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Unidad Vii. Racionalismo.

La Unidad VII aborda las posibilidades y límites de la razón humana, enfocándose en el racionalismo y el empirismo como dos corrientes filosóficas del siglo XVII y XVIII. Se destaca la figura de Descartes y su método cartesiano, que busca establecer un conocimiento seguro a través de la duda metódica, la intuición y la deducción. El racionalismo se centra en la razón como fuente de conocimiento, mientras que el empirismo enfatiza la experiencia como base del saber.

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Unidad Vii. Racionalismo.

La Unidad VII aborda las posibilidades y límites de la razón humana, enfocándose en el racionalismo y el empirismo como dos corrientes filosóficas del siglo XVII y XVIII. Se destaca la figura de Descartes y su método cartesiano, que busca establecer un conocimiento seguro a través de la duda metódica, la intuición y la deducción. El racionalismo se centra en la razón como fuente de conocimiento, mientras que el empirismo enfatiza la experiencia como base del saber.

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UNIDAD VII.

POSIBILIDADES Y LÍMITES DE LA
RAZÓN HUMANA. RACIONALISMO.
1.- RACIONALISMO Y EMPIRISMO
1.1. Racionalismo
1.2. Empirismo
2.- DESCARTES Y EL RACIONALISMO
2.1. EL MÉTODO CARTESIANO
A) Objetivo y meta de su proyecto.
B) Operaciones de la mente: intuición y deducción.
C) El método.
D) La duda metódica.
E) La primera verdad: cogito ergo sum. Criterio general
de certeza.
2.2. LAS IDEAS EN DESCARTES
A) La naturaleza de las ideas. Las ideas innatas.
B) Argumentos a favor de la existencia de Dios. Dios
como garantía del criterio de verdad
C) La existencia del mundo
D) La teoría de la sustancia
________________________________________________________
1.- RACIONALISMO Y EMPIRISMO

Los filósofos modernos han sido testigo de cómo han caído los grandes
sistemas de pensamiento de la antigüedad, como hemos podido
comprobar en el capítulo anterior. Estos sistemas habían configurado
durante siglos la manera de ver y entender el mundo en la Cultura
Occidental; por lo que la filosofía moderna se caracterizará por ser un
pensamiento prudente y cauteloso. Los filósofos de esta época se plantean
como primera preocupación asegurarse de que sus reflexiones sobre la
realidad discurran por un camino seguro y les conduzca hacia la certeza.

Así es como la Filosofía Moderna comienza siendo un estudio del


conocimiento humano, Epistemología, (tal y como veíamos también en la
Unidad VI), y antes de lanzarse a la investigación se preguntan cómo debe
funcionar correctamente nuestras capacidades de conocer (cognoscitivas),
cuál es el origen de nuestros conocimientos o cuales son sus límites. Este
tipo de preguntas son las que van a intentar responder tanto el racionalismo
como el empirismo, partiendo cada uno de ellos de posturas diferentes y
llegando a conclusiones distintas, pero compartiendo una misma
preocupación.

Racionalismo y empirismo son las dos corrientes filosóficas que, en los


siglos XVII y XVIII, representan la nueva orientación en el pensamiento.
Una y otra se diferencian en: 1) Su procedencia: el racionalismo es
continental; el empirismo, es británico, 2) Su fundamentación: el
racionalismo confía en la capacidad de la razón; el empirismo, en la
experiencia, y 3) Su concepción de la ciencia: el racionalismo destaca el
aspecto formal, deductivo y matemático del saber científico; el empirismo,
su carácter empírico y observacional.
Veamos con mayor detalle cuáles son los rasgos distintivos de cada una
de estas dos corrientes filosóficas.
1.1. El Racionalismo

Con el nombre de racionalistas se designa un grupo de filósofos que


desarrolla su actividad entre los siglos XVII y XVIII y de los cuales cabe
citar a Descartes, Leibniz y Spinoza. Los racionalistas se caracterizan
porque consideran que la razón es la principal fuente de conocimiento.
Pero, de acuerdo con esta caracterización, muchos filósofos griegos y
medievales podrían llamarse racionalistas, ya que desde los presocráticos
cualquier filósofo aspira a ofrecer una explicación racional del mundo. ¿Por
qué, entonces, reservamos el término racionalista para un grupo
determinado? La respuesta la encontramos en que sólo este grupo considera
que la razón es la única fuente válida de conocimiento. Esto los diferencia
de 1) los filósofos griegos que en mayor o menor medida hacían intervenir
la experiencia; 2) los escolásticos que, junto a la razón, tenían muy en
cuenta la fe y la autoridad de los clásicos, como la de Aristóteles; y 3) sus
rivales, los empiristas, que afirman que todo nuestro conocimiento procede
de la experiencia.

