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Cementerio de Gigantes: Saga de Cosechadores

Cementerio de gigantes es una obra de ficción que narra la historia de un grupo de viajeros espaciales que, tras un salto dimensional, se encuentran en un sistema solar habitado por titanes y cazadores alienígenas. La trama se centra en la lucha por la supervivencia mientras enfrentan la amenaza de estas criaturas y los problemas de su nave, que parece estar fallando. A medida que la tensión aumenta, los personajes deben lidiar con sus propios miedos y la incertidumbre de su situación.

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Cementerio de Gigantes: Saga de Cosechadores

Cementerio de gigantes es una obra de ficción que narra la historia de un grupo de viajeros espaciales que, tras un salto dimensional, se encuentran en un sistema solar habitado por titanes y cazadores alienígenas. La trama se centra en la lucha por la supervivencia mientras enfrentan la amenaza de estas criaturas y los problemas de su nave, que parece estar fallando. A medida que la tensión aumenta, los personajes deben lidiar con sus propios miedos y la incertidumbre de su situación.

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Cemente

rio de
gigantes
Saga de los cosechadores -2

Johnny Morales
Todos los derechos reservados.

Cementerio de gigantes © 2025, Johnny Morales

Queda rigurosamente prohibida, bajo las sanciones establecidas por las leyes,
la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento,
incluidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de
ejemplares mediante alquiler o préstamo público, sin la autorización escrita del
titular del copyright.

Esta es una obra de ficción. Los nombres, personajes, lugares e incidentes son
producto de la imaginación del autor o se usan de manera ficticia. Cualquier
parecido con personas reales, vivas o muertas, eventos o lugares es pura
coincidencia.

Registro y Legislación: Esta obra se encuentra protegida bajo la Ley 23 de 1982


y la Ley 1915 de 2018 de la República de Colombia, así como por las
convenciones internacionales de propiedad intelectual.

Declaración de Intervención de Inteligencia Artificial: Partes de la narrativa y el


desarrollo creativo de esta obra contaron con la asistencia de herramientas de
Inteligencia Artificial generativa. El concepto original, la dirección literaria, la
edición final y la visión artística son autoría exclusiva de Johnny Morales.

Créditos de Portada: Diseño e ilustración: Johnny Morales, asistido por IA


generativa.
A quien tomó sus
miedos y dijo: «Sí,
contigo sí».
Índice
Todos los derechos reservados........................................................................2
Capítulo 1: El océano entre las estrellas..........................................................5
Capítulo 2: 10 g..............................................................................................14
Capítulo 3: El Sueño de Piedra......................................................................29
Capítulo 4: Ecos de una Frecuencia Muerta..................................................40
Capítulo 1: El océano entre las estrellas

Habían pasado nueve ciclos de sueño desde que dejamos atrás el mundo de
cristal de los Xi'riay. O al menos, eso es lo que mi reloj biológico intentaba
decirme. En el "pliegue", el tiempo es una gelatina insípida; no pasa, simplemente
se estira.

La nave se deslizaba a través de esa neblina gris estática con una suavidad
que resultaba casi hipnótica. No había estrellas, no había ruido de motores, solo el
zumbido mental de la nave conectada a nuestros nervios. Para no volvernos locos
con el aislamiento, habíamos caído en una rutina perezosa.

—¿Te acuerdas del viejo Arturo? —preguntó Caroline, rompiendo el silencio de


la cabina. Estaba recostada en el asiento del copiloto —. ¿Ese al que le llenamos
el buzón de espuma de afeitar?

Solté una risa corta, un sonido que me pareció extraño después de tanta
solemnidad. —Cómo olvidarlo. Salió en bata a la calle gritando que nos iba a
afeitar la cabeza.

Solté una risa vaga.

Atrás, Valeria y Sara deambulaban de un lado a otro, estirando las piernas en el


espacio reducido, murmurando sobre las raciones de comida y cuánto faltaría para
llegar. Todo parecía tranquilo, una burbuja de normalidad humana viajando a
velocidades imposibles.

Entonces, el tablero cambió.

No fue un pitido de alarma. La consola de mercurio líquido, que normalmente


fluía suave bajo mis dedos, se erizó de golpe, formando picos afilados y rígidos.
Un símbolo holográfico parpadeó en el aire, una runa compleja y agresiva de color
ámbar que ninguno de nosotros había visto jamás.

—¿Qué es eso? —preguntó Sara, asomándose por encima de mi hombro con


el miedo tensando su voz. —No lo sé —admití, sintiendo un sudor frío en la nuca
—. No entiendo la lectura. —¿No puedes preguntarle a la nave? —insistió Valeria.
—Lo intento, pero no responde. —golpeé el panel, frustrado—. Esto es lo que
pasa cuando robas una nave alienígena y no te molestas en leer el manual.
Aunque, siendo justos, nunca hubo un maldito manual.
Antes de que pudiera intentar una conexión mental, la realidad parpadeó. Las
luces bioluminiscentes de las paredes, que solían imitar una respiración calmada,
empezaron a sufrir espasmos, alternando entre oscuridad total y destellos
cegadores.

—¡Sujétense! —grité.
La nave dio una sacudida brutal, como si hubiéramos chocado con un muro de
hormigón invisible. Copito, que dormitaba en una de las literas, salió disparado por
el aire con un maullido de protesta y aterrizó en los brazos de Caroline, clavando
las uñas en su traje mientras ella luchaba por mantenerse en el asiento. Intenté
estabilizar la nave, mis manos hundiéndose en la interfaz líquida, pero era inútil.

La nave no me obedecía; estaba frenando por su cuenta.

Y entonces, el gris se rompió.

El pliegue se rasgó con la violencia de un telón cayendo, y la inercia nos golpeó


el pecho. De repente, el silencio estático desapareció y las estrellas volvieron a
existir.

Pero no estábamos donde debíamos estar.

—Dios mío... —susurró Caroline.

Delante de nosotros se extendía un sistema solar frío y vasto, carente de la


calidez de un sol cercano. No había planetas habitables a la vista, solo gigantes
gaseosos lejanos y cinturones de asteroides. Pero el espacio... el espacio no
estaba vacío.

Estaba vivo.

A través del visor, vimos formas masivas moviéndose en el vacío. Eran titanes.
Seres colosales que empequeñecían nuestra nave, flotando con una gracia
imposible en la gravedad cero. Parecían ballenas, pero de una escala
pesadillesca; debían ser cinco veces más grandes que la ballena azul más enorme
de la Tierra.

Pasamos cerca de una, tan cerca que la nave quedó eclipsada por su sombra.
No tenían espiráculos. Su piel era una corteza oscura, llena de cráteres y
cicatrices cósmicas, y sus aletas —tanto la dorsal como las laterales— estaban
inclinadas hacia atrás, aerodinámicas, como si hubieran evolucionado para nadar
en corrientes de viento solar.

La nave rotó levemente y quedé frente a frente con uno de sus ojos. Era tan
grande como todo nuestro casco. Un orbe profundo, líquido y antiguo que me miró
con una inteligencia insondable, transmitiendo una sensación de vida que
abarcaba eones.

—Son hermosas... —dijo Valeria, con la voz ahogada por el asombro.

—Y están siendo cazadas —dijo Sara, señalando un enjambre de puntos


negros que se movía a lo lejos.
Al enfocar los sensores, el horror sustituyó a la maravilla. Eran criaturas más
pequeñas, aunque seguían siendo del tamaño de un coche, con una fisonomía
que recordaba a murciélagos demoníacos. Lo más inquietante era su vuelo: sus
"alas" membranosas no aleteaban. Estaban rígidas, extendidas como velas
solares, pero se movían a una velocidad vertiginosa, zumbando alrededor de los
gigantes como moscas sobre un cadáver.

Vimos a uno de los depredadores lanzarse en picada contra el flanco de la


"ballena" más cercana. Con un movimiento borroso, arrancó un trozo de carne del
leviatán. No había sangre roja, sino una explosión de gas verdoso que se congeló
al instante en el vacío. El gigante se sacudió, un movimiento tectónico que generó
una onda de choque silenciosa.

—¡Cuidado! —gritó Caroline.

La cola de la bestia herida barrió el espacio justo donde estábamos. —


¡Agárrense fuerte! —Mis dedos se clavaron en la consola. Esta vez, el miedo me
dio claridad. La nave respondió a mi pánico, activando los propulsores laterales.

Nos lanzamos en un zigzag frenético, esquivando la masa muscular del gigante


y pasando peligrosamente cerca del enjambre de "murciélagos". Uno de los
depredadores nos detectó; vi sus ojos rojos y múltiples facetas fijarse en nosotros,
pero nuestra velocidad era superior.

—¡Busca órbita! —gritó Valeria—. ¡Allí, en ese planetoide!

Había una roca gris y estéril cerca, lo suficientemente grande para ocultar
nuestra firma térmica. Forcé los motores al máximo, sintiendo la vibración en mis
muelas, y nos deslizamos detrás del horizonte del planetoide justo cuando dos de
los cazadores pasaban rozando nuestra estela.

Corté la energía principal para no ser detectados. El silencio volvió a la cabina,


roto solo por nuestras respiraciones agitadas.

Desde nuestra posición, asomados por el borde del planetoide, observamos la


escena dantesca: la manada de titanes, majestuosos y pacíficos, siendo devorada
viva por el enjambre implacable en la oscuridad infinita.

—¿Por qué paramos? —preguntó Sara, abrazándose a sí misma, temblando—.


¿Por qué nos sacó la nave del pliegue aquí?

Miré el tablero, que ahora mostraba luces estables pero desconocidas. —No lo
sé —respondí, sintiendo que el universo acababa de volverse mucho más grande
y mucho más hostil—. Pero tenemos que averiguar si la nave está rota antes de
que esas cosas decidan que prefieren carne humana en lugar de ballena.
—Los diagnósticos no tienen sentido —masculló Valeria, pateando suavemente
la base de la consola de mando.
Llevábamos lo que parecían horas revisando los sistemas, ocultos en la sombra
del planetoide. Fuera, el drama de los leviatanes continuaba en silencio, pero
dentro, el aire se sentía pesado y reciclado.

Me froté los ojos, frustrado. La interfaz líquida de la nave, que antes respondía
a mis pensamientos con fluidez, ahora se sentía espesa, como meter las manos
en barro frío. —El núcleo de distorsión está... "dormido" —intenté explicar,
buscando palabras humanas para conceptos que no lo eran—. No está roto. Es
como si hubiera decidido echarse una siesta. No hay flujo de energía hacia los
propulsores de salto.

—¿Una siesta? —Caroline se cruzó de brazos, su voz cargada de sarcasmo


nervioso—. Genial. Estamos varados en un acuario de monstruos espaciales
porque la nave tiene sueño.

—Es un sistema biológico, Caro —le recordó Valeria, abriendo un panel lateral
que dejaba ver una maraña de fibras pulsantes—. Quizás el salto a través del
pliegue la agotó más de lo previsto. O quizás... —dudó, mirando el techo— quizás
algo en este lugar interfiere con ella.

