0% encontró este documento útil (0 votos)
8 vistas7 páginas

Encuentro en la Luna: Parásitos y Venganza

El narrador, acompañado de su gato Copito, explora la Luna y descubre seres parásitos que se alimentan del sufrimiento humano, lo que lleva a la destrucción de la Tierra. Tras una intensa lucha por salvar a Copito, el narrador regresa a un planeta devastado, donde encuentra a su hermana y otros niños sobrevivientes. La historia culmina con la reflexión sobre si su curiosidad desencadenó la catástrofe, dejando un sentimiento de culpa y desesperación.

Cargado por

jmstudio6514
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
8 vistas7 páginas

Encuentro en la Luna: Parásitos y Venganza

El narrador, acompañado de su gato Copito, explora la Luna y descubre seres parásitos que se alimentan del sufrimiento humano, lo que lleva a la destrucción de la Tierra. Tras una intensa lucha por salvar a Copito, el narrador regresa a un planeta devastado, donde encuentra a su hermana y otros niños sobrevivientes. La historia culmina con la reflexión sobre si su curiosidad desencadenó la catástrofe, dejando un sentimiento de culpa y desesperación.

Cargado por

jmstudio6514
Derechos de autor
© All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Nunca debí seguir esa luz.

Ahora, mientras escribo estas líneas en los


restos de un cuaderno de bitácora con las manos todavía temblando, el
único sonido que me mantiene cuerdo es el ronroneo rítmico y nervioso
de Copito. A mi alrededor, el zumbido de una tecnología que no
comprendo vibra en las paredes de esta nave cenicienta, un latido
mecánico que parece burlarse de mi ignorancia.

Todo empezó con el silencio. La gente cree que la Luna es una roca
muerta, un desierto de polvo y olvido. Se equivocan. La Luna vibra. Lo
sentí en la suela de mis botas magnéticas nada más aterrizar en la
Cuenca de Marius. Era un pulso débil, casi imperceptible, como el de un
corazón que late una vez cada hora.

Copito, mi gato, fue el primero en notar que algo no encajaba en la


geometría de aquel lugar. Los gatos tienen un pie en este mundo y otro
en uno que nosotros no podemos ver. Sus ojos, dos rendijas de ámbar
puro, no se apartaban de las sombras alargadas que proyectaban los
bordes de los túneles de lava. Su pelaje blanco estaba erizado,
convirtiéndolo en una pequeña bola de nieve bajo la luz artificial de mi
casco.

—Tranquilo, pequeño —le susurré.

Mi propia voz me devolvió un eco extraño, procesado por el comunicador


del traje, pero deformado por el entorno. Era como si el vacío de la Luna
tuviera hambre y estuviera intentando tragarse mis palabras antes de
que llegaran a mis propios oídos.

Bajamos a las profundidades por una rampa natural que parecía haber
sido pulida por milenios de corrientes invisibles. A medida que nos
alejábamos de la superficie, la temperatura en los sensores de mi traje
comenzó a fluctuar erráticamente. El aire —o lo que fuera que llenaba
esas cavernas selladas— sabía a metal oxidado y ozono, un sabor
eléctrico que se pegaba a la parte posterior de mi garganta.

—Mira eso, Copito... —murmuré.

Las paredes de roca volcánica habían dado paso a algo distinto. Era una
estructura de cristal translúcido, pero no un cristal natural. Tenía venas.
Filamentos de un azul eléctrico recorrían las paredes como si
transportaran información, o sangre.

Entonces los vimos.


Aparecieron de la nada, emergiendo de las paredes como si la materia
sólida fuera para ellos simple niebla. Al principio, mi mente infantil,
alimentada por los cuentos de mi abuela, creyó que eran ángeles. Eran
seres de una blancura cegadora, una blancura que dolía mirar. Sus
extremidades eran largas, fluidas, carentes de articulaciones humanas;
se movían como humo en una habitación sin corrientes de aire.

No tenían rostros. Sus cabezas eran óvalos perfectos de una superficie


lisa y nacarada que, al acercarse, reflejaban mi propio rostro
distorsionado por el miedo. No caminaban. Flotaban a pocos centímetros
del suelo de cristal, dejando tras de sí un rastro de escarcha luminosa.

