ayuda al pe-
queño Sinclair con respecto a un problema que tenía. En la
historia Sinclair dice que si no lo hubiera ayudado
seguramente hubiera caído en la desesperación.
A mi alrededor veo muchas personas desesperadas
como mi madre.
Aquí me surge una pregunta importante: ¿Puedo yo
transitar mis emociones, sean cuales fueran, mientras hay
toda una legión de gente que siente diferente?
¿Puedo estar contento o bien mientras veo como
sufre toda mi familia?
Por más que la respuesta teórica sería afirmativa, veo
que en la práctica no lo es. La razón la desconozco.
Viernes de tardecita. Casi las siete de la tarde. Hacía
diez días que no escribía (lo cual me llama la atención
porque dispongo de muchísimo tiempo libre).
Sigo con las lesiones, tanto en el hombro como en mi
pierna, de manera que ya van treinta días que no hago
deporte.
Parece que hoy estoy con los números: siete de la
tarde, diez días que no escribo, treinta días que no corro o
nado, treinta y tres años que no soy yo. Mucho, muchísimo
tiempo que estoy solo.
Cuando llega la tarde me doy cuenta cuánto me
gustaría poder estar con una chica atractiva para mí, que
me guste, poder hacer el amor y compartir cosas.
Salí un rato a caminar y, mientras lo hacía, me
pareció entender que iba por el mal camino. Que estoy
equivocándome con eso de no ir hacia ningún lado hasta no
saber el rumbo.
Como un barco a la deriva, que no se anima a tomar
ningún rumbo sin verificarlo previamente, si antes
asegurarse que es el correcto.
Me parece que al no comprender el camino que
tomo, me da la impresión que no hay caminos posibles. Esto
concuerda con lo que significa mi dolor de cadera: "no hay
hacia donde avanzar".
El dolor en el hombro/brazo, indica que no estoy
abarcando las experiencias de la vida. No estoy compren-
diendo los obstáculos que supuestamente interrumpen el
lugar por donde creo que "debería" avanzar.
Siento que encontré la razón de mis dolores.
Desde donde me encuentro puedo ver con claridad
los caminos que no conducen a ningún lado.
El primero es el que lleva al dinero (ya me dije
profundamente que no me interesa). Seguro que si siguiera
ese camino, me perdería a mí mismo.
El segundo es el de las actividades, sean lucrativas o
no. Cada vez que intento encontrar una actividad que me
brinde satisfacción, que me guste hacerla y que a la vez
pueda devolverme bienestar, me encuentro en la nada. No
descubro tal actividad para mí.
Mi vida es levantarme cada mañana sin saber qué
me pasa. Sin saber quién soy. Es despertarme con la
angustia de estar haciendo las cosas mal y que aun cuando
me esfuerce en llegar al final, no voy a llegar a ningún lado,
porque voy por el camino equivocado.
Cada mañana, cuando abro los ojos, veo que no soy
nadie, que no estoy para mí mismo, ni para nadie. No estoy
en nada, porque en nada estoy siendo yo. Y lo que es peor,
no me animo a ser más yo de lo que estoy siendo, que es
nada.
Es cierto que podría buscar la razón de vivir, en otras
personas, pero sería una trampa. Recién voy a poder estar
bien cuando encuentre esa razón en mí mismo. El sentido
debe estar en mí tanto como en los demás.
Me propongo como hace dos años, intentar dejarme
llevar por mi interior, por fantasías e impresiones que no
sean comprobables y parezcan absurdas. Voy a intentar
resguardarme de los demás, para que no aniquilen a esta
personita miedosa, tímida y escondidiza.
Sigo sintiendo emociones de otras personas. El
nerviosismo y la alegría de Monique, el cansancio y estar
vencida de mamá, la angustia de Belén. La decepción de
Susana Castillo.
Desconozco el sentido de percibir todas esas emo-
ciones. Sospecho que hay uno y que debe ser positivo,
constructivo.
Desde mi lugar le diría a Monique que no me nece-
sita, que no se preocupe por eso, su alma le basta y sobra.
Que me agrada su empatía conmigo porque creo que es una
de la personas que más me ve, que más me conoce, que
más me "deja ser" en su imagen.
A mamá le diría que no luche tan fuertemente contra
lo que su alma le indica, que deje lugar al crecimiento, que
se abra a la vida, que escuche a su corazón. La vida es
mucho más que estar preocupándose permanentemente por
lo externo.
A Belén le diría que está equivocando el camino. La
cosa evidentemente no pasa por consumir y consumir. Que
se escuche también un poco a sí misma.
A Susana Castillo le diría que no invente. Que no
intente adecuarme a sus expectativas. Que las analice y que
también analice a sus ilusiones y, por último, que se anime a
crecer. Tiene todo a su alcance.
A mí mismo, para terminar, me diría que no me
preocupe por los demás, que como ya me dijo mi alma, cada
uno de ellos, está completo, que cada uno puede. Cada
persona en el mundo puede lograrlo. Puede "ser".
Hace una semana que no me sentaba a escribir. Sin
embargo algo pude ver. Me pude dar cuenta que cada vez
estoy más ubicado en mi camino. Ya no pululo desesperado
por allí buscando ídolos de barro, ni soluciones fáciles a mis
problemas. Ya no busco oro falso con tal de sentirme rico.
Cada día comprendo más que no necesito tener
cosas para vivir. Que soy parte de un todo. No tengo por qué
ir detrás de lo que otros suponen que es importante, detrás
de lo aparente, del "tener", del "poder", detrás del encontrar
un sentido a mi vida, pero fuera de mí mismo.
Me desperté entendiendo que rechazo a quienes me
rechazan. Devuelvo con la misma moneda.
La tristeza ya se muestra un poco más. Estoy
llorando. Y pienso en papá, en otras personas como mis
antiguos amigos o Joe. A nadie le interesa estar conmigo.
Me siento herido. Porque ninguno de mis antiguos
amigos, ni siquiera los más íntimos, como Rafa, es capaz de
levantar el tubo para saber algo de mí. También porque
Monique no me llamó ayer. Y porque papá se fue.
Me hirieron Silvina (mi primer novia), Mac (la se-
gunda), y también otras mujeres con las cuales salí un
tiempo, como la Toya, y otras que eligieron otros caminos,
otras compañías.
Cuando me hieren, siempre reacciono de la misma
forma. Me digo: -Bueno, si ellos me ignoran, yo también a
ellos.
-Si ellos no quieren estar conmigo, yo tampoco quiero
estar con ellos.
Voy a devolverles con la misma moneda, porque
cuando es mutuo, no hay herida. Mientras tenga la
posibilidad de rechazarlos, no hay herida.
¿Qué me quiero decir cuando me siento herido?
Según un análisis de sangre estoy anémico. Y
fijándome en la lista lo que quiere decir encontré:
Actitud de <<sí, pero>>. Carencia de alegría.
Miedo a la vida. Sentimiento de no ser suficientemente
bueno.
Creo que acierta en todo. Si me pasa algo agradable
uso el sí, pero. Hace rato tengo carencia de alegría, no
puedo festejar. Nada es lo suficientemente bueno como para
festejarlo. El futuro me derrumba.
Miedo a la vida: Aunque cuando me permití ser un
poco yo mismo perdí el miedo a la muerte, es posible que
todavía tenga en mí miedo a la vida.
¿Que sería para mí miedo a vivir? Es como sentir que algo
puede acabarse. Como no desear mucho algo para que no
se pierda. Todavía no entiendo el proceso de la vida.
Sensación de no ser lo suficientemente bueno. Eso
también. Tengo permanentemente la sensación de no ser
compasivo con los demás, de no ser paciente. De no que-
rerlos como debería. También no serlo como para que el
Tao, la vida o el mundo me acoja de buen grado en su seno.
Me creo un invitado indeseable, que la vida espera
que me vaya cuanto antes. Alguien que no se valora, no
gusta, no se desea.
Así me siento yo. Un paria. Un sin lugar. Uno que
todavía está porque no se animan a echarlo. Por eso es
lógico que las personas terminen ignorándome, haciendo de
cuenta que no estoy.
Me siento herido por las personas que no quieren
estar conmigo, que no les interesa mi bien o mi persona.
Tengo la sensación de estar colado en la vida.
Cuando intento comprender la razón por la cual me
rechazan los demás, pienso que es porque ven lo nefasto en
mí. Creo que ellos descubren algo terriblemente malo que
tengo y me oculto a mí mismo. Pero ellos logran verlo y se
transforman en un espejo, son quienes me juzgan. El
obligado punto de referencia para establecer si mi postura
es correcta. Para juzgar si voy por el buen o mal camino.
Para saber si soy bueno o no.
Ya está por atardecer. Son casi las ocho de la noche
de un martes de fin de enero en Buenos Aires.
A cada rato espero que suene el teléfono y que sea
Monique. Me siento dejado de lado por ella. Ignorado.