Sara no decía nada. Estaba sentada en uno de los nichos de descanso, con las
rodillas pegadas al pecho y la mirada perdida. Desde que salimos de la Luna,
había estado más callada de lo habitual, pero ahora su palidez era alarmante.
Parecía escuchar algo que nosotros no oíamos, una frecuencia que solo ella
captaba.

—¿Sara? —la llamé, preocupado—. ¿Estás bien? ¿Necesitas agua?


Ella levantó la vista lentamente. Sus ojos, normalmente vivaces, estaban
vidriosos. —Es demasiado fuerte... —susurró.

—¿El qué?

—El ruido. El eco.

Antes de que pudiera acercarme, sus ojos se pusieron en blanco. No hubo grito
ni aviso. Su cuerpo se desplomó hacia un lado como una marioneta a la que le
cortan los hilos, golpeando el suelo acolchado con un ruido sordo.

—¡Sara!

Caroline fue la primera en llegar, arrodillándose a su lado y comprobando su


pulso. —Está ardiendo —dijo, tocándole la frente—. Tiene fiebre. ¡Ayúdame a
subirla al nicho!
Entre los dos la acomodamos. Valeria escaneó sus constantes con uno de los
dispositivos médicos que habíamos rapiñado de la base lunar. —Sus ondas
cerebrales están disparadas —dijo, mirando la pequeña pantalla holográfica con
incredulidad—. Es como si estuviera en fase REM, soñando profundamente,
pero... mucho más intenso.

—La gelatina azul —murmuré, sintiendo un nudo en el estómago. Todos la


habíamos comido. Todos teníamos esa sustancia en el sistema—. Quizás este
lugar reacciona con lo que llevamos en la sangre.

Las siguientes horas fueron una tortura lenta. Mientras Sara yacía inconsciente,
sumida en su fiebre, nosotros intentábamos no volvernos locos. Valeria y yo
desmontamos parte del revestimiento del motor, buscando algún bypass manual
para reiniciar el núcleo. Era un trabajo de ciegos; conectábamos fibras nerviosas y
rezábamos para que la luz azul volviera a fluir. Caroline se quedó junto a Sara,
pasándole paños húmedos por la frente y susurrándole palabras de calma,
mientras Copito dormía hecho un ovillo a los pies de la chica, como un guardián
peludo.

El tiempo se dilató. La espera se comía nuestra moral.

De repente, una exhalación brusca rompió el silencio. Sara se incorporó de


golpe, aspirando aire como si hubiera estado bajo el agua. Sus ojos se abrieron de
par en par, enfocando la realidad con terror.

—¡Sara! —Caroline la sujetó por los hombros—. Tranquila, estás a salvo. Estás
en la nave.

Sara temblaba violentamente. Me acerqué, dejando las herramientas en el


suelo. —¿Qué pasó? ¿Estas bien?

El nombre de su hermano cayó como una losa en la cabina. Nos miramos entre
nosotros, incómodos.

—Sara... Lucas está en la Luna —dije suavemente, tratando de ser racional—.


Estamos a años luz de distancia. Es imposible que...

—¡No! —me cortó ella, con una intensidad febril—. No era un recuerdo. Era él.
Su voz estaba... estaba cansada. Sonaba como si estuviera llorando, Jay.

Se agarró la cabeza con ambas manos, como si quisiera contener el sonido


dentro de su cráneo. —Dijo que nos detuviéramos. Dijo: ¡Vuelvan!

Valeria bajó la mirada. Caroline se mordió el labio. La duda, esa semilla


venenosa, acababa de germinar. ¿Y si estábamos cometiendo un error? ¿Y si
Lucas, con su nueva omnisciencia, veía algo que nosotros no? ¿O era
simplemente el grito de un niño asustado que quería a su hermana de vuelta?

—Es un truco —dije, aunque no estaba seguro. Necesitaba que fuese un truco
—. O es tu propia mente jugando contigo, Sara. La culpa... todos la sentimos.

—Parecía muy real —insistió ella, bajando la voz, agotada—. Sentí su frío. El
frío de la base lunar.

Hubo un silencio largo. La nave crujió levemente, recordándonos dónde


estábamos.

—Real o no —intervino Valeria, rompiendo la tensión con su pragmatismo de


ingeniera—, no podemos "volver a casa" si esta chatarra no se mueve. Y si nos
quedamos aquí mucho más tiempo, esas cosas de afuera nos encontrarán.

Me puse de pie, sacudiéndome la duda. Tenía razón. No podíamos permitirnos


el lujo de la nostalgia ahora. —Valeria tiene razón. Lucas tomó su decisión, y
nosotros la nuestra. Si volvemos ahora, todo lo que pasamos, todo lo que
sacrificamos... no habrá servido de nada.

Miré a Sara, suavizando mi tono. —Descansa. Necesitamos que estés bien.


Pero tenemos que seguir.

Me giré hacia el panel de control, donde una luz tenue acababa de parpadear
bajo la superficie del mercurio, un latido rítmico y débil.

—Creo que encontré el problema —anuncié, apartando las manos de la


sustancia fría para mirar a Valeria—. No es un bloqueo mental ni nada místico. Es
un colapso sistémico por defensa.

—¿En español, Jay? —pidió Caroline, sin soltar la mano de Sara.

Señalé el esquema holográfico que parpadeaba en rojo sobre la consola. —La


nave entró en shock. El salto a través del pliegue fue demasiado violento y sus
sistemas biológicos reaccionaron como un animal asustado: cortaron el flujo al
motor para proteger los órganos vitales. Entró en hibernación para no morir.

Valeria se acercó, analizando los datos con rapidez. —Es como una parada
cardiorrespiratoria —dijo, entendiendo al instante—. El motor está intacto, pero el
"corazón" que bombea la energía dejó de latir. Si no lo reiniciamos manualmente,
se quedará así hasta que se agoten las reservas de oxígeno.

—¿Y cómo despertamos a una nave en coma? —preguntó Caroline, mirando


con desconfianza las paredes que habían perdido su brillo habitual.
—Con una descarga —dije, sintiendo el peso de la decisión—. Un desfibrilador
a escala estelar.

Empecé a manipular los conductos virtuales en la pantalla, redirigiendo flujos.


—Valeria, necesito que puentees la energía de los sistemas auxiliares. Vamos a
drenar la calefacción, la gravedad artificial y los sensores externos. Todo.

—Eso nos dejará ciegos y helados —advirtió ella, aunque sus manos ya
volaban sobre su propio panel, ejecutando los comandos.

—Solo será un segundo —repliqué, secándome el sudor de la frente—. Vamos


a acumular toda esa energía en un solo capacitador y la soltaremos de golpe
contra el núcleo de distorsión.

Miré al grupo. La gravedad de la situación era física, tangible. No se trataba de


"creer", se trataba de ingeniería de supervivencia. —Va a ser violento. La nave va
a convulsionar cuando reciba el impacto. Sujétense a lo que puedan. Si esto no
funciona... nos quedaremos a la deriva como comida para ballenas.

Valeria asintió, con el dedo sobre el comando de ejecución. —Capacitadores al


100%. Sistemas de soporte vital desconectados. Hace frío, Jay.

El aire de la cabina se volvió gélido al instante y la gravedad disminuyó,


haciéndonos sentir ligeros y mareados. —Hazlo —ordené.

Valeria presionó la consola. Un zumbido agudo, eléctrico y doloroso, recorrió la


estructura ósea de la nave, acumulándose bajo nuestros pies como un trueno a
punto de estallar.
Capítulo 2: 10 g

Valeria.

Mis dedos temblaban sobre la consola táctil. No por frío, aunque el descenso de
temperatura había convertido mi aliento en nubes blancas, sino por la certeza
matemática de lo que estaba a punto de hacer. Era una apuesta. Una de esas
variables estúpidas que no puedes calcular en una pizarra: golpear a un
organismo vivo para que su corazón vuelva a latir.

—Hazlo —ordenó Jay.

Apreté el comando.

Esperaba un sonido, una explosión, chispas... algo mecánico. Pero lo que


sucedió fue orgánico. La nave no se encendió; chilló. Un aullido que no venía de
los altavoces, sino de las paredes mismas, vibrando a través de las suelas de mis
botas hasta castañetearme los dientes.

—¡Aghhhhhh!

El grito de Jay se mezcló con el de la máquina. Me giré justo a tiempo para ver
cómo su cuerpo se arqueaba hacia atrás en un ángulo imposible, con los ojos en
blanco y la mandíbula trabada.

—¡Jay! —El grito de Caroline fue instintivo.

El latigazo de energía lo lanzó contra el mamparo opuesto como si fuese un


muñeco de trapo. Cayó al suelo convulsionando, con espuma manchando sus
labios.

—¡Lo mataste! —gritó Sara, cubriéndose la boca.

—¡No! —Mi voz salió más aguda de lo que quería.

Intenté correr hacia él, pero la gravedad artificial regresó de golpe,


aplastándome contra el asiento del copiloto. El aire se llenó de un olor a ozono
quemado y carne chamuscada. Pero lo peor no fue eso. Fue la luz.

Los paneles de la cabina, que deberían haber vuelto a su suave brillo azul,
estallaron en un blanco nuclear. Miré el visor exterior y se me heló la sangre. No
estábamos ocultos. La descarga había sobrecargado el casco exterior. En medio
de la negrura absoluta del espacio, brillábamos como una maldita supernova.
—Mierda, mierda, mierda... —mascullé, mis ojos saltando de un monitor a otro.
Las lecturas de energía estaban fuera de escala.

Entonces, el radar cobró vida. Una nube de puntos rojos se separó de la masa
de las ballenas gigantes.

—Caroline, deja a Jay —ordené. Mi voz sonó fría, incluso para mí.

—¡No respira bien, Valeria! ¡Está en shock!

—¡Y nosotros vamos a estar muertos en diez segundos! —Señalé el visor—.


¡Nos han visto!

Esas cosas, los "murciélagos" del vacío, venían hacia nosotros. No volaban;
caían atraídos por nuestra luz como polillas hacia una llama, pero polillas del
tamaño de un automóvil con garras capaces de rasgar titanio.

Me lancé sobre el asiento del piloto. El material de la silla, esa extraña piel
sintética, se sentía resbaladiza. Puse mis manos sobre la consola de mercurio.

Fue asqueroso.

Para Jay, la interfaz siempre había sido fluida, casi telepática. Para mí, se
sentía densa, fría y muerta. No me respondía. Empujé mis dedos dentro del
líquido plateado, buscando los actuadores, buscando el control.

«Vamos, cosa estúpida. Muévete.»

La nave se resistía. No me reconocía.

—¡Valeria! —gritó Sara.

El primer impacto sonó como un disparo de cañón justo encima de nuestras


cabezas. El techo de la cabina se abolló hacia adentro, el metal biológico gimiendo
bajo la presión de unas garras enormes.

—¡Están en el techo! —aulló Caroline, cubriendo el cuerpo de Jay con el suyo.

