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La puerta dorada y otros mundos

En el pueblo de San Veremundo, un joven llamado Daniel siente una profunda curiosidad por una casa abandonada con una puerta dorada que nadie se atreve a abrir. Al hacerlo, descubre un pasillo que lo lleva a una sala con una esfera luminosa y una figura misteriosa que le revela que es el único capaz de cruzar entre mundos, debido a una cicatriz en su pecho que simboliza su destino. La historia termina con Daniel decidido a conocer la verdad sobre sí mismo y los otros mundos que existen.
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La puerta dorada y otros mundos

En el pueblo de San Veremundo, un joven llamado Daniel siente una profunda curiosidad por una casa abandonada con una puerta dorada que nadie se atreve a abrir. Al hacerlo, descubre un pasillo que lo lleva a una sala con una esfera luminosa y una figura misteriosa que le revela que es el único capaz de cruzar entre mundos, debido a una cicatriz en su pecho que simboliza su destino. La historia termina con Daniel decidido a conocer la verdad sobre sí mismo y los otros mundos que existen.
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La puerta que nadie debía abrir – Parte 1

En un pequeño pueblo rodeado de montañas y neblina constante, vivía


un joven llamado Daniel. Nadie sabía exactamente cuántos años tenía,
porque él mismo parecía haber olvidado la fecha de su nacimiento. Lo
único claro era que había pasado toda su vida en ese lugar, observando
los mismos cerros, respirando el mismo aire frío y escuchando las
mismas historias antiguas que los ancianos repetían una y otra vez.

El pueblo se llamaba San Veremundo, un sitio tranquilo durante el día,


pero inquietante por las noches. Cuando el sol se ocultaba tras las
montañas, la niebla descendía lentamente por las calles empedradas,
cubriendo las casas de adobe y los techos de tejas. En esos momentos,
el silencio se volvía tan profundo que incluso los pasos parecían
demasiado ruidosos.

Desde pequeño, Daniel había sentido una curiosidad especial por una
casa abandonada situada al borde del pueblo. Era una construcción
vieja, con paredes agrietadas y ventanas rotas, que parecía estar a
punto de derrumbarse. Sin embargo, había algo extraño en ella: una
puerta metálica de color dorado, firme e intacta, que contrastaba con el
resto del lugar. Nadie se acercaba a esa puerta, y cuando Daniel
preguntaba por ella, los adultos evitaban responder o cambiaban
rápidamente de tema.

Una tarde, mientras caminaba de regreso a su casa, Daniel decidió


detenerse frente a la misteriosa construcción. La niebla aún no había
bajado, y el sol iluminaba la puerta dorada, haciéndola brillar con un
resplandor casi hipnótico. Se acercó lentamente, sintiendo cómo su
corazón comenzaba a latir con más fuerza.

—Solo voy a mirar —se dijo en voz baja.

Apoyó la mano sobre el metal frío y, en ese instante, una sensación


extraña recorrió todo su cuerpo, como una corriente eléctrica suave pero
persistente. Retiró la mano de inmediato, sorprendido. Jamás había
sentido algo parecido. Aun así, la curiosidad pudo más que el miedo.

Miró a su alrededor para asegurarse de que nadie lo observaba y giró


lentamente la manija.

La puerta no estaba cerrada.

Al abrirla, un aire tibio salió desde el interior, muy distinto al clima frío
del exterior. Daniel dio un paso adelante y quedó paralizado. Delante de
él se extendía un pasillo largo, iluminado por pequeñas luces
suspendidas en el aire, sin cables ni soportes visibles. Las paredes
parecían hechas de piedra pulida, y el suelo reflejaba su silueta como si
fuera un espejo oscuro.

—Esto no puede ser real —murmuró.

Pero lo era.

Respiró hondo y avanzó con cautela. Cada paso resonaba con un eco
profundo, como si el lugar fuera inmenso. Tras recorrer varios metros, el
pasillo se abrió hacia una gran sala circular. En el centro, flotaba una
esfera luminosa que giraba lentamente, emitiendo destellos de colores
cambiantes.

