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La angustia laboral en una oficina

En 'La isla desierta' de Roberto Arlt, un grupo de empleados trabaja en una oficina donde el ambiente es opresivo y lleno de frustración debido a las constantes equivocaciones que atribuyen a la distracción causada por los buques que pasan cerca. El jefe, autoritario y distante, no comprende las quejas de sus empleados, quienes anhelan escapar de su monótono trabajo y sueñan con viajar. La obra culmina en una situación caótica cuando el ordenanza, Cipriano, interrumpe con su extravagante comportamiento, lo que lleva al director a decidir despedir a todos los empleados.

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La angustia laboral en una oficina

En 'La isla desierta' de Roberto Arlt, un grupo de empleados trabaja en una oficina donde el ambiente es opresivo y lleno de frustración debido a las constantes equivocaciones que atribuyen a la distracción causada por los buques que pasan cerca. El jefe, autoritario y distante, no comprende las quejas de sus empleados, quienes anhelan escapar de su monótono trabajo y sueñan con viajar. La obra culmina en una situación caótica cuando el ordenanza, Cipriano, interrumpe con su extravagante comportamiento, lo que lleva al director a decidir despedir a todos los empleados.

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La isla desierta Autor: Roberto Arlt (FRAGMENTO)

PERSONAJES
EL JEFE.
MANUEL.
MARÍA.
EMPLEADO 1.º.
EMPLEADO 2.º.
TENEDOR DE LIBROS.
EMPLEADA 1.ª.
EMPLEADA 2.ª.
EMPLEADA 3.ª.
CIPRIANO, mulato.
DIRECTOR.

Acto único
Oficina rectangular blanquísima, con ventanal a todo lo ancho del salón, enmarcando un cielo infinito
caldeado en azul. Frente a las mesas escritorios, dispuestos en hilera como reclutas, trabajan, inclinados
sobre las máquinas de escribir, los EMPLEADOS. En el centro y en el fondo del salón, la mesa del JEFE,
emboscado tras unas gafas negras y con el pelo cortado como la pelambre de un cepillo. Son las dos de la
tarde, y una extrema luminosidad pesa sobre estos desdichados simultáneamente encorvados y recortados
en el espacio por la desolada simetría de este salón de un décimo piso.

EL JEFE.- Otra equivocación, Manuel.


MANUEL.- ¿Señor?
EL JEFE.- Ha vuelto a equivocarse, Manuel.
MANUEL.- Lo siento, señor.
EL JEFE.- Yo también. (Alcanzándole la planilla.) Corríjala. (Un minuto de silencio.)
EL JEFE.- María.
MARÍA.- ¿Señor?
EL JEFE.- Ha vuelto a equivocarse, María.
MARÍA.- (Acercándose al escritorio del JEFE.) Lo siento, señor.
EL JEFE.- También yo lo voy a sentir cuando tenga que hacerlos echar. Corrija.

(Nuevamente hay otro minuto de silencio. Durante este intervalo pasan chimeneas de buques y se oyen las
pitadas de un remolcador y el bronco pito de un buque. Automáticamente todos los EMPLEADOS
enderezan las espaldas y se quedan mirando la ventana.)

EL JEFE.- (Irritado.) ¡A ver si siguen equivocándose!


(Pausa.)
EMPLEADO 1.º.- (Con un apagado grito de angustia.) ¡Oh!, no; no es posible.
(Todos se vuelven hacia él.)
EL JEFE.- (Con venenosa suavidad.) ¿Qué no es posible, señor?
MANUEL.- No es posible trabajar aquí.
EL JEFE.- ¿No es posible trabajar aquí? ¿Y por qué no es posible trabajar aquí? (Con lentitud.) ¿Hay
pulgas en las sillas? ¿Cucarachas en la tinta?
MANUEL.- (Poniéndose de pie y gritando.) ¡Cómo no equivocarse! ¿Es posible no equivocarse aquí?
Contésteme. ¿Es posible trabajar sin equivocarse aquí?
EL JEFE.- No me falte, Manuel. Su antigüedad en la casa no lo autoriza a tanto. ¿Por qué se arrebata?
MANUEL.- Yo no me arrebato, señor. (Señalando la ventana.) Los culpables de que nos equivoquemos
son esos malditos buques.
EL JEFE.- (Extrañado.) ¿Los buques? (Pausa.) ¿Qué tienen los buques?
MANUEL.- Sí, los buques. Los buques que entran y salen, chillándonos en las orejas, metiéndosenos por
los ojos, pasándonos las chimeneas por las narices. (Se deja caer en la silla.) No puedo más.
TENEDOR DE LIBROS.- Don Manuel tiene razón. Cuando trabajábamos en el subsuelo no nos
equivocábamos nunca.
MARÍA.- Cierto; nunca nos sucedió esto.
EMPLEADA 1.ª.- Hace siete años.
EMPLEADO 1.º.- ¿Ya han pasado siete años?
EMPLEADO 2.º.- Claro que han pasado.
TENEDOR DE LIBROS.- Yo creo, jefe, que estos buques, yendo y viniendo, son perjudiciales para la
contabilidad.
EL JEFE.- ¿Lo creen?
MANUEL.- Todos lo creemos. ¿No es cierto que todos lo creemos?
MARÍA.- Yo nunca he subido a un buque, pero lo creo.
TODOS.- Nosotros también lo creemos.
EMPLEADA 2.ª.- Jefe, ¿ha subido a un buque alguna vez?
EL JEFE.- ¿Y para qué un jefe de oficina necesita subir a un buque?
MARÍA.- ¿Se dan cuenta? Ninguno de los que trabajan aquí ha subido a un buque.
EMPLEADA 2.ª.- Parece mentira que ninguno haya viajado.
EMPLEADO 2.º.- ¿Y por qué no ha viajado usted?
EMPLEADA 2.ª.- Esperaba a casarme...
TENEDOR DE LIBROS.- Lo que es a mí, ganas no me han faltado.
EMPLEADO 2.º.- Y a mí. Viajando es cómo se disfruta.
EMPLEADA 3.ª.- Vivimos entre estas cuatro paredes como en un calabozo.