Otro impacto sacudió la nave de lado. BAM. BAM. Eran rápidos. El sonido de
algo rascando el fuselaje exterior, buscando una grieta, llenó la cabina. Era un
sonido húmedo y chirriante, como uñas sobre una pizarra, pero amplificado mil
veces.

Tenía que movernos. Si no podía conectarme mentalmente, tendría que hacerlo


a la fuerza bruta. Agarré las palancas de control y tiré de ellas con todas mis
fuerzas.
—¡Agárrense!
Activé los propulsores de maniobra al 100%. Sin compensadores de inercia
finos, la aceleración fue brutal. La nave salió disparada hacia adelante, girando
sobre su eje como un trompo fuera de control.

Escuché el sonido repugnante de cuerpos alienígenas siendo aplastados por la


fuerza G contra el casco, y luego siendo despedidos al vacío. Pero no todos.

—¡Aún tenemos peso extra! —verifiqué los sensores de masa. Dos de esas
cosas seguían aferradas al casco, una cerca del motor y otra... Dios, otra estaba
sobre el cristal del visor.

Una cabeza pálida, sin ojos, llena de dientes como agujas y piel traslúcida,
apareció invertida al otro lado del cristal reforzado. Golpeó el vidrio. Una grieta,
fina como un cabello, apareció en la superficie.

—¡Está rompiendo el vidrio! —Sara gritó, retrocediendo hasta chocar con la


pared.

Mis manos sudaban sobre los controles.

Miré el campo de asteroides que flotaba cerca de las ballenas. Era un suicidio
pilotar ahí sin la conexión neuronal de Jay, pero era la única forma de raspar esa
cosa de encima antes de que la descompresión nos succionara los pulmones.

—Caroline, asegura a Jay —dije, apretando los dientes hasta que me dolió la
mandíbula—. Voy a rozar esa roca.

—¿Vas a qué?

—¡Voy a estrellarnos... un poquito!

Empujé la palanca. La nave rugió y nos lanzamos en picado hacia el cinturón de


asteroides, brillando como un cometa suicida, con un monstruo golpeando nuestra
ventana para entrar a cenar.

El campo de asteroides no era como en los videojuegos. No había espacio para


esquivar elegantemente. Era una trituradora de carne cósmica: miles de rocas
dentadas girando en el caos, chocando entre sí y levantando nubes de polvo de
hielo.

Y nosotros nos lanzábamos de cabeza hacia ella.

—¡Valeria, va a entrar! —gritó Sara.

El monstruo golpeó el cristal de nuevo. CRACK. La grieta se ramificó como una


telaraña justo frente a mi cara. Pude ver la saliva viscosa congelándose
instantáneamente sobre el vidrio reforzado y esos dientes de aguja buscando
probar mi carne.

—¡Sujétate!

Ignoré al monstruo. Ignoré el miedo que me cerraba la garganta. Me fijé en una


roca masiva que rotaba lentamente a mi izquierda. Tenía el tamaño de un edificio y
una superficie irregular llena de aristas cortantes.

Era perfecta.

Viré la nave con violencia. Los compensadores de inercia protestaron y sentí


cómo mis órganos internos se desplazaban hacia un lado. —Vamos, vamos... —
susurré entre dientes, ajustando los propulsores laterales manualmente.

No tenía la precisión de Jay. No sentía la nave. Tuve que hacerlo a ojo,


calculando distancias a una velocidad vertiginosa.

La roca llenó todo mi campo de visión. Gris, fría y mortal.

—¡Nos vas a estrellar! —gritó Caroline, cerrando los ojos.

—¡No! —Corregí el rumbo en el último microsegundo—. ¡Voy a afeitarla!

Incliné la nave cuarenta grados. El monstruo sobre el cristal debió darse cuenta
de lo que pasaba, porque dejó de golpear y clavó sus garras, intentando aferrarse.
Demasiado tarde.

El impacto fue ensordecedor.

No chocamos de frente. El flanco de la nave rozó la superficie del asteroide con


un chirrido que hizo vibrar hasta el último remache del fuselaje. Saltaron chispas
—o quizás fue fricción pura iluminando el polvo—.

El mundo dio vueltas.

Vi, con una satisfacción salvaje, cómo la roca actuaba como un rallador de
queso gigante. El asteroide se llevó por delante las antenas, los sensores externos
y, lo más importante, al polizón.

El monstruo no tuvo oportunidad. Fue aplastado entre el casco indestructible de


nuestra nave y la montaña de piedra. Explotó en una mancha negra y viscosa que
se congeló y desapareció atrás en un instante.

—¡Lo tenemos! —grité, eufórica por la adrenalina—. ¡Uno menos!


Pero la celebración duró poco. El roce nos había desestabilizado. La nave
empezó a girar como un disco lanzado por un niño, rebotando contra rocas más
pequeñas.

—¡Estabilizadores! —Me peleé con los controles.

Logré activar los propulsores de frenado, gastando combustible a lo loco. La


nave se detuvo con una sacudida final que nos dejó colgando de los cinturones.

Silencio.

Solo se oía el zumbido de los sistemas de soporte vital luchando por mantener
la presión y el siseo de alguna tubería rota en el pasillo.

Miré el visor. El cristal estaba fracturado, una estrella de grietas justo en el


centro, pero había aguantado. La mancha oscura de los restos del depredador
manchaba la esquina izquierda.

Me dejé caer en el respaldo, respirando como si acabara de correr una


maratón. Mis manos temblaban tanto que tuve que soltar los mandos para que no
vieran mi miedo.

—¿Estamos... estamos vivos? —preguntó Sara desde el suelo, donde se había


hecho un ovillo.

—Por ahora —respondí, mi voz ronca—. Caroline, ¿cómo está Jay?

Me giré. Caroline estaba pálida, limpiando un hilo de sangre que salía de la


nariz de Jay. Él seguía inconsciente, pero sus párpados se movían rápidamente,
como si estuviera teniendo una pesadilla frenética.

—Tiene pulso, pero es muy rápido —dijo ella, mirándome con ojos muy abiertos
—. Valeria... lo hiciste.

—Casi nos mato —corregí, desabrochándome el arnés con dedos torpes—.


Pero nos quité las garrapatas de encima.

Revisé los sensores. El brillo exterior de la nave se estaba atenuando,


volviendo a la normalidad. El campo de asteroides nos ocultaba de las ballenas y
del resto del enjambre, al menos por el momento.

Pero entonces, una luz roja parpadeó en la consola de ingeniería.

—Oh, no...

—¿Qué? —preguntó Caroline, tensándose de nuevo—. ¿Qué es "oh, no"?


—La nave sufrió daños, esta saliendo alguna especie de líquido —dije,
señalando el monitor holográfico que mostraba una sección del casco en rojo
parpadeante.

—¿Combustible? —preguntó Caroline, su voz temblando ligeramente mientras


acariciaba la frente sudorosa de Jay.

—Peor. Fluido térmico. Es como, la sangre, para nosotros. —Amplifiqué la


imagen en la pantalla. Se veía una fisura fea en el flanco de estribor, justo donde
raspamos la roca—. El roce con el asteroide abrió una brecha en los conductos de
refrigeración. Está saliendo a chorros hacia el espacio.

Caroline me miró sin entender la gravedad del asunto. —¿Y eso qué significa?
¿Nos vamos a congelar?

—Significa que estamos dejando un rastro —expliqué, desabrochándome el


cinturón del piloto y poniéndome de pie. Las piernas me flaquearon un momento,
pero me obligué a mantenerme firme—. Ese líquido huele a amoníaco puro. En el
vacío, puede que nosotros como humanos no podamos percibir olores, pero si
esas bestias sí pueden… estaremos en problemas si no sello esa fuga ahora
mismo, esas cosas seguirán el olor hasta nuestra puerta.

Me giré hacia Sara. La chica seguía hecha un ovillo en el suelo, con los ojos
abiertos pero vacíos, mirando la nada.

—Sara, necesito que te levantes —le ordené, usando mi tono de "jefa de obra"
para intentar sacarla del shock—. Necesito que vigiles el radar. Si ves un punto
rojo, gritas. ¿Entendido?

Ella asintió mecánicamente, arrastrándose hacia el asiento del copiloto que yo


acababa de dejar. Parecía un fantasma.

Fui hacia el armario de suministros y saqué el kit de reparaciones de


emergencia: una pistola de espuma bio-sellante y una llave de torsión que pesaba
como un ladrillo.

—Voy a bajar a ingeniería —le dije a Caroline—. Mantén a Jay estable. Si se


despierta, que no se mueva. Su cerebro acaba de recibir una descarga que
mataría a un elefante.

—Ten cuidado, Val —susurró ella.

Salí de la cabina hacia el pasillo curvado que llevaba a la parte trasera. La nave
estaba oscura. Las luces de emergencia parpadeaban con un tono anaranjado
enfermizo, proyectando sombras largas que parecían moverse por las paredes de
tejido biomecánico. El aire se estaba volviendo viciado y frío.
Corrí por el pasillo, mis botas metálicas resonando contra el suelo blando. A
medida que me acercaba a la zona del impacto, el sonido cambiaba. Ya no era el
silencio del espacio, sino un silbido agudo y constante.

Llegué a la sección de los conductos térmicos. Era una pesadilla.

La pared interior se había deformado hacia adentro por el golpe. De una grieta
irregular brotaba un líquido azul oscuro, viscoso y caliente, que se evaporaba al
contacto con el aire despresurizado de la microfractura. El olor era insoportable:
una mezcla de hospital limpio y carne podrida.

—Mierda, qué asco —mascullé, tapándome la nariz con el antebrazo.

Me acerqué a la grieta. El frío del espacio exterior se colaba por ella,


helándome la cara. Apunté la pistola sellante y apreté el gatillo. La espuma gris
salió disparada, expandiéndose al contacto con la "herida" de la nave. La
sustancia burbujeó, endureciéndose en segundos, taponando el silbido.

Pero la nave reaccionó.

En cuanto la espuma tocó la pared de los conductos, se contrajeron. Fue como


un espasmo muscular. El suelo se onduló bajo mis pies y casi me caigo sobre el
charco azul.

—Tranquila, tranquila... —le hablé a la nave como si fuese un perro herido,


aunque me sentía ridícula haciéndolo—. Solo te estoy poniendo una curita.

El silbido cesó. El silencio volvió, pesado y denso.

Me dejé caer sentada contra la pared opuesta, respirando el aire frío. Lo había
conseguido.

Entonces, escuché el ruido.

No venía de dentro. Venía de fuera.

Thump.

Algo pesado había aterrizado sobre el casco, justo al otro lado de la pared
donde yo estaba apoyada.

Me quedé paralizada, con la pistola sellante apretada en la mano.

Scritch... Scritch...

Garras. Estaban caminando sobre nosotros. Buscando. Olfateando la fuga que


acababa de cerrar.
Mi comunicador de muñeca crepitó, rompiendo el silencio y casi haciéndome
gritar del susto. Era la voz de Sara, temblorosa y pequeña.