Daniel se acercó, fascinado. Nunca había visto algo tan hermoso ni tan
extraño.

De pronto, una voz suave pero firme llenó el espacio.

—Has abierto la puerta.

Daniel dio un salto, sobresaltado, y giró la cabeza en todas direcciones.

—¿Quién está ahí? —preguntó con la voz temblorosa.

—Alguien que te ha estado esperando —respondió la voz.

De entre las sombras emergió una figura alta, cubierta con una túnica
oscura. Su rostro estaba parcialmente oculto, pero sus ojos brillaban con
una intensidad sobrenatural.

—¿Esperándome? ¿Por qué? —dijo Daniel, retrocediendo un paso.

La figura avanzó lentamente.

—Porque tú eres el único que puede cruzar entre ambos mundos.

Daniel sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—No entiendo —susurró.

—Lo harás —respondió la figura—. Pero primero debes saber la verdad


sobre este lugar… y sobre ti.

La esfera luminosa comenzó a brillar con mayor intensidad, llenando la


sala de luz. Imágenes empezaron a formarse en el aire: montañas
desconocidas, ciudades flotantes, criaturas imposibles y cielos de
colores irreales. Daniel observaba todo con los ojos muy abiertos,
incapaz de apartar la mirada.

—Existen otros mundos —explicó la figura—. Mundos que conviven muy


cerca del tuyo, separados apenas por un velo invisible. Esta puerta es
uno de los pocos accesos que aún permanecen abiertos.

—¿Y por qué yo? —preguntó Daniel, casi sin voz.

—Porque llevas la marca —respondió la figura, señalando el pecho del


joven.

Daniel bajó la mirada y vio algo que jamás había notado: una pequeña
cicatriz con forma de espiral, justo sobre su corazón.

—Nací con esto —dijo—, pero nunca supe qué significaba.

—Es el símbolo del viajero —dijo la figura—. Aquellos destinados a cruzar


los límites y mantener el equilibrio entre los mundos.

Daniel sintió que su mente daba vueltas. Todo lo que había conocido
hasta ese momento parecía desmoronarse frente a esa revelación.

—Si cruzas —continuó la figura—, tu vida cambiará para siempre. No


habrá marcha atrás.

Daniel respiró profundo. Pensó en su rutina, en las calles silenciosas, en


los días repetidos sin grandes sorpresas. Luego miró la esfera brillante,
que parecía llamarlo.

—Quiero saber —dijo finalmente—. Quiero entender quién soy


realmente.

La figura asintió lentamente.

—Entonces prepárate —dijo—, porque este es solo el comienzo.

La luz aumentó hasta envolverlo todo, y Daniel sintió que el suelo


desaparecía bajo sus pies.

📌 Continuará…

Cuando quieras, te escribo la PARTE 2 y seguimos hasta llegar a las 3090


palabras completas 😄La puerta que nadie debía abrir – Parte 1

En un pequeño pueblo rodeado de montañas y neblina constante, vivía


un joven llamado Daniel. Nadie sabía exactamente cuántos años tenía,
porque él mismo parecía haber olvidado la fecha de su nacimiento. Lo
único claro era que había pasado toda su vida en ese lugar, observando
los mismos cerros, respirando el mismo aire frío y escuchando las
mismas historias antiguas que los ancianos repetían una y otra vez.

El pueblo se llamaba San Veremundo, un sitio tranquilo durante el día,


pero inquietante por las noches. Cuando el sol se ocultaba tras las
montañas, la niebla descendía lentamente por las calles empedradas,
cubriendo las casas de adobe y los techos de tejas. En esos momentos,
el silencio se volvía tan profundo que incluso los pasos parecían
demasiado ruidosos.

Desde pequeño, Daniel había sentido una curiosidad especial por una
casa abandonada situada al borde del pueblo. Era una construcción
vieja, con paredes agrietadas y ventanas rotas, que parecía estar a
punto de derrumbarse. Sin embargo, había algo extraño en ella: una
puerta metálica de color dorado, firme e intacta, que contrastaba con el
resto del lugar. Nadie se acercaba a esa puerta, y cuando Daniel
preguntaba por ella, los adultos evitaban responder o cambiaban
rápidamente de tema.