1.2. El Empirismo

Con el nombre de empirismo se designa aquella corriente filosófica de


los siglos XVII y XVIII, cuyos principales representantes son originarios de
Gran Bretaña, de aquí que también se conozca con el nombre de empirismo
inglés. Entre ellos cabe citar a Locke, Berkeley y Hume. Este último es un
autor típico de la Ilustración; pero, dada la analogía de su pensamiento con
el de los dos primeros, se suele incluir dentro del movimiento empirista.
Los rasgos más sobresalientes de racionalistas y empiristas son:

RACIONALISMO EMPIRISMO

La filosofía debe centrarse en torno al La filosofía debe centrarse, tal


problema del conocimiento humano como indican los racionalistas, en
(epistemología): su fundamentación, torno al problema del
sus posibilidades y el objeto de su conocimiento: fundamentación,
estudio (las ideas). No podemos posibilidades y el objeto de su
conocer directamente la realidad, sino estudio (las ideas). No podemos
a través de las ideas que tenemos de conocer directamente la realidad,
ella. sino a través de las ideas que
tenemos de ella.
La razón es la fuente principal de La experiencia es la fuente
conocimiento; por tanto, debe principal del conocimiento; por
rechazarse cualquier conocimiento que tanto, debe rechazarse cualquier
proceda de los sentidos. tipo de conocimiento que no
proceda de los sentidos.
El conocimiento no posee límites; El conocimiento posee un límite,
todo es cuestión de poseer un método que viene fijado por la
adecuado y esperar el tiempo experiencia. Todo conocimiento
necesario para que la razón llegue a un que no encuentre en última
conocimiento verdadero. instancia un referente en la
experiencia sensible, se tratará de
un falso conocimiento.
Los primeros principios del Los primeros principios del
conocimiento son las ideas innatas. conocimiento son las ideas
Se llaman ideas innatas porque son adquiridas a través de la
elaboradas por la razón, sin ayuda de experiencia. El ser humano no
la experiencia. posee ideas innatas.
El método del conocimiento es el El método del conocimiento es el
deductivo que encuentra en las inductivo que encuentra en las
matemáticas su modelo más exacto. ciencias físicas su ejemplo. Una
Una deducción puede definirse como inducción puede definirse como
aquel argumento en el que, partiendo aquel argumento en el que,
de unas premisas o enunciados partiendo de unas premisas o
generales se llega necesariamente a enunciados particulares se llega
una conclusión en virtud de unas necesariamente a una conclusión
leyes. Por tanto, la deducción es un general. La inducción es el
proceso que va de lo general a lo proceso inverso de la deducción,
particular. Los racionalistas creen pues va de lo particular a lo
encontrar en ese carácter deductivo de universal. Por ejemplo, de la
la matemática un modelo de claridad y afirmación de que “este cuervo es
certeza de la que adolecen los demás negro” y “ese otro es negro” y
saberes. “aquel otro también lo es” y así
sucesivamente se infiere que
“todos los cuervos son negros”.
El gran objetivo, en última instancia, El gran objetivo, al menos el
es conseguir para la metafísica una de Hume, es destruir la
objetividad y certeza semejantes a las metafísica, a la que considera un
que poseen las matemáticas, utilizando mero juego de palabras, sin que
para ello el método que utilizan éstas. ninguno de sus objetos posea
Si la tarea se lleva con rigor, entonces ningún referente real.
se puede hacer de ella un tipo de saber
cierto y seguro, en vez de un campo de
interminables disputas, de
razonamientos defectuosos y de
conclusiones incompatibles.

2.- DESCARTES Y EL RACIONALISMO

2.1. EL MÉTODO CARTESIANO

A) Objetivo y meta de su proyecto.

El máximo representante del racionalismo es el filósofo francés René


Descartes, también conocido por su nombre latinizado, Cartesius (1596-
1650), nació en La Haya, pueblo de la Turena francesa. Descartes pensaba
que todo el edificio del conocimiento humano debe descansar sobre
fundamentos sólidos. El escepticismo dominante y las demostraciones del
heliocentrismo habían sembrado muchas dudas acerca de la posibilidad de
descubrir la verdad. Pero Descartes, en completa oposición al espíritu de la
época, no era un pesimista, sino un optimista metafísico: el sentido común,
la inteligencia, es lo más extendido en el mundo, dice, y es posible alcanzar
la verdad, lo único que necesitamos es un método adecuado. Sólo así
podremos confiar en la seguridad y fiabilidad de nuestro saber. El método
que Descartes utiliza es el que se conoce como “duda metódica”, esto es,
partir de la duda para superarla. Seguidamente vamos a analizar todo ello
con más detenimiento.
El principal objetivo de la filosofía de Descartes es resolver el problema
del origen y el fundamento del conocimiento y establecer una filosofía
como ciencia estricta, siguiendo el modelo de la matemática y
manteniendo la unidad del saber. El ideal de Descartes es establecer unos
principios ciertos desde los cuales poder deducir con todo rigor científico el
cuerpo total de la filosofía. Por tanto, podemos afirmar que el enfoque de la
filosofía cartesiana es principalmente gnoseológico o epistemológico (teoría
del conocimiento).
Descartes, al pasar revista de lo aprendido en su formación académica
estima que la enseñanza tradicional, y más concretamente la metafísica
tradicional (la escolástica) no está basada en fundamento sólido alguno.