—¿Valeria?

Apreté el botón de respuesta lentamente, susurrando. —Dime, Sara.

—Hay... hay algo en el radar. No son los murciélagos.

—¿Qué es?

—Es solo uno. Es muy grande. Y no se mueve rápido.

El sonido de garras sobre mi cabeza se detuvo. Hubo un momento de quietud


absoluta, y luego, una vibración profunda, como un ronroneo grave, resonó a
través del metal, vibrando en mi propia columna vertebral.

—Valeria —dijo Sara, y esta vez pude oír el terror puro en su voz—. Creo que
está escuchando.

El "ronroneo" se intensificó, convirtiendo la sección de ingeniería en una caja de


resonancia maldita. Mis dientes vibraban y sentí un mareo nauseabundo en el
estómago; esa frecuencia no era solo ruido, era un arma. Las herramientas
sueltas en el suelo empezaron a tintinear, bailando por la vibración como si
estuvieran poseídas.

—¡Valeria, muévete! —urgió Sara por el comunicador.

—¡No! —La corté con un susurro áspero, una intuición de ingeniera


golpeándome de repente—. ¡Sara, diles a todos que se queden quietos!
¡Absolutamente quietos! ¡Nadie se mueve!

—¿Por qué?

—Es un sonar —mascullé, pegando la espalda a la tubería fría y cerrando los


ojos con fuerza—. Está usando la vibración para mapear el interior. Está buscando
movimiento. Buscando densidad diferente a la del metal. Buscando agua...
buscando sangre.

El sonido cambió de nuevo. Un thump seco, seguido de un eco metálico que


recorrió el fuselaje. Luego otro. Thump. Thump. La criatura estaba golpeando el
casco rítmicamente, esperando escuchar el rebote en cuerpos blandos dentro de
la cáscara dura.

Miré la pistola de espuma en mi mano derecha. Si disparaba, el ruido del gas


comprimido sería como una bengala sonora en una biblioteca. Si corría, mis botas
resonarían en toda la estructura tubular del pasillo.
Thump.

El golpe sonó justo encima de mi cabeza. Polvo y partículas de hielo cayeron


del techo, aterrizando sobre mi pelo y mis hombros. Me mordí el labio hasta sentir
el sabor metálico de la sangre para no gritar.

—Está justo encima de ti, Val —gimió Sara, su voz al borde del llanto, tan bajita
que apenas la captaba el auricular—. La computadora dice que está... cargando
energía.

Dejé de respirar. Mi corazón golpeaba tan fuerte contra mis costillas que temí
que la criatura pudiera oírlo a través del titanio. Arriba, el sonido de garras rechinó
lentamente, posicionándose. No estaba escuchando al azar. Había encontrado
algo que le gustaba. Había encontrado un bulto de agua y calcio de sesenta kilos
pegado a la pared.

Tenía que moverme. Si esa cosa soltaba su carga sónica ahí mismo, la
resonancia no solo rompería el casco; mis órganos internos se licuarían antes que
el metal. Sería como meter un huevo en un microondas.

Miré la llave de torsión en mi mano izquierda. Pesada. De aleación densa.

Si la lanzaba, haría ruido. Mucho ruido.

Era la idea más estúpida del mundo. Era mi única idea.

—Sara —susurré—, agárrense fuerte.

Calculé la distancia. Al final del pasillo, a unos diez metros, había una rejilla de
ventilación suelta que ya había vibrado antes. Respiré hondo, una sola vez.

Con un movimiento fluido y desesperado, lancé la llave de torsión con todas mis
fuerzas hacia el fondo del pasillo.

El metal voló girando en la penumbra.

La llave golpeó el suelo, rebotó contra la pared y terminó girando ruidosamente


sobre las rejillas metálicas. El sonido fue escandaloso en el silencio sepulcral.
Arriba, el rechinido se detuvo en seco.

Hubo una fracción de segundo de silencio absoluto. Y luego, una velocidad


aterradora.

Escuché las garras desgarrando la superficie exterior mientras la criatura se


lanzaba como un rayo hacia el origen del nuevo ruido, diez metros más allá.
—¡Ahora! —me grité a mí misma.

Me impulsé lejos de la pared y corrí en dirección contraria, hacia la cabina,


tratando de pisar con la punta de los pies, aunque la sutileza ya daba igual.

A mis espaldas, el pasillo explotó.

No fue una bomba. Fue el sonido del metal cediendo ante una frecuencia
imposible. Un chillido agudo que me hizo sangrar los oídos, seguido del estruendo
de la descompresión. El aire aulló al ser succionado hacia el vacío.

La criatura había atacado el señuelo. Había abierto el casco como si fuese una
lata de refresco justo donde había caído la llave.

—¡Alerta de despresurización! —gritó la voz sintética de la nave, que parecía


haber despertado solo para darnos malas noticias.

El viento me golpeó la espalda, tirándome al suelo. Me agarré a un asidero del


suelo mientras el aire del pasillo intentaba arrastrarme hacia el agujero del fondo,
hacia las fauces de lo que fuese que había entrado.

—¡Valeria! —gritó Caroline.

—¡Cierren la puerta del puente! —grité, luchando contra la succión—. ¡Cierren


la maldita puerta!

Vi el mamparo de seguridad al final del pasillo, cerca de la entrada a la cabina,


empezando a descender lentamente. Demasiado lento. Y entre el humo de la
descompresión y el polvo, vi una silueta pálida y sin cabeza exprimir su cuerpo a
través de la brecha que acababa de abrir al fondo del pasillo.

Ya estaba dentro.

El mamparo del puente comenzó a cerrarse. Era un esfínter de músculo


grisáceo y metal que se contraía con una lentitud agonizante.

No iba a llegar. Si intentaba cruzar ese umbral, la cosa me alcanzaría justo en la


entrada y nos encerraríamos con ella en la cabina. Sería una masacre en una lata
de sardinas.

Me lancé hacia la derecha, golpeando el panel de apertura del almacén de


suministros auxiliares. La puerta se deslizó con un siseo y me arrojé al interior,
rodando sobre cajas de raciones sintéticas justo cuando una garra traslúcida
rasgaba el aire donde había estado mi cabeza hace un segundo.
Golpeé el cierre manual. La puerta del almacén se selló a milímetros de mi
nariz.
Oscuridad total.

Me quedé quieta, con la espalda pegada al metal frío, abrazando la llave de


torsión contra mi pecho como si fuese un peluche blindado. Mi respiración sonaba
como un fuelle roto en el espacio reducido.

—Valeria... —La voz de Caroline en mi oído era puro pánico—. ¿Estás dentro?

—Estoy en el auxiliar 3 —susurré, temblando—. ¿Cerraron el puente?

—Sí. Pero tú estás fuera.

—Lo sé.

Thump.

El sonido golpeó la puerta. No fue un golpe físico, fue sónico. La criatura estaba
"mirando" a través del metal.

El aullido del viento en el pasillo cesó de repente. Mis oídos hicieron pop por el
cambio de presión. La nave, en un espasmo de supervivencia, había terminado de
sellar la brecha del casco con su propia "costra" biológica. Eso era bueno: no
moriríamos asfixiados. Eso era malo: ahora el silencio había vuelto, y la bestia
podía escuchar hasta mis latidos.

Oí sus garras probando el metal de mi puerta. Sabía que estaba aquí. Era una
lata de conservas y yo era la carne.

—Valeria —intervino Sara, su voz sonaba extraña, como si estuviera viendo


algo increíble—. El monitor de constantes vitales... las ondas cerebrales de Jay.
Están cambiando.

—Sara, no tengo tiempo para diagnósticos —mascullé, mirando cómo el metal


de mi puerta empezaba a deformarse hacia adentro. La criatura estaba empujando
—. Esta cosa va a entrar.

De repente, la gravedad en el armario desapareció. Floté unos centímetros,


golpeándome el hombro contra el techo bajo. Las cajas de raciones empezaron a
levitar a mi alrededor.

—¿Qué demonios...?

Fuera, en el corredor, escuché un chillido. No era el grito de un animal


atacando, sino el de algo confundido. La criatura había perdido la tracción.
—¡Valeria, agárrate a algo! —gritó Caroline—. ¡Dice que va a aplastarla!

—¿Dice? ¿Quién dice?

— ¡Solo agárrate!

Me aferré a los estantes anclados a la pared.

La gravedad volvió. Pero no fue la gravedad estándar de 1G de la Tierra. Fue


como si un planeta entero se hubiera sentado sobre la nave.

El sonido vino del pasillo. Fue un crujido seco y húmedo a la vez, el sonido de
un exoesqueleto colapsando bajo una presión imposible. La nave gimió, su
estructura protestando por el aumento repentino de masa artificial, pero el chillido
de la criatura fue silenciado de golpe.

Sentí la presión en mi propio pecho, incluso a través del aislamiento del cuarto.
Mis empastes dolieron. Fueron solo tres segundos de fuerza bruta, y luego, la
sensación de pesadez desapareció, volviendo a la normalidad.

«¿Qué mierda fue eso?» — pensé.

Esperé diez segundos. Veinte. Nada se movía al otro lado de mi puerta.

—Valeria —dijo Sara, más calmada—. Creo... creo que ya puedes salir. El
sensor de movimiento está plano.

Abrí la puerta con cuidado, la llave de torsión en alto, lista para golpear.

No fue necesario.

El pasillo estaba bañado en luces de emergencia rojas. A dos metros de mi


posición, en el centro del corredor, había una mancha. No había otra forma de
describirlo. La criatura había sido aplastada contra el suelo con tal violencia que su
estructura biológica se había licuado. Sus alas rígidas estaban partidas en mil
pedazos, y el torso sin cabeza era ahora una alfombra de fluidos oscuros y
viscosos esparcida sobre el suelo orgánico de la nave.

Tuve que contener una arcada.

Caminé por el borde del pasillo, evitando pisar los restos, y llegué al mamparo
del puente. El esfínter se abrió al reconocer mi proximidad.

Entré en la cabina tambaleándome.

La escena era casi tan intensa como la de afuera, pero de otra manera.
Caroline estaba arrodillada junto a la piscina de pilotaje. Jay estaba sumergido
hasta el pecho en el mercurio, que ahora bullía lentamente, recuperando su color
plateado normal. Tenía la cabeza caída hacia atrás, los ojos entreabiertos pero
vidriosos, y un hilo de sangre le bajaba por la oreja izquierda.

—¿Está vivo? —pregunté, dejando caer la llave al suelo. El ruido metálico nos
hizo saltar a todas.

—Apenas —dijo Caroline, apartándole el pelo sudoroso de la frente—. Volvió a


entrar en shock después de... de hacer eso.

Sara estaba en el puesto de copiloto, mirando las lecturas del casco. Estaba
pálida, abrazándose las rodillas.