Tengo por creencia que los resultados y la aceptación
de los demás y de la providencia, son los que me indican si
voy por el buen camino. Cuando soy rechazado y cuando la
suerte no me acompaña, cuando aun dedicado con esfuerzo
no logro la meta, es que estoy equivocando el rumbo. Es
que no soy aceptado. Que el mundo no me acepta.
Por el contrario, los logros hacen que me sienta
aceptado, valorado y que tengo un lugar así como estoy.
Hasta que no pueda estar verdaderamente solo,
felizmente solo, no voy a poder tener una pareja, ni un
verdadero amigo.
Estoy hecho un angustiado. Las cosas van pasando
sin que yo pueda comprenderlas. Siento que carezco de un
montón de cosas. Impotente, débil, con pocos medios.
Vencido. Perdedor.
Además, muchas veces me siento triste y que mi vida
ya no tiene el centro en mí mismo. Poco a poco voy
perdiendo protagonismo e interés en hacer cosas.
Me siento perdido. También me invade el miedo al
futuro y el pensamiento de que debiera preocuparme si no
quiero pasarla mal más adelante.
Las angustias aparecen tanto en la pileta como en el
hipódromo y con Mercedes. En la pileta porque no hago
buenos tiempos, en el hipódromo porque no hago buena
propina, y con Mercedes, porque pienso que otro podría
satisfacerla, no yo.
Por todo esto me siento un perdedor, y me angustia.
Todo tiene que ver con la competencia. Estoy
creyendo que la vida es una competencia en donde ganan
solo algunos. Quizás por eso pongo tanto sufrimiento al
competir. No quiero ser de los perdedores.
Ayer me sentí relegado. Y me está indicando
que tomo como propios valores y formas de ver la vida de
otras personas. Así, pierdo contacto con lo que la expe-
riencia de mi alma me ha ido transmitiendo desde que me
decidí a escucharla.
Dentro de un rato me voy a nadar. Me siento perdido,
sin saber qué hacer. Confundido. Sin saber qué pensar.
Sospecho que puede ser porque creo poder sepa-
rarme de los demás, creo poder ser un individuo aislado.
Creo poder tener pensamientos propios, aislados de los de
los demás.
Quizás mi modo de pensar y de ver las cosas tan
peculiar, deba enfrentarse a una corriente contraria, que es
producida por miles de personas confundidas y convencidas
por intereses de algunos que no alcanzan a ver la
importancia de lo esencial. Quizás porque lo esencial no
puede verse. Y ellos no saben mirar de otra manera.
Me imagino entonces, que puedo estar dejando de
lado mis creencias de la vida. Saber que el asunto no va por
el dinero, ni por triunfar, ni por poseer más y más cosas. No
va por atesorar, ni por la belleza ni el éxito.
Pero lo cierto es que todavía no sé por donde va. De
cualquier modo, al ir a la deriva, no por eso tengo que
dejarme llevar por una corriente superficial y turbulenta de
aquellas personas convencidas de esas falacias.
Mi contribución a la vida es expresar mi potencia. Es
ser yo mismo, dejándome llevar, pero no por la corriente del
rebaño, sino por una curso de vida real.
Una línea de vida que está muy alejada de la bús-
queda permanente de satisfacerme para no sentirme
insatisfecho, de correr detrás de todos mis deseos y de
pasar la vida atesorando para un futuro.
Cuando trato de entender por qué me cuesta tanto
seguir una corriente interna mientras estoy con otras
personas, muchas veces me olvido de prestar atención, no a
lo que expresan exterior y burdamente, sino a sutiles
indicios que exponen sin entender y que mantienen a pesar
de ser perjudicados por ellos. Creo que ante esos indicios
me relego. La mayoría tan sutiles que no alcanzo a hacer
conscientes.
La primera vez que la vi estaba sentada en una
fiesta. Sentí que su cara me pedía que la quisiera. Flaca, con
pelo mota, una pollera negra y una especie de chaleco
encima que le quedaba mal, no era para mí la idea de una
beldad. Sin embargo quedé conectado de tal forma que
aunque esa noche otras mujeres me miraron en forma de
invitación, enseguida supe que no sacarla a bailar hubiese
sido defraudar a alguien importante para mí.
Creo que fue la única persona que me trató con
ternura en mucho, muchísimo tiempo. Y también mucho,
muchísimo antes de poder conocerme.
Supongo que me había olvidado lo que era sentirse
así. Que a uno lo traten así.
Ahora lloro como un bebé. Ella tiene diecinueve años,
yo treinta y tres, pero cuando me agarró de la cabeza, la
apoyó en su pecho y me dijo: -¡Vos sos mi bebé! y que
apenas se fuera un amigo que estaba viviendo en su casa le
parecía que me iba a llevar a mí, esas pocas palabras dichas
mientras me miraba con sus ojos tiernos y su sonrisa
suavemente triste, me resultaron de las más valiosas que he
recibido en mi vida. Fueron a ponerse justo al lado de mi
corazón.
Escribo esto y no puedo parar de llorar. Quizás en un
futuro cuando logre entender la razón de la importancia de
esas palabras y frases para mí, pierdan parte de su ensueño,
pero por ahora acarician parte de mi alma.
Mercedes no comparte mi forma de ver las cosas.
Incluso está en desacuerdo. Sin embargo, no quiero
perderla, ni dejar de verla.
A veces me parece que estoy sintiendo las emocio-
nes de Mercedes y no las mías, pero luego pienso que debe
ser una forma de sacármelas de encima.
En realidad no puedo saber si es así o que realmente
estoy actuando las de otras personas.
Estoy muy triste. Después de dejar a Mercedes en su
casa, no pude parar de llorar. Ella me contó en forma
entrecortada y con lágrimas en los ojos que el último chico
con el cual salió, la había dejado.
Después de esto y aun cuando podríamos haber
seguido juntos, prefirió ir a la casa y ni me invitó a pasar.
Cuando la dejé, me vino una tristeza enorme. Y por
más que podría haber tenido muchísimas razones para
actuar de esa manera, yo me siento solo y rechazado. Siento
que no me quiere a pesar de haberle abierto mi corazón.
Entonces, me doy cuenta que mi vida no tiene
sentido. Que mis cosas no valen nada. Que estoy atrapado
en situaciones y conflictos desde hace mucho tiempo. Y
también, que mi vida da asco. Porque con las personas con
las cuales convivo me siento pésimo. Ni siquiera nos
saludamos. No me siento nada apreciado, ni querido.
Cada día estoy más y más solo. Aunque hay personas
que se acercan a saludarme, yo no quiero saludarlas.
Sin embargo, mi fantasía es que cada día siento más
lo que sienten los otros.
¿Qué sentido o propósito puede tener para una
persona que entiende la vida como yo, el hecho de perder
todo significado por haber conocido a una mujer?
Mucho más todavía cuando ella no cumple con
atributos que considero importantes, como pensar, no
comer porquerías todo el día, no fumar, no hacer deporte y
considerar, como ella, que si no trabaja uno es un vago. Que
le interesan las cosas "buenas" y nunca le alcanza lo que yo
tengo.
Intuyo que me pareció por un instante que ella podría
sacarme de la vida miserable que llevo. Una vida sin
ternura. Sin amor.
Al acariciar solo por un segundo la sensación de
sentirme querido tiernamente, todo lo demás perdió
significado.
Es sábado a la noche. Hace un rato volví del hipó-
dromo. Mercedes me dijo que se iba a bailar con unos
amigos. Estuve muy triste y angustiado todo el día. La
tristeza llega sin preámbulos, la angustia, en cuanto pienso
que ella puede estar con otro hombre, que puede estar
acariciándolo como hace conmigo. Que puede estar
siéndome infiel.
Salí a dar una vuelta y conocí a una chica que me
gustó. Me dio toda la bola, me invitó a su departamento y
me ponderó de arriba a abajo. Me dijo todo lo que creo de
mí y que nadie ve. Que soy íntegro, bueno, sensible.
Vulnerable pero fuerte en el fondo. Que se alegraba
muchísimo de haberme conocido.
Me dejé llevar. Aunque esa noche no quise estar con
ella, al día siguiente la llamé y nos acostamos. Llegué bien,
pero Mercedes no dejó nunca de estar presente.
Creo que el tema pasa por compromiso y corres-
pondencia. Que Mercedes corresponda lo que yo siento por
ella. Mi cariño, mi dedicación, mi ternura. Que cada persona
se de cuenta y me devuelva la sonrisa o la buena onda que
yo le brindo.
Vuelvo a sentir angustia cuando pienso que puede
estar con otro hombre.
Pienso que si ella me importa, yo también debería
importarle, porque si no voy a sufrir mucho.
Esta relación me tiene realmente preocupado. Hoy es
martes, el viernes cuando la vi me dijo que iba a pasar el
sábado en una quinta y luego a bailar con unos amigos.
Cuando me dijo eso, pensé automáticamente en salir
con otra persona. Incluso en tener sexo con alguien.
Sospecho un intento desesperado por alejarme de ella, por
no sentirme tan expuesto a que me lastime su indiferencia.