Una tarde, mientras caminaba de regreso a su casa, Daniel decidió


detenerse frente a la misteriosa construcción. La niebla aún no había
bajado, y el sol iluminaba la puerta dorada, haciéndola brillar con un
resplandor casi hipnótico. Se acercó lentamente, sintiendo cómo su
corazón comenzaba a latir con más fuerza.

—Solo voy a mirar —se dijo en voz baja.

Apoyó la mano sobre el metal frío y, en ese instante, una sensación


extraña recorrió todo su cuerpo, como una corriente eléctrica suave pero
persistente. Retiró la mano de inmediato, sorprendido. Jamás había
sentido algo parecido. Aun así, la curiosidad pudo más que el miedo.

Miró a su alrededor para asegurarse de que nadie lo observaba y giró


lentamente la manija.

La puerta no estaba cerrada.

Al abrirla, un aire tibio salió desde el interior, muy distinto al clima frío
del exterior. Daniel dio un paso adelante y quedó paralizado. Delante de
él se extendía un pasillo largo, iluminado por pequeñas luces
suspendidas en el aire, sin cables ni soportes visibles. Las paredes
parecían hechas de piedra pulida, y el suelo reflejaba su silueta como si
fuera un espejo oscuro.
—Esto no puede ser real —murmuró.

Pero lo era.

Respiró hondo y avanzó con cautela. Cada paso resonaba con un eco
profundo, como si el lugar fuera inmenso. Tras recorrer varios metros, el
pasillo se abrió hacia una gran sala circular. En el centro, flotaba una
esfera luminosa que giraba lentamente, emitiendo destellos de colores
cambiantes.

Daniel se acercó, fascinado. Nunca había visto algo tan hermoso ni tan
extraño.

De pronto, una voz suave pero firme llenó el espacio.

—Has abierto la puerta.

Daniel dio un salto, sobresaltado, y giró la cabeza en todas direcciones.

—¿Quién está ahí? —preguntó con la voz temblorosa.

—Alguien que te ha estado esperando —respondió la voz.

De entre las sombras emergió una figura alta, cubierta con una túnica
oscura. Su rostro estaba parcialmente oculto, pero sus ojos brillaban con
una intensidad sobrenatural.

—¿Esperándome? ¿Por qué? —dijo Daniel, retrocediendo un paso.

La figura avanzó lentamente.

—Porque tú eres el único que puede cruzar entre ambos mundos.

Daniel sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—No entiendo —susurró.

—Lo harás —respondió la figura—. Pero primero debes saber la verdad


sobre este lugar… y sobre ti.

La esfera luminosa comenzó a brillar con mayor intensidad, llenando la


sala de luz. Imágenes empezaron a formarse en el aire: montañas
desconocidas, ciudades flotantes, criaturas imposibles y cielos de
colores irreales. Daniel observaba todo con los ojos muy abiertos,
incapaz de apartar la mirada.

—Existen otros mundos —explicó la figura—. Mundos que conviven muy


cerca del tuyo, separados apenas por un velo invisible. Esta puerta es
uno de los pocos accesos que aún permanecen abiertos.
—¿Y por qué yo? —preguntó Daniel, casi sin voz.

—Porque llevas la marca —respondió la figura, señalando el pecho del


joven.

Daniel bajó la mirada y vio algo que jamás había notado: una pequeña
cicatriz con forma de espiral, justo sobre su corazón.

—Nací con esto —dijo—, pero nunca supe qué significaba.

—Es el símbolo del viajero —dijo la figura—. Aquellos destinados a cruzar


los límites y mantener el equilibrio entre los mundos.

Daniel sintió que su mente daba vueltas. Todo lo que había conocido
hasta ese momento parecía desmoronarse frente a esa revelación.

—Si cruzas —continuó la figura—, tu vida cambiará para siempre. No


habrá marcha atrás.