—La nave está muy dañada, Val —dijo la niña, señalando el holograma de la
nave que parpadeaba en ámbar—. La espuma selló la entrada, pero perdimos
demasiado fluido térmico. Los radiadores están al 40%. Si intentamos otro salto al
hiperespacio, nos sobrecalentaremos y estallaremos.

Me dejé caer en uno de los asientos traseros, sintiendo cómo la adrenalina


abandonaba mi cuerpo y dejaba paso a un agotamiento profundo. Miré a través
del visor fracturado. El campo de asteroides seguía ahí, girando en silencio. A lo
lejos, las ballenas espaciales seguían siendo devoradas, ajenas a nuestro drama
minúsculo.

—No podemos saltar —confirmé, mi voz ronca—. Y no podemos quedarnos


aquí flotando.

Caroline se levantó. Había una dureza nueva en su mirada, la clase de mirada


que te sale cuando te das cuenta de que nadie va a venir a salvarte.

—Entonces bajamos —dijo, señalando hacia la derecha del visor.

Ahí, oculto parcialmente por la sombra de un gigante gaseoso, flotaba el


planetoide gris que habíamos usado como cobertura. Era una roca estéril, fea y
llena de cráteres, pero era suelo firme.

—¿Aterrizar? —preguntó Sara—. ¿Y si hay más cosas ahí abajo?

—Si nos quedamos en el espacio, somos un blanco brillante y caliente —


argumentó Caroline—. Si aterrizamos, podemos apagar los sistemas, enfriar la
nave y escondernos en alguna grieta o cañón. Valeria, ¿puedes arreglar los
conductos si dejamos de movernos?

—Si consigo acceso exterior sin que nos coman... sí.


Caroline asintió. Se inclinó sobre la consola, puso su mano sobre el hombro
inconsciente de Jay y miró el mercurio.
—Bien. Llévanos abajo, Valeria. Vamos a escondernos en la boca del lobo.

Me senté en el puesto del piloto, metí las manos en el fluido frío y denso, y
empujé los actuadores manuales. La nave, herida y pesada, giró lentamente hacia
el planetoide gris, dejando atrás el banquete de los monstruos.

Esperaba que no estuviéramos bajando para convertirnos en el postre.


Capítulo 3: El Sueño de Piedra

Sara

Cuando la nave tocó el suelo, no se sintió como un accidente. Se sintió como si


algo enorme y cansado se dejara caer en una cama después de correr mucho
tiempo.

Hubo un chirrido largo, un sonido de metal arañando roca que me hizo taparme
los oídos, y luego un golpe seco que nos sacudió los dientes. Después, nada. El
zumbido constante del motor, ese "corazón" grave que habíamos escuchado
durante horas, se detuvo.

La Sombra Errante se había dormido.

Me solté el cinturón de seguridad. El aire dentro de la cabina cambió; ya no olía


a ozono y electricidad, sino a frío. Las luces rojas de alerta parpadearon dos veces
y se apagaron, dejando solo una bioluminiscencia azul muy suave en las paredes,
como la luz de un acuario por la noche.

—Estamos abajo —dijo Valeria. Su voz sonaba finita, agotada. Soltó los
mandos y vi que sus manos temblaban.

Nadie aplaudió. Estábamos demasiado asustados para hacer ruido.

Caroline fue la primera en moverse. Siempre es la primera. Se quitó los


correajes y flotó hacia Jay, veía cómo hacía muecas de dolor cuando se movía.

—Sara, ayúdame con él —me pidió.

Jay pesaba menos aquí. La gravedad del planetoide era débil, como si la luna
nos estuviera abrazando con muy poca fuerza. Dejamos un rastro de gotas
plateadas flotando en el aire detrás de nosotros mientras lo llevábamos hacia
atrás, a la zona que Valeria llamaba "enfermería", pero que a mí me parecía más
bien un jardín.

Lo pusimos en uno de los nichos de la pared. No era una cama normal. En


cuanto la espalda de Jay tocó el material gris y suave, la pared reaccionó. Se
hundió para acomodar su forma y unas fibras de luz pequeñitas brotaron del
material, tocándole la piel de los brazos y el cuello.

Caroline dio un paso atrás, asustada.


—No le va a hacer daño —dije rápido, antes de que ella hiciera algo. Lo sabía.
No sabía cómo lo sabía, pero podía sentirlo en las suelas de mis botas. La nave
sabe que él es su amigo.

Caroline me miró un momento, con los ojos cansados, y luego asintió. Le puso
una manta térmica encima a Jay.

Durante los siguientes ciclos, el tiempo se volvió algo borroso. No había sol, así
que no había día ni noche. Solo había momentos despierta y momentos dormida.

Nos escondimos en esa grieta profunda del planetoide. Valeria apagó casi todo
para que nadie nos viera. Hacía frío, un frío que se te metía debajo de la ropa y no
se iba nunca. Comíamos raciones que sabían a cartón y bebíamos agua reciclada,
envueltas en todas las mantas que encontramos.

Pero era tranquilo. Por primera vez desde que salimos de la Tierra, nadie nos
estaba disparando o persiguiendo.

Mientras Valeria trabajaba abajo en las tripas de la nave, intentando reparar el


casco, yo me pasaba las horas sentada en el asiento del copiloto, mirando por el
cristal roto del frente. Desde nuestra cueva, teníamos una vista perfecta del cielo.

Eran tan grandes que parecían montañas flotantes. A veces, usaba los visores
de la nave para mirarlas de cerca. Veía cómo se movían despacio, con esa paz de
las cosas que han vivido millones de años.

Vi a una ballena morir. Vi cómo los destellos de su sangre verde se congelaban


en el espacio cuando la mordían. No había sonido, y eso lo hacía más triste. Era
una muerte silenciosa.

—Son como nosotros —le susurré al cristal frío.

Caroline subió a la cabina en ese momento, trayendo una bolsa de agua


caliente que había calentado en el núcleo del motor. Me la puso en las manos.

—¿Qué dices, pequeña?

—Las ballenas —señalé con la barbilla—. Son grandes y viejas, y no le hacen


daño a nadie. Pero los monstruos se las comen igual.

Caroline miró hacia afuera. Su cara se puso dura, como siempre, pero me pasó
un brazo por los hombros y me apretó fuerte.

—Bueno, no como que los humanos seamos santas palomas. La diferencia,


Sara, es que esa ballena está sola —dijo, mirando fijamente a la oscuridad—.
Nosotros no. Valeria está arreglando la nave. Jay está recuperando fuerzas. Y
nosotras estamos vigilando.
Se sentó a mi lado y suspiró, cerrando los ojos.

—Duerme un poco, Caroline —le dije—. Yo hago guardia. Si veo algún punto
negro acercarse a nuestra roca, te despierto.

Ella sonrió, una sonrisa pequeña y rara en ella, y se dejó caer en el respaldo.
—De acuerdo. Dos horas. Luego me despiertas.

Me quedé allí, en el silencio de la nave dormida, mirando el cementerio de


gigantes en el cielo, esperando que nuestra propia ballena de metal se curara a
tiempo para salir de allí antes de que los cazadores miraran hacia abajo.

Caroline.

El silencio fue lo que me despertó.

No fue un ruido de alerta, sino la ausencia total de sonido. Abrí los ojos y,
durante un segundo, no supe dónde estaba. El aire estaba frío y quieto.

—¿Sara? —susurré.

Me giré hacia el asiento del piloto, esperando ver el bulto pequeño de su cuerpo
bajo las mantas, pero el asiento estaba vacío. La manta estaba doblada, no tirada,
dejada con cuidado sobre el respaldo.

Una punzada fría me atravesó el estómago. No era pánico, era algo más
pesado, una angustia que se asentó en mi pecho al instante.

Me solté el cinturón con manos que sentí torpes. El cronómetro de la consola


marcaba que habían pasado cinco horas. Me había quedado dormida. Me había
prometido cerrar los ojos solo un momento y les había fallado.
—Sara, contesta —llamé por el comunicador, tratando de que mi voz no
temblara.

Nadie respondió.

Me impulsé fuera del asiento, flotando en la gravedad débil. Mi corazón latía


demasiado rápido, golpeando contra mis costillas. No desenfundé el arma; ni
siquiera pensé en ella. Solo pensaba en lo pequeña que era Sara y en lo grande y
oscura que era esta nave.

Bajé flotando hacia la sección media. Me detuve un segundo frente al nicho de


Jay. Él seguía allí, inmóvil, respirando bajo esa extraña red de luces que la nave
había tejido sobre él. Estaba a salvo. Acaricié la membrana transparente un
segundo, solo para asegurarme, y seguí adelante.

El pasillo hacia la bodega estaba oscuro, pero al fondo vi un resplandor blanco.


Me acerqué, sintiendo cómo se me secaba la boca. Imágenes terribles pasaban
por mi mente: la criatura volviendo, un accidente con la esclusa, Sara perdida en
la oscuridad...

Llegué al recodo y me detuve, apoyando una mano en el marco de la puerta


para estabilizarme.

El aire se me escapó de los pulmones en un suspiro tembloroso.

Estaban allí.

Valeria estaba cerca del techo, con medio cuerpo dentro de un panel abierto. Y
abajo, sujeta a una barandilla con las piernas cruzadas, estaba Sara.

La niña sostenía una manguera gruesa y pulsante con ambas manos,


concentrada, mordiéndose el labio inferior con esa expresión seria que ponía
cuando intentaba ayudar.

—Sara... —El nombre salió de mi garganta como un hilo de voz, lleno de un


alivio tan intenso que casi me dolió.

La niña dio un pequeño salto y se giró. Sus ojos se abrieron mucho al verme.

—¡Caroline! —susurró, como si temiera despertar a alguien—. Te despertaste.

Me impulsé hacia ella y, cuando llegué a su lado, la abracé. No pude evitarlo. La


apreté contra mí, enterrando la cara en su pelo revuelto, oliendo a ozono y a
polvo. Sentí que ella se tensaba por la sorpresa, pero luego me devolvió el abrazo
con sus brazos flacos.
—Me asustaste —le dije al oído, tragándome el nudo que tenía en la garganta.
Me separé un poco y le acomodé el cuello del traje, tratando de recomponer mi
expresión para no asustarla.

—Te veías muy cansada, Caroline —dijo ella, mirándome con esa inocencia
que a veces me rompía el corazón—. Tenías ojeras. Valeria dijo que necesitabas
dormir y que ella necesitaba manos pequeñas.

Valeria bajó del techo en ese momento. Se veía exhausta, con manchas grises
en la cara, pero me miró con una mezcla de disculpa y comprensión.

—Lo siento, Caroline —dijo suavemente—. No quise preocuparte. Intenté no


hacer ruido. Sara ha sido... increíblemente útil.

Me pasé la mano por la cara, borrando el rastro de miedo. Tenía que ser la
adulta. Tenía que ser la fuerte.
—Está bien —dije, aunque mi pulso aún no se había calmado—. Solo... la
próxima vez, despiértame. Por favor. No me importa lo cansada que esté. No
quiero despertar sola y no encontrarlas.

Miré la manguera que Sara aún sostenía.