Y es por eso que su objetivo fundamental va a ser intentar encontrar ese


fundamento sólido sobre el que levantar todo el edificio de la filosofía,
siguiendo el modelo de la matemática el cual le atraía por su claridad y
certeza.

Y lo primero que hay que establecer para alcanzar este objetivo es un


método; un método que permita aprender a distinguir lo verdadero de lo
falso, para ver claro y marchar con seguridad por el camino de la ciencia; un
método que nos permita obtener un conocimiento evidente de las cosas.
Afirmada, pues, la necesidad de contar con un método adecuado, a
continuación, Descartes debe responder a tres interrogantes:

1) Puesto que el objetivo es el alcanzar conocimientos seguros,


¿cuáles son las operaciones básicas de la mente que nos permiten lograrlo?
2) ¿cuáles son las reglas a las que debe ajustarse el método?
3) ¿cuál debe ser el punto de partida de dicho método?

B) Operaciones de la mente: intuición y deducción.

Según Descartes todos los hombres poseemos la Razón (Entendimiento)


entendida como “la capacidad de juzgar correctamente y de distinguir lo
verdadero de lo falso” en igual medida, pero no todos la “usamos” igual, de
ahí que encontremos la diversidad de opiniones y que unas sean más
verdaderas que otras. La razón es como una “luz” natural que nos permite
alcanzar la verdad y que es infalible si utiliza sus capacidades naturales sin
la influencia perturbadora de otros factores (pasiones, prejuicios, influencia
de la educación, impaciencia, autoridad, etc.), pero como no siempre sucede
así, necesitamos ejercitarla siguiendo ciertas reglas que eliminen la
influencia de factores perturbadores. Para lo cual necesitamos un método
que evite que la razón se ciegue y no emplee correctamente sus operaciones
naturales. Pero, ¿cuáles son tales operaciones? Descartes afirma que sólo
hay dos operaciones del entendimiento que nos permitan conocer la verdad:
la intuición y la deducción.

La intuición es como una especie de “luz natural”, un acto del


entendimiento puro, ya que en ella no intervienen ni los sentidos ni la
imaginación. Es una operación intelectual que no deja ninguna duda sobre
lo que comprendemos, esto es, el conocimiento intuitivo es absolutamente
cierto: “la intuición es la concepción (operación intelectual) libre de dudas
de una mente pura y atenta, que nace de la sola luz de la razón y que, por
ser más simple, es más segura que la propia deducción” (Reglas, 75)

Para que un conocimiento sea considerado como intuición se requiere


que posea las notas exigidas al criterio de certeza, a saber, claridad y
distinción, pero también que sea simultáneo, o sea, que no implique un
acto de memoria. La simultaneidad lo distingue precisamente de la
deducción.

Además de la intuición, Descartes admite otro modo de conocimiento: la


deducción. El motivo es que los primeros principios son conocidos por la
intuición con absoluta certeza; sin embargo, la mayoría de las cosas no
pueden ser intuidas, porque no son evidentes. Se hace necesario deducirlas.
Recordemos que la deducción es un razonamiento, en el que a partir de unas
proposiciones iniciales se llega a una conclusión necesaria. Si las
proposiciones iniciales son verdaderas, la conclusión necesariamente
también lo será. Esta operación conlleva cierto movimiento o sucesión del
pensamiento, el que conduce de principios (o enunciados) verdaderos a
cosas nuevas, a modo de conclusión. Por tanto, a diferencia de la intuición,
la deducción no es simultánea, aunque también es capaz de proporcionar
certeza. Entre la intuición y la deducción Descartes nos dice que la primera
es más segura porque en ella la captación del conocimiento es directa,
mientras que la deducción es indirecta.

Nuestra razón opera mediante: a) la intuición (la captación de la verdad


es directa) y b) la deducción (vinculación entre una verdad y otra).

C) El método.

Así pues, para Descartes sol hay dos posibilidades de conocimiento


científico: la intuición y la deducción y, por tanto, son las dos operaciones
que el método, a través de una serie de reglas, deberá dirigir para descubrir
verdades indubitables. Él mismo nos dice en las Reglas para la dirección
del espíritu:

“Entiendo por método reglas ciertas y fáciles, mediante las cuales aquel
que las observe exactamente no tomará nunca nada falso por verdadero, y,
no empleando inútilmente ningún esfuerzo de la mente, sino aumentando
gradualmente su ciencia, llegará al conocimiento verdadero de todo
aquello que es capaz.”

