Pulpos
Los ases del escapismo
Los pulpos del mediterráneo
Las especies que componen el orden de los octópodos se conocen con el
nombre vulgar de pulpos. Este orden se distingue del resto de órdenes de
moluscos cefalópodos en que solo tienen ocho patas, mientras que los órdenes
más representativos por el número de especies que los componen, los que
engloban a sepias y calamares, tienen diez patas, por eso reciben el nombre de
decápodos.
Son muchas las especies que componen el orden Octopoda, pero en el
Mediterráneo, y más concretamente en el Mar de Alborán, que es el que baña
nuestro litoral, solo es posible observar tres de ellas, a cada cual más curiosa:
el pulpo manta (Tremoctopus violaceus), el pulpo moteado (Octopus macropus)
y el pulpo común o de roca (Octopus vulgaris), el más frecuente y conocido de
todos ellos, y el único que moviliza a una parte importante de la flota pesquera
artesanal que opera en nuestro litoral y que ha creado toda una industria
pesquera a su alrededor.
Mientras el pulpo moteado y el pulpo de roca están adaptados a la vida en el
litoral, siendo la imagen más convencional del pulpo que todos conocemos, el
pulpo manta es una especie pelágica, o sea que vive en el mar abierto,
nadando en las aguas libres con su curiosa capa que extiende a modo de
manta cuando se siente amenazado. No paran ahí las curiosidades de esta
especie; su color morado, el hecho de que se proteja con los tentáculos de las
carabelas portuguesas, la gran diferencia entre hembras y machos, siendo
éstos diminutos con respecto a ellas...hacen que esta especie merezca un
artículo por sí sola. Sí que se puede destacar que a mediados de julio de 2010
se produjeron varios varamientos de este raro animal entre las costas de
Alhucemas y Cabo de Agua (Ras Kebdana). Estos varamientos puntuales,
motivados por múltiples factores, amén de ser una tragedia, permiten conocer
de primera mano especies marinas que por su etología son muy difíciles de
observar en su medio natural.
Moluscos evolucionados
Los cefalópodos constituyen una clase con características propias y singulares
dentro del filo de los moluscos. Ciertos rasgos de su anatomía constituyen
avances evolutivos innegables dentro del reino animal. Sus ojos, por ejemplo,
tienen una estructura compleja y muy parecida a la de los vertebrados, ya que
poseen los mismos elementos, tales como la retina o el nervio óptico, e incluso
cuentan con una ventaja: los ojos de los cefalópodos no tienen el punto ciego
característico de los vertebrados en la unión con el nervio óptico. Esta similitud
entre el sistema ocular de los cefalópodos y los vertebrados es más
sorprendente aún si tenemos en cuenta que han evolucionado de forma
paralela, cada uno por su lado, ya que los ancestros comunes de estos dos
grupos faunísticos se remontan a eras geológicas donde la vida aún presentaba
formas muy primitivas. Estas adaptaciones morfológicas tan avanzadas y
exitosas ya las poseían los Ammonites y Belemnites, los grandes cefalópodos
con concha que nadaban en los mares del Paleozoico, hace cientos de millones
de años. Estos cefalópodos, después de dominar los mares por espacio de
muchos millones de años que traspasan varias eras geológicas, se extinguieron
a finales del Cretácico, en una de las grandes extinciones que han marcado la
historia natural de planeta, pero las especies que se salvaron de la extinción
lograron que estas modificaciones morfológicas llegaran hasta nuestros días.
De hecho, en la actualidad, los calamares gigantes (géneros Architeuthis y
Mesonychoteuthis) son los que tienen los ojos más grandes de todo el reino
animal. Estos grandes ojos les permiten ver en las profundidades abisales
donde viven.
Otro órgano de la anatomía de los cefalópodos que evolucionó hasta formas de
una armonía que roza la perfección y capaz de realizar tareas increíbles hasta
para la tecnología actual son las conchas. La inmensa mayoría de los
cefalópodos actuales no tienen concha, al menos exterior, pero los nautilos
(géneros Nautilus y Allonautilus) y los argonautas (Argonauta argos) sí que la
poseen, y de su estudio sabemos que por ejemplo la concha de los nautilos le
permite cambiar de profundidad, gracias a una serie de cámaras que se llenan
de gas o agua a conveniencia, como los submarinos actuales. No es de
extrañar que Verne llamara Nautilus al submarino de Nemo, en una obra que,
como tantas anteriores, se adelantó a su tiempo, esta vez inspirándose en la
propia naturaleza.