Esa noche, después de recibir una negativa sexual, la
dejé temprano en la casa, con la fea sensación de estar
ligado a alguien que no me corresponde.
Ya otras veces sentí lo mismo en mi vida. Creo en
una "necesidad". Cuando estoy con ella me calmo, cuando
me separo estoy triste, angustiado y me falta algo.
Por alguna extraña razón siento que forma parte de
mi aquí y ahora, a pesar de que hace días que no la veo no
deja de estar presente ni cuando hago el amor con otra
mujer. En forma insólita, cada vez que ella decide salir con
sus amigos y yo voy a dar una vuelta o voy a una fiesta, se
me entregan mujeres que me gustan. Y termino
aceptándolas.
Mercedes no me cierra sus puertas. Prefiere ver a sus
amigos y no hacer el amor. No llega a rechazarme, es
independiente de mí. No está subordinada a mí. Cuando
hacemos el amor, mientras que su cuerpo me muestra clara-
mente que está dispuesta a recibirme y que me envuelve
con una gran sensación de placer, ella dice no sentir nada,
que ni fu ni fa.
Yo, en cambio, no vivo un minuto del día sin que ella
esté presente. Dejaría de correr, nadar y todo en general por
estar con ella. Es como si mi vida de golpe y porrazo, se
hubiera transformado en un garrón. También me doy cuenta
como cambia la actitud de su cuerpo cuando ya está
satisfecha, cosa que ella dice no registrar.
Siento que lejos de quererla, me comporto como si
quisiera poseerla.
Actúo justamente al revés de lo que defendí durante
estos dos años. Es decir que el sentido de mi vida no lo
podía encontrar nunca en la necesidad de otra persona. Al
sentir de golpe que ella ocupa el lugar principal en mi
existencia, mi vida ahora pasa por la de ella.
Es una pasión que estoy muy lejos de comprender. Sufro
todo el día y no entiendo nada. Se me hace insoportable
pensar en trabajar o hacer cualquier otra cosa. ¿Me
demuestra las necesidades que mantenía ocultas? ¿Quiere
decir que no valoro la vida de búsqueda que llevo?
Me veo como un chiquito con algo que le gusta.
Obsesionado y confundido.
Ayer al acostarme pensaba: ¿Por qué me pasó esto a
mí? Me estaba comportando como un quejoso, eso es lo
que siempre dicen. Me parece que la aparición de ella en mi
vida, levantó una enorme tapa.
Ahora mi vida es un páramo.
Decidí hablarle de lo que me está pasando. Le conté
de las otras mujeres con las que hice el amor cuando ella se
iba a bailar con sus amigos y como me gustaría dejar de
tener ese tipo de relación tan ridícula.
A pesar de ella, le surgieron unas lágrimas que se
desbarrancaron por sus mejillas mientras me decía: -Qué
extraños son ustedes, los hombres. Vos que estuviste dicién-
dome que estabas enamorado de mí, te acostaste con otras
mujeres y yo, que nunca te lo dije, te fui fiel y estuve
solamente con vos.
Esas palabras me quedaron grabadas.
Otro sábado a la noche. Recién vi como una mujer en
televisión abrazaba a un hombre con cariño y placer, y me
puse a llorar solo en mi garage. Porque Mercedes no me
quiere. Porque nadie me quiere.
Pululo desesperado por todos lados, sintiéndome un
paria. Un don nadie.
¿Para esto nací?
Nunca nada le alcanza. La primera vez alcanzó sólo
con llamarla. De ahí en más nada fue suficiente. Le entregué
todo lo que valoro. Mi libertad, mi tiempo, mi cariño, mi
ternura, mi amor.
Fui desenvolviendo cada uno de estos regalos,
mirando su cara para ver cuando algo le agradara. Nada
bastó.
Parece que no soy suficiente. No pude serlo. Como
dice la canción:
-Renuncio, nadie es lo suficientemente bueno para nadie. (I
quit, I give up, nobody is good enough for anybody else)
Nadie es lo que otro necesita. Nadie es el antídoto
para otro.
Quizás esto sea lo más importante de lo que me digo
últimamente.
Es posible que me haya dejado llevar desde el
principio por su cara de necesidad. Una cara que invitaba a
creer que con sólo sacarla a bailar, todo iba a estar bien
para ella. Y fue ahí quizás donde empecé a dejar de lado lo
que había considerado importante en mi vida.
¿Qué considero importante? ¿El deporte? ¿Los
ejercicios de control mental? ¿Disponer de mucho tiempo sin
saber que hacer? ¿A mis amigos? ¿A mi familia? ¿El
descubrir por donde pasa algo? ¿Leer algo que me guste?
¿Nadar?
No. Hago estas cosas porque creo que me hacen
bien, el deporte, los ejercicios, escribir. Pero no son un fin en
sí mismos. Por eso, cuando me pareció que podía cambiarlas
por un puñado de ternura, por hacer feliz a otra persona, las
dejé con gusto. Sin enojarme por perder ninguna de ellas.
Fue un Domingo raro. Con lluvia alternada con sol.
Con tristeza que se mezcló con un poquito de alegría. Fue un
Domingo con mucha confusión y muy poca claridad. Con
cariño y soledad. Con vida y apatía. Fue un Domingo raro.
Me senté para escribir. Para escribir lo que me pasa.
Para escribir lo que me preocupa. Lo que me aflige.
Me senté para escribir sobre mis miedos y mis
angustias. Para escribir sobre Mercedes. Para abrir mi
corazón. Para enfrentar lo terrible, lo feo.
Me senté para escribir y aceptar lo inevitable. Lo
irremediable. Para darme cuenta que estoy solo. Que pasan
los años y sigo solo.
Me senté para escribir sobre los motivos que me
faltan. Sobre lo suelto y sin rumbo que me siento. Para
escribir sobre mi incertidumbre y mi tristeza por no lograr
nada y no poder aferrarme a nada. Sobre la falta de
esperanza.
Me senté para escribir sobre como me cuesta aceptar
la vida como es. Sin siquiera comprenderla.
Estoy como si me hubieran quitado el deseo de vivir.
No tengo ganas de hacer nada, porque ella no quiere estar
conmigo.
No tiene sentido. ¿Qué podría darme ella? ¿Amor?
¿Si viví todo este tiempo sin amor, por qué no quiero o no
puedo seguir haciéndolo? ¿Qué sentido puede tener no
poder vivir la vida porque otra persona no desea estar o no
lo ama a uno?
Nada entiendo. Encuentro un vacío general en
cualquier acto y una agonía y una enorme angustia me
invade el pecho.
Si esto es parte de la vida. ¿Dónde está el propósito?
Hablé con Josefina. Reaccionó con bronca y rechazo.
Considera que Mercedes trata a las personas como si fueran
cosas. Lo dedujo de cuando me dijo que me llevaría a vivir a
su casa. Como si fuera un juguete. Que me está manejando,
sin saber lo que quiere y sin importarle como me sienta yo.
En parte yo me siento como ella me dice, que me
manejan como a un títere. Como si yo a Mercedes no le
importara nada como persona.
Pero, por otro lado siento que desde que la conocí fue
creciendo un compromiso y una unión profunda. Muy cerca
de mi corazón, de mis sentimientos y emociones.
No sé si creerle a mi corazón, a mi cabeza o a Jose-
fina.
Desconozco la cruzada en la cual me encuentro, pero
una vez más el sentido de lo que hago no está en mí, sino
en otra persona.
Parece ser que una vez más el sentido de lo que hago
no está dentro de mí, sino por fuera. Y si es así, y el sentido
y propósito de mi presente es Mercedes o tiene que ver con
ella, simplemente paso a un segundo plano, encolumnán-
dome por detrás de otro individuo.
Me surge la creencia de que las personas, en ciertos
momentos, necesitan cierta ayuda. No quería escribirlo,
porque no concuerda con lo que mi alma de ha dicho en
muchas oportunidades: ¡Cada persona está completa. Nada
necesita. Tiene todo para vivir!.
Cuanto más traté de que no me hiera, cuanto más
traté de no sentirme no correspondido, cuanto más traté de
dar para no ser rechazado e ignorado, tanto más me lo
hicieron sentir.
Ahora me siento HERIDO. Herido por Mercedes.
Herido por mi madre. Herido por mis amigos. Herido por Joe,
por Monique, por Raúl, por Poli.
Entiendo en sentirme herido un mensaje de mi
interior.
Me dice que tengo derecho de estar acá. Que hay
lugar para una persona exactamente como yo en este
mundo. Que no es un error que yo este acá. No importa que
los demás sean, piensen y que se manejen con códigos
diferentes. Tampoco que les importen otras cosas. Igual-
mente, aun siendo raro y peculiar, aun siendo obsesivo o
incansable buscador y cansador para muchos, tengo todo el
derecho de estar acá. Y tiene sentido que exista.
Estoy por cumplir treinta y cuatro años. O dos desde
que volví a nacer.