—¿Qué están haciendo?

—Curándola—dijo Valeria, tomando la manguera de manos de Sara con


delicadeza—. El casco está herido, podría decirse. Es como... tejido vivo, Caroline.
No puedo simplemente soldarlo. Tengo que convencerlo de que sane.

Valeria aplicó una pasta gris sobre una grieta en la tubería expuesta. Lo hizo
con cuidado, casi con ternura, como quien aplica medicina en una herida abierta.
Vi cómo el metal de la nave reaccionaba, enviando pequeños filamentos para
unirse a la pasta.

—Valeria —pregunté, tratando de sonar práctica para ocultar mi preocupación—


¿cuánto falta?

Valeria suspiró y miró hacia la esclusa sellada al final del pasillo. Su expresión
cambió, volviéndose sombría.

—El interior está casi listo. Pero... el daño real está afuera. El parche interno no
aguantará la presión de un salto hiperespacial. Tengo que salir, Caroline.

Miré hacia la esclusa. Afuera estaba el vacío, el frío absoluto y esas cosas que
devoraban ballenas. La idea de que alguna de ellas saliera ahí fuera me heló la
sangre. Pero sabía que no teníamos opción.
—De acuerdo —dije. Puse una mano en el hombro de Valeria y la otra en la
cabeza de Sara—. Terminemos aquí primero. Luego prepararé los trajes y la
comida caliente. Nadie va a salir ahí fuera con el estómago vacío o sin que yo
haya revisado cada centímetro de esos sellos.

Les sonreí, una sonrisa cansada pero genuina, intentando transmitirles una
seguridad que yo misma no sentía del todo.

—Lo están haciendo muy bien… las dos.

Sara

El espacio no es silencioso. Al menos no cuando llevas el traje puesto.

Dentro del casco, te escuchas a ti misma todo el tiempo. Escuchas tu


respiración, que suena como viento fuerte en una cueva. Escuchas los clics y
zumbidos de las válvulas de aire. Y sientes cada latido, recordándote que estás
viva en un lugar donde no deberías estarlo.

Valeria y yo flotábamos sobre el casco de la Sombra Errante. La nave se veía


triste desde aquí arriba, cubierta de polvo gris del planetoide.

—Pásame la soldadora de polímero, Sara —dijo la voz de Valeria por la radio.


Sonaba cerca, como si estuviera dentro de mi cabeza.

Me solté un poco de mi cable de seguridad y le pasé la herramienta. Con los


guantes gruesos, me sentía torpe, como si tuviera manos de oso de peluche, pero
ya le estaba cogiendo el truco.

—Gracias, pequeña.

Me quedé mirando mientras ella trabajaba. La luz de su linterna iluminaba el


metal herido. Valeria no soldaba con fuego, sino con una especie de pegamento
caliente que olía a plástico quemado (o eso me imaginaba, porque aquí afuera no
se puede oler nada).

—Valeria... —dije, mirando hacia el visor de la nave, que estaba unos metros
más adelante. Tenía una grieta enorme, como una tela de araña de cristal—.
¿Crees que podremos arreglar el visor?

Valeria levantó la vista del trabajo. Su visor reflejaba las estrellas y el polvo.

—El visor es complicado, Sara. No es vidrio normal. Es... cristal. Si intentamos


fundirlo para arreglar la grieta, podría volverse opaco y dejarnos ciegos. O peor,
podría estallar.
—Pero si no lo arreglamos, tendremos que volar con el escudo de energía
puesto todo el tiempo —recordé lo que Caroline había dicho—. Y eso gasta mucha
energía.

—Exacto. —Valeria suspiró, un sonido rasposo en el intercomunicador—. Por


eso estoy pensando en hacer un injerto. Tal vez podamos usar las ventanas de
carga para arreglarlo y sellar esas que dejemos sin vidrio. No quedará bonito,
parecerá que la nave tiene un parche de pirata, pero aguantará.

Se hizo un silencio. No un silencio incómodo, sino uno de esos momentos en


los que solo estás tú y el universo. Me di la vuelta con cuidado, mirando hacia el
cielo negro. Allá arriba, lejos, la Tierra ya no estaba. La Luna tampoco. Solo polvo.

—¿Crees que les dolió? —pregunté bajito.

Valeria dejó de trabajar un segundo.

—¿A quiénes?

—A todos. A los que se quedaron en la Tierra. A los que estaban en la Luna


cuando... cuando pasó.

Valeria tardó en responder. La vi flotar un poco, anclando sus botas magnéticas


con más fuerza.

—Espero que fuera rápido —dijo al final. Su voz sonaba diferente, más suave y
triste—. Creo que para la mayoría fue como apagar la luz. Un momento estaban
ahí, preocupados por sus facturas, por el tráfico, por si iba a llover... y al siguiente,
nada.

Pensé en eso. Pensé en mi gato, que se había quedado atrás. Pensé en mi


habitación y en mis libros. Todo eso ahora era ceniza flotando en el espacio, igual
que los asteroides que nos rodeaban.

—Es raro —dije, jugando con el mosquetón de mi cable—. En ese entonces, mi


mayor problema era que no quería ir a la escuela porque tenía examen de
matemáticas. Y ahora... ahora estoy flotando en una roca muerta, arreglando una
nave alienígena.

—Todo cambió muy rápido, Sara. Demasiado rápido. —Valeria volvió a soldar
—. Nosotras también cambiamos. ¿Te acuerdas de cuando nos conocimos?
Estabas tan asustada que no querías soltar la mano de Caroline.

—Todavía me asusto —confesé—. Pero es diferente. Antes tenía miedo de los


monstruos. Ahora tengo miedo de que nos separemos. De que ustedes se vayan y
yo me quede sola otra vez.
—No te vas a quedar sola —dijo Valeria con firmeza—. Mira, yo... yo nunca fui
buena con la gente. Siempre preferí las máquinas. Las máquinas son lógicas; si
algo falla, sabes por qué es. Las personas son complicadas, ruidosas y a veces
crueles. Pero tú, Caroline, Jay... ustedes son mi tripulación ahora. Somos las
piezas de una máquina nueva. Si falta una, no funcionamos.

Miré hacia la escotilla de aire, pensando en Jay durmiendo en su capullo de luz.


—Jay se siente culpable, ¿verdad? —pregunté.

—Mucho. —Valeria resopló—. Él cree que todo esto es su culpa. Cree que,
porque puede "hablar" con la nave y entender a los Cosechadores, él los trajo de
alguna manera. O que debería haber podido salvar a más gente.

—Es tonto —dije, frunciendo el ceño dentro de mi casco—. Él nos salvó. Si no


fuera por él, seríamos polvo.

—Lo sé, y Caroline lo sabe. Pero la culpa es un bicho raro, Sara. Se te mete en
la cabeza y te come por dentro, peor que esos gusanos espaciales. Jay carga con
el peso de dos mundos muertos sobre sus hombros. Quiere arreglarlo todo.
Quiere arreglar la nave, quiere arreglar el universo... quiere arreglarnos a
nosotras.

—No estamos rotas —dije.

Valeria se rió, una risa corta y seca.

—¿No? Yo creo que todos estamos un poco rotos, pequeña. Caroline tiene
pesadillas donde le da órdenes a sus hermanitos. Yo hablo con una nave como si
fuera mi mejor amiga porque me da miedo hablar con humanos. Tú... tú has visto
cosas que ninguna niña debería ver jamás. Y Jay... Jay está conectado a algo tan
grande que le está quemando el cerebro. Estamos todos llenos de grietas, como
ese visor.

Miré el cristal roto de nuevo.

—Pero el visor sigue aguantando —dije—. Aunque tenga grietas, no se ha roto


del todo. Y si le ponemos el parche de pirata, aguantará más.

Valeria se giró hacia mí. Aunque no podía verle bien la cara por el reflejo dorado
de su casco, sentí que estaba sonriendo.

—Tienes razón. Tienes toda la razón. Somos un desastre, pero somos un


desastre resistente.

Valeria terminó la última soldadura y dio unos golpecitos con el guante sobre el
parche gris.
—Listo. El casco exterior está sellado. Ya no nos desangraremos si saltamos.
—Se impulsó hacia atrás y me tendió la mano enguantada—. Vamos adentro,
Sara.

Tomé su mano. Era grande y dura por el traje, pero se sentía cálida a través de
las capas de aislamiento.

—Valeria...

—¿Sí?

—Gracias por dejarme salir contigo.

—Alguien tiene que enseñarte a arreglar las cosas cuando se rompen —dijo
ella, tirando de mí suavemente hacia la escotilla—. Porque en este viaje, Sara, se
van a romper muchas cosas. Y vamos a necesitar todas las manos posibles para
volver a pegarlas.

Nos deslizamos hacia la esclusa, dejando atrás el silencio ruidoso del espacio,
dos figuritas flotando en la oscuridad, con las estrellas muertas mirándonos la
espalda.

Caroline.

El siseo de la cámara de descontaminación fue el sonido más dulce que había


escuchado en horas. Significaba aire. Significaba calor.

En cuanto la luz verde parpadeó, ayudé a Sara a quitarse el casco. La niña


estaba pálida, con el pelo pegado a la frente por el sudor y los ojos enrojecidos de
luchar contra el sueño. Había aguantado como una veterana ahí fuera, pero ahora
que la adrenalina bajaba, se notaba lo pequeña que era realmente. Se tambaleó
un poco al salir del traje rígido.

La atrapé antes de que tuviera que hacer el esfuerzo de estabilizarse.

—Buen trabajo, Sara —le dije, frotándole los brazos para reactivar su
circulación—. Fuiste muy valiente.

—Estoy bien... —empezó a protestar, aunque un bostezo enorme la traicionó a


mitad de la frase—. Puedo ayudar con el visor. Valeria dijo...

—Valeria y yo nos encargaremos —la interrumpí con suavidad, pero con ese
tono que no admitía discusión—. Tú tienes una misión más importante. Necesito
que vayas a la enfermería y vigiles a Jay. Si se mueve, si habla, o si esas luces de
la pared cambian de color, quiero saberlo al instante. ¿Entendido?
Sara dudó un segundo, mirando hacia la cabina y luego a mí. Sabía que le
estaba dando una excusa para descansar, pero su sentido del deber era más
fuerte que su orgullo. Asintió.

—Entendido. Te avisaré si cambia algo.

La vi alejarse flotando por el pasillo, arrastrando los pies imaginarios, hasta que
desapareció en la penumbra de la sección médica.

Suspiré, permitiéndome dejar caer los hombros por un segundo.

—Es dura —dijo Valeria, saliendo de su propio traje con una mueca de dolor al
estirar la espalda.

Valeria no respondió, pero su expresión lo dijo todo. Es lo que hay.

Recogimos las herramientas y fuimos a la cabina. El puente estaba helado. Sin


el calor corporal de la tripulación y con los sistemas al mínimo, el frío del espacio
se filtraba a través del visor dañado.