Y estas reglas señala Descartes en el Discurso de Método que son cuatro:

1) Regla de la duda o de la evidencia. Sólo hay que admitir aquel


conocimiento que se nos presente con tal claridad o evidencia que no quepa
la menor duda: “No admitir jamás como verdadera cosa alguna sin conocer
con evidencia que lo es; es decir, evitar la precipitación y la prevención, y
no comprender, en los juicios, nada más que lo que se presente a mi espíritu
tan clara y distintamente que no tenga motivo para ponerlos en duda.”

Reparemos un instante en esos dos conceptos que hemos subrayado:


“clara” y “distintamente”. Ambos constituyen el criterio general de
certeza que propone Descartes: solo debemos aceptar lo que se nos
presenta con claridad y distinción: “claridad”, es decir, lo que se
manifiesta sin oscuridad y sin dificultad; “distinción”, lo más simple, lo que
está separado de cualquier otra cosa, lo que no puede confundirse con
ninguna otra cosa. Por consiguiente, la base para no incurrir en el error
estriba en no aceptar ningún tipo de idea o conocimiento que no sea claro y
distinto.

2) Regla del análisis. Análisis significa división. Podemos tener


evidencia de las ideas simples; pero no de las complejas. Por tanto hay que
reducir las dificultades compuestas en simples. Los datos de la experiencia
suelen ser complejos y confusos; por ello, la física debe encargarse de
descomponer en partes más simples, como puntos líneas cuadrados, etc.
Sólo así evitaremos incurrir en errores: “dividir cada una de las dificultades
en tantas partes como fuese posible y en cuantas requiriese una mejor
solución.”

3) Regla de la síntesis: A partir de los elementos simples conocidos


por intuición debemos reconstruir deductivamente el saber: “conducir
ordenadamente mis pensamientos, comenzando por los más simples para ir
ascendiendo, como por grados, hasta el conocimiento de los más complejos.
Y suponiendo, incluso, un orden entre los que no se preceden naturalmente
los unos de los otros.”

4) Regla de la enumeración: Puesto que la deducción implica una


serie de pasos hasta llegar a la demostración de lo que interesa, es necesario
hacer un recuento de todos los pasos dados, con el fin de no dejar nada en el
olvido. En realidad, se trata de comprobar si la aplicación de las dos reglas
intermedias se ha realizado correctamente: “…hacer enumeraciones tan
completas y revisiones tan generales hasta estar seguros de no omitir
nada.”

D) La duda metódica.

Una vez que se tiene el método, hay que aplicarlo, con lo que Descartes
aborda el último de los tres interrogantes. Nuestro autor considera que hay
que iniciar todo un proceso de duda, consistente en no admitir cosa alguna
por verdadera sin que se haya evidenciado clara y distintamente como tal.
Pero hay que advertir que la duda cartesiana no es la misma que la de los
escépticos. En el escepticismo, se trata de una duda permanente; en
Descartes, es provisional. Por tanto, la duda cartesiana posee una triple
dimensión:

a) Es la expresión de una actitud de desconfianza y de cautela,


provocada por el hecho de que al menos una parte de nuestros
conocimientos, han resultado erróneos.

b) Es la única posibilidad de llegar a la verdad, puesto que, si se


logra una afirmación que sea inmune ante los ataques de la duda metódica,
entonces está deberá considerarse como cierta y evidente.

c) Es el requisito indispensable para efectuar una investigación


positiva, puesto que la verdad deberá servirnos para lograr otras verdades.

Esto es, se trata de analizar todas nuestras creencias, opiniones y


conocimientos hasta ahora tenidos por verdaderos y considerarlos
“provisionalmente” como falsos mientras quede la menor posibilidad de
duda. Pero cabe señalar que es una duda metódica, es un procedimiento
metodológico, de una hipótesis de trabajo, o sea, un camino a seguir para
poder encontrar un principio indudable, un principio evidente que pueda
constituirse como el auténtico principio de la filosofía. Se duda para dejar de
dudar. Una vez encontremos la intuición de una idea clara y distinta -o sea
evidente-, entonces el proceso de duda habrá terminado y el camino a seguir
será bien distinto: deducir a partir de esa primera idea el resto de
conocimientos.

La duda no es, por tanto, un fin en sí mismo sino un medio -el único
medio- para buscar la certeza. Es algo preliminar, un punto de partida que
nos permita encontrar ese fundamento sólido o principio sobre el que
empezar a construir. Y como, de momento, no se posee tal principio,
Descartes considera que debe poner en duda todos sus conocimientos, tanto
los que proceden de los sentidos, como los propios de la matemática. Ahora
bien, como sería imposible revisar todos los conocimientos adquiridos se
propone analizar las diferentes razones por las cuales, hasta ahora, ha
considerado sus opiniones y creencias como verdaderas y busca los motivos
por los que pueda dudarse de estas razones. Por esta razón hablamos de los
tres motivos de la duda o de los tres niveles de la duda:
a) Primer nivel de la duda: la fiabilidad del conocimiento sensible.