(Entra el ordenanza CIPRIANO, con un uniforme color de canela y un vaso de agua helada. Es MULATO,
simple y complicado, exquisito y brutal, y su voz por momentos persuasiva.)

MULATO.- ¿Y el jefe?
EMPLEADA 2.ª.- No está. ¿No ve que no está?
EMPLEADA 3.ª.- Fue a la Dirección...
MULATO.- (Mirando por la ventana.) ¡Hoy llegó el «Astoria»! Yo lo hacía en Montevideo.
EMPLEADA 2.ª.- (Acercándose a la ventana.) ¡Qué chimeneas grandes tiene!
MULATO.- Desplaza cuarenta y tres mil toneladas...
EMPLEADO 1.º.- Ya bajan los pasajeros...
MANUEL.- Y nosotros quisiéramos subir.
MULATO.- Y pensar que yo he subido a casi todos los buques que dan vuelta por los puertos del mundo.
EMPLEADO 2.º.- Hablaron mucho los diarios...
MULATO.- Sé los pies que calan. En qué astilleros se construyeron. El día que los botaron. Yo, cuando
menos, merecía ser ingeniero naval.
EMPLEADO 2.º.- Vos, ingeniero naval... No me hagas reír.
MULATO.- O capitán de fragata. He sido grumete, lavaplatos, marinero, cocinero de veleros, maquinista
de bergantines, timonel de sampanes, contramaestre de paquebotes...
EMPLEADO 2.º.- ¿Por dónde viajaste? ¿Por la línea del Tigre o por la de Constitución?
MULATO.- (Sin mirar al que lo interrumpe.) Desde los siete años que doy vueltas por el mundo, y juro
que jamás en la vida me he visto entre chusma tan insignificante como la que tengo que tratar a veces...
MARÍA.- (A EMPLEADA 1.ª.) A buen entendedor...
MULATO.- Conozco el mar de las Indias. El Caribe, el Báltico... hasta el océano Ártico conozco. Las
focas, recostadas en los hielos, lo miran a uno como mujeres aburridas, sin moverse...
EMPLEADO 2.º.- ¡Che, debe hacer un fresco bárbaro por ahí!
EMPLEADA 2.ª.- Cuente, Cipriano, cuente. No haga caso.
MULATO.- (Sin volverse.) Aviada estaría la luna si tuviera que hacer caso de los perros que ladran. En
un sampán me he recorrido el Ganges. Y había que ver los cocodrilos que nos seguían...
MARÍA.- No sea exagerado, Cipriano.
MULATO.- Se lo juro, señorita.
EMPLEADO 2.º.- Indudablemente, éste no pasó de San Fernando.
MULATO.- (Violento.) A mí nadie me trata de mentiroso, ¿sabe? (Arrebatado, se quita la chaquetilla, y
luego la camisa, que muestra una camiseta roja, que también se saca.)
EMPLEADA 1.ª.- ¿Qué hace, Cipriano?
EMPLEADA 2.ª.- ¿Está loco?
EMPLEADA 3.ª.- Cuidado, que puede venir el jefe.
MULATO.- Vean, vean estos tatuajes. Digan si éstos son tatuajes hechos entre la línea del Tigre o
Constitución. Vean...
EMPLEADA 2.ª.- ¡Una mujer en cueros!
MULATO.- Este tatuaje me lo hicieron en Madagascar, con una espina de tiburón.
EMPLEADO 2.º.- ¡Qué mala espina!
MULATO.- Vean esta rosa que tengo sobre el ombligo. Observen qué delicadeza de pétalos. Un trabajo de
indígenas australianos.
EMPLEADO 2.º.- ¿No será una calcomanía?
EMPLEADA 2.ª.- ¡Qué va a ser calcomanía! Este es un tatuaje de veras.
MULATO.- Le aseguro, señorita, que si me viera sin pantalones se asombraría...
TODOS.- ¡Oh... ah!...
MULATO.- (Enfático.) Sin pantalones soy extraordinario.
EMPLEADA 1.ª.- No se los pensará quitar, supongo.
MULATO.- ¿Por qué no?
EMPLEADA 3.ª.- No, no se los quite.
MULATO.- No voy a quedar desnudo por eso. Y verán qué tatuajes tengo labrados en las piernas.
EMPLEADA 1.ª.- Es que si entra alguien...
EMPLEADA 3.ª.- Voy cerrando la puerta. (Va a la puerta.)
MULATO.- (Quitándose los pantalones y quedando con un calzoncillo corto y rojo con lunares blancos.)
Miren estos dibujos. Son del más puro estilo malasio. ¿Qué les parece esta guarda de monos pelando
bananas? (Murmullos de «Oh... ah...».) Lo menos que merezco es ser capitán de una isla. (Toma un pliego
de papel madera y rasgándolo en tiras se lo coloca alrededor de la cintura.) Así van vestidos los salvajes de
las islas.

EL JEFE.- (Entrando bruscamente con el DIRECTOR con voz de trueno.) ¿Qué pasa aquí?
MARÍA.-(Después de alguna vacilación.) Señor... esta ventana maldita y el puerto... Y los buques... esos
buques malditos...
EMPLEADA 2.ª.- Y este negro...
DIRECTOR.- Oh... comprendo... comprendo. (Al JEFE.) Despida a todo el personal. Haga poner vidrios
opacos en la ventana.

TELÓN

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