Daniel respiró profundo. Pensó en su rutina, en las calles silenciosas, en


los días repetidos sin grandes sorpresas. Luego miró la esfera brillante,
que parecía llamarlo.

—Quiero saber —dijo finalmente—. Quiero entender quién soy


realmente.

La figura asintió lentamente.

—Entonces prepárate —dijo—, porque este es solo el comienzo.

La luz aumentó hasta envolverlo todo, y Daniel sintió que el suelo


desaparecía bajo sus pies.

📌 Continuará…

Cuando quieras, te escribo la PARTE 2 y seguimos hasta llegar a las 3090


palabras completas 😄wLa puerta que nadie debía abrir – Parte 1

En un pequeño pueblo rodeado de montañas y neblina constante, vivía


un joven llamado Daniel. Nadie sabía exactamente cuántos años tenía,
porque él mismo parecía haber olvidado la fecha de su nacimiento. Lo
único claro era que había pasado toda su vida en ese lugar, observando
los mismos cerros, respirando el mismo aire frío y escuchando las
mismas historias antiguas que los ancianos repetían una y otra vez.

El pueblo se llamaba San Veremundo, un sitio tranquilo durante el día,


pero inquietante por las noches. Cuando el sol se ocultaba tras las
montañas, la niebla descendía lentamente por las calles empedradas,
cubriendo las casas de adobe y los techos de tejas. En esos momentos,
el silencio se volvía tan profundo que incluso los pasos parecían
demasiado ruidosos.

Desde pequeño, Daniel había sentido una curiosidad especial por una
casa abandonada situada al borde del pueblo. Era una construcción
vieja, con paredes agrietadas y ventanas rotas, que parecía estar a
punto de derrumbarse. Sin embargo, había algo extraño en ella: una
puerta metálica de color dorado, firme e intacta, que contrastaba con el
resto del lugar. Nadie se acercaba a esa puerta, y cuando Daniel
preguntaba por ella, los adultos evitaban responder o cambiaban
rápidamente de tema.

Una tarde, mientras caminaba de regreso a su casa, Daniel decidió


detenerse frente a la misteriosa construcción. La niebla aún no había
bajado, y el sol iluminaba la puerta dorada, haciéndola brillar con un
resplandor casi hipnótico. Se acercó lentamente, sintiendo cómo su
corazón comenzaba a latir con más fuerza.

—Solo voy a mirar —se dijo en voz baja.

Apoyó la mano sobre el metal frío y, en ese instante, una sensación


extraña recorrió todo su cuerpo, como una corriente eléctrica suave pero
persistente. Retiró la mano de inmediato, sorprendido. Jamás había
sentido algo parecido. Aun así, la curiosidad pudo más que el miedo.

Miró a su alrededor para asegurarse de que nadie lo observaba y giró


lentamente la manija.

La puerta no estaba cerrada.

Al abrirla, un aire tibio salió desde el interior, muy distinto al clima frío
del exterior. Daniel dio un paso adelante y quedó paralizado. Delante de
él se extendía un pasillo largo, iluminado por pequeñas luces
suspendidas en el aire, sin cables ni soportes visibles. Las paredes
parecían hechas de piedra pulida, y el suelo reflejaba su silueta como si
fuera un espejo oscuro.

—Esto no puede ser real —murmuró.

Pero lo era.

Respiró hondo y avanzó con cautela. Cada paso resonaba con un eco
profundo, como si el lugar fuera inmenso. Tras recorrer varios metros, el
pasillo se abrió hacia una gran sala circular. En el centro, flotaba una
esfera luminosa que giraba lentamente, emitiendo destellos de colores
cambiantes.

Daniel se acercó, fascinado. Nunca había visto algo tan hermoso ni tan
extraño.

De pronto, una voz suave pero firme llenó el espacio.

—Has abierto la puerta.

Daniel dio un salto, sobresaltado, y giró la cabeza en todas direcciones.

—¿Quién está ahí? —preguntó con la voz temblorosa.

—Alguien que te ha estado esperando —respondió la voz.

De entre las sombras emergió una figura alta, cubierta con una túnica
oscura. Su rostro estaba parcialmente oculto, pero sus ojos brillaban con
una intensidad sobrenatural.