Me detuve frente al gran ventanal. La grieta era impresionante desde dentro:


una estrella fracturada justo en el lado del piloto. La telaraña de fisuras
distorsionaba las estrellas y deformaba la imagen de las ballenas lejanas.

Valeria dejó una caja de herramientas pesada en el suelo y sacó una lámina de
material translúcido, grueso y ligeramente curvado. Tenía bordes irregulares, como
si hubiera sido cortado con prisa.

—Es un trozo de uno de los paneles divisorios de la bodega de carga —explicó,


pasando el dedo por el borde—. No es cristal-diamante como el original, pero es
polímero de alto impacto. Aguantará la presión. El problema es unirlo.

Nos pusimos a trabajar. Yo sostenía el panel contra el cristal helado, haciendo


fuerza con todo mi cuerpo para mantenerlo en su sitio, mientras Valeria operaba la
pistola térmica.

—Sosténlo firme —murmuró Valeria, con los ojos entrecerrados por el humo—.
Si queda una burbuja de aire, estallará cuando salgamos al vacío.

Mis brazos empezaron a arder por el esfuerzo. Miré de reojo a Valeria. Estaba
concentrada, con la mandíbula tensa.

—Listo —dijo Valeria después de unos minutos eternos. Apagó la herramienta.


Retrocedimos para ver nuestra obra.

No era bonito. En el lado izquierdo del elegante visor panorámico, ahora había
un "bulto" de plástico fundido, un rectángulo grisáceo y opaco que deformaba la
luz. Los bordes estaban quemados y negros. Parecía exactamente lo que era: una
cicatriz de guerra. Una herida cauterizada en el rostro de la nave.

Valeria soltó una risita cansada.

—La Sombra Errante. Ahora el nombre le queda mejor que nunca.

Me acerqué al cristal y toqué el parche. Estaba caliente al tacto. A través de la


parte no dañada del visor, vi el planetoide gris y, más allá, el destello verde de una
ballena muriendo en la distancia.

—Es sólido —dictaminó Valeria, guardando las herramientas—. Aguantará un


salto. Aguantará un combate.

—Bien —me giré hacia ella—. Porque no creo que podamos quedarnos en esta
grieta para siempre. Esos cazadores acabarán de comer pronto. Y buscarán el
postre.

En ese momento, una luz roja parpadeó en el tablero de comunicaciones


interno.

Era desde la enfermería.

—¿Caroline? —La voz de Sara sonó por el altavoz, temblorosa y urgente—.


Tienen que venir. Las luces de la pared... se han puesto rojas. Y Jay está
hablando dormido.

Valeria y yo intercambiamos una sola mirada. El descanso había terminado.

—Vamos —dije, y ambas corrimos hacia el pasillo.


Capítulo 4: Ecos de una Frecuencia Muerta

Caroline

Correr en gravedad baja es una pesadilla. Cada paso te impulsa demasiado


alto, cada giro te hace derrapar contra las paredes. Pero no me importó. Valeria y
yo rebotábamos por el pasillo central como dos piedras en una lata, guiadas por el
parpadeo rítmico y enfermizo de las luces de emergencia.

Llegamos a la enfermería.

La escena me heló la sangre. Sara estaba pegada a la pared opuesta, con las
manos sobre los oídos, encogida como un ovillo. Y en el nicho, Jay no estaba
durmiendo.

Estaba vibrando.

Su cuerpo se arqueaba contra la membrana del lecho con espasmos rígidos y


antinaturales. Pero lo peor no era el movimiento, sino el sonido. De su garganta
salía un ruido que no era humano. No eran palabras. Era un siseo rítmico, un
chasquido seco en el fondo de la garganta.

Me lancé hacia él. Valeria corrió al panel de diagnósticos, sus dedos volando
sobre las lecturas holográficas.

Agarré a Jay por los hombros. Su piel estaba hirviendo, empapada en un sudor
frío y viscoso. Sus ojos estaban abiertos, pero no había nada de él en ellos; las
pupilas estaban dilatadas hasta engullir el iris, dos pozos negros mirando a la
nada.

—¡Jay! —le grité, sacudiéndolo—. ¡Jay, mírame!

Él no reaccionó. Siguió emitiendo ese sonido de insecto gigante. K-k-k... shhh...

—¡Sus ondas cerebrales son extrañas! —gritó Valeria desde el panel, con
pánico en la voz.

—¡Es una transmisión! —Valeria señaló el techo, hacia el vacío—. ¡Su cerebro
está actuando como una antena!

Entendí de golpe lo que pasaba. Jay, con su sensibilidad amplificada por la


interfaz de mercurio, había captado la "voz" de las cosas que mataban ballenas
allá arriba. Y lo peor: si él las escuchaba, tal vez ellas podían escucharlo a él. Era
una baliza humana gritando nuestra posición.
No lo pensé y le solté una bofetada.

Fue un golpe seco, calculado, con la palma abierta en su mejilla. El sonido


resonó en la pequeña sala médica. Sara soltó un grito ahogado.

Jay dejó de sisear. Su cuerpo se quedó rígido un segundo, y luego se desplomó


contra el colchón, soltando todo el aire de sus pulmones en un gemido agónico.

—¡Jay! —Lo agarré de nuevo, esta vez con suavidad, sosteniendo su cabeza—
Estás con nosotras. Tranquilo…

El negro de sus ojos retrocedió. Pestañeó, una, dos veces, y el terror puro
inundó su mirada. Se agarró a mi traje con tanta fuerza que sentí sus nudillos a
través del material sintético.

—Están gritando... —susurró. Su voz era ronca, rota—. Caroline... hay tantos...

Valeria se acercó despacio, mirando el monitor de constantes vitales que ahora


volvía a un ritmo amarillo estable.

—Jay —dijo ella, con tono clínico pero urgente—. ¿Qué fue eso?

—No quise. La nave... los cosechadores... es como si fueran uno. Cuando


duermo, las barreras bajan. Y el ruido de ellos... se filtra. —Tragó saliva—. Son
como estática. Ruido blanco con dientes. Y nos están buscando a nosotros.

—¿Saben dónde estamos? —preguntó Sara.

—No... todavía no —murmuró Jay.

Me enderecé, sintiendo el peso de la situación. Nuestro piloto era nuestro


mayor activo y, a la vez, nuestro mayor riesgo.

—Lo importante es que ya estás despierto, pero aún debes descansar—


dictaminé—. Valeria, ¿cuánto falta para que la nave esté operativa?

—Pero la nave está coja —interrumpió Jay. Abrió los ojos y nos miró con una
seriedad devastadora—. Pude sentirlo antes de que entrara la interferencia.
Valeria, hiciste un buen trabajo con las venas y la piel, pero el núcleo... el núcleo
está agotado.

—¿Agotado? —pregunté—. ¿Qué significa eso?

Jay se incorporó con esfuerzo, apoyándose en los codos.


—Significa que la Sombra Errante usó casi toda su reserva de energía exótica
para el salto de emergencia y para mantener la integridad estructural cuando la
aplasté contra el suelo. —Me miró directamente—. Caroline, no tenemos suficiente
potencia para abrir un pliegue hacia la Tierra.
El silencio que siguió a esa frase fue más pesado que la gravedad de Júpiter.

—¿No podemos volver? —La voz de Sara fue un hilo.

—Podemos volar —aclaró Jay—. Podemos hacer saltos cortos, dentro del
sistema o a sistemas cercanos. Pero un salto interestelar largo... la tensión
despedazaría la nave a mitad de camino. Nos convertiríamos en átomos dispersos
en la nada. Podemos ir a nuestro destino, pero no volver a casa…

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Habíamos sobrevivido al impacto,
al monstruo, a la reparación... solo para descubrir que no teníamos gasolina para
el viaje de vuelta.

—¿Y qué hacemos? —Valeria se cruzó de brazos, su mente de ingeniera ya


buscando soluciones—. No podemos recargar el núcleo con paneles solares.
Necesita... lo que sea que coma esta cosa.

—Necesita combustible de materia degenerada —dijo Jay, frotándose las


sienes con frustración.

Me pasé la mano por la nuca, sintiendo la tensión muscular como un cable de


acero.

—Opciones —pedí. Era lo que hacía siempre. Analizar, pedir opciones, ejecutar.
Valeria se cruzó de brazos, mirando las proyecciones holográficas del sistema
que flotaban sobre la camilla médica.

—Analicé el núcleo mientras reparaba los conductos. Teóricamente, el sistema


digestivo de la nave puede procesar gases pesados del gigante gaseoso:
Hidrógeno metálico, Helio-3... El problema es que no tenemos cómo extraerlo. La
Sombra Errante no es una refinería; no tiene palas recolectoras para bajar a la
atmósfera del gigante y "beber" las nubes sin que la presión nos aplaste.

—Entonces estamos muertos —dijo Jay, con una franqueza brutal—. Sin
energía para un pliegue largo, no llegamos al mundo de los Cosechadores. Y
quedarnos aquí es esperar a que nos encuentren.

El silencio llenó la pequeña enfermería. La situación era un callejón sin salida.


—Ellas beben... —murmuró Sara de repente.

Todos nos giramos hacia la niña. Estaba sentada en el suelo, abrazando sus
rodillas, con la mirada perdida en el vacío.
—¿Qué dijiste, Sara? —pregunté suavemente.

—Las ballenas. Cuando estaba vigilando con los binoculares... vi a una de las
grandes bajar. No se quedó en el cinturón de asteroides. Se sumergió en la
atmósfera del gigante gaseoso. Y cuando volvió a subir, brillaba más. —Sara nos
miró uno por uno—. Se alimentan de las nubes. Tienen el gas dentro.

Valeria abrió los ojos como platos. Se lanzó hacia el panel de diagnósticos y
empezó a teclear furiosamente, superponiendo esquemas biológicos sobre el
mapa estelar.

—Tiene sentido... —masculló, hablando más para sí misma que para nosotros
—. Son organismos de vacío. Necesitan propulsión. Si bajan al pozo de gravedad
para alimentarse, deben tener vejigas de gas comprimido enormes en su interior.
Son... son tanques de combustible vivientes.

Jay se incorporó, pálido, pero con una chispa de locura en la mirada.

—Valeria, si entramos en una... ¿podría la Sombra Errante absorberlo?

La idea era tan demencial que tuve que reírme; una risa corta, nerviosa.

—Déjenme ver si entendí —dije, mirando a mi tripulación de desadaptados—.


El plan es volar hasta donde están esas montañas vivientes, esquivar a los
enjambres de cazadores que las están devorando, encontrar una ballena viva,
meternos dentro de ella, y robarle el gas para poder saltar al infierno de los
Cosechadores.

—Dicho así suena horrible —admitió Valeria.

—Suena a suicidio —corregí.

—Jay, ¿puedes hacerlo? Necesitaremos volar muy cerca. Y no puedes usar el


sonar activo o nos descubrirán. Tendrá que ser visual. Manual.

—Puedo llevarlos —dijo él. Se limpió el sudor frío de la frente—. Si Valeria


prepara el sistema de absorción y tú mantienes los escudos listos... puedo
meternos en la boca del lobo. O en este caso, en las tripas de la ballena.