Me quedé paralizado, hechizado por su belleza antinatural. Parecían la


personificación de la paz. Estiré la mano, movido por una curiosidad
suicida, hasta que mis dedos enguantados tocaron una de las paredes
de la gran cámara central.

En ese instante, el hechizo se rompió de la forma más violenta posible.


Mi mente no estaba preparada para lo que recibió. Fue como si un dique
se rompiera y una marea de pesadillas inundara mi cerebro.

No eran seres de luz. Eran parásitos. Eran cosechadores.

A través del contacto con el cristal, vi su verdadera red. Vi miles de hilos


invisibles, fibras de pura negatividad que se extendían desde el núcleo
de la Luna hasta la Tierra. Eran como anzuelos lanzados al mar de la
psique humana. Vi cómo estos seres se agrupaban alrededor de los
espejos de sus máquinas, sintonizando las frecuencias del odio, el rencor
y la envidia.

No buscaban nuestra amistad ni nuestro progreso. Alimentaban nuestras


sombras. Vi cómo susurraban, a través de impulsos electromagnéticos,
palabras de desconfianza en los oídos de las personas; cómo avivaban el
fuego del egoísmo en los corazones de la gente. Vi imágenes de
ciudades enteras sumidas en la tristeza, y vi a estos seres blanquecinos
abrir sus cuerpos para absorber esa energía grisácea. Se daban un festín
con nuestras lágrimas, con nuestro sufrimiento

Eran agricultores estelares. Y la humanidad era el ganado que habían


estado criando durante siglos, esperando a que el fruto de la
autodestrucción estuviera lo suficientemente maduro para ser
recolectado.
Un chillido agudo, una frecuencia que casi rompe el cristal de mi visor,
me devolvió a la realidad.

—¡Copito! —el grito desgarró mis pulmones.

Dos de esas criaturas habían rodeado al gato. Habían desplegado una


red de filamentos eléctricos que zumbaban con una luz violeta,
atrapando a Copito en una jaula de agonía. El gato lanzaba zarpazos al
aire, pero cada vez que tocaba los hilos, una chispa azul le recorría el
cuerpo. Sus ojos ámbar estaban dilatados por el terror absoluto.

El miedo que me había mantenido inmóvil se evaporó, reemplazado por


una rabia líquida que quemaba más que el frío lunar. Uno de los seres se
deslizó hacia mí, extendiendo un brazo largo para tocar mi frente. Sentí
su intención: quería borrar mi memoria, convertirme en una cáscara
vacía.

Me zafé con un movimiento brusco y corrí hacia lo que parecía una


estantería de herramientas tallada en el mismo cristal oscuro. Mis manos
se cerraron sobre un objeto: un cilindro de metal negro, pesado y
vibrante. No tenía botones, solo una serie de hendiduras.

Cuando apreté con fuerza, el cilindro emitió un rugido sordo. Una onda
de choque invisible salió disparada, golpeando a los seres. No sangraron;
se desmoronaron como estatuas de sal golpeadas por un martillo.

Peleé como un animal acorralado. Golpeé con el cilindro, disparé ráfagas


de distorsión sónica y pateé cualquier cosa que se acercara. El frío que
emanaba de sus cuerpos intentaba congelar mi sangre a través del traje,
pero el calor de mi furia era mayor. Logré llegar hasta la red y, con un
golpe descendente del cilindro, corté los hilos de energía.

Copito no esperó. De un salto prodigioso, aterrizó en mi hombro,


clavando sus uñas a través de las capas de Kevlar de mi traje espacial.
No me importó el dolor.

—¡Fuera de aquí! —me grité a mí mismo.

Corrimos. El camino de regreso fue un calvario de sombras y luces


blancas que nos perseguían. Los túneles parecían retorcerse, intentando
confundirme. Mis pulmones ardían, el oxígeno de mi tanque estaba en la
zona roja y el sudor empañaba mi visión, pero no me detuve.

Al salir finalmente por la escotilla de la cueva hacia la superficie lunar,


me dejé caer de rodillas sobre el polvo gris. Esperaba verla. Necesitaba
verla. La "Canica Azul", el hogar cálido que nos esperaba a tres días de
viaje.

Pero la Tierra ya no era azul.