Éste fue un año difícil. El esfuerzo para seguir mi
senda fue cada vez mayor. La mayor parte del tiempo
estuve perdido, fluctuando entre intentar volver a ser el
viejo Andrés, e intentar "entender" y "darme cuenta", como
me invita a vivir mi nueva consciencia.
Recién estuve viendo una película. Lloré casi desde
que empezó. Tenía una visión tierna y afectuosa de la vida.
El único valor que defendía era el amor. Nada de logros o
éxitos, o de haber alcanzado nada en la vida.
Solo amor. Solo eso.
Leí en la lista de Louise Hay, que un ataque al
corazón quiere decir que la persona, por dinero, por posición
o por lo que fuera, le quitó todo el júbilo a la vida. Puede ser
que eso haya hecho papá.
Pero creo que una de las cosas que sentí con su
muerte es HERIDO. Quizás por eso es tan importante esa
emoción. La vengo repitiendo desde muy chico.
Mi cumpleaños ya pasó. Con pena por Mercedes y,
también, con demostraciones de cariño. Ella no me está
tratando como yo querría y eso me duele. El Viernes la
encontré en una fiesta de Méndez (de las que la conocí). Me
dijo que hubiera preferido que yo no fuera, pero que como
yo estaba ahí, tuvo que estar conmigo.
Yo hubiera preferido que no fuera. O que me tratase
diferente. Pero las cosas son como son.
Brindé con ella y propuse: "Por nosotros". En realidad
no hay tal cosa. Hay un ella y un Andrés que se presta a
todo o a casi todo.
Me zamarrea emocionalmente. Pero si como digo yo,
quiero sentir, lo primero es animarme a todo lo que me
pase. Cuando deje de emocionarme quizás sea que con ella
ya no voy a aprender más, pero mientras me emocione
como lo hago, mientras siga sintiendo emociones penosas y
gloriosas (que hasta ahora no sentí), vale.
Estuve hablando el sábado a la noche con Josefina.
Me transmitió algo interesante con respecto a sentirme
herido. Yo había escrito que es cuando creo que la verdad la
tienen los demás. Ella lo entendió como que los demás son
un espejo de nuestra realidad. Así, lo que ellos hacen se
transforma en lo que nosotros merecemos.
Ahora considero sentirme herido como un men-
saje que me indica que estoy creyendo que las de-
voluciones de los demás son un espejo que me
refleja.
Por lo tanto, comprendo que no es así. Las personas
nos hacen devoluciones que tienen que ver con ellos, no
sólo con nosotros.
Otra vez triste. Llorando en el garage. Sintiendo que
soy un desgraciado.
Otra vez un miserable. Un no querido por nadie. Un paria. Un
extranjero indeseable.
Y todo esto porque a Mercedes no le importo. Porque
una vez más me voy a quedar solo. Y me había ilusionado
con poder vivir un tiempo con alguien.
Estoy desgarrado y herido. Fuera de lugar. Vencido.
Por la noche sueño que ella no está conmigo. Me
despierto pensando en ella. Todo pierde sentido si ella no es
correspondiente.
Si no fuera así, si me quisiera y estuviera enamorada
de mí, quizás yo podría hacerla sentir bien con solo estar,
con un mimo, un abrazo o una caricia, porque es eso lo que
creo que necesita.
Las cosas que yo hago serían valoradas, no pasarían
desapercibidas, como ahora.
Estoy en el garage escuchando música. Solo y
confundido. Sin tener idea a qué dedicar mi tiempo.
Si creyera que soy inmortal, no me molestaría perder
el tiempo con Mercedes.
Cuando la conocí me confesó que nunca abría las
persianas de su cuarto. Que no quería que le entrara el sol.
Cuando llegué Mercedes estaba en Robe de cham-
bre. Me atendió bien. Dijo que se iba a ir al centro, que la
esperara mientras se bañaba.
Sentí que era una pérdida de tiempo. ¿Por qué
esperarla si se iba al centro? Antes que eso prefería ir a lo de
Turu y después a lo de Cris.
Cuando se lo dije, no lo tomó nada bien. Se fue sin
saludarme.
Hoy es Viernes de semana santa. Creo que religio-
samente no me afecta, aunque creo que Jesús fue muy
importante, sin embargo, como mucha gente aprovecha
para pasar unos días afuera, yo me despierto con com-
pulsión a hacer cosas, programas divertidos.
Mientras imagino que todos festejan y se divierten,
yo escribo solo y confuso en mi garage.
Me hace acordar a las palabras de Lao-tsé, aunque
estoy muy lejos de ser un sabio.*
*(Los hombres están de fiesta como en los días de grandes
sacrificios.
O cuando en primavera se asoman a las terrazas.
Sólo yo permanezco tranquilo, sin tareas que cumplir, como
un niño que todavía es incapaz de sonreír, siempre
desamparado, como si no tuviera hogar.
Los demás viven en la abundancia, sólo yo parezco pobre.
Es posible que mi mente sea la de un loco, tan oscurecido y
confuso me siento.
La gente vulgar da la impresión de ser clara y brillante, sólo
yo me muevo como una sombra.
Ellos son agudos, seguros de sí mismos.
Yo estoy decaído y me muevo como se mueve el océano.
Voy a la deriva, sin asidero alguno.
Todo el mundo tiene algo que cumplir.
Sólo yo soy torpe y estoy fuera de lugar.
Soy diferente, yo encuentro paz y soporte en la madre que
me nutre.)
Me castigo por no tener un buen trabajo. Por no ser
una persona positiva y pudiente. Alguien que pueda
mantener una familia. Alguien que valga la pena querer.
Si bien me costó mucho tiempo poder estar tranquilo
con intentar fluir en mi vida, sin estar enganchándome con
la compulsión de la gente de ser alguien por el trabajo que
hacen, sin querer identificarme por mi quehacer diario, por
mi profesión o por mi trabajo, sin estar encolumnándome
por encima o por debajo de otras personas que poseen más
o menos que yo, ahora me vuelvo a castigar por lo mismo.
Quizás fue sólo un intento de ir aceptándolo y
comprendiéndolo, pero ante la llegada de alguien que me
gustó, rápida y gratuitamente tiré todo ese esfuerzo por la
ventana y comencé, sin prisa y sin pausa a castigarme,
quitándome toda posibilidad de gozo por lo que se me
presenta cada día, como el aire, la las plantas, el agua, la
música.
Cada día puede ser una bendición o un tremendo
sufrimiento.
Si considero que soy incompleto. Y que no soy lo
suficientemente bueno ni poderoso como para satisfacer a
alguien, estoy en lo cierto. No es debido a un problema
particular mío, sino porque a nadie se lo puede satisfacer.
Nadie puede satisfacer a nadie.
¡Sólo tiene lo suficiente, quien sabe lo que es
suficiente!
Le dediqué tiempo, inteligencia, percepción, calidez,
dinero. Le abrí mi garage y mi corazón. Incluso permití que
se burlara de mí. También que no me tolerara. Que me
rechazara, que me manejara y que se encaprichara,
también. Y que no me quisiera.
Intenté aceptar todo. A todo dolor le busqué la vuelta
por otro lado.
Pero todo lo hice esperando algo a cambio. Un diplo-
ma de poder satisfacerla, de ser suficientemente bueno para
alguien. El diploma de quien alcanza.
Lejos de obtenerlo.
Ayer otra vez tuve la sensación de saber que
Mercedes había llegado a la casa. Ella me había dicho que
volvía el domingo. Y como la otra vez que me había dicho
que iba a ir al centro, y yo había sentido que estaba en la
casa y tuve ganas de ir a visitarla, ésta vez me pasó lo
mismo.
No sé como entender esta comunicación de saber si
está o no.
Por otro lado, no obstante yo quería que me llame y
lo hizo, me trató mal, como si estuviera molesta o le costara
llamarme y a la vez mostrar toda su indiferencia.
Cuando digo algo no me escucha o me trata mal. Aun
así, siento que en este momento me está llamando de
alguna forma. Pero contestar su llamado es ir a ser mal-
tratado y no tiene mucho sentido.
De todas formas sigo pensando en ella, sabiendo que
va a tratarme como puede, como sabe y como le parece.
El que se injuria soy yo mismo. El que deja de creer
en su alma, soy sólo yo.
Cuando es ella quién me llama, peor me trata. Le
molesta tener que llamarme. En el llamado no me invitaba a
nada. Solamente me daba la posibilidad de que yo la
invitara.
CONFUNDIDO: Cuando creo que todo es como tiene que
ser.
No entiendo que pude decirme esto. Parece que si
todo es como tiene que ser, entonces no hay nada que
pueda modificarse. No hay nada en realidad que yo pueda
hacer.
Es muy interesante. Querría decir que puedo hacer
diferencia, que puedo interferir en algo, que soy parte de
algo.
Últimamente me estuve diciendo en reiteradas
oportunidades que para que intentar ayudar a alguien, si
todo estaba como tenía que estar.