Desde que somos pequeños estamos acostumbrados a aceptar como


máximamente verdadero lo que hemos recibido a través de los sentidos,
pero, sin embargo, todos hemos tenido la experiencia de que a veces los
sentidos nos conducen al engaño. Cuando introducimos un palo en el agua
de un estanque, nuestros sentidos nos lo ofrecen como si estuviera
quebrado; si ponemos la palma de la mano sobre una barra de hielo, nos da
la sensación de que nos quemamos. Hay toda una serie de ilusiones
perceptivas, en las que la realidad es completamente distinta. Y si los
sentidos nos engañan algunas veces, ¿qué garantía existe de que no nos
inducen siempre a error? Es verdad que la mayoría de los hombres
consideran altamente improbable que los sentidos nos induzcan siempre a
error, pero el que sea improbable no significa que sea cierto. Por tanto,
Descartes considera que es posible aplicar la duda a la fiabilidad de los
sentidos lo cual nos permite dudar de que las cosas sean tal y como las
percibimos; podemos dudar de cómo es el mundo. Recordemos que es una
duda hipotética, teorética que no afecta a la certeza natural.

b) Segundo nivel de la duda: la imposibilidad de distinguir la


vigilia del sueño.

Pero Descartes no se conforma con establecer la debilidad de los


sentidos, sino que quiere llevar la duda más allá y elabora una nueva
hipótesis, la de los sueños. En este punto, Descartes pudo seguir la estela de
muchos literatos de la época que manifestaban sus dudas sobre si lo que
consideramos “realidad”, no es más que un sueño y lo que llamamos
“sueño” no sería la auténtica realidad. Dos años antes de que viera a la luz el
Discurso del Método, Calderón de la Barca lo había plasmado
magistralmente en su obra La vida es sueño. Descartes toma esta idea y
afirma que durante el sueño creemos muchas veces que son cosas
verdaderas lo que no es más que pura ilusión; esto es, muchas veces
mientras soñamos se nos muestran objetos y situaciones con gran viveza,
pero al despertar descubrimos que no tienen existencia real. Por tanto,
¿cómo distinguir el estado de sueño del estado de vigilia y cómo alcanzar
certeza absoluta de que esto no es un sueño, de que el mundo que
percibimos es real?

Como se puede apreciar hemos dado un nuevo paso, hemos radicalizado


más la duda, pues ya no dudamos sólo de que las cosas sean tal como las
percibimos, ahora dudamos también de que existan, es decir, dudamos del
conocimiento proporcionado por los sentidos y también de la existencia
de las mismas cosas.

c) Tercer nivel de duda: la hipótesis del Genio Maligno.

Pero en su afán de llegar hasta la última posibilidad de duda, Descartes


propone un tercer nivel, el del genio maligno, también conocido como ·duda
hiperbólica" que se incluye en las "Meditaciones Metafísicas", pero no
figura en el Discurso. Esta hipótesis nos sugiere que podría suponerse un
genio maligno, dotado de un poder superior, que se dedicará a engañarnos
haciéndonos creer como verdadero lo que no es. Es una hipótesis que
equivale a suponer que nuestra facultad de conocimiento puede estar mal
constituida por naturaleza y que se equivoca necesariamente y siempre
cuando piensa que capta la verdad.

Hasta ahora podíamos dudar de cómo era el mundo e, incluso, de que


existiera el mundo, pero la duda parecía que no afectaba a ciertas verdades
como las verdades matemáticas: dormidos o despiertos los tres ángulos de
un triángulo suman 180 grados o cinco y más cinco es igual a diez, etc. Pues
bien, con la hipótesis del genio maligno podemos incluso llegar a dudar de
este tipo de verdades. Con esta hipótesis se cuestiona no sólo todos los
conocimientos sino también la capacidad de conocer.

E) La primera verdad: cogito ergo sum. Criterio general de certeza.

Pero es justo llevando la duda hasta estos extremos cuando se nos


presenta una primera verdad dotada de toda de toda evidencia: la
existencia del yo en tanto que cosa pensante, de la que es imposible dudar.
Aunque todas mis ideas fueran falsas, hay una idea que escapa a los efectos
destructivos de esa duda: mientras dude necesariamente existo. “Cogito ergo
sum/ Pienso, luego existo”.

Estoy pensando que existe un objeto o una situación (que el verano


pasado estuve en la playa). Yo puedo dudar de que realmente viviera tal
situación; pero no puedo dudar de que lo pienso, es decir, no puedo dudar de
mi propio pensamiento (puedo poner en entredicho que realmente estuviera
en la playa este verano pasado, pero no de que lo estoy pensando). Bien esté
soñando o esté despierto, bien sea verdad lo que pienso o sea un completo
error, de lo que no puedo dudar es de que estoy dudando, de que estoy
pensando. Del hecho de pensar no cabe duda alguna, como tampoco cabe
duda de que existo cuando pienso. No puedo dudar de que soy un sujeto
pensante.