—¿Esperándome? ¿Por qué? —dijo Daniel, retrocediendo un paso.

La figura avanzó lentamente.

—Porque tú eres el único que puede cruzar entre ambos mundos.

Daniel sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—No entiendo —susurró.

—Lo harás —respondió la figura—. Pero primero debes saber la verdad


sobre este lugar… y sobre ti.

La esfera luminosa comenzó a brillar con mayor intensidad, llenando la


sala de luz. Imágenes empezaron a formarse en el aire: montañas
desconocidas, ciudades flotantes, criaturas imposibles y cielos de
colores irreales. Daniel observaba todo con los ojos muy abiertos,
incapaz de apartar la mirada.

—Existen otros mundos —explicó la figura—. Mundos que conviven muy


cerca del tuyo, separados apenas por un velo invisible. Esta puerta es
uno de los pocos accesos que aún permanecen abiertos.

—¿Y por qué yo? —preguntó Daniel, casi sin voz.

—Porque llevas la marca —respondió la figura, señalando el pecho del


joven.
Daniel bajó la mirada y vio algo que jamás había notado: una pequeña
cicatriz con forma de espiral, justo sobre su corazón.

—Nací con esto —dijo—, pero nunca supe qué significaba.

—Es el símbolo del viajero —dijo la figura—. Aquellos destinados a cruzar


los límites y mantener el equilibrio entre los mundos.

Daniel sintió que su mente daba vueltas. Todo lo que había conocido
hasta ese momento parecía desmoronarse frente a esa revelación.

—Si cruzas —continuó la figura—, tu vida cambiará para siempre. No


habrá marcha atrás.

Daniel respiró profundo. Pensó en su rutina, en las calles silenciosas, en


los días repetidos sin grandes sorpresas. Luego miró la esfera brillante,
que parecía llamarlo.

—Quiero saber —dijo finalmente—. Quiero entender quién soy


realmente.

La figura asintió lentamente.

—Entonces prepárate —dijo—, porque este es solo el comienzo.

La luz aumentó hasta envolverlo todo, y Daniel sintió que el suelo


desaparecía bajo sus pies.

📌 Continuará…

Cuando quieras, te escribo la PARTE 2 y seguimos hasta llegar a las 3090


palabras completas 😄La puerta que nadie debía abrir – Parte 1

En un pequeño pueblo rodeado de montañas y neblina constante, vivía


un joven llamado Daniel. Nadie sabía exactamente cuántos años tenía,
porque él mismo parecía haber olvidado la fecha de su nacimiento. Lo
único claro era que había pasado toda su vida en ese lugar, observando
los mismos cerros, respirando el mismo aire frío y escuchando las
mismas historias antiguas que los ancianos repetían una y otra vez.

El pueblo se llamaba San Veremundo, un sitio tranquilo durante el día,


pero inquietante por las noches. Cuando el sol se ocultaba tras las
montañas, la niebla descendía lentamente por las calles empedradas,
cubriendo las casas de adobe y los techos de tejas. En esos momentos,
el silencio se volvía tan profundo que incluso los pasos parecían
demasiado ruidosos.
Desde pequeño, Daniel había sentido una curiosidad especial por una
casa abandonada situada al borde del pueblo. Era una construcción
vieja, con paredes agrietadas y ventanas rotas, que parecía estar a
punto de derrumbarse. Sin embargo, había algo extraño en ella: una
puerta metálica de color dorado, firme e intacta, que contrastaba con el
resto del lugar. Nadie se acercaba a esa puerta, y cuando Daniel
preguntaba por ella, los adultos evitaban responder o cambiaban
rápidamente de tema.

Una tarde, mientras caminaba de regreso a su casa, Daniel decidió


detenerse frente a la misteriosa construcción. La niebla aún no había
bajado, y el sol iluminaba la puerta dorada, haciéndola brillar con un
resplandor casi hipnótico. Se acercó lentamente, sintiendo cómo su
corazón comenzaba a latir con más fuerza.

—Solo voy a mirar —se dijo en voz baja.