Volví hace unos días de Mar del Plata y vuelvo a ir
mañana. Es una excelente noche otoñal. Fresca y pura.
Por la radio están pasando lágrimas en el cielo. Mi
estado de ánimo está lejos de ser parejo. Estoy perma-
nentemente atento a la reacción que causo en la gente,
para saber como estoy. Ignoro como saber como estoy sin
valerme de la devolución de los demás.
En estos días estoy muy angustiado porque mi vida
depende de ella. También de otras personas. Fuertemente
angustiado. Mi vida no tiene sentido, carezco de ganas de
hacer nada. Tengo toda mi energía puesta en Mercedes. Ni
en ver televisión ni en ir al cine, ni en nadar, ni en correr ni
en aprovechar estos espléndidos días de otoño con las hojas
de todos colores soltándose de los árboles.
No puedo disfrutar, ni cuando estoy con ella, ni
cuando estoy solo.
Estoy enamorado y no soy correspondido.
Me cuesta mucho mantener mi escala de valores.
Tiene pocas certezas, solamente voy aprendiendo lo que no
tiene valor. No quiero volver a creer que tengo que ser
suficiente y tener suficiente para ofrecer.
Es domingo a la noche. Hoy hay fiesta de Méndez.
Sentado en el escritorio escucho la radio. Mientras, me
caliento unos ravioles del mediodía.
No creo que Mercedes se haya tomado bien que yo
tuviera programa con otra mujer cuando me llamó ayer.
Cuando la llamé al mediodía me dijo que iba a estar ocupa-
da por la tarde haciendo un trabajo para la facultad, que
más tarde me llamaba.
No se si quiero que lo haga.
Cuando me llamó, a eso de las nueve de la noche,
me bañé y fui hasta su casa con sospechas. No estaba
seguro si ella podía digerir lo que le estaba pasando
conmigo.
Cuando llegué, no fue ella quien me atendió. Estaba
sentada en la cocina viendo televisión y no se movió. Hizo
como si no me hubiera escuchado (aunque toqué el timbre).
Me ofreció que me sentara junto a ella.
Tenía enfrente el trabajo que había hecho para la
facultad. Le pedí leerlo y a pesar de que al principio se negó,
luego aceptó con la condición de que no emitiera comen-
tarios al respecto. Supongo que me pareció rara la limitación
y por eso luego de leerlo le dije que yo le cambiaría algunas
cosas (no era verdad).
Nos quedamos callados un buen rato, hasta que me
preguntó por qué me gustaba hacerla enojar. Ya no me
trataba bien, en realidad no le había hecho en ningún
momento. No me sentía bienvenido.
Le dije que a mí me gustaba que me recibieran bien.
Con ironía continué con que debía ser un problema
mío de chico. La saludé y me fui.
Debo haber estado en su casa unos quince minutos.
Ahora me dan ganas de llorar.
Me senté en el sillón de mi garage, con la luz apa-
gada, esperando que me llamara. Esperé media hora. Me
cambié y me fui a la fiesta de Méndez.
Cuando volví a verla me preguntó si había ido a esa
fiesta.
Aunque pensé que las cosas entre nosotros podían ir
mejorando, no fue así. A pesar de haberme dicho que ahora
le gustaba abrir las persianas y dejar entrar el sol a su
cuarto, ayer volvió a decirme que nunca me había mentido,
que siempre me había demostrado su escaso interés en mí.
Las veces que estuvimos juntos no fueron agradables
para ninguno de los dos.
Decidí que lo mejor era dejar de salir.
Ni se inmutó. No demostró darle ninguna impor-
tancia. Me saludó como si nada. Es coherente con la poca
importancia que me demostró siempre.
Pasé una pésima noche por problemas digestivos.
Con ganas de vomitar e ir al baño, con retorcijones y sudor
frío.
Fui a verla. Todo lo que temía, pasó. Fría y lejana,
sentada distante me ignoraba. Interrumpió la conversación
en la cual hablábamos de nosotros, para decir pavadas por
teléfono con un amigo durante quince minutos.
Mientras tanto, yo me mantenía acurrucado en un
rincón de su cuarto, muriendo de a poco, sufriendo, llorando
por dentro, pero intentando convencerme de que me la
banco. Que nada me pasa.
Me llega su imagen diciéndome que quería ser mi
amiga. ¡Que mundo de mierda! ¡Las cosas que tengo que
escuchar!
Cuando llegó el amigo, ni siquiera habíamos termi-
nado la conversación. Ni siquiera pude despedirme como
quería.
En realidad yo no quería irme.
Ella no salió a despedirme. Tuve que abrir el portón y
sacar la moto solo. Solo. Solísimo.
Fui directo a verla a Cris. Por suerte, estaba. Me dio
cariño y me abrazó. Me contuvo y se interesó por mí.
No sé por qué no quería quedarme solo. A lo que
temo más ahora es a la soledad. A las emociones profundas
en el desierto. Angustia. Todo incontrolable.
Esta relación me hizo ver lo solo que estoy. Lo solo
que me encuentro. Creo que todos los días de mi vida salgo
a remediar mi soledad. La terrible soledad que permanece
aun cuando estamos acompañados.
Toda la vida que fui armándome con interés se vino
abajo. La regalé con gusto a cambio de una de sus sonrisas.
Intenté guiarme por mi alma y me condujo a esto.
Me angustio tremendamente cuando pienso en lo
poco que le importó mi situación.
Muevo las piernas aceleradamente por la angustia.
Me siento muy dolorido, emitiendo aullidos internos de
dolor. Mañana tengo que viajar a Mar del Plata a terminar el
tacto. Sólo recordar eso me hace mover las piernas con
mayo desesperación.
También siento angustia cuando pienso en su
indiferencia corporal hacia mí. Estoy desesperado.
Pensar en ella me da angustia. Pienso en como me
gusta, en su cuerpo y siento angustia. Pienso en un abrazo...
bueno, eso nunca lo tuve.
La angustia me indicaría los razonamiento equivo-
cados. Por donde no va el asunto. Entonces, no sería ella lo
importante, ni como me gusta, ni como es su cuerpo. Es
obvio que hay mejores cuerpos que ese y mujeres más
lindas.
También me angustia que puede ser tan simpática
con un amigo y tan desagradable conmigo en el mismo
momento.
Siento que me mataron. Me mataron y tengo que
seguir viviendo muerto. ¿Cómo hago eso? Perdí todo deseo
propio desde que la conocí. Toda intención que no fuera
estar con ella. Desaparecí.
Ahora ella decide dejarme solo. Solo y desaparecido.
Solo y sin interés.
La llamé a Cris para verla ahora, a la mañana. Me dijo
que alguien iba a ir a cantar un salmo a su casa, y eso me
dio miedo, no quiero quedar a un costado, sentirme
relegado.
SENSACIÓN DE SOLEDAD: Tengo sensación de soledad
cuando quiero decirme que creo que la vida está deter-
minada. Que su sentido está determinado
No se si esto podría tener sentido. Es lo que me
acaba de salir.
Por suerte para mí, Cris me acompañó la mayor parte
del día.
Estuve un rato con algo de buen humor, mientras
escribía y también cuando fui a correr, pero al volver, me
volvió a atacar la angustia, la contracción en mi estómago.
Cris, Josefina y Monique, me dieron cariño.
Esta angustia tiene que estar indicándome alguna
espina o un punto de vista errado. También siento de-
sesperación.
Aunque siempre dije que quiero transitar mis
emociones, me esta costando enormemente transitar todas
las angustias, tristezas y sensaciones penosas y a menudo -
desagradables que se me presentan últimamente.
Mercedes fue como un oasis de espinos. Por cada
gota de agua que recibí tuve que sufrir sus dolorosos
pinchazos. Cada vez que me separé de ella me invadió la
sensación de no ser nada, nadie.
Por más que me devuelvan que soy un idiota, un pro-
blemático, un inútil y un vago, no tengo porque tener que
ver con eso. Es posible que todo eso tenga que ver con
quien me acusa de ello.
Muchas cosas viví en este último tiempo.
Muchas cosas diferentes. Historias donde se
repitieron los personajes, pero en forma cambiada.
Fui el deseado y también el que deseó.
Fui rechazado y también el que rechazó.
Fui ignorado y también ignoré a otros.
Todo lo que hice, me lo hicieron. Todo lo que
me hicieron, lo hice.
¡Qué momento más extraño en mi vida!
No se puede decir que no estoy teniendo algunos
meses realmente movidos.
Me vuelve la imagen de Mercedes y ansío una posibilidad de
que las cosas no sean como son. Que la realidad no sea lo
que es.
Pero lo cierto es que esto es sólo que me siento mal
por un amor no correspondido y nada más.
La única solución es que fuera correspondido. Pero
ella me ofrece su amistad, quizás como yo se la ofrecí hace
mucho tiempo a Josefina.
Aunque a cada rato pido por favor que esta realidad
desaparezca y que Mercedes me diga lo mucho que me
quiere y le interesa estar conmigo, es un imposible.