¿Pero por qué mi existencia como sujeto pensante es absolutamente


indubitable? Porque la percibo con claridad y distinción. Al responder a
esta cuestión Descartes nos está exponiendo su criterio general de certeza.
Como hemos visto, sólo si aceptamos aquellas proposiciones que se nos
presentan claras y distintas estaremos seguros de no errar. Ahora bien,
podemos seguir cuestionándonos ¿cuáles son, hasta ahora, las proposiciones
claras y distintas de la filosofía de Descartes? Es evidente que, en principio,
solamente tenemos una: la existencia del yo como sujeto pensante
(sustancia/ res pensante) y, es más, esta existencia del yo no parece implicar
la existencia de ninguna otra realidad. Sobre todo lo demás (lo percibido por
los sentidos, la veracidad de las proposiciones matemáticas) sigue
existiendo la duda.

Pues bien, al llegar a este punto, Descartes, parece encontrarse en una


doble encrucijada:
- o bien finaliza aquí sus investigaciones, para llegar a la conclusión de
que únicamente estamos seguros de existimos como seres pensantes pero
que, sobre todas las demás cosas, nunca podríamos tener un verdadero
conocimiento, lo que implicaría que Descartes desembocaría en el
solipsismo (solo estamos seguros de la existencia del Yo);
- o bien intenta, a partir de la certeza del cogito, demostrar la veracidad
de las cosas que son distintas al Yo.

Descartes tomará este segundo camino por lo que su filosofía no termina


aún aquí. La proposición “pienso luego existo” es el único superviviente de
la duda universal, contra ella la duda metódica queda demolida y ya no
puede continuar aplicándose. Se ha encontrado una certidumbre que ha
superado la duda y ahora hay que proseguir buscando otras certidumbres,
hay que intentar recuperar el mundo externo, el mundo de los objetos.

Ahora bien, es importante notar lo siguiente: Descartes tiene que abrirse


del yo a las cosas nunca de las cosas al yo. Y es que no puede olvidarse que,
sobre la existencia de las cosas materiales, Descartes, no sabe aún nada con
certeza. De momento, únicamente está seguro de que es un ser que tiene
pensamientos. Sobre los objetos de tales pensamientos todavía no puede
decirse nada con certeza. Así pues, Descartes tiene que enfrentarse al
enorme problema de tener que deducir la existencia de la realidad a
partir de la existencia del pensamiento. Esto es, a partir del “yo pienso”
han de deducirse todos nuestros conocimientos y, el primero de ellos, el
conocimiento de que existen realidades extramentales. Porque, si se
recupera tales conocimientos, entonces se habrá reconstruido la filosofía
como ciencia.

2.2. LAS IDEAS EN DESCARTES

A) La naturaleza de las ideas. Las ideas innatas.

La situación a la que nos ha conducido Descartes hasta el momento es la


siguiente: el proceso de duda metódica nos ha llevado a cuestionar todos
nuestros conocimientos, nos hemos quedado como una especie de pizarra en
blanco; mas tal proceso nos ha permitido descubrir una certeza, mi "yo".
Ahora se trata de recobrar el mundo exterior partiendo exclusivamente de
esa certeza. Pero el requisito indispensable para lograrlo es disolver la
hipótesis del genio maligno, con el fin de que ninguna mente superior y
perversa nos pueda engañar una y otra vez. Es decir, hay que contar con la
presencia de Dios, necesitamos saber que Dios existe, puesto que Él es
nuestra garantía de que ningún ser maligno nos puede engañar.

Para resolver este problema Descartes analiza la naturaleza de las ideas


entendidas como esos elementos con los que conformamos nuestros
pensamientos, como los objetos del pensamiento. Y en este análisis en el
que Descartes pretende intentar descubrir si alguna de las ideas que
poseemos nos va a ayudar a poder dar el salto desde la realidad pensante a la
realidad externa, llega a la conclusión de que no todas son del mismo tipo;
de hecho Descartes distingue tres clases de ideas:

1ª Ideas adventicias: son aquellas que “parecen” provenir de fuera, de


nuestra experiencia externa (idea de casa, del color verde, etc.). Está claro
que éstas no pueden servirnos como punto de partida para poder demostrar
la existencia de la realidad extramental ya que su validez depende de que
exista esa realidad extramental, cuya existencia está puesta en duda por el
momento.

2ª Ideas facticias: son aquellas ideas inventadas o fingidas por nuestra


mente que las construye a partir de otras ideas (la idea de sirena, etc.).
Tampoco éstas solucionan el problema ya que al ser construidas por el
pensamiento se puede dudar de su validez.

3ª Ideas Innatas: son ideas que las posee el pensamiento en sí mismo.