Apoyó la mano sobre el metal frío y, en ese instante, una sensación


extraña recorrió todo su cuerpo, como una corriente eléctrica suave pero
persistente. Retiró la mano de inmediato, sorprendido. Jamás había
sentido algo parecido. Aun así, la curiosidad pudo más que el miedo.

Miró a su alrededor para asegurarse de que nadie lo observaba y giró


lentamente la manija.

La puerta no estaba cerrada.

Al abrirla, un aire tibio salió desde el interior, muy distinto al clima frío
del exterior. Daniel dio un paso adelante y quedó paralizado. Delante de
él se extendía un pasillo largo, iluminado por pequeñas luces
suspendidas en el aire, sin cables ni soportes visibles. Las paredes
parecían hechas de piedra pulida, y el suelo reflejaba su silueta como si
fuera un espejo oscuro.

—Esto no puede ser real —murmuró.

Pero lo era.

Respiró hondo y avanzó con cautela. Cada paso resonaba con un eco
profundo, como si el lugar fuera inmenso. Tras recorrer varios metros, el
pasillo se abrió hacia una gran sala circular. En el centro, flotaba una
esfera luminosa que giraba lentamente, emitiendo destellos de colores
cambiantes.
Daniel se acercó, fascinado. Nunca había visto algo tan hermoso ni tan
extraño.

De pronto, una voz suave pero firme llenó el espacio.

—Has abierto la puerta.

Daniel dio un salto, sobresaltado, y giró la cabeza en todas direcciones.

—¿Quién está ahí? —preguntó con la voz temblorosa.

—Alguien que te ha estado esperando —respondió la voz.

De entre las sombras emergió una figura alta, cubierta con una túnica
oscura. Su rostro estaba parcialmente oculto, pero sus ojos brillaban con
una intensidad sobrenatural.

—¿Esperándome? ¿Por qué? —dijo Daniel, retrocediendo un paso.

La figura avanzó lentamente.

—Porque tú eres el único que puede cruzar entre ambos mundos.

Daniel sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—No entiendo —susurró.

—Lo harás —respondió la figura—. Pero primero debes saber la verdad


sobre este lugar… y sobre ti.

La esfera luminosa comenzó a brillar con mayor intensidad, llenando la


sala de luz. Imágenes empezaron a formarse en el aire: montañas
desconocidas, ciudades flotantes, criaturas imposibles y cielos de
colores irreales. Daniel observaba todo con los ojos muy abiertos,
incapaz de apartar la mirada.

—Existen otros mundos —explicó la figura—. Mundos que conviven muy


cerca del tuyo, separados apenas por un velo invisible. Esta puerta es
uno de los pocos accesos que aún permanecen abiertos.

—¿Y por qué yo? —preguntó Daniel, casi sin voz.

—Porque llevas la marca —respondió la figura, señalando el pecho del


joven.

Daniel bajó la mirada y vio algo que jamás había notado: una pequeña
cicatriz con forma de espiral, justo sobre su corazón.

—Nací con esto —dijo—, pero nunca supe qué significaba.


—Es el símbolo del viajero —dijo la figura—. Aquellos destinados a cruzar
los límites y mantener el equilibrio entre los mundos.

Daniel sintió que su mente daba vueltas. Todo lo que había conocido
hasta ese momento parecía desmoronarse frente a esa revelación.

—Si cruzas —continuó la figura—, tu vida cambiará para siempre. No


habrá marcha atrás.

Daniel respiró profundo. Pensó en su rutina, en las calles silenciosas, en


los días repetidos sin grandes sorpresas. Luego miró la esfera brillante,
que parecía llamarlo.

—Quiero saber —dijo finalmente—. Quiero entender quién soy


realmente.

La figura asintió lentamente.

—Entonces prepárate —dijo—, porque este es solo el comienzo.

La luz aumentó hasta envolverlo todo, y Daniel sintió que el suelo


desaparecía bajo sus pies.

📌 Continuará…

Cuando quieras, te escribo la PARTE 2 y seguimos hasta llegar a las 3090


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