Caminando hace un rato pensé en eso de "tener lo
que uno quiere". Parece ser eso lo que intenta decirme esta
enorme tristeza que tengo instalada desde hace rato.
Ya son casi las seis de la tarde. Hoy no creo haber
hecho gran cosa. Estuve caminando, sintiéndome desgra-
ciado y esperando inútilmente que Mercedes llame.
Parezco estar siempre en el mismo lugar, siempre
desgraciado y dejado de lado por las personas que me
interesan.
Creo que de a poco he ido perdiendo el mito de la
plata, de los bienes materiales y del éxito para poder ser
feliz. Haciendo el amor con Mercedes estuve muy cerca de
tocar el cielo con las manos, muy cerca de sentir lo máximo.
De conectar todo mi cuerpo y el de ella en un gozo
profundo. Sé que a eso lo valoro. Mucho más importante que
el tema sexual.
Ahora estoy solo, sentado en mi garage, sin saber
cuando la vida va a volver a acariciarme con una sensación
tan profunda y placentera. Ahora tengo que contentarme
con lo que la vida quiera darme. Sin lograr imponer mi
voluntad.
A lo que me gusta, la vida puede dármelo o quitár-
melo sin que yo tenga derecho alguno al pataleo, sin que
pueda hacer nada al respecto. ¿Para qué hacerme desear
aquello que no he de poseer, que no he de gustar?
A muchas de las emociones que tuve durante esta
relación con Mercedes pude y me esforcé en sacarles
provecho, pero queda la ausencia, el teléfono que no suena,
queda la soledad y la falta de cariño y amor.
De alguna forma siento que me quedo afuera, que ya
no voy a poder entrar y salir a mi antojo. Y eso me lleva a
una enorme sensación de angustia y miedo.
Hace un rato me dejé las llaves arriba y mamá cerro
la puerta con llave. Ante esta situación sentí una gran
angustia y me vino una imagen de cuando era chico:
Buscábamos casa con mamá porque papá había muerto. Yo
me entretuve en el jardín, sin darme cuenta que mamá
miraba la casa por dentro. Cuando quise entrar, ¡La puerta
estaba cerrada! ¡Me habían dejado afuera! Mi desesperación
fue enorme. Sufrí tremendamente. Mamá hacía lo imposible
por tranquilizarme, sin obtener ningún resultado dado el
nivel de angustia y desesperación que yo había alcanzado
en esos minutos.
Existe la posibilidad de que el mensaje que intenta
transmitirme mi alma no sea directo de Mercedes, sino de lo
que ella representa. Que ella sea sólo una referencia.
Alguien que me importa y a quien yo no le importo. A la vez
me llama la atención que las dos veces en las cuales le
confesé que la quería, sentí como se le iluminaban los ojos.
Inútilmente sigo esperando que me llame. No quiero
darme por vencido. No quiero aceptar la realidad.
Quizás de aquí a un rato vaya a correr con un equipo
del bajo. Mi vida empieza a armarse otra vez, sin poseer
nada, sin esperar gran cosa, sin "probar el dulce".
Me siento solo y triste. Según lo que creo de estas
emociones, la sensación de soledad me estaría indicando
que la vida no tiene un sentido determinado, que no me
preocupe ni gaste tiempo y energía en cuestionarme porque
no se me otorga la posibilidad de vivir de acuerdo a lo que
me gusta.
Me preocupo por este sentimiento de soledad, que
me hace sufrir, pero que es en realidad inocuo, inofensivo.
En cambio, quizás el creer que la vida tiene un sentido
determinado, me puede estar haciendo esquivar o rechazar
muchas veces mi forma de sentir y fluir.
¿Me estoy guiando por determinismos cuando me
despierto a la mañana, cuando estoy de vacaciones, cuando
es día de semana o fin de semana?
¿Será que me arrastra el determinismo de otras
personas?
¿Me estaré guiando, aceptando o rechazando según
mis propias determinaciones sobre como hay que vivir y lo
mucho o poco que aprovecho mi vida?
La tristeza pareciera ser una emoción base, que no
da lugar a otras. Entiendo perfectamente que me indica que
no "necesito". No necesito lo que quiero para vivir.
Para mí, vivir, puede estar siendo perseguir lo que
quiero. Lo necesite o no, tratar de obtenerlo o intentar que
permanezca conmigo.
Releyendo algunas páginas que escribí antes de
conocer a Mercedes, descubrí increíblemente que en esos
días estaba triste, llorando, angustiado y relegado.
También sentía que no era lo suficientemente bueno,
rechazado, olvidado e ignorado. Que nadie se interesaba por
mí e incluso herido.
Me decía que yo siempre reacciono igual cuando me
hieren no queriendo estar conmigo: eligiendo no querer
estar con quienes no quieren verme y de esa forma lograr
que desaparezca la herida. Sólo habría herida si yo los
hubiera buscado.
Pensaba también que las cosas "buenas" no eran
para mí y que cualquier cosa que yo quisiera no se me iba a
dar.
A la vez me sentía "colado". Una persona indeseable
a quien no invitaron a esta acá, pero que, de cualquier
manera no se animaban a echarme.
Lo increíble es que haya sentido todas estas cosas
antes de conocer a Mercedes y, después de conocerla, las
volví a vivir, pero con mayor potencia, lo que evidentemente
me hizo suponer que era ella la causante o el real punto de
referencia de lo que pasaba dentro de mí.
Me gustaría escaparme. Poder estar viviendo otras
cosas, más agradables. Sólo está quedándome espacio para
aquellas desagradables. Para sufrir, llorar, angustiarme o
preocuparme. Para sentirme relegado, miserable o
desgraciado. Para estar solo.
Estoy cansado. Cansado de lo mismo. Cansado de no
poder reír con ganas, festejar, disfrutar y agradecer.
Cansado de no sentir placer y de no hacer las cosas con
gusto.
Cansado de no saborear un buen vino, de no hacer el
amor con una bella mujer y de no respirar el aire a todo
pulmón.
Espero poder lograrlo después de este trago amargo.
Amargo, pero quizás necesario para poder disfrutar luego.
Necesario para poder disfrutar de algo real, cierto.
Últimamente me estuve diciendo muchas cosas a
través de las emociones. Voy a ir una a una:
TRISTEZA: fundamentalmente por no tener lo que quiero. E
incluyo a la MUJER. Para poder disfrutar la vida creo
necesitar una mujer. Aun cuando puedo tomar un buen vino
y respirar el aire puro a todo pulmón, creo que no puedo
disfrutarlo a pleno sin una mujer. Sin ese cuerpo generoso y
complaciente, sin esas sonrisas de placer, sin sus miradas.
¿Cómo podría estar disfrutando este momento, que no tengo
una mujer?
Me parece terrible, pero creo que mi alma intenta
decirme que no necesito una mujer para vivir.
Quizás piense que si las mujeres no me aceptan, es
que el mundo no me acepta como semilla. ¿Será por eso
que me dolía tanto que Mercedes dijera que hubiese
abortado un hijo mío?
¿Es acaso tan importante para mí el placer sexual o
en realidad persigo el certificado que obtengo al poder
gozar?
También puede ser que sienta tristeza por no obtener
correspondencia entre lo que doy y lo que me dan.
RELEGADO: quiere decir que me estoy dejando llevar por lo
que otras personas piensan. Que no me estoy afirmando en
los valores que fui encontrando en mi camino. ¿Cuáles son
esos valores?
-No hay personas modelo. Soy único. Somos únicos.
-Nadie tiene derecho alguno sobre mi vida, ni la de los
demás.
-No tengo la obligación, ni el derecho de evitarle penas a los
demás.
-Cada persona posee todo lo que necesita para vivir.
Estamos completos.
-No es importante, ni necesario, gustarles a los demás.
-La vida no tiene un sentido determinado.
-Las devoluciones de los demás no son nuestro reflejo.
-No está todo como tiene que estar. Podemos hacer
diferencia. Contribuir.
-La vida no es una competencia.
-A la vida no se la puede obtener, sólo vivir.
-No necesito lo que "quiero" para vivir.
Supongo que con el tiempo voy a seguir encontrando
valores. Ideas que valgan la pena, que perduren y me sean
beneficiosas, acercándome a la realidad.
La ANGUSTIA que sentí al ser relegado me llevó
directamente a la situación, una vez más, de la muerte de
papá. Debí sentir que con él se me iba toda posibilidad de
poder mantener mis ideas, mi forma de ser, evidentemente
creyendo que era necesario ejercer mi voluntad para
obtener un lugar.
Creo que esto es muy importante.
En realidad no se logra tener un lugar por el hecho de
poder ejercer nuestra voluntad. Uno siempre se encuentra
en un lugar para sí mismo.
Cuando murió papá perdí la oportunidad de ejercer
mi voluntad. Que las cosas se hicieran como yo quería.