Pulpos con concha
La concha vestigial de los cefalópodos decápodos demuestran de forma
fehaciente que estas especies descienden de ancestros con una concha
patente y plenamente funcional, aunque la barca de las sepias, con su
estructura calcárea, y la caña de los calamares, con una estructura que
recuerda más al plástico, y con una utilidad equivalente a este (otro órgano
que se adelanta a nuestra tecnología), aún cumplen una función vital para la
supervivencia de estas especies.
La ausencia de estas conchas vestigiales en los pulpos puede hacer pensar que
nunca ha tenido, pero precisamente una de las conchas más bellas de la
naturaleza es la de un miembro del orden de los pulpos, el argonauta. Sus
formas y dimensiones han sido ejemplo para el arte y la ciencia desde la
antigüedad, y se considera una prueba de la existencia del número áureo en la
Naturaleza.
Una adaptación multiusos
La morfología y las cualidades únicas del pulpo lo convierten en todo un
prodigio de la naturaleza, y le ha permitido adaptarse a un sinfín de biotopos
marinos diferentes, desde los fondos arenosos a los rocosos, pasando por los
lechos de algas, cantiles, praderas de fanerógamas…
Sus cromatóforos, que son células que se encuentran en la piel del pulpo y que
contienen pigmentos y reflejan la luz, permiten al pulpo adaptarse al color del
lecho marino en el que se aposenta en cuestión de décimas de segundo.
Excrecencias especiales en su piel imitan además las algas del fondo cuando
es necesario. El nivel de mimetismo es tal que casi se hace invisible; solo es
posible tal perfección si además se cuenta con una buena visión y con una
inteligencia sobresaliente.
Esta inteligencia de los pulpos, constatada científicamente con pruebas de
habilidad que son superadas sin problemas, la aplican en distintas tácticas de
caza en las que el engaño es el factor principal. Una de estas tácticas consiste
en aposentarse sobre el fondo, con los brazos inmóviles, sujetos con las
ventosas, mientras las puntas de estos brazos realizan movimientos sinuosos,
simulando ser lombrices marinas; el objetivo es atraer a los peces que
depredan sobre estas lombrices, que se convierten de esta forma en cazadores
cazados. Se demuestra así que el uso de cebos para atraer a las presas no es
exclusivo del hombre.
Si es descubierto por un depredador, el pulpo guarda otro secreto, su tinta, que
es una sustancia que guarda en el interior de su cuerpo. Es una mezcla de
mucosidad y melanina que expulsa a presión por su sifón formando una nube
oscura en el agua que dificulta la visión y despista a su seguidor el tiempo
suficiente para huir con rapidez.
La rapidez de su huida la logra gracias a su sifón. Este órgano, mientras el
pulpo está posado, sigue cumpliendo la misma misión que en el resto de
moluscos marinos: hacer circular el agua para respirar, pero en los cefalópodos
ha evolucionado como órgano que facilita el desplazamiento, usando la
propulsión a chorro. En los pulpos esta propulsión les permite alcanzar
velocidades increíbles para un molusco.
Podemos seguir hablando largo y tendido de muchas otras capacidades y
habilidades de los pulpos, unos auténticos campeones de la supervivencia. Sin
embargo, la longevidad no está entre ellas. A pesar de que los moluscos tienen
el récord de longevidad en el reino animal, pues la edad de una almeja de
Islandia (Arctica islandica) se dató en 507 años, los pulpos tienen una vida muy
corta, que no supera los 2 años, ya que mueren justo después de reproducirse.
Es una lección importante, pues si pensamos en la longevidad como un
indicador del éxito de una especie, y que un pulpo es mucho más evolucionado
que una almeja, se puede concluir que la sencillez de las almejas es la clave
del éxito. Pero en la naturaleza nada es lo que parece, y los pulpos son buena
prueba de ello.