—Y yo puedo vigilar a los cazadores —añadió Sara, poniéndose de pie con


valentía—. Sé cómo se mueven. Sé dónde se esconden antes de atacar.

Respiré hondo. Era una locura.

—Bien —decidí, sintiendo cómo el mando volvía a asentarse sobre mis


hombros—. Valeria, preparemos la nave. Jay, a la cabina. Sara, al radar.
—Sácanos de aquí. Vamos a cazar una ballena. Y luego... vamos a llevarle la
guerra a los Cosechadores.

Él asintió, y por primera vez en días, vi un destello de determinación feroz en


sus ojos oscuros, eclipsando al miedo.
—Al mundo Cosechador —repitió él.

La Sombra Errante despertó de su letargo con un rugido sordo que hizo vibrar
el suelo bajo nuestros pies. Íbamos a salir de la cueva. Y el universo iba a saber
que no éramos una presa fácil.

Valeria había bajado a la cubierta de carga hacía dos horas para configurar el
sistema de absorción. Yo me quedé en el puente, atada a mi asiento, sintiéndome
dolorosamente inútil

Frente a la consola de navegación, Jay y Sara estaban inclinados sobre el


holograma táctico del sector. Sus cabezas estaban casi juntas, la luz azul del
mapa iluminando sus rostros desde abajo.

—No salen al azar —decía Sara, moviendo su dedo pequeño a través de la


representación del cinturón de asteroides—. Los he visto. Siempre esperan en las
sombras de las rocas grandes. Aquí, y aquí.

Marcó dos puntos en el vacío.

—Puntos ciegos de radar —murmuró Jay, asintiendo mientras ajustaba la


trayectoria con la mano libre. Su otra mano se aferraba al borde de la mesa para
no caerse; todavía estaba temblando—. Son emboscadas. ¿Y las ballenas?

—Son lentas. Muy lentas. —Sara cerró los ojos un momento, como si estuviera
viendo la película en su cabeza—. No cambian de rumbo cuando las atacan.
Solo... gritan y siguen nadando. Pero esta de aquí —señaló una mancha solitaria
alejada del grupo principal—, esta acaba de subir del gigante gaseoso. Está llena.
Brilla más que las otras.

—Es nuestra presa entonces —dijo Jay. Trazó una línea curva que evitaba los
puntos de emboscada que Sara había marcado—. Si entramos por el vector
inferior, usando la gravedad del planetoide como honda, podemos llegar a su
panza antes de que los Cazadores nos huelan.

—¿Y si nos ven? —preguntó Sara.

—Entonces tendremos que ser más rápidos que ellos. —Jay la miró, y su voz
se suavizó—. Sara, cuando estemos ahí fuera, tú serás mis ojos traseros. El radar
pasivo tiene retraso. Tú no. Si ves algo moverse que no sea una piedra, grita.

—Gritaré fuerte —prometió ella.


Valeria subió en ese momento, secándose las manos llenas de grasa en el
pantalón.

—El sistema de succión está listo. O al menos, tan listo como puede estar una
aspiradora improvisada con mangueras de refrigeración. El arpón magnético está
cargado.

Valeria se sentó a mi lado y se abrochó el cinturón de seguridad. Me miró, y vi


el miedo puro reflejado en sus ojos, aunque intentaba ocultarlo apretando la
mandíbula. Le devolví una mirada que esperaba que fuera de confianza, aunque
yo tenía el estómago hecho un nudo.

—A sus puestos —ordené, mi voz sonando mucho más firme de lo que me


sentía—. Jay, sácanos de esta roca.

La Sombra Errante se estremeció. No fue el arranque suave de los motores de


impulso habituales; fue un espasmo, un tosido de energía sucia. Jay agarró los
mandos manuales —las palancas físicas que Valeria había habilitado— y empujó.

desEl sonido del casco raspando contra las paredes de la grieta fue como uñas
en una pizarra gigante. Y luego, el vacío.

La gravedad se invirtió por un segundo. Mi estómago subió a mi garganta


cuando caímos hacia el espacio abierto. Jay no aceleró de inmediato; dejó que la
nave cayera como una piedra muerta, aprovechando la inercia para alejarnos del
planetoide en silencio.

—Agárrense —susurró Jay.

Encendió los impulsores.

La patada de aceleración fue brutal. Me hundí en el asiento, el aire saliendo de


mis pulmones con un soplido. No teníamos amortiguadores inerciales al cien por
cien. Sentíamos cada gramo de fuerza G.

La nave no volaba; corría. Jay la manejaba con una violencia desesperada,


forzando el chasis dañado a girar y esquivar asteroides a una velocidad suicida. A
través del parche borroso del visor, el universo se convirtió en líneas estiradas de
luz y polvo.

—¡Izquierda! —gritó Sara desde la estación de radar.

Jay tiró de la palanca. La nave derrapó lateralmente, los propulsores de


maniobra gritando en protesta. Un segundo después, una forma negra y afilada
pasó rozando nuestro flanco derecho, tan cerca que pude ver las mandíbulas
quitinosas del Cazador brillando a la luz de las estrellas.
—¡Nos han visto! —gritó Valeria—. ¡Están rompiendo formación!

—¡No importa! —rugió Jay, con los dientes apretados y el sudor cayendo por su
nariz—. ¡Ya estamos aquí!

Y allí estaba.

La ballena llenaba todo el visor. Era inmensa, un continente de carne rocosa y


musgo espacial que bloqueaba el cielo. Su piel era una geografía de cráteres y
cicatrices antiguas.

—¡Jay, no veo ninguna entrada! —grité, buscando desesperadamente una


boca, un espiráculo, algo—. ¡Es una maldita roca sólida!

—¡Tiene que haber una válvula! —respondió él, volando peligrosamente cerca
de la superficie rugosa de la criatura.

Estábamos volando sobre la ballena, esquivando montañas en su espalda. Pero


los Cazadores eran más rápidos. Tres de ellos descendieron en picada desde
arriba, ignorándonos a nosotros para atacar a la bestia.

Vi cómo se estrellaban contra la piel de la ballena, clavando sus garras y


mandíbulas en la corteza.

—¡La están hiriendo! —gritó Sara.

Una explosión silenciosa sacudió la superficie de la criatura frente a nosotros.


Un géiser de gas verde esmeralda y cristales brillantes salió disparado hacia el
espacio. La sangre de la ballena.

Jay no se apartó. Al contrario, alineó la nave con la explosión.

—¡Ahí! —gritó—. ¡Han abierto la puerta por nosotros!

—¡Jay, no! —Valeria se agarró al tablero—. ¡Es una herida abierta! ¡La presión
nos aplastará!

—¡Es la única manera!

Jay empujó los mandos al máximo. La Sombra Errante se zambulló en la nube


de gas verde.

El mundo se volvió esmeralda. El sonido del gas golpeando el casco era como
granizo sobre un techo de chapa, un repiqueteo ensordecedor. La visibilidad se
redujo a cero. Jay volaba a ciegas, guiándose solo por... instinto.
De repente, la turbulencia cesó.

Estábamos dentro.

Era una caverna colosal, iluminada por la bioluminiscencia del gas ionizado. Las
paredes eran de carne translúcida y venas del tamaño de autopistas que latían
con luz verde.

—¡Ahora, Valeria! —ordenó Jay, frenando la nave en seco y dejándola flotar en


la cámara interna.

Sentí el thump del arpón disparándose desde la panza de la nave, clavándose


en la carne rica en energía de la ballena. El zumbido de las bombas de succión
comenzó a vibrar en el suelo.

—¡Absorbiendo! —Valeria miraba las lecturas con avidez—. ¡Es puro!


Hidrógeno metálico en estado gaseoso.

—¿Cuánto tiempo? —pregunté, mirando el radar. Los puntos rojos se


acercaban. Los Cazadores nos habían seguido por la herida.

—¡Dos minutos para el 50%!

—¡No tenemos dos minutos! —gritó Sara—. ¡Están entrando!

Vi las sombras negras recortarse contra la luz verde de la entrada de la herida.


Eran docenas. Entraban como pirañas oliendo sangre.

—¡Jay, maniobra evasiva! —grité.

—¡No puedo movernos con el umbilical conectado! —Jay miraba el indicador de


energía—. ¡Vamos, vamos, maldita sea...!

40%... 55%...

El primer Cazador se lanzó contra nuestro escudo. La nave se sacudió


violentamente. Las luces parpadearon.

—¡Escudos al 30%! —gritó Valeria—. ¡Están mordiendo el emisor!

68%... 70%...

—¡Suficiente! —gritó Jay—. ¡Valeria, corta el cable!

—¡Al 75%! ¡Desconectando!

El clack de la desconexión sonó como un disparo.


—¡Sujétense! —Jay hizo girar la nave sobre su eje, encarando la salida—. ¡Nos
vamos!

Aceleró hacia la grieta por donde habíamos entrado, directa hacia la nube de
Cazadores que bloqueaba el paso. No disparó las armas. Usó la nave como un
ariete.

—¡Impacto inminente!

CRUNCH.

El sonido fue repugnante. La Sombra Errante embistió a un Cazador que se


cruzó en su camino. Escuché el crujido de su exoesqueleto rompiéndose contra
nuestro escudo y vi una lluvia de fluidos negros manchar el visor antes de que
saliéramos disparados hacia el espacio abierto.

La negrura del vacío nos recibió de nuevo, pero ahora estábamos cargados. El
motor rugía con una potencia nueva, grave y furiosa.

—¡Coordenadas fijadas! —gritó Valeria—. ¡Mundo Cosechador!

—¡Están detrás de nosotros! —avisó Sara—. ¡Son demasiados!

Miré la pantalla trasera. Una nube negra nos perseguía, cerrando la distancia.

—¡Hazlo, Jay! —ordené—. ¡Salta!

Jay tiró de la palanca del hiperpropulsor.

La realidad se dobló. Las estrellas se estiraron hasta convertirse en líneas


infinitas. La sensación de náusea, de ser estirada como un chicle, me golpeó de
nuevo. Pero esta vez, no fue miedo lo que sentí. Fue triunfo.

Habíamos robado sangre a un dios. Habíamos matado a un demonio.

La oscuridad nos tragó, y la Sombra Errante desapareció del sistema, dejando


atrás a los cazadores hambrientos mordiendo el polvo.
¿DISFRUTASTE EL VIAJE?

Si has llegado hasta aquí, gracias por sobrevivir al Cementerio de Gigantes


junto a Jay, Caroline, Valeria y Sara en su camino hacia el mundo Cosechador.

Como autor independiente, las reseñas son el combustible que permite a esta
saga seguir volando. Si disfrutaste de Cementerio de Gigantes, te agradecería
inmensamente que tomaras un minuto para dejar una valoración o un breve
comentario.

Tu opinión es la señal que ayuda a otros supervivientes a encontrar esta


historia en la inmensidad del vacío.

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