Seguramente en ese momento creía que eso era
fundamental, porque al que se le permitía ejercer su
voluntad, le estaba siendo permitido "ser". A los demás, en
cambio, no.
Y creo que allí es donde empezó otra emoción:
SENTIRME HERIDO. Herido por todas aquellas personas que
no cumplieron con mi voluntad, una forma de dejarme SER.
HERIDO: Las devoluciones de los demás no son nuestro
reflejo. No son nuestro pasaporte para poder ser o no. No
implican un derecho para estar acá. Ni siquiera son un
reflejo de lo que sembramos, aunque puedan serlo.
De alguna manera es lógico pensar que si a uno
alguien lo ama, lo está autorizando. Mientras uno es amado
puede permanecer. Tiene una razón para quedarse.
Por eso creo que algo debe estar señalándome este
deseo tiránico de que Mercedes me llame, este deseo de ser
reconocido, de dejar de ser ignorado, para ser aceptado y
amado.
Pero tengo MIEDO de que ella no llame.
El miedo tiene que ver con la indestructibilidad de mi
alma. Con mi propia presencia, con mi ser.
Si tuviera que escribir la razón de mi miedo, diría que
es porque todo lo que me pasa, tanto lo que puede verse
beneficiado, como perjudicado, son cosas inofensivas en
realidad.
Es como si fuera un juego inofensivo de búsqueda del
equilibrio. Es sólo una guía, no dependemos de ello.
¿Cómo explicar que podamos contribuir con este
mundo y a la vez sea inofensivo lo que nos pasa?
Quiero decir que por inofensivo entiendo que no nos
lastima ni nos limita. Diría que aunque no somos
omnipotentes, estamos más allá de tener que ejercer
nuestra voluntad.
Que se cumplan nuestros deseos no nos beneficia ni
nos perjudica.
Todavía me quedan muchas emociones para
profundizar. Queda rechazado, olvidado, ignorado, colado,
desesperado, dubitativo, desgraciado, sensación de soledad
y angustia por quedarme afuera.
Aunque Mercedes me asegura que yo no le intereso
ni corporal, ni espiritualmente, yo sigo creyendo que no es
así. Aunque en lo concreto, la falta de un llamado me indica
claramente que no le intereso, sigo con la idea de que no es
verdad. Y eso me hace pensar en papá. En papá que desde
que se fue, desde que murió, nunca volvió a saludarme. En
papá que no recuerdo que haya estado nunca hablándome
en un sueño. En papá, que yo veía cómo se preocupaba por
mí y cómo yo le importaba, y de cualquier manera nunca
volvió.
Una vez más me desperté sufriendo. Reconozco que
no es la idea ocultar las emociones penosas que transito y
tratar de reemplazarlas por ilusiones para sentirme bien. No
es que no quiera sentirme bien, pero quiero que sea por un
camino real.
Por lo tanto, voy a pasar otro día más solo en casa.
Saliendo únicamente para hacer algún deporte o comprar
algo para comer aquí, en mi garage.
Insisto con la idea de que la gente no quiere estar
conmigo por un problema mío, por mis errores y equivo-
caciones.
Sonó el teléfono y especulé con que podría ser
Mercedes... No era.
Me cuesta creer que mi intuición me haya jugado tan
mala pasada, haciéndome fijar la atención en alguien que
no iba a corresponderme.
Aunque estuve analizando las emociones que sentí,
todavía no pude descubrir el meollo del asunto. Por eso doy
vueltas en círculo.
Quizás tenga que ver con algo que me pasó cuando
era chico. Algún tipo de conflicto que no pude resolver en su
momento y que hoy podría estar capacitado para
desenmascarar.
En algún momento pudo ser realmente nefasto para
mí que me quitaran el cariño y que no me dejaran ejercer mi
voluntad. En ese momento pudo estar relacionado con que
mi conducta satisfaciera a quienes tenían el poder de
dármelo.
Tratar de ser yo mismo en esa etapa de mi vida, en
donde sentía que había perdido a mi mejor camarada
(papá), pudo volverse una lucha de vida o muerte para mí.
Posiblemente elegí dejarme de lado, con tal de no quedarme
solo y poder ejercer un poco mi voluntad.
Seguramente la tristeza que debía hacerme sentir el
hecho de no poder ejercer mi voluntad y para peor, no poder
comprender su mensaje de que no necesitaba hacerlo,
debió desembocar en algo mucho más nocivo para mí, como
dejar de lado mi particular forma de ser y tratar de
adecuarla a las exigencias de los que me rodeaban.
Por más que intentaba esforzarme por contentar a
otros, nunca lograba ejercer mi voluntad con algunas
personas, como por ejemplo con Raúl, que además de tener
mayor fuerza física, contaba con el apoyo incondicional de
mamá.
Me imagino claramente al círculo vicioso, cuanto más
me dejaba de lado, para ser como mamá u otras personas
quisieran que fuese, nunca iba a gustarles por mi forma de
ser real, sino por comportarme como un Andrés de plástico
que apenas se quitara la careta, volvía a ser relegado otra
vez.
Conclusión: O me relegaba yo para que no lo hicieran
los demás y así intentar ejercer mi voluntad o me relegaban
los demás y, de esa forma, perdía la posibilidad de hacer lo
que quisiera.
Supongo que en ese momento no estaba en condi-
ciones de seguir mi vida solo.
De cualquier modo, me parece una forma coherente
de asociar el no ser suficientemente bueno, con el hecho de
ejercer mi voluntad.
Es posible que creyera que al poder ejercer mi
voluntad estaba siendo aceptado en esta vida.
Estas son todas hipótesis. Voy a permitir que corra un
poco el agua, manteniéndome pendiente de lo que voy
sintiendo y actuando, para ver si puedo aclarar, confirmar o
rechazar todas estas conjeturas. Por el momento, no siento
angustia ni otra sensación concreta que me indique que voy
por mal camino.
¡No creo que mi familia esté dirigida a crecer! Pero al
decirlo no me considero apto para juzgar a los demás.
Afortunadamente tengo este tiempo para escribir.
Tiempo para mí, para analizar, estudiar, sentir y respirar.
No estoy compulsivamente volcado con desespera-
ción a la búsqueda de bienes materiales ni profesionales.
Intento vivir auténticamente, mirando la naturaleza y
apreciando su belleza. Puedo disfrutar de bienes que no son
materiales.
Hoy no me siento suficientemente bueno. Para decir
más, reconozco que no lo soy. ¿Quién querría estar con
alguien como yo, que vive en un garage sin baño, teniendo
que subir hasta la casa de su mamá para usar el de ella?
¿Quién querría estar con alguien tan falto de ambiciones
materiales, hasta el punto de no querer hacer nada por
obtenerlas?
¿Quién querría estar con alguien cada vez más feo,
más viejo y más pelado?
Domingo lluvioso teñido de tristeza. Las gotas de
agua no llegan a lavar mi alma del sufrimiento. Día a día
siento que me consumo. Que me sumerjo en un mundo de
desesperanza y dolor. No logro dormir bien ni disfrutar de la
vida.
Me dedico a mirar películas, a llorar de a ratos, a
sufrir.
Está anocheciendo, para variar, estoy solo.
Sospecho que muchas de estas emociones tienen
relación con algo que me pasó luego de la muerte de papá,
algo que no alcancé a descubrir y comprender, y que por
eso me sigue perjudicando hoy día.
Después de mucho luchar contra la vigilia, tuve que
levantarme. No quería enfrentarme con la realidad de mi
vida. Y desperté pensando en que no me siento nada útil, lo
que me recuerda a un antiguo relato:
EL ÁRBOL
Lao Tsé estaba viajando con sus discípulos y llegaron
a un bosque en el que cientos de carpinteros estaban
talando los árboles porque se estaba construyendo un gran
palacio. Y habían cortado casi todo el bosque, excepto un
árbol que se erguía allí. Un gran
árbol con miles de ramas. Era tan grande que diez mil
personas podían sentarse bajo su sombra.
Lao Tsé pidió a sus discípulos que fueran a preguntar
por qué no habían cortado aún este árbol, cuando habían
cortado ya todo el bosque y había quedado desierto. Los
discípulos fueron y preguntaron a los carpinteros: -¿Por qué
no habéis cortado este árbol? Los carpinteros dijeron: -Este
árbol es absolutamente inútil. No se puede hacer nada con
él porque todas las ramas tienen demasiados nudos. No hay
nada recto. No se pueden hacer columnas con él, no se
pueden hacer muebles. No puedes usarlo como
combustible, porque el humo es muy peligroso para los ojos.
Te quedarías casi ciego. Este árbol es absolutamente inútil.
Esa es la razón.
Volvieron. Lao Tsé se rió y les dijo: -Sed como este
árbol. Si queréis sobrevivir en este mundo, sed como este
árbol, absolutamente inútiles. Entonces nadie os hará daño.
Si son rectos los cortarán y los convertirán en un mueble en
casa de alguien. Si son bellos, los venderán en el mercado,
los convertirán en una mercancía. Sed como este árbol,
absolutamente inútiles, entonces nadie podrá dañarlos. Y
crecerán grandes y amplios,
y miles de personas encontrarán sombra debajo de ustedes.