Son, por ejemplo, las ideas de pensamiento, de existencia, que no son
construidas por mi mente, pero que tampoco parecen proceder de la
experiencia externa. Hay que aclarar que el hecho de que hablemos de
innatismo no significa que estas ideas las posea la mente del niño desde el
mismo momento en que nace, más bien se puede decir que tales ideas las
posee el entendimiento virtualmente. No están acabadas en la mente del
niño y lo que ocurre es que se posee una predisposición natural a formarlas.
Tales ideas pueden tornarse conscientes al sujeto con ocasión de alguna
experiencia, por lo que se puede afirmar que la experiencia es un factor
activador de lo que ya está de algún modo en la mente.
Al tratar esta cuestión estamos ante la afirmación fundamental del
Racionalismo de que las ideas primitivas a partir de las cuales se ha de
construir el edificio del conocimiento son innatas; son por tanto éstas ideas
las que nos van a permitir salir desde la realidad puramente mental a la
realidad extramental. Por esta razón, aunque son muy pocas, estas ideas en
realidad son muy importantes.

Entre estas ideas descubre Descartes una que va a ser muy importante, la
idea de infinito que él identifica inmediatamente con la idea de Dios. A
continuación, demuestra que la idea de Dios no es una idea adventicia (no
poseemos experiencia sensible de Dios, de la infinitud) y que tampoco es
una idea facticia (la idea de infinitud no es una construcción de nuestra
mente a partir de la idea de finitud, como tradicionalmente se pensaba, sino
que muy al contrario lo que Descartes afirma es que la idea de finitud
presupone ya la idea de infinitud, una idea presupone a la otra.). Por tanto,
la idea de Dios es una idea innata.

B) Argumentos a favor de la existencia de Dios. Dios como garantía


del criterio de verdad

La afirmación de que la idea de Dios es una idea innata es un punto


fundamental en la filosofía de Descartes, pues a partir de aquí queda abierto
todo el proceso deductivo que nos permitirá demostrar la existencia del
mundo externo y la validez de los conocimientos sensibles a partir de la idea
de Dios. Pero lo primero que hay que hacer es demostrar la existencia de
Dios a partir de la idea de Dios para lo cual Descartes utiliza tres
argumentos:

Primer argumento: En la causa debe haber por lo menos tanta realidad


como en el efecto; la idea de un ser infinito debe haber sido puesta en mí no
por mí, que soy finito, sino por un ser infinito; luego la idea de un ser
infinito requiere una causa infinita; por tanto, ese ser infinito existe.

Segundo argumento: Éste es una variante del anterior. ¿De quién procede
mi existencia? No puede ser de mí mismo pues en ese caso me habría dado
las perfecciones que en la idea de Dios considero y que no poseo. Tampoco
soy yo el que me conserva instante tras instante pues si yo tuviese ese poder
no dejaría de existir nunca. Por ello, tanto mi conservación como mi
creación proceden de un ser que no soy yo. ¿Quién es? Puesto que poseo la
idea de un ser infinito, este otro ser ha de ser también infinito, pues como
hemos dicho la causa no puede ser inferior al efecto. Así que la idea de
Dios es innata, ha sido puesta por Dios en mí al crearme, como el sello del
artífice impreso en su obra.

Tercer argumento: Esta prueba es el conocido argumento ontológico o


argumento de San Anselmo. San Anselmo de Canterbury (S. XI) formuló
una prueba de la existencia de Dios a partir de la idea de Dios que decía así:
Todos los hombres tienen una idea de Dios, entienden por “Dios” un ser tal
que es imposible pensar otro mayor que él; ahora bien, un ser tal ha de
existir no solamente en nuestro pensamiento sino también en la realidad, ya
que en caso contrario sería posible pensar otro mayor que él (a saber, uno
que existiera realmente) y, por tanto, caeríamos en contradicción; luego,
Dios no existe sólo en el pensamiento sino también en la realidad.

Si Dios es la suma de todas las perfecciones es imposible pensar que no


existe ya que la existencia real es una perfección; luego Dios tiene esta
perfección.
C) La existencia del mundo

A partir de estos argumentos Descartes afirma que Dios existe y que es


infinitamente omnipotente, bueno y veraz y que, por tanto, no puede
permitir que yo me engañe y que crea que el mundo existe si en realidad no
existe. Dios que es sumamente perfecto no puede ser un engañador y estar
permitiendo que nosotros nos engañemos pues en todo engaño hay una
especie de imperfección. Así pues, la existencia de Dios garantiza que todo
lo que se concibe con claridad y distinción es verdadero. Dios es la
garantía del criterio de verdad, como garantía de que a mis ideas, que se
presentan con claridad y distinción, les corresponde una realidad
extramental. Solamente tengo que saber, afirma Descartes, que aquello que
una vez he visto con claridad y distinción, aunque puedan surgir dudas
posteriormente, sigue siendo claro y distinto porque Dios no es engañador.