Me quedé sin aliento. Copito se bajó de mi hombro y se quedó rígido a


mi lado. El planeta era una brasa agonizante. Gigantescas cicatrices de
fuego recorrían los continentes. Los océanos eran nubes de vapor negro
y naranja. Desde la Luna, se podían ver los destellos de las explosiones
finales, como fuegos artificiales en un funeral.

El silencio de la Luna ya no era un misterio. Era un réquiem. Habían


terminado su trabajo. Mientras yo jugaba al explorador en sus túneles,
ellos habían pulsado el interruptor final en la mente de la humanidad. Se
habían destruido todos, hasta el último.

A unos cincuenta metros de mi vieja y obsoleta nave de descenso,


encontré algo nuevo. Una nave de líneas curvas y color ceniza, fabricada
con un material que parecía absorber la luz de las estrellas. La rampa
estaba abierta, como una boca bostezando en la oscuridad.

No sé quién la dejó ahí. No sé si es una invitación de los seres para


capturarme, o si pertenece a alguien más que, como yo, observaba
desde las sombras. Pero mientras miraba el cadáver ardiente de mi
hogar, solo supe una cosa: no me quedaría allí para que esos parásitos
me devoraran.

Subí la rampa. El motor rugió con un sonido que no era humano; era un
canto profundo, una frecuencia que vibraba en mis huesos. Copito entró
primero y se sentó frente a lo que parecía el panel de control. Por
primera vez en todo este viaje, sus ojos no mostraban miedo. Mostraban
algo mucho más peligroso.

Él también quería venganza.

Puse mis manos sobre el panel. La nave respondió. El destino estaba


prefijado, y mientras la Luna se alejaba bajo nosotros, supe que esta
historia apenas comenzaba.

El panel de control de la nave cenicienta no tenía palancas ni botones,


sino una superficie de mercurio líquido que reaccionaba a mis
pensamientos. Mi mente era un torbellino de fuego y desesperación.
"Tierra", repetía en mi cabeza, "llévame a casa". No me importaba si la
nave era una trampa de los seres blanquecinos o una reliquia de una
civilización muerta. Solo quería ver las calles de mi barrio, sentir el olor
de la lluvia sobre el asfalto y, por encima de todo, encontrar a mis
padres.

La nave saltó. No fue un viaje a través del espacio, sino un desgarro en


la realidad. En un parpadeo, la Luna era un guijarro lejano y la atmósfera
terrestre nos golpeaba. Pero no era el cielo azul que recordaba.
Atravesamos nubes de hollín tan densas que parecían sólidas. El aire
afuera era una mortaja de azufre y humo.

—Tienen que estar bien, Copito. Tienen que estar bien —suplicaba,
apretando los dientes hasta que me dolieron. El gato, acurrucado bajo el
asiento de mando, emitió un gemido que sonó como un presagio.

Cuando la nave descendió sobre lo que solía ser mi ciudad, el horror se


materializó. No quedaba nada verde. Los rascacielos eran esqueletos de
acero retorcido, y los suburbios, un mar de escombros negros. El fuego
todavía lamía los restos de las casas, alimentado por un gas que brotaba
de las grietas de la tierra. Los seres de la luna no solo habían provocado
una guerra; habían roto el planeta.

Sobrevolé las ruinas de mi calle. Mi casa era un montón de ladrillos


pulverizados. La rabia me nubló la vista, pero un destello de color entre
el gris me obligó a fijarme. Cerca de los restos del parque donde solía
jugar, entre el esqueleto de un columpio y el chasis calcinado de un
autobús escolar, algo se movía.

Aterricé de forma violenta, levantando una nube de ceniza asfixiante.


Salí de la nave sin siquiera comprobar si el aire era respirable. El calor
era opresivo, un abrazo de horno que me quemaba los pulmones.

—¡Papá! ¡Mamá! —grité, pero mi voz se perdió en el crepitar del fuego.

Entonces los vi. Eran pequeñas figuras acurrucadas bajo un trozo de


hormigón. Eran niños. Entre ellos, una cabellera rubia sucia de hollín me
hizo detener el corazón.

—¿Caroline? —susurré, tropezando con los escombros.