De mi familia aprendí que lo importante es lograr lo
que uno quiere. Lo demás no vale nada.
Y a partir de esto ¿Puedo disfrutar lo que tengo?
¿Puedo hacerlo a pesar de mis faltas, sin un trabajo
reconfortante y enriquecedor, sin una pareja para hacer el
amor y sin mi padre? ¿Puedo disfrutar con la familia que
tengo, estando separado de muchos de mis hermanos y de
mis amigos? ¿Puedo disfrutar estando solo y con el
embrague de mi auto patinando? ¿Puedo?
No, no puedo. Y no porque no quiera, sino porque las
ilusiones todavía subsisten en mí, los fantasmas de lo mejor
en contra de lo bueno.
¿Pensar que ahora podría estar en la cama con
Mercedes o viajando a algún lugar paradisíaco hace que
no pueda saborear este momento? ¿Es eso lo que hace que
no pueda exprimirlo como a una fruta jugosa, vivirlo como a
una joya, un momento único?
Tiene sentido que mi propia vida no puede aban-
donarme. Y que no necesito a nadie para vivirla. Ni mujeres,
ni amigos que me quieran, no necesito gustarles a los
demás, ni esperar cosas buenas de ellos hacia mí. Mi vida
siempre va a estar donde yo esté. El asunto solamente es
encontrarla. Sospecho que nada puede ser más
emocionante, creativo y divertido que nuestra propia vida.
Son casi las doce del mediodía. Hace mucho más que
meses que no sé que hacer con mi vida. Circulo sin saber a
que dedicarme. Me persigue una compulsión a ser útil,
aunque cuando muera todo seguirá su curso.
Si me dejara llevar por mi fantasía, diría que muchas
personas que aparentemente se interesan por los demás, en
realidad no lo hacen. Y yo, que parezco lo contrario y los
molesto poniéndoles el dedo en la llaga, si me intereso.
Quizás el peso esté en juzgarme y maltratarme
cuando actúo de una forma en la cual no salgo favorecido,
por haber pensado en los demás.
¿Será difícil imaginarse una vida donde no
tuviéramos que gustarle a nadie, sin esa necesidad de
atender y preocuparse por los gustos y deseos ajenos?
¿No me quitaría acaso un peso de encima?
No se si salir o no. Si lo hago tengo la posibilidad de
que algo pase. Pero quedándome en el garage también doy
la oportunidad, quizás, de que la vida, mi vida, aparezca
aquí en casa.
Corrí catorce kilómetros. Cuando iba llegando a casa,
pensaba en como me iba a sentir mientras se lo contara a
alguien. Y en general a la gente no le dice nada cuánto haya
corrido. Me intereso en que otras personas valoren mis
actividades aunque en realidad no tengan nada que ver con
ellos. Yo escribo mi historia, no la de ellos y sin embargo
pareciera ansiar que sean ellos los que juzguen si vale la
pena o no.
Para mí fue bueno correr los catorce kilómetros, ¿Por
qué querer que sea bueno para otra persona?
No entiendo la razón por la cual en lugar de disfrutar
mi propio logro, que lo considero importante por el esfuerzo
y la superación que significa, lo pongo en vidriera para que
sea visto y juzgado por los demás.
Busco en forma irracional y permanente una
aprobación. Aun con costos muy altos para mí y aunque se
vuelva en contra de mis propios intereses.
¿Será así o es que quiero ver como reaccionan los
demás ante lo que considero bueno e importante?
No me sorprendió que Analía no conteste mi llamado.
No sólo eso, sino que siento que es la historia de mi vida.
Anoche tuve un sueño. En él nadie me quería. Era un
paria en este mundo.
Siempre estuve rodeado de personas que no me
quisieron. Hoy mismo, no tengo a nadie que realmente me
quiera. Y el hecho que no sepan como hacerlo, no cambia
esa realidad.
Ni siquiera creo que Josefina y Cris me quieran
realmente. Más de una vez han aparecido indicios de que no
es así.
Por lo tanto, tengo una vida sin amor. Sin amor de
ningún tipo.
Cuan difícil se me hace ser YO cuando mis compor-
tamientos tienen otro propósito, como el de enseñarme. No
el de dar ejemplo. Entonces, muestro mi imperfección y mi
confusión interior aún creyéndome con la obligación o el
deseo profundo de defender la autenticidad. ¿Puedo hacer
ambas cosas? ¿Puedo actuar peculiarmente y hasta incluso
en forma insensata pero profundamente auténtica? ¿Es lo
que prefiero o en vez de eso elijo actuar en forma sensata,
correcta e impecable pero al mismo tiempo falsamente?
Mi impresión es que si actúo en forma sincera, me
termino rechazando a mí mismo por alejarme de lo lógico,
de lo establecido e incluso porque voy en contra de lo que
yo y todos los demás esperan de mí y de sí mismos.
En cuestiones sentimentales, aún soy como un chico,
al que pueden lastimar fácilmente con sólo dejarlo de lado.
Son la una y media de la madrugada. En todo
momento me obligo a encontrar las actividades que puedan
acercarme a la vida. Pero ésta, a veces es escurridiza y
aparece cuando quiere. Hay días en que siento que vivo a
un ritmo intenso, otros en cambio, parecen querer
transcurrir como olvidados, sin pena ni gloria, como si
fueran desperdiciados.
Y aunque me esfuerzo por exigirme a encontrar la
vida, ella no se presenta siempre en un tipo determinado de
actividad. Se presenta en cualquier momento, cuando estoy
trabajando o cuando estoy ocioso. En general, tiendo a creer
que cuando estoy haciendo algo que me gusta, tengo
mayores posibilidades de sentirme pleno, pero no es así. En
ocasiones, cuando salgo con una chica siento "vida", pero en
otras, inclusive con ella misma, no siento nada.
No debe estar en las mujeres, debe estar en todos
lados y en ninguno.
¿Sólo tendré que aprender a esperarla?
Hay personas en este mundo que no tienen abrigo
para el frío, ni comida para el estómago. Que enferman,
sufren dolor y malestares por agentes infecciosos que
podrían perfectamente evitar mediante una buena alimenta-
ción, mayor higiene o antibióticos a los cuales no tienen
acceso por falta de medios.
Hay personas atrapadas por desórdenes naturales,
como aludes, terremotos y ciclones.
Pero también hay en este mundo una cantidad mayor
de personas, que aunque pueden cumplir con sus
requerimientos básicos, de todas maneras, sufren. No por
algo real como el hambre o el frío, sufren por ellos mismos.
Sienten hambre aún estando sobrealimentados, se
enferman aún en condiciones favorables. Estas personas
viven mal, atemorizadas y angustiadas por situaciones
creadas por ellas mismas o por la sociedad en la cual viven.
A ellas, se les hace realmente difícil subsistir, pero no por
condiciones externas desfavorables, no, se les hace difícil
sólo porque se preocupan permanentemente por idioteces.
Personas como yo, que comemos de más y luego nos da
indigestión, tomamos de más y luego nos duele la cabeza.
Que vivimos compulsivamente esperando el éxito, ser los
afortunados. Perdiendo de vista lo verdadero y lo real, nos
desvalorizamos hasta creernos dependientes de los demás,
necesitando su cariño y aprobación. Pues son quienes nos
rodean los que deciden quién tiene éxito y quién es más
importante que los demás.
Y esa es la forma en que soy derrotado, cuando me
dejo de lado, cuando empiezo a creer que necesito un auto
mejor y un trabajo mejor. Cuando empiezo a creer que debo
justificar mis actividades. A darme importancia por cualquier
peculiaridad de moda. Cuando creo que tengo que verme
lindo, no para estar mejor, sino para gustar más y, sobre
todo, cuando creo que lo importante es darme todos los
gustos.
Pero afortunadamente vuelvo a conectarme y mi vida
vuelve a pasar por no creerme las falacias. Esa es mi vida,
mi lucha. No dejarme convencer para terminar, como en las
carreras de galgos, corriendo detrás de un conejo de
engaño. Vuelvo a desmitificar al éxito.
Aunque me gustaría despertar en un mundo
agradable, en el cual no hubiera hambre, ni agresión y en
donde la gente no muriera de frío, lo hago en un mundo
dominado por la hipocresía. Repleto de valores irreales.
Es por ello que estoy en combate, porque todo eso
me arrastra hacia la incertidumbre, a perseguir lo que no
importa, a empequeñecerme por no lograr mis objetivos de
plástico.
Y la lucha se me hace difícil. Porque la hipocresía no
da la cara, se oculta detrás de hechos y sentimientos que
dan la falsa impresión de ser reales.
Y esa batalla se produce aquí en mi garage. Estando
solo. Buscando separar lo cierto de lo irreal. Lo valioso de lo
superfluo. Lo auténtico de la hipocresía.
-FIN-