Llegados a este punto la hipótesis del genio maligno es imposible: la


veracidad de Dios la excluye. Pero entonces, ¿por qué me equivoco con
frecuencia? No es Dios la causa de mis errores. Para explicar el error
Descartes distingue entre el entendimiento y la voluntad. La voluntad es
más amplia que el entendimiento y ella hace que afirme o niegue acerca de
cuestiones que no concibo clara y distintamente. El error es pues un mal uso
de la voluntad, es decir de la libertad.

Al encontrar en Dios la garantía del criterio de certeza ya no existe la


duda sobre las verdades matemáticas pues tales verdades las concibo clara y
distintamente. Pero ¿existe una realidad extramental, esto es, existen las
cosas materiales? Y, por otro lado, ¿son las cosas materiales tal como las
percibo? A la primera cuestión, Descartes responde afirmativamente: de
Dios he recibido una poderosa inclinación a creer que las ideas parten de las
cosas corporales. Como Dios es sumamente veraz y no puede permitir que
yo me engañe es legítimo que yo confíe en esa inclinación. Así que es
verdad que existe un mundo exterior. Pero ¿es como lo percibo? A esta
segunda cuestión Descartes contesta negativamente. Veamos cómo llega a
esta conclusión. La materia se compone de cualidades y estas, dice
Descartes, se dividen en primarias y secundarias. Por cualidades
secundarias entiende las que en aquellos tiempos no podían medirse como
el color, el olor, el sonido, etc. (de un objeto podía decirse que olía más que
otro; pero no que olía tres veces más); por cualidades primarias entiende las
que se podían medir como la extensión -o lo que es lo mismo, el volumen
en sus tres dimensiones- y el movimiento (aquí sí que podía decirse que un
cuerpo tenía doble volumen que otro). Pues bien, sólo son objetivas y
reales aquellas características de los cuerpos que concibo clara y
distintamente: las llamadas cualidades primarias. Mientras que las
cualidades secundarias dependen de la apreciación del sujeto y, por tanto,
solo tienen validez subjetiva.

Por tanto, de los cuerpos sólo puedo tener en cuenta lo cuantificable; y


lo cuantificable es identificado por Descartes con la extensión y el
movimiento. Las cualidades secundarias, al no poderse medir, quedan
descartadas. El estudio de esta materia cuantificable corresponde a la física
(que para Descartes se reduce a cinemática). La materia está constituida por
bloques de diferente tamaño unidos de forma compacta, sin que quede
ningún intersticio entre ellos; por tanto, el vacío no existe. el movimiento de
unos bloques provoca el movimiento de los demás. Todos los seres,
incluidos los seres vivos, son y se comportan como una especie de máquinas
complejas, sin que exista libertad, ni azar. por esta razón la física de
Descartes se ha calificado como mecanicista.
D) La teoría de la sustancia

De la verdad del “cogito” ha deducido Descartes la existencia del yo, de


Dios y de los cuerpos. Y a estos tres elementos considerados genéricamente
los llama sustancias. Por sustancia entiende lo que existe de tal manera que
no necesita de ninguna otra cosa para existir. Si esto es así, sustancia en
sentido estricto sólo es Dios ya que los seres finitos, pensantes y extensos
son conservados por Él. Pero, aunque esta definición sólo puede aplicarse de
modo absoluto a Dios Descartes reconoce tres sustancias o tres ámbitos de
la realidad porque la definición puede seguir manteniéndose por lo que se
refiere a la independencia mutua entre la sustancia pensante y la sustancia
extensa, que no necesitan la una de la otra para existir. Estas tres sustancias
son:
a) La primera realidad que encuentra Descartes es el “yo” y la esencia de
ese yo no es otra cosa que pensamiento, cosa pensante (res cogitans).
b) La segunda realidad está constituida por el mundo corpóreo exterior al
yo pensante cuya esencia es la extensión (res extensa).
c) Dios o res infinita

Si Descartes establece esta tajante separación entre el cuerpo y el alma a


pesar de la dificultas que le va a suponer explicar la comunicación entre
ambos es porque tiene el importante objetivo de hacer compatible el
determinismo mecanicista de la ciencia con la libertad. La “res extensa” será
objeto de la ciencia y la “res cogitans” el reino de la libertad. Descartes,
como Galileo, elaboró una física mecanicista en la que el mundo se explica
matemáticamente, deductivamente. Toda la “res extensa”, el universo, las
plantas, los animales y el mismo cuerpo humano son considerados como
simples mecanismos.

En su intento de encontrar una solución a la comunicación cuerpo-alma


se esforzó en averiguar el punto de interacción, creyendo hallarlo en una
pequeña glándula situada en el centro del cerebro: la glándula pineal. Pero
esto, aunque fuera cierto no resolvía el problema, que no era tanto dónde se
unían sino cómo.

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