Ella levantó la vista. Su rostro estaba surcado por lágrimas que habían
limpiado senderos en la mugre de su cara. A su lado, cuatro niños más
—dos niños y dos niñas— temblaban, heridos y en shock. Uno de los
pequeños tenía la pierna atrapada bajo un hierro caliente; sus gritos
habían desaparecido, sustituidos por un jadeo rítmico de agotamiento.
—Jay... —la voz de Caroline era apenas un susurro roto—. Tus padres…
dijeron que te habías ido…

No tuve tiempo para abrazarla. Un rugido sordo, mucho más profundo


que el de los edificios cayendo, comenzó a vibrar bajo nuestros pies. El
suelo se abrió en una grieta zigzagueante, escupiendo vapor caliente.

—¡Rápido, a la nave! —ordené, cargando al niño herido.

Caroline ayudó a las otras dos niñas, cuyas miradas estaban perdidas en
el vacío, víctimas del trauma. Mientras los arrastraba hacia la rampa,
miré hacia el horizonte, donde antes estaba la costa. El mar ya no
estaba allí. En su lugar, una pared de oscuridad absoluta, de cientos de
metros de altura, borraba el horizonte.

—¡Un tsunami! —gritó Caroline.

El suelo volvió a sacudirse con un temblor de magnitud apocalíptica. La


Tierra parecía estar intentando sacudirse el parásito de la humanidad de
una vez por todas. Subimos a la nave justo cuando la primera ola de
choque del terremoto derribaba lo poco que quedaba en pie. La rampa
se cerró con un siseo metálico, sellando el calor y el horror afuera.

La nave ascendió verticalmente, cortando el aire con una violencia que


nos pegó a todos contra el suelo. A través del visor trasero, vi cómo el
muro de agua devoraba la ciudad, borrando mis recuerdos, mi casa y mi
pasado en un segundo de espuma negra.

Ya en la seguridad de la órbita, el silencio en la cabina era fúnebre. Solo


se oía el tratamiento médico de la nave —unos rayos de luz verde— que
empezaban a cerrar las heridas de los niños. Copito se acercaba a cada
uno de ellos, frotando su lomo contra sus manos, intentando ofrecer el
único consuelo que quedaba en el universo.

Me senté en el suelo, con la cabeza entre las manos. Había salvado a


cinco personas. Cinco niños en un planeta de miles de millones.

Caroline se acercó a mí. Sus ojos azules, antes llenos de vida, ahora
parecían pozos de sabiduría antigua y amarga. Me escuchó mientras yo
le relataba, en un susurro entrecortado, lo que había visto en los túneles
lunares. Le hablé de los seres pálidos, de las antenas de sentimientos y
de mi lucha por rescatar a Copito.

Cuando terminé, ella no me consoló. Se quedó mirando la Tierra ardiente


a través de la ventana.
—Jay —dijo ella, con una calma que me dio escalofríos—. Esos seres...
dijiste que se alimentan del caos, que lo cultivan. Pero que estaban
esperando el momento justo.

—Sí —respondí—. Estaban allí, observando.

—¿Y si tu irrupción fue el detonante? —me soltó, girándose hacia mí—.


¿Y si ellos no planeaban atacar hoy? ¿Y si el hecho de que un humano
descubriera su secreto los obligó a acelerar el proceso? ¿Y si la
destrucción de la Tierra es el precio de tu curiosidad, Jay?

Sus palabras fueron como puñaladas de hielo. Un silencio denso cayó


sobre nosotros. Me miré las manos, las mismas manos que habían
empuñado el arma alienígena. Recordé el rostro liso del ser que intenté
matar. ¿Había sido yo? ¿Había condenado yo a mis padres, a mis
vecinos, a todo el mundo por querer jugar a ser astronauta?

Miré a Copito. El gato me observaba con una inteligencia perturbadora.


Sabía que no podíamos quedarnos en órbita para siempre. Los niños
necesitaban un hogar, y yo necesitaba respuestas.

—Investigaremos —dije, tratando de controlar la vibración de mi voz—.


Buscaremos el origen de esta nave. Si existe una forma de herirlos sin
convertirnos en lo que ellos quieren, la encontraré. Pero si no...

Miré la Tierra una última vez. Un mundo muerto. Un cementerio flotante.

—Si no hay otra forma, entonces les daré tanto odio que se ahogarán
con él.

La nave, respondiendo a mi resolución, dio un giro brusco y se alejó de


la órbita terrestre, apuntando hacia el vacío profundo, hacia donde las
estrellas parecen más frías.

También podría gustarte